El Hogar de Nazaret y la familia cristiana

Queridos diocesanos

El domingo siguiente a la Navidad celebramos la Fiesta de la Sagrada Familia y, con esta ocasión, la Jornada de la familia y de la vida. Porque fue en el seno de una familia, la Familia de Nazaret, donde fue acogido con gozo, nació y creció Jesús, el Hijo de Dios, hecho hombre. Ante nuestros ojos está la Familia de Nazaret, formada por José, María y Jesús.

La Familia Sagrada es un hogar en que cada uno de sus integrantes vive el designio amoroso de Dios para con cada uno de ellos: José, su vocación de esposo-padre; María, la de esposa-madre y Jesús, la del Hijo, enviado para salvar a los hombres. En este hogar es donde Jesús pudo educarse, formarse y prepararse para la misión recibida de Dios. La Sagrada Familia es una escuela de amor recíproco, de acogida y de respeto, de diálogo y de comprensión mutua, y una escuela de oración. Es el modelo donde todos los cristianos y las familias cristianas pueden encontrar la luz para vivir de acuerdo con la voluntad de Dios.

San Pablo, en su carta a los Colosenses (3,12-21), nos muestra la unidad de vida y de comunión en el amor que ha de darse en la familia cristiana. Un amor que es siempre recíproco y fiel, entregado y respetuoso; un amor, que para ser verdadero, incluye necesariamente el perdón: ‘Sobrellevaos mutuamente y perdonaos’. Este es el verdadero amor, que es, a su vez, el único vínculo capaz de mantener unidos a los esposos y a la familia más allá cualquier dificultad o problema. Este amor es el verdadero alimento de la familia, que ayuda a crecer a los esposos y a los hijos y preserva a la familia de la desintegración. Este amor no es mera simpatía, ni un sentimiento volátil o una pasión pasajera. Este amor no es egoísta, ni individualista, porque no es búsqueda de sí mismo. El verdadero amor es donación y entrega mutua y desinteresada, que busca el bien del otro.

La Fiesta de la Sagrada Familia nos urge a los cristianos a acoger, vivir y proclamar la verdad y la belleza de la familia, según el plan de Dios. La familia natural y cristiana es una comunión íntima de vida y amor, fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, abierto al don de la vida humana, y para siempre. Esta buena nueva hemos de vivirla y proponerla sin miedos ni complejos en un contexto social, político y legislativo contrario al verdadero matrimonio, a la familia y a sus derechos. A la vez, hemos de pedir para la familia, célula básica de la sociedad, el respeto y el apoyo económico, social, político y mediático que en justicia se merece, en especial en la políticas de vivienda, de conciliación entre vida laboral y familiar o de educación. No podemos guardar silencio ante el ataque frontal a la familia sea con la equiparación de las uniones de personas del mismo sexo con el matrimonio, o con el llamado ‘divorcio expres’, que acaba con la estabilidad propia del matrimonio y desintegra la familia.

¡Que como cristianos sepamos responder a la tarea urgente de anunciar la Buena Nueva del matrimonio y la familia!.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Navidad – Misa del Día

Castellón, S.I. Concatedral de Sta. María, 25.12.2007

(Is 52,7-10; Sal 97; Hb 1,1-6; Jn 1,1-18)

 

¡Amados hermanos y hermanas en el Señor!

El misterio santo de la Navidad, que hoy celebramos, nos congrega para contemplar y admirar, para bendecir y cantar, para postrarnos en humilde oración ante el Niño, que yace en el portal de Belén. Pero, ¿quién es este Niño cuyo nacimiento es hoy motivo de alegría universal? ¿Quién es ese Niño a quien anuncian y alaban los ángeles, adoran y bendicen los pastores y rinden homenaje los reyes venidos de oriente? ¿Quién es ese Niño que se distingue de todos los demás niños y ha dividido la Historia en un antes y en un después?

 

Este Niño es Dios. Esta es la respuesta clara, cierta y precisa que nos ha dado el evangelista San Juan en el evangelio que hemos proclamado: Ese Niño es la Palabra, el Verbo de Dios, hecho carne; es el mismo Hijo de Dios hecho Hombre, es el Hijo de Dios que, sin dejar la gloria del Padre se ha hecho presente entre nosotros. Ese Niño que ha nacido en Belén es Dios, y por eso los ángeles del cielo lo adoran y han entonado el cántico más grandioso y sencillo que oyó la tierra: “Gloria a Díos en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor” (Lc 2, 14). Ese Niño es Dios, y por eso los profetas lo anunciaron, y su anuncio se cumplió en la historia. Ese Niño es Dios, y porque lo es, una estrella lo señala desde las alturas; y porque es Rey de reyes y Señor de los señores llegaron los reyes de Arabia y Sabá a depositar junto a su cuna los tesoros, los cetros y las coronas.

Poco importa que sea un Niño recién nacido, ni su apariencia pobre, frágil y humilde. Él es el Hijo de Dios, el Hijo “por medio del cual (Dios) ha ido realizando las edades del hombre” (Heb 1,3). Él es el reflejo de la gloria del Padre, impronta de su ser, tan excelso y omnipotente, que sostiene el universo y la creación entera se rinde a sus disposiciones y mandatos. Este es el Niño objeto de nuestras miradas en la cuna de Belén.

Pero no es esto sólo; y aquí está el prodigio nunca visto ni imaginado, sólo posible por la sabiduría y el amor omnipotente de Dios. Este Niño es Hombre también. Sin dejar de ser Dios se ha hecho hombre de nuestra misma naturaleza; siendo eterno y engendrado antes del tiempo, comparte nuestra vida temporal, con un cuerpo y un alma como los nuestros, formados en las entrañas purísimas de una mujer, la Virgen María.

Hay pues en Él dos naturalezas, una divina y otra humana, que al unirse, en nada cambian y permanecen distintas, por las que es Dios y Hombre pero una sola Persona, la misma que tiene desde toda la eternidad como Hijo de Dios; porque no debe ni puede perderla; es la que rige, gobierna y sirve de supuesto a la naturaleza humana que tomó en el tiempo y ha elevado a una dignidad incomparable. Este es el misterio del Niño Dios, el misterio de nuestro Redentor y Salvador, que nació hace 2000 años y que está en medio de nosotros.

“El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14). Este es el motivo de nuestra alegría navideña, el contenido propio de la fiesta de Navidad. No celebramos simplemente el nacimiento de un hombre grande o el misterio de la infancia de un niño.

Aquí ha ocurrido algo más: el Verbo se hizo carne. Este niño, que yace en el portal, es el Hijo de Dios. En Belén sucede algo impensable y, sin embargo, también lo siempre esperado: Dios viene a habitar entre nosotros, se hace uno de los nuestros, entra en nuestra historia personal y colectiva. Él se ha unido tan inseparablemente con el hombre, que este hombre es efectivamente Dios de Dios, luz de luz; y, a la vez, sigue siendo verdadero hombre. Así vino a nosotros efectivamente el eterno sentido del hombre, del mundo y de la historia humana de tal forma que se le puede contemplar e incluso tocar (cf. 1 Jn 1,1). Pero este sentido no es simplemente una idea corriente que entra en el mundo. El sentido es una Palabra y la Palabra es una persona: es el Hijo de Dios que nos conoce, nos ama y nos llama. El viene para y por cada uno de nosotros. A quien le recibe en la fe, le purifica de sus pecados y le concede el poder ser hijo de Dios, participar de la vida de Dios sin fin.

A muchos, tal vez, pueda parecer esto demasiado bello para ser verdad. Pero hoy se nos anuncia: Sí, existe un sentido para el hombre, para el mundo y para la historia. Y el sentido no es una protesta impotente contra lo que carece de sentido. El sentido es Dios. Y Dios es amor, es bondad. Dios no es un ser sublime y alejado, al cual nunca se puede llegar. Dios se halla totalmente próximo, al alcance de la voz y de la mano; a Dios se le puede alcanzar siempre. Él tiene tiempo para mí, tanto tiempo que hubo de yacer en un portal y que permanece siempre como hombre.

 

Dejémonos guiar por el evangelista san Juan, y dirijamos nuestra mirada y nuestro corazón al Verbo eterno, a la Palabra que se hizo carne y de cuya plenitud hemos recibido gracia sobre gracia (cf. Jn 1, 14.16). Esta fe en la Palabra que creó el mundo, en Aquel que vino como un Niño, esta fe y su gran esperanza parecen, por desgracia, alejadas hoy de la realidad de la vida de cada día, pública o privada. Parece una verdad es demasiado grande para ser acogida. Pero sin ella, sin Dios, sin su Palabra, el mundo resulta cada vez más caótico e incluso violento: lo comprobamos cada día. Y la luz de Dios, la luz de la Verdad, se apaga. La vida se vuelve oscura y sin brújula.

Dejemos que nuestros ojos sean abiertos por el misterio de este día y así podamos ver. Caigamos de rodillas a los pies de ese Niño y postrémonos ante Él en adoración. Sí, hemos de hacer todo esto, pues su venida a la tierra tiene como objeto asumir en sí todo lo creado, reconstruir lo que estaba caído y restaurar de ese modo el universo. Vino del cielo y se hizo hombre, para llamar de nuevo al Reino de los cielos al hombre sumergido en el pecado, para librarnos de la esclavitud del pecado -origen de todos los males-, y de la muerte eterna, para hacernos partícipes de la misma vida divina y convertir nuestra vida natural y humana en sobrenatural y divina, para hacernos hijos de Dios dando así comienzo a la nueva creación mucho más maravillosa que la primera.

Miremos con fe, con esperanza y amor al pesebre de Belén, porque de aquella cuna sale la salvación de Dios que llega a todos los confines de la tierra y “verán la victoria de nuestro Dios” (Is 52, 10). Miremos con fe porque en aquella cuna descansa el que es la luz que ilumina y enseña el camino todos: a los potentados a ser más humildes, a los ricos a saber vivir más pobremente, a los afligidos a descubrir en Dios su esperanza, a los que llevan los destinos de los pueblos a mejor servir e implantar la justicia y a todos a saberse respetar y amar más.

En esta Navidad pidamos a este Niño-Dios que la violencia sea vencida con la fuerza del amor, que los enfrentamientos cedan el paso a la reconciliación, que la prepotencia se transforme en deseo de perdón, de justicia y de paz. Que los deseos de bondad y de amor que nos intercambiamos en estos días lleguen a todos los ambientes de nuestra vida cotidiana. Que sea un aldabonazo de nuestras conciencias ante una ‘culura de la muerte’, para que aprendamos a respetar toda vida humana desde su concepción hasta su muerte natural. Que sea respetada toda persona humana porque todo hombre y mujer gozan de la misma dignidad. Que la paz esté en nuestros corazones, para que se abran a la acción de la gracia de Dios. Que la paz reine en las familias, para que pasen la Navidad unidas ante el belén y el árbol lleno de luces. Que el mensaje de solidaridad y de acogida que brota de la Navidad contribuya a crear una sensibilidad más profunda ante las antiguas y nuevas formas de pobreza, ante el bien común, en el que todos estamos llamados a participar. Que todos los miembros de la comunidad familiar, en especial los niños, los ancianos, las personas más débiles, puedan sentir el calor de esta fiesta, y que se dilate después durante todos los días del año (Benedicto XVI).

Que la Navidad sea para todos la fiesta del amor, de la alegría y de la paz: porque nos ha nacido el Salvador, el Príncipe de la paz. A todos os deseo una Navidad llena de Amor, de Paz y de Felicidad; una Navidad llena de Dios.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Navidad – Misa de Medianoche

Segorbe, S. I. Catedral-Basílica, 24.12.2007

 (Is 9,1-3.5-6; Sal 95; Tit 2,11-14; Lc 2,1-14)

 

¡Amados hermanos y hermanas en el Señor!

En la santa alegría de la Noche de Navidad, el Señor nos convoca a esta Misa de Medianoche para cantar con los ángeles: “Gloria a Dios en el Cielo, y la Paz en la tierra a los hombres, que ama el Señor”. En cada Eucaristía, y en especial en la de esta Noche, damos gloria y alabamos a Dios porque un Niño se nos ha dado: Él es el Príncipe de la Paz. En este Pequeño, Dios nos ofrece a los creyentes y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad su amor, su vida y su paz: es la paz mesiánica, que trae para todo el mundo el Hijo de Dios que nos nace en Belén;

Año tras año escuchamos esta Buena Nueva, esta pequeña gran noticia, este Evangelio en su sentido más genuino de Buena Nueva: “Hoy os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor” (Sal 95).

Con el temor de los pastores ante las palabras del ángel, hemos venido esta noche para escuchar y celebrar esta noticia que será la gran alegría para todo el pueblo. En la ciudad de David, en Belén, nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. El es el esperado desde todos los tiempos. El es una luz grande para el pueblo que camina en tinieblas. Aquel niño es el Hijo de Dios que viene para anunciar la paz, para consolidarla con el derecho y la justicia.

También nosotros hemos escuchado las palabras del ángel, que nos anunciaba la señal para reconocer al Mesías: un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Y también nosotros, como los pastores, hemos querido acercarnos a verlo. Y hemos venido, y hemos visto al niño envuelto en pañales, a quien su madre tuvo que acostar en un pesebre, porque no había otro lugar mejor tras aquella larga emigración de kilómetros por satisfacer los caprichos del emperador romano.

Año tras año, los creyentes revivimos el gozo de este Evangelio y, como los pastores contemplamos en humilde adoración este misterio de salvación: el Hijo de Dios se hace hombre, la Palabra eterna de Dios se hace carne y acampa entre nosotros. “Contemplamos su gloria, gloria propia de Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14).

Navidad, hermanos, es este Evangelio siempre nuevo y renovador, el mensaje que desde hace dos mil años, desde el comienzo de nuestra era, los creyentes en Cristo acogemos con fe, celebramos con alegría y transmitimos con gozo a nuestro mundo. Este mensaje lo desarrolla la liturgia de Navidad diciendo que Dios, “de modo admirable creó la naturaleza humana a su imagen y semejanza, pero de un modo más admirable todavía, por Jesucristo, elevó nuestra condición humana” (Prefacio). En el Niño Dios, nacido en Belén, Dios comparte nuestra condición humana para que nosotros podamos compartir su vida divina.

Este es el misterio que celebramos en Navidad: El encuentro definitivo de Dios Salvador con el hombre. Porque “tanto amó Dios al mundo que nos envió a su propio Hijo”: Él es la Palabra por la cual fueron creadas todas las cosas, Él es el reflejo de la gloria del Padre y la impronta de su ser, la luz y la vida verdadera. Él comparte nuestra carne y nuestra sangre, asume nuestra naturaleza humana, se hace hermano nuestro, hombre en todo como nosotros menos en el pecado. Desciende hasta lo más profundo de nuestra humanidad, hasta la misma muerte. Por eso Navidad es la gran proclamación del amor de Dios y de la dignidad del hombre. “La Gloria de Dios es la gloria del hombre”, decía S. Irineo. Para los creyentes no existe un motivo mayor para valorar al hombre y proclamar su dignidad que la Encarnación del Hijo de Dios. Por la Encarnación del Hijo de Dios todos los hombres que creen pueden ser hijos de Dios, participar de la misma vida de Dios.

Navidad es por ello la revelación del Dios invisible, que tantas veces hemos creído lejano, porque “el Hijo único, que está en el seno del Padre, nos lo ha dado a conocer”. Por eso confluyen en esta fiesta, principio de nuestra salvación, la encarnación del Hijo de Dios y la divinización del hombre.

 

Conscientes de la divinización del hombre, que se realiza gracias al misterio del Hijo de Dios hecho hombre, los cristianos adquirimos el compromiso de ‘humanizar’ este mundo y esta sociedad desde Dios, para que se vayan ajustando al ideal de Dios, al plan divino para la salvación de los hombres. Nuestra felicitación navideña es un augurio y ha de ser una comunicación de la verdadera paz, que descansa en Dios, de la verdadera felicidad que pregusta la del Reino de Dios, y de la verdadera fraternidad que arranca de la que vivió el Dios hecho hombre, nuestro hermano.

Nosotros lo hemos visto y hemos creído; y, como los pastores, tenemos que salir de aquí proclamando a cuantos nos rodean esa gran noticia, el gran gozo que hoy celebramos. Porque ahora sabemos, esta noche sabemos, que aquel Niño envuelto en pañales, aquel Niño tan igual a nosotros -y más aún, tan igual a los pobres- es el signo de que en medio de nuestra pequeña vida, de nuestro mundo, de nuestro ciudad, de nuestra historia, se ha abierto un camino. Y que abriendo paso en este camino va Alguien que no nos puede fallar. Alguien que ha convertido nuestra pequeña vida en la vida de Dios, nuestro mundo en el mundo de Dios, nuestra historia en la historia de Dios.

Esta es nuestra Navidad. Porque esta es nuestra fe. Esta es la fe que anunciaron los ángeles y creyeron los pastores. Esta es la fe que hoy proclamamos: que Dios mismo ha venido a vivir nuestra vida y le ha dado toda la dignidad, todo el valor, toda la gracia, toda la fuerza que sólo pueden venir de él.

Y por eso hoy celebramos con alegría esta fiesta y nos felicitamos. Porque el Señor, el Mesías, está aquí. Y porque su camino, su mensaje, su llamada no han quedado sin respuesta: porque aquí junto a nosotros y en otros lugares lejanos, entre personas conocidas y entre gente de la que nunca hemos oído hablar, sigue abriéndose paso el amor, la paz y la justicia, la solidaridad, la atención a los demás, la entrega. Y eso significa que la fuerza y la gloria de Dios que los ángeles anunciaron, siguen aquí, están vivos aquí. Significa que lo que hoy celebramos no es sólo un recuerdo lejano, una vieja historia, sino que Jesús, el Mesías, sigue viniendo, sigue naciendo, nace hoy entre nosotros.

Hermanos.  Que estén con todos, ahora y siempre, el gozo y la paz del Señor. Que sintamos día a día la presencia del Dios-con-nosotros. Y que nuestra vida entera sea un anuncio, con los hechos y con las palabras, de este Dios que ama al mundo y que se ha hecho compañero de cada hombre. En el hogar de los hijos de Dios, compartimos ahora la alegría de nuestros hogares, de todos los hombres de buena voluntad. Aquí nos acercamos a Belén para proclamar la salvación de Cristo que se inicia en Navidad y culmina en Pascua.

El Niño que hoy nos ha nacido, nos da su Cuerpo, pan de vida, para que todos participemos de su vida, la de hijos de Dios, que hoy ha alboreado para los creyentes.

¡FELIZ Y SANTA NAVIDAD A TODOS!

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

¡Es Navidad!

Queridos diocesanos:

Navidad está a las puertas. Aunque no falten los intentos de silenciar y los peligros de olvidar su verdadero sentido cristiano, en Navidad resuenan con fuerza las palabras del evangelista Juan: “La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn, 1, 14). Esta frase muestra el contenido propio de la fiesta de la Navidad y el motivo de la  alegría navideña de los cristianos, que se ofrece a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Jesús, el Niño que nace en Belén, es la Palabra de Dios. La Palabra es el Hijo de Dios hecho hombre; el Niño nacido en Belén es el Dios encarnado. Dios y Hombre, la divinidad y la humanidad, unidas en una sola persona: el Niño-Dios nacido en Belén.

La Navidad es misterio de amor. Es el amor infinito de Dios Padre, que envía al mundo a su Hijo Unigénito para darnos su propia vida y su amor. Es el misterio del amor del “Dios con nosotros”, el Emmanuel: Dios entra en nuestra historia humana y viene a la tierra para entregarnos su vida por amor. Se entablará una lucha angustiosa entre la luz y las tinieblas, entre la verdad y la mentira, entre la muerte y la vida, entre el odio y el amor; al final, por su muerte y resurrección, triunfarán la luz, la verdad, la vida y el amor. El Príncipe de la paz, nacido en Belén, dará su vida para que en la tierra reine el amor.

Jesús, la Palabra de Dios hecha carne y nacido en Belén, nos invita con fuerza a entrar en una vida nueva, la que Él mismo nos da en abundancia. El hombre moderno dice no necesitar de Dios; la época presente se empecina en vivir de espaldas a Dios. Pero el hombre, pese a los cambios, permanece siempre el mismo; aunque se resista algún tiempo a ello, al final se hace siempre las mismas preguntas sobre sí mismo, su origen y destino; sufre y necesita amar y ser amado; busca seguridad y reclama consuelo en su desvalimiento; busca y necesita la felicidad. Cuando pasa el frenesí del momento, se da cuenta de que es barro, frágil, limitado, necesitado de amor, de salvación y de Dios.

En Navidad, Dios sale nuestro a nuestro encuentro porque nos ama. Es preciso dejarse encontrar por Dios, ir en su búsqueda, como los magos del Oriente y encontrarlo en el “niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre”. Para todas las preguntas del hombre antiguo, moderno o posmoderno, Jesucristo es la respuesta, porque es la palabra definitiva de Dios. Jesús es y nos trae una buena Noticia. Como nos dice san León Magno, “alegrémonos, hoy ha nacido nuestro Salvador. No puede haber lugar para la tristeza cuando acaba de nacer la vida”. Esta invitación a vivir la alegría es un ofrecimiento y una llamada para todos.

Alegrémonos: la salvación ha venido por Jesucristo al mundo y algo ha cambiado definitivamente desde entonces; y algo puede y debe cambiar en nuestra vida, si contemplamos, adoramos y acogemos al Niño-Dios, nacido en Belén. Os deseo a todos una feliz y santa Navidad.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Sed de Dios

Queridos diocesanos:

Con frecuencia lamentamos el sesgo que va tomando la Navidad en una sociedad marcada por el bienestar material, el consumo, la diversión, la superficialidad y la indiferencia religiosa. Incluso nos duele cuando se pretende ocultar su sentido cristiano en tarjetas de felicitación o en adornos; protestamos cuando un laicismo militante promueve la desaparición en espacios públicos de los símbolos navideños típicamente cristianos, como es el belén.

Pero puede ocurrir que sin darnos cuenta ese mismo ambiente materialista, hedonista y neopagano vaya haciendo mella en los cristianos. De ahí la urgente necesidad de preparar la  Navidad como conviene saliendo en este tiempo Adviento al encuentro de Cristo, que viene. La celebración en cristiano de la Navidad depende de nuestra preparación previa a este acontecimiento de fundamental importancia para el hombre, la humanidad y la historia: Dios sale al encuentro del hombre, de toda la humanidad, en Jesús de Nazaret para ofrecernos la Salvación.

No es indiferente el modo y la calidad de nuestra respuesta a Dios que viene a nuestro encuentro en Jesús. El no se impone, sino que se ofrece gratuitamente a nuestra libertad; sin embargo de nuestra acogida, indiferencia o rechazo depende nuestra salvación, que se siembra ya en el presente y da frutos en la gloria y felicidad eternas.

Y es posible que ahí comience nuestro drama. Porque ¿sentimos en verdad necesidad de Dios y de su Salvación en Cristo? Nos sentimos tan a gusto con nuestro bienestar, con nuestros logros humanos y con vivir el momento presente que consideramos innecesarios a Dios y su Salvación plena y eterna. Muchos han hecho una opción de vida de su voluntaria cerrazón de mente y de corazón a Dios y se han sumergido libre y gustosamente en la oscuridad espiritual, tanto en su vida personal como en su vida familiar o social. Es malo cerrarse a Dios, dejándose llevar por la cultura y la concepción dominantes del hombre y del mundo.

Las propuestas de liberación del hombre y de su finitud, de su dolor y de su infelicidad, al margen de Dios y del reconocimiento de la realidad del mal moral, del pecado, y de la muerte son señuelos engañosos. Las propuestas de progreso de la humanidad sin una esperanza anclada en Dios, presente y futuro de la humanidad, tienen las alas muy cortas.

Sólo nos puede salvar quien nos libra del pecado y de la muerte temporal y eterna: Dios mismo que en Cristo Jesús entra y obra en nuestra historia, y le confiere sentido en el presente y meta en el futuro. Dios no es un competidor del hombre, de su libertad, de su desarrollo y de su felicidad, sino todo lo contrario: Dios es su garante. Venimos de su amor y hacia él caminamos. Dejemos que aflore y se acreciente en nosotros la sed de Dios que nos conduzca al encuentro con Jesús, el Mesías y Salvador, en esta Navidad. El es el Camino de nuestra verdadera, plena y feliz realización, El es nuestra esperanza, como tan bellamente enseña el Papa Benedicto XVI, en su nueva Encíclica ‘Spe salvi’ (en esperanza fuimos salvados).

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María Virgen

Basílica de San Pascual de Villarreal  – 9 de diciembre de 2007

(Gn 3. 9-15.20; Sal 97; Ef 1, 3-6.11.12; Lc 1, 26-28)

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor!

El Señor nos ha convocado en torno a la mesa de su Palabra y de su Eucaristía para honrar a María, la Purísima, en este segundo domingo de la Fiesta de la Congregación de la Hijas de María. Os saludo cordialmente a vosotras Hijas de María, en especial a las no casadas, y a cuantos participáis en esta Santa Misa aquí, en la Basílica de San Pascual de Villareal, y desde vuestras casas por radio o por TV.

Hoy sentimos de un modo especial la cercanía maternal y la presencia amorosa de la Inmaculada, la criatura amada y llena de gracia, la aurora de la salvación y la madre en la fe y en la esperanza. Con intenso gozo espiritual contemplamos a la Virgen María, “la más humilde y a la vez la más alta de todas las criaturas, término fijo de la voluntad eterna”, como canta el poeta Dante (Paraíso, XXXIII, 3). En ella resplandece la eterna bondad del Creador que, en su plan de salvación, la escogió de antemano para ser madre de su Hijo Unigénito y, en previsión de la muerte de él, la preservó de toda mancha de pecado (cf. Oración colecta). María no sólo no cometió pecado alguno, sino que fue preservada incluso de la herencia común del género humano que es la culpa original, por la misión a la que Dios la destinó desde siempre: ser la Madre del Redentor.

Todo esto está contenido en la verdad de fe de la “Inmaculada Concepción”. Su  fundamento bíblico lo encontramos en las palabras del ángel Gabriel a la joven de Nazaret: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1, 28). “Llena de gracia” es el nombre más hermoso de María, un nombre que le dio Dios mismo para indicar que desde siempre y para siempre es la amada, la elegida, la escogida para acoger el don más precioso, Jesús, “el amor encarnado de Dios” (Deus caritas est, 12).

María es “la llena de gracia”. Dios obra en María maravillas, la colma de su amor y de su gracia, y la preserva así de toda mancha de pecado desde el mismo momento su concepción. María es llamada a la existencia llena de gracia por puro amor de Dios Padre. La Inmaculada nos remite, por ello y en primer lugar, a Dios; nos muestra el verdadero rostro de Dios Padre: Dios es amor, y crea por amor y llamada a la vida en el amor. La perfecta santidad de María, su comunión plena con Dios desde el momento mismo de su concepción, se debe al Hijo que concebirá en su seno. En María, la Madre virgen del Hijo, se realiza de modo anticipado y perfecto la obra de salvación de Jesucristo. María fue preservada del pecado original, y creada llena de gracia y de santidad desde siempre “en vista de los méritos de Jesucristo, salvador del género humano”. En la doncella virgen de Nazaret se manifiesta por vez primera el plan divino de Salvación trazado por el amor misericordioso de Dios “antes de la creación del mundo”.

María es la llena de gracia desde el momento mismo de su Concepción. Y tenía que ser así, porque la gracia de María tenía que corresponder a la misión y dignidad para la que Dios le había elegido. María es la verdadera y propia Madre del Hijo de Dios, el Salvador. Y a esta misión y dignidad incomparables debía corresponder una santidad sin igual, la plenitud de la gracia. Por su intima comunión de vida y de destino con Cristo, la Virgen María se ha visto rodeada desde el primer momento de su existencia por el amor del Padre, por la gracia del Hijo y por los esplendores del Espíritu. María ha sido preservada de toda sumisión al mal o connivencia con él: ella es la Purísima.

El don que María recibe de Dios no permanece inactivo en ella. María acoge el amor de Dios, y le corresponde con la entrega de todo su ser, con la adhesión total de su persona al designio de Dios sobre ella, con disponibilidad plena y en obediencia fiel a la voluntad de Dios. ‘He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu Palabra’ (Lc 1,38)

 

Con la concepción inmaculada de María se inicia el capítulo culminante de la historia de la salvación: la Encarnación del Hijo Unigénito de Dios, que redime y salva. En la concepción purísima de María tiene lugar un acontecimiento sin igual en la historia del hombre. En la persona de esta mujer, elegida entre los sencillos de Israel, el ser humano recupera toda su verdad, su ser imagen de Dios, empañada por el pecado: Todo ser humano es creado por un acto amoroso de Dios como imagen suya y está destinado desde el principio a la vida de comunión con Dios para siempre y para alabanza de su gloria (cf. Ef 1, 4.11). María es así “la aurora de la salvación”, en quien empiezan ya a florecer, por la previsión de la obra redentora de su Hijo, los más espléndidos frutos de santidad y de vida nueva.

Con María ha dado comienzo la historia de la humanidad salvada, la historia  de la nueva humanidad. Ella es el contrapunto a la experiencia dramática de nuestros primeros padres, del pecado original, narrada en la primera lectura de hoy (Gn 3,9-15.20). Adán y Eva, creados por Dios por puro amor para la vida, creados en estado de amistad con Dios, con los hombres y con el resto de la creación, haciendo uso de su libertad, rehúsan el amor de Dios. No se fían de Dios. Tentados por las palabras de la serpiente, abrigan la sospecha de que Dios, les quita algo de su vida, que limita su libertad, y que sólo serán plenamente seres humanos cuando lo dejen de lado. Y así se apartan de Dios, se cierran a Dios para construir su propio mundo al margen de su Creador, se erigen en centro y en norma de todo, suplantan a Dios en su vida. Desde entonces, es ésta la tentación siempre presente en la historia humana –personal y colectiva-, ese es también el deseo último del hombre moderno cuando declara ‘la muerte de Dios’ o prescinde de El en su vida.

El hombre no quiere recibir de Dios su existencia y la plenitud de su vida. No le parece fiable el amor. Más que el amor, busca el poder mediante el conocimiento, con el que quiere dirigir de modo autónomo su vida. Rechazada la vida y el amor de Dios, el hombre experimenta su vaciedad más profunda: rota su relación con Dios, el hombre se experimenta desnudo, vacío, siente miedo y se esconde. Esta es la dramática consecuencia del pecado original, que desde entonces afecta a todo hombre y mujer al nacer.

Pero Dios, Amor misericordioso, sigue amando al hombre, y sale en su busca. “¿Dónde estás?” (Gn 3,9), pregunta Dios a Adán. Porque Dios, que ha creado al hombre por amor y para el amor y para la vida, sigue amando al hombre a pesar de su pecado, a pesar de su rechazo. Tras la caída, Dios no lo abandona. En ese mismo momento, Dios anuncia la victoria sobre el mal y el levantamiento de su caída. El hombre no está destinado a perecer en su pecado, o disolverse en la nada. “Dios (El) nos ha destinado en la Persona de Cristo por pura iniciativa suya, a ser sus hijos” (Ef 1,4). Y “tanto amó Dios al mundo que dio a su único hijo” (Jn 3,16). El fruto primero y más sublime del amor de Dios, manifestado en la redención realizada por Cristo, es María Inmaculada.

 

Las palabras del saludo del ángel “llena de gracia” encierran, ciertamente, el singular destino de María; pero también indican el designio de Dios para todo ser humano. Dios nos ha creado ‘para que seamos santos e inmaculados ante él por el amor’ (Ef 1, 4). Por eso, Dios nos ha ‘bendecido’ antes de nuestra existencia terrena y ha enviado a su Hijo al mundo para rescatarnos del pecado y hacernos partícipes de su propia vida.

Los cristianos, por el bautismo, ya participamos de la nueva vida de los hijos de Dios. La Palabra de Dios nos exhorta a acoger este don con fe y con una vida conforme al designio divino, como María, un designio que pide la perfección en el amor. El Concilio Vaticano II nos recuerda: “… todos los fieles, de cualquier estado o condición están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad” (cf LG 40b).

Todo fiel cristiano está llamado a la santidad, que no es otra cosa que vivir en el amor de Dios y, desde él, amar a los hermanos. Puede sonar trasnochado, fuera de lugar, ilusorio, pero sólo en la santidad encontraremos la verdadera libertad, que es libertad para hacer el bien, y la felicidad. Es el deseo de Dios para nosotros. Sólo desde la santidad de sus miembros, serán nuestras comunidades y nuestras familias ámbitos de comunión y de misión, y nuestra Iglesia diocesana realmente viva y evangelizadora; sólo desde ahí, puede nuestra Iglesia seguir prestando el servicio, que le es propio, al hombre y a la sociedad, en cumplimiento del mandato de su Señor: ser signo eficaz de unidad, de fraternidad y de paz.

La santidad es conformarse con Aquel que es Maestro y Modelo de santidad, Cristo Jesús. Y hacerlo siguiendo la estela de María, Madre de la Iglesia y modelo de los creyentes. Nadie que quiera ser realmente cristiano, que quiera ser en verdad hijo e hija de María, puede considerarse exento de la llamada de Dios a la santidad. Ninguna excusa, como la dificultad de ese camino, el ambiente hostil, las atracciones del mundo o lo complejo de la vida moderna, puede aducirse para escamotear el destino de felicidad al que Dios llama al hombre. Existe la libertad de decir ‘no’. Pero al decir ‘no’, la persona se está cerrando al designio que Dios le tiene preparado, es decir, está renunciando al amor, a la felicidad, a la vida. Decir ‘no’ es optar por una vida al margen de Dios, es optar por la muerte.

La santidad en la Iglesia es la misma para todos, pero cada uno ha de santificarse en la vocación específica y en el género de vida al cual ha sido llamado, siguiendo en él al Señor Jesús tras la huellas de la Inmaculada, modelo de santidad. Cada uno, en su estado de vida y en su ocupación, ha de avanzar por el camino de una fe viva, que se traduce en obras de amor. El cristiano ha de vivir según la fe en todos los momentos de su vida, nutriéndose de la gracia, conociendo y celebrando la fe común de la Iglesia, participando en los sacramentos de la Eucaristía y del perdón. No existe el cristiano en cómodas cuotas horarias, diarias, ni mucho menos semanales o anuales.

La santidad es el gran regalo de Dios para el ser humano. Por la Encarnación, del Hijo de Dios en el seno virginal de María Inmaculada, el amor de Dios se abre a la humanidad y hace posible restablecer, a niveles impensados, la amistad con Dios en la comunión de la Iglesia. Esta santidad es decisiva para la felicidad del ser humano. Es meta fundamental a la que se debe tender para alcanzar la plenitud. Se debe siempre a la iniciativa y al don de Dios, pero requiere de una colaboración entusiasta y eficaz. Dejémonos invadir por un deseo intenso de santidad, del amor de Dios y del amor a Dios en los hermanos. Vivamos con gozo y con gratitud el don de la fe y la vida cristiana. No tengamos miedo a ser cristianos, a acoger a Dios y su amor en nuestra vida.

 

María Inmaculada nos enseña a acoger el designio divino para llegar a ser santos, para llegar a ser felices. María, la llena de gracia, la amada por Dios, es la primicia de la humanidad redimida. Ella acoge el amor de Dios con gratitud y gozo: “Proclama mi alma la grandeza del Señor”. María acoge a Dios y su amor con fe y confianza plena y con la entrega total de su persona a Dios y a su plan sobre ella. “He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según palabra” (Lc 1,38).

María vive su existencia así desde la verdad de su persona, que es el de toda persona humana. Y esta verdad sólo se descubre en Dios y en su amor. María es consciente de que ella es nada sin el amor de Dios, que la vida humana sin Dios solo produce vacío en la existencia. Ella sabe que el fundamento de su existencia no está en sí misma, sino en Dios, que ella está hecha para acoger el amor de Dios y para darse por amor. Por ello vivirá siempre en Dios y para Dios. María, la mujer humilde, aceptando su pequeñez ante Dios, dejando que Dios sea grande, se llena de Dios y queda engrandecida, y se convierte así en madre de la libertad y de la dicha. María es nuestra madre en la fe y nuestro modelo como creyentes. Dichosa por haber creído, María nos muestra que la fe en Dios es nuestra dicha y nuestra victoria, porque “todo es posible al que cree” (Mc 9, 23).

 

Miremos a la Virgen, la Inmaculada, para que se avive hoy en nosotros, sus hijos e hijas, la fe y el amor, la aspiración a la belleza, a la bondad y a la pureza de corazón. Su candor celestial nos atrae hacia Dios, ayudándonos a superar la tentación de una vida mediocre, hecha de componendas con el mal, para orientarnos con determinación hacia el auténtico bien, que es fuente de alegría. ¡Que de manos de María sepamos acoger en nuestras vidas al Dios que nos ama hasta el extremo en Cristo Jesús, hoy y todos los días de nuestra vida¡ Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Preparad el camino al Señor

Queridos diocesanos:

En el Adviento, tiempo sagrado de preparación a la Navidad, al nacimiento del Hijo de Dios, el Mesías y Salvador, se vuelve más explícita y apremiante la llamada de la Palabra de Dios a la conversión. En este segundo domingo escucharemos la exhortación de Juan Bautista: “Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos” (Mt 3, 2). Benedicto XVI, en su magnífico libro ‘Jesus de Nazaret’, nos dice que el Reino de los cielos, el Reino de Dios es Cristo mismo. En Cristo y a través de Él, el Reino de Dios se hace presente aquí y ahora. Al nacer Jesús en Belén, Dios mismo entra en la historia humana de un modo totalmente nuevo, como aquel que obra y salva. Por eso, el Adviento llama de modo especial a la conversión a Dios, a prepararle y allanar el camino, al arrepentimiento y confesión de nuestros pecados; es un tiempo de gracia, pues Dios viene a nuestro encuentro

Puede que la llamada a la conversión nos resulte tan conocida que nos deje fríos. O puede que nos hayamos instalado de tal modo en un modo de vida sin Dios, que pensemos no estar necesitados de conversión porque ya no sintamos ni tan siquiera necesidad de Dios. Él nos ofrece de nuevo este tiempo de gracia, nos invita a volver nuestra mirada hacia Él, a dejarle el espacio que le corresponde en nuestra vida. Pues cuando Dios desaparece, comienza el ocaso del hombre.

La conversión a Dios es una llamada válida para todos. Exige una transformación de la mente y del corazón, un cambio radical en el modo de pensar, de sentir, de ser y de obrar. Necesitamos unos ojos nuevos para ver con los ojos de Cristo, una mente nueva para pensar como El y un corazón nuevo para sentir como El. Necesitamos renovarnos interiormente despojándonos del ‘hombre viejo’ para revestirnos del “hombre nuevo creado a imagen de Dios para llevar una vida santa” (Ef 4, 22-24). La inclinación al poder, al tener, al placer y a la autosuficiencia nos lleva a construirnos nuestro propio reino de espaldas a Dios, a instalarnos en él y a marginar a Dios y a su Reino.

Convertirse significa, pues, abandonar la propia suficiencia y la falsa seguridad en sí mismo y en los propios caminos en la búsqueda de la felicidad para retornar a Dios, a Jesucristo y a su Evangelio. Mejor: convertirse es dejarse encontrar por Dios que sale a nuestro encuentro en Cristo, dejarse abrazar por El, dejarse perdonar los pecados y reconciliar por Dios en su Iglesia, cambiar de orientación en la propia existencia y buscar el apoyo en Dios.

La figura de preparar el camino al Señor o allanar sus senderos, usada por Juan Bautista, expresa y exige por nuestra parte actitudes de humildad y rectitud, veracidad y justicia, fe y esperanza en la salvación que sólo de Dios puede llegarnos. Esta es la buena noticia del Adviento: Dios nos ama y se acerca como Salvador. Si le dejamos entrar en nuestra vida, entonces todo cambiará en nosotros: la tristeza se convertirá en alegría, la desesperanza en fe, el miedo en fortaleza, la esclavitud en libertad, el egoísmo en amor.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Ordenación sacerdotal de D. Francisco Francés Ibáñez

 

S.I. Con-Catedral de Sta. María en Castellón – 2 de Diciembre de 2007

(Is 2,1-5; Sal 121; Rom 13,11-14; Mt 24, 27-44)

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor.

Con el gozo de sabernos bendecidos y agraciados por Dios con el don de un nuevo sacerdote hemos “venido alegres a la casa del Señor” (Sal 121) para la ordenación presbiteral de nuestro hermano Francisco. Dios nos concede el gran don de un nuevo sacerdote. Damos gracias a Dios y con el salmista “celebramos el nombre del Señor”, le bendecimos y alabamos. Y, a ti, querido Paco, te digo: “La paz contigo. Por la casa del Señor nuestro Dios, te deseo todo bien”, hoy y todos los días de tu vida sacerdotal.

Sí, hermanos: celebremos el nombre del Señor, porque Dios nos muestra de nuevo su benevolencia para con nosotros, para con esta Iglesia suya, que peregrina en Segorbe-Castellón, y, en ella, para toda la Iglesia. Quiero también expresar mi profunda gratitud y felicitación a todos cuantos han cuidado de tu formación, así como a tu madre y demás familiares, a tu parroquia de origen de Señera, a esta de Sta. María y a la de Sto. Tomás de Villanueva en Castellón, así como a todos los que te han ayudado a discernir, acoger y madurar la llamada del Señor al sacerdocio y a corresponder a ella con alegría, confianza y generosidad. Estoy seguro de que seguirán estando cerca de ti, para que perseveres en el ministerio sacerdotal y puedas cumplir la misión que el Señor te confía hoy.

No olvides nunca, querido Paco, que todo en ti es don de Dios, obra de su gracia. Así podrás vivir el ministerio que vas a recibir con humildad agradecida y evitarás caer en la tentación de la presunción. Sí: Dios Padre te ha elegido en la persona de Cristo. El orden que vas recibir no responde a una opción personal tuya; tu acoges el don de Dios en Cristo. Él es quien te ha llamado, si bien por los caminos y a una hora madura de tu vida por las razones que sólo Él conoce; Él es quien hoy te consagra y te envía por pura iniciativa suya. Tu vida, tu vocación, tu sacerdocio ordenado, todo ello es obra y manifestación de la gracia de Dios en Cristo Jesús. Es fruto de su amor, lleno de piedad y misericordia al que has de saber responder con entrega, con generosidad y con fidelidad creciente, estando siempre al servicio suyo y de los hermanos.

Si todo en la vida de la Iglesia es don, lo es de una manera especial el sacramento del orden, que configura a quien ha sido llamado y es ungido para ser gracia y don en favor de los hombres, a los que Jesucristo ama y por los que se ha entregado por completo en donación de gracia y misericordia. Dios Padre te ha llamado en Cristo para ser pastor según su corazón, es decir, para amar con su propio amor a los fieles que Él te va a confiar, para entregar tu vida sin reserva alguna por ellos, como Él se entregó por nosotros; para enviarte, como signo de su cercanía, de su amor y misericordia, como dispensador de los misterios y de la gracia de Dios. Mediante el gesto sacramental de la imposición de las manos y la plegaria de consagración, te vas a convertir en presbítero para ser, a imagen de Cristo, Siervo y buen Pastor, servidor del pueblo cristiano. Participarás así en la misma misión de Cristo, maestro, sacerdote y rey, para que cuides de su grey mediante el ministerio de la Palabra, de los Sacramentos y el servicio de la Caridad.

No olvides nunca ninguna de estas tareas: has de ser en el nombre de Jesús, Maestro de la Palabra, Ministro de los Sacramentos y pastor y guía de la Comunidad; y, sobre todo, no olvides que Cristo apacienta al pueblo de Dios con la fuerza de su amor, entregándose a sí mismo como sacrificio, convirtiéndose en Siervo y Cordero inmolado.

 

El centro de tu ministerio será siempre el Señor Jesús, la Buena Nueva de Dios para a los hombres. Cristo Jesús es el “sí” definitivo de Dios a la humanidad, la esperanza de los hombres. En la oración colecta de este primer domingo del Adviento pedíamos a Dios Padre que avive en nosotros “el deseo de salir al encuentro de Cristo, que viene, acompañados por las buenas obras”. Exhorta, pues, en todo momento a descubrir y a acoger al Dios que nos viene en Cristo: este el mensaje central del tiempo del Adviento, que hoy comenzamos; este es el anuncio que como Iglesia hemos de llevar a todos los pueblos. Tú también, querido Francisco, has de anunciar todos los días de tu vida que “Dios viene” al encuentro de los hombres en Cristo y ayudarles a encontrarse con Él.

El único verdadero Dios, el Dios que nos muestra Jesús, no es un Dios que está en el cielo, desinteresándose de nosotros y de nuestra historia, sino que es el Dios-que-viene en Cristo. Dios es un Padre que nunca deja de pensar en nosotros y, respetando totalmente nuestra libertad, desea encontrarse con nosotros y visitarnos; quiere venir, vivir en medio de nosotros, permanecer en nosotros. Viene porque desea liberarnos del mal y de la muerte, de todo lo que impide nuestra verdadera felicidad, Dios viene a salvarnos.

Anunciando a Dios, que sale a nuestro encuentro en Cristo, has de poner voz a la espera de Dios profundamente inscrita en la humanidad, una espera a menudo sofocada y desviada hacia direcciones equivocadas. Dios ama a nuestro mundo y ha enviado a su Hijo; Jesús, con su vida, muerte y resurrección, ha iniciado el mundo nuevo, la vida del hombre en Dios. Así ha realizado las promesas de Dios y la esperanza humana de una manera sorprendente.

Sé consciente que un aspecto típico de nuestro tiempo es el desencanto, la falta de esperanza. El hombre de hoy está de vuelta de muchas grandes ilusiones y tiene miedo al futuro, incierto, con frecuencia amenazador. Parece como si no hubiera más razones para la esperanza. La fe cristiana, que has de proclamar, habla, en cambio, de Dios, la Plenitud de la Vida que ama y viene al mundo. El monte firme, de que nos habla Isaías (2,1-5) es el Señor Jesús encumbrado en su vida, especialmente en su cruz y resurrección. Es así como Dios ha realizado la esperanza de los hombres expresada tan vivamente por Isaías. Dios es fiel en su amor y posibilita la vida humana en medio de todas las dificultades. Sólo quien conoce al Dios, manifestado en Cristo, puede tener esperanza, nos acaba de decir Benedicto XVI en su hermosa Encíclica Spe salvi.

Dios en Jesucristo es la verdadera esperanza humana. Cuando todo se hunde, Él sigue fiel. La esperanza cristiana es segura: Dios siempre hace posible nuestra vida de amor y de paz. Dios viene a estar con nosotros, en todas nuestras situaciones; viene a habitar en medio de nosotros, a vivir con nosotros y en nosotros; viene a colmar las distancias que nos dividen y nos separan; viene a reconciliarnos con él y entre nosotros. Viene a la historia de la humanidad, a llamar a la puerta de cada hombre y de cada mujer de buena voluntad, para traer a las personas, a las familias y a los pueblos el don de la fraternidad, de la concordia y de la paz.

Anuncia la esperanza cristiana, que implica desear la vida nueva para todos con la venida del Señor. No es el “fin de los tiempos” neutro y catastrófico, sino el “retorno del Señor”, la victoria de su Espíritu de amor. Y con la esperanza, exhorta al trabajo, al combate y a la vigilancia cristianos. “Dejemos las actividades de las tinieblas y pretechémonos de las armas de la luz” (Rom 13,13). “Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor” (Mt 24, 42). Hemos de estar atentos a la presencia viva, amorosa, exigente de Dios en cada momento de nuestra vida, viviendo en una espera vigilante y activa, alimentada por la oración y el compromiso concreto del amor.

 

Como presbítero te incumbirá predicar a Cristo, la Palabra viva del Padre. Anunciar a Cristo es anunciar y proponer con humildad, sencillez y alegría a Cristo, el Salvador, la Palabra del Dios vivo que engendra la fe en quienes la acogen en su corazón. Una gran tarea, y una gran responsabilidad la tuya, querido Paco. Vas a prestar a Cristo tu inteligencia, tus palabras y tus labios, para que -por medio de ti- el Señor mismo entre en el alma, en la mente y en el corazón de quienes te escuchen y sean atraídos por el Padre en el Espíritu.

En la transmisión de la Palabra de Dios, la Iglesia pide a sus ministros plena fidelidad al depósito de la revelación tal como nos llega en la Tradición viva y en el Magisterio de la Iglesia. El sacerdote no es señor, sino siervo de la Palabra de Dios, que has de exponer “sin falsificar, reducir, torcer o diluir los contenidos del mensaje divino”. Por eso, “la predicación no puede reducirse a comunicar las propias opiniones, a manifestar la experiencia personal, o a simples explicaciones de carácter psicológico, sociológico o filantrópico” (Directorio, n. 45). Tu misión, como ministro de Cristo, “no es enseñar una sabiduría propia, sino enseñar la palabra de Dios e invitar insistentemente a todos a la conversión y a la santidad” (PDV 26).

Dentro de poco, al entregarte la patena, el cáliz y las ofrendas para el sacrificio eucarístico, te diré: “Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor”. Hoy serás constituido ministro de la Eucaristía, que “contiene todo el bien espiritual de la Iglesia” (PO, 5). Sí, querido Paco, el misterio del que serás dispensador es, en definitiva, Cristo mismo, presente realmente de modo eminente en la Eucaristía, fuente de santidad y llamada incesante a la santificación. ¡Vive este misterio: vive a Cristo; sé otro Cristo!.

La Eucaristía deberá ser el centro mismo de tu ministerio sacerdotal. Como sacerdote debes ser hombre de la Eucaristía. ¡Entra a través de ella en el corazón del misterio pascual para configurarte así íntimamente cada vez más con Cristo, el buen Pastor! ¡Conversa todos los días con Cristo realmente presente en el Sacramento del altar! ¡Déjate conquistar por el amor infinito de su Corazón y prolonga la adoración eucarística en los momentos importantes de tu vida, y al inicio y al final de tus jornadas! La Eucaristía será el manantial cristalino que alimentará de modo incesante tu espiritualidad sacerdotal, tu caridad pastoral y tu celo apostólico. En ella encontrarás fuerza inspiradora para el ministerio diario, impulso apostólico para salir a los caminos del mundo para evangelizar y consuelo espiritual en los momentos de dificultad. Al acercarte diariamente al altar, en el que se renueva el sacrificio de la Cruz, descubrirás cada vez más las riquezas del amor de Cristo y aprenderás a traducirlas a la vida.

La Eucaristía es la fuente y el centro de la vida de todo cristiano y de toda comunidad cristiana: ella es la fuente y la cima de la comunión, el manantial inagotable de la misión evangelizadora y de la transformación del mundo por la fuerza del amor. La nueva evangelización, tan necesaria también en nuestra tierra y en nuestras parroquias, pide recuperar el lugar central de la Eucaristía para todo cristiano. No se edifica tampoco ninguna comunidad cristiana si no tiene como raíz y quicio la celebración de la Eucaristía. Por ello, la Eucaristía debe ser un punto de mira central de tu ministerio presbiteral, ayudando a los fieles a participar en ella de un modo activo digno, atento y fructuoso.

 

Configurado con Cristo, buen Pastor, querido Paco, serás también ministro de la misericordia divina en el sacramento de la reconciliación, vinculado íntimamente al de la Eucaristía. ¡Sé ministro santo de la misericordia divina! ¡Vive ante todo tú mismo la gracia hermosa de la reconciliación como una exigencia profunda y un don siempre esperado mediante una práctica regular de la confesión! Así, darás nuevo vigor e impulso a tu camino de santidad y a tu ministerio. Dios cuenta con tu disponibilidad fiel para llevar el prodigio de su misericordia al corazón de los creyentes en el sacramento de la Penitencia.

 

Querido Paco: Vas a ser ordenado presbítero para esta Iglesia de Segorbe-Castellón, abierto siempre a la Iglesia universal. Y vas a serlo en una época en la que, también aquí entre nosotros, el ambiente de increencia e indiferencia religiosas, y fuertes tendencias culturales quieren hacer que la gente, sobre todo los jóvenes y las familias, olviden a Dios y a su Hijo, Jesucristo. Pero no tengas miedo: Dios estará siempre contigo como lo estuvo con Jesús. Con su ayuda, podrás recorrer los caminos que conducen al corazón de cada hombre y mujer; y podrás llevarles a Cristo, el Hijo de Dios, hecho hombre, el Mesías, el Salvador, que dio la vida por todos y quiere que todos participen en su misterio de amor y salvación. Si estás lleno de Dios, si Cristo es el centro de tu vida, si permaneces en íntima unión con él, serás verdadero apóstol de la nueva evangelización. Nadie da lo que no lleva en su corazón.

Ojalá que tu ejemplo aliente también a otros jóvenes a seguir a Cristo con igual disponibilidad. Por eso oremos al “Dueño de la mies” para siga llamando obreros al servicio de su Reino, porque “la mies es mucha” (Mt 9, 37).

Por tu vocación y por tu ministerio oramos todos nosotros y vela María Santísima. Que María, Madre y modelo de todo sacerdote, permanezca junto a ti y te proteja, hoy y a lo largo de los años de tu ministerio pastoral, para gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo! Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Vivir el Adviento

Queridos diocesanos:

Este Domingo comenzamos el tiempo litúrgico de Adviento. Tiene este tiempo tres dimensiones, que es preciso no olvidar. El Adviento mira al pasado: El Señor, el Mesías anunciado y esperado, ya ha venido; nos preparamos para celebrar con gozo la Navidad, la ‘primera’ venida en la historia del Hijo de Dios en Belén. El Adviento mira al presente: El Señor Resucitado vive y sale constantemente a nuestro encuentro en su Palabra, en sus Sacramentos -en especial en la Eucaristía-, en el prójimo y en los acontecimientos de la vida. Y el Adviento mira, finalmente, al futuro, hacia la ‘segunda’ venida de Jesucristo al final de los tiempos en que llevará a total cumplimiento su obra de salvación y reconciliación de toda la creación. No olvidemos tampoco el decisivo encuentro con el Señor en la hora de nuestra muerte, en que cada uno será examinado y juzgado del amor o de la falta de amor hacia El y, en Él, hacia el hermano pobre y necesitado.

No nos dejemos deslumbrar por la iluminación de calles y plazas en estos días, no nos dejemos aturdir por los reclamos machacones al consumo. Vivir en cristiano el Adviento comporta despertar nuestra alegría y nuestra esperanza, pero también vivir con atención y vigilancia ante la venida presente y futura del Señor Jesús. Poniendo nuestra mirada en el futuro nuestros ojos se vuelven hacia el presente para acoger y vivir en el día a día la novedad de la vida bautismal y las exigencias de nuestro seguimiento del Señor con fidelidad, intensidad y autenticidad crecientes.

En nuestro hoy de peregrinos, la vigilancia y esperanza son pilares imprescindibles de la vida cristiana, de nuestra Iglesia y de cada uno de sus fieles, que os invito a avivar en este tiempo de gracia del Adviento. La vigilancia nos ha de llevar a una conversión constante a Dios en Cristo Jesús, a intensificar la vida de oración, la escucha de la Palabra de Dios, la participación en la Eucaristía, a revisar el tono de nuestra caridad y compromiso cristianos, y a acoger el amor misericordioso de Dios en el Sacramento de la Reconciliación. La esperanza en el triunfo definitivo de Cristo nos ayudará a avivar nuestra fe en la vida eterna y en la resurrección de la carne y, además, a no perder la paz ante las insidias de los poderes de este mundo.

Así se avivará también nuestra conciencia de misión y presencia en el mundo, para que todos puedan encontrarse con Cristo y para que el Amor de Dios, que nos salva, llegue a todos. El hombre de hoy busca ansiosamente la felicidad, que con frecuencia está tentado de buscarla lejos de Dios. Por ese camino cada vez se siente más lejos de la felicidad anhelada. Es en Jesucristo donde el hombre descubre su verdadera imagen, su verdadero destino y su pertenencia a un mundo nuevo que ha comenzado a edificarse en el presente. Cristo ha venido y viene para todos. Dejémonos encontrar por el Señor que viene; hagámosle presente en el mundo.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón