Testigos del Amor y del Perdón

Queridos diocesanos:

Este Domingo serán beatificados en Roma 498 mártires, que dieron su vida por amor a Jesucristo en España durante la persecución religiosa de los años treinta del pasado siglo XX. Dos de ellos nacieron en nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón: una en Castellón, Sor Luisa Pérez Brihuega, monja Adoratriz Esclava de Santísimo Sacramento y de la Caridad; y otro en Villarreal, el carmelita, Fray Ludovico María Ayet Caños.

Con su beatificación, la Iglesia declara solemnemente que todos ellos murieron como mártires, como testigos heroicos del Evangelio. Después de un largo y minucioso estudio e investigación, caso por caso, consta que todos entregaron su vida cruentamente por haber sido cristianos. Murieron “por odio a la fe” de parte de quienes los mataron o mandaron matar. No son caídos de la guerra, sino mártires de Cristo. No son fruto de una contienda en la que caen de uno y otro bando. Son testigos de Cristo, que se han mantenido fieles a su fe y amor a Cristo hasta la muerte. No cabe duda que murieron víctimas de una persecución religiosa contra la Iglesia católica. Nuestros mártires no murieron en el frente luchando, ni por su militancia política; fueron buscados y asesinados por ser cristianos. Eran obispos, sacerdotes, frailes o monjas o seglares creyentes, de todas las edades y clases sociales. Se les pidió renunciar a su fe, y ellos se mantuvieron firmes en esa fe y en su amor a Cristo.

Este mismo amor a Cristo les llevó a responder al odio con amor y perdón. Ellos murieron perdonando y amando a sus verdugos. Así nos dejaron el hermoso e impagable testimonio del perdón como el único camino para la reconciliación. Ni el odio al otro, ni el deseo de su destrucción, sólo el amor es el camino de la construcción de una sociedad verdaderamente humana. Los mártires no ofendieron a nadie, no impusieron a nadie sus creencias, querían vivir en libertad la fe cristiana. Su trabajo fue hacer el bien, pero el odio contra la religión no los soportaba. Llenos de fe y de amor al Señor, su Dios, confortados por el rezo del santo rosario, alimentados, cuando era posible, con la Eucaristía, cantando salmos, gritando vítores a Cristo, en ellos triunfó el amor y el perdón.

No faltan quienes quieren desfigurar su grandeza, o quienes buscan politizar su beatificación por interés ideológico o por el intento de desfigurar la historia. La Iglesia nos los propone hoy como ejemplo de amor, de perdón y de reconciliación. Demos gracias a Dios por el testimonio de estos mártires. Ellos son un signo de esperanza para todos. Que su ejemplo nos ayude a vivir nuestra fe con fidelidad en tiempos de inclemencia.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Una Iglesia misionera

Queridos diocesanos:

Celebramos hoy la Jornada Mundial de las Misiones, el Domund, bajo el lema ‘Todas las Iglesias para todo el mundo’. Este día nos invita a todo el pueblo de Dios a tomar conciencia de la urgencia y de la importancia de la acción misionera de la Iglesia, también hoy y en todo lugar.

Estamos tan centrados en nosotros mismos que olvidamos la permanente actualidad del mandato misionero del Señor: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 19-20).

Ante el avance de la cultura secularizada, ante la disminución de las vocaciones, ante los intentos de recluir la fe cristiana a la esfera privada o a las sacristías, nuestra Iglesia diocesana corre el peligro de encerrase en si misma, de mirar con poca esperanza al futuro y de disminuir su esfuerzo misionero.

Hemos de abrirnos con confianza a la presencia del Señor en medio de nosotros: Él camina con nosotros, Él brega con nosotros en la barca de su Iglesia, Él nunca nos abandona y, con la fuerza del Espíritu Santo, nos guía hacia el cumplimiento de su plan eterno de salvación.

La Iglesia es misionera por su propia naturaleza. La Iglesia no vive para sí misma, sino para llevar a Cristo y su Evangelio a todas las gentes. La Iglesia es convocada por el Señor para ser enviada a la misión. La misión no es, por tanto, algo contingente y externo, no es algo optativo o secundario. La misión alcanza al corazón mismo de la Iglesia, es su razón de ser y de existir. Por esto, toda la Iglesia y cada Iglesia diocesana son enviadas a las gentes.

A pesar de las dificultades, el anuncio del Evangelio sigue siendo actual y urgente; es el primer servicio que como Iglesia debemos prestar a la humanidad de hoy, para orientar y evangelizar los cambios culturales, sociales y éticos, para ofrecer la salvación de Cristo al hombre de nuestro tiempo. Nuestra Iglesia no puede eximirse de esta misión universal.

En este día recordamos en la oración a nuestros misioneros. Pidamos a Dios que su ejemplo suscite nuevas vocaciones y una renovada conciencia misionera en nuestro pueblo cristiano. Nuestro amor al Señor se mide por nuestro compromiso evangelizador.

No se trata sólo de colaborar en la evangelización, sino de sentirnos protagonistas y corresponsables de la misión de la Iglesia. Esta corresponsabilidad conlleva que se incremente nuestra ayuda tanto en personas como en medios materiales, comenzando con nuestra aportación en la colecta. Y no olvidemos que nuestra principal aportación a la acción misionera de la Iglesia es la oración. ‘Roguemos al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies’.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Apertura del primer curso académico en Castellón de la Titulación de Enfermería

 

Capilla de Cristo Rey del Hospital Provincial de Castellón – 17 de octubre de 2007

 

Hermanos y hermanas en el Señor

Con esta Eucaristía y el Acto Académico posterior inauguramos el primer Año Académico en Castellón de la Titulación Enfermería de la Universidad CEU Cardenal Herrera de Valencia. La sociedad castellonense está hoy de enhorabuena por la ampliación de la oferta de estudios universitarios en la Ciudad, y en concreto de los estudios de enfermería; la sólida e integral formación de enfermeros y enfermeras en este Centro, fiel al proyecto educativo del CEU, beneficiará con toda seguridad a los ciudadanos en el cuidado de su salud integral, como ocurre ya en otros lugares de la geografía española.

También nuestra Iglesia diocesana se considera agraciada y enriquecida por este Centro Universitario. Como Obispo, Padre y Pastor de esta Iglesia que peregrina en Segorbe-Castellón, doy gracias a Dios por este nuevo don a nuestra Iglesia y agradezco a la Asociación Católica de Propagandistas, a la Fundación CEU y a la Universidad CEU Cardenal Herrera sus esfuerzos para establecerse en nuestra Ciudad en el ejercicio de la libertad de enseñanza y de la creación de centros de estudio superiores reconocidas en nuestra Constitución. Ruego a Dios para que esta Titulación sea la puerta de una presencia aún mayor en la formación universitaria de las futuras generaciones desde un planteamiento confesional católico, como es propio del CEU y de la Asociación Católica de Propagandistas que la sustenta. Agradezco también a las Instituciones públicas y privadas, en especial al Hospital Provincial, la colaboración prestada para hacer realidad este Título de Enfermería en la Ciudad.

En la apertura de esta Titulación en Castellón considero oportuno resaltar brevemente algo que pertenece a sus señas de identidad como Centro del CEU. Recordemos que la Asociación Católica de Propagandistas nació con la vocación de contribuir a la mejora de las instituciones y estructuras sociales desde una clara inspiración en el humanismo cristiano y al servicio del bien común, la pluralidad y el compromiso social. Desde este planteamiento se crearon en el ámbito de la educación el Centro de Estudios Universitarios en 1933 y el resto de los centros en años posteriores.

Desde el año 2005, el CEU y cuantos centros lo integran se proponen la promoción activa de la formación de las personas que conformarán la sociedad del futuro. Para ello el CEU ofrece una formación equilibrada, consciente del entorno personal y medioambiental, a través de la integración de los valores y virtudes humanos, reflejados en la ética, en la moral natural y en el sentido cristiano de la vida. Se trata pues, de ofrecer una formación cristiana y humana, con espíritu de servicio y afán de saber.

Como Obispo de esta Iglesia de Segorbe-Castellón oro a Dios para que esta Titulación de Enfermería, fiel al proyecto educativo del CEU, promueva la formación cristiana, humana y profesional de enfermeros y enfermeras con exigencia intelectual, excelencia académica y con una visión trascendente del hombre. No espero ni pido nada ajeno al propio planteamiento del CEU; él mismo se propone como los valores más significativos en sus centros educativos la educación católica de los jóvenes con criterios de apertura y búsqueda de la verdad, en un ámbito en el que primen el respeto, la solidaridad y la cercanía; la concepción integral del hombre, en la que la libertad realizada en la verdad se convierte en la dimensión esencial; la búsqueda del rigor, la exigencia y la excelencia académica en la actividad de toda la comunidad educativa; y finalmente la profesionalidad y eficacia,

Un quehacer diario de toda la comunidad educativa –de alumnos, profesores y administrativos- en estos valores será el mejor servicio que vuestro Centro puede prestar a la sociedad actual. No se trata tan sólo de formar buenos y eficaces profesionales, buenos técnicos de enfermería; se trata antes de nada de formar en el ser enfermeros, con una visión trascendente de la vida y de la persona, de la propia y de los futuros pacientes, con una visión de la dignidad sagrada e inviolable de toda persona desde su concepción hasta su muerte natural.

San Pablo, en la lectura de hoy, nos previene ante una visión inmanente y materialista de la vida y de la persona, ante una comprensión de la existencia cerrada a Dios, a su amor y a su vida: “Hay muchos que andan como enemigos de la Cruz de Cristo; su paradero es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas. Solo aspiran a cosas terrenas” (Filp 3,17 -4, 1)

Bien sabemos que el problema central de nuestro tiempo es la ausencia, el olvido de Dios. El secularismo y el laicismo ideológico imperantes conducen a la sociedad actual –sobre todo a la europea– a marginar a Dios de la vida humana. Una de sus graves consecuencias es que arrastran a muchos a la ruptura de la armonía entre fe y razón que tanto alcance tiene, y a pensar que sólo es racionalmente válido lo experimentable y mensurable, o lo susceptible de ser construido por el ser humano.

La concepción antropológica que de aquí se deriva es la de un hombre totalmente autónomo, que se convierte en criterio y norma del bien y del mal, un hombre cerrado a la trascendencia, un hombre cerrado en su yo y en su inmanencia. Dios ya no está presente en la solución de los problemas del hombre.

Pero el silencio de Dios, de su presencia, de su verdad y de su providencia sabia y amorosa abre el camino a una vida humana sin rumbo y sin sentido, a proyectos que acortan el horizonte y se cierran en intereses inmediatos, a idolatrías de distinto tipo. La ausencia de Dios en la vida social trae consigo consecuencias inhumanas, como son la pérdida progresiva del respeto a la dignidad de toda persona humana, o la absolutización de la ley política al desvincularla de la ley natural.

El silencio de Dios en nuestra cultura está llevando a la muerte del hombre, al ocaso de la dignidad humana. Cuando se reduce al hombre a su dimensión material e intramundana, cuando se le expolia de su profundidad espiritual, cuando se elimina su referencia a Dios, se inicia la muerte del hombre. Recuperar por el contrario a Dios en nuestra vida lleva a la defensa del hombre, de su dignidad, de su verdadero ser y de sus derechos, y del primer derecho fundamental, el derecho a la vida. Los derechos humanos tienen su fundamento último en Dios. Las leyes no los crean, las leyes los reconocen y protegen ante la permanente tentación de ser conculcados. La dignidad de toda persona humana y sus derechos inalienables proceden de la gratuidad absoluta del amor de Dios creador y redentor.

La Universidad, está Titulación de Enfermería, son lugar de búsqueda de la verdad por excelencia. Sin Dios, como “fundamento de la verdad”, sin Cristo, la Verdad, los valores, la educación, los derechos fundamentales tienden a convertirse en grandes palabras. Esta Titulación, por su carácter confesional católico, ha de formar cristianamente en favor del derecho a la vida. Es un derecho que debe ser reconocido por todos, porque es el derecho fundamental con respecto a los demás derechos humanos. En el reconocimiento de este derecho se fundamenta la convivencia humana y la misma comunidad política.

“Los creyentes en Cristo deben, de modo particular, defender y promover este derecho, conscientes de la maravillosa verdad recordada por el concilio Vaticano II: “El Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre” (Gaudium et spes, 22). En efecto, en este acontecimiento salvífico se revela a la humanidad no sólo el amor infinito de Dios, que “tanto amó al mundo que dio a su Hijo único” (Jn 3, 16), sino también el valor incomparable de cada persona humana” (ib.). Por eso, el cristiano está continuamente llamado a movilizarse para afrontar los múltiples ataques a que está expuesto el derecho a la vida. Sabe que en eso puede contar con motivaciones que tienen raíces profundas en la ley natural y que por consiguiente pueden ser compartidas por todas las personas de recta conciencia.

Por eso, pedimos al Señor y oramos al Espíritu de la Verdad que os ilumine y fortalezca a toda la comunidad educativa y a quienes os dedicáis a la ciencia para ser testigos de una conciencia verdadera y recta, para defender y promover el ‘esplendor de la verdad’, en apoyo del don y del misterio de la vida.. En una sociedad a veces ruidosa y violenta, con vuestra cualificación cultural, con la enseñanza y con el ejemplo, podéis contribuir a despertar en muchos corazones la voz elocuente y clara de la conciencia.

Como cristianos somos conscientes de que la luz de Cristo debe brillar en el mundo y su sal vivificarlo. Vivimos de la certeza de que el cristiano es, al mismo tiempo, ciudadano del cielo y miembro activo de ciudad terrena y de que, por tanto, debe vivir la unidad de vida que el Concilio Vaticano II y el Magisterio Pontificio propone para que seamos los testigos convincentes del Evangelio en aquellos campos propios de la vocación seglar en los que el hombre necesita la luz del discernimiento y la fuerza para trasformarlos según el espíritu del Evangelio.

Fieles al espíritu apostólico de vuestro Patrono, San Pablo, os habéis de sentir llamados a propagar el Evangelio a cada persona en particular y a todos los ambientes de nuestra sociedad en los que se juega el destino de los hombres. Que sólo os mueva la certeza de que el Evangelio es la Verdad que salva al hombre y le lleva a la plenitud de la felicidad. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe- Castellón

Hacer un cristiano hoy

Queridos diocesanos:

Nuestra Iglesia diocesana de Segorbe-Castellón se ha propuesto como tarea prioritaria ayudar a nuestros bautizados a vivir de verdad su ser cristiano, es decir la comunión con Dios en Cristo en comunión con los demás creyentes, y su compromiso en la misión de la Iglesia, la evangelización. Uno de los medios para lograr este fin será renovar y potenciar la iniciación cristiana según las orientaciones de la Iglesia y hacer de la catequesis un proceso continuo de crecimiento y maduración en la fe y vida cristianas.

Con frecuencia constatamos con cierta tristeza y desazón que los que han recibido los sacramentos de la iniciación cristiana (Bautismo, Confirmación y Eucaristía), no llegan a ser discípulos fieles de Jesús y testigos suyos en la Iglesia y en el mundo. Por ello surge la pregunta: ¿Cómo hacer hoy un cristiano?

Desde hace años estamos encontrando dificultades cre­cientes para engendrar y tallar en la fe a las nuevas generacio­nes. El ambiente familiar es muchas veces indiferente, tibio o, al menos, insuficiente para la educación y transmisión de la fe. La enseñanza religiosa en la escuela y la catequesis infantil y juvenil no logran que se personalice la fe y se madure en la vida cristiana, personal y comunitaria. La iniciación a la fe que reciben hoy muchos bautizados es un proceso discontinuo e incompleto, que difícilmente puede asegurar consistencia y coherencia cristiana. La fe o, al menos, la práctica religiosa y la coherencia de vida de muchos naufragan o quedan reducidas a un residuo en un contexto poco favorable a la fe cristiana.

La Iglesia tuvo durante siglos de paganismo ambiental un proceso de iniciación sólido, bien trabado y completo, que acogía a los candidatos a las puertas de la fe, los acompañaba a lo largo de varias etapas y los conducía a una fe adulta. La iniciación ofrecía eficazmente a los nuevos cristianos una adhesión firme a Jesucristo, una vinculación estable a la Iglesia, una participación asidua en la vida sacramental, una vertebración de los contenidos doctrinales del mensaje cristiano, un programa de conducta moral, una dirección para el compromi­so cristiano y una experiencia de oración individual y litúrgica.

Es cierto que la diferencia entre aquellos tiempos y los nuestros es abis­mal. Aquel era un mundo pagano, pero religioso. La semilla de la fe prendía en la tierra de una rica religiosidad. Pero, la atmósfera social de hoy es muy propicia para la increencia o la indi­ferencia religiosa. Sólo una iniciación cristiana seria, progresiva y orgánica puede asegurar, bajo la continua acción transformadora de la gracia, que emerjan cristianos del el siglo XXI. ¿Cuántos estaremos dispues­tos a este exigente recorrido que nos propone nuestra Iglesia dócil a la voz del Espíritu?

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de la Virgen del Pilar

Castellón, Iglesia de la Stma. Trinidad, 12 de octubre de 2007

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor.

Os saludo de corazón a todos cuantos habéis acudido a esta celebración para mostrar vuestro sincero amor de hijos a la Virgen del Pilar. Saludo cordialmente al Sr. Párroco de la Santísima Trinidad y a los sacerdotes concelebrantes. Saludo con afecto a la Directiva del Centro Aragonés en Castellón y a los Caballeros y Damas de la Virgen del Pilar y a las muy dignas autoridades que nos acompañan.

Con la hermosa y emotiva ofrenda de flores a la Virgen del Pilar antes de la Misa habéis mostrado una vez más el cariño y amor, la fe y devoción de los aragoneses a la Virgen del Pilar. Ahora en esta Eucaristía damos gracias a Dios por María, la Virgen del Pilar, por su patrocinio, guía y protección; agradecemos a Dios todos los dones que nos ha dispensado a través de su intercesión maternal generación tras generación. Esta mañana, miramos, honramos y rezamos a María; ella nos mira y nos acoge con amor de Madre; ella cuida de muestras personas y de nuestras vidas; ella camina con nosotros en nuestras alegrías y esperanzas, en nuestros sufrimientos y dificultades. ¿Qué sería de nosotros, de nuestras familias, de Aragón, de España y de Hispanoamérica sin la protección maternal de la Virgen del Pilar en el pasado y en el presente?

La Virgen del Pilar nos remonta a los primeros momentos de la anuncio del Evangelio en nuestra tierra, a las raíces cristianas de Aragón y de España. María, la dichosa por haber creído en la Palabra de Dios y haberla puesto en práctica, ella la primera creyente en la Palabra de Dios, está también con el Apóstol Santiago en el primer anuncio del Evangelio en nuestra Patria. La tradición nos dice que María reconforta y fortalece a Santiago, cansado y abatido a orillas del Ebro, en su difícil tarea de anunciar a Jesucristo entre nosotros. Desde entonces, la Virgen del Pilar es protectora y guía de los creyentes de nuestra tierra y de los pueblos hispanos de América en la tarea de anunciar, acoger y vivir a Cristo, la Palabra de Dios. María nos lleva a Cristo y nos une en la misma fe común en Cristo; una fe que es fuente de unidad y de fraternidad, una fe que es fuente de solidaridad entre las personas y los pueblos, más allá de fronteras nacionales y de egoísmos personales, sociales y regionales.

La Palabra de Dios, que hemos proclamado, subraya el significado de la Virgen del Pilar para todo el pueblo de Dios. María es el Arca de la Nueva Alianza. El Arca de la Antigua Alianza era el lugar por excelencia de la presencia de Dios en medio del pueblo de Israel en su peregrinar por el desierto (1 Cro 15,3-4.16; 16,1-2); María, la Virgen del Pilar, por ser la Madre de Dios, que ha llevado en su seno al Hijo de Dios es el Arca de la Nueva Alianza, es el signo elocuente de la presencia de Dios en nuestro mundo, en medio del pueblo cristiano, en medio de nuestro pueblo aragonés y español. Por ello la Virgen del Pilar es motivo de gozo para toda la Iglesia y para nuestro pueblo.

Como el Arca de la Alianza para el Pueblo de Israel, la Virgen es como “la columna que nos guía y sostiene día y noche en nuestro peregrinaje terrenal”. La columna, el Pilar, sobre el que se aparece y aparece representada la Virgen, es símbolo del conducto que une el cielo y la tierra; el Pilar es la manifestación de las acciones de Dios en el hombre y de lo que el hombre puede cuando da cabida a Dios en su vida, cuando se sitúa bajo la acción de Dios. El Pilar es signo y soporte de lo sagrado, el fundamento y soporte de la vida y del mundo, el lugar donde la tierra se une con el cielo, el eje a cuyo alrededor ha de girar la vida cotidiana si quiere ser verdaderamente humana.

María es la puerta del cielo, por ser la mujer escogida por Dios para venir a nuestro mundo. En ella la tierra y el cielo, Dios y el hombre, se han unido para siempre en Jesucristo. En El se desvela quien es el hombre, el mundo y la historia humana, cuál es nuestro origen y nuestro destino, cuál es el fundamento de nuestra existencia, que no son otros sino Dios mismo.

“¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!”, dice Jesús en el evangelio de hoy (Lc 11, 27-28). María es bienaventurada por ser la Madre de Dios, por haberle llevado en su seno, por haberle amamantado con sus pechos. Pero, es, sobre todo, dichosa y bienaventurada por haber creído, por ser la primera creyente: creyó que aquel que llevaba en su seno era el Hijo de Dios, creyó en su Palabra y la puso en práctica. María se convierte así en pilar de la Iglesia; en torno a ella, lo mismo que los apóstoles reunidos el día de Pentecostés, va creciendo el pueblo de Dios; la fe y la esperanza de la Virgen alientan a los cristianos en su esfuerzo por edificar el Reino de Dios día a día, siendo testigos de su amor.

“¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!”, nos dice Jesús hoy a nosotros (Lc11, 27-28). Jesús nos invita a avivar nuestra fe, a acoger con fe su Palabra, a llevar una vida coherente con la fe que profesamos. De poco o nada serviría nuestra devoción a la Virgen del Pilar si no nos lleva a Cristo, si no nos lleva a Dios. El Señor nos llama y no invita hoy de nuevo a una renovación profunda de nuestra fe y vida cristiana, personal, familiar y comunitaria. La fe cristiana y la devoción a la Virgen del Pilar, que hemos heredado, son un tesoro, pero necesitan ser interiorizadas, pasadas por el corazón, impregnadas por la experiencia creyente, y vividas con gozo y sano orgullo, sin miedos ni vergüenzas para que los cristianos lleguemos a ser verdaderos creyentes y testigos.

La fe cristiana y la devoción a la Virgen del Pilar no son ni pueden quedarse en un sentimiento pasajero. No nos avergoncemos de ser cristianos. La fe cristiana no es algo del pasado. Cristo Jesús, el Hijo de María, vive porque ¡ha resucitado! La fe cristiana no es un sentimiento subjetivo y volátil, propio de personas débiles o pusilánimes. La fe cristiana es creer en Dios y creer a Dios, que viene a nuestro encuentro en Cristo de manos María, la Virgen del Pilar. Antes de nada creemos en Cristo y creemos a Cristo Jesús. Antes de nada, la fe cristiana es una fe personal, basada en la experiencia de un encuentro personal con Dios en Cristo Resucitado. Esta experiencia de fe implica no sólo el asentimiento de nuestra mente sino que compromete nuestros afectos, nuestros valores y nuestra voluntad.

La fe cristiana, si es verdadera, lleva a asumir como propios los valores, las actitudes y los comportamientos de Cristo y a actualizarlos en nuestra concreta situación de vida. No es asunto exclusivo de la conciencia, de la vida íntima y privada. La fe transforma y ha de transformar la existencia en todas sus dimensiones: en la esfera personal y en la familiar, en la esfera laboral y en la pública. Intentar separar o excluir nuestra fe cristiana del ámbito laboral, social o público sería vivir o pedir que neguemos nuestra propia identidad en parcelas importantes de nuestra vida “¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!”.

Ser creyente en Cristo es trabajar para que la Buena Nueva del Amor de Dios llegue a todos. Cristo quiere darse a conocer a través de los creyentes, de su palabra y de su testimonio de vida. Este deseo de Cristo se corresponde con los deseos y necesidades más profundos de los hombres y mujeres de todos los tiempos, también de los de nuestra época. Tales deseos se ocultan debajo de una cultura que quiere vivir al margen de Dios.

La experiencia nos muestra y nos demuestra que una sociedad, que se cierra y excluye a Dios se vuelve más inhumana. Porque la igualdad fundamental de las personas, la inalienable dignidad de todo ser humano, desde su concepción hasta su muerte natural, la verdadera libertad del individuo frente a las manipulaciones de los poderosos, la defensa del débil, la protección y salvaguardia de la naturaleza son valores que tienen su origen en última instancia en Dios, revelado en Cristo. Es esta una fe que ha arraigado en nuestro pueblo y se ha mantenido viva a través de los siglos. Y un pueblo que olvida su pasado, pone en peligro su futuro. Por bien del hombre, de nuestra sociedad y de nuestro pueblo es hora de volver a hablar de Dios y de contar con su presencia en nuestra vida; en una sociedad cada día más excluyente de Dios es hora de anunciar sin miedo a Cristo, de avivar las raíces cristianas de nuestro pueblo. Nuestra herencia cristiana y nuestra devoción a la Virgen del Pilar no pertenecen a la arqueología; tampoco son un fardo que obstaculice el camino hacia el progreso, sino que son el mejor capital que poseemos.

La Fiesta de la Virgen del Pilar nos invita mirar a la Virgen María, para como ella, volver a creer en Cristo y vivir el Evangelio. La Fiesta de hoy nos invita tomar a María, la Virgen del Pilar, como modelo, estrella y guía en la obra siempre nueva de anunciar y vivir a Cristo, de fundamentar nuestra vida, nuestro trabajo en Dios, y de ofrecer a nuestra sociedad al Dios, que se nos ha revelado en Cristo y ha nacido de María. María fue la creyente por excelencia, que supo vivir en la esperanza y el amor a Dios y al prójimo. Como ella hemos de reavivar la fe, la esperanza y la caridad cada uno de los miembros de nuestra Iglesia, para que desde una fe viva pueda ser realmente evangelizadora.

Recordemos también hoy al Cuerpo de la Guardia Civil, en el día de su Patrona. Pidamos al Señor, que María, la Virgen del Pilar, la siga protegiendo en su trabajo de servicio a nuestro pueblo: un trabajo necesario para el bien común de nuestra sociedad.

¡Que la Virgen del Pilar nos ilumine y proteja a todos los fieles cristianos de España en los caminos de la fe, de la esperanza y de la caridad. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe- Castellón

Un nuevo Plan de Pastoral (II)

Queridos diocesanos:

En mi carta anterior os decía que la línea conductora del nuevo Plan Diocesano de Pastoral son tres palabras, que definen a nuestra Iglesia: misterio, comunión y misión. Ante el avance de la increencia, ante la indiferencia religiosa o la secularización en la sociedad y en el interior de la Iglesia, y ante el alejamiento de los mismos cristianos de la fe, de la vida cristiana y de la Iglesia consideramos urgente ayudar a redescubrir y vivir la propia identidad personal y comunitaria, es decir la comunión con Dios y con los hermanos y la corresponsabilidad en la misión de todos los cristianos en la Iglesia y en el mundo. Como consecuencia necesaria nos apremia también presentar y promover las vocaciones específicas al ministerio ordenado, a la vida consagrada y al laicado adulto en la fe.

Sólo una Iglesia evangelizada y vivificada por la gracia de Dios en sus miembros y en sus comunidades tendrá el vigor necesario para evangelizar nuestro mundo. Desde esta perspectiva de comunión y de misión prestaremos especial atención a la iniciación cristiana, a las familias y a los jóvenes, así como al lugar central que ocupa la Eucaristía, la espiritualidad y la caridad en la vida de todo cristiano y de toda comunidad cristiana.

Ahora nos toca a todos recibir el Plan de Pastoral. La notable participación en su elaboración nos ayudará a ello. Pero se necesita bastante más. Se nos pide que lo aceptemos cordial y efectivamente como directriz autorizada de la Iglesia, a través de la cual nos habla hoy el Espíritu. Además es necesario asimilarlo mediante su estudio sosegado, su reflexión compartida y su oración humilde y obediente, de modo que cale y convierta las mentes y los corazones, los hábitos y las sensibilidades pastorales. Su recepción solo será completa si es aplicado en las programaciones, proyectos y tareas pastorales de cada realidad diocesana según su ámbito de acción y atendiendo a las circunstancias, responsabilidades o carismas propios. Si no fuera así, el Plan quedaría en papel mojado o en letra muerta. Y la unidad, el aliento pastoral y la fecundidad evangelizadora de nuestra Iglesia se resentirían con ello.

La unidad de nuestra Iglesia también se vive, expresa y fortalece, cuando trabajamos en la misma dirección con los mismos acentos y criterios pastorales. Los organismos diocesanos, los arciprestazgos, las comunidades parroquiales y religiosas, los grupos o los movimientos, las asociaciones y cofradías no pueden ser compartimentos estancos, que vivan separados unos de otros. La comunión para la misión pide de todos la unidad en la acción pastoral.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Apertura de Curso de los Seminarios Diocesanos

Capilla del Seminario Diocesano ‘Mater Dei’, 2 de Octubre de 2007

 

Con esta Eucaristía, hermanos y hermanas en el Señor, iniciamos e inauguramos un nuevo curso académico en este nuestro Seminarios Diocesanos ‘Mater Dei’ y ‘Redemptoris Mater’. Para unos, los menos, significa el comienzo de un nuevo camino; para los más, es una nueva etapa en un camino comenzado hace uno, dos o más años.

A buen seguro que los sentimientos de quienes formamos esta comunidad educativa -alumnos, formadores, profesores, padres, personal de servicio- son muy variados al comienzo de esta nueva andadura: en unos estarán presentes la ilusión y los renovados propósitos ante la tarea de un nuevo curso, en otros prevalecerán quizá el temor a recaer en la conocida y asfixiante rutina de cada día, demodelora de las mejores intenciones, o el temor de no saber o poder estar a la altura ante los problemas y dificultades que diariamente plantea esta ardua tarea formativa; en otros serán la inseguridad y el desasosiego que producen el descenso progresivo de nuevos alumnos y de nuevas vocaciones. ¿Podemos quedarnos en estos sentimientos negativos? ¿Cómo afrontar un nuevo Curso en el Seminario Diocesano?

La comunidad educativa del Seminario Diocesano es, entre otras cosas pero fundamentalmente, una comunidad eclesial: y ello no sólo por estar instituida por la Iglesia diocesana con el fin de cultivar los gérmenes de vocación sacerdotal, de quienes en edad temprana, presentan indicios de esta vocación (seminario menor) o con el fin de formar a los futuros sacerdotes diocesanos (seminario mayor); es comunidad eclesial, sobre todo y principalmente, porque en ella se hace Iglesia, porque está constituida por personas llamadas por el Señor; personas, que forman una comunidad de discípulos del Señor, que busca y ayuda a vivir la vocación cristiana, para desde ahí ayudar a discernir, cultivar y madurar la posible o real vocación al ministerio sacerdotal.

Ahora bien: la Iglesia y toda comunidad eclesial vive, crece, se desarrolla y actúa en todo momento bajo el influjo, la fuerza y la guía del Espíritu Santo; la Iglesia deja de ser tal si está ausente el Espíritu del Señor; la comunidad eclesial del Seminario diocesano está abocada al fracaso en su tarea específica de discernimiento y formación vocacional sin la apertura y docilidad a la acción del Espíritu. Por ello iniciamos este curso implorando su fuerza, su asistencia y su guía. Todo cuanto la Iglesia ha realizado en sus casi dos mil años de existencia, todo cuanto la Iglesia sigue realizando en la actualidad, ha sido y es realizado en virtud de este divino Espíritu, que nunca ha cesado de asistirla; el Espíritu sigue infundiendo en su Iglesia el vigor necesario para el cumplimiento de su misión. Esta presencia del Espíritu no suprime ciertamente las dificultades y luchas diarias; pero sí que sostiene a su Iglesia para que avance a través de ellas con constancia, serenidad y alegría.

La fuerza de nuestra Iglesia actual, como lo fue para la iglesia naciente, está en dejarse guiar por el Espíritu Santo; la fuente de su energía, también y en especial en la dificultad, está en sacar del vínculo que la tiene íntimamente unida al Espíritu la fuerza para evangelizar, para preparar evangelizadores, para formar los pastores de la nueva evangelización. También en este caso debe cumplirse la palabra de Jesús: “cuando venga el paráclito, que yo os enviaré de parte del Padre… el dará testimonio de mi, y vosotros daréis testimonio” (Jn 15,26).

El testimonio que Jesús pide hoy a su Iglesia, el testimonio que el Señor pide a esta comunidad educativa del Seminario es un testimonio de convencida adhesión personal al Señor: un testimonio de fe en un mundo en que avanza la increencia; un testimonio de esperanza para una sociedad desesperanzada; y un testimonio de unidad en el amor para un mundo dividido por el odio, el egoísmo y las guerras.

Viviendo desde la adhesión personal al Señor, alimentada por la oración silenciosa y meditativa, personal y comunitaria de la Palabra y por los Sacramentos, y viviendo desde la experiencia fraternal de un mismo amor, será el Seminario signo e instrumento de Salvación y la comunidad de los discípulos, forjadora de Pastores. “Conságralos en la verdad”, pide Jesús al Padre; aplicándolo a esta comunidad, diríamos, consagra a cuantos formamos parte de ella para vivir, profundizar, estudiar, asimilar el Evangelio con tanto fervor que estemos dispuestos a entregar la vida y hasta sacrificarla por el anuncio de la Buena nueva, en esta tarea formativa.

Pero en la misma oración Jesús añadió: “sean perfectos en la unidad y conozca el mundo que tu me enviaste” (Jn 17.23). La caridad mutua de los discípulos y la perfecta unidad que de ella deriva, es lo que da testimonio al mundo de la veracidad y del valor del Evangelio.

El Espíritu Santo, que es Espíritu de verdad y de amor, va fortaleciendo y amalgando a su Iglesia para hacerla perfecta en la unidad ‘para que el mundo crea’. Donde el Espíritu Santo actúa y los hombres no ponemos obstáculo a su acción, promueve siempre unidad de los corazones y de las mentes, despierta el verdadero sentido de la fraternidad.

Para poder cumplir el seminario la tarea que tiene encomendada es necesario crear la unidad corazón y de mentes, una verdadera fraternidad, entre todos sus componentes: alumnos, formadores, profesores y padres. Todos estamos llamados, cada uno desde el lugar que ocupa en esta comunidad, a cooperar en la unidad de formación en beneficio de los formandos. Las distintas dimensiones de la formación -humana, académica, espiritual, comunitaria y pastoral- no pueden ser consideradas como compartimentos estancos, separados, y menos aún contrapuestos entre sí. Estas dimensiones deben estar integradas en la unidad de un proceso formativo, cuyo garante es el Rector. Actuar por libre en esta casa, no ver la propia tarea inserta en un conjunto mayor, no ayuda a la integración y va en detrimento de la formación.

El carácter específico del Seminario mayor es lo que ha conferir unidad a todo el proceso formativo. El Seminario mayor tiene la “tarea de formar a los futuros sacerdotes diocesanos” (PF 9). El seminario mayor es el presbiterio en gestación; de la calidad y vitalidad humana, cristiana, intelectual, sacerdotal y pastoral de los futuros pastores depende en gran medida que nuestras comunidades e Iglesia diocesana sean realmente vivas y evangelizadoras. Por ello formandos, formadores y profesores hemos de ofrecer lo mejor que tenemos con dedicación, preparación, exigencia y entrega para esta formación.

La formación de los futuros pastores concierne y tiene que concernir a toda la Iglesia diocesana: esta no puede vivir al margen del Seminario, no puede regatearle medios personales o materiales. Hay que intensificar los esfuerzos para profundizar los vínculos afectivos y efectivos entre el Seminario y las comunidades diocesanas: para que el seminario y el trabajo de cuantos lo forman sea querido, valorado y promovido en todas las comunidades de la Diócesis y para que ésta esté presente en el Seminario.

Para concluir, permitidme unas breves palabras, sobre una cuestión, objeto de primaria atención en este Curso: la pastoral vocacional. Todos conocemos las dificultades actuales en este ámbito: descenso de la natalidad, ambiente social contrario a las vocaciones, ausencia de la transmisión y vivencia de la fe en las familias, etc. Sin quitar validez a estas causas, yo me pregunto: ¿No son estas dificultades objetivas a la vez una fácil y socorrida justificación para no proponer a los niños, adolescentes y jóvenes de hoy la vocación al sacerdocio? Es más: ¿no es quizá el descenso de vocaciones de especial consagración y, en nuestro caso, al sacerdocio un síntoma de la falta de vitalidad cristiana de nuestras comunidades? La programación diocesana de este curso nos llama a formar miembros vivos y activos en nuestra Iglesia; todos, y especialmente los sacerdotes, familias y catequistas, estamos llamados a trabajar por reavivar la vocación cristiana de nuestros fieles y a proponer sin complejos los caminos concretos de vivir la vocación cristiana, y en concreto la vocación al sacerdocio.

!Que el Espíritu Santo nos conforte con su ayuda en las tareas de este nuevo curso y que el ejemplo de María, Madre del Señor, la Madre del redentor y Madre nuestra, siempre dócil a la llamada del Señor, nos enseñe a estar abiertos a las indicaciones del Espíritu Santo!

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe- Castellón

Fiesta de los Santos Ángeles Custodios, Patronos del Cuerpo Nacional de Policía

 

Castellón, Iglesia Basílica de la Mare de Déu del Lledó,

2 de octubre de 2007

 

Hermanos y hermanas en el Señor.

Convocados por el Señor celebramos un año más en torno a la mesa de su Palabra y de su Eucaristía la Fiesta del Cuerpo Nacional de Policía, recordando a los Santos Ángeles Custodios. Es una fiesta con ya larga tradición en la que honramos a los Ángeles Custodios, declarados Patronos tutelares del Cuerpo Nacional de Policía por Pío XI en 1926 a petición expresa del mismo Cuerpo Nacional de Policía. Queremos que hoy sea un día de alegría y de fiesta, de acción de gracias y de oración a Dios, Padre providente y amoroso, fuente de la vida y de todo don.

La palabra de Dios de este día nos lleva de la mano al sentido profundo de nuestra Fiesta. En el pasaje del libro del Éxodo, que hemos proclamado, dice Dios, el Señor: “Voy a enviarte un ángel por delante, para que te cuide en el camino y te lleve al lugar que te he preparado. Respétalo y obedécelo” (Ex. 23, 20). “Ángel” significa mensajero. El Ángel de la Guarda, los Ángeles Custodios, son enviados de Dios, son sus mensajeros, encargados de cuidar y velar por su pueblo, para llevarlo a la tierra de promisión.

Esta Palabra del Dios, es palabra viva; tiene una connotación histórica, sí, pero una connotación también actual. Se refiere al Pueblo de Israel en su caminar por el desierto, pero se refiere también a cada uno de nosotros. Dios vela y cuida de nosotros protegiéndonos en nuestro caminar en la tierra hacia la tierra de promisión, hacía Él mismo. Los ángeles son enviados y mensajeros de Dios, testigos de su presencia protectora y providente en nuestras vidas, en nuestro trabajo, en nuestra sociedad. En esta función de los ángeles, me quiero detener hoy unos breves momentos. Porque, ¿creemos en su existencia o lo consideramos propio de mentes infantiles? ¿Nos dicen algo en unos tiempos en que nuestra sociedad y quizá nosotros mismos vivimos como si Dios no existiera?

Somos testigos y víctimas muchas veces de una mentalidad muy difundida que llamamos secularismo; una mentalidad, que ha marcado profundamente el corazón de individuos y de la sociedad. Vivimos inmersos en una cultura en la que el hombre y el mundo son entendidos como si Dios no existiera: las cosas, la vida del hombre, su trabajo y sus relaciones se conciben sin referencia a Dios. El hombre y la sociedad actuales quieren bastarse a sí mismos. El hombre se ha convertido en absoluto y Dios es rechazado como Señor de la existencia humana. El secularismo, en su endiosamiento e idolatría del hombre, llega a afirmar que no le interesa ni tan siquiera plantear la cuestión de Dios. Le importa sobre todo mantener a Dios al margen de sus ideas, de sus proyectos y de sus acciones cotidianas. El hombre y su cosmos se creen autosuficientes.

El secularismo es la tentación permanente del hombre que pretende ser Dios. Nos toca vivir en una cultura en que desvanece el interés por Dios en la vida humana; un contexto en que se silencia, se minimiza, cuando no se ridiculiza lo religioso. A veces se llega a hostigar a Dios y a combatirlo abiertamente, porque incomoda las posiciones y las libertades sin ética que defienden un estilo de vida sin Dios. A Dios ya no se le tiene presente en la solución de los problemas del hombre. Estos son tratados y resueltos en la economía, en la política, en los medios de comunicación o en los centros científicos, pero al margen de Dios.

Es precisamente ésta la visión del hombre y del mundo sin Dios la que ahora se quiere imponer en la formación de niños, adolescentes y jóvenes para que sean buenos ciudadanos: es la visión de un hombre totalmente autónomo, que se convierte en criterio y norma del bien y del mal, un hombre cerrado a la trascendencia, un hombre cerrado en su yo y en su inmanencia. ¿Dónde queda el derecho fundamental a la libertad religiosa? ¿Dónde el derecho originario y primario de los padres a educar a los hijos conforme a sus convicciones religiosas?

Pero el silencio de Dios, de su presencia, de su verdad y de su providencia sabia y amorosa abre el camino a una vida humana sin rumbo y sin sentido, a proyectos que acortan el horizonte y se cierran en intereses inmediatos, a idolatrías de distinto tipo. La ausencia de Dios en la vida social ha traído consigo consecuencias inhumanas: la pérdida progresiva del respeto a la dignidad de toda persona humana, la disolución del matrimonio y de la familia, la violencia del hombre contra el mismo hombre o la absolutización de la ley política al desvincularla de todo principio y de la ley natural.

El silencio de Dios en nuestra cultura lleva a la muerte del hombre, al ocaso de la dignidad humana. Cuando se reduce al hombre a su dimensión material e intramundana, cuando se le expolia de su profundidad espiritual, cuando se elimina su referencia a Dios, se inicia la muerte del hombre. Recuperar por el contrario a Dios en nuestra vida lleva a la defensa del hombre, de su dignidad, de su verdadero ser y de sus derechos. Los derechos humanos tienen su fundamento último en Dios. Las leyes no los crean, las leyes los reconocen y protegen ante la permanente tentación de ser conculcados. La dignidad de toda persona humana y sus derechos inalienables proceden de la gratuidad absoluta del amor de Dios creador y redentor, y están destinados a su ejercicio responsable y honroso.

Los ángeles custodios, nos recuerdan a Dios: un Dios de amor y de vida, un Dios providente y amoroso. La celebración hoy de su Fiesta, si está de verdad anclada en la Palabra de Dios, si es verdaderamente expresión de nuestra fe cristiana, nos ha de ayudar a acoger la presencia de Dios en la historia humana, en la historia de cada uno de nosotros; los ángeles son signos de la trascendencia de Dios y de su inmanencia, de su absoluto y de su cercanía en la vida de los humanos. Los ángeles son testigos de Dios -de su verdad, de su realidad, de su cercanía-. Ellos hacen presente a Dios mismo, en su trascendencia, porque sólo Dios es Dios; pero también hacen presente a Dios en la inmanencia de su cercanía: nada ni nadie está más cerca del hombre y de toda criatura que Dios mismo.

En el fragmento del Evangelio de San Mateo, que hemos proclamado, Jesús nos invita a contemplar la realidad circundante de un modo más penetrante y más conforme con el suyo. La lógica humana tiene sed de grandezas y de prestigio, tiende a reducir toda la realidad a lo materialmente sensible y experimentable, se liga a las apariencias. La lógica del reino de los Cielos va en una dirección opuesta; para acogerla es preciso cambiar de mentalidad, o sea, convertirse. Es verdaderamente grande quien es sencillo y no prepotente: es grande quien se abre a Dios y se confía con gratitud a su cuidado y amor. Estos “pequeños” son los predilectos de Dios: sus ángeles custodios –de apariencia invisible- ven siempre el rostro de Dios y están muy próximos a El. Los discípulos de Jesús deberán abstenerse de despreciar a los pequeños e intentar más bien llegar a ser como ellos.

Dios, el Dios que nos muestra Jesús y nos recuerdan los ángeles custodios, no es enemigo del hombre, ni fuente de odio ni de guerras. Dios no tiene de celos del hombre, de su auténtico desarrollo, de su libertad y de su felicidad. Dios es el Padre y Creador del hombre, un Dios cercano y providente. “La gloria de Dios es que el hombre viva”, dice San Ireneo. No se trata de elegir entre Dios y el hombre, sino que se debe elegir a Dios y al hombre, a Dios por causa del hombre. Quien elige a Dios auténticamente, elige al Padre del hombre y el que elige auténticamente al hombre, está eligiendo a Dios, principio y fin del hombre, fundamento último de su vida, de su dignidad y de su libertad.

Los creyentes hemos de vivir en Dios y desde Dios; hemos de dar testimonio en nuestra vida y en nuestro trabajo de que la dignidad de toda persona se funda en su ser imagen y semejanza de Dios, llamada a ser hijo de Dios en Cristo Jesús.

Queridos miembros del Cuerpo Nacional de Policía. Vuestro esfuerzo diario por la seguridad ciudadana es imprescindible para garantizar dignidad de las personas, su libertad y seguridad, y el disfrute efectivo de sus derechos y el cumplimiento de sus deberes. Queremos reconocer aquí agradecidamente vuestro trabajo, vuestros desvelos, vuestra entrega y vuestros sacrificios en favor de la atención, la seguridad y la convivencia ciudadana; sin ellas no es posible el desarrollo de la dignidad de las personas.

Vuestro trabajo, queridos miembros del Cuerpo nacional de Policía, se ve con frecuencia amenazado por la lacra de los enemigos de la dignidad de la persona, de la convivencia pacífica, de la justicia y de la paz. Muchas veces habéis sufrido en propia carne esa lacra humana y social de España, que es el terrorismo. El terrorismo atenta contra de la ley de Dios, contra la dignidad humana y contra el derecho humano más elemental –el derecho a la vida-, y, a la vez, socava los fundamentos de toda convivencia democrática, basada en la verdad, en la justicia y en la paz de Dios. Recordemos hoy ante el Señor una vez más a todas las victimas del terrorismo y a sus familias; y recordemos de un modo especial a todos vuestros compañeros, victimas del terrorismo, y a todas sus familias. ¡Que el Señor los acoja en su seno y a sus familias les fortalezca en la esperanza!

En el día de vuestra Fiesta queremos poner vuestro trabajo, queridos miembros del Cuerpo Nacional de Policía, bajo el cuidado protector de los Ángeles Custodios. A la Mare de Déu del Lledó os encomiendo a vosotros y vuestro trabajo, y a todas vuestras familias. ¡Que ella os proteja y aliente en vuestro quehacer diario a favor del bien común de todos! Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe- Castellón