Apertura del Año Mariano del Lledó

Basílica de Nuestra Señora, la Mare de Déu del Lledó, Castellón – 1 de mayo de 2008

(1 Re 8, 1.3-7.9-11; Ap 21, 1-5ª; Lc 1, 26-38)

 

Siempre es gozoso celebrar la memoria de la Mare de Déu del Lledó, nuestra Reina y Señora, la Patrona de Castellón. Pero es aún más gozoso, si cabe, iniciar todo un año dedicado especialmente a la Mare de Déu del Lledó. Así queremos celebrar la coronación de su imagen en 1924 por coincidir este año el día de su coronación, el 4 de mayo, en Domingo. A lo largo de este año queremos mostrar nuestro amor y cariño a nuestra Reina y Señora. Al contemplarla coronada cantamos la grandeza de la Mare de Déu; y en su grandeza no cantamos otra cosa que la grandeza inmensa de Dios en ella. María es grande porque Dios es grande, porque ella ha dejado a Dios ser grande en su persona y en su vida. María es la ‘llena de gracia’, la llena de Dios y de su amor; de su mano queremos ir a Dios en su Hijo Jesucristo

Saludo de todo corazón a cuantos habéis secundado la llamada de la Madre: al Ilmo. Sr. Prior de esta singular Basílica, que nos acoge esta tarde; al Ilmo. Sr. Prior, Presidente, Junta Directiva y Cofrades de la Real Cofradía de la Mare de Dèu del Lledó, a la Sra. Presidenta y Camareras de la Virgen, así como a quienes ocupaban estos cargos en 1983, año de la declaración del basilicato de este santuario. Saludo también con todo afecto a las muy dignas autoridades, en especial, al Ilmo. Sr. Alcalde y Miembros de la Corporación Municipal de Castellón, Diputados provinciales y regionales. Mi saludo cordial también a mis hermanos sacerdotes concelebrantes, al Ilmo. Cabildo Con-catedral, a los Sres. Arciprestes y Párrocos de Castellón, a los diáconos y seminaristas, y a cuantos, recordando nuestra condición de peregrinos en la vida, habéis venido hasta esta Basílica del Lledó para participar en esta solemne Misa estacional.

El recuerdo de la coronación de la imagen de Nuestra Señora de Lledó en el 25º Aniversario de la declaración del basilicato de este santuario mariano ha de acrecentar nuestra devoción a la Madre, para avivar a través de Ella nuestra fe en el misterio del Dios vivo que, por su infinita misericordia, ha coronado a la Madre de su Hijo haciendo en Ella y por Ella obras grandes, llenándola de la plenitud de su gracia, de su amor y de su vida.

Al contemplar coronada esta entrañable imagen, venerada en nuestra tierra desde hace más de 600 años, proclamamos y reconocemos que la Virgen María es testimonio vivo de Dios. María, la Mare de Déu del Lledó, es “la morada de Dios entre los hombres” (Ap 21,3). María es “templo santo” porque lleva en sus entrañas virginales al mismo Hijo de Dios; ella es el Arca de la nueva Alianza, por ser la Madre de Dios, Jesucristo, la Alianza definitiva de Dios con la humanidad. María, toda ella, es presencia y manifestación de Dios. Toda su persona y su vida son transparencia de Dios. Con sus palabras “he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38), María nos muestra que Dios es lo único necesario, que sólo Él basta.

Antes y más allá de nuestros deseos y esperanzas, de nuestras necesidades y exigencias, de nuestros intereses y preferencias, Dios es Dios y hemos de dejar a Dios ser Dios en nuestra vida personal y comunitaria, en nuestra vida familiar y social. Así nos lo muestra la Virgen María. Su persona y su vida, su palabra y su oración, su humildad y su disponibilidad, su entrega y su obediencia, sus gestos y su comportamiento: todo en ella está marcado por una referencia radical a Dios. María ha hecho de su vida una entrega sin reserva al querer de Dios, al amor de Dios y a la misión que Dios le ha confiado. María ha hecho de su vida un servicio incondicional a Dios y, en Él, a los hermanos, a toda la humanidad. “Hágase en mí según tu palabra”: Con estas palabras, María pone en Dios su persona, su vida, su aliento, su destino; y así proclama la soberanía absoluta del Dios vivo.

Dios es el centro de la Vida. En María todo converge en Dios. Es su confianza sin condiciones en Dios lo que nos muestra a Dios tal cual es y desenmascara los falsos dioses que no son más que hechura del hombre, ídolos que esclavizan y que no liberan ni salvan.

Cuando María se entrega a Dios, actualiza totalmente el amor expresado en aquella confesión de fe que ella como buena israelita repetía diariamente: “Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es el único Señor” (Dt 6,4). María nos muestra el señorío del Dios único, en el que todo hombre encuentra su luz y su sentido. Toda la humanidad está necesitada de la luz y de la verdad de Dios; esta necesidad es un verdadero clamor en nuestros días. La Mare de Déu del Lledó “coronada” es faro en la oscuridad de nuestra noche, faro que nos conduce hacia la Luz, que es Dios: porque ella es la esclava del Señor, la llena de gracia, la dichosa porque acoge la Palabra de Dios y la cumple, la bienaventurada porque ha creído, la que es grande porque ha dejado a Dios ser grande en su vida. La Virgen María nos enseña a vivir con la confianza puesta enteramente en Dios. María nos muestra que el reconocimiento de Dios reclama la acogida y la obediencia fiel, la disponibilidad plena, el amor total y desinteresado, la apertura ilimitada a la voluntad de Dios, la fidelidad inquebrantable por encima de todo al encargo recibido de Él. Y esto es fuente de dicha, gozo del don y de la gracia, generación de vida y libertad, raíz y cumplimiento de la esperanza.

Por todo ello, María, la mujer creyente, puede escuchar aquella bienaventuranza de su prima Isabel: “Dichosa tú que has creído” (Lc 1, 45). A este saludo de Isabel, María responde con el canto del Magníficat. Las palabras de María proclaman la grandeza, la soberanía y el señorío de Dios; le reconocen como el que está en el principio y en el fin de todas las cosas y le confiesa como Aquel que tiene la iniciativa de la creación y de la salvación. María proclama gozosa que Dios es el único al que debemos someter nuestra vida y del que podemos esperar la salvación definitiva. María se confía en el Señor y no será confundida para siempre. Ella sabe bien de quién se ha fiado.

En el Magníficat María nos canta la verdad de Dios, que no es otra sino su misericordia infinita, su obra que engrandece, levanta, libera y salva al hombre, las maravillas que Él ha hecho, hace y hará en favor de los hombres. Esta es la verdad de Dios, que ha hecho en ella maravillas en María.

Y ésta es también la verdad del hombre. Esta es la grandeza de todo ser humano: ser de Dios, ser criatura suya, amada por Él, imagen y semejanza suya. Ser de Dios y vivir para Dios, mostrar a Dios y dejar que aparezca su grandeza en el hombre, vivir la obediencia a Dios y cumplir su voluntad, ésta es la más genuina verdad del ser humano.

El verdadero problema de nuestro tiempo es la quiebra de humanidad, o sea, la falta de una visión verdadera del hombre, que es inseparable de Dios. El error fundamental del hombre actual es querer prescindir de Dios en su vida, erigirse a sí mismo en el centro de su existencia, suplantar a Dios, querer ser dios sin Dios. Es el drama del hombre moderno, que ha pensado que apartando a Dios de su vida, siendo autónomo, siguiendo las propias ideas y voluntad, llegaría a ser realmente libre para hacer lo que le apetezca sin tener que obedecer a nadie. Pero cuando Dios desaparece, el hombre no llega a ser más grande; al contrario, pierde la dignidad divina, pierde el esplendor de Dios en su rostro. Al final se convierte sólo en el producto de una evolución ciega, del que se puede usar y abusar (Benedicto XVI).

Todo cambia si hay Dios o si, por el contrario, no hay Dios en la vida. El hombre es grande sólo si Dios es Dios, si Dios es grande, todopoderoso, creador y señor de todo. El olvido de Dios o su rechazo trae el tiempo de indigencia y pequeñez humana que nos toca vivir, a pesar de todas las apariencias. No tener a Dios es la mayor de las pobrezas humanas: al hombre le falta todo cuando le falta Dios, porque le falta cuanto de verdad puede llenar su corazón grande, su alma sedienta de bien, de amor, de verdad, de hermosura, de felicidad, de grandeza; cuando al hombre le falta Dios pierde el esplendor y la grandeza de Dios en su rostro. Eso es lo que ha confirmado la experiencia de nuestra época. Sólo desde Dios, sólo a partir de Él, la tierra llegará a ser humana, la tierra será habitable a la luz de Dios.

Allí donde se deja a Dios ser Dios, donde se deja y se busca que se muestre su grandeza y se cumple la voluntad de Dios, allí está Dios, están los nuevos cielos y la nueva tierra.

Entre nosotros hay voces y movimientos empeñados en hacer desaparecer a Dios de nuestra vida, de nuestras familias, de la educación de niños, adolescentes y jóvenes, de la cultura y de la vida pública. A esto conduce el laicismo esencial al que parece que se quiere llevar a nuestra sociedad. Pero la historia, incluso la historia muy reciente, demuestra que no puede haber una sociedad libre, en progreso de humanidad, fraterna y solidaria, al margen de Dios. Quien no conoce a Dios, no conoce al hombre, y quien olvida a Dios acaba ignorando la verdadera grandeza y dignidad de todo hombre.

El Año Mariano, que hoy iniciamos, es un tiempo de gracia de Dios para convertirnos a Dios de manos de María; un tiempo de gracia para dejar a Dios ser Dios, para que Él ocupe de verdad el lugar central que le corresponde en nuestra existencia; un tiempo de gracia que nos ayuda a dejar que Dios sea grande en nuestra vida, en nuestras familias, en nuestra sociedad, para que no se pierdan las raíces cristianas de nuestra nuestro pueblo y de nuestra ciudad de Castellón.

De manos de Maria hemos de redescubrir a Dios, no a un Dios cualquiera, sino al Dios con el rostro humano, que vemos en Jesucristo, Hijo de Dios e Hijo de María.. Los caminos hacia el futuro no los encontraremos si no recibimos la luz que viene desde lo alto, la luz de Dios y que es Dios mismo. No propugnamos una sociedad confesional, aunque ojalá que todos conociesen y creyesen, porque es ahí donde está la vida eterna. La fe, lo sabemos, se propone, no se impone.

La Iglesia y los cristianos tenemos el deber de afirmar y proclamar a Dios, como María, con la palabra y con los hechos, con la certeza de que así afirmamos y servimos al hombre. Tarea principal de nuestra Iglesia diocesana y de nuestras parroquias de Castellón es avivar y alimentar de manos de María la experiencia de Dios en Cristo hoy, para abrirse como Ella al amor de Dios, a su gracia, a su presencia; y desde ahí dar testimonio de Cristo y de su Evangelio, abrir las ventanas cerradas que no dejan pasar la claridad, para que su luz pueda brillar entre nosotros, para que haya espacio para su presencia pues allí donde está Dios nuestra vida resulta luminosa, incluso en la fatiga de nuestra existencia. Nuestra Iglesia -no lo olvidemos- existe para que Dios, el Dios vivo, que se nos ha manifestado en Jesucristo, sea dado a conocer, para que el hombre pueda vivir ante su mirada, en su presencia. La Iglesia existe, como María, para dar testimonio de Dios, de su Hijo Jesucristo y de su Evangelio y llevar a los hombres a Dios en Cristo, fuente de su libertad, fundamento de la verdad, razón última de nuestro ser y de nuestra esperanza.

Miremos a María, la Mare de Déu del Lledó. Ella fue enteramente de Dios y vivió para Dios; Ella fue la fiel esclava del Señor que se plegó enteramente a la voluntad, a la palabra de Dios. ¡Que la Mare de Déu nos ayude a vivir como Ella, de tal manera que toda nuestra vida sea una proclamación y una alabanza de la grandeza de Dios! Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Año Mariano del Lledó

Queridos diocesanos:

El próximo día uno de mayo comenzamos el Año Mariano de Lledó con la Misa Estacional en la Basílica y el traslado de la Virgen a la Con-catedral de Santa María. La gran diversidad de actos religiosos y culturales programados para estos días no puede llevarnos a olvidar el objetivo fundamental de este Año Mariano. Esto se puede aplicar a nuestra devoción mariana en general. Los actos culturales no pueden encubrir o empañar, y menos aún, llevarnos a olvidar lo fundamental; éstos actos están bien, pero como complemento o derivación de la devoción mariana, y nunca como supletorios de una auténtica devoción a la Virgen, en este caso a la Mare de Déu del Lledó.

El Año Mariano nos debe ayudar a despertar o profundizar la devoción a la Virgen, la Mare de Déu del Lledó. Y nuestro amor a la Virgen ha de llevarnos al encuentro con su Hijo, Jesucristo, el Hijo de Dios, a quienes hemos de acoger, conocer, amar y seguir para así seguir anunciando su Evangelio en nuestros días. Por ello es necesario preparar bien la celebración del Año Mariano y la participación en los actos religiosos mediante catequesis en las parroquias sobre la Santísima Virgen y sobre la auténtica devoción del Lledó así como mediante la celebración del Sacramento de la Penitencia.

La Virgen siempre quiere dirigir nuestra mirada y nuestros pasos hacia su Hijo, el Hijo de Dios, el Salvador, la Buena Noticia de Dios para toda la humanidad. Celebramos a María, porque ella es la Madre del Dios, que nos da a su Hijo, fuera del cual no existe Salvación. Ahí está la razón de esta fiesta; este es el verdadero motivo de nuestra alegría, de nuestra devoción y de nuestro amor a la Virgen. En este Año hemos de dejarnos llevar por la Virgen al encuentro con su Hijo, Jesucristo, para convertirnos a Él, para avivar nuestra fe y vida cristianas, y para renovar nuestro compromiso en la transmisión de la fe y la transformación de la sociedad según el plan de Dios.

Esto debe ser lo que nos mueva en este Año Mariano y siempre que celebremos a la Virgen. A ella hemos de acudir en todos los momentos de nuestra vida, y, en especial, en los momentos de debilidad o de dificultad, de dolor o de aflicción, pero también en los momentos de alegría o de alivio. Como una buena madre, María nos llevará a su Hijo. Estamos en el ‘destierro de la vida’, estamos peregrinando hacia la plenitud. María nos acompaña siempre. Toda la vida cristiana es como una gran peregrinación hacía la casa del Padre, del cual se descubre cada día su amor incondicionado por toda criatura humana.

La Virgen nos susurra las palabras de su Hijo Jesucristo para que seamos fieles en su seguimiento y en la misión de anunciar el Evangelio, sobre todo en estos momentos difíciles para perseverar como cristianos. Ella nos pide que vivamos unidos en la comunión con Dios y con la Iglesia. María es la primera cristiana, que nos enseña a vivir fieles a nuestra fe en el seno de la Iglesia. Ella es modelo para todos los fieles, y lo es porque nos mueve a imitarla en las actitudes fundamentales de la vida cristiana: en la fe, en la esperanza, en la caridad y en la obediencia a Dios. ¡Que María nos enseñe a vivir como verdaderos discípulos de su Hijo en el seno de la comunión de la Iglesia al servicio de la misión para que Cristo, su Hijo, llegue a todos!

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Un nuevo catecismo para la Iniciación cristiana

Queridos diocesanos:

Hace unos días era presentando el nuevo catecismo para la iniciación cristiana de la Conferencia Episcopal Española. En nuestra Diócesis ya lo conocieron los sacerdotes en las Jornadas de formación permanente y los catequistas en el Día del catequista, tan hermoso y gratificante de hace dos semanas.

El nuevo catecismo lleva por título ‘Jesús es el Señor’. Estas palabras son una confesión explícita de la fe la Iglesia, que nos recuerdan la confesión pascual de los Apóstoles al encontrarse con Jesús Resucitado. Esta es también su finalidad: ayudar a los niños a descubrir a Jesús, a encontrarse personalmente con Él, a confesarle como el Señor para conocerle, amarle y seguirle. Este encuentro y esta confesión personal es el núcleo necesario de toda catequesis; pero teniendo ambos que ser personales no son subjetivos; para crecer y mantenerse en la comunión de fe católica, se ha creer con la fe de la Iglesia, tal como nos llega en la Tradición viva de la Iglesia, cuyos garantes auténticos somos los Obispos unidos al Romano Pontífice. Es lo que ahora entregamos los Obispos, como Pastores del Pueblo de Dios, en este catecismo para los niños y niñas de seis a diez años.

Ellos son los primeros y más directos destinatarios, pero no son los únicos. También son sus destinatarios las familias, para el acompañamiento en la educación de los hijos; los sacerdotes, como responsables y animadores de la catequesis parroquial; los consagrados e instituciones católicas, para su misión en el ámbito educativo; y los catequistas que lo han de utilizar como documento de la fe en la catequesis.

Este nuevo Catecismo se ha elaborado a partir del Catecismo de la Iglesia Católica y otros documentos posteriores, y teniendo en cuenta las nuevas situaciones y retos en la transmisión de la fe. Los Obispos españoles queremos ejercer así nuestra responsabilidad de ordenar la catequesis para que sea activa, eficaz y capaz de educar en una fe robusta a las generaciones cristianas de los tiempos nuevos. Nos hemos esforzado en exponer íntegramente, para los niños en esas edades, el mensaje cristiano en un lenguaje significativo para ellos. Se tiene muy en cuenta que en estos años tiene lugar la primera participación en la Penitencia y en la Eucaristía, verdadero encuentro sacramental con el Señor.

‘Jesús es el Señor’ es sencillo, concreto, íntegro, ordenado y exacto; es así el instrumento adecuado para la educación en la fe y para que los destinatarios acojan esta fe en su corazón, en su memoria, y la expresen en un mismo lenguaje. Este catecismo encauza las tareas de la catequesis, pues en su contenido recoge la fe que la Iglesia misma profesa (Símbolo), celebra (Sacramentos), vive (moral cristiana) y ora (la oración del cristiano).

En nuestra Diócesis será a partir del próximo curso el catecismo que deberá usarse en las catequesis para niños entre seis y diez años, según vaya indicando la Delegación Diocesana de Catequesis. Todos hemos de esforzarnos para que sea utilizado en la catequesis como libro de la fe, al servicio de un contenido y un lenguaje común. Los materiales, aun siendo necesarios, nunca lo pueden sustituir. Nuestra cordial recepción será un estupendo servicio a la comunión y a la misión de nuestra Iglesia  diocesana.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Educar juntos

Queridos diocesanos:

El Encuentro familiar diocesano de este fin de semana nos invita a caminar juntos, bien cogidos de la mano, las familias católicas, la escuela y las parroquias, en la educación de nuestros niños, adolescentes y jóvenes cristianos.

El objetivo de la educación de los hijos no es simplemente enseñarles cosas útiles, destrezas o habilidades, ni meramente transmitirles una serie de conocimientos para ser más competitivos o alcanzar un título que garantice un puesto de trabajo lucrativo. Educar es ayudar al educando al pleno desarrollo de su propia personalidad. Se trata de ayudarle a crecer en libertad y responsabilidad, a aprender a vivir en la verdad y en el bien, con amor, esperanza y perseverancia. Por eso, la educación ayuda al educando a conocerse, a poseerse, a hacerse cargo de lo que es la propia vida en el mundo para ser capaz de desarrollarla lo mejor posible, hacia adentro y hacia fuera, en la sinceridad de la propia conciencia y en el complejo entramado de relaciones interpersonales en que vivimos. Para un cristiano, todo ello ha de hacerse desde la dimensión trascendente de la persona, desde su apertura a Dios, nuestro Padre y Creador, y desde Jesucristo y el Evangelio.

Por ello, si toda buena educación sólo termina cuando el educando consigue tener ante sí un ideal y un referente concreto de vida, para los cristianos este referente imprescindible es Jesucristo. El es nuestro ideal absoluto, hombre perfecto y Dios verdadero para nosotros, en quien nos descubrimos en nuestro origen, en nuestra vocación y en nuestro destino. Pensando y hablando en cristiano, no hay verdadera educación si los padres católicos, con la ayuda de la escuela, de la parroquia y otros educadores, no son capaces de llevar a sus hijos al descubrimiento, la elección y la estima de Jesucristo como modelo y norma viviente de su pensamiento, de sus deseos y de sus acciones. Jesucristo es la columna vertebral de la educación de todo cristiano.

Todo lo que favorezca el crecimiento en la fe y la vida cristiana de niños y adolescentes, será beneficioso para su educación integral. En la educación, padres, escuela y parroquia no pueden ir por separado y menos aún ser contrapuestos, sino que han de caminar bien conjuntados y de la mano. La catequesis parroquial ha de tener su continuidad y apoyo en casa. Si los padres no viven ante sus hijos como cristianos practicantes y consecuentes, no podrán ayudarles a adquirir una educación completa y con firmes fundamentos. Las deficiencias de los padres en la práctica sacramental, en la vida moral y en todo lo que es un clima cristiano dentro de casa, provocarán debilidades y vacíos que nadie podrá llenar y crearán contradicciones difíciles de superar. Tampoco beneficia sino que perjudica la educación integral cristiana la falta de interés de los padres por la catequesis parroquial de sus hijos o para que reciban clase de religión y moral católica en la escuela pública o privada.

La responsabilidad primaria que tienen los padres en la educación de sus hijos pide su implicación en la catequesis parroquial. Como padres cristianos han de velar para que la educación que reciben sus hijos en la escuela sea conforme a su convicción religiosa. El acierto en la educación es un asunto de primera importancia para el bien de los hijos, de la Iglesia y de la sociedad en general.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Catequista: discípulo y testigo

Queridos diocesanos:

El Encuentro diocesano de catequistas es un día para compartir la alegría de la misión, reforzar la comunión en la misión y retomar fuerzas en la tarea. No me son ajenas las dificultades especiales que encuentran los catequistas en su acción catequética, provenientes de los catequizandos, de la insuficiente implicación de los padres o del contexto de indiferencia religiosa, de increencia o de hostilidad hacia Cristo y su Iglesia. Pero no nos podemos quedar en el lamento permanente, que lleva siempre a la desilusión y a la desafección hacia la propia tarea.

Aunque distintas, no fueron menores las dificultades que tuvieron los primeros testigos de Cristo Resucitado. ¿De dónde sacaban ellos la fuerza? El libro de los Hechos nos muestra que la primitiva comunidad eclesial se consolida y crece siendo los discípulos fieles al Señor Jesús, constantes en la enseñanza de los Apóstoles, en la oración y en la Eucaristía, viviendo unidos y preocupados los unos de los otros. Son conscientes de que no están solos y que su quehacer no es lo más importante. Ellos saben bien que el Espíritu del Señor Resucitado actúa y les acompaña, alienta y fortalece.

Si de todo bautizado el Señor espera que sea creyente, discípulo y testigo, cuanto más de un catequista que ha recibido de Dios la llamada a transmitir la fe y de la Iglesia, a través del Obispo o del párroco, la misión de hacerlo en nombre de la Iglesia de un modo sistemático y orgánico.

El catequista está llamado ‘a ser discípulo de verdad’, como Pablo (Hech 9, 26-31). Es la condición básica para ser catequista y vale para todo catequista. El catequista ha de ser, ante todo, un creyente en Cristo, un discípulo suyo, comprometido personalmente en un exigente camino espiritual, que se funda en el encuentro personal con el Señor Resucitado, en la escucha atenta y constante de su palabra de salvación, en la oración y en la celebración participada de la Eucaristía. Si el catequista permanece unido al Señor, como el sarmiento a la vid, dejando correr en sí mismo la savia de la gracia, del amor de Dios, dará los buenos frutos de un estilo de vida evangélico y testimoniará así con su vida a Aquel que proclama de palabra. Entroncado en Cristo, dejándose alentar por la presencia del Espíritu y en la comunión de la Iglesia, el catequista encontrará la fortaleza para proclamar con convicción y valentía al Señor Resucitado y la Buena Noticia del Evangelio en toda situación.

La misión primordial del catequista es invitar a los caquetizandos a que fijen su mirada en Jesús y a que le sigan. El catequista es voz que remite al Señor, amigo que guía hacia Jesús, a su presencia, a su misterio y al encuentro con El. También él es, en cierto sentido, indispensable, porque la experiencia de fe necesita siempre un mediador, que sea al mismo tiempo testigo.

La labor del catequista exige fidelidad constante a Cristo y a la Iglesia, pues actúa en su nombre. Su enseñanza no pueden ser respuestas subjetivas, sino que ha de ser siempre conforme al Magisterio constante de la Iglesia y a la fe enseñada desde siempre autorizadamente por cuantos han sido constituidos maestros y ha sido vivida de modo ejemplar por los santos. De ahí también la necesidad de usar los catecismos debidamente aprobados.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Convocatoria de órdenes al Presbiterado

 

 

CASIMIRO LÓPEZ LLORENTE,

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTÓLICA,

OBISPO DE SEGORBE-CASTELLÓN

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Por el presente y a tenor de la normativa eclesial anuncio que el próximo día 5 de Julio de 2008 a las 11:00 de la mañana conferiré, D.m., en nuestra Santa Iglesia Concatedral de Santa María en Castellón de la Plana el sagrado Orden del Presbiterado a aquellos candidatos, que reuniendo las condiciones de la normativa canónica y, después de haber cursado y superado los estudios eclesiásticos y haberse preparado humana y espiritualmente bajo la orientación y guía de sus formadores y la autoridad del Obispo, aspiren a la recepción de este Sacramento del Presbiterado.

Dichos candidatos deberán dirigir al Sr. Rector de nuestro Seminario Mayor Diocesano ‘Mater Dei’ la correspondiente solicitud, acompañada de la documentación pertinente en cada caso, de conformidad con lo que establece el can. 1050 del CIC, a fin de comenzar en los plazos determinados por el derecho de la Iglesia las encuestas y, una vez realizadas las proclamas en las parroquias de origen y domicilio actual, otorgar, si procede, la autorización necesaria para que puedan recibir el sagrado Orden del Presbiterado.

El citado Sr. Rector me presentará, un mes antes de la citada fecha, los informes recabados, y, una vez concluido el proceso informativo trasladará a nuestra Cancillería con suficiente antelación a la fecha de la administración del Sagrado Orden toda la documentación correspondiente a los efectos pertinentes.

Publíquese en el Boletín Oficial de este Obispado y envíese copia al citado Sr. Rector para su público e inmediato conocimiento.

Dado en Castellón de la Plana, a tres de abril de dos mil ocho.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Por mandato de S. Excia. Rvdma.

Doy fe

 

La misericordia divina

Queridos diocesanos:

Juan Pablo II llamó al segundo Domingo de Pascua ‘Domingo de la Misericordia divina’. La misericordia es un segundo nombre del amor divino; es el amor más grande, el amor en su aspecto más profundo, el amor en su actitud de compasión ante cualquier necesidad y el gesto de aliviarla, y el amor en su inmensa capacidad de perdón.

Al contrario de lo que pudiera parecer, la misericordia no es expresión de un espíritu débil y apocado, sino que la manifestación del amor que todo lo puede. Sólo el que es poderoso puede permitirse ser misericordioso. La misericordia es verdadera cuando engendra ternura, bondad, perdón y ayuda.

Jesucristo, su persona, sus palabras y obras son la manifestación de la misericordia de Dios: la Encarnación del Verbo no es sólo obra de la caridad de Dios, sino también revelación suma de la misericordia divina. Jesucristo es y muestra el rostro misericordioso del Padre, rico en misericordia. Desde su nacimiento a la resurrección, Jesús es ­la narración más completa de la misericordia de Dios Trinidad, de Dios amor, Jesús ve, habla, actúa y cura, movido por la piedad y la miseri­cordia hacia los necesitados, desheredados y enfermos de todo tipo. Sus palabras más vivas son las parábolas de la misericordia.

El misterio pascual de la muerte y resurrección de Jesús es el vértice de la revelación de la misericordia divina: la ofrenda del Hijo al Padre misericordioso en el abrazo de caridad del Espíritu  Santo. Por amor el Padre envía al Hijo al mundo; por amor, Cristo se ofrece al Padre para la redención de la humanidad pecadora; y, por amor, Cristo resucitado dona a su Iglesia el Espíritu Santo. El último gesto de Cristo resucitado fue la entrega a los discípulos del poder divino de perdonar los pecados. Creer en Dios es creer en la misericordia y el Cristo pas­cual es la encarnación definitiva de la misma, su signo viviente.

La existencia entera de Jesús estuvo tan empapada de bon­dad y misericordia que san Juan define a Dios con una sola pala­bra: Dios es amor. Así se lleva a cumplimiento la revela­ción del nombre de Dios: El que es (Ex 3 14), el piadoso y misericordioso (Ex 34,6), es amor (1 Jn 4,16).

Si el amor es la naturaleza de Dios, también la criatura, ima­gen semejante a Dios, está llamada a ser misericordia (Lc 6,36). Se trata de adquirir la perfección de la caridad del Padre. Él nos conforta en nuestras tribulaciones para que podamos nosotros consolar a los atribulados. Así lo ha hecho Jesús. Por eso la misericordia es la bienaventuranza del discípulo de Cristo (Mt 5,7).

Hay un progreso, una cadena de vida que va del Padre a la humani­dad: por amor el Padre entrega a su Hijo y éste, en la cruz, también por amor, entrega su espíritu. En Jesucristo el amor se ha hecho torrente que va de Dios al hombre capaz de inundar los corazones de la humanidad. Dios es amor y llama al hombre, creado a su imagen, a ser en este mundo manifestación de ese amor. El amor constituye la esencia última de todo y, fuera del amor, nada tiene existencia permanente. Nunca nos cansaremos de meditar y pedir el don de amar como Dios ama. En ello está el secreto de la vida y la feli­cidad más completa.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Cristo vive, ha resucitado

Queridos diocesanos:

Pascua es “la fiesta de las fiestas” de los cristianos, porque es el día de la resurrección del Señor. ¡Cristo ha resucitado! Este es el hecho central y la verdad fundamental de la fe y de la esperanza cristianas. Como dice San Pablo: si Cristo no ha resucitado vana es nuestra fe. Por ello proclamamos en el Credo, el símbolo y resumen de nuestra fe: Cristo, después de su crucifixión, muerte y sepultura, ‘resucitó al tercer día’. De nada hubieran servido la pasión y la muerte de Jesús, si no hubiera resucitado. Las mujeres y los mismos Apóstoles, desconcertados en un primer momento ante la tumba vacía, aceptan el hecho real de la resurrección; no se lo inventan, dejándose llevar por su imaginación o por no se sabe qué deseos de de poder; se encuentran con el Resucitado y comprenden el sentido de salvación de la resurrección a la luz de las Escrituras.

En la mañana de Pascua, cuando fueron a embalsamarlo, el cuerpo de Jesús, muerto y sepultado, ya no estaba en la tumba; no porque hubiera sido robado, sino porque había resucitado. Aquel Jesús, a quien habían seguido, vive. En El ha triunfado la Vida de Dios sobre el pecado y la muerte. El Señor resucitado une de nuevo la tierra al cielo y restablece la comunión del hombre con Dios y la comunión entre los hombres, siendo así principio de la fraternidad universal. Jesús, entregándose en obediencia al Padre por amor a los hombres, destruyó el pecado de Adán y la muerte, el alejamiento de Dios, que es Vida y Amor. La resurrección es el signo de su victoria, es el día de nuestra redención.

Cristo ha muerto y resucitado, y lo ha hecho por todos nosotros, por todos los hombres. El es la primicia y la plenitud de una humanidad reconciliada y renovada. En El todo adquiere un sentido nuevo. Cristo ha entrado en la historia humana cambiando su curso. La historia personal, de la humanidad y del mundo no están abocadas a un final fatal, a la nada o al caos. La vida gloriosa del Señor resucitado es un inagotable tesoro, destinado a todos, y que todos estamos invitados a acoger con fe para compartir y proclamar desde ahora. La alegría pascual será verdadera si nos encontramos en verdad con el Resucitado, si nos dejamos llenar de la Vida y la Paz, que vienen de Dios y generan vida y paz entre los hombres. El encuentro personal con el Resucitado teñirá toda nuestra vida, nuestra relación con los demás y con toda la creación.

Pascua descubre que la existencia humana ha sido esencialmente transfigurada. Cristo ha vencido el poder del maligno y del mal, presente en la historia humana y en nuestro mundo: como son la marginación de Dios y de su ley, de la verdad, el bien y la belleza de nuestra existencia, las agresividades, los odios, las violencias, las guerras, el individualismo egoísta, la búsqueda de lo inmediato, del poder y de la opresión de los demás. Cuando se descubre y acoge en la fe el significado de la Resurrección, se canta, se celebra, se vive y se testimonia. Pascua se convierte así en llamada a acoger, respetar y defender la creación y la vida, especialmente la vida humana desde su concepción hasta su muerte natural, nos llama a respetar y acoger a toda persona también en sus diferencias. Pascua nos llama a la reconciliación, al perdón y al amor. Pascua nos llama a ser promotores de la vida y constructores de la justicia, de la libertad y de la paz. ¡Feliz Pascua a todos!

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López

Obispo de Segorbe-Castellón

Pascua de Resurrección

Segorbe, S. I. Catedral, 23 de marzo 2008

 

“Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo, Aleluya!” Celebramos la Pascua de Resurrección. Hoy es el día más grande y más gozoso del año, porque “muerte y vida trabaron duelo y, muerto el dueño de la vida, gobierna, vivo, tierra y cielo”. Cristo vive, porque ha resucitado. Jesús no es una figura del pasado, que vivió en un tiempo y se fue, dejándonos su recuerdo y su ejemplo. No, hermanos, Cristo, a quien acompañábamos en su dolor y en su muerte el Viernes Santo, vive, porque ha resucitado. Este es el grito con que nos despierta la Liturgia de este Domingo de Resurrección.

Jesucristo murió verdaderamente y fue sepultado. Pero el último episodio de su historia no es el sepulcro excavado en la roca, sino la Resurrección de la mañana de Pascua. El autor de la vida no podía ser vencido por la muerte “¿Dónde está muerte tu victoria? ¿Dónde está muerte tu aguijón?”. Alegrémonos, hermanos: Cristo ha resucitado; y su Resurrección es la prueba de que Dios Padre ha aceptado la ofrenda de su Hijo y en él hemos sido salvados. “Muriendo destruyo nuestra muerte, y resucitando restauró la vida” (SC 6)

El anuncio de la resurrección produjo en un primer momento desconcierto. María Magdalena, fue al amanecer al sepulcro, vio la losa quitada y corrió enseguida a comunicar la noticia a Pedro y a Juan: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto” (Jn 20,1-2). Los dos van corriendo hacia el sepulcro y Pedro, entrando en la tumba ve “las vendas en el suelo y el sudario… en un sitio aparte” (Jn 6-7); después entra Juan, y “vio y creyó”. Es el primer acto de fe de la Iglesia naciente en Cristo resucitado, provocado por la solicitud de una mujer y por la señal de las vendas encontradas en el sepulcro vacío.

Si se hubiera tratado de un robo, ¿quien se hubiera preocupado de desnudar el cadáver y de colocar los lienzos con tanto cuidado? Dios se sirve de cosas sencillas para iluminar a los discípulos que “pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: qué él había de resucitar de entre los muertos” (Jn 6,9), ni comprendían todavía lo que Jesús mismo les había anunciado acerca de su Resurrección. Pedro, cabeza de la Iglesia, y Juan “el otro discípulo a quien Jesús amaba” tuvieron el mérito de recoger las ‘señales’ del resucitado: la noticia traída por la mujer, el sepulcro vacío, el sudario enrollado.

La fe en la resurrección se basa no en pruebas directas, sino en signos, en ‘señales’. Como nos recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica: “Nadie fue testigo ocular del acontecimiento mismo de la Resurrección y ningún evangelista lo describe. Nadie puede decir cómo sucedió físicamente. Menos aún, su esencia más íntima –el paso a la otra vida- fue percibido por los sentidos” (nº 647). Esto no quiere decir que la resurrección no sea una hecho real, o un hecho histórico. Así lo documentan la señal del sepulcro vacío y la realidad de las apariciones del resucitado a los Apóstoles.

Cuando las piadosas mujeres van al sepulcro para embalsamar el cuerpo de Jesús, lo encuentran vacío. Un ángel les dice: “¿Porqué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí ha resucitado” (Lc 24, 5-4). El sepulcro vacío no es una prueba directa de que Cristo ha resucitado, pero constituye para todos un signo esencial de la Resurrección. Para los discípulos de Jesús fue el primer paso reconocer que Cristo ha resucitado.

Las mujeres piadosas y María Magdalena, cuando van al sepulcro y lo encuentran vacío, constatan simplemente: “Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde lo han puesto”. Después será Pedro, quien entra en el sepulcro y ve tan sólo las vendas de lino y el sudario que habían colocado sobre su cabeza. El Evangelista no nos dice que María o Pedro, al ver el sepulcro vacío, creyeran que Jesucristo había resucitado. Será Juan, él discípulo que Jesús amaba, quien de sí mismo afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir las vendas por el suelo, “vio y creyó”, porque el sepulcro vacío le llevó a entender la Escritura, según la cual Jesús tenía que resucitar de entre los muertos. “Esto supone, nos enseña el catecismo, que constató en el estado del sepulcro vacío que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana”. (nº 640). El conocimiento que, hasta entonces, Juan tenía de la Escritura se limitaba a la esfera del conocimiento, afectaba solamente sus ideas; ahora, al entrar en el sepulcro vacío y ver las vendas y el sudario, el conocimiento de la Escritura se convierte en experiencia de vida. A ello le lleva su amor y su fe en Cristo Jesús.

Después del sepulcro vació vienen las apariciones a los discípulos: a María Magdalena y a las piadosas mujeres: ellas que iban a embalsamar  el cuerpo de Jesús  (cf. Mc 16,1; Lc 24, 1), enterrado aprisa la tarde del Viernes santo por la llegada del Sábado (cf. Jn 19, 31) fueron las primeras en encontrar al Resucitado (cf. Mt 28, 9-10). Después se aparecerá a los Apóstoles: a Pedro, a los Doce –primero sin Tomás, y luego con él, y a más de quinientos hermanos. Desde este momento, cada uno de los Apóstoles, y Pedro en particular, comprometió su vida con la nueva era que comenzó precisamente la mañana de Pascua.

¿No será todo ello una invención de los discípulos o de los Apóstoles, ante el fracaso humano de la Cruz?, preguntan algunos. No, hermanos: Los Apóstoles no eran propensos a las ilusiones. Lo acredita su condición de hombres rudos, curtidos en las tareas del campo y de la pesca. En un primer momento estuvieron en contra de la Resurrección: no creyeron a las piadosas mujeres y cuando Jesús  está delante de ellos, creen ver un espíritu (Lc 24, 41). Tomás incluso dudó,  y en su última aparición en Galilea, “algunos dudaron” (Mt 28, 17). Por eso, “la hipótesis según la cual la resurrección habría sido un ‘producto’ de la comunidad (o de la credibilidad) de los Apóstoles no tiene consistencia. Muy al contrario, su fe en la Resurrección nació –bajo la acción de la gracia divina- de la experiencia directa de Jesús Resucitado” (CaIC 644).

Cuando alguien tiene una experiencia profunda, no la puede silenciar, por más que sus palabras no lograrán nunca expresar la intensidad, viveza y plenitud de la experiencia. La experiencia de Cristo resucitado marcó de tal manera el alma de los apóstoles y discípulos de Jesús, que tenían que hablar de ella, a quienes no la habían tenido. Y no sólo hablar de ella, sino también testimoniarla, es decir, proclamar su verdad, incluso, llegado el caso, dando la propia vida. Callar esa experiencia, hubiese sido una muestra de egoísmo imperdonable. Por eso, la fe de los primeros cristianos y su anuncio principal, casi exclusivo, era que Cristo ha resucitado. “Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que él había designado” (Hech 10, ). Todo lo demás gira en torno a este gran mensaje. Los apóstoles no proclaman ideas, por muy bellas que puedan ser, sino acontecimientos vividos en primera persona.

La experiencia de Cristo resucitado no fue pasajera; ellos se convierten de por vida en testigos de la resurrección del Señor. Por este motivo, nunca cesaron de proclamar con sus labios y con su vida la resurrección de Jesucristo. La Resurrección de Jesucristo es la roca que fundamenta la fe y existencia de todo cristiano, nuestra propia fe y existencia. “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe, vana nuestra predicación”. Y yo añadiría y vana la manifestación religiosamente sentida de la pasión y muerte del Señor durante las procesiones de Semana Santa.

Cristo ha resucitado y nosotros hemos sido incorporados a Él y a su resurrección por el Bautismo. San Pablo en la primera Carta a los Corintios, refiriéndose al rito que mandaba comer el cordero pascual con pan ácimo- exhorta a los cristianos a eliminar “la vieja levadura de la corrupción y de la maldad, para celebrar la Pascua con los panes ácimos de la sinceridad y de la verdad” (1 Cor 5, 7-8).

La “levadura vieja de la maldad y la corrupción” a la que hay que morir para vivir la Resurrección del Señor, para caminar como bautizados, es el pecado y la  muerte, es el odio y el rencor, es el desprecio de la vida y dignidad humanas, son la mentira y el terrorismo, la injusticia y la insolidaridad, son el egoísmo y la impureza, el cansancio y la desesperanza, son la rutina, la tibieza y el conformismo. Todo lo viejo ya pasó, queda atrás, en la cruz de Jesucristo. Ahora toca los ‘panes ácimos de la sinceridad y del amor’ hacia Dios y hacia el hermano, los panes ácimos del amor y de la verdad, los panes nuevos de la entrega y la solidaridad, los panes limpios de la justicia, de la libertad y de la paz, los panes recientes del servicio y de la acogida.

A la mesa de Cristo, verdadero Cordero inmolado por la salvación de los hombres, hemos de acercarnos con corazón limpio de resucitados. La resurrección del Señor, su ‘paso’ de la muerte a la vida, debe reflejarse en la resurrección de los creyentes, desde el hombre viejo a la vida nueva en Cristo. Esta resurrección se manifiesta en el anhelo profundo por las cosas del cielo (cf. Col 3,-12).

En la Vigilia Pascual pedíamos anoche: “Mira con bondad a tu Iglesia, sacramento de la nueva Alianza… Que todo el mundo experimente y vea como lo abatido se levanta, lo viejo se renueva y vuelve a su integridad primera”.  Esto es la Pascua de la Resurrección, levantar lo abatido y renovar lo viejo, purificar lo manchado y embellecer lo feo, liberar lo cautivo y alegrar lo triste, alentar al desanimado y curar al enfermo.

Lo pedimos para nosotros. Siempre quedará algo que limpiar, algo que curar o liberar, algo que renovar o al menos algo que embellecer y santificar. La Pascua pide revestirse del hombre nuevo, que es Jesucristo. La Pascua nos llama a todos a hacer la experiencia de Cristo resucitado. Una experiencia decisiva para todo cristiano; quien la tiene, no podrá seguir viviendo de la misma manera. Esa experiencia viva e intensa toca y cambia la mentalidad, las costumbres, el estilo de vida, el modo de relacionarse con los demás, los criterios de acción, las mismas obras, hasta el mismo carácter.

Celebrar la Pascua de la resurrección nos pide también anunciar y contagiar la Pascua. Esto ocurre cuando nos acerquemos al caído y ayudamos al levantarse al abatido. Celebrar la Pascua exige limpiar lo manchado y renovar lo viejo: las rivalidades y odios, las  desigualdades y egoísmos, las tiranías y los vicios. Celebrar la Pascua exige alegrar al triste y alentar al desanimado.

Celebremos con fe la Pascua de la Resurrección del Señor. Acojamos con alegría a Cristo Resucitado. Vivamos con gozo la Resurrección de Jesús en nuestra vida. Dejémonos transformar por Cristo resucitado por la participación en esta Eucaristía, memorial de la muerte y de la resurrección. Seamos testigos de su resurrección en nuestra vida. ¡Feliz Pascua de Resurrección¡  Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Vigilia Pascual

Segorbe. S.I. Catedral, 22 de marzo de 2008

 

“No está aquí. Ha resucitado, como había dicho” (Mt 28,6). Este es el anuncio del ángel vestido de blanco a las mujeres, que habían acudido a ver el sepulcro. Esta es la gran noticia de cada año en esta Noche Santa de Pascua: Cristo ha resucitado. Es la Pascua del Señor. Cristo ha pasado a través de la muerte a la Vida, Cristo ha pasado a una nueva y definitiva existencia. El Señor vive para siempre.

Aquí radica, queridos hermanos, la razón de nuestra asamblea litúrgica en esta Vigilia Pascual, la madre de todas las vigilias, la fiesta cristiana por excelencia. ¡Aleluya, hermanos! Alegrémonos y gocemos por la presencia del Señor Resucitado en medio de nosotros. Nunca nos cansaremos de celebrar la Pascua de la Nueva y definitiva Alianza: en medio de la oscuridad de la noche, Cristo Jesús ha sido liberado de la muerte y llenado del Espíritu de Dios, el Espíritu de la Vida.

“Demos gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia” (Sal 117). La Palabra de Dios nos lo ha recordado. Nuestro Dios no es un Dios de muerte, sino un Dios de Amor y de Vida.

En la primera creación del mundo, el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas primeras y las llenó de su vida. Dios creó todas las cosas y al hombre por amor y para la vida. ¡Y vio que era muy bueno! Ahora, en la nueva creación, el mismo Espíritu ha actuado poderosamente en el sepulcro de Jesús y ha llenado de Vida nueva a Jesús, el primogénito de toda la nueva creación.

Cuando el hombre en uso de su libertad rechaza la vida de Dios, éste en su infinita misericordia no le abandona. En la culpa humana, Dios muestra su amor misericordioso y promete al Salvador. ¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor! Para rescatarnos del pecado de Adán nos dio al Salvador, quien muriendo nos libera del pecado y de la muerte, y resucitando nos devuelve la vida.

Dios no abandona nunca al hombre, está presente y pasa permanentemente por la existencia del hombre: pasa por la vida de Adán, pasa por la existencia de Abrahán evitando la muerte de su hijo Isaac, pasa por la historia de su Pueblo Israel y lo salva de la esclavitud de Egipto. Y en el paso del Mar Rojo nos prepara para entender el paso de Cristo a una nueva existencia, liberándonos a todos, como un nuevo Moisés que guía a su pueblo a través de las aguas del Bautismo. Dios pasa haciéndose oír por la voz de los profetas que recordaban su amor eterno hacia su pueblo: un amor que se convierte en alianza eterna, que sacia la sed de la vida del hombre; un amor que por el camino de los preceptos de la vida conduce a la auténtica sabiduría; y un amor que da un corazón nuevo y un espíritu nuevo.

Pero sobre todo, Dios pasa por la existencia entregada de su Hijo: Dios no lo abandona en la muerte, le ‘hace pasar’ de la muerte a la vida. El Viernes Santo, escuchábamos conmovidos la pasión y muerte de Jesús en la Cruz. Esta Noche santa escuchamos: “No está aquí. Ha resucitado”. Es la Pascua del Señor, su paso de la muerte a la vida gloriosa y sin fin.

Después de la noche nace el Día, en la oscuridad emerge la Luz, del silencio del sepulcro surge la Palabra, en la vida humana aparece la Vida de Dios. Anunciemos por doquier que es Pascua: que Dios “ha pasado” y pasa por la vida de los hombres desde la misma Creación para mostrarnos su amor; y éste mismo Dios, en la plenitud de los tiempos “ha hecho pasar” a Jesús de la muerte a la Vida; y hoy “nos hace pasar”, a nosotros, a la Vida nueva por el Bautismo.

Si hermanos: La Pascua de Cristo es nuestra Pascua. San Pablo, en la carta a los Romanos (cf. 6, 3-11), nos ha recordado que el día de nuestro Bautismo todos nosotros hemos pasado de la muerte del pecado a la vida nueva del Cristo resucitado; hemos sido sumergidos en la nueva existencia de Cristo y hemos sido incorporados a su vida, por la fuerza del mismo Espíritu que le resucitó a Él. Por medio del Bautismo, Dios también pasa por nuestra vida y nos permite vivir ya ahora la eternidad gloriosa de Dios.

El Bautismo es más que un baño o una purificación. Es más que la entrada en una comunidad. Es un nuevo nacimiento, es un renacimiento de lo alto a la Vida misma de Dios, es un nuevo inicio de la vida. Pablo nos dice que en el Bautismo hemos sido “incorporados” en la muerte de Cristo. Sí: En el Bautismo nos entregamos a Cristo; Él nos toma consigo, para que ya no vivamos para nosotros mismos, sino gracias a Él, con Él y en Él; para que vivamos con Él y así para los demás.

En el Bautismo nos abandonamos nosotros mismos, depositamos nuestra vida en sus manos, de modo que podamos decir con san Pablo: “Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí”. Si nos entregamos de este modo, aceptando una especie de muerte de nuestro yo, entonces eso significa también que el confín entre muerte y vida se hace permeable. Tanto antes como después de la muerte estamos con Cristo y por esto, desde aquel momento en adelante, la muerte ya no es un verdadero confín.

Esta es la novedad del Bautismo: nuestra vida pertenece a Cristo, ya no nos pertenece a nosotros mismos. Pero precisamente por esto ya no estamos solos ni siquiera en la muerte, sino que estamos con Aquél que vive siempre. Acompañados por Él, más aún, acogidos por Él en su amor, somos liberados del miedo. Él nos abraza y nos lleva, dondequiera que vayamos. Él que es la Vida misma (Benedicto XVI).

“Por el bautismo fuimos sepultados con Cristo de la muerte, para que así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva…”. Considerémonos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús de modo que andemos en una vida nueva.

El amor de Dios nos despierta esta noche. Nos recuerda el misterio de nuestra propia vida, que se ilumina con nuevo resplandor en su presencia bautismal. Puestos en pie, unidos en la fe, la esperanza y el amor de nuestro Señor Jesucristo, renovemos una vez más nuestras promesas bautismales.

Especial resonancia tiene esta renovación para vosotros, hermanos y hermanas de la segunda Comunidad del Camino Neocatecumenal de Nules, en esta última etapa de vuestro camino. En tres convivencias os habéis preparado para renovarlas solemnemente en esta S.I. Catedral-Basílica ante mi, sucesor de los Apóstoles. Vuestras túnicas blancas  de lino son signo de la nueva vida bautismal de un cristiano, que acepta ser golpeado y triturado como el lino para extraer la fibra para su confección. En vuestros escrutinios habéis visto de dónde procedías: de un mundo de destrucción, alejados del amor de Cristo por el pecado; pero también habéis experimentado el amor de Dios en Cristo, que os ha re-creado haciendo de vuestra propia historia una historia de salvación.

Al comienzo de la Vigilia hacíamos la ofrenda del cirio encendido, signo de la alegría pascual. En el pregón, se alzaba nuestra voz diácono, diciendo en oración humilde.

“Te rogamos, Señor, que este cirio consagrado a tu nombre arda sin apagarse para destruir la obscuridad de esta noche… Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo; ese lucero matinal que no conoce ocaso y es Cristo, tu Hijo Resucitado que, al salir del sepulcro, brilla sereno para el género humano”.

Brille así, hermanos, nuestro amor al Señor: sin interrupción, sin titubeos, sin descanso. Que el encuentro de esta noche con Cristo glorioso inunde nuestras almas de gozo y de paz, de alegría y esperanza, de fe y de amor.

Alegrémonos, hermanos y hermanas. El mismo amor de Dios que creó el mundo y que resucitó a Jesús de Nazaret, que se había entregado por nosotros, es el que hoy  nos congrega en esta Eucaristía, para comunicarnos su Vida, su alegría y su amor. Esto es lo que celebramos y esto lo que da sentido a nuestra existencia. Por eso creemos, esperamos y queremos vivir como cristianos en Cristo. No celebramos un hecho pasado, no seguimos una doctrina fría. Celebramos, seguimos y anunciamos a Cristo Jesús, invisible pero presente en medio de nosotros como el Señor Resucitado.

Unidos a la Iglesia entera dejémonos llenar por la alegría pascual. La Pascua de Jesús quiere ser también nuestra Pascua. Recordemos nuestro Bautismo y participemos una vez más del Cuerpo y Sangre del Resucitado. Dios quiere renovar sus dones de gracia con que nos llenó el día del Bautismo y comunicarnos su fuerza. Dejémonos llenar de vida por el mismo Espíritu de Dios que resucitó a Jesús. Él nos comunica fuerza, alegría, energía, esperanza, para que toda nuestra vida sea signo vivo del Resucitado. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón