Fiesta del Ssmo. Cristo del Calvario

 

Iglesia Parroquial de L’Alcora, 31 de agosto de 2008

(Nm 21, 4b-9; Sal 77; Flp 2,6-11; Jn 3, 13-17)

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor

Un año más celebráis con gran alegría la fiesta del Ssmo. Cristo del Calvario. Agradezco de todo corazón la invitación de vuestros sacerdotes a presidir esta Eucaristía en el día de vuestras fiestas patronales. Me alegro poder celebrarla con vosotros y comprobar personalmente vuestra gran devoción al Santísimo Cristo del Calvario. Es ésta una devoción con una larga tradición entre vosotros, que año tras año expresáis durante estos días.

Vuestra devoción al Ssmo. Cristo del Calvario no puede quedar reducida a una bella tradición del pasado, heredada de nuestros mayores, o unos actos populares; pero una tradición y unos actos, que, al fin y a la postre, no tendrían incidencia alguna en vuestro presente. La Santa Misa Solemne y la procesión de esta noche nos llevan como de la mano a la fuente y al centro de nuestra celebración, de nuestras fiestas: y éstos no son otros sino Jesucristo.  Sólo si nuestra celebración está anclada en una fe viva en Cristo Jesús, el Señor muerto y resucitado para la vida del mundo, se mantendrá también viva vuestra devoción, y ésta será fuente permanente de vida cristiana para todos nosotros y de esperanza para vuestro pueblo de L’Alcora. Nada hay que signifique más para un cristiano y para una comunidad cristiana que la experiencia del encuentro con Cristo resucitado y la vivencia de la fe en Cristo. Toda la vida de un cristiano y de una comunidad cristiana pende y depende de su fe, del grado y de la energía de su fe. Por eso hoy nos exhorta el salmista: “No olvidéis las acciones del Señor”  (Sal 77). Y, si somos sinceros y agradecidos, ¡cómo no recordar y reconocer, ante todo, la acción y el apoyo de Dios en vuestra historia a través del Santísimo Cristo del Calvario!

Sí, hermanos y hermanas: En el centro de nuestra celebración está Cristo, clavado en la Cruz. Y la Cruz es la manifestación suprema del amor de Dios hacia la humanidad, hacia todos y cada uno de nosotros. ‘Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”, leíamos en el Evangelio de San Juan (3, 15).

En la Cruz, Cristo nos manifiesta el verdadero rostro de Dios. Un Dios que es Amor infinito, eterno y fiel, compasivo y misericordioso. Por puro amor, Dios nos ha llamado a la existencia, nos ha creado a su imagen y semejanza, y nos invita a participar de su misma vida. Dios no es un competidor del ser humano, de su deseo de libertad o de su anhelo de felicidad. Al contrario: Dios quiere que el hombre viva, que sea verdaderamente libre y feliz. Tal es su amor, que Dios ni tan siquiera nos abandona, cuando en uso de nuestra libertad rechazamos su amistad y su amor: Dios en su amor compasivo y misericordioso, sale a nuestro encuentro para darnos el abrazo del perdón y de la reconciliación. Dios envía a su mismo Hijo, para recuperarnos del mundo de las tinieblas, de la esclavitud y de la muerte.

En la Cruz está clavado el Hijo de Dios. El ha asumido nuestra naturaleza humana, se ha despojado de su rango, ha tomado la condición de esclavo y se he hecho uno de tantos; el Hijo de Dios se ha unido a todos nosotros, ha compartido nuestro destino, hasta la muerte. En la Cruz de Cristo está nuestra redención, nuestra Salvación, porque la muerte no es final. Cristo vive, porque ha resucitado. Dios lo ‘levantó sobre todo y le concedió el ‘Nombre-sobre-todo-nombre’. Venid y adorémosle;  proclamemos juntos ‘Jesucristo es el Señor”, él es nuestra Salvación.

En la Cruz, el Dios-Hijo sufre por amor hacia todos para devolvernos a la vida y al amor de Dios. Este Cristo nos muestra que Dios hace suyos nuestros abandonos y desvaríos, nuestro dolor, nuestro pecado y nuestra muerte. Dios no nos deja solos en la noche oscura de este mundo, en nuestras dudas y desesperanzas, en las tinieblas del sufrimiento, del dolor y de la muerte. En Cristo Jesús, Dios mismo, nos busca y sale nuestro encuentro en su mismo Hijo porque nos ama y nos sigue amando cuando nos alejamos de El por el pecado. Dios quiere para todo hombre la vida sin límites, feliz, inmortal y eterna.

En Cristo, Dios mismo nos manifiesta cuál es su plan sobre toda la creación y, en particular, sobre el hombre. Preguntas como qué somos y quiénes somos los hombres, de dónde procedemos y hacia dónde caminamos, cuál es el sentido de nuestra existencia y de nuestra historia, encuentran en Jesús su respuesta definitiva. En El, el ser humano es elevado a la dignidad de ser hijos en el Hijo (TMA 4).

Hoy, mirando al Santo Cristo podemos preguntarnos ¿Cómo está nuestra fe en Dios y en su Hijo Jesucristo? ¿No es verdad que también nosotros, hijos amados de Dios, puede que vivamos con frecuencia como si Dios no existiera? Es posible que nos dejemos arrastrar por la mentalidad dominante, y rechacemos de hecho nuestra condición de hijos amados por Dios. Puede que nos hayamos alejado de él; que nos avergoncemos de nuestra condición de cristianos; que reduzcamos nuestra fe cristiana a momentos puntuales de culto, sin ninguna incidencia en nuestra vida: en la vida personal y ciudadana, en la vida matrimonial y familiar, en la vida cultural y social o en la educación de los niños, de los adolescentes y de los jóvenes.

Como ocurriera al Pueblo de Israel en el desierto, también nosotros, extenuados del camino, murmuramos de Dios, nos alejamos de Él y de su Hijo, Jesucristo, de su Palabra, de sus mandamientos, de sus Sacramentos, nos alejamos de la comunidad de los creyentes, de su Iglesia. Si somos sinceros confesaremos que también nosotros, damos la espalda a Dios, dejamos de lado a Jesucristo, somos cobardes cuando un laicismo radical quiere marginar a Dios de nuestras vidas e imponernos una cultura sin Dios. Si somos sinceros reconocemos que también nosotros intentamos saciar nuestra sed de verdad y de vida en fuentes contaminadas, incapaces de saciar nuestra sed felicidad y de salvación.

Hoy en el Cristo del Calvario, Dios sale una vez más a nuestro encuentro, porque nos ama. ‘Con amor eterno te he amado’ (Jer 31,3), ‘te he recogido en mis mas brazos’ (Sal 131,2), y aunque una madre se olvidara de su hijo, yo no me olvidaré de ti”. A los pies de este Cristo podemos descubrir que Dios es Amor por nosotros, porque él es Amor. Un Dios que nos ama con un amor siempre nuevo y personal, con un amor que le lleva hasta el límite del infinito dolor de la cruz, un amor que nos sigue amando y buscando pese a nuestros rechazos y desvaríos.

“Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna” (Jn 3, 14). Cristo Jesús es la respuesta de Dios a nuestra sed de verdad, de vida, de amor, de libertad y de felicidad. Y no hay otra respuesta a esta sed. Cristo no nos quita nada, Cristo nos da hasta su propia vida, para que tengamos vida. Cristo quiere saciar nuestra sed de vida, de felicidad, de libertad. Él es el Agua verdadera, no la superficial e inmediata de los valores fáciles de este mundo. Él es la verdad de Dios sobre el hombre, sobre el amor verdadero y la felicidad plena. Jesucristo nos ofrece el don de Dios que llega al corazón del hombre, el agua para nuestro peregrinar por el desierto de la vida hacia la Pascua definitiva. No tengamos miedo. Abramos nuestro corazón a Cristo.

No es verdad que el ser humano sea más grande, más libre y más feliz, cuando aparta a Dios de su vida. No es verdad que para ser buenos ciudadanos tengamos que prescindir de Dios y educar a nuestros hijos sin referencia alguna a Dios, a la verdad, al bien. Como pretende la nueva asignatura ‘Educación para la Ciudadanía’, obligatoria para todos los alumnos y todos los centros. La verdadera libertad es la libertad para hacer el bien. La verdadera felicidad sólo se encuentra en Dios, en su amor eterno e infinito, en el amor a Dios y en el amor al prójimo. Ni el poseer, ni el placer a toda costa saciarán nuestra innata sed de vida y de felicidad. No nos dejemos llevar por la moda imperante del laicismo que excluye a Dios de la vida humana, ni del hedonismo rampante que reduce la vida a ‘pan y circo’, ni del nihilismo que nos lleva a la destrucción y la nada. Nuestro origen y nuestro destino es la vida misma de Dios, que nos ofrece este Ssmo. Cristo del Calvario.

La historia de Israel y las palabras del Señor en el Evangelio nos deben interpelar en nuestra historia concreta y personal, en nuestras familias, en nuestra historia comunitaria. Dejemos que se avive nuestra fe en Cristo Jesús, muerto y resucitado para la vida del mundo. Porque Cristo ha dado su vida para que tengamos Vida. Quien de verdad se encuentra con Cristo, el Mesías, el Salvador, el Camino, la Verdad y la Vida, no sólo le sigue, sino que lo acoge en su vida y se entrega a Él. Quien descubre a Cristo, se siente llamado a proclamar y a llevar a Cristo a quienes tienen sed del agua viva, de la Verdad, del Amor y de la Felicidad, para que en Él sacien su sed. Por ello un creyente no puede guardar silencio cuando se niega la verdad del hombre, criatura de Dios, o no se respeta la dignidad y la vida humana desde su concepción hasta su muerte natural.

“El que cree en Cristo tendrá vida eterna” (Jn 3,14-17). El mundo tiene sed. Los niños, los adolescentes, los jóvenes y los adultos, nuestra sociedad siguen teniendo sed: sed de verdad pese al relativismo reinante, sed de amor pese al egoísmo imperante y sed de verdadera felicidad pese a los reclamos fáciles: en una palabra: nuestro mundo tiene sed de Dios. A los discípulos de Jesús, a los que hallan la vida sin contaminar en Cristo, en el amor de Dios derramado en su corazón por el don del Espíritu, les corresponde hoy devolver al mundo la verdadera esperanza. Pero esto no se consigue haciendo promesas sino creyendo en Cristo y en su Promesa, y dejándose conducir por el Espíritu de Cristo, en el seno de la Iglesia.

Acudamos al Santísimo Cristo, al estilo del pueblo de Israel, que después de haberse visto acosado por las mordeduras venenosas de las serpientes clavan su mirada ante la serpiente de bronce para verse liberados de la enfermedad.

Sin este Cristo, al que amáis, vuestra vida estaría falta de sentido. Al amor misericordioso de Dios, manifestado en la Cruz, encomendamos hoy a los niños, a los adolescentes y a los jóvenes, a nuestros matrimonios y a las familias, a los mayores, a los enfermos y a los necesitados, a todo el pueblo de L’Alcora.

Que María, la Virgen, que se mantuvo fiel a su Hijo Jesucristo hasta la Cruz, nos ayude a ser valientes en los momentos de dificultad en nuestra fe, en los momentos de sufrimiento y de dolor. Que ella nos lleve a Cristo, el camino la verdad y la vida. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón.