La píldora abortiva

Queridos diocesanos:

El Gobierno ha decidido que, en breve, se pueda adquirir en las farmacias de todo el territorio español la ‘píldora del día después’ sin receta médica y sin límite de edad. Además la presenta como un ‘método anticonceptivo para casos de emergencia’. ¿Es esto verdad?

La vida humana y el embarazo comienzan con la fecundación del óvulo. En el caso de la ‘píldora del día después’ no se trata de impedir la fecundación del óvulo (anticonceptivo), sino de eliminar un posible óvulo fecundado (abortivo). En efecto, la  píldora del día siguiente es un preparado de hormonas que se ha de tomar dentro de las 72 horas siguientes a una relación sexual susceptible de dar lugar a un embarazo. Las altas dosis de hormonas impiden que el útero acoja al embrión eventualmente concebido. Si ha habido una concepción, el embrión no logra implantarse en el endometrio. El resultado es la expulsión y la pérdida del embrión. La píldora del día después es, por tanto, una autentica técnica abortiva y no anticonceptiva, como se ha afirmado.

Se trata, pues, de un fármaco destinado a acabar con la vida incipiente de un ser humano. Su empleo es un método abortivo en la intención y en el efecto posible. En la intención, porque con su uso se pretende que, si ha habido fecundación, el óvulo fecundado no llegue a anidar en el útero y muera, siendo expulsado del cuerpo de la madre. Lo que objetivamente se persigue es, pues, un aborto precoz, aunque tal aborto sólo se produzca efectivamente si ha habido fecundación.

Como ya enseño el Siervo de Dios, Juan Pablo II, “desde el momento en que el óvulo es fecundado, se inaugura una nueva vida que no es la del padre ni la de la madre, sino la de un nuevo ser humano que se desarrolla por sí mismo. A esta evidencia de siempre… la genética moderna otorga una preciosa confirmación. Muestra que desde el primer instante se encuentra fijado el programa de lo que será ese viviente: una persona, un individuo con sus características bien determinadas. Con la fecundación se inicia la aventura de una vida humana” (Donum Vitae, 60).

El aborto con píldora también es aborto, la eliminación de un ser humano inocente, aunque no haya derramamiento de sangre. Ante la propagación de una ‘cultura de la muerte’, hemos de trabajar para que toda vida humana concebida sea acogida, respetada y cuidada. El recurso a prácticas abortivas no es el camino para resolver los embarazos no deseados y no deseables, en particular entre los más jóvenes. Intentar enmascarar la realidad de la píldora del día después por motivos políticos, comerciales o de cualquier otra clase, perjudica a las personas, a la sociedad y al bien común.

La difusión y el uso de la píldora del día después son prácticas moralmente reprobables por tratarse de un aborto provocado. De ello son también responsables todos aquellos que cooperan con tal procedimiento. Animo a los profesionales de farmacia a ejercer su derecho de objeción de conciencia. Y pido a los padres y educadores católicos a promover una verdadera educación afectivo-sexual que ayude a los adolescentes y jóvenes a vivir la sexualidad de forma  responsable, y a que no se dejen llevar por las campañas engañosas del sexo libre y seguro.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Nuevas tecnologías: posibilidades y peligros

Queridos diocesanos

El Santo Padre, Benedicto XVI, ha dedicado a las ‘Nuevas tecnologías’ su tradicional Mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales. Como él mismo indica, las nuevas tecnologías digitales establecen nuevas relaciones y deben servir, ante todo, para promover una cultura del respeto, del diálogo y de la amistad.

Las nuevas tecnologías están transformando los modelos de comunicación y de las relaciones humanas, especialmente entre los jóvenes. Las nuevas tecnologías son éticamente neutras; ofrecen muchas posibilidades, pero también entrañan graves peligros. Hemos de aprender a usarlas para el bien. Los nuevos medios tienen un extraordinario potencial, cuando se usan para favorecer la comprensión y la solidaridad humana. El Papa afirma que “son un verdadero don para la humanidad y por ello debemos hacer que sus ventajas se pongan al servicio de todos los seres humanos y de todas las comunidades, sobre todo de los más necesitados y vulnerables”.

Los teléfonos móviles y los ordenadores, unidos a Internet, han multiplicado los medios para la comunicación instantánea de palabras e imágenes a grandes distancias. En nuestra ‘aldea global’, estos medios facilitan la comunicación y la comprensión entre personas y comunidades, el contacto con los amigos y las nuevas amistades, el contacto entre los miembros de una familia, separados por la distancia, la creación y la búsqueda de información y noticias o la misma investigación.

Todo ello responde a nuestro deseo fundamental de relacionarnos con otros, enraizado en nuestra propia naturaleza humana. A la luz del mensaje bíblico, este deseo es reflejo de nuestra participación en el amor comunicativo y unificador de Dios, que quiere hacer de toda la humanidad una sola familia; responde a nuestra condición de seres creados a imagen y semejanza de Dios, el Dios de la comunicación y de la comunión. El ser humano tiene una tendencia innata a ir más allá de sí mismo para entrar en relación con los demás.

Para favorecer el contacto entre las personas, es decisivo cuidar la calidad de los contenidos que se ofrecen en estos medios, mediante un compromiso por promover una cultura de respeto, diálogo y amistad. El primer compromiso en la producción y difusión de contenidos debe ser el respeto de la dignidad y el valor de la persona humana, evitando palabras e imágenes degradantes para el ser humano, y todo lo que alimenta el odio y la intolerancia, envilece la belleza y la intimidad de la sexualidad humana, o lo que explota a los débiles e indefensos.

Las nuevas tecnologías, posibilitan el diálogo entre personas de diversos países, culturas y religiones; pero se requieren formas honestas y correctas de expresión, además de una escucha atenta y respetuosa; el diálogo debe estar basado en una búsqueda sincera y recíproca de la verdad, que potencie la comprensión y la tolerancia.

Las nuevas tecnologías posibilitan establecer nuevas amistades; pero no se puede banalizar la amistad ni las amistades virtuales pueden ir en detrimento de la familia o de las amistades ‘reales’.

A los católicos, especialmente a los jóvenes, el nuevo mundo digital nos ofrece la posibilidad de ofrecer el Evangelio y el testimonio de nuestra fe para que Jesucristo llegue a todos.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Ordenación Sacerdotal de Enrique Martínez y Lucio Rodrigues

 

S.I. Catedral-Basílica de Segorbe, 24 de mayo de 2009

 Solemnidad de La Ascensión del Señor

 (Hech 1,1-11; Sal 46, 2-3.6-7.8-9; Ef 1,17-23; Mc 16,15-20)

  

Amados hermanos y hermanas en el Señor:

“Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo” (Sal 46, 2). Hoy resuenan en nosotros de modo muy particular estas palabras del salmista. A la alegría de celebrar la Eucaristía en este día del Señor, en que con júbilo espiritual celebramos la Solemnidad de su Ascensión a los cielos, se suma el gozo por la ordenación de estos dos nuevos sacerdotes. Cada ordenación sacerdotal es un gran don del amor de Dios a nuestra Iglesia. Vivamos con un profundo sentimiento de fe y de agradecimiento esta celebración. En este clima de acción de gracias y de alegría saludo a los Cabildos Catedral y Concatedral, a los Sres. Vicarios, al Rector y Director espiritual de nuestro Seminario ‘Redemptoris Mater’, y al Rector de nuestro seminario ‘Mater Dei’, a los demás hermanos en el sacerdocio, diáconos y seminaristas y, con especial afecto, a vosotros, queridos candidatos al presbiterado, Enrique y Lucio, juntamente con vuestros familiares, amigos y hermanos de comunidad.

Con las palabras del Salmo nos unimos a vuestro cántico de alabanza y a vuestra alegría, queridos Enrique y Lucio, y con vosotros cantamos al Señor por su gran amor hacia vosotros, y, en vuestras personas, para vuestras familias así como para nuestra Iglesia y presbiterio diocesanos, que se ven agraciados y enriquecidos con dos nuevos sacerdotes. Sí, queridos hijos, hoy entraréis a formar parte de nuestro presbiterio diocesano.

Estamos celebrando el día en que Jesús, ante los ojos de sus discípulos, “ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios” (Mc 16, 19). El Señor Resucitado, llevando consigo su humanidad, vuelve junto al Padre; el Señor Jesús ‘crea’ el cielo, abre las puertas del cielo para los redimidos. Su humanidad glorificada es la primera que alcanza la plenitud y abre la puerta a los hombres. En la oración colecta hemos dado gracias a Dios porque la Ascensión de Jesucristo, su Hijo, es ya nuestra victoria y donde nos ha precedido él, que es nuestra cabeza, la cabeza de la Iglesia, esperamos llegar también nosotros, miembros de su cuerpo.

Por esta razón, hoy resuena en nosotros la pregunta de aquellos “dos hombres vestidos de blanco”: “Galileos, ¿qué hacéis ahí anclados mirando al cielo?” (Hech 1, 11). La respuesta a esta pregunta encierra la verdad fundamental sobre la vida y el destino de todos los hombres (cf. Benedicto XVI, Homilía en Cracovia-Błonia, domingo 28 de mayo de 2006).

Esta pregunta está relacionada con las dos realidades en las que se inscribe nuestra vida: la terrena y la celeste. “¿Qué hacéis ahí anclados (en la tierra?)”; es decir, ¿por qué estáis en la tierra? No somos fruto del azar o de la casualidad, no somos producto de una fabricación. Somos fruto del amor de Dios. Estamos en la tierra porque el Creador nos ha creado y puesto aquí como coronamiento de la obra de la creación. Dios todopoderoso, en su designio de amor, después de crear el cosmos de la nada, llama a la existencia al hombre, y lo crea a su imagen y semejanza (cf. Gn 1, 26-27). Le concede la dignidad de hijo de Dios y la inmortalidad.

Sin embargo, el hombre abusó del don de la libertad y dijo ‘no’ a Dios; de este modo se condenó a sí mismo a una existencia alejada de Dios, en la que entraron el mal, el pecado, el sufrimiento y la muerte. Pero Dios no se resigna a esa situación y entra directamente en la historia del hombre, que se convierte en historia de la salvación. Dios mismo que es amor, nos manifestó el amor que nos tiene enviando al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él (cf 1 Jn 4,9).

Estamos en la tierra y en ella crecemos. Y vivimos con la profunda conciencia de que antes o después este camino llegará a su término. Pero ¿es la tierra, en la que nos encontramos, nuestro destino definitivo?  Aquí surge de nuevo la pregunta de hoy en los Hechos: “¿Qué hacéis ahí anclados mirando al cielo?”. Jesús “fue elevado en presencia de ellos, y una nube lo ocultó a sus ojos”; y ellos “estaban mirando fijamente al cielo mientras se iba” (Hch 1, 9-10), acompañando con su mirada a Jesucristo, crucificado y resucitado, que era elevado. Ante ellos se estaba abriendo un horizonte infinito, el punto de llegada definitivo de la peregrinación terrena del hombre. Estamos llamados, permaneciendo en la tierra, a mirar fijamente al cielo, a orientar la atención, el pensamiento y el corazón hacia el misterio inefable de Dios. Estamos llamados a mirar hacia la realidad divina, a la que el hombre está orientado desde la creación. En ella se encierra el sentido definitivo de nuestra vida.

Con su Ascensión, Cristo nos ha abierto las puertas del cielo. El fin de nuestra vida, el motor que ha de moverla, no es algo mortal como nosotros, sino que es algo trascendente que está más allá de lo caduco de esta tierra. Tenemos un destino trascendente, un destino que no se puede cambiar, que no se puede descafeinar. No hay nin­gún cielo en la tierra. El cielo es el cielo y para conseguirlo deberemos acoger a Cristo y su Evangelio, renacer a la nueva vida de redimidos y resucitados, dejarnos transformar por Cristo y trabajar por transformar este mundo. El cielo es ‘estar con Cristo’, en la ‘plena posesión de los frutos de la redención’, a saber: la victoria sobre el pecado y la vida de Cristo en nosotros por el Espíritu. En esta forma de vida en otra dimensión ya no hay pe­cado y, por tanto, no están sus consecuencias: la enfermedad, la in­justicia, el odio o la guerra. El cielo es una forma de vida en co­munión con Dios y los santos.

El cielo es una forma de vida a la que nosotros podemos aspirar y de la que podremos gozar. Dios ha sido quien la ha diseñado y quien nos ha dado en Cristo Jesús la posibilidad de alcanzarla. Las personas humanas no podemos crear la felicidad absoluta. Es incitativa de Dios que la ha manifestado en Jesús y que en El mismo ha hecho posi­ble que la alcancemos.

Es necesario aceptar lo que Dios nos revela sobre sí mismo, sobre nosotros mismos y sobre la realidad que nos rodea, incluida la invisible, inefable, inimaginable. Nos resistimos a aceptar la limitación de nuestra razón. Y precisamente aquí es donde la fe se manifiesta en su dimensión más profunda: la de fiarse de una persona, no de una persona cualquiera, sino de Cristo. Es importante aquello en lo que creemos, pero más importante aún es aquel en quien creemos.

San Pablo nos habla de ello en la carta a los Efesios. Dios nos ha dado un espíritu de sabiduría y “ha iluminado los ojos de nuestro corazón para que conozcamos cuál es la esperanza a que hemos sido llamados por él; cuál la riqueza de la gloria otorgada por él en herencia a los santos; y cuál la soberana grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes, conforme a la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo” (cf. Ef 1, 17-20).

Con su Ascensión al cielo, el Se­ñor no abandona su obra en la tierra, no abandona a su ‘pequeño rebaño’, no deja sola a su Iglesia. Le promete su pre­sencia, la encomienda a sus Apóstoles “que él había escogido movido por el Espíritu Santo” y les da el mandato misione­ro.

El día mismo de su Ascensión, Jesús dijo a los que había constituido Apóstoles, a los que había elegido para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar en su nombre: “Id por todo el mundo y proclamad la buena nueva a toda la creación. El que crea y su bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado” (Mc 16, 15). El les da el po­der de salvar en su nombre a la humanidad. Y a ellos les hace la promesa: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra” (Hch 1, 8).

Vosotros, queridos hijos, también habéis sido elegidos por el Señor, para ser presbíteros de su Iglesia, no por vuestros méritos, sino por pura gracia suya. Vosotros también habéis escuchado la llamada del Señor a su seguimiento; ha ocurrido en el momento oportuno, en las circunstancias elegidas por él, de forma inesperada por vuestra parte, pero una llamada certera por la suya. Habéis acogido su llamada con generosidad; la habéis madurado no sin esfuerzo y lucha para dejaros liberar por su misericordia de todo aquello que os impedía una entrega total a él y a su Iglesia que peregrina en Segorbe-Castellón y, desde ella, abiertos a la misión universal de la Iglesia.

Por vuestra ordenación presbiteral, el Señor os hará partícipes del ministerio apostólico; un ministerio que se continúa en plenitud en el Obispo, como sucesor de los Apóstoles, en cuya comunión y obediencia deberéis acogerlo y ejercerlo todos los días de vuestra vida. Vosotros, queridos hijos, vais a ser así ungidos, consagrados, fortalecidos por el Espíritu para ser enviados a ser testigos de Cristo Jesús. Por el sacramento del orden quedáis constituidos en pastores y guías al servicio del pueblo de Dios, en nombre y en representación de Cristo Jesús, el Buen Pastor.

Deberéis ser testigos de Jesucristo, muerto, resucitado y ascendido a los cielos, que vive en la Iglesia, de la que es su cabeza.

Queridos hijos: ‘No tengáis miedo! Tenemos la certeza de que Cristo no nos abandona y de que ningún obstáculo podrá impedir la realización de su designio universal de salvación. Que esta certeza sea para vosotros motivo de constante consuelo -incluso en las dificultades- y de inquebrantable esperanza. La bondad del Señor está siempre con vosotros, y él es fuerte.

El sacramento del Orden os hará partícipes de la misma misión de Cristo; estáis llamados a proclamar el Evangelio al mundo entero, a los cercanos y a los alejados, a los bautizados y a quienes aún no han oído hablar de Cristo; estáis llamados a sembrar la semilla de la  Palabra, a distribuir la misericordia divina y a alimentar a los fieles en la mesa de su Cuerpo y de su Sangre, a guiar al pueblo de Dios “para perfeccionamiento de los santos y para la edificación del cuerpo de Cristo”, que es la Iglesia (Ef 4, 12).

Llevad el Evangelio a todos, para que todos experimenten el amor y salvación de Cristo, para que todos descubran el sentido de su vida, y su destino en Dios. ¿Puede haber algo más hermoso que esto? ¿Hay algo más grande que cooperar a la difusión de la Palabra de vida en el mundo, que comunicar la misericordia Dios y el agua viva del Espíritu Santo?

Para ser colaboradores en la difusión del Evangelio y de la esperanza que no defrauda, en un mundo a menudo triste, negativo, desesperanzado y nihilista, es necesario que el fuego del Evangelio arda en vuestro corazón. Sólo así podréis ser mensajeros de esta buena Nueva y llevarla a todos, especialmente a cuantos están tristes y afligidos.

Configurados con Cristo por el sacramento, dejaos configurar existencialmente con Él en la oración. Los presbíteros tenemos una vocación particular a la oración: estamos llamados a ‘permanecer’ en Cristo (cf. Jn 1, 35-39; 15, 4-10). Y este permanecer en Cristo se realiza de modo especial en la oración. De ahí deriva su eficacia (cf. Benedicto XVI).

En la vida del sacerdote hay diversas formas de oración, ante todo en la santa Misa diaria. La celebración eucarística es el acto de oración más grande; constituye el centro y la fuente de la que reciben su ‘savia’ también las otras formas de oración: la liturgia de las Horas, la adoración eucarística, el escrute de la Palabra, la lectio divina, el santo rosario y la meditación. Todas estas formas de oración, que tienen su centro en la Eucaristía, hacen que en vuestra jornada de sacerdotes y en toda vuestra vida se realicen las palabras de Jesús: “Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas” (Jn 10, 14-15).

El sacerdote que ora mucho, y que ora bien, se va desprendiendo progresivamente de sí mismo y se une cada vez más a Jesús, buen Pastor y Servidor de los hermanos. Así, la misma vida de Cristo, Cordero y Pastor, se comunica a toda la grey mediante los ministros consagrados.

Al acercaros al altar, si escucháis dócilmente al Buen Pastor, si lo seguís fielmente, aprenderéis a traducir a la vida y al ministerio pastoral su amor y su pasión por la salvación de las almas. Cada uno de vosotros llegará a ser con la ayuda de Jesús un buen pastor, dispuesto a dar también la vida por él, si fuera necesario.

¡Que María, la Virgen, la ‘Redemptoris Mater’, que os ha acompañado en vuestro proceso vocacional os aliente y proteja en la nueva etapa que hoy comenzáis con alegría y esperanza como presbíteros de la Iglesia del Señor! Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Encuentro del Apostolado Seglar

A los sacerdotes diocesanos, comunidades y movimientos de Apostolado seglar, Consejos de Pastoral Parroquial, y a todos los seglares

 

Amados todos en el Señor:

Con el gozo de ponerme de nuevo en contacto con todos vosotros os invito que el Encuentro Diocesano de Apostolado seglar tendrá lugar, D.m., el sábado 30 de mayo en el Seminario Mater Dei de Castellón. Es una jornada que debemos vivir con especial ilusión y tratar de difundirla por nuestros arciprestazgos, parroquias y diversas comunidades eclesiales, tanto entre los seglares asociados como entre los no asociados, especialmente los Consejos de Pastoral Parroquial.

Una de las tareas prioritarias del Plan Diocesano de Pastoral para el próximo curso es la de «impulsar la formación de los fieles cristianos laicos para conseguir un laicado adulto, maduro y responsable, evangelizador y misionero a través de la vida y el compromiso apostólico». Con esta finalidad se presentó el pasado 28 y 29 de abril el «Itinerario de Formación Cristiana para Adultos». Es un Itinerario que edita y promueve la CEAS y os animo a que sea acogido en las parroquias como catequesis de adultos. También los movimientos y otras comunidades eclesiales también pueden hacer uso de él.

Ahora, para seguir profundizando en este objetivo diocesano, la Jornada del Apostolado seglar tratará sobre la necesidad de la vida en comunión entre los diferentes movimientos, asociaciones y grupos laicales y su inserción en la pastoral diocesana. La vida de comunión es fundamental para dar un auténtico testimonio cristiano. Para profundizar en esta reflexión contaremos con la presencia de D. Eloy Bueno de la Fuente, profesor de Cristología en la Facultad del Norte de España, Burgos.

El horario de esta jornada será el que sigue:

 

– 9’30 h., Acogida

– 10 h., Oración

– 10’30 h., Ponencia a cargo de D. Eloy Bueno de la Fuente

– 11’30 h., Turno de preguntas

– 11’45 h., Testimonios

– 12’30 h., Descanso

– 12’45 h., Trabajo por grupos

– 14 h., Comida

– 15’30 h., Testimonios y puesta en común

– 17’00 h., Eucaristía

 

Que seamos dóciles a la acción del Espíritu Santo para vivir la alegría del amor entre los hermanos y que la Santísima Virgen María, nuestra Señora de la Cueva Santa, guíe los trabajos y la convivencia de este encuentro para que alcance abundantes frutos y haga de nosotros testigos cualificados del evangelio.

Con mi afecto y bendición.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

La Familia, cuna de vocaciones

Queridos diocesanos:

El próximo día veinticuatro de mayo, el Señor agraciará a nuestra Iglesia de Segorbe-Castellón con el inmenso don de dos nuevos sacerdotes. Es un nuevo motivo para dar gracias a Dios de todo corazón; y es una ocasión muy propicia para recordar que la promoción de las vocaciones al sacerdocio ordenado debe ser prioritaria en la vida y en la acción pastoral de nuestra Iglesia Diocesana. Esta intención debe estar presente permanentemente en nuestra oración personal y comunitaria, pero también en nuestro acompañamiento educativo de niños, adolescentes y jóvenes.

En el momento actual nuestra Iglesia diocesana sufre un fuerte ‘invierno de vocaciones’. Son escasas las vocaciones al sacerdocio ordenado y a la vida consagrada, pero también a la vida laical. Son, en efecto, pocos los seglares que entienden y viven su ser cristiano como una vocación, que abarca toda su existencia familiar, laboral,  política, cultural o social.

El contexto cultural actual, por otro lado, propugna un modelo de ‘hombre sin vocación’. El futuro de niños, adolescentes y jóvenes se reduce, en la mayoría de los casos, a la elección de una profesión, a la situación económica o a la satisfacción sentimental-afectiva, sin ninguna apertura al misterio de la propia vida, a Dios o al propio bautismo. En esta situación no es fácil hablar de vocación y, menos aún, de vocaciones al sacerdocio ordenado. Cuando hacemos una indicación o propuesta vocacional nos encontramos con frecuencia con la indiferencia e incluso con el rechazo no sólo de niños o jóvenes sino de los mismos padres. Ser sacerdote no entra normalmente en sus planes.

Esta situación nos debe preocupar a todos sin excepción. Porque, vista nuestra existencia con ojos de fe, todos tenemos una llamada, una vocación. Dios llama a cada uno a la vida; una llamada que contiene un proyecto concreto de Dios para cada uno. La nueva vida recibida en el bautismo implica también una llamada con un concreto proyecto de Dios para cada uno en la Iglesia y en el mundo. La vocación es el pensamiento providente de Dios sobre cada uno; es su idea-proyecto, es como un sueño que está en el corazón de Dios, porque nos ama vivamente. La vocación es la propuesta divina a realizarse según esta imagen; y la llamada es única, singular e irrepetible. Quien la descubre y acoge encuentra el tesoro de su vida, el camino para ser feliz. En la llamada de Dios encuentra cada uno su nombre y su identidad, que afirma y pone a seguro su libertad, su originalidad y su felicidad.

Es tarea de los padres, los primeros educadores de sus hijos, ayudarles a descubrir y  acoger con libertad y generosidad el don de su propia vocación. Nos cuesta mucho dejar que Dios entre en nuestros planes respecto de los hijos, dejar que se planteen su vida desde Dios para seguir sus caminos.

La familia cristiana, si es respetuosa y agradecida con el don Dios y con el bien de los hijos, ayudará a sus hijos a descubrir su proyecto de vida, único e irrepetible, según el plan de Dios. Este es el mejor servicio que pueden prestar a sus hijos, a su desarrollo, a su propia identidad, a su libertad y a su felicidad.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de San Pascual Baylón

Iglesia Basílica de San Pascual, Villarreal – 17.05.2009

 (Hech 10,25-26.34-35.44-48; Sal 97; 1 Jn 4,7-10; Jn 15,9-17)

 

Queridos hermanos y hermanas en el Señor

Hoy es un día grande en Villarreal, en toda nuestra Diócesis y en tantos otros lugares donde se rinde culto a San Pascual Hoy le honramos y damos gracias a Dios una vez más por ser nuestro Santo Patrono, que desde su sencillez, desde su humildad y desde su amor, ha difundido por el mundo entero la devoción al Santísimo Sacramento del Altar.

En todo el orbe católico es conocido este santo humilde y sencillo por su amor a Cristo en la Eucaristía. Y al conocer a San Pascual es conocida la ciudad de Villarreal. San Pascual os ha hecho universales. A poco que lea uno de su biografía, siempre aparece Villarreal como lugar donde vivió y murió San Pascual Bailón, y como el lugar donde reposan sus restos. Sentíos por tanto orgullos, habitantes de Villarreal, de tener este patrono tan ilustre, que lleva vuestro nombre por todo el mundo. Y lo lleva con el banderín del amor a Jesucristo, del amor a Jesucristo en la Eucaristía.

San Pascual Bailón no es un elemento puramente cultural o folklórico de nuestra historia. Es una persona que vivió en el siglo XVI, que nació en Torrehermosa y trabajo como pastor en aquellos campos y valles de Aragón. Después buscando una vida de mayor consagración a Dios, se hizo franciscano de la reforma alcantarina, y vivió al final de su vida en Villarreal. Su vida estuvo llena de amor a Dios y de servicio a los hombres, especialmente a los pobres y a los sencillos. Hombres como estos llenan la cultura de un pueblo y de una región. Son los mejores hijos de la Iglesia que tiene muchos a lo largo de su historia.

San Pascual se nos presenta como el hombre sencillo y humilde, que amó a Jesucristo, que amó a la Santísima Virgen con todo su corazón, y que, consagrado a Dios, amó a los pobres de una manera ejemplar hasta el final de su vida. Detengámonos en estas tres virtudes de San Pascual.

En primer lugar, San Pascual es un hombre humilde y sencillo. El mundo valora los títulos, los honores, las carreras, el dinero, el prestigio. San Pascual nos muestra que puede llegar a ser grande –y más grande no puede ser una persona que cuando llega a santo, a la perfección del amor- siendo humilde, naciendo de una familia humilde y en un pueblo sencillo, dedicándose a la tarea humilde de pastor de unos rebaños y después, como hermano lego, a las tareas humildes de la casa. Es la humildad la que brilla en su vida: todo un ejemplo y un mensaje para nosotros.

La humildad no es apocamiento, no es encogimiento, no es acobardamiento. La humildad es vivir en la verdad de uno mismo, que sólo se descubre en Dios. Dirá Santa Teresa: “La humildad es vivir en la verdad; y la verdad es que no somos nada”. Al hombre le cuesta aceptar esta verdad; que es criatura de Dios, que cuanto es y tiene a Dios se lo debe, que sin Dios nada puede. Se endiosa y quiere ser como dios al margen de Dios. Y ahí comienza su drama: comienza a vivir en la mentira, en la apariencia, en competitividad con los demás a ver quien es más o quien aparenta más.

Los santos, como Pascual, sin embargo, nos sitúan en la verdad. En la verdad de nuestra vida, de nuestro origen y de nuestro destino. Sin Dios no somos nada. Lo grande de nuestra vida es que Dios nos ama, que Dios nos ha creado por amor y para el amor, que Dios nos perdona continuamente, que nos ofrece su amistad. El hombre se hace precisamente grande al abrir su corazón de par en par al amor de Dios en su vida. Dios, que es amor como nos ha dicho San Juan (1 Jn 4,6), nos ama y nos llama participar de su amor: éste es el sentido de nuestra existencia. Dios no es un competidor de nuestra libertad, ni de nuestra felicidad. Dios nos ama. “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de él” (1 Jn 4, 8).

San Pascual quiso parecerse a Jesucristo que, siendo Dios, se hizo humilde y pobre. Quien se acerca a Jesucristo, una de las virtudes que aprende es la humildad, la sencillez, como lo hizo San Pascual. “Yo te alabo Padre, dice Cristo en el Evangelio, porque has escondido los misterios de Dios a la gente que sabe mucho, que tiene muchos proyectos en su cabeza. Y, sin embargo, has revelado esos misterios a la gente sencilla”. Y uno de ellos es San Pascual a quien hoy celebramos con gozo precisamente por su humildad y su sencillez. Una vida humilde y sencilla es camino para el cielo, es camino hacia la santidad, es camino hacia la felicidad y es camino que agrada a Dios y que aprovecha mucho a los hombres.

Pascual es un santo que se caracteriza por su gran amor a Jesucristo en la Eucaristía. Ya desde niño amaba la Eucaristía porque lo aprendió su casa. Si queridos padres y hermanos todos. La fe se transmite ante todo en la familia, el amor a la Eucaristía se aprende en casa, como san Pascual lo aprendió de sus padres. Ya desde niño se sintió asombrado de este maravilloso sacramento del altar.

¿Qué es lo que celebramos en el Sacramento de la Eucaristía? Celebramos la presencia de Cristo. El Hijo eterno de Dios, enviado por el Padre para que vivamos por medio de Él, en la última cena tomó el pan, lo dio a los apóstoles y les dijo: “Tomad y comed esto es mi cuerpo”; y lo mismo hizo con la copa: “Este es el cáliz de mi sangre para el perdón de los pecados”. Y después les dijo: “Haced esto en memoria mía”. En la Eucaristía, Jesucristo se queda con nosotros, está entre nosotros, como amigo y como alimento, como presencia de Dios que llena toda nuestra vida, como fuente inagotable del amor.

San Pascual se sintió asombrado, lleno de estupor ante este gran misterio de la Eucaristía. A El, que vivió este misterio con tanta hondura y tanta profundidad, le pedimos que nos conceda ese mismo amor a Cristo presente en el altar bajo las especies del pan y del vino, a Cristo adorado en el sagrario o en la exposición del Santísimo Sacramento. En este sacramento, las especies del pan y del vino nos cubren o nos encubren su presencia; pero la fe penetra y descubre: Dios está aquí. Hemos de contemplarlo y adorarlo para dejarnos empapar de su amor.

Así lo vivió San Pascual. Ante la eucaristía se sentía profundamente conmovido. Su corazón se le llenaba de alegría de saber que estaba con Jesucristo, de saber que Jesucristo le amaba, de saber que Jesucristo en este sacramento se hace compañero, se hace caminante con nosotros, se hace alimento de vida eterna, se hace presencia de amigo que nos acompaña  en el camino de la vida. A él le pedimos que no nos apartemos de este Sacramento. Jesucristo se ha quedado en la Eucaristía para que le comamos, para unirse con nosotros, para darnos su amor, el amor mismo de Dios.

Si uno es devoto de verdad de San Pascual Bailón, tiene que serlo de la Eucaristía. Porque los santos se nos proponen como ejemplo y modelo, para que nosotros caminemos por donde han caminado ellos. El pueblo de Villarreal es un pueblo eucarístico, un pueblo que sabe que el mejor tesoro que guarda el Cuerpo del Señor en la Eucaristía. Hemos de crecer más y más, queridos hermanos, en la devoción al sacramento de la Eucaristía. ¡Que no sea cosa de un día, que sea de todo el año! ¡Y que acudamos con frecuencia el domingo a la Misa! Y después en la tarde, en la mañana, cada día pasemos por la iglesia a visitar al principal habitante de nuestro pueblo, que es Jesucristo vivo en el Sagrario, en el sacramento del altar.

San Pascual Bailón, precisamente porque es humilde, se deja amar por Jesucristo en la Eucaristía y le ama con toda su alma, se entrega en el servicio a los pobres. Cuando un corazón es humilde se hace generoso; cuando un corazón esta cerca de Jesucristo, que ha amado hasta entregar su vida en la Cruz, se hace generoso y solidario con los demás. No sólo San Pascual; todos los santos son generosos y solidarios al entregarse y al darse. Porque, sabiéndose amados en desmesura por Dios en Cristo, acogen y viven el mandamiento nuevo de Jesús: “Que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 15, 9).

San Pascual, en los oficios humildes que tuvo que realizar, vivía alegre y contento. Su alegría era Jesucristo, que le amaba. Y esa alegría y ese amor se desbordaba en el amor y en el servicio a los pobres y necesitados de entonces. El nos enseña a nosotros a ser generosos y caritativos con los pobres y necesitados de hoy. “Los pobres los tenéis entre vosotros” nos dice Jesús: pobres de pan, pobres de cultura, pobres de Dios. Pero se necesitan corazones generosos como el de San Pascual, como el de un buen cristiano para salir al paso de esas múltiples necesidades.

La fuente más importante de amor, de solidaridad y de generosidad en la humanidad ha sido y es el sacramento de la Eucaristía. Así es históricamente y así tiene que ser en nuestras propias vidas. Comemos a Jesucristo en la Eucaristía para ser amados, para amar y servir a los demás, para estar atentos a los demás, para compartir, para ser caritativos y solidarios. Cuando nos alejamos de Dios o de Jesucristo, nuestro corazón se hace egoísta, todo se nos hace poco. Y si se habla de solidaridad, eso vale para los demás: para que compartan con nosotros y no al revés. Por el contrario, cuando nos acercamos a Jesucristo, él nos enseña a vivir en la verdad, a despojarnos de todo, a ser serviciales, solidarios, fraternos, capaces de atender las necesidades de los hermanos. Un pueblo eucarístico, como Villarreal, es un pueblo fraterno, solidario, caritativo y servicial con los pobres y con los necesitados. Os agradezco y os felicito por la iniciativa de hacer colecta de ayer en la ofrenda de flores a San Pascual, para que, a tarvés de Cáritas, llegue a las víctimas de la profunda crisis económica que padecemos.

Y este es el mensaje que San Pascual nos tramite en el día de su fiesta, especialmente en estos momentos de fuerte crisis económica y social. Pero contemplando las virtudes de San Pascual hemos de afrontar también sus causas, que están en la quiebra de valores morales y espirituales de nuestra sociedad.

Hemos de redoblar nuestra generosidad para paliar la pobreza y el sufrimiento de tantas personas y familias, victimas de la crisis económica. Pero también hemos de recuperar la dignidad de la persona humana, de toda persona humana desde su concepción hasta su muerte natural, y la norma y los valores morales en nuestras relaciones personales y sociales. El respeto, la defensa y la promoción de las personas y de su dignidad inviola­ble es y debería ser el pilar fundamental para la estructuración y progreso de la sociedad. La dignidad personal constituye el fundamento de la igualdad, de participación y de solidaridad de los hombres entre sí y el apoyo más firme para un desarrollo económico y social auténticamente humano.

A lo largo de la historia de la humanidad de nuestra cultura cristiana las fiestas de los santos, las fiestas de Jesucristo y las fiestas de la Virgen han llenado de alegría el corazón de los habitantes de nuestros pueblos. Y han llenado también de esperanza el corazón de muchas personas, que gracias a esta esperanza han trabajado en la construcción de un mundo mejor, más justo, más fraterno y más humano.

Los cristianos tenemos mucho que ofrecer a nuestro mundo y a nuestra sociedad en estos momentos de crisis. Jesucristo es el único que puede salvarnos de nuestros pecados que nos esclavizan. Es Jesucristo el que puede darnos el gozo que le dio a San Pascual Bailón, precisamente a través del sacramento de la Eucaristía. Es Jesucristo el que nos hace parecidos a él serviciales y caritativos con nuestros hermanos.

Celebremos esta fiesta cristiana con un profundo sentido religioso. Las fiestas no son sólo un acontecimiento social; son un acontecimiento religioso del pueblo creyente, del pueblo que alimenta su fe al mirar a los santos, al celebrar la Eucaristía y  ahí a ser solidarios con los hermanos y con las necesidades de los demás. No reduzcamos las fiestas a un puro acontecimiento externo. Entremos dentro del meollo de lo que una fiesta religiosa lleva consigo. Y una fiesta, en definitiva, nos acerca a Jesucristo, nos acerca a Dios. Y por eso no acerca a nuestros hermanos los hombres. Gocemos hermanos porque hombres como San Pascual nos estimulan en el camino de la vida; gocemos como, porque también como él, hoy tenemos en medio de nosotros el Santísimo Sacramento del altar. Cristo presente en la Eucaristía como alimento de vida eterna, como compañero de nuestro camino, como salvación para todos los hombres. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Consagración de virgen de Mª Elena Domenech

Castellón, Sto. Tomás de Villanueva, 16 de mayo de 2009

Domingo VI de Pascua

(Is 60, 19. 62,1-5; Sal 40; 1 Jn 4,7-10; Jn 15, 9-17)

 

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

En menos de un año el Señor Resucitado nos convoca de nuevo en esta Iglesia parroquial de Santo Tomás de Villanueva para la consagración de una virgen: entonces era para la consagración de Juana, hoy lo es para la de Mª Elena. Es un nuevo don de Dios en nuestra Iglesia y para nuestra Iglesia diocesana, que ve así incrementado su Orden de las Vírgenes. Alabemos y demos gracias a Dios por esta nueva vocación a la virginidad consagrada. Es un signo más del Señor Jesús resucitado y de su presencia activa por su Espíritu en medio de nuestra Iglesia. Alegrémonos por este nuevo don, que refuerza nuestra esperanza. Cuando siguiendo las palabras del Salmista (40) nos acogemos a Dios y ponemos en él toda nuestra esperanza, nunca quedamos defraudados. Alabemos a Dios que hace brillar su rostro amoroso una vez más en medio de nosotros.

La vocación a la consagración virginal de nuestra hermana es obra del amor de Dios. “Dios es amor”, nos dice San Juan (1 Jn 4,8). Esta revelación del rostro de Dios no es una especulación; es la experiencia personal de Juan, testigo directo del amor de Dios manifestado en Cristo. Cada cristiano llega a serlo también cuando entra en la comunión con Dios en Cristo en su Iglesia, cuando experimenta su amor en la intimidad de su corazón. El amor no es algo para explicar. Dios ha revelado que es amor a través de sus obras, a través de su desmesurada caridad, mostrada de modo supremo en Jesucristo: porque Dios nos ama en desmesura nos ha dado a su mismo Hijo único, a su Hijo amadísimo, “para que vivamos por medio de Él” (1 Jn 4,9). El ser humano está necesitado de amor, sobre todo, del amor de Dios, para poder vivir y ser feliz.

El amor nace siempre en Dios. Dios, que es amor, es la fuente del amor. El Hijo, Jesús, se origina del Padre en un proceso de Amor, que es el Espíritu. Este amor en Dios es comunión plena de vida, es comunidad de personas, es trinidad de personas. Este Dios-amor nos llama a la vida por amor para hacernos partícipes de su amor intratrinitario, el único capaz de saciar nuestro deseo innato de felicidad. El signo más claro de ese amor por cada uno de nosotros, su encarnación, es Cristo Jesús. El es el camino del amor de Dios hacia nosotros y de nosotros hacia él, porque él es la Vida. Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su propio Hijo. Tanto nos amó Jesús que entregó su vida hasta la muerte por nosotros para que tengamos vida en abundancia. Jesús es el amor de Dios hecho rostro humano; él es la medida y el camino del amor de Dios.

San Juan, en la segunda lectura de este Domingo, nos recuerda: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación de nuestros pecados” (1 Jn 4, 10). Estas palabras de Juan son aplicables a toda vocación cristiana, y también a tu vocación a la virginidad consagrada. Dios nos precede con su amor; el toma la iniciativa. Por el misterio Pascual de su Hijo, nos libera de la esclavitud del pecado, es decir, de nuestra incapacidad de acoger su amor; y, sobre todo, nos abre a la vida de comunión con Dios, nos hace ‘capaces’ de ser morada de Dios; nos capacita para ser de Dios y amar a Dios.

¡Cómo has experimentado tú, Mª Elena, este amor y la ternura de Dios en tu vida! El Hijo amado, que tiene una relación única con el Padre, es el que te ha introducido en la inefable circulación de amor que une, en la Santísima Trinidad, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Cierto que no han faltado pruebas y días de oscuridad en tu vida por la fragilidad de tu salud. Pero siempre has experimentado que el amor de Dios te acompañaba. Y tú, sintiéndote amada por Dios, le supiste responder con esas palabras tan tuyas: “De Dios soy” y te has entregado a él para su alabanza y para su gloria. Querías, eso sí, serlo y vivirlo en la intimidad. Pero el Señor te ha mostrado a través de su Iglesia que te llamaba a una consagración pública y solemne.

Sí. Dios te llama por medio de la Iglesia a sellar tu amor pleno y esponsal con Jesucristo mediante tu consagración pública y solemne. Dios, que se ha complacido en ti, desea desposarse contigo para que seas “corona de adorno en su mano” (Is 62, 3). El Señor desea atraerte más íntimamente a sí, para que, desposada con él, pongas su carisma al servicio de la Iglesia y de todos los hombres. Así podrás entregarte con más ahínco a la extensión del Reino de Dios para que la Buena Noticia, que Dios es amor y nos ama, llegue a todos.

Por medio de mi ministerio, el Espíritu Santo va a enriquecerte esta tarde con una nueva unción espiritual. Este mismo Espíritu te consagrará a Dios con un nuevo título, al elevarte a la digni­dad de esposa de Cristo, uniéndote con vínculo indisoluble al mismo Hijo de Dios.

El modelo de tu virginidad está en la persona, en la vida y en las palabras de Jesús. Jesús fue y vivió virgen. El fue así la traducción humana de Dios, que es amor: amor universal, sacrificado, enteramente desprendido y entregado. El, su vida y su palabra, es la encarnación máxima del amor de Dios y del amor a los hermanos. Tu consagración te capacita y te llama a seguir más de cerca a Cristo. Siguiendo sus huellas estarás más disponible para amar a Dios y a los hermanos, para una entera y exclusiva dedicación a las “cosas del Señor”.

Tu consagración virginal es un don de Dios en la Iglesia; en la Iglesia lo has descubierto y la Iglesia lo reconoce hoy. Y, es un de Dios nuestra Iglesia. Pero, como nos recuerda Benedicto XVI, la virginidad consagrada es “un carisma tan luminoso y fecundo a los ojos de la fe, como oscuro e inútil a los del mundo” (Discurso de 15 de mayo de 2008 a un grupo de vírgenes con ocasión del segundo Congreso ‘Ordo Virginum’)

A los ojos de la fe, ser virgen desposada con el Señor y renunciar por el Reino de los cielos al matrimonio, no es una renuncia al amor. Al contrario, es una forma de vivir el amor en sobreabundancia, como Cristo, tu Esposo. Quien acoge con generosidad y vive con fidelidad el don a la virginidad, vive también con radicalidad el amor a Dios y a los hermanos. Que haya en la Iglesia hombres y mujeres que por esta sobreabundancia de amor permanezcan vírgenes para radicalizarse en el servicio a Dios y a los hermanos es un gran don para la comunidad eclesial.

Los Padres de la Iglesia llaman Esposas de Cristo, propio de la misma Iglesia, a las vírgenes consa­gradas a Cristo. Y con razón, pues ellas prefiguran el Reino futuro de Dios, en donde nadie tomará marido ni mujer, sino que todos serán como los ángeles de Dios.

La virginidad no es algo que se pueda minusvalorar, o equiparar a cualquier otro proyecto. No es algo que haya que ocultar, ignorar o silenciar al pueblo cristiano por más que no se entienda en un mundo alejado de Dios, en un mundo utilitarista y que deshumaniza la sexualidad.

Jesús, en el Evangelio de hoy te dice como antaño a tus discípulos: no has sido tu quien me ha elegido; soy yo quien te he elegido y te he destinado para que vayas y des fruto, y tu fruto dure (cf. Jn 15, 16).

Procura, pues, hija amada, que toda tu vida concuerde con la vocación y la dignidad a la que has sido llamada y a la que eres consagrada. La Iglesia te considera como la porción más escogida de la grey de Cristo, pues por ti se manifiesta y crece su fecundidad. A ejemplo de María, la Virgen Madre de Dios, has de ser “esclava del Señor de nombre y de hecho, a imitación de la Madre de Dios” (Ritual, 29), entregando a Dios todo tu ser como la Virgen de Nazaret. ¡Que el Señor sea todo para ti, porque a Él has elegido por encima de todo! Tu carisma debe reflejar la intensidad, pero también la lozanía de los orígenes, del amor primero de nuestra Iglesia.

Tu consagración virginal no exige ningún cambio exterior particular. Permanecerás en tu propio ambiente de vida. Aunque no asumes las características específicas de la vida religiosa, sobre todo de la obediencia, tu carisma implica una entrega total a Cristo, una configuración con el Esposo, que requiere implícitamente la observancia de los consejos evangélicos, para conservar íntegra, fresca y creciente tu fidelidad al Señor (cf. Ritual, 47).

“Permaneced en mi amor”, dice Jesús a sus discípulos (Jn 15, 9). Para una virgen consagrada permanecer en el amor de Cristo pide interioridad y, al mismo tiempo, la impulsa a comunicarse con los hermanos. “Que tu vida sea un testimonio particular de caridad y signo visible del Reino futuro” (Ritual 30). ¡Que en tu vida personal irradie siempre la dignidad y porte externo de ser esposa de Cristo, que exprese la novedad de la existencia cristiana y la espera serena de la vida futura. Así, con tu vida recta, podrás ser estrella que orienta el camino del mundo. La elección de la vida virginal recuerda a las personas la transitoriedad de las realidades terrenas y la anticipación de los bienes futuros. Sé testigo de la espera vigilante y operante de la venida del Señor; sé testigo de la alegría, de la paz y de la seguridad, propia de quien se abandona al amor de Dios (Cf. Benedicto XVI, Discurso citado).

Viviendo en medio de este mundo, sábete siempre peregrina hacia el Reino, pues la virgen consagrada se identifica con la esposa que, juntamente con el Espíritu, invoca la venida del Señor: “El Espíritu y la esposa dicen: “¡Ven!” (Ap 22, 17).

¡Que Cristo, tu Esposo, sea, ya en la tierra, tu gozo! Así será también tu corona cuando te introduzca en su Reino, donde, siguiendo al Cordero dondequiera que vaya, cantarás eternamente un cántico nuevo por los siglos de los siglos. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de San Juan de Ávila

Iglesia del Seminario ‘Mater Dei’, 11 de Mayo de 2009

(Ez 34,11-16; Sal 22; 2 Cor 4,1-2.5-7; Mt 9,35,38)

 

En torno a la mesa de la Palabra y de la Eucaristía celebramos hoy con gozo la Fiesta de San Juan Ávila, Apóstol de Andalucía y Patrono de clero español. Damos gracias a Dios por el don de San Juan de Ávila, por su doctrina, por su ejemplo de vida apostólica y por su santidad de vida; él fue, en verdad, “maestro ejemplar por la santidad de su vida y por su celo apostólico”. Animados por el espíritu y las enseñanzas del Apóstol de Andalucía, en esta jornada sacerdotal expresamos con gozo nuestra gratitud a Dios por el don de nuestro ministerio presbiteral. Con palabras del salmista (88), cantemos las misericordias del Señor, proclamemos su grandeza para con nosotros.

Unidos en la oración suplicamos a Dios Padre que nos conceda a todos los sacerdotes la gracia de alcanzar la santidad, siguiendo las huellas de su Hijo, el Buen Pastor, y el ejemplo de nuestro Patrono, San Juan de Avila. Toda la Iglesia, todos los cristianos, y, en particular, el obispo y los presbíteros estamos llamados a la santidad. Nos urge fortalecer nuestra espiritualidad, cultivarla por los medios conocidos de la oración y la celebración de los sacramentos, alimentarla en el ejercicio de nuestro ministerio: nos urge avivar nuestro deseo de ser santos. En el Oficio de lecturas de la Fiesta de nuestro Patrono podemos leer de una sus pláticas: “¿Por qué los sacerdotes no son santos, pues es lugar donde Dios viene glorioso, inmortal, inefable, como no vino en los otros lugares? Y el sacerdote lo trae con las palabras de la consagración, y no lo trajeron los otros lugares, sacando a la Virgen. Relicarios somos de Dios, casa de Dios y, a modo de decir, criadores de Dios; a los cuales nombres conviene gran santidad” (Liturgia de las Horas, II, 1511).

Es precisamente esta tensión de todos nosotros, sacerdotes y obispos, hacia la perfección espiritual, de la que depende sobre todo la eficacia de nuestro ministerio, la razón por la que el Santo Padre, Benedicto XVI ha convocado un ‘Año sacerdotal especial’, desde el próximo 19 de junio hasta el 19 de junio de 2010. La ocasión la brinda la celebración del 150° aniversario de la muerte del santo cura de Ars, Juan María Vianney, verdadero ejemplo de pastor al servicio del rebaño de Cristo (Discurso a los participantes en la asamblea pelanria de Congregación para el Clero, de 16 de marzo de 2009).

En esta tensión hacia la perfección espiritual fijamos nuestra mirada en el Señor, como también lo hicieron San Juan de Ávila y el santo cura de Ars. Cristo Jesús es “el buen pastor” (Jn 10, 11). En él se cumple la promesa que el Dios de Israel hizo por boca de los profetas: “Yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él” (Ez 34, 11). Cristo apacienta al pueblo de Dios con la fuerza de su amor; él se gasta y se desgasta por sus ovejas; él se desvive por ellas: busca a la perdidas, recoge a las descarriadas, venda a las heridas, cura a la enfermas, guarda a las gordas y fuertes; apacienta a todas como es debido (cf. Ez 34, 15-16); y él, finalmente, se entrega a sí mismo en sacrificio: un amor total llevado al extremo de dar la vida por su grey. Cristo Jesús entrega su vida, con absoluta libertad y en obediencia fiel a la misión recibida del Padre, para recuperarla de nuevo (cf. Jn 10, 17), y vencer así, “por nosotros”, donde nosotros estábamos condenados a la derrota.

Queridos sacerdotes: En el Cenáculo, la víspera de su pasión, Jesús quiso hacernos partícipes de la vocación y misión que el Padre le había confiado. Nuestro ministerio, fruto de la ‘misericordia de Dios’, consiste en llevar a los hombres y mujeres al encuentro con Cristo para introducirlos en el misterio universal de amor y de salvación de Dios.

Como Pablo nos recuerda “no nos predicamos a nosotros mismos; predicamos que Cristo es Señor, y nosotros siervos vuestros por Jesús” (2 Cor 4, 5-ss.). Estamos llamados a contribuir de distintas maneras, allá donde el Señor nos pone, en la formación y pastoreo de la comunidad del pueblo de Dios. Nuestra misión consiste en apacentar la grey de Dios que nos ha sido confiada mediante el triple munus de la enseñanza, de la santificación y de la dirección. Y hemos de hacerlo, tras las huellas del Buen Pastor, con total entrega y en permanente actitud de servicio: sin cobardías por temor al rechazo, al insulto o a la persecución; dejando de un lado toda clase de intrigas, incluidas las ‘clericales’, que nos debilitan, descentran y paralizan en nuestra misión, además de hacer ineficaz nuestro ministerio. No podemos adulterar la palabra de Dios para adaptarla a los criterios del mundo, a las ideologías, a las modas o a los gustos de cada uno. Hemos de dejar que la Palabra de Dios, conocida, acogida, asimilada y vivida por cada uno de nosotros, llegue al corazón y a la conciencia de las personas en toda su pureza e integridad tal como nos llega en la tradición viva de la Iglesia.

En la convocatoria del ‘Año sacerdotal especial’, el Papa indica que nuestra misión como presbíteros se lleva a cabo ‘en la Iglesia’ por lo que ha de ser siempre eclesial, de comunión, jerárquica y doctrinal; cuatro notas interrelacionadas e indispensables para lograr su eficacia espiritual.

Nuestra misión es y ha de ser siempre ‘eclesial’ porque “nadie anuncia o se lleva a sí mismo, sino que, dentro y a través de su propia humanidad, todo sacerdote debe ser muy consciente de que lleva a Otro, a Dios mismo, al mundo. Dios es la única riqueza que, en definitiva, los hombres desean encontrar en un sacerdote”.

Nuestra misión es y ha de ser ‘de comunión’ porque “se lleva a cabo en una unidad y comunión que sólo de forma secundaria tiene también aspectos relevantes de visibilidad social. Estos, por otra parte, derivan esencialmente de la intimidad divina, de la cual el sacerdote está llamado a ser experto, para poder llevar, con humildad y confianza, las almas a él confiadas al mismo encuentro con el Señor”.

Nuestra misión es y ha de ser “‘jerárquica’ y ‘doctrinal’; “ambas sugieren la importancia de la disciplina (término relacionado con ‘discípulo’) eclesiástica y de la formación doctrinal, y no sólo teológica, inicial y permanente”. “La misión ha de basarse en una buena formación, llevada a cabo en comunión con la Tradición eclesial ininterrumpida, sin rupturas ni tentaciones de discontinuidad. Hemos de trabajar en una correcta recepción de los textos del Concilio Ecuménico Vaticano II, interpretados a la luz de todo el patrimonio doctrinal de la Iglesia” (Cf. Discurso citado)

San Pablo nos recordaba que anunciamos a Jesús de Nazaret, Señor y Cristo, crucificado y resucitado, Soberano del tiempo y de la historia. Y lo hemos de hacer con la alegre certeza de que esta verdad coincide con las expectativas más profundas del corazón humano. La centralidad de Cristo trae consigo la valoración correcta del sacerdocio ministerial, sin el cual no existiría la Eucaristía ni, por tanto, la misión y la Iglesia misma.

Dejemos espacio en nuestro corazón y en nuestro ministerio a las palabras del evangelio de hoy (Mt 9, 35-38. 38): “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”. Si toda la comunidad eclesial, y, a su cabeza, el Obispo, somos responsables de las vocaciones en la Iglesia, y en especial de las vocaciones al ministerio ordenado, los sacerdotes desempeñáis un papel único e insustituible en esta pastoral vocacional. No podemos dudar que Cristo sigue llamando al sacerdocio ordenado a niños, adolescentes y jóvenes, porque los ama (cf. Mc. 10, 2). Los principales interlocutores en el diálogo vocacional con el Señor son los mismos niños y jóvenes; pero nos toca a los sacerdotes ayudarles a encontrar la luz en todo el abanico de las vocaciones. Cuando un niño, adolescente o joven manifiesta inclinación a la vocación sacerdotal, el sacerdote ha de acercarse a él con delicadeza y hacerle una propuesta explícita, acompañándole con un esmerado acompañamiento espiritual. Por ello debemos estar cerca de los niños, adolescentes y jóvenes. No olvidemos que la mejor propuesta procede de nuestra propia vida, coherente y feliz, identificada con nuestra vocación y nuestro ministerio.

Jesucristo está en el centro de nuestro ministerio. Él es quien salva y santifica; los sacerdotes participamos directamente en su obra en la medida de la intensidad de nuestra unión con él. Si permanecemos en él, daremos mucho fruto; por el contrario, sin él no podremos hacer nada (cf. Jn 15, 5). Él nos ha elegido, y nos ha “constituido”, para que vayamos y demos fruto, y nuestro fruto permanezca (cf. Jn 15, 16). Jesús espera de nosotros una fidelidad mayor. El nos llama para que permanezcamos con él (cf. Mc 3, 14) en una intimidad privilegiada.

El camino de nuestra santidad es la caridad pastoral, que da unidad a nuestra vida. En el nombre de Jesucristo, Buen Pastor, hemos sido consagrados presbíteros, para pastorear en su nombre y en representación suya, siguiendo su modo de vida. La gracia inagotable del sacramento nos ha transformado interiormente para que nuestra vida ministerial, unida para siempre a la de Cristo sacerdote y pastor, se convierta en un cántico al amor misericordioso de Dios.

A través de nuestras manos el buen Pastor sigue entregando sacramentalmente su vida por la salvación del mundo, atrayendo a todos hacia sí e invitándolos a acoger el abrazo del único Padre. Seamos siempre conscientes de este don y demos gracias por él a Dios.

En esta celebración van a recibir los ministerios del lectorado tres de nuestros seminaristas. Queridos Oscar, Alberto y José Miguel. Por el ministerio de lector se os va encomendar la misión de proclamar la Palabra de Dios en las celebraciones litúrgicas; por vuestro ministerio, todos podrán llegar a conocer a Dios Padre y a Jesucristo, su enviado, y alcanzar la vida eterna. Para ejercer dignamente este ministerio no olvidéis que vosotros mismos debéis escuchar la Palabra, conocerla, meditarla y conservarla en vuestro corazón para que día a día se acreciente en vosotros el suave y vivo amor por la Palabra de Dios.

Que María, Mater Dei y Redemptoris Mater, nos acompañe a todos y cuide de nosotros para que seamos fieles a su Hijo Jesucristo, según la vocación y el ministerio que cada uno hemos recibido. A Ella os encomiendo a todos y a su intercesión encomiendo el don de nuevas vocaciones al ministerio sacerdotal. Ella sabe guiarnos, día a día, para que seamos pastores santos tras las huellas de su Hijo, el buen Pastor. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Aunar esfuerzos en la educación

Queridos diocesanos:

Un buen conocedor del mundo de la educación ha afirmado que los agentes en la educación de las nuevas generaciones han cambiado radicalmente. Si antaño eran la familia, la parroquia y la escuela determinantes en la educación en general y en la educación en la fe cristiana en especial, hoy la palma se la llevan otros factores, como son la televisión, Internet, los amigos y el ambiente. Los agentes educativos de antaño habrían pasado a representar tan sólo un veinte por ciento en el conjunto de agentes de la educación. Esta afirmación la constatamos una y otra vez en conversaciones con padres, educadores, párrocos y catequistas. Todos, cada cual en su ámbito, experimentan serias dificultades para la educación y para la transmisión de la fe cristiana.

Por todo ello se hace necesario, hoy más que nunca, aunar esfuerzos en la tarea educativa de padres, colegios católicos, profesores de religión y parroquias. Corresponde a los padres el derecho y la responsabilidad de educar a sus hijos: es su derecho y deber inalienable. La familia es el primer ámbito educativo, también en la fe y en la vida cristiana, que ha de ser apoyada por el resto de los agentes educativos.

La elección de un colegio católico, la opción de la clase de religión y la inscripción en la catequesis parroquial han de estar motivadas fundamentalmente por el deseo de que los hijos crezcan como cristianos y maduren en su fe y en su vida cristiana. Jesucristo y su Evangelio no son suplementarios en la educación de un cristiano; son, más, bien la columna vertebral en el crecimiento de su ser personal, de su libertad y de su responsabilidad, la fuente de valores y principios, la base de una educación en la verdad y en el bien. Son los que dan unidad a todo el proceso educativo.

Si a los niños y jóvenes se les presenta a Cristo con su verdadero rostro, ellos lo experimentan como una respuesta convincente y son capaces de acoger el mensaje. Juan Pablo II concretaba,  como núcleo esencial de la gran herencia que nos dejaba el jubileo del año 2000,  la contemplación del rostro de Cristo: contemplado en sus coordenadas históricas y en su misterio, acogido en su múltiple presencia en la Iglesia y en el mundo, confesado como sentido de la historia y luz de nuestro camino.

Por todo ello es vital que en la transmisión de la fe a los niños y jóvenes se integren todas aquellas acciones educativas que la Iglesia realiza en su acción pastoral a través de la familia, de la enseñanza y la catequesis. La coordinación e integración de todas estas acciones educativas es una tarea no sólo necesaria sino imprescindible pues todas ellas tienen el mismo fin evangelizador en la transmisión de la fe. Sin solapar ninguno de los elementos que las definen, la coordinación e integración de toda acción educativa católica en un gran proyecto educativo es, a su vez, una demanda ineludible para que el crecimiento religioso del alumno se realice en total armonía.

De los educadores cristianos –padres, profesores y catequistas- se espera ante todo que sean testigos, que ayuden a niños y jóvenes a descubrir la verdad y el bien en el encuentro con Jesucristo y su Evangelio con verdadero sentido eclesial.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Clausura del Año Mariano del Lledó

Queridos diocesanos:

Hace un año comenzábamos el primer Año Mariano del Lledó con una Misa Estacional en la Basílica y el traslado de la Virgen a la Con-catedral de Santa María. Este domingo, tres de mayo, lo clausuramos con una Solemne Misa Pontifical, presidida por el Sr. Nuncio de Su Santidad en España y la procesión vespertina.

Si hacemos valoración de este Año Mariano, creo poder afirmar que ha sido en verdad un tiempo de gracia de Dios que nos ha de ayudado a convertirnos más a Dios de manos de María. Fueron, en efecto, innumerables los que se acercaron hasta la Con-catedral de Santa María para orar a la Mare de Déu María y participar en las Eucaristías y en los distintos actos de aquellos inolvidables días. E innumerables también fueron quienes, llevados por su amor maternal, se reconciliaron con Dios, con la Iglesia y con los hermanos en el Sacramento de la Penitencia. Otros muchos, individualmente, en grupos o con sus parroquias, han visitado a lo largo del año a la Virgen en su Santuario. De manos de María nos hemos encontrado con el Hijo y así hemos podido redescubrir a Dios, no a un Dios cualquiera, sino al Dios con el rostro humano, porque cuando vemos al Hijo de María vemos a Dios.

María nos ha enseñado que la tarea más urgente de nuestra Iglesia y de los cristianos en este momento es afirmar y proclamar a Dios y su grandeza en un mundo que quiere vivir de espaldas a Dios. Y nos ha enseñado a hacerlo como ella lo hizo: de palabra y con hechos, y con la certeza de que así afirmamos y servimos al hombre. Ella nos ha enseñado a abrir nuestro corazón a Dios en Cristo: abrirnos a su amor, a su gracia y a su presencia en nuestra vida.

La Mare de Déu nos ha mostrado el camino para abrir las ventanas cerradas de nuestro corazón a Cristo y a su Evangelio, para que su luz pueda brillar entre nosotros, para que haya espacio para la presencia de Dios en nuestras vidas pues allí donde está Dios nuestra vida resulta luminosa, incluso en la fatiga de nuestra existencia. Nuestra Iglesia -no lo olvidemos- existe para que Dios, el Dios vivo, sea reconocido y dado a conocer, para que el hombre pueda vivir ante su mirada, en su presencia. La Iglesia existe, como María, para dar testimonio de Dios, de su Hijo Jesucristo y de su Evangelio y llevar a los hombres a Dios en Cristo, fuente de su libertad, fundamento de su verdad, razón última de nuestro ser y de nuestra esperanza.

Sigamos mirando, contemplando y rezando a María, la Mare de Déu del Lledó. Ella fue enteramente de Dios y vivió para Dios. Ella fue la fiel esclava del Señor que se plegó enteramente a la voluntad de Dios. A ella hemos de acudir en todos los momentos de nuestra vida, y, en especial, en los momentos de debilidad o de dificultad, de dolor o de aflicción, pero también en los momentos de alegría o de alivio. Como una buena madre, María nos lleva a su Hijo. Estamos en el ‘destierro de la vida’, peregrinamos hacia la plenitud en Dios. María nos acompaña siempre.

Toda la vida cristiana es como una gran peregrinación hacía la casa del Padre, del cual se descubre cada día su amor incondicionado por toda criatura humana. ¡Que la Mare de Déu nos proteja y ayude a vivir como Ella vivió!

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón