La formación religiosa escolar

Queridos diocesanos:

En breve se abrirá el periodo de inscripción en los colegios para el próximo curso escolar. Es el momento para que los padres inscriban también a sus hijos para la asignatura de Religión y Moral católica. Al hacerlo ejercen sus derechos a la libertad religiosa y su derecho fundamental a que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones. Así está reconocido por la Constitución española (Art, 27, 3).

Cierto que los padres no tienen fácil ejercer este derecho que les asiste. La misma legislación va poniendo trabas a la clase de religión al no equipararla al resto de las asignaturas fundamentales como está acordado con la Santa Sede y es ley para todo el Estado. Hay que denunciar además la discriminación de los alumnos que cursan esta asignatura cuando no existe una verdadera alternativa a la clase de religión para el resto de los alumnos; una discriminación que aumenta cuando la clase de Religión se pone al comienzo o al final del horario escolar. Según me indican los mismos padres y alumnos, en algún colegio estatal se intenta disuadir a los padres que piden religión para sus hijos y existen profesores que se mofan de ellos porque cursan esta asignatura.

Ante esta situación antidemocrática, sacerdotes, profesores de religión y profesores cristianos, catequistas hemos de ayudar a los padres católicos para que valoren la clase de religión y no se dejen amedrentar por los intentos de que sus hijos no reciban formación religiosa en la escuela o por la facilidad de tener una asignatura menos. Los padres son los primeros responsables de la educación de sus hijos, incluida la educación religiosa. Hemos de trabajar para que puedan ejercer esta responsabilidad, también en la escuela, sin limitaciones y sin coacciones de distinto tipo.

Los padres, que eligen la enseñanza religiosa católica para sus hijos, ejercen un derecho y cumplen además con su deber de educarles en la fe cristiana. Al bautizar a sus hijos, los padres se comprometen a educarles en la fe cristiana, por sí mismos o por medio de otros. Esta tarea se realiza por diversos cauces, entre los que destacan la familia, la parroquia y la escuela; todos ellos tienen objetivos y medios diferentes. Y todas son necesarias.

La formación religiosa no es un añadido artificial a la formación humana, cultural y técnica. La enseñanza religiosa ayuda a conocer y comprender la propia cultura y es fundamental para la formación integral, ya que es fuente de valores y referente que da sentido a sus vidas. Al proyectar su luz sobre todas las áreas del pensamiento da unidad a todo el desarrollo y maduración de la persona desde la libre adhesión a la Palabra de Dios. Además promueve el diálogo con la cultura y la convivencia fundada en el reconocimiento de los derechos y deberes de la persona, en el respeto a las convicciones morales y religiosas del prójimo y en el servicio a la causa de la justicia.

Padres: inscribid a vuestros hijos para la clase de Religión. Y ayudadles a valorar esta enseñanza como imprescindible en su progreso personal, intelectual, cultural y social.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

125 Aniversario de la Adoración Nocturna Española en Castellón

VIGILIA DE APERTURA DEL 125 ANIVERSARIO DE LA SECCIÓN DE A.N.E. DE CASTELLÓN

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Iglesia de la Sagrada Familia, Castellón 25 de abril de 2009

 

Sed bienvenidos, queridos hermanos, venidos de cerca y de lejos a esta Vigilia Eucarística, para conmemorar el 125º Aniversario de la fundación de la Sección de A.N.E. de Castellón. El Señor Resucitado sale a nuestro encuentro y nos reúne en esta Vigilia en torno a la mesa de su Palabra y de su Eucaristía; Él mismo nos hermana a todos y nos une en un mismo ideal: el de la Adoración Nocturna a Cristo Sacramentado.

Hoy queremos alabar, dar gloria y gracias a Cristo Jesús por el don de la Eucaristía, memorial de su pasión, muerte y resurrección, alimento sacramental de su Iglesia, sacramento de su presencia real y permanente entre nosotros. A Dios damos gracias por estos 125 años de vida y andadura de la A.N.E.-Castellón, desde aquella primera Vigilia celebrada el 5 de abril de 1884, en la Iglesia de San Miguel, presidida por el vicario, D. Manuel Eixarde; gracias damos a Dios por su fundador diocesano, el Beato Domingo Sol, y por tantos y tantos hermanos adoradores que a lo largo de estos años y hoy, hicieron y hacen de la adoración nocturna a Cristo Sacramentado el lema de su vida.

El Evangelio de este tercer Domingo de Pascua vuelve a situarnos en el Cenáculo, donde Jesús instituyó la Eucaristía. Allí los discípulos de Meaux, cuentan a los Once y al resto de los discípulos “lo que les había pasado por el camino y como había reconocido a Jesús al partir el pan” (Lc 24, 35). Como entonces también hoy, la reunión dominical, la Eucaristía, es el momento privilegiado para encontrarnos con el Señor resucitado, para reconocerlo al partir el pan. Esta Vigilia nos invita a entrar de nuevo en el corazón del misterio de la Eucaristía: Jesús resucitado se hace sacramental, pero realmente presente entre nosotros y nos dice ‘paz a vosotros’.

Sí, hermanos, Jesús ha resucitado verdaderamente, se hace y está presente realmente en la Eucaristía. Es éste un misterio que nos puede soprender y quizá hacer pensar que es una imaginación, una invención, un fantasma. Pero no: desde aquella última Cena en el Cenáculo sabemos que las palabras mismas de Cristo pronunciadas por aquellos a quienes Él encargó producen ese intercambio maravilloso que hacen que el pan sea su Cuerpo entregado por nosotros y que el vino sea su sangre derramada para el perdón de los pecados. En verdad: la Eucaristía es un misterio que hemos de creer, celebrar, adorar y vivir, como nos ha recordado Benedicto XVI (Exh. Postsinodal Sacramentum Charitatis).

La Eucaristía es el bien más precioso que tenemos los cristianos. Es el don que Jesús hace de sí mismo, el sacramento en que el Señor resucitado sale a nuestro encuentro y nos revela el amor infinito de Dios por cada hombre. Por esto, la Eucaristía es la fuente del amor y de esperanza para toda la humanidad y, de manera muy especial, para los más pobres y necesitados.

Sí, hermanos. Nos urge avivar nuestra fe en la Eucaristía, en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, y, en él, nuestra fe en Dios, Uno y Trino, el Dios que es amor. Nos urge apreciar y amar la Eucaristía y hacer ella el centro de nuestra existencia personal, familiar y eclesial: de cada comunidad parroquial y de nuestra misma Iglesia Diocesana. “En la Eucaristía, Jesús no da ‘algo’, sino a sí mismo; ofrece su cuerpo y derrama su sangre. Entrega así toda su vida, manifestando la fuente originaria de este amor divino. Él es el Hijo eterno que el Padre ha entregado por nosotros” (Benedicto XVI, 7).

Jesús es el Pan de vida, que el Padre eterno nos da a los hombres. En la Eucaristía nos llega toda la vida divina y se comparte con nosotros en la forma del Sacramento. En el don eucarístico, Jesucristo nos comunica la misma vida divina. Se trata de un don absolutamente gratuito, que se debe sólo a las promesas de Dios, cumplidas más allá de toda medida.

Si creemos de verdad en la Eucaristía, esta fe nos llevará a su celebración frecuente, a una participación activa, plena y fructuosa, para lo que debemos estar debidamente dispuestos. La Eucaristía es principio de vida para el cristiano. ¡Cuánto necesitamos los cristianos de hoy valorar el don maravilloso de la Eucaristía y recuperar la participación en la Eucaristía dominical! ¡Cómo lo entendieron aquellos cristianos de Bitinia, que, pese a la prohibición de reunirse para la Eucaristía bajo pena de muerte, fueron sorprendidos por los emisarios del emperador. “Sine Eucharistia esse non posssumus”, contestaron. Sí: Sin Eucaristía no podemos existir. “La vida de fe peligra cuando ya no se siente el deseo de participar en la Celebración eucarística, en que se hace memoria de la victoria pascual” (Benedicto XVI, 73).

Pero la Eucaristía no es sólo un misterio que hemos de creer y celebrar, sino que es un misterio que hemos de adorar y vivir. “El que come vivirá por mí” (Jn 6,57). La Eucaristía contiene en sí una fuerza tal que hace de ella principio de vida nueva en nosotros y forma de la existencia cristiana. El alimento eucarístico nos transforma; gracias a él acabamos por ser cambiados misteriosamente. Cristo nos alimenta uniéndonos a él; el Señor nos atrae hacia sí.

Por ello, la Eucaristía ha de ir transformando toda nuestra vida en culto espiritual agradable a Dios. El nuevo culto cristiano abarca, transfigurándola, todos los aspectos de la vida, privada y pública, “Cuando comáis o bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios” (1 Cor 10, 31). El cristiano está llamado a expresar en cada acto de su vida el verdadero culto a Dios. La vida cristiana se convierte en una existencia eucarística, ofrecida a Dios y entregada a los hermanos.

Al celebrar la Eucaristía y adorar a Cristo presente en ella se aviva en nosotros el amor y también la esperanza. Donde el ser humano experimenta el amor se abren puertas y caminos de esperanza. No es la ciencia, sino el amor lo que redime al hombre, nos ha recordado el Papa Benedicto XVI. Y porque el amor es lo que salva, salva tanto más cuanto más grande y fuerte es. No basta el amor frágil que nosotros podemos ofrecer. El hombre, todo hombre, necesita un amor absoluto e incondicionado para encontrar sentido a la vida y vivirla con esperanza. Y este amor es el amor de Dios, que se ha manifestado y se nos ofrece en Cristo y que tiene su máxima expresión sacramental en la Eucaristía.

Si se cree, se adora y se vive la Eucaristía como el gran sacramento del amor, esto se traduce necesariamente en gestos de amor y en obras de caridad que se convierten en signos de esperanza. Porque quien adora la Eucaristía conoce de verdad a Dios, y quien lo conoce guarda sus mandamientos. Y el mandamiento principal de los cristianos es el amor a Dios y al prójimo, indisolublemente unidos. Amor y caridad en la vida personal hacia todos, especialmente hacia los más necesitados, de acogida de los emigrantes y sus familias, de compromiso por la dignidad de toda persona humana desde su concepción hasta su muerte natural; amor entre los esposos y hacia los hijos, que se convierte en compromiso con la transmisión de la fe y una educación integral que no margine a Dios; amor comprometido en la sociedad y en nuestra ciudad a favor del bien común, de la justicia y de la paz.

La Eucaristía es la manifestación más grande del amor de Dios a su pueblo. Si el amor se manifiesta con la cercanía, la Eucaristía, presencia real de Cristo, el Emmanuel, el “Dios con nosotros”, nos lo está gritando. Los amores humanos son efímeros, acaban con el tiempo; sólo el de Dios permanece. Todos nos abandonarán, sólo Dios, en la Eucaristía, permanecerá junto a nosotros por los siglos. Por eso la Eucaristía debe ser lugar de encuentro, lugar donde el amor de Dios y nuestro amor se entrecruzan.

A Cristo, muerto y resucitado, presente en la Eucaristía, le mostramos nuestro amor en nuestra adoración. Ahí le contemplamos ‘tal cual es’, le alabamos, le damos gracias y dialogamos con él: escuchamos su cálida voz, nos dejamos interpelar por El y le hablamos como al Amigo, que no defrauda. La mayoría de los presentes habéis adquirido libremente el compromiso de pasar unas horas, durante una noche al mes, junto a Cristo Eucaristía. Comprendo que a veces se os haga costoso, porque hay que robar unas horas al sueño, hay que dejar a la familia y a los hijos, hay que dejar diversiones. Pero ¿no es más valioso el encuentro con El, el Amigo? Os animo a no bajar el listón porque “amor con amor se paga”. El amor de Dios desea ser correspondido con el nuestro. Dejad que El os hable, que El se os muestre, atended su Palabra, acoged sus caminos.

Os habéis comprometido a adorar al Señor por la noche, cuanto tantos aprovechan la oscuridad para alejarse de Dios, como si Dios estuviese sólo a la otra parte del velo de las tinieblas. Con la humildad del publicano del Evangelio y desechando la soberbia y jactancia del fariseo, reconociéndoos limitados y pecadores, orad por todos, que es el mejor vínculo de caridad que podéis establecer con los hombres.

Sed ante el Señor-Eucaristía la voz de los enfermos, de los encarcelados, de los agonizantes, de los que caen y no hacen nada por levantarse, de las familias destrozadas, de los marginados, de los jóvenes desorientados, de los consagrados que han perdido “el amor primero”.

Cada vez que participamos en la Eucaristía somos invitados a comer el Cuerpo de Cristo y a beber su Sangre, que son para nosotros ‘alimento del pueblo peregrino’, el pan que sostiene a cuantos peregrinamos en este mundo. El mismo Cristo lo anunció así: “Si no coméis mi sangre y no bebéis mi sangre no tenéis vida en Vosotros; el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna” (Jn 6, 54-55).

La adoración de Cristo Sacramentado debe conducir siempre a la comunión sacramental o, al menos, espiritual. Si Cristo, a través de la comunión, es el que vive en nosotros, démonos cuenta de las consecuencias que ello conlleva. Cristo en nosotros es el que debe seguir actuando. Como Él tendremos que hacer la voluntad de Dios, dar la vida por los demás, perdonar, acercarnos a los alejados, hacer el bien a manos llenas.

Adorar la Eucaristía, identificarnos con Cristo por la comunión, dejar que Cristo Eucaristía viva en nosotros nos acarreará, por fuerza, sinsabores, burlas, sonrisas despectivas. Pero el Señor nos ha dicho: “si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también le negaré ante mi Padre del cielo” (Mt 10, 33).

Ante Jesús Sacramentado oramos en esta noche, hermanos, por todos vosotros, adoradores, y por la oración nocturna española, por su vitalidad y por la savia de nuevos y jóvenes adoradores. Pedimos también por los sacerdotes, por los religiosos y religiosas, por los monjes y monjas de clausura, por los consagrados en medio del mundo, por los seminaristas y por el aumento de vocaciones al sacerdocio. Oramos por los niños, los jóvenes y las familias, para que encuentren en Cristo, el Camino, la Verdad y la Vida; por los gobernantes en su ardua tarea de contribuir a la construcción de la ‘civilización del amor’, basada en la justicia, la verdad y la paz.

La Virgen María, la Madre de Jesús, peregrina de la fe, signo de esperanza y del consuelo del pueblo peregrino, nos ha dado a Cristo, Pan verdadero. Que Ella nos ayude a descubrir la riqueza de este sacramento, a adorarlo con humildad de corazón y, recibiéndolo con frecuencia, a hacer presente a Cristo en medio del mundo con nuestras obras y palabras. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Testigos de la Resurrección

Queridos diocesanos:

¡Cristo ha resucitado! Y lo ha hecho por todos nosotros. El es la primicia y la plenitud de una humanidad renovada. Su vida gloriosa es como un inagotable tesoro, que todos estamos llamados a compartir desde ahora.

Mediante el bautismo, la nueva Vida del Resucitado ha entrado en nuestro ser y en nuestra existencia, para darnos ya ahora, germinalmente, la gracia de nuestra futura resurrección. La Carta a los Colosenses recuerda a los bautizados: “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios…”. En Cristo todo adquiere un sentido nuevo. En la Pascua, todos estamos llamados a ser transfigurados, a ser liberados de la esclavitud del pecado y a compartir la vida gloriosa del Señor Resucitado.

Celebrar en verdad la Pascua es un compromiso de vida y de testimonio. Los Apóstoles fueron, antes que nada, testigos vivos de la resurrección de Jesús. La Pascua de Resurrección nos llama a acoger el don de Dios Padre en el Cristo Viviente y a transmitir este mensaje a las nuevas generaciones. Sean cuales sean las dificultades, éste es nuestro deber más sagrado: transmitir de palabra y por el testimonio de las buenas obras la Buena Noticia que en Cristo la Vida ha vencido a la muerte.

La Pascua llama a todos los bautizados a avivar el propio Bautismo; por él hemos sido transformados en nuevas criaturas. Nuestra alegría será verdadera si nos encontramos en verdad con el Resucitado en lo más profundo de nuestra persona, en ese reducto que nadie ni nada puede llenar satisfactoriamente; si nos dejamos llenar de su Vida y su Paz; es esa Vida y esa Paz que vienen de Dios y generan Vida y Paz entre los hombres. El  encuentro personal con el Resucitado teñirá toda nuestra vida, nuestra relación con los demás y con toda la creación.

Ofrezcamos a los demás la alegría de nuestro encuentro con el Resucitado con la misma sencillez y con la misma fuerza que tuvieron aquellas palabras: “Vosotros conocéis lo que sucedió…”. Jesús “nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos”. Hemos de proclamar a  Cristo resucitado e invitar a la Pascua de la Resurrección a todos los hombres y mujeres que están en la lucha y en los afanes de la vida. Proclamemos y vivamos la Vida nueva del Resucitado allá donde los hombres y mujeres son heridos en su intimidad, en su dignidad, en su vida antes de nacer o al final; allá donde los hombres son heridos en su verdad.

En Pascua descubrimos que nuestra vida ha sido esencialmente transfigurada por la Resurrección de Cristo. Él ha vencido los poderes demoníacos que hay en el fondo de nuestro ser y de nuestro mundo: los desalientos y las agresividades, las violencias y las guerras, la búsqueda de lo inmediato, del poder y de la opresión de los demás. Pascua llama a acoger en lugar de rechazar, a biendecir en vez de maldecir y difamar. La Pascua nos llama a amar en lugar de odiar. La Pascua nos llama a ser promotores de la vida ante la cultura de la muerte, constructores de la paz y de la justicia, del amor y de la verdad.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Itinerario de Formación Cristiana para Adultos

a los sacerdotes, presidentes de  movimientos y asociaciones diocesanas, miembros de los consejos de pastoral parroquial y fieles todos

¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!

 

Con gran gozo os comunico que el martes 28 y el miércoles 29 de abril tendrá lugar en nuestra Diócesis la presentación del Itinerario de Formación Cristiana para Adultos, a cargo de D. Elías Yanes, arzobispo emérito de Zaragoza y Dª Lourdes Azorín, Coordinadora de la CEAS para la puesta en marcha de este Itinerario.

Este Itinerario es un hermoso y esperado proyecto de formación cristiana promovido por la CEAS. Con él se pretende que el adulto cristiano llegue a una visión de conjunto del mensaje cristiano para dar razón de la propia fe ante nuestra sociedad. No se trata sólo de un itinerario intelectual sino que abarca la formación integral de la persona: su vida de oración personal y comunitaria, la participación en la liturgia dominical, la adquisición de una mirada creyente sobre las realidades de nuestro mundo, la profundización en la propia vocación cristiana y en el conocimiento de la Doctrina Social de la Iglesia, etc. En definitiva, estamos ante un proyecto que no debe pasar desapercibido en nuestra diócesis, sino que debemos poner todos los medios posibles para que dé sus frutos en nuestras parroquias, movimientos, comunidades y grupos diocesanos.

Este Itinerario no viene a suprimir ningún proceso catequético o de formación de adultos ya existente, sino a complementar allí donde no lo haya. También es un material que puede ser utilizado para la formación de grupos parroquiales: Consejo de Pastoral Parroquial, catequistas, jóvenes, etc.

Quisiera poner de manifiesto que la puesta en marcha de este Itinerario es uno de los objetivos prioritarios para el próximo curso 2009–2010 en el que pretendemos «impulsar la formación de los fieles cristianos laicos para conseguir un laicado adulto, maduro y responsable, evangelizador y misionero a través de la vida y del compromiso apostólico» –Plan Diocesano de Pastoral 2008-2013–.

Por eso, como Obispo de nuestra Diócesis de Segorbe–Castellón he encargado a la Vicaría de Pastoral y a la Delegación Diocesana de Apostolado Seglar su puesta en marcha y os invito a todos, sacerdotes, presidentes de Movimientos, Comunidades eclesiales, grupos diocesanos, miembros de los Consejos de Pastoral Parroquial y demás fieles laicos, a participar en las siguientes actividades programadas:

……..//…….

 

  • Martes, 28 de abril:

– a las 10’30 h., presentación del Itinerario a los sacerdotes en el Seminario Mater Dei;

– a las 19’30 h., presentación del Itinerario en el Edificio Hucha de Castellón para los seglares. Están invitados todos los laicos en general, pero especialmente los miembros de los Consejos Parroquiales de Pastoral y catequistas.

 

  • 29 de abril:

– a las 19’30 h., presentación del Itinerario en el salón de actos del Seminario de Segorbe para los seglares, especialmente a los miembros de los Consejos Parroquiales de Pastoral y catequistas.

 

Con mi petición de que hagáis extensiva esta carta a los miembros de vuestras parroquias y comunidades os deseo unas felices fiestas pascuales y que la resurrección del Señor nos haga cada vez más testigos cualificados de su Evangelio.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe–Castellón

Pascua de Resurrección

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 12 de abril de 2009

(Hch 10,34a.37-43; Sal 117; Col 3,1-4; Jn 20,1-9)

 

“!Cristo, nuestra Pascua, ha resucitado! Aleluya”. Es la Pascua de Resurrección,“el día en que actuó el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo”. Hoy es el día que hizo el Señor, el día más grande y la solemnidad de todas las solemnidades. Por eso cantamos con toda la Iglesia el aleluya pascual. Hoy es el día en que con mayor verdad podemos entonar cantos de victoria. Hoy es el día en que el Señor nos llama a salir de las tinieblas y a entrar en su luz maravillosa. El mismo Señor Resucitado, vencedor de la muerte, nos invita a la acción de gracias y a la alabanza.

Cristo vive, porque ha resucitado. Cristo no es un muerto que yace en el sepulcro, sino el Viviente. Cristo no es una figura del pasado, que vivió en un tiempo y murió, dejándonos su recuerdo, su doctrina y su ejemplo. No, hermanos: Cristo, a quien acompañábamos en su dolor, en su muerte y en su entierro el Viernes Santo, vive, porque ha resucitado. Este es el grito con que nos despierta la Liturgia de este Domingo de Resurrección.

Jesucristo murió verdaderamente y fue sepultado. Pero el último episodio de su historia terrenal no es el sepulcro excavado en la roca, sino la Resurrección de la mañana de Pascua. El autor de la vida no podía ser vencido por la muerte “¿Dónde está muerte tu victoria? ¿Dónde está muerte tu aguijón?”.

Cristo ha resucitado. Su Resurrección es la prueba de que Dios Padre ha aceptado el sacrificio de su Hijo por nosotros y por nuestros pecados y en él hemos sido salvados: “Muriendo destruyo nuestra muerte, y resucitando restauró la vida” (SC 6)

Según los Evangelios ni los apóstoles ni los demás discípulos del Señor espera­ban la resurrección de Jesús. La losa retirada, el sepulcro vacío, la presencia del ángel y el anuncio de la resurrección de Jesús produjeron en las mujeres sorpresa e incluso temor y espanto (Cf. Mc 16, 8). María Magdalena quedó sorprendida al ver retirada la losa del sepulcro, y corrió enseguida a comunicar la noticia a Pedro y a Juan: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto” (Jn 20,1-2). Los dos van corriendo hacia el sepulcro y Pedro, entrando en la tumba ve “las vendas en el suelo y el sudario… en un sitio aparte” (Jn 6-7); después entra Juan, y “vio y creyó”. Es el primer acto de fe de la Iglesia naciente en Cristo resucitado, provocado por la solicitud de una mujer y por la señal de las vendas encontradas en el sepulcro vacío.

Dios se sirve de estas cosas sencillas para iluminar a los discípulos que “pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: qué él había de resucitar de entre los muertos” (Jn 6,9), ni comprendían todavía que Jesús mismo les había predicho su Resurrección. Pedro, cabeza de la Iglesia, y Juan “el otro discípulo a quien Jesús amaba” tuvieron el mérito de recoger las ‘señales’ del resucitado: la noticia traída por la mujer, el sepulcro vacío y los lienzos depuestos en él.

Superadas la sorpresa y las dudas iniciales, todos los discípulos acabaron creyendo. La sorpresa inicial y la fe posterior coinciden con unos corazones que amaban intensamente al Señor. La muerte en la cruz era un hecho irrefuta­ble y vergonzoso, pero nunca dejarían de anunciarla. Sabían lo que había sucedido en la cima del Gól­gota y conocían el lugar de la sepultura, pero eso no les impidió conocer la resurrección y creer en ella.

La resurrección del Señor, su paso a una vida gloriosa e inmortal es un hecho real, sucedido en nuestra historia; no es –como algunos quieren hacernos creer- la invención de unas pobres mujeres ni es el fruto de la credulidad o del fracaso de los discípulos de Jesús, que salvo el discípulo amado, tuvieron que encontrarse con el Resucitado para creer. La resurrección de Jesucristo es obra de Dios todopoderoso, es la manifestación suprema de su amor misericordioso; es su respuesta definitiva a la entrega amorosa del Hijo. En la resurrección de Jesús se revela con infinita claridad el verdadero rostro de Dios, toda su sabiduría y bondad, todo su poder y toda su fidelidad.

 

¡Cristo ha resucitado! Esta Buena noticia resuena hoy en medio de nosotros con nueva fuerza. María Magdalena, Pedro, Juan y los demás apóstoles cambiaron su percepción de las cosas porque se encon­traron con el Señor resucitado. También a nosotros se nos ofrece la posibilidad de encontrarnos con el Señor resucitado y creer en él. ¿Cómo, hermanos? Antes de nada a través de la Palabra de Dios.

La Palabra de Dios de este día nos invita a creer en Dios y nos invita a creer a Dios; nos llama a fiarnos de su Palabra, que nos llega en la cadena ininterrumpida de la tradición de los apóstoles y de los creyentes, de la fe de la Iglesia; este día nos exhorta a aceptar esta Palabra de Dios con fe personal y a confesar que Jesús de Nazaret, el hijo de Santa María Virgen, muerto y sepultado, ha resucitado de entre los muertos. También nuestra solemne procesión del Encuentro es una ayuda a encontrarnos de manos de María con el Resucitado. Dejémonos encontrar por él. ¡Que no se trate de una escenificación vacía! Porque solo si creemos que Cristo ha resucitado, nuestra alegría pascual será verdadera y completa.

Cristo no sólo ha resucitado, sino que nos ha comunicado ya su vida de resucitado. Por nuestro bautismo participamos ya del Misterio Pascual, de la muerte y resurrección del Señor. “Ya habéis resucitado con Cristo” (Col 3, l), nos recuerda San Pablo en su carta a los fieles de Colosas. Pablo no dice que vayamos a resucitar al final de los tiempos, sino que ya ahora hemos resucitado con Cristo. Porque por el bautismo ya nos hemos sumergido en las aguas y hemos salido de ellas, como símbolo de la muerte del hombre viejo, del hombre terreno al estilo del primer Adán, y hemos renacido a la vida del hombre nuevo (cfr. Rom 6, 3-4).

Por el bautismo renacimos un día a la nueva vida de los Hijos de Dios: fuimos lavados de todo vínculo de pecado, signo y causa de muerte y de alejamiento de Dios. Dios Padre nos ha acogido amorosamente como a su Hijo y nos ha hecho partícipes de la nueva vida resucitada de Jesús. Así quedamos vitalmente y para siempre unidos al Padre Dios en su Hijo Jesús por el don del Espíritu Santo, y, a la vez, unidos a la familia de los creyentes, es decir, a la Iglesia. Unidos a Cristo por nuestro bautismo debemos vivir las realidades de arriba (Col 3, l), donde Cristo está sentado a la derecha del Padre.

Para el cristiano, la vida no puede ser un deambular sin rumbo por este mundo; el cristiano ha de plantear su vida desde la resurrección, con los criterios propios de la vida futura. Somos ciudadanos del cielo (Ef 2, 6; Flp 3, 20; cfr. Col 1, 5; Lc 10, 20; 2 Pe 3, 13), y caminamos hacia el cielo, donde Cristo está sentado a la derecha del Padre (cfr Ef 1, 20; Heb 1,3). De ahí que hayamos de plantear nuestra vida de modo que alcancemos aquella situación de dicha.

Celebraremos en verdad la Pascua si nos abandonamos en el Señor, que nos ha dado “una identidad nueva” (Benedicto XVI): la identidad de nuestro ser de bautizados. Pero, antes de nada necesitamos recuperar nuestro sentido de gratitud a Dios: Seamos agradecidos a Dios por el don que Él nos ha dado. Ante la indiferencia religiosa que nos circunda, ante las mofas cada vez más frecuentes hacia los cristianos católicos necesitamos vivir con verdadero gozo y fidelidad nuestra condición de hijos de de Dios, de discípulos de Cristo y de hijos de nuestra madre Iglesia.

La alegría de este día nos invita a volver sobre esa identidad nueva que hemos recibido. En nuestro bautismo hemos sido sepultados con Cristo y resucitados con Él. Los apóstoles comprendieron las Escrituras cuando reconocieron la resurrección del Señor. Sí, hermanos: ¡Cristo ha resucitado! Por eso es hermoso y es posible ser cristiano en el seno de la comunidad de los creyentes. Lo canta la Iglesia en este día: ninguna tristeza, ningún dolor, ninguna contrariedad tendrán la fuerza suficiente para quitarnos esta certeza: Jesucristo vive y con Él todo es nuevo.

Confesar y celebrar la Resurrección exige vivir como Jesús vivió, que “pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo”. Confesar y celebrar la resurrección pide vivir como Jesús nos enseñó a vivir. “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 13, 34). Por eso Pablo nos exhorta: “Ya que habéis resucitado con Cristo (por el Bautismo,… aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra” (Col 3,1-2). De la fe en la resurrección surge un hombre nuevo, que no se pertenece a sí mismo, sino que pertenece a su Señor y vive para él.

Sólo así el bautizado se convierte en verdadero creyente y testigo de la resurrección. La fe en la Resurrección iluminará y transformará nuestra vida, como ocurrió con los Doce y con Pablo. La fe en la resurrección nos hará sus testigos para vivir y proclamar con audacia, con firmeza y con perseverancia la Buena Noticia de la Resurrección. Nada ni nadie pueden impedir al verdadero creyente el anuncio de Cristo Resucitado y de su resurrección, Vida para el mundo, pues a todos está destinada. Nada ni nadie lo podrán impedir: ni los intentos laicistas de recluir la fe cristiana al ámbito de la conciencia, ni las amenazas o castigos de las autoridades, ni la increencia o la indiferencia ambiental, ni la incomprensión de muchos, ni la vergüenza de tantos bautizados de confesarse cristianos. Es preciso dar testimonio a todos de la fe que ha llegado a nosotros desde los Apóstoles.

Queridos diocesanos, queridos diocesanos de Segorbe, queridos jóvenes: No tengáis miedo a ser cristianos. No os avergoncéis de ser cristianos. Merece la pena creer y seguir a Jesucristo Resucitado, merece el empeño de toda una vida. Cristo ha resucitado y ha sido constituido Señor de la vida: todos estamos llamados a resucitar con Él.

“¡Resucitó Cristo, nuestra esperanza!”. En Pascua ha triunfado la Vida sobre la muerte, el Amor sobre el pecado, la Paz sobre el odio. Cristo es la Luz para el mundo. La imagen de Cristo como luz, se simboliza en este Cirio, entronizado solemnemente en la Vigilia Pascual. Cristo es la luz para los hombres (cfr Jn 1,9; 3, 19). Cristo Resucitado abre horizontes totalmente nuevos al hombre: en Él, el hombre sabe que su destino no es la nada o la tumba: Si Cristo ha resucitado, todos nosotros resucitaremos, como dice S. Pablo (1 Cor 6, 14; 2 Cor 4, 14; cf Rom 8,11): y esta certeza de fe fundamenta nuestra esperanza, de modo que podemos vivir con el gozo del Espíritu.

Quien vive “en el mundo”, debe orientar hacia Dios las realidades terrenas, con verdadera alegría; y quien se ha consagrado a Dios, debe vivir para Él, sirviéndole en los hermanos. Nadie puede considerarse ‘resucitado con Cristo’, si vive para sí mismo (cfr. Rom 14, 7). A todo cristiano nos apremia la caridad de Cristo a dar testimonio del Resucitado, Vida para el mundo, ante una cultura de la muerte que se extiende como una mancha de aceite y se alienta desde leyes contrarias a la vida humana, que debe ser respetada desde su misma concepción hasta su muerte natural. Ante tanta mentira y demagogia demos testimonio alegre y esperanzado del triunfo de la Vida sobre la muerte, el testimonio de una vida honesta y sin doblez.

Celebremos con fe la Pascua de la Resurrección del Señor. Acojamos con alegría a Cristo Resucitado. Vivamos con gozo la Resurrección de Jesús en nuestra vida. Dejémonos transformar por Cristo resucitado por la participación en esta Eucaristía, memorial de su muerte y de su resurrección. Seamos testigos de su resurrección en nuestra vida. ¡Feliz Pascua de Resurrección¡ Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

La fe en la resurrección de Jesús

Queridos diocesanos:

“Este es el Día en que actuó el Señor”, canta gozosa la Iglesia el Día de Pascua de Resurrección: Es un día de triunfo, de gloria y de promesas cumplidas. Celebramos la Pascua, porque es el día de la resurrección del Señor. Por esto, cielos y tierra cantan el aleluya, alaban al Señor. Tal como proclamamos en el Símbolo de la fe, en el Credo, Cristo después de su crucifixión, muerte y sepultura, “resucitó al tercer día”.

El evangelio de este día nos invita a dejarnos llevar por la luz de la fe ante el hecho del sepulcro vacío de Jesús. En un primer momento, las mujeres y los mismos Apóstoles quedaron desconcertados ante el sepulcro vacío. Después entendieron su sentido y comprendieron su sentido de salvación a la luz de las Escrituras. El cuerpo de Jesús, muerto en la cruz, ya no estaba allí; no porque hubiera sido robado, sino porque había resucitado. Aquel Cristo a quien habían seguido era el Viviente. En El había triunfado la vida. Cristo resucitado era el vencedor de la muerte.

La Resurrección de Cristo no es un mito para cantar el eterno retorno de la naturaleza o el proceso interminable de continuadas reencarnaciones. No es una vuelta a esta vida para volver a morir desesperadamente. Tampoco es una “historia piadosa” nacida de la credulidad de las mujeres o de la profunda frustración de un puñado de discípulos, ni un hecho histórico hundido en el pasado, pero sin actualidad ni vigencia para nosotros. La Resurrección de Jesús es un acontecimiento real e histórico que sucede una sola vez y una vez por todas: El que murió bajo Poncio Pilato, éste y no otro, es el Señor resucitado de entre los muertos: Jesús vive ya glorioso y para siempre.

Ciertamente que el suceso mismo de la Resurrección, el paso de Jesús de la muerte a la vida gloriosa, no tiene testigos. Las mujeres, los Apóstoles y los discípulos se encuentran con Cristo una vez resucitado. La “tumba-vacía” no es una prueba directa e irrefutable de la Resurrección; la tumba vacía es un signo esencial, el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección (cf. CaIC 620). Para aceptar el hecho de la Resurrección es necesaria le fe, es necesario el encuentro personal con el Resucitado y dejarse sorprender por la acción omnipotente de Dios, ayudados por el testimonio de quienes se encontraron con el Resucitado. La resurrección del Señor no es un acontecimiento puramente subjetivo, algo que sucediera tan sólo en el interior de la fe de un grupo de discípulos. Es el encuentro real con el Resucitado, el que hizo posible la fe y no la fe la que produjo la Resurrección. Cristo Resucitado sale al encuentro de la incredulidad de sus discípulos. “Si no veo en sus manos la señal de los clavos… no creeré”, dice Tomás. No obstante las contradicciones y oscuridades de los relatos, una cosa clara nos dicen los textos del Nuevo Testamento: Jesús vive, Él es el Señor Resucitado y así se presenta a sus discípulos.

¡Cristo ha resucitado! Como en el caso de los discípulos, la Pascua pide de nosotros un acto de fe. Nos pide creer que Cristo vive; nos pide el encuentro personal con El y acogerle como nuestro Redentor. Nos pide creer que en Cristo Resucitado tenemos la Vida verdadera. Nuestra fe se basa en el testimonio unánime y veraz de aquellos que trataron con él en directo en los cuarenta días que permaneció resucitado en la tierra. ¡Feliz Pascua de Resurrección!

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Celebración litúrgica del Viernes Santo

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 10 de abril de 2009

(Is 52,13 – 53,12; Sal 30; Hb 4,14-16; 5,7-9; Jn 18,1 – 19,42)

 

La contemplación de la pasión de nuestro Señor Jesucristo, hecha en el ambiente sagrado de este día, nos adentra en la celebración litúrgica del Viernes santo. Hemos recordado y acompañado con piedad a Jesús en los pasos de su vía dolorosa hasta la Cruz. El Señor es traicionado por Judas; asaltado, prendido y maltratado por los guardias; es negado por Pedro y abandonado de todos sus apóstoles, menos por Juan; una vez, condenado por pontífices y sacerdotes indignos, juzgado por los poderosos, soberbios y escépticos es azotado, coronado de espinas e injuriado por la soldadesca; luego es conducido como reo que porta su cruz hasta el lugar de la ejecución; y, por fin, crucificado, levantado en alto, muerto y sepultado.

En la Cruz contemplamos el ‘rostro doliente’ del Señor. El es ‘siervo paciente’, el ‘varón de dolores’, humillado y rechazado por su pueblo. En la pasión y en la cruz contemplamos al mismo Dios, que asumió el rostro del hombre, y ahora se muestra cargado de dolor. Es el dolor provocado por el pecado. No por su pecado personal, pues es absolutamente inocente; sino por la tragedia de mentiras y envidias, traiciones y maldades que se echaron sobre él, para condenarlo atropelladamente a una muerte injusta y horrible. Él carga hasta el final con el peso de los pecados de todos los hombres y de todo sufrimiento humano. Con su muerte redime al mundo. Jesús mismo había anunciado: “El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por la multitud” (Mc 10,45).

En la Cruz contemplamos su cuerpo entregado y su sangre derramada por nosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Cristo sufre y muere no por otra razón sino “por nuestros pecados” (1 Co, 15,3) y “por nosotros”: a causa de nosotros, en favor y en lugar de nosotros. Su mayor dolor es sentirse abandonado por Dios; es decir, sufrir la experiencia espantosa de soledad que sigue al pecado. Él, que no tenía pecado alguno, quiso llegar hasta el fondo de las consecuencias del mal. En sus últimos momentos grita: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”. Contemplando este ‘rostro doliente’, nuestro dolor se hace más fuerte, porque el rostro de Jesús padeciendo en la cruz, asume y expresa el dolor de muchos hermanos, que hoy padecen angustia y desconcierto, en parte por sus pecados, pero mucho más aún por los pecados de los demás, por las violencias y por los egoísmos humanos, que los aprisionan y esclavizan. Viernes Santo hoy es la miseria y el hambre de millones de hermanos en África, en la India, en Hispanoamérica; es la muerte de tantas criaturas no nacidas que no verán nunca la luz,  son los desgraciados enganchados en la droga, los enfermos desahuciados por el sida, los ancianos abandonados, los padres sin trabajo…

Pero en la oscuridad de la Cruz rompe la luz de la esperanza. “Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho”. El Siervo de Dios, aceptando su papel de víctima expiatoria, trae la paz, la salvación y la justificación de muchos. En la Cruz, “Dios estaba reconciliando consigo al mundo” (2 Cor 5, 19). La Cruz, a la vez, que descubre la gravedad del pecado, nos manifiesta la grandeza del amor de Dios, que quiere librarnos de cualquier pecado y de la muerte. Desde aquella cruz, padeciendo el castigo que no merecía, el Hijo de Dios mostró la grandeza del corazón de Dios, y su generosa misericordia; y exclama: “!Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!”.

La salvación es la liberación del hombre de sus pecados, de sus males y miserias, y la reconciliación con Dios. La salvación es toda obra de Dios, fruto de su amor infinito. Porque sólo el amor infinito de Dios hacia los hombres pecadores es lo que salva; el amor de Dios es la única fuerza capaz de liberar y justificar, de reconciliar y santificar. Pero el amor de Dios requiere ser acogido; el amor del Amante espera de la respuesta del amado, para entregarse y darse totalmente a sí mismo con todo cuanto tiene. Sin esa respuesta, no se produce, la obra del amor; se detiene a la puerta.

En la Cruz, el amor de Dios, eterno en su misericordia, se ha abrazado con el mundo; un mundo alejado de Dios, hundido en sus miserias, en su dolor, en sus injusticias y en su mentira. “El Verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros” (Jn 3, 14). Desde ese mismo momento el mundo pecador, en principio, estaba salvado. Pero el Hijo de Dios, metido en el tiempo, revestido de nuestra carne pecadora, habría de realizar su propia historia en obediencia al Padre. La obra del amor de Dios culmina en la historia del hombre Jesús, Hijo de Dios. En su vida y en su muerte. El sí del hombre al amor de Dios en Cristo Jesús se expresó definitivamente y para siempre en la aceptación de la muerte, en el sacrificio de la cruz. Jesucristo crucificado, que se entrega a la muerte por amor en obediencia al Padre, es el ‘amén’ del hombre al amor de Dios.

Apenas el hombre, en Cristo Jesús, dio su respuesta al amor de Dios, este amor eterno invadió al mundo con toda su fuerza. “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mi” (Jn 12 32). La Cruz se convierte en el ‘árbol de la vida’ para el mundo: en ella se puede descubrir el sentido último y pleno de cada existencia y de toda la historia humana: el amor de Dios.

El Viernes Santo, Jesús convierte la Cruz en instrumento de salvación universal. Desde entonces la Cruz ya no es sinónimo de maldición;  sino signo de bendición. Al hombre atormentado por la duda y el pecado, la cruz le revela que “Dios amó tanto al  mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16). En una palabra, la cruz es el símbolo supremo del amor.  “Acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para alcanzar misericordia”.

Contemplemos y adoremos con fe la Cruz de Cristo. Miremos al que atravesaron, y al que atravesamos. Miremos a Cristo: contemplemos su sufrimiento causado por el pecado, por la crueldad e injusticia humana. Contemplemos en la Cruz a los que hoy están crucificados, a todas la victimas de la maldad humana, a los que sufren y tienen que cargar con su cruz. Miremos el pecado del mundo, reconozcamos nuestros propios pecados, con los que Cristo tiene hoy que cargar.

Contemplemos y adoremos la Cruz. Es la manifestación del amor misericordioso de Dios, la expresión del amor más grande, que da la vida para librarnos de muerte. Si abrimos nuestro corazón a la Cruz, sinceramente convertidos y con verdadera fe, el amor de Dios nos alcanzará. Y el Espíritu de Dios derramará en nosotros el amor y podremos alcanzar la salvación de Dios.

Al pie de la cruz la Virgen María, unida a su Hijo, pudo compartir de modo singular la profundidad de su dolor y de su amor. Nadie mejor que ella nos puede enseñar a amar la Cruz. A ella encomendamos en especial los que avergüenzan de la cruz y de su condición de cristianos, a los pecadores y a todos los que sufren a causa de su pecado, del egoísmo, de la injusticia o de la violencia. A ella encomendados a los enfermos y a los cristianos perseguidos a causa de su fe en la Cruz. ¡Que la cruz gloriosa de Cristo sea para todos prenda de esperanza y de salvación¡ Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Jueves Santo. Misa “in Coena Domini”

Segorbe, S.I. Catedral, 9 de abril de 2009

(Ex 12,1-8.11-14; Sal 115; 1 Co 11,23-26; Jn 13,1-15).  

 

Hermanos y hermanas en el Señor: Es Jueves Santo. Dios, nuestro Señor, nos ha convocado esta tarde en asamblea santa para “celebrar aquella misma memorable Cena en que Cristo Jesús antes de entregarse a la muerte confió a la Iglesia el Banquete de su amor, el sacrificio nuevo de la alianza eterna”. Estas palabras de la oración colecta nos introducen en el núcleo del misterio que hoy celebramos.

Esta tarde re-memoramos y actualizamos aquel primer Jueves Santo de Jesús con los Apóstoles en el Cenáculo. Jesús se había reunido con ellos para celebrar la Pascua. Y “sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1). En Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, Dios mismo ama a sus criaturas, los hombres. Y lo hace hasta el extremo de entregar su vida por ellos. Los ama también en su caída y no los abandona a sí mismos. Dios ama a los hombres hasta el fin.

Antes de celebrar la última Cena, Jesús  “lleva su amor hasta el final, hasta el extremo: baja de su gloria divina. Se desprende de las vestiduras de su gloria divina y se viste con ropa de esclavo. Baja hasta la extrema miseria de nuestra caída. Se arrodilla ante sus discípulos, se arrodilla ante nosotros y desempeña el servicio del esclavo; lava sus pies y nuestros pies sucios, para que puedan y podamos ser admitidos a la mesa de Dios, para hacerles y hacernos nos dignos de sentarnos a su mesa, algo que por nosotros mismos no podríamos ni deberíamos hacer jamás” (Benedicto XVI, Homilía de Jueves Santo 2006).

El Señor quiere que aquella Cena sea celebrada por siempre por sus discípulos. En Jueves Santo nuestro Señor Jesucristo encomendó a sus discípulos la celebración del sacramento de su Cuerpo y de su Sangre” en el Cenáculo. (Canon romano).

Anticipando sacramentalmente la muestra suprema de su amor, la entrega de su cuerpo y el derramamiento de su sangre en la Cruz para la salvación de todos los hombres, instituye la Eucaristía, don del amor, sacramento del amor y manantial inagotable de amor.

Antes de ser inmolado en la cruz el Viernes Santo, Jesús instituye el sacramento de la Eucaristía para perpetuar por todos los tiempos la ofrenda de si mismo por amor. Así nos lo recuerda San Pablo en la segunda lectura de este día: “Yo he recibido del Señor una tradición, que a mi vez os transmitido” (1 Co 11,23). Siguiendo el mandato de Jesús, en cada santa misa conmemoramos este acontecimiento histórico decisivo. El sacerdote se inclina, ante el altar, sobre los dones eucarísticos, para pronunciar las mismas palabras de Cristo “la víspera de su pasión”. Con Él  repite  sobre el pan: “Este es mi cuerpo, que se entrega por vosotros” (1 Co 11, 24) y luego sobre el cáliz: “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre” que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados (1 Co 11, 25).  Y el pan y el vino quedan, como entonces en la última Cena, transformados en el Cuerpo y a Sangre del Señor.

Desde aquel primer Jueves Santo hasta esta tarde y siempre, la Iglesia actualiza sacramental, pero realmente en cada Eucaristía el misterio pascual de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo para el perdón de los pecados, para la reconciliación con Dios y para la participación en la comunión con Dios, que es fuente de comunión con los hermanos. Desde aquel Jueves Santo, la Iglesia, que nace del misterio pascual de Cristo, vive de la Eucaristía; se deja revitalizar y fortalecer por ella en su vida y en su misión, y sigue celebrándola hasta que vuelva su Señor. Por eso, después de la consagración nos unimos a la aclamación del sacerdote: ‘Este es el Misterio de nuestra fe’, con las palabras: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven , Señor, Jesús!’.

La Eucaristía es el centro de la vida de la Iglesia: de toda la Iglesia, de nuestra Iglesia diocesana, de cada comunidad cristiana, de toda familia cristiana y de todo cristiano. Es el Sacramento por excelencia que hace de la Iglesia lo que es y esta llamada a ser: signo eficaz de comunión con Dios y, en él, de comunión de todo el género humano. No hay Eucaristía sin Iglesia, pero, antes aún, no hay Iglesia, ni comunidad cristiana, ni familia cristiana ni cristiano sin Eucaristía.

La Eucaristía actualiza de forma incruenta el sacrificio pascual de Jesús, es presencia sacramental pero real de Cristo muerto y resucitado, que se ofrece en banquete de comunión a los fieles cristianos. Comulgando a Cristo-Eucaristía entramos en comunión con Él, y, en Él, con el Padre y el Espíritu y con quienes igualmente comulgan el Cuerpo y la Sangre del Señor. Todo cristiano, que quiera serlo y esto sólo es posible permaneciendo vitalmente unido a Cristo, como el sarmiento a la vid, ha de participar con frecuencia en la Eucaristía y ha de hacerlo plenamente acercándose a la comunión.

Ahora bien: el mismo Señor dice a sus discípulos: “Vosotros estáis limpios, pero no todos” (Jn 13, 10). El Señor desea estar a la mesa juntamente con nosotros, de convertirse en nuestro alimento, pero hemos de acercarnos a su mesa y hemos de recibirlo limpios de pecado. Por eso dice, el Señor: “Pero no todos” pueden estar a la mesa y comulgarle porque existe el misterio oscuro del rechazo. El amor del Señor no tiene límites, pero el hombre puede ponerle un límite. Lo que hace nos hace indignos para unirnos al Señor en la comunión es el rechazo del amor, el no querer ser amado, el no amar. Esto ocurre cuando, como en el caso de Judas, sólo cuentan el poder y el éxito; cuando la avaricia y el dinero son más importantes que Dios y su amor; cuando se vive en la mentira y así se pierde el sentido de la verdad suprema, de Dios (Benedicto XVI).

Por eso San Pablo nos recuerda con serias palabras la dignidad con que debe ser tratado este sacramento por parte de cuantos se acercan a recibirlo. “Examínese cada uno a sí mismo antes de comer el pan y beber el cáliz, porque el que come y bebe sin apreciar el cuerpo, se come y bebe su propia condenación’ (1 Cor. 11,28). Antes de comulgar es necesario examinarse. La Iglesia, como Madre, sigue pidiendo la reconciliación sacramental antes de comulgar, si se tiene conciencia de pecado grave. Tenemos que poner mucho empeño en recibir la Eucaristía en estado de gracia.

Si comulgamos dignamente quedaremos transformados por el amor de Cristo, para vivir, amar, servir, sufrir y morir como Cristo. En esta celebración repetiremos el gesto que Jesús hizo al comienzo de la Última Cena: el lavatorio de los pies. Al lavar los pies a los Apóstoles, el Maestro les propone una actitud amor hecho servicio como norma de vida: “Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, siendo vuestro Señor y Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn 13, 13-14).

¿Qué significa en concreto “lavarnos los pies unos a otros”? “Cada obra buena hecha en favor del prójimo, especialmente en favor de los que sufren y los que son poco apreciados, es un servicio como lavar los pies. El Señor nos invita a bajar, a aprender la humildad y la valentía de la bondad; y también a estar dispuestos a aceptar el rechazo, actuando a pesar de ello con bondad y perseverando en ella. Pero más profundamente lavarnos los pies unos a otros significa sobre todo perdonarnos continuamente unos a otros, volver a comenzar juntos siempre de nuevo, aunque pueda parecer inútil. Significa purificarnos unos a otros soportándonos mutuamente y aceptando ser soportados por los demás; purificarnos unos a otros dándonos recíprocamente la fuerza santificante de la palabra de Dios e introduciéndonos en el Sacramento del amor divino” (Benedicto XVI).

Cristo mismo dice de si que “El Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos” (Mc 10, 45). El amor alcanza su cima en el don que hace la persona de si misma, sin reservas, a Dios y a sus hermanos. El Maestro mismo se ha convertido en un esclavo, y nos enseña que el verdadero y profundo sentido de su existencia es el servicio y entrega por amor. Este es el secreto para edificar un mundo, cuya razón de ser no nos puede ser revelada sino por Dios mismo. Con su gesto, Jesús muestra a los Apóstoles y a todos sus seguidores, de todos los tiempos, cuál debe ser el máximo honor para sus discípulos: El honor del servicio por amor a Dios y al hombre.

Al celebrar la ceremonia del lavatorio de los pies reconocemos en ella la única manera posible de ser discípulos del Maestro. Será verdadero discípulo de Cristo quien lo imite en su vida, haciéndose como él solícito en el servicio a los demás, especialmente a los necesitados de nuestras obras de amor,  también con sacrificio personal. La actitud de servicio y de humildad es la actitud propia de los cristianos. No podemos reducir la comunión a un simple “estar con Jesús”. La Eucaristía no es sólo ‘estar con El’, sino ‘dejarse llevar’ con El para ‘darse’.

En la Eucaristía está escrito y enraizado el mandamiento nuevo: el mandamiento del amor: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros” (Jn 13, 34). Jueves Santo es, por ello, con razón el día del Amor fraterno. Después de ver y oír a Jesús, después de haber comulgado el sacramento del amor, salgamos de esta celebración con el ánimo y las fuerzas renovadas para ser fermento de fraternidad. La Eucaristía pide superar las barreras del egoísmo, del rencor y del odio. La Eucaristía llama a vivir la caridad con el necesitado, con el olvidado. A veces bastará con una mirada, con un gesto, con una mano que se abre. Otras tendremos que buscar el diálogo y ofrecer o pedir perdón. Todo merece la pena para conseguir la reconciliación y el amor y la paz. Hoy Jesús nos dice a nosotros como lo dijo a sus discípulos: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?”.

Abramos nuestros corazones y participemos con fe en el gran misterio de la Eucaristía. Dejémonos unir al Señor y transformar por él comulgando su Cuerpo. Y aclamemos junto con toda la Iglesia: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!“. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Convocatoria al Sagrado Orden del Presbiterado

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CASIMIRO LÓPEZ LLORENTE,

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTÓLICA,

OBISPO DE SEGORBE-CASTELLÓN

 

Por el presente y a tenor de la normativa eclesial anuncio que el próximo día 24 de Mayo de 2009, Solemnidad de la Ascensión del Señor, a las 19:00 de la tarde conferiré, D.m., en nuestra Santa Iglesia Catedral-Basílica de Segorbe el sagrado Orden del Presbiterado a aquellos candidatos, que reuniendo las condiciones de la normativa canónica y, después de haber cursado y superado los estudios eclesiásticos y haberse preparado humana y espiritualmente bajo la orientación y guía de sus formadores y la autoridad del Obispo, aspiren a la recepción de este Sacramento del Presbiterado.

Dichos candidatos deberán dirigir a su correspondiente Rector del Seminario Diocesano la solicitud de recibir dicho Orden, acompañada de la documentación pertinente en cada caso, de conformidad con lo que establece el can. 1050 del CIC, a fin de comenzar en los plazos determinados por el derecho de la Iglesia las encuestas y, una vez realizadas las proclamas en las parroquias de origen y domicilio actual, otorgar, si procede, la autorización necesaria para que puedan recibir el sagrado Orden del Presbiterado.

El Sr. Rector me presentará, con la debida antelación, los informes recabados, y, una vez concluido el proceso informativo trasladará a nuestra Cancillería antes de la fecha de la administración del Sagrado Orden toda la documentación correspondiente a los efectos pertinentes.

Publíquese en el Boletín Oficial de este Obispado y envíese copia al citado Sr. Rector para su público e inmediato conocimiento.

Dado en Castellón de la Plana, a siete de abril de dos mil nueve.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Por mandato de S. Excia. Rvdma.

Doy fe

Fdo.: Tomás Albiol Talaya

Vicecanciller y Vicesecretario General

Santa Misa Crismal

Segorbe, S. I. Basílica Catedral, 6 de abril de 2009

 

Gracia y paz de parte de Jesucristo (Ap 1,5) a todos vosotros, amados sacerdotes, consagrados y fieles laicos, venidos de toda la Diócesis hasta la iglesia Madre para la Misa Crismal. Antes de celebrar en el Triduo sacro los misterios centrales de nuestra salvación, el mismo Señor nos reúne como Iglesia diocesana para bendecir los óleos de los catecúmenos y de los enfermos y consagrar el Crisma. Aquél “que nos amó, nos ha librado por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de nuestro Dios” (Ap 1,6); Él mismo es quien nos convoca para actualizar el misterio pascual en la Eucaristía. Cantemos las misericordias del Señor, cantemos su amor misericordioso con renovada alegría en esta mañana, en que celebramos una fiesta singular. Es la fiesta del pueblo de Dios al contemplar hoy el misterio de la unción, que marca la vida de todo cristiano desde el día de su bautismo. Es la fiesta, también y de manera especial, de todos nosotros, hermanos en el sacerdocio, ungidos y ordenados presbíteros para el servicio del pueblo cristiano y de toda la sociedad.

Esta fiesta tiene un eco especial para los que en este año celebráis vuestras bodas de oro sacerdotales: D. Alberto Cebellán Debón,  D. José Membrado Galí, D. Marcelino Cervera Herrero y D. Joaquín Gil Gargallo; y para los celebráis vuestras bodas de plata sacerdotales: D. Francisco José Cortes Blasco, D. José María Marín Sevilla, D. José Manuel Agost Segarra y D. Álvaro Miralles Rodríguez. Nuestra Iglesia diocesana, nuestro presbiterio entero y ¡cómo no¡ vuestro Obispo os felicitamos de todo corazón y, con vosotros,  damos gracias a Dios por el don de vuestro sacerdocio que recibisteis hace ha 50 o 25 años. Felicitamos también a los que en este año han sido incorporados a nuestro presbiterio: D. Télesphoro-Marie Nsengimana, D. Ángel Cumbicos Ortega, D. Marc Estela Pujals y D. Juan Carlos Vizoso Corbel. A todos os decimos y cantaremos: Ad multos annos. En nuestra alegría por vosotros no nos olvidamos en nuestra oración  de los hermanos sacerdotes diocesanos que han fallecido desde nuestra última Misa crismal: D. Vicente Manzanares Bascuñana, D. José Carlos Beltrán Bachero y D. Juan Miguel Peiró Giner, ni de los hermanos de la Diócesis de Tortosa, que pasaron los últimos años de su vida terrenal entre nosotros: D. Santiago Vilanova y D. Salvador Vives.

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido y me ha enviado a dar la Buena noticia a los pobres” (Is 61, 1,3). Estas palabras del profeta Isaías se refieren, ante todo, a la misión mesiánica de Jesús, consagrado por virtud del Espíritu Santo y convertido en sumo y eterno Sacerdote de la nueva Alianza, sellada con su sangre. Todas las prefiguraciones del sacerdocio del Antiguo Testamento encuentran su realización en él, único y definitivo mediador entre Dios y los hombres.

 “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír” (Lc 4, 21). Así comenta Jesús, en la sinagoga de Nazaret, el anuncio profético de Isaías. Es Jesús mismo quien afirma que Él es el Ungido del Señor, a quien el Padre ha enviado para traer a los hombres la liberación de sus pecados y anunciar la Buena nueva a los pobres y a los afligidos. Él es el que ha venido para proclamar el tiempo de la gracia y de la misericordia de Dios. Acogiendo la llamada del Padre a asumir la condición humana, trae consigo el soplo de la vida nueva y da la salvación a todos los que creen en Él.

El mismo Señor Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, ha hecho de nosotros, bautizados, un reino de sacerdotes. Por el bautismo hemos sido liberados de nuestro pecado, y ungidos y consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo para ofrecer, a través de las obras propias del cristiano, sacrificios espirituales. Como ungidos y consagrados, todos los cristianos estamos llamados a dejar que el don de la nueva vida de la gracia, recibida en el Bautismo, se desarrolle en nosotros mediante una fe en el Dios vivo, que viene a nuestro encuentro y nos ofrece su amistad en su Hijo; una fe que ha de ser personal en comunión con la fe de la Iglesia; una fe que ha de alimentarse en la oración y en la participación frecuente en los sacramentos de la Eucaristía y de la Reconciliación; una fe que se ha de hacerse viva mediante una caridad activa.

En otro nivel, esencialmente distinto, el Señor ha hecho un reino de sacerdotes de nosotros, los sacerdotes, ordenados por una unción especial para ser ministros, es decir, servidores de Dios y de su Pueblo, para pastorear al pueblo sacerdotal, anunciar la Buena nueva y ofrecer en su nombre el sacrificio eucarístico a Dios en la persona de Cristo (cf. LG 10); somos servidores, que no dueños, del sacerdocio bautismal de todo el pueblo de Dios.

Al hacer cada año, en esta misa Crismal memoria solemne del único sacerdocio de Cristo, expresamos la vocación sacerdotal y la llamada a la santidad de toda la Iglesia, de todos los cristianos, y, en particular, del obispo y de los presbíteros unidos a él. Todos los bautizados estamos llamados a vivir nuestra existencia como oblación a Dios en el testimonio de una vida santa, en la abnegación y en las obras de amor (cf. LG 10). Todo bautizado y toda comunidad cristiana estamos llamados a alabar y dar testimonio del amor misericordioso de Dios con una vida santa, y anunciar así la Buena nueva. “Esta es la voluntad de Dios -escribe san Pablo-: vuestra santificación” (1 Ts 4, 3). Y el concilio Vaticano II precisa: “Todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad” (LG, 40).

Esta verdad fundamental nos atañe ante todo a nosotros, los obispos, y a vosotros, amadísimos sacerdotes. “Sed santos -dice el Señor- porque yo soy santo” (Lv 19, 2); pero se podría añadir: sed santos, para que el pueblo de Dios que os ha sido confiado sea santo. Ciertamente, la santidad de la grey no deriva de la del pastor, pero no cabe duda de que la favorece, la estimula y la alimenta. Este día, en que recordamos con gratitud ‘el misterio de misericordia’ de nuestra propia ordenación, nos invita ante todo a reflexionar sobre nuestro ‘ser’ y, en particular, sobre nuestro camino de santidad. De nuestra propia santidad, alimentada por una profunda vida espiritual es de donde surge también nuestro impulso apostólico y se alimenta  nuestra caridad pastoral; un ardor y una caridad que nos impulsa a ser día a día pastores al servicio del pueblo santo de Dios.

Queridos sacerdotes. Somos servidores del Pueblo santo de Dios, de todos los bautizados. Estamos llamados a estimular en todos los cristianos su sacerdocio común, a avivar su unción y vida bautismal, a ofrecerles en nombre de Cristo la Buena nueva, la luz, la compañía y el testimonio que necesitan y reclaman para hacer de su vida una ofrenda a Dios y una entrega a los demás.

Nuestro primer servicio es ayudar a los bautizados a conocer a Dios y encontrarse con Él en Cristo para avivar el don de su bautismo según su personal vocación. Soy consciente de las dificultades del proceso de la iniciación cristiana y de la maduración en la fe en niños, adolescentes y jóvenes, como también de las dificultades de la transmisión de la fe en las familias cristianas. La propia experiencia y los estudios  sociológicos nos dicen que los jóvenes se alejan cada vez más de la fe y vida cristiana y de la Iglesia. Esto no nos puede dejar indiferentes, tranquilos o inactivos. Pese a todas las dificultades creo que es posible afirmar que al joven de hoy sí le interesa la verdad que comunica la fe. El joven de hoy quizá se asemeja a aquella samaritana que desea llenar su cántaro y su vida del agua viva; pero ni sabe lo que busca, ni conoce el agua viva y, así, sigue rodeándose de ‘maridos’ que, en realidad, no son el suyo (cfr. Jn 4,17). Como pastores necesitamos conocer a nuestros adolescentes y jóvenes; y hemos de acercarnos a ellos con el afecto del buen Pastor, siendo testigos trasparentes de Él, para ofrecerles con verdadera pasión a Dios y a Cristo, el Camino, la Verdad y la Vida.

Amados hermanos sacerdotes. En breves momentos vamos renovar nuestras promesas sacerdotales. Se trata de un rito que cobra su pleno valor y sentido precisamente como expresión del camino de santidad y del ardor apostólico, al que el Señor nos ha llamado por la senda del sacerdocio y del servicio. Cada uno de nosotros recorre este camino de manera muy personal, sólo conocida por Dios, el cual escruta y penetra los corazones. Con todo, en la liturgia de hoy, la Iglesia nos brinda la consoladora oportunidad de unirnos y sostenernos unos a otros en el momento en que repetimos todos a una: “Sí, quiero”. Esta solidaridad fraterna no puede por menos de transformarse en un compromiso concreto de llevar los unos la carga de los otros, en las circunstancias ordinarias de la vida y del ministerio. Aunque es verdad que nadie puede hacerse santo en lugar de otro, también es verdad que cada uno puede y debe llegar a serlo con y para los demás, siguiendo el ejemplo de Cristo.

Para ser servidores de la unción bautismal de los fieles, los pastores debemos dar un testimonio coherente de vida, hemos de vivir con fidelidad creciente y con la frescura del primer día el don y misterio que hemos recibido y hemos de ejercer nuestro ministerio en comunión con la fe y moral de nuestra Iglesia. Nuestra fidelidad reclama no sólo perdurar, sino mantener el espíritu fino y atento para crecer en fidelidad. La fidelidad al ministerio, siempre delicada, se ha tornado más delicada y problemática en nuestros días marcadas por el individualismo, el relativismo, el pansexualismo y tantos otros ismos, que nos pueden llevar a olvidar que somos ungidos y enviados por Dios y ministros de su Iglesia. Y, sobre todo, vivamos nuestro ministerio en fidelidad con frescura y finura. ¡Desechemos de nuestras vidas toda forma de fidelidad fingida o aparente! ¡Superemos la rutina, la mediocridad y la tibieza, las discordias y los planteamientos ideológicos, tan poco evangélicos, que matan toda clase de amor, cercenan la unidad y debilitan hasta quemarlo como al sal nuestro prebiterio, nuestro corazón y nuestra Iglesia! ¡Acojamos la invitación del Señor a vivir con radicalidad evangélica el don y el ministerio recibidos! ¡Seamos responsables en nuestra tarea, serios en nuestra vida afectiva, preocupados por la oración, atentos a las necesidades de la comunidad cristiana y fieles a sus compromisos con la sociedad!

Dios es siempre fiel. El nos ha llamado, ungido y enviado. Y no se arrepiente de ello. En nuestros momentos de desaliento acojamos la fidelidad de Dios con la nuestra. La fidelidad a que nos debemos tiene su modelo máximo en la fidelidad de Jesucristo al Padre. Identificarnos con el Señor equivale a dejarnos impregnar, por la acción del Espíritu, de Él y de sus actitudes básicas. La fidelidad que le frecemos al Señor, antes que respuesta nuestra a Dios, es fruto de la fidelidad de Dios hacia nosotros. No es tanto fruto de nuestra perseverancia como regalo de la gracia (S. Agustín). Cuando hablamos de fidelidad hablamos, ante todo, de amor. Nuestra fidelidad no es fruto de nuestra obstinación, ni siquiera de nuestra coherencia o de nuestra lealtad. Tenemos que implorar la fidelidad

Que nos sostenga la Madre de Cristo, Madre de los sacerdotes. María nos obtenga a nosotros, frágiles vasijas de barro, la gracia de llenarnos de la unción divina. Nos ayude a no olvidar nunca que el Espíritu del Señor nos “ha enviado para anunciar a los pueblos la buena nueva”. Dóciles al Espíritu de Cristo, seremos ministros fieles de su Evangelio. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón