Fiesta del Seminario Diocesano ‘Mater Dei’

Castellón, Iglesia del Seminario, 26 de marzo de 2007

 

Celebramos hoy la Solemnidad de la Anunciación del Señor, la Fiesta del Seminario Diocesano ‘Mater Dei’ y la institución de un nuevo acólito, que pronto, con la gracia de Dios, será ordenado diácono. Es un día repleto de significado, que he deseado celebrar con todo el presbiterio diocesano, para dar gracias al Dios por su gran amor a la humanidad y por sus muestras de amor a nuestra Iglesia de Segorbe-Castellón. Dios, que es amor, es la fuente de la Encarnación del Verbo, de este nuevo acólito, de nuestro seminario y de nuestro presbiterio.

Llegada la plenitud de los tiempos, Dios envió su mensaje a la tierra y la Virgen creyó el anuncio del ángel: que Cristo, encarnado en su seno por obra del Espíritu Santo, iba a hacerse hombre por salvar a los hombres”. Este denso texto del prefacio de hoy resume muy bien el sentido de esta Solemnidad. Dios Padre envía su mensaje a la tierra, o –con palabras del profeta Isaías- nos envía una señal. Es el Dios cuyo designio amoroso de restaurar la naturaleza humana caída y alejada de Dios por el pecado, cumplirá su Hijo al llegar a este mundo. Así se expresa en la carta a los Hebreos y en el salmo: “Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad” (Heb 10, 9; Sal 39). Cristo Jesús, es el Enmanuel, el Dios-con- nosotros, el Hijo de Dios, que, al llegar a este mundo, dijo: “Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo” (Heb 10, 5). El Espíritu Santo hará germinar a Jesús en el seno de María: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lc 1, 35). Y ahí está también María, en quien se ha cumplido la profecía de Isaías: “La Virgen está encinta y da a luz un hijo” (Is 7, 14). Es esta virgen, desposada con José, quien, al recibir de Dios la llamada para ser madre de Jesús, respondió: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38).

La Anunciación es un acontecimiento humilde y escondido; pero es al mismo tiempo un acontecimiento decisivo para la historia de la humanidad. Cuando la Virgen pronunció su ‘sí’ al anuncio del ángel, Jesús fue concebido y con Él comenzó la nueva era de la historia, que más tarde será sancionada en la Pascua como ‘nueva y eterna Alianza’.

El ‘sí’ de María es el reflejo perfecto del ‘sí’ de Cristo, cuando entró en el mundo: “¡He aquí que vengo a hacer, oh Dios, tu voluntad!” (Heb 10, 7). La obediencia del Hijo se refleja en la obediencia de la Madre y de este modo, gracias al encuentro de estos dos ‘síes’, Dios ha podido asumir un rostro de hombre. Por este motivo la Anunciación es también una fiesta cristológica, pues celebra un misterio central de Cristo: su Encarnación.

El amor de Dios, la disponibilidad en obediencia a la llamada de amor del Padre por parte del Hijo y de María y su entrega a la misión que les es confiada en favor de la humanidad resumen la Palabra de Dios proclamada en la liturgia de hoy.

El amor de Dios, la disponibilidad y la entrega son también las claves para entender y vivir la vocación y el don del orden sacerdotal.

 “Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). Esta es la respuesta de María a la elección gratuita y amorosa de Dios; una respuesta que se continúa en la Iglesia, llamada a hacer presente a Cristo en la historia, ofreciendo su propia disponibilidad para que Dios siga visitando a la humanidad con su misericordia. El ‘sí’ de Jesús y de María se han de renovar en el ‘sí’ de nuestra Iglesia diocesana a la misión recibida de su Señor; nuestra Iglesia no se debe así misma sino a su Señor.

El ‘sí’ de Jesús y de María se ha de reflejar también en cada uno de nosotros -Obispo, sacerdotes y seminaristas-, acogiendo y viviendo en obediente disponibilidad el don recibido en el sacramento del orden o respondiendo con la misma actitud a la llamada del Señor a su seguimiento como ministros ordenados.

“Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1, 28). Esta invitación a la alegría del ángel a María al anunciarle que ha sido agraciada y escogida por Dios para ser la Madre de su Hijo, se repite hoy al celebrar la fiesta del Seminario. Queridos seminaristas: Él Señor os ha llamado y elegido por puro amor para ser sus presbíteros en esta Iglesia de Dios, que peregrina en Segorbe-Castellón. Vuestra alegría es nuestra alegría, la de nuestro presbiterio, la de nuestra Iglesia diocesana.

Vuestra vocación es un signo de la benevolencia divina hacia vosotros, pero sobre todo hacia nuestra Iglesia. Ante la escasez de vocaciones en nuestra propia Iglesia, puede que a veces nos ocurra como al rey Acaz, que ya no confiaba en la presencia providente de Dios en medio de su pueblo (cf Is 7,10-14; 8, 10). Este joven rey de Jerusalén, débil, mundano y sin hijos, veía peligrar su trono a causa de la presencia de ejércitos enemigos y buscó alianzas humanas. Isaías le propone pedir Dios ‘una señal’, que Acaz de modo hipócrita rechazará, porque ya no se fiaba de Dios. Pese al rechazo, Dios le dará la señal de una virgen encinta que dará a luz al Enmanuel, al Dios con nosotros (cfr. Is 8,10).

Salvando las distancias y las circunstancias, ante la escasez de vocaciones en nuestra Iglesia Diocesana, ante las dificultades presentes y ante la debilidad de nuestra Iglesia, también puede que nosotros dudemos, como Acaz, de la presencia de Dios en medio de nosotros; puede que no pidamos confiadamente al Señor nuevas vocaciones ni promovamos las vocaciones, y puede también que no sepamos agradecer las que recibimos.

Vosotros, queridos seminaristas, sois una señal concreta de que Dios está con nosotros, de que Él sigue presente en su Iglesia, de que Él sigue llamando a jóvenes como vosotros al sacerdocio ordenado. Demos gracias a Dios, porque Dios nos sigue mostrando su gran amor hacia nosotros. Es justo y necesario en estos momentos de invierno vocacional poner nuestra confianza en Dios, origen de todo don, y pedirle con fe confiada y con insistencia, y, a la vez, acoger con verdadera alegría y con prontitud nuevas vocaciones al sacerdocio ordenado.

En este día os quiero confiar mi preocupación, mis esperanzas y mi solicitud pastoral por el Seminario. El Seminario, el lugar, la comunidad y el tiempo, en que crecen, maduran y se forman los futuros sacerdotes, es el presbiterio en gestación. Por ello, queridos sacerdotes, hemos de amar como algo propio nuestros seminarios; y si se ha enfriado este amor, nos urge reavivarlo. Aquí viven y se forman nuestros futuros hermanos en el presbiterio. Y, a la inversa, vosotros seminaristas habéis de aprender amar a todos los sacerdotes, vuestros futuros hermanos en el presbiterio: la fraternidad sacerdotal, basada en el sacramento del orden, es el vínculo que en verdad nos une y que está por encima de toda diferencia de edad, origen, lengua o país.

El seminario es también signo del vigor espiritual y de la esperanza de una Diócesis de cara al futuro. Es conocido el descenso del número de seminaristas, sobre todo, originarios de nuestra propia Iglesia. Si no hay seminaristas, no habrá sacerdotes, y nuestra Diócesis se verá privada de un elemento esencial para seguir siendo Iglesia: los presbíteros.

Tenemos necesidad de alumnos con la semilla de la vocación sacerdotal en el corazón, dispuestos a ser generosos y entregados, como María. ¿No seremos capaces de superar nuestro letargo y con la gracia de Dios y nuestro empeño conseguir que dos o tres jóvenes ingresen cada año en el Seminario Mayor? Esta es una interpelación, que exige respuesta por parte de todos. Si amamos a nuestra Iglesia de Segorbe-Castellón, tenemos que volcarnos en la pastoral de las vocaciones al ministerio ordenado y en nuestro apoyo al Seminario. Esta mañana os ofrezco algunas pistas para la pastoral vocacional. Nos urge mucho, en primer lugar, retomar y hacerlo con verdadera pasión esta pastoral vocacional específica.

La pastoral vocacional al ministerio ordenado ha de ser personalizada, una pastoral del tú a tú: para ello es necesario recuperar el acompañamiento espiritual personal de niños, adolescentes y jóvenes, para ayudarles a plantearse y discernir la llamada que Dios les hace personalmente a cada uno. El Señor nos llama a superar nuestras reticencias mentales y afectivas en la pastoral vocacional al ministerio ordenado, para hacer con valentía y sin miedos la propuesta vocacional al sacerdocio a chicos y jóvenes. Son muchas las ocasiones que se nos ofrecen. El sacramento de la Penitencia es muy importante en esta pastoral vocacional, como la participación en la Eucaristía será la fuerza que sostenga y alimente al futuro seminarista.

No tengamos miedo a hablar a padres, catequistas y animadores de grupos juveniles para hacerles ver que en su tarea educativa no pueden obviar la cuestión vocacional. Abrirse a la llamada de Dios no coarta la libertad; al contrario, la amplía; y, sobre todo, es el camino necesario para crecer como cristianos en el seguimiento del Señor.

Debemos cuidar mucho la pastoral de la iniciación cristiana y, de modo especial, la del sacramento de la Confirmación, planteando también el proyecto vocacional. Los sacerdotes debemos tener una mayor implicación directa sin dejarla exclusivamente en manos de los catequistas.

Queridos hermanos: la Palabra de Dios de este nos exhorta a mantener viva la esperanza en medio de las dificultades y preocupaciones, a poner nuestra esperanza y nuestra confianza en el Señor. El clima propio de la confianza es la oración. Es necesario orar con insistencia al “Dueño de la mies para que envíe obreros a su mies” (Mt 9, 38). Hay que animar y acompañar un amplio movimiento de oración en toda la Diócesis: por los jóvenes para que el Señor abra los oídos de su corazón y escuchen su voz, y también orar con los jóvenes para que, como el joven Samuel, escuchen la voz de Dios y no confundan las voces con los ecos, los ruidos con los sueños. Necesitan alguien que les enseñe a distinguir en el silencio la voz que pronuncia su nombre y les indique la respuesta: “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1 Sam 3,10).

Si “la falta de sacerdotes es ciertamente la tristeza de la Iglesia” (PDV 34), la respuesta vocacional de los jóvenes será nuestra alegría y nuestro gozo. Que la Virgen, la Madre de Dios, en su vocación de entrega y generosidad, sea espejo de vida y vocación: A Ella confiamos nuestro Seminario y la obra de las vocaciones sacerdotales.

Querido Francisco. A continuación vas a ser instituido acólito. Es éste un ministerio laical y, en tu caso, un paso más hacia las sagradas órdenes. Por este ministerio quedas vinculado especialmente al servicio del altar. No olvides lo que en el altar se celebra: el Sacrificio del Señor, el Siervo de Yahvé, su entrega total hasta la muerte para todos tengan vida. Acoge y vive este ministerio con actitud de servicio de modo que su ejercicio te ayuda a madurar en u capacidad de entrega y de servicio en tu futuro ministerio diaconal y presbiteral. ¡Que María, la esclava del Señor, sea tu ejemplo y maestra! Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

El Seminario es cosa de todos

Queridos diocesanos:

En el Día del Seminario se hará presente en nuestras comunidades una preocupación, que debería ser permanente en la vida de nuestra Diócesis: nuestro Seminario. Porque hemos de orar por las vocaciones al sacerdocio ordenado y nos hemos de implicar en su promoción; nos urge –y mucho- recuperar o intensificar nuestro cariño y compromiso, también económico, por nuestros Seminarios. En ellos se forman los futuros pastores, testigos del amor de Dios, que necesitan nuestras comunidades.

Es ya un tópico decir que padecemos un fuerte ‘invierno de vocaciones’. No sólo escasean las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada; son también pocos los seglares que viven su ser cristiano como vocación. Hoy no es fácil hablar de vocación. Junto a otras muchas circunstancias, el contexto cultural actual propugna un modelo de ‘hombre sin vocación’. Interesa lo inmediato, lo útil, el tener; falta una perspectiva global de la persona como proyecto de vida. El futuro de niños, adolescentes y jóvenes se plantea, en la mayoría de los casos, reducido a la elección de una profesión, a tener una buena situación económica o a la satisfacción afectiva, sin apertura al misterio de la propia vida, a Dios o al propio bautismo. No se lleva ser cristiano y, menos, ser cura.

Y, sin embargo, una mirada creyente descubre que todos tenemos una vocación. Dios llama a cada uno a la vida con un proyecto para cada uno. La nueva vida recibida en el bautismo desarrolla esa llamada de Dios. El tiene también un plan personal y concreto para cada cual en la Iglesia y en el mundo. La vocación es el pensamiento amoroso de Dios sobre cada uno de nosotros; es su propuesta a realizarnos según esta imagen única, singular e irrepetible. En ella encuentra cada uno su nombre y su identidad, que garantiza su libertad y su felicidad.

Ayudemos todos –en especial los padres, los sacerdotes y los catequistas- a nuestros niños, adolescentes y jóvenes a hacerse sin miedo esta pregunta: “Señor, ¿qué quieres que haga en mi vida”. Si sienten la llamada al sacerdocio, ayudémosles a responder con prontitud, alegría y generosidad como Samuel y tantos otros antes de nosotros. Será nuestro mejor servicio a su felicidad.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro

Obispo de Segorbe-Castellón

Vigilia de la Jornada por la vida

Iglesia Arciprestal de Villareal – 24 de marzo de 2007

 

El Señor nos ha convocado para celebrar la Vigilia en favor de la Vida humana. Esta tarde queremos dar gracias a Dios por el don de toda nueva vida, la que lleváis en vuestro seno, vosotras madres gestantes, y tantas otras madres como vosotras. Pero también queremos orar para toda vida humana sea acogida y respetada; y, a la vez, reflexionar sobre los temas de la promoción y defensa de la vida humana, especialmente cuando se encuentra en condiciones difíciles. Al manifestar nuestro gozo y acción de gracias a Dios por el don de toda nueva vida, pedimos por el respeto de toda vida humana en todos los momentos y condiciones, por el cuidado del que sufre o está necesitado, por la cercanía al anciano o al moribundo. Os saludo a vosotras madres gestantes, que hoy seréis bendecidas. Saludo también a cuantos trabajáis en este campo de la vida humana, y os renuevo la expresión de mi aprecio por la labor que realizáis para lograr que la vida sea acogida siempre como don y acompañada con amor.

En el evangelio de hoy hemos escuchado el conocido episodio de la mujer adúltera (Jn 8, 1-11). Jesús la perdona y pone así de relieve un aspecto de la misericordia divina: Dios está siempre dispuesto a perdonar, sean cuales fueren nuestros pecados. Jesús nos muestra así el verdadero rostro de Dios: Dios es misericordia, el amor más grande, porque es el Dios del Amor y de la Vida, que llama por amor a la vida, y quiere que todos tengan vida y la tengan en abundancia.

El verdadero rostro de Dios se nos ha mostrado en su Hijo, Jesucristo. El fragmento del profeta Isaías de la primera lectura (Is 43, 16-21) parecería tachar de inútil todo el pasado del pueblo de Israel: “No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo”. Pero no. Isaías no trata de minusvalorar los acontecimientos del pasado, sino que intenta valorar la gran maravilla -totalmente nueva- que Dios prepara para sus fieles en su Hijo, Jesucristo. Y con imágenes que recuerdan los prodigios obrados por Dios en el antiguo éxodo del pueblo de Israel, el profeta describe lo que constituirá el nuevo y definitivo éxodo, la decisiva liberación de la humanidad.

Ese “algo nuevo” realizado por Dios es la obra de salvación, llevada a cabo por la muerte y la resurrección de Cristo, a través de las cuales Dios nos perdona misericordiosamente todos nuestros pecados y nos devuelve la vida de comunión y de amistad con Él y los hermanos. Es esta novedad radical la que hace que san Pablo nos haya dicho en la segunda lectura que “todo lo considero pérdida, comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor” (Filp 2, 4-10.2)

Jesucristo es la Vida para el mundo; Él es la vida en plenitud para toda la humanidad. Jesucristo es el Evangelio de la Vida. No se trata de una mera reflexión, aunque original y profunda, sobre la vida humana; no es sólo un mandamiento destinado a sensibilizar la conciencia y a causar cambios significativos en la sociedad; menos aún es una promesa ilusoria de un futuro mejor. El Evangelio de la Vida es la persona misma de Jesús, el cual se presenta al apóstol Tomas y en él a todo hombre, con estas palabras: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn.14,6). Jesús, el Hijo que desde la eternidad, recibe la vida del Padre y ha venido a los hombres para hacerles partícipes de ese don: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn.10,10).

Sin embargo, nos toca vivir en un contexto dominado por un eclipse de la conciencia moral sobre el valor y la dignidad de la vida humana. El aborto y la extensión, que va adquiriendo, también entre nosotros, tienen una malicia real. Porque no estamos ya ante el aborto como un hecho inicuo que se comete de forma particular; estamos ante una realidad de enormes proporciones que busca su propia justificación al margen de la Ley de Dios y de los más elementales principios morales. Hemos de tomar conciencia de que el aborto es una auténtica estructura de pecado, que “busca la deformación generalizada de las conciencias para la extensión de su maldad de modo estable”.

En general vivimos en una situación nueva. En nuestras sociedades desarrolladas hay nuevas amenazas contra la vida humana. El progreso científico y técnico ofrece la posibilidad de nuevas agresiones contra la dignidad del ser humano. En muchos países, incluido el nuestro, hay amplios sectores de la opinión pública que justifican algunos atentados contra la vida.

Ante esta situación, hemos de anunciar el Evangelio de la vida. Con esta expresión “Evangelio de la vida” se expresa muy bien un elemento esencial de mensaje bíblico. El Evangelio de la vida consiste en el anuncio de la persona misma de Jesús, manifestación suprema del Amor de Dios; por la palabra, la acción y la persona de Jesús se da al hombre la posibilidad de conocer toda la verdad sobre el valor de la vida humana  El Evangelio del amor de Dios al hombre, el Evangelio de la dignidad de la persona y el Evangelio de la vida son un único e indivisible Evangelio. El hombre viviente constituye el camino primero y fundamental de la Iglesia.

El agradecimiento y la alegría por la dignidad sin medida del hombre, de todo hombre, nos mueve a hacer a todos partícipes de este mensaje: la vida humana es un don precioso de Dios, fruto de su Amor; por ello toda vida humana es sagrada e inviolable y por esto son absolutamente inaceptables el aborto procurado, la eutanasia y otros atentados contra la vida.

La Iglesia, fiel al evangelio de la vida, ha proclamado siempre que sólo Dios es el Señor y Dueño de la vida y de la muerte de los hombres: “Yo doy la muerte y doy la vida”, dice el Señor. Por ello, al mismo tiempo que reconoce la soberanía de Dios sobre la vida y muerte de los hombres, la Iglesia ha condenado siempre los ataques contra la vida del hombre. Ya Juan Pablo II calificó como ‘cultura de muerte’, las corrientes actuales que presentan los atentados directos a la vida como reivindicaciones modernas amparadas en ‘un concepto perverso de libertad’.

El mismo Papa Benedicto XVI, en su mensaje para la jornada de la Paz de este mismo año, presentaba los ataques a la vida humana como atentados directos a la paz que todos anhelamos: “Hay muertes silenciosas provocadas por el hambre, el aborto, la experimentación sobre los embriones y la eutanasia. ¿Cómo no ver en todo esto un atentado a la paz? El aborto y la experimentación sobre los embriones son una negación directa de la actitud de acogida del otro, indispensable para establecer relaciones de paz duraderas”.

Contra la violencia homicida de los fuertes se alza el valor incomparable de cada vida humana. Las razones que se aducen para justificar el aborto o la eutanasia equivalen, en último término, a poner precio a la vida de un ser humano, débil e inocente. Entre los atentados contra la vida, el aborto reviste una especial gravedad. El Concilio Vaticano II no duda en calificarlo de ‘crimen nefando’. Por su malicia intrínseca y por la indefensión injusta y terrible que sufre quien debería recibir todos los cuidados de la familia, de la sociedad y del Estado para alcanzar la meta de la gestación y ser alumbrado a la vida, la Iglesia lo condena con la pena de la excomunión de quienes lo practican y colaboran directamente en él.

Hemos de tomar conciencia de la gravedad del problema. No podemos mirar hacia otro lado, ni acostumbrarnos a situaciones inmorales, ocasionadas por leyes injustas; tampoco podemos pensar que nada se puede hacer por cambiar el rumbo de la sociedad en cuestiones que ponen en peligro el fundamento de la misma sociedad, como es el derecho a la vida.

Es preciso que el Evangelio de la vida penetre en el corazón de cada hombre, en lo más recóndito de la cultura, en el alma de la sociedad. Es necesario, sobre todo, fomentar entre los propios católicos una experiencia de fe, es decir, del reconocimiento de la presencia de Cristo entre nosotros, verdadera y fiel. Tan verdadera y fiel que pueda determinar todas las dimensiones de nuestra vida, que haga resplandecer en nosotros el amor a la propia vida y la gratitud por ella y que suscite en nosotros la voluntad de ayudar y sostener siempre el amor a la vida de los demás con nuestro testimonio de amor.

Llamar a esta experiencia de fe es llamar a la conversión. Porque contribuimos a la cultura de la muerte cuando callamos ante esta verdadera estructura de pecado, cuando nos sometemos a la mentalidad consumista, cuando hacemos del poder, del dinero, del estatus o del éxito social, los criterios que rigen el valor de la vida humana. Por eso, la conversión es siempre la primera e indispensable responsabilidad de los católicos en relación con la vida, si en verdad se ama la vida. Sólo un pueblo agradecido por la experiencia de la redención de Cristo puede expresar con verdad y generar una auténtica cultura de la vida.

La fe en el Dios de la vida nos lleva a cultivar en nosotros una mirada contemplativa que descubra en cada cosa el reflejo del Creador y en cada persona su imagen viviente. Esta mirada contemplativa nos lleva a prorrumpir en himnos de alegría, alabanza y agradecimiento por el don inestimable de la vida humana, en el que Dios llama a cada ser humano a participar en Cristo de la vida de gracia y a una existencia de comunión sin fin con Dios Creador y Padre.

En unión con Jesucristo hemos de promover el respeto a toda vida humana, mediante el servicio de la caridad cristiana que es, ante todo, amor a Dios y amor al prójimo. Hemos de hacernos cargo del otro como persona confiada por Dios a nuestra responsabilidad. Se trata de hacerse cargo de toda la vida y de la vida de todos. Es preciso promover formas discretas y eficaces de atención y ayuda a la vida naciente, con especial cercanía a las madres, de apoyo a las familias y de ayuda a la vida que se encuentra en la marginación, en el sufrimiento, en sus fases finales.

La celebración y la defensa de la vida no pueden ser, sin embargo, cosa de un día, de una sola jornada. La celebración del Evangelio de la vida debe realizarse sobre todo en la existencia cotidiana, vivida en el amor a los demás y en la entrega de uno mismo. Así, toda nuestra existencia se hará acogida auténtica y responsable del don de la vida y alabanza sincera y reconocida a Dios que nos ha hecho este don. Es lo que ya sucede en tantísimos gestos de entrega, con frecuencia humilde y escondida, realizados por hombres y mujeres, niños y adultos, jóvenes y ancianos, sanos y enfermos.

La Virgen María acogió con amor perfecto al Verbo de la vida, Jesucristo, que vino al mundo para que los hombres “tengan vida en abundancia” (Jn 10, 10). A ella le encomendamos a las mujeres embarazadas, a las familias, a los agentes sanitarios y a los voluntarios comprometidos de muchos modos al servicio de la vida. Oremos, en particular, por las personas que se encuentran en situaciones de mayor dificultad. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Quinario a la Purísima Sangre de Jesús

Castellón, Capilla de la Purísima Sangre. 20.03.2007

Martes de la 4ª Semana de Cuaresma

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(Ez 47, 1-9.12;: Jn 5, 1-3a.5-16)

 

Hermanos y hermanas en el Seños, Queridos Clavarios y Cofrades de la Purísima Sangre.

Ya cercana la Pascua del Señor, celebramos un año más este Quinario a la Purísima Sangre de Cristo. El Quinario quiere ayudarnos a mejor vivir este tiempo cuaresmal, un tiempo que nos llama insistentemente a la conversión. “Convertíos y creed en el Evangelio”. Estas palabras de Jesús, al comienzo de su vida pública, nos acompañan a lo largo de estos cuarenta días de peregrinación hacia la Pascua. Quizá nuestro principal problema sea que no sintamos necesidad de conversión, porque hayamos perdido el sentido de Dios, el sentido de pecado, el sentido del bien y del mal objetivos en nuestra vida.

La Cuaresma y este Quinario nos quieren ayudar a romper la miopía de una existencia vivida al margen de Dios, para salir de la sequedad de una existencia cerrada en el tiempo y en el horizonte alicorto de este mundo. La Palabra de Dios en este tiempo nos exhorta a salir de la monotonía aburrida de una vida egoísta, materialista y hedonista, de una vida sólo centrada en nosotros mismos. La Cuaresma nos llama a salir de nosotros, a mirar hacia Dios y hacia Cristo, a mirar hacia arriba y hacia el futuro, ese futuro absoluto que buscamos a tientas, sin caer en la cuenta de que está ante nosotros, al alcance de nuestras manos. De la mano de la Palabra de Dios avivemos el recuerdo y el deseo de Dios, verdadero Padre, Dios de bondad y fuente de vida, lleno de amor y misericordia, que cuida de nosotros y nos lleva de la mano hasta la vida eterna.

Dios nos ofrece un tiempo de gracia, de conversión y de reconciliación con Él y, en Él, con los hermanos. La Cuaresma es un tiempo singular y precioso para avivar nuestra fe y nuestra vida cristiana personal, familiar y comunitaria, un tiempo para la renovación espiritual que se muestre en el fruto de las  buenas obras.

En la primera lectura de hoy, el profeta Ezequiel utiliza la imagen del torrente de agua que sale del templo. Es un símbolo de la vida que procede de Dios y que Él otorga especialmente en los tiempos mesiánicos. Ezequiel utiliza la imagen de la corriente de agua milagrosa que mana del lado derecho del templo, el lugar de la presencia de Dios, y que todo lo inunda con su salud y fecundidad. San Juan nos dirá (7, 35-37) que esta agua es el Espíritu que mana de Cristo glorificado. Es el agua viva, que da la Vida.

El agua es símbolo de la vida, y también símbolo de la nueva vida de nuestro bautismo. El agua, tanto la que anuncia poéticamente el profeta como la del milagro de Jesús, estará muy presente también en la noche de la Pascua, al recibir o recordar el bautismo. De Cristo muerto y resucitado brota el agua que apaga nuestra sed y fertiliza los campos de nuestra vida. Su Pascua es fuente de vida, la acequia de Dios que riega y alegra nuestras vidas, si dejamos que corra por nuestro ser.

El agua es Cristo mismo. Baste recordar el diálogo con la mujer samaritana junto al pozo, en Juan 4: él es “el agua viva” que quita de verdad la sed. Si el profeta ve brotar agua del Templo de Jerusalén, ahora Cristo mismo, el Cordero, es el Santuario (cfr Ap 21,22); de Él nos viene el agua salvadora, que brota hasta la vida eterna. La curación del paralítico por parte de Jesús en el Evangelio de hoy es el símbolo de tantas y tantas personas, enfermas y débiles, que encuentran en Él su curación y la respuesta a todos sus interrogantes.

El agua es también el Espíritu Santo: “si alguno tiene sed, venga a mi, y beba el que crea en mi: de su seno correrán ríos de agua viva. Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él” (Jn 7,37-39).

Dios quiere convertir nuestro jardín particular, y el de toda la Iglesia, por reseco y raquítico que esté, en un vergel lleno de vida. Si hace falta, Él quiere resucitarnos de nuestro sepulcro, como lo hizo con su Hijo. Basta que nos incorporemos seriamente al camino de Jesús. ¿Nos dejaremos curar por esta agua pascual? ¿de qué parálisis nos querrán liberar Cristo y su Espíritu?

Siempre hay un lugar y una hora exacta en la que el Señor viene a nuestro encuentro y nos pregunta: “¿Quieres ser curado?”. Cristo Jesús quiere encontrarse con nosotros, para perdonarnos y darnos vida. El encuentro con Él es el momento que marca el comienzo de la conversión o del rechazo radical. Esa conversión es un camino que exige cons­tancia y una decisión siempre renovada de proseguir el viaje a pesar de todo. Si en la antigua alianza el pueblo caminaba bajo la guía de Moisés, para nosotros el camino a seguir es el mismo Hijo de Dios, Jesucristo. Él es quien nos saca de la esclavitud del pecado, quien nos saca de nosotros mismos.

Como Iglesia hemos de ayudarnos fraternal­mente a caminar por las sendas de la conversión, o sea, ayudarnos a buscar y seguir a Jesús. Hay que desear ar­dientemente que ninguno se extravíe, que ninguno se retrase o se aleje. Todos los cuidados que Jesús nos prodiga con su Palabra, con los sacramentos, con sus intervenciones providenciales son ofertas de conversión.

Acojamos su invitación a ser curados, a convertirnos mediante nuestra fe en el Evangelio. El Señor nos exhorta de nuevo a todos los cristianos a creer de verdad en Dios, Padre de bondad y de misericordia, y a fiarnos de verdad y sin miedos de la Buena Nueva del Evangelio, a acoger sin titubeos la vida nueva recibida en el bautismo y que brota hasta la eternidad. El Señor nos exhorta en este tiempo de Cuaresma a fortalecer nuestra adhesión personal a Él y a acoger su Palabra en nuestra vida; el Señor nos llama a avivar la novedad de nuestro bautismo y a vivirlo con más fidelidad, con mayor seriedad y con mayor profundidad.

En este tiempo de la cuaresma, Dios nos ofrece una oportunidad de gracia para fortalecer el tono espiritual de nuestra vida escuchando y acogiendo la Palabra de Dios, orando personalmente y en comunidad. La Palabra de Dios nos invita a la conversión de mente y corazón a Dios, a recuperar a Dios en nuestra vida. La Cuaresma nos exhorta a reconocer con humildad nuestros pecados, a arrepentirnos de ellos, a acoger el perdón de Dios en el Sacramento de la Penitencia y la enmienda de nuestros pecados. Es necesario que nos  paremos a pensar la propia vida desde la Palabra de Dios para dejar que la nueva Vida del Bautismo aflore en nosotros.

Como tantos cristianos también nosotros experimentamos la peligrosa insidia de un contexto pagano con costumbres relaja­das, centrados en nosotros mismos, en el tener o en el disfrutar. Con frecuencia prescindimos de las exigencias de una vida auténticamente cristiana.

“!Dejaos reconciliar con Dios!” (2 Cor 5, 20), así nos exhorta San Pablo en este tiempo cuaresmal. Si no hemos perdido el sentido del bien y del mal objetivos, si no hemos perdido el sentido de nuestras culpas, reconoceremos que en nuestra vida existe el pecado y que tenemos necesidad de reconciliación, de recomponer las fracturas y de cicatrizar las heridas.

Pablo nos anuncia la reconciliación que el Padre nos ofrece en su Hijo Jesucristo a través del ministerio de su Iglesia. Sus palabras nos invitan a fijar nuestra mirada en el Padre de toda misericordia, cuyas entrañas se conmueven cuando cualquiera de sus hijos, alejado de Él por el pecado, retorna a El y confiesa su culpa. El abrazo del Padre a quien, arrepentido, va a su encuentro, será la justa recompensa por el humilde reconocimiento de las culpas propias y ajenas. Pedir con arrepentimiento el perdón, recibirlo con gratitud y darlo con generosidad, es fuente de una paz que no se puede pagar. Por ello es justo y hermoso confesarse personalmente, dejarse reconciliar con Dios.

Es necesario confesarse ante un sacerdote. Así lo muestra Dios mismo quien al enviar a su Hijo en nuestra carne, demuestra que quiere encontrarse con nosotros mediante los signos de nuestra condición humana. Dios salió de sí mismo por nuestro amor y vino a ‘tocarnos’ con su carne en su Hijo, que cura y sana al paralítico, que le perdona los pecados y encarga a los Apóstoles que lo hicieran en su nombre. Nosotros estamos a invitados a acudir con humildad y fe a quien nos puede perdonar en su nombre, es decir, a quien el Señor ha elegido y enviado como ministro del perdón. La confesión es por tanto el encuentro con el perdón divino, que nos ofrece Jesús y nos dona por el ministerio de la Iglesia. La confesión humilde dará paz a nuestro corazón.

Dediquemos en esta Cuaresma más atención y tiempo al cuidado de nuestra fe y nuestra vida cristiana. Acojamos la invitación al arrepentimiento y la penitencia de nuestros pecados. Cuando nos acercamos a Dios, cuando dejamos que la mirada de Cristo ilumine nuestra vida, nos damos de nuestros pecados, nuestras faltas de piedad, de diligencia, de amor y misericordia. Sólo reconociendo nuestros pecados podremos se librados. La oración nos ayuda a sentir con  fuerza la presencia de Jesús en nuestro corazón y ver en su presencia la verdad de nuestra vida personal y espiritual. Somos pecadores, y sólo podemos alcanzar la verdad y la paz interior reconociendo nuestras faltas y pidiendo perdón a Dios por ellas. Los cristianos contamos con la seguridad del perdón de Dios anunciado por Jesús, ofrecido por la Iglesia, en virtud de su purísima sangre de Jesús, de su pasión y muerte, mediante el sacramento de la penitencia y del perdón de los pecados.

El Señor sale a nuestro encuentro para curarnos de nuestros males, para perdonarnos nuestros pecados, para avivar la nueva vida  recibida en el agua del bautismo. Él nos ha sumergido en las aguas bautismales para que quedemos libres de todo lo que nos ataba al mal. Dios nos quiere hijos suyos, capaces de dar testimonio de su Nombre, de su Vida y de la presencia de su Espíritu en nosotros. Cuando entramos en comunión de vida con el Señor su Vida llega con mayor abundancia a nosotros. Pero no podemos encerrarla para nosotros mismos. Nos quiere en camino. Quiere que vayamos por todas partes para hacer el bien a todos. La participación en la Eucaristía nos hace responsables de ser portadores de la salvación de Dios para todas las naciones en todo tiempo y lugar.

Roguemos al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la gracia de tener la apertura necesaria a la presencia del Espíritu Santo en nosotros, de tal forma que podamos ser una auténtica Iglesia convertida en portadora del amor y de la salvación para todas las gentes de todos los tiempos y lugares. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

“¡Dejaos reconciliar con Dios!”

Queridos diocesanos:

En la Cuaresma resuenan las palabras de San Pablo: “!Dejaos reconciliar con Dios!” (2 Cor 5, 20). Son innegables las divisiones en y entre las personas, los grupos y las naciones; se pueden aducir muchas causas, pero su raíz se halla en lo más íntimo del hombre, en la herida del pecado.

El pecado es el amor replegado sobre sí mismo, que niega a Dios y rechaza su amor. El rechazo de Dios lleva a la división entre los hermanos. Basta mirar la escena cotidiana de violencias, guerras, injusticias, abusos, egoísmos, celos y venganzas. El pecado es una gran tragedia; y la pérdida del sentido de pecado debilita el corazón ante el espectáculo del mal. Si no hemos perdido el sentido del bien y del mal objetivos y de nuestra responsabilidad, reconoceremos que en nuestra vida existe el pecado y que tenemos necesidad de reconciliación, de recomponer las fracturas y de cicatrizar las heridas.

Pablo nos anuncia la reconciliación que el Padre-Dios nos ofrece en su Hijo Jesucristo. Sus palabras nos invitan a fijar nuestra mirada en el Padre de toda misericordia, cuyas entrañas se conmueven cuando cualquiera de sus hijos, alejado por el pecado, retorna a Él, confiesa su culpa y pide perdón. El abrazo del Padre a quien, arrepentido, va a su encuentro, será la justa recompensa por el humilde reconocimiento de las culpas propias y ajenas. Pedir con arrepentimiento el perdón, recibirlo con gratitud y darlo con generosidad, es fuente de una paz que no se puede pagar. Por ello es justo y hermoso confesarse personalmente.

Que sea necesario hacerlo ante un sacerdote nos lo muestra Dios mismo. Al enviar a su Hijo en nuestra carne, demuestra que quiere encontrarse con nosotros mediante los signos de nuestra condición humana. Dios salió de sí mismo por nuestro amor y vino a ‘tocarnos’ con su carne en su Hijo, que perdonó los pecados y encargó a los Apóstoles que lo hicieran en su nombre. Nosotros estamos a invitados a acudir con humildad y fe a quien nos puede perdonar en su nombre, es decir, a quien el Señor ha elegido y enviado como ministro del perdón. La confesión personal ante el sacerdote es por tanto el encuentro con el perdón divino, que nos ofrece Jesús y nos dona por el ministerio de la Iglesia. La confesión humilde dará paz a nuestro corazón.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro,

Obispo de Segorbe-Castellón

Ser cristiano en tiempos difíciles

Queridos diocesanos

Hoy no resulta fácil ser cristiano y menos manifestarse como tal. A los cristianos nos toca vivir en un contexto, en el que prima el disfrute de lo inmediato y la adoración del ego y del tener. Vivimos en un contexto cada día más indiferente a Dios, y cada vez más hostil hacia Cristo y el cristianismo. Ya no resulta espontáneo ni cómodo ser cristiano. Con frecuencia, a muchos cristianos nos asalta el cansancio o nos invade el miedo a que nos señalen con el dedo; otras veces nos absorbe el ambiente neopagano circundante y nos dejamos llevar por la moda.

Para ser discípulo cabal de Cristo, y no un cristiano de mero bautismo, de tradición o de ocasión, es preciso dejarse encontrar personalmente por Jesucristo, enamorarse de Él, convertirse a Él y a su Palabra; es necesario superar las rebajas en su seguimiento, en la fe y en la vida cristiana. Ser cristiano requiere siempre, y más es estas circunstancias, una adhesión personal a Cristo y la decisión firme de seguirle con fidelidad, constancia y valentía, ayudado por la fuerza que viene de lo alto, en el seno de la comunidad de los creyentes, la Iglesia.

Nos urge cultivar la virtud de la fortaleza para perder el miedo a vivir y manifestar lo que somos y lo que creemos ante el hostigamiento permanente, ante la presencia de la mentira. Hemos de recuperar el ánimo y reaccionar con valentía ante las patrañas. Estamos llamados a ser testigos de la verdad, del bien y de la esperanza. No podemos quedarnos inactivos o ser pusilánimes.

La fortaleza cristiana se fundamenta en la fe en Dios, que es Amor fiel, y en la salvación realizada en Jesucristo. La esperanza en la victoria de la verdad y del bien se basa en la certeza, que viene de la fe, de que hay un Dios, Amor, que perdona el pecado del hombre y lo hace capaz de transformar el mundo según su designio.

La fuente de nuestra fortaleza es Cristo Jesús. También a Él le resultó difícil cumplir su misión; pero nos dio el mejor ejemplo de fe en Dios; su confianza total en el Padre le dio la fuerza para seguir hasta el final, hasta la muerte, y así recuperar la vida, y vida eterna y  plena para todos. A nosotros nos invita a seguir el mismo camino.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro,

Obispo de Segorbe-Castellón

Bendición e imposición de la corona a la Virgen de la Soledad de Villareal

Tercer Domingo de Cuaresma

Villareal, 10 de marzo de 2007

(Ex 3, 1-8a.13-15; 1 Cor 10, 1-6-10-12; Lc 13, 1-9)

 

Hermanos y Hermanas de la Cofradía de la Purísima Sangre y de la Virgen de la Soledad.

De manos de María, la Virgen de la Soledad, el Señor nos ha convocado en torno a la mesa de su Palabra y de su Eucaristía en la víspera de este tercer domingo de Cuaresma. Al final de esta Eucaristía coronaremos a nuestra Madre, la Virgen de la Soledad, con lo que le manifestamos nuestro amor y nuestra devoción y la reconocemos como Reina de nuestra vida y de nuestra Cofradía. Al contemplar hoy una vez más a la Soledad al pié de la Cruz recordamos la parte que tuvo la Santísima Virgen en la obra redentora de su Hijo a favor de toda la humanidad. Por ser la Madre del Señor, por obra del Espíritu Santo, María compartió la pasión del Señor. Dios asoció sus dolores de Madre a la pasión de su Hijo; hoy la vemos de nuevo sola, abandonada de los discípulos, sufriendo a los pies de la Cruz, por la muerte del Hijo, expresión de su rechazo y de su obra de Salvadora. Pero en su soledad, en su sufrimiento al pié de la Cruz, María se muestra firme en la fe, confortada por la esperanza y abrasada por el fuego de la caridad. Ella no dudó en exponer su vida, ante la humillación de su pueblo, ella sufre en soledad junto a su Hijo para hacernos renacer a Dios y para llevarnos a su Hijo.

¿No provocamos también nosotros el dolor de la soledad de María al pie de la Cruz cuando nos cerramos a Dios, abandonamos a Cristo y no acogemos su Evangelio en nuestra vida? ¿No dejamos a la Virgen también nosotros en su soledad cuando transitamos por nuestros propios caminos y no acogemos los caminos de Dios, que es Cristo mismo, cuando le rechazamos y nos extraviamos por nuestros propios pecados?

En el evangelio de hoy resuenan de nuevo con fuerza la llamada de Jesús a la conversión: “Si no os convertís, también vosotros pereceréis” (Lc, 1-9, 4). Quizá nuestro principal problema consiste en que no sintamos necesidad de conversión, porque hayamos perdido el sentido de Dios y el sentido de pecado, del bien y del mal objetivo.

El tiempo cuaresmal, este tiempo de peregrinación hacia la Pascua del Señor, nos quiere ayudar a romper de manos de María la Virgen de la Soledad la miopía de una existencia al margen de Dios, de una existencia cerrada en el tiempo y en el horizonte alicorto de este mundo. La Virgen de la Soledad, por su fe, esperanza y caridad quiere ayudarnos a salir de la monotonía aburrida de una vida egocéntrica, materialista y hedonista. Ella nos invita a salir de nosotros mismos, a mirar hacia Dios y hacia Cristo, a mirar hacia arriba y hacia el futuro, ese futuro absoluto que buscamos a tientas, sin caer en la cuenta de que está ante nosotros, al alcance de nuestras manos. La Palabra de Dios nos exhorta a avivar el recuerdo y el deseo de Dios, verdadero Padre, Dios de bondad y fuente de vida, lleno de amor y misericordia, que cuida de nosotros y nos lleva de la mano hasta la vida eterna.

Como el amo de la viña, Dios nos ofrece este tiempo de Cuaresma como un tiempo de gracia, de conversión y de reconciliación con Dios y con los hermanos. Es un tiempo singular y precioso para avivar nuestra fe y vida cristiana personal, familiar y comunitaria, un tiempo para la renovación espiritual que se muestre en el fruto de las  buenas obras.

Siempre hay un lugar y una hora exacta en la que el Señor quiere encontrarse con nosotros. Es el momento que marca el comienzo de la conversión o, quizá y desgraciadamente, del rechazo radical. La conversión es un camino que exige constancia y una decisión siempre renovada de proseguir el viaje a pesar de todo. Si en la antigua alianza el pueblo caminaba bajo la guía de Moisés, para nosotros el camino a seguir es el mismo Hijo de Dios, Jesucristo. Él es quien nos saca de la esclavitud del pecado, quien nos saca de nosotros mismos.

El sentido de la vida eclesial es ayudarse fraternal­mente a caminar por las sendas de la conversión, o sea, ayudarse a buscar y seguir a Jesús. Hay que desear ar­dientemente que ninguno se extravíe, que ninguno se retrase o se aleje. A esto precisamente nos invita el Evangelio de hoy, que concluye con la parábola de la hi­guera estéril. El labrador que ruega que no la corten to­davía es Jesús. Como intercesor nuestro, dirá hasta el fi­nal de los tiempos: “Espera un poco, un poco todavía, que la cuidaré más”. Todos los cuidados que Jesús nos prodiga con su Palabra, con los sacramentos, con sus intervenciones providenciales -y lo son también los acontecimientos dolorosos-, son ofertas de conversión. Dejémosle, pues, que nos cultive. La Palabra sagrada es como un arado, y también como una semilla sembrada para que pueda producir fruto.

En este tiempo de la Cuaresma, la Virgen de la Soledad nos invita a todos los cristianos a creer de verdad en Dios, Padre de bondad y de misericordia, y en la vida eterna para fortalecer nuestra adhesión a Cristo y a su Palabra viviendo la novedad de nuestro bautismo con más fidelidad, con mayor seriedad y mayor profundidad. Dios nos ofrece una oportunidad de gracia para fortalecer el tono espiritual de nuestra vida mediante la escucha de la Palabra de Dios, la oración personal y comunitaria, la conversión de mente y corazón a Dios y su Palabra, el arrepentimiento, la confesión y la enmienda de nuestros pecados, y el ejercicio de las buenas obras. Es necesario que nos paremos a pensar la propia vida desde la Palabra de Dios. Los esposos y los padres con los hijos pueden examinar lo que hay que mejorar en la vida matrimonial y en la convivencia familiar.

Como los cristianos de Corinto, también experimentamos la peligrosa insidia de un contexto pagano con costumbres relaja­das. Pablo nos propone una reflexión acerca de los acontecimientos del Éxodo. De estos hechos se desprende que la gracia se ofrece a todos -y el apóstol lo repite insistentemente con la clara alusión al bautismo y a la eucaristía (vv. 1-4a)-, pero Dios pide a cada uno que no resulte infructuosa. Un fideísmo casi mágico en la eficacia de los sacra­mentos o una cierta euforia espiritual inducen a pres­cindir de las exigencias morales que comporta una vida auténticamente cristiana para que Dios pueda contem­plarla con agrado. Pablo condena la murmuración que suscita divisiones, considerándo­la como un repetir el descontento del pueblo en su camino del desierto. Que cada uno pregunte a su concien­cia y mida sus propias fuerzas (v. 12): es preciso mante­nerse firmes y bien cimentados.

“!Dejaos reconciliar con Dios!” (2 Cor 5, 20), nos exhorta San Pablo. Si no hemos perdido el sentido del bien y del mal objetivos y de nuestra responsabilidad, reconoceremos que en nuestra vida existe el pecado y que tenemos necesidad de reconciliación, de recomponer las fracturas y de cicatrizar las heridas.

Pablo nos anuncia la reconciliación que el Padre nos ofrece en su Hijo Jesucristo. Sus palabras nos invitan a fijar nuestra mirada en el Padre de toda misericordia, cuyas entrañas se conmueven cuando cualquiera de sus hijos, alejado por el pecado, retorna a El y confiesa su culpa. El abrazo del Padre a quien, arrepentido, va a su encuentro, será la justa recompensa por el humilde reconocimiento de las culpas propias y ajenas. Pedir con arrepentimiento el perdón, recibirlo con gratitud y darlo con generosidad, es fuente de una paz que no se puede pagar. Por ello es justo y hermoso confesarse personalmente.

Que sea necesario hacerlo ante un sacerdote nos lo muestra Dios mismo. Al enviar a su Hijo en nuestra carne, demuestra que quiere encontrarse con nosotros mediante los signos de nuestra condición humana. Dios salió de sí mismo por nuestro amor y vino a ‘tocarnos’ con su carne en su Hijo, que perdonó los pecados y encargó a los Apóstoles que lo hicieran en su nombre. Nosotros estamos a invitados a acudir con humildad y fe a quien nos puede perdonar en su nombre, es decir, a quien el Señor ha elegido y enviado como ministro del perdón. La confesión es por tanto el encuentro con el perdón divino, que nos ofrece Jesús y nos dona por el ministerio de la Iglesia. La confesión humilde dará paz a nuestro corazón.

Así pues dediquemos en esta Cuaresma más atención y tiempo al cuidado de nuestra fe y nuestra vida cristiana. Con un poco de interés todos podemos hacerlo. Podemos, por ejemplo, dedicar unos minutos a leer un pasaje del evangelio. Podemos también dedicar unos minutos a rezar, en casa, por la mañana o por la noche. Podemos, incluso pasar unos minutos en el silencio de una Iglesia, ante el Sagrario.

Acojamos la invitación al arrepentimiento y la penitencia de nuestros pecados. Cuando nos acercamos a Dios, cuando dejamos que la mirada de Jesús ilumine nuestra vida, nos damos cuenta de nuestros pecados, de nuestras faltas de piedad, de diligencia, de amor y misericordia. Sólo reconociendo nuestros pecados y confesándolos podremos ser librados de ellos y mejorar espiritualmente. La oración nos ayuda a sentir con  fuerza la presencia de Jesús en nuestro corazón y ver en su presencia la verdad de nuestra vida personal y espiritual. Somos pecadores, y sólo podemos alcanzar la verdad y la paz interior reconociendo nuestras faltas y pidiendo perdón a Dios por ellas. Los cristianos contamos con la seguridad del perdón de Dios anunciado por Jesús, ofrecido por la Iglesia, en virtud de su pasión y muerte, mediante el sacramento de la penitencia y del perdón de los pecados. La Iglesia ha recibido del Señor el encargo de anunciar y conceder el perdón de los pecados en nombre de Dios y de Jesucristo nuestro salvador.

Dejémonos guiar por la fe, la esperanza y de la caridad de María hacia el encuentro con el Señor. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Al servicio de la Caridad

Queridos diocesanos:

Cáritas Diocesana celebra este año el 50º Aniversario de su fundación. Esta efeméride es una ocasión propicia para hacer memoria agradecida del pasado, y, mirando el presente, abordar el futuro con compromiso renovado. Al contemplar estos cincuenta años damos gracias a Dios por todas las personas –voluntarios, trabajadores y colaboradores-, comunidades y grupos que, con su dedicación y aportación personal y económica, han hecho posible el servicio organizado de la caridad de nuestra Iglesia diocesana. Sin ellos no hubieran sido posibles las múltiples y variadas obras de atención a los más pobres y necesitados durante estos años.

Cáritas diocesana es el organismo oficial y cauce ordinario de la Iglesia diocesana para el servicio organizado de la acción caritativa y social de la Diócesis. El servicio de la caridad no es algo optativo o algo secundario para nuestra Iglesia diocesana como tampoco lo es para un cristiano, para una comunidad parroquial u otras comunidades o grupos cristianos. Por el contrario, la caridad es algo propio de todo cristiano, que, como el buen samaritano, está atento y atiende con amor y gratuidad al prójimo necesitado. La caridad es también una dimensión esencial de la vida y misión de toda comunidad cristiana y de la Iglesia diocesana misma. La Iglesia y los cristianos servimos a la caridad por vocación propia, y no para suplir las lagunas de otros.

Con palabras de San Pablo “la caridad de Cristo nos apremia” (2Cor 5,14) a vivir para Cristo, desde Él y con Él al servicio de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. La caridad de la Iglesia está arraigada en el amor mismo de Dios a la humanidad, con una preferencia especial por los más pobres y excluidos. También la Iglesia en cuanto comunidad ha de poner en práctica el amor y no puede descuidar el servicio de la caridad, como no puede omitir el anuncio de la Palabra de Dios o la celebración de los Sacramentos. Las tres tareas se implican mutuamente y no pueden separarse una de otra.

Hemos de seguir potenciando Cáritas Diocesana, y también, y muy especialmente, las Cáritas parroquiales y el voluntariado. Para la Iglesia, la caridad y su servicio no es una especie de actividad de asistencia social que se podría dejar para otros. La caridad es algo propio e irrenunciable para toda comunidad cristiana.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro

Obispo de Segorbe-Castellón