Celebración litúrgica del Viernes Santo

Segorbe, S. I. Catedral-Basílica, 21 de marzo de 2008

 

Es Viernes Santo: un día de intenso dolor, pero un dolor transido de esperanza. En el centro de la Liturgia de este día está el misterio de la Cruz, un misterio que ningún concepto humano puede expresar adecuadamente. Dejemos hablar a la Palabra de Dios, que nos ha sido proclamada.

Toda la tradición cristiana y el mismo Nuevo Testamento reconocen en el Siervo paciente de la primera lectura (Is 52,13-53,12), una figura profética de Cristo. En la historia de Israel era frecuente que amigos de Dios intercedieran por sus hermanos, los hombres, sobre todo por el pueblo elegido. Pero ninguno de ellos llegó a sufrir tanto como el Siervo de Dios: el “varón de dolores” despreciado y evitado por todos, “herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes,… que entregó su vida como expiación”. Cristo en su pasión es el “varón de dolores” que con tanta fuerza y crudeza describe el poema del Siervo de Yahvé. En él se contiene todo: humillaciones y sufrimientos, rechazo por parte de su pueblo, muerte redentora. El “fue traspasado por nuestros pecados”.

En la oscuridad del dolor, sin embargo, aparece la luz de la esperanza. Desde la primera línea se apunta ya la victoria final: “Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho”. Porque el Siervo de Yahvé, aceptando su papel de víctima expiatoria, trae la paz, la salud y la justificación de muchos: “A causa de los trabajos de su alma, verá y se hartará; con lo aprendido, mi Siervo justificará a muchos, cargando con los crímenes de ellos”. El sacrificio del Siervo doliente produce su efecto: “Sus cicatrices nos curaron”. El es el Siervo plenamente sometido a Dios, en el que Dios ‘se ha complacido’.

En verdad: Cristo Jesús es el Sumo Sacerdote y mediadora, que reconcilia a los hombres con Dios por el sacrificio de su vida, nos dirá la carta a los Hebreos (4,14-16; 5,7-9). Jesús es a la vez el sacerdote y la víctima, el oferente y la ofrenda; El es nuestro único mediador con Dios. En la Antigua Alianza, el sumo sacerdote podía entrar una vez al año en el Santuario, rociarlo con la sangre de un animal sacrificado para expiar los pecados del pueblo. Ahora el Sumo Sacerdote por excelencia, Cristo Jesús, entra ‘con su propia sangre’ (Hb 9,12), como sacerdote y como víctima a la vez, en el verdadero y definitivo santuario, en el cielo, ante el Padre.

Por nosotros y todos los hombre ha sido sometido a la tentación humana; por nosotros ha orado y suplicado a Dios en la debilidad humana, ‘a gritos y con lágrimas’; y por nosotros el Hijo, sometido eternamente al Padre, ‘aprendió’, sufriendo, a obedecer sobre la tierra, convirtiéndose así en ‘autor de salvación eterna’ para todos nosotros. Tenía que hacer todo esto como Hijo de Dios para poder realizar eficazmente toda la profundidad de su servicio y sacrificio obedientes.

Para San Juan, Jesús, el Siervo doliente y Sumo Sacerdote, se presenta y comporta en su pasión como un auténtico Rey soberano: él se deja arrestar voluntariamente; responde soberanamente a Anás que él ha hablado abiertamente al mundo; declara su realeza ante Pilato, una realeza que consiste en ser testigo de la verdad, es decir, en dar testimonio con su sangre de que Dios ha amado y ama al mundo hasta el extremo. Pilato le presenta como un rey inocente ante el pueblo que grita ‘crucifícalo’. “¿A vuestro rey voy a crucificar?”, pregunta Pilato, y, tras entregar a Jesús para que lo crucificaran, manda poner sobre la Cruz un letrero en el que estaba escrito: “El rey de los judíos”, en las tres lenguas del mundo. La Cruz es el trono real desde el que Jesús “atrae hacia sí” a todos los hombres; desde la Cruz el funda su Iglesia, confiando su Madre al discípulo amado, que la introduce en la comunidad de los apóstoles, y culmina la fundación confiándole al morir su Espíritu Santo viviente, que infundirá en Pascua.

La fe pascual de Juan transfigura cada detalle y cada episodio de esta última fase de la vida terrena del Salvador. Incluso la Cruz queda transfigurada. En sí misma es un sacrificio cruel y bárbaro; pero, desde que Cristo redimió a los hombres en el leño de la Cruz, se ha convertido en objeto de adoración. Para Juan, la Cruz es una especie de trono. En la Cruz, Jesús es exaltado, elevado y glorificado. Juan resalta que Jesús llevó su propia cruz. Sin quitar importancia a los sufrimientos del Señor, toda la narración está impregnada de una atmósfera de paz y serenidad. Cristo, y no sus enemigos, es quien domina la situación. No hay coacción alguna: Jesús se encamina con total libertad hacia su ejecución; con perfecta libertad y completo conocimiento de lo que acontece, sale al encuentro de su destino. El motivo es el amor, que se entrega hasta el extremo. Porque la Cruz es la revelación suprema del amor de Dios. Ante esta suprema manifestación del amor de Dios, sólo podemos prosternarnos en actitud de adoración y meditación.

La pasión y muerte en Cruz del Señor suscita en nosotros sentimientos de dolor y compasión con el Señor; pero a la vez ha de suscitar pesar por nuestros pecados y por los pecados del mundo. Porque el milagro inagotable e inefable de la Cruz se ha realizado ‘por nosotros’ ‘y por nuestros pecados’. El Siervo de Dios ha sido ultrajado por nosotros, por su pueblo; el Sumo Sacerdote, a gritos y con lágrimas, se ha ofrecido a sí mismo como víctima a Dios para convertirse, por nosotros, en el autor de la salvación; y el Rey de los judíos, ha ‘cumplido’ por nosotros todo lo que exigía la Escritura, para finalmente, con su sangre y el agua que brotó de su costado traspasado, fundar su Iglesia para la salvación del mundo.

Pero la pérdida de sentido de Dios en nuestra sociedad, la pérdida del sentido de pecado y la falta de necesidad de salvación, hacen difícil involucrarse personalmente en esta historia siempre actual y presente de la pasión y muerte del Señor. Preferimos ser espectadores de la pasión, y no causantes y beneficiarios de la muerte salvadora del Hijo de Dios.

Pero nuestros pecados, personales y estructurales, son el origen y la causa de los sufrimientos de Cristo. Cristo sigue padeciendo por nuestra causa, por nuestros pecados. Cristo sufre y padece cuando no acogemos el amor de Dios, cuando nos avergonzamos de Cristo y negamos ser sus discípulos como Pedro, cuando no respetamos la vida humana y la dignidad de las personas. Cristo sufre y padece, cuando empañamos la ‘imagen de Dios’, impresa en todos los hombres y en nosotros mismos, por la envidia, la gula o la impureza. Cristo sufre y padece, cuando atentamos contra la verdad. Cristo sufre y padece cuando los niños son esclavizados o se abusa de ellos. Cristo sufre y padece cuando las mujeres son maltratadas, cuando los ancianos son abandonados o rechazados. Cristo sufre y padece con los parados y con los jóvenes que no encuentran un sentido a su vida y un futuro digno. Cristo sufre cuando los inmigrantes tienen que abandonar casa y familia y no encuentran la acogida que merecen; cuando los drogadictos llegan a perder su dignidad, su libertad, su salud y su vida, cuando los enfermos son abandonados en su dolor.

Pero Cristo, también, padece con nosotros e ilumina nuestro paso por esta vida. Por eso hemos de contemplar y adentrarnos personalmente en la pasión de Cristo para saber afrontar y dar sentido a la nuestra. Cristo en su pasión sufrió tristeza y angustia, para que miremos a Él, cuando la desesperanza y el sinsentido aparecen en nuestra vida, cuando nos faltan razones y estímulos para seguir viviendo como cristianos. Jesús, en la Cruz, siente una profunda sensación de inutilidad, porque presiente que la libertad humana va a rechazar la luz de su salvación, y así alentarnos en su servicio.

En la Cruz, Jesús experimenta el silencio de Dios. “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?”. Este grito de Jesús, al filo de la muerte, revela que no sólo le invade la tristeza de la muerte, sino también el vacío de la presencia sensible de Dios. Estábamos separados del Padre por el pecado. Era necesario que el Hijo, en el que todos nos encontrábamos, probara la separación del Padre. Tenía que experimentar el abandono de Dios para que nosotros nunca más nos sintiéramos abandonados. Hay horas en la vida en las que también nosotros sentimos la ausencia de Dios, que permite el mal y el dolor que nos desconciertan. Jesús supera esa sensación penosa sabiendo distinguir entre fe y sentimiento. Siente que el Padre le ha abandonado, pero cree que el Padre está con él y por eso, a renglón seguido, añadirá: “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu”.

Que María, la fiel corredentora, nos ayude a hacer la travesía de la vida con los ojos puestos en su Hijo. Miremos el árbol de Cruz, en la que cristo está clavado. Si con El sufrimos, reinaremos con Él; si con El morimos, viviremos con El. El es nuestra esperanza, él es nuestra fuerza para no desfallecer en el camino de la vida. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Jueves Santo. Misa de la Cena del Señor

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 20 de marzo de 2008

 

En la tarde de Jueves Santo conmemoramos la última Cena de Jesús con sus Apóstoles. Al traer a nuestra memoria y a nuestro corazón las palabras y los gestos de Jesús aquella tarde-noche nuestra mente se traslada al Cenáculo, donde Jesús se ha reunido con los suyos para celebrar la Pascua. Son muchos los sentimientos que se agolpan en nuestro corazón. “Habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1). Estas palabras de Juan nos permiten intuir los sentimientos que experimentó Jesús “la noche en que iba a ser entregado” (1 Co 11, 23) y nos estimulan a participar con gratitud contemplativa en esta celebración.

De la mano de las lecturas de hoy podemos entrar en el sentido profundo de aquella última Cena de Jesús con sus discípulos. La Palabra de Dios nos habla de la institución de la Eucaristía, de su prefiguración en el Cordero pascual y de su traducción en el amor y el servicio fraterno.

El libro del Exodo (12, 1-8; 11-14) nos recordaba la institución de la Pascua judía. Dios ordenó a los hebreos que inmolasen en cada familia “un animal sin defecto (de un año, cordero o cabrito)”, y que rociasen con la sangre las dos jambas y el dintel de las casas para ser librados del exterminio de los primogénitos al paso del ángel. En aquella misma noche, preservados por la sangre del cordero y alimentados con su carne, iniciarían la marcha hacia la tierra prometida. El rito había de repetirse cada año en recuerdo agradecido por la acción liberadora de Yahvé. “Es la Pascua en honor del Señor” (Ex 12, 11), que conmemora ‘el paso del Señor’ para liberarlo de la esclavitud de Egipto.

La Pascua de los judíos era una sombra y prefiguración de lo que había de ser la Pascua de Cristo, la pascua cristiana. En ella, Cristo es el ‘verdadero cordero sin defecto’, inmolado por la salvación del mundo y por la liberación definitiva del pecado y de la muerte. Cristo es el nuevo Cordero, que con su sangre libremente derramada en la cruz establece la nueva y definitiva Alianza. Desde el momento en que Jesús se sienta a la mesa con sus discípulos, inicia el rito de su Pascua. En lugar de un cordero, “el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo tomó un pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros”. Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: “Este es el cáliz de la nueva alianza sellada con mi sangre”. Aquel pan milagrosamente transformado en el Cuerpo de Cristo, y aquel cáliz que ya no contiene vino, sino la Sangre de Cristo, eran ofrecidos en aquella noche, como anuncio y anticipo de la muerte del Señor, de la entrega de su cuerpo y el derramamiento de su sangre en la Cruz.

“Haced esto en conmemoración mía”, dice Jesús a los apóstoles, queriendo así perpetuar, a través de ellos y sus sucesores, aquel gesto y, con él, el sacrificio del calvario para la remisión de los pecadoss. Agradezcamos esta tarde al Señor el don del sacerdocio que perpetúa la presencia de Cristo y su acción salvadora entre nosotros; oremos por el don de nuevas vocaciones.

“Haced esto en memoria mía”. Con estas palabras solemnes instituye Jesús la Eucaristía y la entrega a su Iglesia para todos los siglos. Cada año, en la tarde de Jueves Santo, volviendo nuestros ojos al Cenáculo, recordamos que en la Cena de aquel atardecer, Jesús les da a sus discípulos –y representados en ellos nos da a nosotros- la Eucaristía como don del amor y fuente inagotable de amor. La Eucaristía es el sacramento que perpetúa por todos los siglos la ofrenda libre, total y amorosa de Cristo en la Cruz para la vida del mundo. Una memoria que es actualización del sacrificio redentor, presencia real del Señor y banquete de comunión con El y los hermanos en la espera de su venida. En la Eucaristía, los creyentes recibimos el efecto salvador del sacrificio en la Cruz y el alimento para el camino, como firmeza para nuestra fe, fuelle para nuestra esperanza y fuerza para nuestro amor. En ella la Iglesia, misterio de comunión de Dios con el hombre y entre los hombres unidos con Él, se hace y se renueva permanentemente para ser germen de unidad de todos los pueblos.

La Eucaristía es ‘pan vivo, bajado del cielo’ que da la vida eterna a los hombres (Jn 6,51), porque es el memorial de la muerte del Señor, porque es su Cuerpo ‘entregado’ en sacrificio, y es su Sangre ‘derramada por todos para el perdón de los pecados’ (Lc 22,19; Mt 26,28). Nutridos con el Cuerpo del Señor y lavados con su Sangre, los cristianos podemos soportar las asperezas del peregrinaje de esta vida, pasar de la esclavitud del pecado a la libertad de los hijos de Dios, de la travesía fatigosa del desierto a la tierra prometida: la casa del Padre. ¿No nos ha de preocupar el alejamiento progresivo de tantos cristianos de la participación en la Eucaristía?

“Cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva” (1 Co 11, 26). Con estas palabras, el apóstol Pablo nos exhorta a hacer constantemente memoria de este misterio y a participar en él. Al mismo tiempo, nos invita a vivir diariamente nuestra misión de testigos y heraldos del amor del Crucificado, en espera de su vuelta gloriosa. El cristiano que comulga sabe que debe vivir, amar, trabajar, sufrir y morir como Cristo. Por ello, unido indisolublemente al don de la Eucaristía, Cristo nos ha dado su nuevo mandato. “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado”. Eucaristía, comunión con Cristo y con los hermanos, y existencia cristiana basada en el amor son inseparables. Desde aquella Cena, Jesús nos enseña que participar de su amor y amar es entregarse y gastarse como Él. El amor alcanza su cima en el don que la persona hace de sí misma, sin reservas, a Dios y al prójimo.

Y, para enseñarnos, cómo ha de ser el amor de sus discípulos, Jesús, antes de instituir el sacramento de su Cuerpo y Sangre, les sorprende ciñéndose una toalla y abajándose para lavarles los pies. Era la tarea reservada a los siervos. Al hacerlo, el Maestro les propone una actitud de servicio en el amor como norma de vida. “Vosotros me llamáis el Maestro  y el Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn 13, 12-14). Sólo será verdadero discípulo de Jesús, quien se deje lavar los pies, sus pecados, por Cristo en el sacramento de la Penitencia, quien participe de su amor en la Eucaristía, quien lo imite en su vida y quien como Él se haga solícito en el servicio a los demás. Porque, en el amor servicial, en la solicitud por las necesidades del prójimo está la esencia del vivir cristiano.

Sólo esta actitud de servicio humilde hace posible el cumplimiento del precepto de Jesús: “Os doy el mandato nuevo: que os améis unos a otros como yo he amado”. El lavatorio de los pies, la institución de la eucaristía, la muerte de la cruz, nos indican que el servicio humilde y la entrega total al prójimo son el camino para realizar y hacer verdad el precepto del Señor. San Juan, resumiendo maravillosamente el significado de la Eucaristía, afirma: “Los amó hasta el extremo”. Con ello quiere decir que los amó hasta el final, hasta agotar todas las posibilidades, sin reparar en medios para demostrarles su amor. Jesús no pone límites en su entrega a los hombres. En la escuela de Jesús son inseparables la gloria del Padre y el servicio a los hermanos. Por eso les lava los pies, señal inequívoca de humildad, de extremado servicio.

¡Tarde de Jueves Santo! Muchos sentimientos se agolparon entonces en el corazón de Jesús y de sus discípulos; muchos sentimientos invaden ahora nuestro corazón. Demos gracias a Dios que, en su Hijo Jesucristo, nos legó la Eucaristía, el don de amor más grande que pensarse pueda. Jesús se va, pero se queda presente entre nosotros en la Eucaristía. Se va por el amor que profesaba al Padre, tras cumplir su voluntad sobre la tierra. Pero se queda por amor a los hombres en la Eucaristía. Por eso, participar en la Eucaristía, recibirla y adorarle en ella, y amar sin reservas a nuestros semejantes serán el mejor modo de agradecer a Dios su don, su amor inefable.

Que María, ‘la mujer eucarística’ nos ayude a valorar la presencia de Cristo en la Eucaristía, a participar en ella y a adorarle con gratitud. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Santa Misa Crismal

S. I. Con-Catedral de Castellón, 17 de marzo de 2008

 

“Gracia y paz a vosotros de parte de Jesucristo, el Testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra” (Apoc. 1,5). Con estas palabras del Apocalipsis os saludo, queridos hermanos, a todos cuantos habéis seguido la invitación del Señor a esta Misa Crismal. De un modo muy especial os quiero saludar a vosotros, queridos sacerdotes, “conmovido, como si me sentara a vuestro lado en aquella mesa del Cenáculo en la que el Señor Jesús celebró con sus Apóstoles la primera Eucaristía: un don para toda la Iglesia” (Carta de Juan Pablo II, Jueves Santo de 2002, n. 1).

La Misa Crismal tiene un profundo significado para nuestra Iglesia diocesana. Esta Eucaristía, en que participa el Pueblo de Dios de Segorbe-Castellón, unido en la misma oración en torno a la Palabra de Dios y a un único altar, y presidido por el Obispo y rodeado de su presbiterio, es la manifestación principal de nuestra Iglesia diocesana (cf. SC 41). Esta Misa Crismal tiene también un hondo significado y valor para nuestro presbiterio diocesano. Reunidos en torno al altar manifestamos al pueblo fiel la unidad de nuestro sacerdocio y la comunión entre el Obispo y su presbiterio; a la vez aquí, en la comunión eucarística, queda reforzada nuestra comunión y nuestra fraternidad sacerdotal.

Hoy damos gracias a Dios por nuestro ministerio ordenado. De modo especial, le damos gracias hoy por D. Daniel Gil y D. Narciso Jordán, en sus bodas de oro sacerdotales, y por D. Joaquín Gillamón, en sus bodas de plata sacerdotales, así como los seis neopresbíteros, Héctor Calvo, Fco. Miguel Fernández, José Antonio Morales, Welter Lara, Reinel Muñoz, Julio Cesar Silva, Piero Salvatore Tornatore, León Enrique Viñedo y Paco Francés. Nuestra más cordial enhorabuena a todos. Esta mañana recordamos también en nuestra oración al bueno de Manolo Mechó, a quien hace quince días dábamos cristiana sepultura. Hoy es un día para la acción de gracias a Dios por los dones recibidos, pero también tiempo de gracia de Dios para la conversión, para la renovación espiritual de nuestra Iglesia y de todos cuantos la formamos, y de nosotros los sacerdotes.

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido” (Is 61, 1). Estas palabras de Isaías, que Jesús se aplica a sí mismo aquel sábado en la Sinagona de Nazaret, expresan el tema central de esta Misa Crismal. Los óleos que vamos a bendecir y, especialmente, el crisma, que vamos a consagrar, nos recuerdan especialmente el misterio de la unción sagrada de nuestro Bautismo y nuestra Confirmación, así como la de nuestra Ordenación; una unción, que marca para siempre la persona y la vida de todo cristiano, desde el día de su bautismo; una unción que marca para siempre especialmente nuestra persona y nuestra vida de presbíteros y de Obispo desde día nuestra ordenación para el servicio del pueblo de Dios.

Ahora bien, la unción bautismal y sacerdotal, reciben su luz y su fuerza del misterio de Cristo sacerdote, que en la última Cena se consagra a sí mismo, anticipando el sacrificio cruento del Gólgota. La Eucaristía, cuya institución por Jesucristo junto con uno de los momentos esenciales de la institución del Sacramento del Orden celebraremos el Jueves Santo, es la cima y la fuente de la vida la Iglesia, y lo es también de todos los sacramentos, pues de la Mesa eucarística desciende la unción sagrada. El Espíritu divino difunde su místico perfume en toda la casa (cf. Jn 12, 3), es decir, en la Iglesia; y a los cristianos así como a los sacerdotes y obispos, de modo especial, nos hace partícipes de la misma consagración de Jesús (cf. Oración Colecta de la Misa Crismal)

Todo bautizado, por el don permanente de la unción recibida, está llamado a alabar y dar testimonio del amor misericordioso de Dios, a cantar ‘eternamente las misericordias del  Señor’ (Salmo responsorial) con una vida santa. Y lo mismo se puede decir de toda comunidad cristiana. San Pablo nos recuerda: “Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación” (1 Ts 4, 3); por ello “todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad” (LG 40).

Esta verdad básica nos atañe ante todo a nosotros, los obispos, y a vosotros, queridos sacerdotes, ungidos para siempre para representar a Cristo Cabeza y actuar en su nombre. “Sed santos porque yo soy santo” (Lv 19, 2), así nos exhorta la Sagrada Escritura; y podríamos añadir: seamos santos, queridos sacerdotes, para que el pueblo de Dios que nos ha sido confiado sea santo. Hemos sido ungidos, consagrados y configurados con Cristo, Cabeza y Pastor, para servir al pueblo de Dios, para estimular y avivar en todos los cristianos su sacerdocio común de modo que hagan de su vida una ofrenda a Dios y una entrega a los demás. La santidad de nuestros fieles no deriva ciertamente de la nuestra; pero no cabe la menor duda que nuestra santidad la favorece, la estimula y la alimenta. Acojamos con generosidad, queridos sacerdotes, la invitación que hoy nos hace el Señor a vivir fielmente el don gratuito de nuestra vocación, nuestra permanente unción presbiteral y episcopal y, en particular, nuestro camino de santidad. Esta es la fuente de que surgirá el renovado impulso apostólico, que nuestra Iglesia diocesana y nuestra sociedad tan urgentemente necesitan y esperan de todos nosotros. Dios es fiel a su don y a sus promesas; El es la fuerza que nos sustenta y alienta en nuestras luchas y dificultades, ante la tentación de la tibieza y del desaliento.

El camino de nuestra santidad está íntimamente unido a nuestro ser y a nuestra misión. Hemos sido ungidos para ser enviados; en el ejercicio fiel y entregado de nuestro ministerio encontraremos el camino de nuestra santificación.

La primera misión que Dios nos ha confiado, queridos sacerdotes, es la de anunciar el Evangelio a todos. “El Espíritu del Señor me ha ungido para dar la buena noticia a los que sufren” (Is 61,1). Si bien todo bautizado está llamado a anunciar el Evangelio, los pastores desempeñamos una función insustituible en esta tarea. Somos ministros de la Palabra, el Verbo de Dios hecho carne y de su Evangelio. En este año, en que el Sínodo de Obispos reflexionará sobre “la Palabra de Dios en la vida y misión de la Iglesia” quiero detenerme brevemente en esta nuestra condición de ministros de la Palabra.

Si, queridos sacerdotes: Hemos sido ungidos para entregar nuestra vida al anuncio de la Palabra de Dios, siguiendo el ejemplo de Cristo, que dedicó toda su vida “a enseñar” (Act 1,1). San Pablo, en la segunda carta a los Corintios, nos recuerda que “no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor” (2 Co 4,5). Y a los mismos fieles de Corinto, en una carta precedente, les había escrito: “Nosotros predicamos a Cristo crucificado” (1 Co 1,23). Y hemos de hacerlo en todo momento, a tiempo y a destiempo, con ocasión y sin ella, sin avergonzarnos de Cristo y de su Evangelio para que los niños y adolescentes, los jóvenes y los adultos se encuentren con Cristo y su Evangelio, para que se conviertan a Él, se dejen transformar por Él y participen de la nueva Vida de Dios, que Cristo nos ofrece, de modo que todos sean ‘sal de la tierra y luz del mundo’.

No olvidemos nunca que somos ministros de la Palabra de Dios: en esta condición hemos de aplicarnos especialmente aquellas duras palabras de Jesús: “Pero yo os digo que de toda palabra inútil que hablen los hombres darán cuenta en el día del Juicio” (Mt 12,36). La ‘palabra inútil’ es la palabra de los falsos profetas, ante los que nos previene el Señor: “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con disfraces de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis…” (Mt 7,15-20). La palabra inútil, de que habla Jesús, no es pues toda y cualquier palabra inútil; es la palabra inútil, vacía, pronunciada por aquél que debería en cambio pronunciar las ‘enérgicas’ palabras de Dios. Es la palabra del falso profeta, que no recibe la palabra de Dios y sin embargo induce a los demás a creer que es palabra de Dios. La palabra inútil falsifica la palabra de Dios, es el parásito de la palabra de Dios. Se reconoce por los frutos que no produce, porque, por definición, es estéril, sin eficacia para el bien (R. Cantalamessa).

Falso profeta no es sólo el que esparce herejías; es también quien ‘falsifica’ la palabra de Dios, porque no presenta la palabra de Dios en su pureza, sino que la diluye y la agota en miles de palabras humanas que salen de su corazón, porque pone la palabra de Dios al servicio de ideologías humanas. El falso profeta es también aquel que no se fía de la ‘debilidad’, ‘necedad’, pobreza y desnudez de la Palabra y la quiere revestir;  estima el revestimiento más que la Palabra y es más el tiempo que gasta con el revestimiento que el que emplea con la Palabra permaneciendo ante ella en oración, adorándola y empezándola a vivir en mí. El falso profeta, en el fondo, se avergüenza del Evangelio (Cf. Rm 1,16) y de las palabras de Jesús, porque son demasiado ‘duras’ para el mundo, o demasiado pobres y desnudas para los doctos, e intenta ‘aderezarlas’ con las que Jeremías llamaba ‘fantasías de su corazón’. Así se ofrece al mundo un óptimo pretexto para permanecer tranquilo en su descreimiento y en su pecado. No es la adaptación a la moda, sino la fidelidad a la Palabra lo que se nos pide a los pastores.

Hemos de proclamar la Palabra como con palabras de Dios. Quiere esto decir que la inspiración de fondo, el pensamiento que informa y sustenta todo lo demás debe venir de Dios, no del hombre. El anunciador debe estar “movido por Dios” y hablar como en su presencia (Cf. R. Catalamesa).

Nuestro anuncio de la Palabra ha de ser, como el de Cristo, con autoridad. Es la autoridad, que nos viene dada y confiada por Jesucristo en el sacramento del orden y por el envío de la Iglesia, pero que pide estar refrendada por la autoridad que deriva del testimonio de vida: hemos de ser testigos vivos de la Palabra por nuestro actuar sincero, santo y perfecto. Antes de ser sus anunciadores debemos ser oyentes de la Palabra en la oración diaria, personal y comunitaria, en su estudio permanente, en su contemplación y adoración; hemos de asimilar la Palabra y dejarnos transformar por Ella; hemos de vivirla con radicalidad y proclamarla con fidelidad a tradición viva de la fe de Iglesia, en comunión con el Magisterio eclesial.

La Palabra sólo es creíble y tiene fuerza de convicción cuando anida en nuestro interior y brilla en nuestra vida. Si vivimos de esta manera, nuestra predicación ayudará a crecer en santidad al Pueblo de Dios y será aún más creíble si, como presbiterio, nos ven unidos y concordes, testigos de fraternidad en la vida y en la misión.

El amor entregado a Cristo y la caridad pastoral apasionada a quienes nos han sido confiados es nuestra respuesta agradecida al don permanente de Dios en nosotros. Este amor, asiduamente alimentado en las fuentes de la gracia de la oración y de los sacramentos, vivido en la fraternidad sacerdotal, apoyado por nuestras comunidades y con la debida ascesis de vida, es la base y la garantía de una vida pobre, obediente y célibe para ser fieles al don recibido y a los compromisos adquiridos, que a continuación vamos a renovar. Sé de vuestro empeño por vivir fielmente vuestras promesas sacerdotales, especialmente el celibato, acogiendo el don de Dios; doy gracias con vosotros a Dios y os felicito por ello. Como nos recuerda el Concilio Vaticano II, nuestro celibato es “signo y estímulo de la caridad pastoral y fuente privilegiada de fecundidad espiritual en el mundo” (cfr PO 16).

No nos dejemos llevar por el desaliento a causa de nuestras infidelidades y pecados; no podemos tampoco dejarnos llevar por los ataques injustos y las incomprensiones. Dejémonos encontrar y renovar por la gracia misericordiosa de Dios Hoy queremos recordar y testimoniar ante el Pueblo de Dios que sólo Dios, su don y nuestro ministerio, son la verdadera riqueza que llena de sentido nuestra existencia. En Dios está la alegría profunda que las promesas del mundo no pueden dar. Él es la razón de nuestra esperanza.

Que María, Madre de los sacerdotes y Virgen de la esperanza, nos aliente para cumplir bien y fielmente el ministerio su Hijo, nos ha encomendado. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

En camino hacia la Pascua

Queridos diocesanos:

De nuevo celebramos la Semana Santa. No hace falta decir que estos días tienen un significado muy especial para nuestros pueblos y ciudades, y de modo singular para los cristianos. Pero para vivirla debidamente hemos de superar las tibiezas y las inercias, que debilitan su verdadero sentido y dificultan celebrarlas con verdadera fe y con participación activa y fructífera.

El Domingo de Ramos nos introduce en esta venerable semana: es el pórtico de esta semana, la semana grande de la fe cristiana y de la liturgia de la Iglesia. Es un día de gloria por la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y un día, a la vez, en que la liturgia nos anuncia ya su pasión.

Los días venideros nos irán llevando como de la mano hasta el Triduo Pascual: el Jueves Santo, cuyo centro es el amor de Cristo, que se hace Eucaristía, y nos envía a vivir el amor fraterno, el mandamiento nuevo de Jesús para sus discípulos; el Viernes Santo se centra en la pasión y muerte de Jesús en la Cruz, la expresión suprema del amor entregado hasta el final, y el Sábado-Domingo de la resurrección. El Triduo Pascual es el verdadero núcleo de la Semana Santa que culmina en la Vigilia Pascual, la cima a la que todo conduce, la celebración litúrgica más importante de todo el año; deberíamos esforzarnos por participar en la Vigilia Pascual.

Semana Santa es semana de pasión, de muerte y de resurrección del Señor. La pasión y la muerte del Nazareno quedarían inconclusas sin el “Aleluya” de la resurrección. Porque “si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe” (1 Cor 15, 17). El misterio pascual, en su integridad, abarca la pasión y la muerte de Jesús, de un lado, y su resurrección, por el otro; son las dos caras inseparables del misterio pascual de Cristo, los momentos culminantes de su misión salvadora y redentora.

Si solamente tuviéramos el signo de la muerte, el amor se revelaría como don, pero no como vida eterna; la muerte de Cristo seria un testimonio de la “justicia”, pero no una victoria sobre la muerte. En cambio, si Cristo hubiera manifestado sólo su poder mesiánico, el amor de Dios no se habría manifestado en nuestra condición humana. La muerte y la resurrección son la epifanía del misterio de Dios en la condición humana.

La resurrección del Señor es la respuesta amorosa de Dios-Padre a la muerte de su Hijo-Hombre: una respuesta de triunfo sobre el pecado y la muerte, una respuesta de gloria, de alegría, de vida y de esperanza. Jesús vence el tedio, el dolor y la angustia del pecado y de la muerte. Su triunfo es nuestro triunfo. Cristo padece y muere para liberarnos del pecado y de la muerte. Cristo resucita para devolvernos la Vida de los hijos de Dios.

Pero ¿lo creemos, lo acogemos y vivimos de verdad? Hace falta dejar que se avive nuestra fe y pasar de la contemplación pasiva a la participación activa. No nos quedemos en el Viernes Santo o en la contemplación de las procesiones o de la pasión. Es necesario acoger personalmente el perdón de Dios y celebrar la nueva Vida del Resucitado. Cristo sigue padeciendo y muriendo por cada uno de nosotros, por nuestros pecados; Cristo resucita para que cada uno de nosotros tengamos Vida, y la tengamos en abundancia. Reconozcamos y acojamos a Cristo resucitado, cuyo final no fue la Cruz, sino la Luz, fuente de vida y de esperanza para todos.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López

Obispo de Segorbe-Castellón

Domingo de Ramos

S. I. Catedral de Segorbe y Con-catedral de Castellón, 16.03.2008

 

Con la celebración del Domingo de Ramos entramos en la Semana Santa. Este Domingo de Pasión es el verdadero pórtico a la Semana grande de la comunidad cristiana y de la liturgia de la Iglesia; una semana verdaderamente santa porque está consagrada por entero a los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección del nuestro Señor Jesucristo. La hemos iniciado unidos a aquella muchedumbre que aclamó a Jesús en su entrada en Jerusalén. Jesús montado en un pollino y rodeado de sus apóstoles es vitoreado por la multitud del pueblo, que grita entusiasmado “!Hosanna al hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor¡”

Fue aquella una manifestación espontánea de la piedad del pueblo judío. La presencia del Maestro, su porte, su dignidad, su mansedumbre, su sabiduría y su bondad habían despertado en el pueblo el fervor mesiánico.

Toda la fe de Israel, todas sus esperanzas de liberación, todo su fervor religioso afloró en el ambiente con el recuerdo de las promesas de Dios y los anuncios de los profetas. Durante siglos y generaciones, el pueblo de la antigua Alianza había vivido a la espera del Mesías. Algunos creyeron ver en Juan Bautista a aquel en quien se cumplían las promesas. Pero a la pregunta explícita sobre su posible identidad mesiánica, el Precursor respondió con una clara negación, remitiendo a Jesús.

Poco a poco fue creciendo en el pueblo de Israel el convencimiento de que en Jesús ya habían llegado los tiempos mesiánicos. Primero será el testimonio del Bautista; más tarde serán las palabras y los signos realizados por Jesús y, de modo especial, la resurrección de Lázaro, algunos días antes de su entrada triunfal en Jerusalén. Por eso la muchedumbre, cuando Jesús llega a la ciudad montado en un asno, lo acoge con alegría: “!Bendito el que viene en nombre del Señor. ¡Hosanna en el cielo¡” (Mt 21, 9). La fe del pueblo se avivó al contemplar aquel día a Jesús. Mayores y niños gritaban el Hosanna y daban vivas al Señor aclamando el cumplimiento de las promesas mesiánicas en El.

Jesús es el Mesías, anunciado por los profetas, como el “Hijo de David” y “Rey de Israel”. Pero ni los niños inocentes, ni los apóstoles, ni las gentes sencillas que rodeaban a Jesús podían alcanzar entonces su secreto. La imagen que ellos tenían del reino mesiánico no era conforme a los planes de Dios. Por ello, a pesar de aquel entusiasmo tan sincero, abandonaron pronto a Jesús; quedó sólo a merced del odio de sus enemigos, hasta acabar en la Cruz.

A nosotros nos ha sido dado conocer el misterio pascual de la Muerte y Resurrección de Jesucristo. Sabemos que, conforme al plan redentor de Dios, “era necesario que el Cristo padeciera y así entrase en su gloria” (Lc 24, 26). Por eso, después de aclamar a Jesucristo como Rey y Señor en la procesión de los ramos, hemos escuchado con devoción el relato evangélico de su Pasión, que nos ha hecho revivir el drama ya inminente.

Las lecturas de la Palabra de Dios de hoy nos llevan a la contemplación del misterio de la pasión y muerte del Señor. El profeta Isaías nos habla del siervo condenado, flagelado y abofeteado (cf. Is 50, 6). El Salmo responsorial nos permite contemplar la agonía de Jesús en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, (cf. Mc 15, 34). Será, sin embargo, san Pablo, quien en la segunda lectura, nos lleve a lo más profundo del misterio pascual. Jesús, “ pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz” (Flp 2, 6-8). En la liturgia del Viernes santo volveremos a escuchar estas palabras, que prosiguen así: “Por eso Dios lo exaltó sobre todo, y le concedió el nombre que está sobre todo nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en el abismo, y toda lengua proclame: ¡Jesucristo es Señor!, para gloria de Dios Padre” (Flp 2, 9-11).

Anonadamiento y exaltación. ¡Ahí está la clave, hermanos, para comprender el misterio pascual! Ésta es la clave para penetrar en la admirable economía de Dios, que se realiza en los acontecimientos de la Pascua.

Jesús es el Hijo de Dios, que se hace hombre para salvar a los hombres del pecado y de la muerte, y devolverles la vida de comunión con Dios y con los hombres. Cristo, fiel a su misión aceptó el plan redentor de Dios. Conocedor de la voluntad del Padre, se entregó “obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”. En su sacrificio se manifestaron el poder y la gloria de Dios, su bondad y misericordia para con todos. Jesús no se detuvo ante las alabanzas del pueblo, ni temió la oposición o amenazas de sus enemigos. Obediente a la voluntad del Padre por amor a Él, Cristo Jesús se entregó generoso hasta la muerte, y muerte en cruz, por amor a todos los hombres sin distinción. Porque no hay mayor amor que el que da la vida por el amado.

Dios es amor, dice San Juan. Y el amor es su poder. Y de ese poder está llena la figura del crucificado. Sus paisanos no fueron capaces de descubrirlo. Todos los que hablan al verlo en la cruz pretenden que Dios anule lo que los hombres han hecho para que, demostrado así su poder, puedan creer en Jesús. No entendían que el amor fuera ya salvación. También a nosotros nos resulta difícil creer que sólo el amor de Dios y a Dios, hecho amor al hermano, puede transformar el mundo. Pero conocemos por experiencia la fuerza del amor. Si se apodera de nosotros nos cambia la vida; y cuando se hace norma de convivencia transforma la forma de vivir de la persona y de la sociedad, se hace posible la paz, la verdad, la justicia y la fraternidad. No es la fuerza o la violencia, el odio o el deseo de venganza, no es la crispación lo que puede cambiar el mundo. La única fuerza capaz de transformar al hombre, a la sociedad y al mundo es el amor entregado y desinteresado, que acoge y respeta, que perdona y reconcilia. No, no es tarea fácil; pero es posible y necesario en un mundo y en una sociedad atenazados por las guerras, el terrorismo y la violencia y la crispación.

Como Jesús, hay que poner en juego la vida. Jesús tuvo que afrontar la muerte solo. La confianza que él tenía en Dios no alivia ni el dolor de verse rechazado por su pueblo y derrotado por sus enemigos ni la angustia, tan humana, de enfrentarse a la muerte. Pero así manifestó el poder del amor de Dios, que perdona, reconcilia y da la vida. Sólo un pagano supo verlo: “Realmente éste hombre era Hijo de Dios”. Entre tantos poderosos e ideólogos que se presentan como salvadores, ¿seremos capaces de dar una oportunidad al Salvador? Jesús merece nuestra gratitud sin límites, nuestra acogida confiada y nuestra entrega sincera en la fe.

Comencemos esta Semana Santa con renovado fervor. Dispongámonos no sólo para recordar y contemplar sino sobre todo para vivir el misterio del amor de Dios que se manifiesta en la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Caminemos hacia la Pascua con amor. Vivamos la Semana Santa.

Vivir la semana Santa es acompañar a Jesús desde la entrada a Jerusalén hasta la resurrección. Vivir la semana Santa es acoger el perdón y la paz de Dios en el Sacramento de la Reconciliación para ser testigos del perdón y constructores de la paz. Vivir la Semana Santa es creer que el misterio pascual se hace presente en cada eucaristía y participar de él en la comunión. Vivir la Semana Santa es aceptar que Jesús está presente también en cada ser humano, que sufre y que padece. Vivir la Semana Santa es seguir junto a Jesús todos los días del año, practicando la oración, los sacramentos, la caridad, el perdón y la reconciliación.

Semana Santa es la gran oportunidad para detenernos un poco. Para pensar en serio. Para abrir el corazón a Dios, que sigue esperando. Para abrir el corazón a los hermanos, especialmente a los más necesitados. Semana Santa, es la gran oportunidad para morir con Cristo y resucitar con Él, para morir a nuestro egoísmo y resucitar al amor. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Mirada al interior

Queridos diocesanos:

Con frecuencia nos quejamos de la dificultad para vivir la fe cristiana y para transmitirla a las nuevas generaciones, originada por el ambiente social y cultural adverso al cristianismo, así como por los ataques constantes a la fe cristiana y a la Iglesia católica por parte del laicismo excluyente de moda. Y no nos falta razón. Se pueden recordar a modo de ejemplo las trabas a la enseñanza de la religión y moral católica en la escuela, la ‘Educación para la Ciudadanía’ con una comprensión del hombre y de la sociedad, que prescinde de Dios, las reacciones ante intervenciones episcopales, los intentos de recluir la religión a la esfera de la conciencia, o las mofas de la religión católica y de quien se declara católico.

Ante ello, los católicos hemos de defender con fortaleza cristiana nuestros legítimos derechos por todos los medios democráticos. No somos ciudadanos de segunda clase; no podemos ni debemos ocultar nuestra condición en el trabajo o en la vida cultural y social. La separación entre la fe y la vida, en todas sus facetas y dimensiones, no es compatible con el ser cristiano.

Sin embargo, el decaimiento de la fe cristiana, su escasa presencia social y pública, la debilidad de nuestra Iglesia no son consecuencia sólo de determinadas políticas o de corrientes sociales o culturales. Es cierto que hay causas ambientales que lo favorecen, al igual que favorecen la incredulidad, el abandono de la fe y de la práctica cristiana, y el alejamiento de la Iglesia. Es más; existen grupos que hacen proselitismo para apostatar de la fe católica.

Pero en el aumento del alejamiento de la fe cristiana, de la indiferencia religiosa y de la increencia hay también razones internas, que tienen que ver con los mismos católicos. Entre sus causas más profundas está la falta de una fe viva y operativa en Cristo Jesús y el Evangelio, que, con excesiva frecuencia, han dejado de ser de verdad el centro de la vida de los cristianos. Los cristianos tenemos que pensar cómo estamos viviendo nuestra fe, cómo estamos iniciando y educando en la fe y vida cristiana a nuestros niños y adolescentes, cómo estamos presentando a los jóvenes y a la sociedad de hoy la persona de Jesús, su Evangelio, el rostro de Dios nuestro Padre, el esplendor y la alegría de la humanidad rescatada.

La Cuaresma es tiempo de conversión y de renovación. Es tiempo para recuperar personalmente a Jesucristo y su Evangelio en nuestra existencia, tiempo para convertirnos a Dios de nuestros pecados, para dejarnos reconciliar con El, y en El, con los hermanos. Y es también tiempo propicio para preguntarnos sobre nuestra fidelidad a Cristo y a su Evangelio en la tradición viva de la Iglesia en nuestra vida personal, familiar, laboral y social; es tiempo de preguntarnos por nuestro trabajo pastoral, por la fidelidad a la misión que el Señor nos ha encomendado.

Las palabras de Jesús: “Convertíos y creed en el Evangelio” resuenan con fuerza en nuestra peregrinación hacia la Pascua. Y esta llamada del Señor abarca todas las dimensiones de nuestra vida y misión, personal y comunitaria. Dios mismo nos ofrece su gracia. La conversión exige una transformación de la mente y del corazón, un cambio radical en el modo de pensar, de sentir y de actuar. Necesitamos unos ojos nuevos para ver con los ojos de Cristo, una mente nueva para pensar como El y un corazón nuevo para sentir y amar como El.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Ante el Día del Seminario

Queridos diocesanos:

Por San José celebramos cada año el Día del Seminario. Este año, al caer la Solemnidad de San Losé dentro de la Semana Santa, lo celebraremos el domingo, 9 de marzo. Varios son los objetivos que presiden la campaña del Día del Seminario. Este año quisiera centrarme en dos muy concretos, que encajan muy bien en nuestro itinerario cuaresmal: la oración y la limosna.

La vocación sacerdotal nace del encuentro con Dios de un chico o joven; un encuentro en que el chico o joven descubren una llamada personal, única e irrepetible, a la que responden con entrega y generosidad. Así nos lo recuerda el lema de este año: “Si escuchas la voz de Dios”. Para ello es imprescindible hacer de las comunidades cristianas comunidades de oración, donde la presencia de Dios sea más viva y real, más cercana y más concreta, donde su voz pueda ser escuchada y acogida. Necesitamos orar con insistencia a Dios para pedirle el don de nuevas vocaciones al sacerdocio ordenado. La oración nos ayuda, a la vez, a tomar conciencia de la necesidad urgente que tiene nuestra Diócesis de nuevas vocaciones.

Desde la Delegación Diocesana de Pastoral Vocacional deseamos generar entre nosotros un amplio movimiento de oración por la vocaciones: para que el Señor abra los oídos del corazón de niños, adolescentes y jóvenes y escuchen su voz; y también para orar con ellos y para que, escuchando la voz de Dios, y sepan decir como el joven Samuel: “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1 Sam 3,10). Además de otros momentos de oración personal y comunitaria, el jueves, con tanta resonancia eucarística y sacerdotal, puede ser el día de la semana en que todas las parroquias, comunidades y grupos oren por las vocaciones sacerdotales. Ello aumentará nuestra sensibilidad por las vocaciones y nos acercaremos al corazón de Dios para obtener lo que le pedimos.

Junto a la oración no podemos olvidar que los medios humanos y materiales son necesarios para la formación de nuestros seminaristas. Como en otros tiempos, también hoy el Seminario reclama nuestro apoyo económico. Cuando mis predecesores pidieron en tiempos pasados el apoyo de los diocesanos, siempre encontraron la generosa respuesta de unos cristianos comprometidos con su Seminario.

La oración por las vocaciones y su promoción, de un lado, y el sostenimiento económico del Seminario, por otro, siempre han ido unidos y han sido mimados por nuestros antepasados. Ahora nos toca a nosotros seguir esta tarea. Todos estamos llamados a implicarnos en la promoción de las vocaciones al sacerdocio que palie la escasez vocacional que sufrimos. Nuestros seminaristas son nuestros futuros sacerdotes, los pastores del nuestras comunidades. El Seminario sigue viviendo y necesita del apoyo afectivo y efectivo de toda la Diócesis. En el pasado, nuestros antepasados respondieron siempre con su implicación personal y con generosidad. Ahora nos toca a nosotros hacer lo propio. No olvidemos que nuestro Seminario es el corazón de nuestra Diócesis. Nuestro compromiso efectivo con la promoción de las vocaciones y la formación de los seminaristas será la muestra de nuestro grado de amor hacia Seminario. Hoy os pido a todos vuestra colaboración.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

¿Por qué confesarse?

Queridos diocesanos:

La Cuaresma es un tiempo propicio para confesarse y reconciliarse con Dios y, en El, con los hermanos. Como en el caso del hijo pródigo, Dios mismo sale a nuestro encuentro y nos ofrece la gracia del perdón amoroso mediante la Iglesia en el Sacramento de la Penitencia. Quien conoce la profundidad del amor de Cristo y de la misericordia del Padre, siente la insuficiencia de todas sus respuestas, el dolor por la propia infidelidad y la urgencia de conformarse cada vez más con la caridad de Cristo. Hemos de caminar con la mirada vuelta al Señor, hasta llegar “al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo” (Ef 4,13).

Los bautizados somos peregrinos. En nuestro caminar nos cansamos y distraemos; incluso, nos vemos tentados a abandonar la senda, y, a veces, la abandonamos. No siempre nos mantenemos fieles a la nueva vida que se nos donó en el bautismo. Si dijésemos que no tenemos pecado, nos engañaríamos (cf. 1 Jn 1,8). Ya el mismo Jesús enseñó a sus discípulos a pedir perdón cada día por sus pecados. Somos infieles al amor de Dios, rompemos la amistad con Él, cuando transgredimos los mandamientos, fruto del amor de Dios, que no desea que el hombre se pierda por caminos que enajenan su propia humanidad y lo alejan de Él: “Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él” (1 Jn 3,23-24).

Como hijos pródigos nos vemos en la necesidad de repetir con frecuencia: “Padre, he pecado contra el cielo y contra Ti. No soy ya digno de llamarme hijo tuyo” (Lc 15,21). Para que no nos sintamos abandonados a nuestra impotencia y no perdamos la esperanza, Cristo ha querido que su Iglesia sea sacramento de reconciliación. Solos nunca podremos liberarnos de nuestras debilidades y pecados. Sólo Dios tiene el poder de perdonar de verdad los pecados. Y el perdón renovador de Dios nos llega por Cristo y por la Iglesia. “El Hijo del hombre tiene poder para perdonar los pecados” (Mc 2, 7). Sólo el Señor puede confiar a otros el poder de perdonar los pecados en su nombre con el poder recibido de Dios.

En el sacramento de la Penitencia experimentamos de un modo pleno y eficaz la misericordia divina. Confesando contritos, personal e íntegramente, los pecados, por la absolución del ministro de la Iglesia -del Obispo o de los presbíteros- recibimos el abrazo de reconciliación de la Iglesia y, con él, el del mismo Cristo.

Hay quien dice que él se confiesa con Dios. Sin embargo, Dios mismo, al enviar a su Hijo en nuestra carne, nos muestra que quiere encontrarse con nosotros mediante el contacto directo, que pasa por los signos y los lenguajes de nuestra condición humana. Como Él salió de sí mismo por nuestro amor y vino a ‘tocarnos’ con su carne, así estamos llamados a salir de nosotros mismos, por su amor, y a acudir con humildad y fe a quien nos puede dar el perdón en su nombre; es decir, a quien el Señor ha elegido y enviado como ministro del perdón.

La confesión es por tanto el encuentro con el perdón divino, que nos ofrece Jesús y se nos transmite por el ministerio de la Iglesia. Acerquémonos a la confesión y vivámosla con fe: nos cambiará la vida y dará paz a nuestro corazón.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

El ejercicio cuaresmal

Queridos diocesanos:

La crisis del hombre moderno es, en gran parte, crisis de búsqueda de sentido y de felicidad. El hombre actual no está acertando en su manera de entender y de buscar la felicidad, al hacerlo de espaldas a Dios. La cuaresma nos pide la conversión a Dios, a Jesucristo y a su Evangelio como paso necesario para un modo nuevo de ser y de vivir, que sea verdaderamente humano y gratificante.

Dios es misericordia y amor infinito. En su Hijo Jesucristo se hace cercanía y reconciliación. En la persona de Cristo, Dios sale a la búsqueda del hombre, y no deja de llamarnos e invitarnos. Tan sólo tenemos que responder a sus invitaciones. Los medios que nos preparan para el encuentro con Dios son los descritos por Jesús en el evangelio: la oración, el ayuno y la limosna. Ese triple ejercicio nos ayudará a que el paso de Dios por nuestras vidas no sea en vano. Es verdad que la oración, el ayuno y la limosna son acciones por todos nosotros conocidas y con frecuencia practicadas. Pero ¿las hacemos y las hacemos bien?, ¿las hacemos simplemente porque están mandadas?, ¿sabemos ir más allá del puro formalismo?

La oración es hablar con Dios, dejándose interpelar primero por Él. Dios nos precede siempre. La oración es una práctica vital para nuestra vida espiritual. No en vano se la ha definido como la respiración del alma. Si falta la respiración, la muerte está asegurada. Sería bueno, para ser constantes en ella, proponernos para esta cuaresma momentos precisos de oración, a poder ser al comienzo de cada jornada, antes de cualquier otra acción. Tonificados, iluminados por la oración, nuestro trabajo será distinto y se tornará auténtico apostolado.

Junto a la oración, el Señor nos propone el ayuno. El ayuno es autocontrol, negación de sí mismo, ascesis, búsqueda de un equilibrio en nuestra escala de valores, renuncia a cosas superfluas, incluso a lo necesario, sobre todo si su fruto redunda en ayuda a los más necesitados. En un mundo enloquecido por el consumismo, que potencia el endurecimiento del corazón ante tanta pobreza y sufrimiento, necesitamos ayunar. Y hemos de hacerlo no porque nos guste el ayuno o para ganar méritos delante de Dios, sino para ayudar a los necesitados. El ayuno de los ricos debe convertirse en alimento de los pobres. Ayunar no sólo de alimentos materiales, sino también de todo aquello que engorda nuestro orgullo y bloquea la confianza, que potencia los vicios, las pasiones, las ataduras de las cosas, el egocentrismo. Hemos de ayunar, en definitiva, de todo aquello que mata nuestro amor a Dios y a los hermanos.

Junto a la oración y al ayuno, el Señor nos propone el ejercicio de la limosna. La obra clásica cuaresmal de la limosna, es ante todo caridad, comprensión, amabilidad, perdón, aunque también limosna a los más necesitados de cerca o de lejos. Hemos de saber compartir nuestro dinero. Pero no sólo eso. También nuestras cosas, nuestro tiempo, nuestras capacidades y cualidades, nuestra persona entera. Necesitamos aligerar nuestras mochilas para recorrer con presteza el itinerario cuaresmal. Así llegaremos llenos de alegría a la meta de la Pascua.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

La cuaresma, tiempo de gracia y de salvación

Queridos diocesanos:

Con el antiguo rito de la imposición de la ceniza el pasado miércoles iniciábamos el tiempo de la Cuaresma. Es éste un tiempo de gracia y de salvación. “Ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la Salvación” (2 Cor 6,2). El tiempo cuaresmal es como una peregrinación que nos prepara a la celebración gozosa de la Pascua de Señor; por ello, es también como un camino hacia la cumbre santa de nuestra propia resurrección. La Palabra de Dios nos invita a ponernos en camino hacia la Pascua con una vida renovada, convertida y reconciliada. Este tiempo santo nos ofrece a todos los bautizados la oportunidad de renovar nuestro espíritu de fe, de avivar nuestro amor a Dios y a los hermanos, y de fortalecer nuestra coherencia de vida con el Evangelio.

El Profeta Joel nos dice: “Convertíos a mí de todo corazón” (2, 12). Convertirse es volver la mirada y el corazón a Dios con ánimo firme y sincero. Para convertirnos debemos escuchar la voz de Dios (Sal 94, 8). Él quiere ser nuestro guía hacia la tierra prometida. Él, que nos ha pensado desde siempre, nos indica el camino para alcanzar nuestro verdadero ser, nuestra plenitud y salvación. Con amor nos sugiere como a sus hijos y amigos lo que hemos de hacer y evitar. Él nos quiere llevar a la comunión de vida consigo. Quien escucha su voz entrará en la tierra prometida, en el gozo del Paraíso.

Dios no deja de hablarnos. En lo más íntimo de cada persona, en nuestra conciencia, resuena su voz. Cuando Dios nos habla al corazón, hemos de escuchar su palabra, acogerla y adherirnos plenamente a ella, obedecerla, adaptarnos a todo lo que nos dice, dejarnos guiar por Él como llevados de la mano. Nos podemos fiar de Dios al igual que un niño se abandona en los brazos de su madre y se deja llevar por ella. El cristiano es una persona guiada por el Espíritu Santo.

Por la dureza de nuestro corazón puede que opongamos resistencia a Dios, que nos cerremos a Él y a su voz. Con frecuencia nuestro corazón está contaminado por muchos ruidos ensordecedores: son las inclinaciones desordenadas que conducen al pecado, la mentalidad de un mundo que se opone al proyecto de Dios o la tentación del Maligno que pretende apartarnos de Dios. Es fácil también confundir las propias opiniones, los propios deseos con la voz de Dios en nosotros; es fácil caer en la arbitrariedad y en la subjetividad, apartándose de la verdad de la Palabra de Dios que nos llega a través de la Iglesia.

En este tiempo de Cuaresma debemos crear silencio en nuestro interior, acallar todo en nosotros para descubrir la voz de Dios, que es sutil, sabia y amorosa. Hay que afinar la sensibilidad sobrenatural para ser capaces de captar las sugerencias de la voz de Dios. Es necesario dejarse evangelizar en el trato frecuente con la Palabra de Dios -leyendo, meditando, viviendo el Evangelio-, de tal manera que adquiramos cada vez más una mentalidad evangélica. Aprenderemos a reconocer la voz de Dios dentro de nosotros en la medida que aprendamos a conocerla de los labios de Jesús, Palabra de Dios hecha hombre.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón