A favor de la familia y de la vida humana

Queridos diocesanos

En la Fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret celebramos la Jornada por la Familia y por la Vida. La familia y la vida humana están íntimamente unidas y ambas están sustentadas por el amor. Por ello se celebra esta Jornada en el domingo inmediato a la Navidad, que es la manifestación suprema del amor de Dios, que en Belén se hace hombre por amor al hombre.

Las raíces más hondas de la familia y de la vida se encuentran en Dios, en su amor creador del ser humano, y, por ello, en la misma naturaleza humana. Dios crea por amor al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza. Dios los llama a la vida, al amor y a la comunión mutua, fiel y para siempre en el matrimonio. Dios mismo hace fecunda su unión amorosa en los hijos. “Los creó hombre y mujer y los bendijo diciendo: creced y multiplicaos, llenad la tierra” (Gn 1,27-28). En todo hombre y en toda mujer hay una llamada de Dios al amor y a la comunión interpersonal. El amor conyugal nace de la admiración mutua de un hombre y de una mujer ante la belleza y la bondad del otro e incluye una llamada a la comunión y a la transmisión de la vida. Es una llamada de Dios al amor esponsal que les lleva a la íntima entrega mutua para ser padre y madre responsables y amorosos. De la comunión del hombre y de la mujer en el matrimonio surge la familia.

Sin embargo, desde una perspectiva laicista y de total autonomía moral del individuo y del Estado se rechaza esta comprensión del matrimonio, de la familia y de la vida humana. No se admite que el matrimonio sea sólo la unión de un hombre y de una mujer, que ésta unión mutua lo sea para siempre o, al menos, estable, que la familia se base en el matrimonio, que la unión de los esposos para ser verdadera manifestación del amor matrimonial ha de estar abierta a la nueva vida, que la vida humana no se fabrica sino que se procrea como fruto del amor entre los esposos, que toda vida humana desde el momento mismo de su concepción hasta su muerte natural ha de ser querida, respetada y defendida.

No cabe duda que la propaganda explícita y la propaganda subliminal van minando también la conciencia de muchos católicos. No es infrecuente escuchar que la Iglesia ha de ‘adaptarse’ a la sociedad, aun a costa de abandonar su fidelidad al Evangelio en la tradición viva de la Iglesia y así su fidelidad al ser humano según el plan de Dios. Se acepta como algo probado la acusación que se hace a la Iglesia de oponerse a los así llamados ‘avances’ de la ciencia, sin tan siquiera preguntarse si todo lo científicamente posible es también moralmente aceptable. ¿Son de verdad un avance que merezca el apelativo de ‘humano’ el ‘divorcio expres’, el número creciente de familias rotas, la destrucción de innumerables embriones, el alarmante y creciente número de abortos, o las depresiones que sufren las mujeres que abortan?

La Jornada de hoy nos invita una vez más a volver nuestra mirada a Dios para acoger, proclamar y vivir sin complejos el Evangelio del matrimonio, de la familia y de la vida en la comunión en la fe y en la moral de nuestra Iglesia. Hemos de recuperar su anuncio en la catequesis, en las homilías, en los cursos de formación y en nuestros medios; y hemos de hacerlo sin miedo como servicio al Evangelio, a los hombres y a la sociedad.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de la Sagrada Familia

Castellón, Iglesia de Sto. Tomás de Villanueva, 28 de diciembre de 2008

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor!

Hoy, domingo dentro de la octava de Navidad, celebramos con toda la Iglesia la Fiesta de la Sagrada Familia. La Navidad es no es solo la Fiesta de Dios que se hace hombre. Es también la fiesta de la familia y de la vida. Porque es el seno de una familia, la Sagrada Familia, donde es acogido con gozo, nace y crece el Hijo de Dios, hecho hombre. Por ello, también la Iglesia en España celebra la Jornada por la familia y por la vida, que este año ha tenido de nuevo su momento central en la Eucaristía celebrada esta mañana en la plaza de Colón en Madrid. También, nuestra Iglesia diocesana se une a esta gran fiesta de la Familia con esta Eucaristía, cuya celebración programada hace tiempo nos pedía quedar en nuestra Diócesis.

La Iglesia nos presenta hoy como modelo a la Sagrada Familia de Nazaret. Una familia integrada por José, María y Jesús. Un padre carpintero, que inició al hijo en las artes de su oficio para servir a la comunidad. Una madre generosa, capaz de guardar en el corazón los tesoros silenciosos de su experiencia de vida. Un hijo que crecía en amor y sabiduría delante de los ojos de Dios y de todos los hombres, escuchando a sus padres y siguiendo las tradiciones de su pueblo.

El Evangelio de este día (Lc 2,22-40) nos recuerda la escena en que María y José acu­den al templo para cumplir con el mandato de presentar al Niño y ofrecer un rescate por él. Este dato nos invita a comprender que toda familia ha de vivir siempre ante Dios. Cada vez que contemplamos a la Sagrada Familia encontramos esa obediencia pronta a la voluntad de Dios; nunca hay excusas para retrasar el cumplimiento de cualquier llamada de Dios.

La Familia Sagrada es un hogar en que cada uno de sus integrantes vive con perfección la propia vocación recibida de Dios: José la de esposo y padre, Maria la de esposa y madre y Jesús la de hijo. En este hogar, Jesús es acogido y aprende a prepararse para la misión que el Padre le ha confiado; un hogar donde Jesús se desarrolla humana y espiritualmente, donde crece en sabiduría y gracia. La Sagrada Familia es una escuela de amor, de acogida, de respeto, de diálogo y de comprensión mutuos, es una escuela de oración. Un modelo donde todos los cristianos podemos encontrar el ejemplo de que es posible vivir de acuerdo con la voluntad de Dios, acogiendo y siguiendo la propia vocación recibida

La felicidad de esta familia basa en su total apertura a Dios. Con el salmista podemos cantar. “Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos” (Sal 127). Poner en el centro de la familia a Dios nunca va en detrimento de la misma. Aunque a veces, ante nuestra mirada humana, pueda parecer lo contrario, cuanto más estamos con Dios, más y mejor amamos a nuestros seres queridos: más fuerte se hace el amor y la unión entre los esposos y en la familia, más verdadero es el amor a los hijos. Conozco a padres que se enfadan cuando sus hijos abrazaban la fe o que intentan disuadir a sus hijos de su posible entrada en el semina­rio o de seguir la vocación a la vida consagrada.

Detrás de esas actitudes se esconde una rebeldía contra Dios: la de no reconocer que Dios es el más grande, más que el padre o madre, y que a Él se le debe la obediencia primera. Frente a esta forma de obrar de los hombres está la acción de Dios, que bendice a la familia y quiere que los hijos se adentren en su amor a través de ella.

Para Pablo el amor que ha de darse en la familia cristiana, para ser reflejo del amor divino, es un amor recíproco, entregado, respetuoso, que incluye necesariamente el perdón: “Sobrellevaos mutuamente y perdonaos” (Col 3, 13). Este amor es el único vínculo que mantiene unida a la familia más allá de todas las tensiones y dificultades; este amor es el verdadero alimento de la familia, de los esposos y de los hijos; este amor preserva a la familia de la desintegración.

Los padres, a su vez, son imagen del amor que Dios nos tiene y un mandamiento específico nos prescribe cómo hemos de respetarlos. El que honra a padre y madre, honra a Dios (Cf. Si 2, 6.12-14). Detrás de los padres encuentra Dios, sin el cual no puede nacer ningún hombre nuevo. Engendrar y traer hijos al mundo es un acontecimiento que sólo es posible con Dios; los hijos son un don de Dios. Por eso en el cuarto mandamiento el amor agradecido a los padres es inseparable de la gratitud debida a Dios. Aquí se encierran verdades que no pasan de moda.

En Navidad, el Hijo de Dios, hecho hombre, nos muestra a Dios y su rostro amoroso; y, a la vez, nos muestra al hombre, su verdadero rostro, nuestro verdadero origen y destino, según el proyecto de Dios. En Jesús queda renovada la creación entera; el ser humano, hombre y la mujer, y todas las dimensiones de la vida humana han sido desveladas e iluminadas en su sentido más profundo por el Hijo de Dios, y, a la vez, han quedado sanadas y elevadas. En el Hijo de Dios han adquirido también su verdadero sentido el matrimonio y la familia, y el valor inalienable toda vida humana, que es don y criatura de Dios, llamada a participar sin fin de su amor.

Dios no quita nada al hombre sino que se lo da todo, nos ha dicho Benedicto XVI. En nuestra sociedad posmoderna, secularizada y con problemas de identidad, las encuestas siguen señalando que la institución más valorada por los jóvenes es la familia. Sin embargo, la familia se enfrenta a múltiples peligros y amenazas. Desde su inte­rior, se hace evidente la dificultad de muchos esposos para crecer juntos en el camino que emprendieron en el matrimonio; dificultad para crecer en el amor y en la fidelidad; dificultad para que su amor conyugal esté siempre abierto a una nueva vida; desde el exterior, existen presiones cultura­les y sociales, así como leyes que ponen a prueba su identidad matrimonial y familiar.

Fiel al Evangelio del matrimonio y de la familia, la Iglesia proclama que la familia se funda, según el querer de Dios, sobre la unión indisoluble entre un hombre y una mujer, quienes, en su mutua entrega, se abren responsablemente a la fecundidad y asumen la tarea de educar a los hijos que les son dados. Aunque para muchos esto no sea así, nosotros debemos profundizar en esa insti­tución establecida y santificada por Dios. Para quien se abre a Dios y a su gracia, es posible vivir el Evangelio del matrimonio y de la familia.

La familia sigue siendo insustituible para el verdadero desarrollo de los esposos y de los hijos, y para la vertebración de la sociedad. En la actualidad se favorecen otros tipos de uniones de hombre y mujer fuera del matrimonio, incluso entre personas del mismo sexo; también se propugnan otros modelos de familia. Con todo ello, en el fondo se ataca y se destruye el verdadero y único matrimonio y la familia en su misma esencia y fundamento; se olvida que el matrimonio y la familia son insustituibles para la acogida, la formación y desarrollo de la persona humana y para la vertebración básica de la sociedad. Sus efectos están a la vista: cada vez más falta amor verdadero en las relaciones humanas, se trivializan el amor y la sexualidad humana, se debilitan las expresiones más nobles y fundamentales del amor humano –el amor esponsal, el amor materno y paterno, el amor filial, el amor entre hermanos-, desciende de forma dramática y alarmante la natalidad,  aumenta el número de niños con graves perturbaciones de su personalidad y se crea un clima que termina frecuentemente en la violencia. Cuando el matrimonio y la familia entran en crisis, es la misma sociedad la que enferma.

Los matrimonios y las familias cristianas pueden ofrecer un ejemplo convincente de que es posible vivir un matrimonio de manera plenamente conforme con el proyecto de Dios y las verdaderas exigencias de los cónyuges y de los hijos. Éste es el mejor modo de anunciar la Buena nueva del matrimonio y de la familia.

Asimismo se extiende la llamada “cultura de la muerte”, que cuestiona la buena nueva de toda vida humana. Por si no hubiera poco con el alarmante actual número de abortos se anuncia más permisividad legislativa. Ante esta lacra, que clama al cielo, como Iglesia hemos de proclamar con fuerza la cultura de la vida, en la que cada ser humano desde su concepción hasta su ocaso natural posee una dignidad inalienable por ser criatura de Dios; ni nuestros legisladores ni quienes quedan embarazadas son dueños de la vida humana concebida; como tampoco es nadie dueño de una vida humana debilitada por la edad o por la enfermedad. Todo ser humano ha de ser acogido, respetado y defendido por todos.

Ante la realidad del número creciente de abortos y el anuncio de la ampliación de la despenalización del mismo, ante la propaganda de la eutanasia activa y ante los innumerables embriones matados en aras de la ciencia, los católicos no podemos mirar hacia otro lado. No podemos callar. Es urgente nuestro compromiso efectivo en la promoción y la defensa de toda vida humana, en la acogida y en el respeto de la vida de cada ser humano: esta es la base de una sociedad verdaderamente humana y de un progreso verdaderamente humano. No se trata de imponer una perspectiva de fe, sino de defender los valores propios e inalienables de todo ser humano. Este compromiso ha de ser personal, de nuestras familias, de nuestras comunidades, de toda nuestra Iglesia diocesana. Espero de nuestra Delegación de pastoral familiar y defensa de la vida, comenzando por sus responsables, que asuma el papel relevante que le corresponde en este ámbito. Hay que despertar para ponerse manos a la obra con renovada intensidad y esperanza.

No corremos tiempos fáciles para el matrimonio, la familia y la vida humana. El Evangelio de hoy nos llama a perseverar en el camino de Dios. No celebraríamos bien la Navidad, si no acogemos y vivimos la buena nueva que el Nacimiento de Hijo de Dios, la Palabra definitiva de Dios a los hombres, nos ofrece sobre el matrimonio, la familia y la vida. Acojamos, vivamos y anunciemos esta Buena nueva. A la protección de la Sagrada Familia encomendamos esta tarde a los matrimonios, a las familias y toda vida humana. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Día de Navidad

Castellón – 25 de diciembre de 2008

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor!

Un niño nos ha nacido, un hijo se nos dado”, (Is 9, 5). Estas palabras del Profeta Isaías encierran la verdad de este gran día; estas palabras nos ayudan, a la vez, a entrar en su misterio y nos introducen en el gozo de esta fiesta.

Un niño nos ha nacido”, que, en apariencia, es uno de tantos niños. Nos ha nacido un Niño en un establo de Belén, en una situación de penuria, fragilidad y humildad:  nace pobre entre los pobres. Pero el Niño que nace es “el Hijo” por excelencia: este Niño es el Hijo de Dios, de la misma naturaleza del Padre, “reflejo de su gloria, impronta de su ser” (Hb 1,3). Anunciado por los profetas, el Hijo de Dios se hizo hombre por obra del Espíritu Santo en el seno de la Inmaculada Virgen María. Cuando, hoy proclamemos en el Credo las palabras “y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen, y se hizo hombre”, todos nos arrodillaremos. Meditaremos breve, pero intensamente el misterio que hoy se realiza: el Hijo de Dios “se hizo hombre”. Si todavía nos queda capacidad de asombro y gratitud, contemplemos el misterio de la Navidad, adoremos al Niño-Dios. Hoy viene a nosotros el Hijo de Dios y nosotros lo recibimos de rodillas en adoración agradecida.

Sí hermanos: Adoremos al Niño con sentida gratitud, porque “un Hijo se nos ha dado”. La Navidad es don de Dios para toda la humanidad. La Navidad es el mayor don de Dios, porque Dios nos da a su propio Hijo por pura gratuidad, por puro e inmerecido amor al hombre. Jesús, el Hijo que nos ha sido dado, ha querido compartir con nosotros la condición humana para comunicarnos la vida divina. No nos dejemos distraer por los ruidos exteriores o los tintes neopaganos de las celebraciones navideñas en nuestros días. No nos dejemos embaucar por los intentos de silenciar o de negar el sentido propio de la Navidad.

Navidad, su raíz más profunda y su razón suprema, que Dios nace a la vida humana, Dios se hace hombre, el Hijo de Dios toma nuestra naturaleza humana para hacernos partícipes de la vida de Dios. Navidad es el nacimiento de Jesús en Belén: Dios se ha unido y está para siempre con nosotros. Nuestro Dios no es un dios lejano, al margen de la historia humana o enfrentado a la humanidad. El Dios que hoy se nos muestra en este Niño es el Dios-con-nosotros, que entra en nuestra historia y la comparte, es el Dios que está a favor de los hombres: El Niño-Dios es el Emmanuel. “La gloria del hombre es Dios y la gloria de Dios es el hombre; que el hombre viva”, nos dice San Irineo. Es una tentación y una tragedia, presente ya desde el origen de la historia humana, pensar que Dios es el adversario del hombre. El Dios, que se manifiesta en el Niño-Dios nacido en Belén, no es un dios celoso del hombre, de su desarrollo, de su progreso o de su  realización. Dios, hermanos, no es el opio del hombre; es decir, una ilusión construida por el hombre con lo mejor de si mismo, que le impida ser él mismo.

No, hermanos. Dios se hace hombre por amor al hombre; Dios nace para que el ser humano lo sea en verdad y en plenitud, es decir conforme a su condición de ‘imagen de Dios’. Si el ser humano quiere serlo en verdad y conforme a su propia dignidad de ‘imagen de Dios’, no puede silenciar a Dios, no puede marginarlo de su vida, o no puede intentar liberarse de El declarando su muerte para comenzar así a ser hombre. En Jesucristo y por Jesucristo, Dios ha hecho suya la causa del hombre, ha empeñado su palabra en la salvación del mundo. Sólo en Cristo Jesús encuentra el hombre su identidad, su plenitud y la salvación.

“La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn 1,14), hemos proclamado en el Evangelio. La Palabra, que ya existía desde el principio y antes de todo, la Palabra por la que Dios creó cielo y tierra, porque la Palabra es Dios, esa misma Palabra toma carne en un momento de la historia humana. Jesús, el Niño-Dios nacido en Belén de la Virgen María, es la Palabra definitiva de Dios, es la manifestación y revelación de Dios mismo a los hombres. Es el mismo Dios, quien se revela, quien se manifiesta y quien se pone a nuestro alcance en este Niño que nace en Belén. Este Niño-Dios es la manifestación definitiva de Dios. “Ahora, en la etapa final, (Dios) nos ha hablado por el Hijo” (Hb 1,2). No tenemos otro camino para conocer e ir a Dios y para encontrarnos con El sino el Niño-Dios. Jesús dirá más tarde a uno de sus discípulos: “Felipe, el que me ve a mí, ve al Padre” (Jn 14, 9). Porque la Palabra de Dios se ha hecho carne; no es un fantasma o una ficción retórica, sino un hombre de verdad, de carne y hueso: Jesucristo. No es tampoco un mito de la religión, ni es una leyenda piadosa, sino una persona real de la historia humana. Si creemos así, creeremos que el nacimiento de Jesús es la epifanía de Dios. En Jesús y por Jesús, Dios sale al encuentro del hombre. En Jesús y por Jesús, es Dios con nosotros, en medio de nuestro mundo, inserto en nuestra historia, que ya no podemos distorsionar.

Cristo Jesús, la Palabra hecha carne, culmina la plenitud de los tiempos. El es el centro de la historia y el cumplimiento de la promesa de Dios, que es promesa de salvación. En el nacimiento de Jesús, Dios pone su tienda en el campamento de la humanidad, cambia el rumbo de la historia, haciéndose solidario del empeño humano de construir la fraternidad universal. Dios se hace nuestro prójimo y el prójimo deviene el punto de mira que nos orienta y conduce a Dios. Por eso, cuando la Navidad alumbra a Dios, se convierte en una espoleta de paz y de fraternidad. La humanidad, más que nunca en nuestros días, está necesitada de ese Niño-Dios, “el Príncipe de la paz”, para que acalle el ruido de las armas, para que se respete toda vida humana, para que se ponga unión en las familias, serenidad y verdad en las mentes, perdón y reconciliación entre las naciones, gratuidad y amor frente tanto egoísmo.

El nacimiento de Jesús significa el encuentro de Dios con los hombres, pero también el encuentro del hombre -de todos los hombres- con Dios. Al venir Dios a este mundo abre definitivamente el camino de los hombres a Dios. De esta suerte se nos da la posibilidad de alcanzar la suprema aspiración del hombre: ser como Dios. Pues dice Juan que a cuantos lo recibieron les dio el poder ser hijos de Dios, no por obra de la raza, sangre o nación, sino por la fe: si creen en su nombre (cf Jn 1,12).

La Navidad no es un hecho del pasado sino del presente. Y será del presente en la medida en que dejemos que Dios llegue a nosotros. Muchos, hoy como entonces, tampoco se darán cuenta del nacimiento en carne del Hijo de Dios. Seguirán creyendo que Dios hace tiempo que enmudeció, que dejó de interesarse por el hombre, o que se olvidó de nuestra realidad sufriente. Muchos dirán incluso que el hombre no tiene necesidad de Dios. En medio, de tanto colorido desvirtuado y de tanto contrasentido navideño, Dios, por encima de todo, viene y nace. Esa es la gran verdad: ¡Dios nace de nuevo en cada hombre y en cada mujer que esté dispuesto a acogerle en la fe, a dejarle espacio en su vida!

Acerquémonos, hermanos, al Portal de Belén con una actitud contemplativa, de silencio y de adoración, de amor y de fe. Navidad pide de todo cristiano contemplar el misterio, acogerlo en el corazón y en la vida, celebrarlo en la liturgia junto con otros creyentes. No nos avergoncemos de confesar con alegría nuestra fe en el Niño-Dios. Mostremos al Niño-Dios con humildad a nuestro mundo para que Cristo llegue también a quienes no lo conocen, no creen en El o lo rechazan.

¡Que el fulgor de su nacimiento ilumine la noche del mundo! ¡Que la fuerza de su mensaje de amor destruya las asechanzas del maligno! ¡Que el don de su vida nos haga comprender cada vez más cuánto vale la vida de todo ser humano! ¡Que El Niño-Dios, el Principie de la Paz, nos conceda su Paz, la Paz de Dios! ¡Que el Niño-Dios encienda de nuevo la esperanza en nosotros! Sólo El nos asegura el triunfo del amor sobre el odio, de la luz sobre las tinieblas, de la vida sobre la muerte. ¡Que nuestros deseos de paz en estos días no sean tan efímeros como el árbol que adorna nuestro hogar! ¡Y que la alegría de esta Navidad, se prolongue durante todo el año, como el nacimiento hacia una vida que quiere crecer y madurar en el amor, en la verdad, en la justicia y en la paz! ¡Feliz, santa y cristiana Navidad para todos! Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

La Luz de la Navidad

Queridos diocesanos:

 “Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor” (Lc 2,10-11). Con estas palabras, el ángel anuncia a los pastores el nacimiento de Jesús en Belén. Esta es la buena noticia de la Navidad, la razón más profunda de nuestra alegría navideña y el motivo de nuestra esperanza. Como los pastores, los cristianos escuchamos con estupor este anuncio y acudimos con gozo a Belén a contemplar este misterio de salvación: el Hijo de Dios, la Palabra eterna de Dios, se hace carne y acampa entre nosotros. Dios viene hasta nosotros, se hace uno de los nuestros y asume nuestra propia carne.

Ese Niño, que yace humilde y pobre en el portal, es el Mesías esperado, es la luz para el pueblo que camina en tinieblas (cf. Is 9, 1). Al pueblo oprimido y doliente se le apareció “una gran luz”. Es la luz de la nueva creación. En el Niño de Belén, la luz originaria vuelve a resplandecer en el cielo para toda la humanidad y despeja las tinieblas del pecado. La luz radiante de Dios aparece en el horizonte de la historia para proponer a los hombres un nuevo futuro de esperanza. Es la luz divina que da valor y sentido a la vida de todo ser humano. Sin ella, todo estaría desolado y nada tendría sentido. Dios se hace hombre para hacernos partícipes de su misma vida divina y de su gloria eterna.

El Niño Dios no es una idea o invención humana, sino el mismo Dios que se hace presente por amor entre nosotros. Él viene para alumbrar nuestra noche, para orientar nuestros caminos y para llevarnos por la senda de la verdad. Él viene para sanar nuestras dolencias y pecados, para darnos la vida de Dios. En la noche fría y oscura de la Navidad, nace Dios; la luz se hace palabra y mensaje de esperanza.

Pero, ¿no contrasta esta certeza de la fe con nuestra realidad? Hoy también nuestro mundo vive una noche oscura y camina muchas veces en tinieblas, porque está huérfano de Dios. La tiniebla de nuestro mundo es esa voluntad recalcitrante de querer vivir sin Dios o de espaldas a Él. La noche obscura de nuestro mundo es declarar con tono altivo la muerte de Dios para suplantarlo por el hombre. La tiniebla del hombre de hoy es el rechazo mezquino del amor de Dios; un rechazo nacido del corazón satisfecho con los logros limitados de la ciencia y la técnica.

Sin embargo, el mundo sin Dios se convierte en un mundo en que reina la frialdad egoísta y calculadora de los hombres. La frialdad y la oscuridad de la historia contemporánea se manifiestan en las guerras, el terrorismo, el desprecio de la vida humana, el afán desmedido de lucro a costa de los demás, las víctimas de la violencia y de los malos tratos, las situaciones de injusticia y tantas otras situaciones adversas.

Hoy resuena de nuevo: “No temáis, hoy nos ha nacido un Salvador”. Este Niño tierno y frágil cambiará la historia del hombre: las desgracias en gracia, la muerte en vida, el sufrimiento en gloria, la tristeza en alegría, el odio en amor, la esclavitud en libertad, la debilidad en fuerza, los llantos en alegría, la corrupción en solidaridad, los rencores en fraternidad gozosa. En este Niño-Dios se nos ha dado el amor. El quiere nacer en todos. Acojámosle. En este sentido os deseo a todos feliz Navidad.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Preparar hoy la Navidad

Queridos diocesanos:

El Adviento es tiempo de preparación para la Navidad. ¿Cómo hacerlo en estos tiempos de crisis económica y espiritual? Los cristianos no podemos olvidar que en Navidad celebramos el nacimiento del Hijo de Dios. En Belén se nos muestra la entrañable humanidad de Dios y su solidaridad con el hombre. El Niño Dios, que nace en Belén, es el ‘Emmanuel’, el ‘Dios con nosotros’, el Mesías, el Salvador. En este Niño se manifiesta el Amor de Dios, que ofrece al hombre su vida y su amor. Dios ama tanto al hombre, que no tiene a menos hacerse uno de los nuestros para abrirnos el camino hacia su amor, para ser sus hijos y, en él, hermanos de todos los hombres; en Belén, Dios nos abre el camino al amor fraterno y solidario.

“Gloria a Dios en las alturas y en la tierra al hombre paz”, cantaremos en Navidad. San Ireneo decía que “la gloria de Dios es que el hombre viva”. La gloria de Dios no es algo que nos aleje de Él, sino algo que nos acerca a Él. La gloria de Dios es el resplandor que brota de su gran corazón; no es otra cosa sino el amor de Dios. De este amor divino nace el hombre.

Dios quiere al ser humano y se goza con sus hijos, los hombres. A Dios le alegra y le glorifica que el hombre viva. El amor de Dios es creativo y crea al hombre para que llegue a su plenitud. En esto consiste el amor, en que el amado sea lo más perfecto posible. La gloria de Dios se manifiesta dando vida y esplendor a sus criaturas. Por así decirlo, la gloria de Dios crece en la medida en que se acoge y crece la vida del hombre. La gloria de Dios dignifica al hombre, y la gloria del hombre engrandece la gloria de Dios. Dios quiere que el hombre viva, porque El es Amor y Vida.

En Navidad, Dios viene para que el hombre tenga vida. La razón última de este misterio es el gran amor de Dios. Jesús nace para que nos sintamos amados por Dios, para que tengamos vida y nos abramos a la esperanza. Jesús viene para curar e iluminar, para levantar y liberar, para perdonar y salvar. Jesús es el Dios que salva, ama y da Vida. La vida que Dios quiere para el hombre es la vida en plenitud. Esta vida empieza por la vida natural: Jesús también cura a los enfermos, alimenta a los hambrientos y resucita a los muertos. Esta vida sigue con la vida de comunión y del perdón, de la caridad fraterna y solidaria, de la paz y la justicia.

Prepararse para la Navidad es acoger a Dios y, a la vez, trabajar por acoger a los hombres, luchar para que todo hombre pueda vivir con dignidad. Prepararse a la Navidad es comprometerse con la vida humana desde su concepción hasta su muerte natural; es extender la mano para levantar al caído; es acoger al que sufre soledad, pobreza, paro o marginación; es enfrentarse a la mentira que degrada y destruye; es rescatar al esclavo de sus vicios. Preparar la Navidad es saber dar a alguien razones para vivir y alentar la esperanza de muchos, amar desinteresadamente y que tu amor cree amor.

Son muchos los que a causa de la crisis económica están pasando verdadera necesidad, material y espiritual. Para ayudarles, nuestra Cáritas diocesana ha lanzado una colecta extraordinaria. De nuestra generosidad depende que Cáritas pueda atender a los más desfavorecidos. Así daremos gloria a Dios, celebraremos una cristiana Navidad.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de la Inmaculada Concepción de María

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 8 de diciembre de 2008

 

Un año más, el Señor nos convoca para celebrar la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María. La palabra de Dios, que en este día nos propone la liturgia de la Iglesia, nos invita a contemplar a María y, en ella, el rostro amoroso de Dios Padre, manifestado en su Hijo, y el verdadero rostro de todo hombre, llamado a ser hijo de Dios en su Hijo para alabanza de la gloria de Dios. Hoy queremos sentir de un modo especial la presencia de la Inmaculada, la criatura amada y llena de gracia, la aurora de la salvación y la madre de la esperanza.

“Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1,28). Estas palabras de saludo del Ángel Gabriel a María revelan lo que Dios había hecho con la que estaba destinada a ser Madre virginal de su Hijo: llenarla de su gracia desde el momento mismo de su concepción. La fe de la Iglesia verá revelado el dogma de la Inmaculada Concepción en el rico contenido de estas palabras; una verdad de fe que la Iglesia irá descubriendo a lo largo de los siglos en un creciente reconocimiento espiritual y teológico y que culminará en las palabras del Papa Pío IX:“… la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de pecado original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo Salvador del género humano” (DS 2803; CICa 491).

La Concepción Inmaculada de María nos remite a Dios. En la Madre de Jesús, primicia de la humanidad redimida, Dios obra maravillas, colmándola de su gracia y preservándola de toda mancha de pecado. “Para ser Madre del Salvador María fue ‘dotada por Dios con dones a la medida de una misión tan importante’ (LG 56). … Para poder dar el asentimiento libre de su fe al anuncio de su vocación era preciso que ella estuviese totalmente poseída por la gracia de Dios” (CICa 490).

María es la llena de gracia de Dios. La plenitud de la gracia de María es un don totalmente gratuito del amor de Dios. La gracia de Dios la hace santa, hija de Dios y heredera del Cielo. Esta gracia la hace “partícipe de la naturaleza divina” (2 Ped 1,4). Por este don de gracia, la Trinidad Santa habita en ella de una manera especial, María llega a ser templo de la divinidad y queda vivificada por la vida divina. María tiene la dicha de poseer esta vida divina desde el momento mismo de su Concepción y para siempre.

María, toda Ella, es obra de la gracia de Dios. Después de la humanidad santísima del Verbo encarnado, María es la obra más perfecta de Dios. Todas las grandezas y privilegios que hay en María son verdaderos dones de Dios y frutos su gracia. El ángel Gabriel no la llama por su nombre, sino que la saluda con el título de ‘llena de gracia’ indicando lo que más la caracteriza ante Dios.

María es la llena de gracia desde el momento mismo de su Concepción. Y tenía que ser así, porque la gracia de María tenía que corresponder a la misión y dignidad para la que Dios le había elegido. María es en verdad Madre del Hijo de Dios, el Mesías, el Salvador. Y a esta misión y dignidad incomparables debía corresponder una santidad sin igual. Por su intima comunión de vida y de destino con Cristo, la Virgen María se ha visto rodeada desde el primer momento de su existencia por el amor del Padre, por la gracia del Hijo y por los esplendores del Espíritu. María ha sido preservada de toda sumisión al mal o connivencia con él.

Pero el don que María recibe de Dios no permanece inerte en ella, sino que provoca en ella una respuesta de fe total al Dios santo que la ha santificado. María acoge el Amor de Dios, y le corresponde con la entrega de todo su ser, con una adhesión total de su persona al designio de Dios, con una disponibilidad plena y en obediencia fiel a la voluntad de Dios. “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu Palabra” (Lc 1,38)

Con la Concepción Inmaculada de María se inicia el capítulo culminante de la historia de la salvación: la Encarnación del Hijo Unigénito de Dios, que nos redime y nos salva. En la concepción purísima de María tiene lugar un acontecimiento sin igual en la historia del hombre. En la persona de esta mujer, elegida entre los sencillos de Israel, el ser humano adquiere de nuevo todo el esplendor de la imagen de Dios, empañada por el pecado. Todo ser humano es creado por un acto amoroso de Dios como imagen suya y está destinado desde el principio a la vida de comunión con Dios para siempre y para alabanza de su gloria (cf. Ef 1, 4.11). María es así “la aurora de la salvación”, en quien empiezan ya a florecer, en previsión de la obra redentora de su Hijo, los más espléndidos frutos de santidad y de vida nueva.

Con María ha dado comienzo la historia de la humanidad salvada y, por ello, de la nueva humanidad. Las palabras del saludo del ángel “llena de gracia” encierran el singular destino de María; pero también indican el plan de Dios para todo ser humano. La ‘plenitud de gracia’, que para María es el punto de partida, para todos los hombres es la meta. Dios nos ha creado “para que seamos santos e inmaculados ante él” (Ef 1, 4). Por eso, Dios nos ha bendecido antes de nuestra existencia terrena y ha enviado a su Hijo al mundo para rescatarnos del pecado y hacernos partícipes de su propia vida.

En la concepción Inmaculada de María se inicia el esclarecimiento del misterio del hombre a través del Misterio de Cristo: “Realmente el misterio del hombre -dice el Concilio Vat. II- sólo se esclarece en el Misterio del Verbo encarnado… Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del Misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación” (LG 22). De ahí que Cristo sea “el fundamento y el centro de la historia, de la cual es el sentido y la meta última” (NMI, 5).

Pero ¿nos dicen algo hoy estas palabras? También nosotros somos muchas veces víctimas de una mentalidad que pretende entender al hombre, el mundo y la historia al margen de Dios y sin referencia alguna a Él. Es la tragedia de nuestros días. Como ya ocurriera en los orígenes, el hombre se ha convertido en absoluto y rechaza a Dios. Como nos recuerda el Papa Benedicto XVI, en este relato del Génesis aparece cómo el hombre, tentado por las palabras de la serpiente, abriga la sospecha de que Dios, en definitiva, le quita algo de su vida, que Dios es un competidor que limita su libertad, y que sólo será plenamente ser humano cuando lo deje de lado; es decir, que sólo de este modo podrá realizar plenamente su libertad. El hombre vive con la sospecha de que el amor de Dios crea una dependencia, que ha de suprimir para ser plenamente él mismo. El hombre no quiere recibir de Dios su existencia y la plenitud de su vida. Él quiere tomar por sí mismo del árbol del conocimiento el poder de plasmar el mundo, de hacerse dios, elevándose a su nivel, y de vencer con sus fuerzas a la muerte y las tinieblas. No quiere contar con el amor que no le parece fiable. Más que el amor, busca el poder, con el que quiere dirigir de modo autónomo su vida. Al hacer esto, se fía de la mentira más que de la verdad, y así se hunde con su vida en el vacío, en la muerte.

En el día de la Inmaculada debemos aprender que el hombre que se abandona totalmente en las manos de Dios no se convierte en un títere de Dios, que no pierde su libertad. Sólo el hombre que se pone totalmente en manos de Dios encuentra la verdadera libertad, la amplitud grande y creativa de la libertad del bien. El hombre que se dirige hacia Dios no se hace más pequeño, sino más grande, porque gracias a Dios y junto con él se hace grande, se hace divino, llega a ser verdaderamente él mismo. El hombre que se pone en manos de Dios no se aleja de los demás, retirándose a su salvación privada; al contrario, sólo entonces su corazón se despierta verdaderamente y él se transforma en una persona sensible y, por tanto, benévola y abierta.

 

En María se realiza el designio de Dios sobre el ser humano. Ella es motivo para la esperanza. Pese al pecado, que no acoge la vida de Dios, no será el pecado y ni la muerte los que tengan la última palabra en la vida del hombre, de la sociedad y de la historia. La última palabra corresponde a Dios, a su Vida, a su Amor.

La Concepción Inmaculada de María es el comienzo de un mundo nuevo animado por el Espíritu. La Inmaculada nos recuerda que Dios ama a todos los hombres de un modo personal. La fiesta de la Inmaculada cobra así un significado muy particular para la Iglesia y para cada cristiano. María ilumina los pasos de nuestra peregrinación hacia el Padre, nuestra llamada a la santidad, que no es otra cosa sino vivir la comunión con Dios y la comunión con los hermanos.

 

En este día de fiesta queremos dar gracias al Señor por el gran signo de su bondad que nos dio en María, su Madre y Madre de la Iglesia. Queremos implorarle que ponga a María en nuestro camino como luz que nos ayude a convertirnos también nosotros en luz y a llevar esta luz en las noches de la historia. Este es el deseo que os expreso hoy a todos, invitándoos a entrar con empeño en el Adviento de manos de María, para poder celebrar con ella también la alegría de la Navidad.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

María, la mujer de la Palabra de Dios

Queridos Diocesanos:

Apenas comenzado el Adviento celebramos la fiesta de la Inmaculada Concepción de María, tan arraigada en toda nuestra Diócesis. El dogma de la Inmaculada Concepción nos recuerda que María, elegida para ser la Madre del Salvador, ha sido agraciada por Dios con dones a la medida de esta misión tan importante: Ella es la ‘llena de gracia’ (Lc 1, 28).

María ha sido preservada de toda mancha de pecado original desde el primer instante de su concepción para ser la digna morada de Dios, para ser su Madre. María abraza la gracia recibida de Dios con total disponibilidad y entrega de su persona: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). Por su fe, esperanza y caridad, la Virgen colabora de manera totalmente singular con la obra del Salvador para restablecer la vida de unión y amistad de toda la humanidad con Dios, que son germen de unidad y fraternidad entre los hombres. Por esta razón es nuestra madre en el orden de la gracia, asociada para siempre a la obra de la redención.

María es la primera cristiana; es el modelo para todo cristiano en su camino de unión con Dios y con los hombres por su fe, por su esperanza y  por su caridad. De manos de María recibimos a su Hijo, el Señor, el Salvador; siguiendo su estela nos encontraremos también con Jesucristo y la salvación.

En este tiempo del Adviento, tiempo de preparación para la celebrar el Nacimiento del Hijo de Dios, la Palabra de Dios hecha carne, María nos enseña a todos los creyentes el modo cómo nos hemos preparar a la Navidad. Desde la misma anunciación, María es la maestra y el modelo viviente de acogida de Dios y de encuentro personal con Dios y con su Palabra: ella escucha la Palabra de Dios y la acoge con fe, la medita y la interioriza. María vive de la Palabra de Dios y la pone en práctica. María es realmente la mujer de la Palabra de Dios.

El Magníficat es un canto de María en que ella nos muestra la profundidad de su alma; es la mejor muestra de María como mujer de la Palabra. Esta poesía es un tejido hecho completamente con hilos del Antiguo Testamento. Nos muestra que María ‘se sentía como en su casa’ en la Palabra de Dios: María vivía de ella, estaba configurada por ella. Ella hablaba con palabras de Dios; sus pensamientos eran los pensamientos de Dios. María estaba penetrada de la luz divina; por eso era tan espléndida, tan hermosa; por eso irradiaba amor y bondad (Benedicto XVI).

Al estar inmersa en la Palabra de Dios, al tener tanta familiaridad con ella, María recibía también la luz interior de la sabiduría de Dios. Quien piensa con Dios como María, piensa bien; y quien habla con Dios como María, habla bien, tiene criterios de juicio válidos para todas las cosas del mundo, se hace sabio, prudente y, al mismo tiempo, bueno; también se hace fuerte y valiente, con la fuerza de Dios, que resiste al mal y promueve el bien en el mundo.

Celebrar la Purísima implica seguir con todas sus consecuencias las huellas de María, leyendo y dejándose llevar por la Palabra de Dios en este tiempo de Adviento.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón