La misericordia divina

Queridos diocesanos:

Juan Pablo II llamó al segundo Domingo de Pascua ‘Domingo de la Misericordia divina’. La misericordia es un segundo nombre del amor divino; es el amor más grande, el amor en su aspecto más profundo, el amor en su actitud de compasión ante cualquier necesidad y el gesto de aliviarla, y el amor en su inmensa capacidad de perdón.

Al contrario de lo que pudiera parecer, la misericordia no es expresión de un espíritu débil y apocado, sino que la manifestación del amor que todo lo puede. Sólo el que es poderoso puede permitirse ser misericordioso. La misericordia es verdadera cuando engendra ternura, bondad, perdón y ayuda.

Jesucristo, su persona, sus palabras y obras son la manifestación de la misericordia de Dios: la Encarnación del Verbo no es sólo obra de la caridad de Dios, sino también revelación suma de la misericordia divina. Jesucristo es y muestra el rostro misericordioso del Padre, rico en misericordia. Desde su nacimiento a la resurrección, Jesús es ­la narración más completa de la misericordia de Dios Trinidad, de Dios amor, Jesús ve, habla, actúa y cura, movido por la piedad y la miseri­cordia hacia los necesitados, desheredados y enfermos de todo tipo. Sus palabras más vivas son las parábolas de la misericordia.

El misterio pascual de la muerte y resurrección de Jesús es el vértice de la revelación de la misericordia divina: la ofrenda del Hijo al Padre misericordioso en el abrazo de caridad del Espíritu  Santo. Por amor el Padre envía al Hijo al mundo; por amor, Cristo se ofrece al Padre para la redención de la humanidad pecadora; y, por amor, Cristo resucitado dona a su Iglesia el Espíritu Santo. El último gesto de Cristo resucitado fue la entrega a los discípulos del poder divino de perdonar los pecados. Creer en Dios es creer en la misericordia y el Cristo pas­cual es la encarnación definitiva de la misma, su signo viviente.

La existencia entera de Jesús estuvo tan empapada de bon­dad y misericordia que san Juan define a Dios con una sola pala­bra: Dios es amor. Así se lleva a cumplimiento la revela­ción del nombre de Dios: El que es (Ex 3 14), el piadoso y misericordioso (Ex 34,6), es amor (1 Jn 4,16).

Si el amor es la naturaleza de Dios, también la criatura, ima­gen semejante a Dios, está llamada a ser misericordia (Lc 6,36). Se trata de adquirir la perfección de la caridad del Padre. Él nos conforta en nuestras tribulaciones para que podamos nosotros consolar a los atribulados. Así lo ha hecho Jesús. Por eso la misericordia es la bienaventuranza del discípulo de Cristo (Mt 5,7).

Hay un progreso, una cadena de vida que va del Padre a la humani­dad: por amor el Padre entrega a su Hijo y éste, en la cruz, también por amor, entrega su espíritu. En Jesucristo el amor se ha hecho torrente que va de Dios al hombre capaz de inundar los corazones de la humanidad. Dios es amor y llama al hombre, creado a su imagen, a ser en este mundo manifestación de ese amor. El amor constituye la esencia última de todo y, fuera del amor, nada tiene existencia permanente. Nunca nos cansaremos de meditar y pedir el don de amar como Dios ama. En ello está el secreto de la vida y la feli­cidad más completa.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Cristo vive, ha resucitado

Queridos diocesanos:

Pascua es “la fiesta de las fiestas” de los cristianos, porque es el día de la resurrección del Señor. ¡Cristo ha resucitado! Este es el hecho central y la verdad fundamental de la fe y de la esperanza cristianas. Como dice San Pablo: si Cristo no ha resucitado vana es nuestra fe. Por ello proclamamos en el Credo, el símbolo y resumen de nuestra fe: Cristo, después de su crucifixión, muerte y sepultura, ‘resucitó al tercer día’. De nada hubieran servido la pasión y la muerte de Jesús, si no hubiera resucitado. Las mujeres y los mismos Apóstoles, desconcertados en un primer momento ante la tumba vacía, aceptan el hecho real de la resurrección; no se lo inventan, dejándose llevar por su imaginación o por no se sabe qué deseos de de poder; se encuentran con el Resucitado y comprenden el sentido de salvación de la resurrección a la luz de las Escrituras.

En la mañana de Pascua, cuando fueron a embalsamarlo, el cuerpo de Jesús, muerto y sepultado, ya no estaba en la tumba; no porque hubiera sido robado, sino porque había resucitado. Aquel Jesús, a quien habían seguido, vive. En El ha triunfado la Vida de Dios sobre el pecado y la muerte. El Señor resucitado une de nuevo la tierra al cielo y restablece la comunión del hombre con Dios y la comunión entre los hombres, siendo así principio de la fraternidad universal. Jesús, entregándose en obediencia al Padre por amor a los hombres, destruyó el pecado de Adán y la muerte, el alejamiento de Dios, que es Vida y Amor. La resurrección es el signo de su victoria, es el día de nuestra redención.

Cristo ha muerto y resucitado, y lo ha hecho por todos nosotros, por todos los hombres. El es la primicia y la plenitud de una humanidad reconciliada y renovada. En El todo adquiere un sentido nuevo. Cristo ha entrado en la historia humana cambiando su curso. La historia personal, de la humanidad y del mundo no están abocadas a un final fatal, a la nada o al caos. La vida gloriosa del Señor resucitado es un inagotable tesoro, destinado a todos, y que todos estamos invitados a acoger con fe para compartir y proclamar desde ahora. La alegría pascual será verdadera si nos encontramos en verdad con el Resucitado, si nos dejamos llenar de la Vida y la Paz, que vienen de Dios y generan vida y paz entre los hombres. El encuentro personal con el Resucitado teñirá toda nuestra vida, nuestra relación con los demás y con toda la creación.

Pascua descubre que la existencia humana ha sido esencialmente transfigurada. Cristo ha vencido el poder del maligno y del mal, presente en la historia humana y en nuestro mundo: como son la marginación de Dios y de su ley, de la verdad, el bien y la belleza de nuestra existencia, las agresividades, los odios, las violencias, las guerras, el individualismo egoísta, la búsqueda de lo inmediato, del poder y de la opresión de los demás. Cuando se descubre y acoge en la fe el significado de la Resurrección, se canta, se celebra, se vive y se testimonia. Pascua se convierte así en llamada a acoger, respetar y defender la creación y la vida, especialmente la vida humana desde su concepción hasta su muerte natural, nos llama a respetar y acoger a toda persona también en sus diferencias. Pascua nos llama a la reconciliación, al perdón y al amor. Pascua nos llama a ser promotores de la vida y constructores de la justicia, de la libertad y de la paz. ¡Feliz Pascua a todos!

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López

Obispo de Segorbe-Castellón

Pascua de Resurrección

Segorbe, S. I. Catedral, 23 de marzo 2008

 

“Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo, Aleluya!” Celebramos la Pascua de Resurrección. Hoy es el día más grande y más gozoso del año, porque “muerte y vida trabaron duelo y, muerto el dueño de la vida, gobierna, vivo, tierra y cielo”. Cristo vive, porque ha resucitado. Jesús no es una figura del pasado, que vivió en un tiempo y se fue, dejándonos su recuerdo y su ejemplo. No, hermanos, Cristo, a quien acompañábamos en su dolor y en su muerte el Viernes Santo, vive, porque ha resucitado. Este es el grito con que nos despierta la Liturgia de este Domingo de Resurrección.

Jesucristo murió verdaderamente y fue sepultado. Pero el último episodio de su historia no es el sepulcro excavado en la roca, sino la Resurrección de la mañana de Pascua. El autor de la vida no podía ser vencido por la muerte “¿Dónde está muerte tu victoria? ¿Dónde está muerte tu aguijón?”. Alegrémonos, hermanos: Cristo ha resucitado; y su Resurrección es la prueba de que Dios Padre ha aceptado la ofrenda de su Hijo y en él hemos sido salvados. “Muriendo destruyo nuestra muerte, y resucitando restauró la vida” (SC 6)

El anuncio de la resurrección produjo en un primer momento desconcierto. María Magdalena, fue al amanecer al sepulcro, vio la losa quitada y corrió enseguida a comunicar la noticia a Pedro y a Juan: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto” (Jn 20,1-2). Los dos van corriendo hacia el sepulcro y Pedro, entrando en la tumba ve “las vendas en el suelo y el sudario… en un sitio aparte” (Jn 6-7); después entra Juan, y “vio y creyó”. Es el primer acto de fe de la Iglesia naciente en Cristo resucitado, provocado por la solicitud de una mujer y por la señal de las vendas encontradas en el sepulcro vacío.

Si se hubiera tratado de un robo, ¿quien se hubiera preocupado de desnudar el cadáver y de colocar los lienzos con tanto cuidado? Dios se sirve de cosas sencillas para iluminar a los discípulos que “pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: qué él había de resucitar de entre los muertos” (Jn 6,9), ni comprendían todavía lo que Jesús mismo les había anunciado acerca de su Resurrección. Pedro, cabeza de la Iglesia, y Juan “el otro discípulo a quien Jesús amaba” tuvieron el mérito de recoger las ‘señales’ del resucitado: la noticia traída por la mujer, el sepulcro vacío, el sudario enrollado.

La fe en la resurrección se basa no en pruebas directas, sino en signos, en ‘señales’. Como nos recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica: “Nadie fue testigo ocular del acontecimiento mismo de la Resurrección y ningún evangelista lo describe. Nadie puede decir cómo sucedió físicamente. Menos aún, su esencia más íntima –el paso a la otra vida- fue percibido por los sentidos” (nº 647). Esto no quiere decir que la resurrección no sea una hecho real, o un hecho histórico. Así lo documentan la señal del sepulcro vacío y la realidad de las apariciones del resucitado a los Apóstoles.

Cuando las piadosas mujeres van al sepulcro para embalsamar el cuerpo de Jesús, lo encuentran vacío. Un ángel les dice: “¿Porqué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí ha resucitado” (Lc 24, 5-4). El sepulcro vacío no es una prueba directa de que Cristo ha resucitado, pero constituye para todos un signo esencial de la Resurrección. Para los discípulos de Jesús fue el primer paso reconocer que Cristo ha resucitado.

Las mujeres piadosas y María Magdalena, cuando van al sepulcro y lo encuentran vacío, constatan simplemente: “Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde lo han puesto”. Después será Pedro, quien entra en el sepulcro y ve tan sólo las vendas de lino y el sudario que habían colocado sobre su cabeza. El Evangelista no nos dice que María o Pedro, al ver el sepulcro vacío, creyeran que Jesucristo había resucitado. Será Juan, él discípulo que Jesús amaba, quien de sí mismo afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir las vendas por el suelo, “vio y creyó”, porque el sepulcro vacío le llevó a entender la Escritura, según la cual Jesús tenía que resucitar de entre los muertos. “Esto supone, nos enseña el catecismo, que constató en el estado del sepulcro vacío que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana”. (nº 640). El conocimiento que, hasta entonces, Juan tenía de la Escritura se limitaba a la esfera del conocimiento, afectaba solamente sus ideas; ahora, al entrar en el sepulcro vacío y ver las vendas y el sudario, el conocimiento de la Escritura se convierte en experiencia de vida. A ello le lleva su amor y su fe en Cristo Jesús.

Después del sepulcro vació vienen las apariciones a los discípulos: a María Magdalena y a las piadosas mujeres: ellas que iban a embalsamar  el cuerpo de Jesús  (cf. Mc 16,1; Lc 24, 1), enterrado aprisa la tarde del Viernes santo por la llegada del Sábado (cf. Jn 19, 31) fueron las primeras en encontrar al Resucitado (cf. Mt 28, 9-10). Después se aparecerá a los Apóstoles: a Pedro, a los Doce –primero sin Tomás, y luego con él, y a más de quinientos hermanos. Desde este momento, cada uno de los Apóstoles, y Pedro en particular, comprometió su vida con la nueva era que comenzó precisamente la mañana de Pascua.

¿No será todo ello una invención de los discípulos o de los Apóstoles, ante el fracaso humano de la Cruz?, preguntan algunos. No, hermanos: Los Apóstoles no eran propensos a las ilusiones. Lo acredita su condición de hombres rudos, curtidos en las tareas del campo y de la pesca. En un primer momento estuvieron en contra de la Resurrección: no creyeron a las piadosas mujeres y cuando Jesús  está delante de ellos, creen ver un espíritu (Lc 24, 41). Tomás incluso dudó,  y en su última aparición en Galilea, “algunos dudaron” (Mt 28, 17). Por eso, “la hipótesis según la cual la resurrección habría sido un ‘producto’ de la comunidad (o de la credibilidad) de los Apóstoles no tiene consistencia. Muy al contrario, su fe en la Resurrección nació –bajo la acción de la gracia divina- de la experiencia directa de Jesús Resucitado” (CaIC 644).

Cuando alguien tiene una experiencia profunda, no la puede silenciar, por más que sus palabras no lograrán nunca expresar la intensidad, viveza y plenitud de la experiencia. La experiencia de Cristo resucitado marcó de tal manera el alma de los apóstoles y discípulos de Jesús, que tenían que hablar de ella, a quienes no la habían tenido. Y no sólo hablar de ella, sino también testimoniarla, es decir, proclamar su verdad, incluso, llegado el caso, dando la propia vida. Callar esa experiencia, hubiese sido una muestra de egoísmo imperdonable. Por eso, la fe de los primeros cristianos y su anuncio principal, casi exclusivo, era que Cristo ha resucitado. “Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que él había designado” (Hech 10, ). Todo lo demás gira en torno a este gran mensaje. Los apóstoles no proclaman ideas, por muy bellas que puedan ser, sino acontecimientos vividos en primera persona.

La experiencia de Cristo resucitado no fue pasajera; ellos se convierten de por vida en testigos de la resurrección del Señor. Por este motivo, nunca cesaron de proclamar con sus labios y con su vida la resurrección de Jesucristo. La Resurrección de Jesucristo es la roca que fundamenta la fe y existencia de todo cristiano, nuestra propia fe y existencia. “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe, vana nuestra predicación”. Y yo añadiría y vana la manifestación religiosamente sentida de la pasión y muerte del Señor durante las procesiones de Semana Santa.

Cristo ha resucitado y nosotros hemos sido incorporados a Él y a su resurrección por el Bautismo. San Pablo en la primera Carta a los Corintios, refiriéndose al rito que mandaba comer el cordero pascual con pan ácimo- exhorta a los cristianos a eliminar “la vieja levadura de la corrupción y de la maldad, para celebrar la Pascua con los panes ácimos de la sinceridad y de la verdad” (1 Cor 5, 7-8).

La “levadura vieja de la maldad y la corrupción” a la que hay que morir para vivir la Resurrección del Señor, para caminar como bautizados, es el pecado y la  muerte, es el odio y el rencor, es el desprecio de la vida y dignidad humanas, son la mentira y el terrorismo, la injusticia y la insolidaridad, son el egoísmo y la impureza, el cansancio y la desesperanza, son la rutina, la tibieza y el conformismo. Todo lo viejo ya pasó, queda atrás, en la cruz de Jesucristo. Ahora toca los ‘panes ácimos de la sinceridad y del amor’ hacia Dios y hacia el hermano, los panes ácimos del amor y de la verdad, los panes nuevos de la entrega y la solidaridad, los panes limpios de la justicia, de la libertad y de la paz, los panes recientes del servicio y de la acogida.

A la mesa de Cristo, verdadero Cordero inmolado por la salvación de los hombres, hemos de acercarnos con corazón limpio de resucitados. La resurrección del Señor, su ‘paso’ de la muerte a la vida, debe reflejarse en la resurrección de los creyentes, desde el hombre viejo a la vida nueva en Cristo. Esta resurrección se manifiesta en el anhelo profundo por las cosas del cielo (cf. Col 3,-12).

En la Vigilia Pascual pedíamos anoche: “Mira con bondad a tu Iglesia, sacramento de la nueva Alianza… Que todo el mundo experimente y vea como lo abatido se levanta, lo viejo se renueva y vuelve a su integridad primera”.  Esto es la Pascua de la Resurrección, levantar lo abatido y renovar lo viejo, purificar lo manchado y embellecer lo feo, liberar lo cautivo y alegrar lo triste, alentar al desanimado y curar al enfermo.

Lo pedimos para nosotros. Siempre quedará algo que limpiar, algo que curar o liberar, algo que renovar o al menos algo que embellecer y santificar. La Pascua pide revestirse del hombre nuevo, que es Jesucristo. La Pascua nos llama a todos a hacer la experiencia de Cristo resucitado. Una experiencia decisiva para todo cristiano; quien la tiene, no podrá seguir viviendo de la misma manera. Esa experiencia viva e intensa toca y cambia la mentalidad, las costumbres, el estilo de vida, el modo de relacionarse con los demás, los criterios de acción, las mismas obras, hasta el mismo carácter.

Celebrar la Pascua de la resurrección nos pide también anunciar y contagiar la Pascua. Esto ocurre cuando nos acerquemos al caído y ayudamos al levantarse al abatido. Celebrar la Pascua exige limpiar lo manchado y renovar lo viejo: las rivalidades y odios, las  desigualdades y egoísmos, las tiranías y los vicios. Celebrar la Pascua exige alegrar al triste y alentar al desanimado.

Celebremos con fe la Pascua de la Resurrección del Señor. Acojamos con alegría a Cristo Resucitado. Vivamos con gozo la Resurrección de Jesús en nuestra vida. Dejémonos transformar por Cristo resucitado por la participación en esta Eucaristía, memorial de la muerte y de la resurrección. Seamos testigos de su resurrección en nuestra vida. ¡Feliz Pascua de Resurrección¡  Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Vigilia Pascual

Segorbe. S.I. Catedral, 22 de marzo de 2008

 

“No está aquí. Ha resucitado, como había dicho” (Mt 28,6). Este es el anuncio del ángel vestido de blanco a las mujeres, que habían acudido a ver el sepulcro. Esta es la gran noticia de cada año en esta Noche Santa de Pascua: Cristo ha resucitado. Es la Pascua del Señor. Cristo ha pasado a través de la muerte a la Vida, Cristo ha pasado a una nueva y definitiva existencia. El Señor vive para siempre.

Aquí radica, queridos hermanos, la razón de nuestra asamblea litúrgica en esta Vigilia Pascual, la madre de todas las vigilias, la fiesta cristiana por excelencia. ¡Aleluya, hermanos! Alegrémonos y gocemos por la presencia del Señor Resucitado en medio de nosotros. Nunca nos cansaremos de celebrar la Pascua de la Nueva y definitiva Alianza: en medio de la oscuridad de la noche, Cristo Jesús ha sido liberado de la muerte y llenado del Espíritu de Dios, el Espíritu de la Vida.

“Demos gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia” (Sal 117). La Palabra de Dios nos lo ha recordado. Nuestro Dios no es un Dios de muerte, sino un Dios de Amor y de Vida.

En la primera creación del mundo, el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas primeras y las llenó de su vida. Dios creó todas las cosas y al hombre por amor y para la vida. ¡Y vio que era muy bueno! Ahora, en la nueva creación, el mismo Espíritu ha actuado poderosamente en el sepulcro de Jesús y ha llenado de Vida nueva a Jesús, el primogénito de toda la nueva creación.

Cuando el hombre en uso de su libertad rechaza la vida de Dios, éste en su infinita misericordia no le abandona. En la culpa humana, Dios muestra su amor misericordioso y promete al Salvador. ¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor! Para rescatarnos del pecado de Adán nos dio al Salvador, quien muriendo nos libera del pecado y de la muerte, y resucitando nos devuelve la vida.

Dios no abandona nunca al hombre, está presente y pasa permanentemente por la existencia del hombre: pasa por la vida de Adán, pasa por la existencia de Abrahán evitando la muerte de su hijo Isaac, pasa por la historia de su Pueblo Israel y lo salva de la esclavitud de Egipto. Y en el paso del Mar Rojo nos prepara para entender el paso de Cristo a una nueva existencia, liberándonos a todos, como un nuevo Moisés que guía a su pueblo a través de las aguas del Bautismo. Dios pasa haciéndose oír por la voz de los profetas que recordaban su amor eterno hacia su pueblo: un amor que se convierte en alianza eterna, que sacia la sed de la vida del hombre; un amor que por el camino de los preceptos de la vida conduce a la auténtica sabiduría; y un amor que da un corazón nuevo y un espíritu nuevo.

Pero sobre todo, Dios pasa por la existencia entregada de su Hijo: Dios no lo abandona en la muerte, le ‘hace pasar’ de la muerte a la vida. El Viernes Santo, escuchábamos conmovidos la pasión y muerte de Jesús en la Cruz. Esta Noche santa escuchamos: “No está aquí. Ha resucitado”. Es la Pascua del Señor, su paso de la muerte a la vida gloriosa y sin fin.

Después de la noche nace el Día, en la oscuridad emerge la Luz, del silencio del sepulcro surge la Palabra, en la vida humana aparece la Vida de Dios. Anunciemos por doquier que es Pascua: que Dios “ha pasado” y pasa por la vida de los hombres desde la misma Creación para mostrarnos su amor; y éste mismo Dios, en la plenitud de los tiempos “ha hecho pasar” a Jesús de la muerte a la Vida; y hoy “nos hace pasar”, a nosotros, a la Vida nueva por el Bautismo.

Si hermanos: La Pascua de Cristo es nuestra Pascua. San Pablo, en la carta a los Romanos (cf. 6, 3-11), nos ha recordado que el día de nuestro Bautismo todos nosotros hemos pasado de la muerte del pecado a la vida nueva del Cristo resucitado; hemos sido sumergidos en la nueva existencia de Cristo y hemos sido incorporados a su vida, por la fuerza del mismo Espíritu que le resucitó a Él. Por medio del Bautismo, Dios también pasa por nuestra vida y nos permite vivir ya ahora la eternidad gloriosa de Dios.

El Bautismo es más que un baño o una purificación. Es más que la entrada en una comunidad. Es un nuevo nacimiento, es un renacimiento de lo alto a la Vida misma de Dios, es un nuevo inicio de la vida. Pablo nos dice que en el Bautismo hemos sido “incorporados” en la muerte de Cristo. Sí: En el Bautismo nos entregamos a Cristo; Él nos toma consigo, para que ya no vivamos para nosotros mismos, sino gracias a Él, con Él y en Él; para que vivamos con Él y así para los demás.

En el Bautismo nos abandonamos nosotros mismos, depositamos nuestra vida en sus manos, de modo que podamos decir con san Pablo: “Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí”. Si nos entregamos de este modo, aceptando una especie de muerte de nuestro yo, entonces eso significa también que el confín entre muerte y vida se hace permeable. Tanto antes como después de la muerte estamos con Cristo y por esto, desde aquel momento en adelante, la muerte ya no es un verdadero confín.

Esta es la novedad del Bautismo: nuestra vida pertenece a Cristo, ya no nos pertenece a nosotros mismos. Pero precisamente por esto ya no estamos solos ni siquiera en la muerte, sino que estamos con Aquél que vive siempre. Acompañados por Él, más aún, acogidos por Él en su amor, somos liberados del miedo. Él nos abraza y nos lleva, dondequiera que vayamos. Él que es la Vida misma (Benedicto XVI).

“Por el bautismo fuimos sepultados con Cristo de la muerte, para que así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva…”. Considerémonos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús de modo que andemos en una vida nueva.

El amor de Dios nos despierta esta noche. Nos recuerda el misterio de nuestra propia vida, que se ilumina con nuevo resplandor en su presencia bautismal. Puestos en pie, unidos en la fe, la esperanza y el amor de nuestro Señor Jesucristo, renovemos una vez más nuestras promesas bautismales.

Especial resonancia tiene esta renovación para vosotros, hermanos y hermanas de la segunda Comunidad del Camino Neocatecumenal de Nules, en esta última etapa de vuestro camino. En tres convivencias os habéis preparado para renovarlas solemnemente en esta S.I. Catedral-Basílica ante mi, sucesor de los Apóstoles. Vuestras túnicas blancas  de lino son signo de la nueva vida bautismal de un cristiano, que acepta ser golpeado y triturado como el lino para extraer la fibra para su confección. En vuestros escrutinios habéis visto de dónde procedías: de un mundo de destrucción, alejados del amor de Cristo por el pecado; pero también habéis experimentado el amor de Dios en Cristo, que os ha re-creado haciendo de vuestra propia historia una historia de salvación.

Al comienzo de la Vigilia hacíamos la ofrenda del cirio encendido, signo de la alegría pascual. En el pregón, se alzaba nuestra voz diácono, diciendo en oración humilde.

“Te rogamos, Señor, que este cirio consagrado a tu nombre arda sin apagarse para destruir la obscuridad de esta noche… Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo; ese lucero matinal que no conoce ocaso y es Cristo, tu Hijo Resucitado que, al salir del sepulcro, brilla sereno para el género humano”.

Brille así, hermanos, nuestro amor al Señor: sin interrupción, sin titubeos, sin descanso. Que el encuentro de esta noche con Cristo glorioso inunde nuestras almas de gozo y de paz, de alegría y esperanza, de fe y de amor.

Alegrémonos, hermanos y hermanas. El mismo amor de Dios que creó el mundo y que resucitó a Jesús de Nazaret, que se había entregado por nosotros, es el que hoy  nos congrega en esta Eucaristía, para comunicarnos su Vida, su alegría y su amor. Esto es lo que celebramos y esto lo que da sentido a nuestra existencia. Por eso creemos, esperamos y queremos vivir como cristianos en Cristo. No celebramos un hecho pasado, no seguimos una doctrina fría. Celebramos, seguimos y anunciamos a Cristo Jesús, invisible pero presente en medio de nosotros como el Señor Resucitado.

Unidos a la Iglesia entera dejémonos llenar por la alegría pascual. La Pascua de Jesús quiere ser también nuestra Pascua. Recordemos nuestro Bautismo y participemos una vez más del Cuerpo y Sangre del Resucitado. Dios quiere renovar sus dones de gracia con que nos llenó el día del Bautismo y comunicarnos su fuerza. Dejémonos llenar de vida por el mismo Espíritu de Dios que resucitó a Jesús. Él nos comunica fuerza, alegría, energía, esperanza, para que toda nuestra vida sea signo vivo del Resucitado. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Celebración litúrgica del Viernes Santo

Segorbe, S. I. Catedral-Basílica, 21 de marzo de 2008

 

Es Viernes Santo: un día de intenso dolor, pero un dolor transido de esperanza. En el centro de la Liturgia de este día está el misterio de la Cruz, un misterio que ningún concepto humano puede expresar adecuadamente. Dejemos hablar a la Palabra de Dios, que nos ha sido proclamada.

Toda la tradición cristiana y el mismo Nuevo Testamento reconocen en el Siervo paciente de la primera lectura (Is 52,13-53,12), una figura profética de Cristo. En la historia de Israel era frecuente que amigos de Dios intercedieran por sus hermanos, los hombres, sobre todo por el pueblo elegido. Pero ninguno de ellos llegó a sufrir tanto como el Siervo de Dios: el “varón de dolores” despreciado y evitado por todos, “herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes,… que entregó su vida como expiación”. Cristo en su pasión es el “varón de dolores” que con tanta fuerza y crudeza describe el poema del Siervo de Yahvé. En él se contiene todo: humillaciones y sufrimientos, rechazo por parte de su pueblo, muerte redentora. El “fue traspasado por nuestros pecados”.

En la oscuridad del dolor, sin embargo, aparece la luz de la esperanza. Desde la primera línea se apunta ya la victoria final: “Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho”. Porque el Siervo de Yahvé, aceptando su papel de víctima expiatoria, trae la paz, la salud y la justificación de muchos: “A causa de los trabajos de su alma, verá y se hartará; con lo aprendido, mi Siervo justificará a muchos, cargando con los crímenes de ellos”. El sacrificio del Siervo doliente produce su efecto: “Sus cicatrices nos curaron”. El es el Siervo plenamente sometido a Dios, en el que Dios ‘se ha complacido’.

En verdad: Cristo Jesús es el Sumo Sacerdote y mediadora, que reconcilia a los hombres con Dios por el sacrificio de su vida, nos dirá la carta a los Hebreos (4,14-16; 5,7-9). Jesús es a la vez el sacerdote y la víctima, el oferente y la ofrenda; El es nuestro único mediador con Dios. En la Antigua Alianza, el sumo sacerdote podía entrar una vez al año en el Santuario, rociarlo con la sangre de un animal sacrificado para expiar los pecados del pueblo. Ahora el Sumo Sacerdote por excelencia, Cristo Jesús, entra ‘con su propia sangre’ (Hb 9,12), como sacerdote y como víctima a la vez, en el verdadero y definitivo santuario, en el cielo, ante el Padre.

Por nosotros y todos los hombre ha sido sometido a la tentación humana; por nosotros ha orado y suplicado a Dios en la debilidad humana, ‘a gritos y con lágrimas’; y por nosotros el Hijo, sometido eternamente al Padre, ‘aprendió’, sufriendo, a obedecer sobre la tierra, convirtiéndose así en ‘autor de salvación eterna’ para todos nosotros. Tenía que hacer todo esto como Hijo de Dios para poder realizar eficazmente toda la profundidad de su servicio y sacrificio obedientes.

Para San Juan, Jesús, el Siervo doliente y Sumo Sacerdote, se presenta y comporta en su pasión como un auténtico Rey soberano: él se deja arrestar voluntariamente; responde soberanamente a Anás que él ha hablado abiertamente al mundo; declara su realeza ante Pilato, una realeza que consiste en ser testigo de la verdad, es decir, en dar testimonio con su sangre de que Dios ha amado y ama al mundo hasta el extremo. Pilato le presenta como un rey inocente ante el pueblo que grita ‘crucifícalo’. “¿A vuestro rey voy a crucificar?”, pregunta Pilato, y, tras entregar a Jesús para que lo crucificaran, manda poner sobre la Cruz un letrero en el que estaba escrito: “El rey de los judíos”, en las tres lenguas del mundo. La Cruz es el trono real desde el que Jesús “atrae hacia sí” a todos los hombres; desde la Cruz el funda su Iglesia, confiando su Madre al discípulo amado, que la introduce en la comunidad de los apóstoles, y culmina la fundación confiándole al morir su Espíritu Santo viviente, que infundirá en Pascua.

La fe pascual de Juan transfigura cada detalle y cada episodio de esta última fase de la vida terrena del Salvador. Incluso la Cruz queda transfigurada. En sí misma es un sacrificio cruel y bárbaro; pero, desde que Cristo redimió a los hombres en el leño de la Cruz, se ha convertido en objeto de adoración. Para Juan, la Cruz es una especie de trono. En la Cruz, Jesús es exaltado, elevado y glorificado. Juan resalta que Jesús llevó su propia cruz. Sin quitar importancia a los sufrimientos del Señor, toda la narración está impregnada de una atmósfera de paz y serenidad. Cristo, y no sus enemigos, es quien domina la situación. No hay coacción alguna: Jesús se encamina con total libertad hacia su ejecución; con perfecta libertad y completo conocimiento de lo que acontece, sale al encuentro de su destino. El motivo es el amor, que se entrega hasta el extremo. Porque la Cruz es la revelación suprema del amor de Dios. Ante esta suprema manifestación del amor de Dios, sólo podemos prosternarnos en actitud de adoración y meditación.

La pasión y muerte en Cruz del Señor suscita en nosotros sentimientos de dolor y compasión con el Señor; pero a la vez ha de suscitar pesar por nuestros pecados y por los pecados del mundo. Porque el milagro inagotable e inefable de la Cruz se ha realizado ‘por nosotros’ ‘y por nuestros pecados’. El Siervo de Dios ha sido ultrajado por nosotros, por su pueblo; el Sumo Sacerdote, a gritos y con lágrimas, se ha ofrecido a sí mismo como víctima a Dios para convertirse, por nosotros, en el autor de la salvación; y el Rey de los judíos, ha ‘cumplido’ por nosotros todo lo que exigía la Escritura, para finalmente, con su sangre y el agua que brotó de su costado traspasado, fundar su Iglesia para la salvación del mundo.

Pero la pérdida de sentido de Dios en nuestra sociedad, la pérdida del sentido de pecado y la falta de necesidad de salvación, hacen difícil involucrarse personalmente en esta historia siempre actual y presente de la pasión y muerte del Señor. Preferimos ser espectadores de la pasión, y no causantes y beneficiarios de la muerte salvadora del Hijo de Dios.

Pero nuestros pecados, personales y estructurales, son el origen y la causa de los sufrimientos de Cristo. Cristo sigue padeciendo por nuestra causa, por nuestros pecados. Cristo sufre y padece cuando no acogemos el amor de Dios, cuando nos avergonzamos de Cristo y negamos ser sus discípulos como Pedro, cuando no respetamos la vida humana y la dignidad de las personas. Cristo sufre y padece, cuando empañamos la ‘imagen de Dios’, impresa en todos los hombres y en nosotros mismos, por la envidia, la gula o la impureza. Cristo sufre y padece, cuando atentamos contra la verdad. Cristo sufre y padece cuando los niños son esclavizados o se abusa de ellos. Cristo sufre y padece cuando las mujeres son maltratadas, cuando los ancianos son abandonados o rechazados. Cristo sufre y padece con los parados y con los jóvenes que no encuentran un sentido a su vida y un futuro digno. Cristo sufre cuando los inmigrantes tienen que abandonar casa y familia y no encuentran la acogida que merecen; cuando los drogadictos llegan a perder su dignidad, su libertad, su salud y su vida, cuando los enfermos son abandonados en su dolor.

Pero Cristo, también, padece con nosotros e ilumina nuestro paso por esta vida. Por eso hemos de contemplar y adentrarnos personalmente en la pasión de Cristo para saber afrontar y dar sentido a la nuestra. Cristo en su pasión sufrió tristeza y angustia, para que miremos a Él, cuando la desesperanza y el sinsentido aparecen en nuestra vida, cuando nos faltan razones y estímulos para seguir viviendo como cristianos. Jesús, en la Cruz, siente una profunda sensación de inutilidad, porque presiente que la libertad humana va a rechazar la luz de su salvación, y así alentarnos en su servicio.

En la Cruz, Jesús experimenta el silencio de Dios. “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?”. Este grito de Jesús, al filo de la muerte, revela que no sólo le invade la tristeza de la muerte, sino también el vacío de la presencia sensible de Dios. Estábamos separados del Padre por el pecado. Era necesario que el Hijo, en el que todos nos encontrábamos, probara la separación del Padre. Tenía que experimentar el abandono de Dios para que nosotros nunca más nos sintiéramos abandonados. Hay horas en la vida en las que también nosotros sentimos la ausencia de Dios, que permite el mal y el dolor que nos desconciertan. Jesús supera esa sensación penosa sabiendo distinguir entre fe y sentimiento. Siente que el Padre le ha abandonado, pero cree que el Padre está con él y por eso, a renglón seguido, añadirá: “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu”.

Que María, la fiel corredentora, nos ayude a hacer la travesía de la vida con los ojos puestos en su Hijo. Miremos el árbol de Cruz, en la que cristo está clavado. Si con El sufrimos, reinaremos con Él; si con El morimos, viviremos con El. El es nuestra esperanza, él es nuestra fuerza para no desfallecer en el camino de la vida. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Jueves Santo. Misa de la Cena del Señor

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 20 de marzo de 2008

 

En la tarde de Jueves Santo conmemoramos la última Cena de Jesús con sus Apóstoles. Al traer a nuestra memoria y a nuestro corazón las palabras y los gestos de Jesús aquella tarde-noche nuestra mente se traslada al Cenáculo, donde Jesús se ha reunido con los suyos para celebrar la Pascua. Son muchos los sentimientos que se agolpan en nuestro corazón. “Habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1). Estas palabras de Juan nos permiten intuir los sentimientos que experimentó Jesús “la noche en que iba a ser entregado” (1 Co 11, 23) y nos estimulan a participar con gratitud contemplativa en esta celebración.

De la mano de las lecturas de hoy podemos entrar en el sentido profundo de aquella última Cena de Jesús con sus discípulos. La Palabra de Dios nos habla de la institución de la Eucaristía, de su prefiguración en el Cordero pascual y de su traducción en el amor y el servicio fraterno.

El libro del Exodo (12, 1-8; 11-14) nos recordaba la institución de la Pascua judía. Dios ordenó a los hebreos que inmolasen en cada familia “un animal sin defecto (de un año, cordero o cabrito)”, y que rociasen con la sangre las dos jambas y el dintel de las casas para ser librados del exterminio de los primogénitos al paso del ángel. En aquella misma noche, preservados por la sangre del cordero y alimentados con su carne, iniciarían la marcha hacia la tierra prometida. El rito había de repetirse cada año en recuerdo agradecido por la acción liberadora de Yahvé. “Es la Pascua en honor del Señor” (Ex 12, 11), que conmemora ‘el paso del Señor’ para liberarlo de la esclavitud de Egipto.

La Pascua de los judíos era una sombra y prefiguración de lo que había de ser la Pascua de Cristo, la pascua cristiana. En ella, Cristo es el ‘verdadero cordero sin defecto’, inmolado por la salvación del mundo y por la liberación definitiva del pecado y de la muerte. Cristo es el nuevo Cordero, que con su sangre libremente derramada en la cruz establece la nueva y definitiva Alianza. Desde el momento en que Jesús se sienta a la mesa con sus discípulos, inicia el rito de su Pascua. En lugar de un cordero, “el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo tomó un pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros”. Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: “Este es el cáliz de la nueva alianza sellada con mi sangre”. Aquel pan milagrosamente transformado en el Cuerpo de Cristo, y aquel cáliz que ya no contiene vino, sino la Sangre de Cristo, eran ofrecidos en aquella noche, como anuncio y anticipo de la muerte del Señor, de la entrega de su cuerpo y el derramamiento de su sangre en la Cruz.

“Haced esto en conmemoración mía”, dice Jesús a los apóstoles, queriendo así perpetuar, a través de ellos y sus sucesores, aquel gesto y, con él, el sacrificio del calvario para la remisión de los pecadoss. Agradezcamos esta tarde al Señor el don del sacerdocio que perpetúa la presencia de Cristo y su acción salvadora entre nosotros; oremos por el don de nuevas vocaciones.

“Haced esto en memoria mía”. Con estas palabras solemnes instituye Jesús la Eucaristía y la entrega a su Iglesia para todos los siglos. Cada año, en la tarde de Jueves Santo, volviendo nuestros ojos al Cenáculo, recordamos que en la Cena de aquel atardecer, Jesús les da a sus discípulos –y representados en ellos nos da a nosotros- la Eucaristía como don del amor y fuente inagotable de amor. La Eucaristía es el sacramento que perpetúa por todos los siglos la ofrenda libre, total y amorosa de Cristo en la Cruz para la vida del mundo. Una memoria que es actualización del sacrificio redentor, presencia real del Señor y banquete de comunión con El y los hermanos en la espera de su venida. En la Eucaristía, los creyentes recibimos el efecto salvador del sacrificio en la Cruz y el alimento para el camino, como firmeza para nuestra fe, fuelle para nuestra esperanza y fuerza para nuestro amor. En ella la Iglesia, misterio de comunión de Dios con el hombre y entre los hombres unidos con Él, se hace y se renueva permanentemente para ser germen de unidad de todos los pueblos.

La Eucaristía es ‘pan vivo, bajado del cielo’ que da la vida eterna a los hombres (Jn 6,51), porque es el memorial de la muerte del Señor, porque es su Cuerpo ‘entregado’ en sacrificio, y es su Sangre ‘derramada por todos para el perdón de los pecados’ (Lc 22,19; Mt 26,28). Nutridos con el Cuerpo del Señor y lavados con su Sangre, los cristianos podemos soportar las asperezas del peregrinaje de esta vida, pasar de la esclavitud del pecado a la libertad de los hijos de Dios, de la travesía fatigosa del desierto a la tierra prometida: la casa del Padre. ¿No nos ha de preocupar el alejamiento progresivo de tantos cristianos de la participación en la Eucaristía?

“Cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva” (1 Co 11, 26). Con estas palabras, el apóstol Pablo nos exhorta a hacer constantemente memoria de este misterio y a participar en él. Al mismo tiempo, nos invita a vivir diariamente nuestra misión de testigos y heraldos del amor del Crucificado, en espera de su vuelta gloriosa. El cristiano que comulga sabe que debe vivir, amar, trabajar, sufrir y morir como Cristo. Por ello, unido indisolublemente al don de la Eucaristía, Cristo nos ha dado su nuevo mandato. “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado”. Eucaristía, comunión con Cristo y con los hermanos, y existencia cristiana basada en el amor son inseparables. Desde aquella Cena, Jesús nos enseña que participar de su amor y amar es entregarse y gastarse como Él. El amor alcanza su cima en el don que la persona hace de sí misma, sin reservas, a Dios y al prójimo.

Y, para enseñarnos, cómo ha de ser el amor de sus discípulos, Jesús, antes de instituir el sacramento de su Cuerpo y Sangre, les sorprende ciñéndose una toalla y abajándose para lavarles los pies. Era la tarea reservada a los siervos. Al hacerlo, el Maestro les propone una actitud de servicio en el amor como norma de vida. “Vosotros me llamáis el Maestro  y el Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn 13, 12-14). Sólo será verdadero discípulo de Jesús, quien se deje lavar los pies, sus pecados, por Cristo en el sacramento de la Penitencia, quien participe de su amor en la Eucaristía, quien lo imite en su vida y quien como Él se haga solícito en el servicio a los demás. Porque, en el amor servicial, en la solicitud por las necesidades del prójimo está la esencia del vivir cristiano.

Sólo esta actitud de servicio humilde hace posible el cumplimiento del precepto de Jesús: “Os doy el mandato nuevo: que os améis unos a otros como yo he amado”. El lavatorio de los pies, la institución de la eucaristía, la muerte de la cruz, nos indican que el servicio humilde y la entrega total al prójimo son el camino para realizar y hacer verdad el precepto del Señor. San Juan, resumiendo maravillosamente el significado de la Eucaristía, afirma: “Los amó hasta el extremo”. Con ello quiere decir que los amó hasta el final, hasta agotar todas las posibilidades, sin reparar en medios para demostrarles su amor. Jesús no pone límites en su entrega a los hombres. En la escuela de Jesús son inseparables la gloria del Padre y el servicio a los hermanos. Por eso les lava los pies, señal inequívoca de humildad, de extremado servicio.

¡Tarde de Jueves Santo! Muchos sentimientos se agolparon entonces en el corazón de Jesús y de sus discípulos; muchos sentimientos invaden ahora nuestro corazón. Demos gracias a Dios que, en su Hijo Jesucristo, nos legó la Eucaristía, el don de amor más grande que pensarse pueda. Jesús se va, pero se queda presente entre nosotros en la Eucaristía. Se va por el amor que profesaba al Padre, tras cumplir su voluntad sobre la tierra. Pero se queda por amor a los hombres en la Eucaristía. Por eso, participar en la Eucaristía, recibirla y adorarle en ella, y amar sin reservas a nuestros semejantes serán el mejor modo de agradecer a Dios su don, su amor inefable.

Que María, ‘la mujer eucarística’ nos ayude a valorar la presencia de Cristo en la Eucaristía, a participar en ella y a adorarle con gratitud. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Santa Misa Crismal

S. I. Con-Catedral de Castellón, 17 de marzo de 2008

 

“Gracia y paz a vosotros de parte de Jesucristo, el Testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra” (Apoc. 1,5). Con estas palabras del Apocalipsis os saludo, queridos hermanos, a todos cuantos habéis seguido la invitación del Señor a esta Misa Crismal. De un modo muy especial os quiero saludar a vosotros, queridos sacerdotes, “conmovido, como si me sentara a vuestro lado en aquella mesa del Cenáculo en la que el Señor Jesús celebró con sus Apóstoles la primera Eucaristía: un don para toda la Iglesia” (Carta de Juan Pablo II, Jueves Santo de 2002, n. 1).

La Misa Crismal tiene un profundo significado para nuestra Iglesia diocesana. Esta Eucaristía, en que participa el Pueblo de Dios de Segorbe-Castellón, unido en la misma oración en torno a la Palabra de Dios y a un único altar, y presidido por el Obispo y rodeado de su presbiterio, es la manifestación principal de nuestra Iglesia diocesana (cf. SC 41). Esta Misa Crismal tiene también un hondo significado y valor para nuestro presbiterio diocesano. Reunidos en torno al altar manifestamos al pueblo fiel la unidad de nuestro sacerdocio y la comunión entre el Obispo y su presbiterio; a la vez aquí, en la comunión eucarística, queda reforzada nuestra comunión y nuestra fraternidad sacerdotal.

Hoy damos gracias a Dios por nuestro ministerio ordenado. De modo especial, le damos gracias hoy por D. Daniel Gil y D. Narciso Jordán, en sus bodas de oro sacerdotales, y por D. Joaquín Gillamón, en sus bodas de plata sacerdotales, así como los seis neopresbíteros, Héctor Calvo, Fco. Miguel Fernández, José Antonio Morales, Welter Lara, Reinel Muñoz, Julio Cesar Silva, Piero Salvatore Tornatore, León Enrique Viñedo y Paco Francés. Nuestra más cordial enhorabuena a todos. Esta mañana recordamos también en nuestra oración al bueno de Manolo Mechó, a quien hace quince días dábamos cristiana sepultura. Hoy es un día para la acción de gracias a Dios por los dones recibidos, pero también tiempo de gracia de Dios para la conversión, para la renovación espiritual de nuestra Iglesia y de todos cuantos la formamos, y de nosotros los sacerdotes.

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido” (Is 61, 1). Estas palabras de Isaías, que Jesús se aplica a sí mismo aquel sábado en la Sinagona de Nazaret, expresan el tema central de esta Misa Crismal. Los óleos que vamos a bendecir y, especialmente, el crisma, que vamos a consagrar, nos recuerdan especialmente el misterio de la unción sagrada de nuestro Bautismo y nuestra Confirmación, así como la de nuestra Ordenación; una unción, que marca para siempre la persona y la vida de todo cristiano, desde el día de su bautismo; una unción que marca para siempre especialmente nuestra persona y nuestra vida de presbíteros y de Obispo desde día nuestra ordenación para el servicio del pueblo de Dios.

Ahora bien, la unción bautismal y sacerdotal, reciben su luz y su fuerza del misterio de Cristo sacerdote, que en la última Cena se consagra a sí mismo, anticipando el sacrificio cruento del Gólgota. La Eucaristía, cuya institución por Jesucristo junto con uno de los momentos esenciales de la institución del Sacramento del Orden celebraremos el Jueves Santo, es la cima y la fuente de la vida la Iglesia, y lo es también de todos los sacramentos, pues de la Mesa eucarística desciende la unción sagrada. El Espíritu divino difunde su místico perfume en toda la casa (cf. Jn 12, 3), es decir, en la Iglesia; y a los cristianos así como a los sacerdotes y obispos, de modo especial, nos hace partícipes de la misma consagración de Jesús (cf. Oración Colecta de la Misa Crismal)

Todo bautizado, por el don permanente de la unción recibida, está llamado a alabar y dar testimonio del amor misericordioso de Dios, a cantar ‘eternamente las misericordias del  Señor’ (Salmo responsorial) con una vida santa. Y lo mismo se puede decir de toda comunidad cristiana. San Pablo nos recuerda: “Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación” (1 Ts 4, 3); por ello “todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad” (LG 40).

Esta verdad básica nos atañe ante todo a nosotros, los obispos, y a vosotros, queridos sacerdotes, ungidos para siempre para representar a Cristo Cabeza y actuar en su nombre. “Sed santos porque yo soy santo” (Lv 19, 2), así nos exhorta la Sagrada Escritura; y podríamos añadir: seamos santos, queridos sacerdotes, para que el pueblo de Dios que nos ha sido confiado sea santo. Hemos sido ungidos, consagrados y configurados con Cristo, Cabeza y Pastor, para servir al pueblo de Dios, para estimular y avivar en todos los cristianos su sacerdocio común de modo que hagan de su vida una ofrenda a Dios y una entrega a los demás. La santidad de nuestros fieles no deriva ciertamente de la nuestra; pero no cabe la menor duda que nuestra santidad la favorece, la estimula y la alimenta. Acojamos con generosidad, queridos sacerdotes, la invitación que hoy nos hace el Señor a vivir fielmente el don gratuito de nuestra vocación, nuestra permanente unción presbiteral y episcopal y, en particular, nuestro camino de santidad. Esta es la fuente de que surgirá el renovado impulso apostólico, que nuestra Iglesia diocesana y nuestra sociedad tan urgentemente necesitan y esperan de todos nosotros. Dios es fiel a su don y a sus promesas; El es la fuerza que nos sustenta y alienta en nuestras luchas y dificultades, ante la tentación de la tibieza y del desaliento.

El camino de nuestra santidad está íntimamente unido a nuestro ser y a nuestra misión. Hemos sido ungidos para ser enviados; en el ejercicio fiel y entregado de nuestro ministerio encontraremos el camino de nuestra santificación.

La primera misión que Dios nos ha confiado, queridos sacerdotes, es la de anunciar el Evangelio a todos. “El Espíritu del Señor me ha ungido para dar la buena noticia a los que sufren” (Is 61,1). Si bien todo bautizado está llamado a anunciar el Evangelio, los pastores desempeñamos una función insustituible en esta tarea. Somos ministros de la Palabra, el Verbo de Dios hecho carne y de su Evangelio. En este año, en que el Sínodo de Obispos reflexionará sobre “la Palabra de Dios en la vida y misión de la Iglesia” quiero detenerme brevemente en esta nuestra condición de ministros de la Palabra.

Si, queridos sacerdotes: Hemos sido ungidos para entregar nuestra vida al anuncio de la Palabra de Dios, siguiendo el ejemplo de Cristo, que dedicó toda su vida “a enseñar” (Act 1,1). San Pablo, en la segunda carta a los Corintios, nos recuerda que “no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor” (2 Co 4,5). Y a los mismos fieles de Corinto, en una carta precedente, les había escrito: “Nosotros predicamos a Cristo crucificado” (1 Co 1,23). Y hemos de hacerlo en todo momento, a tiempo y a destiempo, con ocasión y sin ella, sin avergonzarnos de Cristo y de su Evangelio para que los niños y adolescentes, los jóvenes y los adultos se encuentren con Cristo y su Evangelio, para que se conviertan a Él, se dejen transformar por Él y participen de la nueva Vida de Dios, que Cristo nos ofrece, de modo que todos sean ‘sal de la tierra y luz del mundo’.

No olvidemos nunca que somos ministros de la Palabra de Dios: en esta condición hemos de aplicarnos especialmente aquellas duras palabras de Jesús: “Pero yo os digo que de toda palabra inútil que hablen los hombres darán cuenta en el día del Juicio” (Mt 12,36). La ‘palabra inútil’ es la palabra de los falsos profetas, ante los que nos previene el Señor: “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con disfraces de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis…” (Mt 7,15-20). La palabra inútil, de que habla Jesús, no es pues toda y cualquier palabra inútil; es la palabra inútil, vacía, pronunciada por aquél que debería en cambio pronunciar las ‘enérgicas’ palabras de Dios. Es la palabra del falso profeta, que no recibe la palabra de Dios y sin embargo induce a los demás a creer que es palabra de Dios. La palabra inútil falsifica la palabra de Dios, es el parásito de la palabra de Dios. Se reconoce por los frutos que no produce, porque, por definición, es estéril, sin eficacia para el bien (R. Cantalamessa).

Falso profeta no es sólo el que esparce herejías; es también quien ‘falsifica’ la palabra de Dios, porque no presenta la palabra de Dios en su pureza, sino que la diluye y la agota en miles de palabras humanas que salen de su corazón, porque pone la palabra de Dios al servicio de ideologías humanas. El falso profeta es también aquel que no se fía de la ‘debilidad’, ‘necedad’, pobreza y desnudez de la Palabra y la quiere revestir;  estima el revestimiento más que la Palabra y es más el tiempo que gasta con el revestimiento que el que emplea con la Palabra permaneciendo ante ella en oración, adorándola y empezándola a vivir en mí. El falso profeta, en el fondo, se avergüenza del Evangelio (Cf. Rm 1,16) y de las palabras de Jesús, porque son demasiado ‘duras’ para el mundo, o demasiado pobres y desnudas para los doctos, e intenta ‘aderezarlas’ con las que Jeremías llamaba ‘fantasías de su corazón’. Así se ofrece al mundo un óptimo pretexto para permanecer tranquilo en su descreimiento y en su pecado. No es la adaptación a la moda, sino la fidelidad a la Palabra lo que se nos pide a los pastores.

Hemos de proclamar la Palabra como con palabras de Dios. Quiere esto decir que la inspiración de fondo, el pensamiento que informa y sustenta todo lo demás debe venir de Dios, no del hombre. El anunciador debe estar “movido por Dios” y hablar como en su presencia (Cf. R. Catalamesa).

Nuestro anuncio de la Palabra ha de ser, como el de Cristo, con autoridad. Es la autoridad, que nos viene dada y confiada por Jesucristo en el sacramento del orden y por el envío de la Iglesia, pero que pide estar refrendada por la autoridad que deriva del testimonio de vida: hemos de ser testigos vivos de la Palabra por nuestro actuar sincero, santo y perfecto. Antes de ser sus anunciadores debemos ser oyentes de la Palabra en la oración diaria, personal y comunitaria, en su estudio permanente, en su contemplación y adoración; hemos de asimilar la Palabra y dejarnos transformar por Ella; hemos de vivirla con radicalidad y proclamarla con fidelidad a tradición viva de la fe de Iglesia, en comunión con el Magisterio eclesial.

La Palabra sólo es creíble y tiene fuerza de convicción cuando anida en nuestro interior y brilla en nuestra vida. Si vivimos de esta manera, nuestra predicación ayudará a crecer en santidad al Pueblo de Dios y será aún más creíble si, como presbiterio, nos ven unidos y concordes, testigos de fraternidad en la vida y en la misión.

El amor entregado a Cristo y la caridad pastoral apasionada a quienes nos han sido confiados es nuestra respuesta agradecida al don permanente de Dios en nosotros. Este amor, asiduamente alimentado en las fuentes de la gracia de la oración y de los sacramentos, vivido en la fraternidad sacerdotal, apoyado por nuestras comunidades y con la debida ascesis de vida, es la base y la garantía de una vida pobre, obediente y célibe para ser fieles al don recibido y a los compromisos adquiridos, que a continuación vamos a renovar. Sé de vuestro empeño por vivir fielmente vuestras promesas sacerdotales, especialmente el celibato, acogiendo el don de Dios; doy gracias con vosotros a Dios y os felicito por ello. Como nos recuerda el Concilio Vaticano II, nuestro celibato es “signo y estímulo de la caridad pastoral y fuente privilegiada de fecundidad espiritual en el mundo” (cfr PO 16).

No nos dejemos llevar por el desaliento a causa de nuestras infidelidades y pecados; no podemos tampoco dejarnos llevar por los ataques injustos y las incomprensiones. Dejémonos encontrar y renovar por la gracia misericordiosa de Dios Hoy queremos recordar y testimoniar ante el Pueblo de Dios que sólo Dios, su don y nuestro ministerio, son la verdadera riqueza que llena de sentido nuestra existencia. En Dios está la alegría profunda que las promesas del mundo no pueden dar. Él es la razón de nuestra esperanza.

Que María, Madre de los sacerdotes y Virgen de la esperanza, nos aliente para cumplir bien y fielmente el ministerio su Hijo, nos ha encomendado. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

En camino hacia la Pascua

Queridos diocesanos:

De nuevo celebramos la Semana Santa. No hace falta decir que estos días tienen un significado muy especial para nuestros pueblos y ciudades, y de modo singular para los cristianos. Pero para vivirla debidamente hemos de superar las tibiezas y las inercias, que debilitan su verdadero sentido y dificultan celebrarlas con verdadera fe y con participación activa y fructífera.

El Domingo de Ramos nos introduce en esta venerable semana: es el pórtico de esta semana, la semana grande de la fe cristiana y de la liturgia de la Iglesia. Es un día de gloria por la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y un día, a la vez, en que la liturgia nos anuncia ya su pasión.

Los días venideros nos irán llevando como de la mano hasta el Triduo Pascual: el Jueves Santo, cuyo centro es el amor de Cristo, que se hace Eucaristía, y nos envía a vivir el amor fraterno, el mandamiento nuevo de Jesús para sus discípulos; el Viernes Santo se centra en la pasión y muerte de Jesús en la Cruz, la expresión suprema del amor entregado hasta el final, y el Sábado-Domingo de la resurrección. El Triduo Pascual es el verdadero núcleo de la Semana Santa que culmina en la Vigilia Pascual, la cima a la que todo conduce, la celebración litúrgica más importante de todo el año; deberíamos esforzarnos por participar en la Vigilia Pascual.

Semana Santa es semana de pasión, de muerte y de resurrección del Señor. La pasión y la muerte del Nazareno quedarían inconclusas sin el “Aleluya” de la resurrección. Porque “si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe” (1 Cor 15, 17). El misterio pascual, en su integridad, abarca la pasión y la muerte de Jesús, de un lado, y su resurrección, por el otro; son las dos caras inseparables del misterio pascual de Cristo, los momentos culminantes de su misión salvadora y redentora.

Si solamente tuviéramos el signo de la muerte, el amor se revelaría como don, pero no como vida eterna; la muerte de Cristo seria un testimonio de la “justicia”, pero no una victoria sobre la muerte. En cambio, si Cristo hubiera manifestado sólo su poder mesiánico, el amor de Dios no se habría manifestado en nuestra condición humana. La muerte y la resurrección son la epifanía del misterio de Dios en la condición humana.

La resurrección del Señor es la respuesta amorosa de Dios-Padre a la muerte de su Hijo-Hombre: una respuesta de triunfo sobre el pecado y la muerte, una respuesta de gloria, de alegría, de vida y de esperanza. Jesús vence el tedio, el dolor y la angustia del pecado y de la muerte. Su triunfo es nuestro triunfo. Cristo padece y muere para liberarnos del pecado y de la muerte. Cristo resucita para devolvernos la Vida de los hijos de Dios.

Pero ¿lo creemos, lo acogemos y vivimos de verdad? Hace falta dejar que se avive nuestra fe y pasar de la contemplación pasiva a la participación activa. No nos quedemos en el Viernes Santo o en la contemplación de las procesiones o de la pasión. Es necesario acoger personalmente el perdón de Dios y celebrar la nueva Vida del Resucitado. Cristo sigue padeciendo y muriendo por cada uno de nosotros, por nuestros pecados; Cristo resucita para que cada uno de nosotros tengamos Vida, y la tengamos en abundancia. Reconozcamos y acojamos a Cristo resucitado, cuyo final no fue la Cruz, sino la Luz, fuente de vida y de esperanza para todos.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López

Obispo de Segorbe-Castellón

Domingo de Ramos

S. I. Catedral de Segorbe y Con-catedral de Castellón, 16.03.2008

 

Con la celebración del Domingo de Ramos entramos en la Semana Santa. Este Domingo de Pasión es el verdadero pórtico a la Semana grande de la comunidad cristiana y de la liturgia de la Iglesia; una semana verdaderamente santa porque está consagrada por entero a los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección del nuestro Señor Jesucristo. La hemos iniciado unidos a aquella muchedumbre que aclamó a Jesús en su entrada en Jerusalén. Jesús montado en un pollino y rodeado de sus apóstoles es vitoreado por la multitud del pueblo, que grita entusiasmado “!Hosanna al hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor¡”

Fue aquella una manifestación espontánea de la piedad del pueblo judío. La presencia del Maestro, su porte, su dignidad, su mansedumbre, su sabiduría y su bondad habían despertado en el pueblo el fervor mesiánico.

Toda la fe de Israel, todas sus esperanzas de liberación, todo su fervor religioso afloró en el ambiente con el recuerdo de las promesas de Dios y los anuncios de los profetas. Durante siglos y generaciones, el pueblo de la antigua Alianza había vivido a la espera del Mesías. Algunos creyeron ver en Juan Bautista a aquel en quien se cumplían las promesas. Pero a la pregunta explícita sobre su posible identidad mesiánica, el Precursor respondió con una clara negación, remitiendo a Jesús.

Poco a poco fue creciendo en el pueblo de Israel el convencimiento de que en Jesús ya habían llegado los tiempos mesiánicos. Primero será el testimonio del Bautista; más tarde serán las palabras y los signos realizados por Jesús y, de modo especial, la resurrección de Lázaro, algunos días antes de su entrada triunfal en Jerusalén. Por eso la muchedumbre, cuando Jesús llega a la ciudad montado en un asno, lo acoge con alegría: “!Bendito el que viene en nombre del Señor. ¡Hosanna en el cielo¡” (Mt 21, 9). La fe del pueblo se avivó al contemplar aquel día a Jesús. Mayores y niños gritaban el Hosanna y daban vivas al Señor aclamando el cumplimiento de las promesas mesiánicas en El.

Jesús es el Mesías, anunciado por los profetas, como el “Hijo de David” y “Rey de Israel”. Pero ni los niños inocentes, ni los apóstoles, ni las gentes sencillas que rodeaban a Jesús podían alcanzar entonces su secreto. La imagen que ellos tenían del reino mesiánico no era conforme a los planes de Dios. Por ello, a pesar de aquel entusiasmo tan sincero, abandonaron pronto a Jesús; quedó sólo a merced del odio de sus enemigos, hasta acabar en la Cruz.

A nosotros nos ha sido dado conocer el misterio pascual de la Muerte y Resurrección de Jesucristo. Sabemos que, conforme al plan redentor de Dios, “era necesario que el Cristo padeciera y así entrase en su gloria” (Lc 24, 26). Por eso, después de aclamar a Jesucristo como Rey y Señor en la procesión de los ramos, hemos escuchado con devoción el relato evangélico de su Pasión, que nos ha hecho revivir el drama ya inminente.

Las lecturas de la Palabra de Dios de hoy nos llevan a la contemplación del misterio de la pasión y muerte del Señor. El profeta Isaías nos habla del siervo condenado, flagelado y abofeteado (cf. Is 50, 6). El Salmo responsorial nos permite contemplar la agonía de Jesús en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, (cf. Mc 15, 34). Será, sin embargo, san Pablo, quien en la segunda lectura, nos lleve a lo más profundo del misterio pascual. Jesús, “ pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz” (Flp 2, 6-8). En la liturgia del Viernes santo volveremos a escuchar estas palabras, que prosiguen así: “Por eso Dios lo exaltó sobre todo, y le concedió el nombre que está sobre todo nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en el abismo, y toda lengua proclame: ¡Jesucristo es Señor!, para gloria de Dios Padre” (Flp 2, 9-11).

Anonadamiento y exaltación. ¡Ahí está la clave, hermanos, para comprender el misterio pascual! Ésta es la clave para penetrar en la admirable economía de Dios, que se realiza en los acontecimientos de la Pascua.

Jesús es el Hijo de Dios, que se hace hombre para salvar a los hombres del pecado y de la muerte, y devolverles la vida de comunión con Dios y con los hombres. Cristo, fiel a su misión aceptó el plan redentor de Dios. Conocedor de la voluntad del Padre, se entregó “obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”. En su sacrificio se manifestaron el poder y la gloria de Dios, su bondad y misericordia para con todos. Jesús no se detuvo ante las alabanzas del pueblo, ni temió la oposición o amenazas de sus enemigos. Obediente a la voluntad del Padre por amor a Él, Cristo Jesús se entregó generoso hasta la muerte, y muerte en cruz, por amor a todos los hombres sin distinción. Porque no hay mayor amor que el que da la vida por el amado.

Dios es amor, dice San Juan. Y el amor es su poder. Y de ese poder está llena la figura del crucificado. Sus paisanos no fueron capaces de descubrirlo. Todos los que hablan al verlo en la cruz pretenden que Dios anule lo que los hombres han hecho para que, demostrado así su poder, puedan creer en Jesús. No entendían que el amor fuera ya salvación. También a nosotros nos resulta difícil creer que sólo el amor de Dios y a Dios, hecho amor al hermano, puede transformar el mundo. Pero conocemos por experiencia la fuerza del amor. Si se apodera de nosotros nos cambia la vida; y cuando se hace norma de convivencia transforma la forma de vivir de la persona y de la sociedad, se hace posible la paz, la verdad, la justicia y la fraternidad. No es la fuerza o la violencia, el odio o el deseo de venganza, no es la crispación lo que puede cambiar el mundo. La única fuerza capaz de transformar al hombre, a la sociedad y al mundo es el amor entregado y desinteresado, que acoge y respeta, que perdona y reconcilia. No, no es tarea fácil; pero es posible y necesario en un mundo y en una sociedad atenazados por las guerras, el terrorismo y la violencia y la crispación.

Como Jesús, hay que poner en juego la vida. Jesús tuvo que afrontar la muerte solo. La confianza que él tenía en Dios no alivia ni el dolor de verse rechazado por su pueblo y derrotado por sus enemigos ni la angustia, tan humana, de enfrentarse a la muerte. Pero así manifestó el poder del amor de Dios, que perdona, reconcilia y da la vida. Sólo un pagano supo verlo: “Realmente éste hombre era Hijo de Dios”. Entre tantos poderosos e ideólogos que se presentan como salvadores, ¿seremos capaces de dar una oportunidad al Salvador? Jesús merece nuestra gratitud sin límites, nuestra acogida confiada y nuestra entrega sincera en la fe.

Comencemos esta Semana Santa con renovado fervor. Dispongámonos no sólo para recordar y contemplar sino sobre todo para vivir el misterio del amor de Dios que se manifiesta en la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Caminemos hacia la Pascua con amor. Vivamos la Semana Santa.

Vivir la semana Santa es acompañar a Jesús desde la entrada a Jerusalén hasta la resurrección. Vivir la semana Santa es acoger el perdón y la paz de Dios en el Sacramento de la Reconciliación para ser testigos del perdón y constructores de la paz. Vivir la Semana Santa es creer que el misterio pascual se hace presente en cada eucaristía y participar de él en la comunión. Vivir la Semana Santa es aceptar que Jesús está presente también en cada ser humano, que sufre y que padece. Vivir la Semana Santa es seguir junto a Jesús todos los días del año, practicando la oración, los sacramentos, la caridad, el perdón y la reconciliación.

Semana Santa es la gran oportunidad para detenernos un poco. Para pensar en serio. Para abrir el corazón a Dios, que sigue esperando. Para abrir el corazón a los hermanos, especialmente a los más necesitados. Semana Santa, es la gran oportunidad para morir con Cristo y resucitar con Él, para morir a nuestro egoísmo y resucitar al amor. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Mirada al interior

Queridos diocesanos:

Con frecuencia nos quejamos de la dificultad para vivir la fe cristiana y para transmitirla a las nuevas generaciones, originada por el ambiente social y cultural adverso al cristianismo, así como por los ataques constantes a la fe cristiana y a la Iglesia católica por parte del laicismo excluyente de moda. Y no nos falta razón. Se pueden recordar a modo de ejemplo las trabas a la enseñanza de la religión y moral católica en la escuela, la ‘Educación para la Ciudadanía’ con una comprensión del hombre y de la sociedad, que prescinde de Dios, las reacciones ante intervenciones episcopales, los intentos de recluir la religión a la esfera de la conciencia, o las mofas de la religión católica y de quien se declara católico.

Ante ello, los católicos hemos de defender con fortaleza cristiana nuestros legítimos derechos por todos los medios democráticos. No somos ciudadanos de segunda clase; no podemos ni debemos ocultar nuestra condición en el trabajo o en la vida cultural y social. La separación entre la fe y la vida, en todas sus facetas y dimensiones, no es compatible con el ser cristiano.

Sin embargo, el decaimiento de la fe cristiana, su escasa presencia social y pública, la debilidad de nuestra Iglesia no son consecuencia sólo de determinadas políticas o de corrientes sociales o culturales. Es cierto que hay causas ambientales que lo favorecen, al igual que favorecen la incredulidad, el abandono de la fe y de la práctica cristiana, y el alejamiento de la Iglesia. Es más; existen grupos que hacen proselitismo para apostatar de la fe católica.

Pero en el aumento del alejamiento de la fe cristiana, de la indiferencia religiosa y de la increencia hay también razones internas, que tienen que ver con los mismos católicos. Entre sus causas más profundas está la falta de una fe viva y operativa en Cristo Jesús y el Evangelio, que, con excesiva frecuencia, han dejado de ser de verdad el centro de la vida de los cristianos. Los cristianos tenemos que pensar cómo estamos viviendo nuestra fe, cómo estamos iniciando y educando en la fe y vida cristiana a nuestros niños y adolescentes, cómo estamos presentando a los jóvenes y a la sociedad de hoy la persona de Jesús, su Evangelio, el rostro de Dios nuestro Padre, el esplendor y la alegría de la humanidad rescatada.

La Cuaresma es tiempo de conversión y de renovación. Es tiempo para recuperar personalmente a Jesucristo y su Evangelio en nuestra existencia, tiempo para convertirnos a Dios de nuestros pecados, para dejarnos reconciliar con El, y en El, con los hermanos. Y es también tiempo propicio para preguntarnos sobre nuestra fidelidad a Cristo y a su Evangelio en la tradición viva de la Iglesia en nuestra vida personal, familiar, laboral y social; es tiempo de preguntarnos por nuestro trabajo pastoral, por la fidelidad a la misión que el Señor nos ha encomendado.

Las palabras de Jesús: “Convertíos y creed en el Evangelio” resuenan con fuerza en nuestra peregrinación hacia la Pascua. Y esta llamada del Señor abarca todas las dimensiones de nuestra vida y misión, personal y comunitaria. Dios mismo nos ofrece su gracia. La conversión exige una transformación de la mente y del corazón, un cambio radical en el modo de pensar, de sentir y de actuar. Necesitamos unos ojos nuevos para ver con los ojos de Cristo, una mente nueva para pensar como El y un corazón nuevo para sentir y amar como El.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón