Apuntar a la clase de Religión

Queridos diocesanos:

Una vez aprobada y desarrollada la Ley Orgánica de Educación, estamos escuchando muchas inexactitudes sobre la clase de Religión católica en la escuela, amén de los ataques habituales con el fin claro de desterrarla del ámbito escolar. Ante tanta desinformación interesada hay que recordar que la enseñanza de la Religión católica sigue presente en la escuela, aunque su regulación en la LOE no sea conforme a los Acuerdos entre el Estado Español y la Santa Sede por no ser equiparable a las asignaturas fundamentales y por ser discriminatoria para quienes la eligen.

En cualquier caso, la enseñanza religiosa es de oferta obligatoria para los centros y de libre elección para los padres o los alumnos. Es lo estipulado en los Acuerdos Iglesia-Estado, según el principio de la libertad civil en materia religiosa y el derecho de los padres a la educación religiosa de sus hijos. La asignatura de Religión no ha sido, pues, suprimida; y los padres deberán velar también para que los colegios cumplan con esta obligación de ofertarla, que lo hagan de hecho con las horas que le corresponden y no se escuden en excusas diversas para no hacerlo.

Por su parte, los padres católicos que así lo deseen, deberán inscribir a sus hijos a la clase de Religión o deberán procurar que sus hijos se inscriban en ella. Es algo que hay que hacer personalmente en la inscripción para el próximo curso escolar. Al elegir la educación religiosa católica para sus hijos, los padres hacen uso de un derecho fundamental, derivado de su derecho y responsabilidad originarios a la educación de sus hijos. Esta asignatura garantiza el derecho de los padres, reconocido en la Constitución, a que sus hijos reciban la formación religiosa y moral de acuerdo con sus convicciones religiosas. Es un derecho que el Estado ha de respetar y cuyo ejercicio ha de favorecer, y no poner trabas para que su ejercicio sea libre, efectivo y no discriminatorio.

Es más. Los padres católicos al pedir la clase de Religión para sus hijos cumplen también con su compromiso de educarles en la fe católica, asumido libremente el día del bautismo de sus hijos. Los padres católicos no pueden hacer dejación de este su compromiso libre ante la Iglesia y ante sus hijos. Los padres católicos han de tomar en serio este compromiso y dejar oír su voz en defensa de su derecho en una escuela verdaderamente plural. De su interés por la asignatura depende el futuro de la asignatura.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

El Domingo, la Pascua semanal

Queridos diocesanos

En la Pascua celebramos el acontecimiento central de nuestra fe y de la historia del mundo, la manifestación definitiva de la bondad de Dios y de la grandeza de nuestra vida. Cristo resucitado ha vencido para siempre el dolor y la angustia, provocados por el pecado y la muerte. Su triunfo es nuestro triunfo. Con su muerte redentora y su resurrección gloriosa, Cristo nos ha devuelto la amistad, la vida y la paz de Dios. El es la fuente de vida eterna y plena, de la paz y de la esperanza para todos.

La Resurrección es tan central para los cristianos, que su celebración no queda limitada al día de Pascua. Los Apóstoles y las primeras comunidades convirtieron en fiesta propia el primer día de la semana, el día de la Resurrección, y la llamaron de inmediato el “Día del Señor”. En este día se reunían cada semana para celebrar ‘la fracción del pan’, la Eucaristía. ‘Domingo’ significa “Día del Señor”, el único día de la semana que tiene nombre cristiano. La fiesta mayor de los cristianos es la Resurrección del Señor, que celebramos desde los primeros tiempos cada Domingo.

Claro está que el de Pascua es el Domingo por antonomasia, del que toman nombre y sentido todos los Domingos del año. El Domingo es la Pascua semanal, en que el Señor resucitado se hace presente entre nosotros de modo especial y eminente en la Eucaristía dominical. Como lo hizo con los Apóstoles, Cristo viene a nuestro encuentro, nos habla en su Palabra, se nos da a si mismo en la comunión, nos da su Espíritu, nos comunica su paz y nos envía a anunciar la reconciliación. Nuestra reunión eucarística dominical es, pues, mucho más que cumplir un precepto.

Sin embargo, la cultura del ‘fin de semana’ va desplazando el sentido del Domingo, como fiesta primordial de los cristianos. La estadística de asistencia a la Misa dominical muestra que la mayoría de los católicos no participan ya en la Eucaristía dominical. Otras ocupaciones desplazan la asistencia a la Eucaristía en este día. Merece la pena que todos –en especial, sacerdotes, padres, catequistas- nos preguntemos por qué esto es así y qué hemos de hacer para recuperar entre los católicos el sentido cristiano del Domingo y la participación en la Eucaristía dominical de los cristianos católicos y de las familias. Porque, como en los primeros tiempos del cristianismo, un cristiano no puede vivir sin la Eucaristía dominical, la Pascua semanal.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

El don pascual de la misericordia

Queridos diocesanos

El segundo Domingo de Pascua es el Domingo de la Misericordia divina. Durante la octava de Pascua hemos cantado: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia” (Sal 118, 1). La misericordia es un ‘segundo nombre’ del amor divino; es el amor en su aspecto más profundo, en su actitud de aliviar cualquier necesidad y en su inmensa capacidad de perdón.

La misericordia divina llega a los hombres a través de Cristo crucificado y resucitado. La misericordia es el don pascual por excelencia. Cristo crucificado y resucitado mismo es el Amor y la Misericordia en persona. Cristo derrama esta misericordia sobre la humanidad mediante el envío del Espíritu Santo.

La muerte y la resurrección de Cristo es un prodigio de la misericordia de Dios que cambia radicalmente el destino de la humanidad. Es un prodigio en el que se manifiesta plenamente el amor del Padre, que no se arredra ni siquiera ante el sacrificio de su Hijo unigénito. La Pascua no cesa de decir que Dios-Padre es absolutamente fiel a su eterno amor por el hombre. Creer en ese amor significa creer en la misericordia.

El amor de Dios es más fuerte que el egoismo humano, el pecado y la muerte. Ese amor se revela en nuestra existencia diaria, y nos impulsa a tener, a la vez, misericordia hacia el Crucificado y, en Él, hacia el prójimo. Amar a Dios y amar al prójimo es el programa de vida de todo bautizado y de la Iglesia entera. Amor a Dios y amor a los hermanos son inseparables.

No es fácil amar con un amor verdadero, constituido por la entrega auténtica de sí mismo. Este amor se aprende sólo en la escuela de Dios, al calor de su caridad. Fijando nuestra mirada en Dios, sintonizándonos con su corazón de Padre, llegamos a ser capaces de mirar a nuestros hermanos con ojos nuevos, con una actitud de generosidad y de perdón: en una palabra, con ojos de misericordia.

Si aprendemos el secreto de esta mirada misericordiosa, será posible establecer un estilo nuevo de relaciones entre las personas y entre los pueblos. Desde este amor podremos afrontar la crisis de sentido, los desafíos más diversos y, sobre todo, la exigencia de salvaguardar la dignidad de toda persona humana. La misericordia divina es el don pascual que la Iglesia recibe de Cristo resucitado y ofrece a la humanidad.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Centenario del traslado del Hospital Provincial de Castellón

II DOMINGO DE PASCUA

FIESTA DE LA DIVINA MISERICORDIA

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Castellón, Capilla del Hospital Provincial, 15 de abril de 2007

 

“Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia” (Sal 117, 1). Así hemos cantado con toda la Iglesia durante la octava de Pascua de Resurrección. Así lo hacemos hoy, domingo de la Misericordia divina. Dad gracias al Señor porque es compasivo y misericordioso, porque Dios es el amor más grande.

Con estas palabras del salmo alabamos a Dios y damos gracias a la Trinidad Santa, fuente y origen de todo bien, al celebrar el Centenario del traslado de este Hospital Provincial a esta su ubicación actual. En esta Eucaristía, la acción de gracias por excelencia, damos gracias a Dios por todos los dones y bendiciones que El ha deparado a lo largo de los siglos en esta Institución hospitalaria a los enfermos, a los desvalidos y a sus familias; gracias damos a Dios por cuantos aquí han trabajado con verdadera entrega y generosidad: por el personal sanitario, administrativo y laboral, por las hermanas de la Consolación que pronto cumplirán cien años de presencia en el Hospital, por los capellanes y por los voluntarios.

Consciente o inconscientemente todos ellos han sido signo e instrumento del amor misericordioso de Dios hacia los enfermos y los pobres hospedados en el Hospital. Porque no podemos olvidar, que, si bien el Hospital fue siempre de titularidad pública, municipal primero y provincial después, esto no fue óbice para que su raíz y fundamento fuese el amor de Dios. Así se pone de relieve en las donaciones que se hacían para atender a los pobres y hospedados “por amor de Dios” o “a los pobres de Jesucristo”, como expresamente se dice en las actas de donación. Y está fue la razón de la venida al Hospital de las Hermanas de la Consolación “para el servicio y mayor alivio y consuelo de los enfermos”, para que los acompañen con “los consuelos religiosos”.

El misterio Pascual del Señor, su muerte y su resurrección, es la muestra suprema y más excelente del amor misericordioso de Dios, es la fuente de la misericordia divina y humana. Cristo resucitado mismo nos ofrece hoy desde el Cenáculo el gran anuncio de la misericordia divina, a la vez que confía su ministerio a los Apóstoles: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. (…) Recibid el Espíritu Santo; a quienes  les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos” (Jn 20, 21-23).

Antes de pronunciar estas palabras, Jesús muestra sus manos y su costado, señala las heridas de su Pasión, sobre todo la de su corazón: su corazón es la fuente de la que brota la misericordia de Dios sobre la humanidad, en especial, sobre los más necesitados de su amor, como son los enfermos en el cuerpo y en el espíritu. La misericordia divina nos llega a los hombres a través del corazón de Cristo crucificado. Cuando el soldado traspasó con su lanza el costado de Cristo en el Calvario, vio salir “sangre y agua” (Jn 19, 34). La sangre evoca su sacrificio en la cruz, la entrega de su persona hasta el extremo por amor al Padre y a los hombres, para que todos tengan vida y la tengan en abundancia. La sangre que brota de su corazón evoca el don de la Eucaristía, presencia real y eminente del amor de Dios manifestado en Cristo y alimento de sanos y de enfermos. El agua que brota del costado de Cristo nos recuerda el bautismo, fuente de la nueva Vida para todos los crean en Él y acojan el amor de Dios en Cristo en su vida (cf. Jn 3, 5; 4, 14; 7, 37-39).

Cristo ha resucitado. El amor y la vida de Dios han triunfado sobre el pecado y sobre la muerte. La resurrección del Señor no es un mito; tampoco es una ‘historia piadosa’ nacida de la credulidad de las mujeres o una invención de un puñado de discípulos, fruto de su profunda frustración. No, hermanos: Cristo vive, porque ha resucitado en verdad. Su resurrección es un hecho histórico y real. Pero, Cristo no ha sido devuelto a esta vida mortal, para morir de nuevo, sino que ha pasado a una vida totalmente nueva, inmortal y gloriosa. Y el mismo Resucitado ofrece a la humanidad esta nueva Vida; Él derrama la misericordia divina sobre la humanidad mediante el envío del Espíritu que es la Persona-Amor. Y la misericordia es el amor en su aspecto más profundo y tierno, en su actitud de aliviar cualquier necesidad, sobre todo en su inmensa capacidad de perdón, en su inmensa capacidad de alivio en el dolor y en la enfermedad, y en su inmensa capacidad de esperanza contra toda esperanza humana, porque su amor es más fuerte que la muerte.

Como sucede hoy en el Evangelio (Jn 20, 19-31), Jesús nos pide como a Tomás que creamos que Él ha resucitado. Como en el caso de los Apóstoles, es necesario que también nosotros acojamos hoy a Cristo resucitado, que nos muestra las heridas de su crucifixión y nos dice: “Paz a vosotros”. Es preciso que nos dejemos impregnar por la paz y el amor de Dios, por el Espíritu que Cristo resucitado nos infunde. Este Espíritu sanará las heridas de nuestro corazón, derribará las barreras que nos separan de Dios y nos alejan de los humanos, nos devolverá la alegría de sabernos amados de Dios y nos dará entrañas de misericordia para con los hermanos, en especial con los atribulados y abatidos. Demos gracias al Señor por su amor misericordioso, que es más fuerte que el pecado y que la muerte; un amor que se ha de revelar como misericordia en nuestra existencia y en nuestro trabajo cotidianos.

Celebremos con estos sentimientos este Centenario. En esta celebración se manifiesta y se nos ofrece el amor misericordioso de Dios, fuente del perdón, del amor y de la Vida, para que nosotros lo hagamos vida en nuestra propia vida. Porque ¿qué es para un cristiano su profesión sanitaria, su trabajo laboral, su ministerio pastoral, su presencia como religiosa consagrada o su tarea de voluntario en un Hospital sino una llamada a ser signo y presencia del amor misericordioso de Dios?

Para ser testigos y mensajeros del amor misericordioso de Dios es importante acoger y vivir íntegramente la palabra de Dios de este segundo domingo de Pascua. Las lecturas de hoy trazan el camino de la misericordia divina que reconstruye la relación de cada uno con Dios y suscita entre los hombres nuevas relaciones de fraternidad. Y su manantial es siempre la misericordia de Dios ofrecida en Cristo. El Señor nos enseña que “el hombre no sólo recibe y experimenta la misericordia de Dios, sino que está llamado a ‘usar misericordia’ con los demás: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5, 7)” (Juan Pablo II, Dives in misericordia, 14).

El mismo Señor nos señala los caminos de la misericordia. La misericordia no sólo perdona los pecados, sino que también sale al encuentro de los demás y de todas sus necesidades, hacia los próximos y hacia los lejanos. Jesús se compadeció, es decir sufrió con, y se inclinó sobre todas las miserias humanas, tanto materiales como espirituales. Su mensaje de misericordia sigue llegándonos a través del gesto de sus manos tendidas hacia todos, especialmente hacia el hombre que sufre.

Los cristianos en el Hospital, con independencia de la sección o ámbito de vuestro trabajo, estáis llamados a humanizar la sanidad desde Cristo. Para ello no hay otro camino que conocer y contemplar cada vez más y mejor el verdadero rostro de Dios, manifestado en Cristo, y, en él, el verdadero rostro de todos los hombres. Dios es Amor, y por amor crea al hombre ‘a su imagen’ y le llama a la vida en plenitud. Aquí reside la dignidad inalienable de todo ser humano desde su concepción hasta su muerte natural, y su destino a participar de la vida del Resucitado. Por ello la contemplación del rostro de Dios, que es amor misericordioso, nos lleva a amarle y, en él, a amar a cada ser humano. El amor a Dios y el amor a los hermanos son inseparables: “En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos” (1 Jn 5, 2). El Apóstol nos recuerda aquí la verdad del amor a Dios: su medida y su criterio radican en la observancia de los mandamientos; el termómetro de vuestro amor a Dios será vuestro amor a los enfermos.

No es fácil amar con un amor profundo. Este amor sólo se aprende en la escuela de Dios, al calor de su caridad. Fijad vuestra mirada en él, sintonizad con su corazón de Padre misericordioso, amadle con todo el corazón, con toda el alma y con todas vuestras fuerzas; sólo así seréis capaces de mirar a los enfermos con ojos nuevos, con entrañas de misericordia; sólo así aprenderéis y seréis capaces de amarlos sabiendo que son un don de Dios para vosotros y a hacerlo con una actitud de amor compasivo y generoso. En la medida en que aprendáis el secreto de esta mirada misericordiosa, la misericordia del corazón se convertirá también para todos vosotros en estilo de vida y de relaciones más humanas en el hospital. Así florecerán entre vosotros las “obras de misericordia”, espirituales y corporales, seréis en verdad ‘epifanía del amor misericordioso de Dios para el mundo’.

Queridos hermanos y hermanas. ¡Abrid vuestros corazones a Cristo! Desde la fe en Cristo Resucitado aprended a ser constructores de la nueva civilización del amor. Un simple acto de fe en Resucitado, el Viviente, basta para encontrar el camino de la vida y romper así las barreras de la ‘cultura de la muerte’ que nos rodea, del relativismo moral y del sinsentido de la vida humana ahora y más allá de la frontera de la muerte. Porque toda persona es valiosa a los ojos de Dios, Cristo dio su vida por cada uno, y a todos abarca el Padre con su amor misericordioso.

El plan de Dios se ha manifestado en la persona de Cristo; en Él nos ha bendecido con “con toda clase de bienes espirituales y celestiales”, que son gracia, filiación, participación divina y gloria. Es el triunfo del amor misericordioso de Dios. La fe en el Resucitado transforma la persona del creyente y le abre a una nueva relación con Dios y con el prójimo: al amor a Dios y al hermano. El creyente es hijo en el Hijo, y como tal ha de vivir ya desde ahora.

Como cristianos estamos llamados a ser testigos del amor misericordioso de Dios, manifestado en Cristo. “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor” (Jn 15, 9). El amor de que habla no es una simple corriente de simpatía. No se trata de mirar a todo el mundo prodigando buenas palabras. Tampoco se trata de la caridad con minúscula, como hacer una limosna El amor que Jesús nos manda es un amor afectivo y fraternal, de amistad y de acogida, un amor de entrega, efectivo y operativo. Es el amor que arraiga en el corazón y produce sentimientos de acogida y aceptación, de respeto y estima, de justicia, solidaridad y fraternidad. Porque lo que Jesús nos propone es que nos amemos los unos a los otros como Él nos ha amado.

Al celebrar el Centenario del traslado del Hospital demos gracias a Dios por todas las personas que a lo largo de estos cien años han sabido y saben ser testigos del amor de Cristo en el servicio a los enfermos. Pidamos al Señor que siga protegiendo con su misericordia y bendición a este Hospital y a cuantos en él trabajen o sean atendidos. !Que María, Madre de la misericordia, consuele a los enfermos y sus familias y a todos os enseñe a renovaros día a día en el amor de Dios que se hace vida en el amor al hermano! Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

¡Es Pascua de Resurrección!

Queridos diocesanos:

Durante la cuaresma hemos peregrinado hacia la Pascua. La semana santa es su última etapa y el Triduo Pascual su meta, en que celebramos la pasión, muerte y resurrección del Señor. Las tres son inseparables. El Jesús, que padeció y murió, ha resucitado y vive para siempre. Todo ha sucedido por nosotros, por nuestra salvación.

Para muchos cristianos, la Pascua ya apenas tiene significado alguno. Otros se quedan en las procesiones de Semana Santa, o sólo llegan hasta la pasión y muerte en el Viernes Santo. Se olvidan de la parte final, la Resurrección.

Pascua significa el paso del Señor por la muerte a la vida resucitada. Sin resurrección, la pasión y la muerte habrían quedado incompletas; serían la expresión de un fracaso. Pero Cristo ha resucitado. No se trata de una vuelta a la vida para volver a morir, sino del paso a nueva forma de vida, gloriosa y eterna. Tampoco es una ‘historia piadosa’, fruto de la fantasía de unas mujeres crédulas o de la profunda frustración de sus discípulos. La Resurrección de Jesús es un acontecimiento histórico y real, que sucede una vez y para siempre. El que murió bajo Poncio Pilato, éste y no otro, es el Señor resucitado de entre los muertos. Jesucristo vive ya glorioso y para siempre.

La resurrección es la muestra de que el Padre Dios acoge la entrega total del Hijo por amor en la Cruz: el mundo queda reconciliado con Dios y la muerte ha quedado vencida para siempre. En la muerte y resurrección del Señor, la humanidad ha quedado liberada de las garras del pecado y de la muerte, y entra a tomar parte en la vida misma de Dios. La resurrección constituye la novedad absoluta y lo inesperado para los apóstoles.

Los cristianos creemos que Jesús, el Hijo de Dios, ha muerto y ha resucitado para la vida del mundo. Para que nuestra alegría pascual sea completa, hemos de morir a nuestro pecado y dejarnos reconciliar por Dios; sólo así podremos resucitar también con Él a una nueva vida, ya ahora. Es la vida de comunión con Dios y con los demás que lleva a promover la vida y la dignidad de todo ser humano, al compromiso por una civilización del amor y a vivir con esperanza. Dejemos que el Resucitado entre en nuestra vida y la transforme. ¡Feliz Pascua para todos!

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Pascua de Resurrección

Segorbe, S.I. Catedral, 8 de abril de 2007

 

“!Cristo ha resucitado! Aleluya!”. Es la Pascua de la Resurrección del Señor, el Día en que actuó el Señor, el día del gozo y del triunfo, de la gloria y de las promesas cumplidas. La exaltación que Juan veía ya en la Cruz se hace hoy realidad y experiencia deslumbrante. Cristo ya no está en la tumba, en el lugar de los muertos. Su cuerpo roto, enterrado con premura el Viernes Santo ya “no está aquí”, en el sepulcro frío y oscuro, donde las mujeres lo buscan al despuntar el primer día de la semana. No: El no está aquí, ¡Ha resucitado!. El Ungido ya perfuma el universo y lo ilumina con nueva luz.

¡Cristo ha resucitado! Por ello podemos cantar: “¿Dónde está muerte tu victoria? ¿Dónde está muerte tu aguijón?”. El autor de la vida ha vencido a la muerte. Alegrémonos, hermanos: Cristo ha resucitado y, en su resurrección, Dios muestra que ha aceptado el sacrificio de su Hijo y en Él hemos sido salvados. “Muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando restauró la vida”.

¡Cristo vive! Esta es la gran verdad de nuestra fe. Aquel, al “que mataron colgándolo de un madero” (Hech 10, 39) ha resucitado, triunfando sobre el poder del pecado y de la muerte, de las tinieblas, del dolor y de la angustia. La resurrección de Cristo, hermanos, no es un mito para cantar lo que siempre sucede: el eterno retorno de la naturaleza, que florece de nuevo en primavera, o el proceso interminable de continuadas reencarnaciones, o una vuelta a la vida para volver a morir desesperadamente. Tampoco es una “historia piadosa” nacida de la credulidad de las mujeres o de la profunda frustración de un puñado de discípulos. La resurrección de Jesús es un acontecimiento histórico y real que sucede una sola vez y una vez por todas: El que murió bajo Poncio Pilato, éste y no otro, es el Señor resucitado de entre los muertos: Jesús vive ya glorioso y para siempre.

La Palabra de Dios de hoy nos invita a acercarnos a la resurrección del Señor, acogiendo con fe el signo del sepulcro vacío y, sobre todo, el testimonio de personas concretas, “los testigos que él había designado”, a los que se apareció, con los que comió y bebió después de su resurrección”; a ellos les encargó dar solemne fe y testimonio de su resurrección (cf. Hech, 10, 41-42).

La tumba-vacía es un signo esencial, aunque imperfecto, de la resurrección. Algunos, como María Magdalena, ante el hecho del sepulcro vacío, exclamarán: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto” (Jn 20,2). Otros, como Pedro, se contentarán con certificar fríamente el hecho: “entró en el sepulcro y vio las vendas en el suelo y el sudario con el que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte” (Jn 20,6). Otros, como Juan, no se contentarán con la sola certificación del hecho.  Juan “vio y creyó.  Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos” (Jn 20,8-9). El suceso mismo de la resurrección, el paso de la muerte a la vida de Jesús, no tiene testigos. Las mujeres, los Apóstoles y los discípulos se encuentran con Cristo Vivo, una vez resucitado. Para aceptar el sepulcro vacío como signo de su resurrección es necesaria la fe, como Juan; y como en el resto de los discípulos es necesario el encuentro personal con el Resucitado para superar las dudas y la primera incredulidad.  “Nosotros esperábamos…” (Lc 24, 21), dirán los discípulos de Emaús,Si no veo en sus manos la señal de los clavos… no creeré”, dirá Tomás (Jn 20, 25).

Como en el caso de los discípulos, la Pascua pide tamben de nosotros un acto de fe en comunión con la fe de los apóstoles, testigos de la resurrección; una fe que nos es trasmitida en sus sucesores, los Obispos, y en la comunidad de sus discípulos, la Iglesia. La resurrección pide creer personalmente que Cristo vive; pide el encuentro personal con El en la comunidad de los creyentes. Nuestra fe no es fácil o débil credulidad; se basa en el testimonio unánime y veraz de aquellos que trataron con Él directamente en los cuarenta días que permaneció resucitado en la tierra. “Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con Él después de su resurrección. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos” (Hech 10, 39-41). A los testigos se les cree, según la confianza que merecen, según el índice de credibilidad que se les reconoce. Pedro y el resto de los Apóstoles dan testimonio de algo de lo que están convencidos. Tan convencidos, que llegarán a dar la vida por Cristo.

¡Cristo ha resucitado! Cristo Jesús no es una figura del pasado, alguien que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos su recuerdo y su ejemplo. Su resurrección no es un hecho histórico hundido en el pasado y sin actualidad y vigencia para nosotros. No. ¡Cristo vive! El es el Emmanuel, el Dios con nosotros. Su resurrección nos muestra que Dios no abandona a los suyos, a la humanidad, a la creación entera. Con la resurrección gloriosa del Señor todo adquiere nuevo sentido: la existencia humana, la historia de la humanidad y el futuro de la creación.

¡Cristo ha resucitado! Y lo ha hecho por todos nosotros y por todos los hombres. El es la primicia y la plenitud de una humanidad renovada. Su vida gloriosa es como un inagotable tesoro, que todos estamos llamados a compartir desde ahora.

A los bautizados, nos recuerda San Pablo: “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios…” (Col 3,1). Celebrar a Cristo resucitado significa reavivar la vida nueva recibida en la fuente del bautismo: una vida que rompe las fronteras del tiempo y del espacio, porque es germen de eternidad; una vida, que anclada en la tierra, vive, sin embargo, según los bienes de allá arriba, los bienes del Reino de Dios: reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia de amor y de paz. Celebrar a Cristo resucitado nos llama a vivir libres de la esclavitud del pecado y en servicio constante al Dios vivo, presente en los hombres y en la creación resucitada.

Hoy, la Iglesia y las comunidades cristianas se revisten de sus mejores galas, porque en ellas Cristo resucita: Es el triunfo de la vida de Dios. Y cuantos celebramos esta Pascua podemos afirmar: ¡Cristo está aquí!, en medio de nosotros. “Lo veréis en Galilea”, y cada comunidad es Galilea: donde se reúnen los que creen y los que aman es Galilea. Él está aquí, en medio de nosotros, y nos habla al corazón. Él está aquí, y nos cura de nuestras dudas y nuestros miedos. Él está aquí, y se deja palpar y exhala su Espíritu en nosotros. Él está aquí, y nos alimenta con su palabra y con su cuerpo. Él está aquí, y nos renueva, nos pacifica y nos resucita. Él está aquí, y nos envía a ser testigos de su resurrección.

La Pascua de Cristo está llamada a prolongarse en la Iglesia y en el mundo, en cada persona y en la sociedad. Es un proceso de lucha contra el mal y de superación de la muerte, porque en Cristo resucitado la Vida ha vencido a la muerte.

¡Cristo ha resucitado! Este es el anuncio central de nuestra fe y el fundamento de la esperanza de la humanidad. Si Cristo no hubiera resucitado, no sólo sería vana nuestra fe (cf. 1 Co 15,14), sino también nuestra esperanza, porque seríamos rehenes del mal y la muerte. “Ahora, en cambio, Cristo ha resucitado de entre los muertos, primicia de los que han muerto” (1 Co 15,20). Con su muerte, Jesús ha quebrantado y vencido la ley de la muerte, extirpando para siempre su raíz ponzoñosa, el pecado.

“¡Paz a vosotros!” (Jn 20,19.20). Éste primer saludo del Resucitado a sus discípulos se repite hoy al mundo entero. Para todos, especialmente para los pequeños y los pobres, la Pascua proclama hoy la esperanza de la paz, de la paz verdadera, basada en los sólidos pilares del amor y de la justicia, de la verdad y de la libertad. ¡Que la paz triunfe sobre las guerras en todas las regiones del mundo, que la padecen! ¡Que la paz del Resucitado triunfe sobre la violencia verbal y física! ¡Que la paz del Resucitado transforme nuestros corazones y supere la crispación en nuestra sociedad! ¡Que el perdón, don del resucitado, derrote y supere nuestra lógica humana de la venganza y de la violencia, del rencor y del odio! ¡Que el Señor resucitado nos libre del peligro de un dramático choque entre las culturas y las religiones!

Como a los Apóstoles asustados en la tempestad del lago, Cristo nos repite hoy a todos: “¡Ánimo, soy yo, no temáis!”. (Mc 6,50). Si Él está con nosotros, ¿por qué tener miedo? Su presencia nos da fuerza para superar nuestras zozobras en la fe, para superar nuestros miedos y respetos humanos a confesarnos cristianos y a vivir como tales, para seguir anunciando como Iglesia a Jesucristo y su Evangelio a todo hombre y mujer de buena voluntad. Aunque parezca muy oscuro el horizonte de la humanidad, hoy celebramos el triunfo esplendoroso de la alegría pascual. Si un viento contrario obstaculiza el camino de los pueblos, si se hace borrascoso el mar de la historia, no podemos ceder al desaliento y a la desconfianza.

¡Cristo ha resucitado! Cristo está vivo entre nosotros. El está realmente presente en el sacramento de la Eucaristía: Él se ofrece como Pan de salvación y como Alimento de los peregrinos. Ha resucitado Cristo, nuestra paz y nuestra esperanza. ¡Aleluya!
 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Vigilia Pascual

Segorbe, S.I. Catedral, 7 de abril de 2007

 

“¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el Crucificado? No está aquí. Ha resucitado” (Mc 16,1-7). Con estas palabras sorprende aquel joven vestido de blanco a las mujeres turbadas, que, al alba del primer día de la semana, habían ido al sepulcro para embalsamar el cuerpo de Jesús, y lo encuentran vacío. “No está aquí. Ha resucitado”.

Esta desconcertante noticia, destinada a cambiar el rumbo de la historia, resuena desde entonces de generación en generación. Esta buena noticia, esta noticia antigua y siempre nueva, resuena hoy una vez más en esta Vigilia pascual, la madre de todas las vigilias, aquí y por toda la tierra. ¡¡Cristo vive!! Este es el centro de nuestra fe, este es el centro de la fe de la Iglesia, que hoy anunciamos con renovada alegría. Dios ha resucitado al Señor de entre los muertos y le ha constituido Señor de cielos y tierra (Hech 2, 24).

En esta Noche Santa revivimos el extraordinario acontecimiento de la Resurrección del Señor. Si Cristo no hubiera resucitado, la humanidad y toda la creación habrían perdido su sentido. Pero Cristo, ¡ha resucitado verdaderamente!

En esta Noche Santa se cumplen las Escrituras, que hemos proclamado en la liturgia de la Palabra, recorriendo las etapas de toda la Historia de la Salvación, manifestación de la voluntad salvífica y universal de Dios. En esta Noche Santa todo vuelve a comenzar desde el “principio”; la creación recupera su auténtico significado, su orden y su fin en el plan de Dios. El hombre, creado a su imagen y semejanza, en comunión con Dios y con sus semejantes, está llamado a esa comunión en Cristo. Es como un nuevo comienzo de la historia y del cosmos, porque “Cristo ha resucitado, primicia de todos los que han muerto” (1 Co 15,20). Él, “el último Adán”, se ha convertido en “un espíritu que da vida” (1 Co 15,45). El mismo pecado de nuestros primeros padres es cantado en el Pregón pascual como “¡feliz culpa que mereció tal Redentor!”. Donde abundó el pecado, ahora sobreabunda la Gracia y ‘la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular’ de un edificio espiritual indestructible.

En esta Noche Santa ha nacido el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, con el cual Dios ha sellado una alianza eterna con la sangre del Verbo encarnado, crucificado y resucitado. Toda la tierra exulta y glorifica al Señor. Ante los ojos de una humanidad alejada de Dios brilla la luz de Cristo Resucitado. La muerte ha sido vencida, el pecado ha sido borrado, la humanidad ha quedado reconciliada. Por la Resurrección de Jesucristo todo está revestido de una nueva vida. En Cristo la humanidad es rescatada por Dios, recobra la confianza y queda restaurado el sentido de la creación. Este es el día de la revelación de nuestro Dios. Es el día de la manifestación de los hijos de Dios.

Dentro de unos instantes renovaremos las promesas de nuestro Bautismo, volveremos a renunciar a Satanás y a todas sus obras para seguir firmemente a Dios y sus planes de salvación. “Por el bautismo -nos recuerda el apóstol Pablo- fuimos sepultados con Él en la muerte, para que, así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva” (Rm 6,4).

Esa nueva vida es don de Dios. Esa vida nueva no es temporal, sino inmortal y eterna. Es vida en libertad: libertad de la esclavitud del pecado para ser libres y vivir en servicio constante del Dios vivo. El don de la vida inmortal debe prolongarse en nosotros en una vida de gracia y de verdad. Ser cristiano es participar de la misma vida de Cristo, es su vida de eterno viviente. El don inicial se nos concede a través del bautismo. El crecimiento y madurez, a través de los otros sacramentos, de la oración y de nuestro compromiso de caridad en el seno de la Iglesia.

La vida nueva del bautismo es una vida para Dios. No se trata de una vida temporal, más o menos larga. Tampoco de una vida virtuosa, moralmente irreprochable que podríamos alcanzar con nuestras propias fuerzas. Se trata de una participación de la misma vida de Dios, comenzada ya en el bautismo y destinada a su plenitud en la eternidad. Quien vive la vida divina, no vive para sí mismo porque egoísmo y Dios se excluyen; quien vive la vida divina vive para los demás ya que en los ellos descubre la presencia de Dios. Quien vive para Dios, por vivir la vida divina, transpira amor y perdón, alegría y paz, felicidad y esperanza; se convierte así en verdadero apóstol, testigo de la resurrección, despertando en cuantos encuentra a su paso el deseo de Dios.

Confesemos de verdad nuestra fe en el Padre Dios, en su Hijo Jesucristo, en el Espíritu Santo y en nuestra madre la Iglesia. Rechacemos una vez más y sin componendas toda clase de mal en nuestras vidas. Que este compromiso no quede en nosotros mismos, en la esfera de nuestra vida privada. Que de palabra y, sobre todo, con nuestro testimonio de vida ayudemos a que cuantos nos son cercanos se sientan estimulados al encuentro con el Resucitado.

Que María, testigo gozoso del acontecimiento de la Resurrección, ayude a todos a caminar “en una vida nueva”; que haga a cada uno consciente de que, estando nuestro hombre viejo crucificado con Cristo, debemos comportarnos como hombres nuevos, personas que “viven para Dios, en Jesucristo” (Rm 6, 4.11). Que María, Madre de la Iglesia, nos enseñe a salir al encuentro del Hijo Resucitado por quien todos los hombres y mujeres están invitados a la nueva vida en Dios. ¡Cristo ha resucitado, resucitemos nosotros con El! ¡Aleluya!

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Celebración litúrgica del Viernes Santo

Segorbe, S.I. Catedral, 6 de abril de 2007

 

Es Viernes Santo. Al conmemorar la pasión y muerte de Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, nuestra mirada queda fija en la Cruz. Contemplemos y adoremos con fe –como si presente me hallare (S. Ignacio)- el misterio de la pasión y muerte en cruz del Hijo de Dios, de Jesús, hermano y redentor nuestro. La Cruz es misterio de redención y de salvación, la Cruz es misterio de amor. Un misterio que requiere ante todo hondura de fe. Contemplemos y adoremos: dejemos que cale en el hondón de nuestro ser y nos transforme. Nadie puede ser cristiano si no cree que el Hijo de Dios, Jesús de Nazaret, ha entregado su vida por amor aceptando la muerte, y muerte en cruz.

Ayudados por el relato de la pasión de nuestro Señor Jesucristo, recordamos y acompañamos a Jesús en su vía dolorosa hasta la muerte en la Cruz. En su pasión y muerte se nos muestra el “rostro doliente” del Señor: El es el “siervo paciente”, el “varón de dolores”, humillado y rechazado por su pueblo. En la pasión y en la cruz contemplamos al mismo Dios, que asumió el rostro de hombre, y ahora se muestra cargado de dolor. No es un héroe glorioso, sino el siervo desfigurado y despreciado. No parece un Dios, ni siquiera un hombre; ahí está: sin belleza, sin aspecto humano. Es despreciado, insultado y condenado injustamente por lo hombres. Como un cordero llevado al matadero, El no responde a los insultos y a las torturas. Guarda silencio. No abre la boca sino para orar y perdonar. Todos se mofan de él y le insultan; y Él no deja de mirarlos con amor y compasión.

En la Cruz padece y muere el Hijo del hombre, haciéndose cargo de los pecados de todos los hombres y de todo sufrimiento humano. Con su muerte redime al mundo. Jesús mismo había anunciado: “El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por la multitud” (Mc 10,45). En la Cruz contemplamos su cuerpo entregado y su sangre derramada por nosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Cristo sufre y muere no por otra razón sino “por nuestros pecados” (1Co, 15,3) y “por nosotros”: a causa de nosotros, en favor de nosotros y en lugar de nosotros. El carga con el dolor provocado por el pecado. No por su pecado personal, pues era absolutamente inocente, sino por la tragedia de mentiras, envidias, traiciones y maldades, que se echaron sobre él, para condenarlo atropelladamente a una muerte injusta. El carga hasta el final con el pecado humano y se hace cargo de todo sufrimiento e injusticia humana.

Su mayor dolor es sentirse abandonado por Dios; es decir, sufrir la experiencia espantosa de soledad que sigue al pecado. Él, que no tenía pecado alguno, quiso llegar hasta el fondo de las consecuencias del mal. En sus últimos momentos grita: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27, 46). En la Cruz, el Crucificado es el más atribulado de los atribulados de la tierra. Pero a la experiencia de abandono doloroso, Él responde con su ofrenda: “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46). El “por qué me has abandonado” se convierte en grito esperanzado: la experiencia del abandono por parte del Padre se convierte en abandono de sí mismo en sus brazos. Jesús abandonado vive su dolor en profunda comunión con todos los crucificados de la tierra y al mismo tiempo como oblación confiada a su Padre por amor del mundo. Entregando, en obediencia de amor, el espíritu al Padre (cf. Jn 1.9,30), el Crucificado entra en la solidaridad con los sin Dios, es decir, con todos aquellos que por su culpa han sido privados del Espíritu y experimentado el exilio de la patria del amor.

En la oscuridad de la Cruz rompe la luz de la esperanza. “Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho” (Is 52, 13) El Siervo de Yahvé, aceptando su papel de víctima expiatoria, trae la paz, la salvación y la justificación de muchos. En la Cruz, “Dios estaba reconciliando consigo al mundo” (2 Cor 5, 19). La Cruz manifiesta la grandeza del amor de Dios, que libra del pecado y de la muerte. Desde la Cruz, el Hijo de Dios muestra la grandeza del corazón de Dios, y su generosa misericordia; y exclama:“!Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen! (Lc 23, 34). En la Cruz se encuentran la miseria del hombre y la misericordia de Dios.

El Padre no permanece ajeno al sufrimiento del Hijo, porque “tanto amó al mundo que dio a su Hijo único” (Jn 3,16). Al sufrimiento del Hijo corresponde un sufrimiento del Padre: Dios sufre en la cruz como Hijo que se ofrece, como Padre que lo ofrece, como Espíritu, amor que procede de su amor sufriente. La Cruz muestra el verdadero rostro de Dios, su dolor activo, libremente elegido, perfecto con la perfección del amor: “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). En Cristo, Dios no está fuera del sufrimiento del mundo, como espectador impasible del mismo: Él lo asume y lo redime viviéndolo como don y ofrenda de los que brota la vida nueva para el mundo.

Desde el Viernes santo nosotros sabemos que la historia de los sufrimientos humanos es también historia del Dios con nosotros: El está presente en la misma para sufrir con el hombre y para contagiarle el valor inmenso del sufrimiento ofrecido por amor. La “patria” del Amor ha entrado en el “exilio” del pecado, del dolor y de la muerte para hacerlo suyo y reconciliar la historia con él: Dios ha hecho suya la muerte para que el mundo hiciese suya la vida. La muerte de la cruz es la muerte de la muerte: es el Hijo de Dios el que se entrega a la muerte para darnos la vida.

Apenas el hombre, en Cristo Jesús, dio su respuesta al amor de Dios, este amor eterno invadió al mundo con toda su fuerza para salvarlo. “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mi” (Jn 12 32). La Cruz es el ‘árbol de la vida’ para el mundo: en ella se puede descubrir el sentido último y pleno de cada existencia y de toda la historia humana: el amor de Dios. En Viernes Santo, Jesús convierte la cruz en instrumento de bendición y salvación universal.

Contemplemos y adoremos con fe la Cruz de Cristo. Miremos al que atravesaron, y al que atravesamos. Miremos a Cristo y contemplemos su sufrimiento causado por el pecado, por la crueldad y la injusticia de los hombres. Contemplemos en la Cruz a los que hoy son crucificados, a todas la victimas de la maldad humana, a los que sufren y tienen cargar con su cruz. Miremos al pecado del mundo, reconozcamos nuestros propios pecados, con los que Cristo hoy tiene que cargar.

Contemplemos y adoremos la Cruz: Es la manifestación de la gloria de Dios, la expresión del amor más grande, que da la vida para librarnos de muerte. Unámonos a Cristo en su Cruz para dar la vida por amor. Si abrimos nuestro corazón a la Cruz, sinceramente convertidos y con verdadera fe, el amor de Dios nos alcanzará. Y el Espíritu de Dios derramará en nosotros la caridad; podremos alcanzar la salvación de Dios.

Al pie de la Cruz, la Virgen María, unida a su Hijo, pudo compartir de modo singular la profundidad del dolor y del amor de su sacrificio. Nadie mejor que ella nos puede enseñar a amar la Cruz. A ella le enmendamos en especial a los enfermos y a todos los que sufren, a las víctimas inocentes de la injusticia y la violencia, y a los cristianos perseguidos a causa de su fe. Que la Cruz gloriosa de Cristo sea para todos prenda de esperanza, de amor y de paz. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Jueves Santo. Misa ‘In Coena Domini’

Segorbe, S.I. Catedral, 5 de abril de 2007

 

En la tarde de Jueves Santo entramos en la celebración de la Pascua de Cristo, que constituye el momento dramático y conclusivo de su existencia terrenal. Nos trasladamos espiritualmente al Cenáculo y contemplamos a Jesús, el Hijo de Dios, que vino a nosotros no para ser servido, sino para servir, y tomó sobre sí los dramas y las esperanzas de los hombres de todos los tiempos. Trasladémonos en espíritu hasta el Cenáculo.

Allí, Jesús se ha reunido con sus Apóstoles para celebrar con ellos “la Pascua (la fiesta) en honor del Señor” (Ex 12, 11), que conmemora ‘el paso del Señor’ para liberar a su pueblo de la esclavitud de Egipto y establecer la Alianza de Dios con su Pueblo. Jesús elige la celebración de la Pascua judía para establecer la nueva y definitiva Alianza. Él es el ‘verdadero cordero sin defecto’, inmolado y consumado por la salvación del mundo, para la liberación definitiva del pecado y de la muerte, mediante su muerte y resurrección, mediante su paso de la muerte a la vida: El es nuestra Pascua.

Y Jesús “sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1). Durante la Cena, Jesús bendice y parte el pan, luego lo distribuye a los Apóstoles, diciendo: “Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros”; lo mismo hace con el cáliz: “Esta es mi sangre”. Aquel pan milagrosamente transformado en el Cuerpo de Cristo y aquel cáliz convertido en la sangre de Cristo son ofrecidos en aquella noche como anuncio y anticipo de la muerte del Señor en la Cruz. Es el testimonio de un amor llevado “hasta el extremo” (Jn 13, 1)

Haced esto en conmemoración mía”, dice Jesús a los Apóstoles (1 Co 11, 24-25). Con este mandato, Jesús instituye la Eucaristía, el sacramento que perpetúa su ofrenda por todos los tiempos. Siguiendo el mandato de Jesús, en cada santa Misa actualizamos su sacrificio en la cruz y su resurrección, actualizamos su Pascua. El sacerdote se inclina sobre los dones eucarísticos, para pronunciar las mismas palabras de Cristo “la víspera de su pasión”. Con Él repite sobre el pan: “Este es mi cuerpo, que se entrega por vosotros”; y luego dice obre el cáliz: “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre” que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados (cfr. 1 Co 11, 24-25).

Desde aquel primer Jueves Santo, la Iglesia actualiza sacramental, pero realmente en cada Eucaristía el misterio pascual de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo para el perdón de los pecados y la reconciliación con Dios. La Eucaristía es así manantial de vida y de comunión con Dios y fuente de comunión con los hermanos. Desde aquel Jueves Santo, la Iglesia, que nace del misterio pascual de Cristo, vive de la Eucaristía; se deja revitalizar y fortalecer por ella; y sigue celebrándola hasta que vuelva su Señor. Por ello, después de la consagración nos unimos a la aclamación del sacerdote: “Este es el Misterio de nuestra fe”, con las palabras: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor, Jesús!”.

La Eucaristía es el centro y la fuente de la vida de la Iglesia y de todo cristiano. Es el Sacramento por excelencia que constituye a la Iglesia en su realidad más auténtica y profunda: ser signo eficaz de comunión con Dios y, en él, de la unidad de todo el género humano. No hay Iglesia sin Eucaristía, como tampoco hay cristianos, que vivan la nueva vida bautismal, sin participar en la Eucaristía. Comulgando a Cristo-Eucaristía nos unimos realmente a Él, y, en Él, con el Padre y el Espíritu y con quienes igualmente comulgan el Cuerpo y la Sangre del Señor. Todo cristiano, que quiera permanecer vitalmente unido a Cristo, como el sarmiento a la vid, ha de participar con frecuencia en la Eucaristía y ha de hacerlo plenamente acercándose a la comunión. Ahora bien: el mismo San Pablo nos recuerda la dignidad con que debe ser tratado este Sacramento por parte de cuantos se acercan a recibirlo. “Examínese cada uno a sí mismo antes de comer el pan y beber el cáliz, porque el que come y bebe sin apreciar el cuerpo, se come y bebe su propia condenación” (1 Cor. 11,28). Antes de comulgar es necesario examinarse y reconciliarse con Dios en el sacramento de la Penitencia, si se tiene conciencia de pecado grave. Tenemos que poner mucho empeño en recibir la Eucaristía, y hacerlo en estado de gracia. De lo contrarío, la vida se tornará en muerte.

Al recordar y agradecer la tarde del Jueves santo el don de la Eucaristía, recordamos y agradecemos también el don del sacerdocio ordenado. “Haced esto en conmemoración mía”. Estas palabras de Cristo, aunque dirigidas a toda la Iglesia, son confiadas como tarea específica a los Apóstoles y a quienes continúan su ministerio. A ellos, Jesús les entrega la potestad de hacer en su nombre lo que Él acaba de realizar; es decir, la potestad de transformar el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre. Cristo quiere que, desde ese momento en adelante, su acción sea sacramentalmente también acción de la Iglesia por las manos de los sacerdotes. Diciendo “haced esto” instituye el sacerdocio ministerial, esencial y necesario para la misma Iglesia. No hay Eucaristía sin sacerdocio ordenado. La Eucaristía, celebrada por los sacerdotes, hace presente para toda generación y en cualquier rincón de la tierra la obra de Cristo. Hoy se vuelve a sentir, entre el pueblo creyente, la necesidad del sacerdote. Pero no olvidemos que sólo una Iglesia enamorada de la Eucaristía engendra, a su vez, santas y numerosas vocaciones sacerdotales. Y lo hace mediante la oración y el testimonio de santidad, dado especialmente a las nuevas generaciones.

En esta celebración repetiremos el gesto que Jesús hizo al comienzo de la Última Cena: el lavatorio de los pies. Al lavar los pies a los Apóstoles, el Maestro les propone una actitud de servicio como norma de vida: “Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, siendo vuestro Señor y Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn 13, 13-14). Jesús nos invita a imitarle: “Os he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con vosotros, también lo hagáis vosotros” (Jn 13, 15). De este modo establece una íntima correlación entre la Eucaristía y el mandamiento del amor. No se puede separar la participación en la mesa del Señor del deber de amar al prójimo. Cada vez que participamos en la Eucaristía, nos comprometemos a hacer lo que Cristo hizo, nos comprometemos a ‘lavar los pies’ de nuestros hermanos, transformándonos en imagen concreta y transparente de Aquel que “se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo” (Flp 2, 7).

“También vosotros debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn 13, 14), nos dice Jesús. Cada obra buena hecha en favor del prójimo, especialmente en favor de los que sufren y los que son poco apreciados, es un servicio como lavar los pies. El Señor nos invita a bajar, a aprender la humildad y la valentía de la bondad; y también a estar dispuestos a aceptar el rechazo, actuando a pesar de ello con bondad y perseverando en ella. Pero hay una dimensión aún más profunda. El Señor limpia nuestra impureza con la fuerza purificadora de su bondad. Lavarnos los pies unos a otros significa sobre todo perdonarnos continuamente unos a otros, volver a comenzar juntos siempre de nuevo, aunque pueda parecer inútil. Significa purificarnos unos a otros soportándonos mutuamente y aceptando ser soportados por los demás; purificarnos unos a otros dándonos recíprocamente la fuerza santificante de la palabra de Dios e introduciéndonos en el Sacramento del amor divino (Benedicto XVI).

Jesús instituye la Eucaristía como manantial inagotable del amor. En ella está escrito el mandamiento nuevo: el mandamiento del amor: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros” (Jn 13, 34). El amor es la herencia más valiosa que Jesús nos deja a los cristianos. Su amor, compartido por sus discípulos, es lo que esta tarde se ofrece a la humanidad entera. En la hora del Banquete eucarístico, Cristo afirma la necesidad del amor, hecho entrega y servicio desinteresados. “El Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos”  (Mc 10, 45). El amor alcanza su cima en el don de la propia persona, sin reservas, a Dios y a los hermanos, como el mismo Señor. El Maestro mismo se ha convertido en un siervo, y nos enseña que el verdadero sentido de la existencia es la entrega desinteresada y el servicio por amor. El amor es el secreto del cristiano para edificar un nuevo mundo, cuya razón de ser no nos puede ser revelada sino por Dios mismo.

Jueves Santo es, por ello, el día del Amor fraterno. Después de ver y oír a Jesús, después de haber comulgado el sacramento del amor, después de habernos unido realmente con Él en la comunión, salgamos de esta celebración con el ánimo y las fuerzas renovadas para trabajar por unas relaciones humanas más fraternas. Esto comienza con el prójimo y con el necesitado, que está a nuestro lado. Para perdonar, amar y servir, no tendremos que ir muy lejos. El prójimo está a nuestro lado: en nuestra propia familia, entre nuestros vecinos, en el lugar de trabajo, en el pobre, enfermo o necesitado, en el forastero o en el inmigrante. Eso sí; tendremos que salir de nosotros mismos y traspasar ese círculo en el que nos encierran la comodidad, el egoísmo, la insensibilidad o los prejuicios. Si lo hacemos así, seremos discípulos de Cristo, imitaremos al mismo Dios que por amor supo salir de sí mismo para acercarse, entregarse y permanecer con nosotros. .

Nuestro mundo esta necesitado de amor, del amor que nos viene de Dios por Cristo en la Eucaristía. Necesitamos derrumbar las barreras de la exclusión y de la crispación, del egoísmo y del odio para que triunfe el amor en nuestro mundo. Hoy Jesús nos dice a nosotros como dijo a sus discípulos: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?”. Merece la pena seguirle y trabajar por el perdón y la reconciliación, por el amor y la paz.

En la Eucaristía, la Cena que recrea y enamora, encontramos, hermanos, el alimento y la fuerza para salir a los caminos de la vida. Participemos en esta Eucaristía. Seamos signo de unidad y fermento de fraternidad. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Santa Misa Crismal

S.I. Catedral de Segorbe, 2 de abril de 2007

 

Cantaré eternamente las misericordias del Señor” (Ps 88). Como el salmista, nuestra Iglesia diocesana alaba y da gracias a Dios. El Espíritu desciende hoy de nuevo sobre ella como descendió sobre Cristo, el Ungido de Dios, para fortalecerla en su tarea de evangelizar y santificar a los hombres. Somos ‘la estirpe que bendijo el Señor’ (cfr. Is 61,9), para que todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo reciban la Buena Nueva. El poder del Espíritu fecunda hoy de nuevo a esta Iglesia para que a través de ella todo hombre sea evangelizado, redimido de sus esclavitudes y conducido a la plenitud de la vida divina por la fuerza de los sacramentos pascuales. Los santos óleos que vamos a bendecir y el Crisma que vamos a consagrar serán instrumentos de salvación en los sacramentos del bautismo, de la confirmación, del orden sagrado y de la unción de enfermos. La eficacia salvífica de estos signos deriva del misterio pascual, de la muerte y resurrección de Cristo.

Según la nueva ordenación del Triduo Pascual, la Misa Crismal es el preludio de la celebración de la Última Cena del Señor. Aunque la celebremos el lunes santo, hay que verla en íntima relación con la celebración de la Misa ‘In Coena Domini’ del Jueves Santo. La Misa crismal nos remite a los orígenes del Misterio de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, del que nace la Iglesia, pueblo sacerdotal, y nuestro sacerdocio ordenado. Así lo proclamaremos en el Prefacio de esta Misa.

Por esta razón hoy recordamos, de modo especial, el ministerio sacerdotal, en el que obispo y sacerdotes estamos íntimamente unidos; por esto hoy celebramos las bodas de oro sacerdotales de D. Miguel Antolí y las de plata de D. Antonio Caja, a quienes felicitamos y con quienes hoy damos gracias a Dios; y por ello hoy  renovaremos también nuestras promesas sacerdotales.

El origen más concreto de nuestro sacerdocio está en la Última Cena del Señor con los Doce. Jesús parte y les reparte el pan y les ofrece el cáliz lleno de vino. El pan es su Cuerpo que va a ser entregado por ellos, y el cáliz es la copa de su Sangre que va a ser derramada por ellos y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Jesús anticipa sacramentalmente lo que poco después iba a suceder en el Gólgota: su Sacrificio, la oblación de su Cuerpo y Sangre al Padre en la Cruz por la salvación del mundo; es el Sacrificio por el que se instaura una nueva y eterna Alianza para una nueva y definitiva Pascua. Y Jesús manda a los Doce que lo hagan siempre en conmemoración suya. De este modo instituía el Sacrificio Eucarístico como “fuente y cima de toda la vida cristiana” (LG 11); y el sacerdocio ministerial como el ministerio para actuar “in persona Christi” en la Iglesia, un ministerio necesario e insustituible a la hora de renovar su gesto sacramental de la Última Cena y hacer Iglesia.

En el Cenáculo estábamos también nosotros, queridos sacerdotes. El mandato y misión que recibían Pedro y los Doce se nos transmitiría a cada uno de nosotros el día de nuestra ordenación sacerdotal; aunque no era la única razón y tarea, constituía su primera razón de ser.

Todos los bautizados participan del sacerdocio de Cristo; la Iglesia es toda ella pueblo sacerdotal. Pero para que pueda nacer y crecer como tal, a nosotros “sucesores de los Apóstoles” -los Obispos en plenitud, y los Presbíteros de modo participado y subordinado a los Obispos- se nos ha impreso por la consagración sacramental un ‘carácter’ que nos marca indeleblemente como “imagen de Cristo” (Cfr. Carta de Juan Pablo II, con ocasión del Jueves Santo del 2000, n. 3).

Nuestro ministerio sacerdotal es un don del amor del Señor hacia nosotros, totalmente inmerecido por nuestra parte: “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que os he elegido yo a vosotros”, nos dice el Señor (Jn 15,16). Y añade: “Como el Padre me envió, también os envío yo” (Jn 20, 21). Jesús encomienda a hombres frágiles y pecadores su ministerio, y les envía a actuar en su nombre y representación en favor de los hombres. Nuestro sacerdocio encuentra su verdad y su identidad en el ser derivación y continuación de Cristo mismo y de la misión que Él recibió del Padre. Un gran tesoro en vasijas de barro.

Por ello Cristo nos exhorta: “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15, 5), así como Él, el Hijo, no puede hacer nada sin el Padre. Dependemos totalmente de Cristo y, en Él, del Padre. Unidos a Cristo, al Padre y en la fuerza del Espíritu, en virtud del sacramento del orden, es como anunciamos la Palabra, perdonamos los pecados, presidimos la Eucaristía y pastoreamos al pueblo de Dios.

En el ejercicio de nuestro ministerio y en toda nuestra vida hemos de ser verdaderamente hombres de Cristo y hombres de Dios. Nuestros fieles, tanto los más cercanos y practicantes, como los alejados de la práctica de la vida cristiana o los no creyentes son siempre sensibles a la presencia y al testimonio de un sacerdote, cuando éste es transparencia de Cristo, cuando es realmente ‘hombre de Dios’. En la medida en que lo descubren, lo estiman y tienden a abrirse a él.

Como hombres de Dios, los sacerdotes hemos de ser hombres de Iglesia, en comunión con el Obispo y, través de él, con el Papa y el resto de los Obispos. Hemos recibido el don del ministerio no en beneficio y provecho propio, sino para el servicio de los demás, para que todos los fieles puedan vivir su sacerdocio común, su vocación bautismal. Ser sacerdotes significa, por ello, amar a la Iglesia, amar a la comunidad de los creyentes, como Cristo ha amado a su Iglesia y se ha entregado por ella. No tengamos miedo a identificarnos con nuestra Iglesia, a amarla y entregarnos a ella, a pesar de sus deficiencias y pecados. Y no hablo de una Iglesia ideal, abstracta y lejana, sino de esta Iglesia diocesana de Segorbe-Castellón, en la que opera y vive la única Iglesia de Cristo, que a su vez se hace concreta en nuestras comunidades parroquiales.

El sacerdote debe ser siempre un buen pastor: un buen pastor ama y sirve a sus fieles, siendo siempre hombre de comunión, que no se cansa de construir la comunidad cristiana como ‘casa y escuela de la comunión’ (cf. NMI, 43). Esto requiere que seamos los primeros en dar ejemplo y testimonio de comunión fraterna dentro del presbiterio diocesano y con el Obispo, su cabeza, así como en las relaciones con los sacerdotes del mismo arciprestazgo o de la misma parroquia o comunidad. La comunión fraterna entre los sacerdotes hace en gran medida creíble y fecundo nuestro ministerio, según las palabras de Jesús: “En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros” (Jn 13, 35).

Los sacerdotes somos hombres de Dios y de Iglesia, para los hombres. Estamos al servicio de la misión. En el ejercicio diario de nuestro ministerio no podemos conformarnos con mantener lo que hay o lo que nos demandan, que cada día es menos, porque disminuye el hambre de Dios. Hay que salir a la misión; hay que ir a las personas –niños, adolescentes, jóvenes, adultos y mayores-; hay que salir por los caminos del mundo a los ambientes necesitados de evangelización en nuestras propias comunidades, en nuestras familias, en nuestros pueblos y ciudades. El Señor nos envía a formar comunidades vivas desde el Señor, comunidades evangelizadas, comunidades con una verdadera conciencia misionera, de modo que se transformen en auténticas comunidades evangelizadoras y cada creyente se esfuerce por ser testigo de Cristo en todos los ambientes y situaciones de la vida.

Seremos hombres de Dios y de Iglesia para los hombres, si respondemos con generosidad, fidelidad y entrega al don recibido: así responderemos a la llamada a la santidad que Dios nos dirige como lo hace a todos los bautizados. El medio principal es la oración, en cuyo centro está la Eucaristía.

Estando con el Señor, en la oración diaria, prolongada y constante, nos convertiremos en sus amigos; su mirada se hará progresivamente nuestra mirada, y nuestro corazón latirá como el suyo. En la contemplación del rostro de Cristo, hecho Eucaristía, descubrimos la razón y el fin de nuestra consagración y misión: estamos llamados a salir al encuentro de los hombres con el amor de Dios, manifestado en Cristo. Nuestra oración debe nacer de la escucha atenta del Evangelio, pero también de la vida para revertir sobre ella. La oración implica apertura del propio corazón al don divino; y presupone humildad y reconocimiento de nuestras propias limitaciones. Jesús nos recuerda: ‘Sin mi nada podéis hacer’ (Jn 15,5).

En la vida de oración del sacerdote tiene un valor particular la Liturgia de las Horas, que la Iglesia nos ha encomendado y a la que nos hemos comprometido. Cuando rezamos la Liturgia de las Horas actuamos como ministros de Cristo y, a la vez, en representación de la Iglesia. Por medio de nosotros ora la Iglesia entera, y eleva al Padre por medio de Cristo en el Espíritu, la oración de alabanza, de acción de gracias, de petición de perdón y de súplica. La Liturgia de las Horas, que ha de ser recitada y rezada con piedad, atención y devoción, es como una prolongación del ejercicio del ministerio y del encuentro personal con Cristo en la celebración de la Eucaristía.

La Eucaristía es precisamente el corazón de la oración cristiana y la clave del nuestro ministerio sacerdotal. En su Exhortación Apostólica ‘Sacramentum Caritatis’, el Papa Benedicto XVI nos exhorta a creer, celebrar y vivir el misterio de la Eucaristía. Por eso su celebración diaria, hecha con decoro y viva devoción, ha de ser, para cada uno de nosotros, el centro y el momento más importante de cada jornada. La Eucaristía alimenta nuestra caridad pastoral y da unidad a nuestra vida y actividades pastorales.

Queridos hijos y hermanos. A continuación vamos a renovar nuestras promesas sacerdotales. No nos cansemos jamás de vivir con gratitud el don que hemos recibido. No nos desanimemos ante las dificultades que vienen de nuestra fragilidad humana, o que proceden de la indiferencia o de las incomprensiones de aquellos a quienes somos enviados.

Cuando las dificultades y las tentaciones pesen en nuestro corazón, acordémonos más bien de la grandeza del don que hemos recibido, para ser capaces, también nosotros, de “dar con alegría” (cf. 2 Cor 9,7). Somos ministros del Sacrificio eucarístico, el sacramento del amor, de la unidad y de la comunión. Por ello debemos ser hombres constructores de unidad, de reconciliación y de comunión. A esto nos ha llamado Dios con amor de predilección, y Dios merece toda nuestra confianza: su amor es más grande y más fuerte que todo el  pecado del mundo.

La oración y, su centro, la Eucaristía nos ayudarán a descubrir las necesidades urgentes del Pueblo de Dios; a comprender que los fieles cristianos necesitan de nuestra dedicación, acompañamiento y testimonio; a no desfallecer ante las dificultades del momento presente; y a vivir nuestro ministerio con alegría y esperanza.

Pongamos bajo la protección de nuestra Madre, la Virgen, nuestro ministerio y también el de nuestros hermanos jubilares. De manos de María oramos por todos aquellos hermanos sacerdotes, que este año celebrarían sus bodas sacerdotales y ya nos han precedido en el Señor. ¡Que Dios les conceda celebrar las Bodas eternas del Cordero! Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón