El cultivo de la interioridad

Queridos diocesanos.

“El drama de la cultura actual es la falta de interioridad, la ausencia de contemplación. Sin interioridad la cultura carece de entrañas, es como un cuerpo que no ha encontrado todavía su alma”. Son palabras de Juan Pablo II.  Son muchas también las voces que, como el Papa, afirman que una de las notas más lamentables del estilo de vida moderno es la falta de interioridad. Nosotros mismos lo podemos observar en nuestro entorno y, quizá, en nosotros mismos.

No faltan quienes consideran la vida interior como algo inútil y superfluo y organizan su vida sólo desde lo exterior; no pasan de la superficie ni ahondan en su interior, en ‘el fondo’ de su persona. Vivimos en una cultura de la imagen, de la apariencia, de lo material y de lo superficial. Muchos viven sin conocerse a sí mismos a pesar de ocuparse constantemente de sí; caminan por la vida sin percibir a los demás, aunque estén contacto con ellos. En la era de comunicación, muchos creen comunicarse, pero no dialogan: ni escuchan ni son escuchados. La vida del espíritu está tan desprestigiada que se considera evasión el cultivo del mundo interior.

Pero, sin interioridad se degenera todo lo humano y el hombre pone en peligro su propia integridad. Sin cultivo del espíritu, el hombre camina sin rumbo por la vida limitándose a lo material y efímero. Sin relación viva ni consigo mismo, ni con los demás, ni con Dios, el hombre cae poco a poco en lo trivial y en el empobrecimiento personal. La falta de interioridad impide construir la propia vida de forma digna y gozosa, y desarrollar las propias posibilidades. Se construye el exterior, pero el interior queda vacío; se desarrolla un ‘yo’ fuerte, pero inauténtico; se atiende a aspectos parciales de la vida, pero con el riesgo de fracasar como ser humano.

No nos puede extrañar. Para crecer, el ser humano necesita adentrarse en su propio misterio y llegar al corazón de su vida, allí donde es total y únicamente él mismo. Toda persona necesita esa ‘fuente de luz y de vida’ (R. Laing). El vacío interior es como una ‘neurosis fundamental’ del hombre actual: tiene su origen en la falta de comunicación con Dios y le precipita en un abismo de absurdo y soledad (W. Stinissen).

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro

Obispo de Segorbe-Castellón

Eucaristía en rito mozárabe

S, I. Catedral de Segorbe, 28.01.2007

 

“¿Acaso no lo sabes, es que no lo has oído? El Señor es un Dios eterno y creó los confines del orbe. No se cansa, no se fatiga, es insondable su inteligencia. El da fuerza al cansado, acrecienta al inválido… los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas” (Is 40, 27-31). Al celebrar hoy esta Eucaristía en rito hispano-mozárabe, el profeta Isaías, como ya lo hiciera con el pueblo de Isarel en el exilio, nos exhorta a reavivar nuestra memoria en la fidelidad de Dios y a analizar nuestra fidelidad a Dios en la fe y vida cristiana personal y comunitaria para fortalecer así nuestra esperanza en el momento presente. También a nosotros, como a aquellos cristianos mozárabes, antepasados nuestros en la fe, nos toca vivir tiempos de especial dificultad en la vivencia de nuestra fe: son tiempos de apostasía silenciosa de muchos y de apostasía formal de otros, provocada tal vez por nuestra tibieza, pero alentada, sobre todo, por la propaganda de desafección a la fe cristiana y a la Iglesia así como el acoso programado y dirigido contra el cristianismo en nuestra patria.

Nuestra fe se fortalece haciendo memoria de los beneficios recibidos de Dios. “El es el origen, guía y meta del universo. A Él la gloria por los siglos. Amén” (Rom 11, 36). Hemos de recordar los bienes recibidos de Dios en nuestro Señor Jesucristo y entonar un canto de alabanza y de acción de gracias. Pero nuestra alabanza y agradecimiento a Dios por todo lo que de Él hemos recibido, han de suscitar en nosotros más fe y confianza, más esperanza y más amor hacia El; un amor que nos confirme en la fidelidad en el camino de nuestra fe en el seno de nuestra Iglesia.

Y esto se hace recordando la presencia del Señor en medio de nosotros, en nuestra Iglesia y en nuestra vida de cristianos, personal y familiar, privada y pública. Miramos hacia el pasado para despertar y percibir con más fuerza la fidelidad de Dios en el presente. “Traed a la memoria los días pasados, en que después de ser iluminados, hubisteis de soportar un duro y doloroso combate… No perdáis ahora vuestra confianza”. Así nos exhorta el autor de la carta a los Hebreos (10, 32-ss). “Acordaos de vuestros dirigentes, que os anunciaron la palabra de Dios, y considerando el final de su vida, imitad su fe” (Heb 13, 7). Esta es la memoria que nos salva de “dejarnos seducir por doctrinas varias y extrañas” (Heb 13,9); esta memoria nos “fortalece el corazón” (ibid.).

Los pueblos como las personas tienen memoria; y ésta reside en su corazón. Los pueblos, como María, guardan las cosas en su corazón. La celebración de hoy nos invita a recordar fielmente al Señor, a nuestra Madre, la Virgen de la Cueva Santa, a nuestros Santos y a nuestros antepasados en la fe, fundando en ellos la unidad espiritual de nuestro pueblo

La memoria es una fuerza que une e integra. La memoria viene a ser el núcleo vital de un pueblo. Un pueblo que no respeta y ni atiende a sus antepasados, que son su memoria viva, es un pueblo sin porvenir. Quien reniega de sus raíces, construye el futuro en arenas inseguras y movedizas.

La memoria de la Iglesia es el Sacrificio del Señor en la cruz, que recordamos y actualizamos en cada Eucaristía. En la Eucaristía está nuestro triunfo. La resurrección no se entiende sin la cruz. En la cruz está la historia del mundo: la gracia y el pecado, la misericordia y el arrepentimiento, el bien y el mal, el tiempo y la eternidad. En los oídos de la Iglesia resuena la voz de Dios. “No temas, porque yo te he rescatado…, y te volveré a rescatar” (Is 43, 1-21). “Sé valiente y firme… Yahvé tu Dios está contigo; no te dejará ni te abandonará… No temas, pues, ni te asustes” (Deut 31, 6- 7). El recuerdo de la salvación de Dios, del camino ya recorrido, da fuerzas para el futuro.

Por la memoria, nuestra Iglesia testifica la salvación de Dios. Dios tiene atado en su corazón y en todo su ser, su proyecto de salvación. En la base de nuestra Iglesia y de cada cristiano está el recuerdo, la memoria, que se hace seguridad, la única y verdadera seguridad, porque es la esperanza que no defrauda: Soy recordado por el Señor, y él es eternamente fiel y el amor más grande. El nos tiene atados en su amor. Por todo esto nuestra oración ha de estar caracterizada por el recuerdo. Esa es la oración de la Iglesia que tiene siempre presente la salvación de Dios Padre, operada por el Hijo, en el Espíritu Santo. En el Credo está no sólo el compendio de las verdades cristianas, sino también el de la historia de nuestra salvación. ¡Es tan fácil olvidar, sobre todo cuando estamos satisfechos!

“Publicad los recuerdos de su fidelidad” (Sal 29, 5). Dios es fiel. Lo más importante para nuestra fe no es nuestra fidelidad a Dios ni la infidelidad con que con frecuencia le respondemos. “Que abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento, el de Dios! (Rom 11, 33). Lo verdaderamente decisivo es que Dios es fiel. Su fidelidad es el fundamento más firme de la nuestra fidelidad. El “es un Dios clemente y compasivo, paciente, lleno de amor y fiel. El mantiene su amor eternamente”. Dios es amor misericordioso y fiel. La fidelidad es una cualidad del amor de Dios. Dios nos es siempre fiel, incluso en los momentos en los que más experimentamos la soledad y la oscuridad. El no puede abandonarnos. Está junto a nosotros de modo discreto y silencioso. Su fidelidad no nos ahorra los tragos amargos y las impotencias humanas. Dios no nos salva del mundo; nos salva en el mundo.

En la muerte y resurrección de Jesucristo se ha realizado la Nueva y definitiva Alianza. En su persona se abrazan la fidelidad de Dios y la fidelidad a Dios. Jesús es el ‘sí’ fiel que Dios nos da y al mismo tiempo, el ‘sí’ fiel que nosotros devolvemos a Dios. Cristo es, ante todo, el ‘sí’ de Dios a los hombres. La fidelidad de Dios se ha hecho plena y definitivamente presente, patente y operante en la persona, la doctrina, la vida, la muerte y resurrección de Jesucristo. El es el documento más cumplido y el monumento más hermoso de la fidelidad de Dios al mundo. Precisamente porque Jesús es expresión de la fidelidad de Dios, Él nos es fiel a nosotros. Su fidelidad le conduce a mantenernos firmes en la nuestra.

Pero Jesús es también para nosotros modelo de nuestra fidelidad a Dios. El aceptó y cumplió plenamente el proyecto de Dios Padre. En verdad tenemos una nube de testigos fieles a Dios en medio de la prueba: “Lo santos, por la fe, se mostraron fuertes en el combate” (Heb 11, 34). Pero ninguno como Jesús. El es para nosotros no sólo reflejo de la fidelidad de Dios sino también “canon personal de la fidelidad y fuente de la fidelidad”.

La fidelidad de Jesús al Padre es siempre total, se torna más patente a medida que la resistencia de sus enemigos a su proyecto se va haciendo más espesa. Jesús acepta generosamente la entrega de su propia vida en manos de sus enemigos como la máxima expresión de fidelidad a Dios, su Padre.

A los cristianos nos corresponde por vocación ser, como Jesús, señales vivas de la fidelidad con la que Dios ama a la gente y modelo humilde de la fidelidad con la que los humanos deberíamos amar a Dios en cualquier situación por dolorosa que pueda resultarnos. Tal respuesta de fidelidad a la fidelidad de Dios no es algo periférico sino central en la vida cristiana. Ser cristiano equivale a seguir a Cristo, ser fiel como él, ser fieles en su seguimiento. Fiel es sinónimo de cristiano. La fidelidad a Dios en las pruebas y en la vida cotidiana son la substancia de la conducta cristiana. La fidelidad del cristiano comporta la fe en Dios y en su Hijo Jesucristo, sin cobardías, confiando plenamente en él y en su presencia en medio de nosotros. Quien por la fe ha puesto toda su confianza en Dios ha de corresponderle en la fidelidad.

Mantenerse firmes en la fe lleva consigo padecer persecuciones y pruebas. Así como no hay fe sin fidelidad, no hay fidelidad probada hasta pasar por la dificultad y la persecución. El ejemplo de Cristo, pionero de nuestra fe, debe confortamos en los momentos de tempestad. La fidelidad comporta perseverancia, paciencia, sufrimiento y aguante en las tribulaciones. Creer es, para el cristiano, algo más que depositar toda su confianza en Dios. Es obedecerle, escucharle, aceptar su voluntad, atenerse a ella, cumplir tal voluntad. La obediencia debe ser fiel. Desobedecer a Dios es una infidelidad. Esta fidelidad obediente ha de manifestarse no sólo en las grandes pruebas; debe tomar también cuerpo en las pequeñas obligaciones de cada día.

San Juan nos descubre que el amor es como el alma de la fidelidad, y la prueba de nuestro amor a Dios es guardar sus mandamientos constantemente. “Sólo permaneceréis en mi amor si obedecéis mis mandamientos como yo he observado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor” (Jn 15, 10). Nuestra fidelidad no es proeza de nuestro esfuerzo generoso sino, ante todo, don de Dios. Nosotros somos demasiado frágiles para ser fieles. Nuestra fidelidad es posible únicamente cuando está bañada e impregnada de la fidelidad de Dios. El es quien nos capacita para vivir como auténticos creyentes a fin de que todo nuestro ser se conserve irreprochable para la venida de Nuestro Señor Jesucristo. El que nos llama es fiel y cumplirá su palabra. Nuestra fidelidad a Dios se prolonga en la fidelidad a los demás, en especial a los pobres.

El Señor nos llama no sólo a ser cristianos, sino a serlo de una manera determinada, en la vocación particular de cada uno: en el matrimonio, en la vida religiosa, en el mundo, en el ministerio sacerdotal.

Al recordar hoy a nuestros antepasados mozárabes pidamos a Dios, por la intercesión de María, la gracia de recuperar la memoria de nuestro camino personal, memoria de nuestras familias cristianas y la memoria de nuestro pueblo cristiano fiel para crecer en fidelidad a nuestra fe y a nuestra propia vocación. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón.

La unidad de los cristianos

Queridos Diocesanos:

Estamos celebrando la Semana de oración por la Unidad de los Cristianos; por esta intención se nos pide orar de modo especial desde el 18 hasta el 25 de enero. Hemos de reconocer que esta Semana ha perdido vigor entre nosotros, después de años de viva celebración. Quizá nuestras urgencias y preocupaciones sean otras; o puede que las dificultades en el diálogo ecuménico nos hayan desalentado. Pero, la oración y el compromiso por la unidad de los cristianos siguen siendo algo urgente.

La actual división de los cristianos contradice clara y abiertamente la voluntad de Cristo; es un escándalo para el mundo y perjudica la tarea que el Señor nos encomendó de predicar el Evangelio a toda criatura. El mismo Señor ora para que todos sus discípulos sean –seamos- uno, para que el mundo crea (Jn 17, 21). El nos muestra así su deseo de unidad entre sus discípulos y, a la vez, la fuente de la unidad: la oración. La unidad de los cristianos es antes de nada un don de Dios que hemos de implorar con insistencia y acoger con gratitud. La unidad es algo necesario para la Iglesia; ha de ser una y mostrarse unida para ser creíble en el anuncio del Evangelio y para ser en verdad fermento de unidad e instrumento promotor de unidad de los hombres con Dios y de todo el género.

Junto con la oración, ‘el alma de todo el movimiento ecuménico’ (UR 8) son la conversión del corazón y la santidad de vida. En el centro está la obediencia personal al Evangelio para hacer la voluntad de Dios, con su ayuda, necesaria y eficaz. Cuanto más estrecha sea nuestra comunión con Dios, Padre, Hijo y el Espíritu Santo, más íntima y fácilmente podrán aumentar la fraternidad mutua. La santidad de los discípulos de Jesús es el más sólido punto de apoyo en el camino hacia la unidad. Si todos los cristianos nos dejamos guiar por el Espíritu, todos nos encontraremos caminando al unísono y podremos recibir de Dios el don de la unidad visible que buscamos. Así los hombres reconocerán en la Iglesia el sacramento de la unidad del género humano, ella aparecerá como testigo de Cristo en el mundo, como ámbito del encuentro y el recinto de la congregación de los hombres y las naciones en Cristo.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro,

Obispo de Segorbe-Castellón

Descubrir el sentido de la existencia humana

Queridos diocesanos:

En estos primeros días del año, bueno será recordar algo que es fundamental para todos. En la raíz de toda vida humana se encuentra la iniciativa amorosa de Dios, que llama al hombre a la vida y a la felicidad plena. Es más: esa iniciativa de Dios es la que da sentido último a nuestras vidas. Percibir esta llamada de Dios a la vida y a la felicidad como sentido de la propia existencia, es condición previa para la respuesta personal en la fe.

En el contexto cultural actual, sin embargo, se hace difícil descubrir a Dios y su iniciativa amorosa; no parece interesar la cuestión sobre el sentido último de la vida y Dios mismo es silenciado. ¿Cuántos se preguntan hoy de dónde venimos, qué somos, qué hacemos en esta vida, hacia dónde caminamos? ¿No es para muchos un sinsentido la pregunta por el sentido último de la vida, porque no es útil ni provechosa ni acorde con el hombre moderno? Sólo parece contar la eficacia, el rendimiento, la productividad y la utilidad. Sólo parece interesar el bienestar material, el éxito social, la seguridad ante todo y el disfrute de la vida en el presente. Ante esta realidad decae cada vez más el interés por lo que pueda hacer relación al sentido último de la existencia, el destino del ser humano, el misterio del cosmos o lo sagrado.

A pesar del progreso y los logros innegables de la sociedad moderna son preocupantes el vaciamiento interior, la trivialización de la existencia y la crisis de esperanza del hombre actual. Esta surgiendo un tipo de ser humano que no quiere nada más que el presente. Tras la propuesta nihilista, ‘venimos de la nada y caminamos hacia la nada’, el hombre actual parece haber perdido su identidad, su condición y su patria.

Pero, quiérase o no, en el interior de cada cual siempre surge la pregunta por el sentido de la propia existencia, que desemboca en la pregunta por Dios, origen y destino de cada persona. También en la sociedad tecnológica se puede percibir la necesidad que siente el hombre contemporáneo de ‘salvación’, que no se puede dar a si mismo. Hoy como en tiempos pasados, el hombre es un ser que busca dar un sentido a su existencia, realizarse en un proyecto humano auténtico y caminar alentado por una esperanza. En este horizonte aparece Dios y su iniciativa amorosa como respuesta al sentido último de la historia personal y colectiva, presente y futura.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro,

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta del Bautismo del Señor

Segorbe, S.I. Catedral, 7 de enero de 2007

 

Con la Fiesta del Bautismo de Jesús, que hoy celebramos, concluye el tiempo de la Navidad. La Liturgia de la Iglesia nos brinda hoy la oportunidad de revivir el bautismo de Jesús de manos de Juan Bautista. A orillas del Jordán, Juan Bautista administra un bautismo de penitencia, exhortando a la conversión de los pecados. Ante el Precursor llega también Jesús, el cual, con su presencia, transforma ese gesto de penitencia en una solemne manifestación de su divinidad. “Y mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: ‘Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto” (Lc 3, 21-22). Son las palabras de Dios-Padre que nos manifiestan a Jesús como su Hijo unigénito, su Hijo amado y predilecto.

Esta ‘manifestación’ del Señor sigue a la de Navidad en la humildad del pesebre y al encuentro en Epifanía con los Magos, para adorar al Niño como al Rey anunciado por las Escrituras. En la Navidad hemos contemplado con admiración y alegría la aparición de la ‘gracia salvadora de Dios a todos los hombres’ (Tt 2, 11); una gracia, manifestada en la pobreza y humildad del Niño-Dios, nacido de María virgen por obra del Espíritu Santo. En el tiempo navideño hemos ido descubriendo las primeras manifestaciones de Cristo, ‘luz verdadera que ilumina a todo hombre’ (Jn 1, 9): luz, que brilló primero para los pastores y después para los Magos, primicia de todos los pueblos gentiles llamados también a la fe, que, siguiendo la luz de la estrella, y llegaron a Belén para adorar al Niño recién nacido (cf. Mt 2, 2).

Hoy, en el Jordán se realiza cuanto se ha dicho del Niño, nacido en Belén y adorado por los pastores y los Magos. Dios-Padre presenta a Jesús, al inicio de su vida pública como su Hijo unigénito, como el Cordero que toma sobre sí el pecado del mundo. En el Bautismo en el Jordán, el Padre manifiesta a los hombres que Jesús es su Hijo y revela su misión de consagrado de Dios y Mesías. Jesús comienza públicamente su misión salvadora; él es el enviado por Dios para ser portador de justicia, de luz y de libertad. “Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hech 10, 38)  Su misión se caracterizará por el estilo del siervo humilde y manso, dispuesto a entregarse totalmente; él hará de su vida un acto de entrega y de servicio a todos, como nos ha dicho Isaías (Is 42, 1-4. 6-7).

En el Jordán se abre así una nueva era para toda la humanidad. Este hombre, que aparentemente no es diferente de todos los demás, es Dios mismo, que viene a nosotros para liberarnos del pecado y para dar el poder de “convertirse en hijos de Dios, a los que creen en su nombre; los cuales no nacieron de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nacieron de Dios” (Jn 1, 12-13).

El Bautismo de Jesús nos remite a nuestro propio bautismo. En la fuente bautismal, al renacer por el agua y por el Espíritu Santo, la gracia de Cristo transformó nuestra existencia de mortal en inmortal, liberándonos del pecado original y de todo pecado personal. Por el bautismo hemos sido injertados en la vida misma de Dios, convirtiéndonos en hijos adoptivos suyos, en su unigénito “Hijo predilecto”. Dios nos hace partícipes de la vida eterna, la verdadera vida, la felicidad también en un futuro aún desconocido. En el bautismo, quedamos insertados en la familia de Dios, que lleva en sí la promesa de eternidad. Esta familia de Dios, en la que el bautizado es insertado, lo acompañará siempre, incluso en los días de sufrimiento, en las noches oscuras de la vida; le brindará consuelo, fortaleza y luz.

Esta familia nos dará palabras de vida eterna, palabras de luz que responden a los grandes desafíos de la vida y dan una indicación exacta sobre el camino que conviene tomar. Esta compañía brinda al bautizado consuelo y fortaleza, el amor de Dios incluso en el umbral de la muerte, en el valle oscuro de la muerte. Le dará amistad, le dará vida. Y esta compañía, siempre fiable, no desaparecerá nunca. No sabemos lo que sucederá en futuro. Pero de una cosa estamos seguros: los que pertenecen a esta familia de Dios nunca estarán solos, tendrán siempre la amistad segura de Aquel que es la vida.

La nueva vida bautismal es eterna, porque es comunión con Aquel que ha vencido la muerte, que tiene en sus manos las llaves de la vida. Estar en la familia de Dios, significa estar en comunión con Cristo, que es vida y da amor eterno más allá de la muerte. Sí: el bautismo inserta en la comunión con Cristo y así da vida, la vida.

¡Cómo no dar gracias a Dios, que nos ha hecho hijos suyos en Cristo! ¿Pero, cómo podremos dar gracias a Dios por el don de la nueva vida bautismal si no la valoramos porque hemos convertido a Dios en un extraño en nuestra vida, porque lo hemos suplantado por otros dioses, porque pensamos no estar necesitados de salvación, de la vida que sólo Dios nos puede donar? O ¿cómo le vamos a dar gracias a Dios, si presentamos a nuestros hijos al bautismo, no movidos por la fe sino llevados tan sólo por la costumbre de bautizar?

El bautismo es un don, el don de la vida. Pero un don debe ser acogido, debe ser vivido. Un don de amistad implica un ‘sí’ al amigo e implica un ‘no’ a lo que no es compatible con esta amistad, a lo que es incompatible con la vida de la familia de Dios, con la vida verdadera en Cristo.

Dios no realiza el milagro de regenerar al hombre sin su colaboración. Todo bautizado, también los bautizados en la infancia en la fe de la Iglesia, profesada por sus padres, al ser capaz de comprender, debe recorrer, personal y libremente, un camino espiritual que, con la gracia de Dios, le lleve a confirmar, en el sacramento de la confirmación, el don recibido en el bautismo. Pero ¿podrán abrirse los niños y los adolescentes a la fe y al don recibido si los adultos, especialmente los padres, no les ayudamos a ello? Nuestros niños y adolescentes necesitan que padres, padrinos y toda la comunidad cristiana les ayudemos a conocer al verdadero Dios, que es amor misericordioso, y a encontrarse con Jesús para entablar una verdadera amistad con él. A los padres y padrinos corresponde introducirles en este conocimiento y amistad a través del testimonio de vida cristiana en el día a día, en su matrimonio, en las relaciones con ellos y con los demás; unas relaciones que se han de caracterizar por la atención, la acogida y el perdón. Grande es la responsabilidad de la cooperación de los padres en el crecimiento espiritual de sus hijos y en la transmisión de la fe. Si ya es grande su de ser padres ‘según la carne’, ¡cuánto más lo es la de colaborar en la paternidad divina, dando su contribución para modelar en sus hijos y criaturas de Dios la imagen misma de Jesús, Hombre perfecto!

En las promesas bautismales renunciamos a las tentaciones, al pecado, al diablo. Es la renuncia a la ‘pompa diaboli’, es decir, a la falsa promesa de vida en abundancia, pero que en realidad es una anticultura de la muerte: la mentira, el fraude, el abuso del cuerpo como mercancía y como comercio,la injusticia, el desprecio del otro; una anticultura que se expresa en una sexualidad que se convierte en pura diversión sin responsabilidad, que se transforma en ‘cosificación’ —por decirlo así— del hombre, al que ya no se considera persona, digno de un amor personal que exige fidelidad, sino que se convierte en mercancía, en un mero objeto.

En nuestras promesas decimos ‘sí’ al Dios vivo, es decir, a un Dios creador, a una razón creadora que da sentido al cosmos y a nuestra vida; decimos ‘sí’ a Cristo, es decir, a un Dios que no permaneció oculto, sino que tiene un nombre, tiene palabras, tiene cuerpo y sangre; a un Dios concreto que nos da la vida y nos muestra el camino de la vida; ‘sí’ a la comunión de la  Iglesia, en la que Cristo es el Dios vivo, que entra en nuestro tiempo, en nuestra profesión, en la vida de cada día.

Éste es mi Hijo amado; escuchadle” (Mc 9, 7). Hoy, este anuncio y esta invitación resuenan particularmente para todos los bautizados. Por el bautismo estamos enriquecidos con el don de la nueva vida, con el don de la fe e incorporados a la Iglesia. El Padre nos ha hecho en Cristo hijos adoptivos suyos y nos ha revelado un singular proyecto de vida: escuchar como discípulos a su Hijo para ser realmente sus hijos.

La riqueza de la nueva vida bautismal es tan grande que pide de todo bautizado una única tarea; es la que el apóstol Pablo no se cansa de indicar a los primeros cristianos con las palabras: “Caminad según el Espíritu” (Ga 5, 16), es decir, vivid y obrad constantemente en el amor a Dios haciendo el bien a todos como Jesús.

Es la llamada al seguimiento de Jesús según la vocación, que cada uno haya recibido de Dios, para ser testigos valientes del Evangelio. Esto es posible gracias a un empeño constante, para que se desarrolle y llegue a su plena madurez el germen de la vida nueva. El camino es: amar a Cristo, invocarlo sin cesar e imitarlo con constante adhesión a su llamada. Hemos recibido la llama de la fe: una llama que ha de estar continuamente alimentada, para que cada uno, conociendo y amando a Jesús, obremos siempre según la sabiduría evangélica. De este modo, llegaremos a ser verdaderos discípulos del Señor y apóstoles alegres de su Evangelio.

Queridos hermanos: demos gracias hoy al Señor porque Dios no se esconde detrás de las nubes del misterio impenetrable, sino que, como decía el evangelio de hoy, ha abierto los cielos, se nos ha mostrado, habla con nosotros y está con nosotros; vive con nosotros y nos guía en nuestra vida. Demos gracias al Señor por este don y acojamos el don de la vida, la verdadera vida, la vida eterna. Amén.
+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

La paz y el respeto a la persona humana

Queridos diocesanos

Hemos comenzado el año celebrando la Jornada mundial de la paz, el 1 de enero. El mundo anhela y necesita la paz. A nadie se le escapa, sin embargo, que estamos lejos aún de haber logrado la paz en las relaciones entre las personas, en las familias, en la sociedad y entre los pueblos de la tierra. Benedicto XVI ha centrado este año su tradicional mensaje para este Día en el tema: La persona humana, corazón de la paz. Porque sólo respetando a la persona se promueve la paz y construyendo la paz se ponen las bases para un auténtico humanismo integral.

La paz es, antes de nada, un don de Dios, que Él nos ha dado en Jesús, ‘el Príncipe de la paz’. Él es el único que da la paz que necesita la humanidad, una paz basada en la comunión de Dios con los hombres y de los hombres entre sí. Como don que es debemos pedir la paz, rezar por ella; pero la paz es también tarea, por lo que hemos de trabajar para que se extienda entre los hombres y los pueblos. La paz no es la mera ausencia de guerra ni el equilibrio de las fuerzas adversarias ni el fruto de una dominación despótica. La paz auténtica se basa en la verdad, la justicia, el amor y la libertad, y tiene su corazón en el respeto a toda persona humana.

Todo ser humano es creado por Dios a su imagen; ésta es la base de la dignidad de toda persona humana y de los derechos humanos, que debemos acoger, respetar y promover. Entre los derechos fundamentales de toda persona destacan el derecho a la vida y la libertad religiosa. El terrorismo, el hambre, el aborto, la experimentación con embriones y la eutanasia son atentados contra la paz, porque no respetan el derecho a la vida. La creciente falta de libertad religiosa en numerosos países es también un signo claro de falta de paz. Entre nosotros, si bien no se practica una persecución violenta contra los creyentes, se alimenta un ‘escarnio cultural sistemático’ respecto a la religión, que atenta contra la libertad religiosa.

Todo cristiano ha de ser testigo comprometido de la paz. Unido a todos los hombres de buena voluntad, el cristiano ha de trabajar por el respeto efectivo de la igual dignidad de todo ser humano, de sus derechos fundamentales y por su derecho a la vida. El testigo de la paz respeta, acoge y perdona al otro, respeta su cultura y religión, trabaja para que se implante la justicia, fomenta el dialogo sincero y la reconciliación entre los hombres desde la verdad y la libertad. Trabajemos por la paz.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro,

Obispo de Segorbe-Castellón