Adoración Eucarística Perpetua

Queridos diocesanos:

Acabamos de inaugurar la Adoración Eucarística Perpetua en la Parroquia de San Bartolomé y San Jaime de Nules. A partir de ahora, la Capilla de la Adoracion de su iglesia parroquial quedará abierta día y noche y todos los días del año para la adoración continuada de la Eucaristía. Damos gracias a Dios por este gran don a nuestra Diócesis, hecho posible gracias a los muchos adoradores que se han comprometido a ofrecer una hora semanal para la adoración eucarística.

En la Eucaristía está Jesucristo, Dios y hombre verdadero; en la Eucaristía está Dios mismo que nos llama y nos espera, que pide y merece nuestra adoración. La adoración eucarística no es puro sentimiento vacío ni intimismo espiritual, sino expresión viva y vivida de la fe en el ‘misterio de la fe’. Existe un lazo intrínseco entre la celebración de la Eucaristía, la comunión y la adoración, nos ha recordado Benedicto XVI. Jesús se queda en la Eucaristía no sólo para ser llevado a los enfermos, sino para estar y hablar con nosotros, para seguir derramando su amor y su vida. La Eucaristía contiene de un modo estable y admirable al mismo Dios, al Autor de la gracia, de la vida y de la salvación. El Costado abierto de Jesús es un manantial inagotable de amor, del amor de Dios.

De ahí la llamada del canto: “Dios está aquí. Venid adoradores, adoremos al Señor”. Permaneciendo ante el Señor en adoración y contemplación, disfrutamos de su trato íntimo, nos dejamos empapar y modelar por su amor, le abrimos nuestro corazón por nosotros mismos y por todos los nuestros, le rogamos por nuestra Iglesia, por su unidad, vida y misión, por los sacerdotes y las vocaciones al sacerdocio, o le pedimos por la paz, la justicia y la salvación del mundo.

El trato admirable con Dios aumenta la fe, esperanza y caridad del adorador, crea unidad, fortalece la fraternidad, dispone para celebrar con la devoción conveniente el Memorial del Señor y para recibir frecuentemente el Pan de la Vida. La adoración de la Eucaristía configura el espíritu del adorador y hace de su vida una existencia eucarística, que estará marcada por el amor y entrega a Dios y a los hermanos, por el empeño de hacer buenas obras y de agradar a Dios, trabajando por impregnar al mundo del espíritu cristiano y ser testigo de Cristo en todo momento en medio de la sociedad humana.

Con un poco del tiempo de cada uno de los adoradores se ofrece un gran servicio al hombre de hoy, a nuestra Iglesia y a nuestra sociedad. También el hombre de hoy, insatisfecho de lo temporal, sigue buscando poder saciar su sed de eternidad. Creyentes y no creyentes podrán encontrar un remanso donde descansar “el corazón humano que esta inquieto hasta que descanse en Ti”, decía San Agustin.

La adoración eucarística ha de ser cada día más vivida en nuestra Iglesia Diocesana. La Eucaristía es su centro, su fuente y su cima. La Eucaristía es lo que hace la Iglesia. Solamente una Iglesia que adore al Señor, que tenga verdaderamente adoradores, será una Iglesia con vida, capaz de ofrecer algo a este mundo, tan necesitado de Dios. Sin Dios no hay posibilidad de edificar una humanidad con cimientos sólidos. ¡Quiera Dios que la Adoración Eucarística Perpetua se extienda a otras parroquias, y que dediquemos espacios y tiempos a la adoración al Santísimo!

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Inauguración de la Adoración Eucarística Perpetua en Nules

Iglesia Parroquial de Nules, 24 de septiembre de 2009

 (Ex 24, 3-8; Sal 115; Heb 9, 11-15; Mc 14, 12-16. 22-26)

 

Muy amados hermanos y hermanas en el Señor:

El Señor nos convoca esta tarde para inaugurar la Adoración Eucarística Perpetua en esta vuestra Parroquia de San Bartolomé y San Jaime de Nules. A partir de ahora, la Capilla de la Adoración de esta iglesia parroquial quedará abierta día y noche y todos los días del año para la adoración continuada de la Eucaristía. La Capilla estará abierta no sólo para los adoradores sino también para los niños y los adolescentes, los jóvenes y los adultos, y -¡cómo no!- también para aquellos que en búsqueda de la felicidad hacen de la noche día. Aquí, en el Señor, podemos encontrar lo que tantas veces buscamos en fuentes contagiadas y efímeras. Por ello cantemos con el salmista: “¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?” (Sal 115, 12). Sí: La Adoración Eucarística Perpetua que inauguramos es un gran don de Dios a esta parroquia, a nuestra Iglesia diocesana, a toda la Iglesia, a nuestra sociedad. Demos gracias a Dios por este nuevo gran don suyo, hecho posible gracias a los muchos adoradores que os habéis comprometido a ofrecer una hora semanal para la adoración eucarística.

Acabamos de proclamar las palabras de Jesús en la última cena: “Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo: – ‘Tomad, esto es mi cuerpo’. Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio, y todos bebieron. Y les dijo: – ‘Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios” (Mc 14, 22-26). “Haced esto en memoria mía” (Lc 22, 19), les dirá también, de modo que cada vez que aquellos, a quienes Jesús se lo encomienda y sus sucesores, pronuncien las palabras de Jesús, el pan se convierte en su cuerpo entregado y el vino en su sangre derramada

En la Eucaristía está Jesucristo, Dios y hombre verdadero; es más: la Eucaristía es Jesucristo mismo. En palabras del Concilio de Trento, “en el augusto sacramento de la Eucaristía, después de la consagración del pan y del vino, se contiene verdadera, real y substancialmente nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y hombre, bajo la apariencia de aquellas cosas sensibles” (Dz 874/1636). En la Eucaristía está Dios mismo que sale a nuestro encuentro, que nos llama y nos espera, que se nos ofrece en comida para unirse con nosotros, que pide y merece nuestra adoración.

La adoración eucarística no es puro sentimiento vacío ni intimismo espiritual, sino expresión viva y vivida de la fe en el ‘misterio de la fe’, en la presencia real y permanente del Señor en la Eucaristía. Existe un lazo intrínseco entre la celebración de la Eucaristía, la comunión y la adoración, nos ha recordado Benedicto XVI, que cita la enseñanza de san Agustín: “Nadie come de esta carne sin antes adorarla …,  pecaríamos si no la adoráramos” (Exhortación Ap. Sacramentum Caritatis, n. 66). Jesús se queda en la Eucaristía no sólo para ser llevado a los enfermos, sino para estar y hablar con nosotros, para seguir derramando su amor y su vida. La Eucaristía contiene de un modo estable y admirable al mismo Dios, al Autor de la gracia, de la vida y de la salvación. El Costado abierto de Jesús es un manantial inagotable de amor, del amor de Dios.

Sí, hermanos adoradores: En la Eucaristía es está real y permanentemente presente el Señor. En ella, Dios nos comunica su gracia, como en el resto de los sacramentos; pero además –y esto es lo distintivo de la Eucaristía- encierra de un modo estable y admirable al mismo Autor de la gracia. “Cuando la Iglesia nos manda adorar a Cristo, escondido bajo los velos eucarísticos, y pedirle los dones espirituales y temporales que en todo tiempo necesitamos, manifiesta la viva fe con que cree que su divino Esposo está bajo dichos velos, le expresa su gratitud y goza de su íntima familiaridad”, decía Pío XII en su Encíclica Mediator Dei, n. 164.

Para llevar a cabo y promover rectamente nuestra piedad hacia el santísimo sacramento de la Eucaristía hemos de “considerar el misterio eucarístico en toda su amplitud, tanto en la celebración de la Misa, como en el culto a las sagradas especies” (Ritual de la sagrada comunión y del culto a la Eucaristía fuera de la misa, de 21.06.1973, Introducción n. 4). El Siervo de Dios, Juan Pablo II, nos lo recordó con toda claridad: “No es lícito ni en el pensamiento, ni en la vida, ni en la acción quitar a este Sacramento, verdaderamente santísimo, su dimensión plena y su significado esencial. Es al mismo tiempo Sacramento-Sacrificio, Sacramento-Comunión, Sacramento-Presencia” (Encíclica, Redemptor hominis de 4.03.1979, n. 20).

Por ello cuando veneramos a Cristo presente en el Sacramento, recordamos que esta presencia proviene del Sacrificio y se ordena al mismo tiempo a la comunión sacramental y espiritual (cf. Ritual, n. 80). El Cuerpo de Cristo expuesto en la custodia es el mismo cuerpo ofrecido por nosotros y por todos los hombres en el sacrificio de la redención: el mismo cuerpo que ahora está resucitado y glorioso.

Por ello nuestra adoración eucarística siempre ha de ordenarse a la comunión sacramental y espiritual con el Señor (Ritual, n. 80); como sacramento, la Eucaristía está orientada hacia la comunión; es su meta natural. Las mismas palabras, que Cristo pronuncia en la institución de la Eucaristía y que el sacerdote repite en su nombre en la consagración, lo dan a entender: “Tomad y comed; esto es mi cuerpo, entregado por vosotros”. Y en el sagrario, como en la Misa, Cristo sigue siendo “el Pan vivo bajado del cielo”. En la celebración de la Eucaristía y en el Tabernáculo, Cristo está dándose, está entregándose como Pan vivo que el Padre celestial da a los hombres. Y a Él sólo podemos recibirlo en la fe y en el amor. Así es como, ante el sagrario, nos unimos a Él en comunión espiritual. En la adoración eucarística, Él sigue entregándose a nosotros y nosotros hemos de entregamos a Él. Y en la medida en que nos damos a Él, nos damos también a los hermanos. “En la sagrada Eucaristía –nos recuerda el Concilio Vaticano II- se contiene todo el tesoro espiritual de la Iglesia, es decir, el mismo Cristo, nuestra Pascua y Pan vivo, que, mediante su carne vivificada y vivificante por el Espíritu Santo, da vida a los hombres, invitándolos así y estimulándolos a ofrecer sus trabajos, la creación entera y a sí mismos en unión con él” (Decreto Presbiterorum ordinis, n. 5).

Nuestra adoración eucarística ha de tener siempre forma de comunión espiritual, del deseo de unirnos al Señor; en ella hemos de prolongar por medio de la oración ante Cristo, el Señor, presente en el Sacramento, la unión con Él, obtenida en la Comunión, y renovar la alianza que nos impulsa a mantener en las costumbres y en la vida lo que hemos recibido en la celebración eucarística por la fe y el Sacramento (cf. Ritual, n. 81).

Correctamente entendida y vivida, la adoración eucarística marcará y configurará nuestro espíritu y nuestro compromiso cotidiano. Hará de nuestra vida una existencia eucarística. La verdadera adoración eucarística nos lleva a participar más plenamente en el Misterio pascual y a responder con agradecimiento al don de Aquel que, por medio de su humanidad, infunde continuamente la vida en los miembros de su Cuerpo. Ofreciendo con Cristo toda nuestra vida al Padre en el Espíritu Santo sacaremos de este trato admirable un aumento de nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad. Así nos dispondremos debidamente a celebrar con verdadera devoción el Memorial del Señor y a recibir con frecuencia el Pan que nos ha dado el Padre (cf. Ritual, n. 80).

Toda la vida ordinaria del adorador debe estar sellada por el espíritu de la Eucaristía, ha de estar marcada por el intento de ser una existencia eucarística. Los adoradores han de procurar “que su vida discurra con alegría en la fortaleza de este alimento del cielo, participando en la muerte y resurrección del Señor. Así, cada uno procure hacer buenas obras, agradar a Dios, trabajando por impregnar al mundo del espíritu cristiano, y también proponiéndose llegar a ser testigo de Cristo en todo momento en medio de la sociedad humana” (Ritual, n. 81; Dominicæ Coenæ, n. 7; Sacramentum caritatis, nn. 70-71).

La adoración de la Eucaristía pide hacer de nuestra vida “una ofrenda permanente”, es decir ofrecer “con Cristo toda su vida al Padre en el Espíritu Santo” (Ritual, 80).

El Evangelio nos narra una y otra vez cómo quienes se acercan a Cristo, reconociéndole como el Salvador de los hombres, se postran primero ante Él en adoración y, desde una humilde actitud, le piden gracias para sí mismos o para los demás. Acercándose a Jesús la mujer cananea –refiere Mateo-, se postró ante él, diciendo: ¡Señor, ayúdame! (cf. Mt 15,25). Y obtuvo la gracia pedida.

En la adoración eucarística tenemos la dicha de disfrutar de la cercanía del Señor, y de un trato íntimo con Él. Es éste uno de los aspectos más preciosos de la adoración eucarística, uno de los más acentuados por los santos y los maestros espirituales, que citan las palabras del Apocalipsis: “mira que estoy a la puerta y llamo -dice el Señor-; si alguno escucha mi voz y abre la puerta, yo entraré a él, cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20).

Permaneciendo con absoluta fe y confianza ante Cristo, el Señor y Salvador, presente en la Eucaristía disfrutamos de su trato íntimo, le abrimos el corazón por nosotros mismos y por todos los nuestros, por nuestra Iglesia, por nuestro pueblo, por las vocaciones. En la presencia real del Señor de la gloria, le confiamos nuestras peticiones, sabiendo con  certeza que “tenemos un abogado ante el Padre, Jesucristo, el Justo. Él es la víctima propiciatoria por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero” (1 Jn 2,1-2).

Jesús Eucaristía es Jesús el Mediador. “Hay un solo Dios, y también un solo Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a Sí mismo como rescate por todos” (1 Tim 2,5-6). Su Sacerdocio es eterno, y por eso “es perfecto su poder de salvar a los que por Él se acercan a Dios, y vive siempre para interceder por ellos” (Heb 7, 24-25)

La secularización, es decir, la pérdida del sentido de Dios y la disminución o la pérdida de la esperanza en la vida eterna, es sin duda la tentación principal del hombre actual; y también de los cristianos. Sí; al hombre y mujer de hoy les cuesta adorar. Por eso precisamente “la Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico” (Dominicæ Cenæ, n. 3), porque ésa es, sin duda, la devoción que con más fuerza levanta el corazón de los fieles hacia Dios a través de su Hijo, presente en el sacramento eucarístico, y hacia la patria celestial definitiva.

La animación y el fortalecimiento del culto eucarístico son una prueba de la auténtica renovación que el Concilio Vaticano II quería y de la que el mismo es el punto central. Porque la Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las faltas y los pecados del mundo. ¡Que no cese nunca nuestra adoración! Con un poco del tiempo de cada uno de los adoradores ofrecéis un gran servicio al hombre de hoy, a nuestra Iglesia y a nuestra sociedad. También el hombre de hoy, insatisfecho de lo temporal, sigue buscando poder saciar su sed de eternidad. Creyentes y no creyentes podrán encontrar un remanso donde descansar “el corazón humano que esta inquieto hasta que descanse en Ti”, decía San Agustin.

Adoremos, pues, al mismo Cristo, presente en la Eucaristía, ‘el misterio de nuestra fe’. Adorémosle de todo corazón. Adoremos a Cristo en el Sacrificio y en el Sacramento. ¡Que la adoración eucarística fuera de la Misa sea preparación y prolongación de la adoración de Cristo en la misma celebración de la Eucaristía!

Hagamos nuestras las palabras del canto: “Dios está aquí. Venid adoradores, adoremos al Señor”. Permaneciendo ante el Señor en adoración y contemplación dejémonos empapar y modelar por su amor, abrámosle nuestro corazón por nosotros mismos y por todos los nuestros. Pidámosle por nuestra Iglesia, por su unidad, su vida y su misión, por la santificación de los sacerdotes y por nuevas vocaciones al sacerdocio. Pidámosle por la paz, por la justicia y por la salvación del mundo.

¡Quiera el Dios que la adoración eucarística se extienda cada día más en nuestra Iglesia Diocesana! La Eucaristía es su centro, su fuente y su cima. La Eucaristía es lo que hace la Iglesia. Solamente una Iglesia que adore al Señor, que tenga verdaderamente adoradores, será una Iglesia con vida, capaz de ofrecer a Dios a este mundo tan necesitado de Dios. Sin Dios no hay posibilidad de edificar una humanidad con cimientos sólidos.

¡Pido a Dios que la Adoración Eucarística Perpetua se extienda a otras parroquias, y que dediquemos espacios y tiempos a la adoración al Santísimo!

¡Que María, la Virgen, la ‘mujer eucarística’, os enseñe a todos los adoradores y adoradoras a adorar en ‘espíritu y verdad’ y os aliente para perseverar en esta obra, que hoy comenzáis con gran alegría y disponibilidad! Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Visita Pastoral al Arciprestazgo de Jérica

VISITA PASTORAL

A todo el Pueblo de Dios en el Arciprestazgo de  ‘JÉRICA’

Amados todos en el Señor:

Os deseo “la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y de Jesucristo, nuestro Señor”. Con estas palabras de San Pablo os saludo todos los cristianos católicos del Arciprestazgo de ‘Jérica’. Os anuncio que, si Dios quiere, desde el día 18 de octubre al 20 de diciembre de este año tengo previsto realizar la Visita Pastoral a todas las comunidades parroquiales y religiosas de vuestro Arciprestazgo así como al resto de instituciones eclesiales en el mismo.

La Visita Pastoral es un momento de gracia de Dios para todos. Se llama así por ser la visita del Obispo, pastor de la Iglesia diocesana, en nombre y a imagen de Jesucristo, el Buen Pastor. La Iglesia nos pide a los Obispos que hagamos la Visita Pastoral a todas y cada una de las comunidades cristianas de la Diócesis al menos cada cinco años. Así lo tengo previsto.

La Visita Pastoral es una de las tareas más importantes y más bellas del ministerio del Obispo. Entre otras cosas, celebraré la Eucaristía y rezaré con vosotros y por vosotros, visitaré a enfermos y mayores, intentaré animaros a todos a vivir vuestra fe cristiana en la esperanza y en la caridad para alentaros a participar en la vida y misión de vuestras comunidades parroquiales. Ante todo quiero anunciar a Jesucristo y su Evangelio como servicio a vuestra fe y vida cristiana, personal y comunitaria. En estos momentos difíciles, el Señor nos llama a vivir con mayor fidelidad, si cabe, nuestra condición de cristianos y a ser sus testigos y de su Evangelio en medio de nuestro mundo.

Quiero encontrarme con todos: sacerdotes, religiosas y seglares. Deseo estar con los niños y los adolescentes, con los jóvenes y los adultos, con los mayores, con los enfermos, con los miembros de asociaciones y cofradías, con los consejos y los grupos parroquiales, con los catequistas, voluntarios de cáritas, cantores y otros colaboradores de las parroquias. Vuestros sacerdotes os darán a conocer el horario de los actos de la Visita Pastoral en cada parroquia. Por mi parte os invito a los dos actos más significativos en cada parroquia: a la celebración de la Eucaristía y a la reunión con la comunidad parroquial. Oremos ya desde ahora por la intercesión de la Virgen de la Cueva Santa por los frutos espirituales de la Visita Pastoral.

Finalmente os invito a participar en la Eucaristía de apertura de la Visita para  vuestro Arciprestazgo el día 18 de octubre próximo en la Iglesia Parroquial de Jérica a las 6,00 de la tarde. Haced un pequeño esfuerzo. Os espero.

Con mi afecto y bendición, vuestro Obispo

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Presentación del Seminario en familia

A todo el Pueblo de Dios en Segorbe-Castellón

 

Queridos hermanos y amigos:

Después de saludaros de corazón a todos paso a presentaros el ‘Seminario en familia’, que deseamos comenzar el presente curso pastoral.

El Papa, Benedicto XVI, nos ha recordado en su encíclica ‘Caritas in veritate’, que la verdad de todo hombre es el proyecto que Dios tiene para él: cuando lo acepta y lo asume encuentra su propio bien, su propia verdad, y, ésta lo libera (n.1). Todo ser humano tiene una vocación: es el sueño, el plan amoroso de Dios para cada uno. Además de la llamada universal de Dios a ser sus hijos, a participar de su vida y de su amor por el bautismo, existe una llamada a vivir la condición de bautizados en concreto como laico, consagrado o sacerdote.

Toda acción pastoral en la Iglesia está encaminada en último término al anuncio de esta llamada de Dios a todos y a ayudar a cada bautizado a vivir su condición cristiana; la pastoral vocacional ha de ayudar a cada bautizado a descubrir y acoger el modo y camino concretos por el que Dios le llama a vivir su condición cristiana, es decir, como laico, consagrado o presbítero. Esta es una tarea originaria, central y, por tanto, prioritaria de la Iglesia en todo tiempo y lugar. La pastoral vocacional al ministerio ordenado tiene, por su parte, una relevancia de primer orden. Si todas las vocaciones son necesarias en la Iglesia, los sacerdotes son los servidores del resto de las vocaciones.

Nos preocupa el escaso número de seminaristas mayores así como la alta edad media del clero en nuestra diócesis, aunque haya descendido un poco en los últimos años. Pero, sobre todo, me preocupa la escasa e insuficiente presencia de la pastoral vocacional al ministerio ordenado en la vida y en la acción pastoral de nuestras comunidades y grupos. Salvo orar por las vocaciones al sacerdocio, poco más es lo que se hace en muchos casos. Parece como si todos los bautizados estuvieran llamados a ser laicos o casados. Esta situación priva a nuestros niños, adolescentes y jóvenes de hacerse con total disponibilidad y apertura la pregunta sobre el proyecto de Dios para cada uno de ellos. Si quieren estar de verdad abiertos al amor de Dios y a su voluntad en su vida, cada uno debería hacer alguna vez en su vida la pregunta: “¿me llama Dios a ser sacerdote?”.

En el proceso de Iniciación cristiana, y, en concreto, en las catequesis de preparación para la primera Comunión y Confesión, y para la Confirmación no puede faltar el capítulo dedicado a la vocación, en que se expongan las vocaciones específicas. Y no hemos de tener miedo a hacer explícitamente la propuesta al sacerdocio a quienes estén dotados de especial sensibilidad religiosa y de cualidades humanas y cristianas. Tampoco puede faltar la cuestión vocacional en el plan pastoral de todos los colegios de la Iglesia, ni en las clases de Religión y Moral católica. Por su parte, los encuentros con monaguillos, la pastoral con jóvenes y las convocatorias arciprestales con los confirmandos han de ser momentos especiales para tener en cuenta esta dimensión vocacional.

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Para impulsar la pastoral vocacional específica al sacerdocio ordenado, queremos comenzar el presente curso pastoral con la experiencia del ‘Seminario en familia’, que estará dirigido y coordinado por el Rector del Seminario Mayor ‘Mater Dei’.

El ‘Seminario en familia’ estará formado por aquellos muchachos, mayores de 12 años, que muestren gérmenes de vocación sacerdotal, estén dispuestos a pertenecer al mismo y se comprometan a participar en un proceso de discernimiento y de acogida de su posible vocación sacerdotal. Estos muchachos no llevarán un régimen de internado ni realizarán sus estudios en un solo centro. Vivirán normalmente en sus casas, con su familia, asistirán a las clases en el Colegio o Instituto respectivo y participarán en las actividades de sus parroquias. Ahora bien; además del acompañamiento personal por sus padres, el responsable y –es de desea- por sus sacerdotes, una vez al mes tendrán juntos actividades vocacionales y formativas para ayudarles a responder a las preguntas que anidan en su corazón sobre una posible vocación sacerdotal.

Para esta experiencia contamos, en primer lugar, con los padres y las familias cristianas, en particular, con las más comprometidas en la vida de la Iglesia; los padres son los primeros y naturales educadores, también en la fe, y, por tanto, también en la vocación; nadie mejor que los padres puede promover la vocación de sus hijos. En este camino contamos también con los sacerdotes, con los catequistas y profesores de Religión así como con las comunidades eclesiales y grupos apostólicos.

A los adolescentes y jóvenes que puedan interesarse y se sientan capaces de participar en este proyecto de ‘Seminario en familia’, hemos de orientarles para que se pongan en contacto con el Rector del Seminario ‘Mater Dei’, D. Miguel Abril. Necesitamos nombres y apellidos, con su dirección y la del centro escolar en el que estén matriculados, para hacer un seguimiento de posibles candidatos.

Desde el primer momento nuestra llamada es clara y concreta: se trata de ofrecer esta experiencia a muchachos, adolescentes y jóvenes que quieran pertenecer al ‘Seminario en Familia’ para ayudarles a discernir su posible vocación al sacerdocio. Serán convocados al menos una vez al mes a una convivencia fraternal para seguir sus pasos y posibles opciones.

Finalmente, a los sacerdotes os pido que durante este mes de septiembre y primera quincena de octubre, os comprometáis en esta campaña vocacional para realizar, con vuestra ayuda, la selección de los candidatos, y dar así los primeros pasos en este trabajo pastoral.

Todo lo anterior no obsta para suscitar vocaciones al seminario mayor. ¡Quiera Dios que del ‘Seminario en familia’ surjan vocaciones al seminario mayor! La gracia de Dios y la protección de María, la Virgen de la Cueva Santa, no han de faltarnos en nuestro caminar.

Con mi afecto y bendición, vuestro Obispo

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

La formación: objetivo prioritario

Queridos diocesanos:

Con la Jornada Diocesana de este sábado iniciamos un nuevo curso pastoral. Lo hacemos con la confianza de sabernos acompañados, guiados y fortalecidos por el Espíritu del Señor Resucitado. En este segundo año de aplicación de nuestro vigente Plan Diocesano de Pastoral vamos a centrar nuestro trabajo pastoral de modo preferente en la formación; es su segundo objetivo específico. Queremos, en efecto, cuidar la formación integral de todos los miembros de la comunidad eclesial, con especial atención a los sacerdotes, a las familias y a los jóvenes.

La formación es algo necesario y permanente en la vida de todo cristiano, independientemente del don, de la vocación, del ministerio o carisma, que cada uno hayamos recibido, de la edad y del estado. No podemos reducir la formación al tiempo de la iniciación cristiana en la infancia, en la adolescencia o en la edad adulta; como tampoco se puede limitar al tiempo de formación inicial en el seminario o en otros centros o escuelas.

Con frecuencia identificamos la formación cristiana con la adquisición de conocimientos de la doctrina y de la moral de la Iglesia. Esto es sumamente necesario y especialmente urgente, pues constatamos que muchos de nuestros cristianos desconocen las verdades más elementales de la fe y de la moral de la Iglesia. Y sin ello nadie podrá darse ni dar razones de su fe ni de su esperanza, máxime en un mundo descristianizado.

Pero la formación cristiana no puede quedar reducida a la adquisición de conocimientos, sino que ha de ayudar, en primer lugar, a crecer y madurar como cristianos según la vocación, ministerio o tarea recibida. Por ello ha de propiciar el encuentro con el Dios vivo, que nos ha revelado en Jesucristo la fuerza transformadora de su amor y de su verdad; es decir, ha de llevar al encuentro personal con el Señor Resucitado, que suscita el deseo de crecer en el conocimiento, en la comprensión y en el amor de Cristo y de su enseñanza. De este modo, quienes se encuentran con Él se ven impulsados por la fuerza de la gracia y del Evangelio a llevar una vida marcada por el seguimiento del Señor y una vida de testimonio cristiano, alimentada y fortalecida en la comunidad de los discípulos del Señor, la Iglesia.

Encuentro vivificante y transformador con el Señor, conocimiento de él y de sus enseñanzas en la tradición viva de la Iglesia, y testimonio en la Iglesia y en el mundo son fines inseparables de la formación cristiana. Formarse en cristiano es dejarse formar, transformar y renovar por el Señor, por su Palabra y por sus Sacramentos hasta llegar a ser hombres nuevos, con un nuevo modo de pensar, querer, sentir, actuar y existir; y éste no es otro sino el del Cristo y de su Evangelio. Sólo seremos ‘hombres nuevos’, como dice San Pablo, si nos dejamos conquistar, formar y plasmar por el Hombre nuevo, Jesucristo.

Un nuevo curso pastoral es un tiempo de gracia que el Señor ofrece a nuestra Iglesia. Retomemos la tarea pastoral con ánimo y esperanza renovados. Sabemos bien de Quien nos hemos fiado. El Señor Jesús está y camina con nosotros. Y María, la Virgen de la Cueva Santa, nos protege y alienta en nuestro caminar.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Inauguración de la Adoración Eucarística Perpetua en Nules

“El Señor está aquí y nos llama”

INAUGURACIÓN DE LA ADORACIÓN EUCARÍSTICA PERPETUA

EN NULES

 

Queridos diocesanos, queridos adoradores:

Nos disponemos a inaugurar la Adoración Eucarística Perpetua en la Parroquia San Bartolomé y San Jaime de Nules, el día 24 de septiembre, Fiesta de Nuestra Señora de la Merced. Damos gracias a Dios por este gran don a nuestra Diócesis. Por mi parte, agradezco de corazón a todos los adoradores vuestra generosidad al ofrecer una hora semanal para la adoración eucarística. A partir de ahora, la Capilla de la Adoracion de la iglesia parroquial de Nules quedará abierta día y noche y todos los días del año, haga frió o calor, para la adoración continuada de la Eucaristía, presencia real y permanente del Señor. Será signo de que el Costado abierto y misericordioso de Jesús es un manantial constante e inagotable de amor y de vida.

En la Eucaristía está el Señor, Dios y hombre verdadero, que nos llama, que pide y merece nuestra adoración y que la suscita por la acción del Espíritu Santo. La adoración eucarística no es puro sentimiento vacío, sino expresión viva y vivida de la fe en el ‘misterio de la fe’. Existe un lazo intrínseco entre la celebración de la Eucaristía y la adoración, nos ha recordado el Santo Padre, Benedicto XVI. De ahí la llamada, hecha canto: “Dios está aquí. Venid adoradores, adoremos al Señor”. En efecto: La Eucaristía contiene de un modo estable y admirable al mismo Dios, al Autor de la gracia, de la vida y de la salvación. Permaneciendo ante el Señor en adoración, disfrutamos de su trato íntimo, nos dejamos empapar y modelar por su amor, le abrimos nuestro corazón por nosotros mismos y por todos los nuestros, le rogamos por nuestra Iglesia, por su unidad, vida y misión, y, en especial, por las vocaciones al sacerdocio, o le pedimos por la paz, la justicia y la salvación del mundo.

Este trato admirable con Dios aumenta la fe, esperanza y caridad del adorador, crea unidad, fortalece la fraternidad, dispone para celebrar con la devoción conveniente el Memorial del Señor y recibir frecuentemente el Pan de la Vida. La adoración de la Eucaristía configura el espíritu del adorador y hace de su vida una existencia eucarística, que estará marcada por el amor y entrega a Dios y a los hermanos, por el empeño de hacer buenas obras y de agradar a Dios, trabajando por impregnar al mundo del espíritu cristiano y ser testigo de Cristo en todo momento en medio de la sociedad humana.

Un poco del tiempo de cada uno de los adoradores hará posible ofrecer un gran servicio al hombre de hoy, a nuestra Iglesia y a nuestra sociedad. También el hombre de hoy, insatisfecho de lo temporal, sigue buscando poder saciar su sed de eternidad. Creyentes y no creyentes podrán encontrar un remanso donde descansar “el corazón humano que esta inquieto hasta que descanse en Ti”, decía San Agustin.

“No adoréis a nadie, a nadie más que a Él”. Sólo Dios merece toda adoración, toda gloria. El futuro de la humanidad está en la adoración, en reconocer que Dios es nuestro Dios y nos ha enviado su Hijo al mundo para dar la vida por nosotros, por nuestros pecados, y para que así que tengamos Vida, Vida eterna. En la Eucaristía esta todo el amor de Dios, porque aquí está presente Jesucristo, esperanza del mundo, esperanza de los hombres. Él es la Luz que ilumina a todas las gentes. Aquí tenemos todo, porque Dios está enteramente en medio de nosotros.

La adoración eucarística ha de ser cada día más vivida en nuestra Iglesia Diocesana. La Eucaristía es su centro, su fuente y su cima. La Eucaristía es lo que hace la Iglesia: Misterio de Comunión y Misión. Solamente una Iglesia que adore al Señor, que tenga verdaderamente adoradores, será una Iglesia con vida, capaz de ofrecer algo a este mundo, tan necesitado de Dios. Sin Él nada podemos. Sin Él no hay salvación. Sin Él no hay amor, ese amor que une a los hombres, y que trae y amasa la paz. Sin Dios no hay posibilidad de edificar una humanidad con cimientos sólidos. Sin Él, el hombre no encuentra su verdad. ¡Quiera Dios que la Adoración Eucarística Perpetua se extienda a otras parroquias o que, al menos, dediquemos espacios a la adoración al Santísimo; que crezca el número de los adoradores, también entre los jóvenes, que se hagan Visitas al Santísimo, que se ore en oración adoradora y reparadora.

Deseo que la Adoración Eucarística Perpetua sea un Oasis de paz y de vida, de amor y de oración. Recemos y pidamos al Señor, en especial, por estas intenciones:

* Por la santificación de los sacerdotes y por las vocaciones al sacerdocio, siempre y especialmente en este Año sacerdotal.

* Por nuestros adolescentes y jóvenes, para que descubran y acojan la llamada del Señor a su seguimiento en la Iglesia sea en el sacerdocio, la vida consagrada, la vida laical o el santo matrimonio.

* Por la justicia, la paz y la caridad en la verdad en todos los ámbitos de la sociedad y en el mundo.

* Por nuestra Iglesia Diocesana, para que entre todos crezca en la unidad y la fraternidad en Cristo y viva con mayor intensidad la misión.

¡Que la Virgen María, la Mujer Eucarística, nos ayude a perseverar en la adoración, y que como Ella también, siempre e incesantemente, vivamos en la acción de gracias!.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

“¿Quién decís que soy yo?”

Queridos diocesanos:

Al retomar la vida ordinaria después de la pausa del verano, el Evangelio de este domingo fija nuestra mirada en lo nuclear para nuestra vida personal y comunitaria. Jesús pregunta a sus discípulos: “Y  vosotros, ¿quien decís que soy yo?” (Mt 16,15). Jesús se había retirado con los ‘doce’ a la región de Cesárea de Filipo para iniciarles en el misterio de su persona y de su misión. A modo de introducción, Jesús les comienza preguntando sobre la opinión de la gente sobre él; pero lo que realmente le importa es conocer qué piensan sus discípulos de él, cuál es el grado de adhesión a su persona.

En nombre de todos, Pedro responde a la pregunta de Jesús: ‘Tu eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo’ (Mt 16, 16): Esta respuesta es una confesión sobre la persona de Jesús, sobre su divinidad y sobre su misión. Pedro, en nombre del resto, confiesa que Jesús es el Mesías, el Cristo, el Ungido por el Espíritu Santo como el Salvador del mundo, el Hijo de Dios o, lo que es lo mismo, el Hijo de Dios es el hombre Jesús. En Jesús, pues, aparece lo definitivo del ser humano y la manifestación plena de Dios. Esta confesión de fe de Pedro es básica y nuclear para la comunidad de los discípulos y para cada uno de ellos. Este reconocimiento de Jesús y esta adhesión personal a su persona y misión distinguen al discípulo del resto de la gente.

Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?. Es la pregunta que hoy nos dirige Jesús a cada bautizado. La respuesta dará la medida del discípulo. En efecto: Se comienza a ser cristiano en el encuentro personal con Jesús, en el reconocimiento personal de Jesús de Nazaret como el Hijo de Dios vivo encarnado, muerto y resucitado para la vida del hombre, como el Ungido por el Espíritu y como Salvador del mundo. Los discípulos, el Pueblo de Dios, deben nutrirse de este encuentro personal con Jesucristo. Pedro, los apóstoles y los discípulos se encuentran con Jesús, le reconocen como el Hijo de Dios y se adhieren a Él: y ese acontecimiento marca definitivamente su vida.

El verdadero discípulo de Jesucristo cree y confía antes de nada en una Persona, que vive y da Vida, porque ha resucitado. En Cristo encuentra el creyente la respuesta a la pregunta por el sentido, la construcción y la meta de la existencia e historia humana. Creer en Jesucristo no es sólo afirmar que Él es el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Es conocerle personalmente y acogerle como tal. Es reconocer vital y gozosamente al Dios vivo y amoroso, que nos revela Jesucristo, como origen, guía y meta de nuestra existencia. Significa, además, colaborar, humilde y responsablemente, en su acción salvadora y liberadora en la vida concreta de los hombres.

Nos urge reavivar, madurar y fortalecer nuestra fe y vida cristianas. La fe en Jesucristo es verdadera fe, cuando se hace experiencia personal, basada en el encuentro personal con El y la adhesión total a su persona; la fe se mantiene viva y fortalece, cuando se alimenta de la escucha de la Palabra en el seno de la tradición viva de la comunidad de la Iglesia, en la oración personal y comunitaria, en la participación frecuente, activa y fructuosa, en la Eucaristía y en la experiencia de la misericordia de Dios en la Penitencia; la fe sólo es verdadera cuando se encarna en la vida cotidiana del creyente. Sólo esa fe será capaz de mantenerse viva en un ambiente adverso y de despertar preguntas y dar respuestas al hombre y a la sociedad actuales.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón