Coopera con tu Iglesia Diocesana

Queridos diocesanos:

La misión espiritual de nuestra Iglesia diocesana descansa en último término en Dios mismo. El es quien la sostiene por medio de Jesucristo, que la convoca, la preside y la vivifica por medio de la fuerza interior del Espíritu Santo. Pero el Señor Resucitado ha puesto la tarea ingente de la evangelización en manos de los Apóstoles, y, a  través de ellos, de su Iglesia, que formamos todos los cristianos. “Id y anunciad el Evangelio a toda criatura” les dijo poco antes de ascender a los Cielos.

La misión de nuestra Iglesia corresponde a todos los bautizados; para llevarla a cabo necesita de la cooperación activa y responsable de todos sus miembros. Esta cooperación tiene distintas formas, como son la vida personal coherente con la propia fe en el día a día y en el lugar de trabajo o en la familia, la implicación en las tareas de la Iglesia, de la parroquia y de los grupos eclesiales; esta cooperación incluye también la colaboración económica. Nuestra Iglesia, que no es de este mundo pero está en el mundo, necesita también recursos económicos para poder llevar a cabo su misión.

Son muchas las necesidades de nuestra Iglesia para seguir haciendo el bien. Ahí están la atención espiritual y humana a todo aquél que lo necesita, el culto, el mantenimiento de los templos y casas abadías así como la construcción de nuevos templos y complejos parroquiales, la atención de numerosos servicios caritativos y sociales, la remuneración de los sacerdotes, religiosos y seglares, las actividades pastorales para adultos, jóvenes y niños, o la evangelización y la ayuda al Tercer Mundo.

Muchas son las tareas, pero pocos los recursos económicos de que disponemos. Sólo la austeridad presupuestaria nos permite, año tras año, salir adelante; y hay cosas que tienen que esperar por falta de medios. Nuestra Diócesis tiene además una fuerte deuda, generada por la inversión de más de mil quinientos millones de pesetas en siete años en la recuperación de patrimonio y en subvenciones a parroquias, delegaciones y movimientos; la inversión en bolsa para afrontar estos gastos no dieron el resultado previsto. A la amortización de esta deuda debemos destinar grandes cantidades año tras año.

A partir de ahora el sostenimiento de nuestra Iglesia pasa a depender únicamente de quienes hagan sus aportaciones periódicas, de las donaciones y colectas, de quienes marquen la X de la Iglesia en la declaración de la renta. Se ha suprimido el complemento presupuestario del Estado a lo recaudado por la asignación tributaria en la declaración de la renta. Esta nueva situación y la deuda indicada exigen un compromiso y un esfuerzo mayor por nuestra parte. Todo católico ha de ayudar a su Iglesia, su familia, en sus necesidades y ha de colaborar económicamente con ella. No lo olvides en la colecta de este domingo, el Día de la Iglesia Diocesana. Gracias en nombre de tu Iglesia por tu aportación.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López

Obispo de Segorbe-Castellón

150º Aniversario de la Fundación de la Congregación de Hnas. de la Consolación

 

Castellón, 14 de noviembre de 2007

 

Hermanos y Hermanas en el Señor:

“Consolad, consolad a mi pueblo dice el Señor (Is 40, 1). Estas palabras del profeta Isaías adquieren una resonancia especial esta tarde, al celebrar el 150 Aniversario de la Fundación de vuestra Congregación de las Hermanas de la Consolación. Son ya ciento cincuenta años de existencia desde aquel 14 de marzo de1857, en que el Obispo de Tortosa, D. Benito Milamitjana, reconocía la obra que vuestra madre, Santa Rosa Molas y Vallvé, ponía en marcha bajo la fuerza del Espíritu Santo: es la aventura de trasmitir al prójimo el consuelo de Dios. Por ello, como dice el Decreto del Vicario Capitular, D. Ramón Manero, de 14 noviembre de 1857, “atendiendo a que las obras en que de ordinario se ejercitan las Hermanas se dirigen todas a consolar a sus prójimos (…) he creído conveniente imponer por nombre a esa Comunidad y a las demás que de ella tomaren origen Congregación de Hermanas de la Consolación”.

Estas palabras expresan lo que fue la vida y el carisma de la Fundadora y de las primeras Hermanas. Fue también este el motivo por el que Rosa Molas y las hermanas atienden la solicitud del Ayuntamiento de Castellón y se hacen cargo del Hospital Provincial un 23 de agosto de 1859 y la de la Diputación Provincial de Castellón al año siguiente para hacerse cargo de la casa de Beneficencia. Más tarde, su preocupación por la educación les llevará a abrir en el año 1871 un Colegio en la calle Isabel Ferrer, trasladado después a la calle Antonio Maura y finalmente a estas instalaciones en la Avda. de Lidón.

“Consolar a sus prójimos” fue y sigue siendo el carisma y el gran objetivo de la Congregación a lo largo de los tiempos tras las huellas de su Fundadora y Santa Madre, Rosa Molas. La vida de Santa Rosa Molas fue una vida sencilla y escondida, una vida transcurrida en la entrega heroica, entroncada en el misterio del amor de Dios, acogido en una íntima correspondencia personal a ese amor. Como dijo el Papa Pablo VI en la Homilía de su Beatificación , “si queremos rastrear en síntesis la faceta saliente de la vida de María Rosa Molas habremos de acercarnos con reverencia al venero inagotable del Evangelio (Cfr. Mt. 25, 31 ss.), allí donde el pobre, el necesitado, el hambriento, el abandonado, el que sufre, es proclamado merecedor del cuidado prioritario, de la solicitud más tierna, del gesto exquisito de un corazón, que no sólo alivia, sino que comparte ese sufrimiento y lucha por evitar sus causas. Y que sabe compartir así el dolor por un motivo fontal: porque allí está Cristo doliente, hecho presencia viva, actual, exigente de todos los socorros de una fe creadora, capaz de engendrar confianza donde no habría motivos humanos para ella”.

Al celebrar el 150 Aniversario de la Fundación de la Congregación de las Hermanas de la Consolación damos gracias a Dios por tantos dones recibidos a través de la Santa Madre y de vuestra Congregación. Pero esta efeméride es, a la vez, una fuerte invitación a la renovación desde el carisma de vuestra Fundadora. El mismo Papa Pablo VI nos decía: “¿Buscamos el carisma propio, el mensaje personal, el genio peculiar de María Rosa Molas? Lo encontramos ahí. En un dificilísimo momento histórico, local y nacional, marcado por las luchas, las múltiples facciones, en el que la desesperanza marcaba tantas vidas, de niños, de jóvenes sin instrucción ni porvenir, de ancianos sin asistencia, ella supo inclinarse hacia el necesitado sin distinción alguna, hecha caridad vivida, hecha amor que se olvida de sí mismo, hecha toda para todos, a fin de seguir el ejemplo de Cristo y ser artífice de esperanza y de elevación social. No únicamente para dar algo, sino para darse a sí misma en el amor y sólo así poder dar –como su ejemplo elegido, María- el don precioso de una completa entrega en la misericordia y en el consuelo a quien lo buscaba o a quien, aun sin saberlo, lo necesitaba. Así María Rosa hacía caridad; así se hacía maestra en humanidad” y “auténtico instrumento de la misericordia y la consolación de Dios”.

Nuestro mundo sigue perturbado en el fondo por los mismos fenómenos que hace 150 años, y el hombre, que con frecuencia pierde el sentido último de su existencia, sigue necesitando el anuncio de “la consolación, del amor y la misericordia de Dios”. A la luz de las lecturas de la Palabra de Dios podemos decir que Dios no se cansa de invitarnos siempre a la renovación y a la conversión. Y lo hace con las entrañas propias de un Padre que nos ama. “Gustad y ved que bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a él” (Sal 33, 9). A pesar de nuestras infidelidades Dios nunca nos rechaza y menos aún nos abandona puesto que no se complace en destruir; sus entrañas se estremecen.

Si en lo más profundo de nuestra vida estamos convencidos de que Dios nos ama y de que él es el verdadero Amor, veremos que todo cambia a nuestro alrededor. Seremos capaces de sonreír y consolar hasta en los momentos más difíciles de la vida porque todo es expresión del amor de Dios.  Nada sucede ‘por casualidad’.  Hemos creído en el amor de Dios que produce una visión nueva de las personas, de las cosas y de las circunstancias. Si Dios se nos ha revelado como Padre, nos descubriremos como hijos. Es decir, veremos a los demás como hermanos. Dios creó al hermano como don para nosotros y nos creó a nosotros como don para el hermano. “Dios os ama –nos recuerda San Pablo- y os ha elegido para seáis miembros de su cuerpo. … Por encima de todo, tened amor que es el vínculo de la perfección” (Col 3, 12.14).

En el centro de toda evangelización, de toda obra eclesial, de toda vida cristiana y consagrada está la fuerza del Dios que nos ama y de Cristo que ha venido por nosotros.  “Si la Iglesia predica a este Dios, no habla de un Dios desconocido sino del Dios que nos ha amado hasta tal punto que su Hijo se ha encarnado por nosotros” (Sínodo de los Obispos Europeos, Relación final, 1991).

Esta riqueza de Cristo nos toca vivir y predicar de palabra y de obra siguiendo el espíritu de las Bienaventuranzas. Ahora que no podemos sostenernos en el aplauso social y constatamos mayor pobreza de vocaciones; que nos encontramos perplejos ante tantas cosas que cambian y no sabemos cómo orientar tales circunstancias, es la hora de una elección más honda por Jesucristo para vivir “arraigados y fundamentados en el amor” ( Ef 3, 17-19). Sin este arraigo en el amor gratuito de Dios no podemos imaginar un servicio eficaz en la historia, sea en la educación o servicio de las personas, sea en la transformación de las personas o de la sociedad según Dios. El Verbo de Dios, en la gratuidad, ha asumido la humanidad en todo, excepto en el pecado, para poder transformarla así desde dentro (cf.  EN 16). Somos hijos de tal gratuidad del amor divino.  Puede amar verdaderamente sólo el que tiene experiencia de ser amado. Igualmente sólo quien está caminando por un proceso de integración de su propia historia en la luz del amor gratuito de Dios puede ser una presencia de tal gratuidad en las relaciones tanto personales como comunitarias.

El gran problema del ser humano, en la actualidad, es que le falta esta fe. Se fía de sí mismo más que de Dios.  Y este ‘secularismo’ se puede infiltrar también en nosotros, hombres y mujeres consagrados, si nos dejamos llevar por el racionalismo seco y frío de un humanismo inmanentista más que por la sencilla adhesión generosa a la acción de Dios que nos susurra su amor y su entrega salvadora. Sólo quien sabe desarrollar la entrega generosa y gratuita en cada momento a la amorosa cercanía de Dios puede ser prolífero espiritual y humanamente.

Descubrir a Dios como Amor es una gran revelación y esto, podríamos decir que es la revelación de nuestro tiempo. Ahora bien, no estaría todo revelado si no se comprende hasta qué punto Dios ha amado al ser humano. Y la muestra más fehaciente de su amor está en la Cruz. Comprender la Cruz de Cristo es entender la grandeza del amor porque nadie tiene mayor amor sino aquel que da la vida por los demás.  Es el gran misterio y por otra parte la gran verdad. La evangelización es el anuncio del amor de Dios manifestado en Jesucristo. “El Dios de los cristianos es el Dios viviente en la comunión de caridad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.  Y esta caridad se ha revelado de modo supremo en la autoanulación del Hijo.  Por ello, la comunión en la caridad y la renuncia a sí mismo pertenecen a la esencia del evangelio, que debe ser predicado a Europa y a todo el mundo, para que se encuentre el nuevo encuentro entre la Palabra de Vida y las diversas culturas” (Sínodo Extraordinario sobre Europa, Declaración final, 1991).

Desde este Dios que es amor estamos todos a una profunda renovación espiritual. Y lo estáis de modo especial vosotras, Hermanas de la Consolación. Porque para vosotras se trata de volver en fidelidad renovada a vuestros orígenes para reavivar el carisma fundacional viviendo en todo momento con radicalidad vuestra entrega consagrada al Señor. El Señor os llama a reavivar vuestra fidelidad al amor de Dios para ser, como vuestra Madre Fundadora ‘autenticos instrumentos de la misericordia y de la consolación de Dios.

El Señor os llama, queridas hermanas, a vivir con radicalidad vuestra consagración a Dios. Por vuestra especial vocación y consagración estáis llamadas a expresar de manera más plena el misterio del Amor de Dios manifestado en Cristo. Unidas al Señor Resucitado y por Él seréis luz que alumbre las tinieblas de nuestro mundo y testigos de esperanza para el hombre de hoy. Vivid sencillamente lo que sois: signo perenne de la vocación más íntima de la Iglesia, recuerdo permanente de que todos estamos llamados a la comunión en el amor de Dios.

El alma de vuestra vida consagrada es percibir, amar y vivir a Cristo como plenitud de la propia vida, de forma que toda vuestra existencia sea entrega sin reservas a Él y, en él, a los hermanos. Esta es la sustancia de la vida consagrada. A esta sustancia habréis de volver una y otra vez para que vuestra vocación y vuestra consagración sean fuente de gozo radiante y completo. Cuando queremos entendernos sólo por la tarea que hacemos y olvidamos esto que es sustancial, la propia vida no es capaz de mantenernos en la alegría de Cristo, y la misma consagración se desvirtúa y termina perdiendo sentido.

Hoy, el verdadero desafío de la vida consagrada es vivir con verdad y con hondura su carisma, su ser de consagrados, en la hora presente. Lo que la Iglesia necesita y pide de vosotras es que creáis en vuestro carisma, que lo améis, que lo viváis con nuevo ardor, descubriendo sus nuevas exigencias, y que, desde vuestro ser de consagradas, colaboréis junto a los demás creyentes en el impulso de la acción evangelizadora. Nuestro verdadero problema no es el envejecimiento de las comunidades o el descenso de vocaciones, sino la tibieza, la mediocridad y la falta de santidad en este tiempo de incertidumbre. Es el momento de reavivar el fuego, la hora de despertar y ser auténticamente consagrados. Sólo desde ahí podréis los religiosos y las religiosas poner vuestra aportación original e insustituible en las Iglesias diocesanas.

Queridas hermanas: Vivid en todo, como vuestra Madre, la comunión eclesial, congregacional y comunitaria. No hay oposición entre carisma e institución. El camino de la renovación de la vida religiosa y de su fecundidad apostólica es el de la comunión de la Iglesia: el que traza la participación en la misma y única Eucaristía, sacramento de caridad, fuente de nuestra comunión y de nuestra misión. Permaneced fieles al don y al carisma que habéis profesado y que habéis recibido de vuestra Fundadora. Que este año sea un año de júbilo, de gozo, de alegría y de acción de gracias; un año dedicado a renovar vuestras personas, vuestras comunidades y vuestra Congregación para vivir con fidelidad vuestra consagración y carisma. Que sobre un mundo que llora y  sufre, sigáis derramando: la consolación de Dios.  Que la Virgen María, fiel y obediente esclava del Señor, os ayude y proteja toda vuestra actividad en esta casa, al servicio de la renovación espiritual. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Conocer y sentir la Iglesia

Queridos diocesanos:

La celebración del Día de la Iglesia diocesana, el domingo día 18 de noviembre, nos invita a los católicos a conocer nuestra Iglesia desde dentro y a sentirla como propia para amarla de corazón. Muchas veces tenemos falsas imágenes de la Iglesia; otras veces nos dejamos atrapar por críticas injustas, que minan nuestro afecto hacia la Iglesia.

Nuestra Iglesia diocesana de Segorbe-Castellón es la comunidad de los cristianos católicos, que presidida por el Obispo en nombre de Jesús, el Buen Pastor, anuncia, celebra y realiza el Evangelio de Jesús, la Salvación de Dios, para toda la humanidad. Cada uno la experimenta en su comunidad parroquial o eclesial, en su grupo, que son como células o miembros de la Iglesia diocesana. Ésta no es, pues, algo ajeno a cada uno de nosotros, los católicos; es nuestra Iglesia, es nuestra familia, donde nacemos a la fe y vivimos nuestro ser cristiano; de ella formamos parte  todos los católicos que vivimos en el territorio diocesano.

Nuestra Iglesia es un don del amor gratuito de Dios y, a la vez, una tarea encomendada a todos los que la formamos. Como don de Dios, la hemos de acoger con gratitud y amar de corazón, también con sus arrugas, fruto de los pecados de quienes la formamos. Querida por Cristo y alentada por la fuerza  del Espíritu Santo es el lugar de la presencia del Señor y de su obra salvadora entre nosotros a lo largo de los siglos. El mismo Cristo nos ha encomendado la hermosa tarea de anunciar el Evangelio, de celebrar los sacramentos, de vivir el amor para que la obra de su Salvación llegue a todos. Su vida y su misión dependen de todos y de cada uno.

A los católicos nos urge redescubrir, valorar y vivir sin complejos y sin tibieza nuestra identidad cristiana y eclesial. Ambas son inseparables. No se puede ser cristiano al margen de la comunidad de los creyentes, al margen de la Iglesia. Amar, sentir y vivir la Iglesia como algo propio no será posible si no existen un conocimiento objetivo y desde dentro de la Iglesia misma, así como una vivencia personal de la propia fe. Ser cristiano no se reduce a recibir el bautismo y el resto de los sacramentos, o a practicar ocasionalmente. Cristiano es quien cree personalmente en Cristo y se adhiere a El; quien acoge y vive día a día el don de la fe y la nueva vida del bautismo, como verdadero regalo liberador y no como carga insoportable; quien deja que Jesús y su Evangelio conformen su pensar, sentir y actuar, y quien da testimonio de su fe y se compromete en la transformación de la sociedad y del mundo.

En una palabra, cristiano es el que sigue y vive unido personalmente a Jesús y a su Evangelio, y esto siempre, en el seno de la comunidad de los creyentes, en la Iglesia. La vivencia personal de la fe ha de estar centrada en Cristo, pero, a la vez, entroncada, alimentada, celebrada y vivida en el seno de la comunidad de los creyentes participando en su vida y misión. Es el camino que el mismo Jesús nos ha dado. No lo olvides: la Diócesis es tu Iglesia y ella cuenta contigo.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López

Obispo de Segorbe-Castellón

A favor de toda vida humana

Queridos diocesanos:

Un responsable político en España ha afirmado que la sociedad española ya está madura para legalizar la eutanasia. Se pone de manifiesto así la clara la voluntad de los actuales gobernantes. Resulta, al menos, irónico este concepto de madurez de la sociedad. Parece que se considera que la propaganda ya ha minado lo suficiente la recta conciencia sobre el deber legal y moral de respetar la vida de toda persona humana para que se acepte la eutanasia.

Para hacer social y legalmente aceptable la eutanasia, se manipula el lenguaje. Se llama muerte digna a lo que no es sino la eliminación de un ser humano. También se juega con el temor ante el sufrimiento antes de la muerte o se suscita una falsa piedad con el que sufre, porque no lleva al compromiso con él, sino a su aniquilación. O se aplica el criterio tan relativo y arbitrario como ‘calidad de vida’ para decidir quién tiene derecho a seguir viviendo o ha de ser eliminado.

En la eutanasia está en juego la dignidad de las personas y la vida que hemos recibido. Es evidente que todo ser humano tiene la experiencia de que ha recibido la vida, que ésta le ha sido dada, que él no se ha creado. Una vez recibida la vida, no se puede hacer lo que quiera con ella, con la propia y con la ajena; toda vida ha de ser respetada desde su concepción hasta su muerte natural por todos y protegida por el Estado.

La eutanasia es siempre una forma de homicidio, pues implica que un hombre da muerte a otro, ya mediante un acto positivo, ya mediante la omisión de la atención y de los cuidados debidos. La eutanasia es, en efecto, la acción cuya intención es causar la muerte a un ser humano para evitarle sufrimientos, bien a petición de éste, bien por considerar que su vida ya no merece ser vivida ni mantenida. Se trata pues de un mal moral grave, una grave violación de la ley de Dios por eliminar deliberadamente la vida de una persona humana. Cosa distinta es aquella acción u omisión que no causa la muerte por si misma o por la intención, como son la administración adecuada de calmantes, aunque puedan acortar la vida, o la renuncia a terapias desproporcionadas, que retrasan indebidamente la muerte.

Cuando se defiende la dignidad de toda vida humana no se trata de ir contra nadie, sino de favorecer y defender toda vida humana hasta su final natural, por más que la eutanasia pueda parecer útil o digna a una mentalidad utilitarista, hedonista y egoísta. Se trata de respetar la vida de todo ser humano y su verdadera dignidad. Porque la vida humana tiene su origen y destino en Dios, es digna siempre, también la de los débiles, enfermos, discapacitados o ancianos. La vida es un don al que, como a la libertad, no se puede renunciar o del que no pueden disponer los demás y que el legislador debe proteger para todos para garantizar la igualdad de todos ante la ley.

Con mi afecto y bendición

 

+ Casimiro López

Obispo de Segorbe-Castellón

Misa Exequial de D. José Mª Cardá

 

Villarreal, Iglesia Arciprestal, 2.11.2007

 

El Señor nos ha convocado en torno a su Mesa para celebrar el misterio de su Pascua, su muerte y su resurrección. En la celebración de hoy, la Pascua de Cristo se hace más íntima y visible con la muerte de Don José María, quien ayer mañana era llamado por el Señor a su presencia. El celebró la eucaristía muchas veces ofreciéndola por las necesidades de los feligreses confiados a su ministerio. Hoy celebramos esta Eucaristía por él, para que el Señor salga a su encuentro definitivo y le lleve a la presencia del Padre, a la Gloria para siempre.

Nuestro hermano Don José María nos ha dejado a los casi 87 años de edad tras larga enfermedad. Ha desaparecido de nuestra vista silenciosamente, sin llamar la atención sobre su persona; nacido aquí en Villarreal en 1920, realizó sus estudios de Humanidades en el Seminario de Tortosa y –después de la interrupción forzosa por la guerra civil- los de filosofía en Valencia y Tortosa y de Teología en Salamanca y en Roma. Don José María fue ordenado sacerdote en Castellón en el mes de marzo del año 1946 y perteneció de por vida al Instituto de Sacerdotes Operarios. La trayectoria de su ministerio sacerdotal le llevó a ejercer muchas y variadas tareas: entre otras, las de profesor de Seminario Mayor de Salamanca y del Pontificio Instituto ‘Regina Mundi’, de Vicerrector y Director espiritual del Colegio Español en Roma o de Rector del Seminario Menos de Barcelona, de Agente de Preces de las Diócesis Españolas en Roma o de Postulador de causas de beatificación y canonización. Después de pasar unos años como Jubilado residente en la “Alquería Mosén Sol”, marchó luego al “Hogar Mosén Sol” en Majadahonda (Madrid) dedicado a la biblioteca y a escribir. En todas estas tareas ejerció abnegadamente su labor sacerdotal. Demos gracias a Dios por esta vida entregada.

Don José María era un sacerdote fiel y sacrificado. Nos ha dejado un ejemplo a todos los sacerdotes por su constancia y su fidelidad a la Iglesia y a las almas que le fueron encomendadas. Con espíritu disponible ha sabido darse incluso en la enfermedad a la Iglesia, con una vida austera y de constante trabajo, mientras las fuerzas se lo han permitido.

En estos momentos de dolor por la muerte de nuestro hermano elevamos nuestra mirada al Padre del Amor y de la Vida, de la Bondad y de la Misericordia; y con San Pablo decimos: Nada ni nadie podrá separarnos del amor de Dios, manifestado Cristo.

Porque la muerte de todo fiel cristiano, la muerte de José María, vivida en la fe y en la esperanza cristianas, no es un término total o ruptura definitiva, sino tránsito y transformación. ‘La vida de los que en ti creen, Señor, no termina, se transforma’. Sí, hermanos: La fe nos indica que cuando la existencia terrenal llega al límite extremo de sus posibilidades, en ese límite se encuentra no con el vacío de la nada, sino con las manos del Dios vivo, Señor de la vida y de la muerte, que acoge esa realidad entregada y la convierte en semilla de resurrección.

Creemos, hermanos, en un Dios, que es creador, dador de vida y resucitador. El Dios creador, en quien creemos, es el Ser paternal y personal, el Viviente por excelencia, que da el ser a sus criaturas por puro amor, y así llamó a la existencia también a José María. Y el amor es generador de vida; Dios, que crea por ser él mismo el Amor, crea y lo creó para la vida; para una vida eterna, porque la vida que surge del Amor creador, que es Dios, lleva en sí una promesa de eternidad.

Este Dios, creador y dador de vida, que da el ser y la vida, es el Dios resucitador; el Dios que no quiere que nada de lo ha hecho se pierda, muy en especial, la vida de sus fieles, (la vida de José María), con los que ha sellado, en la sangre de Jesucristo, una alianza eterna. La plenitud de la vida nueva de Cristo, muerto y resucitado, es la garantía de una vida que vence a la muerte; una vida que, gracias al Espíritu vivificador, se comunica a cuantos viven en Cristo por la fe: ‘El que cree en el Hijo tendrá la vida eterna’ (Jn 3, 36).

Por el Bautismo, que nos inserta en el Cuerpo de Cristo, participamos ya de la vida resucitada de Cristo; ‘Dios, que resucito al Señor, nos resucitará también a nosotros por su poder’ (1 Cor 6,14). Por ello, sobre el cristiano, como sobre Cristo, la muerte no tiene la última palabra: el que vive en Cristo no muere para quedar muerto; muere para resucitar a una vida nueva y eterna.

Cuanto sabemos y afirmamos de un cristiano, lo hemos de afirmar con mayor motivo del sacerdote, que por seguir a Cristo lo ha dejado todo y se ha entregado de por vida al servicio de Jesús, al servicio de la Iglesia y de los hermanos. La vida de un sacerdote está consagrada al servicio de la fe de sus hermanos y al servicio de Cristo sumo y eterno sacerdote. El mayor resorte de la vida de un sacerdote es siempre su entrega a Jesucristo. La vocación es un don de Dios y por la vocación al sacerdocio hemos sido entregados por el Padre a Jesús, para ser servidores del Pueblo santo, como pastores al servicio del Buen Pastor.

La vida humana tiene, pues, un destino que no es la nada, o el vacío o la obscuridad de la muerte. Hay una patria futura para todos los que creen en Cristo: la casa del Padre, la inmensa felicidad del encuentro pleno y definitivo con Dios. ‘Lo que ojo no vio, preparó Dios para los que le aman’ (1 Cor. 2,9). El destino de quienes creen en Cristo y aman a Dios es la comunión completa con Dios junto con todos los miembros del cuerpo de Cristo, nuestros hermanos, especialmente con nuestros seres queridos.

De esta comunión con Dios y con los hermanos que nos han precedido en la fe goza ya plenamente quien muere en la amistad con Dios, aunque a la espera misteriosa del ‘último día’, cuando el Señor venga con gloria; y, junto con la resurrección de la carne, tenga lugar la transformación gloriosa de toda la creación en el Reino de Dios consumado. El jueves terminaba nuestro hermano su vida terrenal permaneciendo fiel a la fe en el Hijo del Padre, Jesucristo. Por eso asociamos su muerte a la de Cristo con la esperanza de que en él ha de resucitar. Sembramos en la esperanza el cuerpo de nuestro hermano, para que resucite con Cristo para la vida eterna.

Para un cristiano, la muerte es el encuentro definitivo con Dios, el momento sublime en el que nuestra pertenencia al Señor se hace más consistente y luminosa. Si morimos, morimos para el Señor, participamos de su muerte para participar de su resurrección. Cuando morimos en la fe de Cristo, estamos proclamando la fe en su resurrección. ‘Morimos para el Señor, porque ninguno de nosotros los cristianos vive para si mismo y ninguno muere para sí mismo. Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos’ (Rom 14, 7-12).

Desde la luz de Cristo Resucitado encontramos sentido a los sufrimientos de esta vida, a la enfermedad, a la soledad, a los desengaños que laceran tantas veces nuestro corazón. Todas estas manifestaciones amargas son gotas del cáliz de la pasión de Cristo. Bebemos con él el cáliz de la salvación, porque aceptamos la cruz para hacer la voluntad de nuestro Padre Dios. Bebemos el cáliz de la muerte, que siempre es dolorosa y como una aparente derrota, para morir con Cristo y por él y con él poder tener entrada también en la resurrección de Cristo. Para esto resucitó Cristo para ser Señor de los que mueren en él y resucitarlos para siempre en la gloria del Padre.

En esta celebración eucarística asociamos la vida y la muerte de nuestro hermano, José María, a la pasión y muerte y a la gloriosa resurrección de Jesucristo, dando gracias al Padre que dio a Don José María la vocación al sacerdocio y le concedió la gracia de permanecer fiel a lo largo de tantos años en los que ejerció el ministerio.

Desde la esperanza, que no defrauda, elevamos nuestra oración al Padre y clamamos con Jesús llenos de confianza filial, que le conceda a nuestro hermano el gozo de su gloria para siempre. Que perdone sus pecados y premie sus trabajos y sus penas, que le conceda la mayor y definitiva alegría de ver en plenitud la gloria del reino de Dios y la plena redención de su cuerpo en la gloria de Cristo resucitado.

Pedimos al Señor que conceda muchas y santas vocaciones al sacerdocio a la Iglesia diocesana; que a los sacerdotes nos conceda perseverar en su santo servicio y acertar en el ministerio de evangelización y de servicio pastoral, que el pueblo de Dios en Segorbe-Castellón y en Tortosa necesita.

Que la María Virgen, la Mare de Deú de Gracia, acompañe a nuestro hermano Don José María en estos pasos decisivos de su peregrinación hasta llevarlo al cielo. Que Ella nos conceda a nosotros, amigos y familiares, el consuelo de la fe y el deseo y el firme propósito de mejorar nuestra vida según el designio del Padre amoroso del cielo.

Termino con la Oración de confianza filial, que formuló Don José María:

Dios y Padre mío, aunque sé que no te amo como debo, estoy seguro de que Tú me amas infinitamente.

Cuando me pregunto qué ves en mí para amarme, no encuentro respuesta, porque no me amas por lo que yo soy, sino porque Tú eres el Amor y sólo deseas de mí que me deje amar por Ti.

Gracias, Padre. Haz que entienda que también para dejarme amar necesito de tu ayuda y que tengo que pedírtela sinceramente, con mi oración y correspondiendo con mi vida a la ayuda que no dejas de prestarme.

Sabes que no siempre te la pido así. No permitas que por este motivo me obsesione considerando mi indignidad, antes al contrario, haz que el pensamiento de que me amas tan sólo porque quieres amarme me llene de confianza.

Y concédeme, un día, sentirme entre tus brazos, infinitamente amado por Ti para siempre y en eterna acción de gracias a Ti.

Así será, porque lo queremos Tú y yo. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Testigos del Amor y del Perdón

Queridos diocesanos:

Este Domingo serán beatificados en Roma 498 mártires, que dieron su vida por amor a Jesucristo en España durante la persecución religiosa de los años treinta del pasado siglo XX. Dos de ellos nacieron en nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón: una en Castellón, Sor Luisa Pérez Brihuega, monja Adoratriz Esclava de Santísimo Sacramento y de la Caridad; y otro en Villarreal, el carmelita, Fray Ludovico María Ayet Caños.

Con su beatificación, la Iglesia declara solemnemente que todos ellos murieron como mártires, como testigos heroicos del Evangelio. Después de un largo y minucioso estudio e investigación, caso por caso, consta que todos entregaron su vida cruentamente por haber sido cristianos. Murieron “por odio a la fe” de parte de quienes los mataron o mandaron matar. No son caídos de la guerra, sino mártires de Cristo. No son fruto de una contienda en la que caen de uno y otro bando. Son testigos de Cristo, que se han mantenido fieles a su fe y amor a Cristo hasta la muerte. No cabe duda que murieron víctimas de una persecución religiosa contra la Iglesia católica. Nuestros mártires no murieron en el frente luchando, ni por su militancia política; fueron buscados y asesinados por ser cristianos. Eran obispos, sacerdotes, frailes o monjas o seglares creyentes, de todas las edades y clases sociales. Se les pidió renunciar a su fe, y ellos se mantuvieron firmes en esa fe y en su amor a Cristo.

Este mismo amor a Cristo les llevó a responder al odio con amor y perdón. Ellos murieron perdonando y amando a sus verdugos. Así nos dejaron el hermoso e impagable testimonio del perdón como el único camino para la reconciliación. Ni el odio al otro, ni el deseo de su destrucción, sólo el amor es el camino de la construcción de una sociedad verdaderamente humana. Los mártires no ofendieron a nadie, no impusieron a nadie sus creencias, querían vivir en libertad la fe cristiana. Su trabajo fue hacer el bien, pero el odio contra la religión no los soportaba. Llenos de fe y de amor al Señor, su Dios, confortados por el rezo del santo rosario, alimentados, cuando era posible, con la Eucaristía, cantando salmos, gritando vítores a Cristo, en ellos triunfó el amor y el perdón.

No faltan quienes quieren desfigurar su grandeza, o quienes buscan politizar su beatificación por interés ideológico o por el intento de desfigurar la historia. La Iglesia nos los propone hoy como ejemplo de amor, de perdón y de reconciliación. Demos gracias a Dios por el testimonio de estos mártires. Ellos son un signo de esperanza para todos. Que su ejemplo nos ayude a vivir nuestra fe con fidelidad en tiempos de inclemencia.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Una Iglesia misionera

Queridos diocesanos:

Celebramos hoy la Jornada Mundial de las Misiones, el Domund, bajo el lema ‘Todas las Iglesias para todo el mundo’. Este día nos invita a todo el pueblo de Dios a tomar conciencia de la urgencia y de la importancia de la acción misionera de la Iglesia, también hoy y en todo lugar.

Estamos tan centrados en nosotros mismos que olvidamos la permanente actualidad del mandato misionero del Señor: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 19-20).

Ante el avance de la cultura secularizada, ante la disminución de las vocaciones, ante los intentos de recluir la fe cristiana a la esfera privada o a las sacristías, nuestra Iglesia diocesana corre el peligro de encerrase en si misma, de mirar con poca esperanza al futuro y de disminuir su esfuerzo misionero.

Hemos de abrirnos con confianza a la presencia del Señor en medio de nosotros: Él camina con nosotros, Él brega con nosotros en la barca de su Iglesia, Él nunca nos abandona y, con la fuerza del Espíritu Santo, nos guía hacia el cumplimiento de su plan eterno de salvación.

La Iglesia es misionera por su propia naturaleza. La Iglesia no vive para sí misma, sino para llevar a Cristo y su Evangelio a todas las gentes. La Iglesia es convocada por el Señor para ser enviada a la misión. La misión no es, por tanto, algo contingente y externo, no es algo optativo o secundario. La misión alcanza al corazón mismo de la Iglesia, es su razón de ser y de existir. Por esto, toda la Iglesia y cada Iglesia diocesana son enviadas a las gentes.

A pesar de las dificultades, el anuncio del Evangelio sigue siendo actual y urgente; es el primer servicio que como Iglesia debemos prestar a la humanidad de hoy, para orientar y evangelizar los cambios culturales, sociales y éticos, para ofrecer la salvación de Cristo al hombre de nuestro tiempo. Nuestra Iglesia no puede eximirse de esta misión universal.

En este día recordamos en la oración a nuestros misioneros. Pidamos a Dios que su ejemplo suscite nuevas vocaciones y una renovada conciencia misionera en nuestro pueblo cristiano. Nuestro amor al Señor se mide por nuestro compromiso evangelizador.

No se trata sólo de colaborar en la evangelización, sino de sentirnos protagonistas y corresponsables de la misión de la Iglesia. Esta corresponsabilidad conlleva que se incremente nuestra ayuda tanto en personas como en medios materiales, comenzando con nuestra aportación en la colecta. Y no olvidemos que nuestra principal aportación a la acción misionera de la Iglesia es la oración. ‘Roguemos al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies’.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Apertura del primer curso académico en Castellón de la Titulación de Enfermería

 

Capilla de Cristo Rey del Hospital Provincial de Castellón – 17 de octubre de 2007

 

Hermanos y hermanas en el Señor

Con esta Eucaristía y el Acto Académico posterior inauguramos el primer Año Académico en Castellón de la Titulación Enfermería de la Universidad CEU Cardenal Herrera de Valencia. La sociedad castellonense está hoy de enhorabuena por la ampliación de la oferta de estudios universitarios en la Ciudad, y en concreto de los estudios de enfermería; la sólida e integral formación de enfermeros y enfermeras en este Centro, fiel al proyecto educativo del CEU, beneficiará con toda seguridad a los ciudadanos en el cuidado de su salud integral, como ocurre ya en otros lugares de la geografía española.

También nuestra Iglesia diocesana se considera agraciada y enriquecida por este Centro Universitario. Como Obispo, Padre y Pastor de esta Iglesia que peregrina en Segorbe-Castellón, doy gracias a Dios por este nuevo don a nuestra Iglesia y agradezco a la Asociación Católica de Propagandistas, a la Fundación CEU y a la Universidad CEU Cardenal Herrera sus esfuerzos para establecerse en nuestra Ciudad en el ejercicio de la libertad de enseñanza y de la creación de centros de estudio superiores reconocidas en nuestra Constitución. Ruego a Dios para que esta Titulación sea la puerta de una presencia aún mayor en la formación universitaria de las futuras generaciones desde un planteamiento confesional católico, como es propio del CEU y de la Asociación Católica de Propagandistas que la sustenta. Agradezco también a las Instituciones públicas y privadas, en especial al Hospital Provincial, la colaboración prestada para hacer realidad este Título de Enfermería en la Ciudad.

En la apertura de esta Titulación en Castellón considero oportuno resaltar brevemente algo que pertenece a sus señas de identidad como Centro del CEU. Recordemos que la Asociación Católica de Propagandistas nació con la vocación de contribuir a la mejora de las instituciones y estructuras sociales desde una clara inspiración en el humanismo cristiano y al servicio del bien común, la pluralidad y el compromiso social. Desde este planteamiento se crearon en el ámbito de la educación el Centro de Estudios Universitarios en 1933 y el resto de los centros en años posteriores.

Desde el año 2005, el CEU y cuantos centros lo integran se proponen la promoción activa de la formación de las personas que conformarán la sociedad del futuro. Para ello el CEU ofrece una formación equilibrada, consciente del entorno personal y medioambiental, a través de la integración de los valores y virtudes humanos, reflejados en la ética, en la moral natural y en el sentido cristiano de la vida. Se trata pues, de ofrecer una formación cristiana y humana, con espíritu de servicio y afán de saber.

Como Obispo de esta Iglesia de Segorbe-Castellón oro a Dios para que esta Titulación de Enfermería, fiel al proyecto educativo del CEU, promueva la formación cristiana, humana y profesional de enfermeros y enfermeras con exigencia intelectual, excelencia académica y con una visión trascendente del hombre. No espero ni pido nada ajeno al propio planteamiento del CEU; él mismo se propone como los valores más significativos en sus centros educativos la educación católica de los jóvenes con criterios de apertura y búsqueda de la verdad, en un ámbito en el que primen el respeto, la solidaridad y la cercanía; la concepción integral del hombre, en la que la libertad realizada en la verdad se convierte en la dimensión esencial; la búsqueda del rigor, la exigencia y la excelencia académica en la actividad de toda la comunidad educativa; y finalmente la profesionalidad y eficacia,

Un quehacer diario de toda la comunidad educativa –de alumnos, profesores y administrativos- en estos valores será el mejor servicio que vuestro Centro puede prestar a la sociedad actual. No se trata tan sólo de formar buenos y eficaces profesionales, buenos técnicos de enfermería; se trata antes de nada de formar en el ser enfermeros, con una visión trascendente de la vida y de la persona, de la propia y de los futuros pacientes, con una visión de la dignidad sagrada e inviolable de toda persona desde su concepción hasta su muerte natural.

San Pablo, en la lectura de hoy, nos previene ante una visión inmanente y materialista de la vida y de la persona, ante una comprensión de la existencia cerrada a Dios, a su amor y a su vida: “Hay muchos que andan como enemigos de la Cruz de Cristo; su paradero es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas. Solo aspiran a cosas terrenas” (Filp 3,17 -4, 1)

Bien sabemos que el problema central de nuestro tiempo es la ausencia, el olvido de Dios. El secularismo y el laicismo ideológico imperantes conducen a la sociedad actual –sobre todo a la europea– a marginar a Dios de la vida humana. Una de sus graves consecuencias es que arrastran a muchos a la ruptura de la armonía entre fe y razón que tanto alcance tiene, y a pensar que sólo es racionalmente válido lo experimentable y mensurable, o lo susceptible de ser construido por el ser humano.

La concepción antropológica que de aquí se deriva es la de un hombre totalmente autónomo, que se convierte en criterio y norma del bien y del mal, un hombre cerrado a la trascendencia, un hombre cerrado en su yo y en su inmanencia. Dios ya no está presente en la solución de los problemas del hombre.

Pero el silencio de Dios, de su presencia, de su verdad y de su providencia sabia y amorosa abre el camino a una vida humana sin rumbo y sin sentido, a proyectos que acortan el horizonte y se cierran en intereses inmediatos, a idolatrías de distinto tipo. La ausencia de Dios en la vida social trae consigo consecuencias inhumanas, como son la pérdida progresiva del respeto a la dignidad de toda persona humana, o la absolutización de la ley política al desvincularla de la ley natural.

El silencio de Dios en nuestra cultura está llevando a la muerte del hombre, al ocaso de la dignidad humana. Cuando se reduce al hombre a su dimensión material e intramundana, cuando se le expolia de su profundidad espiritual, cuando se elimina su referencia a Dios, se inicia la muerte del hombre. Recuperar por el contrario a Dios en nuestra vida lleva a la defensa del hombre, de su dignidad, de su verdadero ser y de sus derechos, y del primer derecho fundamental, el derecho a la vida. Los derechos humanos tienen su fundamento último en Dios. Las leyes no los crean, las leyes los reconocen y protegen ante la permanente tentación de ser conculcados. La dignidad de toda persona humana y sus derechos inalienables proceden de la gratuidad absoluta del amor de Dios creador y redentor.

La Universidad, está Titulación de Enfermería, son lugar de búsqueda de la verdad por excelencia. Sin Dios, como “fundamento de la verdad”, sin Cristo, la Verdad, los valores, la educación, los derechos fundamentales tienden a convertirse en grandes palabras. Esta Titulación, por su carácter confesional católico, ha de formar cristianamente en favor del derecho a la vida. Es un derecho que debe ser reconocido por todos, porque es el derecho fundamental con respecto a los demás derechos humanos. En el reconocimiento de este derecho se fundamenta la convivencia humana y la misma comunidad política.

“Los creyentes en Cristo deben, de modo particular, defender y promover este derecho, conscientes de la maravillosa verdad recordada por el concilio Vaticano II: “El Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre” (Gaudium et spes, 22). En efecto, en este acontecimiento salvífico se revela a la humanidad no sólo el amor infinito de Dios, que “tanto amó al mundo que dio a su Hijo único” (Jn 3, 16), sino también el valor incomparable de cada persona humana” (ib.). Por eso, el cristiano está continuamente llamado a movilizarse para afrontar los múltiples ataques a que está expuesto el derecho a la vida. Sabe que en eso puede contar con motivaciones que tienen raíces profundas en la ley natural y que por consiguiente pueden ser compartidas por todas las personas de recta conciencia.

Por eso, pedimos al Señor y oramos al Espíritu de la Verdad que os ilumine y fortalezca a toda la comunidad educativa y a quienes os dedicáis a la ciencia para ser testigos de una conciencia verdadera y recta, para defender y promover el ‘esplendor de la verdad’, en apoyo del don y del misterio de la vida.. En una sociedad a veces ruidosa y violenta, con vuestra cualificación cultural, con la enseñanza y con el ejemplo, podéis contribuir a despertar en muchos corazones la voz elocuente y clara de la conciencia.

Como cristianos somos conscientes de que la luz de Cristo debe brillar en el mundo y su sal vivificarlo. Vivimos de la certeza de que el cristiano es, al mismo tiempo, ciudadano del cielo y miembro activo de ciudad terrena y de que, por tanto, debe vivir la unidad de vida que el Concilio Vaticano II y el Magisterio Pontificio propone para que seamos los testigos convincentes del Evangelio en aquellos campos propios de la vocación seglar en los que el hombre necesita la luz del discernimiento y la fuerza para trasformarlos según el espíritu del Evangelio.

Fieles al espíritu apostólico de vuestro Patrono, San Pablo, os habéis de sentir llamados a propagar el Evangelio a cada persona en particular y a todos los ambientes de nuestra sociedad en los que se juega el destino de los hombres. Que sólo os mueva la certeza de que el Evangelio es la Verdad que salva al hombre y le lleva a la plenitud de la felicidad. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe- Castellón

Hacer un cristiano hoy

Queridos diocesanos:

Nuestra Iglesia diocesana de Segorbe-Castellón se ha propuesto como tarea prioritaria ayudar a nuestros bautizados a vivir de verdad su ser cristiano, es decir la comunión con Dios en Cristo en comunión con los demás creyentes, y su compromiso en la misión de la Iglesia, la evangelización. Uno de los medios para lograr este fin será renovar y potenciar la iniciación cristiana según las orientaciones de la Iglesia y hacer de la catequesis un proceso continuo de crecimiento y maduración en la fe y vida cristianas.

Con frecuencia constatamos con cierta tristeza y desazón que los que han recibido los sacramentos de la iniciación cristiana (Bautismo, Confirmación y Eucaristía), no llegan a ser discípulos fieles de Jesús y testigos suyos en la Iglesia y en el mundo. Por ello surge la pregunta: ¿Cómo hacer hoy un cristiano?

Desde hace años estamos encontrando dificultades cre­cientes para engendrar y tallar en la fe a las nuevas generacio­nes. El ambiente familiar es muchas veces indiferente, tibio o, al menos, insuficiente para la educación y transmisión de la fe. La enseñanza religiosa en la escuela y la catequesis infantil y juvenil no logran que se personalice la fe y se madure en la vida cristiana, personal y comunitaria. La iniciación a la fe que reciben hoy muchos bautizados es un proceso discontinuo e incompleto, que difícilmente puede asegurar consistencia y coherencia cristiana. La fe o, al menos, la práctica religiosa y la coherencia de vida de muchos naufragan o quedan reducidas a un residuo en un contexto poco favorable a la fe cristiana.

La Iglesia tuvo durante siglos de paganismo ambiental un proceso de iniciación sólido, bien trabado y completo, que acogía a los candidatos a las puertas de la fe, los acompañaba a lo largo de varias etapas y los conducía a una fe adulta. La iniciación ofrecía eficazmente a los nuevos cristianos una adhesión firme a Jesucristo, una vinculación estable a la Iglesia, una participación asidua en la vida sacramental, una vertebración de los contenidos doctrinales del mensaje cristiano, un programa de conducta moral, una dirección para el compromi­so cristiano y una experiencia de oración individual y litúrgica.

Es cierto que la diferencia entre aquellos tiempos y los nuestros es abis­mal. Aquel era un mundo pagano, pero religioso. La semilla de la fe prendía en la tierra de una rica religiosidad. Pero, la atmósfera social de hoy es muy propicia para la increencia o la indi­ferencia religiosa. Sólo una iniciación cristiana seria, progresiva y orgánica puede asegurar, bajo la continua acción transformadora de la gracia, que emerjan cristianos del el siglo XXI. ¿Cuántos estaremos dispues­tos a este exigente recorrido que nos propone nuestra Iglesia dócil a la voz del Espíritu?

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de la Virgen del Pilar

Castellón, Iglesia de la Stma. Trinidad, 12 de octubre de 2007

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor.

Os saludo de corazón a todos cuantos habéis acudido a esta celebración para mostrar vuestro sincero amor de hijos a la Virgen del Pilar. Saludo cordialmente al Sr. Párroco de la Santísima Trinidad y a los sacerdotes concelebrantes. Saludo con afecto a la Directiva del Centro Aragonés en Castellón y a los Caballeros y Damas de la Virgen del Pilar y a las muy dignas autoridades que nos acompañan.

Con la hermosa y emotiva ofrenda de flores a la Virgen del Pilar antes de la Misa habéis mostrado una vez más el cariño y amor, la fe y devoción de los aragoneses a la Virgen del Pilar. Ahora en esta Eucaristía damos gracias a Dios por María, la Virgen del Pilar, por su patrocinio, guía y protección; agradecemos a Dios todos los dones que nos ha dispensado a través de su intercesión maternal generación tras generación. Esta mañana, miramos, honramos y rezamos a María; ella nos mira y nos acoge con amor de Madre; ella cuida de muestras personas y de nuestras vidas; ella camina con nosotros en nuestras alegrías y esperanzas, en nuestros sufrimientos y dificultades. ¿Qué sería de nosotros, de nuestras familias, de Aragón, de España y de Hispanoamérica sin la protección maternal de la Virgen del Pilar en el pasado y en el presente?

La Virgen del Pilar nos remonta a los primeros momentos de la anuncio del Evangelio en nuestra tierra, a las raíces cristianas de Aragón y de España. María, la dichosa por haber creído en la Palabra de Dios y haberla puesto en práctica, ella la primera creyente en la Palabra de Dios, está también con el Apóstol Santiago en el primer anuncio del Evangelio en nuestra Patria. La tradición nos dice que María reconforta y fortalece a Santiago, cansado y abatido a orillas del Ebro, en su difícil tarea de anunciar a Jesucristo entre nosotros. Desde entonces, la Virgen del Pilar es protectora y guía de los creyentes de nuestra tierra y de los pueblos hispanos de América en la tarea de anunciar, acoger y vivir a Cristo, la Palabra de Dios. María nos lleva a Cristo y nos une en la misma fe común en Cristo; una fe que es fuente de unidad y de fraternidad, una fe que es fuente de solidaridad entre las personas y los pueblos, más allá de fronteras nacionales y de egoísmos personales, sociales y regionales.

La Palabra de Dios, que hemos proclamado, subraya el significado de la Virgen del Pilar para todo el pueblo de Dios. María es el Arca de la Nueva Alianza. El Arca de la Antigua Alianza era el lugar por excelencia de la presencia de Dios en medio del pueblo de Israel en su peregrinar por el desierto (1 Cro 15,3-4.16; 16,1-2); María, la Virgen del Pilar, por ser la Madre de Dios, que ha llevado en su seno al Hijo de Dios es el Arca de la Nueva Alianza, es el signo elocuente de la presencia de Dios en nuestro mundo, en medio del pueblo cristiano, en medio de nuestro pueblo aragonés y español. Por ello la Virgen del Pilar es motivo de gozo para toda la Iglesia y para nuestro pueblo.

Como el Arca de la Alianza para el Pueblo de Israel, la Virgen es como “la columna que nos guía y sostiene día y noche en nuestro peregrinaje terrenal”. La columna, el Pilar, sobre el que se aparece y aparece representada la Virgen, es símbolo del conducto que une el cielo y la tierra; el Pilar es la manifestación de las acciones de Dios en el hombre y de lo que el hombre puede cuando da cabida a Dios en su vida, cuando se sitúa bajo la acción de Dios. El Pilar es signo y soporte de lo sagrado, el fundamento y soporte de la vida y del mundo, el lugar donde la tierra se une con el cielo, el eje a cuyo alrededor ha de girar la vida cotidiana si quiere ser verdaderamente humana.

María es la puerta del cielo, por ser la mujer escogida por Dios para venir a nuestro mundo. En ella la tierra y el cielo, Dios y el hombre, se han unido para siempre en Jesucristo. En El se desvela quien es el hombre, el mundo y la historia humana, cuál es nuestro origen y nuestro destino, cuál es el fundamento de nuestra existencia, que no son otros sino Dios mismo.

“¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!”, dice Jesús en el evangelio de hoy (Lc 11, 27-28). María es bienaventurada por ser la Madre de Dios, por haberle llevado en su seno, por haberle amamantado con sus pechos. Pero, es, sobre todo, dichosa y bienaventurada por haber creído, por ser la primera creyente: creyó que aquel que llevaba en su seno era el Hijo de Dios, creyó en su Palabra y la puso en práctica. María se convierte así en pilar de la Iglesia; en torno a ella, lo mismo que los apóstoles reunidos el día de Pentecostés, va creciendo el pueblo de Dios; la fe y la esperanza de la Virgen alientan a los cristianos en su esfuerzo por edificar el Reino de Dios día a día, siendo testigos de su amor.

“¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!”, nos dice Jesús hoy a nosotros (Lc11, 27-28). Jesús nos invita a avivar nuestra fe, a acoger con fe su Palabra, a llevar una vida coherente con la fe que profesamos. De poco o nada serviría nuestra devoción a la Virgen del Pilar si no nos lleva a Cristo, si no nos lleva a Dios. El Señor nos llama y no invita hoy de nuevo a una renovación profunda de nuestra fe y vida cristiana, personal, familiar y comunitaria. La fe cristiana y la devoción a la Virgen del Pilar, que hemos heredado, son un tesoro, pero necesitan ser interiorizadas, pasadas por el corazón, impregnadas por la experiencia creyente, y vividas con gozo y sano orgullo, sin miedos ni vergüenzas para que los cristianos lleguemos a ser verdaderos creyentes y testigos.

La fe cristiana y la devoción a la Virgen del Pilar no son ni pueden quedarse en un sentimiento pasajero. No nos avergoncemos de ser cristianos. La fe cristiana no es algo del pasado. Cristo Jesús, el Hijo de María, vive porque ¡ha resucitado! La fe cristiana no es un sentimiento subjetivo y volátil, propio de personas débiles o pusilánimes. La fe cristiana es creer en Dios y creer a Dios, que viene a nuestro encuentro en Cristo de manos María, la Virgen del Pilar. Antes de nada creemos en Cristo y creemos a Cristo Jesús. Antes de nada, la fe cristiana es una fe personal, basada en la experiencia de un encuentro personal con Dios en Cristo Resucitado. Esta experiencia de fe implica no sólo el asentimiento de nuestra mente sino que compromete nuestros afectos, nuestros valores y nuestra voluntad.

La fe cristiana, si es verdadera, lleva a asumir como propios los valores, las actitudes y los comportamientos de Cristo y a actualizarlos en nuestra concreta situación de vida. No es asunto exclusivo de la conciencia, de la vida íntima y privada. La fe transforma y ha de transformar la existencia en todas sus dimensiones: en la esfera personal y en la familiar, en la esfera laboral y en la pública. Intentar separar o excluir nuestra fe cristiana del ámbito laboral, social o público sería vivir o pedir que neguemos nuestra propia identidad en parcelas importantes de nuestra vida “¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!”.

Ser creyente en Cristo es trabajar para que la Buena Nueva del Amor de Dios llegue a todos. Cristo quiere darse a conocer a través de los creyentes, de su palabra y de su testimonio de vida. Este deseo de Cristo se corresponde con los deseos y necesidades más profundos de los hombres y mujeres de todos los tiempos, también de los de nuestra época. Tales deseos se ocultan debajo de una cultura que quiere vivir al margen de Dios.

La experiencia nos muestra y nos demuestra que una sociedad, que se cierra y excluye a Dios se vuelve más inhumana. Porque la igualdad fundamental de las personas, la inalienable dignidad de todo ser humano, desde su concepción hasta su muerte natural, la verdadera libertad del individuo frente a las manipulaciones de los poderosos, la defensa del débil, la protección y salvaguardia de la naturaleza son valores que tienen su origen en última instancia en Dios, revelado en Cristo. Es esta una fe que ha arraigado en nuestro pueblo y se ha mantenido viva a través de los siglos. Y un pueblo que olvida su pasado, pone en peligro su futuro. Por bien del hombre, de nuestra sociedad y de nuestro pueblo es hora de volver a hablar de Dios y de contar con su presencia en nuestra vida; en una sociedad cada día más excluyente de Dios es hora de anunciar sin miedo a Cristo, de avivar las raíces cristianas de nuestro pueblo. Nuestra herencia cristiana y nuestra devoción a la Virgen del Pilar no pertenecen a la arqueología; tampoco son un fardo que obstaculice el camino hacia el progreso, sino que son el mejor capital que poseemos.

La Fiesta de la Virgen del Pilar nos invita mirar a la Virgen María, para como ella, volver a creer en Cristo y vivir el Evangelio. La Fiesta de hoy nos invita tomar a María, la Virgen del Pilar, como modelo, estrella y guía en la obra siempre nueva de anunciar y vivir a Cristo, de fundamentar nuestra vida, nuestro trabajo en Dios, y de ofrecer a nuestra sociedad al Dios, que se nos ha revelado en Cristo y ha nacido de María. María fue la creyente por excelencia, que supo vivir en la esperanza y el amor a Dios y al prójimo. Como ella hemos de reavivar la fe, la esperanza y la caridad cada uno de los miembros de nuestra Iglesia, para que desde una fe viva pueda ser realmente evangelizadora.

Recordemos también hoy al Cuerpo de la Guardia Civil, en el día de su Patrona. Pidamos al Señor, que María, la Virgen del Pilar, la siga protegiendo en su trabajo de servicio a nuestro pueblo: un trabajo necesario para el bien común de nuestra sociedad.

¡Que la Virgen del Pilar nos ilumine y proteja a todos los fieles cristianos de España en los caminos de la fe, de la esperanza y de la caridad. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe- Castellón