El sacramento de la misericordia divina

Queridos diocesanos:

En la Cuaresma, la Iglesia nos exhorta a la conversión de corazón con las mismas palabras de Jesús: “Conviértete y cree en el evangelio” (Mc 1,15), para poder celebrar de verdad el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. El misterio de la redención de Cristo nos muestra que el amor de Dios es más fuerte que nuestro pecado. Y es en el sacramento de la reconciliación donde experimentamos de un modo muy personal el amor misericordioso de Dios.

Es frecuente encontrar en no pocos católicos, una mentalidad un tanto superficial y, a veces, deformada del sacramento de la Penitencia. Sin llegar al escepticismo o a un abierto rechazo, se dan formas de rutina o de indiferencia. Hay quien no acude a este sacramento por respeto humano o por pereza; incluso hay quien lo abandona por mucho tiempo. Estas manifestaciones se deben sobre todo a la pérdida del verdadero sentido del pecado y a la falta de experiencia personal del amor misericordioso de Dios.

El pecado no es sólo la trasgresión de un precepto divino. Pecar es fallar al amor de Dios. El pecado consiste en el rechazo del amor de Dios. El pecado de nuestros primeros padres nació cuando empezaron a sospechar del amor de Dios. Es entonces, cuando el Creador, garante de su felicidad, comenzó a ser su principal amenaza (cf. Gn 3,1-10). Todo pecado es, en el fondo, un acto de desconfianza hacia la bondad de Dios y de desobediencia a su ley. En nuestros pecados descubrimos siempre la voluntad de preferirnos a nosotros mismos en lugar de Dios, de construir nuestra vida sin Dios o al margen de Él, de anteponer nuestros intereses personales a su voluntad; o de ver y juzgar las cosas según nuestros criterios egoístas, pero no según Dios.

Al contrario de lo que a veces se piensa, la ley de Dios no es una limitación de la libertad humana, sino una ayuda que la protege y la hace posible, pues sólo quien camina en la verdad es plenamente libre. Cada norma del decálogo es siempre expresión concreta de la voluntad de Dios que, como buen Padre, busca lo mejor para sus hijos; cada una es una llamada de Dios a seguirle, delimita el camino de la felicidad y la realización del propio destino eterno. La vida moral del cristiano no es la sumisión ciega a un conjunto de leyes, sino la adhesión de la propia voluntad al querer de Dios, como respuesta personal de amor a Él.

Recuperemos a Dios en nuestra existencia. Contemplemos el rostro amoroso de Dios en Cristo y dejémonos cautivar por la belleza irresistible de su amor y de su misericordia. Cristo es el Buen Samaritano que se agacha para levantarnos de nuestro pecado, que limpia y venda nuestras heridas. Cristo espera nuestro regreso a casa: Él no nos condena, nos mira con amor y sigue confiando en cada uno de nosotros. Nos cuesta pensar que Dios pueda amarnos sin límites y para siempre, que su perdón nos llegue puro y fresco. Él perdona todo y para siempre. Así es Dios. Sólo quien experimenta personalmente este amor y misericordia de Dios es capaz de vivir en permanente paz, de levantarse siempre sin desalentarse, de tratar a los demás con el mismo amor con el que Dios le ha tratado.

No nos engañemos, sólo quien vive reconciliado con Dios puede reconciliarse también consigo mismo y con los demás. Y para el cristiano el sacramento del perdón “es el camino ordinario para obtener el perdón y la remisión de sus pecados graves cometidos después del Bautismo”.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Festividad de los Seminarios Diocesanos ‘Mater Dei’ y ‘Redemptoris Mater’

Castellón, Iglesia del Seminario diocesano “Mater Dei”, 25 de marzo de 2009

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor.

 

Saludo de todo corazón a mi hermano en el Episcopado, Mons. Enrique Benavent, Obispo auxiliar de Valencia, y a los Sres. Rectores, Formadores, Profesores y Seminaristas en el día de la fiesta de nuestros seminarios. Queridos sacerdotes y diáconos.

En la solemnidad de la Anunciación nuestros ojos se dirigen a Nazaret, donde hace dos mil años se realiza el gran misterio, que hoy celebramos. El evangelista san Lucas sitúa claramente el acontecimiento en el tiempo y en el espacio: “A los seis meses, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José; (…) la virgen se llamaba María” (Lc 1, 26-27). Para comprender lo que sucedió en Nazaret hace dos mil años, debemos volver a la lectura tomada de la carta a los Hebreos. Este texto nos permite escuchar una conversación entre el Padre y el Hijo sobre el designio de Dios desde toda la eternidad: “Tú no has querido sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo. No has aceptado holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije:  (…) ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’ “ (Hb 10, 5-7). La carta a los Hebreos nos dice que, obedeciendo a la voluntad del Padre, el Verbo eterno viene a nosotros para ofrecer el sacrificio que supera todos los sacrificios ofrecidos en la antigua Alianza. Su sacrificio eterno y perfecto redime el mundo.

El plan divino se reveló gradualmente en el Antiguo Testamento, de manera especial en las palabras del profeta Isaías, que acabamos de escuchar: “El Señor, por su cuenta, os dará una señal. Mirad: la virgen está encinta y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel” (Is 7, 14). Emmanuel significa ‘Dios-con-nosotros’. Con estas palabras se anuncia el acontecimiento único que iba a tener lugar en Nazaret en la plenitud de los tiempos: es el acontecimiento que estamos celebrando aquí con alegría y felicidad intensas.

La Anunciación es un acontecimiento humilde y escondido; pero es al mismo tiempo un acontecimiento decisivo para la historia de la humanidad. Cuando la Virgen pronunció su ‘sí’ al anuncio del ángel, Jesús fue concebido y con Él comenzó la nueva era de la historia, que más tarde será sancionada en la Pascua como ‘nueva y eterna Alianza’.

El ‘sí’ de María es el reflejo perfecto del ‘sí’ de Cristo, cuando entró en el mundo: “¡He aquí que vengo a hacer, oh Dios, tu voluntad!” (Heb 10, 7). La obediencia del Hijo se refleja en la obediencia de la Madre y de este modo, gracias al encuentro de estos dos ‘síes’, Dios ha podido asumir un rostro de hombre. Por este motivo la Anunciación es una fiesta cristológica, pues celebra un misterio central de Cristo: su Encarnación. Y es también una fiesta mariana, en que celebramos la disponibilidad de María para ser la Madre de Dios: ella es en verdad, la ‘theotocos’, la Mater Dei.

El amor de Dios por la humanidad, la disponibilidad en obediencia a la llamada de amor del Padre por parte del Hijo y de María y su entrega a la misión que les es confiada en favor de la humanidad son el contenido de la Palabra de Dios que hemos proclamado en la liturgia de hoy.

El amor de Dios, la disponibilidad y la entrega son también las claves para nuestra Iglesia, y lo son para entender y vivir nuestra vocación y el don del orden sacerdotal, que hemos recibido

 “¡He aquí que vengo a hacer, oh Dios, tu voluntad!” (Heb 10, 7): es la respuesta del Hijo a la misión del Padre.“Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). Esta es la respuesta de María a la elección gratuita y amorosa de Dios. Ambas respuestas se continúan en la Iglesia, llamada a hacer presente a Cristo en la historia, ofreciendo su propia disponibilidad para que Dios siga visitando a la humanidad con su misericordia. El ‘sí’ de Jesús y de María se han de renovar en el ‘sí’ de nuestra Iglesia diocesana a la misión recibida de su Señor; nuestra Iglesia no se debe así misma sino a su Señor.

En la encarnación del Hijo de Dios reconocemos los comienzos de la Iglesia. De allí proviene todo. Cada realización histórica de la Iglesia, también de nuestra Iglesia diocesana y de cada una de sus instituciones deben remontarse a aquel Manantial originario. Deben remontarse a Cristo, Verbo de Dios encarnado. Es él a quien siempre celebramos: el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, por medio del cual se ha cumplido la voluntad salvífica de Dios Padre. Y, sin embargo (precisamente hoy contemplamos este aspecto del Misterio) el Manantial divino fluye por un canal privilegiado: la Virgen María. Por ello, al celebrar la encarnación del Hijo no podemos por menos de honrar a la Madre. A ella se dirigió el anuncio angélico; ella lo acogió y, cuando desde lo más hondo del corazón respondió: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38): en ese momento el Verbo eterno comenzó a existir como ser humano en el tiempo.

El icono de la Anunciación, mejor que cualquier otro, nos permite percibir con claridad cómo todo en la Iglesia se remonta a ese misterio de acogida del Verbo divino, donde, por obra del Espíritu Santo, se selló de modo perfecto la alianza entre Dios y la humanidad. Todo en la Iglesia, toda institución y ministerio, está ‘puesto’ bajo el manto de la Virgen, en el espacio lleno de gracia de su ‘sí’ a la voluntad de Dios. Entre María y la Iglesia existe un vínculo connatural, que el concilio Vaticano II subrayó al tratar sobre la santísima Virgen como conclusión de la constitución Lumen Gentium sobre la Iglesia.

He aquí la imagen y el modelo de la Iglesia. Toda comunidad eclesial, como la Madre de Cristo, está llamada a acoger con plena disponibilidad el misterio de Dios que viene a habitar en ella y la impulsa por las sendas del amor. Es una llamada a edificar nuestra Iglesia en la caridad, como “comunidad de amor”, que irradie en el mundo el amor de Cristo, para alabanza y gloria de la santísima Trinidad.

3. El ‘sí’ de Jesús y de María se ha de reflejar también en cada uno de nosotros -Obispo, sacerdotes y seminaristas-, acogiendo y viviendo en obediente disponibilidad el don amoroso de Dios recibido en el sacramento del orden o respondiendo con la misma actitud a la llamada del Señor a su seguimiento como ministros ordenados.

“Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1, 28). Esta invitación a la alegría del ángel a María al anunciarle que ha sido agraciada y escogida por Dios para ser la Madre de su Hijo, se repite hoy al celebrar la fiesta del Seminario.

Queridos seminaristas: Él Señor os ha llamado y elegido por puro amor para ser sus presbíteros en esta Iglesia de Dios, que peregrina en Segorbe-Castellón. Vuestra alegría es nuestra alegría, la de nuestro presbiterio, la de nuestra Iglesia diocesana.

Vuestra vocación es un signo de la benevolencia divina hacia vosotros, pero sobre todo hacia nuestra Iglesia. Ante la escasez de vocaciones en nuestra propia Iglesia, puede que a veces nos ocurra como al rey Acaz, que ya no confiaba en la presencia providente de Dios en medio de su pueblo (cf Is 7,10-14; 8, 10). Este joven rey de Jerusalén, débil, mundano y sin hijos, veía peligrar su trono a causa de la presencia de ejércitos enemigos y buscó alianzas humanas. Isaías le propone pedir Dios ‘una señal’, que Acaz de modo hipócrita rechazará, porque ya no se fiaba de Dios. Pese al rechazo, Dios le dará la señal de una virgen encinta que dará a luz al Enmanuel, al Dios con nosotros (cfr. Is 8,10). Fiados en el amor permanente y fiel de Dios hacia su pueblo, oremos por las vocaciones sacerdotales en nuestra Diócesis.

Bajo la protección de Maria, la Mater Dei, ponemos una vez más a nuestra Iglesia diocesana, a los sacerdotes y a nuestros seminaristas. A su intercesión encomendamos el don de nuevas vocaciones: que ella ilumine y guíe los niños, adolescentes y jóvenes en su disponibilidad a responder con generosidad a la llamada al sacerdocio ordenado. Y en la Jornada por vida pedimos para que toda vida humana sea acogida y protegida desde su concepción hasta su ocaso natural. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

El derecho a la vida

Queridos diocesanos

Por desgracia una vez más tenemos que volver a hablar del aborto, que con palabras durísimas del Concilio Vaticano II es un “crimen abominable”. No conocemos aún el anteproyecto de ley del Gobierno; pero si conocemos su determinación y la de los partidos que le apoyan, secundados por los medios de comunicación afines, a ampliar la despenalización del aborto, e incluso su voluntad de eliminarlo como delito del Código penal. La propaganda se ha puesto en marcha con todos los medios a su mano. Se camufla el lenguaje para minar las conciencias y hacerlo socialmente aceptable: se habla de ‘interrupción voluntaria del embarazo’, para ocultar que en realidad se trata de eliminar a un ser humano. Se habla incluso de un inventado ‘derecho de la mujer al aborto’, al que se pone por encima del derecho fundamental y básico a la vida de todo ser humano, desde su concepción hasta su muerte natural: es la ley del más fuerte ante el ser humano indefenso e inocente.

Por más que se diga otra cosa o se nos descalifique, una vez más, tenemos que afirmar que el aborto provocado es en sí mismo una acción gravemente inmoral. Aunque la ley lo permita, aunque una mayoría parlamentaria decida lo contrario, abortar es moralmente ilícito, pues supone siempre la eliminación de una vida humana y la destrucción del propio hijo: el aborto es eliminar violentamente una vida humana, inocente e indefensa.

Cuando acabamos de celebrar el 60º Aniversario de la Declaración de los Derechos Humanos, hay que recordar que el derecho a la vida es el más fundamental de todos los derechos humanos. Es una ironía hablar de la dignidad del hombre, de sus derechos fundamentales, si no se protege a un inocente o se llega incluso a facilitar los medios o servicios, privados o públicos, para destruir vidas humanas indefensas. Los derechos humanos están por encima de la política y de los Estados. Ningún Estado está legitimado para suprimirlos, sino que está obligado a reconocerlos y garantizarlos con leyes justas.

Ninguna minoría ni mayoría política puede cambiar ni vaciar de contenido los derechos de quienes son más vulnerables en nuestra sociedad o los derechos inherentes a toda persona humana. Al contrario: La protección jurídica de los derechos fundamentales debe ser una prioridad para todo Estado; es una exigencia de la justicia, la razón de ser, origen, medida y fin de toda política. Como nos ha recordado Benedicto XVI no puede existir un orden social o estatal justo si no respeta la justicia, y la justicia sólo puede alcanzarse con un previo respeto a los derechos humanos y a la dignidad natural de todo ser humano, con independencia de la fase de la vida en que se encuentre.

El respeto a la vida de un ser humano inocente ha de ser norma de comportamiento privado o público para todos los hombres y mujeres que quieran vivir éticamente, para construir una sociedad justa y favorecer el progreso de la humanidad. “Nunca se puede legitimar la muerte de un inocente. Se minaría el mismo fundamento de la sociedad”. (Juan Pablo II).

En bien de toda vida humana, en bien de nuestra misma sociedad, unámonos todos al “Año de oración por la Vida” de la Conferencia Episcopal y favorezcamos con todos los medios a nuestro alcance la cultura de la vida.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Sacerdotes, por gracia de Dios

Queridos diocesanos:

En el Día del Seminario, el día 19 de marzo, festividad de San José, nuestros Seminarios están en el primer plano de nuestra atención. El Seminario es el corazón de nuestra Iglesia diocesana. Como ocurre en el cuerpo humano con el corazón, también la salud de nuestros Seminarios por su número y calidad son un termómetro del estado de salud cristiana de nuestras comunidades y de nuestras familias. De nuestros seminarios depende en gran medida el futuro de la fe y la vida cristiana de los cristianos, de las familias y de las comunidades cristianas; en ellos se forman nuestros futuros sacerdotes, los futuros pastores de nuestras comunidades. Sin sacerdotes, sin ministerio ordenado, no hay Eucaristía, no hay Iglesia, ni tampoco servidores del resto de los cristianos, de las vocaciones y de los carismas.

Todos los diocesanos deberíamos sentir nuestros Seminarios como algo muy nuestro, conocerlos, quererlos, acercarnos a ellos, y apoyarlos en todos los sentidos, también económicamente. Nuestros sacerdotes gozan en general de alta estima en las comunidades cristianas. Rara es la comunidad parroquial que no muestra estar contenta con su sacerdote o que no pide más sacerdotes. Sabemos, no obstante, que el renuevo se hace cada día más difícil por la enorme escasez o sequía de vocaciones sacerdotales.

Esta situación nos llama a la implicación activa y gozosa de todos en la pastoral vocacional: el Obispo y los sacerdotes, en primer lugar; pero también los cristianos y las familias,  los catequistas y los profesores de religión, las comunidades parroquiales y eclesiales en general deberíamos comprometernos activamente con las vocaciones al sacerdocio ordenado.

Ante todo quiero resaltar la necesidad de una oración personal y comunitaria más intensa a Dios, ‘el Dueño de la mies, para que envíe obreros a su mies’. Sabemos que toda vocación es una gracia de Dios: un gran don de Dios para su Iglesia, para el que recibe la llamada, para su familia y para la humanidad; un don que hemos de saber pedir con humildad pero con insistencia. Nuestra oración por las vocaciones sacerdotales se hace más intensa estos días en torno al Día del Seminario; pero es algo que no puede faltar a lo largo del año en nuestra oración personal, familiar y comunitaria.

Nuestra oración al Dueño de la mies debe ir acompañada de obras. Entre todos hemos de crear un clima vocacional en el que pueda ser escuchada, acogida y respondida la llamada de Dios al sacerdocio ordenado. Necesitamos crecer en sensibilidad hacia la vocación sacerdotal como una posibilidad concreta, a la que Dios llama o puede llamar hoy a nuestros niños, adolescentes y jóvenes. El lema de este año, en que celebramos el Año Paulino, no puede ser más directo: “Apóstol por gracia de Dios”. No se puede ser más claro a la hora de decir a alguien que Dios lo puede agraciar. Ser cura por gracia de Dios para ser apóstol de Cristo para todos es algo realmente hermoso.

Quien se abre al amor de Dios no se encierra en sí mismo, sino que se deja llenar por Él como Pablo. Desde esta certeza oremos y ayudemos a que la vocación al sacerdocio sea descubierta y acogida con generosidad por niños, adolescentes y jóvenes, y por sus familias. No obstaculicemos la acción de Dios entre nosotros.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Ayuno cuaresmal y crisis económica

Queridos diocesanos:

Durante el tiempo de la Cuaresma, la Iglesia nos invita a la práctica del ayuno, de la oración y de la limosna. Los tres están interrelacionados y son siempre consecuencia y fruto de la conversión a Dios, a que nos llama Jesús en el itinerario cuaresmal hacia la Pascua. Sabremos que hemos entrado de verdad en el camino de vuelta al amor paterno de Dios si le abrimos nuestro corazón en la oración y la escucha de su Palabra, apoyados en el ayuno, y si nuestra oración y nuestro ayuno se muestran en obras de caridad al prójimo y, en especial, al necesitado.

El Papa Benedicto XVI ha dedicado su Mensaje para la Cuaresma de este año al sentido y valor del ayuno. La reflexión del Papa es de suma actualidad para profundizar en el verdadero espíritu del ayuno y para recuperarlo como práctica cuaresmal. Sorprende observar cómo los mismos cristianos valoramos esta práctica penitencial en otras religiones, y, sin embargo, la miramos con indiferencia o menosprecio cuando nos la propone la Iglesia.

El mensaje del Papa es también muy actual en estos momentos de profunda crisis económica. A nadie se le debería ocultar a estas alturas que la crisis financiera y económica mundial desvela, entre otras cosas, una profunda crisis espiritual y moral en nuestra sociedad. Ahí están el afán de lucro desmesurado, que ha sido incluso alentado; los casos de fraudes escandalosos en el mundo de las finanzas, basados en la mentira; o el deseo de muchos de construir la propia vida exclusivamente en la posesión de bienes materiales e incluso en el aparentar mucho más allá de las posibilidades reales; o el también individualismo insolidario tan presente y jaleado en nuestra sociedad. Una vez más se comprueba que cuando Dios desaparece del horizonte de los hombres, comienza el ocaso del ser humano.

¿Qué sentido tiene, pues, el ayuno para los cristianos? Además de seguir el ejemplo de Jesús antes del inicio de su misión, el ayuno, es decir el privarnos de aquello que en sí mismo sería bueno y útil para nuestro sustento, el ayuno nos recuerda que “no sólo de pan –es decir, de comida y de bienes materiales- vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4). El verdadero ayuno no es sin más privarse de algo para cumplir una norma; el verdadero ayuno es aquel que nos lleva al alimento verdadero, a la Palabra de Dios, para amarle y hacer de su voluntad el alimento de nuestra existencia. El ayuno provoca en el creyente el hambre de Dios y de su Palabra, le lleva a la oración y al deseo de abrirse a Dios y a su amor, de someterse humildemente a Él confiando en su bondad y misericordia. De esta manera, el ayuno frena el pecado y abre en el corazón del creyente el camino hacia Dios para a amarle de todo corazón.

De otro lado, el amor a Dios es inseparable del amor a los hermanos. Por eso, el ayuno verdadero nos lleva necesariamente a tomar conciencia de la situación precaria en que viven muchos de nuestros prójimos y a cultivar el espíritu del Buen Samaritano, que socorre al hermano que sufre. A causa de la crisis económica son ya muchas las personas y las familias que pasan hambre y necesidad; y su número irá creciendo en los próximos meses. Nuestro ayuno y nuestra conversión serán verdaderos si destinamos nuestras privaciones voluntarias en esta Cuaresma a evitar el ayuno obligado de otros muchos. Os invito a que redoblemos nuestra generosidad en la campaña extraordinaria de Cáritas Diocesana a favor de las víctimas de la crisis económica.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Decreto sobre las exequias cristianas

Escudo_episcCASIMIRO LÓPEZ LLORENTE
POR LA GRACIA DE DIOS DE LA SANTA SEDE APOSTÓLICA,
OBISPO DE SEGORBE-CASTELLÓN

La celebración de las exequias de un fiel cristiano no es un asunto particular de los familiares y allegados del difunto, ni un mero acontecimiento social, sino de toda la comunidad cristiana con un marcado carácter pascual, en que expresa y celebra la fe y la esperanza en la resurrección. Las exequias son una celebración litúrgica de la Iglesia, y como tal han de ser cuidadas pastoralmente y celebradas conforme a las normas litúrgicas y canónicas de la Iglesia. Leer más

“Convertíos y creed en el Evangelio”

Queridos diocesanos:

La llamada apremiante de Jesús a la conversión no ha dejado de sonar desde aquel primer discurso suyo hasta nuestros días. “Convertíos y creed en el Evangelio”: así comienza Jesús su predicación según el evangelista San Marcos. Una llamada, que nos recuerda la Iglesia en especial en este tiempo de Cuaresma, en que nos preparamos para la celebración de la Pascua, el misterio central de la fe cristiana.

Puede que esta llamada a la conversión en la Cuaresma nos resulte tan conocida que la escuchemos con indiferencia. Puede que nos hayamos instalado de tal modo en un estilo de vida, muy acomodado a lo que se lleva pero alejado de Dios, de Jesucristo y de su Evangelio, que ya no sintamos ni tan siquiera necesidad de Dios ni de conversión. Con frecuencia nos quejamos de la dificultad de vivir y de transmitir la fe cristiana en un ambiente social y cultural adverso al cristianismo y ante determinadas políticas laicistas y anticristianas. Esta queja, sin embargo, suena muchas veces a excusa. Porque el enfriamiento y alejamiento de la fe y vida cristianas de muchos no son consecuencia de determinadas políticas o de corrientes sociales o culturales.

Es cierto que este ambiente favorece la incredulidad, el abandono de la fe y de la práctica cristiana. Pero entre sus causas más profundas está la falta de una fe personal y viva en Cristo Jesús, de modo que Él sea de verdad el centro de la vida de los cristianos.

En este tiempo de Cuaresma, los cristianos hemos de hacer un alto en el camino y reflexionar sobre el estado de nuestra fe y vida cristiana. La invitación a la conversión a Dios en Jesucristo y a creer en el Evangelio es una llamada y un proceso permanente en la vida de todo cristiano, que en la Cuaresma se hace más apremiante e incisiva.

La conversión exige una transformación de la mente y del corazón, un cambio radical en el modo de pensar y de sentir, de ser y de vivir. Necesitamos unos ojos nuevos para ver con los ojos de Cristo, una mente nueva para pensar como El y un corazón nuevo para sentir como El. Necesitamos renovarnos interiormente despojándonos del ‘hombre viejo’ para revestirnos del “hombre nuevo creado a imagen de Dios para llevar una vida santa” (Ef 4, 22-24). La inclinación al dominio, al tener y a la autosuficiencia nos lleva a construir nuestro propio reino de espaldas a Dios, a instalarnos en él marginando a Dios y a su Reino de nuestra vida.

Convertirse significa abandonar la propia suficiencia y la falsa seguridad en sí mismo y en los propios caminos en la búsqueda de libertad y de felicidad para retornar a Dios, a Jesucristo y a su Evangelio. O mejor: convertirse es dejarse encontrar por Dios en Cristo, dejarse abrazar por El, dejarse perdonar los pecados y reconciliar por Dios en su Iglesia, cambiar de orientación en la propia existencia y buscar el apoyo en Dios. La conversión del hijo pródigo consiste en ponerse en camino y regresar al hogar paterno y a los brazos abiertos de su padre. Esta es la buena noticia: Dios nos ama, nos espera: en su Hijo se acerca como Salvador. Si nos abrimos a Dios, si le dejamos entrar en vuestra vida, entonces todo cambiará en nosotros: la tristeza en alegría, la desesperanza en fe, el miedo en fortaleza, la esclavitud en libertad, el egoísmo en amor.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón