Testigos de Dios y de su Palabra

Queridos diocesanos:

Las Candelas, el día 2 de Febrero, es una Fiesta muy querida para los cristianos. Con cirios encendidos, símbolo de la fe, de la luz y de la nueva Vida que hemos recibido en el Bautismo, iremos gozosos, en la procesión antes de la Misa, al encuentro del Señor, la Luz de los pueblos, que es presentado y consagrado a Dios en el Templo de manos de María.

Recordando la ofrenda y la consagración de Jesús al Padre celebramos este día la Jornada de la vida consagrada. También toda nuestra Iglesia de Segorbe-Castellón está llamada a recordar con gratitud en este Fiesta a todas las personas consagradas; es decir, a monjes y monjas de vida contemplativa, a religiosos y religiosas de vida activa y a todas aquellas otras personas consagradas que viven en el mundo: todos ellos se han consagrado y se han entregado a Dios tras las huellas de Cristo obediente, pobre y casto, para bien de la Iglesia y de todos los hombres. Configurados así con Cristo son testigos de la primacía de Dios y de su Reino,  porque llevan ‘el Evangelio en su corazón’.

Demos gracias al Señor por este gran don suyo a nuestra Iglesia. Pidámosle por los consagrados para que sean fieles a su llamada y a su consagración con generosidad y fidelidad crecientes y así nos remitan constantemente a Cristo, la Palabra de Dios. Rogemos también a Dios que siga suscitando entre nosotros vocaciones a la vida consagrada. Ellos son necesarios para la vida y la misión de nuestra Diócesis y de nuestras comunidades; son una riqueza que no siempre valoramos como es debido. En la intimidad del monasterio de clausura o al lado de los pobres y marginados, de los ancianos o de los jóvenes, en la pastoral de las ciudades o del mundo rural, Dios los llama a vivir fieles a su amor y a su Palabra para bien de la Iglesia y de la sociedad. No importa tanto lo que hacen, cuanto lo que son: consagrados a Dios para ser testigos vivos suyos, de su amor y de su Palabra entre nosotros. Hoy necesitamos más que nunca estos testigos.

A los consagrados les caracteriza su sed de Dios y la acogida dócil de su Palabra, como María. Su mayor anhelo es vivir y testimoniar que es necesario escuchar y amar a Dios en Cristo con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas, antes que a cualquier otra persona o cosa. Estos testigos de la primacía de Dios y de su Palabra son de suma importancia en un tiempo, en que Dios es el gran ausente en la vida de muchas personas. Los consagrados, -también de forma visible, porque de lo contrario el signo pierde su virtualidad-, han de manifestar siempre su pertenencia a Cristo, el tesoro escondido por el que lo han dejado todo.

Ante el hedonismo reinante dan testimonio valiente de castidad, expresión de un corazón que conoce la belleza del amor de Dios. Ante la insaciable sed de dinero, su vida pobre y austera nos recuerda que Dios es la riqueza verdadera. Ante el individualismo imperante, su vida en comunidad fraterna es un necesario testimonio de fraternidad y de comunión. Y ante la idolatría de la libertad, su obediencia nos muestra que la verdadera libertad se encuentra en la confianza en Dios y en su voluntad. Viven en su tiempo, pero su corazón se proyecta más allá del tiempo; son así testigos de que nuestro verdadero destino es Dios mismo.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

“No ceséis de orar”

Queridos diocesanos:

Nos encontramos en plena celebración del Octavario de oración por la unidad de los cristianos; un octavario que, desde comienzos del siglo XX, tiene lugar cada año entre el 18 y el 25 de enero y que este año cumple cien años.

El pasaje bíblico elegido para la celebración de este año está tomado de la primera carta a los Tesalonicenses. Las palabras “no ceséis de orar” (1 Ts 5, 17) destacan el papel esen­cial de la oración en la vida de la comunidad de los creyentes y también para la recuperación de la unidad de los cristianos. La oración nos ayuda a los cristianos a profundizar en nuestra relación con Cristo y con los otros. Con éste y otros ‘imperativos’, Pablo anima a la comunidad cristiana a vivir de la unidad que Dios nos da en Cristo, a ser en la práctica lo que está en el principio: el único cuerpo de Cristo, visiblemente unido en este lugar y en el mundo entero.

La vida en una comunidad cristiana, la vida de la Iglesia entera, sólo es posible a través de una vida de oración. A través del Bautismo, los cristianos nos comprometemos a seguir a Cristo y a cumplir su voluntad. La voluntad de Jesús para sus discípulos la expresa él mismo en su oración al Padre por la unidad de todos los que le siguen, para que el mundo crea que Él es el enviado de Dios.

Nuestra oración asociada a la oración de Jesús por la uni­dad es especial­mente intensa durante la Semana de oración por la unidad de los cristianos. Pero nuestra oración no debe limitarse a estos días. Somos conscientes de que la unidad no es el mero fruto de nuestros esfuerzos. La unidad es obra del Espíritu Santo. Como seres huma­nos no podemos hacerla o realizarla. No podemos sino recibirla como un don del Espíritu cuando nosotros mismos estamos dispuestos a acogerla. Nuestra oración sincera por la unidad nos ofrece la posibilidad de ir a Aquel que es la fuente de todo bien.

La eficacia de la oración sincera y humilde por la unidad se comprobará en primer lugar en nosotros mismos. Irá modelando nuestro espíritu y nuestro corazón, nos conducirá a la purifica­ción de la memoria, nos animará a hacer frente a los graves acontecimien­tos del pasado que dieron lugar a interpretaciones divergentes de naturaleza y origen. Podemos superar estas dificultades que nos han mantenido en la división si nos abrimos al don de Dios.

Si los creyentes queremos de verdad seguir los pasos de Jesús, debemos rogar y traba­jar por la unidad de los cristianos. La oración por la unidad de los cristianos nos llevará a pedir lo que Dios quiere para su Iglesia. La unidad es un don y una llamada hecha a la Iglesia. Hemos de orar a Dios por ella con confianza y perseverancia, y hemos trabajar por ella con corazón sincero y paciente, sabiendo que es el Espíritu Santo el que dirige nuestros pasos por el camino de la unidad. Tenemos necesidad de una conversión permanente del corazón, como fieles y como Iglesias y comunidades eclesiales.

Oremos para que Dios nos conceda la gracia de ser conscientemente instrumentos de la obra de la reconciliación de Dios. Busquemos con todas nuestras fuerzas la unidad y la paz que Dios quiere para los cristianos.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Nuestra Iglesia ante la emigración

Queridos diocesanos:

El domingo, 20 de enero, celebramos la “Jornada mundial del emigrante y del refugiado”, una Jornada que nos ha de sensibilizar ante el fenómeno de la emigración, de gran envergadura ya en España y en nuestra tierra. Es, en verdad, un signo de los tiempos. Afecta a millones de personas en toda España y a bastantes miles entre nosotros.

Como creyentes y como Iglesia no podemos quedar indiferentes ante los emigrantes. Cierto que desde las Cáritas –diocesana, interparroquiales y parroquiales-, desde algunas parroquias y otras instituciones eclesiales se atiende a sus necesidades más elementales. Pero esto es insuficiente. Como Iglesia diocesana, todos –cristianos, comunidades parroquiales y grupos eclesiales- hemos de tomar mayor conciencia del fenómeno y significado de la emigración, de sus causas y problemas tanto desde el punto de vista humano y social, como cristiano y pastoral. Nos urge plantearnos nuestra actitud y nuestro compromiso con las personas de los emigrantes y de sus familias, para dar la respuesta debida.

La inmigración es un fenómeno humano, que afecta ante todo a personas con la misma dignidad que los nativos. Con frecuencia existen prejuicios, falsas apreciaciones y generalizaciones que hemos de superar. Los inmigrantes no son sólo “mano de obra” coyuntural y necesaria en determinados sectores; tampoco son rivales en puestos de trabajo ni más delincuentes que otros. Son personas humanas, con la misma dignidad, los mismos derechos fundamentales y las mismas obligaciones que los nativos; y se  merecen el mismo respeto, la misma estima y el mismo trato. Hay que evitar todo comportamiento racista, xenófobo, discriminatorio o de infravaloración.

Pero además es necesario crear y fomentar actitudes y comportamientos positivos desde principios elementales del derecho, de la justicia y de la solidaridad.

Como cristianos recordamos las palabras de Jesús: “fui extranjero y me acogisteis” (Mt 25,35); en ellas. Jesús se identifica con la persona del emigrante y nos manda acogerlo y amarlo, como Él nos ha amado y como si de Él mismo se tratara. Con estas premisas aprenderemos a respetarlos, a conocerlos y valorarlos, a acogerlos fraternalmente y a ayudarles en sus necesidades, a facilitarles la integración armónica en nuestra sociedad y en nuestra Iglesia, y a dar gracias a Dios y a ellos por la riqueza laboral, económica, cultural y eclesial, que suponen, para nuestra sociedad y nuestra Iglesia.

En breve crearé un servicio diocesano de migraciones que nos ayude a todos ante este complejo problema. No podemos limitarnos a una atención asistencial.  Hemos de ir dando los pasos para la acogida y plena integración de los inmigrantes católicos en las parroquias. Con los cristianos no católicos es necesario intensificar el diálogo ecuménico. Con los creyentes de otras religiones habrá de fomentarse el diálogo interreligioso. Con todos, creyentes o no creyentes, el diálogo intercultural y social. Confío en vuestro sentido cristiano y en capacidad de acogida de nuestro pueblo, que nunca ha sido excluyente.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

La familia y la paz

Queridos diocesanos:

La paz es uno de los mayores anhelos de la humanidad. Los cristianos sabemos que la paz es un don de Dios, que se nos ofrece en Cristo Jesús, el Mesías, ‘el príncipe de la paz’. La paz es fruto de la reconciliación y comunión con Dios, que genera reconciliación y comunión, solidaridad y colaboración entre los hombres, los pueblos y las naciones. Por ello hemos comenzado el año orando por la paz, el día primer día del año, Jornada Mundial por la Paz.

Don de Dios, la paz es, a la vez, tarea de todos. En el mensaje para esta Jornada el Papa, Benedicto XVI, trata este año del papel básico e insustituible de la familia natural en la construcción de la paz. La familia natural, basada en la unión estable entre un hombre y una mujer, es una comunión de vida y de amor. “La primera forma de comunión entre las personas es la que el amor suscita entre un hombre y una mujer decididos a unirse establemente para construir juntos una nueva familia”, afirma el Santo Padre.

Cuando la vida familiar es ‘sana’, cuando es verdadero ámbito de comunión y de amor, en ella se viven y experimentan algunos elementos esenciales de la paz, como son la justicia y el amor entre esposos y hermanos, la función de la autoridad manifestada por los padres, el servicio afectuoso a los miembros más débiles, la ayuda mutua en las necesidades de la vida, la disponibilidad para acoger al otro y, si fuera necesario, para perdonarlo. “Por eso, la familia es la primera e insustituible educadora de la paz. Nada más contrario al ser de la familia e intolerable que la violencia doméstica.

Al ofrecer estas experiencias determinantes de la paz, la familia, la primera célula vital de la sociedad, ayuda desde su misma raíz a la construcción de una sociedad pacificada y pacificadora.  La sociedad y el estado no pueden prescindir de este servicio básico de la familia en la construcción de la paz, sino que deben proteger la familia natural y promover los derechos que le son propios; negarlos o restringirlos es una amenaza para los fundamentos mismos de la paz.

Por ello, afirma el Santo Padre, que “todo lo que contribuye a debilitar la familia fundada en el matrimonio de un hombre y una mujer, lo que directa o indirectamente dificulta su disponibilidad para la acogida responsable de una nueva vida, lo que se opone a su derecho de ser la primera responsable de la educación de los hijos, es un impedimento objetivo para el camino de la paz. La familia tiene necesidad de una casa, del trabajo y del debido reconocimiento de la actividad doméstica de los padres; de escuela para los hijos, de asistencia sanitaria básica para todos. Cuando la sociedad y la política no se esfuerzan en ayudar a la familia en estos campos, se privan de un recurso esencial para el servicio de la paz”.

Por su parte, los medios de comunicación social “tienen una responsabilidad especial en la promoción del respeto por la familia, en ilustrar sus esperanzas y derechos, en resaltar su belleza”.

Como católicos hemos de hacer nuestras estas palabras del Papa en la propia familia y en nuestro compromiso social.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Ordenación de cuatro diáconos en la solemnidad de la Epifanía del Señor

HOMILÍA EN LA ORDENACION DE CUATRO DIACONOS

EN LA SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

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 S.I. Catedral de Segorbe, 6 de Enero de 2008

 

“Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz” (Is 60, 1). En la Noche Santa de la Navidad aparece la luz, nace Cristo, la “luz de los pueblos”. Él es el “sol que nace de lo alto” (Lc 1, 78), el sol que viene al mundo para disipar las tinieblas del mal e inundarlo con el esplendor del amor divino. La luz que brilla en Navidad, iluminando la cueva de Belén, hoy resplandece y se manifiesta a todos los pueblos. La Epifanía es misterio de luz, indicada por la estrella que guía a los Magos en su viaje hasta el encuentro con el verdadero manantial luminoso que es Cristo Jesús, el Hijo de Dios encarnado, el Mesías, el Salvador: Él es la “luz verdadera que viniendo a este mundo, ilumina a todo hombre” (Jn 1, 9).

En el misterio de la Navidad, la luz de Cristo irradia sobre la tierra. Primero y ante todo, sobre Virgen María y José, que son iluminados por la presencia del Niño Dios. La luz del Redentor se manifiesta luego a los pastores de Belén, que, advertidos por el ángel, acuden prestos a la cueva y encuentran allí la “señal” que se les había anunciado: un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre (cf Lc 2, 12). Los pastores, junto con María y José, representan al “resto de Israel”, a los pobres y sencillos, a quienes se anuncia la buena nueva. Y por último, el resplandor de Cristo alcanza a los Magos, que constituyen las primicias de los pueblos paganos. Quedan en la sombra los palacios del poder de Jerusalén, entonces como hoy: ahí la noticia del nacimiento del Mesías no suscita alegría, sino temor y reacciones hostiles.

La luz de la Navidad no es una metáfora; es la imagen de una realidad. “Dios es luz” y “Dios es amor”, nos dice San Juan (1 Jn 1, 5; 4, 16). Con otras palabras: la luz que aparece en Navidad y hoy se manifiesta a las naciones es el amor de Dios, revelado en la Persona del Verbo encarnado. Atraídos por esta luz, llegan los Magos de Oriente. El manantial de esta atracción es el amor de Dios, que atrae a todos y todo a sí, en la Persona encarnada del Verbo.

También vosotros, queridos Telesforo, Ángel, Marc y Juan Carlos, habéis experimentado esta atracción del Niño Dios, de Cristo Jesús en vuestras vidas. Como los Magos también podéis decir: “Hemos visto salir su estrella y veni­mos a adorarlo” (cf. Mt 2, 2). Imagino el eco que pueden tener en vuestro interior estas palabras, y todo el relato de la búsqueda de los Magos y de su encuentro con Cristo. Cada uno a su modo habéis visto una estrella en un momento de vuestra vida, habéis percibido una voz que os atraía, habéis escuchado la llamada del Señor, os habéis puesto en camino y experimentado también la oscuridad y, bajo la guía de Dios, vais llegando a la meta. Este pasaje evangélico sobre la búsqueda de los Magos y su encuentro con Cristo lo habéis experimentado en todo vuestro proceso de discernimiento y comprobación de la llamada al sacerdocio.

Ahora bien, el viaje de los Magos está motivado por una fuerte esperanza, que les atrae y les guía hacia Jesús, el “Rey de los judíos”, para ponerse al servicio de la realeza de Dios. Los Magos tenían un deseo grande de Dios, de verdad y de felicidad; un deseo que les atrajo y sedujo, que los indujo a dejarlo todo y a ponerse en camino. Era como si hubieran esperado siempre aquella estrella. Era como si aquel viaje hubiera estado siempre inscrito en su destino, que ahora finalmente se cumplía. Este es también el misterio de vuestra llamada, de vuestra vocación al sacerdocio; un misterio que afecta a la vida de todo cristiano, pero que tiene mayor relieve en los que Cristo invita a dejarlo todo para seguirlo más de cerca. Cristo mismo, su luz, entró y ‘se coló’ un día en vuestra vida, Él os ha atraído y seducido; y habéis vivido la belleza de vuestra llamada como un ‘enamoramiento’. Seguro que vuestro corazón, lleno de asombro, os ha hecho decir una y otra vez en la oración: “Señor, y ¿por qué precisamente a mí?”. Y seguro que habréis dudado si éste era vuestro camino. Pero el amor no tiene un ‘porqué’, es un don gratuito al que se responde con la entrega de sí mismo. Y es en la entrega total, en la donación gratuita donde uno se encuentra, donde resplandece la verdad de la propia vida y donde se encuentra el camino de la felicidad.

Al llegar a Belén, los Magos “entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron. Y le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra” (Mt 2, 11-12). Dios y el hombre se encuentran: su encuentro se convierte por parte del hombre en adoración, dando lugar a un acto de fe y de amor entregado. Esto es lo que hoy sucede en vosotros y le ofrecéis: el oro de vuestra libertad, el incienso de vuestra oración fervorosa, la mirra de vuestro afecto más profundo (Juan Pablo II).

Vosotros, como los Magos, habéis encontrado a Cristo y en su seguimiento en el sacerdocio ordenado la razón de vuestra vida. Ante esto, todo lo demás os parece pequeño y ruin. Como escribe San Juan de la Cruz en el Cántico: “¡Oh almas criadas para estas grandezas y para ellas llamadas!, ¿qué hacéis?, ¿en qué os entretenéis? Vues­tras pretensiones son bajezas y vues­tras posesiones miserias. ¡Oh miserable ceguera de los ojos de vuestra alma, pues para tanta luz estáis ciegos y para tan grandes voces sordos, no viendo que, en tanto que buscáis grandeza y glorias, os quedáis miserables y bajos, de tantos bienes hechos ignorantes e indignos!” (C 39, 7)

En el camino de vuestra respuesta personal y generosa a la llamada del Señor, no habéis estado solos. Hoy recordamos con agradecimiento a todos cuantos Dios ha ido poniendo como pequeñas estrellas en el camino de vuestra historia personal y os han ayudado a escuchar, discernir, acoger y madurar esta llamada del Señor; una llamada que hoy se hace firme con la llamada de la Iglesia. Esta tarde recordamos especialmente a vuestros padres y familias, a los sacerdotes de vuestras parroquias; a vuestros formadores y compañeros de Seminario, así como a vuestros amigos. También recordamos a quienes no han entendido vuestra decisión y así os han ayudado a purificarla y madurarla.

Por la oración consacratoria y la imposición de mis manos vais a quedar constituidos diáconos para siempre. Configurados con Cristo Siervo os pondréis al servicio de la realeza de Dios, para que Dios llegue a todos, pues a todos está destinado el ser “coherederos, miembros de mismo cuerpo, y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el Evangelio” (Ef 3, 6).

No olvidéis la ofrenda que hoy hacéis al Niño Dios del oro de vuestra libertad, del incienso de vuestra oración fervorosa, y de la mirra de vuestro afecto más profundo. Una ofrenda que se hace compromiso de por vida.

La ofrenda de vuestro afecto es el compromiso del celibato por causa del Reino de los Cielos y para servicio de Dios y de los hombres. Es conocida la frecuente y creciente dificultad, también de muchos cristianos, para entender el celibato. Y a nadie se le oculta su dificultad en un contexto pan-sensualizado, en el que todo lo que provoca apetencia o placer, tiene valor en sí mismo. Frente a quienes ponen en duda la posibilidad de vivirlo podemos afirmar, que quien hace de su vida un servicio generoso a Dios y a los hermanos la puede vivir, y hacerlo con alegría. El celibato es un don recibido de Dios, antes que un don hecho a Dios; y como don de Dios lo viviremos tanto mejor, cuanto más cerca vivamos de Dios, origen de todo don. Si Dios es amor, cuanto más amamos, más le pertenecemos y más nos hace propiedad suya.

En la ofrenda de vuestra libertad vais a prometer también obediencia, a mí y a mis sucesores. De los tres consejos evangélicos, éste quizá sea el más difícil. Dar muerte al propio yo, cuesta bastante más que la pobreza y la castidad en el celibato, porque la obediencia no sólo exige sacrificio; exige dar muerte a nuestro ‘ego’. Ahora bien, si la ordenación diaconal os configura con Cristo ‘siervo’, Él es quien tiene que vivir en vosotros. Con Pablo deberéis poder decir: “Vivo yo, pero no soy yo; es Cristo quien vive en mi” (Gal 2, 20). La obediencia exige una gran dosis de humildad, de disponibilidad permanente para salir de nosotros mismos, de nuestras comodidades y de nuestro modo de pensar, para acoger la llamada de Dios en su Iglesia. Y exige también una gran dosis de vida espiritual.

La ofrenda de la oración fervorosa se hace compromiso de celebrar la Liturgia de las Horas, que es oración de la Iglesia por toda la humanidad. Nunca toméis este compromiso como un peso, sino como un modo estupendo de acercar a Dios a los hombres y los hombres a Dios. Un hombre de Dios tiene que tener un corazón según el corazón de Jesucristo, un corazón donde todos tengan cabida. En nombre de todos nuestros hermanos, hemos de dirigirnos a Dios para alabarle, suplicarle, pedirle perdón, fuerza, alivio y paz para cuantos carecen de ella.

La ordenación diaconal os capacita y os llama a ejercer una triple diaconía: la de la Palabra, la de la Eucaristía y la de la caridad hacia los pobres y necesitados, para los que habéis de tener una especial predilección.

El servicio a la Palabra lo ejerceréis en la proclamación del Evangelio y en la ayuda al Sacerdote en la explicación de la Palabra de Dios. “Convierte en fe viva los que lees y lo que has hecho fe viva enséñalo y cumple aquello que has enseñado”, os diré al entregaros el Evangelio. Sed con vuestra palabra y con vuestra vida heraldos del Evangelio, administradores de la salvación eterna, profetas de un mundo nuevo, portadores de un mensaje que arroja la luz sobre los problemas del hombre, del mundo y de la historia.

Como servidores de la Eucaristía seréis los primeros colaboradores del Obispo y del Sacerdote en la celebración de la Eucaristía; considerad siempre como un honor y vivid con profundo gozo y sentido de adoración el ser el servidores del ‘misterio de la fe’ y del ‘sacramento del amor’ para alimento de fieles. Podréis también administrar solemnemente el bautismo, reservar y repartir la Eucaristía, asistir al matrimonio y bendecirlo en nombre de la Iglesia, llevar el Viático a los moribundos, administrar los sacramentales y presidir el rito de los funerales y de la sepultura.

A vosotros se os confía, de modo particular, el ministerio de la caridad. La comunión con Cristo en la Eucaristía, de que sois servidores, os ha de llevar a la comunión con los hermanos, con el Obispo y con la Iglesia. La atención a los hermanos en sus necesidades, penas y sufrimientos serán vuestros signos distintivos como diáconos del Señor. Sed compasivos, caritativos, solidarios, acogedores y benignos con todos ellos.

Tomados de entre los hombres vais a ser consagrados a Dios para el servicio de los hombres. La consagración la recibís para siempre, pero debéis renovarla cada día. Dada nuestra fragilidad hemos de convertirnos día a día; cada día hemos de renovar el don del Espíritu mediante la entrega, la fidelidad y el amor verdadero en el servicio generoso. A partir de hoy ya no os pertenecéis a vosotros mismos: pertenecéis al Señor, a su Iglesia y, en ellos, a los demás. Dentro de pocos momentos suplicaré al Señor para que derrame el Espíritu Santo sobre vosotros, con el fin de que os “fortalezca con los siete dones de su gracia y cumpláis fielmente la obra del ministerio”.

¡Que Maria, la Virgen de la Cueva Santa, la esclava del Señor, con su omnipotencia suplicante obtenga para vosotros una nueva efusión del Espíritu Santo a fin de que la fuerza que recibís permanezca siempre en vosotros con la frescura de este día”. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón