Eucaristía de envío de los Profesores de Religión

HOMILÍA EN EL ENVIO Y ENTREGA DE LA ‘MISSIO CANONICA’ DE LOS PROFESORES DE RELIGIÓN

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Basílica de la Mare de Déu del Lledó, Castellón, 27 de octubre de 2009

 (Rom 8,18-25, Sal 125; Lc 13,18-21))

 

Hermanos y hermanas en el Señor. Saludo al Sr. Prior de la Basílica, al Sr. Vicario Episcopal de Pastoral, a los sacerdotes concelebrantes, a la Hna. Delegada Diocesana de Enseñanza y a sus colaboradores. Muy queridos profesores y profesoras de Religión:

El Señor nos ha convocado en torno a la mesa de la Eucaristía para celebrar vuestra ‘missio canonica’. Recordemos que la Eucaristía es la cima y la fuente de la vida y de la misión de la Iglesia: la tarea fundamental de la Iglesia es crear comunión con Dios y con los hermanos en Cristo: es en la Eucaristía, y especialmente en la unión con Cristo en la comunión eucarística, donde ser crea y aumenta esta comunión; comunión que envía a la misión para que esta comunión llegue a todos.

También vuestra ‘missio’ surge del mismo Cristo, que en el Evangelio de hoy nos habla del Reino de Dios en las parábolas del grano de mostaza y de la levadura del Reino de Dios. Este Reino de Dios, iniciado y establecido por la encarnación, muerte y resurrección del Señor, está presente y actuante ya en la Iglesia, que es ‘germen e inicio del Reino de Dios’. El Reino de Dios, como el grano de mostaza va creciendo y como la levadura va fermentando todo hasta que Dios sea todo en todos. Las palabras de Jesús son la razón de nuestra confianza y de nuestra esperanza, aunque tantas veces las apariencias puedan llevarnos a creer lo contrario. Con palabras de San Pablo en la lectura de hoy podemos afirmar: “los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá” (Rom 8, 18); y más adelante nos ha dicho el apóstol de los gentiles: “Porque en esperanza hemos sido salvados. Y una esperanza que se ve ya no esperanza”. (Rom 18, 24). Sigamos sus palabras y trabajemos con perseverancia en la expansión del Reino de Dios.

Al recibir el envío y el encargo para enseñar en nombre de la Iglesia la Religión y Moral católicas en los distintos niveles formativos de la escuela pública y privada sois constituidos en servidores del Reino de Dios. Si bien sois nombrados por la Administración educativa, vuestra tarea es un verdadero ministerio eclesial al que sois enviados por la Iglesia; participáis así en el ámbito del anuncio de la Palabra de Dios del ministerio apostólico, cuya plenitud reside en el ministerio episcopal. Como los mismos apóstoles y sus sucesores, los Obispos, también vosotros sois enviados hoy por el mismo Señor a través de mis manos al anuncio de la Palabra, que siempre es viva y eficaz, y como el grano de mostaza esta llamada a crecer y desarrollarse en vuestros alumnos.

Esta celebración os debe llevar a todos a adquirir una conciencia más viva de esta vuestra condición de enviados por Cristo y por su Iglesia al mundo escolar. Y como enviados habéis de ser servidores fieles y solícitos del Señor y de su Palabra tal como nos llega a través de la tradición viva de la Iglesia, en bien de la educación integral de vuestros alumnos. Se trata de un verdadero don, recibido en último término de Dios, y una tarea, que, en palabras de San Pablo, no es otra sino evangelizar sin alardes literarios para que no se desvirtúe la cruz de Cristo (1 Cor 1, 17). Porque no sois dueños, sino servidores de la Palabra; y de quien sirve se pide que sea fiel a la tarea encomendada y solícito para que la Palabra llegue plena e íntegra al destinatario.

“El Señor ha estado grande con nosotros” (Salm 125). Con estas palabras del salmista quiero dar gracias a Dios por vosotros y, a la vez, expresaros a los profesores de religión mi más sincero agradecimiento por la acogida del don que recibís en la ‘missio’; os agradezco la entrega generosa, no exenta de dificultad, que día a día demostráis en vuestros respectivos ambientes educativos. Lleváis a cabo una hermosa tarea, que ayuda a vuestros alumnos a crecer en el conocimiento de Dios, de Jesucristo y de su Evangelio, que les ayudará a que crezca en ellos el Reino de Dios, que llevan dentro de sí con la nueva vida que recibieron en su Bautismo, para dirigir sus vidas por el camino que Dios les ha señalado confiriéndolas así sentido y unidad.

Ante los intentos y la tentación de hacer de la clase de religión una clase de cultura religiosa, hoy deseo recordar el carácter confesional católico, que necesariamente ha de tener la enseñanza de la Religión y Moral católica para responder al derecho de los padres a educar a sus hijos conforme a sus convicciones religiosas y morales. Los padres, al escoger la formación religiosa y moral católica para sus hijos, depositan en la Iglesia católica su confianza para que sus hijos reciban la formación adecuada tal y como la entiende la Iglesia católica. Depende, pues, de la autoridad de la Iglesia determinar la formación religiosa católica, sus contenidos y su pedagogía; y compete al Obispo diocesano organizarla y ejercer vigilancia (CIC. c. 804 § 1).

Para ello, el Ordinario del lugar debe cuidar que los profesores de religión seáis idóneos para esta tarea; es decir que destaquéis por vuestra recta doctrina, por vuestro  testimonio de vida cristiana y por vuestra aptitud pedagógica (CIC c. 804 § 2). Así lo pide la Iglesia universal; y, como no podía ser de otro modo, así lo ha reconocido nuestro Tribunal Constitucional. Tres condiciones de vuestra idoneidad que vienen exigidas por la confianza que deposita la Iglesia en vosotros y para garantizar el derecho de los padres a pedir esta enseñanza para que sus hijos sean educados en sus convicciones religiosas y morales.

La recta doctrina pide no sólo no enseñar doctrinas contrarias a la doctrina y moral de la Iglesia; la recta doctrina también se ve afectada negativamente cuando se omiten cuestiones que están presentes en el currículo, cuando se ponen entre paréntesis temas que pensamos van a encontrar rechazo, cuando se presenta la doctrina de la Iglesia y del Magisterio en cuestiones doctrinales o morales como una mera opinión de los Obispos. Es urgente intensificar vuestra comunión con el Magisterio de la Iglesia, como también es necesario y urgente mejorar la formación inicial y la formación permanente en temas doctrinales y morales, en especial en bioética, en la comprensión cristiana del amor y la sexualidad. El testimonio de vida cristiana, por su parte, exige vivir como creyentes y discípulos de Jesús, practicando la fe cristiana y viviendo de acuerdo con la moral de la Iglesia. Quien no lo hace deja de tener la condición para obtener y mantener la declaración de idoneidad y, por tanto, para recibir o mantener la missio.

La formación religiosa católica, que impartís, pide que estéis identificados con la fe y la moral del Evangelio tal como nos llega y se nos propone en la tradición viva de la Iglesia y por el magisterio eclesial. Optáis libremente para ser profesores de religión; nadie os obliga a ello. Esta opción no puede basarse en el mero deseo de completar un horario ni tampoco en tener un puesto de trabajo seguro y remunerado. No os podéis limitar tampoco a ser meros especialistas conocedores de la materia. El profesor de religión y moral católica es, sobre todo, un creyente católico y testigo de su fe de palabra y de vida, que quiere enseñar en nombre de la Iglesia la Buena Noticia de la salvación de Dios que se ha manifestado en Cristo y su Evangelio; es un profesor que quiere transmitir la realidad viva de Dios, que posibilita la dignidad, grandeza, verdad y libertad del hombre, es decir su salvación, y que le hace protagonista en la construcción de su Reino y da sentido a su vida.

Como profesores de religión participáis de una manera específica de la misión evangelizadora de la Iglesia. La Iglesia ha sido elegida por Dios para continuar la misión de Jesucristo, que no es otra que evangelizar, hacer presente y operante a Cristo y su Evangelio, para que el Reino crezca como el grano de mostaza y transforme al hombre y a la sociedad.

En vuestra misión habéis de proclamar con vuestra vida, con vuestra palabra y con vuestra específica enseñanza la comunión con Dios en el seno de la Iglesia que os otorga esta dignidad de enseñar. En vuestra tarea trasmitís no sólo conocimientos sino ante todo vida: la vida que hace posible ese proyecto que da sentido, dignidad y libertad. La naturaleza misma de la formación religiosa católica y la naturaleza del profesor de religión, como cristiano católico elegido para participar en la misma misión de la Iglesia, exigen que exista coherencia entre la vida y lo que se enseña.

No se me oculta la situación harto difícil en la que debéis llevar a cabo vuestra tarea educativa. La palabra de Dios, que hemos escuchado, es fuerza en la dificultad. Dios no se cansa ni fatiga, el reanima al cansado y reconforta al débil (cf. Is 40, 27-31). ‘La debilidad de Dios es más fuerte que los hombres’, nos dice San Pablo. Porque la semilla de la Palabra siempre encuentra una tierra buena y da su fruto; la Palabra de Dios nunca vuelve vacía a Él. Las enseñanzas de Jesucristo, su vida y su persona son fuente de valores, de vida y de cultura.

Ahora que estamos preparando el Directorio diocesano de Iniciación cristiana, no podemos olvidas que la educación y maduración en la fe y vida cristiana se realiza por diversos cauces, entre los que destacan la familia, la parroquia y la escuela; todos ellos, con objetivos y medios diferentes, han de ser convergentes en la acción educativa de niños, adolescentes y jóvenes. Cuando se prescinde de una de estas vías, se producen vacíos, rupturas y desajustes lamentables en el proceso de maduración y de educación en la fe.

Ante una cultura que en muchos casos presenta antivalores erigidos como nuevos ídolos o referentes vitales, el anuncio del acontecimiento de Jesucristo en la Iglesia, va siempre contra corriente y exige una respuesta personal y comprometida. Ante los síntomas de debilitamiento de la fe, dudas y desorientación en el camino, los testigos del Reino de Dios y de su Palabra, -y vosotros y vosotras estáis llamados y enviados a serlo-, deben estar a la escucha de Aquel, que los envía: El es la Palabra viva, la fuerza y la esperanza.

La enseñanza religiosa se enfrenta hoy a nuevos retos en la transmisión de la fe a las nuevas generaciones. Hoy es necesaria una propuesta de la fe que lleve al encuentro con Jesucristo, que integre la fe y la vida, que dialogue con la cultura y que promueva una nueva síntesis que muestre la fuerza humanizadota de la fe. Así se comprende que el anuncio de la fe debe ir unido a la educación del ser humano, para que el mensaje de la fe pueda ser acogido en la vida, pueda generar cultura, y entre en la historia. La prioridad de la Iglesia debe centrarse, por ello, en el anuncio de Cristo. El mismo se presenta ante el corazón y la libertad de todos como una compañía humana que se puede ver, tocar y escuchar, y que nos recuerda que la vida tiene un sentido y nos llama a descubrir nuestra dignidad de hijos de Dios. La transmisión de la fe conlleva la renovación de la fe de los cristianos, redescubrir la sencillez del mensaje de la fe y conquistar la verdadera libertad cristiana en un mundo que quiere imponer unos ‘valores’ contarios a la fe cristiana.

Volvamos nuestra mirada al Señor, confiemos en su palabra y en su presencia en medio de nosotros. Fiados de su palabra avivemos nuestra confianza en Él y retomemos el aliento necesario para el camino.

¡Que Santa María, la Mare de Deu del Lledó, que supo acoger con fe y obediencia la Palabra de Dios y transmitirla a los demás sea vuestro modelo en vuestra misión! ¡Que ella os aliente, os conforte y os proteja!  Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Al servicio de la familia

Queridos diocesanos:

Celebramos con gozo el 10º Aniversario del Centro de Orientación Familiar. Este servicio diocesano ha ofrecido en estos años de existencia ayuda y orientación a un gran número de novios, matrimonios y familias.

El COF está integrado en la pastoral matrimonial y familiar de nuestra Iglesia Diocesana, que, además de la atención de las parroquias a novios, matrimonios y familias, cuenta con grupos y movimientos familiaristas y con la Delegación Diocesana de Pastoral familiar. De otra parte, en diversas zonas y parroquias se imparten cursillos prematrimoniales a los novios, y no podemos olvidar la atención a familias en necesidad por parte de Cáritas y otras instituciones eclesiales.

No obstante, en conversaciones privadas o en encuentros pastorales, la pastoral familiar es una de las cuestiones que encuentra mayor sensibilidad y preocupación.

Los sondeos sociológicos sitúan a la familia como una de las instituciones mejor valoradas. La familia actual muestra aspectos positivos, como una conciencia más viva de la libertad personal y una mayor atención a la calidad de las relaciones interpersonales en el matrimonio, a la promoción de la dignidad de la mujer, a la procreación responsable y a la educación de los hijos. Pero la acechan nuevos y graves problemas, como una equivocada concepción de la independencia de los cónyuges entre sí; las graves ambigüedades en la relación de autoridad entre padres e hijos; las dificultades concretas de la familia en la transmisión de los valores; el número cada vez mayor de divorcios, la plaga del aborto o la instauración mentalidad anticonceptiva.

La Iglesia mira a la familia, con esperanza y con preocupación, porque se trata de un bien muy importante para toda la humanidad, que se encuentra amenazado. Y es que la familia es la célula fundamental de la sociedad, cuna de la vida y del amor en la que el hombre nace y crece. El clima familiar es básico en el desarrollo de la personalidad y los hábitos de conducta; en ella la persona aprende a ser persona, y se enraízan los criterios y valores que orientan la vida futura.

La familia es una caja de resonancia de cuanto ocurre en la sociedad y se siente contaminada por una visión materialista, hedonista y secularizada de la vida. Se puede decir que la familia va dejando de ser, en general, religiosa y escuela de fe; y lo que se transmite en muchas no es la fe cristiana, sino indiferencia y silencio religioso. Es verdad que hay familias, que mantienen viva su identidad cristiana y se  preocupan por la educación de la fe de sus hijos. Pero hay otras en que lo religioso está ausente del hogar, aunque se siga pidiendo el bautizo del hijo, se solicite la primera comunión, la catequesis o la clase de religión.

Los desafíos pastorales son muchos. Pero el Señor nos empuja a acompañar y servir a la familia, “iglesia doméstica”, y a todos aquellos que descubren su vocación al matrimonio y la familia. Los padres, hoy más que nunca, tienen que velar porque la familia sea la primera escuela de actitudes y valores para los hijos, llamados a ser miembros activos de la Iglesia y ciudadanos solidarios de la sociedad.

El crecimiento de la identidad cristiana de las familias será un fermento inestimable en la Iglesia y en la sociedad, y una respuesta a la iniciación cristiana y la transmisión de la fe.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

En el Día del Domund

Queridos diocesanos:

Octubre es el mes misionero por excelencia. Este domingo, 18 de octubre, celebramos con toda la Iglesia católica la Jornada Misionera Mundial, el día del Domund. Cada año, este día constituye una ocasión privilegiada para que todos los integrantes del Pueblo de Dios tomemos conciencia de la permanente validez del mandato misionero de Jesús de hacer “discípulos a todos los pueblos” (Mt 28, 19). Un mandato y un envío que valen para todos, porque “la misión atañe a todos los cristianos, a todas las Diócesis y parroquias, a las instituciones y asociaciones eclesiales” (Juan Pablo II, Encíclica Redemptoris Missio, n. 2).

El encuentro con Jesucristo, la contemplación de su rostro y la acogida de su Evangelio impulsan a todo cristiano a confesar y testimoniar su fe en Cristo, único Salvador del hombre. Quien ha encontrado a Jesucristo, Camino, Verdad y Vida, no puede retenerlo para sí solo; está impulsado y llamado a anunciarlo por la palabra y por el testimonio de vida. Como antaño a Pedro, Cristo Jesús nos dice hoy de nuevo: “Rema mar adentro” (Lc 5,4); como entonces a los Apóstoles, el Señor nos dice hoy: “Id por todo el mundo y anunciad el Evangelio” (Mc 16,15). También en tiempos de especial dificultad para la misión hemos de acoger con renovada confianza estas palabras de Jesús y ponernos con nuevo ardor y esperanza al servicio de la Evangelización.

El lema de este año reza: “La Palabra, luz para los Pueblos”. La Palabra es Jesucristo mismo y su Evangelio. Cristo es la luz de las naciones, que está destinado a todos los hombres y a todos debe ser ofrecido. Objetivo de la misión es iluminar con la luz del Evangelio a todos los pueblos en su recorrido histórico hacia Dios, para que en Él tengan su realización plena. Porque Dios quiere que todos se salven y llegue al conocimiento de la verdad. La llamada a la misión es válida en todas partes, pero recobra especial urgencia ante esa parte de la humanidad que aún no conoce a Jesucristo, la Luz del mundo.

Por ello, esta Jornada debe servir para renovar y potenciar nuestro recuerdo agradecido, nuestra oración sincera y nuestro compromiso solidario con tantos misioneros y misioneras, que, siguiendo la llamada del Señor, lo han dejado todo y entregan su existencia para que la Buena Nueva resuene en todos los continentes. Son muchas y, en algunos casos extremas las carencias y necesidades materiales de los misioneros en el cumplimiento de su tarea evangelizadora y promotora del desarrollo completo de las personas, en especial de los más pobres.

No podemos dudar que la colecta de esta Jornada va destinada totalmente a las misiones y así a los más desfavorecidos de la tierra. Incluso en tiempos de crisis económica, su situación de pobreza, de injusticia y de marginación nos sigue interpelando y nos llama a un mayor esfuerzo en nuestra colaboración generosa en la colecta de este día. No busquemos justificaciones fáciles para inhibirnos. Redoblemos, pues, nuestro compromiso con la misión y las misiones. El Señor nos llama a anunciar y testimoniar el Evangelio; Él nos llama a compartir nuestros bienes y a hacerlo de modo especial con los más pobres y desfavorecidos.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Jornadas Nacionales de los Centros de Preparación al Matrimonio

HOMILIA EN LAS 41 JORNADAS NACIONALES DE LA FEDERACIÓN NACIONAL DE LOS CENTROS DE PREPARACIÓN AL MATRIMONIO

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Capilla del Seminario ‘Mater Dei’, 18 de octubre de 2009

29º Domingo del Tiempo Ordinario

(Is 53,10-11; Sal 32; Hb 4,14-16; Mc 10,35-45)

 

Hermanas y hermanos en el Señor!

 

  1. Toda la vida de la Iglesia, toda la vida de un cristiano y de todo movimiento o asociación cristiana tiene su cima y su fuente en la Eucaristía. A ella hemos de tender y de ella hemos de partir en nuestra vida y misión. En toda Eucaristía, actualizamos el misterio pascual de Cristo, la manifestación suprema del amor de Dios a la humanidad en Cristo Jesús. En la Eucaristía, el Señor mismo nos ofrece su amistad y su vida: Él quiere unirse a cada uno para establecer y fortalecer nuestra comunión con Dios y nuestra comunión fraterna; una comunión que nos envía a la misión, para que el amor de Dios anunciado, celebrado y compartido llegue a todos, y genere comunión.

 

  1. También las tres lecturas de este Domingo nos llevan a centrar nuestra atención en Jesucristo y en lo que Él significa para todo hombre. Cristo ha venido a servir y dar su vida por todos.

 

La primera lectura, del cuarto cántico del siervo de Yahvé, nos hace vivir el dramatismo de la pasión y muerte de Jesús, consecuencia última de toda su vida: Él fue fiel a la misión del Padre, al amor de Dios y al amor de los hombres; Él no se arredró ni buscó escapatorias; Él aceptó vivir ese amor entregado hasta la muerte. De esa muerte dramática, dice la propia lectura, nace luz, justificación, vida para todos: el amor rompió el maleficio del mal y de la muerte, y abrió un camino nuevo para la humanidad entera; el amor vivido por el Dios hecho hombre abrió para todos los hombres la vida del amor de Dios.

 

Y en esa misma línea se sitúan la segunda lectura y el evangelio. En el evangelio, es el propio Jesús quien manifiesta el sentido de su vida y de su muerte. Su vida entera fue un servicio, una entrega personal de amor y por amor. Y por esa fidelidad absoluta al amor, por esa entrega plena (sólo el propio Dios es capaz de amar tanto!), los hombres hemos sido arrebatados del poder del mal: uniéndonos a él, dejando que su vida llegue a nosotros y siguiendo su camino, nosotros también alcanzaremos la Vida en plenitud.

 

  1. En Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, Dios mismo nos muestra su rostro amoroso; y, a la vez, nos muestra al hombre, su verdadero rostro, nuestro verdadero origen y destino, según el plan de Dios. En Jesús queda renovada la creación entera; el ser humano, el hombre y la mujer, y todas las dimensiones de la vida humana han sido desveladas e iluminadas en su sentido más profundo por el Hijo de Dios, y, a la vez, han quedado sanadas y elevadas. En el Hijo de Dios han adquirido también su verdadero sentido el amor, el matrimonio y la familia, y el valor inalienable toda vida humana, que es don y criatura de Dios, llamada a participar sin fin de su amor.

 

Al finalizar vuestro encuentro, a esa contemplación de la persona de Jesús se le añaden inevitablemente preguntas: ¿no son Jesucristo y el Evangelio un gran don que todo hombre merece poder conocer y vivir? ¿cómo podríamos nosotros permanecer insensibles ante el hecho de que esa Buena Noticia aún no es conocida y vivida por muchos? ¿cómo podemos hacer llegar a los novios, a los esposos y a las familias a Cristo, el evangelio del matrimonio, de la familia, del amor y de la vida?

 

  1. El Evangelio de hoy nos muestra el camino. La presentación que Jesús hace hoy del sentido de su misión aparece como respuesta a una discusión con Santiago y Juan y el resto de los apóstoles. Y esa discusión ofrece también un elemento importante de reflexión sobre la tarea de la Iglesia, de la tarea de los Centros de Preparación al matrimonio.

 

Los apóstoles están muy marcados por lo que podríamos llamar “el estilo del mundo”: buscan los primeros puestos, las situaciones de influencia, los espacios de poder, el quedar bien ante los demás, es decir siguen lo criterios del mundo. Jesús es muy claro y radical: “El que quiera ser gran grande, sea vuestro servidor”. Sí: los discípulos de Jesús han de encontrar en el servicio a los demás como enviados y mediadores de Jesús, la clave de su misión. Juan y Santiago y los demás apóstoles lo vivieron así, y la tarea de la Iglesia también es así: la entrega personal, constante, al servicio de Cristo y de su Evangelio, y de todo lo que sea vida para el hombre.

 

También, vosotros habréis de entender vuestra tarea como servicio entregado a novios, esposos y familias para ofrecer el Evangelio del amor, del matrimonio, de la familia y de la vida. Y esto sólo será posible si se ofrece tal como nos llega en la tradición viva de la Iglesia, en comunión afectiva y efectiva con los Pastores y con el Magisterio. “Mantengamos la confesión en la fe” nos dice hoy el autor de la carta a los Hebreos.

 

La acogida y el servicio que hemos de prestar a novios, esposos y familias habrán de hacerse con entrañas de misericordia. Pero esta acogida merece tal nombre si se hace desde la verdad. ‘Caritas in veritate’, así nos ha indicado el Papa, Benedicto XVI, en su última encíclica ha de ser nuestra caridad, nuestra acogida, nuestra misericordia

 

  1. En nombre de Jesús hemos de ofrecer la verdad y la belleza del amor, del matrimonio y de la familia, según el plan de Dios. Las raíces más hondas del matrimonio, de la familia y de la vida se encuentran en Dios, en su amor creador. Dios crea por amor al hombre y a la mujer a su imagen. Dios los llama al amor y a la comunión mutua, fiel y para siempre en el matrimonio. Dios mismo hace fecunda su unión amorosa en los hijos. “Los creó hombre y mujer y los bendijo diciendo: creced y multiplicaos, llenad la tierra” (Gn 1,27-28). En todo hombre y en toda mujer hay una llamada de Dios al amor y a la comunión. El amor conyugal nace de la admiración mutua de un hombre y de una mujer ante la belleza y la bondad del otro e incluye una llamada a la comunión y a la transmisión de la vida. Es una llamada de Dios al amor esponsal que les lleva a la entrega para ser padre y madre responsables y amorosos. De la comunión del hombre y de la mujer en el matrimonio surge la familia.

 

En una sociedad que vive de espaldas a Dios, todo esto es cuestionado. Se cuestiona que el matrimonio sea la unión de un hombre y de una mujer, que ésta unión mutua lo sea para siempre, que la familia se base en el matrimonio, que la unión de los esposos para ser verdadera manifestación del amor matrimonial ha de estar abierta a la nueva vida, que la vida humana no se fabrica sino que se procrea como fruto del amor entre los esposos, que toda vida humana desde el momento mismo de su concepción hasta su muerte natural ha de ser querida, respetada y defendida.

 

  1. La familia, comunidad de vida y amor, que se funda en el matrimonio, es una realidad insustituible para el verdadero desarrollo de los esposos y de los hijos. “En la familia, el amor se hace gratuidad, acogida y entrega. En la familia cada uno es reconocido, respetado y valorado por sí mismo, por el hecho de ser persona, de ser esposa, esposo, padre, madre, hijo o abuelo. El ser humano necesita una ‘morada’ donde vivir. Una de las tareas fundamentales de su vida es saberla construir. Todo hombre y toda mujer necesitan un hogar donde sentirse acogidos y comprendidos. El hogar es para la persona humana un espacio de libertad, la primera escuela de humanidad.

 

El amor de los esposos es la primera relación que conforma la familia. Luego, viene la relación paterno-filial, cuya falta, por los más variados motivos, es siempre un primer drama en la vida de las personas. También las relaciones de fraternidad tienen una riqueza singular que no se encuentra en otras relaciones humanas; es la riqueza de compartir en igualdad un único amor: el amor de los padres. La familia tampoco puede olvidar la atención y el cariño especial que debe prestar a los ancianos y a otros miembros débiles, porque la familia, pequeña iglesia, está llamada al servicio de todos los que la forman, y especialmente de los más necesitados; de este modo vive “el amor preferencial por los pobres”: recién nacidos, deficientes, enfermos y ancianos. La convivencia familiar se convierte, así, en escuela de fraternidad y solidaridad, que nos abre igualmente a la solidaridad con otras familias para la construcción de un mundo mejor.

 

Hemos de anunciar el Evangelio del matrimonio y de la familia, basada en él, ante la falacia de los denominados ‘nuevos y alternativos modelos de familia’, tan pobres y raquíticos. Para la sociedad es más perniciosa todavía la equiparación de las uniones de hecho al verdadero matrimonio y a la verdadera familia o la difusión de la mentalidad divorcista, que oculta el drama humano y social que supone el fracaso del matrimonio.

 

Servir al evangelio de la vida, por su parte, supone que las familias acojan en su seno y eduquen para acoger con amor, gratitud y alegría toda nueva vida humana; pero también que se impliquen activamente en asociaciones familiares y trabajen para que las leyes e instituciones del Estado no violen de ningún modo sino que defiendan y promuevan los derechos humanos, entre los cuales está en primer lugar el derecho a la vida, desde la concepción hasta la muerte natural,

 

Tomemos conciencia de nuestra responsabilidad como creyentes: la familia sana es el fundamento de una sociedad libre y justa. En cambio, la familia enferma descompone el tejido humano de la sociedad.

 

Los matrimonios y las familias cristianas pueden ofrecer un ejemplo convincente de que es posible vivir un matrimonio de manera plenamente conforme con el proyecto de Dios y las verdaderas exigencias de los cónyuges y de los hijos. Éste es el mejor modo de anunciar y proponer la Buena Nueva del matrimonio y de la familia.

 

  1. No corremos tiempos fáciles para el matrimonio, la familia y la vida humana. El Evangelio de hoy nos llama a perseverar en el camino de Dios. Acojamos, vivamos y anunciemos la Buena nueva del matrimonio, la familia y la vida en comunión con la Iglesia. A María, la Mater Dei, le pido esta mañana que cuantos formáis los CPM sepáis responder a la tarea urgente de acoger, vivir y proponer la Buena nueva del amor, del matrimonio, de la familia y de la vida. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Por un pacto social sobre la educación

Queridos diocesanos:

Desde el Gobierno se ha anunciado la voluntad de llegar a un pacto educativo. Es una buena noticia. Un pacto educativo es necesario y posible, aunque no sea fácil lograrlo. La Iglesia católica ha pedido reiteradamente y quiere que se alcance un gran pacto social sobre la educación. En él, junto con las autoridades del Estado, los partidos políticos y las comunidades autónomas, han de hallarse presentes todos los sectores sociales implicados: los padres de alumnos, los profesores, los titulares de instituciones educativas y la misma Iglesia. Debe ser un gran pacto social sobre la educación. Lo reclama la educación de niños y jóvenes, tan esencial para el bien de las personas y para el bien común. Por el bien de los educandos y de la sociedad, el sistema educativo ha de quedar al margen de los avatares políticos y de las distintas ideologías.

Es necesario recordar que la Constitución, refrendada por el pueblo español, contiene ya un pacto educativo, que no puede soslayarse. En especial, su art. 27 y la jurisprudencia al respecto ofrecen los principios básicos del deseado pacto social, algunos de los cuales es preciso recordar.

La educación es uno de los derechos fundamentales de toda persona y tiene como objetivo primordial facilitar al educando el “pleno desarrollo de su personalidad”; la educación habrá de tener en cuenta, pues, todas las dimensiones de la persona y todas las potencialidades del educando de modo que crezca como persona y como miembro de la sociedad. Mediante la educación se han de desarrollar y consolidar conocimientos, valores, virtudes morales y hábitos intelectuales y de trabajo.

Inseparable del derecho a la educación está el derecho de los padres a educar a sus hijos; ellos -y no el Estado- son los titulares de la educación de sus hijos. Los padres son los primeros y principales responsables de la educación de sus hijos, a lo que tienen un derecho primario e inalienable, que el Estado ha de respetar, reconocer y garantizar que sea efectivo. Porque los padres no tienen todos los medios necesarios para educar a sus hijos, necesitan de la ayuda tanto del Estado como de la sociedad civil y de la propia Iglesia. La escuela ha de entenderse como esa ayuda indispensable y subsidiaria a los padres para que puedan llevar adelante su responsabilidad educativa.

Los padres han de gozar de verdadera libertad para educar a sus hijos según sus propias convicciones morales y religiosas. Han de poder, por tanto, elegir libremente la educación y el colegio que quieren para sus hijos. Para ello, el Estado ha de garantizar el derecho a la educación mediante la creación de escuelas propias, que como él han de ser ideológicamente neutrales; pero también y en virtud del derecho a la libertad de enseñanza, ha de garantizar que personas físicas e instituciones sociales y de la Iglesia pueden crear centros con ideario propio. Estos centros pueden reclamar ser financiados con fondos públicos, que son fondos de todos. Los poderes públicos deben velar para que dichos fondos se distribuyan de tal modo que los padres puedan elegir la escuela que quieran para sus hijos.

La libertad de enseñanza pide la existencia de la escuela pública y de la privada, el respecto de la identidad de los centros y la garantía efectiva del derecho de los padres a elegir el tipo de educación para sus hijos.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Seminario en familia

Queridos Diocesanos:

El Año Sacerdotal, que estamos celebrando, nos llama a orar por la santificación de los sacerdotes, pero también a orar y trabajar por las vocaciones al sacerdocio. Para dar un mayor impulso a la pastoral vocacional, en este curso pastoral queremos comenzar el ‘Seminario en familia’.

El Papa, Benedicto XVI, nos ha recordado en su encíclica ‘Caritas in veritate’, que la verdad de todo hombre es el proyecto que Dios tiene para él: cuando lo acepta y lo asume encuentra su propio bien, su propia verdad, y, ésta lo hace libre (n.1). Todo ser humano tiene una vocación: es el sueño, el plan amoroso de Dios para cada uno. Dios llama a todos a ser sus hijos, a participar de su vida y de su amor por el bautismo; además existe una llamada de Dios a cada cristiano a vivir la condición de bautizados, en concreto, como laico, consagrado o sacerdote.

Toda acción en la Iglesia está encaminada en último término al anuncio de esta llamada universal de Dios así como a ayudar a cada bautizado a descubrir y acoger el modo concreto por el que Dios le llama a vivir su condición cristiana. Esta es una tarea originaria, central y, por tanto, prioritaria de la Iglesia en todo tiempo y lugar. La pastoral vocacional al ministerio ordenado tiene, por su parte, una relevancia de primer orden. Si todas las vocaciones son necesarias en la Iglesia, los sacerdotes son los servidores del resto de las vocaciones.

Precisamente por ello hemos de impulsar la pastoral vocacional específica al sacerdocio ordenado y comenzamos esta experiencia del ‘Seminario en familia’. Estará formado por aquellos muchachos, mayores de 12 años, que muestren gérmenes de vocación sacerdotal, estén dispuestos a pertenecer al mismo y se comprometan a participar en un proceso de discernimiento y acompañamiento para acoger su posible vocación al sacerdocio. Estos muchachos no llevarán un régimen de internado ni realizarán sus estudios en un solo centro, sino que vivirán normalmente en sus casas, con su familia, asistirán a las clases en el Colegio o Instituto respectivo y participarán en las actividades de sus parroquias. Ahora bien: junto al acompañamiento personal por sus padres, por el responsable del grupo y –es de desear- por sus sacerdotes, una vez al mes tendrán actividades vocacionales y formativas conjuntas para ayudarles a responder a las preguntas que anidan en su corazón sobre una posible vocación sacerdotal.

Para esta experiencia contamos, en primer lugar, con los padres y las familias cristianas, en particular, con las más comprometidas en la vida de la Iglesia; los padres son los primeros y naturales educadores, también en la fe, y, por tanto, también en el descubrimiento de la vocación de sus hijos; nadie como ellos puede promover la vocación de sus hijos. En este camino contamos también con los sacerdotes, con los catequistas y profesores de Religión así como con las comunidades eclesiales y grupos apostólicos. Nuestra llamada es clara: se trata de ofrecer esta experiencia a muchachos, adolescentes y jóvenes. A los que puedan interesarse y se sientan capaces de participar en este proyecto, hemos de orientarles para que, con el consentimiento de sus padres, se pongan en contacto con el Rector del Seminario ‘Mater Dei’.

La gracia de Dios y la protección de la Virgen no nos faltarán en este camino.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de Ntra. Sra. la Virgen del Rosario

Basílica de San Pacual de Villareal – 5 de octubre de 2008

(Za 2, 14-17; Magnificat; Hech 1,12-14; Lc 1,26-38)

 

Hermanas y hermanos muy amados en el Señor

Saludo con afecto los párrocos de San Jaime, al Sr. Arcipreste de Villareal y a los sacerdotes concelebrantes, a toda la comunidad parroquial que nos acoge, a las niñas de primera Comunión. Mi saludo cordial a la presidenta y directiva de la Asociación de la Virgen del Rosario; os agradezco vuestra delicadeza al invitarme una año más a presidir esta Eucaristía: veo en ello un signo elocuente no sólo de vuestro afecto sino ante todo de vuestra unión y comunión con vuestro Obispo, Padre y Pastor, y, a través de él, con toda la Iglesia diocesana, que peregrina en Segorbe-Castellón. Saludo también a todos cuantos habéis acudido a esta Basílica de San Pascual en esta mañana del primer Domingo de octubre, mes del Rosario. Un saludo muy especial a todos los que estáis unidos a nuestra celebración a través de Radio COPE, en especial a los enfermos e impedidos. Con vuestra presencia aquí o unidos desde casa queréis mostrar vuestro cariño sincero, vuestra devoción profunda y vuestro amor filial a la Madre, a la Virgen del Rosario.

El Señor nos ha convocado en torno a la mesa del Pan de la Palabra y de la Eucaristía para honrar y venerar, alabar y cantar a vuestra patrona, querida Asociación de la Virgen del Rosario. “Desde ahora me felicitarán todas las generaciones”. Así hemos escuchado de labios de María en el Magníficat. La Madre del Señor profetiza las alabanzas a María y la devoción mariana del pueblo de Dios hasta el fin de los tiempos, generación tras generación, una cadena en que se inserta como un eslabón más vuestra devoción. Al alabar a María, no inventamos algo ‘ajeno’ a la Escritura: respondemos a esta profecía hecha por María en aquella hora de gracia.

Y estas palabras de María no eran sólo palabras personales, tal vez arbitrarias. Como dice san Lucas, Isabel había exclamado, llena de Espíritu Santo: “Dichosa la que ha creído”. Y María, también llena de Espíritu Santo, continúa y completa lo que dijo Isabel, afirmando: “Me felicitarán todas las generaciones”. Es una auténtica profecía, inspirada por el Espíritu Santo; al venerar a María, respondemos a un mandato del Espíritu Santo, cumplimos un deber.

Nosotros no alabamos suficientemente a Dios si no alabamos a sus santos, sobre todo a la “Santa”, a María, que se convirtió en su morada en la tierra. La luz sencilla y multiforme de Dios sólo se nos manifiesta en su variedad y riqueza en el rostro de los santos, que son el verdadero espejo de su luz. Y precisamente viendo el rostro de María podemos ver mejor que de ninguna otra manera la belleza de Dios, su bondad, su misericordia. En este rostro podemos percibir realmente la luz divina.

“Me felicitarán todas las generaciones”. Y nosotros podemos y debemos alabar a María, venerar a María, porque es ‘feliz’, feliz para siempre. Ella es feliz porque es la llena de gracia, porque se ha dejado llenar de Dios, porque está unida a Dios, porque vive con Dios y en Dios.

Y ¿cómo muestra María esta unión con Dios? Fijémonos en la Palabra de Dios que hemos proclamado hoy. Esta Palabra nos presenta tres veces y en forma siempre diferente a María, la Madre del Señor, como una mujer que ora.

En el libro de los Hechos de los Apóstoles la encontramos en oración en medio de la comunidad de los Apóstoles reunidos en el Cenáculo, invocando al Señor, que ya ha ascendido al Padre, para que cumpla su promesa:  “Seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días” (Hch 1, 5). María guía a la Iglesia naciente en la oración a la espera del Espíritu Santo; María es casi la Iglesia orante en persona. Y así, juntamente con la gran comunidad de los santos y como su centro, está también hoy ante Dios intercediendo por nosotros ella está pidiendo a su Hijo que envíe su Espíritu una vez más a la Iglesia y al mundo, y que renueve la faz de la tierra; ella está pidiendo que fortalezca la fe y la vida de creyentes, que avive a nuestras comunidades parroquiales en su vida y misión, que aliente a vuestra Asociación en vuestro fervor cristiano y mariano.

A esta lectura de los Hechos de los Apóstoles hemos respondido cantando con María el gran himno de alabanza, el Magnificat; es el cántico que ella entonó cuando Isabel la llamó bienaventurada a causa de su fe. “Dichosa tú, porque has creído”, le dijo Isabel a María. El canto de la Virgen es una oración de acción de gracias, de alegría en Dios, de bendición por sus grandes hazañas. “Proclama mi alma la grandeza del Señor”: con estas palabras responde María al saludo de Isabel. Ella sabe que cuanto es, es obra y fruto de la grandeza de Dios. Sin Él, ella no sería nada. Proclamar la grandeza del Señor significa reconocer su bondad, significa darle espacio en el mundo, en nuestra vida; proclamar la grandeza del Señor significa permitirle entrar en nuestro tiempo y en nuestro obrar: esta es la esencia más profunda de la verdadera oración.

Donde se proclama la grandeza de Dios, el ser humano no queda empequeñecido, sino engrandecido: María es grande y la felicitan todas las generaciones de la tierra, porque ha dejado a Dios entrar en su vida, se ha donado a Dios, se ha hecho de Dios, hasta exclamar: “He aquí la esclava del Señor: hágase en mi según tu palabra”; es decir, hágase en mi tu voluntad, tu designio amoroso. Sí, hermanos y hermanas, allí donde el ser humano acoge a Dios en su vida, en su existir y en su actuar, queda engrandecido y el mundo resulta luminoso.

Y, finalmente, en el Evangelio, cuando el ángel Gabriel entra en su presencia, encuentra a María sumida en la oración: La Virgen, ‘la llena de gracia’, la elegida para ser ‘la morada de Dios entre los hombres’, acoge en actitud orante el anuncio del ángel, pronuncia su ‘fiat’; y así en su seno se hace carne el Hijo mismo del Altísimo.

Ser de Dios y vivir para Dios, dejar que aparezca la grandeza de Dios en el hombre, acoger la palabra de Dios, vivir en obediencia a Dios y cumplir su voluntad: ésta es la más genuina verdad del ser humano, como nos enseña la Virgen. El error fundamental del hombre actual es querer prescindir de Dios en su vida, es erigirse a sí mismo en el centro de la existencia, es suplantar a Dios, es querer ser dios sin Dios. Es el drama del hombre moderno, que ha pensado que apartando a Dios de su vida, llegaría a ser realmente libre y feliz. Pero cuando Dios desaparece, el hombre no llega a ser más grande; al contrario, pierde la dignidad divina, pierde el esplendor de Dios en su rostro. Al final se convierte sólo en el producto de una evolución ciega, del que se puede usar y abusar (Benedicto XVI).

Por el contrario: donde se deja a Dios ser Dios, donde se deja y se busca que se muestre su grandeza y donde se cumple la voluntad de Dios, allí está Dios. Y esto se aprende y se vive en la oración. Los cristianos de hoy necesitamos con urgencia volver una y otra vez nuestra mirada a Dios, reencontrarnos con Dios en su Hijo Jesucristo, contemplando su rostro, para así conocerle, amarle e imitarle. Los cristianos necesitamos redescubrir y vivir con alegría nuestra condición de cristianos, necesitamos descubrir y valorar la grandeza de Dios en nuestra vida. Y el camino que nos muestra María es la oración, que es escucha de Dios y de su Palabra, que es unión con Dios, y que es acogida de su voluntad para llegar a ser de Dios, como María.

Cristianos y comunidades cristianas precisamos reavivar y profundizar la fe y la vida cristianas mediante la oración, personal y comunitaria; una oración que nos lleve al encuentro y unión con Cristo, al conocimiento de su Evangelio, a su seguimiento fiel y a una imitación cercana del Señor en el camino hacia la santidad, en la vocación que cada uno hemos recibido. La oración, tanto la vocal como la contemplativa, son imprescindibles para alimentar la vida cristiana, personal y familiar, y la vida pastoral de nuestras comunidades.

Y no cabe la menor duda, hermanos y hermanas en Señor, que una de estás formas de oración es el rezo del Rosario, hecho en compañía y a ejemplo de María. Sí: el rezo del Rosario no ha pasado de moda

El Rosario es una oración sencilla y profunda. Ejercitado con devoción nos conduce a la contemplación del rostro del Señor, nos lleva al encuentro con su Persona, sus palabras y sus obras de Salvación a través de los misterios de gozo y de luz, de dolor y de gloria. Su rezo se encuadra perfectamente en el camino espiritual cada uno de nosotros, de vuestra Asociación, de vuestras familias, de vuestras parroquias y de nuestra Iglesia diocesana, llamada a vivir en comunión y a una renovada evangelización con la mirada, la mente y el corazón puestos en el Señor. Si queremos ser presencia viva de Jesús y de su Evangelio en esta tierra, necesitamos crecer en vigor espiritual para superar la tibieza en la fe y en la vida personal y comunitaria, la inercia en nuestra vida de asociadas y en la acción pastoral, y el desaliento que nos van atenazando a fieles y pastores.

El rezo del Rosario nos lleva a la unión con Dios en Cristo y al conocimiento y acogida del Evangelio. Como siempre, de las manos de la Madre vamos al Hijo. En el rezo del Rosario podemos aprender de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la hondura y la anchura de su amor desde la profundidad de todo el mensaje evangélico. El Rosario se nutre directamente de las fuentes del Evangelio. No sólo los misterios contemplados en los ciclos de gozo y de luz, de dolor o de gloria, sino también las mismas fórmulas oracionales principales están tomadas del Evangelio.

Al comienzo de cada misterio, oramos con las mismas palabras con que Jesús enseño y mandó orar a sus discípulos: el Padrenuestro, la oración dominical, la oración cristiana por excelencia. En cada Avemaría, nos dirigimos a la Virgen, con las palabras de saludo del ángel Gabriel en la Anunciación del Hijo de Dios y de alabanza gozosa de su prima Isabel en la Visitación; y con la Iglesia pedimos su intercesión en el presente y en el paso definitivo a la vida eterna. Al finalizar cada misterio, la oración se hace invocación y alabanza al Dios Uno y Trino, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. En verdad: el rosario es un verdadero ‘compendio del Evangelio’, como dijeron Pío XII y Pablo VI.

El Rosario es fuente de santidad para todos nosotros, los creyentes, que obtiene abundantes gracias como de las mismas manos de la Madre del Redentor. Su rezo sosegado, tranquilo y devoto nos abre y dispone a la gracia de Dios. Es fuente de comunión con Dios mediante la comunión vital con Cristo en la contemplación de sus misterios. Y es fuente de comunión con los hermanos en Cristo por medio de Maria al ofrecer su rezo o el de sus misterios por alguna necesidad propia o ajena, de personas cercanas y queridas, de la familia, de la sociedad, de la humanidad o de la Iglesia. Peticiones todas ellas que, si son sinceras, irán unidas necesariamente al compromiso efectivo.

Es preciso que recuperemos y reavivemos la oración del Rosario en nuestra Iglesia diocesana en privado o en grupo, en las parroquias y en las comunidades, y, -¿por qué no?- en las familias. Una familia que reza unida, permanece unida. El Rosario no ocupa ciertamente el mismo lugar de la Eucaristía; tampoco puede sustituirla o suplantarla. Pero no es menos cierto, que el Rosario la prepara, conduce a ella, ayuda a una participación más consciente y plena en ella.

Para que así sea, el rezo del Rosario ha de hacerse de un modo tranquilo, recogido y reflexivo, que favorezca, en quien ora, la meditación de los misterios de la vida del Señor, vistos a través del corazón de María.

No olvidemos que si de alguien se puede decir que es ‘maestra de oración’ esa es la Virgen María. Por eso acudimos y recurrimos a ella. De la Escuela de tal Madre no podemos nunca salir desilusionados. Que María, la Virgen del Rosario, nos ayude a fortalecer nuestra unión y comunión con Dios en Cristo; que la Virgen nos enseñe el camino de la oración y que de sus manos recuperemos el rezo de Rosario en nuestra Iglesia diocesana, en nuestras familias. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

LXX Aniversario del tránsito del Venerable P. Luis Amigó

HOMILÍA EN LA EUCARISTÍA DE ACCIÓN DE GRACIAS
EN EL LXX ANIVERSARIO DEL TRÁNSITO DEL VENERABLE P. LUIS AMIGÓ

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Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 1 de octubre de 2009

(Ne 8,1-4.5-6.7-12; Sal 18; Lc 10,1-12)

 

Hermanos y hermanas, amados todos en el Señor.

Saludo con afecto al Ilmo. Cabildo Catedral, a los Sres. Párrocos de la Ciudad y sacerdotes concelebrantes; a la Hna. Provincial y a las Hnas. Terciarias Capuchinas de las Comunidades de Segorbe, Altura, Nules, Benaguacil, Valencia, Masamagrell y Rocafort. Saludo también a la Sra. Presidenta y Junta Directiva de la Asociación ‘P. Luis Amigó’. Expreso mi respeto y agradecimiento por su presencia al Sr. Alcalde de Segorbe y a la Sra. Concejal.

El Señor nos ha convocado y reunido esta tarde aquí en la S.I. Catedral Basílica de Segorbe para celebrar esta Eucaristía de acción de gracias a Dios en el tránsito del P. Luis Amigó a la casa de del Padre. Hoy hace exactamente 75 años –el 1 de octubre de 1934- el P. Amigó, padre de la familia amigoniana e insigne predecesor mío en esta sede episcopal entregaba su alma a Dios.

Al celebrar el 75 Aniversario de su partida a la casa del Padre, damos a gracias a Dios por tantos dones recibidos a través del P. Luis Amigó: por su persona, por el carisma que impregnó toda su vida y la de la familia amigoniana, por su obra, por vuestras Congregaciones femenina y masculina y por la familia amigoniana, por el ministerio episcopal tan rico en obras y magisterio de éste ‘zagal’ del buen Pastor, como él gustaba decir sobre sí mismo.

Este valenciano de origen (Masamagrell, 1854), nacido en una familia muy religiosa y educado en la fe cristiana, dio tempranas muestras de profunda sensibilidad hacia los marginados de su entorno. En los hospitales compartía con los enfermos su salud y su alegría, y les atendía en sus necesidades. En las barracas, alquerías y casas aisladas de la huerta valenciana hacía partícipe a sus habitantes y en particular a los niños y jóvenes de su saber y de su sentir. Y, sobre todo, se acercaba a las cárceles para consolar e instruir a los allí recluidos, ganando poco a poco la confianza de aquellas personas y cautivando progresivamente su corazón.

Siguiendo la llamada del Señor, Luis Amigó tomó el hábito de franciscano capuchino, siendo ordenado sacerdote en 1879. Francisco de Asís le ayudó a entender y seguir con radicalidad el mensaje evangélico, y a entender y vivir el sacerdocio como consagración de Dios y a Dios y como vocación de entrega y servicio. Ser sacerdote significa ser servidor de la Palabra, de la Eucaristía y guía de la comunidad en nombre y representación del Buen Pastor; ser sacerdote implica vivir para los demás y desvivirse por sus problemas, y ser libre en el amor para amar más libre y universalmente a todos. Luis Amigó vivió desde el primer momento su sacerdocio como un verdadero servicio a los demás y, particularmente, a los niños y huérfanos, a los jóvenes, al mundo de la marginación y de los encarcelados. Todo ello lo hizo con la pedagogía de Francisco de Asís, entretejida de acogida cariñosa, de trato afable y llano, y de una gran comprensión y misericordia.

De nuevo en su tierra natal, en Masamagrell, reorganizó la Tercera Orden Franciscana Seglar en los pueblos de la comarca. A las mujeres, las comprometió con el cuidado de enfermos, atención a los pobres, y alfabetización de niños necesitados. A los hombres los orientó también al trabajo de voluntariado dentro de las cárceles. Y como fruto granado de todo ese intenso trabajo nacieron las dos congregaciones religiosas que él fundó. Primero, -el 11 de mayo de 1885- la Congregación de Hermanas Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia, a las asignó como principales campos de compromiso la atención de enfermos, la enseñanza de niñas y jóvenes y, particularmente, el cuidado de los huérfanos.  Posteriormente -el 12 de abril de 1889-, fundó la Congregación de Religiosos Terciarios Capuchinos de Nuestra Señora de los Dolores, cuyos miembros son conocidos hoy en día como los amigonianos. A éstos los orientó -en 1890- a la labor de educar integralmente a los niños y jóvenes en conflicto. Y este mismo quehacer se lo confiaría también con el tiempo a sus Terciarias Capuchinas.

En 1907 cuando contaba 52 años de edad, fue nombrado obispo. Él, que había vivido su sacerdocio siendo cercano a los hombres y, en particular, a los más necesitados, quiso vivir su episcopado como entrega generosa, plena y total al amor. Su intención quedó recogida en la leyenda que escogió para su escudo: doy la vida por mis ovejas. Fue obispo, primero de Solsona (1907-1913) y, posteriormente, de Segorbe (1913-1934). En ambas diócesis su porción predilecta fueron los jóvenes, la gente sencilla y trabajadora, y los marginados de la sociedad. Sencillo y humilde, como buen fraile franciscano y capuchino, suscitó la admiración de cuantos le trataron, pequeños y grandes. Continuó ocupándose, con entrañas de misericordia, del mundo de la marginación. Defendió repetidamente los valores evangélicos de la justicia social y avivó la conciencia de la gente sobre la importancia de la educación cristiana de la juventud y, en particular, de la desviada del camino de la verdad y del bien. Y compartió con todos, a través de sus escritos, la sabiduría vital que encerraba su ser y que tenía como verdadero centro y quicio el amor.

A los 79 años de edad, el 1 de octubre de 1934, entregaba su alma a Dios. Lo que más llamó la atención de quienes le trataron en sus últimos años fue la serenidad que respiraba su ser y que transmitía, como por ósmosis, a quienes se le acercaban.

Esta efeméride de su tránsito es, para toda la familia amigoniana, a la vez que recuerdo agradecido del P. Luis Amigó, una fuerte invitación a la renovación desde el carisma de vuestro Fundador y Padre. Así lo habéis vivido en el Año jubilar proclamado por este motivo y que hoy clausuramos en nuestra Diócesis.

Nuestro mundo sigue perturbado en el fondo por los mismos fenómenos que le tocó vivir al P. Luis Amigó. El hombre pierde con frecuencia el sentido último de su existencia, sigue necesitando el anuncio del amor y la misericordia de Dios. A la luz de las lecturas de la Palabra de Dios podemos decir que Dios no se cansa de invitarnos siempre a la renovación y a la conversión.  Y lo hace con las entrañas propias de un Padre que nos ama.  “Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón” (Sal 33, 9). A pesar de nuestras infidelidades, Dios nunca nos rechaza y menos aún nos abandona, como ocurrió con el Pueblo de Israel. Así lo recordábamos en la primera lectura de este día: Dios no se complace en destruir; sus entrañas se estremecen. Dios espera que volvamos a él, él espera ante todo nuestra restauración interior en la escucha y acogida de su palabra.

Si en lo más profundo de nuestra vida estamos convencidos de que Dios es el verdadero Amor, de que nos ama, de que esta nuestra verdad y nuestro bien, veremos que todo cambia a nuestro alrededor. Seremos capaces de sonreír y consolar hasta en los momentos más difíciles de la vida porque todo es expresión del amor de Dios. Nada sucede ‘por casualidad’.  Hemos creído en el amor de Dios que produce una visión nueva de las personas, de las cosas y de las circunstancias. Si Dios se nos ha revelado como Padre, nos descubriremos como hijos. Es decir, veremos a los demás como hermanos. Dios creó al hermano como don para nosotros y nos creó a nosotros como don para el hermano.

En el centro de toda evangelización, de toda obra eclesial, de toda vida cristiana y consagrada está la fuerza del Dios que nos ama y de Cristo que ha venido por nosotros. “Si la Iglesia predica a este Dios, no habla de un Dios desconocido sino del Dios que nos ha amado hasta tal punto que su Hijo se ha encarnado por nosotros” (Sínodo de los Obispos Europeos, Relación final, 1991).

Esta riqueza de Cristo es la que nos toca vivir y predicar de palabra. “Poneos en camino” nos dice el Señor en el Evangelio de hoy.  Ahora que –como entonces- no podemos sostenernos en el aplauso social y constatamos mayor pobreza de vocaciones; que nos encontramos perplejos ante tantas cosas que cambian y no sabemos cómo orientarnos, es la hora de una elección más honda por Jesucristo para vivir “arraigados y fundamentados en el amor” (Ef 3, 17-19). Sin este arraigo en el amor gratuito de Dios no podemos imaginar un servicio eficaz en la historia, sea en la educación o servicio de las personas, sea en la transformación de las personas o de la sociedad según Dios. El Verbo de Dios, en la gratuidad, ha asumido la humanidad en todo, excepto en el pecado, para poder transformarla así desde dentro (cf.  EN 16). Somos hijos de tal gratuidad del amor divino.  Puede amar verdaderamente sólo el que tiene experiencia de ser amado.

El gran problema del ser humano, en la actualidad, es que le falta esta fe. Se fía de sí mismo más que de Dios. Y este ‘secularismo’ se puede infiltrar también en nosotros, hombres y mujeres creyentes y consagrados, si nos dejamos llevar por el racionalismo seco y frío de un humanismo inmanentista más que por la sencilla adhesión generosa a la acción de Dios que nos susurra su amor y su entrega salvadora. Sólo quien sabe desarrollar la entrega generosa y gratuita en cada momento a la amorosa cercanía de Dios puede ser prolífero espiritual y humanamente.

Descubrir a Dios como Amor es una gran revelación. Ahora bien, no estaría todo revelado si no se comprende hasta qué punto Dios ha amado al ser humano. Y la muestra más fehaciente de su amor está en la Cruz. Comprender la Cruz de Cristo es entender la grandeza del amor porque nadie tiene mayor amor sino aquel que da la vida por los demás.  Es el gran misterio y por otra parte la gran verdad. La evangelización es el anuncio del amor de Dios manifestado en Jesucristo.

Desde este Dios que es amor estamos todos a una profunda renovación espiritual. Y lo estáis de modo especial la familia amigoniana. Porque para vosotras, queridas hermanas terciarias capuchinas, se trata de volver en fidelidad renovada a vuestros orígenes para reavivar el carisma fundacional viviendo en todo momento con radicalidad vuestra entrega consagrada al Señor. El Señor os llama a reavivar vuestra fidelidad al amor de Dios para ser, como vuestro Padre Fundador autenticos instrumentos de la misericordia de Dios.

El alma de vuestra vida consagrada es percibir, amar y vivir a Cristo como plenitud de la propia vida, de forma que toda vuestra existencia sea entrega sin reservas a Él y, en él, a los hermanos. Esta es la sustancia de la vida consagrada. A esta sustancia habréis de volver una y otra vez para que vuestra vocación y vuestra consagración sean fuente de gozo radiante y completo. Cuando queremos entendernos sólo por la tarea que hacemos y olvidamos esto que es sustancial, la propia vida no es capaz de mantenernos en la alegría de Cristo, y la misma consagración se desvirtúa y termina perdiendo sentido.

Queridas hermanas: Vivid en todo, como vuestro Padre, la comunión eclesial, congregacional y comunitaria. El camino de la renovación de la vida religiosa y de su fecundidad apostólica es el de la comunión de la Iglesia: el que traza la participación en la misma y única Eucaristía, sacramento de caridad, fuente de nuestra comunión y de nuestra misión. Permaneced fieles al don y al carisma que habéis profesado y que habéis recibido de vuestro Fundador.

Querida familia amigoniana: ¡Que sobre un mundo que llora y sufre, sigáis derramando la misericordia de Dios! ¡Que la Virgen Maria, fiel y obediente esclava del Señor, os ayude a seguir en el carisma del P. Amigó al servicio de la renovación espiritual de nuestro mundo! Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón