Oración y compromiso por la vida humana

Queridos diocesanos:

Durante este año, ya a punto de concluir, hemos orado en toda la Iglesia en España por el respecto, la acogida y la defensa de la vida humana. Seguíamos así la invitación de Juan Pablo II en la Evangelium Vitae: allí pedía que “en cada comunidad cristiana, con iniciativas extraordinarias y con la oración habitual, se eleve una súplica apasionada a Dios, Creador y amante de la vida”. Terminado este año, hemos de seguir orando; es más, hemos de intensificar la oración por la vida humana. Nuestra oración hecha con fe y confianza, con insistencia y perseverancia dará su fruto, porque Dios es un Dios de vida y no de muerte. Aunque a veces ante los poderes de este mundo nos parezcamos a David frente a Goliat, nuestra fe en el Dios de la vida nos asegura que al final triunfará el bien sobre el mal, la vida sobre la muerte.

Ante el incremento de la ‘cultura de la muerte’ en el proyecto de ley de ampliación del aborto, que se ha radicalizado con el voto de las minorías a cambio de compensaciones económicas, vienen a mi mente unas palabras de Juan Pablo II en 1997: “Una nación –decía el Siervo de Dios- que mata a sus propios hijos es una nación sin futuro. Es necesaria, por consiguiente, una movilización general de las conciencias y un esfuerzo ético común, para hacer realidad la gran estrategia de la defensa de la vida”. ¡Qué sinceras y actuales son estas palabras aplicadas a la realidad española de hoy!

Los católicos no podemos callar ni mirar hacia otro lado ante el número creciente de abortos, la ampliación de su despenalización y otros muchos ataques contra la vida humana. Es urgente nuestro compromiso efectivo en la promoción, acogida y defensa de toda vida humana: esta es la base de una sociedad verdaderamente humana y de un progreso verdaderamente humano. No se trata de imponer una perspectiva de fe, sino de defender los valores propios e inalienables de todo ser humano, accesibles a la recta razón, que el Estado ha de respetar y hacer respetar. Este compromiso ha de ser personal, de nuestras familias, de nuestras comunidades, de toda nuestra Iglesia diocesana. Es urgente además la formación de nuestros fieles en la doctrina moral de la Iglesia sea en catequesis, en clases de religión, en cursos de formación u en homilías; la situación nos llama a exponer con total integridad la doctrina moral de la Iglesia católica sobre el Evangelio de la vida, para comprender, razonar y aceptar el valor de toda vida ante la propaganda abortista.

La vida de todo ser humano, en cualquier fase de su desarrollo, desde su fecundación hasta su muerte natural es inviolable. La acogida, el respeto y la defensa de toda vida humana es la primera expresión de la inviolabilidad de la persona humana; es ésta una afirmación que se puede descubrir por la mera razón; para los creyentes es además reflejo de la inviolabilidad de Dios, creador y dueño de toda vida humana.

Como decíamos los Obispos españoles al final de la última Asamblea Plenaria, “los  católicos estamos por el ‘sí’ a la vida de los seres humanos inocentes e indefensos que tienen derecho a nacer; por el ‘sí’ a una adecuada educación afectivo-sexual que capacite para el amor verdadero; por el ‘sí’ a la mujer gestante, que ha de ser eficazmente apoyada en su derecho a la maternidad; por el ‘sí’ a leyes justas que favorezcan el bien común y no confundan la injusticia con el derecho”.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de la Sagrada Familia

Homilía en la Fiesta de la Sagrada Familia

Jornada de la Familia y la Vida

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Concatedral de Santa María, Castellón – 26 de diciembre de 2009

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(Si 3,2-6.12.14; Sal 127; Col 3,12-21; Lc 2.41-52)

 

Amados todos en el Señor!

El domingo de la octava de la Navidad celebramos la Fiesta de la Sagrada Familia. La Navidad es la Fiesta del Amor de Dios: Dios se hace hombre por amor al hombre para hacerle partícipe de su vida y de su amor en el seno de una familia humana, la de Nazaret. Es en el seno de esta familia donde el Hijo de Dios, hecho hombre, fue acogido con gozo, nació y creció. Por ello, también la Iglesia en España celebra la Jornada por la familia y por la vida, que este año tendrá de nuevo su momento central en la Eucaristía que se celebrará mañana en la plaza de Lima en Madrid. También, nuestra Iglesia diocesana se unirá a esta gran fiesta de la Familia y lo hace ya hoy con esta Vigilia por la vida.

El evangelio de este domingo navideño nos sitúa ante una escena de la Sagrada Familia. José discreto, como siempre, Jesús en las cosas de su Padre y María guardando todas las cosas dentro de su corazón. Jesús, María y José tienen una palabra que decirnos. Han querido vivir divinamente la aventura hu­mana de la familia. Como dice Benedicto XVI, “la revelación bíblica es ante todo expresión de una historia de amor, la historia de la alianza de Dios con los hombres: por este motivo, la historia del amor y de la unión de un hombre y de una mujer en la alianza del matrimonio ha podido ser asumida por Dios como símbolo de la historia de la salvación”.

Esta tarde, nuestra mirada se dirige, en primer lugar y antes de nada, a la Sagrada Familia de Nazaret. Un padre carpintero que cuidó de Jesús y le inició en las artes de su oficio. Una madre generosa y entregada, que guarda en el silencio de su corazón el tesoro de su experiencia de vida, basada y centrada en Dios. Un hijo que iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres (Lc 2, 52).

La Familia Sagrada es un hogar en que cada uno de sus miembros vive el proyecto de Dios para cada uno de ellos: José, la vocación de esposo y padre, María, la de esposa y madre, y Jesús, la de Hijo, acogiendo en todo momento la voluntad de Dios-Padre. Un hogar donde Jesús pudo prepararse para su misión en el mundo; un hogar donde creció y se desarrolló humana y espiritualmente, “crecía en sabiduría, en estatura y en gracia, ante Dios y los hombres”, y así se preparó para la misión recibida del Padre Dios.

La Sagrada Familia es una escuela de amor, de acogida, de respeto, de diálogo, de comprensión mutua y de oración. Un modelo donde todos los cristianos y todas las familias cristianas podemos encontrar el ejemplo para vivir de acuerdo con la voluntad de Dios, acogiendo y siguiendo la propia vocación recibida de Él. La felicidad de esta familia se basa en su total apertura a Dios. “Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos” (Sal 127). Poner en el centro de la familia a Dios, que es el Amor, nunca va en detrimento de la misma ni de sus componentes. Cuanto más abrimos nuestro corazón a Dios-Amor, más y mejor amamos y podemos amar a nuestros seres queridos; más fuerte se hace el amor y la unión entre los esposos y en la familia, más verdadero es el amor a los hijos.

La Sagrada Familia no tuvo fácil vivir el proyecto de Dios. Le tocó habitar en un mundo muy condicionado por proyectos ajenos al proyecto de Dios. El Hijo de Dios, ya desde el inicio de su andadura terrestre, tendrá que sufrir la inseguridad, la insidia, la hostilidad. Su vida será amenazada no sólo en el final de un calvario, sino ya desde el principio, cuando la palabra y los ges­tos de esta nueva criatura no parecerían presentar un problema a los poderes estableci­dos. La vida del Mesías era preciso controlarla, y ante la imposibilidad de esto, era mejor eliminarla o, al menos, censurarla.

Tampoco hoy es fácil acoger y vivir el Evangelio que el Hijo de Dios, la Palabra definitiva de Dios a los hombres, nos ofrece sobre el matrimonio, sobre la familia y sobre la vida en la tradición viva de la Iglesia. En Navidad, el Hijo de Dios, hecho hombre, nos muestra a Dios y su rostro amoroso; y, a la vez, nos muestra al hombre, su verdadero rostro, nuestro verdadero origen y destino, según el proyecto de Dios. En Jesús queda renovada la creación entera; el ser humano, hombre y mujer, y todas las dimensiones de la vida humana han sido desveladas e iluminadas en su sentido más profundo por el Hijo de Dios, y, a la vez, han quedado sanadas y elevadas.

En el Hijo de Dios han adquirido también su verdadero sentido el matrimonio y la familia, y el valor inalienable de toda vida humana, que es don y criatura de Dios, llamada a participar sin fin de su amor. Fiel al Evangelio del matrimonio y de la familia, la Iglesia proclama que la familia se funda, según el querer de Dios, sobre la unión indisoluble entre un hombre y una mujer, quienes, en su mutua y total entrega en el amor, han de estar responsablemente y siempre abiertos a una nueva vida y a la tarea de educar a sus hijos. Para quien se abre a Dios y a su gracia, es posible vivir el Evangelio del matrimonio abierto a la vida, y de la familia, centrada en Dios.

La familia, basada en el matrimonio, sigue siendo insustituible para el verdadero desarrollo de los esposos y de los hijos, y para la vertebración de la sociedad. Bien sabemos que en la actualidad esta familia está desprotegida; se favorecen otros tipos de uniones, incluso entre personas del mismo sexo, y se propugnan otros modelos de familia. Con todo ello, en el fondo se ataca y se destruye el matrimonio y la familia en su misma esencia y fundamento; se olvida que el matrimonio y la familia son insustituibles para la acogida, la formación y desarrollo de la persona humana y para la vertebración básica de la sociedad.

Los efectos de esta situación están a la vista: cada vez más falta amor verdadero en las relaciones humanas, se trivializan el amor y la sexualidad humana quedando reducidas a la genitalidad-animalidad, se debilitan las expresiones más nobles y fundamentales del amor humano –el amor esponsal, el amor materno y paterno, el amor filial, el amor entre hermanos-, desciende de forma dramática y alarmante la natalidad, aumenta el número de niños con graves perturbaciones de su personalidad y se crea un clima que termina frecuentemente en la violencia. Cuando el matrimonio y la familia entran en crisis, es la misma sociedad la que enferma.

Ayudados por la gracia, los matrimonios y las familias cristianas podéis ofrecer un ejemplo convincente de que es posible vivir un matrimonio de manera plenamente conforme con el proyecto de Dios y las verdaderas exigencias de los cónyuges y de los hijos. Éste es el mejor modo de anunciar la Buena nueva del matrimonio y de la familia.

Además y de modo dramático, entre nosotros se extiende también la llamada “cultura de la muerte”, que cuestiona la buena nueva de toda vida humana. En esta situación, los cristianos-católicos hemos de proclamar con fuerza la cultura de la vida: cada ser humano desde su concepción hasta su ocaso natural posee una dignidad inalienable por ser criatura de Dios. Nadie, ni nuestros legisladores ni la mujer embarazada ni ningún otro, son dueños de la vida humana concebida; es una falacia, es una aberración hablar del derecho al aborto; una injusticia –matar a un ser humano inocente- no puede nunca ser fuente de un derecho. Tampoco nadie es dueño de una vida humana debilitada por la edad o por la enfermedad. Todo ser humano ha de ser acogido, respetado y defendido por todos.

Terminado este año en que hemos orado especialmente por la vida, hemos de seguir orando por esta intención; es más, hemos de intensificar nuestra oración por la vida humana. Nuestra oración hecha con fe y confianza, con insistencia y perseverancia dará su fruto, porque Dios es un Dios de vida y no de muerte. Aunque a veces ante los poderosos de este mundo nos parezcamos a David frente a Goliat, nuestra fe en el Dios de la vida nos asegura que al final triunfará el bien sobre el mal, la vida sobre la muerte.

Juan Pablo II decía en 1997: “Una nación que mata a sus propios hijos es una nación sin futuro. Es necesaria, por consiguiente, una movilización general de las conciencias y un esfuerzo ético común, para hacer realidad la gran estrategia de la defensa de la vida”. ¡Qué sinceras y actuales son estas palabras aplicadas a la realidad española de hoy!

Ante la realidad innegable del número creciente de abortos, ante la ya inminente ampliación de la despenalización del aborto, ante la propaganda de la eutanasia activa y ante los innumerables embriones matados en aras de la ciencia, los católicos no podemos mirar hacia otro lado. No podemos callar; nos haríamos cómplices también con nuestro silencio. Es urgente nuestro compromiso efectivo en la promoción y la defensa de toda vida humana, en la acogida y en el respeto de la vida de cada ser humano: esta es la base de una sociedad verdaderamente humana y de un progreso verdaderamente humano. No se trata de imponer una perspectiva de fe, sino de defender los valores propios e inalienables de todo ser humano, accesibles a la recta razón, que el Estado ha de respetar y hacer respetar.

Este compromiso ha de ser personal, de nuestros matrimonios y de nuestras familias, de nuestras comunidades parroquiales, de toda nuestra Iglesia diocesana. Es urgente cambiar nuestros criterios y actitudes ante la vida humana y ante una vida nueva. ¿No es cierto que los mismos católicos con harta frecuencia nos dejamos llevar por la mentalidad ambiental, por los criterios y las actitudes al uso, y menospreciamos a quienes tienen más de dos o tres hijos? Urge formar a nuestros niños y adolescentes, sobre todo y en primer lugar en la familia, en una cultura del verdadero amor humano, de la sexualidad y del don de toda vida humana. De lo contrario, éstos quedan indefensos ante los slogans, que reducen la sexualidad a genitalidad y promueven la anticoncepción y el aborto.

Todos necesitamos además una seria formación en la doctrina moral de la Iglesia para formar rectamente nuestra conciencia. La doctrina moral de la Iglesia no ha pasado de moda, no es una antigualla, como tantas veces. La Iglesia es y sigue siendo experta en humanidad también en el ámbito del amor, de la sexualidad y de la vida, aunque tenga que nadar contra corriente. La situación nos urge, a todos y especialmente a los pastores, a exponer con total integridad la doctrina moral de la Iglesia católica sobre el Evangelio de la vida, para así ayudar a comprender, razonar y aceptar el valor y la belleza de toda vida humana ante la propaganda antinatalista y abortista.

Nuestra Iglesia diocesana ha de ofrecer más medios a las mujeres gestantes para que no se vean abocadas al aborto. Son necesarias más casas cunas y que el Centro de Orientación Familiar sea conocido, sea ofrecido y se haga presente en las parroquias.

La vida de todo ser humano, en cualquier fase de su desarrollo, desde su fecundación hasta su muerte natural es inviolable. La acogida, el respeto y la defensa de toda vida humana es la primera expresión de dignidad inviolable de toda persona humana; es ésta una afirmación que se puede descubrir por la mera razón; para los creyentes es además reflejo de la inviolabilidad de Dios, creador y dueño de toda vida humana.

Como decíamos los Obispos españoles al final de la última Asamblea Plenaria, “los  católicos estamos por el ‘sí’ a la vida de los seres humanos inocentes e indefensos que tienen derecho a nacer; por el ‘sí’ a una adecuada educación afectivo-sexual que capacite para el amor verdadero; por el ‘sí’ a la mujer gestante, que ha de ser eficazmente apoyada en su derecho a la maternidad; por el ‘sí’ a leyes justas que favorezcan el bien común y no confundan la injusticia con el derecho”.

Encomendemos hoy a la familia de Nazaret a todos nuestros matrimonios y familias para que se mantengan unidos en el amor, acojan la nueva vida que Dios les dé y produzcan abundantes frutos de santidad. A María y a José, que vieron amenazada la vida del hijo, apenas nacido, les encomendamos la causa de la acogida, respeto, cuidado y defensa de la vida, especialmente de los más débiles e indefensos como son los niños no nacidos. A la Sagrada Familia acudimos hoy para que sepamos responder a la tarea urgente de acoger, vivir y anunciar la buena nueva del matrimonio, de la familia y de la vida.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Día de Navidad

Castellón, S.I. Concatedral, 25 de diciembre de 2009

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(Is 52,7-10; Sal 97; Hb 1,1-6; Jn 1,1-18)

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor!

Os anuncio una gran alegría… hoy os ha nacido, en la ciudad de David, un Salvador, el Mesías, el Señor” (Lc 2,10-11). Estas palabras del ángel a los pastores proclaman el gran acontecimiento, que hoy celebramos: el nacimiento de Jesús en Belén. El es el Mesías esperado, el Salvador de toda la humanidad, el Señor de tierra y cielo, de la historia y del universo. Jesús nace en una familia pobre, pero rica en amor. Nace en un establo, porque para Él no hay lugar en la posada (cf. Lc 2,7); es acostado en un pesebre, porque no tiene una cuna; llega al mundo ignorado de muchos, pero acogido y reconocido por los humildes pastores, que reciben con asombro el anuncio del ángel. Los ángeles revelan el misterio escondido en el nacimiento de este Niño y proclaman “gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor” (Lc 2,14). La alabanza a lo largo de los siglos se hace oración que sube del corazón de todos aquellos, que siguen acogiendo al Hijo de Dios.

Es Navidad y celebramos con gozo el nacimiento del Hijo de Dios en Belén. “La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn, 1, 14). Estas palabras de Juan expresan el motivo de nuestra celebración y de nuestra alegría navideña. El Niño que nace en Belén es la Palabra de Dios. Este Niño es Dios hecho hombre. Dios y Hombre, la divinidad y la humanidad, unidas en una sola persona: el Niño-Dios nacido en Belén.

Nace un Niño, que es el Hijo eterno del Padre, “reflejo de su gloria e impronta de su ser” (Heb 1,3), el Creador del cielo y de la tierra: en este acontecimiento extraordinario se revela el misterio de Dios. La Palabra de Dios, que ya existía desde un principio, toma carne en un momento de la historia. Y así Jesús, el Niño que nace en Belén de la Virgen María, es la Palabra pronunciada por Dios, la manifestación y revelación definitiva de Dios a los hombres. Jesús dirá más tarde, “el que me ve a mí, ve al Padre”.

El Niño, adorado por los pastores en la gruta de Belén, es “el Salvador del mundo” (cf. Lc 2,11). Sus ojos ven a un recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre, y en aquella “señal”, gracias a la luz interior de la fe, reconocen al Mesías anunciado por los Profetas.

Ese Niño es el Emmanuel, “Dios-con-nosotros”, que viene a llenar la tierra de gracia y de amor, de luz, de verdad y de vida. Viene al mundo para transformar la creación. Se hace hombre entre los hombres, para que en Él y por medio de Él todo ser humano pueda quedar sano y salvado, pueda renovarse y alcanzar su plenitud. Con su nacimiento, nos introduce a todos en la dimensión de la divinidad: a quien lo acoge con fe le da la posibilidad de participar de su misma vida divina, de ser hijo de Dios (cf Jn 1,12).

 “Os ha nacido un Salvador” (Lc 2,11). Con la venida de Cristo entre nosotros, la historia humana adquiere una nueva dimensión y profundidad. Es Dios mismo quien escribe la historia entrando en ella. En Navidad, Dios mismo abraza totalmente la historia humana, desde la creación a la parusía. El mundo, la historia y la humanidad recobran su sentido: no estamos sometidos a la fuerzas de un ciego destino o a una evolución sin rumbo; el fin de la humanidad no es otro sino Dios en Cristo Jesús. Por esto podemos cantar “los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios” (cf. Sal 97,1).

En Navidad nace Dios. La Palabra de Dios, hecha carne, es el mismo Dios. Dios mismo se revela, manifiesta y se pone a nuestro alcance en este Niño que nace en Belén. Y Cristo Jesús no es un fantasma o una ficción retórica, sino un hombre de verdad, de carne y hueso; no es un mito de la religión, no es una leyenda piadosa, sino alguien concreto, que provoca nuestra fe. Jesús es la epifanía de Dios. En Jesús y por Jesús, Dios sale a nuestro encuentro. En Jesús y por Jesús, Dios no es una idea ni un ser lejano, sino que es Dios con nosotros, en medio de nuestro mundo, inserto en nuestra historia personal y colectiva. Jesús es la manifestación de Dios. Sus palabras, sus acciones y su vida entera, recogida por los testigos en el evangelio, son palabras de Dios.

Y la Palabra de Dios es siempre eficaz, hace lo que dice. Por eso el nacimiento de Jesús culmina la plenitud de los tiempos, es el cumplimiento de la promesa de Dios, promesa de salvación para todos los hombres. En el nacimiento de Jesús Dios pone su tienda en medio de la humanidad, haciéndose solidario de todos. Dios se hace nuestro prójimo y el prójimo deviene el punto de mira que nos orienta y conduce a Dios. Jesús unirá indisolublemente el amor a Dios y el amor al prójimo, de modo que ya no serán -para los creyentes- sino dos caras de la misma moneda.

En Navidad nace Dios. Y Dios nace para todos los hombres -también para los hombres de nuestro tiempo- en este Niño que trae la salvación al mundo, el amor de Dios, la alegría y la paz para todos. El nacimiento de Jesús es el encuentro de Dios con los hombres, pero es también el encuentro del hombre -de todos los hombres- con Dios. El Niño Dios nacido en Belén nos abre definitivamente a todos los hombres el camino hacia Dios. Así nos abre la posibilidad de alcanzar la suprema aspiración del hombre: ser como Dios. Pues dice Juan que a cuantos lo recibieron les dio el poder ser hijos de Dios, no por obra de la raza, sangre o nación, sino por la fe: si creen en su nombre (cf. Jn 1, 12). Por eso Navidad es la gran proclamación del amor de Dios y de la dignidad del hombre. El hombre sólo es digno de Dios y la gloria de Dios es que el hombre viva (S. Irineo): él es hechura suya, creado por amor y para el amor de Dios sin límites. Esa es la verdadera dignidad de toda persona, fundamento de todos lo derechos humanos.

Por todo ello, la Navidad es causa de alegría para todos. Los ángeles anuncian “una gran alegría para todo el pueblo” (Lc 2, 10). Alegría a pesar de la lejanía de casa o de la pobreza del pesebre, de la indiferencia del pueblo o de la hostilidad del poder. Alegría a pesar de todo, porque “hoy os ha nacido, en la ciudad de David, un salvador” (Lc 2, 11). De este mismo gozo participa la Iglesia entera: y las tinieblas jamás podrán apagarla. El creyente acoge y anuncia la alegría a todos: a propios y a extraños, a los sanos y a los enfermos, a los pobres y a los atribulados, al que sufre soledad, paro o marginación. La Navidad es causa de nuestra alegría a pesar de la indiferencia de una sociedad narcisista y hedonista que no quiere saber nada del Dios que nace para ofrecerle la verdadera vida; causa de alegría a pesar de la hostilidad de los poderosos, que intentan marginar al Dios que nace el Belén o que reniegan de las raíces cristianas de nuestro pueblo.

En Navidad celebramos el misterio del amor de Dios. Del amor de Dios Padre, que envía al mundo a su Hijo unigénito, para darnos su propia vida (cf. 1 Jn 4, 8-9). Es el Amor del Emmanuel, “Dios con nosotros”, que ha entrado en nuestra historia, que camina con nosotros, que quiere darnos vida y vida en abundancia. El Príncipe de la paz, que nace en Belén, dará su vida en el Gólgota para que en la tierra reine el amor; un amor que se ofrece a todos, un amor que está a la puerta y llama con insistencia para que le abran incluso los alejados, los indiferentes o los que le rechazan.

La Navidad es misterio de paz. Conscientes de la divinización del hombre, gracias al misterio del Hijo de Dios hecho hombre, la Navidad nos compromete a “humanizar” este mundo, nuestra sociedad, para que ajuste al deseo de Dios, a su plan de salvación para todos los hombres. Desde la gruta de Belén se eleva una llamada apremiante para que la humanidad no caiga en la sospecha o en la desconfianza recíproca, para que se supere toda violencia verbal, doméstica o terrorista. Navidad nos invita y apremia a la reconciliación mutua, basada en el perdón sincero y el diálogo mutuo, que ayuden a superar las tensiones entre las personas o la crispación en nuestra sociedad. Navidad nos invita a buscar lo que nos une y a no hacer de las diferencias motivo de separación. Navidad nos llama a trabajar por el bien común de todos, basado en el respeto de la dignidad de toda persona humana, desde su concepción hasta su muerte natural, y en su desarrollo y educación integral. Navidad llama a los creyentes y a todos los hombres de buena voluntad a construir la paz basada en la justicia, superando toda forma de intolerancia, discriminación y egoísmo.

Jesús, la Palabra de Dios hecha carne, nos invita con fuerza a entrar en una vida nueva, la que Él mismo nos da en abundancia. El hombre moderno dice no necesitar de Dios; la época presente se empecina en vivir de espaldas a Dios. Pero el hombre permanece siempre el mismo; se hace siempre las mismas preguntas; sufre y necesita amar y ser amado; busca seguridad y reclama consuelo en su desvalimiento. Cuando pasa el frenesí del momento, se da cuenta de que es barro, frágil y limitado. En Navidad, Dios sale nuestro a nuestro encuentro porque nos ama. Es preciso dejarse encontrar por Dios, ponerse en camino como los pastores o los magos del Oriente y encontrarlo en el “niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre”. Jesús es y nos trae una Buena Noticia. Alegrémonos, porque la salvación ha venido por Jesucristo al mundo y algo ha cambiado definitivamente desde entonces. Y algo puede y debe cambiar también en nuestra vida, si contemplamos, acogemos y adoramos al Niño-Dios, nacido en Belén.

Que tengamos los ojos de María para descifrar el misterio que se oculta tras la fragilidad de los miembros del Hijo. Que sepamos reconocer su rostro en los niños y mayores de toda raza y cultura. Que seamos testigos creíbles de su mensaje de paz y de amor, para que los hombres y las mujeres de nuestro tiempo reconozcan en ese Niño al único Salvador del mundo, fuente inagotable de la paz verdadera, a la que todos aspiran en lo más profundo del corazón.

Dios ha nacido para nosotros, ¡venid a adorarlo!. Feliz y cristiana Navidad para todos. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Celebración cristiana de la Navidad

Queridos diocesanos:

 Se acerca la Navidad, en la que celebramos el nacimiento en la historia del Hijo de Dios. Recordar esta obviedad es hoy necesario ante la pérdida del sentido propio, originario y profundo de la Navidad. Los mismos cristianos nos dejamos con harta frecuencia contagiar por el ruido exterior y el consumismo de estos días, o por el silenciamiento cada vez mayor del sentido cristiano de la Navidad, como lo demuestran los adornos anodinos y las tarjetas sin motivo religioso alguno, al uso.

De otro lado, de modo consciente y diseñado, aumenta, y cada vez con más fuerza, la voluntad de borrar el sentido cristiano de la Navidad excluyendo el belén y los villancicos de lugares públicos; se argumenta que son lugares laicos, interpretando la Constitución según el propio deseo de imponer a una sociedad plural, también a los católicos creyentes, el laicismo como religión de Estado. A esto se añade ahora el acuerdo, de momento aplazado, de prohibir los crucifijos en la escuela lo que impondría incluso a las escuelas católicas la obligación de esconder o negar su propia identidad. Son signos, que so capa de tolerancia ante el pluralismo religioso, muestran la cristofobia, que se promueve en España y en Europa y que contrasta con el trato exquisito de otras religiones.

Ante esta situación, los cristianos hemos de recuperar y fortalecer la celebración cristiana de la Navidad. Personal, familiar y comunitariamente hemos de centrar nuestra celebración en el Misterio que nos recuerda el Belén, y evitar todo derroche, todo dispendio y tantos otros excesos neopaganos.

En Navidad nace Jesús en Belén. El Niño que nace es el Hijo de Dios, el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, el Salvador. Dios se hace hombre y viene a habitar entre nosotros. Dios se hace hombre, para que el hombre participe de la misma vida de Dios. Jesús nace pobre y nos enseña que la felicidad no se encuentra en la abundancia de bienes ni en el bienestar material, sino en el amor que nos brinda y contagia el mismo Dios. Jesús viene al mundo sin ostentación alguna. Dios se humilla para que podamos acercarnos a Él, para que podamos corresponder a su amor con nuestro amor, para que nuestra libertad se rinda ante la maravilla de su humildad, para que superemos nuestro egoísmo y nuestra soberbia. Dios se hace hombre por amor a todos los hombres y para encender nuestro amor hacia nuestro prójimo, en especial hacia el pobre, el necesitado, el no nacido, el anciano o el enfermo.

La venida del Señor no es un hecho sólo del pasado sino también del presente. Pero será así sólo si dejamos que Dios ‘llegue’ a nosotros. Cristo nace para que nosotros renazcamos a la vida de Dios. Este tiempo de Navidad pide de los cristianos una actitud contemplativa, de silencio y de adoración, de acogida y de acción de gracias, de celebración en familia y en la comunidad parroquial con la Eucaristía.  Nos pide contemplar el Misterio, celebrarlo, acogerlo, asimilarlo y confesarlo ante los hombres sin miedo. Si Cristo nace en nosotros, como ocurrió en María, nos convertiremos en Cristos vivos. Esto resistirá cualquier prohibición o imposición de eliminar a Dios, a Cristo y su Evangelio o la Navidad de la faz de nuestra tierra. Y esta será también la razón de nuestra alegría navideña.

Os deseo a todos una feliz y santa Navidad.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Apertura del Año Mariano en Onda

HOMILÍA EN LA APERTURA DEL AÑO MARIANO DE NTRA. SRA. DE LA ESPERANZA, PATRONA DE ONDA

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Onda, Iglesia parroquial de La Asunción de Nuestra Señora,

20 de diciembre de 2009

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IV Domingo de Adviento

(Miq 5,1-4a; Sal 79; Heb 10,5-10; Lc 1,39-45)

 

Muy amados todos en el Señor Jesús!

El Señor nos ha convocado en este IV Domingo del Adviento, Domingo mariano por excelencia, para la apertura del “Año Mariano dedicado a Nuestra Señora de la Esperanza”, Patrona de esta muy querida Villa de Onda. Recuperamos así la renovación del voto de celebrar especiales actos en honor de la Virgen de la Esperanza, cada vez que se celebrase Año Santo Compostelano. Si para un ondense siempre es motivo de gozo reunirse para rezar, cantar y celebrar a la Virgen de la Esperanza, nuestro gozo es hoy aún mayor, si cabe, al iniciar todo un año dedicado especialmente a nuestra Señora y Patrona, la Virgen de la Esperanza. Hoy y a lo largo de este año Mariano queremos mostrar de modo especial nuestro amor y cariño a nuestra Patrona. Al contemplarla en medio de nosotros cantamos su grandeza por haber sido elegida para ser la Madre de Dios: y en su grandeza no cantamos otra cosa sino la grandeza inmensa de Dios para con ella y, en ella, para todos nosotros.

Os saludo de todo corazón a cuantos habéis secundado la llamada de la Madre esta tarde. Saludo a los Sres. Párrocos de La Asunción de Nuestra Señora, de la Virgen del Carmen, de San Bartolomé  y de Artesa, al Sr. Vicario General, al Sr. Arcipreste, al P. Prior y Comunidad PP. Carmelistas Descalzos,  y a todos mis hermanos sacerdotes concelebrantes y al diácono de esta parroquia. Mi saludo lleno de cordial afecto a los componentes de la Comisión Interparroquial para el Año Mariano así como a los representantes de Cofradías y Asociaciones de la Villa, a las Hnas, de la Consolación y a las Hijas de la Caridad. Saludo también con respeto y agradecimiento al Ilmo. Sr. Alcalde y Miembros de la Corporación Municipal de Onda así como al Consejo Rector de Caja Rural de Onda. Sed bienvenidos todos, que, recordando nuestra condición de peregrinos en la vida, habéis venido hasta esta iglesia de Asunción, para participar en esta solemne Misa estacional, o los que nos seguís desde vuestras casas a través de los Medios.

Al contemplar esta entrañable imagen de Ntra. Sra. de la Esperanza, tan querida y venerada en vuestra Villa desde hace tantos siglos, reconocemos y proclamamos que la Virgen María ha acompañado a esta Villa y a los ondenses en las vicisitudes de su historia, personal o comunitaria. Ella es el testimonio vivo de Dios para Onda y entre nosotros. María es “la morada de Dios entre los hombres” (Ap 21,3; y lo es porque lleva en sus entrañas virginales al mismo Hijo de Dios. Ella es el Arca de la nueva Alianza, por ser la Madre de Jesús, Dios y hombre, la Alianza definitiva de Dios con la humanidad, presencia y manifestación de Dios en nuestra historia.

Y por ser la Madre de Dios, María es la Madre de la Esperanza. Sí; María es en verdad, la Madre de la Esperanza porque es la Madre de Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, la virgen Madre del Dios con nosotros, del Jefe y Pastor de Israel (cf. Miq 5,1-4a). Jesús, el hijo de María, es nuestra esperanza (1 Tim 1,1). Y Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre (Hb 13,8), el Pastor supremo (1 P 5,4), que guía a su Iglesia y a la humanidad entera a la plenitud de la verdad y de la vida, hasta el día de su venida gloriosa en la cual se cumplirán todas las promesas y serán colmadas las esperanzas de la humanidad.

Sí, hermanos: Cristo Jesús es el Salvador, que con su encarnación en el seno virginal de María, y con su muerte y resurrección ya ha traído la plenitud de la vida en Dios a los hombres y nos emplaza a nuestra fidelidad ‘hasta que El vuelva’. El es nuestra esperanza: una esperanza gozosa y segura, porque arraiga en el amor incondicional de Dios, porque huye de los optimismos frívolos, porque lleva al compromiso y tiende hacia la plenitud del final de los tiempos, el momento definitivo de Dios. El mensaje central de nuestra fe es que Dios ama a nuestro mundo con un amor eterno y fiel. La mayor prueba de este amor de Dios es su Hijo entregado por amor hasta la muerte, quien al venir a este mundo, exclamó: “Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad” (Hb 10, 6). Con su nacimiento, muerte y resurrección, Jesús ha iniciado el mundo nuevo, la vida nueva del hombre en Dios; en Cristo, Dios ha realizado su promesa y las esperanzas humanas de una manera sorprendente e inesperada.

De manos de la Virgen de la Esperanza, vuestros antepasados encontraron en el pasado la fe en el Salvador; siguiendo la estela de María hicieron de Cristo y de su obra salvadora el centro de su esperanza. En vuestro himno cantáis con orgullo y hondo sentimiento las raíces cristianas, católicas de vuestro pueblo. Pero ¿cómo están hoy estas raíces cristianas de Onda? ¿Cómo está hoy nuestra fe y vida en Cristo Jesús? ¿Cómo está la iniciación y educación cristianas de nuestros niños, adolescentes y jóvenes? ¿Podemos afirmar que la nuestra es una fe viva y vivificadora, que sigue siendo fuente de esperanza y motor de caridad y compromiso transformador? ¿Cómo están nuestras comunidades parroquiales en su vida y en su misión evangelizadora? Son preguntas que hemos de hacernos al comenzar este Año Mariano.

Quizá nos hayamos dejado llevar por el ambiente, y en nosotros haya anidado el desencanto; puede que, como el hombre actual, estemos de vuelta de muchas cosas y tengamos miedo al futuro. Puede que sigamos esa forma de vida tan al uso que se refugia en lo inmediato, en las satisfacciones a corto plazo, en lo material e intramundano, como si se hubiese perdido la esperanza. Puede que nos hayamos dejado llevar del individualismo y del egoísmo que llevan a la pérdida de fraternidad y de la solidaridad; o del relativismo, del consumismo exasperado o de la llama ‘cultura del placer’ como norma de vida, o de esa crisis de confianza en el futuro que lleva a la falta de la acogida de la vida humana desde su concepción hasta su muerte natural, o al esoterismo para querer predecir y asegurar el futuro sin Dios.

Esa forma de vida, cada vez más extendida, que se instala en vivir el momento presente y se cierra a Dios, a la fe, a la esperanza y a la caridad, y a la vida eterna, ha tocado también el corazón de muchos bautizados católicos. También entre nosotros hay una creciente crisis de fe en Dios y en la vida eterna que es la única que hace a la existencia en este mundo, realmente digna de ser vivida. Muchos cristianos se conforman con una religiosidad ambigua y utilitarista, sin una referencia personal al Dios verdadero y su Hijo, Jesucristo, y sin vinculación alguna a la comunidad eclesial. Otros se alejan silenciosamente de su fe cristiana y de la práctica religiosa, llevados por el ambiente neopagano, atenazados por el miedo ante el hostigamiento de la fe cristiana y de la Iglesia o arrastrados por la moda del agnosticismo

Contemplemos a María. Todo su ser, toda su persona y toda su vida nos muestran y llevan nuestra mirada a Dios. Con sus palabras de respuesta al Ángel, “he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38), María nos dice que Dios es lo único necesario, que sólo Él basta. Antes de nada y más allá de nuestros deseos y esperanzas, hemos de reconocer que Dios es Dios; si queremos ser libres y felices, hemos de dar espacio a Dios en nuestra existencia, hemos de dejar a Dios ser Dios en nuestra vida personal y comunitaria, en nuestra vida familiar y social. Así nos lo muestra la Virgen María. Su persona y su vida, su palabra y su oración, su humildad y su disponibilidad, su entrega y su obediencia, sus gestos y su comportamiento: todo en ella está marcado por una referencia radical a Dios. María ha hecho de su vida una entrega sin reservas al querer de Dios, al amor de Dios y a la misión que Dios le ha confiado. María ha hecho de su vida un servicio incondicional a Dios y, en Él, a los hermanos, a toda la humanidad, como nos lo muestra su prontitud para ir a visitar a su prima Isabel.

“Hágase en mí según tu palabra”: Con estas palabras, María pone en Dios su persona, su vida, su aliento, su destino y su esperanza; y así proclama la soberanía absoluta del Dios vivo. En María todo converge en Dios. María nos muestra el señorío del Dios único, en el que todo hombre encuentra su luz y su sentido. La humanidad entera está necesitada de la luz y de la verdad de Dios, que nos nace en Belén; esta necesidad es un verdadero clamor en nuestros días, lleno de obscuridad y de contradicción, tan falto de Dios. La Virgen de la Esperanza es faro en la oscuridad de nuestra noche, faro que nos conduce hacia la Luz, que es Dios La Virgen María nos enseña a vivir con la confianza puesta enteramente en Dios. María nos muestra que el reconocimiento de Dios, y la acogida y la obediencia fiel a su voluntad es fuente de dicha, de vida y libertad, y es la raíz y el cumplimiento de la esperanza.

Por todo ello, María, la mujer creyente, puede escuchar aquella bienaventuranza de su prima Isabel: “Dichosa tú que has creído” (Lc 1, 45). A este saludo de Isabel, María responde con el canto del Magníficat. María proclama la grandeza, la soberanía y el señorío de Dios; le reconoce como el que está en el principio y en el fin de todas las cosas y le confiesa como Aquel que tiene la iniciativa de la creación y de la salvación. María proclama gozosa que Dios es el único al que debemos someter nuestra vida y del que podemos esperar la salvación definitiva. María se confía en el Señor y no será confundida para siempre. Ella sabe bien de Quién se ha fiado. En el Magníficat, María nos canta la verdad de Dios, que no es otra sino su amor eterno y su misericordia infinita, su obra que engrandece, levanta, libera y salva al hombre, las maravillas que Él ha hecho, hace y hará en favor de los hombres. Esta es la verdad de Dios, que ha hecho maravillas en María.

Y ésta es también la verdad de cada uno de nosotros. Esta es la grandeza de todo ser humano: ser de Dios, ser criatura suya, amada por Él, imagen y semejanza suya. Ser de Dios y vivir para Dios, mostrar a Dios y dejar que aparezca su grandeza en el hombre, vivir la obediencia a Dios y cumplir su voluntad, ésta es la más genuina verdad del ser humano.

El verdadero problema de nuestro tiempo, el drama de nuestra sociedad, el error fundamental del hombre actual es querer prescindir de Dios en su vida, es querer erigirse a sí mismo en el centro de la existencia, suplantar a Dios, querer ser dios sin Dios. Es el drama del hombre moderno, que ha pensado que apartando a Dios de su vida, siendo totalmente autónomo, siguiendo sus propios deseos, llegaría a ser realmente libre para hacer lo que le apetezca sin tener que obedecer a nadie. Pero cuando Dios desaparece, el hombre no llega a ser más grande; al contrario, pierde la dignidad divina, pierde el esplendor de Dios en su rostro. Al final se convierte sólo en el producto de una evolución ciega, del que se puede usar y abusar (Benedicto XVI).

Pero el hombre es grande sólo si Dios es Dios, si Dios es grande, creador y señor de todo. El olvido de Dios o su rechazo trae el tiempo de indigencia y pequeñez humana que nos toca vivir, a pesar de todas las apariencias. No tener a Dios es la mayor de las pobrezas humanas: al hombre le falta todo cuando le falta Dios, porque le falta cuanto de verdad puede llenar su corazón grande, su alma sedienta de bien, de amor, de verdad, de hermosura, de felicidad y de grandeza. Eso es lo que ha confirmado la experiencia de nuestra época. Sólo desde Dios, sólo a partir de Él, nuestro llegará a ser humano, la tierra será habitable a la luz de Dios. Allí donde se deja a Dios ser Dios, donde se deja y se busca que se muestre su grandeza y se cumple la voluntad de Dios, allí está Dios, allí están los nuevos cielos y la nueva tierra.

Entre nosotros hay voces, movimientos e intentos empeñados en hacer desaparecer a Dios de nuestra vida, de nuestras familias, de la educación de niños, adolescentes y jóvenes, de la cultura y de la vida pública. A esto conduce el laicismo excluyente, que se nos quiere imponer como nueva religión de estado. Pero la historia, incluso la historia muy reciente, demuestra que no puede haber una sociedad libre, en progreso de humanidad, fraterna y solidaria, al margen o en contra de Dios. El olvido o rechazo de Dios quiebra interiormente el verdadero sentido de las profundas aspiraciones del hombre, debilita y deforma los valores éticos de convivencia, socava las bases para el respeto de la dignidad inviolable de toda persona humana y priva del fundamento más sólido para el amor y la estima de los otros, y el apoyo solidario e incondicional a los demás. Quien no conoce a Dios, no conoce al hombre, y quien olvida a Dios acaba ignorando la verdadera grandeza y dignidad de todo hombre. Así nos lo muestra Maria.

El Año Mariano, que hoy comienza, es un tiempo especial de gracia que Dios nos otorga para acrecentar la devoción a Nuestra Señora de la Esperanza en todos los ondenses y, de modo especial, en los niños y en los jóvenes ondenses. De manos y a ejemplo de la Virgen abramos nuestros corazones al misterio del Dios vivo en el encuentro personal con su Hijo de Dios, que en Belén se hace hombre para que todo hombre y mujer recuperen su dignidad de ser hijos de Dios. Cantemos con el salmista: “Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve” (Sal 79). Si como Maria, abrimos nuestro corazón a Dios y a sus abundantes gracias en este Año, si dejamos que, como María, Dios sea grande en nuestra existencia, se avivarán nuestra su fe y vida cristianas, quedará fortalecida nuestra esperanza y se acrecentará nuestra caridad. Contemplando a María, la mejor Hija de la Iglesia, vuestras familias, vuestras parroquias y vuestras comunidades religiosas obtendrán la fuerza necesaria para ser más vivas y evangelizadoras, y para trabajar unidas en la común misión evangelizadora que pide en este tiempo en vuestra Villa de Onda.

Miremos a María, Nuestra. Señora de la Esperanza. Y que la Virgen nos ayude a vivir como ella durante este Año Mariano, de tal manera que toda nuestra vida sea una proclamación y una alabanza de la grandeza de Dios. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

María, Virgen y Madre de la Esperanza

Queridos diocesanos:

Con frecuencia observamos que en el hombre actual ha anidado el desencanto; el hombre de hoy, en efecto, está de vuelta de muchas grandes ilusiones y tiene miedo al futuro; se refugia en lo inmediato, en las satisfacciones a corto plazo, en lo material e intramundano; parece como si hubiera perdido la esperanza. En nuestro mundo hay signos claros de falta de esperanza, como son: la crisis del ‘nosotros’ y el culto del individualismo y del egoísmo que llevan a la pérdida de la solidaridad; o el relativismo como norma de vida, el consumismo exasperado, la llamada ‘cultura del placer’ o la crisis de confianza en el futuro que lleva a la crisis de la acogida de la vida humana, a la alarmante baja tasa de natalidad, al envejecimiento de la población o a la crisis de la familia. Ahí está también el nihilismo contemporáneo que corroe la esperanza en el corazón del hombre, induciéndolo a pensar que dentro de él y a su alrededor reina la nada: nada antes del nacimiento, nada después la muerte.

Entre nosotros avanza una forma de pensar y de vivir, instalada en el momento presente y cerrada a la trascendencia. También entre los cristianos hay una creciente crisis de fe en la vida eterna que es la única que hace a la existencia mundana realmente digna de ser vivida. Esto se traduce en un individualismo carente de comunión eclesial y de práctica sacramental. Muchos cristianos se conforman con una religiosidad ambigua, sin una referencia personal al Dios verdadero, a Jesucristo y a la comunidad eclesial; otros se alejan silenciosamente, atenazados por el miedo ante el hostigamiento de la fe cristiana y de la Iglesia, o se dejan arrastrar por la moda del agnosticismo.

En realidad, si falta Dios, desaparece la esperanza. En este tiempo de Adviento podemos recuperar a Dios de manos de María, la Virgen y Madre de la Esperanza; de sus manos podemos también recuperar y fortalecer la belleza y la profundidad de la esperanza cristiana, acogiendo a Dios en Cristo Jesús, nuestra Esperanza. Esto es lo que desean también las parroquias de la Ciudad de Onda con la celebración de un Año mariano, dedicado a la Virgen de la Esperanza.

En el Adviento nos hemos de preparar para acoger al ‘Enmanuel’, al Dios-con-nosotros, que nos nace en la Navidad, eliminando de nuestra vida todo lo que impide que Dios venga a nosotros. A ello nos ayuda la Virgen, modelo para todo creyente. María es la Virgen de la Esperanza porque creyó en las palabras del Ángel y porque esperó en el cumplimiento de su promesa. María es además la Madre de la Esperanza porque es la Madre de Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre. Él es nuestra esperanza (1 Tim 1,1).

Jesucristo ya ha traído la plenitud de la vida en Dios a los hombres y nos emplaza a recibirlo con fe y a mantenernos fieles y firmes en la fe ‘hasta que El vuelva’. Se trata de una fe y de una esperanza, gozosas, seguras y exigentes, que arraigan en el amor incondicional de Dios, que huyen de los optimismos frívolos, que llevan al compromiso y tienden hacia la plenitud del final de los tiempos, el momento definitivo de Dios.

El mensaje central de nuestra fe es que Dios ama y no abandona nunca a nuestro mundo; muestra suprema de ello es que ha enviado a su Hijo, el  Emmanuel, el ‘Dios con nosotros’, el Salvador. Jesús, con su nacimiento en Belén, ha iniciado ya el mundo nuevo, la vida nueva del hombre en Dios: en Él se realizan las promesas de Dios y las esperanzas humanas. María nos da a Cristo y nos conduce hacia Él; ella es el camino seguro para encontrarnos con Cristo, nuestra esperanza.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María Virgen

S.I. Catedral-Basílica de Segorbe, 8 de diciembre de 2009

(Gn 3. 9-15.20; Sal 97; Ef 1, 3-6.11.12; Lc 1, 26-28)

 

Amados hermanos todos en el Señor Jesús

Celebramos hoy una de las fiestas de la Virgen más bellas y arraigadas en nuestro pueblo español: la Inmaculada Concepción. María no sólo no cometió pecado alguno, sino que fue preservada incluso de la herencia común del género humano que es la culpa original, por la misión a la que Dios la destinó desde siempre: ser la Madre del Redentor.

María Inmaculada es el fruto primero y maravilloso de la redención realizada por Cristo. Entonemos un canto de alabanza a Dios, porque ha hecho maravillas en Maria y, a través de ella; en su Hijo, para toda la humanidad. Con el salmista cantemos “al Señor un cántico nuevo porque ha hecho maravillas” (Sal 97).

El misterio de la Inmaculada Concepción de María nos recuerda dos verdades fundamentales de nuestra fe: ante todo el pecado original y, después, la victoria de la gracia de Cristo sobre él, victoria que resplandece de modo sublime y anticipado en María santísima.

Hay muchos que se resisten a creer en el pecado original; lo consideran como una fábula, una creencia infantil, ya superada, propia de tiempos pasados e impropia del hombre ilustrado y moderno. Pero, por desgracia, “la existencia de lo que la Iglesia llama ‘pecado original’ es de una evidencia aplastante: basta mirar nuestro entorno y sobre todo dentro de nosotros mismos para descubrirla” (Benedicto XVI, Ángelus, 2008).

La experiencia del mal y la tendencia al mal es real y consistente; una experiencia que se impone por sí misma y suscita en nosotros la pregunta: ¿de dónde procede el mal? Para un creyente, el interrogante es aún más profundo: si Dios, que es Bondad absoluta, lo ha creado todo, ¿de dónde viene el mal?

Las primeras páginas de la Sagrada Escritura (Gn 1-3) responden precisamente a esta pregunta fundamental, que interpela a cada generación humana. El libro del Génesis comienza con el relato de la creación y de la caída de nuestros primeros padres: Dios creó todo por amor y para que exista; en particular, Dios creó al hombre a su propia imagen y semejanza, como corona de la creación. Dios no creó la muerte, ni el pecado, ni el odio, ni el rencor, ni la mentira. La muerte entró en el mundo por envidia del diablo (cf. Sb 1, 13-14; 2, 23-24), que, rebelándose contra Dios, engañó también a los hombres, induciéndolos a la rebelión, a vivir sus propios caminos al margen de Dios, a ser dioses sin Dios. Es el drama de la libertad humana; una libertad que Dios acepta hasta el fondo por amor, incluido el rechazo de su propio amor. Pero el amor de Dios es tan grande, profundo, radical y fiel, que no abandona al hombre ni tan siquiera cuando éste rechaza su amor. En el preciso instante, en que el hombre rechaza el amor de Dios, Dios mismo promete que habrá un hijo de mujer que aplastará la  cabeza  de  la  antigua  serpiente (Gn 3, 15).

Desde el principio, María es la Mujer predestinada a ser madre del Redentor, madre de Aquel que se humilló hasta el extremo para devolvernos a nuestra dignidad original. Esta Mujer, a los ojos de Dios, tiene desde siempre un rostro y un nombre: es la “llena de gracia” (Lc 1, 28). María es la nueva Eva, esposa del nuevo Adán, destinada a ser madre de todos los redimidos. En la oración colecta de hoy hemos rezado y confesado que Dios “preparó una digna morada para su Hijo y, en previsión de su muerte, la preservó de toda mancha de pecado”. María no sólo no cometió pecado alguno, sino que fue preservada incluso de la herencia común del género humano que es la culpa original, por la misión a la que Dios la destinó desde siempre: ser la Madre del Redentor.

El fundamento bíblico de la verdad de fe de la ‘Inmaculada concepción” se encuentra en las palabras del ángel a la joven de Nazaret: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1, 28). “Llena de gracia” es el nombre más hermoso de María; es el nombre que le dio Dios mismo para indicar que desde siempre y para siempre es la amada, la elegida, la escogida para acoger el don más precioso, Jesús, “el amor encarnado de Dios” (Deus caritas est, 12).

Por qué Dios escogió de entre todas las mujeres a María de Nazaret, es algo que pertenece al misterio insondable de la voluntad divina. Sin embargo, el Evangelio pone de relieve, ante todo, la humildad de la Virgen. Nos lo dice la misma Virgen en el Magníficat: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, (…) porque ha mirado la humildad de su esclava” (Lc 1,46.48). Sí, Dios quedó prendado de la humildad de María, que encontró gracia a sus ojos (cf. Lc 1, 30).

María vive su existencia desde la verdad de su persona, que es la de toda persona humana. Y esta verdad sólo la descubre en Dios y en su amor. María sabe que ella es nada sin el amor de Dios, que la vida humana sin Dios sólo produce vacío existencial. Ella sabe que el fundamento de su ser no está en sí misma, sino en Dios, que ella está hecha para acoger el amor de Dios y para darse por amor. Por ello vivirá siempre en Dios y para Dios. María, la mujer humilde, aceptando su pequeñez ante Dios, dejando que Dios sea grande, se llena de Dios y queda engrandecida. La Virgen se convierte así en madre de la libertad y de la dicha. Dichosa por haber creído, María nos muestra que la fe en Dios es nuestra dicha y nuestra victoria, porque “todo es posible al que cree” (Mc 9, 23).

Maria, la Madre de Dios, es así por su fe y su santidad imagen y modelo de la Iglesia, elegida entre los pueblos para recibir la bendición del Señor y difundirla a toda la familia humana. Esta ‘bendición’ es Jesucristo. Él es la fuente de la gracia, de la que María quedó llena desde el primer instante de su existencia. Acogió con fe a Jesús y con amor lo donó al mundo. Esta es también nuestra vocación y nuestra misión, la vocación y la misión de nuestra Iglesia, de todos los bautizados: acoger a Cristo en nuestra vida y donarlo al mundo “para que el mundo se salve por él” (Jn 3, 17).

 Las palabras del ángel “llena de gracia” encierran también el designio de Dios para todo ser humano. Dios nos ha creado ‘para que seamos santos e inmaculados ante él por el amor’ (Ef 1, 4). Por eso, Dios nos ha ‘bendecido’ antes de nuestra existencia terrena y ha enviado a su Hijo al mundo para rescatarnos del pecado y hacernos partícipes de su propia vida.

Por el bautismo, los cristianos ya participamos de la nueva vida de los hijos de Dios. La Palabra de Dios nos exhorta a acoger este don con fe y con una vida conforme al designio divino, como María, un designio que pide la perfección en el amor (cf LG 40b).

Todos estamos llamados a la santidad, que no es otra cosa que vivir en el amor de Dios y, desde él, amar a los hermanos. Sólo en la santidad, en la amistad, en el amor de Dios, en la unión con Él en Cristo encontraremos la verdadera libertad, dicha y felicidad. Este es el deseo de Dios para nosotros y es el deseo innato en nosotros. Sólo desde la santidad de la Iglesia, de sus miembros, de nuestras familias y comunidades será nuestra Iglesia diocesana realmente viva; sólo de este modo podrá ser evangelizadora y sólo desde ahí, podrá nuestra Iglesia seguir prestando al hombre y a la sociedad el servicio, que le es propio, en cumplimiento del mandato de su Señor: que la bendición de Dios en Cristo llegue a todos.

La santidad es dejarse conformar con Aquel que es Maestro y Modelo de santidad, Cristo Jesús. Y hacerlo siguiendo la estela de María. Nadie está excluido de la llamada de Dios a la santidad, a su amistad. Ninguna excusa, ni la dificultad de ese camino, ni el ambiente hostil, ni las atracciones del mundo o lo complejo de la vida moderna, puede aducirse para escamotear el destino de felicidad al que Dios llama al hombre. Existe la libertad de decir ‘no’. Pero al decir ‘no’, la persona se cierra al designio que Dios le tiene preparado, es decir, renuncia al amor, a la felicidad, a la vida. Decir ‘no’ es optar por una vida al margen de Dios, es optar por la muerte.

La santidad, la amistad con Dios, es el gran regalo de Dios para el ser humano. Por la Encarnación, del Hijo de Dios en el seno virginal de María Inmaculada, el amor de Dios se abre a la humanidad y hace posible restablecer, a niveles impensados, la amistad con Dios en la comunión de la Iglesia. Esta santidad es decisiva para la felicidad del ser humano. Es meta fundamental a la que se debe tender para alcanzar la plenitud. Se debe siempre a la iniciativa y al don de Dios, pero requiere de una colaboración entusiasta y eficaz. Dejémonos invadir por un deseo intenso de santidad, del amor de Dios y del amor a Dios en los hermanos. Vivamos con gozo y con gratitud el don de la fe y la vida cristiana. No tengamos miedo a ser cristianos, a acoger a Dios y su amor en nuestra vida.

María Inmaculada nos enseña cómo acoger el designio divino para llegar a ser santos, para llegar a ser felices. Al contemplarla, reconocemos la altura y la belleza del proyecto de Dios para todo hombre: ser santos e inmaculados en el amor (cf. Ef 1, 4), a imagen de nuestro Creador.

¡Qué gran don tener por madre a María Inmaculada! Una madre resplandeciente de belleza, transparente al amor de Dios. Mirando hoy a María Inmaculada, vienen a mi mente nuestros niños, adolescentes y jóvenes, que están creciendo en un ambiente saturado de mensajes que proponen falsos modelos de libertad y de felicidad. Nuestros muchachos corren el peligro de perder la alegría y la esperanza, porque a menudo parecen huérfanos del verdadero amor, que colma de significado y alegría la vida. Hoy pienso en los intentos de imponerles por ley ya desde la escuela un mundo sin Dios; pienso en los intentos de imponer un mundo escolar privado de todo símbolo cristiano sea el crucifijo sea el Belén sean los villancicos; pienso en la imposición en la escuela de una educación sexual, que tiene poco de educación y mucho de incitación al sexo fuera del contexto del amor humano.

María Inmaculada es la “Madre del amor hermoso”. Por desgracia, muchas experiencias nos demuestran que los adolescentes, los jóvenes e incluso los niños son víctimas fáciles de la corrupción del amor, engañados por adultos sin escrúpulos que, mintiéndose a sí mismos y a ellos, los atraen a los callejones sin salida del consumismo. Incluso las realidades más sagradas, como el cuerpo humano, templo del Dios del amor y de la vida, se convierten en objetos de consumo; y a esto se quiere inducir cada vez más pronto ya en la niñez y en la pre-adolescencia. ¡Qué tristeza cuando, en nombre de no se sabe qué progresismo, nuestros muchachos y muchachas pierden el asombro, el encanto de los sentimientos más hermosos, el valor del respeto del cuerpo, manifestación de la persona y de su misterio insondable!  ¿Queremos de verdad un mundo así para nuestros hijos?

Contemplemos hoy a María, la Inmaculada, en toda su hermosura y santidad. Pidamos a la Virgen Inmaculada, que se avive hoy en nosotros la fe y el amor, el deseo de la santidad y amistad con Dios, la aspiración a la belleza, a la bondad y a la pureza de corazón. Su candor celestial nos atrae hacia Dios, ayudándonos a superar la tentación de una vida mediocre, hecha de componendas con el mal, para orientarnos con determinación hacia el auténtico bien, Dios y su amor, que son fuente de alegría.

¡Que de manos de María sepamos acoger en nuestras vidas al Dios que nos ama hasta el extremo en Cristo Jesús, hoy y todos los días de nuestra vida!  Amén.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

La Inmaculada, Buena Noticia para la Humanidad

Queridos Diocesanos:

Nos disponemos a celebrar la fiesta de la Inmaculada Concepción de la Virgen María de tan arraigada tradición en toda nuestra Diócesis como en toda España.

La Inmaculada Concepción nos recuerda que María, elegida para ser la Madre del Salvador, ha sido agraciada por Dios con dones a la medida de su misión tan importante de ser la Madre del Hijo de Dios. La Virgen fue preservada de toda mancha de pecado original desde el instante mismo de su concepción para ser la digna morada del Señor. En la Madre de Jesús, Dios obra maravillas: es llamada a la existencia llena de gracia, llena del amor de Dios.

La Inmaculada nos muestra el verdadero rostro de Dios, que es amor, y que crea por amor y para la vida en su amor. La perfecta santidad de María se debe al Hijo que concebirá en su seno. En ella se realiza de modo anticipado y perfecto la obra de salvación de Jesucristo: fue preservada del pecado original, y creada llena de gracia y de santidad desde siempre “en vista de los méritos de Jesucristo, salvador del género humano”. En la Virgen María se manifiesta por vez primera el plan divino de Salvación trazado por el amor misericordioso de Dios “antes de la creación del mundo” para todos.

María responde al amor de Dios hacia ella con su fe confiada y su entrega total a Dios. “He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según palabra” (Lc 1,38). María vive toda su existencia desde la verdad de su persona, que ella descubre sólo en Dios y en su amor. La Virgen es consciente de que ella es nada sin el amor de Dios, y que la vida humana sin Dios solo produce vacío en la existencia. Ella sabe que la raíz de su existencia no está en sí misma, sino en Dios, que está hecha para acoger el amor y para darse por amor. Por ello vivirá siempre en Dios y para Dios. En María, Dios dice Sí al hombre y la mujer dijo Sí a Dios. María, aceptando su pequeñez, se llena de Dios, y se convierte así en madre de la libertad y de la dicha.

Por ello, la Inmaculada es también la fiesta de los creyentes. Por su fe, María es la madre y modelo de todos los creyentes. Dichosa por haber creído, María nos muestra que la fe y la vida en Dios es nuestra dicha y nuestra victoria, porque “todo es posible al que cree” (Mc 9, 23).

La  misma humanidad comienza a decir sí a la salvación que Dios le ofrece con la llegada del Mesías. Ella es la primicia de la humanidad redimida. La “plenitud de gracia”, que para María es el punto de partida, es la meta para todos los hombres, que acogen en fe el amor de Dios; Dios nos ha creado “para que seamos santos e inmaculados ante él” (Ef 1, 4). La Purísima es así Buena Noticia para la humanidad. En ella. Dios, dador de amor y de vida, irrumpe en la historia humana. Dios no deja a la humanidad aislada y en el temor. Dios busca al hombre y le ofrece vida y salvación. La Inmaculada recuerda a todo hombre que Dios lo ama de modo personal, que quiere sólo su bien y lo busca con un designio de gracia y misericordia.

En un mundo con miedo y sin esperanza ante el futuro, la Inmaculada nos ofrece un mensaje de amor y de esperanza. En un contexto que invita a prescindir de Dios y a erigirnos en dioses, a suplantar a Dios y hacer del hombre la única fuente y meta de todo, también del bien y del mal, María Inmaculada nos llama a abrirnos al misterio de Dios y a acogerlo con fe. Solo en Dios y en su amor está la verdad del hombre. Sólo en Dios lograremos desarrollar lo mejor que hay en nosotros.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón