Un nuevo Plan de Pastoral

Queridos diocesanos:

En fechas próximas presentaremos el nuevo Plan Diocesano de Pastoral. Se trata de un proyecto nacido de la Iglesia diocesana; en su elaboración han participado cuantos han deseado hacerlo en las consultas llevadas a cabo durante el pasado curso pastoral. El Plan es fruto, pues, de la aportación de muchos en bien de todos. Al ser aprobado por el Obispo se convierte en programa válido y vinculante para toda la comunidad diocesana.

El Plan Diocesano de Pastoral contiene las directrices pastorales de nuestra Iglesia diocesana para el próximo quinquenio. No se trata de abandonar las actividades ordinarias en la vida y misión de nuestra Iglesia diocesana ni de menospreciar lo hecho hasta ahora. El Plan marca las prioridades o acentos pastorales que nos pide el momento presente de nuestra Iglesia y de nuestra sociedad.

La evangelización es la misión permanente y siempre nueva de nuestra Iglesia diocesana: todos sus miembros y todas las realidades que la integran hemos sido convocados para vivir en Cristo Jesús la comunión con Dios y con los hombres y desde esta comunión hemos sido enviados a anunciar, celebrar y servir a Cristo y su Evangelio, esperanza para el mundo. Para cumplir esta tarea con fidelidad a Cristo y su Evangelio, y, a la vez, a sus destinatarios, los hombres y mujeres de cada época, la Iglesia diocesana ha de tener en cuenta las circunstancias del momento histórico, en que vive y lleva a cabo su misión. Y, desde la lectura de los signos de los tiempos, ha de fijar los medios más adecuados para su acción pastoral y la eficacia salvadora del Evangelio.

Eso es lo que hace el Plan. Su objetivo general reza: “Nuestra Iglesia de Segorbe-Castellón está convocada por Jesucristo para que, presidida por su Obispo,  viva  la comunión y la misión de ser su testigo en medio del mundo”. Este objetivo se desarrolla en cinco objetivos concretos y las correspondientes acciones, que iremos distribuyendo en los cinco años próximos.

Es bueno que volvamos nuestra mirada a lo que somos como Iglesia del Señor. Lo podemos sinterizar en tres palabras: misterio, comunión y misión. Como escribió Juan Pablo II, nuestra Iglesia “es misterio porque el amor y la vida del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo son el don absolutamente gratuito que se ofrece a cuantos han nacido del agua y del Espíritu (cf. Jn 3, 5), llamados a revivir la comunión misma de Dios y a manifestarla y comunicarla en la historia (misión)”. Volveré sobre ello en la próxima carta.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Misa de acción de gracias por el Obispo Felipe Bertrán

 

Iglesia Parroquial de la Serra de Engarcerán, 27 de agosto de 2007

Queridos hermanos y hermanas en el Señor. Os saludo con todo afecto en el Señor Jesús. El es quien en verdad nos convoca en esta mañana aquí en la iglesia parroquial de la Serra de Engarcerán para esta Eucaristía de Acción de gracias al recordar con gratitud a D. Felipe Beltrán, hijo de este pueblo, hijo de esta comunidad católica de la Serra. Mi saludo especial y afectuoso a las autoridades que nos acompañan: al Sr. Alcalde de la Serra, al Sr. Delegado del Consell en Castellón, al Sr. Vicepresidente de la Excma. Diputación de Castellón y a los Sres. Diputados provinciales y Alcaldes de la zona, que se han unido a nuestra celebración. Saludo también con afecto a la Comisión de Fiestas, a los Familiares de D. Felipe Bertrán, a los restauradores y al personal de la Generalitat Valenciana, que han preparado el Museo, que a continuación vamos a inaugurar.

Hoy la Serra está de fiesta y de enhorabuena al ver concluida esta obra, largamente anhelada, muestra del recuerdo agradecido a uno de sus hijos más insignes, el Obispo D. Felipe Bertrán. En nombre de nuestra Iglesia diocesana de Seborge-Castellón les felicito a todos. Mi más sentida enhorabuena al Sr. Alcalde y Ayuntamiento, al Pueblo de la Serra y a la comunidad parroquial y mi más sincero agradecimiento a todas las personas e instituciones que un modo u otro han contribuido a la gestación y realización de este Museo en honor de D. Felipe Bertrán.

Con las palabras del salmista os invito a cantar “las misericordias del Señor” (Sal 88). Sí hermanos: alabemos a Dios, cantemos sus misericordias y démosle gracias. Porque al recordar a D. Felipe debemos ante todo dar gracias a Dios: gracias le damos por su persona, que veía la luz de este mundo el 14 de octubre de 1704 aquí en la Serra. Hijo del matrimonio formado por Pedro y Ursula, estaba emparentado con San Luis Bertrán, motivo por el cual D. Felipe mandó construirle y dedicarle el altar que lleva su nombre en esta iglesia.

Gracias damos a Dios esta mañana por el don de su vocación al sacerdocio, que maduró en Valencia en cuya Universidad cursó estudios de Arte y de Teología, obtuvo el grado de doctor en Sagrada Teología y, posteriormente, ejerció el magisterio en filosofía tomista. Gracias especiales damos a Dios por el don de su sacerdocio, que ejerció como cura de Bétera, primero, y de Masamagrell, después, así como canónigo de la Iglesia metropolitana de Valencia. Como párroco destacó por su predicación sagrada, por sus conocimientos de Sagrada Escritura y de los Santos Padres, por su amor caritativo especialmente hacia los pobres, por la construcción de nuevas iglesias y por su dedicación a la creación de coloquios y conferencias bíblicas

Al quedar vacante la sede episcopal de Salamanca en 1973,  Carlos III lo nombró obispo de la sede salmantina, donde, como Obispo reformador, se dedicó con muy especial preocupación por el bien espiritual de sus diocesanos y por la formación de los sacerdotes. Una de sus mayores obras será la creación y construcción del Seminario de San Carlos en Salamanca. Por su labor en la diócesis de Salamanca será nombrado en 1774 Inquisidor General de España. D. Felipe muere el 1 de Diciembre de 1783. Sus restos descansan en la Catedral de Salamanca.

La vida de D. Felipe Bertrán estuvo marcada por la entrega generosa de su persona a los más diversos ministerios, que a lo largo los años le fueron encomendados. Fue una dilatada y fructífera existencia dedicada al ministerio sacerdotal y episcopal, que hoy recordamos y por la que damos gracias a Dios. Bien sabemos que cuanto somos y tenemos es don de Dios, fruto de su gracia benevolente, manifestación de su providencia amorosa. “En El vivimos nos movemos y existimos y, peregrinos en este mundo experimentamos las pruebas cotidianas de tu amor” (Prefacio dominical VI del tiempo ordinario). Este canto muestra la fuente donde D. Felipe se alimentaba para vivir su existencia cristiana y ministerial: él se supo en todo momento en las manos del Amor de Dios.

Hemos escuchado en la Palabra de Dios que Dios es amor y que nos ama sobremanera. Y él se fija en los sencillos de corazón. Basta abrir el corazón con sencillez al amor de Dios para que Él habite en nosotros. Por eso son los humildes y sencillos, y no los grandes, sabios y engreídos, quienes saben descubrir al Dios que es amor. Esa humildad del corazón es la que posee Cristo, el cual hace de su vida realización y muestra del amor de Dios a los hombres.

Pero para entender tan claro mensaje hemos de entrar en el camino de la conversión a Dios, a su amor, a su verdad. La conversión es “exigencia imprescindible del amor cristiano y es particularmente importante en la sociedad actual, donde con frecuencia parecen desvanecerse los cimientos mismos de una visión ética de la existencia humana”(TMA, n2 50).  Y sabemos que Dios perdona todas nuestras culpas y cura todas nuestras enfermedades porque él rescata nuestra vida de la fosa y nos colma de gracia y de ternura (cf.  Sal 102).

Todo ser humano es un buscador de amor, de paz y de felicidad. Ni los bienes materiales, ni situación vital alguna, por satisfactoria que parezca, consigue detener esa búsqueda. Somos peregrinos hacia un destino de plenitud que no encontramos nunca en este mundo. San Agustín, cuya fiesta hoy celebramos, interpretaba esta sed infinita de sentido como consecuencia de la vocación divina del hombre: “Nos hiciste, Señor, para tí y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti” ( Confesiones, 1,1).

La búsqueda de la felicidad es una huella indeleble de Dios en el hombre. No es concebible el dinamismo del espíritu humano sino como un caminar incesante hacia el Absoluto; sólo en el Absoluto se encuentra la razón y el sentido último de la existencia humana: una existencia tan indigente como abierta a la plenitud verdadera y deseosa de ella.

Hoy sufrimos una gran crisis de civilización; crisis “que se ha manifestado sobre todo … por el olvido y la marginación de Dios. A la crisis de civilización hay que responder con la civilización del amor” (TMA, 52). Sólo en el amor a Dios y al hermano está el secreto de la vida. Y “en esto consiste el amor.- no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (Jn 4,9). Un amor que tiene como cimiento y fundamento a Dios y como meta a los que nos rodean: Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud” ( Jn 4,10).

El camino del bien tiene un nombre: se llama amor; en él podemos encontrar la llave de toda esperanza, porque el verdadero amor tiene sus raíces en Dios mismo: “Nosotros hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene” (1 Jn 4,16).  “El amor es la fuerza constructiva de todo camino positivo para la humanidad.  La esperanza del futuro no vendrá de la violencia, el odio, la invasión de egoísmos individuales o colectivos.  Privado del amor, el hombre es víctima de una insidiosa espiral que estrecha cada vez más los horizontes de la fraternidad y al mismo tiempo empuja al individuo a hacer de sí mismo, del propio yo y de los propios placeres, el único criterio de juicio. La perspectiva egocéntrica, causa del empobrecimiento del amor verdadero, desarrolla las más graves insidias presentes hoy en el mundo” (Juan Pablo II, Discurso a los jóvenes de Foggia, Italia, 24 de mayo de 1987).

Si somos capaces de descubrir Dios nos ama y de que él es el verdadero Amor, iniciaremos como San Agustín el camino de la conversión, y veremos que todo cambia a nuestro alrededor. Seremos capaces de sonreír hasta en los momentos difíciles de la vida porque todo es expresión del amor de Dios. Nada sucede ‘por casualidad’. Creemos que el amor de Dios produce una visión nueva de las personas, de las cosas y de las circunstancias. Si acogemos a Dios como Padre, nos descubriremos como hijos. Es decir, veremos a los demás como hermanos. Dios creó al hermano como don para nosotros y nos creó a nosotros como don para el hermano.

Esta es la experiencia de la gratuidad, motor de la vida ministerial de D. Felipe Bertrán. En el centro de toda evangelización está la fuerza del Dios que nos ama y de Cristo que ha venido por nosotros por amor de Dios. Cuando la Iglesia predica a este Dios, no habla de un Dios desconocido sino del Dios que nos ha amado hasta tal punto que su Hijo se ha encarnado y ha entregado su vida por nosotros.

Esta riqueza de Cristo es la que nos toca vivir y predicar a los cristianos: ahora que estamos en unos momentos en que no podemos sostenernos en el aplauso social; ahora que nos encontramos perplejos y como desorientados ante tantas cosas y circunstancias que cambian. Es la hora de una elección más honda a Jesucristo para vivir “arraigados y fundamentados en el amor. … un amor que supera todo conocimiento y que os llena de la plenitud misma de Dios” ( Ef 3, 17-19).

Sin este amor gratuito de Dios, los cristianos no podemos imaginar un servicio eficaz en la historia, en la Iglesia y en la sociedad. El Verbo de Dios por puro amor de Dios al hombre, ha asumido la humanidad en todo, excepto en el pecado, para poder transformarla así desde dentro. Somos hijos del amor gratuito de Dios. Puede amar verdaderamente sólo el que tiene experiencia de ser amado. Igualmente sólo quien camina por un proceso de integración de su propia historia en la luz del amor gratuito de Dios puede ser presencia de tal gratuidad en las relaciones tanto personales como comunitarias.

El gran problema del ser humano, en la actualidad, es que le falta esta fe. Se fía más de sí mismo que de Dios. Y este ‘secularismo’ se puede infiltrar también en nosotros, los creyentes, si nos dejamos llevar por el racionalismo seco y frío de un humanismo inmanentista más que por la sencilla adhesión generosa a la acción de Dios que nos susurra su amor y su entrega salvadora. Sólo quien sabe desarrollar la entrega generosa y gratuita en cada momento a la amorosa cercanía de Dios puede ser prolífero espiritual y humanamente.

Descubrir a Dios como Amor es una gran revelación y esto, podríamos decir que es la revelación de nuestro tiempo. Ahora bien no estaría todo revelado si no se comprende hasta qué punto Dios ha amado al ser humano. Y la muestra más fehaciente de su amor está en la Cruz, en el misterio pascual que actualizamos en esta Eucaristía. Comprender la Cruz de Cristo es entender la grandeza del amor porque nadie tiene mayor amor sino aquel que da la vida por los demás. Es el gran misterio y por otra parte la gran verdad.

Pidamos a María Virgen que nos que nos ayude a vivir con alegría nuestra fe cristiana y a ser testigos del Dios que es amor en el amor a los hermanos. A ella le pedimos que nos enseñe a ser discípulos fieles de su Hijo Jesucristo. Que nada ni nadie pueda secar el amor que Dios ha depositado en cada uno de nosotros y en nuestras familias. Que seamos valientes para ser defensores de la dignidad humana y que nuestro modo de ser y vivir recree la “civilización de amor”. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Anunciar a Dios

Queridos diocesanos

En mi carta anterior hablaba de la urgencia de recuperar a Dios en nuestra vida.  También en el interior de la Iglesia –los cristianos, las familias y las comunidades- lo necesitamos. Es urgente dar prioridad a Dios y buscar la comunión con Él en Cristo, que genera la comunión entre los creyentes, la comunión eclesial  Desde ahí podremos acometer la tarea que el Señor nos ha encomendado a toda su Iglesia de anunciar el Evangelio con ánimo y esperanza. Pero, aunque sabemos que el Señor camina con nosotros, nos acosan el cansancio, la inercia, el miedo y la vergüenza de ser y confesarnos cristianos.

Nos toca vivir tiempos recios. El contexto secularizado y neopagano circundante nos hace aún más difícil a los cristianos acoger y vivir sin fisuras el Evangelio, y hacerlo en comunión con la fe de la Iglesia. A ello se une la mentalidad laicista, que intenta excluir a Dios de la vida de la sociedad para imponer una concepción del hombre, de la sociedad y de la historia sin referencia alguna a Dios. A los cristianos, a la Iglesia, se nos querría recluidos en las sacristías, reducida nuestra fe y nuestra misión al ámbito de la conciencia y de una salvación individualista y futura, sin presencia alguna en la vida social, cultural y política. Cuando, por fidelidad al Evangelio, al bien del hombre y de la sociedad, criticamos medidas y proyectos, que socavan valores fundamentales de la persona o de la sociedad, se recurre a la amenaza, al ridículo o al menosprecio.

Ante esta situación no nos podemos quedar en el lamento paralizante o en el silencio culpable. Jesús nos invita a creer en Él, a estar con Él y a vivir unidos a Él; una unión que crea comunión entre los creyentes. Jesús nos envía a anunciar la Buena Nueva para hacer discípulos suyos de todos los pueblos.

En esta tarea misionera, hoy hemos de centrarnos en lo fundamental. Con humildad y alegría, con la palabra y, sobre todo, con el testimonio de vida, hemos de proponer nuestra fe; hemos de ayudar a otros a descubrir y a conocer al Dios viviente, creador y providente, que está presente y actúa en la existencia personal, familiar y social. Dios es el único necesario para el hombre. Hemos de recuperar el anuncio explícito de Dios-Amor, creador y santificador, juez y señor de la historia, que en Cristo Jesús, su Hijo, se hace realmente concreto y próximo, y nos ofrece el camino del amor y de la vida, de la felicidad y de la salvación. Cristo es el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, el Hijo de Dios, el Salvador, la Buena Noticia de Dios para los hombres.

Seamos testigos valientes y creíbles de Dios, de Cristo y de su Evangelio en el mundo.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de Santo Tomás de Villanueva

Iglesia Parroquial de Benicasim, 22 de septiembre de 2007

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor:

El Señor Resucitado nos ha convocado en esta bella Iglesia parroquial de Benicasim para celebrar la Eucaristía en honor de Santo Tomás de Villanueva. Me alegra poder celebrar por vez primera esta Fiesta en honor del titular de vuestra comunidad parroquial y patrono también de vuestro pueblo de Benicasim. Saludo de corazón a vuestro párroco, Mons. Yago, y le agradezco su invitación para estar con vosotros en este día de fiesta. Saludo también a Mons. Héctor, vuestro Vicario parroquial, a los sacerdotes y diácono que se han unido a nuestra celebración. Mi saludo cordial también a las autoridades municipales, a la reina de las fiestas y a las damas.

Estos días he podido seguir por los MCS cómo vuestro pueblo de Benicasim celebra con alegría y con numerosos actos sus fiestas patronales en honor de santo Tomás. Pero bien pudiera ocurrir que, con el paso del tiempo, las fiestas patronales fueran perdiendo su núcleo vital y su raíz cristiana, la sola fuente que las podrá mantener vivas; bien pudiera suceder que estas fiestas se quedaran en lo superficial y ornamental, en lo folklórico y cultural, pero sin sentido cristiano alguno; bien pudiera ocurrir que olvidemos a quién y por qué le honramos, y que el recuerdo de Santo Tomás de Villanueva nos ha de llevar a Aquel, que fue el centro de su vida y ha de ser también el centro de la vida de todo cristiano y de toda comunidad cristiana: Cristo Jesús, el Buen pastor, muerto y resucitado, para que tengamos vida y vida en abundancia.

Recordemos brevemente algunos rasgos de nuestro patrono. Tomás García y Martínez de Castellanos -así era el nombre de pila de nuestro Santo Tomás-, nace en Villanueva de los Infantes en el año del Señor de 1488 en el seno de una familia de molineros. Aquel hijo de molineros estaba llamado a ser él mismo pan, que, con la misma naturalidad con que éste se da, se dió a sí mismo en aquel siglo glorioso. Ya desde su infancia, Tomás hizo gala de tiernas entrañas para con el pobre, desprendiéndose de sus dineros y vestidos. Fue esto algo que aprendió en un clima familiar sosegado y pródigo, y particularmente a través del influjo recibido de su santa madre.

Tras un breve tiempo de magisterio en la cátedra de Artes de Alcalá, siguiendo la llamada de Dios a la vida religiosa ingresó en los agustinos de Salamanca en el año 1516. Después de años de dedicación a la enseñanza, a la predicación y a funciones de gobierno en su Orden agustina, la providencia lo llevó a la sede arzobispal de Valencia en 1545. Como Arzobispo vivió en austeridad. Todo era sobrio y desnudo en su casa: el dormitorio, el despacho, la comida. “Yo soy pastor y, como tal, me debo enteramente a mis súbditos”, era su lema en el lenguaje de entonces. Santo Tomás entregó a los suyos su doctrina y su palabra, su consejo y todos sus dineros, pero sobre todo su persona entera. Predicó constantemente, se acercó a cárceles y hospitales, visitó las parroquias de la ciudad y del arzobispado. Clamó contra los abusos, corrigió a los descaminados, satisfizo por ellos con su penitencia. Gimió mucho ante Dios pidiendo más luz y fuego para la Iglesia. En una palabra: Tomás  encarnó en su vida las recomendaciones de San Pablo a su discípulo Timoteo, que hemos escuchado en la primera lectura de hoy (2 Tim 4, 1-5). El supo vivir su tarea de evangelizador, desempeñar su ministerio de pastor, tras las huellas del Buen Pastor.

Cristo, María y los sacramentos eran fuentes de su espíritu. La confianza en Dios, la reforma personal y la oración, los cauces del mismo. Y como vivencia suprema de esta total entrega, su consagración absoluta al pueblo encomendado en admirable ejemplo de caridad. A su casa, siempre abierta al pobre, acudían centenares de necesitados. Al incalculable cuento de ducados que esparció a los menesterosos, añadió él la recogida de niños expósitos y el sustento de sus nodrizas, la creación de un cuerpo de médicos y cirujanos que asistiesen a los miserables y la fundación de un seminario en que se educasen los futuros sacerdotes. Tomás de Villanueva fue un limosnero pródigo de dineros, de consuelo, de doctrina y de ejemplo. Por eso se vació sin límites al morir santamente un 8 de septiembre de 1555.

A los santos se les admira pero sobre todo se les imita. En santo Tomás honramos a un Obispo, que brilló hasta el día de su muerte por su caridad pastoral tras las huellas de Cristo, el Buen Pastor. Santo Tomás vivió y nos propone algo que es fundamental para todo verdadero cristiano: escuchar la voz del Buen Pastor, acogerle a Él y su Palabra, entrar en la comunidad de los creyentes, y mantenerse en fidelidad plena y total a Cristo hasta la muerte. Sé bien que la fidelidad y, más aún de por vida, y que la fidelidad en la fe, es una virtud y un bien de escasa estima en la actualidad.

Pero son precisamente la adhesión personal a Cristo el Buen Pastor, la fidelidad a la verdad de su Palabra y la coherencia de vida cristiana lo que hoy nos pide con urgencia la Palabra de Dios, que hemos proclamado. El ambiente de indiferencia religiosa y la hostilidad creciente hacia el cristianismo y los cristianos nos tientan a dejarnos llevar por el ambiente de apostasía silenciosa y creciente de la fe cristiana; es fuerte la tentación de adaptarnos a la mentalidad secularizada y pagana circundante que vive sin reconocer la grandeza de Dios y la dignidad humana. Permanecer fieles a Jesucristo y a la verdad de su palabra en el seno de la Iglesia no se hace si no es desde una unión vital a Cristo, vivida con fidelidad en la fe y con la coherencia de la vida.

En las circunstancias actuales no resulta fácil entender y vivir, el mensaje valiente y radical de Santo Tomás. Es más fácil vivir al margen de Cristo y de nuestra condición cristiana; o hacerlo de un modo rutinario, tibio, ocasional y superficial, sin repercusión en nuestra vida. Pero nuestro ser y condición de cristianos, si quieren son vividos con autenticidad, nos han de llevar a Cristo, el Buen Pastor, y a dejarnos conducir por Él, el Camino, la Verdad y la Vida; ha de llevarnos  a conocer de verdad al Buen Pastor, a creer y confiar en él, a unirnos a Él para amarle y seguirle. “Yo soy el Buen pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen a mí;… yo doy mi vida por mis ovejas” (Jn 10, 15). Cristo, el Buen Pastor, da su vida para que tengamos vida, y la tengamos en abundancia; Él es el único capaz de saciar nuestro de deseo de vida y felicidad. Seremos en verdad cristianos si, en cada situación, nuestra vida responde a las exigencias de la fe, y no a las veleidades de nuestros gustos y de la moda. La fidelidad a la fe en Cristo y la coherencia de vida nos puede llevar a ser impopulares e incluso hasta ser ‘herejes sociales’. “Dichosos vosotros si tenéis que sufrir por causa de la justicia; no les tengáis miedo ni os amedrentéis” (1 Pt 3,14). Las dificultades se superan reaccionando con valentía hasta morir por lo que se ama.

Al celebrar a Santo Tomás no podemos olvidar su testimonio. La Iglesia a lo largo de los siglos se fraguó en la fortaleza de los valientes, como nuestro Patrono. La Iglesia crece siempre por atracción y ninguna estrategia puede sustituir a este atractivo, que sólo puede nacer de la fidelidad a Cristo. Es la fe en Cristo la que nos da la verdadera vida, nos hace responsables los unos de los otros, en especial de los más necesitados, nos permite comprender la realidad en su verdad más profunda, y nos lanza a construir una sociedad justa.

El Evangelio de hoy nos recuerda el camino para todo aquel que quiere ser verdadero cristiano, que quiera heredar la Vida, en plenitud y en eternidad: conocer, acoger, amar y seguir a Cristo Jesús, el Buen Pastor. Jesús mismo es el Buen Pastor, que busca a la oveja perdida, trae a la extraviada, venda a la herida y cura a la enferma. Jesús ha venido al mundo para congregar el rebaño de Dios, para recogerlo de su extravío, para guiarlo, para defenderlo, para alimentarlo con su doctrina y con su vida, para conducirlo hasta el prado definitivo, junto a las aguas de la vida. Con el salmista podemos en verdad decir personalmente y como comunidad: “El Señor es mi Pastor, nada me falta” (Sal 22).

El Buen Pastor ama tanto a su ‘pequeño rebaño’, que ha dado su vida por él. Cristo Jesús, el verdadero Pastor de las ovejas, conoce a todas y a cada una de las suyas, tiene de nosotros un conocimiento amoroso. Nos conoce a cada uno de nosotros mejor que nosotros nos conocemos a nosotros mismos. Un conocimiento que implica una invitación a acoger su llamada, a escuchar su voz y adherirse a Él y a su Evangelio, a acoger el don de Dios, a desarrollar la llamada personal de Dios y los dones de él recibidos y a ponerlos libremente al servicio de los demás en la comunidad de los creyentes.

Jesús nos ama y nos libera a cada uno de nuestra soledad y de nuestro individualismo. Por ello, su misión de Pastor enviado por Dios consistirá en crear su nueva comunidad con quienes respondan a su llamada. Jesús, el único y verdadero Pastor, camina delante abriendo horizontes a los suyos y dando ejemplo. Es el primero en enfrentarse con el peligro, el primero en dar la vida cuando se trata del bien de los demás. Jesús es “la puerta de las ovejas”, el único acceso legítimo para las ovejas. Sólo Él posibilita pertenecer en verdad a la comunidad de los suyos, de los creyentes, de la Iglesia. Entrar por la puerta, que es Jesús, significa reconocer y adorar a Dios, poner a Dios en el centro de la propia vida, adherirse a Cristo, acoger su Evangelio, ponerse a su servicio en bien del hombre y entregarse plenamente a procurarlo. Para nosotros, los pastores, entrar por la puerta es ejercer el ministerio pastoral según los criterios y los sentimientos de Jesús, el Buen Pastor; es llamar a cada uno por su nombre, salir a su encuentro, acompañarle personalmente para ayudarle a vivir la vocación que Dios le ha dado en el seno de la comunidad eclesial y al servicio de su misión.

Ser cristiano no es creer en Dios a secas, sino en el Dios que se nos ha manifestado en Cristo. Lo que define al cristiano es creer que la puerta -el camino- es Jesús de Nazaret, creer en su determinada manera de vivir esta vida. En estos tiempos, en que crece el pluralismo de creencias y de ideologías, es especialmente importante no olvidar que lo que identifica al cristianismo es únicamente Jesucristo. “Quien crea en Él y se bautice se salvará” (Mc 16, 16), al quedar liberado de sus opresiones y pecados; quien crea en El “encontrará pastos” y la ansiada libertad, pues Jesús hace andar a los inválidos y ver a los ciegos, oír a los sordos y hablar a los mudos (Mt 15. 31; Mc 7. 34-37). Será libre porque habrá entrado en la esfera de su amor. Y nada hay más libre que el amor cuando es verdadero. E irá descubriendo la respuesta plena a todas sus búsquedas y esperanzas al haber convertido toda su vida en servicio a El y a los hermanos.

Vuestra comunidad parroquial no es una masa de gente anónima. Es el Pueblo de Dios en Benicasim, es su familia, congregada y apacentada por Cristo, donde cada uno tiene su lugar y su tarea. Sois la comunidad de los creyentes que vive como el Cuerpo de Cristo y del Cuerpo del Señor, la Eucaristía. Entre vosotros, las relaciones con Cristo Jesús y de unos con los otros tienen que estar basadas siempre en la caridad al servicio de la unidad del único Cuerpo de Cristo. “Que vuestra caridad no sea una farsa”, nos recuerda San Pablo (Rom 12,9). Es nuestra vida entera, tal como es, la que debe entrar en relación con Jesús y con los demás. Una relación personal que nos hace acogedores y responsables los unos de los otros, pues formamos un solo Cuerpo en Cristo, en el que cada miembro está al servicio de los otros miembros.

Sabemos bien de Quien nos hemos fiado; sabemos bien en Quien hemos confiado; el Señor Jesús camina y está en todo momento con nosotros. No tengamos miedo de avanzar por el camino que el Señor nos muestra. La fiesta de Santo Tomás es una llamada a la renovación de nuestra vida cristiana, personal, familiar y parroquial. María, la Virgen, nos invita a ser fieles y coherentes en la fe que hemos recibido como gran regalo de su Hijo Jesucristo. Que como Santo Tomás dejemos que la voz del Buen Pastor nos ilumine, nos lleve por el camino de la santidad y nos haga vivir en la Verdad. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Recuperar a Dios en la vida

Queridos diocesanos:

Al retomar mi cita semanal después de la pausa veraniega me quiero referir a las fiestas patronales de pueblos y ciudades, tan numerosas en este mes de septiembre. Son fiestas en honor de Cristo o de la Virgen bajo distintas advocaciones, o en honor a los santos patronos. Si bien no faltan nunca los actos religiosos y la Eucaristía solemne, para no pocos las fiestas han perdido su sentido original cristiano. Las fiestas patronales se van secularizando; priman los actos populares, culturales y musicales. No faltan incluso voces que piden abiertamente la eliminación de su dimensión cristiana; pero ¿no es un sinsentido querer celebrar las fiestas patronales sin patrono?

Lo dicho es una muestra más del proceso de secularización de una ‘cultura’ que margina y silencia a Dios de la vida de las personas, de las familias y de la sociedad. Somos testigos y víctimas de una mentalidad muy difundida en la que el hombre y la sociedad se quieren entender como si Dios no existiera. El hombre se ha convertido en absoluto, se cree autosuficiente e intenta sobre todo mantener a Dios al margen de su vida.

Pero el silencio de Dios abre el camino a una vida humana sin rumbo y sin sentido, a proyectos que acortan el horizonte y se cierran en intereses inmediatos y en idolatrías de distinto tipo. El silencio de Dios en nuestra cultura lleva a la muerte del hombre, al ocaso de su dignidad. “El olvido de Dios conduce al abandono del hombre” (Juan Pablo II). Reducido el hombre a su dimensión material, expoliado de su profundidad espiritual, eliminada su referencia a Dios, se inicia la muerte del hombre. Recuperar por el contrario a Dios en nuestra vida lleva a la defensa del hombre, de su dignidad y de su verdadero ser.

Las fiestas patronales tienen su raíz, sentido y razón de ser en la fe cristiana, que expresan y celebran. Nos han de ayudar a recuperar a Dios en nuestra vida: es algo decisivo y vital en el momento presente de nuestra Iglesia y de nuestra sociedad. Cristo, la Virgen o los Santos nos recuerdan la presencia de Dios en la historia de los hombres; y de nuestros pueblos; ellos son signos de la trascendencia de Dios y de su inmanencia, de su absoluto y de su cercanía amorosa. Nada ni nadie está más cerca del hombre y de toda criatura que Dios mismo.

Dios no es enemigo del hombre. Es su Padre y Creador, cercano y providente. No se trata de elegir entre Dios y el hombre; debemos elegir a Dios y al hombre. Quien elige a Dios auténticamente, elige al Padre del hombre y el que elige auténticamente al hombre, está eligiendo a Dios, principio y fin del hombre, fundamento último de su vida, de su dignidad y de su libertad.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta del Cristo de la Sed de Gaibiel

 

Iglesia Parroquial de Gaibiel, 3 de septiembre de 2007

  

Un año más celebráis con gran alegría la fiesta del Cristo de la Sed. Agradezco de corazón vuestra invitación; me alegra poder celebrar este año esta fiesta con vosotros y, sobre todo, poder comprobar la profunda devoción que sigue teniendo Gaibiel al Santo Cristo. Una devoción, que año tras año expresáis en este primer lunes de septiembre. Los actos populares y otras costumbres, añadidas a la Fiesta a lo largo de los siglos, no pueden hacernos olvidar cuál es el centro de nuestra celebración de hoy. Y este centro no es otro sino Jesucristo, principio y fin de todas las cosas.

Porque bien pudiera ocurrir, que nuestra devoción al Cristo quedase reducido a una bella tradición; que todo se centrase en lo adicional y en lo superficial. Sólo si nuestra fiesta está anclada en una fe viva en Cristo Jesús, el Señor muerto y resucitado, se mantendrá también viva vuestra devoción, y ésta será fuente permanente de vida cristiana para todos nosotros y de esperanza para vuestro pueblo. Nada hay que signifique más para un cristiano y para una comunidad cristiana que la experiencia y vivencia de la fe en Cristo. Toda la vida de un cristiano y de una comunidad cristiana, en efecto, pende y deriva de su fe. Por eso hoy nos recuerda el salmista: “No olvidéis las acciones del Señor”. Y, si somos consecuentes y fieles con la tradición de nuestros antepasados, hemos de reconocer, ante todo, la acción y el apoyo de Dios en vuestra historia a través del Santo Cristo de la Sed.

Sí, hermanos y hermanas: En el centro de nuestra celebración está Cristo, clavado en la Cruz. Y la Cruz es la manifestación suprema del amor de Dios hacia el hombre, hacia todos y cada uno de nosotros. ‘Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”, leíamos en el Evangelio de San Juan (3, 15).

En la Cruz, Cristo nos manifiesta el verdadero rostro de Dios. Un Dios que es Amor infinito, eterno y fiel. Un Dios que nos ha llamado a la existencia, que nos ha creado a su imagen y semejanza, y que nos invita a participar de su misma vida. Un Dios que no nos abandona, cuando en uso de nuestra libertad rechazamos su amistad y su amor. Al contrario: es un Dios que envía a su mismo Hijo, para recuperarnos del mundo de las tinieblas y de la muerte.

En la Cruz está clavado el Hijo de Dios. El ha asumido nuestra naturaleza humana, se ha despojado de su rango, ha tomado la condición de esclavo y se he hecho uno de tantos; el Hijo de Dios se ha unido a todos nosotros, ha compartido nuestro destino, hasta la muerte y una muerte de cruz. En la Cruz de Cristo está nuestra redención, nuestra Salvación, porque la muerte no es final. Cristo vive, porque ha resucitado. Dios lo ‘levantó sobre todo y le concedió el ‘Nombre-sobre-todo-nombre’. Venid y adorémosle;  proclamemos juntos ‘Jesucristo es el Señor”, él es nuestra Salvación.

En la Cruz, el Dios-Hijo sufre por amor hacia todos para devolvernos a la vida y al amor de Dios. Dios hace suyos nuestros abandonos y desvaríos, nuestro dolor, nuestro pecado y nuestra muerte. Dios no nos deja solos en la noche oscura de este mundo, en nuestras dudas y desesperanzas, en las tiniebla del sufrimiento, del dolor y de la muerte. En Cristo, Dios mismo, nos busca y sale nuestro encuentro en su mismo Hijo, porque nos ama y nos sigue amando pese a que estemos alejados y extraviados de El por el pecado. Dios quiere para todo hombre la vida sin límites, inmortal y eterna.

En Cristo, Dios mismo nos manifiesta cuál es su plan sobre toda la creación y, en particular, sobre el hombre. Preguntas como qué somos y quiénes somos los hombres, de dónde procedemos y hacia dónde caminamos, cuál es el sentido de nuestra existencia y de nuestra historia, encuentran en Jesús su respuesta definitiva. En El, la Persona divina asume la naturaleza humana, se hace hombre en todo semejante a nosotros menos en el pecado, y devuelve a la descendencia de Abrahán la semejanza divina deformada por el pecado; en El, el ser humano es elevado a la dignidad de ser hijos en el Hijo (TMA 4).

Hoy, mirando al Santo Cristo podemos preguntarnos ¿Cómo está nuestra fe en Dios y en su Hijo Jesucristo? ¿No es verdad que también nosotros, hijos amados de Dios por el bautismo, vivimos con frecuencia como si Dios no existiera? Es posible que nos dejemos arrastrar por la mentalidad del hombre secularizado, y rechacemos de hecho nuestra condición de hijos amados por Dios. Con harta frecuencia nos avergonzamos de nuestra condición de cristianos, o, a lo sumo, relegamos nuestra fe cristiana a momentos puntuales de culto, sin ninguna incidencia en nuestra vida: en la vida personal y ciudadana, en la vida matrimonial y familiar, en la vida cultural y social o en la educación de los niños, de los adolescentes y de los jóvenes.

Como ocurriera al Pueblo de Israel en el desierto, también nosotros, extenuados del camino, nos alejamos de Dios y de su Cristo, de su Palabra, de sus Sacramentos, nos alejamos de la comunidad de los creyentes, de su Iglesia. Si somos sinceros confesaremos que también nosotros, apartados de Cristo, intentamos saciar nuestra sed de verdad y de vida en fuentes contaminadas, incapaces de saciar nuestra sed felicidad y de salvación.

Hoy en el Cristo de la Sed, Dios sale una vez más a nuestro encuentro, porque nos ama. ‘Con amor eterno te he amado’ (Jer 31,3), ‘te he recogido en mis mas brazos’ (Sal 131,2), y aunque una madre se olvidara de su hijo, yo no me olvidaré de ti”. A los pies de este Cristo podemos descubrir que Dios es Amor por nosotros, porque es Amor en sí mismo. Un Dios que nos ama con un amor siempre nuevo y personal, con un amor impelido hasta el límite del infinito dolor de la cruz, un amor que nos sigue amando y buscando pese a nuestros rechazos, desvaríos y desatinos.

“Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna” (Jn 3, 14). Cristo Jesús es la respuesta de Dios a nuestra sed de verdad, de vida, de amor y de felicidad. Cristo no nos quita nada, Cristo nos lo da todo: nos da hasta su propia vida, para que tengamos vida. Cristo quiere saciar nuestra sed de vida, de felicidad, de libertad. Él es el Agua verdadera, no la superficial e inmediata de los valores fáciles de este mundo. Él es la verdad de Dios sobre sí y sobre el hombre, el amor verdadero, la felicidad plena. Jesucristo nos ofrece el don de Dios que llega al corazón del hombre, el agua para nuestro peregrinar por el desierto de la vida hacia la Pascua definitiva. No tengamos miedo. Abramos nuestro corazón a Cristo.

La historia de Israel y las palabras del Señor en el Evangelio nos deben interpelar en nuestra historia concreta y personal, en nuestra historia comunitaria, para dejarnos reavivar en nuestra fe en Cristo Jesús, muerto y resucitado para la vida del mundo. Porque Cristo ha dado su vida para que tengamos Vida. Quien de verdad se encuentra con Cristo, el Mesías, el Salvador, el Camino, la Verdad y la Vida, no sólo le sigue, lo acoge en su vida y se entrega a Él. Quien descubre a Cristo, se siente llamado a proclamar y a llevar a Cristo a quienes tienen sed del agua viva, de la Verdad, del Amor y de la Felicidad, para que en Él sacien su sed. Por ello un creyente no puede guardar silencio cuando se niega la verdad del hombre, creatura de Dios, y no se respeta la dignidad y la vida humana desde su concepción hasta su muerte natural. Por ello un creyente no puede callar cuando se niega la verdad esencialmente heterosexual del matrimonio y se pretende destruir la familia, destruyendo su núcleo fundamental.

“El que cree en Cristo tendrá vida eterna” (cfr. Jn, 3,14-17). El mundo tiene sed. Los niños, los adolescentes, los jóvenes y los adultos, nuestra sociedad siguen teniendo sed: sed de verdad pese al relativismo reinante, sed de amor pese al egoísmo imperante y sed de verdadera felicidad pese a los reclamos fáciles: en una palabra: nuestro mundo tiene sed de Dios. A los discípulos de Jesús, a los que hallan la vida sin contaminar en Cristo, en el amor de Dios derramado en su corazón por el don del Espíritu, les corresponde hoy devolver al mundo la verdadera esperanza. Pero esto no se consigue haciendo promesas sino creyendo en Cristo y en su Promesa, y dejándose conducir por el Espíritu de Cristo. No se consigue manipulando y explotando las necesidades humanas, sino compartiendo estas necesidades en la verdad, solidaria y esperanzadamente.

Hoy nosotros acudimos al Santo Cristo, al estilo del pueblo de Israel, que después de haberse visto acosado por las mordeduras venenosas de las serpientes clavan su mirada ante la serpiente de bronce para verse liberados de la enfermedad.

Sin este Cristo, al que amáis, vuestra vida estaría falta de sentido. En él están clavados todos nuestros gritos, nuestros agobios, pecados y dificultades tan variadas y tan complicadas.  Al amor misericordioso de Dios, manifestado en la Cruz, encomendamos a los niños, a los adolescentes y a los jóvenes, a nuestros matrimonios y a las familias, a los mayores, a los enfermos ya los necesitados, a todo el pueblo de Gaibiel.

Ruego a la Virgen María, que se mantuvo fiel a su Hijo Jesucristo, que nos ayude a ser valientes en los momentos de dificultad en nuestra fe, en los momentos de sufrimiento y de dolor. Ella que es intercesora y mediadora nos llevará también a Cristo: El es nuestra Verdad, es nuestra Esperanza, El es nuestra Salvación. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de la Virgen de la Cueva Santa

S.I. Catedral de Segorbe – 2 de septiembre de 2007

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor!

Un año más el Señor nos convoca a esta Eucaristía en honor de nuestra Patrona, la Virgen de la Cueva Santa. Os saludo de corazón a todos cuantos habéis acudido a esta celebración para así mostrar vuestro sincero amor de hijos a la Virgen Madre. Saludo cordialmente al Ilmo. Cabildo Catedral y a los sacerdotes concelebrantes, a toda la Ciudad de Segorbe, al Sr. Alcalde y a la Corporación Municipal, a las autoridades que nos acompañan, a las Reinas Mayor e Infantil de las Fiestas y a sus damas.

Si hoy hemos acudido a esta Eucaristía, es porque estamos convencidos de que María, la Madre del Hijo de Dios, es también nuestra madre y mediadora de todas las gracias. María es siempre la Madre buena que acoge, que espera, que siempre tiene en sus labios la palabra oportuna o el silencio elocuente. Y, en verdad, que la necesitamos a Ella, su palabra, su aliento y su ejemplo.

Somos hombres y mujeres de la época de la técnica, del progreso científico, de los grandes avances y descubrimientos. Pero al mismo tiempo damos la impresión de andar por la vida como huérfanos de padre y madre, y, por lo mismo, desorientados, aturdidos, inseguros y desesperanzados. Nuestro mundo se parece con mucha frecuencia a un desierto donde se ceba la soledad, la amargura, del sinsentido. Nuestro mundo no por más desarrollo material y bienestar social es por ello más humano. Es la consecuencia de haber aparcado a Dios de nuestras vidas. Si María fue elegida para ser Madre de Dios, para hacer que Dios pudiera poner su tienda en medio de nuestro campamento, a Ella tenemos que acudir para que lo devuelva a nuestros corazones, a nuestras familias, a nuestra sociedad, a fin de que el desierto que padecemos se torne pronto en vergel frondoso.

María es la Madre. Acudimos hoy a Ella para pedirle que avive nuestra fe, nos fortaleza en la esperanza y nos aliente en la caridad. Porque Ella es un ejemplo de estas tres virtudes tan necesarias para todo cristiano.

La Iglesia hace suyas las palabras de Isabel del Evangelio de hoy y proclama de María esta alabanza: “Dichosa tú que has creído, porque se cumplirán en ti las palabras que el Señor te ha dicho” (Lc 1,45). Grande fue la fe de la Virgen que creyó sin dudar el mensaje del Arcángel Gabriel. María, desde su libertad y humildad, está abierta al designio de Dios, se fía plenamente de su palabra; cree que será la Madre del Salvador sin perder la virginidad; ella, la mujer humilde que se sabe deudora de su ser, cree que será verdadera Madre de Dios, que el fruto de su seno será realmente el Hijo del Altísimo. María se adhiere desde el primer instante con todo su ser al plan de Dios sobre ella, que trastorna el orden natural de las cosas: una virgen madre, una criatura madre del Redentor. María creyó cuando el ángel le habló, y sigue creyendo aún cuando el ángel la deja sola, y se ve rodeada de las humildes circunstancias de una mujer cualquiera que está para ser madre.

Pero María, la mujer creyente, avanzó en la peregrinación de la fe. Ni el designio de Dios sobre ella, ni la divinidad de su Hijo le fueron totalmente manifiestos; ella tuvo que fiarse de la palabra de Dios. Ella vive apoyándose en la palabra de Dios. El designio de Dios se le oculta a veces bajo un velo oscuro y desconcertante. Así la extrema pobreza en que nace Jesús, la necesidad de huir al destierro para salvarle de Herodes, las fatigas para proporcionarle lo estrictamente necesario, su sufrimiento al pie de la Cruz. María, aunque no entendía muchas cosas, no dudó que aquel niño débil e indefenso, era el Hijo de Dios. Creyó y se fió siempre, aun cuando no entendía el misterio.

La Virgen María vivió de la esperanza: en ella se compendian todas las esperanzas de Israel: todos los anhelos y los suspiros de los profetas resuenan en su corazón. Nadie esperó la Salvación, más que ella, y en ella precisamente comienzan a cumplirse las promesas divinas.

En el Magnificat encontramos una expresión que revela la actitud interior con que María vive su fe desde la esperanza: “Proclama mi alma la grandeza del Señor … porque ha mirado la humillación de su esclava”. María sabe que sin Dios nada es, y se arroja en los brazos de Dios con la más intensa esperanza en su socorro. Nadie mejor que María tuvo el conocimiento concreto de su propia nada; ella sabe bien que todo su ser volvería a caer irrevocablemente en la nada, si Dios no la sostuviese en todo momento. Sabe que todo lo que es y lo que tiene, no proviene de ella sino de Dios, que todo cuanto es, es puro don del amor gratuito de Dios, fruto de su gracia. La gran misión, para la que ha sido elegida, los extraordinarios privilegios con los que ha sido adornada por el Altísimo, de ningún modo le impiden ver y sentir su ‘bajeza’.

Pero esto lejos de desanimarla, de llevarla a sublevarse ante Dios, de intentar independizarse de Dios, le sirve de motivo para arrojarse en los brazos de Dios. Cuanto más es consciente de su nada, más se eleva su alma en la esperanza; porque es verdaderamente pobre de espíritu, no pone su confianza en sus recursos, en su capacidad, en sus méritos. Pone en Dios toda su confianza, y Dios que rechaza vacíos a los ricos y llena de bienes a los necesitados, ha saciado su hambre, ha escuchado sus esperanzas, cumpliendo en ella las esperanzas de su pueblo. La esperanza de María fue fuerte y total, precisamente en los momentos más difíciles de su vida: en el intento de abandono de José, en la huída a Egipto o a los pies de la Cruz.

María es la llena de gracia, la predilecta del amor de Dios, ella es la elegida por puro amor y gratuidad divinos para ser la Madre del Salvador. Y ella supo responder a este amor de Dios con su amor entregado, con un ejercicio activo y constante de caridad. Ella entrega su persona totalmente a Dios. El mérito de María es saber responder con amor entregado y fiel a los dones recibidos de Dios. “He aquí la Esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra”. La voluntad divina, a veces oscura y misteriosa, la encuentra siempre pronta para una perfecta adhesión. El fiat pronunciado en la Anunciación es la actitud constante de su corazón consagrado del todo al Amor.

La caridad a Dios, de que María estaba llena, la llevaba a darse, con un mismo acto de amor a Cristo y a los hombres. El mismo amor que la une al Hijo le impulsa a amar a los hermanos. Esta es la característica del verdadero amor de Dios: quien lo posee, se abre para que el amor de Dios pueda llegar a los otros. Por amor se pone María de camino para visitar a su prima Isabel; el amor le lleva a percibir y atender con prontitud la necesidad de los novios de Caná. Por amor se entrega como madre de los discípulos y de la Iglesia al pie de la cruz.

Maria, hermanos, nos enseña a creer en nuestra vocación cristiana, en nuestra llamada a participar de la vida más plena: la vida misma de Dios. María nos enseña a acoger con fe el don de Dios y a seguir creyendo, incluso en los momentos de oscuridad, en la dificultad, en nuestros miedos. Dios es fiel a su palabra: nos podemos fiar de él. La Santísima Virgen María fue dichosa por haber creído. Ella es Madre de los creyentes; la mujer fiel que vive de la fe: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. Nosotros con Ella, nos hemos de sentir también inmensamente dichosos porque creemos. ¡Qué dicha, qué felicidad tan grande la de la fe! ¡Qué don tan grande el ser parte de la Iglesia! ¿Qué sería de nosotros, qué sería de nuestro pueblo sin la fe? ¿Qué sería de nosotros sin la Iglesia?

No sabemos bien lo que tenemos con la fe. Seríamos, con toda certeza, otra cosa sin la fe; e igualmente seríamos otra cosa sin la Virgen María.  ¡Cómo lleva Segorbe en su corazón el amor a María, la Virgen de la Cueva Santa. A pesar de la secularización imperante, permanece en lo más vivo y hondo de este noble pueblo un sentido religioso y una confianza grande en la protección materna de María. Acudís a Ella porque brilla en nuestro camino, como signo de consuelo y de esperanza. Ella es la Madre de Jesús, y todo su gozo, gozo de madre nuestra, está en llevarnos hasta Jesús. En el fondo no se acude a María si no es para encontrar en Ella a Jesús y su salvación. Cuando le cantamos le rezamos la popular Salve le pedimos que nos muestre a Jesús, en quien está la salvación.

La Virgen, hermanos, nos ofrece a su Hijo y nos invita a creer en El como el Maestro de la Verdad y el Pan de vida. Por eso las palabras de María en Caná “haced lo que El os diga” (Jn 2,5) constituyen también hoy el núcleo de la nueva Evangelización. Se trata de hacer vida la fe y la esperanza que profesamos, y cumplir los mandamientos del Señor, que tienen en el precepto del amor a Dios y al hermano, el centro de la identidad cristiana.

Nuestra Iglesia diocesana y cuantos la formamos estamos llamados a anunciar con renovado ardor a Jesucristo para que su mensaje de salvación penetre en las conciencias y en la vida de todos, convierta los corazones y renueve las estructuras de nuestra sociedad. Estamos llamados a anunciar y trabajar por el Reino de Cristo, “Reino de la verdad y de la vida, de la santidad y la gracia, de la justicia, del amor y de la paz”. Para ello María nos ofrece a Cristo como fundamento de unidad, de paz y convivencia fraterna en nuestra sociedad; convivencia que requiere la práctica de la justicia social y la solidaridad con los más pobres. En la sociedad actual están en juego muchos valores que afectan a la verdad y dignidad de la persona humana; la defensa y promoción de estos valores depende en gran parte de la fe y de la coherencia de los cristianos con las verdades que profesamos.

La devoción a la Virgen de la Cueva Santa está profundamente arraigada en vosotros. Para que esta devoción no se quede en mero sentimiento intimista o en mera tradición, nuestro recuerdo y veneración de la Virgen piden que vivamos y testimoniemos de uno modo claro y coherente nuestra fe en Cristo en el seno de nuestra comunidad eclesial. Nuestra devoción mariana nos llama a vivir y manifiestar nuestra identidad cristiana en un mundo cada vez mas secularizado y consumista, desesperanzado e insolidario. Nuestra devoción a la Virgen ha de favorecer a la vez la práctica personal, comunitaria y familiar de las virtudes cristianas.

Pidamos al Señor por la intercesión de la Virgen, Nuestra Señora de la Cueva Santa, que nos conceda la gracia de ser fieles a la fe, firmes en la esperanza y generosos en la caridad para ser como María verdaderos testigos de Cristo y de su Evangelio. Que la participación en esta Eucaristía sirva, hermanos, a nuestra renovación personal y comunitaria en la fe, en la esperanza y en la caridad. ¡Pido a la Virgen de la Cueva Santa que nos enseñe y ayude a acoger a Dios y a Cristo Jesús, el Hijo de Dios y de Maria, en nuestra existencia, en la vida pública y en la vida privada! ¡Que María, la Virgen de la Cueva Santa, nuestra Patrona, nos siga alentando a todos para vivir con fidelidad nuestro ser cristiano! ¡Que la Virgen de la Cueva Santa nos proteja a todos y a nuestra Ciudad en nuestro peregrinar por los caminos de la vida! Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Coronación de la Mare de Déu de Gracia de Villarreal

 

Iglesia Arciprestal de Villarreal, 2 de septiembre de 2007

 

“Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1, 28). Con estas palabras del Arcángel Gabriel saludamos esta mañana con gozo desbordante y con afecto filial a la Madre de Déu de Gracia. Y con sus mismas palabras alabamos y damos gracias ante todo a Dios, proclamamos la grandeza del Señor, porque ha hecho en ella maravillas. Con este sentimiento de alegría contenida y de gratitud sentida nos disponemos a coronar su imagen en nombre y con la autoridad del Santo Padre, Benedicto XVI, y a declararla patrona ante Dios de esta querida Ciudad de Villarreal. Agradecemos de todo corazón al Santo Padre estas gracias, que nos ha concedido; y le expresamos nuestro afecto filial y nuestra cordial comunión a Él que nos preside en la fe y en la caridad. Gracias Santo Padre.

Saludo de corazón a todos cuantos os habéis unido a esta celebración: a los Sres. Párrocos de esta iglesia Arciprestal, que nos acoge, al Sr. Arcipreste y Sres. Párrocos del resto de las parroquias de la Ciudad, a los Sres. Vicarios, al resto de sacerdotes y al diácono que nos acompañan. Saludo con afecto y respeto a las muy dignas autoridades civiles, al Sr. Alcalde y a los miembros de la Corporación Municipal, al Honorable Ser. Consejero de Educación de la Generalitat Valenciana. Mi saludo a la Reina y a las Damas de las Fiesta. Y -¡cómo no!- a cuantos nos seguís desde vuestras casas por TV, muy especialmente a los enfermos y a los mayores.

La historia de Villarreal es impensable sin la Mare de Déu de Gracia. Ya desde el mismo origen de la Ciudad y a lo largo de los siglos hasta el día de hoy, la Mare de Déu de Gracia ha sido y es para los villarrealenses la Madre atenta y solícita, mediadora de todo don y de toda gracia, venerada e invocada como auxilio de los cristianos, consuelo de los afligidos y refugio de los pecadores. Ella es signo y medio permanente de la bondad de Dios para con todos vosotros. Así lo entendieron y vivieron nuestros antepasados en la fe: fue esta experiencia de la cercanía maternal de María, la que les condujo a la formulación del Voto perpetuo del pueblo de Villarreal aquel 13 de junio de 1757. Al hacerlo no sólo manifestaban su sincera gratitud a la Madre por todos los bienes recibidos a través de su intercesión, sino que también expresaba su fe viva y vivida en ella como Madre de Dios y Madre nuestra. En recuerdo del 250 Aniversario del Voto y siguiendo la estela de nuestros antepasados hoy coronamos su imagen y la declaramos Patrona de la Ciudad de Villarreal.

Al coronar su imagen, proclamamos a María, la Mare de Deu de Gracia, Reina nuestra. Sí, ella es Reina porque es la Madre de Hijo de Dios, el Rey mesiánico, cuyo reino no tendrá fin (cfr. Lc 1, 33). María es Reina, porque íntimamente unida a Cristo y a su obra redentora, nos lleva a la fuente de la Gracia (cfr. Jn 19, 26-27). María es Reina, porque ya participa plenamente de la gloria de su Hijo en cuerpo y alma y ha recibido la corona merecida (cfr. 2Tm 4,8), la corona de gloria que no se marchita, y es así nuestra esperanza (cfr. 1Pe 5, 4). María, la Madre de Dios, la Madre de la Gracia, es también nuestra Madre, la Madre de la Iglesia y de todos los creyentes que acompaña ya a la Iglesia naciente y acompaña a los creyentes de todos los tiempos en su peregrinaje por los caminos de la historia. Generación tras generación, los creyentes experimentamos su protección maternal; por ello la invocamos con confianza, la llamamos bendita entre todas las mujeres y la proclamamos Reina.

Pero no podemos separar a María de su Hijo. Su grandeza y realeza radican en ser la criatura elegida por Dios para ser Madre de su Unigénito, el Mesías y Rey. El Hijo de tu vientre le dice el Ángel “será grande, se llamará hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin” (Lc 1, 30).

Gracias a María, gracias a su fe y confianza en Dios, gracias a su esperanza en el cumplimiento de las palabras del Arcángel y gracias a su gran amor, se ha podido realizar el acontecimiento más importante de la historia. Con ella se abre la puerta de la restauración humana. Por la Encarnación del Hijo de Dios en su seno virginal, Dios ha venido a nosotros, se ha hecho el Dios con nosotros, el Dios que camina a nuestro lado.

Gracias a María, la Palabra de Dios se ha hecho hombre en su seno por obra del Espíritu Santo; en su Hijo, Dios nos comunica la Verdad última y definitiva de Dios sobre sí mismo, sobre la creación y sobre el hombre: en Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre en el seno de María, Dios nos muestra su designio amoroso sobre el hombre, la historia y el mundo: no caminamos hacia la destrucción o la nada; nuestra meta no está en el disfrute de lo efímero de las cosas: Dios, que es amor, llama al hombre a la vida para hacerle partícipe de su misma vida, que es vida sin fin, que es felicidad plena. En el Verbo de Dios encarnado Dios mismo se ha unido definitivamente al hombre y a todo hombre para hacernos partícipes de la misma Vida de Dios; por su muerte y resurrección nos ha liberado de esclavitud del pecado y de la muerte y nos ha devuelto la Vida. Jesús de Nazaret, el Hijo de María, es el Camino hacia Dios y los hermanos; El es la Verdad plena sobre el mismo hombre; El es la Vida para el mundo.

Por todo esto, coronar la imagen de la Mare de Déu de Gracia es una ocasión más que privilegiada para volver nuestra mirada a Jesucristo, Redentor de todos los hombres y el único en el que podemos ser salvos, el único que tiene palabras de vida eterna.

La imagen de la Mare de Déu de Gracia tiene en su brazo a su Hijo. Acudimos a Ella porque brilla en nuestro camino, como signo de consuelo y de esperanza. Todo su gozo, gozo de madre nuestra, está en darnos a Cristo, en llevarnos hasta Jesús. En el fondo no se acude a María si no es para encontrar en Ella a Jesús y su salvación. Quien se acerca a María que nos muestra a Jesús, fruto bendito de su vientre, se acerca también al Salvador.

Es preciso que nuestra Iglesia, que nuestras comunidades cristianas y que los cristianos demos un gran paso en el acercamiento a Jesucristo, en el amor a Él, en su seguimiento, en el anuncio de su Redención. Es necesario, mis queridos hermanos y hermanas, que abramos de par en par nuestro corazón a Cristo, al Hijo de Dios, al Enmanuel, Dios-con-nosotros, que, nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros excepto en el pecado. El es la Palabra, que, encarnándose, renueva todo; el que siendo verdadero Dios y verdadero hombre, Señor del universo, es también señor de la historia, el principio y el fin de toda ella.

Esta persuasión y certeza es el eje sobre el que se debe articular nuestro proyecto de vida, de familia y de sociedad. Mirar a Jesucristo, encontrarnos con Él, identificarnos con Él, conocerle, amarle, seguirle, poner todo en relación con Él, hacer que Él esté en el centro, y que Él dé vida e ilumine todo: ése es precisamente el sentido de nuestro existir cristiano. El camino de la renovación de la Iglesia y del mundo no puede ser otro que Cristo.

De manos de María hemos de volver a la escuela de Cristo para hallar el verdadero, el pleno, el profundo sentido de palabras como paz, amor, justicia, libertad. Se hace urgente, mis queridos hermanos, un continuo esfuerzo por volver a Cristo, para que podamos tener el valor de decir sí a la vida, al respeto de la dignidad de todo ser humano, a la familia, fundada en el verdadero matrimonio, al trabajo honrado para todos, al sacrificio intenso para promover el bien común. Necesitamos volver a esta escuela de Cristo, que es conocimiento de El, que es escucha de su palabra, que es trato de amigo con El, para convertirnos a Dios, para poder decirle sí a Él, que es el camino, la verdad y la vida. Para que sea posible la edificación de la nueva civilización del amor y la construcción de la paz, sólo existe un camino: ponerse a la escucha de Cristo, dejándose empapar por la fuerza de su gracia; sólo existe una vía: volver a la escuela de Cristo.

Miremos, una vez más, a la Mare de Déu de Gracia. Escucharemos aquellas palabras que dijo a los criados en las bodas de Caná: “Haced lo que Él os diga”. Que es lo mismo que decirnos: acoged la palabra de Cristo en la fe, seguidla en la vida, haced de ella la pauta de vuestra conducta individual, familiar, social y pública. María nos remite a Jesucristo que es el único programa válido para la gran renovación de la humanidad y de la sociedad de nuestro tiempo.

La Virgen, unida estrechamente a su Hijo Jesús, señala la senda que ha de seguir el cristiano tras su Señor. Una verdadera devoción a la Virgen llevará consigo una constante voluntad de seguir sus huellas en el modo de seguir a Jesús, su Hijo y Señor. María dedicada constantemente a su Hijo, se nos propone a todos como modelo de fe, como modelo de existencia que mira constantemente a Jesucristo. Como María, el cristiano se abandona confiado y esperanzado en las manos de Dios, vive dichoso, como ella, de la fe: nada hay tan apreciable como la fe que se traduce en amor.

La Virgen María es proclamada “dichosa porque ha creído”, porque es la mujer de la fe y de la confianza en Dios. Ella se autodefine como la “humilde esclava del Señor”, y así proclama la verdad de Dios, de Dios que es grande. “María desea que Dios sea grande en su vida, que esté presente en todos nosotros. No tiene miedo de que Dios sea un ‘competidor’ en nuestra vida, de que con su grandeza pueda quitarnos algo de nuestra libertad, de nuestro espacio vital. Ella sabe que, si Dios es grande, también nosotros somos grandes. No oprime nuestra vida, sino que la eleva y la hace grande: precisamente se hace grande con el esplendor de Dios” (Benedicto XVI).

El reconocimiento de Dios y de su ley engrandece al hombre, lo enriquece; y su negación u olvido lo empequeñece y empobrece. El asunto fundamental del hombre, siempre y particularmente en nuestro tiempo, es reconocer a Dios. El verdadero drama de nuestro tiempo y la gran cuestión con la que se encuentra el hombre de Occidente es el olvido de Dios (Benedicto XVI).

En una fe como la de María es donde está el futuro del hombre, de la humanidad entera. Su confesión de fe, su entrega de fe a Dios en la Encarnación es lo que ha abierto a la humanidad entera a la gran esperanza. Cierto que “creer se ha vuelto más difícil, porque los hombres se han construido su propio mundo, y encontrar a Dios en este mundo se ha convertido en algo muy difícil” (Benedicto XVI). Por esto mismo es necesario que acudamos a María, que nos fijemos en María, la mujer creyente para descubrir la grandeza y la maravilla de la fe en Dios, de cómo el creer nos engrandece. Creer es algo bello, es algo grande, es gozoso, llena de esperanza, nos abre a una humanidad nueva hecha de hombres nuevos precisamente con el don de la fe.

Reconozcamos a Dios como lo hizo María; proclamemos, sin miedo ni temor alguno, su inmensa grandeza, su infinito poder que es su bondad y su amor misericordioso. Afirmar a Dios, reconocerle, adorarle, agradecerle y alabarle es donde radica la verdad y la grandeza del hombre. Estamos inmersos en un ambiente cultural en el que se olvida a Dios o se vive de espaldas a Él, como si no existiera. Algunos incluso abogan por la desaparición de Dios de la esfera e historia humana, y hasta postulan la erradicación de su nombre de la sociedad y de la educación. Lo que está en juego en nuestro tiempo es un mundo con Dios o sin Él. Lo más grave que puede pasar al hombre y a nuestra civilización es el olvido o el rechazo de Dios. La suerte del hombre está en Dios, como canta María en el Magníficat. Somos de Dios, creación suya, estamos en sus manos, El nos guía en la historia y ensalza de nuestra postración. Él nos ha redimido, nos salva y nos ama con amor perpetuo, con misericordia y compasión sin límite. En Él está la vida eterna, nuestra vida plena, la felicidad y la alegría, el futuro y la meta. Somos de Él y para Él. El corazón humano trata en vano de extraer vida de otras fuentes pero, en realidad, se destruye, como demuestran tantos signos de nuestro tiempo. En la ausencia de Dios se funda la crisis de nuestra cultura y de nuestra civilización, la de la sociedad y aun de sectores eclesiales.

Sólo se superará esta crisis si desaparece ese silencio y ausencia de Dios, si se le devuelve a Dios el lugar vital y central que le corresponde en el corazón, en el pensamiento y en la vida del hombre, como lo vemos en la persona y vida de la Virgen María, como refleja en su canto del Magníficat. Dios fue el centro de su vida, fue todo para Ella: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. Así de Ella, por ese confiarse a Dios, nació el Salvador, el que es Luz de las gentes, Redentor único, Camino, Verdad y Vida, reconciliación y paz, el que trae el verdadero y profundo cambio, la transformación más honda y verdadera de nuestro mundo.

A partir de la fe en Dios, “debemos encontrar los caminos para encontrarnos en la familia, entre las generaciones y también entre las culturas y los pueblos, entre los caminos de la reconciliación y de la convivencia pacífica en este mundo, y los caminos que conducen hacia el futuro. y estos caminos hacia el futuro no los encontraremos si no recibimos la luz desde lo alto” la que viene de Dios (Benedicto XVI).

Queridos hermanos. Nuestra devoción a María, la Mare de Déu de Gracia será auténtica si de manos de María acogemos a Dios, a Cristo y su Evangelio en nuestra vidas, si participamos en la vida de la comunidad eclesial, si damos testimonio público de nuestra fe en defensa del hombre, de su dignidad, de su verdadero ser y de su verdadero destino. Nuestra devoción a la Virgen de Gracia será sincera si descubrimos en María la primera discípula del Señor y seguimos sus pasos. María es el modelo de quienes en la Iglesia se ponen en camino para llevar la luz y la alegría de Cristo a los hombres de todos los lugares y de todos los tiempos.

Miremos, hermanos, a María. Ella es la estrella que nos guía en el peregrinaje de nuestra vida. Ella es la causa de nuestra alegría; su gloria es aliento para nuestra esperanza. Su fe y obediencia a la Palabra de Dios, que se hace carne en su seno virginal, el modelo y camino para llegar a la meta prometida. Ella es nuestra intercesora ante el Padre, el Hijo y el Espíritu. Acudamos a ella en todos los momentos de nuestra vida, en el dolor y en la enfermedad, en las alegrías y en las penas. Ella nos remite a su Hijo muerto y resucitado, el Evangelio de la esperanza.

Que la Mare de Déu de Gracia os arraigue en la fe y en la vida cristiana a los niños y a los jóvenes, a los matrimonios y a las familias. Que Ella os proteja en vuestras necesidades y sufrimientos. Que Ella os ayude a mantener vivas las raíces cristianas de este Pueblo de Villarreal, que a partir de hoy la proclama como Reina y Patrona. Amen.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Coronación de la Virgen de Gracia

Queridos diocesanos:

Este primer domingo de septiembre, la imagen de la ‘Mare de Déu de Gracia’ de Villareal será coronada canónicamente en nombre de su Santidad, Benedicto XVI, y será declarada Patrona de la Ciudad. Son gracias que nos ha concedido el Santo Padre a petición expresa de las cinco Parroquias y del Ayuntamiento de la Ciudad, respectivamente. Deseamos conmemorar así con gratitud, gozo y esperanza el 250 Aniversario del ‘Vot perpetuo del Poble’ en 1757. Aquel año, para reconocer las innumerables gracias recibidas del cielo por intercesión de la Virgen de Gracia, el clero de la iglesia arciprestal y el Ayuntamiento de la Ciudad acordaron que la imagen de la “Mare de Déu de Gracia” sería trasladada desde su ermita hasta la Villa anualmente cada viernes anterior al 1er domingo de septiembre. Este año conmemoramos la efeméride coronándola y declarándola Patrona.

Durante todo un año se ha venido preparando esta celebración. Porque no se trata tan sólo de recordar un hecho del pasado, que es ciertamente historia viva; se trata ante todo de intensificar con este motivo la devoción a la Virgen de Gracia para que, llevados de su mano, nos convirtamos a Dios, nos encontremos con Cristo, su Hijo, y así dejemos que se avive nuestra fe y vida cristiana personal y comunitaria.

Porque coronar a María significa proclamarla Reina nuestra. Y la proclamamos Reina porque es la Madre del Hijo de Dios, el Rey mesiánico: ella nos da a Cristo, nos lo ofrece y nos conduce a Él. María es Reina, por ser la Madre de la Gracia; íntimamente unida a Cristo y colaboradora eminente en su obra redentora, la Virgen es mediadora de todas las gracias. María es Reina, porque, al participar ya plenamente de la gloria de su Hijo al haber sido llevada en cuerpo y alma al final de su vida terrena a los cielos, es aliento en nuestra esperanza. María nos acompaña a los creyentes de todos los tiempos en nuestro peregrinaje por la historia. Si acudimos a ella con fe verdadera y devoción sincera podemos experimentar su protección maternal; por ello la invocamos con confianza, la llamamos bendita entre las mujeres y la proclamamos Reina.

La Virgen de Gracia ha sido en el pasado y sigue siendo hoy para los católicos de Villareal un signo y medio permanente de la bondad de Dios para con todos. Ella, la Madre de Dios, es la madre solícita y amorosa, mediadora de todo don y de toda gracia. Fue la experiencia secular de la cercanía maternal de María, la que condujo al Voto; esta misma experiencia nos mueve hoy a coronar de la imagen de la Virgen de Gracia. Es una pequeña muestra del amor y de gratitud del pueblo de Villareal a la Virgen, ‘la Mare de Déu de Gracia’.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López

Obispo de Segorbe-Castellón