Envío de los ministros extraordinarios de la comunión

HOMILÍA EN EL ENVÍO DE LOS MINISTROS EXTRAORDINARIOS DE LA COMUNÓN
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S. I. Con-Catedral de Santa María en Castellón, 10 de febrero de 2000

 

Hermanas y hermanos amados en el Señor Jesús. Mis queridos hermanos sacerdotes concelebrantes. Saludo al Sr. Deán del Cabildo Con-Catedral y Párroco de esta de Santa Maria, que nos acoge esta tarde, así como a los Sres. Vicarios Episcopales y al Delegado Diocesano para la Liturgia. Y, cómo no, mi saludo para vosotros que, presentados por vuestros párrocos, hoy vais a recibir de mis manos el envío para ser ministros extraordinarios de la Comunión en vuestras parroquias.

Estamos iniciando la Cuaresma. En este primer domingo del tiempo cuaresmal, la Liturgia nos propone el Evangelio de las tentaciones del Señor (Mt 4,1-11). “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo” (4,1). Jesús, en el desierto, afronta al tentador. El Hijo de Dios, que, al hacerse hombre se asemejó en todo a sus hermanos menos en el pecado, quiso ser probado también duramente por el maligno; él descendió hasta las profundidades más obscuras del ser humano y compartió las tres tentaciones fundamentales en toda existencia humana: el afán de tener y gozar, -la concupiscencia-, la manipulación de Dios y la idolatría, especialmente, la egolatría.

Las tres insinuaciones de Satanás, “si eres hijo de Dios”, son el contrapunto de la proclamación solemne del Padre celestial en el momento del bautismo en el Jordán: “Éste es mi Hijo amado” (Mt 3, 17). Las tres tentaciones son pruebas que tienen una profunda relación con la misión del Salvador; y al mismo tiempo hacen surgir la pregunta sobre qué es lo que cuenta verdaderamente en la vida humana. Jesús es tentado para llevar a cabo su misión, el designio salvífico de Dios, al margen del plan establecido por Dios, como también nosotros somos tantas veces tentados a proyectar nuestra existencia de espaldas a Dios.

Este es el núcleo de las tres tentaciones, el núcleo de toda tentación: el intento de apartar a Dios de la existencia humana, de vivir de espaldas a Él, a su designio amoroso y a su ley, que es ayuda en nuestro caminar hacia la Vida. El núcleo de toda tentación es considerar a Dios como algo secundario, o incluso superfluo o molesto, y querer construir nuestro mundo al margen de Dios, con nuestros propios criterios declarándonos a nosotros mismos como fuente del bien y del mal. Así se refleja en la primera lectura de este Domingo, el relato de la primera caída de nuestros primeros padres en el libro del Génesis (2,7-9; 3,1-7). Adán y Eva son tentados por la serpiente para vivir al margen y lejos de Dios: habiéndose sido creados por amor y para el amor, la amistad y la comunión con Dios, ellos prefieren vivir de espaldas a Él y construir su mundo según sus propios conocimientos y criterios morales. Así comienza el drama de la humanidad: queriendo liberarse de Dios, para ser libre y feliz, se inicia una historia de esclavitud, de hambre y de muerte como le ocurrió al hijo pródigo. Y este es el drama del hombre moderno y del hombre actual. Y este es tantas veces nuestro propio drama.

Jesús nos muestra el camino de la victoria sobre la tentación, que no es otro que acoger y cumplir la voluntad de Dios, el camino que Él nos marca, que es camino hacia libertad y la Vida. La victoria de Cristo, al comienzo de su vida pública, anuncia su triunfo definitivo sobre el pecado y la muerte, que se realizará en el misterio pascual. Con su muerte y resurrección, Jesús no sólo borrará el pecado de los primeros padres, sino que también comunicará al hombre, a todo hombre, la sobreabundancia de la gracia de Dios, para vivir y caminar según Dios. Es lo que recuerda el apóstol san Pablo en la segunda lectura de este Domingo: “Como por la desobediencia de uno todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos se convertirán en justos” (Rm 5, 12-19: 19).

“No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4, 4). Al comienzo de la Cuaresma, tiempo litúrgico que nos invita a la conversión, estas palabras de Jesús resuenan para cada uno de nosotros. Dejemos que la “palabra que sale de la boca de Dios” nos interpele y alimente nuestro espíritu, puesto que “no sólo de pan vive el hombre”. Nuestro corazón tiene necesidad, sobre todo, de Dios, de su Palabra, sobre todo de su Palabra hecha carne y Pan de vida en la Eucaristía, que contiene todo el bien espiritual de la Iglesia. No se trata de contraponer el pan material y la Palabra de Dios, sino de establecer una correcta relación. Cuando Dios y su Palabra están presentes y son acogidos, escuchar a Dios se convierte en vivir con Dios y lleva de la fe al amor, al descubrimiento del otro. “Jesús no es indiferente al hambre de los hombres, a las necesidades de los hombres, pero las sitúa en el contexto adecuado y les concede la prioridad debida” (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, 57). La Eucaristía, el verdadero Pan de vida y el sacramento del amor, nos mueve a amar a los hermanos. Es lo que mueve a Manos Unidas, cuya Jornada hoy celebramos en toda la Diócesis, en su compromiso por el hambre en el mundo y por el desarrollo integral de todos en el Tercer Mundo. Seamos generosos en la colecta de hoy.

Muchos de vosotros, queridos hermanos y hermanas, vais a ser hoy enviados como ministros extraordinarios de la Comunión en la Misa y fuera de la Misa para que a nadie falte el verdadero Pan de vida. No olvidéis nunca que sois, en primer lugar, ministros, es decir servidores de Cristo, de su Iglesia y del bien espiritual de los hermanos; no recibís este envío en beneficio propio, para satisfacer un afán de prestigio humano en la Iglesia, sino de los hermanos. En segundo lugar, que recordad que sois ministros extraordinarios: es decir sólo podréis distribuir la sagrada comunión cuando falten los ministros ordinarios que son el sacerdote, el diacono o el acólito instituido, o cuando se encuentren impedidos por otro ministerio pastoral, por enfermedad o por motivo de su edad avanzada, o, finalmente, cuando el número de fieles que deseen acercarse a la sagrada comunión sea tan grande que se prolongaría excesivamente la duración de la  Misa o la distribución de la comunión fuera de la Misa.

Los ministros extraordinarios de la comunión habéis sido presentados por vuestros párrocos porque os han considerado dignos para ello por vuestra vida cristiana, por vuestra fe y por vuestras costumbres. Os habéis de esforzar día a día para ser dignos de este encargo, habréis de cultivar la devoción a la sagrada Eucaristía y dar ejemplo a los demás fieles de respeto al santísimo Sacramento del altar. ¡Cuánto debemos trabajar para mantener viva nuestra fe y nuestro sentido de la presencia real del Señor en la Eucaristía favoreciendo el silencio y la adoración ante el Sagrario!

Y nosotros, queridos sacerdotes, no olvidemos nunca que los ministros extraordinarios de la comunión no nos dispensan del deber pastoral de distribuir la Eucaristía a los fieles que legítimamente lo pidan y, en especial, de llevarla y visitar a los enfermos.

“Misericordia, Señor: hemos pecado” hemos cantando en el Salmo responsorial (Sal 50). La Cuaresma es un tiempo fuerte conversión y de renovación, de purificación y maduración, de penitencia y de gracia. El tiempo cuaresmal nos invita de modo especial al arrepentimiento y a la conversión. Y la conversión “comprende tanto un aspecto negativo de liberación del pecado, como un aspecto positivo de elección del bien, manifestado por los valores éticos contenidos en la ley natural, confirmada y profundizada por el Evangelio” (Tertio millennio adveniente, 50).

Queridos hermanos, vivamos todos la Cuaresma con este espíritu. Pongamos especial atención en la celebración del sacramento de la penitencia. En la recepción frecuente de este sacramento, el cristiano experimenta la misericordia divina y, a su vez, se hace capaz de perdonar y de amar. ¡Que crezca en todos los creyentes un amor activo por este sacramento! ¡Que los sacerdotes estén dispuestos a desempeñar con esmero y dedicación este ministerio sacramental indispensable! ¡Que se multipliquen entre nosotros los lugares de celebración de la penitencia, con confesores disponibles en los diversos horarios de la jornada, preparados para dispensar en abundancia la inagotable misericordia de Dios!

“Misericordia, Dios mío, por tu bondad, (…) lava del todo mi delito. (…) Crea en mí un corazón puro. (…) Devuélveme la alegría de tu salvación; afiánzame con espíritu generoso. Señor, me abrirás los labios, y mi boca proclamará tu alabanza” (Salmo responsorial).

Resuene en nuestro espíritu el eco de esta oración de David, conmovido por las palabras del profeta Natán. Es el salmo del Miserere, que hemos de hacer nuestro en la Cuaresma y dejar que suscite en nuestro corazón las disposiciones oportunas para encontrar al Dios de la reconciliación y de la paz con ‘un espíritu contrito, un corazón quebrantado y humillado’. Así emprenderemos, el camino cuaresmal con la fuerza de tu palabra, “para vencer las tentaciones del maligno y llegar a la Pascua con la alegría del Espíritu”. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Maternidad saludable

Queridos diocesanos:

Trabajar por una maternidad saludable es el objetivo de Manos Unidas para la Campaña de este año en la segunda semana de este mes de Febrero y, sobre todo, en el Día de Manos Unidas y de la Colecta en todas las iglesias y templos de la Diócesis, el domingo, día 10. Manos Unidas quiere así apoyar el quinto de los objetivos fijados por la ONU para el tercer Milenio con el fin de reducir la tasa de mortalidad materna.

La maternidad saludable no se puede reducir a la llamada ‘salud reproductiva’ de la mujer, que enmascara el control de la natalidad mediante medios contrarios a la moral, como son la infertilidad provocada, la anticoncepción o el mismo aborto. Tampoco se limita a la salud física, pues la salud afecta a la persona en su integridad, es decir en sus dimensiones física, psíquica, social, moral y espiritual. Se trata, más bien, de ayudar a las mujeres en su derecho a vivir la maternidad como una experiencia elegida consciente y responsablemente y como una experiencia gozosa, compartida y segura para su vida y la de sus hijos. Para ello se deben abordar las causas de las maternidades truncadas y trabajar por una maternidad, que afirme la dignidad fundamental de la mujer y de la madre, reconozca el derecho a la protección de su salud y promueva las condiciones básicas para vivir como mujer y madre.

Por ello las mujeres embarazadas deben ver respetado su derecho a dar a luz, y poder hacerlo además en condiciones seguras y limpias, de modo que el hijo viva, crezca, se desarrolle y goce de buena salud. Además se debe trabajar, no sólo en el Tercer Mundo sino también entre nosotros, por una maternidad consciente, moral y responsablemente elegida, aceptada y vivida. Una maternidad saludable se promueve empleando medios que permitan a la madre ser madre, es decir ser fuente de vida, fecundidad, donación y gratuidad, y que no dañen su salud psíquica, física y espiritual. Esto es incompatible con la aplicación de medios para evitar la fecundidad o eliminar la vida humana en el vientre materno. El aborto, además de un drama familiar y social, es siempre un drama personal con efectos negativos, físicos y psíquicos, para la salud de la mujer. La vida ha de ser siempre salvaguardada; el aborto y el infanticidio son crímenes abominables (GS 51), por más que sean legales y socialmente aceptados. El primer derecho humano fundamental es el derecho a la vida.

También los padres son responsables de la salud de la madre. Debemos ayudar y educar a vivir la maternidad no como una carga inevitable de la mujer, sino como una gozosa experiencia de comunión de los padres. El ámbito humano adecuado para una maternidad saludable es la familia fundada en el verdadero matrimonio, la unión de un hombre y una mujer.

La mejora de la salud materna se puede lograr, nos dice Manos Unidas. Acojamos, su llamada a un compromiso efectivo por la maternidad saludable. Es necesaria una conversión, un cambio radical de actitud, de mentalidad y de actuación ante la maternidad y la vida humana. Seamos generosos en la Colecta de Manos Unidas.  Muchas gracias de antemano por vuestra generosidad.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de la Presentación del Señor

FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR

Y DÍA DE LA VIDA CONSAGRADA

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S. I. Con-Catedral de Castellón 2.02.2008

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor Jesús. Os saludo de corazón a todos y agradezco vuestra presencia en esta Eucaristía en la Fiesta de la Presentación del Señor. De un modo muy especial mi saludo se dirige a vosotros, consagrados y consagradas, en este día en que, junto a toda la Iglesia, celebramos la Jornada de la Vida Consagrada.

“Entrará en su santuario el Señor a quien vosotros buscáis” (Mal. 3,1). Es fácil aplicar estas palabras del profeta Malaquías al hecho que hoy conmemoramos en la Liturgia: Jesús llega al templo, cuarenta días después de su nacimiento, para ser presentado a Dios por María y por José, según las prescripciones de la ley mosaica. El Hijo de Dios, al encarnarse, quiso “parecerse en todo a sus hermanos” (Hb 2,17); sin dejar de ser Dios, quiso ser verdadero hombre entre los hombres, meterse en su historia y compartir en todo su vida, sin excluir la observancia de la ley prescrita para el hombre pecador.

El cumplimiento de la ley es la ocasión del encuentro de Jesús en el templo con su pueblo que le busca y le aguarda en la fe. Jesús es recibido por Simeón, “hombre honrado y piadoso que aguardaba el consuelo de Israel” (Lc 2, 25), y por la profetisa Ana, que vivía en la oración y la penitencia. Simeón y Ana, iluminados por el Espíritu Santo, reconocen en aquel niño, presentado por una joven madre con la humilde ofrenda de los pobres, al Salvador prometido, la luz de las naciones, y prorrumpen en himnos de alabanza. Simeón lo toma entre sus brazos exclamando: “Ahora, Señor, según tu promesa puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador” (Lc 2, 29-30); y Ana habla de él con entusiasmo “a todos los que aguardan la liberación de Israel” (Lc 2,32).

Recordando este suceso la Liturgia nos invita hoy a nosotros los fieles a ir al encuentro de Cristo en la casa de Dios, donde lo encontramos en su Palabra y, sobre todo, en la Eucaristía, para saludarlo y acogerlo como el Salvador, para ofrecerle el homenaje de una fe y de un amor ardientes, semejantes a los Simeón y Ana, y para recibirlo no en los brazos sino en el corazón. Este el significado de la procesión de ‘las candelas’ al inicio de la celebración: hemos venido al encuentro de Cristo “luz del mundo”, esplendor divino, “cirio pascual” de quien tomamos la luz para nuestras vidas.

María y José presentan a Jesús en el templo “para ofrecerlo al Señor” (Lc 2, 22). Esta escena evangélica nos revela el misterio de Jesús: Él es el consagrado del Padre, que ha venido a este mundo para cumplir fielmente su voluntad (cf Hb 10, 5-7). Simeón anuncia con palabra profética la suprema entrega de Jesús en obediencia al Padre y su victoria final (cf Lc 2, 32-35).

Según la profecía de Malaquías, el Señor viene a su templo para purificar al pueblo del pecado, para restablecer la alianza de comunión de Dios con su pueblo, para que pueda presentar a Dios “la ofrenda como es debido”. La primera ofrenda, que instaura el culto perfecto y da valor a toda otra oblación, es precisamente la que Cristo hizo de sí al Padre. Aceptando la condición de recién nacido, Jesús quiso ser ofrecido por las manos de su Madre. Jesús se somete a estas leyes para enseñar a los hombres el camino de la entrega total a Dios, el respeto y la fidelidad a la voluntad del Señor, y así el valor de la humildad, de la pobreza, de la obediencia y del amor a Dios.

La Presentación de Jesús en el templo constituye así un icono elocuente de la donación total de la propia vida a Dios de todo bautizado, pero en especial de quienes son llamados a reproducir en la Iglesia y en el mundo, mediante los consejos evangélicos, “los rasgos característicos de Jesús virgen, pobre y obediente” (VC 1). A la presentación de Cristo se asocia María. La Virgen Madre, que lleva al Templo al Hijo para ofrecerlo al Padre, expresa muy bien la figura de la Iglesia que continúa ofreciendo a sus hijos e hijas al Padre celeste, asociándolos a la única oblación de Cristo, causa y modelo de toda consagración en la Iglesia (Cf Juan Pablo II, Mensaje para la I Jornada de la Vida Consagrada, 1997).

Desde aquí, hermanos, hemos de entender, valorar y vivir la Profesión solemne de todos vosotros, consagrados y consagradas. Vosotros habéis acogido llamada del Señor, y habéis consagrado a Dios vuestras personas y vuestra existencia. No sois vosotros quienes os habéis apropiado de tal estado de vida; es Jesucristo mismo quien os ha hecho más propiedad suya. Con san Pablo podéis decir: “Todo lo tengo por pérdida ante el sublime conocimiento de Cristo, por quien he sacrificado todas las cosas; y las tengo por basura con tal de ganar a Cristo y encontrarme con él” (Fil 3, 7-8). Con el tiempo este deseo de ganar a Cristo y encontraros con él, a pesar de vuestras debilidades, debe ir creciendo en vosotros. ¡Que la frescura de la entrega del primer día se mantenga hoy y todos los días de vuestra vida terrena!

Hoy, Día de la Vida  Consagrada, recordamos el día de vuestra profesión religiosa; os invito a renovar vuestro compromiso de dedicación total a Dios, según el carisma propio de cada instituto, ya sea en la oración o en la contemplación, ya sea en los pobres o en los enfermos, ya en los niños o los ancianos o en las más variadas tareas educativas y apostólicas.

Hoy damos gracias a Dios por todos los consagrados y consagradas del pasado y del presente, y por todos los dones que Dios ha concedido a nuestra Iglesia a través de ellos. Por los diferentes carismas que encarnáis, representáis una gran riqueza para la vida y para la misión de nuestra Iglesia diocesana. No es un formalismo ni una palabra hueca. Es mi sentir más profundo en nombre de nuestra Iglesia diocesana. Como se decía en la monición preparatoria sois no sólo valorados, sino también deseados. Nuestra Iglesia diocesana se siente enriquecida y agraciada por el Espíritu a través de vosotros y de vuestros carismas. Hemos de aprender todos a valorarnos e integrarnos en la única misión de nuestra Iglesia Diocesana.

El Papa, Juan Pablo II, en su Exhortación Apostólica ‘Vita Consecrata’ manifestaba su deseo de que la profesión de los consejos Evangélicos aparezca con una luz nueva en un mundo necesitado de signos de Dios y de Cristo. Nuestra Iglesia y nuestra sociedad necesitan de vosotros, consagrados y consagradas. Sois signos elocuentes de Dios y de Cristo mediante la fidelidad y la vivencia de los Consejos Evangélicos. En una Iglesia en que se dan muchas veces faltas de fidelidad y de coherencia interna de vida cristiana, vosotros estáis llamados a ser testigos de una fe viva y de fidelidad creciente a Cristo; en una sociedad en que abunda el escepticismo, la superstición y la desesperanza estáis llamados a ser signos de fe y de esperanza contra toda esperanza; y frente a una cultura pública despojada de la presencia de Dios, estáis llamados a ser signos de Dios y de Cristo: signo profético contra los ídolos de nuestra sociedad y anuncio de los bienes futuros del Reino de Dios.

Este año, la Jornada se fija en vosotros como testigos de la Palabra. Con vuestro estilo de vida, llevando el Evangelio en el corazón ofrecéis a nuestro mundo, convulsionado y lleno de incertidumbre, a Cristo, la Palabra de Dios hecha carne, la Buena Noticia para el hombre, la ‘esperanza que no defrauda’ porque se basa en el amor de Dios (cf Rom 5,5); a través de vosotras y de vosotros, Dios se hace benevolencia con los que yerran, ternura con los pequeños, compasión con los que sufren, cercanía a los necesitados, perdón a los pecadores, servicio hacia todos. Los religiosos y las religiosas, todas las personas consagradas, prolongáis así el ministerio de la misericordia de Cristo, que ‘pasó haciendo el bien’ (Hech 10,38)

Al agradecimiento de nuestra Iglesia por vuestra contribución a su vida y su misión, se une nuestra oración. Juntos pedimos al Señor que os conceda la gracia de la perseverancia fiel en vuestra consagración y os fortalezca en la entrega y en el testimonio. Le pedimos también que envíe nuevas vocaciones, que aseguren la continuidad de vuestros carismas en nuestra Iglesia diocesana.

Queridos hermanos: Acojamos a Jesucristo, Luz del mundo, de las manos de María. Él viene una vez a nuestro encuentro en esta Eucaristía. Presentemos nuestras personas en la ofrenda eucarística uniéndola a la de Cristo. Que nuestra comunión eucarística con Cristo sea realmente una comunión con Él y con el hermano, y nos dé fuerza para ser testigos de su Luz y de la esperanza que no defrauda. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Testigos de Dios y de su Palabra

Queridos diocesanos:

Las Candelas, el día 2 de Febrero, es una Fiesta muy querida para los cristianos. Con cirios encendidos, símbolo de la fe, de la luz y de la nueva Vida que hemos recibido en el Bautismo, iremos gozosos, en la procesión antes de la Misa, al encuentro del Señor, la Luz de los pueblos, que es presentado y consagrado a Dios en el Templo de manos de María.

Recordando la ofrenda y la consagración de Jesús al Padre celebramos este día la Jornada de la vida consagrada. También toda nuestra Iglesia de Segorbe-Castellón está llamada a recordar con gratitud en este Fiesta a todas las personas consagradas; es decir, a monjes y monjas de vida contemplativa, a religiosos y religiosas de vida activa y a todas aquellas otras personas consagradas que viven en el mundo: todos ellos se han consagrado y se han entregado a Dios tras las huellas de Cristo obediente, pobre y casto, para bien de la Iglesia y de todos los hombres. Configurados así con Cristo son testigos de la primacía de Dios y de su Reino,  porque llevan ‘el Evangelio en su corazón’.

Demos gracias al Señor por este gran don suyo a nuestra Iglesia. Pidámosle por los consagrados para que sean fieles a su llamada y a su consagración con generosidad y fidelidad crecientes y así nos remitan constantemente a Cristo, la Palabra de Dios. Rogemos también a Dios que siga suscitando entre nosotros vocaciones a la vida consagrada. Ellos son necesarios para la vida y la misión de nuestra Diócesis y de nuestras comunidades; son una riqueza que no siempre valoramos como es debido. En la intimidad del monasterio de clausura o al lado de los pobres y marginados, de los ancianos o de los jóvenes, en la pastoral de las ciudades o del mundo rural, Dios los llama a vivir fieles a su amor y a su Palabra para bien de la Iglesia y de la sociedad. No importa tanto lo que hacen, cuanto lo que son: consagrados a Dios para ser testigos vivos suyos, de su amor y de su Palabra entre nosotros. Hoy necesitamos más que nunca estos testigos.

A los consagrados les caracteriza su sed de Dios y la acogida dócil de su Palabra, como María. Su mayor anhelo es vivir y testimoniar que es necesario escuchar y amar a Dios en Cristo con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas, antes que a cualquier otra persona o cosa. Estos testigos de la primacía de Dios y de su Palabra son de suma importancia en un tiempo, en que Dios es el gran ausente en la vida de muchas personas. Los consagrados, -también de forma visible, porque de lo contrario el signo pierde su virtualidad-, han de manifestar siempre su pertenencia a Cristo, el tesoro escondido por el que lo han dejado todo.

Ante el hedonismo reinante dan testimonio valiente de castidad, expresión de un corazón que conoce la belleza del amor de Dios. Ante la insaciable sed de dinero, su vida pobre y austera nos recuerda que Dios es la riqueza verdadera. Ante el individualismo imperante, su vida en comunidad fraterna es un necesario testimonio de fraternidad y de comunión. Y ante la idolatría de la libertad, su obediencia nos muestra que la verdadera libertad se encuentra en la confianza en Dios y en su voluntad. Viven en su tiempo, pero su corazón se proyecta más allá del tiempo; son así testigos de que nuestro verdadero destino es Dios mismo.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

“No ceséis de orar”

Queridos diocesanos:

Nos encontramos en plena celebración del Octavario de oración por la unidad de los cristianos; un octavario que, desde comienzos del siglo XX, tiene lugar cada año entre el 18 y el 25 de enero y que este año cumple cien años.

El pasaje bíblico elegido para la celebración de este año está tomado de la primera carta a los Tesalonicenses. Las palabras “no ceséis de orar” (1 Ts 5, 17) destacan el papel esen­cial de la oración en la vida de la comunidad de los creyentes y también para la recuperación de la unidad de los cristianos. La oración nos ayuda a los cristianos a profundizar en nuestra relación con Cristo y con los otros. Con éste y otros ‘imperativos’, Pablo anima a la comunidad cristiana a vivir de la unidad que Dios nos da en Cristo, a ser en la práctica lo que está en el principio: el único cuerpo de Cristo, visiblemente unido en este lugar y en el mundo entero.

La vida en una comunidad cristiana, la vida de la Iglesia entera, sólo es posible a través de una vida de oración. A través del Bautismo, los cristianos nos comprometemos a seguir a Cristo y a cumplir su voluntad. La voluntad de Jesús para sus discípulos la expresa él mismo en su oración al Padre por la unidad de todos los que le siguen, para que el mundo crea que Él es el enviado de Dios.

Nuestra oración asociada a la oración de Jesús por la uni­dad es especial­mente intensa durante la Semana de oración por la unidad de los cristianos. Pero nuestra oración no debe limitarse a estos días. Somos conscientes de que la unidad no es el mero fruto de nuestros esfuerzos. La unidad es obra del Espíritu Santo. Como seres huma­nos no podemos hacerla o realizarla. No podemos sino recibirla como un don del Espíritu cuando nosotros mismos estamos dispuestos a acogerla. Nuestra oración sincera por la unidad nos ofrece la posibilidad de ir a Aquel que es la fuente de todo bien.

La eficacia de la oración sincera y humilde por la unidad se comprobará en primer lugar en nosotros mismos. Irá modelando nuestro espíritu y nuestro corazón, nos conducirá a la purifica­ción de la memoria, nos animará a hacer frente a los graves acontecimien­tos del pasado que dieron lugar a interpretaciones divergentes de naturaleza y origen. Podemos superar estas dificultades que nos han mantenido en la división si nos abrimos al don de Dios.

Si los creyentes queremos de verdad seguir los pasos de Jesús, debemos rogar y traba­jar por la unidad de los cristianos. La oración por la unidad de los cristianos nos llevará a pedir lo que Dios quiere para su Iglesia. La unidad es un don y una llamada hecha a la Iglesia. Hemos de orar a Dios por ella con confianza y perseverancia, y hemos trabajar por ella con corazón sincero y paciente, sabiendo que es el Espíritu Santo el que dirige nuestros pasos por el camino de la unidad. Tenemos necesidad de una conversión permanente del corazón, como fieles y como Iglesias y comunidades eclesiales.

Oremos para que Dios nos conceda la gracia de ser conscientemente instrumentos de la obra de la reconciliación de Dios. Busquemos con todas nuestras fuerzas la unidad y la paz que Dios quiere para los cristianos.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Nuestra Iglesia ante la emigración

Queridos diocesanos:

El domingo, 20 de enero, celebramos la “Jornada mundial del emigrante y del refugiado”, una Jornada que nos ha de sensibilizar ante el fenómeno de la emigración, de gran envergadura ya en España y en nuestra tierra. Es, en verdad, un signo de los tiempos. Afecta a millones de personas en toda España y a bastantes miles entre nosotros.

Como creyentes y como Iglesia no podemos quedar indiferentes ante los emigrantes. Cierto que desde las Cáritas –diocesana, interparroquiales y parroquiales-, desde algunas parroquias y otras instituciones eclesiales se atiende a sus necesidades más elementales. Pero esto es insuficiente. Como Iglesia diocesana, todos –cristianos, comunidades parroquiales y grupos eclesiales- hemos de tomar mayor conciencia del fenómeno y significado de la emigración, de sus causas y problemas tanto desde el punto de vista humano y social, como cristiano y pastoral. Nos urge plantearnos nuestra actitud y nuestro compromiso con las personas de los emigrantes y de sus familias, para dar la respuesta debida.

La inmigración es un fenómeno humano, que afecta ante todo a personas con la misma dignidad que los nativos. Con frecuencia existen prejuicios, falsas apreciaciones y generalizaciones que hemos de superar. Los inmigrantes no son sólo “mano de obra” coyuntural y necesaria en determinados sectores; tampoco son rivales en puestos de trabajo ni más delincuentes que otros. Son personas humanas, con la misma dignidad, los mismos derechos fundamentales y las mismas obligaciones que los nativos; y se  merecen el mismo respeto, la misma estima y el mismo trato. Hay que evitar todo comportamiento racista, xenófobo, discriminatorio o de infravaloración.

Pero además es necesario crear y fomentar actitudes y comportamientos positivos desde principios elementales del derecho, de la justicia y de la solidaridad.

Como cristianos recordamos las palabras de Jesús: “fui extranjero y me acogisteis” (Mt 25,35); en ellas. Jesús se identifica con la persona del emigrante y nos manda acogerlo y amarlo, como Él nos ha amado y como si de Él mismo se tratara. Con estas premisas aprenderemos a respetarlos, a conocerlos y valorarlos, a acogerlos fraternalmente y a ayudarles en sus necesidades, a facilitarles la integración armónica en nuestra sociedad y en nuestra Iglesia, y a dar gracias a Dios y a ellos por la riqueza laboral, económica, cultural y eclesial, que suponen, para nuestra sociedad y nuestra Iglesia.

En breve crearé un servicio diocesano de migraciones que nos ayude a todos ante este complejo problema. No podemos limitarnos a una atención asistencial.  Hemos de ir dando los pasos para la acogida y plena integración de los inmigrantes católicos en las parroquias. Con los cristianos no católicos es necesario intensificar el diálogo ecuménico. Con los creyentes de otras religiones habrá de fomentarse el diálogo interreligioso. Con todos, creyentes o no creyentes, el diálogo intercultural y social. Confío en vuestro sentido cristiano y en capacidad de acogida de nuestro pueblo, que nunca ha sido excluyente.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

La familia y la paz

Queridos diocesanos:

La paz es uno de los mayores anhelos de la humanidad. Los cristianos sabemos que la paz es un don de Dios, que se nos ofrece en Cristo Jesús, el Mesías, ‘el príncipe de la paz’. La paz es fruto de la reconciliación y comunión con Dios, que genera reconciliación y comunión, solidaridad y colaboración entre los hombres, los pueblos y las naciones. Por ello hemos comenzado el año orando por la paz, el día primer día del año, Jornada Mundial por la Paz.

Don de Dios, la paz es, a la vez, tarea de todos. En el mensaje para esta Jornada el Papa, Benedicto XVI, trata este año del papel básico e insustituible de la familia natural en la construcción de la paz. La familia natural, basada en la unión estable entre un hombre y una mujer, es una comunión de vida y de amor. “La primera forma de comunión entre las personas es la que el amor suscita entre un hombre y una mujer decididos a unirse establemente para construir juntos una nueva familia”, afirma el Santo Padre.

Cuando la vida familiar es ‘sana’, cuando es verdadero ámbito de comunión y de amor, en ella se viven y experimentan algunos elementos esenciales de la paz, como son la justicia y el amor entre esposos y hermanos, la función de la autoridad manifestada por los padres, el servicio afectuoso a los miembros más débiles, la ayuda mutua en las necesidades de la vida, la disponibilidad para acoger al otro y, si fuera necesario, para perdonarlo. “Por eso, la familia es la primera e insustituible educadora de la paz. Nada más contrario al ser de la familia e intolerable que la violencia doméstica.

Al ofrecer estas experiencias determinantes de la paz, la familia, la primera célula vital de la sociedad, ayuda desde su misma raíz a la construcción de una sociedad pacificada y pacificadora.  La sociedad y el estado no pueden prescindir de este servicio básico de la familia en la construcción de la paz, sino que deben proteger la familia natural y promover los derechos que le son propios; negarlos o restringirlos es una amenaza para los fundamentos mismos de la paz.

Por ello, afirma el Santo Padre, que “todo lo que contribuye a debilitar la familia fundada en el matrimonio de un hombre y una mujer, lo que directa o indirectamente dificulta su disponibilidad para la acogida responsable de una nueva vida, lo que se opone a su derecho de ser la primera responsable de la educación de los hijos, es un impedimento objetivo para el camino de la paz. La familia tiene necesidad de una casa, del trabajo y del debido reconocimiento de la actividad doméstica de los padres; de escuela para los hijos, de asistencia sanitaria básica para todos. Cuando la sociedad y la política no se esfuerzan en ayudar a la familia en estos campos, se privan de un recurso esencial para el servicio de la paz”.

Por su parte, los medios de comunicación social “tienen una responsabilidad especial en la promoción del respeto por la familia, en ilustrar sus esperanzas y derechos, en resaltar su belleza”.

Como católicos hemos de hacer nuestras estas palabras del Papa en la propia familia y en nuestro compromiso social.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Ordenación de cuatro diáconos en la solemnidad de la Epifanía del Señor

HOMILÍA EN LA ORDENACION DE CUATRO DIACONOS

EN LA SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

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 S.I. Catedral de Segorbe, 6 de Enero de 2008

 

“Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz” (Is 60, 1). En la Noche Santa de la Navidad aparece la luz, nace Cristo, la “luz de los pueblos”. Él es el “sol que nace de lo alto” (Lc 1, 78), el sol que viene al mundo para disipar las tinieblas del mal e inundarlo con el esplendor del amor divino. La luz que brilla en Navidad, iluminando la cueva de Belén, hoy resplandece y se manifiesta a todos los pueblos. La Epifanía es misterio de luz, indicada por la estrella que guía a los Magos en su viaje hasta el encuentro con el verdadero manantial luminoso que es Cristo Jesús, el Hijo de Dios encarnado, el Mesías, el Salvador: Él es la “luz verdadera que viniendo a este mundo, ilumina a todo hombre” (Jn 1, 9).

En el misterio de la Navidad, la luz de Cristo irradia sobre la tierra. Primero y ante todo, sobre Virgen María y José, que son iluminados por la presencia del Niño Dios. La luz del Redentor se manifiesta luego a los pastores de Belén, que, advertidos por el ángel, acuden prestos a la cueva y encuentran allí la “señal” que se les había anunciado: un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre (cf Lc 2, 12). Los pastores, junto con María y José, representan al “resto de Israel”, a los pobres y sencillos, a quienes se anuncia la buena nueva. Y por último, el resplandor de Cristo alcanza a los Magos, que constituyen las primicias de los pueblos paganos. Quedan en la sombra los palacios del poder de Jerusalén, entonces como hoy: ahí la noticia del nacimiento del Mesías no suscita alegría, sino temor y reacciones hostiles.

La luz de la Navidad no es una metáfora; es la imagen de una realidad. “Dios es luz” y “Dios es amor”, nos dice San Juan (1 Jn 1, 5; 4, 16). Con otras palabras: la luz que aparece en Navidad y hoy se manifiesta a las naciones es el amor de Dios, revelado en la Persona del Verbo encarnado. Atraídos por esta luz, llegan los Magos de Oriente. El manantial de esta atracción es el amor de Dios, que atrae a todos y todo a sí, en la Persona encarnada del Verbo.

También vosotros, queridos Telesforo, Ángel, Marc y Juan Carlos, habéis experimentado esta atracción del Niño Dios, de Cristo Jesús en vuestras vidas. Como los Magos también podéis decir: “Hemos visto salir su estrella y veni­mos a adorarlo” (cf. Mt 2, 2). Imagino el eco que pueden tener en vuestro interior estas palabras, y todo el relato de la búsqueda de los Magos y de su encuentro con Cristo. Cada uno a su modo habéis visto una estrella en un momento de vuestra vida, habéis percibido una voz que os atraía, habéis escuchado la llamada del Señor, os habéis puesto en camino y experimentado también la oscuridad y, bajo la guía de Dios, vais llegando a la meta. Este pasaje evangélico sobre la búsqueda de los Magos y su encuentro con Cristo lo habéis experimentado en todo vuestro proceso de discernimiento y comprobación de la llamada al sacerdocio.

Ahora bien, el viaje de los Magos está motivado por una fuerte esperanza, que les atrae y les guía hacia Jesús, el “Rey de los judíos”, para ponerse al servicio de la realeza de Dios. Los Magos tenían un deseo grande de Dios, de verdad y de felicidad; un deseo que les atrajo y sedujo, que los indujo a dejarlo todo y a ponerse en camino. Era como si hubieran esperado siempre aquella estrella. Era como si aquel viaje hubiera estado siempre inscrito en su destino, que ahora finalmente se cumplía. Este es también el misterio de vuestra llamada, de vuestra vocación al sacerdocio; un misterio que afecta a la vida de todo cristiano, pero que tiene mayor relieve en los que Cristo invita a dejarlo todo para seguirlo más de cerca. Cristo mismo, su luz, entró y ‘se coló’ un día en vuestra vida, Él os ha atraído y seducido; y habéis vivido la belleza de vuestra llamada como un ‘enamoramiento’. Seguro que vuestro corazón, lleno de asombro, os ha hecho decir una y otra vez en la oración: “Señor, y ¿por qué precisamente a mí?”. Y seguro que habréis dudado si éste era vuestro camino. Pero el amor no tiene un ‘porqué’, es un don gratuito al que se responde con la entrega de sí mismo. Y es en la entrega total, en la donación gratuita donde uno se encuentra, donde resplandece la verdad de la propia vida y donde se encuentra el camino de la felicidad.

Al llegar a Belén, los Magos “entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron. Y le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra” (Mt 2, 11-12). Dios y el hombre se encuentran: su encuentro se convierte por parte del hombre en adoración, dando lugar a un acto de fe y de amor entregado. Esto es lo que hoy sucede en vosotros y le ofrecéis: el oro de vuestra libertad, el incienso de vuestra oración fervorosa, la mirra de vuestro afecto más profundo (Juan Pablo II).

Vosotros, como los Magos, habéis encontrado a Cristo y en su seguimiento en el sacerdocio ordenado la razón de vuestra vida. Ante esto, todo lo demás os parece pequeño y ruin. Como escribe San Juan de la Cruz en el Cántico: “¡Oh almas criadas para estas grandezas y para ellas llamadas!, ¿qué hacéis?, ¿en qué os entretenéis? Vues­tras pretensiones son bajezas y vues­tras posesiones miserias. ¡Oh miserable ceguera de los ojos de vuestra alma, pues para tanta luz estáis ciegos y para tan grandes voces sordos, no viendo que, en tanto que buscáis grandeza y glorias, os quedáis miserables y bajos, de tantos bienes hechos ignorantes e indignos!” (C 39, 7)

En el camino de vuestra respuesta personal y generosa a la llamada del Señor, no habéis estado solos. Hoy recordamos con agradecimiento a todos cuantos Dios ha ido poniendo como pequeñas estrellas en el camino de vuestra historia personal y os han ayudado a escuchar, discernir, acoger y madurar esta llamada del Señor; una llamada que hoy se hace firme con la llamada de la Iglesia. Esta tarde recordamos especialmente a vuestros padres y familias, a los sacerdotes de vuestras parroquias; a vuestros formadores y compañeros de Seminario, así como a vuestros amigos. También recordamos a quienes no han entendido vuestra decisión y así os han ayudado a purificarla y madurarla.

Por la oración consacratoria y la imposición de mis manos vais a quedar constituidos diáconos para siempre. Configurados con Cristo Siervo os pondréis al servicio de la realeza de Dios, para que Dios llegue a todos, pues a todos está destinado el ser “coherederos, miembros de mismo cuerpo, y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el Evangelio” (Ef 3, 6).

No olvidéis la ofrenda que hoy hacéis al Niño Dios del oro de vuestra libertad, del incienso de vuestra oración fervorosa, y de la mirra de vuestro afecto más profundo. Una ofrenda que se hace compromiso de por vida.

La ofrenda de vuestro afecto es el compromiso del celibato por causa del Reino de los Cielos y para servicio de Dios y de los hombres. Es conocida la frecuente y creciente dificultad, también de muchos cristianos, para entender el celibato. Y a nadie se le oculta su dificultad en un contexto pan-sensualizado, en el que todo lo que provoca apetencia o placer, tiene valor en sí mismo. Frente a quienes ponen en duda la posibilidad de vivirlo podemos afirmar, que quien hace de su vida un servicio generoso a Dios y a los hermanos la puede vivir, y hacerlo con alegría. El celibato es un don recibido de Dios, antes que un don hecho a Dios; y como don de Dios lo viviremos tanto mejor, cuanto más cerca vivamos de Dios, origen de todo don. Si Dios es amor, cuanto más amamos, más le pertenecemos y más nos hace propiedad suya.

En la ofrenda de vuestra libertad vais a prometer también obediencia, a mí y a mis sucesores. De los tres consejos evangélicos, éste quizá sea el más difícil. Dar muerte al propio yo, cuesta bastante más que la pobreza y la castidad en el celibato, porque la obediencia no sólo exige sacrificio; exige dar muerte a nuestro ‘ego’. Ahora bien, si la ordenación diaconal os configura con Cristo ‘siervo’, Él es quien tiene que vivir en vosotros. Con Pablo deberéis poder decir: “Vivo yo, pero no soy yo; es Cristo quien vive en mi” (Gal 2, 20). La obediencia exige una gran dosis de humildad, de disponibilidad permanente para salir de nosotros mismos, de nuestras comodidades y de nuestro modo de pensar, para acoger la llamada de Dios en su Iglesia. Y exige también una gran dosis de vida espiritual.

La ofrenda de la oración fervorosa se hace compromiso de celebrar la Liturgia de las Horas, que es oración de la Iglesia por toda la humanidad. Nunca toméis este compromiso como un peso, sino como un modo estupendo de acercar a Dios a los hombres y los hombres a Dios. Un hombre de Dios tiene que tener un corazón según el corazón de Jesucristo, un corazón donde todos tengan cabida. En nombre de todos nuestros hermanos, hemos de dirigirnos a Dios para alabarle, suplicarle, pedirle perdón, fuerza, alivio y paz para cuantos carecen de ella.

La ordenación diaconal os capacita y os llama a ejercer una triple diaconía: la de la Palabra, la de la Eucaristía y la de la caridad hacia los pobres y necesitados, para los que habéis de tener una especial predilección.

El servicio a la Palabra lo ejerceréis en la proclamación del Evangelio y en la ayuda al Sacerdote en la explicación de la Palabra de Dios. “Convierte en fe viva los que lees y lo que has hecho fe viva enséñalo y cumple aquello que has enseñado”, os diré al entregaros el Evangelio. Sed con vuestra palabra y con vuestra vida heraldos del Evangelio, administradores de la salvación eterna, profetas de un mundo nuevo, portadores de un mensaje que arroja la luz sobre los problemas del hombre, del mundo y de la historia.

Como servidores de la Eucaristía seréis los primeros colaboradores del Obispo y del Sacerdote en la celebración de la Eucaristía; considerad siempre como un honor y vivid con profundo gozo y sentido de adoración el ser el servidores del ‘misterio de la fe’ y del ‘sacramento del amor’ para alimento de fieles. Podréis también administrar solemnemente el bautismo, reservar y repartir la Eucaristía, asistir al matrimonio y bendecirlo en nombre de la Iglesia, llevar el Viático a los moribundos, administrar los sacramentales y presidir el rito de los funerales y de la sepultura.

A vosotros se os confía, de modo particular, el ministerio de la caridad. La comunión con Cristo en la Eucaristía, de que sois servidores, os ha de llevar a la comunión con los hermanos, con el Obispo y con la Iglesia. La atención a los hermanos en sus necesidades, penas y sufrimientos serán vuestros signos distintivos como diáconos del Señor. Sed compasivos, caritativos, solidarios, acogedores y benignos con todos ellos.

Tomados de entre los hombres vais a ser consagrados a Dios para el servicio de los hombres. La consagración la recibís para siempre, pero debéis renovarla cada día. Dada nuestra fragilidad hemos de convertirnos día a día; cada día hemos de renovar el don del Espíritu mediante la entrega, la fidelidad y el amor verdadero en el servicio generoso. A partir de hoy ya no os pertenecéis a vosotros mismos: pertenecéis al Señor, a su Iglesia y, en ellos, a los demás. Dentro de pocos momentos suplicaré al Señor para que derrame el Espíritu Santo sobre vosotros, con el fin de que os “fortalezca con los siete dones de su gracia y cumpláis fielmente la obra del ministerio”.

¡Que Maria, la Virgen de la Cueva Santa, la esclava del Señor, con su omnipotencia suplicante obtenga para vosotros una nueva efusión del Espíritu Santo a fin de que la fuerza que recibís permanezca siempre en vosotros con la frescura de este día”. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón