Búsqueda de la felicidad

Queridos diocesanos:

Todos buscamos la felicidad; y no siempre la encontramos porque la buscamos en fuentes que no la dan. Hace poco me encontré con un joven que tenía el rostro triste. Le pregunté si era feliz; él me respondió que no lo era. Toda la semana y, de modo especial, el fin de semana había buscado ser feliz; nada ni nadie había colmado su deseo de felicidad. Le propuse que meditara en aquello que dice Jesucristo al ‘joven rico’ (que tampoco era feliz): “Si quieres ser feliz, deja todo lo que tienes, ven y sígueme”.

Para Cristo sólo hay un deseo y es el de que seamos felices. San Agustín buscaba ser feliz y un día encontró la fuente de esta felicidad y dice: “¿Cómo es, Señor, que yo te busco? Porque al buscarte, Dios mío, busco la vida feliz, haz que te busque para que viva mi alma, porque mi cuerpo vive de mi alma y mi alma vive de ti” (Conf. 10,2029).

Sólo Dios puede saciar la felicidad que buscamos. Es una afirmación que no tiene cobertura informativa, ni prueba de ciencia matemática tal y como se mueven hoy ciertos parámetros ideológicos, pero tiene cobertura existencial puesto que la realidad va más allá de las simples afirmaciones vacías de significado y llenas de mucho engaño.

Con voz alta lo digo, lo creo y lo intento vivir con todas mis fuerzas: La felicidad auténtica viene de Dios y no del montaje efímero de nuestros ídolos aunque sean los más nobles que puedan darse en la naturaleza y en nuestra vida. Dios es lo único que no muere; lo demás fenece, y pronto. Ciertamente todos nosotros queremos vivir felices y en el género humano no hay nadie que no dé su asentimiento a esta proposición incluso antes de que sea plenamente enunciada.

Dios nos llama a su propia bienaventuranza que es la dicha sin fin. El Catecismo de la Iglesia católica (nº 1723) afirma que si queremos vivir felices hemos optar por actos y actitudes morales decisivas. Nos invita a purificar nuestro corazón de malvados instintos y a buscar a Dios y su amor por encima de todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino sólo en Dios, fuente de todo bien y de todo amor.

Decía el Cardenal Newman que el dinero es el ídolo de nuestro tiempo. A él rinde homenaje instintivo la multitud, la masa de los hombres. Estos miden la dicha según la fortuna, y, según la fortuna, también miden la honorabilidad, el prestigio, el poder y la fama. Todo esto se debe a la convicción de que con la riqueza se puede todo. La riqueza por tanto es uno de los ídolos de nuestros días, como son el poder y la notoriedad.

La notoriedad, el hecho de ser reconocido y de hacer ruido en el mundo, lo que podría llamarse una fama de prensa, ha llegado a ser considerada como un bien en sí mismo, un bien soberano, un objeto de verdadera veneración. Es tan inconsistente este modo de proceder que al final de la jornada uno se topa consigo mismo y esto le lleva o a una fantasmagórica experiencia que sólo produce tristeza y malestar o a una razón de vivir que le pone en la clave de lo único que vale y es total plenitud.

No lo olvidemos: La felicidad sólo es posible si se basa en Dios que es su fuente.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Ante la crisis, reforzar la caridad

Queridos diocesanos:

En el centro de la Solemnidad del Corpus Christi está el Sacramento de la Eucaristía, el Sacramento del amor, en que Cristo Jesús nos ha dejado el memorial de su entrega total por amor en la Cruz. En la Eucaristía, el mismo Cristo se nos ofrece como la comida que da la Vida y se queda presente entre nosotros para que, en adoración, contemplemos su amor supremo y nos dejemos empapar de él.

La Eucaristía es central y vital para la Iglesia y para cada cristiano; es la cima hacia la que caminan y la fuente de la que se nutren. Sin la celebración eucarística no habría Iglesia; y sin la participación plena en ella, la vida de todo cristiano languidece, se apaga y muere. En el Sacramento del Altar se hace actual la entrega total de Jesucristo hasta la muerte por amor en obediencia al Padre. En la Eucaristía, el Señor mismo nos invita a su mesa y nos sirve, y, sobre todo, nos da su amor hasta el extremo de ser Él mismo el que se nos da en el pan partido y repartido, y el vino derramado y entregado. La comunión del Cuerpo de Cristo une a los cristianos con el Señor, y en la comunión con Él, se alcanza la comunión de unos con otros. La Eucaristía crea y recrea la nueva fraternidad que es expansiva y que no conoce fronteras.

La Eucaristía tiene por ello unas exigencias concretas para el vivir cotidiano, tanto de la comunidad eclesial como de los cristianos; en ella está enraizado el Mandamiento nuevo del Amor. La Iglesia, cada comunidad eclesial y cada cristiano, están llamados a ser testigos del amor de Cristo, que celebran y del que participan, para que este amor llegue a todos, pues a todos está destinado.

Por ser la Eucaristía el Sacramento del Amor, la Iglesia celebra el Día de la Caridad en la Fiesta del Corpus. Este año, nuestra Cáritas diocesana incide de nuevo en la colecta y campaña extraordinaria lanzada en Navidad. Ante la profunda crisis económica y laboral, que padecemos, Cáritas nos llama con urgencia a rescatar la pobreza, que siempre y antes de nada, tiene rostro humano. Es el rostro de aquellos que en número creciente se quedan sin trabajo, el rostro de quienes se quedan sin el subsidio de desempleo, el rostro de las familias enteras sin trabajo ni subsidio, sin medios para comida, medicina o artículos de higiene, sin posibilidad de pagar el alquiler de la vivienda, los gastos corrientes de luz y agua, sin olvidar las hipotecas. No olvidemos tampoco la crisis y pobreza de valores morales y espirituales, que están en la base de la crisis económica.

A los cristianos, a nuestras comunidades cristianas y parroquiales y a nuestra Iglesia diocesana nos apremia el amor de Cristo. Los pobres no nos dejan indiferentes. Nuestras Cáritas -parroquiales, interparroquiales y diocesana- y otras obras de asociaciones de la Iglesia están desbordadas en el trabajo de los voluntarios y trabajadores, y en sus medios económicos. El Mandamiento Nuevo del amor nos urge a redoblar nuestro compromiso personal y nuestra generosidad económica. El Señor Jesús nos llama a reconocerle, acogerle y amarle en el hermano necesitado hasta compartir nuestro pan, nuestra vida y nuestra fe con él.

Exhorto a los sacerdotes a que redoblen sus esfuerzos para que esta campaña de Cáritas diocesana cale en nuestras comunidades. Y a todos los fieles os pido que colaboréis generosamente con vuestro tiempo y con vuestra aportación económica.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Solemnidad del Corpus Christi

Con gran gozo celebramos hoy la solemnidad del “Corpus Christi”. Especialmente contentos están estos niños y niñas, que han recibido la Eucaristía por primera vez este año. ¿Por qué estáis contentos vosotros, los pequeños, y nosotros, los mayores y vuestros padres nos alegramos con vosotros? No sólo porque estéis esta tarde aquí, vestidos con el traje de la primera comunión, para ir en la procesión arrojando pétalos de flores al paso de la Custodia. El motivo de nuestra alegría es que hoy celebramos de una forma especial y solemne, que Jesús está de verdad en la Sagrada Forma, en la Eucaristía.

Mirad: cuando hoy diga “Tomad y comed, esto es mi cuerpo”. “Tomad y bebed esta es mi sangre, sangre de la nueva Alianza, derramada por todos”, repetiré las mismas palabras, que Jesús dijo en la última Cena cumpliendo el encargo el mismo Jesús hizo a los Apóstoles: “Haced esto en conmemoración mía”. Y lo mismo que ocurrió entonces, sucederá hoy: el pan y el vino se convertirán en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Cuando después, os dé a comulgar la sagrada Forma, os daré el Cuerpo de Jesús. Y más tarde cuando exponga la Forma en la Custodia  para la procesión, ahí está Jesús mismo, al que llevaremos por las calles. Cuando guarde las formas sobrantes en el Sagrario, Jesús sigue estando ahí. En la Sagrada Forma, Jesús se queda presente entre nosotros a fin de que ante el Sagrario podamos hablar con Él. Así lo creemos; y hoy en la procesión se lo queremos decir a todos.

Pero hay todavía más. En la Sagrada Forma encontramos la señal más clara, más fuerte y permanente de que Dios nos ama a todos. En la Eucaristía descubrimos la verdadera cara de Dios: Dios es amor, nos dice el evangelista San Juan, y además ama a todos los hombres en desmesura, es decir de un modo que no nos podemos imaginar; nos ama muchísimo más incluso que nuestros propios padres. Tal es el amor que Dios nos tiene, que entregó a su propio Hijo, a Jesús, hasta la muerte en la Cruz, “por todos nosotros”: para perdonar nuestras faltas y pecados, para darnos su amor y su vida; y el mismo Jesús, porque nos ama con el mismo amor que Dios nos tiene, entregó su vida en la Cruz para mostrarnos y darnos el amor de Dios. ¿Hay un amor más grande que dar la vida por otro?

Pues bien, para que nos quedara una señal bien clara y para siempre de ese amor tan grande que nos tiene, Jesús la noche antes de morir en la Cruz se reúne con sus amigos para celebrar la cena de pascua de los judíos. Y adelantando lo que iba a suceder al día siguiente, toma pan y vino, y dice a sus amigos, que el pan es su cuerpo que va a entregar por todos y el vino es la sangre que va a derramar por los pecados de todos, al día siguiente en la Cruz. Pero todo esto no es pasajero. En la Cruz, Dios hace una alianza de amor, un pacto nuevo y para siempre, con todos los hombres en Jesús. Ya no puede cambiarse; Dios sella una amistad eterna con la humanidad, con todos hombres. Jesús, hombre como nosotros, se ofrece al Padre por todos nosotros, y el Padre Dios lo acepta y le resucita. Los pecados de toda la humanidad son redimidos, Dios reconcilia a los hombres, les devuelve su amor. En cada Misa, hacemos actual lo que ocurrió en la Cruz y en la Resurrección, para que el perdón y el amor de Dios alcancen a todos. La alianza con Dios por mediación de Jesucristo se renueva en cada Misa.

En la Eucaristía, Jesús nos ha dejado el memorial de su entrega total por amor en la Cruz. El mismo se nos ofrece como la comida y la bebida que da el amor y la vida de Dios. “Tomad y comed, esto es mi cuerpo”. “Tomad y bebed esta es mi sangre, sangre de la Alianza, derramada por todos” nos dice.

Por ello la Eucaristía es tan importante para la Iglesia y para cada cristiano, para todos y cada uno de nosotros; es, por así decirlo, el centro de nuestra vida. Así nos lo recordó nuestro querido Papa, Juan Pablo II: “ Sin la participación plena en la Eucaristía, la vida del cristiano languidece, se apaga y muere. En ella, el Señor mismo nos invita a su mesa y nos sirve, y sobre todo, nos da su amor, hasta el extremo de ser Él mismo quien se nos da en el pan partido y repartido, y el vino derramado y entregado”

Sería una pena enorme, que vuestra primera comunión, fuera la última; o que sólo de vez en cuando os acercaseis a comulgar. Vosotros niños y los mayores también: Si queremos vivir y crecer como cristianos tenemos que ir a Misa, al menos todos los domingos y fiestas, tenemos que participar con atención y devoción en ella y tenemos que recibir a Jesús comulgando; si no lo hacemos no seremos verdaderos amigos de Jesús, nos olvidaremos de Él y no viviremos como El quiere. No es verdad que se pueda ser buen cristiano, amigo y seguidor de Jesús sin ir a Misa y sin participar en ella comulgando, estando bien dispuestos.

Cuando recibimos a Jesús en la comunión de su Cuerpo, Jesús se une a nosotros, nos da su amor y su vida, que son el amor y la vida de Dios. Si Jesús se une a cada uno de los que comulgamos, todos quedamos unidos en su amor y en su vida. Ambas cosas no se pueden separar. La participación en la Eucaristía crea y recrea los lazos de amor y de fraternidad entre los que comulgan, sin distinción de personas, por encima de las fronteras, de las razas y de las condiciones sociales. Por todo ello, comulgar tiene unas exigencias concretas para nuestra vida cotidiana, tanto de la comunidad eclesial como de cada uno de los cristianos. Cada cristiano que comulga está llamado a ser testigos del amor que Jesús le ha dado, para que llegue a todos, pues a todos está destinado.

Por eso en el día del Corpus Christi, celebramos el Día de la Caridad, el día del Amor: para que el Amor de Dios llegue a través de nosotros a todos, en especial a todos los excluidos de nuestra sociedad y del mundo entero, para que todos formen parte de la nueva fraternidad creada por el Jesús. Quien en la comunión comparte el amor de Cristo es enviado a ser su testigo compartiendo su pan, su dinero y su vida con el que está a su lado, con el que está necesitado no sólo de pan sino también de amor, con los enfermos, los pobres, los mayores abandonados, etc. en nuestras comunidades; y también por los marginados y de excluidos entre nosotros: drogadictos, alcohólicos, indomiciliados, reclusos, emigrantes o parados.

Ante la profunda crisis económica y laboral, que padecemos, Cáritas nos llama con urgencia a rescatar la pobreza, que siempre y antes de nada, tiene rostro humano. Es el rostro de aquellos que en número creciente se quedan sin trabajo, el rostro de quienes se quedan sin el subsidio de desempleo, el rostro de las familias enteras sin trabajo ni subsidio, sin medios para comida, medicina o artículos de higiene, sin posibilidad de pagar el alquiler de la vivienda, los gastos corrientes de luz y agua, sin olvidar las hipotecas.

No olvidemos tampoco la crisis y pobreza de valores morales y espirituales, que están en la base de la crisis económica. No podemos reducir la crisis a su dimensión financiera y económica. Sería un peligroso engaño. Detrás de la crisis financiera hay otras más hondas que la generan. Esta crisis pone en evidencia una profunda quiebra antropológica y una crisis de valores morales.

La dignidad del ser humano es el valor que ha entrado en crisis cuando no es la persona el centro de la vida social, económica y empresarial; cuando el dinero se convierte en fin en sí mismo y no en un medio al servicio de la persona y del desarrollo social. En el origen de la crisis actual hay que como otra sus causas la falta de “transparencia”, de “responsabilidad” y de “confianza”. Se ha perdido la confianza en las grandes instituciones económicas y financieras y en los sistemas que las regulan, debido a la irresponsabilidad y avaricia de algunos, a la vanidosa competitividad, al deseo de aparentar, de tener más que los demás.

En esta situación el amor de Cristo nos apremia a ser testigos de la verdad del hombre, de la fraternidad entre todos y del amor solidario para con todos. Los pobres no nos pueden dejar indiferentes a los cristianos. Nuestras Cáritas, las congregaciones religiosas y las asociaciones de cristianos están desbordadas por la fuerte demanda de ayuda, que crece día a día. El Mandamiento Nuevo del amor nos urge a redoblar nuestro compromiso personal y nuestra generosidad económica. El Señor Jesús nos llama a reconocerle, acogerle y amarle en el hermano necesitado hasta compartir nuestro pan, nuestra vida y nuestra fe con él.

No lo olvidemos: quien en la comunión comparte el amor de Cristo es enviado a ser su testigo; es enviado a compartir su pan y su vida con el hermano necesitado; nadie puede quedar excluido de nuestro amor, porque nadie esta excluido del amor de Dios, manifestado en Cristo. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Año Mariano de Ntra. Sra. de la Esperanza en Onda

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CASIMIRO LÓPEZ LLORENTE,

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTÓLICA,

OBISPO DE SEGORBE-CASTELLÓN

 

 

La Villa de Onda profesa desde hace siglos una profunda devoción a la Virgen de la Esperanza, a quien se honra tener como Patrona. Cuando en el Año del Señor de mil cuatrocientos treinta y siete, la Comunidad de PP. Carmelitas se asienta en Onda, lo hace exactamente en el lugar en el que existía una pequeña capilla dedicada a la Virgen María de la Esperanza. Esta advocación pasará a ser la titular del convento, lo que ayudará a reforzar y extender la devoción a la Virgen de la Esperanza.

A la Virgen de la Esperanza se han dirigido los ondenses con verdadero afecto filial implorando su protección maternal en todo momento y, sobre todo, en momentos de especial dificultad para las personas, las familias y el pueblo de Onda. Así ocurrió en mil quinientos doce, cuando una embajada del Concejo de la Villa acudió a entrevistarse con el Rey Fernando el Católico, porque éste había cedido la Villa a su sobrino, D. Fernando de Aragón. Temiendo el pueblo la desprotección real, se encomendó a la Virgen de la Esperanza y, tras la entrevista con el Rey, Onda se anexionó de nuevo a la corona pasando a ser de nuevo Villa Real.

La devoción creciente hacia la Virgen de la Esperanza motivó que una embajada de Onda peregrinase a Roma para solicitar del Papa su proclamación como Patrona de la Villa. Esta petición fue atendida en 1502 por el Papa Julio II y el Papa Urbano VIII concedió en 1643 el patronzazo de María de la Esperanza sobre la Villa.

Signos de la permanente y proverbial devoción de Onda a su Patrona serán los traslados de su imagen desde el Santuario hasta la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de Asunción en 1561, 1834 y 1885 en tiempos de epidemia de cólera para implorar la protección de la Madre, así como la construcción del actual Santuario en mil novecientos tres.

Después de los lamentables y penosos sucesos que sufrió España en la primera mitad del siglo pasado y que afectaron también al Santuario y a la imagen, en el año 1956 fue bendecida la actual imagen de la Virgen de la Esperanza; así mismo fue entronizada su imagen en la Iglesia parroquial de la Nuestra Señora de la Asunción.

Un fruto muy especial de esta fervorosa y renovada devoción a la Virgen de Esperanza fue el voto que el pueblo de Onda hizo a su Patrona, circunstancia que todavía perdura en la memoria de muchos ondenses. En efecto: El pueblo se comprometió a celebrar fiestas especiales en honor a Nuestra Señora de la Esperanza, Patrona de la Villa, cada vez que se celebrase Año Santo Compostelano. Estos cultos y festejos especiales fueron celebrados en dos ocasiones durante el mes de mayo de los años 1948 y 1954, centenario de la definición del Dogma de la Inmaculada Concepción. Dichas celebraciones quedaron recogidas en dos escrituras notariales que se conservan en el archivo parroquial de la Parroquia de la Asunción.

La renovación del voto debía haberse hecho en el año 1965, pero no se llevó a cabo por causas que se desconocen. Ante ello, el día 8 de mayo del presente año de dos mil nueve, se reunieron en la Parroquia de la Asunción de Nuestra Señora de la Villa de Onda los párrocos de las tres parroquias de la ciudad: el Rvdo. D. José García Fernández, párroco de San Bartolomé; el Rvdo. P. Luís Torres Pérez, párroco de Virgen del Carmen y el Rvdo. D. Domingo J. Galindo Matías, párroco “in solidum-director” de la Asunción de Nuestra Señora, y acordaron, por unanimidad, solicitarnos la declaración de un “Año Mariano dedicado a Nuestra Señora de la Esperanza” para la Villa de Onda durante el año natural que va desde el 18 de diciembre de 2009 al 18 de diciembre de 2010, por ser este año de 2010 Año Santo Compostelano, así como poder celebrar Año Mariano de la Esperanza en el futuro con la periodicidad que se celebra ‘Año Santo Compostelano’. Este deseo es compartido por las comunidades cristianas de las tres parroquias como lo manifiestan los seglares que, en representación de las tres parroquias, forman parte de la Comisión Interparroquial Preparatoria.

Por todo ello y por el presente:

 

DECLARAMOS ‘Año Mariano de Nuestra Señora de la Esperanza en la Villa de Onda’ desde el 18 de diciembre de 2009 hasta el 18 de diciembre de 2010; y CONCEDEMOS que en el futuro se celebre ‘Año Mariano de Nuestra Señora de la Esperanza’ cada vez que se celebre ‘Año Santo Compostelano’.

 

La celebración del Año Mariano y la recuperación del voto a la patrona de la Villa tendrán como fin ayudar a los cristianos católicos de Onda a aumentar su devoción a Nuestra Señora de la Esperanza, especialmente de los niños y en los jóvenes, así como a fortalecer su fe y vida cristianas en el seguimiento de Cristo, nuestra esperanza, llevados de la mano de María, la mejor discípula de su Hijo. Además, contemplando a María, la mejor Hija de la Iglesia, las parroquias y comunidades religiosas obtendrán la fuerza necesaria para ser más vivas y evangelizadoras, y para trabajar unidas en la común misión evangelizadora.

En un tiempo marcado por una profunda crisis de valores, cuyo exponente más llamativo es la actual grave crisis económica, el Año Mariano es un año de gracia y de esperanza para que, centrados en Jesús, el Salvador, y en María Santísima, trabajemos todos con ilusiones renovadas en la edificación del Reino de Dios. Signo de ello será el espíritu fraterno y de repercusión caritativa y social que habrá de tener al Año Mariano, unidos al esfuerzo de las Caritas Parroquiales de Onda.

Quiera  Dios que los ondenses, que se glorían en Nuestra Señora la Virgen de Esperanza como Patrona de Onda, escuchen y acojan, como Ella,  a su Hijo, la Palabra de Dios, la encarnen en su vida y, unidos en el Espíritu Santo, la ofrezcan a todos para que el Evangelio llegue a todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

A su Corazón maternal confiamos la Villa de Onda, vuestras personas, vuestras familias, las parroquias y comunidades religiosas, y vuestras  intenciones.

Castellón, en la Residencia Episcopal, a trece de junio del Año del Señor de dos mil nueve, en la Víspera de la Solemnidad del Corpus Christi.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Ante mi,

Tomás Albiol Talaya

Vice-Canciller – Vice-Secretario General

Apertura del Año Sacerdotal

A TODO EL PUEBLO DE DIOS EN SEGORBE-CASTELLÓN:
SACERDOTES, DIÁCONOS, CONSAGRADOS Y SEGLARES

 

Amados todos en el Señor:

El santo Padre, Benedicto XVI, ha convocado un Año Sacerdotal con motivo de la celebración del 150º Aniversario de la muerte del santo Cura de Ars, Juan María Vianney, “verdadero ejemplo de pastor al servicio del rebaño de Cristo”. El año sacerdotal se extenderá desde el 19 de junio de 2009, Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús y Jornada de Oración por la Santificación de los sacerdotes, hasta el 19 de Junio de 2010. El mismo Santo Padre abrirá el Año Sacerdotal con una celebración solemne de Vísperas en la Basílica de San Pedro el día 19; hasta allí serán trasladas las reliquias del santo Cura de Ars para esta ocasión.

Nuestra Diócesis se une de todo corazón a este año sacerdotal de la Iglesia Universal. No tendremos una celebración diocesana específica de apertura por la dificultad de asistir a la misma en la Fiesta del Sagrado Corazón que es celebrada con gran solemnidad en muchas parroquias de nuestra Diócesis. La apertura tendrá lugar en las parroquias y en el resto de las comunidades eclesiales. Por ello os ruego a todos que el próximo día 19 de junio os unáis con oraciones especiales a esta intención de la Iglesia universal, que es también la de nuestra Iglesia diocesana. A los sacerdotes les pido que en las celebraciones de la Eucaristía y otros actos de piedad, que se celebren el día 19, lean la presente carta, hagan preces especiales con esta intención y exhorten a los fieles a unirse cordialmente al Año Sacerdotal.

En palabras del mismo Papa, la finalidad de este año sacerdotal es favorecer la “tensión de los sacerdotes hacia la perfección espiritual de la cual depende, sobre todo, la eficacia de su ministerio”, aunque, como es sabido, la eficacia salvífica de los sacramentos no dependa de la santidad de los ministros.

A lo largo del año tendremos diversos actos con este fin; pero ya desde ahora os pido que oréis durante este año de modo especial por nuestros sacerdotes y por su santificación, así como el don de vocaciones al ministerio sacerdotal. Además este año lo hemos de vivir como un momento de gracia de Dios que nos ha de ayudar a valorar la belleza y la importancia del sacerdocio y de cada sacerdote para la Iglesia y para la sociedad, a reconocer con gratitud el trabajo pastoral de nuestros sacerdotes y a mostrarles nuestra cercanía y nuestro amor.

Nuestros sacerdotes son importantes y necesarios no sólo por lo que hacen sino, sobre todo, por lo que son: pastores y servidores de la Iglesia y de la sociedad en nombre de Jesucristo, el Buen Pastor. La inmensa mayoría de los sacerdotes son personas muy dignas, dedicadas en cuerpo y alma al ministerio, hombres de oración y de caridad pastoral, personas con un amor auténtico a Jesucristo, a la Iglesia y a su pueblo, y solidarios con los pobres y con los que sufren. Es bueno que durante este año profundicemos todos en el conocimiento de nuestros sacerdotes y de la identidad sacerdotal, así como en el sentido de su vocación y misión.

A los sacerdotes, este año nos ofrece la inigualable oportunidad de una renovación interior para vivir con alegría y con esperanza la propia identidad y ministerio en estos tiempos recios, para caminar con determinación hacia la santidad, para fortalecer los lazos de la fraternidad en el propio presbiterio y para acrecentar la relación humana y ministerial entre el Obispo y los sacerdotes, que surge del sacramento del Orden.

Pongo bajo la protección de la Virgen de la Cueva Santa, Patrona de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón, este año sacerdotal. A ella le encomiendo a todos y a cada uno de los sacerdotes. ¡Que ella nos enseñe a todos a acoger con gratitud y grandeza de corazón este año de gracia que ahora se abre ante nosotros!

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Oasis del espíritu

Queridos diocesanos.

El domingo de la Santísima Trinidad celebramos la Jornada ‘Pro Orántibus’, una jornada para orar por los monjes y monjas que a diario oran por nosotros en monasterios y conventos. Les queremos mostrar de este modo nuestra estima y gratitud. Siempre necesarios, hoy, si cabe, lo son más que nunca, aunque haya quien no entienda su razón de ser ni su modo de vida. Nuestro mundo necesita, en efecto, volver la mirada a Dios, al Dios Uno y Trino, que es amor, fuente y manantial inagotable de amor.

Somos testigos y –muchas veces- víctimas de un contexto laicista y neopagano, que está marcando profundamente el corazón del hombre de hoy. Vivimos inmersos en un mundo que pretende entender el hombre, la sociedad y la historia como si Dios no existiera. Se propugna y se intenta que la persona humana, su vida y dignidad, su trabajo y sus relaciones, la educación, el matrimonio y la familia, la cultura, la economía y la organización de la sociedad se conciban sin referencia alguna a Dios.

El hombre se ha convertido en absoluto y se ha creado sus propios dioses: el poder y el tener, el prestigio y el disfrute, el progreso sin meta. Dios es ignorado, cuando no rechazado, como Señor de la existencia humana, como su origen, su guía y su meta. Marginar a Dios es la tentación permanente del hombre que pretende ser dios. Lo religioso y, especialmente, lo cristiano son silenciados o ridiculizados. Con frecuencia se hostiga a los creyentes católicos o se les combate abiertamente, cuando Dios, Cristo Jesús y su Evangelio incomodan las posiciones y cuestionan las libertades sin verdad y sin ética que defienden un estilo de vida sin Dios.

Pero el silenciamiento de Dios, de su voz y de su providencia sabia y amorosa abre el camino a una vida humana y a una sociedad sin rumbo y sin sentido; poco a poco se abre el camino a proyectos que acortan el horizonte y se cierran en intereses inmediatos al servicio de idolatrías de distinto tipo. El silencio de Dios en nuestra cultura está llevando a la muerte del hombre y al ocaso de su dignidad. Reducido el hombre a su dimensión material e intramundana, expoliado de su profundidad espiritual, eliminada su referencia a Dios, se inicia la muerte del hombre.

En este contexto, los monasterios y conventos son como un oasis espiritual, que indican al mundo de hoy lo más importante; más aún, que lo único decisivo, que la realidad por excelencia es Dios mismo. Por ello existe una razón última por la que vale la pena vivir, es decir, Dios y su amor inescrutable (Benedicto XVI). Nada hace ensanchar el corazón humano tanto como la consideración de que Dios es el único bien (Sal 16, 2).

La vida contemplativa tiene mucho que decir hoy. Es una forma de vida que dirige nuestra mirada al manantial del ser y de la vida. Es un verdadero antídoto contra una mentalidad materialista y nihilista. La oración de los contemplativos es un verdadero servicio divino de alabanza y adoración al Dios trino que, por encima de todo, es digno “de recibir la gloria, el honor y el poder” (Ap 4, 11), porque ha creado el mundo de modo maravilloso y de modo aún más maravilloso lo ha renovado. Y es también un servicio sagrado a los hombres, porque todo hombre lleva en lo más íntimo de su corazón la nostalgia de la máxima felicidad; por tanto, en el fondo, de Dios.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Vigilia de Espigas

VIGILIA EN LA FIESTA ANUAL DE LAS ESPIGAS

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

 Artana, Iglesia Parroquial – 6 de junio de 2009

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(Dt 4,32-34.39-40; Sal 32; Rom 8,14-17; Mt 28,16-20)

  

Hermanos y hermanas en el Señor!

Este bello pueblo de Artana, hoy aún más bello porque se ha engalanado para el paso de su Señor por sus calles y plazas, nos acoge para nuestra celebración anual de la Fiesta de las Espigas. Cuantos hoy nos hemos acercado hasta aquí fijamos nuestra mirada con gozo en Jesucristo, hecho pan de vida por nosotros, para que bendiga nuestros campos y cosechas.

Con emoción renovada cantamos al Amor de los amores, porque Dios está aquí. Se nos ha dado a conocer y sabemos con la certeza de la fe, la mayor de las certezas, que, en el pan y vino eucarísticos, el Señor “está realmente presente entre nosotros. Su presencia no es estática. Es una presencia dinámica, que nos aferra para hacernos suyos, para asimilarnos a Él. Cristo nos atrae a sí, nos hace salir de nosotros mismos para hacer de todos nosotros uno con El. De este modo nos inserta también en la comunidad de los hermanos, y la comunión con el Señor siempre es también comunión con las hermanas y los hermanos. Y vemos la belleza de esta comunión que nos da la santa Eucaristía” (Benedicto XVI). ¡Que belleza, que hermosura es la de estar todos unidos en el Señor Eucaristía! Somos distintos, venimos de procedencias diversas y tenemos maneras de pensar distintas, cada uno atravesamos por situaciones particulares diferentes para unos y otros; y, sin embargo, todos estamos unidos en una unidad en torno al Señor, presente en persona, con su cuerpo y alma, con su divinidad entera, en el Pan de la Eucaristía.

Cristo-Jesús Eucaristía es el Amor de los Amores. Es Dios mismo, quien está aquí. Cristo en la Eucaristía nos muestra el verdadero rostro de Dios, del Dios Uno y Trino, cuya Solemnidad hoy celebramos con toda la Iglesia católica.

Detengámonos, hermanos, unos instantes en el Misterio de la Santísima Trinidad, el misterio central de nuestra fe. Como nos recuerda la primera lectura, de Dios conocemos lo que el mismo nos ha revelado a través de sus obras y de sus palabras: las obras de la creación y de la historia de Salvación con su pueblo; pero de Dios conocemos, sobre todo, lo que su Hijo, Jesucristo, la Palabra nos ha revelado. El rostro de Dios que nos ha revelado Jesucristo es que Dios es Amor, comunión de vida y de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Dios es ante todo Vida divina, la vida del Padre comunicada en el Hijo y revelada en Él en plenitud: “Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar” (Mc. 11,27). Dios es Amor, un Amor en tres Personas. El Padre-Dios es el que ama; el Hijo-Dios es el amado y el Espíritu Santo-Dios es el amor con que el Padre ama y el Hijo es amado. Una sola realidad, un solo Dios, comunión de vida íntima, plena y dichosa en el amor de las tres Personas. El Padre es el origen, fuente del Hijo y del Espíritu Santo, creador, sabiduría creadora de todo, se expresa en el Hijo y se contempla en Él con una complacencia infinita, eterna. El Hijo es el Verbo, la Palabra, la Imagen del Padre, su Hijo único nacido antes del tiempo, Dios de Dios, eterno como el Padre. El Hijo es Imagen del Dios invisible, Sabiduría, Verdad, Belleza de Dios. Es el Redentor: “Que por nosotros los hombres y por nuestra salvación…”

El Padre y el Hijo dan la plenitud de vida divina al Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo. El Espíritu Santo es el  vínculo amoroso y personal del Padre y del Hijo, la Bondad la Santidad, la Dicha, la Bienaventuranza

El Dios Uno y Trino que es Amor no vive para sí. Dios mismo ha querido hacer partícipe de su misma vida de amor al hombre, al que crea a su imagen y semejanza. El ser humano, el hombre y la mujer, no son fruto del azar, sino que son creados por Dios por amor y para el amor, que tiene su fuente y su meta en el Dios Uno y Trino.

El Espíritu Santo es quien nos comunica el amor de Dios. El es “Señor y dador de vida divina para nosotros”. El nos santifica, él es nuestra vida. De Dios venimos, estamos hechos a su imagen y semejanza, que ha quedado restablecida por el Bautismo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, por el que hemos entrado en la corriente de la vida y del amor de Dios. En nosotros está presente por el Espíritu, somos su templo. En Dios vivimos, nos movemos y existimos; hacia él caminamos; en él está nuestra meta. Todo nos viene del Padre por medio de su Hijo en el Espíritu Santo. Hemos de recuperar el sentido de Dios, Uno y Trino, en nuestras vidas. Porque lo importante, lo decisivo, la única y verdadera realidad es Dios y la vida en Dios, que es el Amor. Esto es lo fundamental para el cristiano, esto es lo nuclear para la humanidad.

Este amor de Dios “ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu que se nos ha dado” (Rom, 5, 5). “Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios; y, si somos hijos, también herederos, herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Rom 8, 17). Y como nos recuerda San Pablo hemos de dejarnos llevar por el Espíritu de Dios, viviendo la caridad que es  la ley en su plenitud (cf. Rom 13,10). Estamos llamados a vivir del amor de Dios y en la perfección del amor, estamos llamados a la santidad.

En el sacramento de la Eucaristía, Cristo realmente presente y vivo; ahí lo tenemos todo. Ahí está el centro de nuestra fe, de nuestra vida cristiana, la verdad de Dios y del hombre. Ahí está todo el Amor y la Vida que el hombre necesita; ahí está Dios que es Amor, sin el que el hombre no puede vivir.

En el Cuerpo de Cristo, en el pan de Vida, que hoy adoramos y escuchamos, contemplamos y seguimos, tenemos el núcleo de la fe y el fondo de la realidad del hombre. Ahí encontramos la imagen cristiana de Dios y también la imagen del hombre y de su camino. En Cristo, Hijo de Dios vivo, hecho Eucaristía, cuerpo, carne, pan entregado por nosotros, se nos muestra y ofrece a los cristianos, por pura gracia y don de Dios, la entraña, esencia o novedad del cristianismo; e inseparablemente se nos ofrece, no sólo a los cristianos, sino a todo hombre de buena voluntad, lo que concierne a todos, lo que es válido y universal, lo que es decisivo a todo hombre y a la comunidad humana, lo que está en el fundamento: El amor, la verdad que se realiza en el amor.

En la Eucaristía está todo el amor de Dios, del cual él mismo nos colma, y que nosotros debemos comunicar a los demás. Por eso, Benedicto XVI nos invita a “poner la mirada en el costado traspasado de Cristo, del que habla Juan”, para comprender que ‘Dios es amor’. Es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir qué es el amor. Y desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar” (Encíclica Dios es amor n. 12), en el que, en modo alguno, son separables el amor de Dios y el amor a los hombres. “No se trata ya, dirá el Papa, de un ‘mandamiento’ externo que nos impone lo imposible, sino de una experiencia de amor nacida desde dentro, un amor que por su propia naturaleza ha de ser ulteriormente comunicado a otros. El amor crece a través del amor” (n. 18).

En el Sacramento del Altar tenemos el Amor, tenemos a Cristo el Señor, el Amor de Dios encarnado. Porque en esto hemos conocido el amor: en que Dios ha enviado a su Hijo en carne, y se ha hecho Enmanuel, Dios-con nosotros, con los hombres para siempre irrevocablemente. “¿Quién podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo?”. Ahí está el futuro y la esperanza para una humanidad que necesita el verdadero amor.

Venid adoradores, adoremos. Como dice San Agustín: “Nadie come de esta carne sin antes adorarla … pecaríamos si no la adoráramos”. Una adoración que se ha de convertirse en unión: unión con el Señor vivo y después con su Cuerpo místico, la Iglesia

Sí, queridos hermanos y hermanas, tenemos necesidad de Dios, de Dios que es amor y fuente de todo amor; tenemos necesidad del Dios verdadero, que ha mostrado su rostro en Jesucristo. Este Rostro que ha sufrido por nosotros, este Rostro de amor que transforma el mundo como se transforma el grano de trigo que cae en tierra y engendra vida, esperanza, amor fecundo que sacia el hambre del hombre. Tenemos la certeza, por eso estamos aquí, de que Cristo es la respuesta a la necesidad más profunda de todo hombre, que es la necesidad de Dios; tenemos la certeza de que sin el Dios concreto, el Dios con el Rostro de Cristo, el mundo se autodestruye; tenemos la certeza de que no es verdadero un racionalismo cerrado que piensa que solo el hombre y sólo por si mismo puede construir el verdadero mundo mejor, más justo, mas solidario, más humano.

El hombre se autodestruye si el Dios revelado en el rostro de Cristo, que es amor, desaparece de su horizonte y de su vida. Hoy, ante el Señor, ante la renovación del misterio eucarístico, ante el Cuerpo de Cristo, Rostro verdadero de Dios, contemplado y adorado, renovamos esta esperanzadora certeza: “Señor, Tú tienes palabras de Vida eterna”. Él es, en verdad, el pan de la Vida, El es la Vida, El es la Verdad y sólo caminando sobre su senda andamos en la dirección justa. Caminemos en Cristo y ayudemos otros a encontrarse con Él. El Señor nos dice de nuevo esta noche: “Id y haced discípulos de todos los pueblos” (Mt 28, 18),

¡Que Dios nos conceda avivar nuestra fe y fortalecerla en el Cuerpo de Señor, en su presencia en medio de nosotros par ser sus testigos en nuestro mundo necesitado de Dios! ¡Que María, la mujer Eucarística, nos ayude a fortalecer nuestra fe y nuestro amor a la Eucaristía! Amen

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón