Fiesta de San Juan de Ávila

S.I. Concatedral de Sta. María de Castellón, 10 de mayo de 2017

(2 Cor 5,14-20; Sal 88; Jn 15, 9-17)

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Queridos hermanos sacerdotes, diáconos y seminaristas; hermanos todos en el Señor:

Un año más celebramos la fiesta de San Juan de Ávila, Patrono del clero secular español. Al recordar hoy al Maestro de Avila y Apóstol de Andalucía queremos dar gracias a Dios por el regalo de este santo, que vio la luz el día de Epifanía del último año del siglo XV en Almodóvar del Campo, vivió en el siglo XVI y murió en Montilla el 10 de mayo de 1569, donde yacen sus restos. Damos gracias a Dios tenerlo como Patrono principal del clero secular español y como ‘Doctor’ de la Iglesia universal.

Animados por el espíritu de San Juan de Avila deseamos manifestar hoy nuestra alegría en el seguimiento del Señor en el camino de nuestro ministerio presbiteral. Cantemos las misericordias del Señor; y con la Virgen María, proclamamos su grandeza por las maravillas que ha obrado en nosotros, por los testimonios de entrega y de santidad de tantos sacerdotes de nuestro presbiterio diocesano. Como Obispo vuestro, hoy doy gracias a Dios por vosotros, querido sacerdotes: por vuestras personas, por el don de vuestra vocación y ministerio sacerdotal, por vuestra entrega fiel a Jesucristo, el Buen Pastor, y a las ovejas de su rebaño que El través de nuestra Iglesia os ha confiado. El Señor ha estado grande con vosotros y en vosotros con nuestra Iglesia diocesana.

Especialmente damos gracias a Dios por los hermanos que hoy celebran sus bodas sacerdotales: por Miguel Antolí Guarch en sus Bodas de Diamante; por Manuel Blasco Járrega, José García Adelantado, Eduardo García Salvador, Miguel Ibáñez García, José Llopis Alcaide y Francisco Segarra Sanchis en su Bodas de Oro; por Albert Arrufat Prades y Eloy Villaescusa Mañas en sus Bodas de Plata; y por los neosacerdotes  Francisco Javier Phuc Pham Van y David Escoín Rubio. Vuestro Obispo y vuestros hermanos en el presbiterio os decimos: muchas felicidades, y le pedimos al Señor que os bendiga con su amor entrañable por la fatiga fecunda de vuestra siembra diaria al servicio del Evangelio.

Y por la intercesión de nuestro Santo Patrono suplico a Dios que nos conceda la gracia de la santidad a todos nosotros.

Sí, hermanos: La fiesta de San Juan de Ávila nos invita a dejar que el Espíritu de Dios reavive en nosotros la frescura de nuestra unción sacerdotal y alegría por el don recibido; que el mismo Espíritu infunda en nosotros el deseo de imitar a nuestro Patrono en nuestra existencia sacerdotal y en nuestro ministerio pastoral. Juan de Ávila es “maestro ejemplar por la santidad de su vida y por su celo apostólico”, como hemos rezado en la oración colecta. Él fue un hombre de estilo austero y de oración sosegada; son proverbiales la sabiduría de sus escritos y la prudencia de sus consejos, tanto a los principiantes como a los más adelantados en los caminos del Espíritu, como lo fueron Teresa de Jesús, Juan de Dios o Juan de Ribera. La recia personalidad del Maestro de Ávila, su amor entrañable a Jesucristo, su pasión por la Iglesia del Señor, su ardor pastoral y su entrega apostólica son estímulos permanentes para que vivamos con ardor creciente y fidelidad evangélica nuestro ministerio, para que seamos discípulos misioneros de Jesucristo y pastores santos del pueblo de Dios.

También a nosotros, los sacerdotes de hoy, Jesucristo nos llama a seguirle con la fidelidad evangélica de Juan de Ávila. En los momentos recios que nos ha tocado vivir necesitamos mantener vivo el fuego del don del Espíritu de nuestra ordenación; así nos iremos configurando cada día más con Jesucristo, el Buen Pastor y creciendo en la nuestra caridad, en el servitium amoris. Nuestra sociedad está necesitada de maestros del espíritu, de testigos gozosos de su experiencia de fe en el Señor Resucitado. Los sacerdotes jóvenes, los seminaristas, las futuras vocaciones, los niños y los jóvenes necesitan tener en nosotros, los sacerdotes mayores, referentes claros de pastores entregados, necesitan del acompañamiento de sacerdotes santos. Nuestra Iglesia, esta porción del Nuevo Pueblo de Dios en Segorbe-Castellón, está llamada a una conversión pastoral y misionera; nuestra Iglesia está llamada a dejarse renovar por el Espíritu del Señor para seguir con nuevo ardor en la tarea de la evangelización: y para ello es necesario el acompañamiento de sacerdotes santos.

“Para conseguir sus fines pastorales de renovación interna de la Iglesia, de difusión del evangelio en todo el mundo y de diálogo con el mundo moderno”, el Concilio Vaticano II nos “exhorta vehementemente a todos los sacerdotes a que, empleando los medios recomendados por la Iglesia”, nos esforcemos “por alcanzar una santidad cada día mayor, que (nos) haga instrumentos cada vez más aptos al servicio de todo el Pueblo  de Dios” (PO 12).

También a Juan de Ávila le tocó vivir tiempos difíciles, incluso dramáticos: por todas partes se respiraba un ambiente de reforma, y las nuevas corrientes humanistas y de espiritualidad o la apertura a nuevos mundos interpelaban y cuestionaban a la Iglesia y su misión salvadora. El sabía que de la reforma de los sacerdotes y demás clérigos, dependía en gran medida la necesaria renovación de la Iglesia. En su memorial al Concilio de Trento decía: “Éste es el punto principal del negocio y que toca en lo interior de él; sin lo cual todo trabajo que se tome cerca de la reformación será de muy poco provecho, porque será o cerca de cosas exteriores o, no habiendo virtud para cumplir las interiores, no dura la dicha reformación por no tener fundamento”.

Pido a Dios en este día que nos conceda ese espíritu de entrega gozosa del Maestro Ávila que, en los tiempos duros del siglo XVI, supo vivir firme en la fe, alegre en la esperanza y apasionado en su caridad pastoral, sin arredrarse ante las dificultades. Que valoremos como un tesoro y vivamos con gozo nuestro sacerdocio, tantas veces atormentado por el neopaganismo, la indiferencia religiosa, el alejamiento progresivo de nuestros cristianos, por el laicismo militante y el relativismo. Nuestro tiempo, tan necesitado de una nueva y renovada evangelización, nos pide una fe adhesión total y confiada a Cristo, un amor apasionado por nuestra Iglesia, el testimonio de una existencia entregada al ministerio y una comunión sin fisuras en la fe y en la moral, en la disciplina y en la misión. No valen los maestros solamente; se necesitan ante todo los testigos. O maestros, porque son testigos de una vida entregada a Cristo en el servicio a los hermanos en el seno de la comunión de la Iglesia.

Nuestro ministerio sacerdotal tiene su fuente permanente en el amor de Cristo hacia nosotros, que se traduce en un amor entregado totalmente a Cristo y, en El, a quienes nos han sido confiados. El evangelio de hoy nos recuerda el diálogo de Jesús resucitado con Pedro:“Simón, hijo de Juan, ¿me amas?… Apacienta mis ovejas” (Jn 21,15-17). Este es el corazón de nuestra existencia sacerdotal: amar al Buen Pastor de las ovejas y a las ovejas del Buen Pastor, hasta entregar la vida como El. Este amor se basa en la iniciativa misteriosa y gratuita del Señor, que llamó a los discípulos antes de nada “para que estuvieran con él” (Mc 3,14). Él los hizo sus amigos amándolos con el amor que recibe del Padre (cf. Jn 15,9-15). Amar a Jesucristo es corresponder a su amor.

En medio de su trabajo apostólico, San Juan de Ávila era un hombre de estudio de la Sagrada Escritura, de los Padres de la Iglesia, de los teólogos escolásticos y de los autores de su tiempo. Su Biblioteca era abundante, actualizada y selecta, y dedicaba al estudio, con proyección pastoral, varias horas al día. Sin embargo, la fuente principal de su ciencia era la oración y contemplación del misterio de Cristo, el encuentro personal con el Señor. Su libro más leído y mejor asimilado era la cruz del Señor, vivida como la gran señal de amor de Dios al hombre. Y la Eucaristía era el horno donde se encendía el celo ardiente de su corazón.

La intimidad del sacerdote con Jesucristo se manifiesta y se alimenta en la oración y particularmente en la Eucaristía. La oración es para Juan de Ávila, condición imprescindible para ser sacerdote, porque ella en sí misma es apostólica: “que no tome oficio de abogar si no sabe hablar”, decía (Plática 2ª). Y en relación con la Eucaristía recordaba: “el trato familiar de su sacratísimo Cuerpo es sobre toda manera amigable… al cual ha de corresponder, de parte de Cristo con el sacerdote y del sacerdote con Cristo, una amistad interior tan estrecha y una semejanza de costumbres y un amar y aborrecer de la misma manera y, en fin, un amor tan entrañable, que de dos haga uno” (Tratado del Sacerdocio, 12).

Instados por tantas demandas y preocupados por tantas cosas, queridos sacerdotes, necesitamos cuidar nuestra vida de oración y de contemplación, donde vayamos adquiriendo los mismos sentimientos de Cristo, donde vayamos aprendiendo a amar como el Señor. Junto al apoyo fraterno mutuo y la amistad sacerdotal, tenemos necesidad, hermanos, de entrar “en la escuela de la Eucaristía” y encontrar en ella el secreto contra la soledad, el apoyo contra el desaliento, la energía interior para nuestra fidelidad.

La contemplación del Buen Pastor que ha entregado su vida por amor, nos llevará a los sacerdotes a corresponderle en igual sentido: “si me amas, pastorea mis ovejas”. El santo Maestro de Ávila nos ha dejado ejemplo de ello. Hizo de su vida una ofrenda eucarística, signo de la caridad de Cristo que se da a los demás, siempre en comunión con la Iglesia y pendiente de las necesidades de los hombres. Su afán evangelizador, sus sermones caldeados de fuego apostólico, sus muchas horas de confesionario, su tiempo programado y dedicado al estudio, su preocupación por la vida espiritual y la formación permanente de los sacerdotes, la fundación y mantenimiento de colegios, sus iniciativas catequéticas, la dirección espiritual, su cartas: todo ello son muestras de esa entrega hasta el final de su vida, ya lleno de achaques. Una vida gastada y desgastada por el Evangelio.

Si vivimos nuestro sacerdocio no con sentido funcionalista, sino como una progresiva configuración con Jesucristo, podremos superar el miedo ante los compromisos definitivos, y a vivir nuestro sacerdocio con entrega total y a tiempo pleno.

Como San Pablo sabemos bien que “llevamos en vasijas de barro este tesoro, para que todos vean que una fuerza tan extraordinaria procede de Dios y no de nosotros’ (2 Cor 4,7). Es verdad, hermanos: llevamos en nuestras manos un tesoro, el don, la luz de la Palabra y la vida divina que el Señor nos ha dado, pero la llevamos en vasijas de barro. No somos más que representantes, mensajeros del Señor; frágiles instrumentos de sus manos. Es verdad que en la historia del sacerdocio, no menos que en la de todo el pueblo de Dios, se advierte también la oscura presencia del pecado. ¡La fragilidad humana de los ministros ha empañado tantas veces el rostro de Cristo! Pero a pesar de todas las fragilidades de sus sacerdotes, el pueblo de Dios ha seguido creyendo en la fuerza de Dios en Cristo que actúa a través de su ministerio.

Somos frágiles; la fortaleza nos viene de Cristo que nos ama a pesar de nuestros pecados. Él nos sigue ofreciendo su misericordia, una misericordia que traspasa nuestras debilidades. San Juan de Ávila así lo entendió. En la santidad se avanza desde la humildad, desde el reconocimiento de nuestra pequeñez y desde la confianza en el amor que Dios derrama en nosotros y en las personas que nos rodean y nos han sido confiadas. Sólo quien se fía de Cristo, con sencillez y humildad, podrá manifestar una fuerza arrolladora que emana de su amor. El Reino de Dios nace en Cristo, desde Cristo y con Cristo. Nosotros somos ‘siervos inútiles’ que ofrecemos nuestra pequeñez para que Él sea reconocido, acogido, amado y seguido.

En este día de fiesta no olvidamos a los hermanos sacerdotes que nos han precedido en el Señor en el último año: al P. Javier Iraola Michelena, agustino, a Francisco Tormo Llopis, Bernardo Guerrero Moles y -ayer mismo. el P. José Maria Botella. A todos los encomendamos al Señor y le pedimos que premie todos sus desvelos apostólicos y les conceda la gloria para siempre. Y para todos para todos los sacerdotes de nuestro presbiterio le pido que nos conceda la gracia de vivir y crecer en el amor y celo apostólicos de San Juan Ávila. Que esta Eucaristía sea semilla fecunda de unas vidas sacerdotales cada vez más entregadas y fuente de nuevas vocaciones al sacerdocio. ¡Que María nos acompañe y cuide de nosotros para que seamos fieles transparencia de su Hijo, el Buen Pastor! Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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