Tiempo de renovación espiritual

Queridos diocesanos:

La cuaresma es una peregrinación hacia la Pascua de la Resurrección del Señor; y,  por ello, también es un camino hacia la cumbre santa de nuestra propia resurrección. Es un tiempo singular y precioso para avivar nuestra fe y vida cristiana personal, familiar y comunitaria, un tiempo para la renovación espiritual.

El tiempo cuaresmal viene a romper la miopía de una existencia cerrada en el tiempo y en el horizonte alicorto de este mundo. La cuaresma quiebra la monotonía aburrida de una vida egocéntrica, materialista y hedonista. Nos invita a salir de nosotros mismos, a mirar hacia arriba y hacia el futuro, ese futuro absoluto que buscamos a tientas, sin caer en la cuenta de que está ante nosotros, al alcance de nuestras manos. La Palabra de Dios nos exhorta a avivar el recuerdo y el deseo de Dios, verdadero Padre, Dios de bondad y fuente de vida, lleno de amor y misericordia, que cuida de nosotros y nos lleva de la mano hasta la vida eterna.

Por ello, la cuaresma es para todos los cristianos una llamada y una oportunidad de gracia. Es una llamada a creer de verdad en Dios, Padre de bondad y de misericordia, y en la vida eterna para fortalecer nuestra adhesión a Cristo y a su Palabra viviendo la novedad de nuestro bautismo con más fidelidad, seriedad y profundidad. Y es una oportunidad de gracia para fortalecer el tono espiritual de nuestra vida mediante la escucha de la Palabra de Dios, la oración personal y comunitaria, la conversión de mente y corazón a Dios y su Palabra, el arrepentimiento, la confesión y la enmienda de nuestros pecados, y el ejercicio de las buenas obras.

Os animo a hacer un pequeño programa de vida para estas semanas de renovación espiritual. Es bueno pararse a pensar la propia vida desde la Palabra de Dios. Los esposos y los padres con los hijos pueden examinar lo que hay que mejorar en la vida matrimonial y en la convivencia familiar. Acudamos al sacramento de la Penitencia, bien preparados, con el deseo sincero de recuperar la paz y la gracia de Dios, y de mejorar nuestro comportamiento aceptando la ley santa de Dios como camino de vida, de felicidad y de salvación verdadera. Que cada uno vea qué obras buenas puede hacer durante la Cuaresma: en la vida familiar, en la vida profesional, en las relaciones sociales, con los enfermos, necesitados y mayores.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro

Obispo de Segorbe-Castellón

Profesión solemne de Sor María Sheelama

 

Monasterio de MM. Clarisas de Onda – 25 de febrero de 2007

(Deut 26,4-10; Sal 90; Rom, 10, 8-13; Lc 4,1-13)

 

Hoy nuestra Iglesia está de enhorabuena porque una de sus hijas, Sor María Sheelama, ha escogido en su vida la total consagración a Dios y en este día lo manifiesta públicamente con la ‘profesión perpetua’. No eres tú la que te apropias de este estado de vida; es el mismo Jesucristo quien te hace más propiedad suya.

Ya desde una edad temprana supiste escuchar la voz del Señor y entregarte a Él. Tu has podido experimentar en tu vida las palabras de San Pablo: “Nadie que cree en él, el Señor Jesús, quedará defraudado” (Rom 8, 12). Si sigues confiando plenamente en el Señor, podrás comprobar con el tiempo que este amor del Señor, a pesar de tus debilidades, se hará mayor realidad en ti. ¡Que esta entrega a Cristo Jesús, el Esposo, que hoy haces con alegría te motive ahora y en los días de tu vida mortal! Como dice San Agustín: “Aunque los tiempos se van y no vuelven, el alma justificada y piadosa armoniza en su memoria los recuerdos del pasado con las vivencias del presente y las expectativas del futuro” (Serm. 216,7,7).

Esto es lo que nos muestra la primera lectura de este domingo al recordar la historia de Dios con su pueblo Israel. Al celebrar la Pascua judía, que conmemora la liberación de Egipto, las familias israelitas recuer­dan las maravillas que Dios ha hecho con su pueblo y eso les da fuerza para permanecer fieles al Dios siempre fiel. Tú podrás recordar la historia del amor de Dios contigo; haciendo memoria de tu entrega alegre de hoy a Dios podrás afianzar tu fidelidad día a día. Tu historia, como la de cada uno de noso­tros, no es sólo la suma de nuestras acciones, sino también –y sobre todo- lo que Dios ha obrado y sigue obrando en nuestra vida. Lejos de ser una elucubración abstracta, nos lleva a lo concreto. Cada uno de nosotros puede contar sus vivencias con el Señor; y los hechos del pasado se convierten en garantía para el presente y en fuerza para el futuro.

En todo proceso vocacional hay un hilo conductor que está señalado por el amor, más aún cuando se ha fraguado en un ambiente familiar. ¡Cuánto debes agradecer a tus padres, a tu familia por la transmisión y la experiencia de la fe cristiana! No olvidemos que la familia es el lugar más adecuado para la vivencia de la fe puesto que en ella se hace presente la fuerza amorosa de Dios. Es más, Dios mismo se hace presente. “Nadie ha visto jamás a Dios; sí nosotros nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su perfección” (1 Jn 4, 13). Hoy quiero dar gracias a Dios por la experiencia de tantas familias como la tuya, querida Sor María Scheelama, y para que otras muchas encuentren el camino verdadero en una entrega generosa a Dios y a su Iglesia. Si, desde el bautismo, hemos sido consagrados para el Reino de Dios, en la familia encontramos la razón de ser y de pertenecer a este Reino que edifica la ciudad humana.

Y si la familia es hogar y encuentro amoroso con Dios, también hay otros espacios apropiados para vivir en familia: son los recintos de las comunidades monásticas.“Lo primero por lo que os habéis congregado en comunidad es para que viváis en comunión, teniendo un alma sola en Dios y un solo corazón hacia Dios” (San Agustín, Regla I).

Desde esta perspectiva se entiende las palabras de San Juan: “amémonos los unos a los otros, porque el amor procede de Dios. Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios” (1 Jn 4,7). Esta debe ser la esencia de toda comunidad. Sin este talante de vida nada tiene sentido porque “cuando se atrofia el amor se paraliza la vida” (San Agustín, In ps. 85,24).

En la vida de comunidad, además, “debe hacerse tangible de algún modo que la comunión fraterna, antes de ser instrumento para una determinada misión, es espacio teologal en el que se puede experimentar la presencia mística del Señor resucitado, ‘porque donde, dos o más, están unidos en mí nombre, allí estoy yo en medio de ellos (Mt 18,20)” (VC 42).  Quiere esto decir que la familia monástica, en vuestro caso, es un privilegio que os hace gustar la presencia de Cristo en medio de la fraternidad a través de la oración y de la contemplación.

San Francisco y Santa Clara intuyeron que la forma más concreta de amar a Cristo era a través de la fraternidad. Desde ahí se entienden los votos de pobreza, virginidad y obediencia. Los tres modos de humildad, al estilo de Cristo humilde, son los tres votos. Ellos anuncian por sí mismos que el hermano y la hermana tienen un puesto fundamental en la vida de una clarisa. Se hace pobre, casta y obediente por Cristo, presente en el hermano. El hermano es el camino para llegar a Dios. No podemos ir a Dios solos, sino que debemos ir a él con el prójimo. De ahí que el Papa Juan Pablo II dijera que el ser humano es el primer y fundamental camino de la Iglesia. El hermano nos recuerda permanentemente que Cristo está cerca de nosotros.

En una sociedad donde prima el poder y se instrumentaliza la persona, en una sociedad que idolatra el egoísmo y el individualismo es necesario que se ponga bien alto el ideal del amor. Este amor nace de Jesucristo vivo y presente entre nosotros que nos hace fraternos y hermanos. Cuando se pierde el horizonte del amor, el ser humano se precipita por el barranco de la deshumanización. Ante esta aberración, aunque se pinte de progreso, el cristiano tiene el deber de protestar y profetizar que el amor de Dios manifestado en Cristo, nos hace libres y humanos.

Sor María Sheelama ha sentido el amor de Dios en el encuentro con Cristo que le “ha abierto una puerta de esperanza’ (Os 2,17) en su vida. La Palabra de Dios le ha recordado que debía dejar, como el pueblo de Israel, los ídolos y las tentaciones que le apartaban de la llamada y que le estorbaban para ser verdaderamente libre, siguiendo su voluntad. En su interior se ido haciendo camino la cercanía amorosa de Dios, que la conducía por veredas del amor para desposarse con ella hasta poder decir: Jesús es mi Señor y mi Esposo. Como al pueblo de Israel Él, querida hija, te será fiel y te dará la felicidad. Él es el Esposo de quien siempre te podrás fiar y en quien siempre podrás confiar.

El encuentro con Cristo cambia radicalmente la vida de una persona. “Cuando el amor busca y anhela lo que le atrae, se convierte en deseo. Cuando lo posee y goza, en felicidad” (San Agustín, De civ. Dei 14,7,2). Nada hace ensanchar el corazón humano tanto como la consideración de que Dios es el “único bien” (Sal 16, 2). La vida tiene sentido cuando Dios es reconocido como dueño y como bien.

Este es un testimonio que conviene que, vosotras hermanas clarisas, como consagradas contemplativas que sois, deis en todo momento a nuestra Iglesia y a nuestra sociedad. Vuestra vida de contemplativas dirige nuestra mirada al manantial del ser, de la vida y de la misión de la Iglesia. Centrada en la contemplación de Dios en el rostro de Cristo, crucificado y resucitado, vuestra vida nos recuerda que Él y solo Él es el fundamento y el centro de nuestra fe, la fuente de nuestra comunión y la meta de la misión de la Iglesia. La vida contemplativa al comunicar así la verdad contemplada y la experiencia de la contemplación, ayuda a la misma comunidad humana a descubrir cuál es su propia identidad, cuál es su origen y cuál es su destino: Dios mismo que la ha recreado por la muerte y resurrección de Cristo.

Estáis llamadas a ser una bocanada de aire nuevo que ayude a nuestra comunidad eclesial a centrar la mirada en Cristo, crucificado y resucitado, y en Él en los hermanos. Sois voz y recuerdo permanente de Dios para toda la familia humana, para que ésta sea fiel a Dios y a su voluntad y a sus mandamientos. Sólo desde una auténtica espiritualidad centrada en Dios y en la contemplación de Cristo resucitado se pueden regenerar la persona, las familias, la sociedad y la Iglesia.

Vuestra vida consagrada contemplativa tiene su razón fundamental en la búsqueda ante todo del Reino de Dios y es, principalmente, una llamada “a la plena conversión, en la renuncia de sí mismo para vivir totalmente en el Señor, para que Dios sea todo en todos.  Los consagrados, llamados a contemplar y testimoniar el rostro transfigurado de Cristo, son llamados también a una existencia transfigurada” (VC,35).

Dios Padre os ha elegido para que seáis santas e irreprochables ante sus ojos (cf. Ef 1, 4). Vuestro Monasterio debe ser el ‘laboratorio del reclamo a la santidad’ para que quiénes os vean reconozcan a Dios y conviertan su corazón a él. ¡Una gran vocación y una gran responsabilidad! “Los santos y santas han sido siempre fuente y origen de renovación en las circunstancias difíciles de toda la historia de la Iglesia. Hoy necesitamos fuertemente pedir con asiduidad a Dios santos” (VC 35). ¡Vivid con alegría e intensidad vuestra vida de consagradas contemplativas! Así con vuestra entrega y oración asidua nos animaréis a ser santos.

Nuestra Iglesia da gracias esta tarde porque una de sus hijas desea ser ‘lumbrera’ de amor en Jesucristo, en su Iglesia y en la humanidad. Con los votos te comprometes, querida Sor María Sheelama, a alimentar día a día esta luz que nace de Dios. No olvides las palabras de Jesús: “El que permanece unido a mí, como yo estoy unido al Padre, produce mucho fruto; porque sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15, 5). Esto te llevará a dar frutos de amor. Es la luz que ha de llevar todo cristiano, pero de modo especial la contemplativa que caminando en la luz está en permanente unión y comunión con Dios; y el criterio será siempre el modo de vivir el amor fraterno: en esto se reconoce si uno está en la luz o en las tinieblas (1 Jn 1,5; 2,8-11).

Oremos todos a Dios Padre por nuestra hermana que hoy se consagra al Señor. Ruego a María la Virgen que te acompañe, Sor María Sheelama, siempre y que al estilo de ella sepas vivir bien enraizada en la voluntad de Dios. Que la Virgen haga de este Monasterio un reclamo para que muchas jóvenes encuentren sentido a su vida y con generosa entrega sigan los consejos de Santa Clara. Pido a María que forje en el amor a esta Comunidad de Clarisas. En María pongo todas vuestras intenciones. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Traslado de los restos del beato Juan Ventura Solsona

 

I Domingo de Cuaresma

(Deut 26,4-10; Sal 90; Rom, 10. 8-13; Lc 4,1-13)

Iglesia Parroquial de Villahermosa del Río

25 de febrero de 2007

 

El Señor Jesús nos ha convocado, en este Domingo, en torno a la mesa de su altar para renovar y actualizar el misterio pascual de su pasión, muerte y resurrección. El misterio pascual, la entrega hasta el extremo de Jesús, el Hijo de Dios, es la expresión suprema del amor fiel de Dios hacia toda la humanidad, que redime y se convierte en fuente de vida y de salvación para el mundo. Al trasladar hoy los restos del hijo y párroco de Villahermosa del Río, el beato Juan Ventura Solsona, (1851-19386) queremos ponerlos cerca del ara del altar de Cristo, a cuyo sacrificio él se unió por su sangre derramada, y cerca de la pila bautismal donde renació a la vida de los Hijos de Dios.

Unidos en la oración damos gracias de nuevo a Dios por el don de su persona y por su muerte martirial: en su martirio, él es testigo de una fe llena de confianza en el amor de Dios que nunca abandona a aquellos que le aman; en su martirio, él es testigo de la esperanza en la vida eterna y sin fin; él es testigo de un amor entregado a Dios hasta el derramamiento de su sangre y de amor sin reservas al prójimo, incluido el perdón de sus asesinos: donde sólo había odio por ser sacerdote de Cristo y de su Iglesia, él supo poner amor. Por su persona, por su testimonio de santidad, por su testimonio de fe, de esperanza y de caridad damos gracias esta mañana a Dios.

El Beato Juan Ventura nos recuerda que en la base de toda existencia verdaderamente humana y cristiana, está el amor de Dios y una fe confiada en el amor fiel y providente de Dios. Dios que es amor, crea por amor y llama a la vida plena y eterna junto a Él; y Dios, que es fiel, no abandona a quien le ama. Nos lo recordaba el Salmo de este domingo. “Se puso junto a mí: lo libraré; lo protegeré porque conoce mi nombre; me invocará y lo escucharé. Con él estaré en la tribulación, lo defenderé, lo glorificaré” (Sal 90).

Sin duda, si algo configuró el espíritu de nuestro Beato en su martirio, esto fue la confianza total en Dios, en su amor y en su fidelidad, hasta considerar su martirio como un don de Dios: una fe y un amor radical a Dios, que lo llevaron a mantenerse fiel a la fe hasta el extremo de hacer oblación de su vida a Dios: un amor a Dios que se hizo perdón de sus asesinos. No lo olvidemos: La fuerza del Beato Juan ante su martirio fue su experiencia personal de Dios, la experiencia de un Dios que es Padre amoroso y fiel, que no abandona ni tan siquiera en la muerte. Por la fe, descubrió, acogió y vivió el amor que Dios había derramado en su corazón.

En la vida y en la muerte del Beato Juan se hicieron realidad las palabras de San Pablo: “nadie que cree en él, quedará defraudado” (Rom 10,11). A lo largo de su existencia y, es especial, en su martirio, creyó y confió plenamente en Dios y en su fidelidad amorosa: estaba seguro de que el amor de Dios no le abandonaría nunca, tampoco en la tragedia de su muerte. Su respuesta al amor recibido de Dios será un vivo deseo de entregarle su vida por amor, si así era su voluntad, y de amarle amando al prójimo, incluso perdonando a sus verdugos, porque también a ellos estaba destinado el amor de Dios.

Como fruto de su amor a Dios, nuestro Beato buscará estar unido a Él en todo momento. Esta unión con Dios se manifestará en su serenidad, cuando es detenido, y en aquellas palabras de amor y de perdón que confundieron a sus asesinos hasta tal punto que ninguno se atrevía a matarlo. En su deseo de amar a Dios y agradarle en todo no se preocupará más que de buscar en todo la gloria de Dios y acoger su voluntad. Nuestro Beato se dejó así conformar enteramente con la voluntad divina hasta dar su propia vida a Dios. Su fidelidad a su fe cristiana hasta el martirio, su serenidad, su perdón y su esperanza ante la muerte, no proceden sino de su gran fidelidad a la fe y su confianza en el amor de Dios. El encarnó la acogida amorosa y dócil de la voluntad del Padre: amó a Dios y, en Él, al prójimo. Con su martirio nos mostró que el amor vence el odio, el mal y el pecado.

También hoy nos preguntamos qué es lo esencial en la vida cris­tiana. La experiencia nos enseña que la causa más universal de su­frimiento en el mundo no es ni la enfermedad, ni la guerra, ni el hambre, sino el odio humano y la falta de amor. La experiencia nos dice que cuando Dios desaparece de nuestra vida, de la vida de la sociedad, comienza la muerte del hombre. Lo importante, por ello, es cuidar las dos claves de la vida: Dios y el prójimo. Y Dios es siempre la garantía del ser humano, del respeto de su dignidad y de su vida. Cuando damos prioridad a las cosas secundarias nuestro corazón se llena de preocupaciones y se vacía de lo esencial. Parece que no encontramos nunca tiem­po para dedicarnos a las cosas verdaderamente importantes. Y lo importante en la vida cristiana es amar a Dios con todo el co­razón, fiándose en todo momento de El y confiando en Él, sin renegar de Él, sin buscar excusas. Hoy se lleva ser religiosamente indiferente, agnóstico, vivir como si Dios no existiera. Incluso hay quien dice que se vive mejor sin Dios y sin conciencia objetiva.

El Evangelio de este Domingo nos recuerda que lo fundamental para el cristiano, como para Jesús, es creer y confiar en Dios, amarle y acoger su voluntad, en definitiva dejar a Dios ser Dios en nuestra vida. Como Jesús en el desierto también nosotros estamos tentados a hacer de lo material, del tener y del gozar el centro de nuestra vida; como Jesús estamos tentados de buscar el poder ante todo, o de tentar a Dios erigiéndonos en dioses y suplantando su voluntad. ¡Que frecuentes son estas tentaciones en nuestro tiempo, empecinado en vivir de espaldas a Dios! El evangelio nos exhorta a mantener la confianza en el amor de Dios. Es el camino para vencer las tentaciones. Es el camino que nos muestra Jesús. Es el ejemplo de nuestro mártir, el beato Juan Ventura. El amor confiado a Dios sobre todas las cosas más que un mandamiento es privilegio para el cristiano, pues no a todos se les da el don de conocer y de amar a Dios. Si un día lo descubrimos, como nuestro Beato, no cesaremos de dar gracias a Dios y no haremos otra cosa que cultivar en nuestro corazón el amor a Dios y, como su consecuencia necesaria, el amor al prójimo. El amor a Dios nunca decepciona; el amor a Dios satisface plenamente el ser humano.

Pero somos frágiles. El contexto social nos tienta a prescindir de Dios en nuestra vida. Marginado Dios de nuestra vida, comienza el deterioro de las relaciones humanas, impera el odio, el rencor y la muerte. El evangelio de hoy nos presenta las tentaciones de Jesús en el desierto, pero también su victoria sobre el tentador. San Pío de Pietrelcina decía: El demonio tiene una única puerta para entrar en nuestro espíritu: esta puerta es la voluntad. Las tentaciones son llamadas a nuestro cora­zón; pero nunca lograrán derribar la entrada, si nosotros no abrimos la puerta. Ésa es nuestra esperanza y la garantía de que, como indica san Agustín, Dios nunca permite que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas. Quien permanece con Cristo nunca queda derrotado. Así lo dice san Pablo citando la Escritura: Nadie que cree en él quedará defraudado.

Toda tentación busca derribar nuestra confianza en Dios. Lo hace mediante el ardid de presentar algo como bueno, para atraer nuestros sentidos o mover nuestro orgullo, para que dejemos de lado a Dios. El salmo de hoy muestra la actitud contraria. Quien confía en el Señor puede estar tranquilo, porque Dios le asegura: Me invocará y lo escucharé. Con él estaré en la tribu­lación, lo defenderé, lo glorificaré.

 La Eucaristía no es sólo ‘banquete fraternal’, sino también es ‘memorial’ vivo de la entrega de Jesús al Padre. Unido a Cristo, nuestro mártir ofreció su propia vida en sacrificio a Dios. Que él nos enseñe, a ofrendar vuestras vidas con Cristo al Padre, creyendo y confiando en Dios, y amándole sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Participemos en esta Eucaristía, el sacramento de la entrega y del amor de Dios en Cristo. Que la participación en el amor de Dios, nos lleve a ser testigos de su amor. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Comienza la cuaresma

Queridos diocesanos:

El próximo miércoles, miércoles de ceniza, comienza el tiempo de cuaresma. “Convertios y creed en el Evangelio” (Mc  1,15), son las palabras de Jesús para nuestro camino cuaresmal hacia la Pascua. La conversión pide un cambio de mentalidad: volver la mirada y el corazón a Dios, dejarse encontrar por su amor misericordioso y vivir en adhesión amorosa y activa a Dios.

Dios se ha convertido en el gran ausente en la vida de muchos. Otros nos declaramos creyentes, pero ¿qué significa Dios en nuestro vivir cotidiano? La cuaresma es tiempo propicio para recuperar a Dios en nuestra vida, para acrecentar nuestra fe personal en El y nuestra adhesión de mente y corazón a Dios y a su Palabra. Hemos de dejar que Dios ocupe el centro en nuestras vidas, hemos de dejar que Dios sea Dios.

Fe y conversión van íntimamente unidas. Sin adhesión personal a Dios, a su Hijo Jesucristo y a su Evangelio no se darán el necesario cambio de mente y de corazón, ni la consiguiente conversión de nuestros caminos desviados, de nuestros pecados. A la vez, el cambio moral será el signo del grado de nuestra fe. Una fe sin obras es una fe muerta.

“Escuchad hoy su voz” nos dice el Salmo 94. Dios nos quiere llevar a la tierra prometida de la vida con Él. Dios, que nos ha pensado desde siempre, nos indica el camino a recorrer para alcanzar nuestro verdadero ser, la libertad y la felicidad. Porque nos ama, nos dice lo que hemos de hacer y lo que hemos de evitar. Dios nos habla como a amigos a los que ofrece la comunión de vida consigo y con los demás. Quien escucha su voz y se deja reconciliar con Él, entra en su amistad vivificante.

Jesús es el Buen Pastor que nos conduce a la plenitud de la vida. Él habla y los suyos reconocen su voz, la escuchan y le siguen. Quien le sigue, tendrá vida, y vida en plenitud. Dios nos habla en Jesucristo al corazón, hemos de escuchar y obedecer su Palabra. Es como si nos dejásemos guiar por Cristo, como niños que se abandonan en los brazos de la madre y se dejan llevar por ella. No endurezcamos el corazón. Escuchemos la voz de Dios leyendo, meditando y viviendo el Evangelio. Volvamos nuestra mente y nuestro corazón a Dios para adquirir los mismos sentimientos de Cristo. Dejémonos reconciliar por Dios para celebrar con gozo la Pascua del Resucitado.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro,

Obispo de Segorbe-Castellón

Dedicación de la Iglesia Parroquial de Chilches

Chilches –  18 de febrero de 2007

 

“Todos como un solo hombre… alababan y daban gracias al Señor; ‘Porque es bueno, porque es eterna su misericordia” (2 Cr 5,6-8-9b.13 -6,2). Como hiciera el pueblo de Israel al dedicar a Dios el templo de Salomón, también nosotros alabamos y bendecimos a Dios esta tarde al inaugurar y dedicarle este templo totalmente restaurado: aquí está la casa de Dios entre nosotros. A Dios le damos gracias y cantamos su misericordia para con esta comunidad cristiana de Chilches: hoy se hace realidad un deseo largamente anhelado.

A nuestra acción de gracias a Dios unimos nuestro sincero agradecimiento a todos cuantos de un modo u otro han hecho posible la restauración de vuestra Iglesia parroquial de la Asunción de Nuestra Señora: a la Consellería de Cultura de la Generalitat Valenciana, a la Excma. Diputación Provincial de Castellón, al Excmo. Ayuntamiento de Chilches, a la Fundación Caja Castellón-Bancaixa y a las entidades y particulares que tan generosamente han contribuido con sus donativos. No podemos olvidar tampoco la generosidad de nuestra Iglesia diocesana en momentos de estrechez económica. Y cómo no agradecer los desvelos de vuestro sacerdote, D. Antonio Sanfélix, y del Consejo parroquial. Hoy recordamos también al Arquitecto, a las empresas y a todos los trabajadores.

Vuestra iglesia, el templo físico, que hoy vamos a dedicar, es imagen de vuestra comunidad parroquial; sois el templo de piedras vivas, que es y está llamado a ser la presencia Dios y de Cristo en vuestro pueblo de Chilches. Por ello, la restauración física de vuestro templo parroquial debería ser un reflejo de la real renovación espiritual de vuestra comunidad, de la vida cristiana de cada uno de sus miembros y de las familias cristianas que la integran. De poco serviría recuperar el templo físico, si esto no lleva consigo un nuevo impulso de renovación espiritual y pastoral de vuestra comunidad cristiana y de sus miembros. Un cristiano que no se renueve interiormente desde el amor de Dios ofrecido en Cristo no es un cristiano auténtico; una comunidad cristiana que no se renueve desde Cristo, desde su Palabra y desde su misterio Pascual, actualizado en cada Eucaristía, y que no muestre frutos de amor a Dios y a los hermanos, frutos de unidad y de fraternidad, de gozo y de alegría, no será una verdadera comunidad cristiana. Una familia cristiana, que, fundamentada en el sacramento del matrimonio, es decir en la unión indisoluble entre un hombre y una mujer, no se convierta en hogar donde se viva el verdadero amor mutuo, se acoja la vida, se rece y se transmita la fe a las nuevas generaciones, no será una verdadera familia cristiana.

El cristiano, la familia cristiana y la comunidad cristiana que no están anclados en el quicio y fundamento que es Cristo, languidecen y se secan. En el rito de aspersión hemos recordado nuestra fe y vida bautismales, que ha de ser acogida y vivida por cada cristiano; en la crismación recordaremos que también nosotros estamos crismados, y que hemos recibido el don del Espíritu para vivir según el Espirítu, alimentados por la Palabra de Dios y por los Sacramentos, en especial por la Eucaristía.

La vida cristiana o se renueva o fenece, máxime en el contexto materialista, hedonista y relativista reinante, un contexto que ya no sólo es indiferente hacia la fe cristiana, sino que cada día se muestra más hostil ante ella. Contra toda evidencia son silenciadas o incluso negadas las raíces cristianas de nuestra historia, de nuestra cultura y de nuestros pueblos. Pero ¿qué sería vuestro pueblo sin su iglesia de la Asunción de Nuestra Señora?

El acto de hoy es una llamada urgente a reavivar las raíces de nuestra fe y la vida cristiana personal, familiar y comunitaria. La inauguración de vuestro templo parroquial es una llamada apremiante a permanecer fieles a nuestra fe cristiana y a nuestra Iglesia, fundada por el mismo Señor Jesús sobre Pedro; y lo hacemos confiados en la presencia y asistencia permanente del Señor a nuestra Iglesia por medio de su Espíritu. Los cristianos sabemos muy bien, que sin Dios hombre pierde el norte en su vida y en la historia. Sin Dios desaparece la frescura y la felicidad de nuestra tierra. Si el hombre abdica de Dios abdica también de su dignidad, porque el hombre sólo es digno de Dios.

Los creyentes no podemos permanecer callados ante los intentos de borrar en las personas y en nuestra sociedad cualquier referencia a Dios. La mayor violencia contra el hombre y su dignidad, su mayor tragedia, es la supresión de Dios del horizonte de su vida. Pertenecemos a Dios puesto que Él nos ha creado y nos llama a la Vida, y vida en plenitud: en Él está nuestro origen y en Él esta nuestro fin. Las cosas mueren; sólo Dios permanece para siempre. Es más; Él siempre nos atiende con sus manos abiertas de amor y misericordia y ‘más allá de la frontera’ nos espera para ofrecernos su felicidad en plenitud.

El camino para ir a Dios es Cristo. “Y vosotros quien decís que soy yo?”, pregunta Jesús a sus discípulos (Mt 16, 13-19, 15). El Maestro no se contenta con que sus discípulos se remitan a lo que la gente dice de él. Jesús, que les ha iniciado en el conocimiento de su persona, quiere de ellos una confesión personal de cada uno de ellos.

Tu eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo’ (Mt 16, 16), es la respuesta de Pedro en nombre de los demás discípulos. Es una confesión en la persona de Jesús, en su divinidad y en su misión salvadora; es una confesión básica y nuclear para la comunidad de los discípulos y para cada uno de ellos. Pedro confiesa que Jesús es el Mesías, el Cristo, el Ungido por el Espíritu Santo como Salvador del mundo. Este es el núcleo de la fe cristiana. Este reconocimiento de Jesús y esta adhesión personal a su  persona distinguen al discípulo, al cristiano, del resto de la gente. La confesión de fe de Simón es el fundamento y cimiento sólido para la comunidad de los discípulos y para cada uno de ellos. Sobre este sólido cimiento se levanta la comunidad creyente. El edificio de la Iglesia construido sobre esta confesión ofrece todas las garantías, es inexpugnable ante cualquier tempestad y hostilidad: “el poder del infierno no la derrotará” (Mt 16, 18).

Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”, nos pregunta esta tarde Jesús a cada uno de nosotros. Es la misma pregunta ayer, hoy y siempre. La respuesta de cada uno a esta pregunta, dará la medida de nuestra fe. Los discípulos de Jesús, los cristianos, se nutren de la búsqueda y del encuentro personal con Jesús, del hallazgo fascinador de su persona, del reconocimiento personal de Jesús de Nazaret como el Hijo de Dios vivo encarnado, muerto y resucitado para la vida del hombre, de la acogida de Jesús como Salvador del mundo.

Los cristianos debemos nutrirnos de este encuentro personal con Jesucristo, debemos vivir desde Él. Pedro, los apóstoles y los discípulos conocen a Jesús y esto marca definitivamente toda su vida. El verdadero discípulo de Jesucristo cree y confía antes de nada en una Persona, que vive y da la Vida, y vida en abundancia. En Cristo Jesús encuentra el creyente la respuesta a su pregunta sobre sí mismo, sobre el sentido y la meta de su existencia, sobre su deseo de libertad y de felicidad. La fe en Jesucristo no es simplemente afirmar que Él es el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Creer en Él es acogerle como tal en la propia existencia, y dejar que Él sea el Señor, el Camino, la Verdad y la Vida de la propia vida. Creer es reconocer gozosamente al Dios vivo, que nos revela Jesucristo, como origen, guía y meta de nuestra existencia. Significa colaborar humildemente, en su acción salvadora y liberadora en la vida concreta de los hombres.

La fe en Jesucristo se hace plena cuando El es escuchado, aceptado y asimilado; es decir, cuando Jesucristo encuentra una acogida y una adhesión personal en el corazón del creyente, que lleva a la conversión de corazón a Él y a su Evangelio, de modo que Cristo y su Evangelio modelen el pensar, sentir y actuar del discípulo. La fe se traduce así en una experiencia personal profunda y en una adhesión a Cristo, a su programa de vida, al Reino de Dios y su Justicia, al “mundo nuevo”, a la nueva manera de ser y de vivir juntos que inaugura la Buena Noticia de Jesús (cf. EN 23).

La indiferencia religiosa o la increencia nos están afectando también a los bautizados. Crece el número de los cristianos alejados; en la vida de muchos bautizados encontramos signos de una fe débil y superficial, una fe a la carta, que se adapta a la conveniencia de la situación; una fe sin incidencia en la vida diaria. Con frecuencia, en nuestra forma de pensar, vivir y actuar, muchos cristianos no nos diferenciamos de los no creyentes; asumimos sin más criterios y formas de comportamiento, modas y tendencias contrarios a Jesucristo y a su Evangelio. Nos hemos de preguntar: ¿No vivimos también como lo no cristianos?

El Evangelio de hoy nos llama a la conversión, a reavivar nuestra fe como adhesión personal a Jesucristo y a los valores del Evangelio. El verdadero discípulo del Señor ha de vivir su fe de un modo personal, superando esa tendencia extendida a entender y vivir la fe como simple adhesión a fórmulas o práctica de ritos sin que ella implique un cambio de vida. La fe en Jesucristo se basa en el encuentro personal con El y en la adhesión total a su persona y a su Evangelio; la fe se mantiene viva y fortalece, cuando se alimenta de la escucha de la Palabra en el seno de la tradición viva de la comunidad de la Iglesia, edificada sobre Pedro; una escucha de la Palabra que se hace vida en la oración personal, familiar y comunitaria; una fe que es celebrada y alimentada en la participación frecuente, activa y fructuosa, en la Eucaristía y en la experiencia de la misericordia de Dios en el Sacramento de la Penitencia; la fe sólo es verdadera cuando se encarna en la vida cotidiana del creyente, de la familias y de la comunidad.

Sólo esa fe será capaz de mantenerse viva en un ambiente adverso. Sólo una vida cristiana asumida como vocación personal al seguimiento de Jesús y vivida según el Espíritu del Señor hace al creyente capaz de dar razón de su esperanza a todo el que la pida, de acometer con nuevo ardor la tarea urgente de la Evangelización, hacia adentro y hacia la sociedad. Solamente de esta relación personal con Jesucristo, transmitida, aprendida, celebrada y vivida en y desde vuestra comunidad, puede brotar una evangelización eficaz, que atienda a las necesidades reales -personales, espirituales y sociales-, de vuestros niños y jóvenes, de vuestras familias, de los mayores, de los ancianos y de los enfermos.

No os pese abrir vuestras vidas a Cristo y a su Evangelio, no os avergoncéis ni tengáis miedo de acoger a Cristo en vuestras vidas. Evitad la tentación de pensar que Jesucristo, antes que nada, exige, manda e impone. No; antes que nada, Él nos ama de tal modo que nos quiere comunicar aliento y fuerza para nuestro camino, porque Él sabe que este camino nos es fácil. El es nuestro compañero de viaje. Y El nos quiere dar lo mejor que tiene: su comunión de vida con el Padre Dios.

El altar, que ahora vamos a dedicar, os recordará a Cristo, centro de la vida de todo cristiano y de toda comunidad cristiana, y fuente permanente de comunión con Dios y con los hombres. Cristo es a la vez Sacerdote, Víctima y Altar de su propio sacrificio, por el que Dios mismo nos ofrece su comunión de vida y de amor. Pero este altar será también símbolo de vosotros mismos, ya que al estar unidos a Cristo, cabeza del cuerpo de la Iglesia, que es verdadero altar, os convertiréis en verdaderos altares en los que se ofrece el sacrificio de una vida santa: vida de unión con Dios y con los hermanos.

Restaurado el templo material, restauremos desde Cristo, simbolizado en este Altar, “las piedras vivas” de la comunidad parroquia. ¡Que aumente la fraternidad entre todos! ¡No os dejéis llevar por la tentación de la apatía hacia la fe y vida cristianas! ¡Que nunca dejéis al margen a esta familia, vuestra comunidad cristiana, que es la Iglesia de Jesucristo en Chilches! Vuestra parroquia será viva en la medida en que viva fundamentada y ensamblada en Cristo, piedra angular; vuestra comunidad parroquial será iglesia viva si por sus miembros corre la savia de la Vid que es Cristo, que genera comunión de vida y de amor con Dios y con los hermanos.

No olvidéis que en vuestra comunidad parroquial os llega la Palabra de Dios y Cristo se os da también a través de los Sacramentos; al celebrar y recibir los sacramentos participaréis de la vida de Dios; por los Sacramentos se alimentará y reavivará vuestra existencia cristiana, personal, familiar y comunitaria; por los Sacramentos se acrecentará y se fortalecerá la comunión con la parroquia, con la Iglesia diocesana y con la Iglesia Universal.

Pidamos en esta tarde por intercesión de María que cada uno de nosotros, seamos capaces de confesar: Jesús es el Señor. Dejemos que Él entre en nuestras vidas, en nuestras familias y en nuestra comunidad, para que El las tome y las transforme. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Llamados a la Vida

Queridos diocesanos:

Ante la pregunta por el sentido de la vida, uno puede rechazar la pregunta, mirar hacia otro lado o buscar con honradez una respuesta. En la búsqueda de una respuesta se puede dejar de lado a Dios y contentarse con metas limitadas y efímeras, que no colman el innato deseo humano de felicidad; o cabe abrirse en humildad a la Trascendencia y acoger en libertad al Dios que se nos ha manifestado en Cristo.

Jesucristo nos muestra que el origen y el destino de todo ser humano está en Dios, que es Amor. “Cristo mismo revelando el misterio del Padre y de su amor desvela plenamente el hombre al hombre y le hace notar su altísima vocación” (GS 22). El ser humano no es fruto de la casualidad o fabricación humana: somos criaturas amadas de Dios, creados a su imagen y semejanza, hechura singular e irrepetible suya. El mismo Dios llama a cada persona a la vida por amor, y a una vida en plenitud. Dios nos quiere con Él, nos llama a ser felices en una relación íntima e irrepetible con El. Por eso y para eso nos crea. Al llamarnos a la vida, Dios desea hacernos partícipes de su propia vida, es decir, de su amor eterno. Esta es la última razón de ser de todo ser humano,  su vocación profunda y la base de su inalienable dignidad; esto es lo que da sentido a la vida humana en su origen, en su caminar y en su meta.

Cristo, al hacerse verdaderamente hombre, se ha unido en cierto modo con cada hombre (GS 22). Jesús es la verdad del ser humano, nuestra más profunda verdad; él hace posible encontrar el camino que conduce al sentido pleno de nuestra existencia: El es el Camino. El mismo Cristo, muerto, resucitado y sentado a la derecha del Padre, nos descubre el horizonte definitivo de la vida humana, que es la vida eterna. Ya ahora se nos ofrece la vida eterna en Jesucristo, por su Iglesia, por su Palabra y por sus Sacramentos. Sin embargo, esperamos todavía la resurrección y la vida eterna en su plenitud en el día glorioso en el que el Señor vuelva.

Cada vida humana es don y, a la vez, tarea. Dios, que nos llama a cada uno a la vida, nos otorga, a la vez, la capacidad de escuchar su llamada y de responder con fe libre y con amor generoso al amor en Cristo Jesús.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de Nuestra Señora de Lourdes

La Val d’Uxó, Parroquia de Ntra. Sra. de Lourdes, 11 de febrero de  2007

 

Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor” (Sal 1,1-2). Al celebrar la Fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, Titular y Patrona de ésta, vuestra parroquia, el salmista nos invita esta tarde a la confianza en Dios. Las palabras del salmista las aplicamos hoy a María, la Virgen de Lourdes: ella, la Virgen Madre Inmaculada, es la creyente por excelencia, que confió en Dios y se fió de las palabras del Ángel Gabriel. Su prima Isabel le dirá: “Dichosa tú porque has creído que en ti se cumplirán las palabras del Señor” (Lc 1, 48). María es la Madre de Dios, la morada de Dios entre los hombres, signo elocuente y especialísimo del amor de Dios hacia los humanos; en ella y a través de ella, Dios nos muestra su amor misericordioso, nos da su paz y nos ofrece su consuelo; ella nos muestra el camino de la fe y de la confianza en Dios.

Yo soy la Inmaculada Concepción”, así se reveló María a Bernardette de Subirous en la gruta de Lourdes. María es “la llena de gracia”, preservada de toda mancha de pecado desde el mismo momento su concepción. Ella es la  Madre de Jesús y Madre nuestra, la primicia de la humanidad redimida, colmada del amor de Dios. Ella nos muestra así el verdadero rostro de Dios y nos llama a confiar en él: Dios es amor, y crea por amor y para la vida sin fin en el amor. En la doncella virgen de Nazaret se manifiesta el proyecto divino de Salvación trazado por el amor misericordioso de Dios “antes de la creación del mundo”.

Con las palabras de Libro de Judit cantamos: “Bendito sea el Señor, creador del cielo y tierra” (Jud 13, 17-20,18), que nos ha creado por pura gratuidad para el amor y para la vida. Aunque el ser humano se olvide de Dios y se cierre a Él, aunque quiera construir su mundo al margen del Creador, aunque intente erigirse en centro y en norma de todo y suplante a Dios en su vida, Dios sigue amando al hombre, lo busca, sale a su encuentro. No estamos destinados a perecer o a desaparecer en la nada. Dios “nos ha destinado en la persona de Cristo por pura iniciativa suya, a ser sus hijos” (Ef 1,4).

¡Cómo lo supo entender María! Ella responde al amor de Dios con una confianza total en Dios y con una entrega plena de su persona a Dios. “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu  palabra” (Lc 1,38). María vive así su existencia desde la verdad de su persona, – la de todo ser humano, nuestra propia verdad- que sólo se descubre en Dios y en su amor. María es consciente de que nada es sin el amor de Dios, que la existencia humana, sin Dios, sólo produce vacío en la vida. Ella sabe que la raíz de su existencia no está en sí misma, sino en Dios, que está hecha para acoger el Amor de Dios, fiarse de Él y para darse por amor. Por ello vivirá siempre en Dios y para Dios, y así para los hombres, sus hermanos. En María, Dios dice “sí” al hombre y la mujer dijo “sí” a Dios. Y entonces Dios se hizo hombre. Misterio de amor incompresible por parte de Dios, misterio de una fe admirable por María. Misterio que nos abre el camino hacia Dios y hacia los hermanos. María, aceptando su pequeñez, se llena de Dios, y se convierte así en madre de la libertad y de la dicha.

La Virgen de Lourdes es buena noticia de Dios para la humanidad. En ella irrumpe Dios, dador de amor y de vida, en la historia humana. Dios no deja a la humanidad aislada, en el temor o en el dolor. Dios busca al hombre y le ofrece vida y salvación, asumiendo en la Cruz el dolor humano hasta la muerte; y la Cruz se convierte en el árbol de la vida. La Inmaculada nos recuerda que Dios nos ama de modo personal, que quiere únicamente nuestro bien y nos sigue constantemente con un designio de gracia y misericordia, que alcanzó su cima en el sacrificio redentor de Cristo.

En medio de un mundo que invita a prescindir de Dios, a suplantar a Dios y hacer del hombre la única fuente y meta de todo, también del bien y del mal, a hacer de los bienes materiales y del placer a toda costa el centro y meta de nuestra vida, María Inmaculada nos llama a abrirnos al misterio de Dios y acogerlo en la fe. Sólo en Dios y en su amor está la verdad del hombre, de su origen y de su destino; sólo en Dios lograremos desarrollar lo mejor que hay en nosotros.

Cierto que la vida se nos torna a veces demasiado difícil. Pero no podemos achacarle a Dios la autoría de los males. Dios siempre estará no sólo a nuestro lado, sino de nuestro lado en Cristo Jesús: Él es Dios-con-nosotros. Por eso, quienes, por el Bautismo, ya participamos de la unción del Espíritu que reposa en Jesús, debemos apoyarnos constantemente en el Señor: Él siempre nos bendice pues no se olvida de que somos suyos. Él nos apacienta y nos conduce hacia la verdad plena y hacia la perfección del mismo Dios.

María nos enseña a estar junto a Jesús y a dejarnos amar por Él.  Nos alienta a  dejar que Él y los valores del Reino de Dios penetren hasta lo más íntimo de nosotros. Jesús desde la Cruz (Jn 17, 25-27) nos entrega a su Madre en la persona de Juan, el discípulo amado; y el discípulo amado la acoge en su casa. María se convierte para nosotros en la encomienda que el Señor quiere hacernos a quienes hemos de convertirnos en sus discípulos suyos.

Si sabemos a acoger a María en nuestra casa, en nuestra existencia, en nuestro corazón, ella impulsará con su maternal intercesión nuestra vida en la confianza a Dios y de amor al prójimo. Porque ella nos quiere en una relación vivida en la comunión fraterna, capaz de ser luz puesta sobre el candelero para iluminar a todos. Si Cristo y si María están en nosotros, haremos nuestras las bienaventuranzas, viviremos como discípulos de Cristo, sin miedo al odio, a los vituperios, a los ataques de sus enemigos; seremos, en fin, testigos de Evangelio, del Reino de Dios y de su amor para todos, en especial para el que sufre, para los enfermos y para sus familias.

En la Fiesta de Lourdes celebramos con toda la Iglesia la Jornada Mundial del Enfermo. La Iglesia nos exhorta a “acoger, comprender, acompañar” a los enfermos. Nuestra forma de acompañar no puede ser otra que la proclamación y la vivencia del mensaje de la total confianza y de la alegre esperanza en Dios, fundado en la certeza de la resurrección de Cristo y, por tanto, en el amor y la fidelidad salvadora de Dios.

El ser humano es consciente que mantiene un pleito con el envejecimiento, con las enfermedades crónicas o incurables, con las situaciones de fragilidad, la discapacidad y la dependencia, con la aparición de nuevas patologías y nuevas amenazas, ya que, a pesar de todos los avances, la muerte sigue presente. Esto produce un “malestar existencial” que influye de forma negativa en la búsqueda del sentido de la vida y en la elaboración de una escala de valores respetuosa de la persona y de la naturaleza.

Hoy es más necesario evangelizar el mundo de la salud y la enfermedad, recordar cada día la parábola del Buen Samaritano (Lc 10.29-37). Dos aspectos de la misión de toda comunidad cristiana: –el anuncio del Evangelio y el testimonio de la caridad–, subrayan lo importante que es traducir el mensaje de Cristo en iniciativas concretas. De ahí que se nos recuerde una vez más la obligación de hacer presente la esperanza, regalo de la Pascua, a través del anuncio de la Palabra, de la oración y de la celebración de los Sacramentos, signos de comunión y servicio a los hermanos que sufren.

Nos urge imprimir un rostro más humano a la asistencia y al cuidado a los enfermos. Si hay caridad se convierte en dedicación generosa y cálida, delicada y gratuita, plantea cuestiones de sentido, amplía la comprensión y la comunión, abre la mente y el corazón a horizontes más elevados. Entonces el cuidado a los enfermos se convierte en proclamación silenciosa, pero eficaz, del Evangelio. Cuando el ser humano es tratado en su enfermedad como persona y es ayudado en su fragilidad, se está proclamando que el hombre mantiene su valor de hijo de Dios en todo momento, también cuando sufre la degradación del cuerpo o la mente.

A María, Salud de los enfermos y Consuelo de los afligidos, encomendamos hoy, en la Jornada Mundial del Enfermo, a todos los que sufren la falta de salud, física, espiritual o mental; junto con toda la Iglesia le encomendamos de modo especial a los enfermos incurables; ella es la Madre solícita y compasiva de la humanidad que sufre. No podemos ocultar a los enfermos, no hay que marginar a los que sufren.

Bajo la protección maternal de María, la Virgen de Lourdes, ponemos también hoy a todos los que, de una manera u otra, trabajan en el mundo de la salud: directores de centros sanitarios, capellanes, médicos, investigadores, enfermeras, farmacéuticos y voluntarios. Bajo su manto protector ponemos también el servicio desinteresado de tantos sacerdotes, religiosos y laicos comprometidos en el campo de la salud, que atienden generosamente a los enfermos, a los que sufren y a los moribundos. Que ella, nuestra Madre, interceda por nosotros, para que caminemos en una fe hecha obras de amor hacia los que sufren. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

40º Aniversario de la Asociación ‘Salus Infirmorum’

11 DE FEBRERO DE  2003

 

En la mañana de este sábado, día dedicado a María, Salud de los Enfermos, el Señor nos convoca en torno a la Mesa de su Palabra y de la Eucaristía para la acción de gracias y para la oración.

Con alegría celebramos hoy el 40º Aniversario de la presencia de vuestra Asociación ‘Salus Infirmorum” en nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón. Nuestra Iglesia diocesana se une a vosotras en este día tan significativo para vuestra Asociación: con vosotras alabamos y damos gracias a Dios, fuente y origen de todo bien, por todos los dones recibidos en estos cuarenta años por vuestra Asociación y, a través de vosotras, por nuestra Iglesia, y, de modo especial, por los enfermos, los ancianos, los niños y sus familias. La historia reciente y el presente de nuestra Iglesia son impensables sin vuestra Asociación y sin vuestra dedicación permanente a la pastoral de la salud, a la formación integral de las enfermeras y cuerpo sanitario en cursos a auxiliares de clínica, primero, y en la escuela de auxiliares de enfermería, después. No podemos tampoco olvidar la encomiable tarea del departamento de servicios para el cuidado de enfermos, ancianos y niños, de los cuidadores de jardines de infancia y de los técnicos de laboratorio.

Siguiendo la estela y el carisma de vuestra hermana mayor y fundadora, María de Madariaga, y siempre en estrecha comunión con nuestra Iglesia y sus pastores habéis sido y sois testigos vivos del amor de Dios y de su cercanía a los enfermos. Con vuestro servicio atento y lleno de afecto a los enfermos y a sus familias, en vosotras toman cuerpo las palabras del Señor: “Estuve enfermo y me visitasteis”. Estas palabras de Jesús son expresión del carisma, recibido y vivido por vuestra Fundadora; estas palabras de Jesús condensan su herencia espiritual para vuestra Asociación, que habéis hecho lema y vida a lo largo de estos años, viendo y amando en la persona del enfermo al mismo Cristo. Sí; los enfermos están ahí para colmarlos del amor de Cristo, manifestación del amor de Dios. A través de vuestra Asociación y de las colaboradoras, nuestra Iglesia diocesana sale al encuentro de Cristo, le encuentra y ama en los hombres y mujeres sufrientes. Con vuestra asistencia personal a cada enfermo en sus domicilios, en clínicas y en hospitales, sin distinción de raza, condición, enfermedad o religión ‘se ha probado en vosotras el testimonio de Cristo’. Gracias porque habéis sabido mostrar a este mundo que sufre, que el único importante en esta vida es Él, y que por Él y por amor a Él hay que tener, como el Buen Samaritano del Evangelio, entrañas de misericordia para con el que sufre y para con el enfermo, que hay que padecer con el enfermo –que esto es lo que significa compasión. Vuestra atención y servicio a los enfermos se basa en el amor –amor recibido y amor compartido-, siguiendo las huellas de María, que acogió con amor el amor gratuito de Dios, le correspondió con fe y lo compartió con el necesitado.

Gracias damos a Dios y gracias os damos a vosotras, a vuestra Asociación ‘Salus infirmorum’, a socios, voluntarias y trabajadoras. Con vuestra vida, entregada al servicio del enfermo habéis sido testigos vivos de Jesucristo y de su Buena Nueva, eficazmente presente en su Iglesia. Habéis contribuido así a manifestar y realizar entre nosotros el misterio y la misión de la Iglesia; es decir, que nuestra Iglesia es y sea sacramento del amor de Dios a los hombres en el amor de los cristianos hacia sus hermanos, especialmente hacia los más pobres y necesitados. La nueva Evangelización a que nos llama la Iglesia necesita antes de nada testigos vivos del Evangelio, de la Buena Nueva del Amor de Dios a los hombres. Vosotras nos habéis mostrado que el Evangelio vivido por amor es el mejor camino para llevar a Cristo a los hombres, para que los hombres se abran al amor de Dios manifestado en Cristo y para que los hombres dejen que Jesús penetre profundamente en su corazón, transforme su existencia y les salve.

A nuestra acción de gracias, deseo unir nuestra oración por vosotras, por vuestra Asociación. Pido al Señor que os mantenga fieles a vuestro carisma fundacional; a saber: “llevar a Cristo a los enfermos y a los sanos, a vuestro trabajo, entorno y ambiente… en una palabra evangelizar”. Es esta una inspiración del Espíritu Santo, un don a la Iglesia, a través de vuestra hermana fundadora. A esta raíz habréis de recurrir constantemente para reconocer el don de Dios y recibir el agua viva para vuestra misión. Cristo sigue manifestándose también hoy en muchos rostros que nos hablan de indigencia, de soledad y de dolor. Es necesario, pues, mantener un gran espíritu de escucha de la Palabra ‘que es siempre viva y eficaz’, para manteneros firmes en la fe en el Señor y alegres en vuestra misión, para descubrir a Cristo que vive y sufre en los pobres. Pues como nos dice la carta a los Hebreos “no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, ya que ha sido probado en todo como nosotros, menos en el pecado” (4,5)

Recordando vuestro origen y vuestro pasado, es bueno que contempléis el presente y toméis el pulso a la vida y misión de vuestra Asociación. Nuestra Iglesia os necesita, porque los enfermos os necesitan, porque el Señor cuenta con vosotras. Mirad el futuro con esperanza y preguntaros cómo llevar a cabo la tarea en esta hora de nuestra Iglesia y de nuestra sociedad, permaneciendo fieles a Cristo y a su Evangelio. El Señor se dirige hoy a cada una de vosotras y os dice, como a Leví en el Evangelio de hoy: “Sígueme” (Mc 2, 13-17, 14). Sígueme –os dice- en la tarea de anunciar la Buena Noticia del Evangelio a los enfermos, a los que sufren, en los domicilios y en los hospitales. Y la Buena Noticia no es otra sino Cristo, el Salvador de la humanidad, el Dios con nosotros, que vive y sufre con el enfermo y en el enfermo.

“No necesitan de médico los sanos, sino los enfermos; no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores” (Mc 2, 17). Así lo hemos escuchado en el Evangelio. Jesús es el Salvador, que ha venido para sanar y curar, para perdonar y salvar. El es el médico que se acerca al enfermo, el sumo sacerdote misericordioso que se compadece y libera al pecador. La salvación de Dios es una salvación integral: abarca al hombre entero, en cuerpo, alma y espíritu; y no sólo mientras peregrina aquí en la tierra, sino también cuando se convierte en ciudadano del cielo. En este mundo, el hombre no puede alcanzar la salvación total y perfecta; su vida está sujeta al dolor, a la enfermedad, a la muerte. La salvación de Dios es Jesucristo en persona, a quien el Padre envió al mundo como Salvador del hombre y médico de los cuerpos y de las almas. Durante los días de su vida terrena, movido por su misericordia, curó a muchos enfermos, librándolos también con frecuencia de las heridas del pecado (cf. Mt 9, 2-8; Jn 5, 1-14).

Vuestra asociación esta llamada a ser presencia de la Salvación de Dios en Cristo en el mundo de la enfermedad. Dios, amor misericordioso, el amor más grande, sale en Cristo al encuentro de los hombres, sanos y enfermos, justos y pecadores. Vosotras habéis de ser, en cualquier momento y situación, signo de la presencia viva y amorosa de Dios en Cristo, mediadoras de su Evangelio y de su obra redentora por la fuerza del Espíritu. Cristo Jesús es el centro, la base y la meta de la vida y la misión de vuestra asociación. La piedra angular de ‘Salus infirmorum’, como la de toda la Iglesia, es Cristo Jesús: es su rostro el que habéis de mostrar, su Evangelio el que habéis de anunciar, y la nueva Vida, que nos viene por Él, la que habéis de anunciar y trasmitir a los demás.

Miremos a María: ella nos protege y guía; ella es la Madre solícita que socorre con amor a sus hijos cuando se ha­llan en dificultad. María es ‘salud de los enfermos’, que dirige nuestra mirada hacia su Hijo, y como a los novios, nos dice: “Haced lo que os diga”.

Este Aniversario nos invita de nuevo a dirigir nuestra mirada hacia María. Encomendándonos a ella y siguiendo su estela y su indicación ponemos nuestros ojos en Cristo, escuchamos su palabra y nos sentimos impulsados hacia un renovado testimonio de caridad, para hacernos iconos vivientes de Cristo, Buen Samaritano, en tantas situaciones de sufrimiento físico y moral del mundo de hoy.

El servicio a los enfermos y a los que sufren ha sido siempre una parte integrante de la misión de la Iglesia; ha de ocupar, por tanto, un lugar prioritario en la vida y misión de nuestra Iglesia diocesana. Como Iglesia del Señor estamos llamados a encarnar el modelo de salud ofrecido por Cristo a los hombres y mujeres de su tiempo. Esto pide de nosotros sentirnos salvados y sanados en nuestro interior, experimentar el gozo de la salvación y comprobar que la fe, la esperanza y el amor son saludables; y, finalmente, pide de nosotros acoger y no excluir al enfermo y ser creativos en su servicio

El dolor y la enfermedad forman parte del misterio del hombre en la tierra. Es justo luchar contra la enfermedad, porque la salud es un don de Dios. Pero es importante también saber leer el designio de Dios cuando el sufrimiento llama a nuestra puerta. La clave de dicha lectura es la cruz del Señor. El Verbo encarnado acogió nuestra debilidad, asumiéndola sobre sí en el misterio de la cruz. Desde entonces, el sufrimiento tiene una posibilidad de sentido, que lo hace singularmente valioso. Desde hace dos mil años, desde el día de la pasión, la cruz brilla como suprema manifestación del amor que Dios siente por nosotros. Quien sabe acogerla en su vida, experimenta cómo el dolor, iluminado por la fe, se transforma en fuente de esperanza y salvación.

Cuantos trabajáis como cristianos en el mundo de la salud y de la enfermedad estáis llamados a ser testigos de esperanza, sobre todo allí donde la debilidad y la fragilidad humanas contrarían el deseo de vivir. Hay una esperanza que no defrauda: Cristo; hay una salud y una salvación que sólo Dios puede dar. Y vosotros sois testigos y agentes de ellas.

A María, Salud de los enfermos, encomendamos hoy a vuestra Asociación y a todos los que sufren la falta de salud; Bajo su protección maternal ponemos a todos cuantos trabajan en el mundo de la salud. Bajo su manto protector ponemos también el servicio desinteresado de tantas personas -sacerdotes, religiosos y laicos- comprometidos en el campo de la salud, que atienden generosamente a los enfermos, a los que sufren y a los moribundos.

¡Acerquémonos, hermanos, con corazón bien dispuesto a la mesa de la Eucaristía! ¡Acojamos a Cristo, alimento de vida cristiana, fuente de vida y salvación integral, de comunión con Dios y con los hermanos! Él nos fortalece y nos envía a ser testigos de su amor y de la esperanza que no defrauda. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Compromiso de todos por la educación

Queridos diocesanos:

La organización católica Manos Unidas celebra su Campaña anual durante la segunda semana de este mes de Febrero, que culminará el domingo, día 11, con la celebración del Día diocesano de Manos Unidas y la Colecta en todas las iglesias de la Diócesis. El trabajo, que durante todo el año realizan las voluntarias y los voluntarios, se intensifica en estos días. Con diversas acciones pretenden avivar nuestra sensibilidad y nuestro compromiso efectivo con los problemas del subdesarrollo en el mundo.

Este año, Manos Unidas ha puesto el centro de su atención y de sus acciones en la educación; y, más en concreto, en la escolarización de todos, en especial de los niños y de las niñas en los países más pobres. La alfabetización, aprender a leer y escribir, a calcular y pensar, son condiciones básicas para la educación. Es éste un proceso que tiene como finalidad el desarrollo integral y armónico de todas las capacidades de la persona. La Doctrina Social de la Iglesia nos recuerda que el desarrollo autentico ha de ser de todo el hombre, de todos los hombres y de todas las generaciones.

El ser humano es una unidad de cuerpo y espíritu, destinado por Dios a la perfección en la unidad personal. Los bienes materiales son necesarios para vivir con dignidad, pero no pueden convertirse en fin último del desarrollo; son medios al servicio del ser y del bien integral de las personas, es decir, de la realización de su vocación. La persona está llamada a realizarse en todas sus dimensiones: en la corporal, social, cultural, espiritual y religiosa. Un desarrollo con rostro humano no olvida ninguna de estas vertientes de la persona.

Educación y desarrollo integral de la persona van unidos y se condicionan mutuamente. No es posible el desarrollo personal y comunitario sin la educación. No habrá verdadero desarrollo, mientras existan tantas personas, especialmente niñas y mujeres, sin acceso a la escolarización.

Colaboremos todos con generosidad en la Colecta de Manos Unidas en favor de la escolarización de los más pobres. Nuestra aportación será la prueba del grado real de nuestro compromiso por el desarrollo de los más pobres.

Vuestro Obispo,

 

+ Casimiro

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de la Presentación del Señor

Castellón, Santa Iglesia Concatedral – 2 de febrero de 2007

Amados hermanos y hermanas en nuestro Señor Jesucristo.

Os saludo de corazón a todos en la Fiesta de la Presentación del Señor. De modo especial os saludo a vosotros, queridos consagrados y consagradas, en la Jornada de la Vida Consagrada. Nuestra Iglesia diocesana de Segorbe-Castellón, en unión con la Iglesia universal, da gracias a Dios hoy por todos vosotros y por la diversidad de carismas de vuestros institutos: sois verdaderos dones del Espíritu Santo con los que Dios enriquece a nuestra Iglesia. Con vosotros y con vosotras oramos hoy al Señor para que por la fuerza del Espíritu os mantengáis fieles a vuestra consagración siguiendo al Señor obediente, virgen y pobre al servicio siempre de la Iglesia y de la humanidad.

De pronto vendrá a su templo el Señor, a quien vosotros buscáis; el ángel de la alianza a quien tanto deseáis” (Mal 3, 1). Estas palabras del Profeta Malaquías en la primera lectura anuncian la llegada del Señor al templo para encontrarse con su pueblo y, a la vez, el deseo del pueblo de encontrarse con su Señor. El evangelio de Lucas narra el cumplimiento histórico de la profecía de Malaquías en la presentación del Señor en el templo. Cuarenta días después de su nacimiento, Jesús es presentado y consagrado a Dios por María y por José, según las prescripciones de la ley mosaica para el nacimiento de todo primogénito (cf. Ex 13, 2).

El cumplimiento fiel de la ley es la ocasión del encuentro de Jesús con su pueblo, que lo busca y lo espera con fe. Jesús es reconocido y acogido, pero no por todos. Sólo aquellos que confían en Dios y esperan su promesa, es decir, los pobres, los humildes y los sencillos de corazón saben reconocerlo y acogerlo: Simeón, “hombre honrado y piadoso que aguardaba el consuelo de Israel” (Lc 2, 25), y la profetisa Ana, que vivía en la oración y penitencia. Simeón, iluminado por el Espíritu Santo, reconoce en aquel niño al Mesías, al Salvador prometido, a la luz para alumbrar a todas las naciones, y bendice a Dios. Ana da gracias a Dios y habla del niño con entusiasmo “a todos los que aguardan la liberación de Israel” (Lc 2,32).

Al recordar hoy la presentación de Jesús en el templo de Jerusalén, la Palabra de Dios nos exhorta a que avivemos nuestro deseo de encuentro con el Señor presente en medio de nosotros, en nuestra historia, y a que lo acojamos con fe. Así lo hemos expresado al inicio de la celebración, caminando con las candelas encendidas hasta el altar. El Señor sale de nuevo a nuestro encuentro en su Palabra y, sobre todo, en la Eucaristía, presencia eminente suya entre nosotros. Él se nos ofrece para unirse mística, pero realmente con nosotros; Él nos ofrece su luz para iluminar nuestros caminos, nos ofrece su propia vida para hacernos partícipes del amor de Dios.

Así lo expresa el anciano Simeón. “Mis ojos han visto a tu Salvador… luz para alumbrar a las naciones…”. Aquel Niño es el Salvador prometido y esperado, la Luz de Dios, que alumbra a las naciones, la Luz de Dios para toda la humanidad. Cristo manifiesta a los hombres el verdadero rostro de Dios. Dios es Amor. San Agustín lo dirá muy hermosamente respecto de la Trinidad: la historia amorosa de un eterno Amante (el Padre), hacia un eterno amado (el Hijo), en un terno Amor (el Espíritu). Dios es amor misericordioso, que crea al hombre por amor y para el amor; Dios es vida y quiere hacernos partícipes de su misma vida divina intratrinitaria, comunión de vida y de amor.

De este modo, Cristo nos revela el verdadero rostro del hombre: Él nos revela nuestro origen, nuestra meta y el camino para lograr la verdadera humanidad. Y estos no son otros sino Dios, su amor, manantial de amor para los hombres y fuerza para el amor humano y fraterno.

Como Simeón o Ana hemos de tener la mirada y el corazón bien abiertos, para ver en Jesús y en su amor total, fiel y obediente hasta la muerte, la respuesta de Dios a la milenaria búsqueda de los hombres: a su búsqueda de sentido, de amor, de vida y de felicidad. La carta a los Hebreos lo expresa con toda claridad: Cristo por su oblación amorosa y obediente al Padre hasta la muerte, nos libera del terror del pecado y de la muerte que nos esclavizan. En nuestros intentos de buscar la felicidad, la vida y la propia realización, los humanos vivimos con miedo al fracaso. En la raíz de todos nuestros miedos está una falsa imagen de Dios y el temor a no alcanzar la vida y la felicidad. Eso nos lleva tantas veces a mendigar seguridades fuera de Dios y a buscar la vida fuera de El. Así acabamos esclavos de todo lo que pretende darnos una seguridad imposible. Nos cerramos a Dios y a su amor, y ello nos lleva a cerrarnos al otro: así nos aferramos a nuestros horizontes limitados y a nuestros egoísmos, a nuestro afán desordenado de autonomía personal al margen del designio de Dios, al goce efímero de nuestro cuerpo o a la posesión insaciable de bienes materiales. A partir de esta esclavitud se comprenden las demás esclavitudes humanas. Los intentos de liberación que no vayan a esta raíz no harán sino cambiar el sentido de la esclavitud.

Jesucristo es nuestro Salvador; y lo es precisamente porque ha ido más allá de proyectos humanos al margen de Dios. Él mismo, se ofrece en obediencia al Padre por amor a Él y a los hombres, y no rehuye pasar por el sufrimiento y la muerte para recuperarnos el Amor y la Vida de Dios. Muriendo y resucitando nos libera del pecado y de la muerte. Liberados del pecado y de la muerte, en Cristo todos podemos ser libres, podemos vivir la libertad de los Hijos de Dios, en obediencia al designio de Dios, en el amor gratuito y oblativo, en el abandono a su providencia. En Él podemos amar a Dios y a los hombres, vivir en la comunión de vida trinitaria y en la comunión fraterna con los hermanos, siendo desde ahí generadores de comunión entre los hombres. En Cristo podemos esperar sin miedos y sin necesidad de buscar seguridades humanas, que serán siempre limitadas.

 

En la oración colecta hemos pedido la gracia de presentarnos también nosotros al Señor “plenamente renovados en el espíritu”, conforme al modelo de Jesús. De modo particular vosotros, religiosos, religiosas y miembros de institutos seculares, estáis llamados a participar en este misterio del Salvador. Es misterio de oblación, en el que se funden indisolublemente la gloria y la cruz. Hoy celebramos en toda la Iglesia una singular presentación, un singular “ofertorio”, en el que vosotros, hombres y mujeres consagrados, renováis espiritualmente vuestra oblación a Dios en bien de la humanidad. Al hacerlo, nos ayudáis a los cristianos y a las comunidades eclesiales a crecer en la dimensión oblativa que nos constituye, edifica e impulsa por los caminos del mundo.

La fiesta de la Presentación os invita a los consagrados a fijar de nuevo la mirada en Jesús, para convertiros a Él, para crecer en fe y confianza, sabiendo que Él navega con nosotros en medio de las vicisitudes de la vida. Lo decisivo ante la dificultad es la fe gozosa y la adhesión apasionada a Jesucristo. Lo decisivo en todo momento es confiar plenamente en el Señor y vivir con radicalidad la consagración al Señor. Por vuestra vocación y especial consagración estáis llamados a caminar con Cristo y desde Cristo en la familia de vuestra comunidad siendo “huellas de la Trinidad en la historia”, como reza el lema de este año.

El Señor os llama a vivir unidos a Él y caminar como hermanos con Él, para ser luz que alumbre las tinieblas de nuestro mundo; estáis llamados a ser testigos vivos de Dios Amor para un mundo que parece empecinado en vivir de espaldas a Dios; sois la luz puesta en lo alto del monte para que alumbre las tinieblas de nuestro mundo y sea faro y norte a donde dirigir los pasos del hombre de hoy. Estáis llamados a vivir, sencillamente, lo que sois: signo perenne de la vocación más íntima de la Iglesia, recuerdo permanente de que todos estamos llamados a la santidad, a la unión con Dios en la perfección del amor a Dios y a los hermanos.

El alma de la vida religiosa es tener a Cristo como plenitud de la propia vida, de forma que toda la existencia sea entrega sin reservas a Él. Dejad que Cristo viva en vosotros y vosotras, seguidlo dejándolo todo, seguid sin condiciones al Maestro, fiaros en todo momento de Él, dedicad toda vuestra vida, vuestro afecto, vuestras energías, vuestro tiempo, a Jesucristo, y en Él, al Dios y Padre de todos. Vivid esa entrega sin dejar que ninguna duda ni ambigüedad sobre el sentido y la identidad de vuestra consagración os perturbe.

Esta es la sustancia de la vida consagrada. A ella habréis de volver una y otra vez, para que vuestra vocación, vuestra consagración, sea una fuente de gozo radiante y completo. Cuando queremos definirnos sólo por lo que hacemos y olvidamos esto que es sustancial, la propia vida no es capaz de mantenemos en la alegría de Cristo; y la misma consagración, expresada en diversas formas en los votos, se desvirtúa y termina perdiendo sentido. En los tiempos de cambios profundos y, a veces, de desconcierto en que vivimos, recordad que ni sois extraños ni inútiles en la ciudad terrena.

Con vuestra vida de castidad, estáis anunciando y testificando el amor y la entrega al Reino de Dios como valor absoluto y definitivo. Con vuestra vida de pobreza, anunciáis a Dios, Padre de todos, y apuntáis hacia una comunidad humana más fraterna, al servicio de la dignidad y la dicha de todos, donde el poder y acaparar sean sustituidos por el compartir. Con vuestra vida de obediencia, anunciáis que la vida del ser humano encuentra su realización plena en el cumplimiento de la voluntad de Dios.

Por todo ello, junto con todos vosotros y vosotras, pido al Señor que os dé la fuerza para permanecer fieles al don y al carisma que habéis recibido de vuestros fundadores o fundadoras; para que sigáis siendo testigos vivos de Dios-Amor en medio de nuestro mundo; para que, a través de vuestro ser más íntimo, viváis en el corazón de la Iglesia diocesana. Es en la comunión de la Iglesia diocesana y con su Pastor, el Obispo, donde se concreta y vive vuestra comunión con la Iglesia universal; de lo contrario, vuestra comunión eclesial se vuelve abstracta y se difumina. Si de todo fiel se pide un obsequio religioso al Magisterio eclesial, cuanto más de los consagrados. ¡No os dejéis perturbar por muestras de desafección hacia los Pastores de la Iglesia! Éstas además de herir la unidad de la Iglesia, debilitan vuestra consagración, vuestra comunión y vuestra misión. Encarnad en la Iglesia el radicalismo de los consejos evangélicos, para que seducidos por Jesús, os entreguéis al servicio de los hombres. ¡Que la Virgen Maria, fiel y obediente esclava del Señor, os ayude, os proteja y os lleve a Cristo! Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón