Tiempo para la esperanza

Queridos diocesanos:

Con este primer domingo de Adviento entramos en el tiempo de cuatro semanas que nos prepara inmediatamente para la fiesta de la Navidad, memoria de la encarnación de Cristo en la historia. Pero el mensaje espiritual de Adviento es más profundo y nos proyecta hacia la vuelta gloriosa del Señor, al final de nuestra historia. Esta doble perspectiva hace del Adviento el tiempo de la alegría y de la esperanza.

Benedicto XVI en la encíclica Spe Salvi señala que el hombre tiene diferentes esperanzas en las diver­sas épocas de su vida, unas más grandes y otras más pequeñas; “sin embargo, cuando estas esperanzas se cumplen, se ve claramente que esto, en realidad, no lo era todo. Está claro que el hombre necesita una espe­ranza que vaya más allá. Es evidente que sólo puede contentarse con algo infinito, algo que será siempre más de lo que nunca podrá alcanzar”. De esta gran esperanza, que es Dios, nos habla el tiem­po de Adviento.

En este sentido, este tiempo nos ofrece una gran oportunidad para redescubrir lo que verdaderamente esperamos, lo que realmente puede hacernos felices. Al final del Adviento contemplaremos a Dios que se hace hombre en el misterio de la Navidad. En Jesús, Dios mismo, nuestra verdadera esperanza, se hace carne y nos mira con rostro humano. En Jesús, comprenderemos cómo somos amados por Dios y cómo hemos de amar al prójimo.

La Iglesia nos exhorta a prepararnos para acoger a Dios, que viene a nosotros. En el anuncio apocalíptico de Jesús en el evangelio de este primer domingo de Adviento, todo el universo se conmueve y se anuncia la segunda venida de Jesucristo. Simbólicamente se nos dice que todo aquello en lo que tenemos puesto nuestro corazón de una manera desordenada debe ser apartado, porque impide acoger a Dios en nuestra vida y, en Él, al prójimo.

Cuando ponemos nuestra seguridad y nuestra esperanza en cosas caducas y éstas pasan o se tambalean, experimentamos ansiedad y angustia. En la tremenda crisis económica actual, muchas personas han experimentado esos síntomas al perder sus ahorros, no poder pagar su hipoteca o quedarse sin trabajo. En esas situaciones comprendemos mejor que sólo en Dios podemos poner nuestra esperanza, porque sólo Él es la realidad que no pasa nunca; sólo en Él podemos encon­trar un sentido perdurable y sólo desde su amor eterno y fiel podemos superar todas las pruebas y contrariedades.

En la espera del Señor, San Pablo nos propone un camino: “Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos”. Ciertamente para que la espe­ranza sea verdadera no puede desentenderse de los demás. El individualismo egoísta, tan extendido hoy, acaba siendo una fuente de desesperanza que conduce al hombre al vacío de la existencia.

Cuando vivimos con los demás, cuando amamos a los demás y nos comprometemos con ellos, de modo especial, con los que sufren o pasan necesidad material y espiritual, al igual que cuan­do nos dejamos amar por quienes nos rodean, se acrecienta la esperanza, porque el corazón se ensancha y se hace capaz de cosas más grandes. Amando al prójimo, señala Benedicto XVI, cada uno “abre también la mirada hacia la fuente de la alegría, hacia el amor mismo, hacia Dios”.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Cristo Rey: Testigo de la verdad

Queridos diocesanos:

En el último domingo del año litúrgico celebramos la Fiesta de Jesucristo, Rey del Universo. Durante su Pasión, a la pregunta de Pilatos, “¿Con que tú eres rey?”, Jesús respondió: “Tú lo dices: soy rey” (Jn 18, 37). Pero su “reino no es de este mundo” (Jn 18, 36). Por esta razón rechazó el título de rey cuando se entendía en sentido político (cf. Mt 20, 25). Cristo no vino a dominar sobre pueblos y territorios, sino a liberar a los hombres de la esclavitud del pecado, de la mentira y de la muerte, y a reconciliarlos con Dios.

Jesús ha nacido y ha venido al mundo para ser testigo de la verdad (Jn 18, 37). La ‘verdad’ que Cristo vino a testimoniar en el mundo es que Dios es amor y que Dios nos ama. Está la verdad de Dios, del hombre y del mundo, de la que Jesús dio pleno testimonio con el sacrificio de su vida en el Calvario. La cruz es el ‘trono’ desde el que manifestó la sublime realeza de Dios Amor: ofreciéndose como expiación por el pecado del mundo, venció el dominio del ‘príncipe de este mundo’ (Jn 12, 31) e instauró definitivamente el reino de Dios. Este Reino se manifestará plenamente al final de los tiempos, después de que todos los enemigos, y por último la muerte, sean sometidos. Entonces el Hijo entregará el Reino al Padre y finalmente Dios será “todo en todos” (1 Co 15, 28).

El camino para llegar a esta meta es largo y no admite atajos. En efecto, toda persona debe acoger libremente la verdad del amor de Dios. Dios es amor y verdad, y tanto el amor como la verdad no se imponen jamás: llaman a la puerta del corazón y de la mente y, donde pueden entrar, infunden paz y alegría. Este es el modo de reinar de Dios, este es su proyecto de salvación, un designio que se revela y desarrolla poco a poco en la historia (Benedicto XVI).

La realeza de Cristo no puede ser comprendida por quienes se aferran al poder de este mundo. También al confesar hoy la realeza de Jesucristo, los cristianos somos objeto de incomprensión o de burla escéptica, como lo fue Jesús por Pilatos. Su realeza va unida al amor por la verdad, que no siempre es cómoda. Hay una forma de ejercer hoy el poder que busca someter la verdad. Es el caso del totalitarismo, que “nace de la negación de la verdad en sentido objetivo. Si no existe una verdad trascendente, con cuya obediencia el hombre conquista su plena iden­tidad, tampoco existe ningún principio seguro que garan­tice relaciones justas entre los hombres” (Juan Pablo II).

Al manipular la verdad, todo se enturbia. El fraude, el robo, la corrupción, la mentira, el aborto, la eutanasia y muchas otras formas injus­tas de tratar al hombre, de no reconocer su dignidad sagrada dejan de reconocerse como males. La verdad sometida y manipulada mantiene a los hombres en la esclavitud. Algunos experimentan la crueldad de esa situación, mientras otros, en el sueño de una aparen­te libertad, son esclavos de sus propias pasiones.

Jesucristo Rey, al liberarnos del pecado, nos capacita para ordenar toda nuestra vida y nuestras acciones según Dios, según sus mandamientos. Así, todo alcanza su verdad. Jesucristo es Rey y abre ante nosotros un nuevo horizonte de libertad, que vence el miedo ante todo poder humano. Dejemos que su reino se haga presente en medio de noso­tros. Sólo él puede liberarnos de todas las formas de tira­nía.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López  Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Sentirse Iglesia diocesana

Queridos diocesanos:

El Día de la Iglesia diocesana, que estaño celebramos Domingo, 15 de noviembre, nos invita a los católicos a sentirnos parte de ella para amarla de verdad. Nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón no es algo ajeno a cada uno de nosotros; es nuestra Iglesia, de la que formamos parte todos los católicos que vivimos en el territorio diocesano. Cierto que sentimos más cercana a nuestra parroquia, pero ésta no seria nada sin la Iglesia Diocesana, de la que es como un miembro en el cuerpo humano, a la que estar vitalmente unida si no quiere enfermar, languidecer y morir.

Con frecuencia los católicos acudimos a la Iglesia o a nuestra parroquia sólo cuando la necesitamos; una vez satisfecha nuestra necesidad la olvidamos y vivimos al margen de ella, de su vida y de su misión. No agradecemos tantos bienes recibidos de ella como son, entre otros: la fe en Jesucristo y su Palabra, su Eucaristía y los demás sacramentos, la educación en la fe y de la conciencia moral, la capacidad de amar a los demás y de sacrificarnos por ellos, el perdón de los pecados, la continua renovación de nuestras personas, la ayuda en la necesidad, el compromiso con nuestra sociedad y la esperanza de la vida eterna.

Otros se alejan de ella, de su fe y de su moral, de su vida y misión diciendo que se puede ser cristiano católico al margen de la Iglesia. ‘Creo en Jesucristo pero no en la Iglesia’, dicen. Craso error. Porque ¿cómo han llegado a Jesucristo, y a Dios, el Dios revelado por Él, y como se mantienen unidos a Él si no es en y por la Iglesia? La citada oposición es contraria a lo que profesamos en el Credo: “Creo en la Iglesia una, santa católica y apostólica”. Se olvida que la Iglesia misma es el Cuerpo de Cristo, de la cual Él es la Cabeza: y no se puede separar la Cabeza del resto del cuerpo.

Nuestra Iglesia diocesana es un don del amor de Dios. Hemos de saber amarla de corazón como a nuestra misma madre y familia. La Iglesia es querida y fundada por Cristo; y está permanentemente alentada por la presencia del Espíritu Santo para ser el lugar de la presencia del Señor, de su Evangelio y de su obra de Salvación entre nosotros. Quien se aleja de ella termina por desfallecer en su fe y vida cristiana.

Nos urge recuperar el amor a nuestra Iglesia, valorar y agradecer los bienes recibidos de ella. Es preciso sentir que somos parte de nuestra Iglesia, que la necesitamos y que queremos vivir en y con ella, comprometidos con su vida y su misión para que nuestra Iglesia acompañe y ayude a todos. Nuestro amor nos ha de llevar al compromiso con nuestra Iglesia: en la vivencia de la fe y vida cristianas, en la cooperación en su vida y tareas, y en el compromiso económico.

En estos momentos de profunda crisis económica, moral y espiritual, el acompañamiento y la ayuda de la Iglesia son de gran esperanza para una sociedad dolorida. Para que quienes acuden a la Iglesia buscando ayuda puedan encontrar en ella una respuesta adecuada, ha de disponer de los medios necesarios. La colaboración de los católicos y de los que valoran su labor es indispensable, también y precisamente en estos momentos de crisis. En estas circunstancias, nuestra la colaboración es, más que nunca, el termómetro de nuestro amor a la Iglesia y de nuestro compromiso eclesial. Todos tenemos que participar en la Iglesia y colaborar económicamente en su sostenimiento. Todos somos necesarios.

Con mi  afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

150º Aniversario de las Hnas. de la Consolación en el Hospital Provincial de Castellón

 

Castellón, Capilla del Hospital Provincial -14 de noviembre de 2009

(33º Domingo del T.O.: Dan 12,1-3, Sal 15; Heb 10, 11-14.18; Mc 13,24-32)

 

Hermanas y  Hermanos muy amados en el Señor:

Hoy hace justamente dos años celebrábamos en la Capilla del Colegio de la Consolación en Castellón el 150º Aniversario de la Fundación de vuestra Congregación. Esta tarde, el Señor nos reúne aquí en torno a la mesa de su Palabra y de la Eucaristía para alabar a Dios y darle gracias por los 150 años de vuestra presencia, Hnas. de la Consolación, en este Hospital Provincial de Castellón: primero en la calle Mayor, y desde hace más de 50 años en este lugar.

Siguiendo el carisma recibido del Señor de ‘consolar al prójimo’, María Rosa Molas atendía la solicitud del Ayuntamiento de Castellón, y se hacía cargo del Hospital Provincial. El 23 de agosto de 1859, cumplidos los trámites previos y realizadas las obras necesarias en la casa, llegaban las primeras hermanas a la capital de la Plana. Sus nombres eran: Teresa Secall, como Superiora, Josefa Solá, Carmen Oriol, Vicenta Aviñó, Rosario Rosell, María Cinta Buera y Concepción Cancio. Era la primera fundación de la nueva Congregación fuera de Tortosa, dos años después de su inicio. A ella seguirán otras fundaciones en los campos de la beneficencia y de la educación aquí en Castellón y en el resto de nuestra Diócesis.

Con alegría celebramos hoy el 150º Aniversario de la presencia de vuestra Congregación en este hospital y en nuestra Diócesis, hoy, de Segorbe-Castellón. Nuestra Iglesia diocesana se une a vosotras en este día tan significativo: con vosotras alabamos y damos gracias a Dios, fuente y origen de todo bien, por todos los dones recibidos en estos ciento cincuenta años por vuestra Congelación y, a través de vosotras y de todas vuestras hermanas, por nuestra Iglesia, y, de modo especial por los enfermos y sus familias. La historia y el presente de nuestra Iglesia son ya impensables sin las Hermanas de la Consolación y sin vuestra dedicación permanente en la pastoral de la salud, amén de vuestro trabajo en el ámbito de la educación y de la pastoral parroquial y vocacional.

Siguiendo la estela y el carisma de vuestra madre y fundadora, Santa Mª Rosa Molas y Vallvé, y siempre en estrecha comunión con nuestra Iglesia diocesana, con sus Obispos y demás pastores habéis sido y sois testigos vivos del amor de Dios, de su cercanía y de su consuelo a los enfermos. Con vuestro servicio atento y lleno de afecto a los enfermos y a sus familias, en vosotras toman cuerpo las palabras de Dios a través del profeta Isaías: “Consolad, consolad a mi pueblo dice el Señor (Is 40, 1). Estas palabras son expresión del carisma, recibido y vivido por vuestra Madre Fundadora; estas palabras condensan su herencia espiritual para vuestra Congregación, que habéis hecho lema y vida a lo largo de estos años, viendo y amando en la persona del enfermo al mismo Cristo, que en el Evangelio nos dice: “Venid benditos de mi Padre, porque estuve enfermo y me visitasteis”.

Si los enfermos están ahí, es para colmarlos del amor de Cristo, manifestación del amor de Dios. A través de vosotras, queridas hermanas, y de vuestros colaboradores y de los voluntarios, nuestra Iglesia diocesana sale al encuentro de Cristo, le encuentra y ama en los hombres y mujeres sufrientes. Con vuestra asistencia personal a cada enfermo en este hospital, se ha probado en vosotras el testimonio de Cristo. Gracias porque habéis sabido mostrar a este mundo que sufre, que el único que importa en esta vida es Cristo, y que por Él y por amor a Él hay que tener, como el Buen Samaritano del Evangelio, entrañas de misericordia para con el que sufre y para con el enfermo, que hay que padecer con el enfermo –que esto es lo que significa compasión. Vuestra atención y servicio a los enfermos se basa en el amor –amor recibido y amor compartido-, siguiendo las huellas de María, que acogió con amor el amor gratuito de Dios, le correspondió con la fe y lo compartió con el necesitado.

Gracias damos a Dios y gracias os damos a todas vosotras, hermanas de la Consolación: a las que en el pasado formaron parte de esta comunidad y a las que la formáis ahora. Con vuestra vida entregada al servicio del enfermo habéis sido testigos vivos de Jesucristo y de su Buena Nueva, eficazmente presente en su Iglesia. Habéis contribuido así a manifestar y realizar entre nosotros el misterio y la misión de la Iglesia; es decir, que nuestra Iglesia sea sacramento del amor de Dios a los hombres en el amor de los cristianos hacia sus hermanos, especialmente hacia los más pobres y necesitados. La nueva Evangelización a que nos llama la Iglesia necesita antes de nada testigos vivos del Evangelio, de la Buena Nueva, del Amor de Dios a los hombres. Vosotras nos habéis mostrado que el Evangelio vivido por amor es el mejor camino para llevar a Cristo a los hombres, para que los hombres se abran al amor de Dios manifestado en Cristo y para los hombres dejen que Jesús penetre profundamente en su corazón, transforme su existencia y les salve.

El evangelio de hoy nos habla del final de los tiempos. Aunque tiene unas notas que pueden parecer catastróficas, nos recuerda ante todo que nuestro mundo y el ser humano somos caducos; pero también nos recuerdan que no caminamos hacia la destrucción y la nada sino hacia el encuentro último y salvador con Dios en Cristo. De ahí que hayamos de caminar hacia ese encuentro en espera vigilante y activa.

En todas las cosas, en los acontecimientos de la historia y en la misma muerte se va revelando la acción salvadora de Dios. El profeta Daniel nos dice. “Serán tiempos difíciles como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora. Entonces se salvará tu pueblo” (Dan 12,1). En el momento de la tribulación aparecerá la salvación definitiva. No podemos saber el momento en que esto sucederá; pero con el Salmista podemos siempre decir: “Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré”. Recuerdo a una persona relativamente joven que enfermó gravemente y murió. Cuando le detectaron un cáncer empezó a recordar la fe que le habían enseñado sus padres. Cada vez que acudía a la visita médica, cogía en sus manos un crucifijo y decía: ‘El me curará’. Murió al poco tiempo, pero su esposa comprendió que Jesús había salvado a su marido, porque su esperanza en aquellos momentos había ido más allá de la mera esperanza de la recuperación de la salud corporal. Mientras su cuerpo se derramaba, él descubrió a Jesús, que es el fundamento de todo lo que existe, la esperanza que no defrauda.

Al celebrar el 150º Aniversario de vuestra presencia, queridas Hermanas de la Consolación, en este Hospital invito a todos a orar por vosotras y por vuestra Congregación. Pido al Señor que os mantenga fieles a vuestro carisma fundacional. “Consolar al prójimo” fue y sigue siendo el carisma de vuestra Congregación tras las huellas de vuestra santa Madre, Mª Rosa Molas. Su vida fue una vida sencilla y escondida, una vida transcurrida en la entrega heroica, entroncada en el misterio del amor de Dios, acogido en una íntima correspondencia personal a ese amor. Ella supo llevar a Cristo a los enfermos y a los sanos, en su trabajo, su entorno y su ambiente; en una palabra, ella supo evangelizar. Este carisma es una inspiración del Espíritu Santo, un don de Dios a la Iglesia a través de vuestra hermana fundadora. A esta raíz habréis de recurrir constantemente para reconocer el don de Dios y recibir el agua viva para vuestra misión. Cristo sigue manifestándose también hoy en tantos rostros que nos hablan de indigencia, de soledad y de dolor. Es necesario, pues, mantener un gran espíritu de escucha de la Palabra de Dios ‘que es siempre viva y eficaz’, para manteneros firmes en la fe en el Señor y alegres en vuestra misión, para descubrir a Cristo que vive y sufre en los enfermos y en los pobres. Pues como nos dice la carta a los Hebreos tenemos un Sumo Sacerdote, Jesucristo, sentado a la derecha de Dios, que “con un sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados” (10, 18).

Recordando vuestro origen y vuestro pasado, es bueno que contempléis el presente. Nuestra Iglesia os necesita, porque los enfermos os necesitan, porque el Señor cuenta con vosotras. Mirad el futuro con esperanza y preguntaros cómo llevar a cabo la tarea en esta hora de nuestra Iglesia y de nuestra sociedad, permaneciendo fieles a Cristo y a su Evangelio, fieles al carisma de vuestra Congregación y fieles a vuestra consagración religiosa. El Señor se dirige hoy a cada una de vosotras y os llama con fuerza renovada a su seguimiento en la tarea de anunciar la Buena Noticia del Evangelio del consuelo de Dios a los enfermos y a los que sufren, aquí en este hospital y allá donde estéis. Y la Buena Noticia no es otra sino Cristo, el Salvador de la humanidad, el Dios con nosotros, el Dios del consuelo, que vive y sufre con el enfermo y en el enfermo.

Mª Rosa Molas supo inclinarse hacia el necesitado sin distinción alguna, hecha caridad vivida, hecha amor que se olvida de sí mismo, hecha toda para todos, a fin de seguir el ejemplo de Cristo y ser artífice de esperanza y de consuelo. Ella supo no únicamente dar algo, sino ante todo supo darse a sí misma en el amor; y sólo así supo poder dar –como su ejemplo elegido, María- el don precioso del consuelo a quien lo buscaba o a quien, aun sin saberlo, lo necesitaba. Así María Rosa hacía caridad; así se hacía maestra en humanidad y auténtico instrumento de la misericordia y la consolación de Dios.

Nuestro mundo, que con frecuencia pierde el sentido último de su existencia, sigue necesitando el anuncio de “la consolación, del amor y la misericordia de Dios”. Si en lo más profundo de nuestra vida estamos convencidos de que Dios nos ama y de que él es el verdadero Amor, seremos capaces de sonreír y consolar hasta en los momentos más difíciles de la vida porque todo es expresión del amor de Dios. Hemos creído en el amor de Dios que produce una visión nueva de las personas y de las circunstancias. En el centro de toda obra eclesial, de toda vida cristiana y de toda vida consagrada está la fuerza del Dios que nos ama en Cristo.

Desde este Dios que es amor estamos llamados todos a una profunda renovación espiritual. Y lo estáis de modo especial vosotras, Hermanas de la Consolación. Porque para vosotras se trata de volver en fidelidad renovada a vuestros orígenes para reavivar el carisma fundacional viviendo en todo momento con radicalidad vuestra entrega consagrada al Señor. El Señor os llama a reavivar vuestra fidelidad al amor de Dios para ser, como vuestra Madre Fundadora ‘autenticos instrumentos de la misericordia y de la consolación de Dios.

El Señor os llama, queridas hermanas, a vivir con radicalidad vuestra consagración a Dios. Por vuestra especial vocación y consagración estáis llamadas a expresar de manera más plena el misterio del Amor de Dios manifestado en Cristo. Unidas al Señor Resucitado y por Él seréis luz que alumbre las tinieblas de nuestro mundo y testigos de esperanza para el hombre de hoy.

¡Que sobre un mundo que llora y  sufre, sigáis derramando: la consolación de Dios! ¡Que la Virgen Maria, fiel y obediente esclava del Señor, os ayude y proteja toda vuestra actividad en esta casa! Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Convocatoria al Sagrado Orden del Presbiterado

Escudo_episc

CASIMIRO LÓPEZ LLORENTE,

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTÓLICA,

OBISPO DE SEGORBE-CASTELLÓN

 

Por el presente y a tenor de la normativa eclesial anuncio que el próximo día 6 de Enero de 2010, Solemnidad de la Epifanía del Señor, a las 18:00 de la tarde conferiré, D.m., en nuestra Santa Iglesia Concatedral de Santa María en Castellón el sagrado Orden del Presbiterado a aquellos candidatos, que reuniendo las condiciones de la normativa canónica y, después de haber cursado y superado los estudios eclesiásticos y haberse preparado humana y espiritualmente bajo la orientación y guía de sus formadores y la autoridad del Obispo, aspiren a la recepción de este Sacramento del Presbiterado.

 

Dichos candidatos deberán dirigir al Rector del Seminario Diocesano ‘Mater Dei’ la solicitud de recibir dicho Orden, acompañada de la documentación pertinente en cada caso, de conformidad con lo que establece el can. 1050 del CIC, a fin de comenzar en los plazos determinados por el derecho de la Iglesia las encuestas y, una vez realizadas las proclamas en las parroquias de origen y domicilio actual, otorgar, si procede, la autorización necesaria para que puedan recibir el sagrado Orden del Presbiterado.

El Sr. Rector me presentará, con la debida antelación, los informes recabados, y, una vez concluido el proceso informativo trasladará a nuestra Cancillería antes de la fecha de la administración del Sagrado Orden toda la documentación correspondiente a los efectos pertinentes.

Publíquese en el Boletín Oficial de este Obispado y envíese copia al citado Sr. Rector para su público e inmediato conocimiento.

Dado en Castellón de la Plana, a nueve de noviembre de dos mil nueve.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Por mandato de S. Excia. Rvdma.

Doy fe

Fdo.: Tomás Albiol Talaya

Vicecanciller y Vicesecretario General

Fe en la vida eterna

Queridos diocesanos:

La Solemnidad de todos los Santos y la Conmemoración de todos los difuntos al comienzo del mes de noviembre nos introducen en ese tono de mirada hacia el final de la vida y hacia la muerte y, más allá de ella, hacia la vida eterna. Es una perspectiva que tiene este mes de noviembre en nuestra cultura cristiana.

Recuerdo cómo hace unos años una conocida actriz narraba su encuentro con un párroco anciano. Ella le preguntó: “¿De dónde saca Ud. fuerza para ser cristiano en medio de un ambiente cada vez más hedonista, materialista e indiferente?”. La respuesta de aquel sacerdote fue: “La fuerza para ser cristiano la encuentro al observar un mundo inquietantemente petulante y charlatán: vocifera, parlotea y se divierte mientras todo va bien. Sólo cuando uno muere, cesa en su afán; ya no tiene nada que decir y calla. Y al callar el mundo, es cuando yo anuncio un mensaje -que se confronta con las risas de un mundo arrogante-, y es que el hombre tiene una meta: la vida eterna”.

El mundo de hoy tiene necesidad de redescubrir el sentido de la vida y de la muerte en la perspectiva de la vida eterna. Fuera de ella, la cultura moderna, nacida para exaltar al hombre y su dignidad, se transforma paradójicamente en cultura de muerte. Sin el horizonte de Dios se encuentra como prisionera del mundo, sobrecogida por el miedo, y genera por desgracia muchas patologías personales y colectivas.

Que el hombre tiene por meta la vida eterna es lo que Jesús anuncia cuando los saduceos se enfrentaron a Él con la cuestión de la resurrección. Para los saduceos, el hombre era la única medida para explicar la realidad. Quien piensa y vive únicamente desde la perspectiva del hombre, de la materia y del presente, no puede entender ni creer en el anuncio la vida eterna y de la resurrección; hasta le parecerá ridículo. Pero esto ocurre sólo hasta que se topa con la dura e impenetrable realidad del misterio que envuelve la existencia del hombre y su destino.

Jesús nos dice que la vida eterna sólo se entiende en el horizonte de Dios, para quien todos los hombres están llamados a una vida sin fin y feliz, si viven con responsabilidad el presente haciendo el bien. Dios es Creador y Misericordioso, pero también Juez y Señor de la historia, que apela a nuestra responsabilidad y nos juzgará de nuestros actos. La esperanza en la vida eterna no es un soporífero para nuestra vida actual. Por el contrario, la fe en la vida eterna es el aguijón que espolea al creyente para hacer el bien según Dios, hasta llegar a la plenitud de la vida eterna.

Jesús mismo, muerto y resucitado, es nuestra esperanza. Él vivió nuestra vida humana con un amor y una entrega total a Dios y a los hombres. Él nos mostró a un Dios que es amor y vida. En su muerte en la Cruz vemos toda la fuerza, toda la grandeza del camino de Dios. Su muerte, ofrecida al Padre en expiación por nuestros pecados, acerca la humanidad a Dios: porque es una muerte fruto del amor total, definitivo, que sólo Dios es capaz de tener. Esta muerte, acogida por Dios, que le resucita de entre los muertos, se convierte en fuente de vida para todos. En su muerte y resurrección han quedado rotos los lazos de la muerte. Jesús vive, Jesús ha vencido a la muerte. Y todos, unidos a él por la fe y por las obras, podemos vivir, en este mundo y más allá de este mundo, su misma vida: vida de unión con Dios, vida eterna y feliz.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

10º Aniversario del C.O.F. “Domus Familiae”

HOMILÍA EN 10º ANIVERSARIO DEL COF ‘DOMUS FAMILAE”

DE LA DIÓCESIS DE SEGORBE-CASTELLÓN

******

Castellón, Iglesia de Santo Tomás de Villanueva, 5 de noviembre de 2009

(Rom 14,7-12; Sal 26; Lc 15,1-10)

 

Amados todos en el Señor

El pasado día 29 de octubre nuestro Centro de Orientación Familiar ‘Domus familiae’ cumplía diez años de rica andadura. En efecto, en dicho día del año 1999 era inaugurado oficialmente nuestro Centro en la Diócesis de Segorbe-Castellón por voluntad expresa de mi predecesor en esta sede de Segorbe-Castellón, Mons. Dr. D. Juan Antonio Reig Plá. Y era encomendado a la protección de la Stma. Virgen María, Reina de las Familias, de San Miguel Arcángel y de Santa Faustina Kowalska, co-patronos del Centro, porque el centro está dedicado con la asistencia del Espíritu Santo, a la Devoción de la Divina Misericordia. Cuatro años más tarde, en 2003, el Centro se constituía en la Asociación “Domus Fami1iae”, Centro de Orientación Familiar.

Esta tarde celebramos, al cumplirse su 10º Aniversario, el Señor nos convoca en torno a la Mesa de su Palabra y de la Eucaristía para la acción de gracias y para la oración. Con alegría celebramos hoy el 10º Aniversario de la presencia del COF en nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón. Nuestra Iglesia diocesana se une en este día tan significativo para alabar y dar gracias a Dios, fuente y origen de todo bien, por todos los dones recibidos durante estos años. La historia reciente y el presente de nuestra Iglesia son ya impensables sin el COF, sin la dedicación generosa y la entrega permanente de voluntarios y de profesionales en la pastoral del matrimonio, de la familia y de la vida. En vuestro intento de “integrar pedagógicamente la atención somática, psíquica, moral y espiritual de la persona”, empleando como instrumentos de encuentro con el hombre y la mujer, la fe y la razón, habéis ofrecido un servicio a las personas desde el don de la fe.

Durante estos años, el Centro ha ofrecido formación en el campo del matrimonio, de la familia y de la vida a los colaboradores, usuarios y personas dedicadas a la Pastoral Familiar y de la Vida y en la Educación Afectivo-Sexual; el Centro ha ofrecido su apoyo a Escuelas de Padres, Cursos de Formación Prematrimonial, Formación de Monitores en Métodos Naturales de Diagnóstico de la Fertilidad, entre otros. No podemos olvidar tampoco sus servicios a la Vicaría Judicial de la Diócesis en las causas matrimoniales.

Siguiendo la finalidad originaria y siempre en estrecha comunión con nuestra Iglesia y sus pastores habéis sido y sois testigos vivos de amor misericordioso de Dios a cuantos se han acercado a vosotros en demanda de ayuda: novios, esposos, mujeres o familias. Con vuestro servicio atento y lleno de afecto en vosotras toman cuerpo las palabras de Santa Faustina Kowalska: “Todo comienza en tu misericordia y en tu misericordia termina”. Estas palabras son expresión de la espiritualidad que anima y debe animar el COF.

A través del COF, de los voluntarios y de los profesionales, nuestra Iglesia diocesana sale a la búsqueda de la oveja perdida, de la persona herida para sanarla y llevarla al  encuentro de Cristo, en quien resplandece el rostro del Dios misericordioso. Gracias porque habéis sabido mostrar a este mundo que sufre, que el único que importa en esta vida es Cristo, porque como cristianos y como Iglesia ‘vivimos para el Señor’, como dice San Pablo en la lectura de hoy: por el Señor y por amor a Él hemos de tener, como el pastor del Evangelio, entrañas de misericordia para con el extraviado o alejado, para con el que sufre, para con el que necesita ayuda, apoyo y orientación. Vuestra atención y servicio se basa en el amor –amor recibido y amor compartido-, siguiendo las huellas de María, que acogió con amor el amor gratuito de Dios, le correspondió con fe y lo compartió con el necesitado.

Gracias damos a Dios y gracias os doy en nombre propio y de nuestra Iglesia a todos los colaboradores del COF. Con vuestra entrega al servicio del enfermo habéis sido testigos vivos de la Misericordia divina, de Jesucristo y del Evangelio del matrimonio, de la familia y de la Vida. Habéis contribuido así a manifestar y realizar entre nosotros el misterio y la misión de la Iglesia; es decir, que nuestra Iglesia sea sacramento del amor de Dios a los hombres en el amor de los cristianos hacia sus hermanos, especialmente hacia los más necesitados. La nueva Evangelización a que nos llama la Iglesia necesita antes de nada testigos vivos del Evangelio, de la Buena Nueva, del Amor de Dios a los hombres. Vosotros nos habéis mostrado que el Evangelio vivido por amor es el mejor camino para llevar a Cristo a los hombres, para que los hombres se abran al amor de Dios manifestado en Cristo y para los hombres dejen que Jesús penetre profundamente en su corazón, transforme su existencia y les salve.

A nuestra acción de gracias, deseo unir nuestra oración por el COF y por todos los que colaboráis de un modo u otro en él. Pidamos al Señor que os mantenga fieles a vuestra identidad eclesial y a la finalidad fundacional.

Bien sabéis, que el COF hunde sus raíces en la ‘misión’ misma de la Iglesia; es el vuestro un servicio que participa de la misión de salvación de los hombres, por las finalidades que persigue y por los resultados que se derivan de su ejercicio para el bien de la sociedad y de la misma comunidad cristiana. (Cfr. FC, nº 75).

Por ello vuestro trabajo debe  estar marcado,  como la vida de la misma Iglesia, por el servicio al otro,  por el testimonio de fe personal, exponiéndose al sufrimiento de ser perseguido o calumniado, por el anuncio de la Buena Noticia de Jesucristo Resucitado y por la búsqueda de la Comunión con Dios y con el otro en el Amor de Dios. La cima y la fuente de vuestra labor, como labor de Iglesia, será la Eucaristía, actualización del misterio pascual, expresión máxima del amor entregado y misericordioso de Dios por los hombres.

Como dice el reglamento interno del COF, vuestro fin fundamental es no sólo la restauración de la familia utilizando todos los medios humanos necesarios, sino también el acercamiento de las almas a Dios, para que Jesucristo, consuele y conforte a todos los que sufren por tantas dificultades y heridas. En vuestro trabajo habéis de “mostrar con ternura la dignidad y belleza de la persona humana, única criatura del universo visible que Dios ama por sí misma, empleando un lenguaje que hable sobre la verdad y el bien del hombre; habéis de cultivar especialmente la virtud de la esperanza en medio de la tribulación, reforzada expresamente con la oración y el reencuentro con los sacramentos así como habéis de favorecer el perdón y la reconciliación entre los miembros de las familias.

La Palabra de Dios que hemos proclamado ofrece pautas claras para vuestra tarea. “Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor: en la vida y en la muerte, somos del Señor” (Rom 14, 8): la vida nueva del cristiano brota de su pertenencia a Cristo, de su seguimiento y de la decisión de estar de su parte, acogiéndole como Señor de nuestros propios días. El señorío de Cristo es un señorío de misericordia, de escucha y de servicio salvífico para todos, al que como Iglesia hemos de servir en todo momento. La necesidad de dar cuentas ante el ‘tribunal de Dios’ es una llamada a mirar con profundidad nuestra propia existencia, para vivir para el Señor y morir para el Señor; Él es el único que puede dar sen­tido a nuestra vida. Una vida así, una vida vivida entera­mente ante el Señor nos induce a superar el prejuicio mediante la acogida de la debilidad.

En el Evangelio de hoy hemos escuchado dos parábolas de la misericordia: “Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta” (Lc 15, 10). Así hemos nos dice Jesús. Él es el Salvador, que ha venido para sanar y curar, para perdonar y salvar. El es el pastor que busca a la oveja perdida, el médico que se acerca al enfermo, el sumo sacerdote misericordioso que se compadece y libera al pecador. La salvación de Dios es una salvación integral: abarca al hombre entero, en cuerpo, alma y espíritu. En este mundo el hombre no puede alcanzar la salvación total y perfecta: su vida está sujeta al dolor y a la enfermedad, a la debilidad, al pecado y a la  muerte.

Jesucristo es el único Salvador. La salvación de Dios es Jesucristo en persona, a quien el Padre envió al mundo como Salvador del hombre y médico de los cuerpos y de las almas. Durante todos los días de su vida terrena, movido por su misericor­dia, Jesús curó a muchos enfermos y necesitados de salud, librándolos también de las heridas del pecado (cf. Mt 9, 2-8; Jn 5, 1-14).

El COF está llamado a ser presencia de la Salvación de Dios en Cristo en el mundo del matrimonio, de la familia y de la vida. Dios, amor misericordioso, el amor más grande, sale en Cristo al encuentro de los hombres, sanos y enfermos, justos y pecadores. Vosotros habéis de ser, en cualquier momento y situación, signo de la presencia viva y amorosa de Dios en Cristo, mediadores de su Evangelio del matrimonio y de la vida, y de su obra redentora por la fuerza del Espíritu. Cristo Jesús es el centro, la base y la meta de la vida y la misión del COF. La piedra angular del Centro, como la de toda la Iglesia, es Cristo Jesús: es su rostro el que habéis de mostrar, su evangelio el que habéis de anunciar, y la nueva Vida que nos viene por Él es la que habéis de anunciar y trasmitir a los demás.

La Iglesia mira hoy a la familia con preocupación, pero sobre todo con esperanza. Se trata de un bien muy importante para toda la humanidad, que hoy se encuentra gravemente amenazado. La familia es la célula fundamental de la sociedad, cuna de la vida y del amor en la que el hombre nace y crece. El clima familiar es básico en el desarrollo de la personalidad y los hábitos de conducta; en ella la persona aprende a ser persona, y se enraízan los criterios y valores que orientan la vida futura.

Miremos a María: ella nos protege y nos guía; ella es la Madre solícita que socorre con amor a sus hijos cuando se ha­llan en dificultad. María es la ‘reina de las Familias’, que dirige nuestra mirada hacia su Hijo, y como a los novios, nos dice: “Haced lo que os diga”.

Este Aniversario nos invita de nuevo a dirigir nuestra mirada hacia María, para encomendarnos a ella y seguir su estela. Siguiendo su invitación ponemos nuestros ojos en Cristo, escuchamos su palabra y nos sentimos impulsados hacia un renovado testimonio de misericordia, en tantas situaciones de sufrimiento físico y moral del mundo de hoy.

¡Acerquémonos, hermanos, con corazón bien dispuesto a la mesa de la Eucaristía! ¡Acojamos a Cristo, alimento de vida cristiana, fuente de vida y salvación integral, de comunión con Dios y con los hermanos! Él nos fortalece y nos envía a ser testigos de la misericordia divina y de la esperanza que no defrauda. Amén

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Decreto para la celebración del Año Sacerdotal

Escudo_episc

CASIMIRO LÓPEZ LLORENTE,

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTÓLICA,

OBISPO DE SEGORBE-CASTELLÓN

 

Con motivo del 150 Aniversario del Dies Natalis del Santo Cura de Ars, San Juan María Vianney, el Papa Benedicto XVI ha convocado un Año Sacerdotal que se celebrará desde el 19 de junio de 2009 hasta el 11 de junio de 2010.

Es un año para que todos los sacerdotes volvamos a las raíces de nuestro ministerio, fortaleciéndonos cada vez más en la fidelidad a Cristo y en “el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que nuestro testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo”. Es también un año para que todos los cristianos profundicen y descubran la grandeza del ministerio sacerdotal y su necesidad en la construcción de la comunidad cristiana, redescubriendo la belleza del ministerio sacerdotal y el aprecio por sus sacerdotes, y oren por su santificación y por el don de nuevas vocaciones.

El sacerdote ha de ser hombre de Dios. La referencia a Cristo es la clave para la comprensión de las realidades sacerdotales. El Sacramento del Orden nos ha configurado con Cristo Cabeza y Pastor, y por ello hemos de conformar toda nuestra vida y toda nuestra acción con Jesús, hemos de hacer presente el misterio de Cristo y estamos llamados a prolongar la presencia de Cristo, único y supremo Pastor, siguiendo su estilo de vida, siendo una transparencia suya en medio de los hombres.

Por ser hombres de Dios, hemos de ser también hombres de la esperanza, celebrando enseñando y sirviendo de modo especial el Evangelio de la esperanza, en un mundo aquejado de horizontalismo y necesitado de apertura a la trascendencia, es decir, a Dios.

La Nueva Evangelización está pidiendo sacerdotes radical e integralmente inmersos en el misterio de Cristo y con una capacidad singular de realizar un nuevo estilo de vida pastoral que esté profundamente marcada por la comunión con el Papa, con el Obispo y entre ellos mismos, y por una fecunda colaboración con los laicos en el respeto y promoción de los diversos cometidos y carismas dentro de la Iglesia. El sacerdote ha de ser, por ello, hombre de comunión, que encarna y manifiesta la esencia misma de la Iglesia, haciendo posible que ésta sea y se manifieste en medio de los hombres como comunión de amor, “signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad del género humano” (LG 1)

Para alcanzar mejor el fin de este Año Sacerdotal, ayudará en gran medida el don de las Sagradas Indulgencias, que la Penitenciaria Apostólica, en conformidad con la voluntad del Santo Padre, promulgó en el Decreto del pasado 25 de abril, fiesta de San Marcos Evangelista.

Según las Normas sobre las Indulgencias, “para ser capaz de lucrar indulgencias, es necesario estar bautizado, no excomulgado, en estado de gracia por lo menos al final de las obras prescritas” (n. 17,1). Y “para que el sujeto capaz las lucre, debe tener intención, por lo menos general, de ganarla y cumplir las obras prescritas dentro del tiempo establecido y en la forma debida, a tenor de la concesión” (n. 17, 2).

El don de las indulgencias, que el Romano Pontífice ofrece a la Iglesia universal, allana el camino para alcanzar en sumo grado la purificación interior que exalta la vida sobrenatural en el corazón de los fieles y los estimula a dar frutos de buenas obras.

Atendiendo a este Decreto de la Penitenciaría Apostólica, y las facultades que en este documento se confieren a los Ordinarios del lugar para la utilidad de los fieles, los sacerdotes y fieles que realicen unos determinados ejercicios de piedad durante el Año Sacerdotal recibirán la Indulgencia plenaria o parcial en los siguientes casos:

 

1. A los Sacerdotes realmente arrepentidos, que en cualquier día recen con devoción al menos las Laudes matutinas o las Vísperas ante el Santísimo Sacramento, expuesto a la adoración pública o reservado en el sagrario y, a ejemplo de San Juan María Vianney, se ofrezcan con espíritu dispuesto y generoso a la celebración de los Sacramentos, sobre todo al de la Penitencia, se les imparte misericordiosamente en Dios la Indulgencia plenaria, que podrán aplicar a los sacerdotes difuntos como sufragio si, conforme a la normativa vigente, se acercan a la confesión sacramental y al banquete eucarístico, y oran según las intenciones del Sumo Pontífice.

Igualmente se concede a los Sacerdotes la indulgencia parcial, aplicable a los sacerdotes difuntos, cada vez que recen con devoción oraciones aprobadas, para llevar una vida santa y para cumplir santamente las obligaciones a ellos encomendadas, como las contenidas en el Apéndice del Misal Romano para la preparación a la Misa.

 

2. A todos los fieles realmente arrepentidos que, en una iglesia u oratorio, asistan devotamente a la Santa Misa y dirijan oraciones a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, a favor de los sacerdotes de la Iglesia y ofrezcan cualquier obra buena realizada ese día con el fin de que Él los santifique y los modele según su Corazón, se les concede la Indulgencia plenaria, a condición de haber expiado sus propios pecados con la penitencia sacramental y hayan elevado oraciones por las intenciones del Sumo Pontífice: En los días en que se abre y se cierra el Año Sacerdotal, en el día del 150 aniversario de la santa muerte de San Juan María Vianney, en el primer jueves del mes, siguiendo la tradición de los “jueves eucarísticos”, el cuarto domingo de Pascua, llamado “del Buen Pastor” y día de oración por las vocaciones, en la fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote y en la peregrinaciones a los “templos jubilares” de la Diócesis.

Se recomienda que en los “jueves eucarísticos” se prolongue la acción de gracias después de la comunión con la adoración del Santísimo Sacramento, expuesto en la custodia y se recite la oración aprobada para este año sacerdotal. Todo ello complementado con el sacramento de la confesión, comunión y la oración por las intenciones del Papa.

Será muy conveniente que en la Catedral, la Concatedral y en las Parroquias sean los mismos sacerdotes encargados del cuidado pastoral quienes dirijan públicamente estas prácticas de piedad, celebren la Santa Misa y confiesen a los fieles.

 

3. Se declaran como “templos jubilares” en nuestra Diocesis los siguientes:

– S. I. Catedral Basílica de Segorbe.

– S.I. Concatedral de Santa María de Castellón.

–  El Santuario de la Cueva Santa

–  La Basílica de San Pascual Bailón en Villarreal.

– Iglesia del Real Seminario Menor Diocesano Conciliar de la ‘Santísima Trinidad y San Pedro de Segorbe

– Iglesia del Seminario Diocesano ‘Mater Dei’ en Castellón

– Todas las Iglesias de la Diócesis, el día de Jueves Santo, día sacerdotal por excelencia.

Se ruega a los Rectores de estos templos que, en coordinación con el Sr. Delegado Diocesano para el Clero, propicien la celebración de la Santa Misa, del Sacramento de la Penitencia y de la adoración del Santísimo Sacramento con motivo del Año especial Sacerdotal. Y se invita a todos los fieles a peregrinar corporativamente a ellos, rogando por los sacerdotes y las vocaciones al sacerdocio.

 

4. Durante el Tiempo Ordinario se pueden decir en un domingo cada mes las oraciones de la “Misa por los sacerdotes”, y, al menos en todos los domingos, no debe faltar una petición por los sacerdotes y las vocaciones al sacerdocio en la oración de los fieles, usando las preces aprobadas para nuestra Diócesis

 

5. A los ancianos, a los enfermos, y a quienes por legítimos motivos no pueden salir de casa, teniendo el ánimo apartado de cualquier pecado y con la intención de cumplir cuanto antes las tres condiciones acostumbradas, en la propia casa o donde se encuentren a causa de su impedimento, igualmente se les concede la Indulgencia plenaria si, en los días anteriormente determinados, rezan oraciones por la santificación de los sacerdotes y ofrecen con confianza a Dios por medio de María, Reina de los Apóstoles, sus enfermedades y las molestias de su vida.

 

6. Finalmente, se concede Indulgencia parcial a todos los fieles cada vez que reciten devotamente cinco Padrenuestro, Avemaría y Gloria u otra oración aprobada para tal ocasión, en honor del Sagrado Corazón de Jesús, con el fin de que los sacerdotes conserven la pureza y la santidad de vida.

 

Este Decreto tiene vigor a lo largo de todo el Año Sacerdotal.

Dado en Castellón de la Plana, a tres de noviembre de dos mil nueve.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Doy fe

Ignasi del Villar Santaella

Vicecanciller-Vicesecretario general

 

 

Oración por los sacerdotes

Señor Jesús, pastor y guardián de nuestras almas,

te damos gracias por nuestros sacerdotes,

que muestran a todos el amor de tu Sagrado Corazón.

Tú, que para regir a tu pueblo

has querido servirte del ministerio sacerdotal,

concédeles perseverar al servicio de tu voluntad

en pureza y santidad de vida,

para que, en el trabajo pastoral y en toda ocasión,

busquen solamente tu gloria,

y unidos a ti por un amor constante,

puedan servirte dignamente.

Tú que vives y reinas inmortal y glorioso

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Los sacerdotes, en particular, pueden decir también la siguiente oración:

 

Oración del sacerdote

Señor, tú que has querido ponerme al frente de tu familia

no por mis méritos, sino por pura generosidad de tu gracia,

al mirar a Cristo, sacerdote y víctima,

concédeme a mí, que participo de su sacerdocio,

la gracia de ofrecerme cada día

como víctima agradable en tu presencia,

servir fielmente a tu Iglesia en pureza y santidad de vida

y amarte con eterna caridad.

Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

La santidad, la mejor inversión

Queridos diocesanos:

Toda la liturgia del Día de Todos los Santos nos habla de santidad. Los santos nos recuerdan que la fuerza del Espíritu Santo actúa por doquier; es una semilla capaz de arraigar en todas partes, que no necesita especiales condiciones de raza, de cultura o de clase social. Por eso esta fiesta es una fiesta de gozo: el Espíritu de Jesús ha dado, da y seguirá dando fruto, y lo hará en todas partes.

Todos esos hombres y mujeres anónimos, de todo tiempo y lugar, a quien recordamos en el Día de Todos los Santos tienen algo en común. Todos ellos “han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero”. Todos ellos han sido pobres de espíritu, hambrientos y sedientos de justicia, limpios de corazón y trabajadores de la paz. Porque en este día no celebramos una fiesta superficial; celebramos la victoria dolorosamente alcanzada por tantos hombres y mujeres en el seguimiento de Cristo Jesús por el camino de las Bienaventuranzas.

A todos les une la búsqueda y la lucha por una vida más fiel, más entregada a Dios y más dedicada al servicio de los hermanos y del mundo nuevo que quiere Dios. En este día de Fiesta, de alegría y de acción de gracias, celebramos que viven ya con Dios hombres y mujeres de todo tiempo, lugar y condición social, que han luchado esforzadamente en el camino del amor, que es el camino de Dios.

Con frecuencia pensamos que la santidad es una heroicidad propia sólo de algunos pocos. Pero no es así. La santidad es dejar que se desarrolle en nosotros la nueva Vida nueva de nuestro Bautismo, es vivir unidos a Cristo, es seguirle con fidelidad, es asemejarse a Él. Y esto vale también para nosotros: todo cristiano esta llamado e invitado a la santidad, a la amistad y unión con Dios. Es algo exigente, sin duda; porque es preciso tomarse en serio la condición de bautizados, de Hijos de Dios, de discípulos del Señor y de miembros de la Iglesia; y esto no es algo superficial, puntual o limitado a unos actos, tiempos o circunstancias; abarca a toda la persona y toda su vida.

Para saber cuál es el camino de este seguimiento, el camino de la santidad, el camino de la perfección, hemos de subir con los Apóstoles al monte de las Bienaventuranzas, acercarnos a Jesús y ponernos a la escucha de las palabras de vida que salen de sus labios. También Él hoy nos dice: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

El Maestro proclama bienaventurados y, podríamos decir, “canoniza” ante todo a los pobres de espíritu, es decir, a quienes tienen el corazón libre de prejuicios y condicionamientos, de soberbia y prepotencia, a quienes, por ello, están dispuestos a acoger a Dios en su vida y a cumplir en todo su voluntad. La adhesión total y confiada a Dios supone desprenderse y desapegarse de sí mismo, para dejarse llenar del amor de Dios.

Los santos se tomaron en serio estas palabras de Jesús; creyeron que su felicidad vendría de traducirlas y vivirlas en el día a día de su existencia. Y comprobaron su verdad en su vida: a pesar de las pruebas, de las sombras y de los fracasos gozaron ya en la tierra de la alegría profunda de vivir en comunión con Cristo. En Él descubrieron, presente en el tiempo, el germen inicial de la gloria futura del reino de Dios. Ellos nos muestran un camino posible para todos.

Con mi afecto y bendición

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe.Castellón

Solemnidad de Todos los Santos

Cementerios de Segorbe y de Castellón,

1 de noviembre de 2009

 (Ap7,2-4.9-14; Sal 23; 1 Jn 3,1-3;Mt 5, 1-12a)

 

Amados todos en el Señor Jesús

La solemnidad de Todos los Santos, en el día de hoy, y la conmemoración de Todos los Fieles difuntos mañana suscitan cada año en nosotros, cristianos católicos, un clima de alegría y de gratitud, y de recuerdo y de oración. Unidos por el Señor en torno a su altar, entonamos un canto de gozosa acción de gracias por todos los santos y, a la vez, recordamos con nuestra oración, llena de esperanza, a familiares y amigos que ya han concluido su peregrinaje terrenal.

Hoy recordamos ante todo y en primer lugar a todos los santos. Con el autor del Apocalipsis cantamos: “La alabanza y la gloria, la sabiduría y la acción de gracias, el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Señor, por los siglos de los siglos” (Ap 7, 12). Unidos a todos los santos, que celebran ya la liturgia celestial, cantamos la acción de gracias a nuestro Dios por las maravillas que ha realizado en la historia de la salvación.

Alabanza y acción de gracias sean dadas a Dios por haber suscitado en la Iglesia una multitud inmensa de santos, una multitud que nadie puede contar (cf. Ap 7, 9). Impresiona escuchar en este día la frase del Apocalipsis: “Y ví una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas…”. Esta inmensa muchedumbre son los santos; santos desconocidos en su mayoría, santos de todas las razas, de todos los países y pueblos, de todos los tiempos. Los santos conocidos, y también los santos anónimos, a quienes sólo Dios conoce. Son las madres y los padres de familia que han vivido con fidelidad mutua y amor entregado su matrimonio, que han acogido las nuevas vidas que Dios les ha ido dando, que han criado con esfuerzo a sus hijos y los han educado con su dedicación diaria, y que han contribuido eficazmente al crecimiento de la Iglesia y al bien de la sociedad; son los trabajadores, profesionales, autónomos y empresarios que con su esfuerzo diario, su profesionalidad y su honradez han contribuido a la construcción de una sociedad más justa; son los periodistas defensores de la dignidad humana, amantes de la verdad y transmisores de la realidad sin manipulación; son los políticos entregados al servicio del bien común y la dignidad de todo ser humano, sumisos a su propia conciencia, insobornados e insobornables; son los sacerdotes, religiosos y laicos que, como velas encendidas ante el altar del Señor, se han consumido en el servicio al prójimo necesitado de ayuda material y espiritual; misioneros y misioneras, que lo han dejado todo por llevar el anuncio del Evangelio a todo el mundo. Y la lista podría continuar.

Toda la liturgia de hoy habla de santidad. Los santos nos recuerdan que la fuerza del Espíritu Santo, el Espíritu del Señor Resucitado, actúa en todas partes; es una semilla de vida, de verdad, de justicia, de amor y de paz, capaz de arraigar en todas partes, que no necesita especiales condiciones de raza, de cultura o de clase social. Por eso esta fiesta es una fiesta de gozo para la que no necesitamos las máscaras que veíamos estos días, evocadoras de un mundo pagano, de un mundo sin Dios: el Espíritu de Jesús ha dado, da y seguirá dando fruto, y lo hará en todas partes.

Todos esos hombres y mujeres de todo tiempo y lugar tienen algo en común. Todos ellos “han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero” (Ao 7,14). Todos ellos han sido pobres de espíritu, hambrientos y sedientos de justicia, limpios de corazón, amantes de la verdad y trabajadores de la paz, hombres y mujeres de Dios. Porque hoy no celebramos una fiesta superficial, que nos evada de la realidad por unas horas, a que nos quiere empujar la propaganda difusora de esa costumbre pagana celta; hoy celebramos la victoria alcanzada por tantos hombres y mujeres en el seguimiento de Jesús por el camino de las Bienaventuranzas. A todos les une la búsqueda y la lucha por una vida más fiel y entregada a Dios, y una vida más dedicada al servicio de los hermanos y del mundo nuevo que Dios quiere. Hoy celebramos a hombres y mujeres concretos; no son fantasmas como los de la fiesta pagana celta que se nos quiere imponer; hombres y mujeres de todo tiempo y lugar que viven ya con Dios, porque han luchado esforzadamente en el camino del amor, que es el camino de Dios.

Con frecuencia pensamos que la santidad es una heroicidad propia sólo de algunos pocos. A ella estamos llamados todos. La santidad la unión con Dios por el seguimiento fiel y esforzado de Jesucristo; y esto vale también para nosotros: todo cristiano esta llamado e invitado a la santidad. Es algo exigente, sin duda, pero es posible y algo que merece la pena. Es algo para cristianos que toman en serio su condición de bautizados, de Hijos de Dios, de discípulos del Señor y de miembros de la Iglesia; y esto no es algo superficial, ni puntual ni se limita a ir tirando. Como cristianos cada uno de nosotros estamos llamados a la santidad, al seguimiento de Cristo.

Para saber cuál es el camino de este seguimiento, el camino de la santidad, debemos subir con los Apóstoles al monte de las Bienaventuranzas, acercarnos a Jesús y ponernos a la escucha de las palabras de vida que salen de sus labios. También Él hoy nos dice: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. El Maestro proclama bienaventurados y, podríamos decir, “canoniza” ante todo a los pobres de espíritu, es decir, a quienes tienen el corazón libre de todo aquello que no da espacio a Dios, a quienes, así, están dispuestos a acoger a Dios en su vida y a cumplir en todo su voluntad. La adhesión total y confiada a Dios supone desprenderse de todo aquello a lo que está apegado nuestro corazón y que no da cabida a Dios, incluido el apego a sí mismo.

Los santos se tomaron en serio estas palabras de Jesús. Creyeron que su felicidad vendría de traducirlas y vivirlas en el día a día de su existencia. Y comprobaron su verdad en la confrontación diaria: a pesar de las pruebas, de las sombras y de los fracasos gozaron ya en la tierra de la alegría profunda de la comunión con Cristo. En Él descubrieron, presente en el tiempo, el germen inicial de la gloria futura del Reino de Dios.

En esta Eucaristía recordamos de forma anticipada también a nuestros familiares y amigos difuntos. Les recordamos con cariño y con dolor, pero ante todo con la esperanza del reencuentro y de la futura resurrección. Dios Padre, “por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva” (1 Pt, 3). Sostenidos por estas palabras del apóstol san Pedro recordemos con esperanza a nuestros difuntos. Ellos han vivido ya su jornada terrena; y ahora duermen el sueño de la paz en espera de la resurrección final.

Sobre el muro de sombra de la muerte, nuestra fe proyecta la luz resplandeciente del Resucitado, primicia de los que han pasado a través de la fragilidad de la condición humana y ahora participan en Dios del don de la vida sin fin. Cristo, mediante la Cruz, ha dado un significado nuevo también a la muerte. En Cristo, la muerte se ha convertido en un sublime gesto de amor obediente al Padre y en supremo testimonio de amor solidario a los hombres. Por eso, considerada a la luz del misterio pascual, también la salida de la existencia humana ya no es una condena sin apelación, sino el paso a la vida plena y definitiva, a la perfecta comunión con Dios.

La Palabra de Dios abre nuestro corazón a una “esperanza viva”: ante la disolución de la escena de este mundo, promete una “herencia incorruptible, pura e imperecedera”. Reunidos en torno al altar, dirigimos nuestro pensamiento a nuestros hermanos que han vuelto a la casa del Padre. “Venid a mí todos. (…) Cargad con mi yugo y aprended de mí; (…) y encontraréis vuestro descanso” (Mt 11, 28-29). Estas palabras de Jesús a sus discípulos nos sostienen y confortan al conmemorar a nuestros queridos difuntos. Aunque nos sintamos apenados por su muerte, nos consuelan las palabras de Cristo, que nos dice: “Que no tiemble vuestro corazón: creed en Dios y creed también en mí” (Jn 14, 1). El corazón humano, siempre inquieto hasta que encuentra un puerto seguro en su peregrinación, halla aquí finalmente la roca firme donde detenerse y descansar. Quien se fía de Jesús, pone su confianza en Dios mismo.

Pese al dolor dejemos que nuestro corazón se ensanche con el asombro de la esperanza, a la que estamos llamados. El apóstol san Juan, en su primera carta, la expresa comunicándonos la certeza de haber llegado a ser hijos de Dios y, al mismo tiempo, la esperanza de la manifestación plena de esta realidad: “Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. (…) Cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es” (1 Jn 3, 2).

Invocamos la intercesión de la bienaventurada Virgen María, para que los acoja en la casa del Padre, con la esperanza confiada de poder unirnos a ellos un día para gozar la plenitud de la vida y de la paz. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón