¿Por qué confesarse?

Queridos diocesanos:

La Cuaresma es un tiempo propicio para confesarse y reconciliarse con Dios y, en El, con los hermanos. Como en el caso del hijo pródigo, Dios mismo sale a nuestro encuentro y nos ofrece la gracia del perdón amoroso mediante la Iglesia en el Sacramento de la Penitencia. Quien conoce la profundidad del amor de Cristo y de la misericordia del Padre, siente la insuficiencia de todas sus respuestas, el dolor por la propia infidelidad y la urgencia de conformarse cada vez más con la caridad de Cristo. Hemos de caminar con la mirada vuelta al Señor, hasta llegar “al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo” (Ef 4,13).

Los bautizados somos peregrinos. En nuestro caminar nos cansamos y distraemos; incluso, nos vemos tentados a abandonar la senda, y, a veces, la abandonamos. No siempre nos mantenemos fieles a la nueva vida que se nos donó en el bautismo. Si dijésemos que no tenemos pecado, nos engañaríamos (cf. 1 Jn 1,8). Ya el mismo Jesús enseñó a sus discípulos a pedir perdón cada día por sus pecados. Somos infieles al amor de Dios, rompemos la amistad con Él, cuando transgredimos los mandamientos, fruto del amor de Dios, que no desea que el hombre se pierda por caminos que enajenan su propia humanidad y lo alejan de Él: “Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él” (1 Jn 3,23-24).

Como hijos pródigos nos vemos en la necesidad de repetir con frecuencia: “Padre, he pecado contra el cielo y contra Ti. No soy ya digno de llamarme hijo tuyo” (Lc 15,21). Para que no nos sintamos abandonados a nuestra impotencia y no perdamos la esperanza, Cristo ha querido que su Iglesia sea sacramento de reconciliación. Solos nunca podremos liberarnos de nuestras debilidades y pecados. Sólo Dios tiene el poder de perdonar de verdad los pecados. Y el perdón renovador de Dios nos llega por Cristo y por la Iglesia. “El Hijo del hombre tiene poder para perdonar los pecados” (Mc 2, 7). Sólo el Señor puede confiar a otros el poder de perdonar los pecados en su nombre con el poder recibido de Dios.

En el sacramento de la Penitencia experimentamos de un modo pleno y eficaz la misericordia divina. Confesando contritos, personal e íntegramente, los pecados, por la absolución del ministro de la Iglesia -del Obispo o de los presbíteros- recibimos el abrazo de reconciliación de la Iglesia y, con él, el del mismo Cristo.

Hay quien dice que él se confiesa con Dios. Sin embargo, Dios mismo, al enviar a su Hijo en nuestra carne, nos muestra que quiere encontrarse con nosotros mediante el contacto directo, que pasa por los signos y los lenguajes de nuestra condición humana. Como Él salió de sí mismo por nuestro amor y vino a ‘tocarnos’ con su carne, así estamos llamados a salir de nosotros mismos, por su amor, y a acudir con humildad y fe a quien nos puede dar el perdón en su nombre; es decir, a quien el Señor ha elegido y enviado como ministro del perdón.

La confesión es por tanto el encuentro con el perdón divino, que nos ofrece Jesús y se nos transmite por el ministerio de la Iglesia. Acerquémonos a la confesión y vivámosla con fe: nos cambiará la vida y dará paz a nuestro corazón.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

El ejercicio cuaresmal

Queridos diocesanos:

La crisis del hombre moderno es, en gran parte, crisis de búsqueda de sentido y de felicidad. El hombre actual no está acertando en su manera de entender y de buscar la felicidad, al hacerlo de espaldas a Dios. La cuaresma nos pide la conversión a Dios, a Jesucristo y a su Evangelio como paso necesario para un modo nuevo de ser y de vivir, que sea verdaderamente humano y gratificante.

Dios es misericordia y amor infinito. En su Hijo Jesucristo se hace cercanía y reconciliación. En la persona de Cristo, Dios sale a la búsqueda del hombre, y no deja de llamarnos e invitarnos. Tan sólo tenemos que responder a sus invitaciones. Los medios que nos preparan para el encuentro con Dios son los descritos por Jesús en el evangelio: la oración, el ayuno y la limosna. Ese triple ejercicio nos ayudará a que el paso de Dios por nuestras vidas no sea en vano. Es verdad que la oración, el ayuno y la limosna son acciones por todos nosotros conocidas y con frecuencia practicadas. Pero ¿las hacemos y las hacemos bien?, ¿las hacemos simplemente porque están mandadas?, ¿sabemos ir más allá del puro formalismo?

La oración es hablar con Dios, dejándose interpelar primero por Él. Dios nos precede siempre. La oración es una práctica vital para nuestra vida espiritual. No en vano se la ha definido como la respiración del alma. Si falta la respiración, la muerte está asegurada. Sería bueno, para ser constantes en ella, proponernos para esta cuaresma momentos precisos de oración, a poder ser al comienzo de cada jornada, antes de cualquier otra acción. Tonificados, iluminados por la oración, nuestro trabajo será distinto y se tornará auténtico apostolado.

Junto a la oración, el Señor nos propone el ayuno. El ayuno es autocontrol, negación de sí mismo, ascesis, búsqueda de un equilibrio en nuestra escala de valores, renuncia a cosas superfluas, incluso a lo necesario, sobre todo si su fruto redunda en ayuda a los más necesitados. En un mundo enloquecido por el consumismo, que potencia el endurecimiento del corazón ante tanta pobreza y sufrimiento, necesitamos ayunar. Y hemos de hacerlo no porque nos guste el ayuno o para ganar méritos delante de Dios, sino para ayudar a los necesitados. El ayuno de los ricos debe convertirse en alimento de los pobres. Ayunar no sólo de alimentos materiales, sino también de todo aquello que engorda nuestro orgullo y bloquea la confianza, que potencia los vicios, las pasiones, las ataduras de las cosas, el egocentrismo. Hemos de ayunar, en definitiva, de todo aquello que mata nuestro amor a Dios y a los hermanos.

Junto a la oración y al ayuno, el Señor nos propone el ejercicio de la limosna. La obra clásica cuaresmal de la limosna, es ante todo caridad, comprensión, amabilidad, perdón, aunque también limosna a los más necesitados de cerca o de lejos. Hemos de saber compartir nuestro dinero. Pero no sólo eso. También nuestras cosas, nuestro tiempo, nuestras capacidades y cualidades, nuestra persona entera. Necesitamos aligerar nuestras mochilas para recorrer con presteza el itinerario cuaresmal. Así llegaremos llenos de alegría a la meta de la Pascua.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

La cuaresma, tiempo de gracia y de salvación

Queridos diocesanos:

Con el antiguo rito de la imposición de la ceniza el pasado miércoles iniciábamos el tiempo de la Cuaresma. Es éste un tiempo de gracia y de salvación. “Ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la Salvación” (2 Cor 6,2). El tiempo cuaresmal es como una peregrinación que nos prepara a la celebración gozosa de la Pascua de Señor; por ello, es también como un camino hacia la cumbre santa de nuestra propia resurrección. La Palabra de Dios nos invita a ponernos en camino hacia la Pascua con una vida renovada, convertida y reconciliada. Este tiempo santo nos ofrece a todos los bautizados la oportunidad de renovar nuestro espíritu de fe, de avivar nuestro amor a Dios y a los hermanos, y de fortalecer nuestra coherencia de vida con el Evangelio.

El Profeta Joel nos dice: “Convertíos a mí de todo corazón” (2, 12). Convertirse es volver la mirada y el corazón a Dios con ánimo firme y sincero. Para convertirnos debemos escuchar la voz de Dios (Sal 94, 8). Él quiere ser nuestro guía hacia la tierra prometida. Él, que nos ha pensado desde siempre, nos indica el camino para alcanzar nuestro verdadero ser, nuestra plenitud y salvación. Con amor nos sugiere como a sus hijos y amigos lo que hemos de hacer y evitar. Él nos quiere llevar a la comunión de vida consigo. Quien escucha su voz entrará en la tierra prometida, en el gozo del Paraíso.

Dios no deja de hablarnos. En lo más íntimo de cada persona, en nuestra conciencia, resuena su voz. Cuando Dios nos habla al corazón, hemos de escuchar su palabra, acogerla y adherirnos plenamente a ella, obedecerla, adaptarnos a todo lo que nos dice, dejarnos guiar por Él como llevados de la mano. Nos podemos fiar de Dios al igual que un niño se abandona en los brazos de su madre y se deja llevar por ella. El cristiano es una persona guiada por el Espíritu Santo.

Por la dureza de nuestro corazón puede que opongamos resistencia a Dios, que nos cerremos a Él y a su voz. Con frecuencia nuestro corazón está contaminado por muchos ruidos ensordecedores: son las inclinaciones desordenadas que conducen al pecado, la mentalidad de un mundo que se opone al proyecto de Dios o la tentación del Maligno que pretende apartarnos de Dios. Es fácil también confundir las propias opiniones, los propios deseos con la voz de Dios en nosotros; es fácil caer en la arbitrariedad y en la subjetividad, apartándose de la verdad de la Palabra de Dios que nos llega a través de la Iglesia.

En este tiempo de Cuaresma debemos crear silencio en nuestro interior, acallar todo en nosotros para descubrir la voz de Dios, que es sutil, sabia y amorosa. Hay que afinar la sensibilidad sobrenatural para ser capaces de captar las sugerencias de la voz de Dios. Es necesario dejarse evangelizar en el trato frecuente con la Palabra de Dios -leyendo, meditando, viviendo el Evangelio-, de tal manera que adquiramos cada vez más una mentalidad evangélica. Aprenderemos a reconocer la voz de Dios dentro de nosotros en la medida que aprendamos a conocerla de los labios de Jesús, Palabra de Dios hecha hombre.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Envío de los ministros extraordinarios de la comunión

HOMILÍA EN EL ENVÍO DE LOS MINISTROS EXTRAORDINARIOS DE LA COMUNÓN
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S. I. Con-Catedral de Santa María en Castellón, 10 de febrero de 2000

 

Hermanas y hermanos amados en el Señor Jesús. Mis queridos hermanos sacerdotes concelebrantes. Saludo al Sr. Deán del Cabildo Con-Catedral y Párroco de esta de Santa Maria, que nos acoge esta tarde, así como a los Sres. Vicarios Episcopales y al Delegado Diocesano para la Liturgia. Y, cómo no, mi saludo para vosotros que, presentados por vuestros párrocos, hoy vais a recibir de mis manos el envío para ser ministros extraordinarios de la Comunión en vuestras parroquias.

Estamos iniciando la Cuaresma. En este primer domingo del tiempo cuaresmal, la Liturgia nos propone el Evangelio de las tentaciones del Señor (Mt 4,1-11). “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo” (4,1). Jesús, en el desierto, afronta al tentador. El Hijo de Dios, que, al hacerse hombre se asemejó en todo a sus hermanos menos en el pecado, quiso ser probado también duramente por el maligno; él descendió hasta las profundidades más obscuras del ser humano y compartió las tres tentaciones fundamentales en toda existencia humana: el afán de tener y gozar, -la concupiscencia-, la manipulación de Dios y la idolatría, especialmente, la egolatría.

Las tres insinuaciones de Satanás, “si eres hijo de Dios”, son el contrapunto de la proclamación solemne del Padre celestial en el momento del bautismo en el Jordán: “Éste es mi Hijo amado” (Mt 3, 17). Las tres tentaciones son pruebas que tienen una profunda relación con la misión del Salvador; y al mismo tiempo hacen surgir la pregunta sobre qué es lo que cuenta verdaderamente en la vida humana. Jesús es tentado para llevar a cabo su misión, el designio salvífico de Dios, al margen del plan establecido por Dios, como también nosotros somos tantas veces tentados a proyectar nuestra existencia de espaldas a Dios.

Este es el núcleo de las tres tentaciones, el núcleo de toda tentación: el intento de apartar a Dios de la existencia humana, de vivir de espaldas a Él, a su designio amoroso y a su ley, que es ayuda en nuestro caminar hacia la Vida. El núcleo de toda tentación es considerar a Dios como algo secundario, o incluso superfluo o molesto, y querer construir nuestro mundo al margen de Dios, con nuestros propios criterios declarándonos a nosotros mismos como fuente del bien y del mal. Así se refleja en la primera lectura de este Domingo, el relato de la primera caída de nuestros primeros padres en el libro del Génesis (2,7-9; 3,1-7). Adán y Eva son tentados por la serpiente para vivir al margen y lejos de Dios: habiéndose sido creados por amor y para el amor, la amistad y la comunión con Dios, ellos prefieren vivir de espaldas a Él y construir su mundo según sus propios conocimientos y criterios morales. Así comienza el drama de la humanidad: queriendo liberarse de Dios, para ser libre y feliz, se inicia una historia de esclavitud, de hambre y de muerte como le ocurrió al hijo pródigo. Y este es el drama del hombre moderno y del hombre actual. Y este es tantas veces nuestro propio drama.

Jesús nos muestra el camino de la victoria sobre la tentación, que no es otro que acoger y cumplir la voluntad de Dios, el camino que Él nos marca, que es camino hacia libertad y la Vida. La victoria de Cristo, al comienzo de su vida pública, anuncia su triunfo definitivo sobre el pecado y la muerte, que se realizará en el misterio pascual. Con su muerte y resurrección, Jesús no sólo borrará el pecado de los primeros padres, sino que también comunicará al hombre, a todo hombre, la sobreabundancia de la gracia de Dios, para vivir y caminar según Dios. Es lo que recuerda el apóstol san Pablo en la segunda lectura de este Domingo: “Como por la desobediencia de uno todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos se convertirán en justos” (Rm 5, 12-19: 19).

“No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4, 4). Al comienzo de la Cuaresma, tiempo litúrgico que nos invita a la conversión, estas palabras de Jesús resuenan para cada uno de nosotros. Dejemos que la “palabra que sale de la boca de Dios” nos interpele y alimente nuestro espíritu, puesto que “no sólo de pan vive el hombre”. Nuestro corazón tiene necesidad, sobre todo, de Dios, de su Palabra, sobre todo de su Palabra hecha carne y Pan de vida en la Eucaristía, que contiene todo el bien espiritual de la Iglesia. No se trata de contraponer el pan material y la Palabra de Dios, sino de establecer una correcta relación. Cuando Dios y su Palabra están presentes y son acogidos, escuchar a Dios se convierte en vivir con Dios y lleva de la fe al amor, al descubrimiento del otro. “Jesús no es indiferente al hambre de los hombres, a las necesidades de los hombres, pero las sitúa en el contexto adecuado y les concede la prioridad debida” (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, 57). La Eucaristía, el verdadero Pan de vida y el sacramento del amor, nos mueve a amar a los hermanos. Es lo que mueve a Manos Unidas, cuya Jornada hoy celebramos en toda la Diócesis, en su compromiso por el hambre en el mundo y por el desarrollo integral de todos en el Tercer Mundo. Seamos generosos en la colecta de hoy.

Muchos de vosotros, queridos hermanos y hermanas, vais a ser hoy enviados como ministros extraordinarios de la Comunión en la Misa y fuera de la Misa para que a nadie falte el verdadero Pan de vida. No olvidéis nunca que sois, en primer lugar, ministros, es decir servidores de Cristo, de su Iglesia y del bien espiritual de los hermanos; no recibís este envío en beneficio propio, para satisfacer un afán de prestigio humano en la Iglesia, sino de los hermanos. En segundo lugar, que recordad que sois ministros extraordinarios: es decir sólo podréis distribuir la sagrada comunión cuando falten los ministros ordinarios que son el sacerdote, el diacono o el acólito instituido, o cuando se encuentren impedidos por otro ministerio pastoral, por enfermedad o por motivo de su edad avanzada, o, finalmente, cuando el número de fieles que deseen acercarse a la sagrada comunión sea tan grande que se prolongaría excesivamente la duración de la  Misa o la distribución de la comunión fuera de la Misa.

Los ministros extraordinarios de la comunión habéis sido presentados por vuestros párrocos porque os han considerado dignos para ello por vuestra vida cristiana, por vuestra fe y por vuestras costumbres. Os habéis de esforzar día a día para ser dignos de este encargo, habréis de cultivar la devoción a la sagrada Eucaristía y dar ejemplo a los demás fieles de respeto al santísimo Sacramento del altar. ¡Cuánto debemos trabajar para mantener viva nuestra fe y nuestro sentido de la presencia real del Señor en la Eucaristía favoreciendo el silencio y la adoración ante el Sagrario!

Y nosotros, queridos sacerdotes, no olvidemos nunca que los ministros extraordinarios de la comunión no nos dispensan del deber pastoral de distribuir la Eucaristía a los fieles que legítimamente lo pidan y, en especial, de llevarla y visitar a los enfermos.

“Misericordia, Señor: hemos pecado” hemos cantando en el Salmo responsorial (Sal 50). La Cuaresma es un tiempo fuerte conversión y de renovación, de purificación y maduración, de penitencia y de gracia. El tiempo cuaresmal nos invita de modo especial al arrepentimiento y a la conversión. Y la conversión “comprende tanto un aspecto negativo de liberación del pecado, como un aspecto positivo de elección del bien, manifestado por los valores éticos contenidos en la ley natural, confirmada y profundizada por el Evangelio” (Tertio millennio adveniente, 50).

Queridos hermanos, vivamos todos la Cuaresma con este espíritu. Pongamos especial atención en la celebración del sacramento de la penitencia. En la recepción frecuente de este sacramento, el cristiano experimenta la misericordia divina y, a su vez, se hace capaz de perdonar y de amar. ¡Que crezca en todos los creyentes un amor activo por este sacramento! ¡Que los sacerdotes estén dispuestos a desempeñar con esmero y dedicación este ministerio sacramental indispensable! ¡Que se multipliquen entre nosotros los lugares de celebración de la penitencia, con confesores disponibles en los diversos horarios de la jornada, preparados para dispensar en abundancia la inagotable misericordia de Dios!

“Misericordia, Dios mío, por tu bondad, (…) lava del todo mi delito. (…) Crea en mí un corazón puro. (…) Devuélveme la alegría de tu salvación; afiánzame con espíritu generoso. Señor, me abrirás los labios, y mi boca proclamará tu alabanza” (Salmo responsorial).

Resuene en nuestro espíritu el eco de esta oración de David, conmovido por las palabras del profeta Natán. Es el salmo del Miserere, que hemos de hacer nuestro en la Cuaresma y dejar que suscite en nuestro corazón las disposiciones oportunas para encontrar al Dios de la reconciliación y de la paz con ‘un espíritu contrito, un corazón quebrantado y humillado’. Así emprenderemos, el camino cuaresmal con la fuerza de tu palabra, “para vencer las tentaciones del maligno y llegar a la Pascua con la alegría del Espíritu”. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Maternidad saludable

Queridos diocesanos:

Trabajar por una maternidad saludable es el objetivo de Manos Unidas para la Campaña de este año en la segunda semana de este mes de Febrero y, sobre todo, en el Día de Manos Unidas y de la Colecta en todas las iglesias y templos de la Diócesis, el domingo, día 10. Manos Unidas quiere así apoyar el quinto de los objetivos fijados por la ONU para el tercer Milenio con el fin de reducir la tasa de mortalidad materna.

La maternidad saludable no se puede reducir a la llamada ‘salud reproductiva’ de la mujer, que enmascara el control de la natalidad mediante medios contrarios a la moral, como son la infertilidad provocada, la anticoncepción o el mismo aborto. Tampoco se limita a la salud física, pues la salud afecta a la persona en su integridad, es decir en sus dimensiones física, psíquica, social, moral y espiritual. Se trata, más bien, de ayudar a las mujeres en su derecho a vivir la maternidad como una experiencia elegida consciente y responsablemente y como una experiencia gozosa, compartida y segura para su vida y la de sus hijos. Para ello se deben abordar las causas de las maternidades truncadas y trabajar por una maternidad, que afirme la dignidad fundamental de la mujer y de la madre, reconozca el derecho a la protección de su salud y promueva las condiciones básicas para vivir como mujer y madre.

Por ello las mujeres embarazadas deben ver respetado su derecho a dar a luz, y poder hacerlo además en condiciones seguras y limpias, de modo que el hijo viva, crezca, se desarrolle y goce de buena salud. Además se debe trabajar, no sólo en el Tercer Mundo sino también entre nosotros, por una maternidad consciente, moral y responsablemente elegida, aceptada y vivida. Una maternidad saludable se promueve empleando medios que permitan a la madre ser madre, es decir ser fuente de vida, fecundidad, donación y gratuidad, y que no dañen su salud psíquica, física y espiritual. Esto es incompatible con la aplicación de medios para evitar la fecundidad o eliminar la vida humana en el vientre materno. El aborto, además de un drama familiar y social, es siempre un drama personal con efectos negativos, físicos y psíquicos, para la salud de la mujer. La vida ha de ser siempre salvaguardada; el aborto y el infanticidio son crímenes abominables (GS 51), por más que sean legales y socialmente aceptados. El primer derecho humano fundamental es el derecho a la vida.

También los padres son responsables de la salud de la madre. Debemos ayudar y educar a vivir la maternidad no como una carga inevitable de la mujer, sino como una gozosa experiencia de comunión de los padres. El ámbito humano adecuado para una maternidad saludable es la familia fundada en el verdadero matrimonio, la unión de un hombre y una mujer.

La mejora de la salud materna se puede lograr, nos dice Manos Unidas. Acojamos, su llamada a un compromiso efectivo por la maternidad saludable. Es necesaria una conversión, un cambio radical de actitud, de mentalidad y de actuación ante la maternidad y la vida humana. Seamos generosos en la Colecta de Manos Unidas.  Muchas gracias de antemano por vuestra generosidad.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de la Presentación del Señor

FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR

Y DÍA DE LA VIDA CONSAGRADA

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S. I. Con-Catedral de Castellón 2.02.2008

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor Jesús. Os saludo de corazón a todos y agradezco vuestra presencia en esta Eucaristía en la Fiesta de la Presentación del Señor. De un modo muy especial mi saludo se dirige a vosotros, consagrados y consagradas, en este día en que, junto a toda la Iglesia, celebramos la Jornada de la Vida Consagrada.

“Entrará en su santuario el Señor a quien vosotros buscáis” (Mal. 3,1). Es fácil aplicar estas palabras del profeta Malaquías al hecho que hoy conmemoramos en la Liturgia: Jesús llega al templo, cuarenta días después de su nacimiento, para ser presentado a Dios por María y por José, según las prescripciones de la ley mosaica. El Hijo de Dios, al encarnarse, quiso “parecerse en todo a sus hermanos” (Hb 2,17); sin dejar de ser Dios, quiso ser verdadero hombre entre los hombres, meterse en su historia y compartir en todo su vida, sin excluir la observancia de la ley prescrita para el hombre pecador.

El cumplimiento de la ley es la ocasión del encuentro de Jesús en el templo con su pueblo que le busca y le aguarda en la fe. Jesús es recibido por Simeón, “hombre honrado y piadoso que aguardaba el consuelo de Israel” (Lc 2, 25), y por la profetisa Ana, que vivía en la oración y la penitencia. Simeón y Ana, iluminados por el Espíritu Santo, reconocen en aquel niño, presentado por una joven madre con la humilde ofrenda de los pobres, al Salvador prometido, la luz de las naciones, y prorrumpen en himnos de alabanza. Simeón lo toma entre sus brazos exclamando: “Ahora, Señor, según tu promesa puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador” (Lc 2, 29-30); y Ana habla de él con entusiasmo “a todos los que aguardan la liberación de Israel” (Lc 2,32).

Recordando este suceso la Liturgia nos invita hoy a nosotros los fieles a ir al encuentro de Cristo en la casa de Dios, donde lo encontramos en su Palabra y, sobre todo, en la Eucaristía, para saludarlo y acogerlo como el Salvador, para ofrecerle el homenaje de una fe y de un amor ardientes, semejantes a los Simeón y Ana, y para recibirlo no en los brazos sino en el corazón. Este el significado de la procesión de ‘las candelas’ al inicio de la celebración: hemos venido al encuentro de Cristo “luz del mundo”, esplendor divino, “cirio pascual” de quien tomamos la luz para nuestras vidas.

María y José presentan a Jesús en el templo “para ofrecerlo al Señor” (Lc 2, 22). Esta escena evangélica nos revela el misterio de Jesús: Él es el consagrado del Padre, que ha venido a este mundo para cumplir fielmente su voluntad (cf Hb 10, 5-7). Simeón anuncia con palabra profética la suprema entrega de Jesús en obediencia al Padre y su victoria final (cf Lc 2, 32-35).

Según la profecía de Malaquías, el Señor viene a su templo para purificar al pueblo del pecado, para restablecer la alianza de comunión de Dios con su pueblo, para que pueda presentar a Dios “la ofrenda como es debido”. La primera ofrenda, que instaura el culto perfecto y da valor a toda otra oblación, es precisamente la que Cristo hizo de sí al Padre. Aceptando la condición de recién nacido, Jesús quiso ser ofrecido por las manos de su Madre. Jesús se somete a estas leyes para enseñar a los hombres el camino de la entrega total a Dios, el respeto y la fidelidad a la voluntad del Señor, y así el valor de la humildad, de la pobreza, de la obediencia y del amor a Dios.

La Presentación de Jesús en el templo constituye así un icono elocuente de la donación total de la propia vida a Dios de todo bautizado, pero en especial de quienes son llamados a reproducir en la Iglesia y en el mundo, mediante los consejos evangélicos, “los rasgos característicos de Jesús virgen, pobre y obediente” (VC 1). A la presentación de Cristo se asocia María. La Virgen Madre, que lleva al Templo al Hijo para ofrecerlo al Padre, expresa muy bien la figura de la Iglesia que continúa ofreciendo a sus hijos e hijas al Padre celeste, asociándolos a la única oblación de Cristo, causa y modelo de toda consagración en la Iglesia (Cf Juan Pablo II, Mensaje para la I Jornada de la Vida Consagrada, 1997).

Desde aquí, hermanos, hemos de entender, valorar y vivir la Profesión solemne de todos vosotros, consagrados y consagradas. Vosotros habéis acogido llamada del Señor, y habéis consagrado a Dios vuestras personas y vuestra existencia. No sois vosotros quienes os habéis apropiado de tal estado de vida; es Jesucristo mismo quien os ha hecho más propiedad suya. Con san Pablo podéis decir: “Todo lo tengo por pérdida ante el sublime conocimiento de Cristo, por quien he sacrificado todas las cosas; y las tengo por basura con tal de ganar a Cristo y encontrarme con él” (Fil 3, 7-8). Con el tiempo este deseo de ganar a Cristo y encontraros con él, a pesar de vuestras debilidades, debe ir creciendo en vosotros. ¡Que la frescura de la entrega del primer día se mantenga hoy y todos los días de vuestra vida terrena!

Hoy, Día de la Vida  Consagrada, recordamos el día de vuestra profesión religiosa; os invito a renovar vuestro compromiso de dedicación total a Dios, según el carisma propio de cada instituto, ya sea en la oración o en la contemplación, ya sea en los pobres o en los enfermos, ya en los niños o los ancianos o en las más variadas tareas educativas y apostólicas.

Hoy damos gracias a Dios por todos los consagrados y consagradas del pasado y del presente, y por todos los dones que Dios ha concedido a nuestra Iglesia a través de ellos. Por los diferentes carismas que encarnáis, representáis una gran riqueza para la vida y para la misión de nuestra Iglesia diocesana. No es un formalismo ni una palabra hueca. Es mi sentir más profundo en nombre de nuestra Iglesia diocesana. Como se decía en la monición preparatoria sois no sólo valorados, sino también deseados. Nuestra Iglesia diocesana se siente enriquecida y agraciada por el Espíritu a través de vosotros y de vuestros carismas. Hemos de aprender todos a valorarnos e integrarnos en la única misión de nuestra Iglesia Diocesana.

El Papa, Juan Pablo II, en su Exhortación Apostólica ‘Vita Consecrata’ manifestaba su deseo de que la profesión de los consejos Evangélicos aparezca con una luz nueva en un mundo necesitado de signos de Dios y de Cristo. Nuestra Iglesia y nuestra sociedad necesitan de vosotros, consagrados y consagradas. Sois signos elocuentes de Dios y de Cristo mediante la fidelidad y la vivencia de los Consejos Evangélicos. En una Iglesia en que se dan muchas veces faltas de fidelidad y de coherencia interna de vida cristiana, vosotros estáis llamados a ser testigos de una fe viva y de fidelidad creciente a Cristo; en una sociedad en que abunda el escepticismo, la superstición y la desesperanza estáis llamados a ser signos de fe y de esperanza contra toda esperanza; y frente a una cultura pública despojada de la presencia de Dios, estáis llamados a ser signos de Dios y de Cristo: signo profético contra los ídolos de nuestra sociedad y anuncio de los bienes futuros del Reino de Dios.

Este año, la Jornada se fija en vosotros como testigos de la Palabra. Con vuestro estilo de vida, llevando el Evangelio en el corazón ofrecéis a nuestro mundo, convulsionado y lleno de incertidumbre, a Cristo, la Palabra de Dios hecha carne, la Buena Noticia para el hombre, la ‘esperanza que no defrauda’ porque se basa en el amor de Dios (cf Rom 5,5); a través de vosotras y de vosotros, Dios se hace benevolencia con los que yerran, ternura con los pequeños, compasión con los que sufren, cercanía a los necesitados, perdón a los pecadores, servicio hacia todos. Los religiosos y las religiosas, todas las personas consagradas, prolongáis así el ministerio de la misericordia de Cristo, que ‘pasó haciendo el bien’ (Hech 10,38)

Al agradecimiento de nuestra Iglesia por vuestra contribución a su vida y su misión, se une nuestra oración. Juntos pedimos al Señor que os conceda la gracia de la perseverancia fiel en vuestra consagración y os fortalezca en la entrega y en el testimonio. Le pedimos también que envíe nuevas vocaciones, que aseguren la continuidad de vuestros carismas en nuestra Iglesia diocesana.

Queridos hermanos: Acojamos a Jesucristo, Luz del mundo, de las manos de María. Él viene una vez a nuestro encuentro en esta Eucaristía. Presentemos nuestras personas en la ofrenda eucarística uniéndola a la de Cristo. Que nuestra comunión eucarística con Cristo sea realmente una comunión con Él y con el hermano, y nos dé fuerza para ser testigos de su Luz y de la esperanza que no defrauda. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón