Jornada Mundial de la Juventud

Queridos diocesanos:

La lejanía de Sydney no puede hacernos olvidar que del 15 al 20 de este mes de Julio se celebrará en esta ciudad de Australia la XIII Jornada Mundial de la Juventud. Estas Jornadas, puestas en marcha por el Siervo de Dios Juan Pablo II, se han convertido en el evento juvenil más grande del mundo. Cada tres años, las Jornadas reúnen a jóvenes de todo el mundo para construir desde la fe cristiana puentes de amistad y esperanza entre los continentes, las gentes y las culturas.

Quien ha tenido la dicha de participar en alguna de estas Jornadas, sabe que es una experiencia inolvidable. El encuentro gozoso y festivo en el Señor Jesús con tantos jóvenes que comparten la misma fe, el ambiente de oración personal y comunitaria, la celebración gozosa de la fe y la experiencia de la catolicidad de la Iglesia al encontrarse con jóvenes de todo el mundo en torno al Papa marcan de algún modo el futuro de la propia vida cristiana. ¡Cuantos jóvenes se han reencontrado con la propia fe o han quedado fortalecidos en su vida cristiana! ¡Y cuantos jóvenes han descubierto la llamada del Señor al sacerdocio, a la vida consagrada, al matrimonio cristiano, a un laicado adulto y comprometido, o a la misión!

A pesar de la distancia, del coste económico y de otros inconvenientes también nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón estará presente en este encuentro mediante un grupo de quince jóvenes. Durante los últimos meses lo han venido planificando y preparando. Ahora marchan con la expectación propia de un espíritu juvenil para dar la bienvenida al Papa Bendicto XVI a su llegada a la “Tierra Austral del Espíritu Santo”.

Precisamente el Espíritu Santo estará en el centro de esta Jornada, que tiene como tema: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos” (Hch 1, 8). El hilo conductor del encuentro en Sydney es el Espíritu Santo y la misión. Como nos recuerda el Papa en su mensaje, el Espíritu Santo es el Espíritu de fortaleza y testimonio, que nos da el valor de vivir el Evangelio y la audacia de proclamarlo. Para ello hay que acoger al Espíritu Santo, Protagonista de la historia de la salvación: reconocer su verdadera identidad, escuchando sobre todo la Palabra de Dios; tomar conciencia de su presencia viva y constante en la vida de la Iglesia; redescubrir que el Espíritu Santo es como el “alma”, el respiro vital de la propia vida cristiana gracias a los sacramentos de la iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía; hacerse capaces así de ir madurando una comprensión de Jesús cada vez más profunda y gozosa y, al mismo tiempo, hacer una aplicación eficaz del Evangelio en el alba del tercer milenio.

Estoy seguro que estos días ayudarán a los jóvenes a verificar la calidad de su fe en el Espíritu Santo, de volver a encontrarla si se ha extraviado, de afianzarla si se ha debilitado, de gustarla como compañía del Padre y del Hijo Jesucristo. Así tendrán la oportunidad de redescubrir su llamada bautismal y la fortaleza necesaria para la misión de ser testigos del Evangelio en el mundo moderno, en especial, entre los jóvenes. Acompañémosles desde aquí con nuestra oración y sacrificio.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Tiempo de vacaciones

Queridos diocesanos:

En estos meses de verano son muchos los que disfrutarán de unas merecidas vacaciones. Muchas son, en efecto, las personas en edad estudiantil y laboral y con salud que pueden disfrutar de descanso en estos días. Unos saldrán hacia los lugares de turismo, de playa o de montaña, y otros vendrán a hacer turismo entre nosotros. No faltarán quienes regresarán a sus pueblos para encontrarse con sus raíces, con su familia y con los amigos de siempre; nuestros pueblos se duplican o triplican en estos días.

En este clima vacacional no olvidemos a quienes también entre nosotros no podrán gozar de vacaciones. Son aquellos que han de trabajar todo el año, los parados y sus familias, los enfermos, las familias con una economía de subsistencia, los pensionistas humildes…; son éstos tan sólo ejemplos de quienes no pueden experimentar esta división entre trabajo y vacación. En una cultura del bienestar y del consumo, influenciada por la industria del ocio y del pasatiempo, no podemos dejarnos llevar por el individualismo imperante y olvidar a quienes viven estas situaciones.

Lo propio de las vacaciones es descansar, poder realizar otro tipo de actividad y poder disponer de nuestro tiempo sin estar atados por el horario laboral y por las prisas del día a día. Se puede simplemente matar el tiempo o emplearlo bien, dejarlo pasar o, más bien, aprovecharlo y vivirlo de forma enriquecedora. Las vacaciones ofrecen sobre todo la posibilidad del descanso físico y psíquico; pero tenemos también mucho tiempo para la lectura reposada y formativa, para la reflexión sobre nosotros mismos y nuestra vida, para la convivencia y para el encuentro con la familia, con los amigos y con otras culturas. Durante el año, el horario laboral hace imposible a muchos esposos poder hablar con sosiego y a los padres poder dedicarse a sus hijos, dialogar con ellos y compartir sus preocupaciones y ayudarles en su crecimiento.

Los días de vacación ofrecen también más tiempo para compartir con el necesitado y más tiempo para dedicar a Dios y fortalecer nuestro espíritu. No olvidemos que en verano seguimos siendo cristianos. Dios no se toma vacaciones en su búsqueda  amorosa del hombre. Las vacaciones pueden ser tiempo excepcional para dejarse hablar por Dios y fortalecer la vida espiritual. El verano nos ofrece una magnífica oportunidad para encontrarnos con Dios. En la playa, en la montaña, en la serranía, podemos descubrir la presencia de Dios y alabarle por haberla hecho tan hermosa. También en el ocio y en la diversión podemos y debemos vivir nuestra condición de cristiano, sin ponerla entre paréntesis, sin avergonzarnos de serlo. También en verano, el domingo sigue siendo el día del Señor y tenemos tiempo para participar en la Eucaristía dominical y hacerlo en familia. En los desplazamientos hemos saber conducir y conducirnos con prudencia para no peligrar la propia vida y evitar riesgos a la vida de los demás. Y en el ocio debemos vivir con limpieza de corazón no dejándonos llevar por el derroche, el egoísmo y el disfrute a toda costa.

No seamos egoístas y pensemos también en quienes no tienen vacaciones por razones laborales o económicas. La caridad con el necesitado tampoco toma vacaciones.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Ordenación de cuatro presbíteros

 

Castellón, S.I. Con-catedral de Sta. María, 3 de Julio de 2008

  

Amados hermanos y hermanas en el Señor

“Cantaré eternamente, tus misericordias, Señor” (Sal 88). En esta mañana nos unimos a vuestra alegría, queridos Telesforo, Marc, Angel y Juan Carlos, y con vosotros cantamos al Señor por su gran amor hacia vosotros, y, en vuestras personas, para vuestras familias y para nuestra Iglesia diocesana. Las palabras del Salmista nos invitan una vez más a la alabanza y a la acción de gracias a Dios: hoy lo hacemos por vuestra vocación y por vuestra ordenación sacerdotal. Ambas son una gracia de Dios para vosotros; sí, pero también y ante todo para nuestra Iglesia, que en estos tiempos de escasez vocacional, se ve una vez más agraciada en vuestras personas.

Gracias sean dadas a Dios, que te os llamado, cuidado y enriquecido con sus dones a lo largo de estos años de Seminario en que habéis sabido acoger, discernir y madurar su llamada. Bien sabéis, que, como en tantos otros casos, en todo este proceso vuestro no hay aparentemente nada de extraordinario, salvo la acción amorosa de Dios, su amor misericordioso. Gracias le sean dadas por vuestro corazón disponible, generoso y agradecido a su vocación; gracias por vuestra fe confiada en el Señor, que os ha ayudado a superar miedos y temores.

Sí, hermanos, cantemos eternamente las misericordias del Señor: Dios muestra de nuevo su benevolencia para con nosotros, para con esta Iglesia suya, que peregrina en Segorbe-Castellón y, en ella, para toda la Iglesia. Quiero también expresar mi profunda gratitud y felicitación a todos cuantos han cuidado de vuestra formación, así como a vuestros padres, familiares y a todos los que os han ayudado a discernir, acoger y madurar la llamada del Señor al sacerdocio; a todos cuantos os han animado a corresponder a ella con alegría, confianza y generosidad con que lo hacéis. Estoy seguro de que seguirán estando cerca de vosotros, para que perseveréis en el ministerio sacerdotal y podáis cumplir la misión que el Señor os confía hoy.

En la primera lectura hemos proclamado la elección del profeta Jeremías: “Antes de formarte en el vientre, te escogí; ante de que salieras del seno materno, te consagré: te nombré profeta de los gentiles” (Jer 1, 4-5). Jeremías es elegido y llamado por pura gracia de Dios. El Señor le llama; no por mérito alguno por su parte, sino por puro don y gracia. Jeremías, por su parte, se siente indigno e incapaz para la misión que Dios le encomienda; tiene miedo ante la misión. Es la elección de Dios, es su llamada y es su fuerza las que hacen de Jeremías profeta del Señor.

Vosotros también, queridos hijos y hermanos, habéis ido descubriendo poco a poco que era Dios quien os había elegido desde antes de ser concebidos para ser sus presbíteros de la Iglesia del Señor; no por vuestros méritos ciertamente, sino por pura gracia. Vosotros también habéis escuchado la llamada certera del Señor a su seguimiento.

Como en el caso de Jeremías, puede que al inicio de vuestro ministerio os embargue también el miedo: miedo ante vosotros mismos por vuestras limitaciones y debilidades, miedo ante la misión en un mundo secularizado y la debilidad de nuestra iglesia en muchos de sus miembros y comunidades; miedo ante un ambiente cada vez más hostil frente a la Iglesia; miedo ante las amenazas cada vez más fuertes del laicismo excluyente y anticristiano, que nos aparece todopoderoso. En estas circunstancias resuenan hoy de nuevo las palabras del Señor a Jeremías: “No les tengas miedo, que yo estaré contigo para librarte” (Jer 1, 30). La iniciativa divina y la fuerza de Dios rompen siempre los débiles razonamientos humanos.

¡No tengáis miedo! El mismo Señor Jesús tendrá que repetir estas palabras a los Apóstoles cuando dudan en su fe o cuando desconfían de la fuerza de palabra de Jesús: es una llamada a que sientan de cerca la fuerza sobrenatural y a que superen el miedo de poder responder al gran don de Dios. ¡No tengáis miedo! os dice el Señor hoy a vosotros. Dios que os concede el don del ministerio sacerdotal, os concede también la fuerza para vivirlo. Es bueno, sin embargo, acoger y vivir el ministerio con el temor de Dios, para sentirse hoy y siempre pequeños y pobres ante Dios, para ser conscientes hoy y siempre de nuestra flaqueza y debilidad ante la grandeza de Dios, para experimentar nuestra poquedad frente a la riqueza del Omnipotente. El Papa san León Magno se pregunta: “¿Quién no verá en Cristo mismo la propia debilidad?”. Jeremías se ve indigno e incapaz, es la fuerza de Dios lo que le hace superar sus miedos. También María, la humilde doncella del pueblo, se ve tan poca cosa… ¡pero en Dios se siente fuerte y desaparece el miedo!

Siendo conscientes de nuestra debilidad, comprendemos con San Pablo que Dios “ha escogido lo débil del mundo, para confundir lo fuerte” (1Cor 1,26). Siguiendo el ejemplo de Jeremías, de Pablo y de tantos otros, podéis hacer vuestras  las Palabras de Jesús, el Buen Pastor, con quien hoy seréis configurados: “Aquí estoy, Señor para hacer tu voluntad”.

Yo soy el Buen Pastor” (Jn 10, 11), dice Jesús de sí mismo, en el Evangelio que hemos proclamado. Jesús es el Buen Pastor, porque da la vida por las ovejas; porque las conoce bien y vive entre ellas participando de sus problemas, porque se preocupa especialmente de las que están fuera del redil.

Vosotros, queridos hijos, vais a ser ungidos, consagrados y enviados para ser pastores y guías al servicio del pueblo de Dios, en nombre y en representación de Cristo Jesús, el Buen Pastor. Jesús, el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas, ejemplo sublime de entrega amorosa, invita ‘a quienes el constituye pastores, según su corazón’ a seguir sus mismas huellas.

La primera y principal característica del buen pastor es dar, gastar y desgastar la propia vida por las ovejas. Es la suprema muestra del amor, del celo apostólico, de la caridad pastoral. De lo contrario se vivirá no para el ministerio, sino del ministerio; se servirá uno de él en beneficio y provecho propio, en lugar de vivirlo como servicio desinteresado a los hermanos.

San Pedro nos exhorta: “Sed pastores del rebaño de Dios a vuestro cargo, gobernándolo no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por sórdida ganancia, sino con generosidad; no como déspotas sobre la heredad de Dios, sino convirtiéndoos en modelos del rebaño” (1 Pt 5,2-3). No es el despotismo autoritario, sino el amor entrañable y el servicio fraterno, lo que caracteriza al buen pastor. Ser buen pastor exige entrega incondicional y amor entrañable a los co-presbiteros, a la comunidad y a cada persona. Nuestra motivación sólo puede ser el servicio y el testimonio de una entrega total y desinteresada a la comunidad y a los hermanos: nuestro único interés ha de ser Jesucristo, su Evangelio y llevar a las personas al encuentro con Cristo y su salvación.

Para ser buen reflejo de Cristo, el Buen Pastor, es preciso que os identifiquéis más y más con El. Vivid de tal modo que la identificación con Cristo se refleje cada día más y mejor en toda vuestra existencia para ser para los demás una imagen lo más transparente posible del Buen Pastor.

Por ello no puede caer en el olvido vuestra referencia permanente y dinámica de vuestras personas y de vuestro ministerio a Cristo, el Buen Pastor y al lugar central que le corresponde. No podréis ser buenos pastores, tras las huellas del buen Pastor, sin una profunda relación de amor con Dios Padre, buscando siempre su voluntad, como Cristo Jesús. Y no podréis tampoco ser buenos pastores, sin cultivar una profunda relación de amor y amistad con Cristo Jesús, el Buen Pastor. Nadie da lo que no tiene. Nadie puede transmitir a Cristo, si no está unido vital y existencialmente a Él por el amor. Si estamos desnutridos, si estamos alejados de la fuente de la  Vida, no podremos transmitir vida. Sólo desde nuestro amor a Cristo, podremos amar, cuidar y apacentar a aquellos que El nos encomienda, con respeto, con comprensión y, sobre todo, con verdadero amor. Nuestra caridad pastoral será la prueba de nuestro amor a Cristo.

Como sacerdotes seréis hombres de la Palabra: os corresponderá la tarea de llevar en nombre de Cristo y de su Iglesia el anuncio del Evangelio a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo, a los niños y adolescentes, a los jóvenes y a los adultos. Deberéis hacerlo con gran sentido de responsabilidad, comprometiéndote a estar siempre en plena sintonía y comunión con la fe de la Iglesia.

Seréis también hombres de la Eucaristía, mediante la cual entréis cada vez más en el corazón del misterio pascual. En la Eucaristía se actualiza la sacrificio redentor del Señor, la oblación de su cuerpo, una vez para siempre, por la que todos quedamos santificados (cf. Heb 1, 10). Al entregaros la patena y el cáliz, os diré: “Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras,  conforma tu vida con el misterio de la Cruz”. La celebración de la Eucaristía pide la entrega total de tu persona como Cristo Jesús hasta dar la vida. ¡Haced de vosotros y de vuestra existencia un don generoso y creativo de ti mismo a Cristo, a su Evangelio y a los hermanos! No cedáis nunca a la tentación de replegaros en vosotros mismos, o de conformaros con lo ya hecho, o de caer en el pesimismo o en el cansancio.

¡Que María, la virgen, que os ha acompañado en vuestro proceso vocacional os aliente y proteja en la nueva etapa que hoy comenzáis con alegría y esperanza como presbíteros de la Iglesia del Señor! Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

En el Día del Papa

Queridos diocesanos:

Este domingo celebramos la Solemnidad de San Pedro y de San Pablo, columnas de la Iglesia y heraldos del Evangelio. Por caminos diversos, ambos congregaron la única Iglesia de Cristo y, a ambos, coronados por el martirio, celebra hoy el pueblo con una misma veneración.

En este día dedicamos un especial recuerdo al Papa. Es una jornada para agradecer a Dios la persona y el ministerio del Papa, y para avivar en nosotros su papel insustituible para toda la Iglesia y para cada uno de los cristianos católicos. El Papa es el sucesor de Pedro, primer Obispo de Roma. Entre los Apóstoles, testigos directos de las palabras, vida y obras de Jesús, elegidos y enviados por Él mismo para ser sus testigos y maestros en su nombre, Pedro tiene por voluntad expresa de Jesús un significado especial. Jesús eligió a Pedro para ser el apoyo firme de la fe y de la vida religiosa de sus discípulos. “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” y “He orado por ti para que tu fe no desfallezca. Cuando estés fuerte confirma a tus hermanos”, le dice el Señor a Pedro. Los Apóstoles reconocieron a Pedro la función de presidencia de todos ellos. Después de ascender Jesús al Cielo, Pedro presidía la vida y las actividades de los Doce. Pedro es testigo, fundamento y piedra firme de la fe de todos los creyentes: él es la piedra sobre la que Jesús construye su Iglesia, el fundamento de la unidad en la fe de la comunidad de los creyentes.

Después de anunciar el evangelio en Jerusalén, Pedro va a Antioquia, y luego a Roma. Roma era el centro del mundo conocido. Situarse en Roma era una manera de manifestar la universalidad del evangelio de Jesús y de impulsar la difusión de la fe cristiana por todo el mundo. Hay testimonios muy antiguos de que los Obispos de todo el mundo se sentían vinculados a la tradición cristiana de Roma. La huella de Pedro ha dado a la Iglesia de Roma ese papel de ser referencia para todas las demás Iglesias, garantía de la autenticidad y de la unidad católica de la fe y de la vida de todos los cristianos.

El ministerio de Pedro se perpetúa en el Obispo de Roma. El Papa garantiza la unidad en la fe de todos los cristianos, de todos los Obispos, de todas las Iglesias diocesanas. Los cristianos católicos sabemos que nos encontramos dentro de la corriente viva de la fe de los Apóstoles, que arranca del mismo Cristo, si estamos en comunión amorosa y creyente con el sucesor de Pedro, con su persona y su doctrina en cuestiones de fe y de moral. Esta es la garantía para saber que nuestra fe es auténtica, que somos verdaderos discípulos de Jesús. Acojamos de corazón y vivamos con fidelidad lo que el Papa enseña en cuestiones de fe y de moral. Nuestra fe ha de ser personal, sí, pero también eclesial, apostólica y en comunión afectiva y efectiva con el Papa.

En las parroquias y templos de nuestra Diócesis habrá en este día oraciones especiales por el Papa, Benedicto XVI, por su ministerio y por sus intenciones. Haremos también una colecta para colaborar con las ayudas que el Papa envía continuamente a los más necesitados del mundo; seamos generosos.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Visita Pastoral

Queridos diocesanos:

Hace algunas fechas me reunía con los Arciprestes para anunciarles que el próximo otoño, si Dios quiere, comenzaremos ya la Visita Pastoral a toda la Diócesis. Les presentaba también el plan de la visita, que realizaremos por Arciprestazgos. Os recuerdo que el Arciprestazgo es la unión de varias parroquias próximas; al frente de cada uno hay un sacerdote –el Arcipreste-, nombrado por el Obispo a propuesta de los sacerdotes, que sirve de la lazo de unión entre el Arciprestazgo y la Diócesis, y alienta la vida y la misión de nuestra Iglesia en el mismo.

La Visita Pastoral es una de las tareas más importantes del Obispo en la propia Diócesis. En efecto, el Obispo tiene la obligación de visitar la Diócesis cada año total o parcialmente, de modo que al menos cada cinco años visite la Diócesis entera. Ya he visitado bastantes parroquias, aunque no todas, con motivo de las fiestas patronales, de las confirmaciones o con ocasión de otras celebraciones. La Visita pastoral es algo muy diferente. Es el encuentro del Obispo como Pastor – de ahí el nombre visita pastoral- con la porción del pueblo de Dios, que el Señor le ha encomendado, y que vive en todas las parroquias y otras comunidades, que integran la Iglesia diocesana. Ahora iré parroquia por parroquia, a todas ellas. Es uno de los momentos más gratificantes para el Obispo.

La Visita Pastoral forma parte de la tradición pastoral de la Iglesia, que a lo largo de los siglos ha dado muchos frutos de vida espiritual en el pueblo cristiano. Ayuda a construir la unidad de la Iglesia y a impulsar en los fieles, en las comunidades cristianas y en las instituciones de la Iglesia un renovado dinamismo en la vivencia de la fe, en la celebración de los sacramentos, en el compromiso de la caridad y en su misión evangelizadora. Es un “auténtico tiempo de gracia y momento y especial, más aún, único para el encuentro y diálogo del Obispo con los fieles” (Juan Pablo II).

La Visita Pastoral es, por lo tanto una acción apostólica que el Obispo debe cumplir animado por la caridad pastoral que lo presenta ante el Pueblo de Dios como principio y fundamento visible de la unidad en la Iglesia particular. Para los fieles, las comunidades y las instituciones que la reciben, la visita refleja en cierta medida aquella especial visita con la que el ‘supremo pastor’ y guardián de nuestras almas, Jesucristo, ha visitado y redimido a su pueblo. En ella, el Obispo se presenta ante los fieles como el pregonero del Evangelio, el maestro, el pastor y el sacerdote de su grey. Por ello tendremos tiempos para la predicación de la Palabra y para la celebración de la Eucaristía, para la oración, también por los difuntos, para la visita a los enfermos, para el encuentro con toda la comunidad parroquial, con los consejos parroquiales, con los niños, adolescentes, jóvenes y mayores, con los catequistas, lectores y voluntarios, con las asociaciones y cofradías

Para que este acontecimiento de gracia dé los frutos deseados por la Madre Iglesia, os animo a acogerla de corazón y a prepararnos ya mediante la oración. Pronto os llegarán los materiales oportunos. Y os pido que colaboréis en su realización con vuestra participación activa.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Inauguración de la capilla de la casa de las Siervas de Jesús

 

Castellón, 22 de junio de 2008

 (Jr 20,10-13; Sal 68; Rm 5,12-15; Mt 10,26-33)

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor. Saludo cordialmente los Sres. Gerentes de Porcelanosa y con especial afecto a todas las Siervas de Jesús, y, en especial, a la Madre General y a la Madre Provincial.

En este Domingo, día del Señor Resucitado, la pascua semanal, el Señor Jesús nos convoca una vez más para celebrar la Eucaristía, la acción de gracias por excelencia. Dirigimos nuestra mirada a Dios, Uno y Trino, fuente y origen de todo bien y de todo don, y entonamos nuestra más sincera acción de gracias por el misterio pascual, por la muerte y resurrección, fuente de vida y de amor para el mundo, que nos permite actualizar en cada Eucaristía. En la Eucaristía, sacramento de la Caridad, tenemos la manifestación suprema del amor de Dios hacia la humanidad, manantial del amor de Dios y del amor a los hermanos.

A nuestra acción de gracias eucarística unimos en este día nuestra acción de gracias por el don de vuestra Santa Madre, Mª. Josefa del Corazón de Jesús, elegida y enriquecida con el don de Espíritu para hacer presente el “Amor Misericordioso” en el mundo del dolor mediante vuestra Congregación de las Siervas de Jesús de la Caridad: alabemos y demos gracias por la entrega, por la entereza, por la fortaleza, por la caridad y santidad de vuestra Fundadora y por vuestra Congregación. Le damos gracias por el pasado y por el presente de vuestra Congregación; le alabamos por todos los dones que a través de vosotras ha ido derramando a lo largo de estos 112 años sobre tantos enfermos, sus familias y nuestra sociedad, en especial en esta Diócesis y en la Ciudad de Castellón.

Gracias le damos a Dios por nuestras hermanas, Sor Elena Capa e Inocencia Alonso que celebran este año sus bodas de oro de profesión religiosa y que hoy renovarán sus votos. Y gracias le damos finalmente por el don de esta nueva capilla, lugar de oración y de celebración para vuestra comunidad, lugar de la presencia permanente del Señor Eucaristía entre vosotras, en el que encontraréis la fuente de vuestra comunión Dios y con las hermanas, y el aliento para vuestra misión siguiendo el carisma de vuestra Madre.

“De la comunión plena con Cristo resucitado, presente en la Eucaristía, brota cada uno de los elementos de la vida de nuestra Iglesia: en primer lugar la comunión entre todos los fieles, el compromiso de anuncio y testimonio del Evangelio, el ardor de la caridad hacia todos, especialmente hacia los pobres y los pequeños” (Benedicto XVI). En la celebración y adoración de la Eucaristía, alimentaréis vuestra devoción al Corazón de Jesús, y acrecentaréis los sentimientos de bondad y de amor para cuidar a los enfermos en sus domicilios, hospitales, clínicas y sanatorios; y a los ancianos en las residencias.

En el Evangelio de hoy, Jesús nos dice: “Lo que os digo de noche, decidlo en pleno día, y lo que escuchéis al oído pregonadlo desde la azotea” (Mt 10, 27). Sí, hermanos y hermanas: todo cristiano esta llamado a ser testigo de Jesucristo y de su Evangelio; vosotras, queridas Siervas, lo estáis para dar testimonio de Dios Amor, del Señor resucitado, Vida para el mundo, y la Buena Nueva del Evangelio esperanza para la humanidad entera.

“Estuve enfermo y me visitasteis”. Estas palabras de Jesús expresan el carisma, recibido y vivido hasta el extremo por Santa Mª Josefa; en ellas se condensa su herencia espiritual para vosotras, Siervas de Jesús; estas palabras son el resumen de lo que debe ser la vida de una Sierva de Jesús, viendo y amando en la persona del enfermo al mismo Cristo. Este será el mejor testimonio de Dios-Amor y de Jesucristo que puede dar una sierva. Los enfermos están ahí del amor de Cristo, manifestación del amor de Dios. Vosotras Siervas de Jesús salís cada noche al encuentro de Cristo, le encontráis en los hombres y mujeres, que sufren, y le amáis con vuestra asistencia personal a cada enfermo en sus domicilios, en las clínicas y en los hospitales, en dispensarios y ambulatorios, en centros para enfermos crónicos y convalecientes, sin distinción de raza, condición, enfermedad o religión.

Como Santa Mª Josefa, vuestra Fundadora, mostráis a este mundo que sufre, que el único que importa en esta vida es Él, y que por Él y por amor a Él, hay que tener, como el Buen Samaritano del Evangelio, entrañas de misericordia para con el que sufre y para con el enfermo, que hay que padecer con él –que esto es lo que significa compasión-. Vuestra atención y servicio a los enfermos se basa en el amor –amor recibido y amor compartido-, siguiendo las huellas de María, que acogió con amor el amor gratuito de Dios, le correspondió con fe y lo compartió con el necesitado.

El amor, la caridad, es el mayor de los dones recibidos, la virtud más grande de un cristiano nos recuerda San Pablo. Vuestra vida religiosa de Siervas de Jesús se basa en la fe, la esperanza y el amor vividos en la obediencia, la castidad y la pobreza; pero es el amor al enfermo lo que le da sentido y lo que constituye su finalidad de vuestra vida de Siervas de Jesús. San Pablo nos recuerda también cómo ha de ser la caridad, el amor cristiano, y cómo debe ser vuestro amor a los enfermos. “La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma nunca en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra siempre con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta” (1 Cor 13, 4-7).

Con vuestra vida, entregada al servicio del enfermo en su domicilio, sois, queridas hermanas, testigos vivos de Jesucristo y de su Buena Nueva, eficazmente presente en su Iglesia. Contribuís así a manifestar y realizar el misterio y la misión de nuestra Iglesia, sacramento del amor de Dios a los hombres en el amor de los cristianos hacia sus hermanos, especialmente hacia los más pobres y necesitados. La evangelización a que nos llama la Iglesia necesita antes de nada testigos vivos del Evangelio, de la Buena Nueva, del Amor de Dios a los hombres. El Evangelio vivido por amor entregado y desinteresado es el mejor camino para llevar a Cristo a los hombres; es el mejor camino para que los hombres se abran al amor de Dios manifestado en Cristo y dejen que éste penetre profundamente en su corazón y transforme su existencia.

El recuerdo agradecido de vuestra Santa Madre os exhortan a ser y a permanecer fieles a vuestro carisma fundacional; es una inspiración del Espíritu Santo, un don a nuestra Iglesia y a nuestra sociedad. A él habéis de recurrir constantemente para reconocer el don de Dios y recibir el agua viva. Cristo sigue manifestándose también hoy en tantos rostros que nos hablan de indigencia, de soledad y de dolor. Es necesario, pues, mantener un gran espíritu de oración y de intimidad con Dios, de adoración de la Eucaristía, que dé vida a los gestos del servicio específico que desempeñáis, pues “el Cristo descubierto en la contemplación es el mismo que vive y sufre en los pobres” (Vita consecrata, 82).

En nuestros días se intenta ocultar muchas veces la realidad de la enfermedad o de la muerte. Con vuestra atención a los enfermos en su propio domicilio, proclamáis muy elocuentemente que la enfermedad ni es una carga insoportable para el ser humano ni priva al paciente de su plena dignidad como persona. Por el contrario, puede transformarse en una experiencia enriquecedora para el enfermo y para toda la familia. Al tender una mano al desvalido, vuestra misión se convierte también en una ayuda a la entereza de los familiares y en un sutil apoyo a la cohesión en los hogares, en los que nadie debe sentirse un estorbo. “Cuanto más íntima sea la entrega al Señor Jesús, más fraterna la vida comunitaria y más ardiente el compromiso en la misión específica del Instituto” (Vita consecrata, 72), mejor viviréis el carisma recibido.

La Eucaristía os envía a la misión: porque como nos ha dicho Benedicto XVI “no podemos guardar para nosotros el amor que celebramos en el Sacramento. Éste exige por su naturaleza que sea comunicado a todos. Lo que el mundo necesita es el amor de Dios, encontrar a Cristo y creer en Él. … También nosotros podemos decir a nuestros hermanos con convicción: “Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos para que estéis unidos con nosotros” (1 Jn 1,3). Verdaderamente, nada hay más hermoso que encontrar a Cristo y comunicarlo a los demás. No podemos acercarnos a la Mesa eucarística, no podemos adorar a Cristo Eucaristía sin dejarnos llevar por ese movimiento de la misión que, partiendo del corazón mismo de Dios, tiende a llegar a todos los hombres”.

“No tengáis miedo” dice Jesús a los apóstoles, cuando los envía a predicar el evangelio, a pregonarlo desde las azoteas y a plena luz del día. Y por tres veces, les dice que no tengan miedo. ¿Por qué habían de tenerlo?; ¿acaso predicar el evangelio es una misión peligrosa? Pues, sí: lo es. Lo era entonces y lo es ahora, en nuestros días, incluso en aquellas sociedades en las que se proclaman los derechos humanos y se defiende formalmente la libertad religiosa y la libertad de expresión. Nunca ha habido verdadera libertad de expresión para los auténticos profetas de Dios y de su amor. Jesús fue detenido, juzgado, sentenciado a muerte por el sanedrín y ejecutado en una cruz por los romanos…., sólo por hablar y anunciar a los pobres el evangelio del Reino de Dios. Y lo mismo pasó antes con todos los profetas; así sucedió con Jeremías, que fue denigrado y perseguido por alzar su voz contra el templo y los señores del templo. Y así también tenía que suceder y sucedió después con los apóstoles. Por eso les dijo Jesús que no tuvieran miedo.

Dios, Jesucristo y el Evangelio son una palabra pública. No sólo porque hay que decirla en público y va dirigida a todo el mundo, sino porque atañe, quiérase o no, a la vida pública. Es el anuncio de la buena noticia de Salvación de Dios; pero molesta a los enemigos de la verdad, a los endiosados, a los opresores, a los satisfechos, a los que detentan el poder.

Queridos hermanos: Demos gracias a Dios por tantos dones recibidos: hoy en especial por esta nueva capilla y por nuestra hermanas en sus bodas de oro de profesión religiosa. Pidamos por las vocaciones a la vida consagrada, y hoy de un modo muy especial por las vocaciones a esta Congregación de las Siervas de Jesús, para que este carisma siga presente y vivo en nuestra Iglesia. Y a la Virgen María, la Virgen dolorosa y Salud de los enfermos, le rogamos que os acompañe en vuestra misión, y que con vosotras María entre en los hogares para mostrar a Jesús, el verdadero Salvador y Redentor de cada ser humano.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segobre-Castellón

Consuelo del prójimo

Queridos diocesanos

Nuestra Iglesia Diocesana de Segorbe-Castellón cuenta con una rica y variada presencia de Institutos de vida consagrada: unos dedican su vida a la oración y la contemplación, y otros tienen como carisma la atención a mayores y enfermos, la asistencia a los necesitados, la educación de niños y jóvenes, la promoción humana de nuestras zonas rurales, el apoyo de la espiritualidad o el trabajo en las parroquias. Todos ellos son un gran don de Dios a nuestra Iglesia, a su vida y su misión, y un don inestimable a nuestra sociedad.

Uno de estos institutos, que cuenta con una amplia presencia entre nosotros, es el de las Hermanas de la Consolación, que desde el pasado mes de noviembre están celebrando el 150º Aniversario de su fundación, el 14 de noviembre de 1857. También el próximo año se cumplirán 150 años de su venida a nuestra Diócesis y de trabajo entregado en el campo de la enseñanza, de la atención a los enfermos y a los ancianos siguiendo la huellas de su fundadora, Santa Rosa Molas y Vallvé. Su carisma es trasmitir al prójimo el consuelo de Dios. De ahí viene también su nombre.

“Consolar al prójimo” fue y sigue siendo el carisma y el gran objetivo de la Congregación. La vida de Santa Rosa Molas y la de sus hijas se caracteriza por ser una vida sencilla y escondida, gastada y desgastada en la entrega diaria al prójimo, entroncada y alimentada en el misterio del amor de Dios, presente en la Eucaristía. Ellas beben en el manantial inagotable del Evangelio, que proclama al pobre, al necesitado, al hambriento, al abandonado y al que sufre, merecedor del cuidado prioritario, de la solicitud más tierna, del gesto exquisito de un corazón, que no sólo alivia, sino que comparte ese sufrimiento y lucha por evitar sus causas. Ellas comparten el dolor del prójimo por un motivo fundamental: saben bien que allí está Cristo doliente, que pide de todos el compromiso de una fe creadora, capaz de engendrar confianza donde no habría motivos humanos para ella.

Hoy como antaño vivimos tiempos en que la desesperanza y el sinsentido marcan muchas vidas, en que niños y jóvenes necesitan una verdadera educación integral, en que los ancianos reclaman cercanía, atención y cariño o en que los enfermos y sus familias buscan palabras y gestos de consuelo. Seguimos necesitando personas como las Hermanas de la Consolación que sepan inclinarse hacia el necesitado sin distinción, que sean testigos del amor que se olvida de sí mismo y se da a todos, para  seguir el ejemplo de Cristo y ser artífices de esperanza. No se trata únicamente de dar algo, sino de darse a sí mismas en el amor para ser, como su santa Madre, auténticos instrumentos de la misericordia y la consolación de Dios. El hombre de hoy, que con frecuencia pierde el sentido último de su existencia, sigue necesitando el anuncio de la consolación, del amor y la misericordia de Dios.

Nuestra Iglesia diocesana se une al gozo y a la acción de gracias de las Hermanas de la Consolación en esta efeméride y pide a Dios para ellas el don de la fidelidad a su carisma y de nuevas vocaciones.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Convocatoria de órdenes al Diaconado

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CASIMIRO LÓPEZ LLORENTE,

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTÓLICA,

OBISPO DE SEGORBE-CASTELLÓN

 

 

 

Por el presente y a tenor de la normativa eclesial anuncio que el próximo día 12 de Octubre de 2008, Festividad de Nuestra Señora del Pilar, a las 18:00 de la tarde administraré, D.m., en nuestra Santa Iglesia Catedral Basílica de Segorbe el sagrado Orden del Diaconado a aquellos candidatos, que reuniendo las condiciones de la normativa canónica y, después de haber cursado y superado los estudios eclesiásticos y haberse preparado humana y espiritualmente bajo la orientación y guía de sus formadores y la autoridad del Obispo, aspiren a la recepción del Diaconado.

Dichos candidatos deberán dirigir al Sr. Rector de su respectivo Seminario Mayor Diocesano, ‘Mater Dei’ o ‘Redemptoris Mater’, la correspondiente solicitud, acompañada de la documentación pertinente en cada caso, de conformidad con lo que establece el can. 1050 del CIC, a fin de comenzar en los plazos determinados por el derecho de la Iglesia las encuestas y, una vez realizadas las proclamas en las parroquias de origen y domicilio actual, otorgar, si procede, la autorización necesaria para que puedan recibir el sagrado Orden del Diaconado.

El respectivo Sr. Rector me presentará, al menos un mes antes de la citada fecha, los informes recabados, y, una vez concluido el proceso informativo trasladará a nuestra Cancillería con suficiente antelación a la fecha de la administración del Sagrado Orden toda la documentación correspondiente a los efectos pertinentes.

Publíquese en el Boletín Oficial de este Obispado y envíese copia a los Sres. Rectores para su público e inmediato conocimiento.

Dado en Castellón de la Plana, a doce de junio de dos mil ocho.

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Por mandato de S. Excia. Rvdma.

Doy fe

Tomás Albiol Talaya

Vice-Canciller y Vice-Secretario General

 

Comunicación y comunión

Queridos diocesanos:

En nuestra Iglesia diocesana existen diversos medios de comunicación: medios escritos, radiofónicos, televisivos y de Internet. La comunicación en y por nuestra Iglesia es más que un ejercicio de técnica. Se basa en la necesidad humana de la comunicación; y ésta, a su vez, se basa en la comunicación entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y en su comunicación con nosotros. Somos criaturas de Dios, creados a su imagen y semejanza, y Dios se comunica con nosotros. La comunicación trinitaria llega hasta la humanidad por el Hijo, Jesucristo, que es la Palabra; en y por Él, la Palabra hecha carne, Dios se comunica a sí mismo y comunica su salvación a los hombres y mujeres. Dios sigue comunicándose con la humanidad a través de la Iglesia, portadora y depositaria de su revelación, a cuyo ministerio de enseñanza viva ha confiado la tarea de interpretar de modo auténtico su palabra.

Además, la Iglesia misma es una comunión de personas y de comunidades que nacen de la comunión de la Trinidad y se reflejan en ella; por tanto, la comunicación hacia dentro y hacia fuera es connatural a la Iglesia. También por esta razón, el ejercicio de la comunicación en nuestros medios debe ser ejemplar, ha de estar siempre al servicio de la comunión eclesial y de su misión y de respetar la legítima pluralidad en el seno de la unidad de la fe y de la misión, reflejando siempre la verdad así como otros importantes principios y normas.

A través de sus medios de comunicación, nuestra Iglesia diocesana transmite las noticias y la información de toda la riqueza y variedad de la vida diocesana: de los acontecimientos y de las personas, grupos, comunidades y organismos que la integran. Así nuestros medios sirven y han de servir de vehículos para el conocimiento y estima mutuos, para la comunión y la evangelización, para la catequesis y la formación.

Los medios modernos de comunicación nos ofrecen nuevos instrumentos para que el anuncio del mensaje del Evangelio y el fortalecimiento de la comunión. Juan Pablo II definió los medios de comunicación como “el primer areópago de la edad moderna”, y declaró que “no basta usarlos para difundir el mensaje cristiano y el Magisterio auténtico de la Iglesia, sino que conviene integrar el mensaje mismo en esta ‘nueva cultura’ creada por la comunicación moderna”.

Todo esto se aplica también a Internet, que ciertamente tiene sus peligros y sombras, pero que ofrece oportunidades únicas para anunciar la Buena nueva de Jesucristo y su verdad salvífica a la entera familia humana. Es la proclamación del Evangelio como palabra profética y liberadora dirigida a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo; es el testimonio dado de la verdad divina y del destino trascendente de la persona humana, frente a una secularización radical y a un relativismo deshumanizador; es ponerse de parte de la justicia, en solidaridad con todos los creyentes, al servicio de la comunión de los pueblos, las naciones y las culturas, frente a los conflictos y las divisiones.

Internet proporciona al público en general un acceso directo e inmediato a importantes actos y a recursos religiosos para la evangelización, la formación y la vida espiritual, así como para la pronta información de la vida diocesana. También es un medio cada día más necesario para la comunicación interna.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Vigilia en el 50º aniversario de A.N.E. y 25º de A.N.F.E.

 

Iglesia Parroquial de Las Alquerías del Niño Perdido, 7 de Junio de 2008

 (Os 6,3-9; Sal 49; Rm 4,18-25; Mt 9,9-13)

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor Jesús.

Sed bienvenidos todos cuantos habéis secundado la llamada del Señor a esta celebración, en la que conmemoramos el 50º Aniversario de la Sección de Adoración Nocturna Española y el 25º Aniversario de la Sección de Adoración Nocturna Femenina en esta querida parroquia de Las Alquerías del Niño Perdido; os saludo de corazón a todos cuantos de cerca y de lejos habéis venido a esta Vigilia Eucarística. Procedemos de distintos lugares, pero estamos todos hermanados en Cristo Eucaristía; a todos nos une un mismo ideal: el de la Adoración Nocturna a Cristo Sacramentado.

En esta noche cantamos y damos gracias, alabanza y gloria a Dios por el don de la Eucaristía, sacramento memorial de su pasión, alimento sacramental de su Iglesia, sacramento de su presencia real y permanente entre nosotros, vínculo y fermento de unidad. Y en nuestra acción de gracias por la Eucaristía, le damos gracias al Padre en el Hijo por Espíritu por tantos dones recibidos, del Dios Uno y Trino, fuente y origen de todo bien; esta noche le damos gracias de modo especial por las secciones de ANE y ANFE de Las Alquerías en su 50º y 25º Aniversario.

En el Evangelio de este X Domingo del tiempo ordinario hemos proclamado la llamada de Mateo por Jesús a seguirle. Nos puede sorprender la forma directa, escueta y tajante, sin remilgos y sin titubeos, con que Jesús llama a Mateo: “Sígueme”. Nos puede sorprender que Jesús llame a su seguimiento, a formar parte del grupo de sus discípulos y amigos a un publicano, a un pecador público, a alguien que, como ‘publicano’, a los ojos de un judío piadoso vivía al margen de la ley mosaica y, por tanto, era una persona impura. Jesús, sin embargo, se acerca a él y le llama. Y también nos puede sorprender la prontitud, con que Mateo responde a la llamada del Señor: “El se levantó y lo siguió”.

Después Jesús va a comer a casa de Mateo. El sentarse a la mesa evoca la institución y la celebración de la Eucaristía, a la que también somos llamados, especialmente el Domingo, con independencia de nuestro pasado. Pero también indica que Jesús sana al hombre hasta el fondo más recóndito. Se introduce en la casa de Mateo, como hizo en el caso de Zaqueo, porque viene a sanar toda la existencia del antiguo cobrador de impuestos. Mateo dejó su anti­gua vida y Jesús se sentó junto a él en la mesa de la nueva vida que le era propuesta. Jesús propone a Mateo una relación íntima de amistad. Lo salva uniéndose a él para siempre en una relación que Dios no va a abandonar nunca.

El Papa, Benedicto XVI, señala que “con la figura de Mateo, los Evangelios nos presentan una auténtica paradoja: quien se encuentra aparentemente más lejos de la santidad puede convertirse incluso en un modelo de acogida de la misericordia de Dios, permitiéndole mostrar sus maravillosos efectos en su existencia”. Aquel pecador ha pasado a ser un discípulo, un apóstol y un santo y, por tanto, un modelo que nos es dado a imitar.

¡Cómo no vernos reflejados también nosotros en este pasaje del Evangelio! Como cristianos y como adoradores nos dice Jesús: “Sígueme”. De un cristiano, el Señor espera un seguimiento pronto, incondicional, radical. El quiere entrar en nuestra casa, hasta el fondo de nuestra alma para sanarnos de nuestros pecados y darnos vida. El nos invita a la mesa de la Eucaristía, para unirse con nosotros, para intimar con nosotros, para darnos su amor, para transformar nuestras vidas, para ser alimento de nuestras almas, para enviarnos a anunciar y testimoniar el Amor celebrado.

Todo cristiano y, en especial, todo adorador eucarístico está llamado a creer el misterio de la Eucaristía, a celebrarla con frecuencia, a comulgar el Cuerpo del Señor, dejándose transformar por él, y a vivir la Eucaristía en el día a día en una existencia eucarística. “El Señor Jesús, -nos recuerda el Papa Benedicto-, que por nosotros se ha hecho alimento de verdad y de amor, hablando del don de su vida nos asegura que ‘quien coma de este pan vivirá para siempre’ (Jn 6,51). Pero esta ‘vida eterna’ se inicia en nosotros ya en este tiempo por el cambio que el don eucarístico realiza en nosotros: ‘El que come vivirá por mí’ (Jn 6,57). Estas palabras de Jesús nos permiten comprender cómo el misterio creído, celebrado y adorado contiene el principio de vida nueva en nosotros y la forma de la existencia cristiana. Comulgando el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo se nos hace partícipes de la vida divina de un modo cada vez más adulto y consciente. … No es el alimento eucarístico el que se transforma en nosotros, sino que somos nosotros los que gracias a él acabamos por ser cambiados misteriosamente. Cristo nos alimenta uniéndonos a él; nos atrae hacia sí” (Sacramentum Caritatis, 70)

La Eucarística, si es celebrada y adorada con verdadera piedad, se convierte en verdadera fuente y cima de la existencia de todo adorador: es el inicio y el cumplimiento del nuevo y definitivo culto. Porque la Eucaristía ha de transformar toda nuestra vida en culto espiritual agradable a Dios: “Os exhorto, por la misericordia de Dios, -nos dice San Pablo-, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable” (Rm 12,1). El nuevo culto, el verdadero culto de todo cristiano, de todo adorador es la ofrenda total de la propia persona en comunión con toda la Iglesia. La insistencia del Apóstol sobre la ofrenda de nuestros cuerpos subraya la concreción humana de un culto que no es para nada desencarnado.

Glosando las palabras del Profeta Oseas en este Domingo podemos decir: ¡Que no sea nuestra piedad y adoración eucarística “como nube mañanera” o “como rocío de madrugada que se evapora” una vez pasada la adoración”! El culto eucarístico no puede quedar relegado a un momento particular y privado, sino que, por su naturaleza, tiende a impregnar cualquier aspecto de nuestra existencia. La adoración eucarística, si es auténtica se convierte en un nuevo modo de vivir todas las circunstancias de la existencia, en la que cada detalle ha de ser vivido dentro de la relación con Cristo y como ofrenda a Dios.

Participar en la Eucaristía, comulgar el Cuerpo de Cristo y la adoración significan, al mismo, hacer cada vez más íntima y profunda la propia pertenencia al Señor, que ha muerto por nosotros (cf. 1 Co 6,19 s.; 7,23). La comunión de Cristo es siempre comunión con Dios y comunión con los hermanos y hermanas. Ambas, no lo olvidemos, son inseparables. Porque “donde se destruye la comunión con Dios, que es comunión con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo, se destruye también la raíz y el manantial de la comunión con nosotros. Y donde no se vive la comunión entre nosotros, tampoco es viva y verdadera la comunión con el Dios Trinitario” (Benedicto XVI).

El pan eucarístico es fruto de muchos granos de trigo, que, molidos, forman un único pan; el vino es fruto de muchos granos de uva, que, prensados, forman una unidad; así también los que participamos de la Eucaristía: siendo muchos formamos una unidad al participar de un único Pan y un único Vino, que son el Cuerpo y la Sangre del Señor; por ello debemos ser también un solo corazón y una sola alma.

La Eucaristía es y debe ser signo eficaz de la unidad de la Iglesia, cuya unidad se significa y se construye en la Eucaristía; y es y debe ser signo y fermento de unidad de cuantos participan en ella y de ella, y de cuantos adoran a Jesús Sacramentado. Traicionaríamos el sentido más profundo de la Eucaristía y, consecuentemente, de la adoración eucarística si ellas no fueran fuente y motor de unidad en nuestra comunidad parroquial, si ellas no fuesen fermento de reconciliación en nuestro pueblo. Eucaristía y personas divididas, Eucaristía y comunidad divida no son compatibles; Eucaristía y grupos cerrados, se excluyen mutuamente. La Eucaristía nos hace un solo cuerpo, una sola comunidad, una sola Iglesia, en la que no cuenta ser hombre o mujer, joven o adulto, rico o pobre, ni tampoco las afinidades políticas. Lo que cuenta son los efectos de la Eucaristía: ser una sola familia en la que reina siempre el amor, la comprensión, el perdón, la misericordia entrañable, la comunión. El grupo de adoradores o adoradoras debe ser considerado por vosotros como vuestra propia casa, como vuestra propia familia. A la vez, el grupo y cada adorador auténtico deben ser promotores de unidad en la Iglesia, en la parroquia, en el pueblo y en el mundo.

No podemos guardar para nosotros el amor que celebramos en la Eucaristía. Éste exige por su naturaleza que sea comunicado a todos. Lo que el mundo necesita es el amor de Dios, encontrar a Cristo y creer en Él. Por eso la Eucaristía es también fuente y cima de la misión de la Iglesia y de toda comunidad parroquial. Una Iglesia, una parroquia, auténticamente eucarísticas son misioneras. También nosotros podemos decir a nuestros hermanos con convicción: “Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos para que estéis unidos con nosotros” (1 Jn 1,3). Nada hay más hermoso que encontrar a Cristo y comunicarlo a los demás. No podemos acercarnos a la Mesa eucarística sin dejarnos llevar por ese movimiento de la misión que, partiendo del corazón mismo de Dios, tiende a llegar a todos los hombres.

La misión primera y fundamental que surge de la Eucaristía es la de dar testimonio con nuestra vida. Celebrar, participar y adorar la Eucaristía nos compromete a ser testigos del Amor de Dios celebrado, participado y adorado. Nos convertimos en testigos cuando, por nuestras acciones, palabras y modo de ser, aparece Cristo y se comunica a los demás. Nuestro testimonio de vida, coherente con la fe y el misterio de amor celebrado en la Eucaristía,  será el medio con el que la verdad del amor de Dios llega al hombre en la historia, invitándolo a acoger libremente esta novedad radical.

Volviendo al Evangelio de hoy, adentrándonos en el corazón de Mateo, viendo la prontitud de su respuesta y su paso de llevar una vida de pecado a la nueva vida que Jesucristo le propone, surge una pregunta: ¿cuántas personas en una situación similar a la de Mateo no cambiarían de vida si alguien, con la misma mirada amorosa del Señor, no se acercara a ellos? Pro­bablemente en la contemplación de estos gestos y palabras del Señor aprendamos mucho sobre el modo de proponer el Evangelio a los alejados,  y a no condenar a quienes no consideramos de los nuestros.

A aquella mesa acudieron muchos publicanos y pecadores. Se anticipa aquí lo que será la misión de Mateo como apóstol y evangelista. Salvado por el Señor de su anterior vida de pecado, a partir de enton­ces se dedicará totalmente a comunicar esa buena noti­cia a los demás. Todos los que hemos sido redimidos por Jesús pasamos a ser colaboradores suyos. Y así se expresa la misericordia de Dios hacia el pecador y se nos indica que, como ocurre en los torrentes de agua, para los demás hombres, noso­tros somos transmisores del amor que hemos recibido de Dios. Comunicamos el amor que Dios ha tenido con nosotros y que nos hace capaces de amar como Jesús nos ha amado.

La Virgen María, la Madre de Jesús, peregrina de la fe, signo de esperanza y del consuelo del pueblo peregrino, nos ha dado a Cristo, Pan verdadero. ¡Que Ella nos ayude a descubrir la riqueza de este sacramento, a adorarlo con humildad de corazón y, recibiéndolo con frecuencia, a hacer presente a Cristo en medio del mundo con nuestras obras y palabras! Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón