Cristo Rey

Queridos diocesanos:

En este último domingo del año litúrgico celebramos la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Jesús mismo se declara Rey ante Pilatos en el interrogatorio a que lo sometió cuando se lo entregaron con la acusación de que había usurpado el título de ‘rey de los Judíos’. “Tu lo dices, yo soy rey”, le contesta. Pero mi reino no es de este mundo, añade. En efecto, el reino de Jesús nada tiene que ver con los reinos de este mundo. No tiene ejércitos ni pretende imponer su autoridad por la fuerza. Jesús no vino a dominar sobre pueblos y territorios, sino a liberar a los hombres de la esclavitud del pecado y a reconciliarlos con Dios.

Jesús es Rey porque ha venido a este mundo para dar testimonio de la verdad. “Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz” (Jn 18, 37). El reino de Jesús es el reino de la verdad y de la vida, de la santidad y de la gracia, de la justicia, del amor y de la paz. La ‘verdad’ que Cristo vino a testimoniar en el mundo es que Dios es amor. Toda su existencia es relevación de Dios y de su amor. Esta es la verdad de la que dio pleno testimonio con el sacrificio de su vida en el Calvario. La cruz es el ‘trono’ desde el que manifestó la sublime realeza de Dios Amor: ofreciéndose como expiación por el pecado del mundo, venció el dominio del ‘príncipe de este mundo’ e instauró definitivamente el reino de Dios. Desde este momento, la Cruz se transforma en fuerza y poder salvador. Lo que era instrumento de muerte se convierte en triunfo y causa de vida. Este reino se manifestará plenamente al final de los tiempos, después de que todos los enemigos, y por último la muerte, sean sometidos.

Jesús, el testigo de la verdad, nos descubre la verdad profunda de nuestras personas, del mundo y de la historia, la verdad de Dios para nosotros y de nosotros para Dios. Venimos del amor de Dios y hacia él caminamos. Por eso, porque El descubre la verdad honda y universal de nuestros corazones, todos los que la escuchan con buena voluntad, la acogen en su corazón y se hacen discípulos suyos. El reino de Cristo es el reino de la verdad, el reino del convencimiento y de la adhesión del corazón. En el evangelio de este día resuena la estremecida súplica del ‘buen ladrón’, que confiesa su fe y pide: “acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. Y así sucedió.

Celebrar a Cristo como Rey de la humanidad suscita en nosotros sentimientos de gratitud, de gozo, de amor y de esperanza. El Reino de Jesús es el reino de la verdad, del amor, de la salvación. El nos ha librado del reinado del pecado, de las fuerzas que nos esclavizan y del poder de la muerte. El nos pone en el terreno de la verdad y de la vida, en el camino del amor y de la esperanza. El es el Rey de la Vida Eterna. Esta fiesta nos exhorta a acoger libremente la verdad del amor de Dios, que no se imponen jamás. Llaman a la puerta del corazón y de la mente y, donde pueden entrar, infunden alegría y paz.

Con mi afecto y bendición

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Coopera con tu Iglesia Diocesana

Queridos diocesanos:

La misión espiritual de nuestra Iglesia diocesana descansa en último término en Dios mismo. El es quien la sostiene por medio de Jesucristo, que la convoca, la preside y la vivifica por medio de la fuerza interior del Espíritu Santo. Pero el Señor Resucitado ha puesto la tarea ingente de la evangelización en manos de los Apóstoles, y, a  través de ellos, de su Iglesia, que formamos todos los cristianos. “Id y anunciad el Evangelio a toda criatura” les dijo poco antes de ascender a los Cielos.

La misión de nuestra Iglesia corresponde a todos los bautizados; para llevarla a cabo necesita de la cooperación activa y responsable de todos sus miembros. Esta cooperación tiene distintas formas, como son la vida personal coherente con la propia fe en el día a día y en el lugar de trabajo o en la familia, la implicación en las tareas de la Iglesia, de la parroquia y de los grupos eclesiales; esta cooperación incluye también la colaboración económica. Nuestra Iglesia, que no es de este mundo pero está en el mundo, necesita también recursos económicos para poder llevar a cabo su misión.

Son muchas las necesidades de nuestra Iglesia para seguir haciendo el bien. Ahí están la atención espiritual y humana a todo aquél que lo necesita, el culto, el mantenimiento de los templos y casas abadías así como la construcción de nuevos templos y complejos parroquiales, la atención de numerosos servicios caritativos y sociales, la remuneración de los sacerdotes, religiosos y seglares, las actividades pastorales para adultos, jóvenes y niños, o la evangelización y la ayuda al Tercer Mundo.

Muchas son las tareas, pero pocos los recursos económicos de que disponemos. Sólo la austeridad presupuestaria nos permite, año tras año, salir adelante; y hay cosas que tienen que esperar por falta de medios. Nuestra Diócesis tiene además una fuerte deuda, generada por la inversión de más de mil quinientos millones de pesetas en siete años en la recuperación de patrimonio y en subvenciones a parroquias, delegaciones y movimientos; la inversión en bolsa para afrontar estos gastos no dieron el resultado previsto. A la amortización de esta deuda debemos destinar grandes cantidades año tras año.

A partir de ahora el sostenimiento de nuestra Iglesia pasa a depender únicamente de quienes hagan sus aportaciones periódicas, de las donaciones y colectas, de quienes marquen la X de la Iglesia en la declaración de la renta. Se ha suprimido el complemento presupuestario del Estado a lo recaudado por la asignación tributaria en la declaración de la renta. Esta nueva situación y la deuda indicada exigen un compromiso y un esfuerzo mayor por nuestra parte. Todo católico ha de ayudar a su Iglesia, su familia, en sus necesidades y ha de colaborar económicamente con ella. No lo olvides en la colecta de este domingo, el Día de la Iglesia Diocesana. Gracias en nombre de tu Iglesia por tu aportación.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López

Obispo de Segorbe-Castellón

150º Aniversario de la Fundación de la Congregación de Hnas. de la Consolación

 

Castellón, 14 de noviembre de 2007

 

Hermanos y Hermanas en el Señor:

“Consolad, consolad a mi pueblo dice el Señor (Is 40, 1). Estas palabras del profeta Isaías adquieren una resonancia especial esta tarde, al celebrar el 150 Aniversario de la Fundación de vuestra Congregación de las Hermanas de la Consolación. Son ya ciento cincuenta años de existencia desde aquel 14 de marzo de1857, en que el Obispo de Tortosa, D. Benito Milamitjana, reconocía la obra que vuestra madre, Santa Rosa Molas y Vallvé, ponía en marcha bajo la fuerza del Espíritu Santo: es la aventura de trasmitir al prójimo el consuelo de Dios. Por ello, como dice el Decreto del Vicario Capitular, D. Ramón Manero, de 14 noviembre de 1857, “atendiendo a que las obras en que de ordinario se ejercitan las Hermanas se dirigen todas a consolar a sus prójimos (…) he creído conveniente imponer por nombre a esa Comunidad y a las demás que de ella tomaren origen Congregación de Hermanas de la Consolación”.

Estas palabras expresan lo que fue la vida y el carisma de la Fundadora y de las primeras Hermanas. Fue también este el motivo por el que Rosa Molas y las hermanas atienden la solicitud del Ayuntamiento de Castellón y se hacen cargo del Hospital Provincial un 23 de agosto de 1859 y la de la Diputación Provincial de Castellón al año siguiente para hacerse cargo de la casa de Beneficencia. Más tarde, su preocupación por la educación les llevará a abrir en el año 1871 un Colegio en la calle Isabel Ferrer, trasladado después a la calle Antonio Maura y finalmente a estas instalaciones en la Avda. de Lidón.

“Consolar a sus prójimos” fue y sigue siendo el carisma y el gran objetivo de la Congregación a lo largo de los tiempos tras las huellas de su Fundadora y Santa Madre, Rosa Molas. La vida de Santa Rosa Molas fue una vida sencilla y escondida, una vida transcurrida en la entrega heroica, entroncada en el misterio del amor de Dios, acogido en una íntima correspondencia personal a ese amor. Como dijo el Papa Pablo VI en la Homilía de su Beatificación , “si queremos rastrear en síntesis la faceta saliente de la vida de María Rosa Molas habremos de acercarnos con reverencia al venero inagotable del Evangelio (Cfr. Mt. 25, 31 ss.), allí donde el pobre, el necesitado, el hambriento, el abandonado, el que sufre, es proclamado merecedor del cuidado prioritario, de la solicitud más tierna, del gesto exquisito de un corazón, que no sólo alivia, sino que comparte ese sufrimiento y lucha por evitar sus causas. Y que sabe compartir así el dolor por un motivo fontal: porque allí está Cristo doliente, hecho presencia viva, actual, exigente de todos los socorros de una fe creadora, capaz de engendrar confianza donde no habría motivos humanos para ella”.

Al celebrar el 150 Aniversario de la Fundación de la Congregación de las Hermanas de la Consolación damos gracias a Dios por tantos dones recibidos a través de la Santa Madre y de vuestra Congregación. Pero esta efeméride es, a la vez, una fuerte invitación a la renovación desde el carisma de vuestra Fundadora. El mismo Papa Pablo VI nos decía: “¿Buscamos el carisma propio, el mensaje personal, el genio peculiar de María Rosa Molas? Lo encontramos ahí. En un dificilísimo momento histórico, local y nacional, marcado por las luchas, las múltiples facciones, en el que la desesperanza marcaba tantas vidas, de niños, de jóvenes sin instrucción ni porvenir, de ancianos sin asistencia, ella supo inclinarse hacia el necesitado sin distinción alguna, hecha caridad vivida, hecha amor que se olvida de sí mismo, hecha toda para todos, a fin de seguir el ejemplo de Cristo y ser artífice de esperanza y de elevación social. No únicamente para dar algo, sino para darse a sí misma en el amor y sólo así poder dar –como su ejemplo elegido, María- el don precioso de una completa entrega en la misericordia y en el consuelo a quien lo buscaba o a quien, aun sin saberlo, lo necesitaba. Así María Rosa hacía caridad; así se hacía maestra en humanidad” y “auténtico instrumento de la misericordia y la consolación de Dios”.

Nuestro mundo sigue perturbado en el fondo por los mismos fenómenos que hace 150 años, y el hombre, que con frecuencia pierde el sentido último de su existencia, sigue necesitando el anuncio de “la consolación, del amor y la misericordia de Dios”. A la luz de las lecturas de la Palabra de Dios podemos decir que Dios no se cansa de invitarnos siempre a la renovación y a la conversión. Y lo hace con las entrañas propias de un Padre que nos ama. “Gustad y ved que bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a él” (Sal 33, 9). A pesar de nuestras infidelidades Dios nunca nos rechaza y menos aún nos abandona puesto que no se complace en destruir; sus entrañas se estremecen.

Si en lo más profundo de nuestra vida estamos convencidos de que Dios nos ama y de que él es el verdadero Amor, veremos que todo cambia a nuestro alrededor. Seremos capaces de sonreír y consolar hasta en los momentos más difíciles de la vida porque todo es expresión del amor de Dios.  Nada sucede ‘por casualidad’.  Hemos creído en el amor de Dios que produce una visión nueva de las personas, de las cosas y de las circunstancias. Si Dios se nos ha revelado como Padre, nos descubriremos como hijos. Es decir, veremos a los demás como hermanos. Dios creó al hermano como don para nosotros y nos creó a nosotros como don para el hermano. “Dios os ama –nos recuerda San Pablo- y os ha elegido para seáis miembros de su cuerpo. … Por encima de todo, tened amor que es el vínculo de la perfección” (Col 3, 12.14).

En el centro de toda evangelización, de toda obra eclesial, de toda vida cristiana y consagrada está la fuerza del Dios que nos ama y de Cristo que ha venido por nosotros.  “Si la Iglesia predica a este Dios, no habla de un Dios desconocido sino del Dios que nos ha amado hasta tal punto que su Hijo se ha encarnado por nosotros” (Sínodo de los Obispos Europeos, Relación final, 1991).

Esta riqueza de Cristo nos toca vivir y predicar de palabra y de obra siguiendo el espíritu de las Bienaventuranzas. Ahora que no podemos sostenernos en el aplauso social y constatamos mayor pobreza de vocaciones; que nos encontramos perplejos ante tantas cosas que cambian y no sabemos cómo orientar tales circunstancias, es la hora de una elección más honda por Jesucristo para vivir “arraigados y fundamentados en el amor” ( Ef 3, 17-19). Sin este arraigo en el amor gratuito de Dios no podemos imaginar un servicio eficaz en la historia, sea en la educación o servicio de las personas, sea en la transformación de las personas o de la sociedad según Dios. El Verbo de Dios, en la gratuidad, ha asumido la humanidad en todo, excepto en el pecado, para poder transformarla así desde dentro (cf.  EN 16). Somos hijos de tal gratuidad del amor divino.  Puede amar verdaderamente sólo el que tiene experiencia de ser amado. Igualmente sólo quien está caminando por un proceso de integración de su propia historia en la luz del amor gratuito de Dios puede ser una presencia de tal gratuidad en las relaciones tanto personales como comunitarias.

El gran problema del ser humano, en la actualidad, es que le falta esta fe. Se fía de sí mismo más que de Dios.  Y este ‘secularismo’ se puede infiltrar también en nosotros, hombres y mujeres consagrados, si nos dejamos llevar por el racionalismo seco y frío de un humanismo inmanentista más que por la sencilla adhesión generosa a la acción de Dios que nos susurra su amor y su entrega salvadora. Sólo quien sabe desarrollar la entrega generosa y gratuita en cada momento a la amorosa cercanía de Dios puede ser prolífero espiritual y humanamente.

Descubrir a Dios como Amor es una gran revelación y esto, podríamos decir que es la revelación de nuestro tiempo. Ahora bien, no estaría todo revelado si no se comprende hasta qué punto Dios ha amado al ser humano. Y la muestra más fehaciente de su amor está en la Cruz. Comprender la Cruz de Cristo es entender la grandeza del amor porque nadie tiene mayor amor sino aquel que da la vida por los demás.  Es el gran misterio y por otra parte la gran verdad. La evangelización es el anuncio del amor de Dios manifestado en Jesucristo. “El Dios de los cristianos es el Dios viviente en la comunión de caridad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.  Y esta caridad se ha revelado de modo supremo en la autoanulación del Hijo.  Por ello, la comunión en la caridad y la renuncia a sí mismo pertenecen a la esencia del evangelio, que debe ser predicado a Europa y a todo el mundo, para que se encuentre el nuevo encuentro entre la Palabra de Vida y las diversas culturas” (Sínodo Extraordinario sobre Europa, Declaración final, 1991).

Desde este Dios que es amor estamos todos a una profunda renovación espiritual. Y lo estáis de modo especial vosotras, Hermanas de la Consolación. Porque para vosotras se trata de volver en fidelidad renovada a vuestros orígenes para reavivar el carisma fundacional viviendo en todo momento con radicalidad vuestra entrega consagrada al Señor. El Señor os llama a reavivar vuestra fidelidad al amor de Dios para ser, como vuestra Madre Fundadora ‘autenticos instrumentos de la misericordia y de la consolación de Dios.

El Señor os llama, queridas hermanas, a vivir con radicalidad vuestra consagración a Dios. Por vuestra especial vocación y consagración estáis llamadas a expresar de manera más plena el misterio del Amor de Dios manifestado en Cristo. Unidas al Señor Resucitado y por Él seréis luz que alumbre las tinieblas de nuestro mundo y testigos de esperanza para el hombre de hoy. Vivid sencillamente lo que sois: signo perenne de la vocación más íntima de la Iglesia, recuerdo permanente de que todos estamos llamados a la comunión en el amor de Dios.

El alma de vuestra vida consagrada es percibir, amar y vivir a Cristo como plenitud de la propia vida, de forma que toda vuestra existencia sea entrega sin reservas a Él y, en él, a los hermanos. Esta es la sustancia de la vida consagrada. A esta sustancia habréis de volver una y otra vez para que vuestra vocación y vuestra consagración sean fuente de gozo radiante y completo. Cuando queremos entendernos sólo por la tarea que hacemos y olvidamos esto que es sustancial, la propia vida no es capaz de mantenernos en la alegría de Cristo, y la misma consagración se desvirtúa y termina perdiendo sentido.

Hoy, el verdadero desafío de la vida consagrada es vivir con verdad y con hondura su carisma, su ser de consagrados, en la hora presente. Lo que la Iglesia necesita y pide de vosotras es que creáis en vuestro carisma, que lo améis, que lo viváis con nuevo ardor, descubriendo sus nuevas exigencias, y que, desde vuestro ser de consagradas, colaboréis junto a los demás creyentes en el impulso de la acción evangelizadora. Nuestro verdadero problema no es el envejecimiento de las comunidades o el descenso de vocaciones, sino la tibieza, la mediocridad y la falta de santidad en este tiempo de incertidumbre. Es el momento de reavivar el fuego, la hora de despertar y ser auténticamente consagrados. Sólo desde ahí podréis los religiosos y las religiosas poner vuestra aportación original e insustituible en las Iglesias diocesanas.

Queridas hermanas: Vivid en todo, como vuestra Madre, la comunión eclesial, congregacional y comunitaria. No hay oposición entre carisma e institución. El camino de la renovación de la vida religiosa y de su fecundidad apostólica es el de la comunión de la Iglesia: el que traza la participación en la misma y única Eucaristía, sacramento de caridad, fuente de nuestra comunión y de nuestra misión. Permaneced fieles al don y al carisma que habéis profesado y que habéis recibido de vuestra Fundadora. Que este año sea un año de júbilo, de gozo, de alegría y de acción de gracias; un año dedicado a renovar vuestras personas, vuestras comunidades y vuestra Congregación para vivir con fidelidad vuestra consagración y carisma. Que sobre un mundo que llora y  sufre, sigáis derramando: la consolación de Dios.  Que la Virgen María, fiel y obediente esclava del Señor, os ayude y proteja toda vuestra actividad en esta casa, al servicio de la renovación espiritual. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Conocer y sentir la Iglesia

Queridos diocesanos:

La celebración del Día de la Iglesia diocesana, el domingo día 18 de noviembre, nos invita a los católicos a conocer nuestra Iglesia desde dentro y a sentirla como propia para amarla de corazón. Muchas veces tenemos falsas imágenes de la Iglesia; otras veces nos dejamos atrapar por críticas injustas, que minan nuestro afecto hacia la Iglesia.

Nuestra Iglesia diocesana de Segorbe-Castellón es la comunidad de los cristianos católicos, que presidida por el Obispo en nombre de Jesús, el Buen Pastor, anuncia, celebra y realiza el Evangelio de Jesús, la Salvación de Dios, para toda la humanidad. Cada uno la experimenta en su comunidad parroquial o eclesial, en su grupo, que son como células o miembros de la Iglesia diocesana. Ésta no es, pues, algo ajeno a cada uno de nosotros, los católicos; es nuestra Iglesia, es nuestra familia, donde nacemos a la fe y vivimos nuestro ser cristiano; de ella formamos parte  todos los católicos que vivimos en el territorio diocesano.

Nuestra Iglesia es un don del amor gratuito de Dios y, a la vez, una tarea encomendada a todos los que la formamos. Como don de Dios, la hemos de acoger con gratitud y amar de corazón, también con sus arrugas, fruto de los pecados de quienes la formamos. Querida por Cristo y alentada por la fuerza  del Espíritu Santo es el lugar de la presencia del Señor y de su obra salvadora entre nosotros a lo largo de los siglos. El mismo Cristo nos ha encomendado la hermosa tarea de anunciar el Evangelio, de celebrar los sacramentos, de vivir el amor para que la obra de su Salvación llegue a todos. Su vida y su misión dependen de todos y de cada uno.

A los católicos nos urge redescubrir, valorar y vivir sin complejos y sin tibieza nuestra identidad cristiana y eclesial. Ambas son inseparables. No se puede ser cristiano al margen de la comunidad de los creyentes, al margen de la Iglesia. Amar, sentir y vivir la Iglesia como algo propio no será posible si no existen un conocimiento objetivo y desde dentro de la Iglesia misma, así como una vivencia personal de la propia fe. Ser cristiano no se reduce a recibir el bautismo y el resto de los sacramentos, o a practicar ocasionalmente. Cristiano es quien cree personalmente en Cristo y se adhiere a El; quien acoge y vive día a día el don de la fe y la nueva vida del bautismo, como verdadero regalo liberador y no como carga insoportable; quien deja que Jesús y su Evangelio conformen su pensar, sentir y actuar, y quien da testimonio de su fe y se compromete en la transformación de la sociedad y del mundo.

En una palabra, cristiano es el que sigue y vive unido personalmente a Jesús y a su Evangelio, y esto siempre, en el seno de la comunidad de los creyentes, en la Iglesia. La vivencia personal de la fe ha de estar centrada en Cristo, pero, a la vez, entroncada, alimentada, celebrada y vivida en el seno de la comunidad de los creyentes participando en su vida y misión. Es el camino que el mismo Jesús nos ha dado. No lo olvides: la Diócesis es tu Iglesia y ella cuenta contigo.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López

Obispo de Segorbe-Castellón

A favor de toda vida humana

Queridos diocesanos:

Un responsable político en España ha afirmado que la sociedad española ya está madura para legalizar la eutanasia. Se pone de manifiesto así la clara la voluntad de los actuales gobernantes. Resulta, al menos, irónico este concepto de madurez de la sociedad. Parece que se considera que la propaganda ya ha minado lo suficiente la recta conciencia sobre el deber legal y moral de respetar la vida de toda persona humana para que se acepte la eutanasia.

Para hacer social y legalmente aceptable la eutanasia, se manipula el lenguaje. Se llama muerte digna a lo que no es sino la eliminación de un ser humano. También se juega con el temor ante el sufrimiento antes de la muerte o se suscita una falsa piedad con el que sufre, porque no lleva al compromiso con él, sino a su aniquilación. O se aplica el criterio tan relativo y arbitrario como ‘calidad de vida’ para decidir quién tiene derecho a seguir viviendo o ha de ser eliminado.

En la eutanasia está en juego la dignidad de las personas y la vida que hemos recibido. Es evidente que todo ser humano tiene la experiencia de que ha recibido la vida, que ésta le ha sido dada, que él no se ha creado. Una vez recibida la vida, no se puede hacer lo que quiera con ella, con la propia y con la ajena; toda vida ha de ser respetada desde su concepción hasta su muerte natural por todos y protegida por el Estado.

La eutanasia es siempre una forma de homicidio, pues implica que un hombre da muerte a otro, ya mediante un acto positivo, ya mediante la omisión de la atención y de los cuidados debidos. La eutanasia es, en efecto, la acción cuya intención es causar la muerte a un ser humano para evitarle sufrimientos, bien a petición de éste, bien por considerar que su vida ya no merece ser vivida ni mantenida. Se trata pues de un mal moral grave, una grave violación de la ley de Dios por eliminar deliberadamente la vida de una persona humana. Cosa distinta es aquella acción u omisión que no causa la muerte por si misma o por la intención, como son la administración adecuada de calmantes, aunque puedan acortar la vida, o la renuncia a terapias desproporcionadas, que retrasan indebidamente la muerte.

Cuando se defiende la dignidad de toda vida humana no se trata de ir contra nadie, sino de favorecer y defender toda vida humana hasta su final natural, por más que la eutanasia pueda parecer útil o digna a una mentalidad utilitarista, hedonista y egoísta. Se trata de respetar la vida de todo ser humano y su verdadera dignidad. Porque la vida humana tiene su origen y destino en Dios, es digna siempre, también la de los débiles, enfermos, discapacitados o ancianos. La vida es un don al que, como a la libertad, no se puede renunciar o del que no pueden disponer los demás y que el legislador debe proteger para todos para garantizar la igualdad de todos ante la ley.

Con mi afecto y bendición

 

+ Casimiro López

Obispo de Segorbe-Castellón

Misa Exequial de D. José Mª Cardá

 

Villarreal, Iglesia Arciprestal, 2.11.2007

 

El Señor nos ha convocado en torno a su Mesa para celebrar el misterio de su Pascua, su muerte y su resurrección. En la celebración de hoy, la Pascua de Cristo se hace más íntima y visible con la muerte de Don José María, quien ayer mañana era llamado por el Señor a su presencia. El celebró la eucaristía muchas veces ofreciéndola por las necesidades de los feligreses confiados a su ministerio. Hoy celebramos esta Eucaristía por él, para que el Señor salga a su encuentro definitivo y le lleve a la presencia del Padre, a la Gloria para siempre.

Nuestro hermano Don José María nos ha dejado a los casi 87 años de edad tras larga enfermedad. Ha desaparecido de nuestra vista silenciosamente, sin llamar la atención sobre su persona; nacido aquí en Villarreal en 1920, realizó sus estudios de Humanidades en el Seminario de Tortosa y –después de la interrupción forzosa por la guerra civil- los de filosofía en Valencia y Tortosa y de Teología en Salamanca y en Roma. Don José María fue ordenado sacerdote en Castellón en el mes de marzo del año 1946 y perteneció de por vida al Instituto de Sacerdotes Operarios. La trayectoria de su ministerio sacerdotal le llevó a ejercer muchas y variadas tareas: entre otras, las de profesor de Seminario Mayor de Salamanca y del Pontificio Instituto ‘Regina Mundi’, de Vicerrector y Director espiritual del Colegio Español en Roma o de Rector del Seminario Menos de Barcelona, de Agente de Preces de las Diócesis Españolas en Roma o de Postulador de causas de beatificación y canonización. Después de pasar unos años como Jubilado residente en la “Alquería Mosén Sol”, marchó luego al “Hogar Mosén Sol” en Majadahonda (Madrid) dedicado a la biblioteca y a escribir. En todas estas tareas ejerció abnegadamente su labor sacerdotal. Demos gracias a Dios por esta vida entregada.

Don José María era un sacerdote fiel y sacrificado. Nos ha dejado un ejemplo a todos los sacerdotes por su constancia y su fidelidad a la Iglesia y a las almas que le fueron encomendadas. Con espíritu disponible ha sabido darse incluso en la enfermedad a la Iglesia, con una vida austera y de constante trabajo, mientras las fuerzas se lo han permitido.

En estos momentos de dolor por la muerte de nuestro hermano elevamos nuestra mirada al Padre del Amor y de la Vida, de la Bondad y de la Misericordia; y con San Pablo decimos: Nada ni nadie podrá separarnos del amor de Dios, manifestado Cristo.

Porque la muerte de todo fiel cristiano, la muerte de José María, vivida en la fe y en la esperanza cristianas, no es un término total o ruptura definitiva, sino tránsito y transformación. ‘La vida de los que en ti creen, Señor, no termina, se transforma’. Sí, hermanos: La fe nos indica que cuando la existencia terrenal llega al límite extremo de sus posibilidades, en ese límite se encuentra no con el vacío de la nada, sino con las manos del Dios vivo, Señor de la vida y de la muerte, que acoge esa realidad entregada y la convierte en semilla de resurrección.

Creemos, hermanos, en un Dios, que es creador, dador de vida y resucitador. El Dios creador, en quien creemos, es el Ser paternal y personal, el Viviente por excelencia, que da el ser a sus criaturas por puro amor, y así llamó a la existencia también a José María. Y el amor es generador de vida; Dios, que crea por ser él mismo el Amor, crea y lo creó para la vida; para una vida eterna, porque la vida que surge del Amor creador, que es Dios, lleva en sí una promesa de eternidad.

Este Dios, creador y dador de vida, que da el ser y la vida, es el Dios resucitador; el Dios que no quiere que nada de lo ha hecho se pierda, muy en especial, la vida de sus fieles, (la vida de José María), con los que ha sellado, en la sangre de Jesucristo, una alianza eterna. La plenitud de la vida nueva de Cristo, muerto y resucitado, es la garantía de una vida que vence a la muerte; una vida que, gracias al Espíritu vivificador, se comunica a cuantos viven en Cristo por la fe: ‘El que cree en el Hijo tendrá la vida eterna’ (Jn 3, 36).

Por el Bautismo, que nos inserta en el Cuerpo de Cristo, participamos ya de la vida resucitada de Cristo; ‘Dios, que resucito al Señor, nos resucitará también a nosotros por su poder’ (1 Cor 6,14). Por ello, sobre el cristiano, como sobre Cristo, la muerte no tiene la última palabra: el que vive en Cristo no muere para quedar muerto; muere para resucitar a una vida nueva y eterna.

Cuanto sabemos y afirmamos de un cristiano, lo hemos de afirmar con mayor motivo del sacerdote, que por seguir a Cristo lo ha dejado todo y se ha entregado de por vida al servicio de Jesús, al servicio de la Iglesia y de los hermanos. La vida de un sacerdote está consagrada al servicio de la fe de sus hermanos y al servicio de Cristo sumo y eterno sacerdote. El mayor resorte de la vida de un sacerdote es siempre su entrega a Jesucristo. La vocación es un don de Dios y por la vocación al sacerdocio hemos sido entregados por el Padre a Jesús, para ser servidores del Pueblo santo, como pastores al servicio del Buen Pastor.

La vida humana tiene, pues, un destino que no es la nada, o el vacío o la obscuridad de la muerte. Hay una patria futura para todos los que creen en Cristo: la casa del Padre, la inmensa felicidad del encuentro pleno y definitivo con Dios. ‘Lo que ojo no vio, preparó Dios para los que le aman’ (1 Cor. 2,9). El destino de quienes creen en Cristo y aman a Dios es la comunión completa con Dios junto con todos los miembros del cuerpo de Cristo, nuestros hermanos, especialmente con nuestros seres queridos.

De esta comunión con Dios y con los hermanos que nos han precedido en la fe goza ya plenamente quien muere en la amistad con Dios, aunque a la espera misteriosa del ‘último día’, cuando el Señor venga con gloria; y, junto con la resurrección de la carne, tenga lugar la transformación gloriosa de toda la creación en el Reino de Dios consumado. El jueves terminaba nuestro hermano su vida terrenal permaneciendo fiel a la fe en el Hijo del Padre, Jesucristo. Por eso asociamos su muerte a la de Cristo con la esperanza de que en él ha de resucitar. Sembramos en la esperanza el cuerpo de nuestro hermano, para que resucite con Cristo para la vida eterna.

Para un cristiano, la muerte es el encuentro definitivo con Dios, el momento sublime en el que nuestra pertenencia al Señor se hace más consistente y luminosa. Si morimos, morimos para el Señor, participamos de su muerte para participar de su resurrección. Cuando morimos en la fe de Cristo, estamos proclamando la fe en su resurrección. ‘Morimos para el Señor, porque ninguno de nosotros los cristianos vive para si mismo y ninguno muere para sí mismo. Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos’ (Rom 14, 7-12).

Desde la luz de Cristo Resucitado encontramos sentido a los sufrimientos de esta vida, a la enfermedad, a la soledad, a los desengaños que laceran tantas veces nuestro corazón. Todas estas manifestaciones amargas son gotas del cáliz de la pasión de Cristo. Bebemos con él el cáliz de la salvación, porque aceptamos la cruz para hacer la voluntad de nuestro Padre Dios. Bebemos el cáliz de la muerte, que siempre es dolorosa y como una aparente derrota, para morir con Cristo y por él y con él poder tener entrada también en la resurrección de Cristo. Para esto resucitó Cristo para ser Señor de los que mueren en él y resucitarlos para siempre en la gloria del Padre.

En esta celebración eucarística asociamos la vida y la muerte de nuestro hermano, José María, a la pasión y muerte y a la gloriosa resurrección de Jesucristo, dando gracias al Padre que dio a Don José María la vocación al sacerdocio y le concedió la gracia de permanecer fiel a lo largo de tantos años en los que ejerció el ministerio.

Desde la esperanza, que no defrauda, elevamos nuestra oración al Padre y clamamos con Jesús llenos de confianza filial, que le conceda a nuestro hermano el gozo de su gloria para siempre. Que perdone sus pecados y premie sus trabajos y sus penas, que le conceda la mayor y definitiva alegría de ver en plenitud la gloria del reino de Dios y la plena redención de su cuerpo en la gloria de Cristo resucitado.

Pedimos al Señor que conceda muchas y santas vocaciones al sacerdocio a la Iglesia diocesana; que a los sacerdotes nos conceda perseverar en su santo servicio y acertar en el ministerio de evangelización y de servicio pastoral, que el pueblo de Dios en Segorbe-Castellón y en Tortosa necesita.

Que la María Virgen, la Mare de Deú de Gracia, acompañe a nuestro hermano Don José María en estos pasos decisivos de su peregrinación hasta llevarlo al cielo. Que Ella nos conceda a nosotros, amigos y familiares, el consuelo de la fe y el deseo y el firme propósito de mejorar nuestra vida según el designio del Padre amoroso del cielo.

Termino con la Oración de confianza filial, que formuló Don José María:

Dios y Padre mío, aunque sé que no te amo como debo, estoy seguro de que Tú me amas infinitamente.

Cuando me pregunto qué ves en mí para amarme, no encuentro respuesta, porque no me amas por lo que yo soy, sino porque Tú eres el Amor y sólo deseas de mí que me deje amar por Ti.

Gracias, Padre. Haz que entienda que también para dejarme amar necesito de tu ayuda y que tengo que pedírtela sinceramente, con mi oración y correspondiendo con mi vida a la ayuda que no dejas de prestarme.

Sabes que no siempre te la pido así. No permitas que por este motivo me obsesione considerando mi indignidad, antes al contrario, haz que el pensamiento de que me amas tan sólo porque quieres amarme me llene de confianza.

Y concédeme, un día, sentirme entre tus brazos, infinitamente amado por Ti para siempre y en eterna acción de gracias a Ti.

Así será, porque lo queremos Tú y yo. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón