Fiesta de Santo Tomás de Aquino

Castellón – Capilla del Seminario Diocesano ‘Mater Dei’ – 28 de enero de 2.009

 

Queridos Sres. Rectores, Formadores y profesores, sacerdotes concelebrantes, diáconos y seminaristas, hermanos todos en el Señor Jesús. Un año más celebramos la Festividad de Santo Tomás en este nuestro Seminario Diocesano con esta Eucaristía, que centra nuestra mirada en Jesucristo.

Acabamos de proclamar en el Evangelio las palabras de Jesús a sus discípulos “Vosotros sois la sal de la tierra… Vosotros sois la luz del mundo” (Mt 5, 13-14); unas palabras que Mateo coloca inmediatamente después de las bienaventuranzas. Los discípulos son sal de la tierra y luz del mundo, si son, en verdad, pobres y mansos, misericordiosos y puros, justos y veraces, pacíficos y serenos, más aún, si son gozosos en medio de las persecuciones a causa de su nombre. Sólo en la medida en que hacen suyo el espíritu de las bienaventuranzas y viven conforme a él, adquieren los discípulos esa sabiduría sobrenatural que los hace “sal de la tierra”. Los discípulos están llamados a transformar un mundo insulso por estar fundado sobre la vanidad de las cosas caducas, en un mundo sensato e inspirado en los valores eternos. Pero si el discípulo no tiene el espíritu evangélico, no es ‘sal’, no sirve para nada, sino sólo para ser ‘tirado afuera’ (ib 13).

En cambio, cuando el discípulo es ‘sal’ es también ‘luz’, ‘luz del mundo’. “La luz verdadera que ilumina a todo hombre” (Jn 1, 9), es solamente Jesucristo, el Hijo de Dios, el resplandor del Padre; pero da parte en esa su luminosidad a los que viven según su Evangelio. De este modo cada discípulo, cada cristiano auténtico se convierte en un portador de la luz de Cristo, y su conducta ha de ser tan limpia que deje transparentar la luminosidad de Jesucristo y la de su doctrina: “Brille así vuestra luz delante de los hombres para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5, 16). Las obras hechas en la verdad y en la caridad de Cristo son luz encendida sobre el candelero para alumbrar “a todos los que están en la casa” y atraerles al encuentro con Cristo, para creer en él, conocerle y amarle. Ya el Antiguo Testamento presentaba las obras de caridad como portadoras de luz: “si repartes al hambriento tu pan y al alma afligida dejas saciada, resplandecerá en las tinieblas tu Luz” (Is 58, 10). La caridad disipa las tinieblas del pecado e ilumina incluso a los más alejados de la fe. Más aún, la caridad del cristiano es reflejo y prolongación del amor de Cristo, que se inclina sobre la humanidad doliente.

Un ejemplo espléndido del discípulo de Cristo, sal y luz del mundo, es Tomás de Aquino, que según los datos que aportan sus biógrafos supo vivir el espíritu de la bienaventuranzas, supo vivir la perfección del amor, supo ser santo. La importancia de su figura no está sólo ni principalmente en el prestigio de sus escritos, de su palabra sabia, sino en una vida inspirada plenamente en el Evangelio y conformada con Cristo Crucificado.

Santo Tomás hizo suyas las palabras de san Pablo: “No quise saber entre vosotros sino a Jesucristo, y éste crucificado” (1 Cor 2, 1-2). Tomás de Aquino solía decir que había aprendido más a los pies del Crucifijo que en los libros; al escuchar, al menos dos veces, al Crucificado: “Has escrito bien de mi ¿qué esperas? Tomás respondió: ‘Sólo a ti, Señor’.”  Así es cómo se hace el discípulo de Jesús sal que transforma al mundo en profundidad y luz que lo ilumina ampliamente.

Y Tomás de Aquino (1224-1274) lo fue por su vida religiosa y por su obra teológica. Como religioso de la orden dominicana, se distinguió por el seguimiento de Cristo en la  pobreza, la humildad, la obediencia, la castidad y el amor a Dios y a los hermanos. Como teólogo, su inmensa obra de reflexión sobre la Palabra de Dios, su armoniosa sistematización y la fundamentación del saber teológico sobre sólidas bases filosóficas, han justificado su doctorado en la Iglesia durante siglos.

Hoy honramos su memoria y pedimos al santo patrono de las escuelas católicas, que nos ayude a vivir con entusiasmo creciente la hora que nos ha tocado vivir, caracterizada por el profundo cambio cultural, que obliga a la Iglesia, a los pastores y a los cristianos a afrontar nuestra vida y nuestra misión evangelizadora con espíritu misionero.

El tiempo, que nos toca vivir, es para los discípulos de Jesús un nuevo reto, que hemos de afrontar desde la confianza en Dios y en su Hijo Jesús, Señor de la Historia. La tarea es ingente y en apariencia superior a nuestras fuerzas; pero no olvidemos que nosotros somos colaboradores de la evangelización, que es siempre la Obra de nuestro Señor.

Para ser sal de la tierra y luz de nuestro mundo, necesitamos ante todo convertirnos más al Señor, vivir en unión permanente con Él y, en Él, la comunión con la Trinidad Santa, el Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Así nuestra vida y nuestro ministerio estarán anclados en Cristo y seremos fieles a la llamada del Espíritu Santo, que nos mueve a ser imágenes vivas de Jesús. La santidad es la primera y necesaria lección, que hemos de aprender en la escuela de Cristo todos sus discípulos. La evangelización necesita hoy ante todo de testigos, como recordó el Papa Pablo VI en su exhortación apostólica Evangelii nuntiandi.

Que todos nosotros, sacerdotes y laicos, formadores y profesores, educadores y seminaristas, que participamos en la actividad de nuestro Seminario, sigamos el ejemplo de santo Tomás. Que nuestro primer objetivo sea responder a la llamada que nos hace Jesús a ser santos, para poder dar hoy en Segorbe-Castellón un testimonio claro y significativo de la vida nueva en Cristo, que la Iglesia alimenta en nosotros.

Santo Tomás, el Doctor Angélico, es también luz del mundo y sal de la tierra por sus enseñanzas teológicas y filosóficas, que tanto han contribuido a hacer avanzar las ciencias sagradas a partir del siglo XIII hasta nuestros días. En sus numerosos escritos santo Tomás manifiesta un estilo teológico, que es modelo de rigor en el pensamiento y en la articulación racional de su saber. Han sido muchos los Papas que se refirieron a él como a lumbrera y maestro, proponiéndole como modelo indiscutible de las Escuelas Cristianas. Ensalzaron su método y su sistema, como un sugerente camino de diálogo con otras culturas y, sobre todo, como modelo en saber cimentar la reflexión teológica sobre bases firmes de filosofía, que algunos con razón han denominado ‘filosofía natural’ y, por su estrecha relación con la teología, ‘filosofia cristiana’.

Juan Pablo II en dos de sus cartas encíclicas ratificó el valor de Santo Tomás como modelo del bien hacer teológico. En la encíclica Veritatis splendor (1993), sobre el valor de la verdad, cita repetidamente al santo doctor (nn. 12, 24, 36, 40, 42-44, 51, 53, 63, 64, etc.) y explícitamente en su encíclica Fides et Ratio (1998) sobre la relación entre la fe y la razón, renueva los elogios de santo Tomás abriendo un sugerente camino para el trabajo teológico en nuestro tiempo: “Un puesto singular, dice Juan Pablo II, en este camino corresponde a santo Tomás no sólo por el contenido de su doctrina, sino también por la relación dialogal que supo establecer con el pensamiento árabe y hebreo de su tiempo… Más radicalmente, Tomás reconoce que la naturaleza, objeto propio de la filosofía, puede contribuir a la comprensión de la revelación divina… Aun señalando con fuerza el carácter sobrenatural de la fe, el Doctor Angélico no ha olvidado el valor de su carácter racional; sino que ha sabido profundizar y precisar este sentido. En efecto, la fe es de algún modo ‘ejercicio del pensamiento; la razón del hombre no queda anulada ni se envilece dando su asentimiento a los contenidos de la fe, que en todo caso se alcanzan mediante una opción libre y consciente….Precisamente por este motivo la Iglesia ha propuesto siempre a santo Tomás como maestro del pensamiento y modelo del modo correcto de hacer teología” (n 43).

Los nuevos tiempos nos ofrecen un vasto campo de diálogo al que hemos de concurrir, no desde la duda o desde la aceptación irreflexiva de todo cuanto circula por nuestro ambiente, sino sabiendo discernir y reflexionar desde la fe para acertar en el camino de Cristo, que hemos de seguir y hemos de proponer a otros humildemente, pero con la ‘parresía’, de los hijos de Dios.

Pidamos al Señor que nos ilumine con la sabiduría de santo Tomás para saber cimentar la reflexión de nuestra fe sobre los principios sólidos de la razón humana y de la filosofía, que es garantía humana racional de la solidez del edificio de la teología.

Que la Virgen, Mater Dei y Madre nuestra, nos ayude con su maternal intercesión y santo Tomás nos ilustre siempre con su palabra a seguir el camino de Jesús como sal que es capaz de sazonar la tierra y luz que ilumina las dudas e inseguridades de tantos hermanos en nuestro mundo. Así sea.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

La conversión de San Pablo

Queridos Diocesanos:

En el año paulino, que estamos celebrando, contemplamos de manera particular la figura del Apóstol san Pablo. Este año es una gracia para la Iglesia, pero a condición de que no nos quedemos en san Pablo, en su personalidad o en su doctrina. Es necesario ir de Pablo a Cristo: aprender de san Pablo, aprender la fe, aprender a Cristo.

Hay una experiencia decisiva en la vida de San Pablo, que vale en cierto modo también para nosotros: es su conversión en el camino de Damasco, que celebramos este domingo 25 de enero. Después de un periodo en el que persiguió brutalmente a la Iglesia y a los cristianos, este suceso hizo que su vida sufriera un viraje, un cambio total de perspectiva. A partir de entonces comenzó a considerar “pérdida” y “basura” todo aquello que antes constituía para él el máximo ideal (cf. Flp 3, 7-8)

¿Qué es lo que sucedió? Tanto los Hechos de los Apóstoles (cf. Hch 9, 1-19; 22, 3-21; 26, 4-23) como las referencias que el mismo Pablo hace en sus cartas coinciden en que en el camino de Damasco tuvo lugar un encuentro personal con el Resucitado: Jesús resucitado habló a san Pablo, lo llamó al apostolado, hizo de él un verdadero apóstol, testigo de la Resurrección, con el encargo específico de anunciar el Evangelio a los paganos. Al mismo tiempo, san Pablo aprendió que, a pesar de su relación inmediata con el Resucitado, debía entrar en la comunión de la Iglesia, debía hacerse bautizar, debía vivir en sintonía con los demás Apóstoles. Sólo en esta comunión con todos podía ser un verdadero apóstol (cf. 1 Co 15, 11).

Este encuentro personal con Jesucristo cambió todo su ser y toda su vida. Este viraje en su vida no fue fruto de un proceso psicológico, de una maduración intelectual y moral, sino que llegó desde fuera, del encuentro con Jesucristo. Este encuentro fue muerte y resurrección para él mismo: murió una existencia suya y nació otra nueva con Cristo resucitado. Los análisis psicológicos no pueden aclarar esta transformación de san Pablo. Sólo el encuentro fuerte con Cristo es la clave para entender lo que sucedió: muerte y resurrección, renovación por parte de Aquel que se había revelado y había hablado con él (Benedicto XVI).  Ese acontecimiento ensanchó su corazón, lo abrió a todos. Al abrirse a Cristo con todo su corazón, se hizo capaz de entablar un diálogo amplio con todos, se hizo capaz de hacerse todo a todos.

También los bautizados sólo seremos auténticos cristianos si nos encontramos realmente con Cristo. Ciertamente Cristo no se nos mostrará de forma irresistible y luminosa como a san Pablo; pero podemos encontrarnos con Jesucristo en la lectura de la Sagrada Escritura, en la oración, en la vida litúrgica de la Iglesia, y, sobre todo, en la Eucaristía, donde el Señor está verdaderamente presente, y nos espera. Sólo en esta relación personal con Cristo nos convertiremos realmente en cristianos y heraldos del Evangelio. Quien experimenta el amor gratuito y misericordioso de Dios en Jesucristo, siente también el encargo, la necesidad, de anunciar su Evangelio.

Oremos al Señor para que nos conceda el encuentro con su presencia, que nos dé una fe viva, un corazón abierto, una gran caridad con todos, capaz de renovar el mundo.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

La unidad de los cristianos

Queridos diocesanos:

Este domingo comienza la ya tradicional “Semana de oración por la unidad de los cristianos”. Es una cita importante para reflexionar sobre el drama de la división de la comunidad cristiana y para pedir juntos a Jesús mismo “que todos sean uno, para que el mundo crea” (Jn 17, 21). Ante la urgencia de la unidad, nuestra Iglesia diocesana de Segorbe-Castellón se une una año más a la gran multitud de cristianos de todas las confesiones que en el mundo entero ora estos días por esta intención. La oración “por la unión de todos” implica a los católicos, a los ortodoxos y a los protestantes, unidos por la fe en Jesucristo, único Señor y Salvador.

La oración por la unidad forma parte del núcleo central que el concilio Vaticano II llama “el alma de todo el movimiento ecuménico” (UR 8), núcleo que incluye precisamente las oraciones públicas y privadas, la conversión del corazón y la santidad de vida. El centro del problema ecuménico es la obediencia al Evangelio para hacer la voluntad de Dios, con su ayuda, necesaria y eficaz. Es lo que expresa el lema de este año: “estarán unidas en tu mano”.

Estas palabras están tomadas del profeta Ezequiel. En una visión, el profeta contempla dos trozos de madera que simbolizan a los dos reinos en que Israel fue dividido. Los nombres de las tribus de cada uno de los reinos (dos de las doce tribus en el Norte y diez en el Sur) son inscritos sobre estos trozos de madera que luego son unidos para formar uno solo (Ez 37, 15-23). Para Ezequiel, la división de su pueblo era el reflejo y la consecuencia del pecado y del alejamiento de Dios. Formar de nuevo un solo pueblo era posible a condición de renunciar al pecado, de convertirse y de volver hacia Dios. Pero, en definitiva, es Dios quien une a su pueblo purificándolo, renovándolo y librándolo de sus divisiones. Para Ezequiel esta unidad no es una reunificación simple de grupos antes separados; se trata más bien de una creación nueva, del nacimiento de un pueblo nuevo que deberá ser un signo de esperanza para otros pueblos y para toda la humanidad.

Esta imagen de Ezequiel es aplicable a la Iglesia de Cristo dividida porque, al igual que el pueblo de la antigua Alianza, dividido en contiendas contrarias a la voluntad de Dios, también las divisiones de las Iglesias cristianas son contrarias a la voluntad de Cristo, que quiso una sola y única Iglesia visible: “Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros” (Jn 17,21).

Los elementos que, a pesar de la división permanente, unen aún a los cristianos permiten elevar una oración común a Dios para que nos conceda el don de la unidad. A la oración común por el restablecimiento de la comunión plena de todos los cristianos hemos de unir el diálogo sincero, el conocimiento mutuo y la colaboración fraterna. El numeroso grupo de cristianos no católicos, especialmente de ortodoxos rumanos, que viven entre nosotros nos ofrece una hermosa oportunidad para ponerlo en práctica. ¡Quiera Dios que esta semana de oración nos ayude a toda la Iglesia diocesana a acrecentar nuestra sensibilidad ecuménica!

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

El patrimonio cultural de la Iglesia

Queridos diocesanos:

Las tres magníficas exposiciones de la ‘Luz de las imágenes’ que tienen lugar en las iglesias del Salvador en Burriana, de San Jaime en Villarreal y de Santa María en Castellón nos ofrecen la oportunidad de contemplar parte del rico patrimonio histórico-artístico de nuestra Iglesia diocesana de Segorbe-Castellón.

Nuestra Iglesia tiene templos, monumentos, objetos y utensilios, piezas pictóricas y escultóricas, orfebrería y ornamentos, así como fondos bibliográficos y documentales. Estos bienes han ido surgiendo en el seno de la iglesia, en cada una de sus múltiples entidades y comunidades, a lo largo de los siglos, con destino al culto, a la enseñanza del pueblo de Dios y a la organización de la vida de sus propias comunidades. Este conjunto de bienes forma nuestro patrimonio histórico, artístico y documental. Es un patrimonio religioso por su misma naturaleza, por su origen, por su destino y por su finalidad. Pero este patrimonio religioso y sagrado de nuestra Iglesia tiene un interés y una importancia grandes para nuestra historia y para nuestra cultura. Tiene un evidente interés cultural.

Cuando se pretende separar la religión de la cultura e incluso oponerlas hay que decir que el  patrimonio histórico-artístico y documental de nuestra Iglesia tiene también un interés y un valor cultural. A lo largo de sus dos mil años de historia, la religión cristiana ha sido y es creadora de cultura. Cierto que el aspecto cultural no es exclusivo de nuestro patrimonio; es decir, no se trata sólo de patrimonio cultural. Se trata antes de nada de un patrimonio religioso, para fines religiosos aunque con un innegable interés y valor cultural. Este interés cultural no es el único ni el preferente de estos bienes. Lo prioritario es su finalidad religiosa.

El patrimonio cultural de nuestra Iglesia es un patrimonio extenso y variado; se ha ido creando en el seno de la Iglesia lentamente con vistas al mejor funcionamiento interno de las comunidades, al servicio del culto y de la acción pastoral. Es un patrimonio heredado de las generaciones anteriores, y al mismo tiempo vivo y en constante incremento. No está concentrado en un lugar, ni en manos de una institución, sino disperso, repartido en templos, ermitas, capillas, iglesias, colegiatas, catedrales y monasterios.

La Iglesia ha sabido guardar lo que quedó en sus manos y bajo su custodia; aunque ha habido mermas, si hoy queremos admirar el arte en nuestra tierra, en gran parte tenemos que buscarlo en sus templos abiertos al culto. Si este patrimonio es importante por su cantidad y calidad, no lo es menos por lo que significa para la Iglesia. Se trata de signos y símbolos de las realidades celestiales, ornato de la casa de Dios, testimonio de la fe y devoción del pueblo cristiano. Es un legado sagrado, manifestación de la fe de los antepasados, un lenguaje de fe siempre vivo, expresada de múltiples formas gracias a la cultura nacida en las entrañas mismas de la comunidad creyente. Es un patrimonio con una finalidad litúrgica y pastoral, al servicio de la fe y abierto a la contemplación de todos.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Decreto sobre cuestiones económicas

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CASIMIRO LÓPEZ LLORENTE,

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTÓLICA,

OBISPO DE SEGORBE-CASTELLÓN

 

 

La financiación de nuestra Iglesia diocesana ha descansado y descansa fundamentalmente en las aportaciones que, por un camino u otro, hacen los fieles, quienes tienen el deber de ayudar a la Iglesia en sus necesidades de modo que disponga de lo necesario para el culto divino, las obras de apostolado y de caridad y el conveniente sustentos de sus ministros (c. 222 § 1 CIC). Entre las formas de colaboración de los fieles a la financiación de nuestra Iglesia diocesana se encuentran la denominada ‘cuota concertada’ de las parroquias y las cuotas periódicas de los fieles.

La cuota concertada, con una larga tradición en nuestra Diócesis, representa una parte muy importante de sus ingresos y es imprescindible para su financiación. En su origen se configuró como una cantidad fija que las parroquias, en atención a diversos criterios como población y capacidad económica de sus feligreses, aportaban periódicamente a la Diócesis para atender gastos e inversiones diocesanas. Desde su establecimiento no ha existido un proceso generalizado y reglado de ajuste, aunque se han producido cambios importantes en la demografía y en la capacidad económica de los fieles. En concreto, la cuota concertada no ha sufrido variación en ningún caso desde el año 2005, si bien han aumentado los gastos corrientes y las cargas financieras de la Diócesis debido fundamentalmente a la inflación y a la subida de los tipos de interés. Todo ello obliga a mantener la cuota concertada y a ajustarla teniendo en cuenta las variantes demográficas de las parroquias y la capacidad económica de los fieles, así como la inflación anual, que se vaya produciendo.

De otro lado, desde hace algunos años y en el marco del nuevo sistema de financiación de la Iglesia, existe la posibilidad de colaborar económicamente a la financiación de nuestra Iglesia diocesana mediante las cuotas periódicas, normalmente mediante domiciliación bancaria, por las que los fieles se comprometen a colaborar habitualmente con la Iglesia. Hasta ahora, estas cuotas unas veces se han hecho a favor de la parroquia y otras a favor de la Iglesia diocesana. Este modo de ayudar a la financiación de la Iglesia ha de ser promovido por todos, especialmente por los párrocos y la administración diocesana así como los consejos parroquiales y diocesano de asuntos económicos. Para superar la dicotomía entre parroquias y diócesis y fomentar el espíritu de comunión y de intercomunicación de bienes se ha de buscar la financiación de la Iglesia diocesana en su conjunto, integrada por parroquias y otros organismos y servicios. A ello se orienta la campaña que nuestra Diócesis junto con el resto de las Diócesis de España han iniciado en el año 2007 a través de la Conferencia Episcopal Española. A la hora del destino de las cuotas hay que tener en cuenta el medio más adecuado para su potenciación, la intercomunicación de bienes y su justo reparto así como los costes de la campaña.

Por todo ello, una vez consultados el Consejo Presbiteral Diocesano y, a través de él, todo el presbiterio diocesano, así como el Consejo Diocesano de Asuntos Económicos y el Consejo Episcopal, por el presente

 

DISPONGO:

 

Cuota concertada de las parroquias

 

  1. Se mantiene el sistema de cuota concertada de las parroquias, entendiendo por tal la cantidad fija anual que cada parroquia habrá de abonar a la Iglesia diocesana.
  2. Todas las parroquias están obligadas a la aportación de la cuota concertada.
  3. La cuota concertada anual de cada parroquia será fijada para cada año por los Arciprestazgos en la reunión de los sacerdotes de los mismos, dado que por su proximidad conocen mejor los cambios demográficos y económicos de las parroquias. Esta reunión tendrá que celebrarse una vez recibida la comunicación del Ecónomo Diocesano, a que se refiere el número siguiente, y, en todo caso, antes del 14 de diciembre de cada año.
  4. Para fijar la cuota de cada parroquia se partirá de la cantidad total que han de aportar las parroquias integrantes del Arciprestazgo respectivo aumentada en el IPC anual referido al periodo de los 12 meses inmediatamente anteriores al 31 de octubre de cada año. En el caso hipotético de que el IPC fuese negativo no se producirá variación alguna en la cuota concertada. El Ecónomo Diocesano enviará con suficiente antelación a cada Arcipreste la cantidad global que para cada año deberán aportar las parroquias del Arciprestazgo y las cantidades que aportaba cada parroquia.
  5. Una vez fijada la cuota concertada para cada parroquia, el Arcipreste comunicará por escrito al Ecónomo Diocesano la cantidad que corresponde a cada parroquia, y todo ello antes del día 15 de diciembre de cada año. Transcurrida dicha fecha, sin haber remitido la nueva redistribución, se considerará, a todos los efectos, como aprobada y definitiva, la propuesta formulada por la Administración Diocesana.
  6. El abono de la cuota concertada anual será fraccionado en cuatro partes; el ingreso de la cantidad fraccionada se hará trimestralmente antes del último día hábil de los meses de marzo, junio, septiembre y diciembre.
  7. Disposición transitoria: La cuota concertada para el presente año 2009 se fijará según el procedimiento establecido en la presente, en los meses de enero y febrero. La comunicación escrita del Arcipreste al Ecónomo Diocesano deberá hacerse antes del 28 de febrero de este año.

 

Cuotas periódicas de los fieles

 

  1. Un medio reciente de cumplir los fieles con su deber de ayudar a la Iglesia en sus necesidades son las cuotas periódicas, normalmente mediante la domiciliación bancaria. Es tarea de los pastores y responsables en la economía parroquial y diocesana sensibilizar a los fieles de este medio de colaboración con la financiación de la Iglesia. Se recuerda que estas cuotas son donativos, que desgravan fiscalmente mediante certificado expedido por la parroquia o por la administración diocesana.
  2. Las cuotas periódicas de los fieles han de servir a la financiación de la Iglesia diocesana en sus parroquias, entidades y organismos, favoreciendo la intercomunicación de bienes en la Iglesia mediante una justa y equitativa distribución de los mismos.
  3. Las cuotas periódicas que se establezcan a partir de la entrada en vigor del presente decreto se denominarán en nuestra Diócesis siempre “Cuotas para la financiación de la Iglesia Católica”. Podrán hacerse directamente en la Administración diocesana o en las Parroquias.
  4. Las parroquias que gestionen las cuotas periódicas de fieles podrán destinar un 25% de su importe a la misma parroquia; el restante 75% se trasladará a la Iglesia Diocesana.
  5. Los párrocos y los asimilados a ellos en derecho ingresarán trimestralmente en Administración diocesana la parte que corresponda a la Diócesis.
  6. Las cantidades correspondientes a las cuotas periódicas de los fieles que se liquiden a la administración diocesana no podrán ser detraídas en ningún caso de las cuotas concertadas de las Parroquias.
  7. Disposición transitoria: El presente Decreto se aplicará en su integridad a las ‘Cuotas para la financiación de la Iglesia Católica’ o como se hayan denominado, que las parroquias hubiesen conseguido para si mismas, bien tramitadas por ellas, o bien que directamente hubiesen llegado a la Administración Diocesana con la finalidad concreta de ir destinada a alguna Parroquia, desde el día 1 de octubre de 2007 hasta la fecha de entrada en vigor este Decreto.

 

El presente decreto entrará en vigor en el día de su fecha. Comuníquese a todos los interesados y publíquese en el Boletín Oficial del Obispado.

Ruego a todos encarecidamente la aplicación de las disposiciones presentes con el fin de proceder a la financiación de nuestra Iglesia diocesana y a la justa y equitativa intercomunicación de bienes.

Dado en Castellón de la Plana, a siete de enero de dos mil nueve, Festividad de San Raimundo de Peñafort.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Doy fe,

Ignacio del Villar Santaella

Vice-Canciller – Vice-Secretario General

Paz y pobreza

Queridos Diocesanos:

Los cristianos comenzamos el año celebrando la Jornada Mundial por la paz, el día 1 de Enero. Ante la tentación de considerar la paz como una utopía inalcanzable, hay que afirmar que la paz es posible, necesaria y apremiante. En la situación actual se hace más urgente, si cabe, la oración sincera y el compromiso efectivo por la paz. A esto nos llama el Papa Benedicto XVI en su Mensaje para la Jornada de este año, titulado: ‘Combatir la pobreza, construir la paz’.

A nadie se le escapa que la situación de pobreza de poblaciones enteras acaba teniendo repercusiones negativas sobre la paz de todos. “La pobreza –dice el Papa- se encuentra frecuentemente entre los factores que favorecen o agravan los conflictos, incluidas la contiendas armadas. Estas últimas alimentan a su vez trágicas situaciones de penuria”. Como ya dijo Juan Pablo II es una seria amenaza para la paz en el mundo el hecho de que muchas personas, es más, poblaciones enteras vivan hoy en condiciones de extrema pobreza. La desigualdad entre ricos y pobres se ha hecho más evidente, incluso en las naciones más desarrolladas económicamente. Se trata de un problema que se plantea a la conciencia de la humanidad, puesto que las condiciones en que se encuentra un gran número de personas son tales que ofenden su dignidad innata y comprometen, por consiguiente, el auténtico y armónico progreso de la comunidad mundial.

En el mundo global actual aparece con mayor claridad que solamente se construye la paz si se asegura la posibilidad de un crecimiento razonable. La globalización, por sí sola, es incapaz de construir la paz; más aún, genera en muchos casos divisiones y conflictos. La globalización ha de estar orientada hacia una profunda solidaridad, que tienda al bien de todos y de cada uno; si es así se convertirá en una ocasión propicia en la lucha contra la pobreza en el mundo.

Para todo cristiano, la primera acción en favor de la paz es la oración, porque la paz es un don del amor de Dios. Jesús, el Príncipe de la Paz, es quien puede dar la auténtica paz al corazón del hombre y a los pueblos de la tierra. Esta paz es mucho más que la paz externa, social o política, la convivencia pacífica y respetuosa, o la simple ausencia de agresiones o de conflictos. La paz de Cristo es el sosiego interior, que nace de una buena relación con Dios, con uno mismo, con las personas cercanas y lejanas, con los pueblos de la tierra y con la creación misma. Una paz así se nos escapa sin la ayuda de Dios, si no adquirimos los sentimientos que El tuvo.

La paz se construye sobre la verdad, la justicia, el amor y la libertad: son los cuatro pilares sobre los que descansa la paz (Juan XXIII). Hay que promover la verdad, para ser rectos y honrados en el pensamiento y en la acción. A la verdad ha de unirse el compromiso por la justicia que pide el respeto exquisito de la dignidad y derechos inviolables de todos. Pero no se puede construir la paz en el mundo sin amor sincero y compromiso desinteresado. La justicia por sí sola no podría asegurar la paz al mundo. La verdadera paz florece cuando en el corazón se vence el egoísmo y el afán desmedido de lucro, dando paso a la solidaridad y al compromiso efectivo.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón