Consagración de virgen de Juana Ángel Grima

Castellón, Sto. Tomás de Villanueva, 31 de mayo de 2008

Domingo IX del tiempo Ordinario A

(Dt 11, 18.26-28.32; Sal 30, 2-4.17.25; Rm 3, 21-25a.28; Mt 7, 21-27)

 

 

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

El Señor Jesús nos ha reunido en torno a la mesa de su Palabra y de su Eucaristía para la consagración como virgen de esta hermana nuestra. Nuestra Iglesia diocesana da gracias a Dios, por la vocación de Juana a la virginidad consagrada: es un don de Dios para Juana y un nuevo carisma del Espíritu Santo para nuestra Iglesia diocesana. Nuestra celebración es motivo de alegría y esperanza al ver que también entre nosotros hoy vuelve a florecer el antiguo orden de las vírgenes (cf. VC 7). Cuando siguiendo las palabras del Salmista nos acogemos a Dios, nunca quedamos defraudados. Alabemos a Dios que hace brillar su rostro misericordioso una vez más entre medio de nosotros.

La vocación a la vida cristiana y a la consagración virginidad de nuestra hermana es obra de la gracia de Dios en ella. San Pablo, en la segunda lectura de este Domingo, nos recuerda que no nos sal­van las obras de la ley, nuestras propias obras sino la sola gracia. “Pues todos pecaron y todos están privados de la gloria de Dios, y son justificados gratuitamente por su gracia” (Rom 3, 23). Estas palabras de San Pablo sobre la justificación y la salvación se aplican también a tu vocación a la virginidad consagrada. El amor de Dios, su gracia nos precede siempre; nuestra entrada en la vida de la gracia parte totalmente de la iniciativa de Dios; nosotros con nuestras solas fuerzas no somos capaces de salir de la situación de pecado.

¡Cómo has sentido tú, querida Juana, la gracia de Dios en tu vida! Desde tu situación de alejamiento de Dios y de la Iglesia, Él fue abriendo tu oído y tu corazón a su Palabra, a la Eucaristía, la madre Iglesia, a tu comunidad de hermanos; en una palabra, Dios te ha llevado a descubrir su rostro amoroso, a sentirte querida y amada por Él, hasta llevarte hasta donde él te quería.

Pero la gracia de Dios siempre respeta la libertad del hombre, como ha respetado la tuya, en todo el largo proceso de búsqueda y de discernimiento de la llamada de Dios, de maduración de tu vida cristiana, de tu afectividad y de tu enamoramiento de Cristo Jesús, el Esposo. ¡Que bien lo pone de manifiesto la primera lectura! “Hoy os pongo delante bendición y maldición” (Dt 11,26). Cada día has tenido la posibilidad de elegir colaborar o no con la llamada amorosa de Dios. Y has tenido la gracia y la fuerza de elegir la bendición de Dios, la consagración virginal.

Dios te ha llamado al amor pleno y esponsal con Jesucristo. El Señor te ha llamado porque desea atraerte más íntimamente a sí, para desposarse místicamente contigo y dedicarte al servicio de la Iglesia y de todos los hombres. Tu consagración a Dios te obligará a entregarte con más ahínco a la extensión del Reino de Dios y a trabajar para que el Evangelio penetre más profunda­mente en el mundo. Pensemos pues, hermanos, en el bien que esta hermana nuestra está llamada a realizar y en las abundantes bendiciones que puede obtener con su vida y su oración, tanto en bien de la Iglesia como en provecho de la sociedad y de vuestras familias.

Amada hija: El Espíritu Santo, que te engendró ya por medio del agua del bautismo, haciendo de tu corazón templo del Altísimo, va a en­riquecerte hoy por mi ministerio con una nueva unción espiritual. Este mismo Espíritu te consagrará a Dios con un nuevo título, al elevarte a la digni­dad de esposa de Cristo, uniéndote con vínculo indisoluble al mismo Hijo de Dios.

El fundamento y modelo de tu virginidad está en la vida y en las palabras de Jesús. Jesús fue y vivió virgen. El fue así la traducción humana de Dios, que es amor: amor universal, sacrificado, benevolente, enteramente desprendido. El, su vida y su palabra, es la encarnación máxima del amor de Dios y del amor a los hermanos, de la nueva vida, que Él vivió y mostró.

Tú has acogido la llamada de Dios para seguir más de cerca a Cristo. En el camino de la virginidad encontrarás una forma de existencia que te permitirá vivir más y mejor un estilo de vida como el de Jesús, para estar más disponible para amar a Dios y a los hermanos, para una entera y exclusiva dedicación a las “cosas del Señor”.

Ser virgen y renunciar por el Reino de los cielos al matrimonio, no es una renuncia al amor: al contrario, es una forma de vida de sobreabundancia de amor. Quien acoge la llamada y el don a la virginidad lo hace por radicalizarse en el amor. Es decir, siente el amor con tal fuerza que llega a sospechar que su pasión de amar a Dios y, en él, a los hombres se ahogaría en un proyecto como el del matrimonio. Cierto es que ningún célibe es mejor que ningún casado simplemente por haber optado por la virginidad, ni viceversa. Se trata de acoger la vocación a que Dios llama a cada uno, y vivir con radicalidad y fidelidad esa llamada. Pero que haya en la Iglesia hombres y mujeres que por esta sobreabundancia de amor permanezcan vírgenes para radicalizarse en el servicio a Dios y a los hermanos es un gran don al servicio de la comunidad. La virginidad no es algo que se pueda minusvalorar, o equiparar a cualquier otro proyecto. No es algo que haya que ocultar, ignorar o silenciar  al pueblo cristiano por más que no se entienda en un mundo que trivializa, comercializa, desestructura y deshumaniza la sexualidad.

Los Padres de la Iglesia llaman Esposas de Cristo, propio de la misma Iglesia, a las vírgenes consa­gradas a Cristo. Y con razón, pues ellas prefiguran el Reino futuro de Dios, en donde nadie tomará marido ni mujer, sino que todos serán como los ángeles de Dios.

“La virginidad por el Reino de los Cielos, a que hoy vas a ser consagrada y consagrarte, es un desarrollo de la gracia bautismal, un signo poderoso de la preeminencia del vínculo con Cristo, de la ardiente espera de su retorno, un signo que recuerda también que el matrimonio es una realidad que manifiesta el carácter pasajero de este mundo” (CaIC 1619).

Jesús nos exhorta en el Evangelio de hoy con duras palabras a escuchar su palabra y ponerla en práctica, a cumplir la voluntad de Dios, el Padre que esta en el cielo.

Procura, pues, hija amada, que toda tu vida concuerde con la vocación y la dignidad a la que has sido llamada. La Iglesia te considera como la porción más escogida de la grey de Cristo, pues por ti se manifiesta y crece su fecundidad. A ejemplo de María, la Virgen Madre de Dios, gusta de llamarte y ser esclava del Señor. Guarda íntegra la fe, mantén firme la esperanza, crece siempre en la caridad. Sé sensata y vigila, no sea que el orgullo corrompa el don de tu virginidad. Que el Cuerpo de Cristo alimente tu corazón consagrado a Dios, que el ayuno te fortalezca, y que te nutra el amor a la Palabra de Dios, la asiduidad en la oración, y las obras de misericordia. Preocúpate siempre de las cosas del Señor; que tu vida esté escondida con Cristo en Dios. Ora constantemente por la propagación de la fe cristiana y por la uni­dad de los cristianos, recuerda también a los que, olvidando la bondad de Dios Padre, han dejado ya de amarlo, para que la divina misericordia salve a aquellos que no pueden ser salvados por su jus­ticia.

Recuerda siempre que te has consagrado al servicio de la Iglesia y de todos los hombres. En el ejercicio de tu apostolado, tanto en la Iglesia como en el mundo, así en el orden espiri­tual como en el temporal, procura que tu vida sea luz que alumbre siempre a los hombres, de tal manera que, al ver tus buenas obras glorifiquen al Padre que está en el cielo y así llegue a ser reali­dad el designio de Dios de recapitular todas las cosas en Cristo. Ama a todos, pero es­pecialmente a los pobres; ayuda a los necesitados, siempre que te sea posible; cuida con especial dedicación y amor a los enfer­mos, enseña a los ignorantes, preocúpate de los niños, sé apoyo para los ancianos, consuelo para las viudas y los que están tristes.

Tú, que por amor a Cristo has renun­ciado al gozo de la maternidad, serás madre espiritual, por el fiel cumplimiento de la voluntad divina, cooperando con Dios por el amor, para que sea engendrada o devuelta a la vida de la gracia una muchedumbre de hijos.

Cristo, el Hijo de la Virgen y esposo de las vírgenes, será, ya en la tierra, tu gozo. El será también tu corona cuando te introduzca en el tálamo nupcial de su Reino, donde, siguiendo al Cordero dondequiera que vaya, cantarás eter­namente un cántico nuevo por los siglos de los siglos. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

La Eucaristía, fuente de esperanza

Queridos diocesanos:

Este domingo celebramos la Solemnidad del Corpus Christi y la procesión de la Sagrada Hostia por nuestras calles. En este día, los católicos damos fe pública de nuestra fe en la presencia real, permanente y por antonomasia de Jesucristo en la Eucaristía y ofrecemos al mundo el Amor de Dios, hecho Eucaristía.

En la Eucaristía, el Señor no sólo nos da comer su mismo Cuerpo, se une con nosotros y crea unión entre nosotros, alimentando así nuestra fe y vida cristiana, y generando la comunión eclesial que nos impulsa a la misión. Además, el Señor se queda entre nosotros para que podamos estar y hablar con él, contemplarle y adorarle, alimentar nuestra caridad fraterna y nuestro ardor apostólico.

El Corpus Christi debería recobrar una mayor participación y fervor en el pueblo de Dios. Esta festividad nos invita a entrar en el corazón del misterio de la Eucaristía, que se ha de creer, celebrar y vivir. La Eucaristía, sacramento del Amor, es el bien más precioso que tenemos los cristianos. Es el don que Jesús hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios para cada hombre. Por esto, la Eucaristía es una fuente de esperanza para toda la humanidad y, de manera muy especial, para los más pobres y necesitados.

Al celebrar la Eucaristía y adorar a Cristo presente en ella se aviva en nosotros la conciencia de que donde hay amor brilla, también, la esperanza. Donde el ser humano experimenta el amor se abren para él puertas y caminos de esperanza. No es la ciencia, sino el amor lo que redime al hombre, nos ha recordado el Papa Benedicto XVI. Y porque el amor es lo que salva, salva tanto más cuanto más grande y fuerte es. No basta el amor frágil que nosotros podemos ofrecer. El hombre, hombre y mujer, necesita un amor absoluto e incondicionado para encontrar sentido a la vida y vivirla con esperanza. Y este amor es el amor de Dios, que se ha manifestado y se nos ofrece en Cristo y que tiene su máxima expresión sacramental en la Eucaristía.

Cuando se vive la Eucaristía, como misterio de presencia de Cristo acompañando al hombre en el camino de la vida, se descubre también que la Eucaristía es el gran sacramento de la esperanza, anticipo de los bienes definitivos a los que todos aspiramos y esperamos en lo hondo de nuestro corazón.

Si se celebra y vive la Eucaristía como el gran sacramento del amor, esto se traduce necesariamente en gestos de amor y en obras de caridad, que se convierten en signos de esperanza. Es lo que hacen tantos cristianos en su compromiso de caridad cristiana; es lo que hacen nuestras Cáritas parroquiales, interparroquiales y diocesana, y tantas obras caritativas y sociales de grupos eclesiales y congregaciones religiosas; es lo que nos acaban de mostrar la Hermanitas de los Ancianos Desamparados con su nueva Residencia.

En el Corpus os invito a entrar en el misterio de la Eucaristía para dejarnos configurar por él para ser testigos comprometidos del Amor y de la esperanza que no defrauda.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Testigos silenciosos de la Palabra

Queridos diocesanos:

En la Fiesta de la Santísima Trinidad celebramos la Jornada ‘Pro orantibus’, en la que recordamos de modo especial a los monjes y monjas de vida contemplativa. Nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón cuenta con once monasterios de monjas de vida contemplativa, que oran por nosotros todos los días del año. En este día oramos por todos ellos para mostrarles nuestro reconocimiento, nuestra gratitud y nuestra alta estima por el bien que representan para nuestra Iglesia y para la sociedad. Son un patrimonio espiritual, que no es conocido ni valorado suficientemente; menos aún: es poco comprendido en un mundo dominado por lo útil, por el ruido y por la superficialidad.

En sintonía con el tema del Sínodo de los Obispos, que se celebrará el próximo mes de octubre en Roma, la Jornada de este año lleva por lema: ‘La Palabra en el silencio”. La Palabra por antonomasia es la Palabra de Dios, que ya existía en el principio. Antes de que fueran creadas todas las cosas, la Palabra estaba junto a Dios; y la Palabra era Dios. El Verbo de Dios, la Palabra de Dios, el Hijo eterno del Padre se hizo carne y habitó entre nosotros. Así lo expresa San Juan en el prólogo de su evangelio.

Jesucristo es la Palabra de Dios, que nos muestra a Dios y nos muestra también la verdad del hombre. Esta Palabra ha de ser escuchada en el silencio de tantas palabras menores que aturden los sentidos y embotan el espíritu. Es una Palabra de amor que busca nuestra respuesta de amor. Esa Palabra ha llenado el silencio de nuestros monjes y monjas con una voz inconfundible. Sólo quien se retira libre y voluntariamente a los aposentos interiores del alma, en el silencio y en la soledad de la vida interior, se capacita para escuchar a Dios en el corazón y responderle con amor.

Aquí radica el valor inestimable para la Iglesia y para la sociedad de los monjes y monjas de clausura. Con su ser y su quehacer son testigos silenciosos de la Palabra de Dios en medio de un mundo superficial y ruidoso que ha perdido la sintonía para escuchar la voz de Dios; con su silencio orante y contemplativo nos hacen presente la Palabra de Dios, la voz de Aquel que siempre acompaña a la humanidad, que sigue estando a la puerta y llamando en un mundo cada vez más sordo a su Palabra.

Los monjes y las monjas no se desentienden ni de la Iglesia ni del mundo. Aunque separados de todo están unidos a todo porque nada humano ni eclesial les es ajeno: ellos aman a los hermanos y glorifican a Dios con todo su ser. En nuestras evasiones nos dan el más precioso testimonio de su encuentro con la Palabra de Dios, que es Cristo Jesús, en el silencio interior y contemplativo, para que nos sea devuelta la capacidad de escucha de la Palabra y la luz a los ojos, para que nos vuelva a latir el corazón con el fuego de Dios. Nada hace ensanchar el corazón humano tanto como considerar que Dios y su Palabra son el único bien. Porque la vida tiene sentido cuando Dios y su Palabra son reconocidos y acogidos como Bien supremo.

¡Que el testimonio de los consagrados contemplativos nos ayude a valorar el silencio interior como medio necesario para escuchar y acoger la Palabra de Dios!

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de San Pascual Baylón

Iglesia Basílica de San Pascual, Villarreal – 17.05.2008

(Ecco 2, 7-13; 1 Cor 1, 26-31; Mt 11, 25-30)

 

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor

A los pies de los restos de San Pascual, el Señor Jesús nos ha convocado en este día de Fiesta en torno a la mesa de su Palabra y de su Eucaristía para honrar y venerar a nuestro santo patrono, al Patrono de Villarreal y al Patrono de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón. Os saludo de todo corazón a todos cuantos os habéis unido a esta celebración de la Eucaristía, aquí en la Basílica o desde vuestros hogares a través de la radio o de la televisión.

Al celebrar la Fiesta de San Pascual, nuestro Patrono, vienen a nuestra memoria su vida sencilla de pastor y hermano lego; vienen también a nuestro recuerdo sus virtudes de humildad y de confianza en Dios, de entrega y servicio a los hermanos, a los pobres y a los más necesitados, y, sobre todo, recordamos su gran amor a la Eucaristía y su profunda devoción a la Virgen.

Al mirar a Pascual se aviva en nosotros la historia de nuestro pueblo y de nuestra Iglesia diocesana; es una historia entretejida por tantas personas sencillas, que, como Pascual, supieron acoger a Dios en su vida y confiar en él, que se dejaron transformar por el amor Dios y lo hicieron vida en el amor y el servicio a los hermanos; personas que, unidas a Cristo, fueron en su vida ordinaria testigos elocuentes del Evangelio de Jesucristo.

No nos limitemos a mirar con nostalgia el pasado, ni a quedarnos en el recuerdo frío de la tradición. Celebremos con verdadera fe y devoción a San Pascual. Hacerlo así implica mirar el presente y dejarnos interpelar por nuestro Patrono en nuestra condición de cristianos hoy; significa preguntarnos por el grado de nuestro seguimiento de Jesucristo, de nuestra fe y vida cristiana, por la transmisión de la fe a nuestros niños y jóvenes, por la vida cristiana de de nuestras familias y por la fuerza evangelizadora de nuestras comunidades parroquiales, eclesiales y de nuestras cofradías. Mirando el ejemplo de santidad de Pascual en su vida ordinaria pidamos por su intercesión que se avive nuestra fe, que se fortalezca nuestra esperanza y que se acreciente nuestra caridad.

En la sencilla y conmovedora historia de San Pascual, en todo aquello que configuró su existencia, se refleja bien cómo el pastor y fraile no se separó nunca de Cristo Jesús “hecho para nosotros sabiduría y justicia, santificación y redención” (1 Cor 1, 30). Pascual vivió unido a la verdadera vid que es Cristo, alimentó su vida en una profunda vivencia de la Eucaristía, siguiendo la estela de María, la Virgen, la humilde doncella de Nazaret. Su unión a Cristo y su amor a la Eucaristía fueron la fuente de su práctica diaria del amor cristiano. De él se puede decir que “confió en el Señor y no fue defraudado, que perseveró en su temor y no fue abandonado, que lo invocó y no fue despreciado” (Ecco 2, 10). Como dice San Pablo a los Corintios, Pascual no supo “gloriarse sino en el Señor” (1 Cor 1,31).

San Pascual, hombre sencillo y humilde, supo intuir que es bueno confiar en Dios y dar gracias al Señor, buscar su gloria y descubrir la grandeza de sus obras y la profundidad de sus designios (cf. Sal 92,6). El Evangelio de hoy nos ha recordado que las realidades profundas de Dios sólo pueden ser entendidas no por los sabios y entendidos de este mundo sino “por la gente sencilla” (Mt 11,27). Las cosas de Dios y a Dios mismo sólo se les puede amar y comprender desde la humildad confiada. Cuando el ser humano da rienda al orgullo, a la soberbia, a la auto-suficiencia, se cierra a Dios y aparecen sus dioses, a los que dedica todo: atención, tiempo y energías; esos dioses ante los cuales sacrifica su vida y la de los demás; son los ídolos del dinero, del negocio, del poder y del placer.

Como cristianos nos hemos de preguntar: ¿a qué dios adoramos? ¿en qué dios creemos? Cuando no se cree en el Dios único y verdadero, el Dios amor que nos muestra  y ofrece Jesucristo, se cree en muchos dioses, que no salvan, sino que esclavizan. Pascual nos ayuda a volver nuestra mirada a Dios, al Dios que es Uno y Trino, al Dios que es Amor, que sale de sí mismo para darse, que ama al mundo y al ser humano; se comunica y dialoga con él. Un Dios cercano, que viene al encuentro del hombre en su Hijo, Jesucristo. Es un Dios que nos envuelve en su misterio, que quiere ser conocido, amado y adorado. Pascual supo en todo momento vivir en unión íntima de amor con el Dios que le amaba, un amor que alimentó constantemente en su presencia permanente y en su fuente inagotable que es la Eucaristía, el Sacramento de la caridad.

San Pascual nos invita esta mañana a entrar en el corazón del misterio de la Eucaristía, el sacramento de la caridad y el vínculo de la unidad; un misterio que se ha de creer, celebrar y vivir, como nos ha recordado Benedicto XVI (Exh. Postsinodal Sacramentum Charitatis). La Eucaristía es el bien más precioso que tenemos los cristianos. Es el don que Jesús hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre. Por esto, la Eucaristía es una fuente de esperanza para toda la humanidad y, de manera muy especial, para los más pobres y necesitados.

Sí, hermanos. Nos urge avivar nuestra fe en la Eucaristía, en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, y, en él, nuestra fe en Dios, Uno y Trino, el Dios que es amor. “En la Eucaristía, Jesús no da ‘algo’, sino a sí mismo; ofrece su cuerpo y derrama su sangre. Entrega así toda su vida, manifestando la fuente originaria de este amor divino. Él es el Hijo eterno que el Padre ha entregado por nosotros” (Benedicto XVI, 7). “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo” (Jn 6,51). Jesús es el Pan de vida, que el Padre eterno da a los hombres.

En la Eucaristía nos llega toda la vida divina y se comparte con nosotros en la forma del Sacramento. En el don eucarístico, Jesucristo nos comunica la misma vida divina. Se trata de un don absolutamente gratuito, que se debe sólo a las promesas de Dios, cumplidas más allá de toda medida.

Si creemos de verdad en la Eucaristía, esta fe nos llevará a su celebración frecuente, a una participación activa, plena y fructuosa, para lo que debemos estar debidamente dispuestos. Conscientes de que la Eucaristía es un principio de vida para el cristiano, hemos de recuperar la participación en la Eucaristía dominical, y hacerlo en familia. Que bien los entendieron aquellos cristianos de Bitinia, que, pese a la prohibición de reunirse para la Eucaristía bajo pena de muerte, fueron sorprendidos por los emisarios del emperador. ‘Sine Eucharistia esse non posssumus”, contestaron. Sí. Sin Eucaristía no podemos existir. “La vida de fe peligra cuando ya no se siente el deseo de participar en la Celebración eucarística, en que se hace memoria de la victoria pascual. Participar en la asamblea litúrgica dominical, junto con todos los hermanos y hermanas con los que se forma un solo cuerpo en Jesucristo, es algo que la conciencia cristiana reclama y que al mismo tiempo la forma. Perder el sentido del domingo, como día del Señor para santificar, es síntoma de una pérdida del sentido auténtico de la libertad cristiana, la libertad de los hijos de Dios” (Benedicto XVI, 73).

Pero la Eucaristía no es sólo un misterio que hemos de creer y celebrar, sino que es un misterio que hemos de vivir. “El que come vivirá por mí” (Jn 6,57). La Eucaristía contiene en sí un dinamismo que hace de él principio de vida nueva en nosotros y forma de la existencia cristiana. El alimento eucarístico nos transforma; gracias a él acabamos por ser cambiados misteriosamente. Cristo nos alimenta uniéndonos a él; el Señor nos atrae hacia sí.

Por ello, la Eucaristía ha de ir transformando toda nuestra vida en culto espiritual agradable a Dios. El nuevo culto cristiano abarca todos los aspectos de la vida, privada y pública, transfigurándola: “Cuando comáis o bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios” (1 Cor 10, 31). El cristiano está llamado a expresar en cada acto de su vida el verdadero culto a Dios. La vida cristiana se convierte en una existencia eucarística, ofrecida a Dios y entregada a los hermanos.

Al celebrar la Eucaristía y adorar a Cristo presente en ella se aviva en nosotros el amor y también la esperanza. Donde el ser humano experimenta el amor se abren puertas y caminos de esperanza. No es la ciencia, sino el amor lo que redime al hombre, nos ha recordado el Papa Benedicto XVI. Y porque el amor es lo que salva, salva tanto más cuanto más grande y fuerte es. No basta el amor frágil que nosotros podemos ofrecer. El hombre, todo hombre, necesita un amor absoluto e incondicionado para encontrar sentido a la vida y vivirla con esperanza. Y este amor es el amor de Dios, que se ha manifestado y se nos ofrece en Cristo y que tiene su máxima expresión sacramental en la Eucaristía.

Si se cree, celebra y vive la Eucaristía como el gran sacramento del amor, esto se traduce necesariamente en gestos de amor y en obras de caridad que se convierten en signos de esperanza. Amor y caridad en la vida personal hacia todos, especialmente hacia los más necesitados, de acogida de los emigrantes y sus familias, de compromiso por la dignidad de toda persona humana desde su concepción hasta su muerte natural; amor entre los esposos y hacia los hijos, que se convierte en compromiso con la transmisión de la fe y una educación integral que no margine a Dios; amor comprometido en la sociedad y en nuestra ciudad a favor del bien común, de la justicia y de la paz.

San Pascual Bailón, por ser nuestro patrono, es guía en nuestra caminar cristiano. Que de sus manos y por su intercesión se avive en nosotros la fe y la confianza en Dios, que se avive en nosotros la fe y la participación en la Eucaristía, que haga de nuestras vidas testigos del amor de Dios en el amor a los hermanos. Y como él, pedimos la protección de la Virgen María. Que la Mare de Déu de Gracia, bendiga a todos los ciudadanos y la Ciudad de Villarreal, a nuestra Iglesia diocesana, de modo especial a los que más necesitan de su protección de Madre. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

¡Dependemos de nosotros!

Queridos diocesanos

Nuestra Iglesia no puede dejar de cumplir la misión que Jesucristo le ha confiado. Aunque haya quienes quieran silenciarla o hacerla desaparecer, o haya quienes prefieran oír la voz de los que les animan a abandonarla o a vivir como si Dios no existiera, la Iglesia ha de seguir llevando el Evangelio a todos, con la palabra y con los hechos.

Para cumplir su tarea, la Iglesia, porque sin ser de este mundo está en este mundo, necesita también de medios materiales. Además de la implicación personal, activa y responsable de todos sus miembros, necesita de la colaboración económica de todos nosotros. Sin medios económicos, la Iglesia no puede llevar a cabo el anuncio del Evangelio, la catequesis, la formación de cristianos adultos, la remuneración de los sacerdotes y otras personas al servicio de la Iglesia, el culto, la atención de las parroquias, de los pobres y necesitados –aquí y en países más pobres-, la conservación del patrimonio y templos, y tantas otras cosas más.

Un modo muy importante de colaborar económicamente con la Iglesia católica es marcar con una X la casilla destinada a la ‘Iglesia católica’ en la declaración de la renta que ya ha comenzado. Por primera vez en muchos años, a partir de este ejercicio el Estado pasará a la Iglesia católica sólo la cantidad que se recaude; ya no habrá complemento con cargo a los presupuestos generales del Estado. Es decir: a partir de ahora dependemos de nosotros mismos. De aquí la importancia de comprometerse personalmente –y de animar a otros a hacerlo-, y marcar con una X la casilla en la declaración de la renta. Debemos revisar los borradores que  recibamos en casa, en los que la casilla ya viene marcada con la opción que se eligió el año pasado. Si esta opción no coincide con nuestro deseo, podemos cambiarla por Internet, por teléfono o en la oficina de la Agencia Tributaria. Hemos de hacerlo personalmente y no dejarlo en manos de otros.

Recordemos que al poner la X no se pagan más impuestos, si la declaración es positiva; y, si es negativa, tampoco se percibe menos en la devolución. Marcar la opción ‘Iglesia católica’ es además compatible con la de ‘otros fines de interés social’; la Iglesia no recibirá menos por ello. Nos hemos de preocupar personalmente de poner la X o, si nos hacen la declaración de la renta, hemos de asegurarnos de que se ponga. Según los datos sobre la declaración de la renta del 2005, en la provincia de la Castellón, un 23,16% puso la X sólo a favor de la Iglesia católica, un 34,38% sólo a favor de otros fines de interés social y un 14,81% a favor de ambas. Hemos de esforzarnos para que aumente el tanto por ciento a favor de la Iglesia católica.

Poner la X para la ‘Iglesia católica’ es un modo eficaz de ayudar a nuestra Iglesia y a nuestras parroquias en bien de todos. Espero que nos impliquemos en la Campaña de este año en mayor número que años anteriores; y pido de modo especial a los sacerdotes y a los miembros de los Consejos parroquiales de economía o de pastoral, que animen a hacerlo. La economía de nuestra Iglesia depende de todos y cada uno de nosotros; cuanto más reciba, más podrá dar. Lo que la Iglesia recibe no lo destina a enriquecerse sino a cumplir su misión, que beneficia a todos.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de San Juan de Ávila

 

Castellón, Seminario Mater Dei, 9 de Mayo de 2008

(1 Pt 5,2-3, Sal 88; Jn 10, 11-16)

 

 

Amados sacerdotes, diáconos y seminaristas.

Con alegría celebramos hoy la Fiesta de San Juan Avila, el Patrono de clero español. Esta Jornada Sacerdotal es un día para la acción de gracias, para la alabanza y para la petición, hecha compromiso de vida.

Damos gracias a Dios por el don de San Juan de Avila, “maestro ejemplar por la santidad de su vida y por su celo apostólico” (oración colecta). Animados por el Apóstol de Andalucía, por su espíritu, ejemplo y enseñanzas, manifestamos nuestra gratitud por el don de nuestro ministerio y nuestra alegría en nuestro seguimiento del Señor. Con las palabras del Salmo (88), cantamos las misericordias del Señor, proclamamos su grandeza por las maravillas que ha obrado en nosotros. Unidos en la oración suplicamos a Dios Padre que nos conceda la gracia de la santidad y de la fidelidad creciente a todos los sacerdotes, siguiendo las huellas de su Hijo, el Buen Pastor, y el ejemplo de nuestro Patrono, San Juan de Avila.

Yo soy el Buen Pastor” (Jn 10, 11), dice Jesús de sí mismo, en el Evangelio que hemos proclamado. Así es como Jesús se presenta a sus discípulos. El Señor usa repetidas veces la imagen del pastor y de las ovejas. Pero en el Evangelio de hoy (Jn 10, 11-16) nos propone con meridiana claridad la figura del Buen Pastor. El Buen Pastor es aquel que cuida de sus ovejas, que busca a la extraviada, que cura a la herida y que carga sobre sus hombros a la extenuada. Después de afirmar con solemnidad que Él es el Buen Pastor, nos dice que “el buen pastor da su vida por las ovejas” (Jn 10, 11). El Señor se refiere a su muerte por amor en la Cruz, una muerte aceptada voluntaria y libremente para la salvación del mundo. Jesús da su vida por los suyos. Y lo hace por amor a los suyos y por amor al Padre, en obediencia a la misión que le había encomendado, para que se forme un solo rebaño bajo un solo pastor.

A la imagen del Buen Pastor, que -conforme al término griego usado- debería decirse el Pastor bueno, perfecto en todos sus aspectos y, en este sentido, único, Jesús contrapone la imagen del pastor mercenario que ve venir al lobo y huye. El falso pastor sólo piensa en si mismo. El pastor mercenario no tiene interés alguno por sus ovejas. Es incapaz de arriesgar su vida ante el peligro. En contraste con los falsos pastores, y con los maestros de la ley, Jesús se declara el buen Pastor, el Pastor modelo, que entregó su vida por cada uno de nosotros.

Los presbíteros y los obispos hemos sido ungidos, consagrados y enviados para ser pastores y guías al servicio del pueblo de Dios. Pero somos pastores del pueblo de Dios en nombre y en representación de Cristo Jesús, el Buen Pastor. Al afirmar, pues, nuestro ser y nuestra función de pastores de la comunidad eclesial, no puede en caer en olvido el lugar central de Cristo en el Pueblo de Dios y la referencia permanente de nuestro ministerio a El; la centralidad de Jesucristo siempre debe quedar resaltada en la vida y misión de la Iglesia, en el ejercicio y vivencia de nuestro ministerio.

Por ello, el evangelio del Buen Pastor nos debe llevar a una honda reflexión a todos los pastores en la Iglesia. Con los demás cristianos, somos ovejas, cuyo único Pastor es Cristo; para los demás somos pastores en nombre y en representación de Cristo, Cabeza y Pastor. Llamados a representarle, hemos de trasparentarle existencialmente. San Juan de Avila, que tantas veces glosó esta parábola, dice al respecto: “!Oh eclesiásticos, si os mirásedes en el fuego de vuestro pastor principal, Cristo, en aquellos que os precedieron, apóstoles y discípulos, obispos mártires y pontífices santos” (Plática 7º, 92ss).

No podremos ser buenos pastores, tras las huellas del buen Pastor, sin una profunda relación de amor con Dios Padre, buscando siempre su voluntad, como Cristo Jesús. Y no podremos tampoco ser buenos pastores, sin cultivar una profunda relación de amor y amistad con Cristo Jesús, el Buen Pastor. Recordemos la triple pregunta de Jesús a Pedro, antes de encomendarle el pastoreo de la Iglesia: “Pedro ¿me amas?”(cf. Jn 21, 15-17). Nadie da lo que no tiene. Nadie puede transmitir a Cristo, si no está unido vital y existencialmente a Él por el amor. Si estamos desnutridos, si estamos alejados de la fuente de la  Vida, no podremos transmitir vida. Sólo desde nuestro amor a Cristo, podremos amar, cuidar y apacentar a aquellos que El nos encomienda, con respeto, con comprensión y, sobre todo, con verdadero amor. Nuestra caridad pastoral será la prueba de nuestro amor a Cristo.

Jesús señala las condiciones del Buen Pastor, que son: dar la vida por las ovejas; conocerlas bien, vivir entre ellas participando de sus problemas; y preocuparse especialmente de las que están fuera del redil. Son tres grandes principios para todo pastor en la Iglesia.

El buen pastor da la vida por sus ovejas …. El asalariado, en  cambio, el que no es pastor y al que no pertenecen las ovejas, cuando ve venir al lobo, las  abandona y huye, y el lobo las arrebata y las dispersa” (Jn 10, 11). Esta es la primera y principal característica del buen pastor: Dar, gastar y desgastar la propia vida por las ovejas. Es la suprema muestra del amor, del celo apostólico, de la caridad pastoral. De lo contrario se vivirá no para el ministerio, sino del ministerio; se servirá uno de él en beneficio y provecho propio, en lugar de vivirlo como servicio desinteresado a los hermanos.

San Pedro nos exhorta: “Sed pastores del rebaño de Dios a vuestro cargo, gobernándolo no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por sórdida ganancia, sino con generosidad; no como déspotas sobre la heredad de Dios, sino convirtiéndoos en modelos del rebaño” (1 Pt 5,2-3). No es el despotismo autoritario, el ‘aquí mando yo’, o ‘el aquí el párroco soy yo’, sino el amor entrañable y el servicio fraterno, lo que caracterizan al buen pastor. Ser buen pastor exige entrega incondicional y amor entrañable a los co-presbiteros, a la comunidad y a cada persona. Nuestra motivación no puede nunca ser el título o el puesto, la rentabilidad o el medrar sino vivir una permanente actitud de servicio y el testimonio de una entrega total y desinteresada a la comunidad y a los hermanos: nuestro único interés ha de ser Jesucristo, su Evangelio y llevar a las personas al encuentro con Cristo y su salvación.

Jesús, el Buen Pastor, conoce a sus ovejas, y pide que quienes les representan sigan sus huellas. Para Juan, ‘conocer a alguien’ es mucho más que saber su nombre y apellidos. Se trata de un conocimiento personal, surgido del diálogo y encuentro con el otro, del compartir sus alegrías y sus penas, su dolor y su gozo. Es el conocimiento que implica una comunidad de vida con los fieles, vivir entre ellos y con ellos, salir en su búsqueda y a su encuentro, como hizo Jesús. De lo contrario es imposible conocer sus problemas, sus gozos y sus angustias, sus necesidades e inquietudes y ofrecerles a Cristo, la Palabra y el Alimento de Vida. Existen muchas formas, y a veces muy sutiles, de vivir aparte, al margen o por encima de los fieles. Nadie puede cuidar la comunidad desde casa, desde el despacho, desde la iglesia y al resguardo del frío en tiempos de invierno pastoral por comodidad o por miedo al rechazo. El pastor bueno sale y se acerca, acorta las distancias, dialoga con su gente con cercanía y sencillez.

Así va surgiendo también un nuevo tipo de comunidad cristiana: se trata de un grupo integrado, donde se acoge y se respeta, y donde todos trabajan por el mismo objetivo: el encuentro salvífico con Cristo Jesús. Deberían bastarnos estas pocas líneas de Juan para afrontar una profunda reforma de nuestras comunidades, para que sean menos masa pasiva, para que cada uno pueda ocupar el lugar, que le corresponde.

Condición previa para conocer las ovejas, es estar con ellas. Sabemos muy bien, que cada día son más los alejados de la Iglesia, sobre todo entre los jóvenes y los matrimonios y familias jóvenes, en el mundo del trabajo, de la ciencia y en tantos otros más: esto nos está pidiendo un esfuerzo nada común. Nos hace falta crecer en celo apostólico, en caridad pastoral, para acercarnos y afrontar estos ambientes. Aquí es donde se conoce al buen pastor. El estilo pastoral, que nos pide Jesús, el Buen Pastor, es el de una pastoral misionera y propositiva, personal y personalizada. Jesús sabe acoger a las personas en un encuentro personal. En Jesús se da un respeto profundo a las personas en su intimidad más honda. Y ahí empieza la cura más profunda, su método de salvación. Es un camino delicado que trastoca nuestra forma de vivir el ministerio pastoral. Pero es el camino del buen pastor.

Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a  ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor” (Jn, 10, 16).  El auténtico pastor no se cierra en su grupo, ni piensa sólo en los de dentro ni se contenta con los que vienen. El buen pastor tiene, por el contrario, un corazón amplio, abierto, universal; se siente el servidor de todos aquellos hombres que buscan la verdad. Jesús distingue entre redil y rebaño. El rebaño es la comunidad universal de los hombres que está invitada a escuchar, acoger y vivir el Evangelio; el redil es la pequeña comunidad local integrada por un limitado número de personas. Jesús no se cierra a los que no le conocen, a los de fuera, ni les cierra las puertas; busca caminos para llegar a ellos. A menudo olvidamos esta característica del buen pastor. Seguir las huellas del Buen Pastor es aceptar este espíritu amplio, que no puede ser encerrado en las fronteras de una parroquia, diócesis, nación, cultura o raza, ni quedar reducido por la afinidad política, ideológica o de simpatía. Jesús no habla de la ‘conquista’ de los de fuera, ni menos de imponer su anuncio del Reino por la fuerza. Sí que habla por el contrario de los ‘oirán su voz’: esa voz que arroja luz en la vida, que insinúa esperanza, que tiende la mano, perdona y reconcilia.

Queridos sacerdotes, necesitamos fortalecer y mejorar nuestra vida de oración y contemplación donde vayamos adquiriendo los mismos sentimientos, actitudes y comportamientos de Cristo, el Buen Pastor. Hemos de entrar “en la escuela de la Eucaristía” y encontrar en ella el secreto para vencer el conformismo, la comodidad y el desaliento, y encontrar la energía interior que alimente nuestra caridad pastoral. En este día de fiesta el Buen Pastor nos invita de nuevo a seguir sus huellas con la radical fidelidad con que Juan de Ávila lo siguió.

El santo Maestro Avila fue un enamorado de la Eucaristía, hizo de su vida una ofrenda eucarística, signo de la caridad de Cristo que se da a los demás, siempre en comunión con la Iglesia y pendiente de las necesidades de los hombres. El es ejemplo de una vida gastada y desgastada por el Evangelio.

En esta Jornada Sacerdotal le pedimos al Señor especialmente, por los pastores de su Pueblo, los obispos y los sacerdotes, para que nos conceda ser fieles reflejos de Cristo, el Buen Pastor. Le rogamos también que nos enseñe a saber cuidar con amor entregado de la pequeña parte de ese rebaño del Señor, que nos ha encomendado. Que esta Eucaristía sea semilla fecunda de unas vidas sacerdotales cada vez más entregadas y de nuevas vocaciones al ministerio ordenado.

¡Que María, la mujer eucarística, nos acompañe a todos y cuide de nosotros para que sigamos siendo fieles a su Hijo Jesucristo, el Buen Pastor! Amen.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Año Mariano del Lledó – Antes del retorno de la imagen

HOMILIA EN LA MISA ANTES DE RETORNO DE LA MARE DE DÉU AL SANTUARIO DE LLEDÓ

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Castellón, S. I. Con-catedral, 8 de mayo de 2008

(Hech 1, 13-14; Jn 19, 26-27)

 

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor:

“Todos (los apóstoles) hacían constantemente oración en común con las mujeres, con María, la Madre de Jesús, y con sus hermanos” (Act 1, 14). Siguiendo el ejemplo de la iglesia naciente, también esta tarde todas las parroquias de Castellón, la Iglesia del Señor en la Ciudad, nos hemos reunido con María, la Mare de Deú, para la Eucaristía, la oración por excelencia de la Iglesia. Antes del retorno de la Mare de Déu al santuario queremos dar gracias a Dios, fuente de todo don, por la gracias recibidas a través de la Mare en estos días de su gozosa presencia en esta S.I. Con-Catedral. Lo he experimentado personalmente, lo he visto en vuestros rostros y lo he oído de vuestros labios. Sí: han sido de verdad días de gozo y de gracia para niños, adolescentes y jóvenes; para matrimonios y familias; para los mayores y para los enfermos: los numerosas personas que con fe y devoción se han acercado a la Mare de Déu para rezarla, para celebrar la Eucaristía y el sacramento de la Penitencia, para pedirla en su necesidad no se han visto defraudadas.

Con la Mare de Déu y a ella queremos rezar esta tarde de modo especial por nuestras comunidades parroquiales, por sus sacerdotes y por todos sus fieles. Próxima ya celebración de Pentecostés, unidos como los Apóstoles a la Mare y en ella a su Hijo, al Hijo de Dios, pedimos que nuestras parroquias se dejen fortalecer por el Espíritu Santo, para ser en verdad comunidades vivas y evangelizadoras, para que -como San Pablo- pese a la adversidad y la hostilidad sigan dando testimonio de Jesucristo y de su Evangelio-, en el barrio y en la ciudad.

Alentados por la protección amorosa de la Mare de Déu miramos esta tarde con fe y esperanza al futuro. Sabemos que el Señor Jesús está por su Espíritu siempre en medio de nosotros.

En el seno de la Iglesia diocesana, vuestras parroquias son y están llamadas a ser ámbito de comunión y de misión. Formadas por piedras vivas, cuya piedra angular es Cristo, son en los barrios signo de la presencia divina, ámbito donde Dios sale al encuentro de los hombres y mujeres, para comunicarles su vida de amor que crea lazos de comunión fraterna entre ellos. “Que todos sean uno, como tú, Padre y yo somos uno, para que el mundo crea que tu me has enviado”. Es Dios Padre quien, habitando entre los suyos y en su corazón, hace de ellos su santuario vivo por la acción del Espíritu Santo.

La parroquia será viva y estará unida en la medida en que viva fundamentada y ensamblada en Cristo, piedra angular; la comunidad parroquial será iglesia viva si por sus miembros corre la savia de la Vid que es Cristo, que genera comunión de vida y de amor con Dios y con los hermanos. En la parroquia, el Espíritu actúa especialmente a través de los signos de la nueva alianza, que ella ofrece: la Palabra de Dios y los sacramentos, especialmente la Eucaristía.

La Palabra de Dios, proclamada y explicada con fidelidad a la fe de la Iglesia y acogida con fe y con corazón disponible, nos llevará al encuentro gozoso con el Señor, Camino, Verdad y Vida. Él es la luz, que ilumina el camino de nuestra existencia, que nos fortalece, nos consuela y nos une. La proclamación y explicación de la Palabra en la fe de la Iglesia, la catequesis y la formación que se imparte en los distintos grupos no sólo deben conducir a conocer más y mejor a Cristo y su Evangelio, las verdades de la fe y de la moral cristianas; siguiendo el ejemplo de María nos han de llevar ayudar a todos y a cada uno a la adhesión personal a Cristo y a su seguimiento gozoso en el seno de la comunidad eclesial.

Seguir a Jesucristo nos impulsa a vivir unidos en su persona y su mensaje evangélico en la tradición viva de la Iglesia. La Palabra de Dios, además de ser escuchada y acogida con docilidad, ha de ser puesta en práctica (cf. Sant 1, 21-ss). Ella hace posible, por la acción de Dios, hombres nuevos con valentía y entrega generosa.

En la comunidad parroquial, Dios se nos da también a través de los Sacramentos. Al celebrar y recibir los sacramentos participamos de la vida de Dios; por los Sacramentos se alimenta y reaviva nuestra existencia cristiana, personal y comunitaria; por los Sacramentos se crea o se acrecienta y se fortalece la comunión con la parroquia, con la Iglesia diocesana y con la Iglesia Universal.

Entre los sacramentos destaca la Eucaristía. Es preciso recordar una y otra vez que la Eucaristía es el centro y el corazón de toda la vida de la comunidad y de todo cristiano. Toda la parroquia y cada cristiano han de vivir desde Eucaristía: “Sería un engaño pernicioso querer tener un comportamiento de acuerdo con el Evangelio sin recibir su fuerza de Cristo en la Eucaristía, sacramento que él instituyó para este fin. … La Eucaristía da al cristiano más fuerza para vivir las exigencias del evangelio…”. (Juan Pablo II, Aud. Gen., 12.5.1993).

Sin participar asiduamente en la Eucaristía es imposible permanecer fieles en la fe y en la vida cristiana. Como un peregrino necesita la comida para resistir hasta la meta, de la misma forma quien pretenda ser cristiano necesita el alimento de la Eucaristía. El domingo es el momento más hermoso para ir, en familia, a celebrar la Eucaristía unidos en el Señor con la comunidad parroquial. Los frutos serán muy abundantes: de paz y de unión familiar, de alegría y de fortaleza en la fe, de comunidad viva y evangelizadora.

La participación sincera, activa y fructuosa en la Eucaristía nos lleva necesariamente a vivir la fraternidad con los hermanos, nos lleva a la solidaridad con los necesitados. “Si nuestro culto eucarístico es auténtico, debe hacer aumentar en nosotros la conciencia de la dignidad de todo hombre. La conciencia de esta dignidad se convierte en el motivo más profundo de nuestra relación con el prójimo” (Juan Pablo II, Domenicae Cenae, 15). Los pobres y los enfermos, los marginados y los desfavorecidos han de tener un lugar privilegiado en la Parroquia. A ellos se ha de atender con gestos que demuestren, por parte de la comunidad parroquial, la fe y el amor en Cristo.

El Sacramento de la Penitencia será aliento y esperanza en vuestra experiencia cristiana. La humildad y la fe van muy unidas. Sólo cuando sabemos ponernos de rodillas ante Dios por el sacramento de la confesión y reconocemos nuestras debilidades y pecados podemos decir que estamos en sintonía con el Padre “rico en misericordia” (Ef 2,4). En el sacramento de la Penitencia se recupera y se fortalece nuestra comunión con Dios y con la comunidad eclesial; la experiencia del perdón de Dios, fruto de su amor misericordioso, nos da fuerza para la misión, nos empuja a ser testigos de su amor, testigos del perdón.

La vida cristiana, personal y comunitaria, se debilita cuando estos dos sacramentos decaen. Si queremos ser evangelizadores auténticos en este momento no podemos anunciar a Jesucristo sin la experiencia profunda de estos dos sacramentos. Un creyente que no se confiesa con cierta frecuencia y no participa en la Misa dominical, pronto se apartará de Cristo y con el tiempo se convierte en un cristiano amorfo. Su fe se esfuma, se queda sin consistencia.

Regenerados por la Palabra y los Sacramentos os convertiréis en ‘piedras vivas’ del edificio espiritual, que forma una comunidad cristiana, una comunidad entroncada en Cristo. Es decir: una comunidad que acoge y vive a Cristo y su Evangelio; una comunidad que proclama y celebra la alianza amorosa de Dios; una comunidad que aprende y ayuda a vivir la fraternidad cristiana conforme al espíritu de las bienaventuranzas; una comunidad que ora y ayuda a la oración; una comunidad en la que todos sus miembros se sienten y son corresponsables en su vida y su misión al servicio de la evangelización en una sociedad cada vez más descristianizada; una comunidad que es fermento de nueva humanidad, de transformación del mundo, de una cultura de la vida y del amor, de la justicia y de la paz.

Miremos a María, la Mare de Déu del Lledó. Desde la Cruz, Jesús nos la da, en la persona de Juan, como Madre de todos los creyentes. ‘Mujer ahí tienes a tu hijo‘, dice a María. Y a Juan ‘Ahí tienes a tu Madre’ (cf. Jn 19, 26-27). María es la Madre de la Iglesia, ella es nuestra madre, ella es la madre de cada comunidad parroquial. La Virgen Madre nos une en Cristo, nos protege, nos acompaña y nos alienta en nuestro caminar. Ella nos enseña a acoger a Jesús y su Palabra, ella nos muestra el camino de la adhesión personal y del seguimiento fiel, ella nos enseña a ofrecer a Cristo a todos los hombres.

 ¡Acerquémonos, hermanos, con corazón bien dispuesto a la mesa de la Eucaristía! ¡De manos de Mare de Deú, la mujer eucarística, acojamos a Cristo, alimento de vida cristiana y fuente de comunión con Dios y con los hermanos! Él nos fortalece y nos envía a ser testigos de su amor, constructores de fraternidad, de justicia y de paz. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Año Mariano del Lledó – Día del enfermo

HOMILIA EN EL DÍA DEDICADO AL ENFERMO
CON MOTIVO DEL AÑO MARIANO DEL LLEDÓ

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Castellón, S. I. Con-catedral – 6 de mayo de 2008

(Is 53, 1-5. 7-10; Lc 1, 39-56)

 

 

Amados hermanos y hermanas en Señor, mis queridos enfermos.

Con la dicha y el gozo de la visita y compañía de la Mare del Déu del Lledó celebramos esta Eucaristía, dedicada de modo especial a los enfermos. Como en su primera visita después de la Encarnación a su prima Isabel, María nos trae y nos ofrece a su Hijo, el Hijo de Dios, muerto y resucitado para la vida del mundo. El Señor resucitado, que se hace presente en esta Eucaristía, es la razón de nuestra fe, de nuestro aliento y de nuestra esperanza en la salud y en la enfermedad, en la alegría y en el gozo; en Cristo muerto y resucitado está nuestra salvación, nuestra salud integral.

La Maré de Deú nos ofrece al Salvador del mundo y, en Él, la “salvación de Dios”, una salvación que abarca al hombre entero, cuerpo, alma y espíritu. Y no sólo mientras peregrinamos aquí en la tierra, sino también, y, principalmente, cuando nos convertimos en ciudadanos del cielo. Por eso, al comienzo de la Misa hemos rezado por intercesión de la Mare de Déu: “Te pedimos, Señor, que nosotros, tus siervos, gocemos siempre de salud de alma y cuerpo, y por la intercesión de santa María, la Virgen, líbranos de las tristezas de este mundo y concédenos las alegrías del cielo”.

La salva­ción de Cristo, que María nos ofrece, cambia radicalmente nuestra condición humana: la opresión se convierte en libertad, la ignorancia en conocimiento de la verdad, la enfermedad en salud, la tristeza en alegría, la muerte en vida, la esclavitud del pecado en participación de la naturale­za divina. En este mundo no podemos alcanzar la salvación total y perfecta, ya que nuestra vida está sujeta al dolor, a la enfermedad, a la muerte. La “salvación de Dios” es Jesucristo en persona, a quien el Padre envió al mundo como Salvador del hombre y médico de los cuerpos y de las almas. El es el “Siervo del Señor” (Is 53, 1-5. 7-10), que “soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores” y cuyas “cicatrices nos curaron”; Jesús, durante los días de su vida terrena, movido por su misericor­dia, curó a muchos enfermos, librándolos también con frecuencia de las heridas del pecado.

También la santísima Virgen, la Mare de Déu, por ser madre de Cristo, Salvador de los hombres, y madre de los fieles, nos socorre con amor a nosotros, sus hijos, cuando nos ha­llamos en necesidad. Por esto, es bueno que los enfermos acudáis, para recibir, por su intercesión, la salud.

María nos remite a Dios, nos remite a su Hijo y en él a los hermanos. En el Evangelio hemos proclamado el fragmento de san Lucas sobre la visitación de María a su parienta Isabel (Lc 1, 39-56). Es una invitación a contemplar a la santísima Virgen, que, llena de fe, alaba la misericordia de Dios, y, a la vez, se apresura a visitar a la madre del Precursor, para que de su mano nos sin­tamos impelidos a imitar su solicitud en la atención a los hermanos y hermanas enfermos.

María, la llena de gracia, la amada de Dios, nos invita a proclamar la misericordia de Dios. “Proclama mi alma la grandeza del Señor” (Lc 1, 46). María nos muestra que Dios es amor, que Dios nos ama, y que Dios pide que nos amemos; la consigna del amor es el programa principal y prioritario de los cristianos.

Antes de nada y ante todo, nos dice San Juan: Dios es amor (1 Jn 4,16). Éste es el Dios que Cristo Jesús nos ha revelado, el Dios que nos muestra la Mare de Déu, el Dios en quien hemos de creer los cristianos. El Dios Uno y Trino de nuestra fe, es comunión de vida y de amor: El amor del Padre engrendra al Hijo, y del amor del Padre y del Hijo, procede el Espíritu Santo. Y por amor, el Hijo es enviado al mundo, y se hace hombre en el seno virginal de María. Hemos de preguntarnos si éste es el modo como cada uno de nosotros entendemos y vivimos a Dios. Sobre todo en nuestra vida diaria, personal y familiar, comunitaria y eclesial, en la alegría y en el dolor, en la dificultad y en el gozo, o en el modo de vivir a Dios, cuando nos dirigimos a él, cuando oramos y rezamos.

Dios es amor. Este es y debe ser nuestro modo de conocer y de vivir a Dios, de relacionarnos con El. Todo lo que no sea entender y vivir nuestra fe como una adhesión al Dios que es Amor y como una relación con el Dios que es Amor, será un modo erróneo y deformado de entender y vivir nuestra fe cristiana. Y la Iglesia, nuestra Iglesia diocesana y su concreción en cada comunidad parroquial, debe ser la comunidad donde esto se afirme, donde esto se viva, donde esto se predique y comunique.

Dios no sólo es amor, sino que nos ama. “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo” (Jn 15, 9). No somos nosotros los que amamos primero. Es él el que nos ha amado, anticipándose a nosotros. Y lo ha demostrado en toda la historia, en la Mare de Déu, en nuestra historia personal, sobre todo en su momento central, cuando envió a Cristo Jesús, su Hijo.

Cristo Jesús es rostro de Dios amor: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo”. En Cristo vemos el amor de Dios. Cristo nos muestra su amor: “Ya no os llamo siervos, os llamo amigos”. Y lo puede decir en verdad, porque es el que mejor ha hecho realidad esa palabra: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. El Cristo de la Pascua, el  Cristo entregado a la muerte y resucitado a la vida, es el que puede hablar de amor. La mejor prueba del amor de Dios la tenemos precisamente en la Pascua de Resurrección: ha resucitado a Jesús y en él a todos nosotros, comunicándonos su propia vida, una vida que va más allá del dolor y del umbral de la muerte. Una vida que plenifica. Por amor, Dios nos llama a la vida, y vida en plenitud.

Como consecuencia del amor que Dios nos tiene en su Hijo, Jesús nos pide: “Amaos unos a otros como yo os he amado” (Jn 15, 12). Una conclusión que parece que rompe la lógica, porque se podría suponer que acabara de otro modo: si Dios os ama, si yo os he demostrado mi amor, responded vosotros con vuestro amor a Dios y a mí. Y sin embargo, la conclusión de Jesús es otra: “Amaos unos a otros”. Porque sólo el que ama a los demás “ha nacido de Dios”, sólo el que ama “conoce a Dios”. El amor entregado y recibido de Dios en su Hijo Jesucristo nos implica en su dinamismo a cada uno de nosotros. Debe convertirse en nuestra entrega: “Amaos unos a  otros como yo os he amado”, con una atención activa y constante para no dejar prevalecer la naturaleza egoísta en nuestro modo de sentir, pensar, hablar y obrar. No es fácil pero para eso se nos ha dado el Espíritu.

Al final de nuestros días nos examinará del amor, especialmente de nuestro amor a los enfermos. “Venid benditos de mi Padre,.. porque estuve enfermo y me visitasteis”. Es lo que hemos de vivir en todos los aspectos de nuestra vida personal y comunitaria. Un aspecto primordial en la vida del cristiano y de toda comunidad cristina es la atención, el cuidado, la ayuda, en una palabra, el amor para con los enfermos. El mandamiento del amor tiene una aplicación peculiar, primordial, con aquellos de nuestros hermanos y hermanas que sufren por la enfermedad. Son los que más necesitan nuestra compañía, ayuda y amor pero también con quien más nos cuesta. Por eso, hoy, pedimos especialmente por los enfermos. Por ellos y por nosotros: para que sepamos darles siempre y cada vez más todo nuestro amor.

Este día nos invita de nuevo a dirigir nuestra mirada a Cristo, para que, escuchando su palabra, nos sintamos impulsados hacia un renovado testimonio de amor en tantas situaciones de sufrimiento físico y moral del mundo de hoy. Hemos de hacer de los enfermos una prioridad de la acción pastoral y de la vida de cada parroquia. El servicio a los enfermos y a los que sufren ha sido siempre una parte integrante de la misión de la Iglesia, ya que forma parte de su entraña salvífica y evangelizadora; los enfermos han de ocupar, por tanto, un lugar prioritario en la vida y misión de todas nuestras comunidades cristianas. Es en el territorio de la parroquia donde viven la mayor parte de los enfermos y aquellas otras personas que, junto con ellos, son los principales destinatarios y agentes de la acción pastoral. Toda comunidad cristiana está llamada a encarnar el modelo de salud ofrecido por Cristo a los hombres y mujeres de su tiempo. Esto pide de la comunidad cristiana sentirse salvada y sanada en su interior, experimentar el gozo de la salvación y comprobar que la fe, la esperanza y el amor son saludables. Toda comunidad cristiana ha de acoger y no excluir, porque abre a todos la mesa del Pan y de la Palabra, y ser creativa en el servicio a los enfermos, como lo es el amor.

El dolor y la enfermedad forman parte del misterio del hombre en la tierra. Es justo luchar contra la enfermedad, porque la salud es un don de Dios. Pero es importante también saber leer el designio de Dios cuando el sufrimiento llama a nuestra puerta. Y es cristiano dirigirse a El en la ancianidad y en la enfermedad para pedirle la salud integral, espiritual y corporal si así son los planes del Señor, como lo vamos a hacer esta tarde con el sacramento de la unción. Miremos la cruz del Señor. El Verbo encarnado acogió nuestra debilidad, asumiéndola sobre sí en el misterio de la cruz. Desde entonces, el sufrimiento tiene una posibilidad de sentido, que lo hace singularmente valioso. Desde hace dos mil años, desde el día de la pasión, la cruz brilla como suprema manifestación del amor que Dios siente por nosotros. Quien sabe acogerla en su vida, experimenta cómo el dolor, iluminado por la fe, se transforma en fuente de gracia, de esperanza y de salvación.

A María, Salud de los enfermos y Consuelo de los afligidos, le encomendamos hoy, a todos los que sufren la falta de salud; ella es la Madre solícita y compasiva de la humanidad que sufre. Bajo su protección maternal ponemos a todos cuantos trabajan en el mundo de la salud. Bajo su manto protector ponemos también el servicio desinteresado de tantos sacerdotes, religiosos y laicos comprometidos en el campo de la salud, que atienden generosamente a los enfermos, a los que sufren y a los moribundos.

¡Acerquémonos, hermanos, con corazón bien dispuesto al sacramento de la Unción y a la mesa de la Eucaristía! ¡Acojamos a Cristo, nuestro Salvador, alimento de vida cristiana y fuente de comunión con Dios y con los hermanos! Él nos fortalece y nos envía a ser testigos de su amor y de la esperanza que no defrauda. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Encuentro de Apostolado Seglar

Queridos diocesanos:

Hace unos días me dirigía a todo el Pueblo de Dios en nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón para invitaros al Encuentro diocesano de Apostolado Seglar. Lo celebraremos, D. m., el día 10 de mayo, en el Seminario Mater Dei de Castellón. El día elegido no puede ser más significativo: la Víspera de Pentecostés. Al recordar la venida del Espíritu sobre la Iglesia naciente y la salida en misión de los primeros evangelizadores en Pentecostés, celebramos también con toda la Iglesia en España la Jornada del Apostolado Seglar y de la Acción Católica.

El Encuentro está pensado para todos: sacerdotes, religiosos y seglares; y, de modo especial, para los grupos y movimientos, para los movimientos clásicos –y no sólo para los así llamados movimientos apostólicos como la Acción Católica-, y para los nuevos movimientos de nuestra Iglesia diocesana. Al mismo están invitados también todos los seglares implicados más estrechamente en la vida y misión nuestra Iglesia.

Ya desde mi llegada a vosotros como Obispo, Padre y Pastor, percibí la necesidad de trabajar por la comunión de todos los movimientos y grupos en la única comunión y misión de nuestra Iglesia diocesana. He afirmado más de una vez que todo grupo y movimiento debidamente reconocido por la Iglesia tiene su legítimo lugar y papel en la vida y misión de nuestra Iglesia diocesana; pero ello siempre en la unidad de la fe, de la celebración y de la comunión con el Obispo diocesano y al servicio de la única misión de nuestra Iglesia. Todos ellos son complementarios: ninguno puede arrogarse ser la Iglesia ni creer que lleva a cabo la vida y misión de la Iglesia en su totalidad.

No cabe duda que la fuente de la comunión es Dios, Uno y Trino, en Cristo. Todos y cada uno hemos de estar personalmente unidos a Cristo Jesús bajo la acción del Espíritu para que se cree unión entre nosotros. Ahora bien: para que se construya, a la vez, una real comunión entre nosotros, y entre los grupos y movimientos necesitamos conocernos, valorarnos y acogernos de corazón. Existen con frecuencia prejuicios, fruto muchas veces de un conocimiento y de una valoración insuficientes, que dificultan la comunión y, en consecuencia, la misión.

Por todo ello queremos que este encuentro sea un día de convivencia para todos los movimientos y realidades eclesiales presentes en nuestra Diócesis: todos sois dones del Espíritu Santo que hemos de conocer, valorar y agradecer para vivir la unidad desde la legítima pluralidad. En esta Jornada oraremos juntos, compartiremos las experiencias y los valores de los movimientos y asociaciones, daremos gracias a Dios por la riqueza que significa para nuestra Diócesis la existencia de tantos movimientos de seglares, conoceremos el carisma de los otros para acogerlos como un don para bien de toda la Iglesia diocesana. En definitiva, queremos celebrar juntos la Vigilia de Pentecostés escuchando la voz del Espíritu y compartiendo en la unidad los diversos dones que Él nos reparte.

El gran signo hoy hemos de dar a nuestro mundo es vivir fraternalmente en la unidad de la comunión y misión eclesial. Las divisiones y exclusiones laceran profundamente la Iglesia e impiden a mucha gente abrazar la fe. Vivamos en la unidad que nace del Espíritu Santo.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Apertura del Año Mariano del Lledó

Basílica de Nuestra Señora, la Mare de Déu del Lledó, Castellón – 1 de mayo de 2008

(1 Re 8, 1.3-7.9-11; Ap 21, 1-5ª; Lc 1, 26-38)

 

Siempre es gozoso celebrar la memoria de la Mare de Déu del Lledó, nuestra Reina y Señora, la Patrona de Castellón. Pero es aún más gozoso, si cabe, iniciar todo un año dedicado especialmente a la Mare de Déu del Lledó. Así queremos celebrar la coronación de su imagen en 1924 por coincidir este año el día de su coronación, el 4 de mayo, en Domingo. A lo largo de este año queremos mostrar nuestro amor y cariño a nuestra Reina y Señora. Al contemplarla coronada cantamos la grandeza de la Mare de Déu; y en su grandeza no cantamos otra cosa que la grandeza inmensa de Dios en ella. María es grande porque Dios es grande, porque ella ha dejado a Dios ser grande en su persona y en su vida. María es la ‘llena de gracia’, la llena de Dios y de su amor; de su mano queremos ir a Dios en su Hijo Jesucristo

Saludo de todo corazón a cuantos habéis secundado la llamada de la Madre: al Ilmo. Sr. Prior de esta singular Basílica, que nos acoge esta tarde; al Ilmo. Sr. Prior, Presidente, Junta Directiva y Cofrades de la Real Cofradía de la Mare de Dèu del Lledó, a la Sra. Presidenta y Camareras de la Virgen, así como a quienes ocupaban estos cargos en 1983, año de la declaración del basilicato de este santuario. Saludo también con todo afecto a las muy dignas autoridades, en especial, al Ilmo. Sr. Alcalde y Miembros de la Corporación Municipal de Castellón, Diputados provinciales y regionales. Mi saludo cordial también a mis hermanos sacerdotes concelebrantes, al Ilmo. Cabildo Con-catedral, a los Sres. Arciprestes y Párrocos de Castellón, a los diáconos y seminaristas, y a cuantos, recordando nuestra condición de peregrinos en la vida, habéis venido hasta esta Basílica del Lledó para participar en esta solemne Misa estacional.

El recuerdo de la coronación de la imagen de Nuestra Señora de Lledó en el 25º Aniversario de la declaración del basilicato de este santuario mariano ha de acrecentar nuestra devoción a la Madre, para avivar a través de Ella nuestra fe en el misterio del Dios vivo que, por su infinita misericordia, ha coronado a la Madre de su Hijo haciendo en Ella y por Ella obras grandes, llenándola de la plenitud de su gracia, de su amor y de su vida.

Al contemplar coronada esta entrañable imagen, venerada en nuestra tierra desde hace más de 600 años, proclamamos y reconocemos que la Virgen María es testimonio vivo de Dios. María, la Mare de Déu del Lledó, es “la morada de Dios entre los hombres” (Ap 21,3). María es “templo santo” porque lleva en sus entrañas virginales al mismo Hijo de Dios; ella es el Arca de la nueva Alianza, por ser la Madre de Dios, Jesucristo, la Alianza definitiva de Dios con la humanidad. María, toda ella, es presencia y manifestación de Dios. Toda su persona y su vida son transparencia de Dios. Con sus palabras “he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38), María nos muestra que Dios es lo único necesario, que sólo Él basta.

Antes y más allá de nuestros deseos y esperanzas, de nuestras necesidades y exigencias, de nuestros intereses y preferencias, Dios es Dios y hemos de dejar a Dios ser Dios en nuestra vida personal y comunitaria, en nuestra vida familiar y social. Así nos lo muestra la Virgen María. Su persona y su vida, su palabra y su oración, su humildad y su disponibilidad, su entrega y su obediencia, sus gestos y su comportamiento: todo en ella está marcado por una referencia radical a Dios. María ha hecho de su vida una entrega sin reserva al querer de Dios, al amor de Dios y a la misión que Dios le ha confiado. María ha hecho de su vida un servicio incondicional a Dios y, en Él, a los hermanos, a toda la humanidad. “Hágase en mí según tu palabra”: Con estas palabras, María pone en Dios su persona, su vida, su aliento, su destino; y así proclama la soberanía absoluta del Dios vivo.

Dios es el centro de la Vida. En María todo converge en Dios. Es su confianza sin condiciones en Dios lo que nos muestra a Dios tal cual es y desenmascara los falsos dioses que no son más que hechura del hombre, ídolos que esclavizan y que no liberan ni salvan.

Cuando María se entrega a Dios, actualiza totalmente el amor expresado en aquella confesión de fe que ella como buena israelita repetía diariamente: “Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es el único Señor” (Dt 6,4). María nos muestra el señorío del Dios único, en el que todo hombre encuentra su luz y su sentido. Toda la humanidad está necesitada de la luz y de la verdad de Dios; esta necesidad es un verdadero clamor en nuestros días. La Mare de Déu del Lledó “coronada” es faro en la oscuridad de nuestra noche, faro que nos conduce hacia la Luz, que es Dios: porque ella es la esclava del Señor, la llena de gracia, la dichosa porque acoge la Palabra de Dios y la cumple, la bienaventurada porque ha creído, la que es grande porque ha dejado a Dios ser grande en su vida. La Virgen María nos enseña a vivir con la confianza puesta enteramente en Dios. María nos muestra que el reconocimiento de Dios reclama la acogida y la obediencia fiel, la disponibilidad plena, el amor total y desinteresado, la apertura ilimitada a la voluntad de Dios, la fidelidad inquebrantable por encima de todo al encargo recibido de Él. Y esto es fuente de dicha, gozo del don y de la gracia, generación de vida y libertad, raíz y cumplimiento de la esperanza.

Por todo ello, María, la mujer creyente, puede escuchar aquella bienaventuranza de su prima Isabel: “Dichosa tú que has creído” (Lc 1, 45). A este saludo de Isabel, María responde con el canto del Magníficat. Las palabras de María proclaman la grandeza, la soberanía y el señorío de Dios; le reconocen como el que está en el principio y en el fin de todas las cosas y le confiesa como Aquel que tiene la iniciativa de la creación y de la salvación. María proclama gozosa que Dios es el único al que debemos someter nuestra vida y del que podemos esperar la salvación definitiva. María se confía en el Señor y no será confundida para siempre. Ella sabe bien de quién se ha fiado.

En el Magníficat María nos canta la verdad de Dios, que no es otra sino su misericordia infinita, su obra que engrandece, levanta, libera y salva al hombre, las maravillas que Él ha hecho, hace y hará en favor de los hombres. Esta es la verdad de Dios, que ha hecho en ella maravillas en María.

Y ésta es también la verdad del hombre. Esta es la grandeza de todo ser humano: ser de Dios, ser criatura suya, amada por Él, imagen y semejanza suya. Ser de Dios y vivir para Dios, mostrar a Dios y dejar que aparezca su grandeza en el hombre, vivir la obediencia a Dios y cumplir su voluntad, ésta es la más genuina verdad del ser humano.

El verdadero problema de nuestro tiempo es la quiebra de humanidad, o sea, la falta de una visión verdadera del hombre, que es inseparable de Dios. El error fundamental del hombre actual es querer prescindir de Dios en su vida, erigirse a sí mismo en el centro de su existencia, suplantar a Dios, querer ser dios sin Dios. Es el drama del hombre moderno, que ha pensado que apartando a Dios de su vida, siendo autónomo, siguiendo las propias ideas y voluntad, llegaría a ser realmente libre para hacer lo que le apetezca sin tener que obedecer a nadie. Pero cuando Dios desaparece, el hombre no llega a ser más grande; al contrario, pierde la dignidad divina, pierde el esplendor de Dios en su rostro. Al final se convierte sólo en el producto de una evolución ciega, del que se puede usar y abusar (Benedicto XVI).

Todo cambia si hay Dios o si, por el contrario, no hay Dios en la vida. El hombre es grande sólo si Dios es Dios, si Dios es grande, todopoderoso, creador y señor de todo. El olvido de Dios o su rechazo trae el tiempo de indigencia y pequeñez humana que nos toca vivir, a pesar de todas las apariencias. No tener a Dios es la mayor de las pobrezas humanas: al hombre le falta todo cuando le falta Dios, porque le falta cuanto de verdad puede llenar su corazón grande, su alma sedienta de bien, de amor, de verdad, de hermosura, de felicidad, de grandeza; cuando al hombre le falta Dios pierde el esplendor y la grandeza de Dios en su rostro. Eso es lo que ha confirmado la experiencia de nuestra época. Sólo desde Dios, sólo a partir de Él, la tierra llegará a ser humana, la tierra será habitable a la luz de Dios.

Allí donde se deja a Dios ser Dios, donde se deja y se busca que se muestre su grandeza y se cumple la voluntad de Dios, allí está Dios, están los nuevos cielos y la nueva tierra.

Entre nosotros hay voces y movimientos empeñados en hacer desaparecer a Dios de nuestra vida, de nuestras familias, de la educación de niños, adolescentes y jóvenes, de la cultura y de la vida pública. A esto conduce el laicismo esencial al que parece que se quiere llevar a nuestra sociedad. Pero la historia, incluso la historia muy reciente, demuestra que no puede haber una sociedad libre, en progreso de humanidad, fraterna y solidaria, al margen de Dios. Quien no conoce a Dios, no conoce al hombre, y quien olvida a Dios acaba ignorando la verdadera grandeza y dignidad de todo hombre.

El Año Mariano, que hoy iniciamos, es un tiempo de gracia de Dios para convertirnos a Dios de manos de María; un tiempo de gracia para dejar a Dios ser Dios, para que Él ocupe de verdad el lugar central que le corresponde en nuestra existencia; un tiempo de gracia que nos ayuda a dejar que Dios sea grande en nuestra vida, en nuestras familias, en nuestra sociedad, para que no se pierdan las raíces cristianas de nuestra nuestro pueblo y de nuestra ciudad de Castellón.

De manos de Maria hemos de redescubrir a Dios, no a un Dios cualquiera, sino al Dios con el rostro humano, que vemos en Jesucristo, Hijo de Dios e Hijo de María.. Los caminos hacia el futuro no los encontraremos si no recibimos la luz que viene desde lo alto, la luz de Dios y que es Dios mismo. No propugnamos una sociedad confesional, aunque ojalá que todos conociesen y creyesen, porque es ahí donde está la vida eterna. La fe, lo sabemos, se propone, no se impone.

La Iglesia y los cristianos tenemos el deber de afirmar y proclamar a Dios, como María, con la palabra y con los hechos, con la certeza de que así afirmamos y servimos al hombre. Tarea principal de nuestra Iglesia diocesana y de nuestras parroquias de Castellón es avivar y alimentar de manos de María la experiencia de Dios en Cristo hoy, para abrirse como Ella al amor de Dios, a su gracia, a su presencia; y desde ahí dar testimonio de Cristo y de su Evangelio, abrir las ventanas cerradas que no dejan pasar la claridad, para que su luz pueda brillar entre nosotros, para que haya espacio para su presencia pues allí donde está Dios nuestra vida resulta luminosa, incluso en la fatiga de nuestra existencia. Nuestra Iglesia -no lo olvidemos- existe para que Dios, el Dios vivo, que se nos ha manifestado en Jesucristo, sea dado a conocer, para que el hombre pueda vivir ante su mirada, en su presencia. La Iglesia existe, como María, para dar testimonio de Dios, de su Hijo Jesucristo y de su Evangelio y llevar a los hombres a Dios en Cristo, fuente de su libertad, fundamento de la verdad, razón última de nuestro ser y de nuestra esperanza.

Miremos a María, la Mare de Déu del Lledó. Ella fue enteramente de Dios y vivió para Dios; Ella fue la fiel esclava del Señor que se plegó enteramente a la voluntad, a la palabra de Dios. ¡Que la Mare de Déu nos ayude a vivir como Ella, de tal manera que toda nuestra vida sea una proclamación y una alabanza de la grandeza de Dios! Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón