Nutrirse de la Palabra de Dios

Queridos Diocesanos:

Al final del Sínodo de los Obispos sobre la Palabra de Dios en la vida y misión de la Iglesia, celebrado en el mes de octubre en Roma, los Padres sinodales nos han dirigido un mensaje muy hermoso, en el que nos invitan a todo el Pueblo de Dios a la escucha y a la lectura amorosa de la Biblia. Con un leguaje muy directo nos muestran el alma y la sustancia de la Sagrada Escritura, centrándose en cuatro imágenes: la voz, el rostro, la casa y el camino.

La Palabra de Dios es la Voz misma de Dios. Su Voz resuena en los orígenes de la creación y rompe el silencio de la nada, dando origen a las maravillas del universo. Es una Voz que entra en la historia, herida por el pecado humano y atormentada por el dolor y la muerte. La Voz del Señor marcha junto con la humanidad para ofrecer su gracia, su alianza, su salvación. Es una Voz que desciende después en las páginas de las Sagradas Escrituras que ahora leemos en la Iglesia bajo la guía del Espíritu Santo.

El Rostro de la Palabra de Dios es Jesucristo, la Palabra hecha carne. El es el Hijo del Dios, pero también hombre mortal, ligado a una época histórica, a un pueblo y a una tierra. Él vive la existencia fatigosa de la humanidad hasta la muerte, pero resucita y vive para siempre. Él es quien hace que nuestro encuentro con la Palabra de Dios sea perfecto: nos devela el ‘sentido pleno’ y unitario de las Sagradas Escrituras. El cristianismo no es sin más una religión del libro, sino una religión que tiene su centro en una persona, Jesucristo, revelador del Padre. Él nos hace entender que también las Escrituras son ‘carne’, es decir, palabras humanas que se deben comprender y estudiar en su modo de expresarse, pero que custodian en su interior la luz de la verdad divina que sólo con el Espíritu Santo podemos vivir y contemplar.

La Casa de la Palabra de Dios es la Iglesia, en la que siempre la hemos de escuchar y entender, orar y vivir. Debemos escuchar y entender la Biblia en la enseñanza de la Iglesia, es decir en su anuncio en la catequesis, en la homilía o a través de la proclamación auténtica. La hemos de acoger en la fracción del pan, la Eucaristía, en la que los fieles somos invitados a nutrirnos en la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo; la hemos de acoger además en la oración de la Liturgia de las Horas, oración de la Iglesia destinada a ritmar los días y los tiempos del año cristiano, y en la Lectio divina, la lectura orante de las Sagradas Escrituras, que conduce al encuentro con el Cristo, palabra de Dios viviente. Y, por último, la hemos de vivir en la comunión fraterna porque para ser verdaderos cristianos no basta con oír la Palabra de Dios, sino que hay ponerla por obra.

Y, finalmente, el camino de la Palabra de Dios es el camino de los hombres para que su anuncio llegue a todos, siguiendo el mandato de Jesús. La Palabra de Dios debe correr por los caminos de la comunicación, entrar en las familias y también en las escuelas y en los ámbitos culturales. Como ha dicho Benedicto XVI en su homilía en la Eucaristía conclusiva del Sínodo nos tenemos que nutrir de la Palabra de Dios para poder evangelizar, pues ésta es la razón de ser de nuestra Iglesia diocesana.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Oración por los difuntos

Queridos Diocesanos:

Por ‘Todos los Santos’ acudimos a los cementerios para recordar a nuestros difuntos. El amor que les profesamos queda de manifiesto en el cuidado y el adorno con flores de sus tumbas. La Iglesia además nos recuerda, en especial, en estos días la importancia de no descuidar la oración por los difuntos. “Es una idea santa y piadosa orar por los difuntos, para que sea vean libres de sus pecados”, leemos en el libro de los Macabeos (2 Mc 2,12). Siguiendo esta recomendación, los cristianos ya desde los orígenes de la Iglesia han pedido por los difuntos.

Al orar por los difuntos hacemos profesión de nuestra fe en la vida eterna, de nuestra esperanza en un futuro reencuentro con ellos junto al Padre Dios y de nuestra confianza en la misericordia de Dios, necesaria para que quienes han muerto sean purificados de sus faltas.

Benedicto XVI en la encíclica Spe Salvi ha escrito bellas palabras sobre el purgatorio, ese estado en el que se encontrarán muchos hombres tras el transito de la muerte. Dice el Papa que puede haber personas que hayan vivido pisoteando el amor y que en ellos ya nada se podrá remediar; en ellos la destrucción del bien será irrevocable, será el infierno. Otras personas se habrán impregnado totalmente de Dios y su muerte no será más que la culminación de su vida terrena en el cielo; son esa multitud inmensa de santos anónimos que recordamos en la Fiesta de Todos los Santos y a quienes pedimos que intercedan por nosotros.

Pero, sigue diciendo el Papa, “según nuestra experiencia, ni lo uno ni lo otro son el caso normal de la experiencia humana. En gran parte de los hombres -eso podemos suponer­- queda en lo más profundo de su ser una última aper­tura interior a la verdad, al amor, a Dios. Pero en las opciones concretas de la vida, esta apertura se ha empañado con nuevos compromisos con el mal; hay mucha suciedad que recubre la pureza, de la que, sin embargo, queda la sed y que, a pesar de todo, rebrota una vez más desde el fondo de la inmundicia y está presente en el alma”.

Quienes mueren así pasan por una purificación ante Dios Juez. Dicha purificación comporta dolor y alegría. Dolor porque quema lo impuro que hay en ellos, y alegría porque sabemos que van a ser total­mente de Dios. Nosotros podemos y debemos pedir por esas personas. Es lo que hace la Iglesia, es lo que hacemos los creyentes cristianos.

Nuestra oración expresa nuestra esperanza. No conocemos el resultado directo de nuestra oración, pero no podemos dejar de confiar. Dios es bueno para los que esperan y confían en Él, para quienes lo buscan de corazón. En el Evangelio se nos habla de las estancias que hay en la casa del Padre. Aluden a un designio de Dios. En su misericordia nos ha pensado junto a Él para siempre. Por eso rezamos con fe por nuestros difuntos. Dios no abandona a ninguno de sus hijos. Somos conscientes de que el pecado nos hace indignos ante Dios, pero también que El ha ideado maneras justas y misericordiosas para que pueda realizarse su salvación en nuestros difuntos.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Recuperar el rezo del Rosario

Queridos diocesanos:

Muchas parroquias celebran en este mes de Octubre la Virgen del Rosario. De inmediato viene a nuestra mente la oración del Rosario. Pero ¿es el Rosario algo trasnochado? Ciertamente que no.

Al presentar el Plan diocesano de Pastoral exhortaba a mirar a Cristo, a centrarnos en El para caminar tras Él. Cristianos y comunidades cristianas precisamos avivar y profundizar la fe y la vida cristianas. Y esto lo hemos de hacer basados en un conocimiento sapiencial de Cristo, de su Persona, de su Misterio y de su Evangelio, que nos lleve a seguir e imitar al Señor en el camino hacia la santidad.

No cabe la menor duda que el rezo sosegado y devoto del Rosario es una oración que nos lleva a contemplar el rostro de Cristo. Recitar el Rosario es en realidad contemplar con María el rostro de su Hijo. El Rosario es una oración sencilla y profunda a la vez. Rezado con fe y devoción nos lleva al encuentro con Cristo, con sus palabras y con sus obras de Salvación a través de los misterios de gozo y de luz, de dolor y de gloria. Desde los misterios del Rosario llegamos al Misterio del Hijo de Dios. Su rezo se encuadra perfectamente en el camino espiritual de nuestra Iglesia diocesana, llamada a vivir la comunión y la misión del anuncio del Evangelio con la mirada, la mente y el corazón puestos en el Señor.

Para llevar a cabo su misión, nuestra Iglesia necesita dejarse evangelizar en sus miembros y en sus comunidades. El rezo del Rosario nos lleva a Cristo y al Evangelio. María nos lleva siempre a su Hijo. En su rezo podemos aprender de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la hondura y la anchura de su amor desde todo el Evangelio. Pues el Rosario es una oración profundamente evangélica. No sólo los misterios, sino que también las mismas oraciones principales están tomadas del Evangelio.

Al comienzo de cada misterio oramos con las mismas palabras con que Jesús enseño y mandó orar a sus discípulos: el Padrenuestro. En cada Avemaría nos dirigimos a la Virgen, con las palabras de saludo del ángel Gabriel en la Anunciación y de alabanza gozosa de su prima Isabel en la Visitación; y con la Iglesia pedimos su intercesión en el presente y en el paso definitivo a la vida eterna. Al finalizar cada misterio, la oración se hace invocación y alabanza al Dios Uno y Trino, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. En verdad: el rosario es un verdadero ‘compendio del Evangelio’, como lo llamaron Pío XII y Pablo VI.

El Rosario es fuente de gracia y de santidad para todos. Nos abre y dispone a la gracia de Dios. Es fuente de comunión con Dios mediante la comunión vital con Cristo en la contemplación de sus misterios; y es fuente de comunión con los hermanos en Cristo por medio de Maria al ofrecer su rezo por alguna necesidad propia o ajena.

Es preciso que recuperemos el rezo del Rosario en nuestra Iglesia diocesana: en privado o en grupo, en parroquias y comunidades, y, -¿por qué no?- también en las familias. Una familia que reza unida, permanece unida. Su rezo no puede mecánico y distraído; pero su práctica defectuosa no debe llevar a su supresión, sino a su purificación.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Apertura del curso académico de enfermería en el CEU

HOMILIA EN LA APERTURA DEL CURSO ACADÉMICO DE ENFERMERÍA DE LA UNIVERSIDAD CARDENAL HERRRERA – CEU EN CASTELLÓN

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Capilla de Cristo Rey del Hospital Provincial de Castellón – 21 de octubre de 2008

 

Hermanos y hermanas en el Señor

Excmo. Sr. Rector Magnífico, Sr. Director Gerente del Hospital, Autoridades, Profesores y Alumnos, Capellanes y Sacerdotes concelebrantes

Con esta Eucaristía inauguramos el Curso Académico 2008-2009 de la Titulación Enfermería de la Universidad CEU Cardenal Herrera de Valencia en Castellón. Es el segundo año de este hermoso proyecto de ofrecer una sólida educación y una integral formación a enfermeros y enfermeras con fidelidad al proyecto educativo católico del CEU. Visto con los ojos de la fe y en coherencia con vuestra identidad católica y vocación eclesial, un nuevo curso es siempre un nuevo tiempo de gracia que Dios os ofrece en vuestro trabajo educativo y en vuestra tarea académica. Por eso mismo iniciamos nuestra tarea desde la Eucaristía, centro de la vida y de la actividad de la Iglesia, también centro de la vida de vuestro Centro. Antes de nada nos hemos de dejar conducir por la Palabra de Dios, alimentar por la Eucaristía y fortalecer por el Espíritu, que es el Espíritu de la verdad.

Como centro católico, vuestra actividad se enmarca dentro de la misión de la Iglesia de anunciar la Buena Nueva. Es lo que nos recuerda San Pablo, en la lectura de hoy: como él habéis recibido la gracia de “anunciar la riqueza insondable que es Cristo, y aclarar a todos la realización del misterio, escondido desde el principio de los siglos en Dios, creador de todo”. (Ef 3,8-12). Como nos ha recordado Benedicto XVI “cada institución educativa católica –también vuestro centro- es -en primer lugar, y sobre todo,- un lugar para encontrar a Dios vivo, el cual revela en Jesucristo la fuerza transformadora de su amor y su verdad (cf. Spe salvi, 4). Esta relación suscita el deseo de crecer en el conocimiento y en la comprensión de Cristo y de su enseñanza. De este modo, quienes lo encuentran se ven impulsados por la fuerza del Evangelio a llevar una nueva vida marcada por todo lo que es bello, bueno y verdadero; una vida de testimonio cristiano alimentada y fortalecida en la comunidad de los discípulos de Nuestro Señor, la Iglesia” (Discurso en el Encuentro con educadores católicos en la Universidad Católica de América, Washington, D.C. 17 de abril de 2008).

La revelación de Dios ofrece a cada generación la posibilidad de descubrir la verdad última sobre la propia vida, sobre el ser humano, sobre el mundo y sobre el fin de la historia. El deber de conocer la verdad última implica a toda la comunidad cristiana y motiva a cada generación de educadores cristianos a garantizar que el poder de la verdad de Dios impregne todas las dimensiones de las instituciones a las que sirven. De este modo, la Buena Noticia de Cristo puede actuar y  guiar tanto al docente como al estudiante hacia la verdad objetiva: una verdad objetiva que trasciende lo particular y lo subjetivo, que apunta a lo universal y a lo absoluto y que nos capacita para proclamar con confianza la esperanza que no defrauda (cf. Rm 5,5). (Cf. Benedicto XVI)

Vuestra Universidad y está Titulación de Enfermería han de ser lugar de búsqueda de la verdad por excelencia. Ante la fragmentación del saber, los cristianos tenemos un principio unificador que es Jesucristo, que muestra la verdad del hombre. Jesucristo, la Palabra de Dios encarnada, es la verdadera realidad, que permanece cuando el resto de realidades se desvanecen. Sin Dios, como “fundamento de la verdad”, sin Cristo, el Camino, la Verdad y la Vida, los valores, la educación y la formación tienden a convertirse en grandes palabras, construidas sobre tierras arenosas.

La identidad vuestra Universidad no es simplemente una cuestión de nombre o de declaración de identidad católica. Es una cuestión de convicción y de vivencia diaria. Por eso hemos de preguntarnos con Benedicto XVI: “¿creemos realmente que sólo en el misterio del Verbo encarnado se esclarece verdaderamente el misterio del hombre (cf. Gaudium et spes, 22)? ¿Estamos realmente dispuestos a confiar todo nuestro yo, inteligencia y voluntad, mente y corazón, a Dios? ¿Aceptamos la verdad que Cristo revela? En vuestra universidad ¿es “tangible” la fe? ¿Se expresa en la liturgia, en los sacramentos, por medio de la oración, los actos de caridad, la solicitud por la justicia y el respeto por la creación de Dios? Solamente de este modo damos realmente testimonio sobre el sentido de quiénes somos y de lo que sostenemos.

Por eso, en la búsqueda de la verdad y en la docencia habréis de cuidar con exquisitez la referencia a Dios que se nos ha revelado en Cristo. Y no menos habréis de cuidar en la formación la dimensión ética, que se deriva del Evangelio, recordando que no todo lo científicamente posible es éticamente aceptable. No podemos ser esclavos de la ciencia, ni del relativismo moral imperante.

El conocimiento científico es muy válido en su ámbito, pero también lo son la filosofía, la antropología o la teología. Las ciencias de la salud pueden decir cómo es el hombre, pero no quién es el hombre. Para ello se necesitan otras disciplinas. La fe, que no suplanta a la razón ni está reñida con ella, os ayudará en el camino de búsqueda de la verdad y en vuestra tarea educativa.

Esta Titulación, por su carácter confesional católico, ha de formar cristianamente en favor del derecho a la vida en comunión con el Magisterio de la Iglesia. Los creyentes en Cristo deben, de modo particular, defender y promover este derecho, conscientes de la maravillosa verdad recordada por el concilio Vaticano II: “El Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre” (Gaudium et spes, 22). En efecto, en este acontecimiento salvífico se revela a la humanidad el amor infinito de Dios, sino también el valor incomparable de cada persona humana. Por eso, el cristiano está continuamente llamado a movilizarse para afrontar los múltiples ataques a que está expuesto el derecho a la vida. Sabe que en eso puede contar con motivaciones que tienen raíces profundas en la ley natural y que por consiguiente pueden ser compartidas por todas las personas de recta conciencia.

Por todo ello, pedimos al Señor y oramos al Espíritu de la Verdad que os ilumine y fortalezca a toda la comunidad educativa y a quienes os dedicáis a la ciencia para ser testigos de una conciencia verdadera y recta, para defender y promover el ‘esplendor de la verdad’, en apoyo del don y del misterio de la vida. En una sociedad en que se extiende la ‘cultura de la muerte’, con vuestra cualificación cultural, con vuestra enseñanza y con vuestro testimonio, podéis contribuir a despertar en muchos corazones la voz elocuente y clara de la conciencia.

“Vosotros sois la sal de la tierra… vosotros sois la luz del mundo”, (Mt 5,13-14), escuchábamos en el Evangelio. Vosotros, queridos profesores, sois la sal de la tierra y la luz del mundo en el ámbito de la Universidad.

Vuestra capacidad para sazonar, para dar gusto y sabor como lo hace la sal, os viene de vuestro bautismo, por el que quedasteis transformados al ser sazonados con la vida nueva que viene de Cristo (cf. Rm 6, 4). La gracia bautismal que os ha regenerado, haciéndoos vivir en Cristo y concediéndoos la capacidad de responder a su llamada, es la fuerza por la que no se desvirtuará vuestra identidad cristiana en vuestra tarea docente, y que os ayudará a vivir como profesores cristianos en vuestro modo de vivir, de pensar y de enseñar (cf. Rm 12, 2). Como la sal, medio usado habitualmente para conservar los alimentos, estáis llamados a conservar la fe que habéis recibido en la comunión de la Iglesia y a transmitirla intacta a los demás. Sólo permaneciendo fieles a los mandamientos de Dios, a la alianza que Cristo ha sellado con su sangre derramada en la Cruz, podréis ser los apóstoles y los testigos, buscando y ayudando a buscar el sentido y la plenitud de la existencia.

Como luz del mundo en el ámbito educativo habéis de llevar a Cristo, Camino, Verdad y Vida, a los jóvenes estudiantes, para que su deseo de verdad, impreso en lo más íntimo de cada ser humano, llegue a su plenitud. La luz de Cristo y de su Evangelio ilumina el corazón y dan claridad a la inteligencia. El nos dice: “Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12). El encuentro personal con Cristo y su Evangelio iluminan a la persona y su existencia con una nueva luz y proporcionan un nuevo modo de ver el mundo y las personas.

Fieles al espíritu apostólico de vuestro Patrono, San Pablo, os habéis de sentir llamados a propagar el Evangelio a cada persona en particular y en todos los ambientes de nuestra sociedad en los que se juega el destino de los hombres. Que sólo os mueva la certeza de que el Evangelio es la Verdad que salva al hombre y le lleva a la plenitud de la Vida.  ¡Que María la Virgen, que supo acoger con fe y obediencia la Palabra de Dios y transmitirla a los demás, sea vuestro modelo en vuestra misión!. ¡Que ella os aliente, os conforte y os proteja! Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe- Castellón

La parroquia es tu familia

Queridos diocesanos:

Con la Visita Pastoral, que acaba de comenzar, deseo, entre otras cosas, ayudar a las comunidades parroquiales a revitalizar su vida de fe, su celebración de los sacramentos, su compromiso en la caridad de la caridad y en su misión evangelizadora. Como nuestro Plan Diocesano de Pastoral nos propone deseo alentar a todos los católicos para que nuestras parroquias sean de verdad “ámbitos de fraterna comunión de personas y de misión compartida”.

A veces nos encontramos con imágenes inadecuadas de la Parroquia. Unos la entienden como un territorio, otros como una institución que ofrece servicios religiosos para satisfacer las necesidades espirituales.

Ante estas desfiguraciones en la forma de entender y vivir la parroquia, hay que resaltar que la parroquia es una comunidad de fieles cristianos, una comunidad de hermanos, una familia, una fraternidad. Está formada por los fieles de un determinado territorio –pueblo o barrio- a cuyo frente está el párroco como su Pastor, que la preside y la pastorea en el nombre y en la persona de Cristo, el Buen Pastor, y bajo la autoridad del Obispo, con la colaboración, a veces, de otros sacerdotes y siempre con la de otros fieles religiosos o laicos.

Es necesario subrayar que todos juntos –párroco y resto de fieles- forman la comunidad parroquial. Todos, cada cual según la vocación, el don y el ministerio recibido, son responsables de la vida y de la misión de su comunidad parroquial.

La comunidad parroquial es la presencia de la Iglesia de Cristo en el pueblo o en el barrio. También de la parroquia se puede afirmar que encarna, en cada lugar concreto, el acontecimiento de gracia y salvación de Dios. Cuando los fieles cristianos de una parroquia se reúnen como familia para orar, o para proclamar, escuchar y acoger la Palabra de Dios, para celebrar la Eucaristía y los demás sacramentos, para ejercer la caridad y para la misión evangelizadora, se puede ver y palpar la obra maravillosa de Jesucristo que, por su gracia, les ha escogido, llamado y enriquecido con toda clase de bienes, para que sean su pueblo y anuncien su salvación hasta los confines del mundo.

Toda comunidad parroquial, pues, es y está llamada a ser en su ámbito signo e instrumento del amor de Dios con los hombres, de la comunión de vida que Él ofrece en su Palabra, en la Eucaristía y demás sacramentos y en la vida de verdadera caridad y fraternidad entre sus miembros. Siendo una comunidad fraterna en Cristo y desde Él, la parroquia tendrá la energía necesaria para la misión hacia adentro y hacia fuera.

Nuestra Iglesia diocesana necesita, pues, que cada una de nuestras parroquias sean de verdad ‘casa y escuela de comunión’ para la misión, en palabras de Juan Pablo II. Es decir: que sean comunidades acogedoras, donde cada cual se encuentre como en su propia casa; comunidades orantes y de fe en torno a la Palabra de Dios y a la Eucaristía; comunidades que sean ámbito donde se suscita, se vive y se celebra la fe en Cristo Jesús; comunidades que proclamen, escuchen y difundan la Palabra de Dios en la Tradición viva de la Iglesia. Es una tarea prioritaria en nuestra Iglesia diocesana, que las parroquias eduquen en la fe a los bautizados mediante la catequesis y la formación. Necesitamos, en fin, comunidades que vivan la caridad, la comunicación de bienes, la misión sin fronteras; comunidades donde todos se sientan responsables y comprometidos con la vida y misión de su parroquia.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Apertura del curso académico 2008-2009

DEL CENTRO SUPERIOR DE ESTUDIOS ECLESIÁSTICOS, INSTITUTO DE CIENCIAS RELIGIOSAS Y DE LA SECCIÓN DIOCESANA DEL INSTITUTO ‘JUAN PABLO II’

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Capilla del Seminario Diocesano ‘Mater Dei’’ – 14 de octubre de 2008

 

Querido hermano obispo, D. Esteban; queridos Directores de nuestros Centros académicos, Sres. Rectores y Profesores, Sres. Vicarios, Seminaristas, Diáconos, hermanos y hermanas en el Señor.

Inauguramos hoy un nuevo curso en nuestros Centros Académicos Diocesanos: Centro Superior de Estudios Eclesiásticos, Instituto de Ciencias Religiosas y Sección Diocesana del Instituto ‘ Juan Pablo II’.

Dios ha querido que este comienzo coincida con celebración del Sínodo de los Obispos sobre la Palabra de Dios en la vida misión de la Iglesia. Con este motivo, la Iglesia nos invita de nuevo a leer y conocer la Palabra de Dios, a acogerla con docilidad y escudriñarla con fe religiosa, y a ponerla en práctica. Lo que decíamos a los nuevos diáconos el domingo pasado en su ordenación diaconal en el rito de entrega del Evangelio, vale también para cuantos ejercéis la docencia o la discencia en nuestros centros académicos: cree lo que lees, enseña lo que crees y vive lo que enseñas. Como nos recuerda hoy San Pablo: “Lo único que cuenta es una fe activa en la práctica del amor” (Ga 5, 1-6, 6).

Toda la vida e historia de la Iglesia bebe y se alimenta de la fuente inagotable de la Palabra de Dios, contenida en la Sagrada Escritura y en la Tradición viva de la Iglesia. Esto es lo que ha de guiar siempre estos centros nuestros de formación siempre. Con palabras de San Jerónimo, cabe preguntarse: ¿Cómo se podría vivir sin la ciencia de las Escrituras, a través de la cual se aprende a conocer a Cristo mismo, que es la vida de los creyentes y la razón de ser de la formación cristiana, en general, y de los futuros sacerdotes, de personas consagradas o de laicos para la evangelización, que ofrecen nuestros centros?

Desconocer la Escritura es desconocer a Cristo. Por esto es importante que todo cristiano conozca la Palabra de Dios, que viva en contacto y en diálogo personal con la Palabra de Dios. Nuestro diálogo con la Palabra de Dios debe ser un diálogo realmente personal, porque Dios habla con cada uno de nosotros a través de la Sagrada Escritura; no es palabra del pasado, sino la Palabra que el Dios vivo dirige también a nosotros. Por ello hemos de tratar de comprender qué quiere decirnos el Señor a nosotros. Para no caer en el individualismo debemos tener presente que la Palabra de Dios nos ha sido dada para construir comunión, para unirnos en la verdad en nuestro camino hacia Dios. La Palabra de Dios es la verdad, la verdadera realidad, que nos libera de las apariencias, nos ilumina en el camino de la vida y genera verdadera libertad y eterna felicidad. “Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado” (Ga 5, 1).

Además, siendo ésta una palabra personal, es también una Palabra que construye comunidad, que edifica la Iglesia. Hemos de leerla por ello siempre en comunión con la Iglesia viva, con la tradición viva de la Iglesia. No olvidemos que la Palabra de Dios trasciende los tiempos. Las opiniones humanas cambian. La Palabra de Dios, por el contrario, es palabra de vida eterna, vale para siempre. Llevando en nosotros la Palabra de Dios, llevamos en nosotros lo eterno, la vida eterna (Benedicto XVI). Este es el secreto de la formación de nuestros centros.

En el Centro Superior de Estudios eclesiásticos se forman los que van a ser sacerdotes. No olvidéis que la Palabra de Dios es fundamental es la vida del sacerdote para su identidad y su misión. Los sacerdotes son escogidos para el Evangelio de Dios (Cf Rm 1,1); este mismo Evangelio los engendra y los configura incesantemente tanto en su existencia como en su servicio apostólico. Seducido y atrapado por la Palabra, el ministro del Evangelio deberá adecuar su vida al dinamismo de la Palabra. El dirigirse a los hombres, en nombre de Dios, reclama del sacerdote la escucha creyente y obediente de la Palabra. Ha de recordar que su misión “no consiste en enseñar su propia sabiduría, sino la Palabra de Dios” (PO 4). Y esto sólo es posible, en la medida en que hagan propias las palabras de Jesús: “Conságralos en la verdad: tu Palabra es verdad” (Jn 17, 17).

Esta consagración exige de los presbíteros un esfuerzo de recepción de la Palabra que han de proponer a la fe de los oyentes. Como ministros que son de la Palabra de Dios, diariamente leen y oyen esa misma Palabra de Dios que deben enseñar a otros. “Esforzándose por recibirla en sí mismos, se harán cada día discípulos más perfectos del Señor” (PO 13).

Los apóstoles, haciéndose discípulos de la Palabra, llegaron a ser sus testigos y servidores en la historia. De ahí su autoridad y libertad para solicitar una adhesión de fe y conducir a los hombres a la obediencia de la fe. Los sacerdotes han sido ‘puestos a parte’ para proclamar esta Palabra de vida y conducir a los hombres y a los pueblos a la obediencia de la fe. Por ello no pueden anunciar su sabiduría o limitarse a predicar una nueva ética. Han de anunciar la Palabra que recrea “para las buenas obras” (Cf Ef 2,10). Tanto al dispensar la palabra apostólica como el sacramento, los presbíteros han de superar la tentación del funcionalismo o de la pura exterioridad como le ocurre al fariseo del evangelio de hoy (Lc 11, 37-41).

Queridos todos: No basta con conocer la Palabra de Dios; o basta con ser oyentes de la Palabra; hay que recibirla como discípulo, ‘como cumplidor de ella’ (St 1,21-25). El discípulo la recibe, ante todo, “no como palabra de hombre, sino cual es en verdad, como Palabra de Dios, que permanece operante” en él (1 Tes 2,13). El discípulo no investiga las Escrituras para servirse de ellas, sino para dejarse recrear por la Palabra. Los fariseos se habían apropiado de las Escrituras y de la Ley, dejando de ser discípulos. Nos acecha siempre la tentación de reducir las Escrituras a un libro o a una simple memoria colectiva de un pueblo, que pudiéramos interpretar según la razón humana. El discípulo deja que el Verbo de Dios sea quien le explique las Escrituras, como en el camino de Emaús (Lc 23) y tal como el Espíritu no cesa de hacerlo en la Tradición apostólica.

Jesús es el único revelador y exegeta del Padre. Y sólo el discípulo que vive en comunión con Jesús y sus apóstoles puede entrar en la inteligencia y vida de las Escrituras. El mismo Espíritu que inspiró las Escrituras es el que asiste a la Iglesia; sólo el que está en comunión con la Iglesia y lee las Escrituras en comunión con ella, con su Tradición y dentro de ella, leerá las Escrituras conforme al Espíritu que las ha inspirado y en fidelidad a su verdad.

¡Que el Espíritu Santo ilumine nuestra mente y haga dóciles nuestros corazones para interiorizar todo esto! ¡Que nos conceda capacidad y sabiduría para que la Palabra de Dios sea el alma de toda la formación en nuestros centros! ¡Que el estudio, la meditación y contemplación de las Escrituras nos hagan sabios con la sabiduría de Dios! ¡Que María, prototipo de oyente y discípula de la Palabra y de la Iglesia, nos enseñe a acoger la Palabra de Dios que nos sale al encuentro!

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Ordenación de seis diáconos

S.I. Catedral de Segorbe, 12 de octubre de 2008

27º Domingo del Tiempo Ordinario

(Is 25,6-10ª; Sal 22; Flp 4,12-14 .19-20; Mt 22,1-14)

 

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Hoy se cumplen para nosotros, de modo muy particular, las palabras del salmo: “Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida” (Sal 22, 6). En efecto, vuestra ordenación diaconal es una muestra más de la bondad y de la misericordia de Dios hacia vosotros, hacia vuestras familias y comunidades, hacia nuestra Iglesia diocesana. Vuestra ordenación nos llena de alegría y nos mueve a la acción de gracias a Dios.

Os saludo con afecto a los seis acólitos que dentro de poco seréis ordenados diáconos: a José, Oriol, Lucio, Enrique, Raúl y Alejandro. Expreso mi profundo agradecimiento a cuantos os han guiado en vuestro camino de discernimiento y maduración vocacional, en nuestros seminarios diocesanos ‘Mater Dei’ y ‘Redemptoris Mater’ o en el Colegio Pontificio ‘Sedes Sapientiae’ en Roma. A todos os invito a dar gracias a Dios por el don de estos nuevos diáconos a la Iglesia. Sostengámoslos con intensa oración durante esta celebración, con espíritu de ferviente alabanza al Padre que los ha llamado, al Hijo que los ha atraído a sí, y al Espíritu Santo que los ha formado. ¡Que el Señor les conceda disponibilidad para la acción, humildad en el servicio y perseverancia en la oración!

Con la imposición de mis manos y con la oración consagratoria, el Señor enviará el Espíritu Santo sobre vosotros, queridos hijos, y os consagrará diáconos. ¡Seréis diáconos de la Iglesia de Dios para siempre! En la Iglesia y en el mundo vosotros seréis signo e instrumento de Cristo, que no vino “para ser servido sino para servir”. Vosotros respondéis a una vocación del Señor: vuestra consagración imprimirá un signo, una marca profunda e imborrable, que os hará conformes para siempre a Cristo Siervo. Hasta el último momento de vuestra vida seréis siempre el signo de Cristo Siervo, obediente hasta la muerte y muerte de Cruz para la salvación de todos.

Por esto, el momento presente es un momento de alegría y de esperanza para nuestra Diócesis y para la Iglesia universal. Antes de recibir el diaconado, permitidme que a la luz de la Palabra de Dios os recuerde la misión que os va a confiar la Iglesia y los compromisos que vais a adquirir.

Recordemos que la ordenación diaconal os capacita y os confiere la misión de administrar solemnemente el bautismo, de reservar y repartir la Eucaristía, de asistir al matrimonio y bendecirlo en nombre de la Iglesia, de llevar el Viático a los moribundos, de leer y explicar la Sagrada Escritura a los fieles, de administrar los sacramentales, de presidir el rito de los funerales y de la sepultura.

De entre todas quiero resaltar hoy el anuncio del Evangelio, la invitación a todos a la vida de Dios en el encuentro con Jesucristo en el banquete de la Palabra y de la Eucaristía, anticipo del banquete de la vida eterna con Dios. En la parábola del Evangelio de este domingo un rey invita a sus conciudadanos al banquete de bodas de su hijo. Las imágenes son bíblicas y conocidas: las nupcias y el banquete describen el reino de Dios, aquel reino que los profetas habían anunciado y que todo israelita piadoso esperaba con impaciencia. La invitación va dirigida a todos, pero los primeros invitados la rehúsan. Para muchos de aquellos ciudadanos la invitación al banquete (¡el sueño de todo israelita!) no era una cosa importante; tenían otras cosas más urgentes que hacer; tenían otras preocupaciones: sus campos, sus posesiones. Para otros, la invitación a la boda es incluso irritante: insultan a los servidores del rey y les dan muerte. ¿Cómo no ver reflejada en esta parábola el presente en nuestra Iglesia y en nuestra sociedad?

La negativa de los invitados irrita al rey, pero no lo desarma. Es el segundo punto inesperado: el rey manda a los servidores que salgan de nuevo, les envía a los cruces de calles y caminos y, esta vez, invitan a cuantos encuentran, buenos y malos. La negativa humana no detiene nunca el amor de Dios, que sigue invitando con insistencia. El ofrecimiento al Reino, a la Salvación y a la Vida de Dios ha de seguir haciéndose, pese al rechazo. Los siervos invitan a los hombres en las encrucijadas de los caminos. La llamada de Dios no pone condiciones preliminares; nadie queda excluido. La invitación se dirige a todos y, en todo caso, la sala debe estar llena. También la Iglesia debe dirigir a todos, sin distinción, su invitación a la Salvación

Queridos ordenandos: ésta va a ser también vuestra misión. El Señor os dice esta tarde a vosotros: “Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que os encontréis invitadlos a la boda”. Sí, es hora de salir de nuestras iglesias y de nuestros despachos, de nuestras inercias pastorales y de nuestros cuarteles de invierno, donde nos hemos refugiado para estar a salvo de la intemperie; es hora de salir a los caminos de este mundo para llevar el Evangelio a todos; es hora de proponer la Salvación e invitar a todos, para que todos experimenten la alegría de la fe en Cristo. ¿Puede haber algo más hermoso que esto? ¿Hay algo más grande, más estimulante que cooperar a la difusión de la Palabra de Vida en el mundo? Anunciar y testimoniar la alegría de la Buena nueva es el núcleo central de vuestra misión, queridos hijos, que dentro de poco seréis sacerdotes.

Para ser verdaderos servidores del Evangelio en un mundo a menudo triste, negativo y desesperanzado, es necesario que el fuego del Evangelio arda dentro de vosotros, que reine en vosotros la pasión por Cristo y su Evangelio, y la alegría del Señor. Sólo podréis ser mensajeros y multiplicadores de esta alegría llevándola a todos, especialmente a cuantos están tristes y afligidos.

Dios siempre nos precede con su gracia. En vuestra ordenación, Dios, que es eternamente fiel, se compromete de por vida con vosotros. Este es el significado del carácter sacramental. En un segundo momento y en respuesta a su amor vosotros también os queréis comprometer con Él.

Vuestro primer compromiso es el del celibato, que habréis de observar durante toda la vida por causa del Reino de los Cielos y para servicio de Dios y de los hombres. A nadie se le oculta la dificultad de cumplir esta promesa. Sobre todo en estos tiempos en los que tanto se subraya el hedonismo, basado en la ‘infracultura de las nuevas sensaciones’; todo lo que provoca apetencia, gusto o el propio sentir, parece que tuviera valor en sí mismo. Pero la necesidad de una base sobre la cual construir la existencia personal y social se siente de modo notable sobre todo cuando se está obligado a constatar el carácter parcial de propuestas que elevan lo efímero al rango del valor, que crean la ilusión de alcanzar el verdadero sentido de la existencia. Muchos llevan una vida casi hasta el límite de la ruina, sin saber bien lo que les espera. (Juan Pablo II, Fides et Ratio, 1998, n 6)

Desde la experiencia podemos afirmar que quien hace de su vida un servicio generoso a Dios y a los hombres ha ‘dado en el clavo’. El celibato es un don de Cristo que, tanto mejor viviremos, cuanto más cerca tengamos al Dios que nos proporciona todo don. Si Dios es amor, cuanto más amamos, más le pertenecemos y más nos hace propiedad suya. Él, en nosotros, será el que nos dará la fuerza para vivir el celibato con alegría.

También vais a prometer obediencia. De los tres consejos evangélicos, éste es el más difícil. Dejar cosas, por la pobreza, es relativamente fácil. Dar la mano a todos sin retener la de nadie (eso es la castidad y en vuestro caso el celibato), cuesta un poco más. Dar muerte al propio yo, cuesta muchísimo. Y es que la obediencia no sólo exige sacrificio; exige asestar el ‘golpe de muerte’ a nuestro ‘ego’. Y esto no es fácil en unos tiempos en que se idolatra la autonomía personal. Ahora bien, si la ordenación nos configura con Cristo, Él es quien tiene que vivir en nosotros. Por eso, con Pablo, y a través de la obediencia podemos y debemos decir: “Vivo yo, pero no soy yo; es Cristo quien vive en mi” (Gal 2, 20).

La obediencia nos exige a todos una gran dosis de humildad y de vida sobrenatural. Cuando esto abunda, resulta fácil y nos hacemos instrumentos dóciles en las manos de Dios. No olvidéis que Cristo “aprendió sufriendo a obedecer” y por su obediencia todos fuimos salvados.

Vuestro tercer compromiso es la celebración de la Liturgia de las Horas, que es oración de la Iglesia por toda la humanidad. Nunca toméis este compromiso como un peso, sino como un modo estupendo de acercar a Dios a los hombres y los hombres a Dios. Un hombre de Dios tiene que tener un corazón según las dimensiones del corazón de Jesucristo, grande, donde todos tengan cabida. En nombre de todos nuestros hermanos los hombres hemos de dirigirnos a Dios para alabarle, suplicarle, pedirle perdón, fuerza, alivio, paz para cuantos carecen de ella.

Conocedores de vuestras limitaciones y fragilidades puede que os parezca casi imposible cumplir vuestra misión y vuestros compromisos. Recordad las palabras de Pablo: “Todo lo puedo en aquel que me conforta” (Flp 4,13). No dudéis, queridos hijos, de que Dios ha constituido a su Hijo Jesucristo Señor y Mesías. Jesucristo ha de ser nuestro único Señor. A Él sólo hemos de adorar. A Él únicamente hemos de amar con todo el corazón y con todo nuestro ser. Con la ordenación vais a establecer con Jesucristo una alianza y amistad eterna, hasta tal punto que, desde hoy en adelante, podréis decir con Santa Teresa: “Ya yo no quiero otro amor, pues a mi Dios me he entregado, y mi amado es para mi y yo soy para mi amado”.

La consagración a Dios se hace de una vez para siempre pero hay que renovarla cada día. Debido a nuestra fragilidad, hemos de convertirnos cada día; o lo que es lo mismo, cada día hemos de poner a punto la brújula de nuestra vida para no errar el camino. Ese modo de hacer lleva consigo el sufrimiento. Pero escuchemos de nuevo a Pablo que en su carta nos decía: “En pago, Dios proveerá todas vuestras necesidades con magnificencia, conforme a su espléndida riqueza en Cristo Jesús” (Flp 4,19). Y en el Salmo hemos cantado: “El Señor es mi Pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar: me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas” (Sal 22,1-2). Y un poco más adelante afirmaba: “Aunque camine por cañadas oscuras nada temo: tu vara y tu cayado me sosiegan” (Sal 22,4).

No hay entrega, ni fidelidad, ni amor verdadero sin servicio generoso. Cuanto más nos entregamos, cuanto mejor servimos, más sufrimos. Pero no tengáis miedo: ese es el precio que hay que pagar para acercar los hombres a Dios, para invitarles al banquete de la Palabra, de la Eucaristía, de la comunión con Dios.

Desearía que, cada uno de vosotros, queridos ordenandos, acogierais como dirigidas a vosotros estas palabras de San Ignacio a San Policarpo: “Desempeña el cargo que ocupas con toda diligencia corporal y espiritual. Preocúpate que se conserve la concordia que es lo mejor que puede existir. Llévalos a todos sobre ti, como a ti te lleva el Señor. Sopórtalos a todos con espíritu de caridad, como siempre lo haces. Dedícate continuamente a la oración. Pide mayor sabiduría de la que tienes. Mantén alerta tu espíritu, pues el espíritu desconoce el sueño. Háblales a todos al estilo de Dios. Carga sobre tí, como perfecto atleta, las enfermedades de todos. Donde hay más fatiga, también hay mucha ganancia” (Carta de San Ignacio de Antioquía a San Policarpo de Esmirna, 1,1).

Queridos todos: Dentro de unos momentos suplicaré al Señor para que derrame el Espíritu Santo sobre nuestros hermanos, con el fin de que les “fortalezca con los siete dones de su gracia y cumpla(n) fielmente la obra del ministerio”. Unámonos todos en esta oración para que estos acólitos obtengan esta nueva efusión del Espíritu Santo. Y oremos a Dios, fuente y origen de todo don, que nos conceda nuevas vocaciones al ministerio ordenado. A Él se lo pedimos de las manos de María, la Virgen del Pilar, por Jesucristo Nuestro Señor. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Acercarse a la Palabra de Dios

Queridos Diocesanos:

En este mes de octubre se celebrará en Roma un Sínodo de Obispos dedicado a la Palabra de Dios. Sería bueno que con esta ocasión aprendiéramos a apreciar un poco más la Palabra de Dios. Necesitamos despertar en nosotros el hambre de la Palabra de Dios. Es cierto que hoy la escuchamos más; tal vez hayamos comprado la Biblia. Pero, ¿leemos la Sagrada Escritura y cómo lo hacemos? Además, aunque ha crecido el número de los que leen la Escritura, son todavía muchos los que no la leen y, por ello, no la conocen. Hace unos días leía que los cristianos españoles somos en Europa los que menos leemos la Sagrada Escritura; sólo la lee un 20% de toda la población española.

Pero, quien no conoce la Escritura, desconoce a Jesucristo, decía San Jerónimo. Ahora bien el programa de vida de todo cristiano es conocer a Jesucristo, amarle e imitarle, para vivir en Él la vida trinitaria y transformar con Él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste; esto sólo será posible con la lectura y el conocimiento vivencial de la Sagrada Escritura.

“La Palabra de Dios -decía san Ambrosio- es la sustancia vital de nuestra alma; la alimenta, la apacienta y la gobierna; no hay nada que pueda hacer vivir el alma del hombre fuera de la Palabra de Dios”.

“Es tanta la eficacia que radica en la palabra de Dios -añade la Dei Verbum-, que es, en verdad, apoyo y vigor de la Iglesia, y fortaleza de la fe para sus hijos, alimento del alma, fuente pura y perenne de la vida espiritual.

Y el Papa Benedicto XVI nos recuerda que “la asidua lectura de la Sagrada Escritura acompañada de la oración realiza ese íntimo coloquio en el que, leyendo, se escucha a Dios que habla, y orando se le responde con confiada apertura de corazón”.

El Apóstol Santiago en su carta (St 1,18-25) indica cómo hemos de acercarnos a la Sagrada Escritura. El Apóstol señala tres pasos en la lectura de la Palabra de Dios: acogerla, meditarla y ponerla por obra. La escucha de la Palabra, para acogerla con docilidad, tiene lugar en la Liturgia, en las escuelas bíblicas y en los cursos de Biblia, e, insustituible, en su lectura personal en casa. Esto es necesario, pero no suficiente. Nos quedaríamos en la letra, descuidando el Espíritu.

En necesario un paso más, que consiste en ‘fijar la mirada’ en la Palabra; es decir meditar o contemplar con fe la Palabra, sabiendo que Dios nos habla. Los Padres utilizaban al respecto las imágenes de masticar y de rumiar la Palabra. Se trata de dejarse escrutar por la Escritura. En el espejo de la Palabra no sólo nos vemos a nosotros mismos; vemos el rostro de Dios; mejor: vemos el corazón de Dios. La Escritura, es una carta de Dios omnipotente a su criatura; en ella se aprende a conocer el corazón de Dios en las palabras de Dios. Dios nos habla en la Escritura, y lo que colma su corazón es el amor.

Y el último paso es poner por obra la Palabra  Jesús mismo nos dice: “Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen” (Lc 8,21). Sin este “poner por obra la Palabra”, sin obedecer la Palabra, todo se queda en ilusión, en construcción en arena.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de la Virgen del Rosario

Basílica de San Pacual de Villareal – 5 de octubre de 2008

(Za 2, 14-17; Magnificat; Hech 1,12-14; Lc 1,26-38)

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor

El Señor nos convoca un año más en torno a la mesa del Pan de la Palabra y de la Eucaristía para honrar y venerar a vuestra patrona, querida Asociación de la Virgen del Rosario. Este Domingo os toca a vosotras, las no casadas. Os saludo de corazón a todas y os agradezco vuestra delicadeza al invitarme a presidir esta Eucaristía. Saludo también a todos cuantos habéis acudido a esta Basílica de San Pascual en esta mañana de primer Domingo de octubre, mes misionero y mariano, mes del Rosario. Saludo con afecto los párrocos de San Jaime, al Sr. Arcipreste de Villareal y a los sacerdotes concelebrantes, a toda la comunidad parroquial que nos acoge, a las niñas de primera Comunión.

Un saludo muy especial a todos los que estáis unidos a nuestra celebración a través de la radio, en especial a los enfermos e impedidos. Con vuestra presencia y participación queréis mostrar vuestro cariño, vuestra sincera devoción y vuestro amor a la Madre, la Virgen del Rosario.

La palabra de Dios que hemos proclamado en la Misa de este día de fiesta, nos muestra a María, la madre de Dios, que escucha con fe, acoge con prontitud y vive con fidelidad la Palabra de Dios.

“Aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra” (Lc 1, 38). Así responde Maria al anuncio del Ángel, que ella ha sido la agraciada y elegida por Dios para ser la madre de su Hijo, la Madre del Verbo de Dios. Gracias a esta disponibilidad total de María a la palabra de Dios por medio del ángel, la Palabra misma de Dios, se hace carne en su seno virginal. En verdad, con Zacarías podemos cantar a María: “Alégrate y goza, hija de Sión, que yo vengo a habitar dentro de ti” (Za 2, 14-17; 14). María, la Madre del Hijo de Dios, el Verbo de Dios hecho carne, no sólo nos da a Dios, sino que dirige nuestra mirada a la Palabra de Dios, nos congrega en torno a sí en oración como a los Apóstoles (Cf. Hech 1,12-14), para que aprendamos acoger con fe como ella toda palabra que sale de la boca de Dios.

Hoy precisamente la Iglesia universal comienza en torno al sucesor de Pedro, el Papa Benedicto XVI, un Sínodo de Obispos dedicado a la Palabra de Dios en la vida y misión de la Iglesia y de los creyentes. Es bueno que miremos a María, modelo para todo creyente del modo cómo hemos de acoger y vivir la Palabra de Dios. Desde la misma anunciación, María es la maestra y el modelo viviente del encuentro personal y comunitario con la Palabra de Dios: ella la escucha y acoge con fe, la medita e interioriza, y ella la vive la Palabra de Dios, la pone en práctica. Sí: hermanos y hermanas: María es la mujer de la Palabra de Dios.

Quizá sea el Magníficat, que hemos escuchado en el salmo, la mejor muestra de María como mujer de la Palabra. Como nos dice Benedicto XVI, esta poesía de María, en que ella nos muestra su alma, “es un “tejido” hecho completamente con ‘hilos’ del Antiguo Testamento. En el Magníficat podemos ver que María ‘se sentía como en su casa’ en la Palabra de Dios: María vivía de la palabra de Dios, estaba configurada por ella. Ella hablaba con palabras de Dios, pensaba con palabras de Dios; sus pensamientos eran los pensamientos de Dios; sus palabras eran las palabras de Dios. Estaba penetrada de la luz divina; por eso era tan espléndida, tan hermosa, tan buena; por eso irradiaba amor y bondad. María vivía y estaba impregnada de la Palabra de Dios.

Al estar inmersa en la palabra de Dios, al tener tanta familiaridad con ella, recibía también la luz interior de la sabiduría. Quien piensa con Dios como María, piensa bien; y quien habla con Dios como María, habla bien, tiene criterios de juicio válidos para todas las cosas del mundo, se hace sabio, prudente y, al mismo tiempo, bueno; también se hace fuerte y valiente, con la fuerza de Dios, que resiste al mal y promueve el bien en el mundo.

Cuando cantamos y proclamamos el Magnificat, María habla con nosotros, nos habla a nosotros, nos invita a conocer la Palabra de Dios, a amarla, a vivir con ella, a pensar con ella.

Todo cristiano, vosotras queridas hijas, estamos llamados a conocer y amar a Jesucristo y su Palabra, como María lo hizo, para unirnos con Él, imitarle, seguirle y testificarle. Pero, como dice San Jerónimo, quien no conoce la Escritura, no conoce a Jesucristo. Por ello hoy debemos preguntarnos: ¿leemos la Sagrada Escritura, escuchamos con fe como María al Dios que nos habla? Las encuestas dicen que sólo el 20% de los españoles leemos la Biblia. Quizá tengamos una Sagrada Escritura en casa, pero ¿la leemos?

La Sagrada Escritura es la Palabra de Dios vivo; en ella Dios, “sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos” (DV 2). Puede, sin embargo, que nos resistamos a leerla y escucharla. Recordemos la parábola de sembrador: la semilla, que es la Palabra de Dios, cae en terreno pedregoso, o en tierra poco profunda, o entre cardos y abrojos (cf. Mt 13,1-9). También cayó en tierra buena y dio fruto. Puede que el campo de nuestra alma esté condicionado para leer y acoger la Palabra de Dios. Nuestro corazón endurecido ante Dios, nuestras preocupaciones diarias, nuestros pequeños ídolos, el ambiente de la ciencia positiva y de la técnica ahoga con frecuencia las preguntas importantes de nuestra vida. El pluralismo ideológico actual en el que cualquier opinión es válida, nos induce también a ser escépticos hacia la Verdad. Puede que la cultura actual, que considera la Biblia como un residuo anacrónico, una ideología que se resiste a morir o una palabra extraña para el hombre moderno, haya hecho mella también en nuestro interior.

Entristece que, por la razón que sea, una gran mayoría desconoce la Biblia. La ignorancia de la Sagrada Escritura es considerable entre nosotros. Vivimos lejos de la Palabra de Dios. Y debemos salir de esa ignorancia. Es urgente favorecer el encuentro de los cristianos con la Palabra de Dios. Es preciso que la Palabra de Dios circule en nuestra Iglesia, en nuestras comunidades, en nuestras casas, en vuestra asociación. Necesitamos escuchar con atención religiosa la Palabra de Dios en la Eucaristía, leerla en casa personalmente y en familia, precisamos conocerla y rezarla en los grupos bíblicos. Sé, que vosotras rosarieras, os reunís habitualmente en vuestra casa social para distintas actividades culturales. Y ¿por qué no para la lectura, escucha y conocimiento de la Sagrada Escritura de la mano de vuestros sacerdotes?

La Palabra de Dios escuchada y explicada, compartida y convertida en fuente de oración, tiene un frescor y un sabor que no poseen otros alimentos del espíritu. “La Palabra de Dios -decía san Ambrosio- es la sustancia vital de nuestra alma; la alimenta, la apacienta y la gobierna; no hay nada que pueda hacer vivir el alma del hombre fuera de la Palabra de Dios”. “Es tanta la eficacia que radica en la palabra de Dios -añade la Dei Verbum-, que es, en verdad, apoyo y vigor de la Iglesia, y fortaleza de la fe para sus hijos, alimento del alma, fuente pura y perenne de la vida espiritual. Y el Papa Benedicto XVI nos recuerda que “la asidua lectura de la Sagrada Escritura acompañada de la oración realiza ese íntimo coloquio en el que, leyendo, se escucha a Dios que habla, y orando se le responde con confiada apertura de corazón”.

Como nos dice el Apóstol Santiago (St 1,18-25) hemos de leer con fe y acoger con docilidad la Palabra de Dios. Es lo que nos enseña María, la Virgen del Rosario. Como ella ‘fijemos la mirada’ en la Palabra; es decir meditemos en nuestro corazón y contemplemos con fe la Palabra, sabiendo que Dios nos habla. En el espejo de la Palabra no sólo nos vemos a nosotros mismos, porque nos descubre cómo somos y nos interpela; pero sobre todo, vemos también el rostro de Dios; mejor: vemos el corazón de Dios. La Escritura es una carta de Dios vivo a su criatura; en ella se aprende a conocer el corazón de Dios en las palabras de Dios. Dios nos habla en la Escritura, y lo que colma su corazón es el amor.

Jesús mismo, sin embargo, nos dice que no basta con escuchar la Palabra; es necesario ponerla por obra, vivir como María la Palabra y desde la Palabra de Dios. A aquellos que le dicen que su madre y sus hermanos está fuera y le buscan, les replica: “Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen” (Lc 8,21). Sin “poner por obra la Palabra”, sin obedecerla, todo se queda en ilusión, en construcción en arena. ¡Cómo lo entendió y vivió la Virgen! “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. Y la Palabra de Dios dio forma a toda su vida.

A María, la Virgen del Rosario, le pido hoy que nos ayude a conocer, acoger y vivir la Palabra de Dios. Siguiendo sus huellas y su ejemplo conoceremos el rostro y el corazón de Dios; conoceremos a Jesucristo, el Hijo de María Hijo, el Verbo Encarnado, que avivará nuestra fe y vida cristiana, familiar y asociativa. Conocer, comprender, creer y amar a Jesucristo -nuestro Salvador- es lo más grande que se nos puede regalar. Maria es nuestra maestra en la escucha dócil y disponible hacia la Palabra de Dios. Que María, la Virgen del Rosario, nos ayude a saber escuchar a Dios y a su Hijo en nuestra vida; así se fortalecerá nuestra fe y vida cristiana. ¡Que ella nos ayude a vivir como discípulos y testigos de su Hijo y del Evangelio en el mundo! Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Centrados en Cristo

Queridos diocesanos:

Al comienzo de un nuevo curso pastoral es oportuno recordar algo de vital importancia: nuestra vida cristiana, personal y comunitaria, y todos nuestros proyectos  y actividades pastorales deben estar centrados siempre en Cristo.

El Evangelio nos recuerda que Jesús, antes de enviar a sus discípulos al mundo, les invita a estar con El para que le conozcan y tomen conciencia de la íntima relación de amor que vive con el Padre, para que entren en comunión con El, para que, en un diálogo íntimo y amistoso con Él, descubran la misión que les va a confiar, y para que, desde la comunión de todos con su persona y entre todos en su persona, puedan dar testimonio de que El es el Mesías, el Señor, el Hijo del Dios Vivo.

La vida cristiana, el testimonio cristiano y el anuncio del Evangelio nacen siempre del conocimiento amoroso de Jesucristo y de una vida de común unión con su persona. Debemos hacer, pues, un esfuerzo permanente para superar el peligro del activismo; es decir: El hacer por hacer. Tenemos que  buscar ser antes que hacer: ser creyentes y discípulos para ser sus testigos. Sin la contemplación del rostro de Cristo, sin el conocimiento de su persona y de su Evangelio en la tradición viva de la fe de Iglesia, sin la unión amorosa y vital con Él, nuestros proyectos y trabajos, personales y comunitarios, dejarán de ser un instrumento al servicio del Plan Salvador de Dios; estarán faltos de su contendido propio y privados de la savia de la gracia.

La Iglesia diocesana y los fieles que la formamos, así como las vicarías, parroquias, delegaciones, arciprestazgos, comunidades, grupos y movimientos, hemos de tener siempre presente que toda nuestra vida cristiana, que toda la vida y misión de nuestra Iglesia, que todas nuestra programaciones y actividades deben centrarse en Jesucristo para conocerle mejor, amarle más y seguirle de cerca; vivir en Él la vida de comunión trinitaria, creadora de comunión eclesial, que nos envía a transformar con Él el mundo hasta su perfeccionamiento en Reino de Dios.

En un mundo refractario y hostil tantas veces al mensaje cristiano hemos de aprender a hacer una ‘propuesta y presentación positiva’ del Evangelio. Y hemos de hacerlo con la alegría y el entusiasmo de los cristianos de los primeros tiempos y desde el testimonio que fluye de la experiencia personal de encuentro con el Señor. Esta experiencia personal necesita siempre estar refrendada por la vivencia de la comunidad, “memoria de salvación”, que es la Iglesia; es esto algo que debe ser subrayado en una sociedad individualista como la nuestra. Ya decía San Agustín que ‘un cristiano solo, es ningún cristiano’: somos cristianos junto con otros cristianos, junto con y en la comunidad de la Iglesia, cuya fe compartimos, celebramos y vivimos.

En definitiva. El encuentro personal con Cristo y la contemplación de su rostro en la oración personal y comunitaria, en la Palabra y en los sacramentos, en especial de la Eucaristía y de la Penitencia, y en su reflejo en el rostro de los hombres, especialmente en los pobres, son de vital importancia para nuestra vida y misión.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón