Fiesta de Nuestra Señora de Lourdes

La Val d’Uxó, Parroquia de Ntra. Sra. de Lourdes, 11 de febrero de  2007

 

Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor” (Sal 1,1-2). Al celebrar la Fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, Titular y Patrona de ésta, vuestra parroquia, el salmista nos invita esta tarde a la confianza en Dios. Las palabras del salmista las aplicamos hoy a María, la Virgen de Lourdes: ella, la Virgen Madre Inmaculada, es la creyente por excelencia, que confió en Dios y se fió de las palabras del Ángel Gabriel. Su prima Isabel le dirá: “Dichosa tú porque has creído que en ti se cumplirán las palabras del Señor” (Lc 1, 48). María es la Madre de Dios, la morada de Dios entre los hombres, signo elocuente y especialísimo del amor de Dios hacia los humanos; en ella y a través de ella, Dios nos muestra su amor misericordioso, nos da su paz y nos ofrece su consuelo; ella nos muestra el camino de la fe y de la confianza en Dios.

Yo soy la Inmaculada Concepción”, así se reveló María a Bernardette de Subirous en la gruta de Lourdes. María es “la llena de gracia”, preservada de toda mancha de pecado desde el mismo momento su concepción. Ella es la  Madre de Jesús y Madre nuestra, la primicia de la humanidad redimida, colmada del amor de Dios. Ella nos muestra así el verdadero rostro de Dios y nos llama a confiar en él: Dios es amor, y crea por amor y para la vida sin fin en el amor. En la doncella virgen de Nazaret se manifiesta el proyecto divino de Salvación trazado por el amor misericordioso de Dios “antes de la creación del mundo”.

Con las palabras de Libro de Judit cantamos: “Bendito sea el Señor, creador del cielo y tierra” (Jud 13, 17-20,18), que nos ha creado por pura gratuidad para el amor y para la vida. Aunque el ser humano se olvide de Dios y se cierre a Él, aunque quiera construir su mundo al margen del Creador, aunque intente erigirse en centro y en norma de todo y suplante a Dios en su vida, Dios sigue amando al hombre, lo busca, sale a su encuentro. No estamos destinados a perecer o a desaparecer en la nada. Dios “nos ha destinado en la persona de Cristo por pura iniciativa suya, a ser sus hijos” (Ef 1,4).

¡Cómo lo supo entender María! Ella responde al amor de Dios con una confianza total en Dios y con una entrega plena de su persona a Dios. “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu  palabra” (Lc 1,38). María vive así su existencia desde la verdad de su persona, – la de todo ser humano, nuestra propia verdad- que sólo se descubre en Dios y en su amor. María es consciente de que nada es sin el amor de Dios, que la existencia humana, sin Dios, sólo produce vacío en la vida. Ella sabe que la raíz de su existencia no está en sí misma, sino en Dios, que está hecha para acoger el Amor de Dios, fiarse de Él y para darse por amor. Por ello vivirá siempre en Dios y para Dios, y así para los hombres, sus hermanos. En María, Dios dice “sí” al hombre y la mujer dijo “sí” a Dios. Y entonces Dios se hizo hombre. Misterio de amor incompresible por parte de Dios, misterio de una fe admirable por María. Misterio que nos abre el camino hacia Dios y hacia los hermanos. María, aceptando su pequeñez, se llena de Dios, y se convierte así en madre de la libertad y de la dicha.

La Virgen de Lourdes es buena noticia de Dios para la humanidad. En ella irrumpe Dios, dador de amor y de vida, en la historia humana. Dios no deja a la humanidad aislada, en el temor o en el dolor. Dios busca al hombre y le ofrece vida y salvación, asumiendo en la Cruz el dolor humano hasta la muerte; y la Cruz se convierte en el árbol de la vida. La Inmaculada nos recuerda que Dios nos ama de modo personal, que quiere únicamente nuestro bien y nos sigue constantemente con un designio de gracia y misericordia, que alcanzó su cima en el sacrificio redentor de Cristo.

En medio de un mundo que invita a prescindir de Dios, a suplantar a Dios y hacer del hombre la única fuente y meta de todo, también del bien y del mal, a hacer de los bienes materiales y del placer a toda costa el centro y meta de nuestra vida, María Inmaculada nos llama a abrirnos al misterio de Dios y acogerlo en la fe. Sólo en Dios y en su amor está la verdad del hombre, de su origen y de su destino; sólo en Dios lograremos desarrollar lo mejor que hay en nosotros.

Cierto que la vida se nos torna a veces demasiado difícil. Pero no podemos achacarle a Dios la autoría de los males. Dios siempre estará no sólo a nuestro lado, sino de nuestro lado en Cristo Jesús: Él es Dios-con-nosotros. Por eso, quienes, por el Bautismo, ya participamos de la unción del Espíritu que reposa en Jesús, debemos apoyarnos constantemente en el Señor: Él siempre nos bendice pues no se olvida de que somos suyos. Él nos apacienta y nos conduce hacia la verdad plena y hacia la perfección del mismo Dios.

María nos enseña a estar junto a Jesús y a dejarnos amar por Él.  Nos alienta a  dejar que Él y los valores del Reino de Dios penetren hasta lo más íntimo de nosotros. Jesús desde la Cruz (Jn 17, 25-27) nos entrega a su Madre en la persona de Juan, el discípulo amado; y el discípulo amado la acoge en su casa. María se convierte para nosotros en la encomienda que el Señor quiere hacernos a quienes hemos de convertirnos en sus discípulos suyos.

Si sabemos a acoger a María en nuestra casa, en nuestra existencia, en nuestro corazón, ella impulsará con su maternal intercesión nuestra vida en la confianza a Dios y de amor al prójimo. Porque ella nos quiere en una relación vivida en la comunión fraterna, capaz de ser luz puesta sobre el candelero para iluminar a todos. Si Cristo y si María están en nosotros, haremos nuestras las bienaventuranzas, viviremos como discípulos de Cristo, sin miedo al odio, a los vituperios, a los ataques de sus enemigos; seremos, en fin, testigos de Evangelio, del Reino de Dios y de su amor para todos, en especial para el que sufre, para los enfermos y para sus familias.

En la Fiesta de Lourdes celebramos con toda la Iglesia la Jornada Mundial del Enfermo. La Iglesia nos exhorta a “acoger, comprender, acompañar” a los enfermos. Nuestra forma de acompañar no puede ser otra que la proclamación y la vivencia del mensaje de la total confianza y de la alegre esperanza en Dios, fundado en la certeza de la resurrección de Cristo y, por tanto, en el amor y la fidelidad salvadora de Dios.

El ser humano es consciente que mantiene un pleito con el envejecimiento, con las enfermedades crónicas o incurables, con las situaciones de fragilidad, la discapacidad y la dependencia, con la aparición de nuevas patologías y nuevas amenazas, ya que, a pesar de todos los avances, la muerte sigue presente. Esto produce un “malestar existencial” que influye de forma negativa en la búsqueda del sentido de la vida y en la elaboración de una escala de valores respetuosa de la persona y de la naturaleza.

Hoy es más necesario evangelizar el mundo de la salud y la enfermedad, recordar cada día la parábola del Buen Samaritano (Lc 10.29-37). Dos aspectos de la misión de toda comunidad cristiana: –el anuncio del Evangelio y el testimonio de la caridad–, subrayan lo importante que es traducir el mensaje de Cristo en iniciativas concretas. De ahí que se nos recuerde una vez más la obligación de hacer presente la esperanza, regalo de la Pascua, a través del anuncio de la Palabra, de la oración y de la celebración de los Sacramentos, signos de comunión y servicio a los hermanos que sufren.

Nos urge imprimir un rostro más humano a la asistencia y al cuidado a los enfermos. Si hay caridad se convierte en dedicación generosa y cálida, delicada y gratuita, plantea cuestiones de sentido, amplía la comprensión y la comunión, abre la mente y el corazón a horizontes más elevados. Entonces el cuidado a los enfermos se convierte en proclamación silenciosa, pero eficaz, del Evangelio. Cuando el ser humano es tratado en su enfermedad como persona y es ayudado en su fragilidad, se está proclamando que el hombre mantiene su valor de hijo de Dios en todo momento, también cuando sufre la degradación del cuerpo o la mente.

A María, Salud de los enfermos y Consuelo de los afligidos, encomendamos hoy, en la Jornada Mundial del Enfermo, a todos los que sufren la falta de salud, física, espiritual o mental; junto con toda la Iglesia le encomendamos de modo especial a los enfermos incurables; ella es la Madre solícita y compasiva de la humanidad que sufre. No podemos ocultar a los enfermos, no hay que marginar a los que sufren.

Bajo la protección maternal de María, la Virgen de Lourdes, ponemos también hoy a todos los que, de una manera u otra, trabajan en el mundo de la salud: directores de centros sanitarios, capellanes, médicos, investigadores, enfermeras, farmacéuticos y voluntarios. Bajo su manto protector ponemos también el servicio desinteresado de tantos sacerdotes, religiosos y laicos comprometidos en el campo de la salud, que atienden generosamente a los enfermos, a los que sufren y a los moribundos. Que ella, nuestra Madre, interceda por nosotros, para que caminemos en una fe hecha obras de amor hacia los que sufren. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

40º Aniversario de la Asociación ‘Salus Infirmorum’

11 DE FEBRERO DE  2003

 

En la mañana de este sábado, día dedicado a María, Salud de los Enfermos, el Señor nos convoca en torno a la Mesa de su Palabra y de la Eucaristía para la acción de gracias y para la oración.

Con alegría celebramos hoy el 40º Aniversario de la presencia de vuestra Asociación ‘Salus Infirmorum” en nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón. Nuestra Iglesia diocesana se une a vosotras en este día tan significativo para vuestra Asociación: con vosotras alabamos y damos gracias a Dios, fuente y origen de todo bien, por todos los dones recibidos en estos cuarenta años por vuestra Asociación y, a través de vosotras, por nuestra Iglesia, y, de modo especial, por los enfermos, los ancianos, los niños y sus familias. La historia reciente y el presente de nuestra Iglesia son impensables sin vuestra Asociación y sin vuestra dedicación permanente a la pastoral de la salud, a la formación integral de las enfermeras y cuerpo sanitario en cursos a auxiliares de clínica, primero, y en la escuela de auxiliares de enfermería, después. No podemos tampoco olvidar la encomiable tarea del departamento de servicios para el cuidado de enfermos, ancianos y niños, de los cuidadores de jardines de infancia y de los técnicos de laboratorio.

Siguiendo la estela y el carisma de vuestra hermana mayor y fundadora, María de Madariaga, y siempre en estrecha comunión con nuestra Iglesia y sus pastores habéis sido y sois testigos vivos del amor de Dios y de su cercanía a los enfermos. Con vuestro servicio atento y lleno de afecto a los enfermos y a sus familias, en vosotras toman cuerpo las palabras del Señor: “Estuve enfermo y me visitasteis”. Estas palabras de Jesús son expresión del carisma, recibido y vivido por vuestra Fundadora; estas palabras de Jesús condensan su herencia espiritual para vuestra Asociación, que habéis hecho lema y vida a lo largo de estos años, viendo y amando en la persona del enfermo al mismo Cristo. Sí; los enfermos están ahí para colmarlos del amor de Cristo, manifestación del amor de Dios. A través de vuestra Asociación y de las colaboradoras, nuestra Iglesia diocesana sale al encuentro de Cristo, le encuentra y ama en los hombres y mujeres sufrientes. Con vuestra asistencia personal a cada enfermo en sus domicilios, en clínicas y en hospitales, sin distinción de raza, condición, enfermedad o religión ‘se ha probado en vosotras el testimonio de Cristo’. Gracias porque habéis sabido mostrar a este mundo que sufre, que el único importante en esta vida es Él, y que por Él y por amor a Él hay que tener, como el Buen Samaritano del Evangelio, entrañas de misericordia para con el que sufre y para con el enfermo, que hay que padecer con el enfermo –que esto es lo que significa compasión. Vuestra atención y servicio a los enfermos se basa en el amor –amor recibido y amor compartido-, siguiendo las huellas de María, que acogió con amor el amor gratuito de Dios, le correspondió con fe y lo compartió con el necesitado.

Gracias damos a Dios y gracias os damos a vosotras, a vuestra Asociación ‘Salus infirmorum’, a socios, voluntarias y trabajadoras. Con vuestra vida, entregada al servicio del enfermo habéis sido testigos vivos de Jesucristo y de su Buena Nueva, eficazmente presente en su Iglesia. Habéis contribuido así a manifestar y realizar entre nosotros el misterio y la misión de la Iglesia; es decir, que nuestra Iglesia es y sea sacramento del amor de Dios a los hombres en el amor de los cristianos hacia sus hermanos, especialmente hacia los más pobres y necesitados. La nueva Evangelización a que nos llama la Iglesia necesita antes de nada testigos vivos del Evangelio, de la Buena Nueva del Amor de Dios a los hombres. Vosotras nos habéis mostrado que el Evangelio vivido por amor es el mejor camino para llevar a Cristo a los hombres, para que los hombres se abran al amor de Dios manifestado en Cristo y para que los hombres dejen que Jesús penetre profundamente en su corazón, transforme su existencia y les salve.

A nuestra acción de gracias, deseo unir nuestra oración por vosotras, por vuestra Asociación. Pido al Señor que os mantenga fieles a vuestro carisma fundacional; a saber: “llevar a Cristo a los enfermos y a los sanos, a vuestro trabajo, entorno y ambiente… en una palabra evangelizar”. Es esta una inspiración del Espíritu Santo, un don a la Iglesia, a través de vuestra hermana fundadora. A esta raíz habréis de recurrir constantemente para reconocer el don de Dios y recibir el agua viva para vuestra misión. Cristo sigue manifestándose también hoy en muchos rostros que nos hablan de indigencia, de soledad y de dolor. Es necesario, pues, mantener un gran espíritu de escucha de la Palabra ‘que es siempre viva y eficaz’, para manteneros firmes en la fe en el Señor y alegres en vuestra misión, para descubrir a Cristo que vive y sufre en los pobres. Pues como nos dice la carta a los Hebreos “no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, ya que ha sido probado en todo como nosotros, menos en el pecado” (4,5)

Recordando vuestro origen y vuestro pasado, es bueno que contempléis el presente y toméis el pulso a la vida y misión de vuestra Asociación. Nuestra Iglesia os necesita, porque los enfermos os necesitan, porque el Señor cuenta con vosotras. Mirad el futuro con esperanza y preguntaros cómo llevar a cabo la tarea en esta hora de nuestra Iglesia y de nuestra sociedad, permaneciendo fieles a Cristo y a su Evangelio. El Señor se dirige hoy a cada una de vosotras y os dice, como a Leví en el Evangelio de hoy: “Sígueme” (Mc 2, 13-17, 14). Sígueme –os dice- en la tarea de anunciar la Buena Noticia del Evangelio a los enfermos, a los que sufren, en los domicilios y en los hospitales. Y la Buena Noticia no es otra sino Cristo, el Salvador de la humanidad, el Dios con nosotros, que vive y sufre con el enfermo y en el enfermo.

“No necesitan de médico los sanos, sino los enfermos; no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores” (Mc 2, 17). Así lo hemos escuchado en el Evangelio. Jesús es el Salvador, que ha venido para sanar y curar, para perdonar y salvar. El es el médico que se acerca al enfermo, el sumo sacerdote misericordioso que se compadece y libera al pecador. La salvación de Dios es una salvación integral: abarca al hombre entero, en cuerpo, alma y espíritu; y no sólo mientras peregrina aquí en la tierra, sino también cuando se convierte en ciudadano del cielo. En este mundo, el hombre no puede alcanzar la salvación total y perfecta; su vida está sujeta al dolor, a la enfermedad, a la muerte. La salvación de Dios es Jesucristo en persona, a quien el Padre envió al mundo como Salvador del hombre y médico de los cuerpos y de las almas. Durante los días de su vida terrena, movido por su misericordia, curó a muchos enfermos, librándolos también con frecuencia de las heridas del pecado (cf. Mt 9, 2-8; Jn 5, 1-14).

Vuestra asociación esta llamada a ser presencia de la Salvación de Dios en Cristo en el mundo de la enfermedad. Dios, amor misericordioso, el amor más grande, sale en Cristo al encuentro de los hombres, sanos y enfermos, justos y pecadores. Vosotras habéis de ser, en cualquier momento y situación, signo de la presencia viva y amorosa de Dios en Cristo, mediadoras de su Evangelio y de su obra redentora por la fuerza del Espíritu. Cristo Jesús es el centro, la base y la meta de la vida y la misión de vuestra asociación. La piedra angular de ‘Salus infirmorum’, como la de toda la Iglesia, es Cristo Jesús: es su rostro el que habéis de mostrar, su Evangelio el que habéis de anunciar, y la nueva Vida, que nos viene por Él, la que habéis de anunciar y trasmitir a los demás.

Miremos a María: ella nos protege y guía; ella es la Madre solícita que socorre con amor a sus hijos cuando se ha­llan en dificultad. María es ‘salud de los enfermos’, que dirige nuestra mirada hacia su Hijo, y como a los novios, nos dice: “Haced lo que os diga”.

Este Aniversario nos invita de nuevo a dirigir nuestra mirada hacia María. Encomendándonos a ella y siguiendo su estela y su indicación ponemos nuestros ojos en Cristo, escuchamos su palabra y nos sentimos impulsados hacia un renovado testimonio de caridad, para hacernos iconos vivientes de Cristo, Buen Samaritano, en tantas situaciones de sufrimiento físico y moral del mundo de hoy.

El servicio a los enfermos y a los que sufren ha sido siempre una parte integrante de la misión de la Iglesia; ha de ocupar, por tanto, un lugar prioritario en la vida y misión de nuestra Iglesia diocesana. Como Iglesia del Señor estamos llamados a encarnar el modelo de salud ofrecido por Cristo a los hombres y mujeres de su tiempo. Esto pide de nosotros sentirnos salvados y sanados en nuestro interior, experimentar el gozo de la salvación y comprobar que la fe, la esperanza y el amor son saludables; y, finalmente, pide de nosotros acoger y no excluir al enfermo y ser creativos en su servicio

El dolor y la enfermedad forman parte del misterio del hombre en la tierra. Es justo luchar contra la enfermedad, porque la salud es un don de Dios. Pero es importante también saber leer el designio de Dios cuando el sufrimiento llama a nuestra puerta. La clave de dicha lectura es la cruz del Señor. El Verbo encarnado acogió nuestra debilidad, asumiéndola sobre sí en el misterio de la cruz. Desde entonces, el sufrimiento tiene una posibilidad de sentido, que lo hace singularmente valioso. Desde hace dos mil años, desde el día de la pasión, la cruz brilla como suprema manifestación del amor que Dios siente por nosotros. Quien sabe acogerla en su vida, experimenta cómo el dolor, iluminado por la fe, se transforma en fuente de esperanza y salvación.

Cuantos trabajáis como cristianos en el mundo de la salud y de la enfermedad estáis llamados a ser testigos de esperanza, sobre todo allí donde la debilidad y la fragilidad humanas contrarían el deseo de vivir. Hay una esperanza que no defrauda: Cristo; hay una salud y una salvación que sólo Dios puede dar. Y vosotros sois testigos y agentes de ellas.

A María, Salud de los enfermos, encomendamos hoy a vuestra Asociación y a todos los que sufren la falta de salud; Bajo su protección maternal ponemos a todos cuantos trabajan en el mundo de la salud. Bajo su manto protector ponemos también el servicio desinteresado de tantas personas -sacerdotes, religiosos y laicos- comprometidos en el campo de la salud, que atienden generosamente a los enfermos, a los que sufren y a los moribundos.

¡Acerquémonos, hermanos, con corazón bien dispuesto a la mesa de la Eucaristía! ¡Acojamos a Cristo, alimento de vida cristiana, fuente de vida y salvación integral, de comunión con Dios y con los hermanos! Él nos fortalece y nos envía a ser testigos de su amor y de la esperanza que no defrauda. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Compromiso de todos por la educación

Queridos diocesanos:

La organización católica Manos Unidas celebra su Campaña anual durante la segunda semana de este mes de Febrero, que culminará el domingo, día 11, con la celebración del Día diocesano de Manos Unidas y la Colecta en todas las iglesias de la Diócesis. El trabajo, que durante todo el año realizan las voluntarias y los voluntarios, se intensifica en estos días. Con diversas acciones pretenden avivar nuestra sensibilidad y nuestro compromiso efectivo con los problemas del subdesarrollo en el mundo.

Este año, Manos Unidas ha puesto el centro de su atención y de sus acciones en la educación; y, más en concreto, en la escolarización de todos, en especial de los niños y de las niñas en los países más pobres. La alfabetización, aprender a leer y escribir, a calcular y pensar, son condiciones básicas para la educación. Es éste un proceso que tiene como finalidad el desarrollo integral y armónico de todas las capacidades de la persona. La Doctrina Social de la Iglesia nos recuerda que el desarrollo autentico ha de ser de todo el hombre, de todos los hombres y de todas las generaciones.

El ser humano es una unidad de cuerpo y espíritu, destinado por Dios a la perfección en la unidad personal. Los bienes materiales son necesarios para vivir con dignidad, pero no pueden convertirse en fin último del desarrollo; son medios al servicio del ser y del bien integral de las personas, es decir, de la realización de su vocación. La persona está llamada a realizarse en todas sus dimensiones: en la corporal, social, cultural, espiritual y religiosa. Un desarrollo con rostro humano no olvida ninguna de estas vertientes de la persona.

Educación y desarrollo integral de la persona van unidos y se condicionan mutuamente. No es posible el desarrollo personal y comunitario sin la educación. No habrá verdadero desarrollo, mientras existan tantas personas, especialmente niñas y mujeres, sin acceso a la escolarización.

Colaboremos todos con generosidad en la Colecta de Manos Unidas en favor de la escolarización de los más pobres. Nuestra aportación será la prueba del grado real de nuestro compromiso por el desarrollo de los más pobres.

Vuestro Obispo,

 

+ Casimiro

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de la Presentación del Señor

Castellón, Santa Iglesia Concatedral – 2 de febrero de 2007

Amados hermanos y hermanas en nuestro Señor Jesucristo.

Os saludo de corazón a todos en la Fiesta de la Presentación del Señor. De modo especial os saludo a vosotros, queridos consagrados y consagradas, en la Jornada de la Vida Consagrada. Nuestra Iglesia diocesana de Segorbe-Castellón, en unión con la Iglesia universal, da gracias a Dios hoy por todos vosotros y por la diversidad de carismas de vuestros institutos: sois verdaderos dones del Espíritu Santo con los que Dios enriquece a nuestra Iglesia. Con vosotros y con vosotras oramos hoy al Señor para que por la fuerza del Espíritu os mantengáis fieles a vuestra consagración siguiendo al Señor obediente, virgen y pobre al servicio siempre de la Iglesia y de la humanidad.

De pronto vendrá a su templo el Señor, a quien vosotros buscáis; el ángel de la alianza a quien tanto deseáis” (Mal 3, 1). Estas palabras del Profeta Malaquías en la primera lectura anuncian la llegada del Señor al templo para encontrarse con su pueblo y, a la vez, el deseo del pueblo de encontrarse con su Señor. El evangelio de Lucas narra el cumplimiento histórico de la profecía de Malaquías en la presentación del Señor en el templo. Cuarenta días después de su nacimiento, Jesús es presentado y consagrado a Dios por María y por José, según las prescripciones de la ley mosaica para el nacimiento de todo primogénito (cf. Ex 13, 2).

El cumplimiento fiel de la ley es la ocasión del encuentro de Jesús con su pueblo, que lo busca y lo espera con fe. Jesús es reconocido y acogido, pero no por todos. Sólo aquellos que confían en Dios y esperan su promesa, es decir, los pobres, los humildes y los sencillos de corazón saben reconocerlo y acogerlo: Simeón, “hombre honrado y piadoso que aguardaba el consuelo de Israel” (Lc 2, 25), y la profetisa Ana, que vivía en la oración y penitencia. Simeón, iluminado por el Espíritu Santo, reconoce en aquel niño al Mesías, al Salvador prometido, a la luz para alumbrar a todas las naciones, y bendice a Dios. Ana da gracias a Dios y habla del niño con entusiasmo “a todos los que aguardan la liberación de Israel” (Lc 2,32).

Al recordar hoy la presentación de Jesús en el templo de Jerusalén, la Palabra de Dios nos exhorta a que avivemos nuestro deseo de encuentro con el Señor presente en medio de nosotros, en nuestra historia, y a que lo acojamos con fe. Así lo hemos expresado al inicio de la celebración, caminando con las candelas encendidas hasta el altar. El Señor sale de nuevo a nuestro encuentro en su Palabra y, sobre todo, en la Eucaristía, presencia eminente suya entre nosotros. Él se nos ofrece para unirse mística, pero realmente con nosotros; Él nos ofrece su luz para iluminar nuestros caminos, nos ofrece su propia vida para hacernos partícipes del amor de Dios.

Así lo expresa el anciano Simeón. “Mis ojos han visto a tu Salvador… luz para alumbrar a las naciones…”. Aquel Niño es el Salvador prometido y esperado, la Luz de Dios, que alumbra a las naciones, la Luz de Dios para toda la humanidad. Cristo manifiesta a los hombres el verdadero rostro de Dios. Dios es Amor. San Agustín lo dirá muy hermosamente respecto de la Trinidad: la historia amorosa de un eterno Amante (el Padre), hacia un eterno amado (el Hijo), en un terno Amor (el Espíritu). Dios es amor misericordioso, que crea al hombre por amor y para el amor; Dios es vida y quiere hacernos partícipes de su misma vida divina intratrinitaria, comunión de vida y de amor.

De este modo, Cristo nos revela el verdadero rostro del hombre: Él nos revela nuestro origen, nuestra meta y el camino para lograr la verdadera humanidad. Y estos no son otros sino Dios, su amor, manantial de amor para los hombres y fuerza para el amor humano y fraterno.

Como Simeón o Ana hemos de tener la mirada y el corazón bien abiertos, para ver en Jesús y en su amor total, fiel y obediente hasta la muerte, la respuesta de Dios a la milenaria búsqueda de los hombres: a su búsqueda de sentido, de amor, de vida y de felicidad. La carta a los Hebreos lo expresa con toda claridad: Cristo por su oblación amorosa y obediente al Padre hasta la muerte, nos libera del terror del pecado y de la muerte que nos esclavizan. En nuestros intentos de buscar la felicidad, la vida y la propia realización, los humanos vivimos con miedo al fracaso. En la raíz de todos nuestros miedos está una falsa imagen de Dios y el temor a no alcanzar la vida y la felicidad. Eso nos lleva tantas veces a mendigar seguridades fuera de Dios y a buscar la vida fuera de El. Así acabamos esclavos de todo lo que pretende darnos una seguridad imposible. Nos cerramos a Dios y a su amor, y ello nos lleva a cerrarnos al otro: así nos aferramos a nuestros horizontes limitados y a nuestros egoísmos, a nuestro afán desordenado de autonomía personal al margen del designio de Dios, al goce efímero de nuestro cuerpo o a la posesión insaciable de bienes materiales. A partir de esta esclavitud se comprenden las demás esclavitudes humanas. Los intentos de liberación que no vayan a esta raíz no harán sino cambiar el sentido de la esclavitud.

Jesucristo es nuestro Salvador; y lo es precisamente porque ha ido más allá de proyectos humanos al margen de Dios. Él mismo, se ofrece en obediencia al Padre por amor a Él y a los hombres, y no rehuye pasar por el sufrimiento y la muerte para recuperarnos el Amor y la Vida de Dios. Muriendo y resucitando nos libera del pecado y de la muerte. Liberados del pecado y de la muerte, en Cristo todos podemos ser libres, podemos vivir la libertad de los Hijos de Dios, en obediencia al designio de Dios, en el amor gratuito y oblativo, en el abandono a su providencia. En Él podemos amar a Dios y a los hombres, vivir en la comunión de vida trinitaria y en la comunión fraterna con los hermanos, siendo desde ahí generadores de comunión entre los hombres. En Cristo podemos esperar sin miedos y sin necesidad de buscar seguridades humanas, que serán siempre limitadas.

 

En la oración colecta hemos pedido la gracia de presentarnos también nosotros al Señor “plenamente renovados en el espíritu”, conforme al modelo de Jesús. De modo particular vosotros, religiosos, religiosas y miembros de institutos seculares, estáis llamados a participar en este misterio del Salvador. Es misterio de oblación, en el que se funden indisolublemente la gloria y la cruz. Hoy celebramos en toda la Iglesia una singular presentación, un singular “ofertorio”, en el que vosotros, hombres y mujeres consagrados, renováis espiritualmente vuestra oblación a Dios en bien de la humanidad. Al hacerlo, nos ayudáis a los cristianos y a las comunidades eclesiales a crecer en la dimensión oblativa que nos constituye, edifica e impulsa por los caminos del mundo.

La fiesta de la Presentación os invita a los consagrados a fijar de nuevo la mirada en Jesús, para convertiros a Él, para crecer en fe y confianza, sabiendo que Él navega con nosotros en medio de las vicisitudes de la vida. Lo decisivo ante la dificultad es la fe gozosa y la adhesión apasionada a Jesucristo. Lo decisivo en todo momento es confiar plenamente en el Señor y vivir con radicalidad la consagración al Señor. Por vuestra vocación y especial consagración estáis llamados a caminar con Cristo y desde Cristo en la familia de vuestra comunidad siendo “huellas de la Trinidad en la historia”, como reza el lema de este año.

El Señor os llama a vivir unidos a Él y caminar como hermanos con Él, para ser luz que alumbre las tinieblas de nuestro mundo; estáis llamados a ser testigos vivos de Dios Amor para un mundo que parece empecinado en vivir de espaldas a Dios; sois la luz puesta en lo alto del monte para que alumbre las tinieblas de nuestro mundo y sea faro y norte a donde dirigir los pasos del hombre de hoy. Estáis llamados a vivir, sencillamente, lo que sois: signo perenne de la vocación más íntima de la Iglesia, recuerdo permanente de que todos estamos llamados a la santidad, a la unión con Dios en la perfección del amor a Dios y a los hermanos.

El alma de la vida religiosa es tener a Cristo como plenitud de la propia vida, de forma que toda la existencia sea entrega sin reservas a Él. Dejad que Cristo viva en vosotros y vosotras, seguidlo dejándolo todo, seguid sin condiciones al Maestro, fiaros en todo momento de Él, dedicad toda vuestra vida, vuestro afecto, vuestras energías, vuestro tiempo, a Jesucristo, y en Él, al Dios y Padre de todos. Vivid esa entrega sin dejar que ninguna duda ni ambigüedad sobre el sentido y la identidad de vuestra consagración os perturbe.

Esta es la sustancia de la vida consagrada. A ella habréis de volver una y otra vez, para que vuestra vocación, vuestra consagración, sea una fuente de gozo radiante y completo. Cuando queremos definirnos sólo por lo que hacemos y olvidamos esto que es sustancial, la propia vida no es capaz de mantenemos en la alegría de Cristo; y la misma consagración, expresada en diversas formas en los votos, se desvirtúa y termina perdiendo sentido. En los tiempos de cambios profundos y, a veces, de desconcierto en que vivimos, recordad que ni sois extraños ni inútiles en la ciudad terrena.

Con vuestra vida de castidad, estáis anunciando y testificando el amor y la entrega al Reino de Dios como valor absoluto y definitivo. Con vuestra vida de pobreza, anunciáis a Dios, Padre de todos, y apuntáis hacia una comunidad humana más fraterna, al servicio de la dignidad y la dicha de todos, donde el poder y acaparar sean sustituidos por el compartir. Con vuestra vida de obediencia, anunciáis que la vida del ser humano encuentra su realización plena en el cumplimiento de la voluntad de Dios.

Por todo ello, junto con todos vosotros y vosotras, pido al Señor que os dé la fuerza para permanecer fieles al don y al carisma que habéis recibido de vuestros fundadores o fundadoras; para que sigáis siendo testigos vivos de Dios-Amor en medio de nuestro mundo; para que, a través de vuestro ser más íntimo, viváis en el corazón de la Iglesia diocesana. Es en la comunión de la Iglesia diocesana y con su Pastor, el Obispo, donde se concreta y vive vuestra comunión con la Iglesia universal; de lo contrario, vuestra comunión eclesial se vuelve abstracta y se difumina. Si de todo fiel se pide un obsequio religioso al Magisterio eclesial, cuanto más de los consagrados. ¡No os dejéis perturbar por muestras de desafección hacia los Pastores de la Iglesia! Éstas además de herir la unidad de la Iglesia, debilitan vuestra consagración, vuestra comunión y vuestra misión. Encarnad en la Iglesia el radicalismo de los consejos evangélicos, para que seducidos por Jesús, os entreguéis al servicio de los hombres. ¡Que la Virgen Maria, fiel y obediente esclava del Señor, os ayude, os proteja y os lleve a Cristo! Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

El cultivo de la interioridad

Queridos diocesanos.

“El drama de la cultura actual es la falta de interioridad, la ausencia de contemplación. Sin interioridad la cultura carece de entrañas, es como un cuerpo que no ha encontrado todavía su alma”. Son palabras de Juan Pablo II.  Son muchas también las voces que, como el Papa, afirman que una de las notas más lamentables del estilo de vida moderno es la falta de interioridad. Nosotros mismos lo podemos observar en nuestro entorno y, quizá, en nosotros mismos.

No faltan quienes consideran la vida interior como algo inútil y superfluo y organizan su vida sólo desde lo exterior; no pasan de la superficie ni ahondan en su interior, en ‘el fondo’ de su persona. Vivimos en una cultura de la imagen, de la apariencia, de lo material y de lo superficial. Muchos viven sin conocerse a sí mismos a pesar de ocuparse constantemente de sí; caminan por la vida sin percibir a los demás, aunque estén contacto con ellos. En la era de comunicación, muchos creen comunicarse, pero no dialogan: ni escuchan ni son escuchados. La vida del espíritu está tan desprestigiada que se considera evasión el cultivo del mundo interior.

Pero, sin interioridad se degenera todo lo humano y el hombre pone en peligro su propia integridad. Sin cultivo del espíritu, el hombre camina sin rumbo por la vida limitándose a lo material y efímero. Sin relación viva ni consigo mismo, ni con los demás, ni con Dios, el hombre cae poco a poco en lo trivial y en el empobrecimiento personal. La falta de interioridad impide construir la propia vida de forma digna y gozosa, y desarrollar las propias posibilidades. Se construye el exterior, pero el interior queda vacío; se desarrolla un ‘yo’ fuerte, pero inauténtico; se atiende a aspectos parciales de la vida, pero con el riesgo de fracasar como ser humano.

No nos puede extrañar. Para crecer, el ser humano necesita adentrarse en su propio misterio y llegar al corazón de su vida, allí donde es total y únicamente él mismo. Toda persona necesita esa ‘fuente de luz y de vida’ (R. Laing). El vacío interior es como una ‘neurosis fundamental’ del hombre actual: tiene su origen en la falta de comunicación con Dios y le precipita en un abismo de absurdo y soledad (W. Stinissen).

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro

Obispo de Segorbe-Castellón

Eucaristía en rito mozárabe

S, I. Catedral de Segorbe, 28.01.2007

 

“¿Acaso no lo sabes, es que no lo has oído? El Señor es un Dios eterno y creó los confines del orbe. No se cansa, no se fatiga, es insondable su inteligencia. El da fuerza al cansado, acrecienta al inválido… los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas” (Is 40, 27-31). Al celebrar hoy esta Eucaristía en rito hispano-mozárabe, el profeta Isaías, como ya lo hiciera con el pueblo de Isarel en el exilio, nos exhorta a reavivar nuestra memoria en la fidelidad de Dios y a analizar nuestra fidelidad a Dios en la fe y vida cristiana personal y comunitaria para fortalecer así nuestra esperanza en el momento presente. También a nosotros, como a aquellos cristianos mozárabes, antepasados nuestros en la fe, nos toca vivir tiempos de especial dificultad en la vivencia de nuestra fe: son tiempos de apostasía silenciosa de muchos y de apostasía formal de otros, provocada tal vez por nuestra tibieza, pero alentada, sobre todo, por la propaganda de desafección a la fe cristiana y a la Iglesia así como el acoso programado y dirigido contra el cristianismo en nuestra patria.

Nuestra fe se fortalece haciendo memoria de los beneficios recibidos de Dios. “El es el origen, guía y meta del universo. A Él la gloria por los siglos. Amén” (Rom 11, 36). Hemos de recordar los bienes recibidos de Dios en nuestro Señor Jesucristo y entonar un canto de alabanza y de acción de gracias. Pero nuestra alabanza y agradecimiento a Dios por todo lo que de Él hemos recibido, han de suscitar en nosotros más fe y confianza, más esperanza y más amor hacia El; un amor que nos confirme en la fidelidad en el camino de nuestra fe en el seno de nuestra Iglesia.

Y esto se hace recordando la presencia del Señor en medio de nosotros, en nuestra Iglesia y en nuestra vida de cristianos, personal y familiar, privada y pública. Miramos hacia el pasado para despertar y percibir con más fuerza la fidelidad de Dios en el presente. “Traed a la memoria los días pasados, en que después de ser iluminados, hubisteis de soportar un duro y doloroso combate… No perdáis ahora vuestra confianza”. Así nos exhorta el autor de la carta a los Hebreos (10, 32-ss). “Acordaos de vuestros dirigentes, que os anunciaron la palabra de Dios, y considerando el final de su vida, imitad su fe” (Heb 13, 7). Esta es la memoria que nos salva de “dejarnos seducir por doctrinas varias y extrañas” (Heb 13,9); esta memoria nos “fortalece el corazón” (ibid.).

Los pueblos como las personas tienen memoria; y ésta reside en su corazón. Los pueblos, como María, guardan las cosas en su corazón. La celebración de hoy nos invita a recordar fielmente al Señor, a nuestra Madre, la Virgen de la Cueva Santa, a nuestros Santos y a nuestros antepasados en la fe, fundando en ellos la unidad espiritual de nuestro pueblo

La memoria es una fuerza que une e integra. La memoria viene a ser el núcleo vital de un pueblo. Un pueblo que no respeta y ni atiende a sus antepasados, que son su memoria viva, es un pueblo sin porvenir. Quien reniega de sus raíces, construye el futuro en arenas inseguras y movedizas.

La memoria de la Iglesia es el Sacrificio del Señor en la cruz, que recordamos y actualizamos en cada Eucaristía. En la Eucaristía está nuestro triunfo. La resurrección no se entiende sin la cruz. En la cruz está la historia del mundo: la gracia y el pecado, la misericordia y el arrepentimiento, el bien y el mal, el tiempo y la eternidad. En los oídos de la Iglesia resuena la voz de Dios. “No temas, porque yo te he rescatado…, y te volveré a rescatar” (Is 43, 1-21). “Sé valiente y firme… Yahvé tu Dios está contigo; no te dejará ni te abandonará… No temas, pues, ni te asustes” (Deut 31, 6- 7). El recuerdo de la salvación de Dios, del camino ya recorrido, da fuerzas para el futuro.

Por la memoria, nuestra Iglesia testifica la salvación de Dios. Dios tiene atado en su corazón y en todo su ser, su proyecto de salvación. En la base de nuestra Iglesia y de cada cristiano está el recuerdo, la memoria, que se hace seguridad, la única y verdadera seguridad, porque es la esperanza que no defrauda: Soy recordado por el Señor, y él es eternamente fiel y el amor más grande. El nos tiene atados en su amor. Por todo esto nuestra oración ha de estar caracterizada por el recuerdo. Esa es la oración de la Iglesia que tiene siempre presente la salvación de Dios Padre, operada por el Hijo, en el Espíritu Santo. En el Credo está no sólo el compendio de las verdades cristianas, sino también el de la historia de nuestra salvación. ¡Es tan fácil olvidar, sobre todo cuando estamos satisfechos!

“Publicad los recuerdos de su fidelidad” (Sal 29, 5). Dios es fiel. Lo más importante para nuestra fe no es nuestra fidelidad a Dios ni la infidelidad con que con frecuencia le respondemos. “Que abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento, el de Dios! (Rom 11, 33). Lo verdaderamente decisivo es que Dios es fiel. Su fidelidad es el fundamento más firme de la nuestra fidelidad. El “es un Dios clemente y compasivo, paciente, lleno de amor y fiel. El mantiene su amor eternamente”. Dios es amor misericordioso y fiel. La fidelidad es una cualidad del amor de Dios. Dios nos es siempre fiel, incluso en los momentos en los que más experimentamos la soledad y la oscuridad. El no puede abandonarnos. Está junto a nosotros de modo discreto y silencioso. Su fidelidad no nos ahorra los tragos amargos y las impotencias humanas. Dios no nos salva del mundo; nos salva en el mundo.

En la muerte y resurrección de Jesucristo se ha realizado la Nueva y definitiva Alianza. En su persona se abrazan la fidelidad de Dios y la fidelidad a Dios. Jesús es el ‘sí’ fiel que Dios nos da y al mismo tiempo, el ‘sí’ fiel que nosotros devolvemos a Dios. Cristo es, ante todo, el ‘sí’ de Dios a los hombres. La fidelidad de Dios se ha hecho plena y definitivamente presente, patente y operante en la persona, la doctrina, la vida, la muerte y resurrección de Jesucristo. El es el documento más cumplido y el monumento más hermoso de la fidelidad de Dios al mundo. Precisamente porque Jesús es expresión de la fidelidad de Dios, Él nos es fiel a nosotros. Su fidelidad le conduce a mantenernos firmes en la nuestra.

Pero Jesús es también para nosotros modelo de nuestra fidelidad a Dios. El aceptó y cumplió plenamente el proyecto de Dios Padre. En verdad tenemos una nube de testigos fieles a Dios en medio de la prueba: “Lo santos, por la fe, se mostraron fuertes en el combate” (Heb 11, 34). Pero ninguno como Jesús. El es para nosotros no sólo reflejo de la fidelidad de Dios sino también “canon personal de la fidelidad y fuente de la fidelidad”.

La fidelidad de Jesús al Padre es siempre total, se torna más patente a medida que la resistencia de sus enemigos a su proyecto se va haciendo más espesa. Jesús acepta generosamente la entrega de su propia vida en manos de sus enemigos como la máxima expresión de fidelidad a Dios, su Padre.

A los cristianos nos corresponde por vocación ser, como Jesús, señales vivas de la fidelidad con la que Dios ama a la gente y modelo humilde de la fidelidad con la que los humanos deberíamos amar a Dios en cualquier situación por dolorosa que pueda resultarnos. Tal respuesta de fidelidad a la fidelidad de Dios no es algo periférico sino central en la vida cristiana. Ser cristiano equivale a seguir a Cristo, ser fiel como él, ser fieles en su seguimiento. Fiel es sinónimo de cristiano. La fidelidad a Dios en las pruebas y en la vida cotidiana son la substancia de la conducta cristiana. La fidelidad del cristiano comporta la fe en Dios y en su Hijo Jesucristo, sin cobardías, confiando plenamente en él y en su presencia en medio de nosotros. Quien por la fe ha puesto toda su confianza en Dios ha de corresponderle en la fidelidad.

Mantenerse firmes en la fe lleva consigo padecer persecuciones y pruebas. Así como no hay fe sin fidelidad, no hay fidelidad probada hasta pasar por la dificultad y la persecución. El ejemplo de Cristo, pionero de nuestra fe, debe confortamos en los momentos de tempestad. La fidelidad comporta perseverancia, paciencia, sufrimiento y aguante en las tribulaciones. Creer es, para el cristiano, algo más que depositar toda su confianza en Dios. Es obedecerle, escucharle, aceptar su voluntad, atenerse a ella, cumplir tal voluntad. La obediencia debe ser fiel. Desobedecer a Dios es una infidelidad. Esta fidelidad obediente ha de manifestarse no sólo en las grandes pruebas; debe tomar también cuerpo en las pequeñas obligaciones de cada día.

San Juan nos descubre que el amor es como el alma de la fidelidad, y la prueba de nuestro amor a Dios es guardar sus mandamientos constantemente. “Sólo permaneceréis en mi amor si obedecéis mis mandamientos como yo he observado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor” (Jn 15, 10). Nuestra fidelidad no es proeza de nuestro esfuerzo generoso sino, ante todo, don de Dios. Nosotros somos demasiado frágiles para ser fieles. Nuestra fidelidad es posible únicamente cuando está bañada e impregnada de la fidelidad de Dios. El es quien nos capacita para vivir como auténticos creyentes a fin de que todo nuestro ser se conserve irreprochable para la venida de Nuestro Señor Jesucristo. El que nos llama es fiel y cumplirá su palabra. Nuestra fidelidad a Dios se prolonga en la fidelidad a los demás, en especial a los pobres.

El Señor nos llama no sólo a ser cristianos, sino a serlo de una manera determinada, en la vocación particular de cada uno: en el matrimonio, en la vida religiosa, en el mundo, en el ministerio sacerdotal.

Al recordar hoy a nuestros antepasados mozárabes pidamos a Dios, por la intercesión de María, la gracia de recuperar la memoria de nuestro camino personal, memoria de nuestras familias cristianas y la memoria de nuestro pueblo cristiano fiel para crecer en fidelidad a nuestra fe y a nuestra propia vocación. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón.

La unidad de los cristianos

Queridos Diocesanos:

Estamos celebrando la Semana de oración por la Unidad de los Cristianos; por esta intención se nos pide orar de modo especial desde el 18 hasta el 25 de enero. Hemos de reconocer que esta Semana ha perdido vigor entre nosotros, después de años de viva celebración. Quizá nuestras urgencias y preocupaciones sean otras; o puede que las dificultades en el diálogo ecuménico nos hayan desalentado. Pero, la oración y el compromiso por la unidad de los cristianos siguen siendo algo urgente.

La actual división de los cristianos contradice clara y abiertamente la voluntad de Cristo; es un escándalo para el mundo y perjudica la tarea que el Señor nos encomendó de predicar el Evangelio a toda criatura. El mismo Señor ora para que todos sus discípulos sean –seamos- uno, para que el mundo crea (Jn 17, 21). El nos muestra así su deseo de unidad entre sus discípulos y, a la vez, la fuente de la unidad: la oración. La unidad de los cristianos es antes de nada un don de Dios que hemos de implorar con insistencia y acoger con gratitud. La unidad es algo necesario para la Iglesia; ha de ser una y mostrarse unida para ser creíble en el anuncio del Evangelio y para ser en verdad fermento de unidad e instrumento promotor de unidad de los hombres con Dios y de todo el género.

Junto con la oración, ‘el alma de todo el movimiento ecuménico’ (UR 8) son la conversión del corazón y la santidad de vida. En el centro está la obediencia personal al Evangelio para hacer la voluntad de Dios, con su ayuda, necesaria y eficaz. Cuanto más estrecha sea nuestra comunión con Dios, Padre, Hijo y el Espíritu Santo, más íntima y fácilmente podrán aumentar la fraternidad mutua. La santidad de los discípulos de Jesús es el más sólido punto de apoyo en el camino hacia la unidad. Si todos los cristianos nos dejamos guiar por el Espíritu, todos nos encontraremos caminando al unísono y podremos recibir de Dios el don de la unidad visible que buscamos. Así los hombres reconocerán en la Iglesia el sacramento de la unidad del género humano, ella aparecerá como testigo de Cristo en el mundo, como ámbito del encuentro y el recinto de la congregación de los hombres y las naciones en Cristo.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro,

Obispo de Segorbe-Castellón

Descubrir el sentido de la existencia humana

Queridos diocesanos:

En estos primeros días del año, bueno será recordar algo que es fundamental para todos. En la raíz de toda vida humana se encuentra la iniciativa amorosa de Dios, que llama al hombre a la vida y a la felicidad plena. Es más: esa iniciativa de Dios es la que da sentido último a nuestras vidas. Percibir esta llamada de Dios a la vida y a la felicidad como sentido de la propia existencia, es condición previa para la respuesta personal en la fe.

En el contexto cultural actual, sin embargo, se hace difícil descubrir a Dios y su iniciativa amorosa; no parece interesar la cuestión sobre el sentido último de la vida y Dios mismo es silenciado. ¿Cuántos se preguntan hoy de dónde venimos, qué somos, qué hacemos en esta vida, hacia dónde caminamos? ¿No es para muchos un sinsentido la pregunta por el sentido último de la vida, porque no es útil ni provechosa ni acorde con el hombre moderno? Sólo parece contar la eficacia, el rendimiento, la productividad y la utilidad. Sólo parece interesar el bienestar material, el éxito social, la seguridad ante todo y el disfrute de la vida en el presente. Ante esta realidad decae cada vez más el interés por lo que pueda hacer relación al sentido último de la existencia, el destino del ser humano, el misterio del cosmos o lo sagrado.

A pesar del progreso y los logros innegables de la sociedad moderna son preocupantes el vaciamiento interior, la trivialización de la existencia y la crisis de esperanza del hombre actual. Esta surgiendo un tipo de ser humano que no quiere nada más que el presente. Tras la propuesta nihilista, ‘venimos de la nada y caminamos hacia la nada’, el hombre actual parece haber perdido su identidad, su condición y su patria.

Pero, quiérase o no, en el interior de cada cual siempre surge la pregunta por el sentido de la propia existencia, que desemboca en la pregunta por Dios, origen y destino de cada persona. También en la sociedad tecnológica se puede percibir la necesidad que siente el hombre contemporáneo de ‘salvación’, que no se puede dar a si mismo. Hoy como en tiempos pasados, el hombre es un ser que busca dar un sentido a su existencia, realizarse en un proyecto humano auténtico y caminar alentado por una esperanza. En este horizonte aparece Dios y su iniciativa amorosa como respuesta al sentido último de la historia personal y colectiva, presente y futura.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro,

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta del Bautismo del Señor

Segorbe, S.I. Catedral, 7 de enero de 2007

 

Con la Fiesta del Bautismo de Jesús, que hoy celebramos, concluye el tiempo de la Navidad. La Liturgia de la Iglesia nos brinda hoy la oportunidad de revivir el bautismo de Jesús de manos de Juan Bautista. A orillas del Jordán, Juan Bautista administra un bautismo de penitencia, exhortando a la conversión de los pecados. Ante el Precursor llega también Jesús, el cual, con su presencia, transforma ese gesto de penitencia en una solemne manifestación de su divinidad. “Y mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: ‘Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto” (Lc 3, 21-22). Son las palabras de Dios-Padre que nos manifiestan a Jesús como su Hijo unigénito, su Hijo amado y predilecto.

Esta ‘manifestación’ del Señor sigue a la de Navidad en la humildad del pesebre y al encuentro en Epifanía con los Magos, para adorar al Niño como al Rey anunciado por las Escrituras. En la Navidad hemos contemplado con admiración y alegría la aparición de la ‘gracia salvadora de Dios a todos los hombres’ (Tt 2, 11); una gracia, manifestada en la pobreza y humildad del Niño-Dios, nacido de María virgen por obra del Espíritu Santo. En el tiempo navideño hemos ido descubriendo las primeras manifestaciones de Cristo, ‘luz verdadera que ilumina a todo hombre’ (Jn 1, 9): luz, que brilló primero para los pastores y después para los Magos, primicia de todos los pueblos gentiles llamados también a la fe, que, siguiendo la luz de la estrella, y llegaron a Belén para adorar al Niño recién nacido (cf. Mt 2, 2).

Hoy, en el Jordán se realiza cuanto se ha dicho del Niño, nacido en Belén y adorado por los pastores y los Magos. Dios-Padre presenta a Jesús, al inicio de su vida pública como su Hijo unigénito, como el Cordero que toma sobre sí el pecado del mundo. En el Bautismo en el Jordán, el Padre manifiesta a los hombres que Jesús es su Hijo y revela su misión de consagrado de Dios y Mesías. Jesús comienza públicamente su misión salvadora; él es el enviado por Dios para ser portador de justicia, de luz y de libertad. “Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hech 10, 38)  Su misión se caracterizará por el estilo del siervo humilde y manso, dispuesto a entregarse totalmente; él hará de su vida un acto de entrega y de servicio a todos, como nos ha dicho Isaías (Is 42, 1-4. 6-7).

En el Jordán se abre así una nueva era para toda la humanidad. Este hombre, que aparentemente no es diferente de todos los demás, es Dios mismo, que viene a nosotros para liberarnos del pecado y para dar el poder de “convertirse en hijos de Dios, a los que creen en su nombre; los cuales no nacieron de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nacieron de Dios” (Jn 1, 12-13).

El Bautismo de Jesús nos remite a nuestro propio bautismo. En la fuente bautismal, al renacer por el agua y por el Espíritu Santo, la gracia de Cristo transformó nuestra existencia de mortal en inmortal, liberándonos del pecado original y de todo pecado personal. Por el bautismo hemos sido injertados en la vida misma de Dios, convirtiéndonos en hijos adoptivos suyos, en su unigénito “Hijo predilecto”. Dios nos hace partícipes de la vida eterna, la verdadera vida, la felicidad también en un futuro aún desconocido. En el bautismo, quedamos insertados en la familia de Dios, que lleva en sí la promesa de eternidad. Esta familia de Dios, en la que el bautizado es insertado, lo acompañará siempre, incluso en los días de sufrimiento, en las noches oscuras de la vida; le brindará consuelo, fortaleza y luz.

Esta familia nos dará palabras de vida eterna, palabras de luz que responden a los grandes desafíos de la vida y dan una indicación exacta sobre el camino que conviene tomar. Esta compañía brinda al bautizado consuelo y fortaleza, el amor de Dios incluso en el umbral de la muerte, en el valle oscuro de la muerte. Le dará amistad, le dará vida. Y esta compañía, siempre fiable, no desaparecerá nunca. No sabemos lo que sucederá en futuro. Pero de una cosa estamos seguros: los que pertenecen a esta familia de Dios nunca estarán solos, tendrán siempre la amistad segura de Aquel que es la vida.

La nueva vida bautismal es eterna, porque es comunión con Aquel que ha vencido la muerte, que tiene en sus manos las llaves de la vida. Estar en la familia de Dios, significa estar en comunión con Cristo, que es vida y da amor eterno más allá de la muerte. Sí: el bautismo inserta en la comunión con Cristo y así da vida, la vida.

¡Cómo no dar gracias a Dios, que nos ha hecho hijos suyos en Cristo! ¿Pero, cómo podremos dar gracias a Dios por el don de la nueva vida bautismal si no la valoramos porque hemos convertido a Dios en un extraño en nuestra vida, porque lo hemos suplantado por otros dioses, porque pensamos no estar necesitados de salvación, de la vida que sólo Dios nos puede donar? O ¿cómo le vamos a dar gracias a Dios, si presentamos a nuestros hijos al bautismo, no movidos por la fe sino llevados tan sólo por la costumbre de bautizar?

El bautismo es un don, el don de la vida. Pero un don debe ser acogido, debe ser vivido. Un don de amistad implica un ‘sí’ al amigo e implica un ‘no’ a lo que no es compatible con esta amistad, a lo que es incompatible con la vida de la familia de Dios, con la vida verdadera en Cristo.

Dios no realiza el milagro de regenerar al hombre sin su colaboración. Todo bautizado, también los bautizados en la infancia en la fe de la Iglesia, profesada por sus padres, al ser capaz de comprender, debe recorrer, personal y libremente, un camino espiritual que, con la gracia de Dios, le lleve a confirmar, en el sacramento de la confirmación, el don recibido en el bautismo. Pero ¿podrán abrirse los niños y los adolescentes a la fe y al don recibido si los adultos, especialmente los padres, no les ayudamos a ello? Nuestros niños y adolescentes necesitan que padres, padrinos y toda la comunidad cristiana les ayudemos a conocer al verdadero Dios, que es amor misericordioso, y a encontrarse con Jesús para entablar una verdadera amistad con él. A los padres y padrinos corresponde introducirles en este conocimiento y amistad a través del testimonio de vida cristiana en el día a día, en su matrimonio, en las relaciones con ellos y con los demás; unas relaciones que se han de caracterizar por la atención, la acogida y el perdón. Grande es la responsabilidad de la cooperación de los padres en el crecimiento espiritual de sus hijos y en la transmisión de la fe. Si ya es grande su de ser padres ‘según la carne’, ¡cuánto más lo es la de colaborar en la paternidad divina, dando su contribución para modelar en sus hijos y criaturas de Dios la imagen misma de Jesús, Hombre perfecto!

En las promesas bautismales renunciamos a las tentaciones, al pecado, al diablo. Es la renuncia a la ‘pompa diaboli’, es decir, a la falsa promesa de vida en abundancia, pero que en realidad es una anticultura de la muerte: la mentira, el fraude, el abuso del cuerpo como mercancía y como comercio,la injusticia, el desprecio del otro; una anticultura que se expresa en una sexualidad que se convierte en pura diversión sin responsabilidad, que se transforma en ‘cosificación’ —por decirlo así— del hombre, al que ya no se considera persona, digno de un amor personal que exige fidelidad, sino que se convierte en mercancía, en un mero objeto.

En nuestras promesas decimos ‘sí’ al Dios vivo, es decir, a un Dios creador, a una razón creadora que da sentido al cosmos y a nuestra vida; decimos ‘sí’ a Cristo, es decir, a un Dios que no permaneció oculto, sino que tiene un nombre, tiene palabras, tiene cuerpo y sangre; a un Dios concreto que nos da la vida y nos muestra el camino de la vida; ‘sí’ a la comunión de la  Iglesia, en la que Cristo es el Dios vivo, que entra en nuestro tiempo, en nuestra profesión, en la vida de cada día.

Éste es mi Hijo amado; escuchadle” (Mc 9, 7). Hoy, este anuncio y esta invitación resuenan particularmente para todos los bautizados. Por el bautismo estamos enriquecidos con el don de la nueva vida, con el don de la fe e incorporados a la Iglesia. El Padre nos ha hecho en Cristo hijos adoptivos suyos y nos ha revelado un singular proyecto de vida: escuchar como discípulos a su Hijo para ser realmente sus hijos.

La riqueza de la nueva vida bautismal es tan grande que pide de todo bautizado una única tarea; es la que el apóstol Pablo no se cansa de indicar a los primeros cristianos con las palabras: “Caminad según el Espíritu” (Ga 5, 16), es decir, vivid y obrad constantemente en el amor a Dios haciendo el bien a todos como Jesús.

Es la llamada al seguimiento de Jesús según la vocación, que cada uno haya recibido de Dios, para ser testigos valientes del Evangelio. Esto es posible gracias a un empeño constante, para que se desarrolle y llegue a su plena madurez el germen de la vida nueva. El camino es: amar a Cristo, invocarlo sin cesar e imitarlo con constante adhesión a su llamada. Hemos recibido la llama de la fe: una llama que ha de estar continuamente alimentada, para que cada uno, conociendo y amando a Jesús, obremos siempre según la sabiduría evangélica. De este modo, llegaremos a ser verdaderos discípulos del Señor y apóstoles alegres de su Evangelio.

Queridos hermanos: demos gracias hoy al Señor porque Dios no se esconde detrás de las nubes del misterio impenetrable, sino que, como decía el evangelio de hoy, ha abierto los cielos, se nos ha mostrado, habla con nosotros y está con nosotros; vive con nosotros y nos guía en nuestra vida. Demos gracias al Señor por este don y acojamos el don de la vida, la verdadera vida, la vida eterna. Amén.
+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

La paz y el respeto a la persona humana

Queridos diocesanos

Hemos comenzado el año celebrando la Jornada mundial de la paz, el 1 de enero. El mundo anhela y necesita la paz. A nadie se le escapa, sin embargo, que estamos lejos aún de haber logrado la paz en las relaciones entre las personas, en las familias, en la sociedad y entre los pueblos de la tierra. Benedicto XVI ha centrado este año su tradicional mensaje para este Día en el tema: La persona humana, corazón de la paz. Porque sólo respetando a la persona se promueve la paz y construyendo la paz se ponen las bases para un auténtico humanismo integral.

La paz es, antes de nada, un don de Dios, que Él nos ha dado en Jesús, ‘el Príncipe de la paz’. Él es el único que da la paz que necesita la humanidad, una paz basada en la comunión de Dios con los hombres y de los hombres entre sí. Como don que es debemos pedir la paz, rezar por ella; pero la paz es también tarea, por lo que hemos de trabajar para que se extienda entre los hombres y los pueblos. La paz no es la mera ausencia de guerra ni el equilibrio de las fuerzas adversarias ni el fruto de una dominación despótica. La paz auténtica se basa en la verdad, la justicia, el amor y la libertad, y tiene su corazón en el respeto a toda persona humana.

Todo ser humano es creado por Dios a su imagen; ésta es la base de la dignidad de toda persona humana y de los derechos humanos, que debemos acoger, respetar y promover. Entre los derechos fundamentales de toda persona destacan el derecho a la vida y la libertad religiosa. El terrorismo, el hambre, el aborto, la experimentación con embriones y la eutanasia son atentados contra la paz, porque no respetan el derecho a la vida. La creciente falta de libertad religiosa en numerosos países es también un signo claro de falta de paz. Entre nosotros, si bien no se practica una persecución violenta contra los creyentes, se alimenta un ‘escarnio cultural sistemático’ respecto a la religión, que atenta contra la libertad religiosa.

Todo cristiano ha de ser testigo comprometido de la paz. Unido a todos los hombres de buena voluntad, el cristiano ha de trabajar por el respeto efectivo de la igual dignidad de todo ser humano, de sus derechos fundamentales y por su derecho a la vida. El testigo de la paz respeta, acoge y perdona al otro, respeta su cultura y religión, trabaja para que se implante la justicia, fomenta el dialogo sincero y la reconciliación entre los hombres desde la verdad y la libertad. Trabajemos por la paz.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro,

Obispo de Segorbe-Castellón