50º Aniversario del Monasterio del Sagrado Corazón de Jesús

M.M. CARMELITAS DE ALQUERIAS DEL NIÑO PERDIDO

28 de junio de 2007

 

“Recordaré los beneficios del Señor, las alabanzas del Señor, todo lo que el Señor ha hecho con nosotros” (Is 63, 7). Estas palabras del profeta Isaías nos invitan y nos mueven a la alabanza y a la acción de gracias a Dios al celebrar el 50 Aniversario de la Fundación de este Monasterio del Sagrado Corazón de Jesús por los muchos beneficios de él recibidos. Cuanto sois y significáis, vuestro pasado y vuestro presente, queridas hermanas, todo es don de Dios, fruto de su gracia benevolente, manifestación de su amor.

Fue el amor de Dios y amor a Dios de Don Jeremías Melchor Esteve, un amor aprendido de su madre y hecho vida en una profunda devoción al Corazón de Jesús, el que le suscitó ya en su niñez la idea de fundar un convento de monjas dedicado a orar de manera particular por las vocaciones sacerdotales. Una idea y un deseo largamente anhelado que se hacía realidad hace hoy exactamente 50 años. Si el 14 de junio de 1957 el entonces Obispo de Solsona, Dr. Don Vicente Enrique Tarancón, consagraba esta Iglesia, el 28 del mismo mes y año, Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, el Obispo de Tortosa, Dr. Don Manuel Moll y Salord, presidía la Santa Misa  y, tras el solemne canto del Te Deum, declaraba la clausura papal. Quedaba así formalmente erigido este Monasterio de MM. Carmelitas de Alquerías del Niño Perdido.

El Espíritu de Dios y Teresa de Jesús se sirvieron de Don Jeremías como instrumento elegido e idóneo para poner en marcha este Monasterio carmelitano. Su fundamento, su referencia constante, su manantial de vida inagotable es el Sagrado Corazón de Jesús, expresión palpable del misterio de Dios y de su amor infinito hacia toda la humanidad y fuente de transformación permanente de las personas en el amor divino y fraterno. La frase en las paredes de esta Iglesia nos lo recuerda: “Elegi et sanctificavi locum istum ut ibi permaneat cor meum semper” (“He elegido y santificado esta Casa para que mi corazón habite en ella perpetuamente”).

Durante estos cincuenta años, que hoy conmemoramos y celebramos, el amor de Dios, contemplado en la oración, participado en la Eucaristía y experimentado en la Confesión, vivido con alegría en el amor fraterno y alentado por la intercesión maternal de María, ha sido la fuente de vida de esta comunidad.

Primero nos bendice a nosotros el Señor, después bendecimos nosotros al Señor. Aquella es la lluvia, éste es el fruto. Así se devuelve el fruto a Dios, que llueve sobre nosotros y nos cultiva”. Así dice San Agustín en su comentario al salmo 66. Nuestra alabanza se basa en la memoria de las bendiciones recibidas a lo largo de estos cincuenta años y se hace bendición y acción de gracias. Esta tarde damos gloria y alabanza a Dios. Damos gracias a Dios por todos los dones recibidos: por la persona de vuestro padre fundador, D. Jeremías; por las 7 hermanas fundadoras, procedentes del Monasterio de Santa Teresa de Jesús en Zaragoza, cuatro de las cuales están presentes entre nosotros; gracias le damos por todas las hermanas que en el pasado y en el presente han pertenecido y pertenecen al Monasterio. Damos gracias a Dios por vuestro Monasterio, verdadero don del Espíritu Santo, que enriquece a la Iglesia y a nuestra Iglesia diocesana. Sí: nuestra Iglesia Diocesana es más rica con vuestra presencia, con vuestra oración y con vuestra entrega generosa. Demos, pues, gracias a Dios.

La bendición, la alabanza y la acción de gracias las dirigimos no a alguien sin rostro o lejano a los hombres, sino al “Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo”.  La fuente de todas las gracias que recibimos, es el Dios-Amor, el “Dios de Jesucristo”, el “Amado de Dios” (Ef 1,6), en quien el Padre nos ama. Por Jesucristo y en Él tenemos acceso al Padre; por Él y en Él le tributamos todo honor y toda gloria; por Jesucristo y en Jesucristo, el Padre se ha acercado a nosotros, nos ha salvado, nos ha mostrado su amor. Si el egoísmo y el pecado nos alejan de Dios y de los hombres, la salvación de Dios en Jesucristo restablece la comunión de todos con un mismo Padre y nos acerca los unos a los otros.

 El plan amoroso de Dios se ha manifestado en la persona de Cristo; en Él nos ha bendecido con “con toda clase de bienes espirituales y celestiales”, que son santidad, gracia, filiación, participación divina, gloria. Es el triunfo del amor misericordioso de Dios. La fe y la unión con el Resucitado transforma la persona del creyente y le abre a una nueva relación con Dios y con el prójimo: es el amor a Dios y al hermano.

El Amor cristiano nace en Dios. En su origen, el amor es cosa de Dios y no del hombre; la iniciativa es suya. Dios es amor, origen y manantial del amor. El Hijo se origina del Padre en un proceso de Amor, y el fruto del amor mutuo es el Espíritu. Este amor en Dios Trino es comunión perfecta de vida y de amor, es comunidad de personas. Y este amor se va manifestando en la creación, en la encarnación, en la filiación divina de los hombres, en la amistad con Dios, en la alegría definitiva del encuentro final. Pero siempre, el origen y el término es Dios.

El signo más claro del amor de Dios, su encarnación humana, es Cristo Jesús. Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su propio Hijo. Tanto nos amó Jesús que entregó su vida hasta la muerte por amor por nosotros. Jesús es la medida del amor de Dios y el camino a seguir. Las palabras de Jesús, sus acciones, su vida entera, su muerte y resurrección tienen este sentido. Jesús es el amor de Dios hecho rostro humano.

Este amor, que nace en el Padre y se encarna en Jesús, termina necesariamente en los hermanos, como nos recuerda el Evangelio de hoy (Jn 15, 9-17). El amor cristiano tiene siempre dos polos: Dios y los hermanos. Quien no ama al hermano no conoce a Dios, no conoce a Cristo, no ha entendido lo que es la fe y vida cristiana. Sin amor a Dios y a los hermanos no hay fe ni vida cristiana, no hay verdadera comunidad cristiana. Y es éste un amor que tiene que concretarse en frutos, en obras de amor a Dios en el amor al hermano.

Los cristianos, “como elegidos de Dios, santos y amados” (Col 3, 12) estamos llamados a vivir y a ser testigos de1 amor de Dios, manifestado en Cristo. “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor” (Jn 15, 9), escuchábamos en el Evangelio. Cristo, la víspera de su muerte, abre su corazón a los discípulos reunidos en el Cenáculo y les deja su testamento espiritual. Como Iglesia hemos de volver sin cesar espiritualmente al Cenáculo, a fin de escuchar de nuevo las palabras del Señor y obtener luz para avanzar en nuestro peregrinaje en la fe.

Esto os mando: que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 15,12), nos dice Jesús. El amor de que habla no es mera simpatía superficial o un sentimiento pasajero. No se trata meramente de buenas palabras. Tampoco se trata de la caridad de meras limosnas. El amor que Jesús nos manda es un amor afectivo y fraterno, de amistad y de acogida; pero también un amor de entrega, efectivo y operativo. Es el amor que arraiga en el corazón y produce la acogida, la aceptación y el perdón mutuos, el respeto y la estima recíproca, al tiempo que da frutos de fraternidad y de unidad. Porque lo que Jesús nos propone es que nos amemos los unos a los otros como él nos ha amado. De ahí las palabras de san Pablo a los Colosenses: “Vestíos de la misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos… Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad” (Col 3, 12-17).

Y no olvidemos que “nadie tiene mayor amor que el que da la vida” (Jn 15, 13). Ese es el límite del amor cristiano; a este amor oblativo debemos tender y aspirar; no podemos conformarnos con un amor menor; no seríamos buenos discípulos del Señor. Al día siguiente de darnos el mandamiento del amor, Él moría en la cruz víctima del amor a los hermanos. Así quedaba patente el modo del amor de Dios, manifestado en su Hijo. Así quedaba claro el modo del amor cristiano.

Como el Padre me ha amado, así os he amado yo…  Amaos unos a tros como yo he amado“(Jn 15, 9.12). Somos cristianos, amamos de verdad a Dios en Cristo, sólo si amamos al prójimo como Dios nos ama en su Hijo Jesucristo. Esa es la medida, la única capaz de acreditar nuestra fe, que no puede ser rebajada por los discípulos de Jesús.

Si todo cristiano está llamado a vivir el amor cristiano, la comunión con Dios y la comunión fraterna, el recinto de una comunidad monástica es un lugar privilegiado y una llamada constante a vivir la fraternidad desde el amor trinitario. “Lo primero por lo que os habéis congregado en comunidad es para que viváis en comunión, teniendo un alma sola en Dios y un solo corazón hacia Dios” (San Agustín, Regla I). Esta debe ser la esencia de toda comunidad monástica. Sin este talante de vida teologal y fraterna nada tiene sentido porque “cuando se atrofia el amor se paraliza la vida” (San Agustín, In ps. 85,24).

Vuestra vida fraterna en comunidad está llamada a ser un ‘espacio humano habitado por la Trinidad’; participando de la comunión trinitaria se transforman las relaciones humanas, surge la fraternidad. Viviendo de Dios y desde Dios se experimenta el poder reconciliador de la gracia que destruye disgregadoras que se encuentran en el corazón humano y en las relaciones sociales (cf. VC 41)

Si entendéis vuestra vida comunitaria y fraterna así, si la vivís como vida compartida en el amor seréis un signo luminoso y elocuente de la comunión eclesial. En vuestra vida de comunidad, “debe hacerse tangible de algún modo que la comunión fraterna, antes de ser instrumento para una determinada misión, es espacio teologal en el que se puede experimentar la presencia mística del Señor resucitado, ‘porque donde, dos o más, están unidos en mí nombre, allí estoy yo en medio de ellos (Mt 18,20)” (VC 42).

El encuentro con Cristo cambia radicalmente la vida de una persona. Nada hace ensanchar el corazón humano tanto como la consideración de que Dios es el “único bien’ (Sal 16, 2). La vida humana tiene sentido cuando Dios es reconocido como dueño y como bien. Decid al Señor siempre en vuestras vidas y proclamad en todo momento: “Tu eres mí dueño, mi único bien; nada hay comparable a ti” (Sal 16, 2). Este es un testimonio que conviene que, como consagradas contemplativas, deis en todo momento a nuestra Iglesia y a nuestra sociedad. La vida contemplativa tiene mucho que decir a nuestra Iglesia y a la humanidad. Vuestra vida de contemplativas dirige nuestra mirada al manantial del ser, de la vida y de la misión de la Iglesia. Centrada en la contemplación de Dios en el rostro de Cristo, crucificado y resucitado, vuestra vida nos recuerda que Él y solo Él es fundamento y el centro de nuestra fe, la fuente de nuestra comunión y la meta de la misión de la Iglesia.

Y, así, la vida contemplativa al comunicar la verdad contemplada y la experiencia de la contemplación, ayuda a la misma comunidad humana a descubrir cuál es su propia identidad, cual es su origen y cual es su destino: Dios mismo y su amor, que la ha recreado por la muerte y resurrección de Cristo.

Dios Padre os ha elegido para que seáis santas e irreprochables ante sus ojos (cf. Ef 1, 4). Vuestro Monasterio debe ser ‘reclamo a la santidad’, a la perfección en el amor, para que quiénes os vean reconozcan a Dios y conviertan su corazón a él. ¡Una gran vocación y una gran responsabilidad! Vosotras que vivís con ilusión y alegría la vida consagrada sois nuestra mejor garantía para que con vuestra entrega y oración asidua nos animéis a ser santos.

Contemplad con asiduidad el Sagrado Corazón de Jesús, el costado traspasado del Redentor. Ahí esta la fuente para alcanzar el verdadero conocimiento de Jesucristo y experimentar más a fondo su amor. Ahí podréis comprender mejor lo que significa conocer en Jesucristo el amor de Dios, experimentarlo teniendo puesta la mirada en él, hasta vivir completamente de la experiencia de su amor en la vida fraterna, y así poderlo testimoniar después a los demás.

Seguid siendo fieles al deseo de vuestro Fundador, D. Jeremías. Orad al Señor, para que nos envíe nuevas vocaciones sacerdotales, orad para que nuestros sacerdotes sean pastores según su corazón. Que la Virgen del Carmen os aliente y proteja y que vuestra Madre, Teresa de Jesús, interceda por todas vosotras y por vuestro Monasterio. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Ordenación de Presbíteros

S.I. Concatedral de Castellón, 24 de Junio de 2007

 

“Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas” (Sal 138). Sí, hermanos y hermanas en Cristo Jesús: Hoy es un día de gozo muy especial para toda la Iglesia y para nuestra Iglesia diocesana de Segorbe-Castellón. Convocados por el Señor Resucitado celebramos la ordenación sacerdotal de estos ocho hermanos nuestros. Si ayer mañana Dios nos concedía el don de un nuevo diácono, esta tarde nos enriquece con ocho nuevos sacerdotes. Cantemos al Señor con alegría, démosle gracias y alabanza. A Él la gloria por los siglos de los siglos.

Os saludo con todo mi afecto y con profunda alegría a todos: a vosotros, queridos Enrique, Francisco Miguel, Héctor, Helter, José Antonio, Julio, Piero Salvatore y Reinel, hoy vais a ser configurados con Cristo, Pastor y Cabeza de su Iglesia, por el orden que vais a recibir. Mi felicitación muy especial para vuestros padres y familias, que os han educado en la fe, os han enseñado a escuchar, acoger y responder con generosidad la llamada de Dios al ministerio presbiteral y hoy se alegran junto con vosotros. Mi saludo agradecido también a vuestras comunidades parroquiales de origen: en ellas nacisteis a la vida de los Hijos de Dios por el Bautismo; allí comenzasteis a conocer, a amar, a imitar y a seguir a Cristo Jesús. Mi saludo y agradecimiento también, en el caso de los diáconos del Redemptoris Mater, a vuestras comunidades del Camino Neocatecumenal, donde redescubristeis a Jesucristo, y escuchasteis y respondisteis a su llamada. Mi saludo a todos los sacerdotes de nuestro presbiterio diocesano del que, a partir de esta tarde, comenzáis a formar parte; os damos nuestra más cordial y fraterna bienvenida. Saludo y felicito también al Rector, a los formadores y a los seminaristas del Mater Dei, del Redemptoris Mater y del Colegio Pontificio Internacional Sedes Sapientiae: con ellos habéis madurado vuestra vocación al ministerio presbiteral; y mi saludo a las comunidades parroquiales de Sto. Tomás de Villanueva de Castellón y Benicassim, de San Miguel de Castellón.

La Palabra de Dios de este día, en que con la Iglesia entera celebramos la Solemnidad del Nacimiento de Juan Bautista, nos recuerda algunos rasgos de vuestra elección y llamada al ministerio presbiteral.

El profeta Isaías confiesa que, él, hombre de labios impuros, que vive entre un pueblo de labios impuros (cf. Is 6, 5), ha sido elegido por el mismo Dios para ser su profeta, ya desde antes de nacer. “Estaba yo en el vientre, y el Señor me llamó, en las entrañas maternas, y pronunció mi nombre” (Is 49,1). Es Dios, quien le hizo su siervo desde el vientre de su madre y le constituyó luz de las naciones para que la salvación de Dios alcance hasta el confín de la tierra (Cf Is 49, 4-6). La elección y el ministerio profético de Isaías son dones gratuitos de Dios; el profeta es consciente que debe corresponder con generosidad y fidelidad a la llamada y a la misión a favor de su pueblo. Lo mismo ocurre con Juan el Bautista: engendrado por una anciana estéril por concesión graciosa de Dios, es elegido por Dios para ser el Precursor del Salvador; “lleno del Espíritu santo ya desde el seno de su madre” está destinado por Dios para convertir a muchos israelitas al Señor, su Dios, e ir delante del Señor a fin de prepararle un pueblo bien dispuesto (cf. Lc 1, 15-17).

Es el Señor quien los elige y llama; no por mérito alguno por su parte, sino por puro don y gracia. La elección, la llamada y la misión de Dios son las que hacen de Isaías profeta y luz de las naciones y de Juan Bautista el Precursor del Señor.

Vosotros, queridos diáconos, habéis descubierto también que es Dios quien os ha elegido desde el seno materno para ser presbíteros de su Iglesia; no por vuestros méritos ciertamente, sino por pura gracia. Vosotros también habéis escuchado la llamada certera del Señor a su seguimiento; y habéis sabido responder con gratitud, plena disponibilidad y entrega para poneros al servicio de Jesucristo, el Buen Pastor y Cabeza del Cuerpo, que es su Iglesia. Por el don de la ordenación seréis desde hoy epifanía para los hombres del único Sacerdote, que es Cristo, con vuestra persona y con vuestra vida seréis prolongación de su presencia y de su gracia entre los hombres. Un gran don, el que hoy recibís, un don que os pudiera hacer zozobrar como a Isaías, si os fijaseis sólo en vuestras fuerzas limitadas, en vuestras muchas debilidades o en las dificultades del momento para la evangelización. Pero, bien sabéis, que el amor, la fidelidad y la fuerza del Señor os acompañarán siempre. Como en el caso de Juan “la mano del Señor estará con vosotros”.

No lo olvidéis nunca: Vuestra ordenación sacerdotal es un gran don y un gran misterio. Ante todo es un gran don de la benevolencia divina, fruto de su amor. Y también es misterio, porque toda vocación está relacionada con los designios inescrutables de Dios y con las profundidades de la conciencia y de la libertad humana. Recibís esta gracia no para provecho y en beneficio propio, sino para ser siervos de Dios al servicio de Cristo, de la Iglesia y de los hermanos. Si permanecéis fieles y abiertos a la gracia inagotable del sacramento, ésta os transformará interiormente para que vuestra vida, unida para siempre a la de Cristo sacerdote, se convierta en servicio permanente y en entrega total.

Hoy vais a ser consagrados presbíteros, para ser pastores y actuar en el nombre de Jesucristo, Cabeza, Siervo y buen Pastor de su Iglesia. Mediante el gesto sacramental de la imposición de las manos y la plegaria de consagración, quedaréis convertidos en presbíteros para ser servidores del pueblo cristiano con un título nuevo y más profundo. Participareis así en la misma misión de Cristo, maestro, sacerdote y rey, para que cuidéis de su grey siendo maestros de la palabra, ministros de los sacramentos y guías de la comunidad.

Configurados con Cristo, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, seréis maestros autorizados de la Palabra de Dios en nombre de Cristo y de la Iglesia; seréis, a la vez, ministros de los sacramentos en la persona de Cristo Cabeza, como servidores suyos y administradores de los misterios de Dios (cf. 1 Cor 4, 1), y seréis pastores celosos de la grey que os sea encomendada a ejemplo del “buen Pastor da su vida por las ovejas ” (Jn 10, 11). No olvidéis nunca que Cristo apacienta al pueblo de Dios con la fuerza de su amor, entregándose a sí mismo como sacrificio: Cristo cumple su misión de pastor convirtiéndose en Siervo y Cordero inmolado.

Queridos diáconos: Hoy vais a quedar configurados con Cristo, el Buen Pastor, convirtiéndoos así en colaboradores de los Obispos, sucesores de los Apóstoles. Este día será inolvidable para vosotros. Jesús, el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas, ejemplo sublime de entrega amorosa, os invita ‘a quienes el constituye pastores, según su corazón’ a seguir sus mismas huellas. Para ser buen reflejo de Cristo, el Buen Pastor, es preciso que os identifiquéis más y más con El. Vivid de tal modo que la identificación con Cristo se refleje cada día más y mejor en toda vuestra existencia; así seréis para los demás una imagen transparente del Buen Pastor.

La caridad pastoral es el motor de este largo proceso de identificación con Cristo, que durará lo que vuestra vida. La caridad pastoral es “don gratuito del Espíritu Santo, y al mismo tiempo, tarea y llamada a la respuesta libre y responsable” (PDV 23). Como nos enseñó el Papa Juan Pablo II, “la caridad pastoral es aquella virtud con la que imitamos a Cristo en su entrega y en su servicio. No es sólo lo que hacemos, sino el don de nosotros mismos, lo que manifiesta el amor de Cristo por su grey. La caridad pastoral determina nuestro modo de pensar y de actuar, nuestro modo de relacionarnos con la gente” (PDV 23).

Por la fuerza de la caridad pastoral, el sacerdote vive de Cristo, en Cristo y para Cristo; y desde Cristo vive para la Iglesia, para los hermanos y para las comunidades, que le son encomendados. El sacerdote ha de descentrarse de sí mismo para centrarse en Cristo, como Juan el Bautista lo supo hacer en todo momento dirigiendo las miradas a Cristo; y centrado en Cristo, el sacerdote habrá de centrarse en la Iglesia y en los hermanos. Como el Buen Pastor, el sacerdote ha de estar dispuesto a dar la vida por sus ovejas, a desvivirse por sus fieles, a superar inercias y tibiezas, a salir por los caminos del mundo para sanar al enfermo y al herido por la vida, para recuperar para Cristo al alejado, para anunciar el Evangelio a quienes todavía no han oído hablar de Dios. Como el Buen Pastor, el sacerdote ha de reunir al rebaño que se le ha confiado, congregando a los fieles para la Eucaristía o para la oración, para dar a conocer a Cristo y su Evangelio, y ha de velar constantemente para que las comunidades cristianas sean en verdad vivas y evangelizadoras, centradas en Cristo, fraternas y misioneras, comunidades unidas en la comunión de la Iglesia diocesana.

El buen pastor camina a la cabeza de la grey; indica con sus palabras y con sus acciones en qué consiste la fe o la vida cristiana, sin temor y sin adaptaciones. Habréis de ser, queridos diáconos, los primeros en recorrer sin descanso la senda de la vocación cristiana, que es llamada a la santidad, siendo aliento y ejemplo para los demás. El buen pastor se preocupa de cada una de las ovejas, y manifiesta especial cuidado con las que más lo necesitan, sin desanimarse por las dificultades o rendirse ante las fatigas.

Como sacerdotes seréis los hombres de la Palabra, a quienes corresponderá la tarea de anunciar en nombre de Cristo y de su Iglesia el Evangelio a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo, a los niños y adolescentes, a los jóvenes y a los adultos. Como Pablo deberéis proclamarles una y otra vez a Cristo y decirles: “A vosotros se os ha enviado este mensaje de salvación” (Hech 13, 26). Anunciar a Cristo Jesús, el Salvador, y la Buena Nueva de la Salvación a tiempo y a destiempo, con ocasión y sin ella ésta será vuestra tarea. Hacedlo con gran sentido de responsabilidad, con verdadero celo apostólico y siempre en plena sintonía y comunión con la fe de la Iglesia.

Sed también hombres de la Eucaristía, mediante la cual entréis cada vez más en el corazón del misterio pascual. Mediante la celebración diaria de la santa Misa sentiréis la exigencia de una configuración cada vez más íntima con Jesús, el Buen Pastor, “haciendo vuestras las disposiciones del Señor para vivir, como El, como don para los hermanos”. Por eso, alimentaos de la Palabra de Dios; conversad todos los días con Cristo realmente presente en el Sacramento del altar. Dejaos conquistar por el amor infinito de su Corazón y prolongad la adoración eucarística en los momentos importantes de vuestra vida, en las decisiones personales y pastorales difíciles, al inicio y al final de vuestra jornada. En ella encontraréis “fuerza, consuelo y apoyo” (Ecclesia de Eucharistia, n. 25).

Configurados con Cristo, el Buen Pastor, queridos diáconos, sed ministros de la misericordia divina. Ofreced el sacramento de la Reconciliación, cumpliendo así el mandato que el Señor transmitió a los Apóstoles después de su resurrección: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20, 22-23). Pero, para poder cumplirlo dignamente experimentad vosotros mismos el amor misericordioso de Dios mediante una práctica frecuente de la confesión, dejándoos también guiar por expertos consejeros espirituales, sobre todo en los momentos más difíciles de la existencia.

Queridos diáconos: Vais a ser ordenados presbíteros para esta Iglesia de Segorbe-Castellón, abiertos siempre a la Iglesia universal. Seréis sacerdotes en una tierra y en una época en las que crecen la increencia y la indiferencia religiosa, el alejamiento de los cristianos de la fe y práctica religiosa y en las que fuertes tendencias quieren hacer que sobre todo los jóvenes y las familias prescindan de Dios y de su Hijo, Jesucristo. Es clara la urgencia de la evangelización de nuestras comunidades y de nuestra sociedad. No tengáis miedo: Dios estará siempre con vosotros como lo estuvo con Isaías, con Juan el Bautista y con el mismo Señor (cf. Hech 10, 38). Con su ayuda, podréis recorrer los caminos que conducen al corazón de cada hombre y mujer; con su ayuda podréis llevarlos a Cristo, el Hijo de Dios, hecho hombre, al Cordero de Dios y Buen Pastor, que dio la vida por ellos y quiere que todos participen en su misterio de amor y salvación. Si estáis llenos de Dios, si Cristo es el centro de vuestra vida y crecéis en una íntima unión con él, si sois fieles a la comunión de la Iglesia, si vivís la fraternidad sacerdotal, si amáis a las personas podréis ser verdaderos apóstoles de la nueva evangelización.

Ojalá que vuestro ejemplo aliente también a otros jóvenes a seguir a Cristo con igual disponibilidad y entrega. Oremos al “Dueño de la mies” para siga llamando obreros al servicio de su Reino, porque “la mies es mucha” (Mt 9, 37). Por vuestra vocación y por vuestro ministerio oramos todos nosotros y vela María Santísima. En este momento, Cristo os encomienda nuevamente a ella, repitiéndoos las palabras que, desde la cruz, dirigió al apóstol san Juan: “Ahí tienes a tu madre” (Jn 19, 27). ¡Y tú, María, Madre y modelo de todo sacerdote, permanece junto a estos hijos tuyos hoy y a lo largo de los años de su ministerio pastoral! Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Gratitud, generosidad y entrega

Queridos diocesanos:

Es muy viva nuestra gratitud a Dios y muy profundo nuestro gozo por las ordenaciones de este fin de semana. Dios nos ha concedido el don de ocho nuevos sacerdotes y de un nuevo diácono. Si tuviera que resaltar tres notas en estos ordenados, me atrevería a resaltar su gratitud, su generosidad y su entrega. Como la Virgen María, todos han acogido con gratitud humilde la llamada amorosa del Señor al sacerdocio ordenado, le han respondido con generosidad y se han comprometido sin condiciones a entregarle su persona, su existencia y todas sus fuerzas en el ministerio ordenado al servicio de nuestra Iglesia diocesana.

También nuestros seminaristas habrán de ser educados en estas tres virtudes básicas para discernir y madurar su llamada al sacerdocio. Tres virtudes que siguen siendo válidas también para los que ya estamos ordenados en nuestra tarea continua de avivar, el carisma, el don, que está en nosotros, como nos recuerda San Pablo; tres virtudes que son aplicables en nuestro trabajo pastoral por las vocaciones al sacerdocio.

Acabo de nombrar nuevo Delegado Diocesano para la Pastoral Vocacional. Este sector de la pastoral de nuestra Iglesia diocesana necesita de un renovado impulso; así lo constatáis también muchos de vosotros. Pero esto no será posible sin la implicación real, no sólo verbal, de las parroquias y de sus responsables, los sacerdotes, así como del resto de las comunidades cristianas, de las familias, de los catequistas y de los profesores de religión. Dejemos a un lado las justificaciones fáciles, que buscan siempre la responsabilidad en otros o en las circunstancias adversas, y pongamos mano a la obra.

En la iniciación cristiana, en la educación y maduración de la fe de nuestros niños, adolescentes y jóvenes hemos de ayudarles a descubrir y acoger con gratitud, generosidad y entrega el don de la fe y de la nueva vida bautismal, para que sean discípulos y testigos. Pero también hemos de ayudarles sin miedos a descubrir y acoger con gratitud, generosidad y entrega la vocación concreta, por la que el Señor les llama a vivir su condición de discípulo. Y una de estas vocaciones posibles es la de ser sacerdotes.

Hemos experimentado una vez más que Dios sigue llamando al sacerdocio ordenado. Cuando las familias cristianas quieren el bien de sus hijos según Dios, y respetan su libertad, la de Dios y la de sus hijos; cuando hay comunidades vivas, generosas y orantes por las vocaciones, cuando hay sacerdotes y catequistas que proponen sin miedos el seguimiento del Señor, siguen brotando jóvenes agradecidos, generosos y entregados a la llamada de Dios al sacerdocio ordenado.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Nuevos sacerdotes para nuestra Iglesia

Queridos diocesanos:

El próximo domingo, nuestra Iglesia diocesana contará, si Dios así lo quiere, con  ocho nuevos sacerdotes. Y desde el sábado anterior con un nuevo diácono. Estas ordenaciones son un don de Dios, un motivo de gran alegría para toda nuestra Iglesia, y, sobre todo, para la acción de gracias a Dios por su benevolencia y grandeza para con nosotros. Una muestra más de que, en momentos de invierno vocacional, Dios nos sigue enriqueciendo con nuevos sacerdotes. Demos gracias a Dios.

El Buen Pastor ha llamado a estos jóvenes para que le entreguen su vida en el sacerdocio ordenado al servicio de nuestra Iglesia y de nuestras comunidades. En nuestra Iglesia Católica no importa el origen. Los sentimos y queremos como nuestros; son nuestros sacerdotes.

El Señor les ha escogido para colaborar de manera más directa con Él en la realización de su plan de salvación. En su nombre y representación serán maestros de la Palabra, ministros de los Sacramentos y guías de la comunidad. Como aquellos pescadores de Galilea, también estos jóvenes han encontrado a Jesús, se han dejado cautivar por su mirada y su voz, y han acogido su apremiante invitación: “Seguidme, os haré pescadores de hombres”. Jesús les ha invitado a estar con Él y a compartir su misión. La llamada se acoge y la misión se funda en una íntima y fiel comunión con el Señor, en la oración y en la Eucaristía. Esa intensa comunión favorece el florecimiento de generosas vocaciones para el servicio de la Iglesia: el corazón del creyente, lleno de amor divino, se ve empujado a dedicarse totalmente a la causa del Reino.

Es más. Quien vive en una comunidad eclesial centrada en su Señor, en su Palabra y en su Eucaristía, en una comunidad fraterna y concorde, corresponsable y misionera, atenta a su Señor y a las necesidades de los hombres, aprende con más facilidad a escuchar y discernir la llamada del Señor. El cuidado de las vocaciones exige una constante educación para escuchar la voz de Dios, como Elí lo hizo con el joven Samuel. La escucha dócil y la respuesta generosa sólo pueden darse en un clima de íntima comunión con Dios. Y esto ocurre ante todo en la oración; pero también en el clima de familias cristianas generosas y de comunidades cristianas, vivas y evangelizadoras, que oran y se preocupan por las vocaciones.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

La Eucaristía, signo de unidad y fermento de caridad

Queridos diocesanos:

En el centro de la Fiesta del Corpus Christi, que celebramos este Domingo, está la exaltación del Sacramento de la Eucaristía: es el Sacramento del Amor, en que Cristo Jesús nos ha dejado el memorial permanente de su entrega total por amor en la Cruz. En la Eucaristía, el mismo Señor se da como la comida que nos da la Vida y se queda permanentemente presente entre nosotros para que, en adoración, contemplemos su amor infinito. Esta es nuestra fe católica de la que hacemos pública profesión y general  ofrecimiento al mundo en la procesión de este día.

La Eucaristía es el centro de la vida de la Iglesia y de todo cristiano; es la fuente de la que se nutren y la cima hacia la que caminan. Sin la celebración eucarística no habría Iglesia; y sin la participación plena en ella, la vida de todo cristiano languidece, se apaga y muere.

La Iglesia es signo eficaz de unidad entre los hombres gracias a la comunión entre Dios y los hombres restablecida por la muerte y resurrección del Señor. En cada Eucaristía actualizamos este misterio Pascual: se hace actual la entrega total de Cristo hasta la muerte por amor hacia la humanidad para unir a Dios con los hombres y a los hombres entre sí. El Señor Jesús mismo nos invita a su mesa, nos sirve y, sobre todo, nos ofrece su amor: Él se nos ofrece y se nos da a sí mismo en comida para unirse con nosotros. La comunión del Cuerpo de Cristo nos une con el Señor y, a la vez, crea comunión entre todos los que comulgamos su Cuerpo, de modo que formamos su Cuerpo, la Iglesia. Ambos aspectos –unión con el Señor y unión entre los que se unen con Él comulgando- no se pueden separar. La Eucaristía crea y recrea la comunión eclesial, de los cristianos, la nueva fraternidad que no admite distinción de personas ni conoce fronteras.

Por todo ello, la Eucaristía tiene unas exigencias concretas en el día a día, tanto para la comunidad eclesial como para los cristianos. La Iglesia, cada comunidad eclesial y cada cristiano están llamados a ser fermento de unidad y testigos activos del amor de Cristo, que celebran y del que participan, para que llegue a todos, pues a todos está destinado.

Por ser la Eucaristía el Sacramento del Amor, en la Fiesta del Corpus celebramos el Día de la Caridad y la colecta extraordinaria de Cáritas Diocesana, como expresión de nuestro real compromiso en el amor. Este año, en que celebramos el 50 Aniversario de nuestra Cáritas Diocesana, hemos de redoblar nuestro esfuerzo y compromiso en favor de todos los excluidos de nuestra sociedad y del mundo entero, para que a todos llegue el amor del Señor a través de nuestro amor.

Cristo Eucaristía nos invita y envía a ser fermento de unidad en la Iglesia y en mundo, y a ser testigos de su amor para que se supere toda exclusión.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Jornada de encuentro de Abadesas y Prioras de monasterios y conventos de vida contemplativa

 

Iglesia del Monasterio de MM. Dominicas de Villarreal, 5 de junio de 2007

 

Amadas hermanas en el Señor: Os saludo de corazón a todas vosotras, que habéis secundado la invitación de la Delegación Diocesana para la Vida Contemplativa, para celebrar este Encuentro de Abadesas y Prioras. Comenzamos esta Jornada con las Laudes, la oración matutina de la Iglesia, y con la Eucaristía. Bien sabéis que la Eucaristía es la oración por excelencia de la Iglesia: una oración de alabanza y de acción gracias a Dios Padre por el sacrificio liberador y salvador de su Hijo, muestra suprema de su amor por todos.

Hoy unimos a la Eucaristía, nuestra alabanza y acción de gracias a Dios por todas y cada una de vosotras, monjas de Vida de Clausura, por vuestra vocación a la vida consagrada, por vuestras comunidades, por la rica variedad de vuestros carismas: sois verdaderos dones del Espíritu de Dios con los que Dios Padre en su Hijo enriquece de un modo inestimable a nuestra Iglesia. Con las palabras de Juan Pablo II decimos: “Te damos gracias, Padre, por el don de la vida consagrada, que te busca en la fe y, en su misión universal, invita a todos a caminar hacia ti” (VC 16). Nuestra acción de gracias al Padre, fuente de todo bien, por cada una de vosotras es sincera y sentida. Vuestras personas y vuestras existencias dan testimonio del amor de Cristo cuando le seguís en el camino propuesto en el Evangelio y, con íntimo gozo, asumís el mismo estilo de vida que Él eligió para Sí (cf. Caminar desde Cristo, 5).

Oremos esta mañana al Señor para que, contemplando el rostro de Cristo, unidas a Él, configuradas con Él y caminando desde Él por la fuerza del Espíritu, os mantengáis fieles a vuestra consagración siguiendo al Señor obediente, virgen y pobre en vuestra contemplativa y de clausura. Así os convertiréis en “memoria viviente del modo de existir y de actuar de Jesús como Verbo encarnado ante el Padre y ante los hermanos” (VC 22), y más en concreto en “signo de la unión exclusiva de la Iglesia-Esposa con su Señor, profundamente amado” (Verbi Sponsa 59)

Vivimos momentos de indiferencia religiosa: el hombre y la sociedad actuales parecen empeñados en vivir de espaldas a Dios. “La cultura europea da la impresión de ser una apostasía silenciosa por parte del hombre autosuficiente que vive como si Dios no existiera” (Juan Pablo II, Ecclesia in Europa, n. 9). En ese contexto, la vida de nuestras comunidades cristianas se debilita y pierde fuerza evangelizadora, cae en la inercia y en la mediocridad. Vuestras comunidades están envejeciendo, y quizá, tocadas por este ambiente secularizado, envejecen no sólo en edad, sino también en el espíritu. Padecemos una profunda sequía vocacional, que humanamente cuestiona el futuro de vuestras comunidades. Todo ello puede generar en nosotros incertidumbre, preocupación, pesimismo, miedo o falta de esperanza. Como a los discípulos pudiera embargarnos el miedo de que nuestra barca eclesial, se pudiera hundir. Como a los discípulos puede que el Señor nos tenga que reprochar: “¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?” (Mc 4,40).

Cuando no se sabe o no se ve con claridad cómo hay que vivir en una época, es fácil la desorientación, el desconcierto, el pesimismo. Si no vemos con claridad cómo hemos de vivir el carisma de la vida contemplativa en este momento eclesial y social, es fácil caer en el debilitamiento espiritual, en la rutina y en la falta de alegría interior. Pero sin alegría y sin entusiasmo no se puede vivir el seguimiento radical a Cristo, propio de la consagración religiosa.

El fragmento del Evangelio de Marcos (12,13-17), que hemos proclamado nos invita una vez más a contemplar al Señor, que nos enseña “de verdad el camino de Dios” (v. 14). Centrando nuestra mirada en Jesús, aprendemos a ver nuestra propia realidad en profundidad con los ojos de Jesús, a dejar que nuestra forma de pensar, sentir y actuar sea la suya, a dar a ‘Dios lo que es Dios’, a darnos a Dios porque a Él le pertenecemos pues a Él nos hemos consagrado.

Fijemos la mirada en Jesús, para crecer en fe y confianza, sabiendo que Él está ahí, nos cuida y alimenta, que Él navega con nosotros en medio de la tempestad que nos rodea. Lo decisivo ante la dificultad es la fe gozosa y la adhesión apasionada a Jesucristo. Lo decisivo en estos momentos de especial dificultad es confiar plenamente en el Señor y vivir con radicalidad vuestra consagración al Señor. Por vuestra vocación y especial consagración estáis llamadas a caminar con Cristo y desde Él. El Señor os llama a vivir unidas a Él para ser, caminando con  Él y desde Él, luz que alumbre las tinieblas de nuestro mundo, que parece empecinado en vivir de espaldas a Dios; luz puesta en lo alto del monte para que alumbre las tinieblas de nuestro mundo; luz puesta en lo alto del monte para que alumbre a todos y sea faro y norte a donde dirigir los pasos del hombre de hoy. Estáis llamadas a vivir sencillamente lo que sois: signo perenne de la vocación más íntima de la Iglesia, misterio de comunión para la misión, recuerdo permanente de que todos estamos llamados a la santidad.

Esto tiene una especial significación en estos momentos: Dios es santo y nos llama a la santidad. El alma de la vida consagrada es la percepción de Cristo como plenitud de la propia vida, de forma que toda la existencia sea entrega sin reservas a Él. En la vida consagrada se manifiesta con transparencia aquello que san Pablo nos dice: “Murió por todos, para que ya no vivan para sí los que viven, sino para Aquél que murió y resucitó por ellos”. Dejad que Cristo viva en vosotras, seguidlo dejándolo todo, seguid sin condiciones al Maestro, fiaros en todo momento de Él, dedicad toda vuestra vida, vuestro afecto, vuestro tiempo, a Jesucristo, y, en Él, al Dios y Padre de todos. Vivid esa entrega sin dejar que ninguna duda ni ambigüedad sobre el sentido y la identidad de vuestra consagración os perturbe.

Esta es la sustancia de la vida consagrada, sea cual sea su Regla o su estado de vida concreto. A esta sustancia habréis de volver una y otra vez, para que vuestra vocación, vuestra consagración, sea una fuente de gozo radiante y completo. Cuando queremos definirnos por lo que hacemos y no por lo que somos olvidamos esto que es sustancial; la propia vida no es capaz de mantenemos en la alegría de Cristo, y la misma consagración, expresada en los votos, se desvirtúa y termina perdiendo sentido. En los tiempos de cambios profundos y, a veces, de desconcierto en que vivimos, recordad que ni sois extrañas o inútiles en la ciudad terrena.

Desde vuestra vida de castidad, estáis anunciando y testificando el amor y la entrega al Reino de Dios como valor absoluto y definitivo. Pero para que este valor evangelizador de la castidad sea percibido socialmente, es necesario que se pueda ver que vuestra vida célibe no es aislamiento egoísta o comodidad estéril, sino capacidad para un amor más amplio, para una disponibilidad más ágil y gratuita para el Señor y, en Él, para estar cerca de los más necesitados del amor de Dios.

Desde vuestra vida de pobreza, anunciáis a Dios, Padre de todos, nuestra única riqueza, y apuntáis hacia una comunidad humana más fraterna, al servicio de la dignidad y la dicha de todos, donde el poder y el acaparar sean sustituidos por el compartir. Pero este valor evangelizador de la pobreza sólo será percibido si se puede ver que vuestra pobreza no es simplemente una manera diferente de organizarse la vida, sino un modo real de desprenderse de todo para ponerlo al servicio de los demás.

Desde vuestra vida de obediencia, anunciáis que la vida del ser humano encuentra su realización plena en el cumplimiento de la voluntad de Dios. Pero este valor evangelizador de la obediencia sólo será percibido si se puede ver que la obediencia no es infantilismo e irresponsabilidad, sino búsqueda sincera y exigente de la voluntad de Dios, que no es otra sino una vida digna y dichosa para todos.

Centradas en el Señor, vivid diariamente desde Cristo-Eucaristía. En la fuente de vuestra vida ha de estar la Eucaristía, misterio de luz, fuente de comunión y principio de misión. En el Sacramento eucarístico, el ‘mysterium fidei’ por antonomasia, a través de la total ocultación del Señor, bajo las especies de pan y de vino, la religiosa contemplativa se ve introducida en las profundidades de la vida divina. Vuestra plena iluminación se realiza cuando os veis inmersas en una plenitud de vida teologal centrada en la adoración eucarística tan necesaria para la total comunión con Cristo “Camino, Verdad y Vida”, es decir Luz y Resurrección nuestra (Jn, 14,6; 12,46; 1,45).

Dejaos saciar en la fuente de la comunión eucarística. “Permaneced en mí y yo en vosotros”, nos dice Jesús (Jn 15,4). El sentido más enriquecedor de la recepción de la Eucaristía estriba en una unión y relación íntima y recíproca con Jesucristo que nos permite anticipar, de alguna manera, el cielo en la tierra. La comunión eucarística se nos da para ‘saciarnos’ de Dios en la tierra mientras llega la eterna bienaventuranza. Pero el hambre y la sed aumentan en la medida en que nos alimentamos del divino banquete y bebemos en esta fuente inagotable.

La Eucaristía es fuente de unidad eclesial, de comunión fraterna y jerárquica. Habéis de tomar cada vez mayor conciencia de cuán exigente es la comunión que Jesús nos pide. Se trata de construir una ‘espiritualidad de comunión’, que os lleve con fuerza a cultivar sentimientos de apertura, de afecto, de compromiso y perdón recíproco hacia vuestras hermanas y así hacia todos (NMI, 43).

Desde vuestra comunión y contemplación de la Eucaristía estáis comprometidas con la misión de la Iglesia. Esta misión no es otra que el encuentro con Cristo continuamente ahondado con la intimidad de una creciente vivencia eucarística, que suscita en la Iglesia y en cada cristiano la urgencia de testimoniar, de evangelizar y de amar. Se trata de un deber ineludible, apremiante, personal y apostólico. Para comprender esta evangélica consigna potenciada en la recepción del Sacramento es preciso que cada cual asimile, en la meditación y contemplación personal, los valores que la Eucaristía encierra, las actitudes que inspira, los propósitos de vida que suscita.

La Eucaristía es principio y proyecto de misión. Esto vale para todos los estados de vida y adquiere en la vida contemplativa claustral, unos perfiles muy concretos. Esta ‘misión’ aunque no incluya directamente un apostolado específico determinado, exige sin embargo la más absoluta y radical fidelidad a la profesión de ‘la parte mejor’ (Jn 10,42).

Sed adoradoras en contemplación perenne. Juan Pablo II nos decía: “Postrémonos largo rato ante Jesús presente en la Eucaristía, reparando con nuestra fe y nuestro amor los descuidos, los olvidos e incluso los ultrajes que nuestro Salvador padece en tantas partes del mundo. Profundicemos nuestra contemplación personal y comunitaria en la adoración, con la ayuda de reflexiones y plegarias centradas siempre en la Palabra de Dios y en la experiencia de tantos místicos antiguos y recientes” (Carta Mane nobiscum Dominen, 18).

Vivid vuestra consagración en la escuela eucarística de María. “Haced lo que Él os diga”, nos susurra la Virgen (Jn 2,5). Contemplad la Eucaristía, realizada según la Escuela de María y en su compañía.

Queridas hermanas: Vivid lo que sois: consagradas contemplativas. Una Iglesia en la que fallara esto, en la que fallara o palideciera el testimonio de vuestra vida consagrada contemplativa, estaría gravemente amenazada en su vocación y misión. Procurad con empeño perseverar y progresar en la vocación a que Dios os ha llamado.

Vivid en todo la comunión. No hay oposición entre carisma e institución. El camino de la renovación de la vida religiosa y de su fecundidad apostólica es el de la comunión: el que traza la participación en la misma y única Eucaristía. En este tiempo nuestro, en que todas las fuerzas vivas de la Iglesia se han de unir en una misma pasión por evangelizar, por vivir la comunión y la misión, debemos buscar siempre la mutua colaboración y el reconocimiento humilde y gozoso de que el Espíritu del Señor sopla donde quiere con tal de llevar la barca de la Iglesia a buen puerto.

Por todo ello, junto con todas vosotras, pido al Señor que os dé la fuerza para permanecer fieles al don y al carisma que habéis profesado y que habéis recibido de vuestras fundadoras; para que sigáis siendo medio privilegiado de evangelización eficaz; para que, a través de vuestro ser más íntimo, viváis en el corazón de la Iglesia diocesana; para que encarnéis en la Iglesia el radicalismo de las bienaventuranzas.

Perseverad y manteneos asiduas en la oración; sed, por vuestra vida, signos de total disponibilidad para Dios, la Iglesia y los hermanos. Que la santísima Virgen Maria, fiel y obediente esclava del Señor, os ayude en vuestro caminar. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

El valor de la vida contemplativa

Queridos diocesanos:

El próximo domingo, día 3, la Fiesta de la Santísima Trinidad, celebramos la Jornada ‘Pro Orantibus’, es decir por los que oran. Es un día dedicado a los monjes y monjas de vida contemplativa. Nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón cuenta con once monasterios de monjas de vida contemplativa, que oran por nosotros todos los días del año. En este día les queremos mostrar nuestra profunda gratitud y nuestra alta estima por lo que son y representan para la Iglesia y para la sociedad.

Es doloroso comprobar que, incluso entre los católicos practicantes, existe gran desconocimiento de los monjes y monjas y poca estima de su valor y de su necesidad para la vida de la Iglesia y de la sociedad. Llevados por los criterios al uso de la eficacia y de la utilidad, muchos piensan que no tiene sentido que personas –y más aún si son jóvenes- se retiren del mundo, para dedicarse de por vida a la oración contemplativa, cuando hay tantas necesidades en el mundo y en la Iglesia. Se expresa así un escaso aprecio del valor de la oración a Dios en la vida de la Iglesia; se olvida que la mayor pobreza que padece nuestro mundo es la falta del sentido de Dios.

Los monasterios y los conventos son ‘escuelas de fe en el corazón de la Iglesia y del mundo’. Aquí radica su valor inestimable para la Iglesia y para la sociedad. Los monasterios son ‘faros luminosos’ en medio de un mundo que ha perdido la luz de Dios; nos hacen presente a Aquel que siempre nos acompaña, y, a su vez, acompañan con amor a Quien se ha hecho nuestra mejor compañía.

Los monjes y monjas nos recuerdan que hay una Palabra por antonomasia –la de Dios- que es preciso escuchar, y que hay una presencia por excelencia –la de Dios-con-nosotros, sobre todo en la Eucaristía-, que debemos siempre acoger, contemplar y adorar. Esa Palabra ha llenado su silencio con una voz inconfundible, y esa Presencia ha colmado su soledad con una plenitud inmerecida.

Los monjes y monjas no se desentienden ni de la Iglesia ni del mundo. Aunque separados de todo están unidos a todo porque nada humano ni eclesial les es ajeno. En nuestras evasiones nos dan el más precioso testimonio de su encuentro con Dios en Cristo Jesús, para que nos sea devuelta la luz a los ojos y nos vuelva a latir el corazón con el fuego de Dios. Nada hace ensanchar el corazón humano tanto como considerar que Dios es el único bien. Porque la vida tiene sentido cuando Dios es reconocido como Bien supremo.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón