Cristianos seglares: Semillas del Reino

Queridos Diocesanos:

Con la venida del Espíritu Santo en Pentecostés queda sellada la nueva y definitiva Alianza entre Dios y los hombres, fruto de la obra redentora de Cristo. Con el don del Espíritu, Dios derrama su amor sobre los Apóstoles, sobre la Iglesia y sobre toda la creación. Podemos hablar de una humanidad renovada y de la presencia entre los hombres del Reino de Dios.

Pentecostés es la clave del verdadero progreso de la humanidad en la libertad, en la verdad y la justicia, en la unidad y la fraternidad universal. El “viento impetuoso” de Pentecostés es imagen de la fuerza irresistible de lo que sucede. Se trata de una inundación de la gracia de Dios que derriba toda barrera entre el cielo y la tierra, e inicia la comunión entre Dios y entre todos los hombres.

Reconfortados por el Espíritu Santo, los discípulos vencen el miedo a mostrarse como tales y a ser testigos del Resucitado; se convierten en misioneros del Evangelio. Nace así la Iglesia, morada del Espíritu, llamada a suscitar vida, unidad y esperanza en la humanidad. Su secreto no está en sí misma, sino en la fuerza del Espíritu: es la fuerza del amor de Dios, que la vivifica y transforma y la impulsa a proceder con la audacia del que cree.

En Pentecostés celebramos el Día del Apostolado Seglar y de la Acción Católica. Todo bautizado está llamado a cooperar para que la nueva Vida de su bautismo dé frutos abundantes. Pentecostés llama a la ‘entrega total’ a Dios y al seguimiento de Cristo para vivir y confesar en privado y en público, en la Iglesia y en el mundo, la fe en el Resucitado. Es preciso superar el miedo y la tibieza; no hay que dejarse arrastrar por la ola de indiferencia religiosa y de hostilidad hacia el cristianismo.

Los cristianos hemos de estimar y vivir con fidelidad la propia condición cristiana en el seno de la comunión de nuestra Iglesia. Pentecostés llama a crecer en la fe y en la vida cristiana, a implicarse en la vida y misión de la Iglesia, a integrarse en la comunidad eclesial, a buscar la asociación con otros cristianos para alimentar la fe y los compromisos de vida con el apoyo de otros creyentes. “Corresponde sobre todo a los laicos la evangelización de las culturas, la inserción de la fuerza del Evangelio en la familia, el trabajo, los medios de comunicación social, el deporte y el tiempo libre, así como la animación cristiana del orden social y de la vida pública nacional e internacional” (Juan Pablo II). En todos estos ambientes, los seglares estáis llamados a ser semillas del Reino de Dios.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

50º Aniversario de Cáritas Diocesana

Castellón, Iglesia-capilla del Seminario Diocesano ‘Mater Dei’ – 26.Mayo.2007

 

Bendice alma mía al Señor. ¡Dios qué grande eres!”. Al celebrar hoy como Iglesia diocesana el 50º Aniversario de la fundación de nuestra Cáritas Diocesana os invito a bendecir a Dios y darle gracias con las palabras del salmista. Hoy es, ante todo, un día para la acción de gracias a Dios. Al hacer memoria de estos cincuenta años damos gracias a Dios por todos los dones de él recibidos y por todas las personas –voluntarios, trabajadores y colaboradores-, comunidades y grupos que con su dedicación personal y aportación económica han hecho posible el servicio organizado de la caridad de nuestra Iglesia diocesana. Sin el amor de Dios hecho amor a los hombres en todas estas personas no hubieran sido posibles las múltiples y variadas obras de atención a los más pobres y necesitados durante estos años.

Pero la efeméride de hoy nos invita también y ante todo a mirar el presente con optimismo para poder abordar el futuro con una esperanza firme y con un compromiso renovado. No nos podemos quedar en la autocomplacencia por lo realizado y por lo que estamos haciendo. El Señor en su providencia amorosa ha querido que nuestra celebración fuera en la Víspera de Pentecostés. Conscientes de que solos no podemos nada y que el motor de la cáritas cristiana es el amor de Dios encarnado en su Hijo, y derramado en el corazón de sus fieles por el Espíritu Santo, suplicamos una vez más: “Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles, enciende en ellos el fuego de tu amor”.

Esta tarde nos dirigimos al Espíritu Santo, y le invocamos como creador y santificador, como Señor y dador de Vida. El Espíritu que “se cernía sobre las aguas” al inicio de la creación, el Espíritu que descendió como viento y fuego en la mañana de Pentecostés, este mismo Espíritu continúa moldeando los corazones de los fieles, sigue alentando a nuestra Iglesia. En todas las épocas, la Iglesia ha experimentado la presencia viva y la suave brisa del Espíritu; hoy deseamos experimentarlo de nuevo. En la Víspera de Pentecostés, oremos a Dios para que infunda de nuevo el soplo de su Espíritu en nuestra Iglesia diocesana, para que nos dejemos avivar por su amor, fuente permanente de la misión evangelizadora, del anuncio del amor de Dios, que se convierte en amor al hermano, sobre todo al más necesitado. El Espíritu es como el alma de nuestra Iglesia, como su principio vital. El es quien mantiene viva y operante la redención de Cristo en la Iglesia: su Palabra es una Palabra viva, gracias a la acción del Espíritu, los sacramentos comunican la Nueva vida que sacia la sed de los hombres, gracias a la acción del Espíritu. Es El quien nos infunde a creyentes y comunidades la fe, quien nos alienta en la esperanza y quien nos mueve en la caridad. El Espíritu es el vínculo de unidad de los cristianos con Cristo y con los hermanos, el motor que hace que nuestra Iglesia sea en el mundo signo eficaz de unidad y de comunión en el amor entre los hombres y las naciones.

En el evangelio de Juan podemos leer que “los discípulos estaban en casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos”. No se atrevían a confesar en público su adhesión a Cristo Jesús en un contexto adverso. Es una descripción muy clara de una comunidad que no ha experimentado la fuerza del Espíritu del Resucitado. Todavía estaban desconcertados por la pasión y la muerte de Jesús. Por eso cuando reciben la fuerza del Espíritu “se llenaron de alegría” y salieron a proclamar a Cristo Resucitado.

Podríamos preguntarnos hoy, nosotros, la comunidad de los creyentes, si no estamos atenazados por nuestros miedos, como si no hubiéramos recibido el Espíritu del Resucitado, como si no creyéramos en su presencia. Miedos porque somos débiles; miedos porque somos pocos y mayores; miedos ante la indeferencia religiosa de nuestra sociedad; miedos a manifestar nuestra fe en público y en privado ante la hostilidad cada vez mayor del laicismo militante; miedo porque tenemos pocas vocaciones… Parecería que no contásemos con la fuerza del Espíritu.

Al  “exhalar el Señor Resucitado su aliento sobre sus discípulos, son recreados, como aquellos huesos secos que recobran vida. También nosotros hemos recibido el Espíritu para una vida nueva. No la del hombre egoísta y pecador, sino la vida de los hijos de Dios. El bautismo y la confirmación nos hacen portadores del Espíritu, constructores de unidad y testigos del amor de Dios en el amor al hermano.

El misterio de Pentecostés actúa siempre. Es el Espíritu que nos da la fe por la que podemos confesar que “Jesús es Señor”. Es el Espíritu que nos congrega y nos hace una comunidad de fe, de esperanza y de amor: esta comunidad es y debe ser nuestra Iglesia. Es el Espíritu, el que suscita múltiples carismas, servicios, dones, regalos, ministerios, al servicio de la comunidad. El Espíritu es el que hace posible que siendo muchos, y teniendo distintas maneras de pensar y actuar, sepamos amarnos y ser “uno” para que el mundo crea. El Espíritu Santo nos ayuda a superar toda división, fruto del pecado, y a saltar por encima de todas las barreras sociales, de raza, de lengua y de religión. El Espíritu Santo es el agua viva, que sacia la sed, que da la Vida y el amor de Dios.

Antes de la ascensión, los Apóstoles reciben el mandato de predicar el evangelio a todas las naciones. En Pentecostés reciben la fuerza para realizar su misión. Al recibir el Espíritu Santo, los Apóstoles se convirtieron en hombres nuevos. Su temor se desvaneció y salieron a las calles a proclamar las “maravillas de Dios”. Hay una relación clara entre el don del Espíritu y la misión de la Iglesia, la misión de todos los cristianos. Es el Espíritu Santo quien inspira en los fieles el sentido de misión. Movidos por su amor, se sienten impulsados a compartir con otros lo que ellos mismos han recibido. Son portadores de la buena nueva para los demás hombres, haciéndoles conocer la fe y salvación amorosa que viene de Cristo.

Nuestra Iglesia tiene su origen y su fuente en el amor divino. No lo olvidemos nunca. Por amor, el Padre envió a su Hijo para salvar lo que estaba perdido, para resucitar lo que estaba muerto. El Hijo, en perfecta comunión con el Padre, amó a los suyos hasta el extremo, dando su vida para reunir a los hijos dispersos. Con el envío del Espíritu Santo, la Iglesia apostólica se presenta ante el mundo como el fruto maravilloso de la caridad divina. Nuestra Iglesia será fiel a su vocación y misión en la medida que signifique y actualice el amor gratuito del Señor en el servicio pobre y humilde al mundo. En su Cuerpo, que es la Iglesia, Cristo prosigue su existencia entregada en favor de las muchedumbres hambrientas de pan, de justicia y, en última instancia, del Dios de la esperanza.

La caridad de nuestra Iglesia es la manifestación del amor trinitario. Al morir en la cruz, Jesús “entregó el espíritu” (cf. Jn 19, 30), preludio del don del Espíritu Santo que otorgaría después de su resurrección. Se cumpliría así la promesa de los “torrentes de agua viva” que, por la efusión del Espíritu, manarían de las entrañas de los creyentes (cf. Jn 7, 38-39). El Espíritu es esa potencia interior que armoniza nuestro corazón con el corazón de Cristo y nos mueve a amar a los hermanos como Él los ha amado.

El Espíritu es también la fuerza que transforma el corazón de la comunidad eclesial para que sea en el mundo testigo del amor del Padre, que quiere hacer de la humanidad, en su Hijo, una sola familia. Toda la actividad de la Iglesia es una expresión de un amor que busca el bien integral del ser humano: busca su evangelización mediante la Palabra y los Sacramentos; y busca su promoción en los diversos ámbitos de la actividad humana. El amor es el servicio que presta nuestra Iglesia para atender constantemente los sufrimientos y las necesidades, incluso materiales, de los hombres.

El amor al prójimo enraizado en el amor a Dios es tarea para cada fiel, pero lo es también para toda la comunidad eclesial: desde la comunidad parroquial a la Iglesia diocesana, hasta abarcar a la Iglesia universal. En ninguna de ellas puede faltar el servicio organizado de la caridad. También la Iglesia diocesana como comunidad ha de poner en práctica el amor. Si no existiera Cáritas diocesana deberíamos crearla. Pues el servicio del amor necesita también de una organización.

Lo he dicho y lo vuelvo a repetir hoy. El ejercicio de la caridad es uno de los ámbitos esenciales de toda comunidad eclesial, junto con la administración de los Sacramentos y el anuncio de la Palabra: practicar el amor hacia las viudas y los huérfanos, los presos, los enfermos y los necesitados de todo tipo, pertenece a su esencia tanto como el servicio de los Sacramentos y el anuncio del Evangelio. La Iglesia no puede descuidar el servicio de la caridad, como no puede omitir los Sacramentos y la Palabra.

La caridad es el principio de la vida y del hacer de la comunidad cristiana en el mundo; es el corazón de toda auténtica evangelización (Juan Pablo II). Por amor, la Iglesia toma la iniciativa y sale al encuentro de lo perdido, del pobre y del que sufre. Por amor se compromete a servir la esperanza depositada por Dios en el corazón de la creación. Los discípulos del Reino, se sienten impulsados a caminar en el amor del Padre celeste que “hace salir el sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos” (Mt 5, 45). La gratuidad y universalidad es y debe ser una nota de la acción caritativa de nuestra Iglesia.

La Iglesia se presenta como signo eficaz de la presencia operante de Dios en la historia, cuando su fe obra por amor y se entrega a construir la fraternidad en Cristo. La acción caritativa es, por tanto, una expresión externa de la entraña misma de la Iglesia. Puesto que Cristo la fundó para ser signo e instrumento de su amor salvador en la historia, la Iglesia debe amar a todo hombre en su situación concreta. Misterio de comunión y misión, no sería reflejo del amor divino si no tomase en cuenta las nuevas condiciones de vida de los hombres, en particular de los pobres. En el curso de la historia, el Espíritu no cesó de suscitar una creatividad en ella con el fin de aportar respuestas a las diferentes formas de pobreza. Y, hoy, el Espíritu abre también delante de nosotros nuevos caminos, pues la comunión en la verdad del Evangelio se verifica y prolonga en el servicio a los pobres (cf Gal 2, 1-10). De la comunión eclesial instaurada en Cristo brota de forma espontánea el compromiso con el hermano cansado y agobiado.

La celebración del amor, el anuncio del Evangelio, la comunicación de bienes, tal como se concreta en la acción social y caritativa son indisociables. La comunión en la verdad y en la fracción del pan entraña la comunión de bienes.

La Eucaristía, sacramento del amor, articula estos elementos constitutivos de la vida y misión de la comunidad presidida por el ministerio apostólico. En la fracción del pan, la Iglesia celebra la pascua del Señor y queda hecha un solo pan. No se puede celebrar la cena del Señor y dar la espalda a los pobres, y al revés. Comulgar con Cristo es darse con él a los demás, amar hasta el extremo. La Eucaristía es fuente y culmen de la misión, centro y raíz de la comunidad cristiana. En el sacramento de la fe, el discípulo es transformado y se compromete a trabajar en la realización de un mundo más conforme con el reino de Dios.

La Eucaristía, que edifica a la Iglesia como comunión de fe, amor y esperanza, imprime en quienes la celebramos con verdad una auténtica solidaridad y comunión con los más pobres. En ella culmina el amor evangelizador del Señor; en ella reparte Dios el pan necesario para andar los caminos de la vida. Cristo se hace presente realmente en ella como ofrenda al Padre y manjar para el pueblo peregrino. Es el pan de los pobres que sostiene su anhelo de vida, su esperanza definitiva; así configura la vida y acción de la comunidad en el mundo. Es la expresión y el término de la vida de amor que ha de inspirar e impulsar la acción de los fieles en la historia.

El que se acerca al banquete sagrado se compromete a recrear la fraternidad entre los hombres. Fraternidad imposible, si cada uno permanece encerrado en sí mismo, en sus cosas e intereses. La comunión con Cristo comporta darse y acoger al otro como el hermano que me enriquece. Los comensales de la cena del Señor estamos llamados a vivir y actuar de acuerdo con lo que celebramos.

Cristianos y comunidades eclesiales, la Iglesia diocesana entera, estamos llamados a ser dóciles al Espíritu para construir la civilización del amor, que brota de la Eucaristía. Amor a Dios y amor a los hombres ha de ser el motivo y fuerza de nuestra existencia. El don del Espíritu será nuestra fuerza y nuestro sustento. Acojamos este don y dejemos que inflame nuestro corazón, que avive nuestro compromiso en la caridad, que siga alentando la vida de nuestra Cáritas diocesana. Así lo pedimos por intercesión de la María, la madre del amor hermoso. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de Santa Quiteria

Parroquia de la Natividad, Almazora, 22 de mayo de 2007

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor:

El Señor Resucitado nos ha convocado en esta bella Iglesia de la Natividad para celebrar la Eucaristía en honor de Santa Quiteria. Me alegra poder celebrar por vez primera esta Fiesta en honor de vuestra Patrona, la patrona de Almazora. Agradezco de corazón a vuestro párroco, Mons. Joaquin, y al Sr. Alcalde su invitación para estar con vosotros en este día de fiesta. Ya conocía antes, pero estos días he podido seguir la gran devoción del pueblo de Almazora a santa Quiteria, en el pasado y en el presente. Pero bien pudiera ocurrir que con el paso del tiempo la devoción a Santa Quiteria fuera perdiendo su núcleo vital y su raíz cristiana, la sola fuente que la podrá mantener viva; bien pudiera suceder que estas fiestas se quedaran en lo superficial y ornamental, en lo folklórico e interesado, sin sentido cristiano alguno; bien pudiera ocurrir que olvidemos a quién y por qué la honramos, que el recuerdo de Santa Quiteria no nos lleve a Aquel, que fue el centro de su vida y ha de ser también el centro de la vida de todo cristiano y de toda comunidad cristiana: Cristo Jesús, muerto y resucitado, para que tengamos vida y vida en abundancia.

Poco es lo que sabemos a ciencia cierta de Santa Quiteria. Según las crónicas, Quiteria era hija de un príncipe de tierras de Galicia. Nacida de padres paganos, probablemente en Bayona (Pontevedra) en el siglo II de nuestra era, pronto se convirtió a la fe cristiana y fue bautizada, sin que su padre supiese de su conversión. A la edad de trece años hizo a Jesucristo la ofrenda de su virginidad para consagrarse a Él viviendo en la soledad y en la oración. Poco después su padre la propuso el matrimonio, y entonces ella huyó de la casa paterna para mantenerse fiel a su consagración y se refugió en un valle solitario, que, según las actas, se llamaba Aufragia. Su padre la mandó buscar, y habiéndola encontrado, su pretendiente le cortó la cabeza. Ella prefirió perder su vida antes de ser infiel a su promesa. Su culto se extendió por toda España y la parte meridional de Francia. Entre nosotros desde antes de 1618 ya se habla de Santa Quiteria.

A los santos se les admira pero sobre todo se les imita. En santa Quiteria honramos a una cristiana virgen y mártir, que brilló por su fidelidad a la fe cristiana y en el seguimiento de Cristo hasta el martirio. Santa Quiteria vivió y nos propone algo que fundamental para todo verdadero cristiano: la fidelidad plena y total a Cristo hasta la muerte. Sé bien que la fidelidad y, más aún de por vida, y que la fidelidad en la fe, es una virtud y un bien de escasa estima en la actualidad. Pero a los mártires como Quiteria les honramos por su fidelidad a la fe cristiana hasta entregar su vida por ello.

Y son precisamente la fidelidad a Cristo Jesús y la coherencia de vida cristiana lo que hoy nos pide con urgencia a los cristianos la Palabra de Dios, que hemos proclamado. El ambiente de indiferencia religiosa y la hostilidad creciente hacia el cristianismo y los cristianos nos tientan a dejarnos llevar por esa apostasía silenciosa de nuestra fe; es fuerte la tentación de adaptarnos a la mentalidad secularizada y pagana circundante que vive sin reconocer la grandeza de Dios y la dignidad humana. Permanecer fieles a Jesucristo en el seno de la Iglesia, incluso hasta la entrega de la propia vida, no se hace si no es desde una unión vital a Cristo, vivida con fidelidad en la fe y con la coherencia de la vida.

En las circunstancias actuales no resulta fácil entender y vivir, el mensaje valiente y radical de Santa Quiteria. Es más fácil vivir al margen de Cristo y de nuestra condición cristiana, o hacerlo de un modo rutinario, tibio, ocasional y superficial, sin repercusión en nuestra vida. Pero nuestro ser y condición de cristianos, si quieren ser vividos con autenticidad, nos han de llevar a Cristo y a dejarnos avivar por Él, Camino, Verdad y Vida; ha de llevarnos  a conocerle de verdad, a creer y confiar en él, a unirnos a él para amarle y seguirle. Como hemos escuchado en libro del Apocalipsis: Cristo Jesús es quien lo hace todo nuevo, el Señor, el Alfa y Omega, el principio y fin … el que al sediento da a beber de la fuente de agua viva (cf. Ap 21, 5-6), el único agua capaz de saciar nuestro de deseo de vida y felicidad. Seremos en verdad cristianos si, en cada situación, nuestra vida responde a las exigencias de la fe, y no a las veleidades de nuestros gustos y de la moda. La fidelidad a la fe y la coherencia de vida nos puede llevar a ser impopulares e incluso hasta ser ‘herejes sociales’. “Dichosos vosotros si tenéis que sufrir por causa de la justicia; no les tengáis miedo ni os amedrentéis” (1 Pt 3,14). Las dificultades se superan reaccionando con valentía hasta morir por lo que se ama.

Al celebrar a Santa Quiteria no podemos olvidar su testimonio. La Iglesia a lo largo de los siglos se fraguó en la fortaleza de los valientes, como nuestra Patrona. La Iglesia crece siempre por atracción y ninguna estrategia puede sustituir a este atractivo, que sólo puede nacer de la fidelidad a Cristo. Es la fe en Cristo la que nos da la verdadera vida, nos hace responsables los unos de los otros, en especial de los más necesitados, nos permite comprender la realidad en su verdad más profunda, y nos lanza a construir una sociedad justa. Se trata de no desperdiciar la vida, sino de llevarla a plenitud a lo largo de un camino en el que no faltan las dificultades.

El Evangelio de hoy nos recuerda el camino para todo aquel que quiere ser verdadero cristiano, que quiera heredar la Vida, en plenitud y en eternidad. “El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y se venga conmigo” (Lc 9, 23). Jesús no es el Mesías del triunfo y del poder. Como auténtico Siervo del Señor, cumplió su misión de Mesías mediante el servicio y la entrega por amor hasta la muerte. A Cristo no se le puede ‘comprender’ con la lógica del éxito y del poder, tan al uso en nuestro mundo. Jesús, que vino para cumplir la voluntad del Padre, permanece fiel a ella hasta sus últimas consecuencias; y así cumple la misión de salvación para cuantos crean en él y lo amen; no con palabras, sino con la entrega de su vida por amor. Si el amor es la condición para seguirlo, el sacrificio verifica la autenticidad de ese amor.

Estas palabras del Evangelio expresan la radicalidad propia de la vida cristiana, que no admite tibiezas, medias tintas, componendas, vacilaciones ni marcha atrás. Estas palabras exigentes impresionaron a muchos de los que seguían a Jesús y le volvieron la espalda; son unas palabras que a lo largo de los siglos han impedido que muchos -hombres y mujeres- siguieran a Cristo. Pero precisamente esta radicalidad es la que lleva a la herencia de la vida, la que ha producido frutos admirables de santidad y de martirio, que conforman en el tiempo el camino de la Iglesia. Aún hoy esas palabras son consideradas un escándalo y una locura, también para muchos cristianos (cf. 1 Co 1, 22-25). Y, sin embargo, cada bautizado ha de confrontarse con ellas, porque el camino trazado por Dios para su Hijo es el mismo que debe recorrer el discípulo. Para llegar a la Vida no existen dos caminos, sino uno solo: el que recorrió el Maestro. El discípulo no puede inventarse otro distinto.

Jesús camina delante de los suyos y a cada uno le pide que haga lo que él mismo ha hecho. El no ha venido para ser servido, sino para servir. Acepta la contradicción, el ser rechazado por la mayoría de su pueblo. También sus discípulos hemos de contar con la contradicción y la contestación; somos y seremos hostigados, menospreciados, insultados y denostados si vivimos desde Dios unidos a Cristo en la comunidad de los creyentes, siendo profetas y testigos de Dios en un mundo, que no quiere saber de Dios.

Negarse a sí mismo significa renunciar al propio proyecto, a menudo limitado y mezquino, para acoger el de Dios: este es el camino de la conversión, indispensable para la existencia cristiana. Jesús no nos pide renunciar a la vida, a la libertad, a la felicidad; lo que pide es acoger una novedad y una plenitud de vida, una libertad y una felicidad que sólo él puede dar.  Tenemos enraizada en lo más profundo de nuestro corazón la tendencia a pensar sólo desde y en nosotros mismos, a ponernos en el centro de los intereses y a considerarnos la medida de todo. En cambio, quien sigue a Cristo no se repliega sobre sí mismo ni valora las cosas según su interés o provecho personal. Considera la vida como un don, como algo gratuito, no como una conquista o una posesión. La vida verdadera se manifiesta en el don de sí, fruto de la gracia de Cristo: una existencia verdaderamente libre, en comunión con Dios y con los hermanos, que es la que realmente hace libres, lleva a la Vida en plenitud (cf. Gaudium et spes, 24).

Quien busca únicamente los bienes terrenos, será al final un perdedor, a pesar de las apariencias de éxito: la muerte lo sorprenderá lleno de cosas, pero con una vida fallida y las manos vacías (cf. Lc 12, 13-21). Hay que escoger entre ser y tener, entre una vida plena y una existencia vacía, entre nuestra propia verdad y las mentiras que la ocultan y distorsionan. Con la invitación ‘sígueme’, Jesús nos llama a abrirnos a Él y a su salvación, a compartir su vida y sus opciones, a entregar nuestra vida como Él por amor a Dios y a los hermanos. Cristo abre así ante nosotros el ‘camino de la vida’, que está constantemente amenazado por el ‘camino de la muerte’: el camino del pecado, que  separa al hombre de Dios y del prójimo, causando división y minando desde dentro la sociedad.

El camino de la vida es el camino de la fe y de la conversión. Es el camino que lleva a confiar en Dios, en Cristo y en su designio salvífico, a creer que él murió para manifestar y dar el amor de Dios a todo hombre; es el camino de salvación en medio de una sociedad a menudo egoísta y contradictoria; es el camino de la felicidad siguiendo a Cristo hasta las últimas consecuencias en todas las circunstancias de la vida; es el camino que no teme fracasos, dificultades, marginación ni soledad, porque llena de Dios el corazón del hombre; es el camino de la paz, del dominio de sí, de la alegría profunda del corazón.

La cultura de lo efímero y de lo placentero, tan difundida hoy, nos presenta como ideal el éxito fácil, la carrera rápida y rentable, una sexualidad sin responsabilidad y, finalmente, una existencia centrada en la afirmación de sí mismos, aunque sea a costa de los demás. Abramos bien los ojos: este no es el camino que lleva a la vida, sino el sendero que desemboca en la muerte, en la propia y la ajena. Jesús nos dice: “Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la salvará”. Y Cristo ni miente ni engaña: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina?” (Lc 9, 24-25). Con la verdad de sus palabras, Jesús nos revela el secreto de la vida auténtica.

No tengamos miedo de avanzar por el camino que el Señor recorrió primero. La fiesta de Santa Quiteria es una llamada a la renovación de nuestra vida cristiana. María Virgen nos invita a ser fieles y coherentes en la fe que hemos recibido como gran regalo de su Hijo Jesucristo. Con Santa Quiteria y todos los santos nos asociamos para dejar que la Luz que es Cristo nos ilumine, nos lleve por el Camino de la santidad y nos haga vivir en la Verdad. Amén.

Educación y Medios de Comunicación

Queridos diocesanos:

Celebramos la Jornada de las Comunicaciones Sociales bajo el lema “Los niños y los medios de comunicación social: un reto para la educación”. Con este motivo, el Papa Benedicto XVI en su Mensaje nos invita a reflexionar sobre la relación entre educación y medios de comunicación.

Nadie puede dudar del influjo creciente de los medios en la educación de los niños, que se contrapone en muchos casos al del hogar, de la escuela y de la Iglesia. Urge mucho despertar el sentido crítico ante los medios. La formación en su recto uso es esencial para el desarrollo cultural, moral y espiritual de los niños. Educar a los niños para el buen uso de los medios es responsabilidad de los padres, de la escuela y de la Iglesia. Los padres tienen el derecho y el deber de asegurar un uso prudente de los medios educando la conciencia moral de sus hijos, para que sean capaces de valorar y elegir o rechazar los programas propuestos. Los padres han de contar con la ayuda de la escuela y de la parroquia en esta tarea educativa.

La educación para los medios debe ser positiva prefiriendo aquello que es estética y moralmente excelente; así se ayuda a los niños a desarrollar la prudencia y la capacidad de discernimiento. En este sentido es fundamental el ejemplo de los padres, cuando ellos mismos evitan lecturas o programas chabacanos, con un impacto demoledor en actitudes y comportamientos. La educación para los medios requiere la formación del ejercicio de la libertad. Ésta no consiste en la búsqueda frenética del placer o de nuevas experiencias, que más que liberación generan esclavitud. La auténtica libertad reside en poder elegir deliberadamente lo que es bueno, verdadero y bello.

De los medios hemos de esperar que apoyen esta tarea educativa de los padres, favoreciendo lo que promueva la dignidad del ser humano, el verdadero valor del matrimonio y de la vida familiar, así como los logros y metas de la humanidad. No todo vale para captar audiencia. Hay programas, películas y video-juegos que exaltan la violencia, reflejan comportamientos antisociales o trivializan la sexualidad humana: son una verdadera perversión y mucho más cuando se trata de programas de niños y de adolescentes. Los medios también están obligados a salvaguardar el bien común, a preservar la verdad, a proteger la dignidad humana individual y a promover el respeto por las necesidades de la familia.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de San Pascual Baylón

Patrono de la Diócesis y de la Ciudad de Vilarreal

Iglesia Basílica de San Pascual, Villarreal – 17.05,2007

 

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor

Como cada año, el Señor nos ha convocado en torno a mesa de su Altar para honrar y venerar a San Pascual, Patrono de esta Ciudad de Villarreal y de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón. Me alegro de poder celebrar hoy por primera vez con vosotros a nuestro Santo Patrono. Sed bienvenidos todos cuantos os habéis unido a esta celebración de la Eucarística, en la que actualizamos el misterio pascual, la muerte y resurrección del Señor.

La Fiesta de San Pascual, nuestro Patrono, nos invita un año más a rememorar la historia religiosa y humana de la que venimos y que ha marcado los trazos más profundos y duraderos de nuestra Iglesia Diocesana y de Villarreal: en ellas vivimos, a ellas pertenecemos y a ambas amamos con verdadero amor cristiano. Un amor que se alimenta constantemente –como ya lo hiciera San Pascual- en su fuente inagotable que es la Eucaristía, el Sacramento de la caridad. Recordar a Pascual así, eucarísticamente, en la encrucijada de un nuevo milenio, no significa un mero ejercicio de memoria nostálgica del pasado sino un compromiso de amor cristiano con esta ciudad y con nuestra Iglesia diocesana.

La biografía de San Pascual no muestra ninguno de esos datos sobresalientes con los que se construye la fama humana. Y, sin embargo, pocos como él han gozado de un reconocimiento y una simpatía popular, tan arraigada y sentida, como este humilde y sencillo pastor, como este lego franciscano, descendiente de modestos y cristianísimos padres

Nacido en Torrehermosa el año 1540, entre los límites de Castilla y Aragón, sus padres, Martín Bailón e Isabel Yubera, le infundieron una fe recia y una caridad desbordada hacia los pobres. Desde los siete hasta los veinticuatro años se dedicó al oficio de pastor; en este tiempo aprendió a leer para poder recitar oraciones a la Santísima Virgen, devoción muy extendida entre las gentes sencillas de su tiempo.

Pascual era un joven austero y sacrificado consigo mismo, pero todo dulzura y generosidad para con los demás. Con frecuencia caminaba descalzo en medio de grandes fríos recitando oraciones con profunda devoción. Como por su oficio de pastor no podía asistir a la santa Misa, mientras ésta se celebraba se ponía de rodillas, mirando hacia el Santuario de Nuestra Señora de la Sierra donde se ofrecía el Santo Sacrificio.

Grande fue su preocupación y amor por los pobres, como alto fue su espíritu de justicia hasta pedir que se indemnizase a los propietarios de los campos por los perjuicios ocasionados por sus animales. Pasados los años y en medio de muchas dificultades, siguiendo la llamada de Dios, ingresó en los franciscanos alcantarinos de cuya familia formaría parte hasta morir aquí en Villarreal en la Pascua de Pentecostés de 1592.

Sus trabajos al servicio de las comunidades fueron los de portero, cocinero, hortelano y limosnero. Nunca se le vio ocioso. Su deseo constante era ajustar su vida al Evangelio según la Regla de San Francisco, desgastándose por Dios y por sus hermanos. Estaba siempre dispuesto para todos y para cualquier menester. Y todo ello dentro del espíritu de pobreza, austeridad y oración de la orden.

En la sencilla y conmovedora historia de San Pascual, en todo aquello que configuró su existencia, se refleja bien cómo el pastor y fraile no se separó nunca de Cristo Jesús “hecho para nosotros sabiduría y justicia, santificación y redención”; unido a la verdadera vid que es Cristo, alimentado por una profunda devoción y vivencia de la Eucaristía y siguiendo la estela de María, la Virgen, la humilde doncella de Nazaret, Pascual supo ejercitar la paciencia y la humildad, perseverar sin desmayo en la oración y en la práctica del amor cristiano. De él hay que decir que fue dichoso como “el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores sino que su gozo es la ley del Señor” (Sal 1,1), que ensalza hoy el salmista, o como dice San Pablo a los Corintios que no supo “gloriarse sino en el Señor” (1 Cor 1,31).

San Pascual, ante todo, fue un hombre sencillo y humilde, un hombre que supo intuir que es bueno dar gracias al Señor, buscar su gloria y descubrir la grandeza de sus obras y la profundidad de sus designios (cf. Sal 92,6). En todo momento supo manifestar esa unión íntima con Dios. Si el ser humano quiere ser trono de Dios ha de hacer en su corazón un lugar donde Dios pueda sentarse (cfr. San Agustín, In ps. 92,6).

Dios escoge siempre “la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor” (1 Cor 1,30). Desde la humildad se descubre la presencia de Dios también en el hermano que uno tiene a su lado.

Los humildes, como Pascual, fascinan y hasta sus rostros parece que se iluminan. La humildad no se adquiere por actos de férrea voluntad sino por actos de amor y amistad con Dios, y por la disposición de buscar sólo y exclusivamente la gloria de Dios.  Nadie glorifica más que aquel que ama a Dios.  “A los que aman a Dios todo les sirve para el bien” (Rom 8,26-30). Un amante de Dios y, por tanto, humilde servidor suyo no se deja llevar por la desesperanza; en todo y en todos descubre la cercanía y el rostro de Dios. Pascual fue un hombre lleno de ‘buenos sentimientos’ hacia los demás porque sabía amar y adorar a Dios. La purificación de nuestros sentimientos se realiza a través de la adoración, es decir, en la medida en que nos hacemos humildes ante Dios. Con este estilo de vida hizo Dios maravillas en San Pascual. No sólo lo justificó sino que lo glorificó.

Las cosas de Dios sólo las entiende la gente sencilla. “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a la gente sencilla” (Mt 11, 25-27). No podremos entender ni comprender la cercanía de Dios si no hay en nosotros actitudes de humildad. Los ojos para ver a Dios son la humildad y la admiración que se hacen adoración.

Todo esto nos puede parecer anticuado, impropio del hombre moderno. ¡Que difícil es hoy acoger y reconocer a Dios, adorarle, dejar a Dios ser Dios desde un corazón humilde como Pascual! Somos con frecuencia víctimas del secularismo; una mentalidad, que marca profundamente el corazón de las personas, de las familias y de la sociedad entera. Vivimos inmersos en una cultura en la que el hombre y el mundo son entendidos como si Dios no existiera: el ser humano, la familia, el trabajo y las relaciones humanas, la sociedad, todo parece que se quiere concebir y configurar sin referencia a Dios. El hombre y la sociedad actuales quieren bastarse a sí mismos, ser autosuficientes. El hombre se ha convertido en absoluto y excluye a Dios de su existencia; en su endiosamiento y auto-idolatría, llega a afirmar incluso que no le interesa ni tan siquiera plantear la cuestión de Dios. Le importa sobre todo mantener a Dios al margen de sus ideas, de sus proyectos y de su vida. Es la tentación permanente del hombre: pretender ser Dios, ocupar el lugar de Dios. Dios es silenciado, minimizado o directamente negado, sobre todo, cuando incomoda las posiciones y las libertades sin ética o un estilo de vida sin Dios.

Pero el silencio de Dios, de su presencia, de su verdad y de su providencia amorosa abre el camino a una vida humana sin rumbo y sin sentido, a idolatrías de distinto tipo, a proyectos que acortan el horizonte y se cierran en intereses inmediatos. El silencio y la muerte de Dios en nuestra cultura están llevando a la muerte del hombre, al ocaso de la dignidad humana. Reducido el hombre a su dimensión material e intramundana, expoliado de su profundidad espiritual, eliminada su referencia a Dios, se inicia la muerte del hombre.

Recuperar por el contrario a Dios en nuestra vida lleva a la defensa del hombre, de su dignidad, de su verdadero ser y de sus derechos fundamentales. La dignidad de toda persona humana y sus derechos inalienables proceden de la gratuidad absoluta del amor creador y redentor de Dios, y están destinados a su ejercicio responsable y honroso.

Muchos piensan que, apartando a Dios y siendo autónomos, siguiendo las propias ideas y la propia voluntad, llegarán a ser realmente libres, para poder hacer lo que quieran sin tener que obedecer ni dar cuentas a nadie. Pero cuando Dios desaparece, el hombre no llega a ser más grande; cuando Dios desaparece, el hombre pierde su dignidad, pierde el esplendor de Dios en su rostro. Al final se convierte sólo en el producto de una evolución ciega, del que se puede usar y abusar.

El hombre es grande, sólo si Dios es grande. ¡Que bien lo entendió Pascual! Con El debemos comenzar a comprender que es así. Pascual vivió en constante actitud de adoración a Dios y de forma muy concreta en el Sacramento de la Eucaristía. Desde ella recibía la fuerza en el camino de la fe, en el camino de la vida, en el camino del amor a los hermanos. Amaba a Cristo que en el misterio insondable de su presencia Eucarística le llevaba a vivir en la alegría y felicidad. El biógrafo de San Pascual dirá que “Nunca reía, pero estaba siempre sonriente”. Él se sentía amado y considerado por Cristo.

La razón fundamental de nuestra experiencia de fe nos lleva a saborear y gustar lo que hemos oído en el Evangelio: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré” (Mt 11,29). En medio de los trajines de la vida necesitamos aliento y ánimo. Sólo lo encontraremos, como San Pascual, en la Eucaristía, presencia viva de quien asumió todas nuestras dolencias, nuestros cansancios, nuestro pecado, para darnos vida en abundancia, felicidad, libertad y grandeza. En el hondón de nuestras vidas sólo Dios es capaz de entrar y levantarnos de nuestra postración. Como dijo León XIII al nombrar a Pascual patrono de las Asociaciones y Congresos Eucarísticos: “Ningún medio es más eficaz que el que consiste en alimentar y aumentar la piedad del pueblo hacía aquella admirable prenda de amor, vínculo de paz y de unidad, que es el Sacramento de la Eucaristía”.

San Pascual Bailón, por ser santo y nuestro Patrono, debe ser guía en nuestra noche, en nuestro camino. Pero él es también intercesor nuestro ante Dios. Por eso, agradezcamos a la Iglesia su santidad reconocida que ha de ser estímulo y acicate constante para los que peregrinamos aún en este momento de la historia; y, al mismo tiempo, para no desfallecer en la carrera, pidamos su valiosa intercesión que él nos ofrecerá transformada en ayuda y fortaleza.

San Pascual fue gran devoto de la Virgen. Caigamos una vez más en la cuenta de que sólo María, por ser Madre de Dios y Madre nuestra, puede ir gestando en nosotros deseos de Dios, de humildad y de santidad para llevar a cabo la voluntad de Dios sobre todos los hombres, nuestra santificación. Estamos en el mes de Mayo, mes dedicado a María y en el año jubilar, preparatorio de Coronación canónica y pontificia de la Mare de Déu de Gracia. Imploremos diariamente su ayuda para cuantos aquí nos encontramos. Con María de la mano, el camino de la vida se nos hará más fácil y hermoso. Que ella, desde el cielo, bendiga a todos los ciudadanos de Villarreal, a toda nuestra Iglesia diocesana, de modo especial a los que más necesitan de su protección de madre. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Votar con responsabilidad

Queridos diocesanos:

Como Pastor de los católicos de Segorbe-Castellón me siento en la obligación de ofreceros unas orientaciones morales ante las elecciones del próximo 27 de mayo. Con ello sólo pretendo cumplir con mi obligación y responsabilidad de Obispo. Estas orientaciones no son infalibles; pero están hechas en comunión con el resto de los Pastores de la Iglesia y, en especial, con el Papa, y con el fin de ayudar a los fieles y de servir a la sociedad.

Votar es un derecho cívico y un deber ético de todo ciudadano; para un católico es también una responsabilidad moral. La fe no se puede reducir a la esfera privada; una fe madura implica un compromiso diario por una sociedad basada en la verdad, la justicia, la libertad y la solidaridad. Elegir a nuestros gobernantes es una forma importante de participar en la construcción del bien común. No nos puede ser indiferente quienes serán los encargados de promover unas condiciones políticas, sociales y económicas que hagan posible el desarrollo de las personas de acuerdo con su dignidad. Hemos de pedir a nuestros gobernantes que estén al servicio del bien común de todos, y no de intereses propios, de partido o de grupos de presión.

Nuestro voto ha de ser libre y responsable, es decir, basado en una conciencia rectamente formada. Unas cuestiones son opinables, pero otras exigen una valoración moral desde la ley natural y desde la enseñanza de la Iglesia. Entre otras cosas hemos de tener en cuenta si los programas defienden la vida y la dignidad de la persona, desde su concepción hasta su muerte natural; si apoyan a la familia fundada en el verdadero matrimonio y su estabilidad, o el acceso a una vivienda digna en condiciones justas; si dan la primacía a la ley moral en el desarrollo tecnológico y económico para que sea verdaderamente humano; si promueven de modo efectivo la libertad religiosa en privado y en público así como el derecho originario de los padres a la educación y a elegir la educación que desean para sus hijos; si favorecen el desarrollo económico y social; si promueven la convivencia de todos, sin divisiones ni exclusiones.

Puede que ninguna oferta electoral esté plenamente de acuerdo con estos y otros principios morales. Tendremos que sopesar cuál de ellas los favorece, o, por el contrario, los ignora o los contradice; y optar por el bien posible o el mal menor.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de San Juan de Ávila

Castellón, Seminario Diocesano, 10 de Mayo de 2007

 

Queridos hermanos sacerdotes, diáconos y seminaristas.

Unidos a la Iglesia en España, queridos hermanos, celebramos la fiesta de San Juan de Ávila, Patrono del clero secular español. Al recordar hoy al Maestro de Avila queremos dar gracias a Dios por el regalo de este santo, que vio la luz el día de Epifanía del último año del siglo XV en Almodóvar del Campo y vivió en el siglo XVI; damos gracias a Dios también por su beatificación por León XIII en 1894; por su declaración como Patrono principal del clero secular español por Pío XII en 1946; por su canonización por Pablo VI en 1970. Y pedimos al Señor que pronto lo podamos honrar como ‘Doctor’ de la Iglesia universal.

Animados por el espíritu de San Juan de Avila deseamos hoy manifestar nuestra alegría en el seguimiento del Señor en el camino de nuestro ministerio presbiteral. Cantemos las misericordias del Señor y con María, proclamamos su grandeza por las maravillas que ha obrado entre nosotros, por los testimonios de entrega y de santidad, que han dado tantos sacerdotes de nuestro presbiterio diocesano de Segorbe-Castellón. Como Obispo vuestro, hoy doy gracias a Dios por vosotros, querido sacerdotes: por vuestras personas, por el don de vuestra vocación y ministerio sacerdotal, por vuestra entrega fiel a Jesucristo, el Buen Pastor, y a las ovejas de su rebaño que El través de nuestra Iglesia os ha confiado. El Señor ha estado grande con vosotros y en vosotros con nuestra Iglesia diocesana. Y por la intercesión de nuestro Santo Patrono suplico a Dios que nos conceda la gracia de la santidad a todos nosotros.

Sí, hermanos: La fiesta de San Juan de Avila nos invita a reavivar nuestro gozo por el don recibido y nuestro deseo de imitar a este santo en nuestra vida sacerdotal y en nuestro ministerio pastoral. El es “maestro ejemplar por la santidad de su vida y por su celo apostólico”, como hemos rezado en la oración colecta. Juan de Avila fue un hombre de estilo austero y de oración sosegada; son proverbiales la sabiduría de sus escritos y la prudencia de sus consejos, tanto a los principiantes como a los más adelantados en los caminos del Espíritu, como lo fueron Teresa de Jesús y Juan de Dios. La recia personalidad del Maestro de Avila, su amor entrañable a Jesucristo, su pasión por la Iglesia, su ardor pastoral y su entrega apostólica son estímulos permanentes para que nosotros vivamos con creciente ardor y fidelidad nuestro ministerio, para que seamos testigos de Jesucristo y pastores del pueblo de Dios.

También a nosotros, los sacerdotes de hoy, se nos pide que sigamos a Jesucristo con la radical fidelidad de Juan de Ávila. En los momentos recios que nos ha tocado vivir necesitamos reavivar el fuego del don recibido por la imposición de las manos; nos hace falta una configuración existencial más plena con Jesucristo, el Buen Pastor; hemos de seguir progresando en la espiritualidad específica del sacerdote diocesano secular, cuya base y expresión es la caridad pastoral. Nuestra sociedad necesita maestros del espíritu, testigos gozosos de su experiencia de fe en el Señor Jesús; nuestra sociedad necesita místicos y mistagogos. Los sacerdotes jóvenes, los seminaristas y las futuras vocaciones necesitan referentes de pastores santos en nuestro presbiterio. Nuestra Iglesia, esta porción del Nuevo Pueblo de Dios en Segorbe-Castellón, llamada a dejarse renovar por el Señor para seguir con nuevo ardor en la tarea de la evangelización, necesita el acompañamiento de sacerdotes santos.

“Para conseguir los (sus) fines pastorales de renovación interna de la Iglesia, de difusión del evangelio en todo el mundo y de diálogo con el mundo moderno”, el Concilio Vaticano II nos “exhorta vehementemente a todos los sacerdotes a que, empleando los medios recomendados por la Iglesia”, nos esforcemos “por alcanzar una santidad cada día mayor, que nos (los) haga instrumentos cada vez más aptos al servicio de todo el Pueblo de Dios” (cf. PO 12).

También a Juan de Ávila le tocó vivir tiempos difíciles, incluso dramáticos: por todas partes se respiraba un ambiente de reforma, y las nuevas corrientes humanistas y de espiritualidad o la apertura a nuevos mundos interpelaban y cuestionaban a la Iglesia y su misión salvadora. El sabía que de la reforma de los sacerdotes y demás clérigos, dependía en gran medida la necesaria renovación de la Iglesia. En su memorial al Concilio de Trento decía: “Éste es el punto principal del negocio y que toca en lo interior de él; sin lo cual todo trabajo que se tome cerca de la reformación será de muy poco provecho, porque será o cerca de cosas exteriores o, no habiendo virtud para cumplir las interiores, no dura la dicha reformación por no tener fundamento”.

Pido a Dios en este día que renueve en nosotros ese espíritu de entrega gozosa del Maestro Ávila que, en los tiempos duros del siglo XVI, supo vivir firme en la fe, gozoso en la esperanza y apasionado en su caridad pastoral, sin arredrarse ante las dificultades. Que valoremos como un tesoro y vivamos con gozo nuestro sacerdocio, tantas veces atormentado por el avanzado estado de paganismo, por la indiferencia religiosa, el alejamiento progresivo de nuestros cristianos, por el laicismo militante y excluyente. Nuestro tiempo, tan necesitado de una nueva y renovada evangelización, nos pide una fe adhesión total y confiada a Cristo, un amor apasionado por nuestra Iglesia, el testimonio de una existencia entregada al ministerio y una comunión sin fisuras en la fe y en la moral. No valen los maestros solamente sino ante todo los testigos. Aquellos lo serán si se basan en el testimonio de una vida entregada a Cristo en el servicio a los hermanos en el seno de la comunión de la Iglesia.

Nuestro ministerio sacerdotal tiene su fuente permanente en el amor de Cristo, que se traduce en amor de entrega total a Cristo y, en El, a quienes nos han sido confiados. El evangelio de hoy nos recuerda el diálogo de Jesús resucitado con Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?… Apacienta mis ovejas” (Jn 21,15-17). Este es el núcleo de la vivencia existencial de nuestro ministerio sacerdotal: amar al Buen Pastor de las ovejas y a las ovejas del Buen Pastor como El.

“¿Me amas?”, pregunta Jesús; y Pedro responde: “Señor, tu sabes que te quiero”. Este amor se basa en la iniciativa misteriosa y gratuita del Señor, que llamó a los discípulos antes de nada “para que estuvieran con él” (Mc 3,14). Él les hizo sus amigos amándolos con el amor que recibe del Padre (cf. Jn 15,9-15). Amar a Jesucristo corresponder a su amor.

En medio de su trabajo apostólico, San Juan de Ávila era un hombre de ciencia, fundamentada en la Sagrada Escritura, en los Padres de la Iglesia, en los teólogos escolásticos y en los autores de su tiempo. Su Biblioteca era abundante, actualizada y selecta, y dedicaba al estudio, con proyección pastoral, varias horas al día. Sin embargo, la fuente principal de su ciencia era la oración y contemplación del misterio de Cristo. Su libro más leído y mejor asimilado era la cruz del Señor, vivida como la gran señal de amor de Dios al hombre. Y la Eucaristía era el horno donde encendía su corazón en celo ardiente.

En efecto, hermanos: La intimidad del sacerdote con Jesucristo se manifiesta y se alimenta en la oración y particularmente en la Eucaristía. La oración es para Juan de Ávila, condición imprescindible para ser sacerdote, porque ella en sí misma es apostólica: “que no tome oficio de abogar si no sabe hablar”, decía (Plática 2ª). Y en relación con la Eucaristía recordaba: “el trato familiar de su sacratísimo Cuerpo es sobre toda manera amigable… al cual ha de corresponder, de parte de Cristo con el sacerdote y del sacerdote con Cristo, una amistad interior tan estrecha y una semejanza de costumbres y un amar y aborrecer de la misma manera y, en fin, un amor tan entrañable, que de dos haga uno” (Tratado del Sacerdocio, 12).

Instados por tantas demandas y preocupados por tantas cosas, queridos sacerdotes, necesitamos fortalecer y mejorar nuestra vida de oración y contemplación, donde vayamos adquiriendo los mismos sentimientos de Cristo, donde vayamos aprendiendo a amar como el Señor. Tenemos que idear todavía más formas de apoyo para cuidar este aspecto fundamental del ministerio. Tenemos necesidad, hermanos, de entrar “en la escuela de la Eucaristía” y encontrar en ella el secreto contra la soledad, el apoyo contra el desaliento, la energía interior para nuestra fidelidad.

La contemplación del Buen Pastor que ha entregado su vida por amor, nos llevará a los sacerdotes a corresponderle en igual sentido: “si me amas, pastorea mis ovejas”. El santo Maestro de Ávila nos ha dejado ejemplo de ello. Hizo de su vida una ofrenda eucarística, signo de la caridad de Cristo que se da a los demás, siempre en comunión con la Iglesia y pendiente de las necesidades de los hombres. Su afán evangelizador, sus sermones caldeados de fuego apostólico, sus muchas horas de confesionario, su tiempo programado y dedicado al estudio, su preocupación por la vida espiritual y la formación permanente de los sacerdotes, la fundación y mantenimiento de colegios, sus iniciativas catequéticas, la dirección espiritual, la abundante correspondencia: todo ello son muestras de esa entrega hasta el final de su vida, ya lleno de achaques. Una vida gastada y desgastada por el Evangelio.

Solamente si vivimos nuestro sacerdocio no con sentido funcionalista, sino como una progresiva configuración con Jesucristo, podremos superar el miedo ante los compromisos definitivos, y a vivir nuestro sacerdocio con entrega total y a tiempo pleno.

Como San Pablo sabemos bien que “llevamos en vasijas de barro este tesoro, para que todos vean que una fuerza tan extraordinaria procede de Dios y no de nosotros’ (2 Cor 4,7). Es verdad, hermanos: llevamos en nuestras manos un tesoro, el don, la luz de la Palabra y la vida divina que el Señor nos ha dado, pero la llevamos en vasijas de barro. No somos más que representantes, mensajeros del Señor; frágiles instrumentos de sus manos. Es verdad que en la historia del sacerdocio, no menos que en la de todo el pueblo de Dios, se advierte también la oscura presencia del pecado. ¡La fragilidad humana de los ministros ha empañado tantas veces el rostro de Cristo! Pero a pesar de todas las fragilidades de sus sacerdotes, el pueblo de Dios ha seguido creyendo en la fuerza de Dios en Cristo que actúa a través de su ministerio.

Somos frágiles; la fortaleza nos viene de Cristo que nos ama a pesar de nuestros pecados. Él nos sigue ofreciendo su misericordia, una misericordia que traspasa nuestras debilidades. San Juan de Ávila así lo entendió. En la santidad se avanza desde la humildad, desde el reconocimiento de nuestra pequeñez y desde la confianza en el amor que Dios derrama en nosotros y en las personas que nos rodean y nos han sido confiadas. Sólo quien se fía de Cristo, con sencillez y humildad, podrá manifestar una fuerza arrolladora que emana de su amor. El Reino de Dios nace en Cristo, desde Cristo y con Cristo. Nosotros somos ‘siervos inútiles’ que ofrecemos nuestra pequeñez para que Él sea reconocido, acogido, amado y seguido.

En este día de fiesta deseo para todos los sacerdotes de nuestro presbiterio la gracia de vivir y crecer en el amor y celo apostólicos de San Juan Ávila. Que esta Eucaristía sea semilla fecunda de unas vidas sacerdotales cada vez más entregadas y fuente de nuevas vocaciones al sacerdocio. ¡Que María nos acompañe y cuide de nosotros para que seamos fieles transparencia de su Hijo, el Buen Pastor! Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Colabora con tu Iglesia: Pon la X en la Declaración de la Renta

Queridos diocesanos:

La misión espiritual de la Iglesia descansa en último término en Dios. El es quien la sostiene por medio de Jesucristo y por la fuerza del Espíritu Santo. Pero el Señor Jesús puso la tarea ingente de la evangelización en manos de los Apóstoles y en manos de su Iglesia, que formamos todos los cristianos. La misión de nuestra Iglesia corresponde, pues, a todos los bautizados y para realizarla necesita de la colaboración activa y responsable de todos sus miembros. Esta colaboración va desde la vivencia personal, coherente y testimoniante de la propia fe, pasa por la implicación en las tareas de la Iglesia e incluye también nuestra colaboración económica.

Nuestra Iglesia, que no es de este mundo pero está en el mundo, necesita recursos económicos para poder llevar a cabo su misión. Son muchas las necesidades de nuestra Iglesia para cumplir su misión, para seguir haciendo el bien. Ahí están la atención espiritual y humana a todo aquél que lo necesita, el culto, el mantenimiento de los templos, la atención de numerosos servicios caritativos y sociales, la remuneración de los sacerdotes, religiosos y seglares, las actividades pastorales para adultos, jóvenes y niños, o la evangelización y la ayuda al Tercer Mundo. Muchas son las tareas, pero pocos los recursos económicos de que disponemos.

Todo católico tiene el deber de ayudar a su Iglesia en sus necesidades y de colaborar económicamente con ella. La financiación de nuestra Iglesia depende de todos cuantos la formamos. Desde la primera comunidad cristiana, la financiación de la Iglesia ha dependido siempre de la colaboración económica de sus fieles. Y más aún lo es ahora que el Estado no completará ya lo que se recaude por la asignación tributaria.

En el periodo de la Declaración de la Renta, en que no encontramos, una forma sencilla, pero necesaria, de colaborar y de cumplir con este deber es poner la X en el impreso de la Declaración de la Renta en la casilla correspondiente a la Iglesia católica. Al poner la X no se paga más; una muy pequeña parte de lo que en cualquier caso se pagará a Hacienda pasa a la Iglesia. No cuesta nada poner la X en la Declaración. También hay que poner la X si sale a devolver, porque tampoco nos van a devolver menos.

Nos hemos de preocupar personalmente de poner la X o, si nos hacen la declaración, nos hemos de asegurar de que se ponga. Gracias en nombre de tu Iglesia.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López  Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de María, la Mare de Déu del Lledó

 

Basílica de Lledó, 6 de mayo de 2007

 

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Como cada primer Domingo de Mayo nos hemos reunido en torno al Altar del Señor para honrar a Santa María, la Mare de Déu del Lledó, patrona de nuestra Ciudad de Castellón. Con las palabras de su prima Isabel la cantamos: “Bendita tú, entre las mujeres y el bendito el fruto de tu vientre” (Lc 1,42). María, la Mare de Déu del Lledó, es “la morada de Dios entre los hombres” (Ap 21,3): ella nos ha dado al Hijo de Dios. Hoy nos acogemos de nuevo a su especial protección de Madre: en su regazo podemos acallar nuestras penas, encontrar siempre su consuelo maternal y su aliento para caminar fieles en la fe, firmes en la esperanza y activos en la caridad.

Mi saludo más cordial a cuantos habéis secundado la llamada de la Madre: al Ilmo. Sr. Prior de esta singular Basílica, que nos acoge esta mañana; al Ilmo. Sr. Prior, Presidente, Directiva y Cofrades de la Real Cofradía de la Mare de Dèu del Lledó, a la Sra. Presidenta y Camareras de la Virgen. Saludo también con todo afecto a las muy dignas autoridades, en especial, al Ilmo. Sr. Alcalde y Miembros de la Corporación Municipal de Castellón en el día de su Patrona. Mi saludo cordial también a mis hermanos sacerdotes concelebrantes y a cuantos, recordando nuestra condición de peregrinos en la vida, habéis venido hasta Lidón, para participar en esta solemne celebración eucarística, en la que por la fuerza de su Espíritu Santo actualizamos el misterio pascual de la muerte y resurrección del Señor.

Vuestra presencia numerosa es un signo bien elocuente de la profunda devoción de la Ciudad de Castellón a la Mare de Déu, como lo fue la hermosa serenata de ayer noche; una devoción ya secular y llena de amor a la Mare de Dèu del Lledó. Sabéis bien que ella nos mira y nos acoge con verdadero amor de Madre; cada uno de nosotros, la Ciudad entera, estamos en su corazón; ella cuida de nuestras personas y de nuestras vidas; ella camina con nosotros en nuestras alegrías y esperanzas, en nuestros sufrimientos y dificultades.

Pero, ante todo, María dirige nuestra mirada hacia su Hijo; ella nos ofrece y nos lleva a su Hijo. Su deseo más ferviente es que nuestra devoción hacia su persona sea el camino para nuestro encuentro con Cristo Jesús y con su Palabra para que se afiance nuestra fe y se renueve nuestra vida cristiana. Nuestra veneración a la Mare de Dèu debe estar siempre orientada a Cristo. Porque Cristo Jesús, el Señor Resucitado, es el centro y fundamento de nuestra fe. El es el Salvador, el único Mediador entre Dios y los hombres: el Camino para ir a Dios y a los hermanos, la Verdad que nos muestra el misterio de Dios y el misterio del hombre, y la Vida en plenitud que Dios nos regala con su pasión, muerte y resurrección. María es siempre camino que conduce a Jesús, fruto bendito de su vientre. María, la Madre de Dios y Madre nuestra, no deja de decirnos: “Haced lo que Él os diga” (Jn. 2,5).

Nuestra devoción a la Mare de Déu será auténtica, si realmente nos lleva al encuentro con Cristo, si en María descubrimos de verdad a la Madre de Dios, a la primera discípula, al modelo perfecto de imitación y de seguimiento de Jesús. Si honramos a María con amor sincero acogeremos de sus manos al Hijo de Dios para encontrarnos con El, conocerle, amarle e imitarle, y así seguirle con una adhesión personal en estrecha unión con los Pastores. Como Pablo y Bernabé lo hicieron con aquellos primeros cristianos, también María nos anima y exhorta a la perseverancia en la fe en su Hijo (cf. Hech 14, 22). A Cristo por María, debería ser el lema de nuestra devoción a la Mare de Déu del Lledó.

¡Qué bien lo han experimentado nuestros antepasados en la fe generación tras generación desde aquel 1366, año de la feliz ‘troballa’ de la imagen de Ntra. Sra. la Mare de Dèu del Lledó”! Ellos han sabido contar con su presencia maternal en sus vidas. Ellos sabían bien que en María, como figura de la nueva Jerusalén, Dios hace nuevas todas las cosas porque en ella comienzan a existir los cielos nuevos y la nueva tierra de los que brota el Salvador. Al darnos a Cristo nos ha dado la luz para todas nuestras pruebas y la fuerza para perseverar en la fe, aún cargando con la cruz, en la esperanza de la gloria. La Mare de Dèu del Lledó, nuestra Madre y Patrona, no deja de velar por nosotros y de acompañarnos con el consuelo del triunfo de Cristo.

Esta mañana os invito a poner conmigo el presente y el futuro de nuestra Ciudad de Castellón en las manos de la Mare de Dèu del Lledó y en su amor de madre. Nuestra ciudad vive un proceso acelerado de crecimiento económico y también de desarrollo y cambio social: los nuevos barrios, la inmigración, las crisis que afectan a los matrimonios, las familias y a las nuevas generaciones. Vivimos momentos de crisis cultural, humana y espiritual; es una grave crisis en sus contenidos y en sus efectos sobre la vida de los más jóvenes e indefensos. Se trata de una crisis del espíritu, que amenaza con dejar al hombre sin el horizonte de la trascendencia; una crisis que pretende desalojar a Dios de nuestra sociedad y de la vida ordinaria, de la familia, del trabajo, de la cultura, de la economía o de la política.

En estas circunstancias acudimos a María y le pedimos que nuestra Iglesia y los cristianos sigamos siendo testigos y artífices vivos y auténticos de “la morada de Dios con los hombres” (Ap 21,3). Esa morada es la Iglesia que, a ejemplo e imitación de María, se abre a la Palabra de Dios, acoge el evangelio del Amor y de la Esperanza, y da testimonio de que Dios-Amor vive en medio de su pueblo. Nuestra Ciudad de Castellón necesita evangelizadores creíbles, en cuya vida, en comunión con la cruz y resurrección de Cristo, resplandezca la belleza del Evangelio. Esta belleza se revela en el valor insustituible de la Ley de Dios, Ley Nueva por su gracia, que, acogida con humilde docilidad, abre las puertas de las personas y de la sociedad a la verdadera vida, y la edifica ya aquí en los valores que tanto añoramos: la unidad y la paz, la justicia y la fraternidad.

Una sociedad que da la espalda a Dios, a su amor y a su ley termina por deshumanizar al hombre; termina por volverse contra el mismo hombre, contra su inviolable dignidad y sus derechos más sagrados. Se explica así la llamada que el Papa Juan Pablo II hizo a la Iglesia en Europa: “Descubre el sentido del misterio: vívelo con humilde gratitud; da testimonio de él con alegría sincera y contagiosa. Celebra la salvación de Cristo: acógela como don que te convierte en sacramento suyo y haz de tu vida un verdadero culto espiritual agradable a Dios” (Ecclesia in Europa, 69).

De manos de María, la Mare de Dèu del Lledó, los cristianos  estamos llamados a ser testigos del misterio: del misterio de Dios y del misterio del hombre. Descubrir en la escuela de Maria el sentido del misterio es reconocer que el sentido de la vida empieza y termina en Dios, Creador y Redentor del hombre. Como cristianos estamos llamados a dar testimonio de este misterio que engloba y abarca toda la vida del hombre, desde su nacimiento hasta su muerte. Toda la vida del hombre es un profundo misterio cuya clave sólo se encuentra en Dios. ¡Cómo lo supo entender Santa María! Como ella, los cristianos hemos vivir como testigos de ese misterio proclamando la verdad sobre el hombre a la luz de su destino trascendente. Cuando la Iglesia defiende la verdad sobre el hombre frente a todos los ataques contra su vida y muerte natural, contra los derechos fundamentales de la persona, contra la institución matrimonial y familiar, contra el verdadero sentido de la sexualidad humana, no hace sino proclamar que nadie puede manipular la condición humana tal como ésta ha sido pensada y creada por Dios, tal como ha sido revelada por Cristo.

En estos momentos es preciso que los cristianos demos testimonio de la verdad integral sobre el hombre sin dejarnos arrastrar por ideologías que, si bien son presentadas como progreso de los derechos de la persona, en realidad conducen a su deterioro y aniquilamiento. Son ideologías que, en definitiva, nacen de un olvido de la persona humana, y que la abocan a la negación de sí misma como imagen y semejanza de Dios. Amar al hombre, tal como éste ha salido de las manos de Dios, nos llevará a ser testigos de su amor en el matrimonio y la familia, entre los más pobres y necesitados, entre los marginados y entre los ancianos abandonados.

Nuestra Iglesia en Castellón, a imagen de María, necesita dejarse vivificar por el Señor resucitado y ser la “morada de Dios entre los hombres”. Contemplando a María, la Mare de Déu del Lledó, nuestras comunidades cristianas están llamadas a ser el lugar donde todos puedan encontrar y experimentar la cercanía de Jesucristo, la manifestación suprema de Dios-Amor; es la cercanía del Emmanuel, del Dios con nosotros, de Aquél que, como dice el libro del Apocalipsis, “hace nuevas todas las cosas” (Ap 21,5). Sólo el Señor resucitado es capaz de vivificarnos plenamente y hacer de nosotros instrumentos de vida para el mundo y testigos de su amor mediante nuestro amor fraterno. Este es el mandamiento nuevo. “Que os améis unos a otros como yo os he amado”.

Como María debemos dejarnos amar y vivificar por Él y ponernos, como siervos humildes, a su servicio especialmente en los momentos difíciles junto a la cruz. Al pie de la cruz, María nos ofrece el ejemplo de la fidelidad martirial tan necesaria en nuestro tiempo. Muchos cristianos huyen o se desalientan ante la dificultad. Lejos de confesar valientemente su fe, se pierden por los falsos caminos de la ignorancia de Dios, del olvido de sus raíces cristianas, e incluso de la soberbia displicencia ante las exigencias morales del evangelio. Como aquellos primeros oyentes de la predicación de Cristo, que la consideraban ‘duro lenguaje’, también hoy muchos cristianos prefieren adaptar las exigencias morales del evangelio a la mentalidad subjetiva y relativista de nuestro tiempo.

Al pie de la cruz, por el contrario, María nos da ejemplo de heroica fidelidad, de valiente confesión de la fe y del amor a Cristo, de firme resistencia frente a toda tentación de escándalo y huída de la verdad. Es el ejemplo de la Virgen fuerte que permanece en la verdad aun cuando ésta resulte escandalosa para quienes la contemplan bajo la imagen del Crucificado. Acoger a Dios en nuestra vida, adherirse a Jesucristo, que es la Verdad, y perseverar en ella, ser testigos vivos ella es el mejor servicio que como cristianos podemos ofrecer a nuestra Ciudad de Castellón: para que sea una ciudad edificada a favor del hombre y no contra el hombre; una ciudad en la que la lucha y las competencias egoístas den paso al bien común y a la verdadera fraternidad entre todos sus moradores; una ciudad en la que el bienestar material no obstaculice el desarrollo de las verdaderas dimensiones espirituales y trascendentes de la persona; una ciudad en la que quienes buscan trabajo, hogar y cultura, vengan de donde vengan, no sean mirados como impedimento para el mayor bienestar de quienes viven en la abundancia, sino como hermanos a quienes se les brinda justicia, amor y paz.

Acudamos, pues, a la Mare de Déu del Lledó, para que abra nuestros corazones a Dios, a Cristo y al Evangelio. A Ella nos encomendamos y le rezamos: “Tu poder es la bondad. Tu poder es el servicio. Enséñanos a nosotros, grandes y pequeños, gobernantes y servidores, a vivir así nuestra responsabilidad. Ayúdanos mantenernos perseverantes en la fe, firmes en la esperanza y fuertes en el amor. Ayúdanos a ser pacientes y humildes, pero también libres y valientes, como lo fuiste tú. ¡Protégenos y protege nuestra Ciudad! ¡Muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre! Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón