Misa Crismal

Castellón, S. I. Concatedral, 29 de marzo de 2010

(Is 61,1-3ª.6ª.8b-9; Sal 88; Ap 1,5-8; Lc 4,16-21)

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Gracia y paz de parte de Jesucristo, el testigo fiel” (Ap 1,5) a todos vosotros -sacerdotes, diáconos y seminaristas, religiosos y religiosas, y fieles laicos-, venidos de toda la Diócesis hasta esta Concatedral de Santa María para la Misa Crismal. Al inicio de la Semana Santa en que celebramos los misterios centrales de la salvación, el Señor nos reúne como Iglesia diocesana en torno a su pastor, el Obispo, para consagrar el Crisma y bendecir los Óleos; ellos serán instrumentos de la salvación en los sacramentos del bautismo, confirmación, orden sagrado y unción de los enfermos. Su significado y eficacia salvífica derivan del misterio pascual, de la muerte y resurrección de Cristo, que se renueva en cada celebración eucarística. Por eso celebramos esta Misa Crismal pocos días antes del Triduo Sacro, en que, con el supremo acto sacerdotal, el Hijo de Dios hecho hombre se ofreció al Padre como rescate por toda la humanidad. Y por esta misma razón, próximo ya el Jueves Santo, día del amor de Cristo llevado hasta el extremo, día de la Eucaristía y día de nuestro sacerdocio ordenado, en esta Misa renovaremos, queridos sacerdotes, nuestras promesas sacerdotales.

La Palabra de Dios de la Misa Crismal centra nuestra mirada, en primer lugar, en Jesucristo. Él es el Sumo y Eterno Sacerdote de la nueva y eterna alianza. Él es nuestro Mediador y Sumo Sacerdote ante Dios, anunciado por el profeta; Él es el Mesías prometido, el “Ungido del Señor” (Lc 4, 16), que llevará a cabo en la cruz la liberación definitiva de los hombres de la antigua esclavitud del maligno y del pecado. Y, resucitando al tercer día, inaugurará la vida que ya no conoce la muerte.

Cristo Jesús, “nos amó, nos ha librado de nuestros pecados, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre” (Ap 1, 5-6). Así hemos proclamado en la segunda lectura. El mismo Señor, Sumo y Eterno Sacerdote, ha hecho de todos nosotros, los bautizados, un reino de sacerdotes. Todo sacerdocio en la Iglesia es una participación del sacerdocio único de Cristo. En un primer nivel estamos todos los bautizados, liberados de nuestro pecado, ungidos y consagrados en nuestro bautismo como casa espiritual y sacerdocio santo para ofrecer sacrificios espirituales, a través de las obras propias del cristiano. Todos los cristianos estamos llamados por la gracia bautismal a ser santos; es decir, a vivir nuestra existencia como una existencia eucarística, como oblación a Dios mediante la oración, la participación en la Eucaristía y demás sacramentos, en el testimonio de una vida santa, en la abnegación y en la caridad activa, que se hace obra (cf. LG 10).

En otro nivel, cualitativamente distinto, el Señor ha hecho un reino de sacerdotes de nosotros, los sacerdotes, ordenados para ser ministros; es decir, servidores y pastores del pueblo sacerdotal y ofrecer en su nombre y en la persona de Cristo el sacrificio eucarístico a Dios (cf. LG 10); somos servidores del sacerdocio bautismal de todo el pueblo de Dios.

Por todo ello, en la Misa Crismal hacemos cada año memoria solemne del único sacerdocio de Cristo y expresamos la vocación sacerdotal de toda la Iglesia; pero hacemos especial memoria del sacerdocio ministerial del Obispo y de los presbíteros unidos a él.

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido” (Lc 4, 18). Queridos sacerdotes, estas palabras nos conciernen de modo directo. Por una unción singular que afecta a toda nuestra persona hemos quedado configurados con Cristo Sacerdote, Cabeza y Pastor. “En efecto, el presbítero –dice la Exhortación Pastores dabo vobis n.12-, en virtud de la consagración que recibe en el sacramento del Orden, es enviado por el Padre, por medio de Cristo, con el cual, como Cabeza y Pastor de su pueblo se configura de un modo especial para vivir y actuar con la fuerza del Espíritu al servicio de la Iglesia y por la salvación del mundo”. Configurados así con Cristo Sacerdote, Cabeza, y Pastor, quedamos capacitados para hablar en su nombre, para poder realizar como representantes suyos el sacrificio eucarístico y de ofrecerlo a Dios en nombre de todo el pueblo (cf. LG 10); y somos los instrumentos del amor misericordioso de Dios y de la gracia redentora de Cristo. Por el sacramento del orden, compartimos de una forma especial el sacerdocio mismo de Cristo. En su nombre y persona, somos pastores y maestros en su Iglesia, renovamos el sacrificio de la redención, preparamos para el banquete pascual, presidimos al pueblo santo en el amor, lo alimentamos con la Palabra y lo fortalecemos con los sacramentos, lo guiamos por los caminos de este mundo hacia la casa del Padre.

Esta es nuestra identidad sacerdotal, esto es lo que nos define como sacerdotes, lo que ha determinar también el ejercicio de nuestro sacerdocio ministerial hoy y siempre. Nuestro actuar deriva de nuestro ser. No tengamos miedo de afirmar, de vivir y de manifestar lo que nos define. El Papa, Benedicto XVI, acaba de afirmar que “en un contexto de secularización generalizada, que excluye progresivamente a Dios del ámbito público, y tiende a excluirlo también de la conciencia social compartida, con frecuencia el sacerdote parece “extraño” al sentir común, precisamente por los aspectos más fundamentales de su ministerio, como los de ser un hombre de lo sagrado, tomado del mundo para interceder en favor del mundo, y constituido en esa misión por Dios y no por los hombres (cf. Hb 5, 1)” (Cf. Discurso de 12.03.2010 a los participantes en el Congreso teológico organizado por la Congregación para el Clero). No podemos reducir al sacerdote a un “agente social” o entendernos como tales,  con el riesgo de traicionar incluso el sacerdocio de Cristo.

Hemos sido ungidos para ser enviados. La primera misión que se nos ha confiado, queridos sacerdotes, es “dar la buena noticia a los que sufren” (Is 61,1).

Benedicto XVI ha resaltado que hoy es especialmente importante que la llamada a participar en el único sacerdocio de Cristo en el ministerio ordenado florezca en el “carisma de la profecía”: nuestro mundo tiene una gran necesidad de sacerdotes que hablen de Dios y que presenten el mundo a Dios. La profecía más necesaria hoy es la de la fidelidad que parte de la fidelidad de Cristo a la humanidad y nos lleva a nuestra propia fidelidad creciente en la adhesión total a Cristo y a la Iglesia. Como sacerdotes ya no nos pertenecemos a nosotros mismos, sino que somos ‘propiedad’ de Dios. Este ‘ser de Otro’ deben poder reconocerlo todos, gracias a un testimonio límpido. Nuestra fidelidad a Cristo y a nuestro ser sacerdotes es la mejor respuesta a la pasión que sufrimos por los pecados, delitos y crímenes de unos pocos; nuestra fidelidad es nuestra mejor respuesta a las críticas en algunos casos justas, pero en otros muchos injustas. Nuestra fidelidad fortalece a nuestra Iglesia, la comunión y la misión; nuestras infidelidades y pecados, por el contrario, las debilitan y dificultan la expansión del Evangelio y de la obra salvífica de Cristo.

Nuestra pertenencia sacramental, nuestra configuración con Cristo, debe determinar nuestro modo de pensar, de hablar, de juzgar los hechos del mundo, de servir y de amar, de relacionarnos con las personas, incluso nuestro vestir. Es decir: nuestras personas y nuestras vidas han de mostrar la obra de Dios en nosotros. Desde ahí entenderemos, viviremos y mostraremos, también en nuestros días, el valor del celibato, un verdadero don de Dios y una auténtica profecía del Reino,  que es signo de la consagración con corazón indiviso al Señor y a las ‘cosas del Señor’ (1 Co 7, 32) y expresión de la entrega sin componendas de uno mismo a Dios y a los demás.

Nuestro ministerio ordenado es un gran don y un gran misterio, que llevamos en vasijas de barro. Nuestra condición frágil y débil, nuestras muchas limitaciones nos han de llevar a vivir y a custodiar con profunda fe este don precioso. La unión vital con Cristo en una vida espiritual profunda, alimentada por la oración, por la celebración diaria de la Eucaristía y la recepción frecuente del sacramento de la Penitencia, los ejercicios espirituales anuales, el ejercicio del ministerio basado en una verdadera caridad pastoral y la necesaria ascesis y austeridad de vida son los medios para vivir en fidelidad al Señor y a nuestro ser sacerdotal: una fidelidad siempre nueva, fresca y creciente. Una fidelidad sin componendas, anunciando el Evangelio y celebrando los sacramentos, favorecerá la venida del reino de Dios ya presente y el crecimiento del pueblo de Dios en la fe.

El Señor, ‘el testigo fiel’, espera que seamos testigos fieles del don que hemos recibido. “Los hombres y las mujeres de nuestro tiempo sólo nos piden que seamos sacerdotes de verdad y nada más. Sólo en el sacerdote podrán encontrar la Palabra de Dios que siempre deben tener en los labios; la misericordia del Padre, abundante y gratuitamente dada en el sacramento de la Reconciliación; y el Pan de vida nueva, alimento verdadero dado a los hombres” (Benedicto XVI).

Al recordar hoy nuestra ordenación presbiteral renovamos juntos y con el frescor y alegría del primer día, nuestras promesas sacerdotales. Una renovación, que tiene una especial resonancia en este Año Sacerdotal, que nos llama a todos los sacerdotes a un compromiso de renovación interior, para que nuestro testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo. ¡Avivemos nuestra conciencia y gratitud por la inmensa riqueza del don de nuestro sacerdocio! ¡Renovemos nuestro compromiso de amor contraído con Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote y con los hermanos! ¡Reconozcamos la inigualable novedad del ministerio y misión a la que servimos! Somos los ministros de la gracia del Espíritu Santo que Cristo ha enviado al mundo para la salvación de todos desde la Cruz.

¿Estaremos dispuestos a vivir nuestro sacerdocio, participando con toda nuestra existencia personal en la ofrenda sacerdotal de Cristo, el Sumo y Eterno Sacerdote? Merece la pena, queridos hermanos sacerdotes. Reanudemos de nuevo el camino emprendido en nuestra ordenación. Merece la pena; es posible, es bello procurar y vivir sin desmayo esa íntima y plena identificación con Cristo en la comunión de la Iglesia. Confiemos nuestro ministerio y nuestra fidelidad a la Santísima Virgen, su Madre Inmaculada, la Madre de la Iglesia, nuestra Madre.

En este día damos gracias a Dios por todos los sacerdotes de nuestro presbiterio que nos han precedido en el Señor. Oramos en especial por nuestro hermano presbítero D. Narciso Jordán Zuriaga, que el pasado 5 de diciembre fallecía a la edad de 75  años en su pueblo natal, La Yesa (Valencia). D. Narciso había cursado los estudios eclesiásticos en el Seminario de Segorbe y, allí, en la Catedral, recibió el orden del presbiterado el 3 de agosto de 1958. Ejerció su ministerio pastoral en las parroquias de Pavías, Higueras, Villanueva de Viver, Fuente la Reina, Toga, Espadilla y Torrechiva; y más tarde en la Diócesis de Valencia y como capellán de Marina. ¡Que Dios le conceda la paz eterna y le premie todos sus desvelos pastorales!.

Hermanos y hermanas en el Señor: demos gracias a Dios por el don de la Eucaristía y del Sacerdocio; oremos por nuestros sacerdotes para que sean santos y valoremos a cada unos ellos como un don de Dios. Roguemos a Dios para que no falten nunca buenos y santos sacerdotes en nuestra Iglesia. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

Catedral de Segorbe y Concatedral de Castellón – 28 de marzo de 2010

(Is 50,4-7; Sal 21; Flp 2,6-11; Lc 22,14-23.56)

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Hermanas y hermanos amados en el Señor:

Con toda la Iglesia celebramos hoy el Domingo de Ramos: como por una puerta entramos en la Semana Santa. Nuestro itinerario cuaresmal iniciado el Miércoles de Ceniza llega a su meta: durante cuarenta días mediante la oración, el ayuno corporal y espiritual, y las obras de caridad nos hemos venido preparando para la celebración de la Semana Santa, la Semana más importante del año para los cristianos.

A esta Semana la llamamos Santa y es la más importante del año, porque en estos días –en especial en el Triduo Sacro, del Jueves Santo al Domingo de Resurrección- no sólo recordamos, sino que celebramos y actualizamos los acontecimientos más santos y centrales de nuestra fe: la pasión, la muerte y la resurrección del Señor. Entramos así en el corazón del plan de Salvación de Dios para toda la humanidad: Cristo padece, muere y resucita por todos y cada uno de los hombres, por nosotros, por nuestros pecados, por nuestra salvación.

Por eso, los acontecimientos que celebramos esta Semana son el centro de la historia de la humanidad entera. Dios mismo, el Dios creador no abandona al hombre en su pecado, sino que en su Hijo se abaja hasta la humanidad, carga con todos sus pecados, la redime y reconcilia, y le da vida y salvación.

El Domingo de Ramos comprende, a la vez, el presagio del triunfo real de Cristo y el anuncio de la Pasión. La procesión y la misa de este día son dos elementos de un todo. En la procesión hemos rendido homenaje a Cristo, el Mesías y Rey, imitando a quienes lo aclamaron aquel día como Redentor de la humanidad. Nuestra procesión quedaría incompleta, si no desembocara en la Misa, porque en la Misa actualizamos el sacrificio redentor de Cristo, proclamado en la Pasión. La entrada de Cristo en Jerusalén tenía la finalidad de consumar su misterio Pascual.

La entrada de Jesús en Jerusalén es una entrada jubilosa, triunfal, pero con matices. Jesús, que huyó siempre cuando el pueblo quiso proclamarlo rey, hoy se deja llamar Rey. Sólo ahora, próximo el día en será llevado a la muerte, acepta ser aclamado como Mesías, precisamente porque muriendo en la Cruz será en sentido pleno el Mesías, el Redentor, el Rey y el Vencedor. Acepta ser reconocido como Rey, pero como un Rey humilde y manso, compasivo y misericordioso. Entra en la ciudad santa montado en una borriquilla con la paz en sus manos y ofreciendo a todos la salvación. Para ser rey, Cristo no necesita de las fuerzas humanas, sino sólo de la fuerza del Espíritu. El proclamará su realeza sólo ante los tribunales y aceptará que se ponga la inscripción de su título de rey solamente en la Cruz. La Cruz, la expresión de su entrega hasta el final por amor, es y será su trono.

La entrada jubilosa en Jerusalén es el homenaje espontáneo del pueblo llano y humilde a Jesús, que se encamina, a través de la pasión y de la muerte, a la plena manifestación de su Realeza divina. Aquella muchedumbre no podía abarcar todo el alcance de su gesto, pero nosotros sí podemos comprender todo el alcance de este gesto. “Tú eres el Rey de Israel y el noble hijo de David, tú, que vienes, Rey bendito, en nombre del Señor. Ellos te aclamaban jubilosamente cuando ibas a morir, nosotros celebramos tu gloria, ¡oh Rey eterno!” (MS).

Fijemos la mirada en la gloria de Cristo, Rey eterno, para comprender mejor el valor de su pasión, camino necesario para la exaltación suprema. No se trata, por tanto, de acompañar a Cristo en el triunfo de una hora, sino de seguirle al Calvario, donde, muriendo en la Cruz, triunfará para siempre del pecado y de la muerte. No hay modo más bello de honrar la pasión de Cristo que conformándose a ella para triunfar con Cristo del enemigo que es el pecado.

La lectura del profeta Isaías y el Salmo de hoy anticipan algunos de los detalles de la Pasión: “Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté mi rostro a insultos y salibazos” (Is 50,6). ¿Por qué tanta sumisión? Porque Cristo, anunciado en el Siervo de Dios del profeta, está totalmente orientado hacia la voluntad del Padre y con él acepta el sacrificio de sí mismo por la salvación de los hombres. Por esta misma razón lo vemos llevado a los tribunales y al Calvario, y allí tendido sobre la Cruz: “me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos” (Sal 22, 17-18). A todo ello se somete el Hijo de Dios por un solo motivo: por el amor, por su amor al Padre, cuya gloria quiere resarcir, y por amor a los hombres, a los que quiere reconciliar con el Padre.

Sólo un amor infinito, el amor de Dios, puede explicar las desconcertantes humillaciones del Hijo de Dios. “Cristo a pesar de su condición divina, no hizo alarde su categoría de Dios: al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo” (Flp  2,6-7). Cristo lleva hasta el límite extremo la renuncia a su divinidad; no sólo la esconde bajo las apariencias de la naturaleza humana, sino que se despoja de ella hasta el suplicio de la cruz, hasta exponerse a los más amargos insultos. “A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido” (Lc 22, 35).

La Iglesia pone ante nuestros ojos la pasión de Cristo en toda su cruda realidad, para mostrarnos que Cristo, siendo verdadero Dios, es también verdadero hombre, y como tal sufrió; y anonadando en su humanidad doliente todo vestigio de su naturaleza divina, se hizo hermano de los hombres hasta compartir con ellos la muerte, vencerla y así hacernos partícipes de su divinidad. Del mayor anonadamiento se deriva la máxima exaltación; hasta como hombre, Cristo es nombrado Señor de todas las criaturas y ejerce su señorío reconciliándonos con Dios, rescatándonos del pecado y comunicándonos la vida divina.

El ramo que hoy hemos llevado en nuestras manos y que después llevaremos a nuestras casas es el signo exterior de que queremos seguir a Jesús en el camino hacia el Padre. La presencia de los ramos en nuestros hogares es un recordatorio de que hemos vitoreado a Jesús, como nuestro Rey, y le hemos seguido hasta la Cruz: Seamos consecuentes con nuestra fe, y sigamos y aclamemos al Salvador durante toda nuestra vida. La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén nos pide a cada uno de nosotros fidelidad, coherencia y perseverancia a nuestra fe y vida cristiana, para que nuestros propósitos no sean luces fugaces que pronto se apagan.

Celebremos la Semana Santa con devoción y fervor. Vivamos la Semana Santa con fe profunda. Acompañemos a Jesús desde la entrada a Jerusalén hasta la resurrección. Cristo muere por nosotros, por nuestros pecados y por nuestra salvación. Descubramos qué pecados hay en nuestra vida y busquemos el perdón generoso de Dios en el Sacramento de la Reconciliación. Propongamos estar junto a Jesús no sólo en estos días propicios, sino seguirle todos los días del año, practicando la oración, los sacramentos, la caridad. Abramos el corazón a Dios, que nos sigue esperando; y abramos el corazón a los hermanos, especialmente a los más necesitados. Muramos con Cristo y resucitemos con Él, muramos a nuestro egoísmo y resucitemos al amor. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Semana Santa: Celebración de la fe cristiana

Queridos diocesanos

El Domingo de Ramos comenzamos la Semana Santa, un verdadero camino espiritual hacia la Pascua. A esta semana la llamamos ‘santa’ porque en ella celebramos los misterios santos de nuestra redención: la pasión, la muerte y la resurrección del Señor. Un año más, la Iglesia nos convoca a conmemorar, contemplar y celebrar con fe viva esta verdad central de nuestra fe: el misterio pascual del Señor, el ‘paso’ confiado de Jesús hacia el Padre; el paso del Señor a la Vida a través del dolor y de la muerte.

La liturgia del Domingo de Ramos nos ofrece, con fina y sabia pedagogía, una síntesis anticipada del misterio pascual. En la procesión de palmas recordamos la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y en las lecturas de la Misa contemplamos al Siervo de Dios, que sufre y muere para pasar al triunfo pascual. Jesús, el Mesías y Rey, triunfante y doliente, es aclamado y escarnecido a un tiempo: son las dos caras del misterio pascual. En la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén se anticipa su triunfo definitivo sobre el pecado y sobre la muerte en la pascua de resurrección. El Domingo de Ramos inauguramos la celebración de la Pascua, el paso de las tinieblas a la luz, de la humillación a la gloria, del pecado a la gracia y de la muerte a la vida.

La palma del triunfo y la cruz de la pasión no son una paradoja, ni un contrasentido. Son, más bien, el centro del misterio que creemos, proclamamos y actualizamos en la Semana Santa. Jesús se entrega voluntariamente a la pasión, afronta libremente la muerte en la cruz, y en su muerte triunfa la vida. Atento a la voluntad del Padre, comprende que ha llegado su “hora”, y la acepta con la obediencia libre del Hijo y con un infinito amor a los hombres: “Sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo  amado  a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1).

Estos días son los de mayor intensidad litúrgica de todo el año, una intensidad que ha calado hondamente en la religiosidad cristiana de nuestro pueblo. Las Cofradías de Semana Santa, presentes a lo largo y ancho de nuestra Diócesis, son el mejor ejemplo del profundo arraigo de la fe cristiana entre nosotros. No dejemos que todo quede en la tradición y en la estética; o que la Semana Santa, despojada de su núcleo santo, quede reducida a expresión cultural o evento turístico.

Porque, bien puede ocurrir que, llevados por el ambiente de fiesta y de ocio de estos días o quizá arrastrados por el contexto secularizado que nos circunda, nos quedemos en lo superficial y exterior y perdamos de vista la profundidad santa y divina de la Semana Santa. Para muchos, la Semana Santa se está vaciando de contenido y, para algunos, ya está vacía en su interior. Esto ocurre cuando nuestras procesiones se separan de la fe y vida de la Iglesia y no se participa en las celebraciones litúrgicas; o cuando las procesiones no son ya expresión de una fe viva y vivida en Cristo Jesús, que padece, muere y resucita; o cuando la Semana Santa no tiene incidencia alguna en nuestra vida cristiana, personal y comunitaria, familiar y social. Vivamos con fe la Semana Santa. Dejemos que nuestras celebraciones litúrgicas y nuestras procesiones de estos días aviven nuestra fe en el Señor y nuestra vida cristiana.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segore-Castellón

Elección de los miembros elegidos del Consejo Diocesano de Pastoral

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CASIMIRO LÓPEZ LLORENTE,

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTÓLICA,

OBISPO DE SEGORBE-CASTELLÓN

 

 

Habiendo aprobado los Estatutos del Consejo Diocesano de Pastoral de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón, por Decreto de 22 de marzo de 2010, por el presente

 

DISPONGO

 

que se proceda a la elección de los ‘miembros elegidos’ del CDP, a tenor de lo establecido en el Artículo 5 § 3 de los Estatutos de dicho Consejo y encargo al Sr. Vicario General que disponga que los personas encargadas en dicho Artículo de presidir los actos electivos procedan a su convocatoria.

El proceso electivo deberá estar concluido el 22 de mayo del presente año. Los presidentes de los distintos actos electivos enviarán las actas del mismo así como el nombre, apellidos y la dirección del elegido al Sr. Vicario General, lo más tarde el 24 de mayo, quien presentará los elegidos al Obispo Diocesano para su confirmación, en su caso.

Comuníquese a los interesados y publíquese en el Boletín Oficial de nuestro Obispado.

En Castellón de la Plana a veintitrés de marzo del Año del Señor de dos mil diez.

 

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Doy fe,

Tomás Albiol Talaya

Vicecanciller-Vicesecretario General

Aprobación Estatutos del Consejo Diocesano de Pastoral

 Escudo_episc

CASIMIRO LÓPEZ LLORENTE,

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTÓLICA,

OBISPO DE SEGORBE-CASTELLÓN

 

 

“Aun haciendo uso de la libertad que la disciplina canónica deja a la diócesis, es bueno que en cada diócesis se constituya el Consejo Diocesano de Pastoral como forma institucional que expresa la participación de todos los fieles, de cualquier estado canónico, en la misión de la Iglesia”. Así lo indica el Directorio para el ministerio pastoral de los Obispos “Apostolorum sucesores” de 2004, de la Congregación para los Obispos (n. 184.

Con el deseo de favorecer mejor la participación de todos los fieles en la misión de nuestra Iglesia diocesana, que es la evangelización para incrementar la comunión de los hombres con Dios y, en Él, la comunión de los hombres entre sí, hemos procedido a la revisión de los Estatutos del Consejo Diocesano de Pastoral de 7 de noviembre de 1990 (Cf. BO Obispado de Segorbe-Castellón [1991] 5-10).

Habiendo consultado al Consejo Presbiteral Diocesano y al Consejo Episcopal por el presente decreto, en virtud de los establecido en el derecho universal de la Iglesia y de la facultad que él mismo me confiere (cc. 511-514 CIC)

 

APRUEBO

 

los Estatutos por los que se ha de regir el Consejo Diocesano de Pastoral de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón y que se transcriben a continuación

Publíquese en el Boletín Oficial de nuestro Obispado.

En Castellón de la Plana, a veintidós de marzo del Año del Señor de dos mil diez.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Doy fe,

Tomás Albiol Talaya

Vicecanciller-Vicesecretario General

 

ESTATUTOS DEL CONSEJO DIOCESANO DE PASTORAL

El sacramento de la misericordia

Queridos diocesanos:

Durante el tiempo de la Cuaresma, la Palabra de Dios nos exhorta a la revisión y renovación de nuestra vida cristiana mediante la conversión de mente y corazón a Dios. En este tiempo resuenan las palabras de Jesús: “Convertíos y creed en el evangelio” (Mc 1,15). Este es el camino para prepararnos debidamente a la celebración del misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo; éste es el camino hacia la Pascua del Señor.

El misterio de la redención de Cristo en la Cruz nos muestra que el amor de Dios es más fuerte que nuestro pecado. La contemplación del amor infinito de Dios, en la muerte y en la resurrección del Jesús, nos desvela nuestros propios pecados de acción y de omisión, pero, sobre todo, la misericordia infinita de Dios, siempre dispuesto al abrazo del perdón. En la Cruz, nos dice San Pablo “Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuenta de sus pecados” (2 Cor, 5, 19). Y él mismo San Pablo nos exhorta: “En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios” (2 Cor 5, 20). Y es en el sacramento de la reconciliación donde experimentamos de un modo muy personal ese amor misericordioso y reconciliador de Dios.

Necesitamos recuperar el Sacramento de la Penitencia ante una mentalidad superficial y, a veces, deformada de este sacramento, ante su olvido o ante su abierto rechazo. Su recuperación comienza por reconocer con humildad nuestra condición de pecadores y admitir que pecamos; es decir, que fallamos al amor de Dios, cuando transgredimos por acción  o por omisión los preceptos divinos. Todo pecado es, en el fondo, un acto de desconfianza hacia la bondad de Dios y de desobediencia a su ley. En nuestros pecados descubrimos siempre la voluntad de preferirnos a nosotros mismos y posponer a Dios, de construir nuestra vida sin Dios o al margen de Él, de anteponer nuestros intereses personales a su voluntad. Así nos lo desvelará un buen examen de conciencia, que no es sino la confrontación sincera y serena con la ley moral interior, con las normas evangélicas propuestas por la Iglesia, con el mismo Cristo Jesús, nuestro maestro y modelo de vida, y con el Padre celestial, que nos llama al bien y a la perfección. Al examen sincero de conciencia ha de seguir la contrición o dolor de los pecados, que supone un rechazo claro y decidido del pecado cometido junto con el propósito de no volver a cometerlo por el amor que se tiene a Dios y que renace con el arrepentimiento. Todo ello nos llevará a la confesión de nuestros pecados para dejarnos abrazar por el amor misericordioso de Dios que nos perdona en la absolución y a cumplir la satisfacción por nuestros pecados.

Para recuperar este sacramento de la Penitencia es preciso también que sea ofrecido en todas las parroquias, en horarios concretos, y que los sacerdotes estén siempre dispuestos a administrarlo si se les pide oportunamente. A los sacerdotes, como a Pablo, el Señor nos ha encargado el ministerio de la reconciliación.

Contemplemos el rostro amoroso de Dios en Cristo y dejémonos cautivar por la belleza irresistible de su amor y de su misericordia. No nos engañemos: sólo quien vive reconciliado con Dios puede vivir reconciliado también consigo mismo y con los demás. Y para el cristiano el sacramento del perdón “es el camino ordinario para obtener el perdón y la remisión de sus pecados graves cometidos después del Bautismo”.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Ordenación del diácono Óscar Bolumar

S.I. Catedral-Basílica de Segorbe, 19 de marzo de 2010
Solemnidad de San José – Día del Seminario

 (2 Sam 7,4-5a.12-14ª.16; Sal 88; Rom 4,13.16-18.22; Mt 1,16-18-21.24a)

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Hermanas y hermanos, amados todos en el Señor:

En este día de la Solemnidad de San José, en que celebremos el Día del Seminario, tan señalado para las vocaciones sacerdotales, Dios vuelve a mostrarnos su amor con el don de un nuevo diácono. En medio del invierno vocacional que sufrimos, Dios nos muestra su benevolencia y llama a través de la Iglesia a Oscar al orden del diaconado. Con la imposición de las manos y con la oración consagratoria, el Señor le concederá los dones el Espíritu Santo y le consagrará diácono, para que sea en la Iglesia y en el mundo signo e instrumento de Cristo, que no vino “para ser servido sino para servir”.

“Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré su fidelidad por todas las edades” (Sal 88), acabamos de cantar con el salmista. Sí, hermanos: Dios es infinitamente misericordioso y eternamente fiel. Dios no nos abandona nunca: en tiempos de escasez vocacional, Dios sigue llamando a jóvenes generosos al sacerdocio ministerial, Dios continúa enriqueciendo a nuestra Iglesia diocesana de Segorbe-Castellón con sus dones. Por ello, esta celebración es motivo de alegría y de esperanza para todos nosotros, para nuestra Diócesis. Demos gracias a Dios, hermanos; invoquemos su nombre, alegrémonos y proclamemos las maravillas, las misericordias y la fidelidad del Señor.

Así es, querido Oscar; así es, queridos hermanos. Dios mismo, porque te ama y en ti nos quiere amar a todos nosotros, te ha llamado al sacerdocio ordenado. Hoy darás un paso decisivo hacia esta meta tan deseada y anhelada por ti, por tu familia y por todos nosotros. Dios es quien te llama, Dios es quien te enriquece con sus dones: como Abrahán, como José, como María hay que saber acoger la llamada con fe y esperanza, con entrega y generosidad, confiando siempre en Él, especialmente en las pruebas, en la oscuridad y en la dificultad. Dios es eternamente fiel y no abandona nunca a quienes ponen su confianza en Él. Así lo has experimentado tú ya desde tu más tierna infancia, cuando en tu enfermedad sentiste la llamada y te pusiste confiadamente en manos de la Virgen de la Cueva Santa.

La Palabra de Dios que hemos proclamado ilumina de alguna manera el itinerario de tu vocación y deberá iluminar también tu futuro. En el centro de la segunda lectura de hoy está la figura de Abraham, quien un día escuchó la voz de Dios, que le decía: “Sal de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, y ve a la tierra que yo te mostraré” (Gn 12, 1-3). Y San Pablo comenta al respecto: “Al encontrarse con Dios que da vida a los muertos y llama a la existencia lo que no existe, Abrahán creyó. Apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza” (Rom 4, 17-18).

Abrahán, “nuestro Padre en la fe” (Rm 4, 16), escuchó y acogió la llamada de Dios, creyó en él y se fió de él, se puso en sus manos y salió de su tierra y de la casa de su padre; en todo momento confió en la llamada de Dios y en su acción poderosa. Y así esperó en el cumplimiento de la promesa divina, incluso en la prueba, cuando Dios le pidió ofrecer a su unigénito, respecto del cual se le había dicho: Por Isaac tendrás descendencia  (cf. Hb 11, 17-18). Ahí está la cima de la fe de Abrahán. Y por la fe, Abrahán sale victorioso de la prueba, una prueba dura y dramática, que comprometía directamente su fe. Incluso en el instante, en que estaba a punto ofrecer a su hijo, Abrahán no dejó de creer. Su fe, su abandono total en Dios, no le defraudó. Recobró a Isaac, porque creyó en Dios plena e incondicionalmente. La fe tiene la fuerza poderosa para superar las seguridades del presente y afrontar lo imprevisible del futuro.

Grande fue también la fe de San José, su disponibilidad y su acogida de la vocación divina; San José, al ver que María, su esposa, esperaba un hijo antes de vivir juntos, creyó en Dios a través de las palabras del ángel: “José, Hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados. Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor” (Mt 1, 20-21).

Y grande fue la fe, la disponibilidad y la entrega de María a la elección de Dios para ser madre de Dios, hasta exclamar: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38)

Sé muy bien, querido Oscar, que estas palabras de María tienen una resonancia especial en tu corazón. Estas palabras han jugado un papel decisivo en el camino de tu vocación al ministerio ordenado. ¡Que el ejemplo de fe confiada de Abrahán, ‘nuestro Padre en la fe’, que el ejemplo de San José, ‘el servidor fiel y prudente’ y que la total disponibilidad de María, ‘la esclava del Señor’, te guíen en el camino que hoy inicias, hasta hacerte siervo de Dios y de los hombres, a imagen de Jesús, que vino no a ser servido sino a servir! Mantén firme tu fe, tu confianza y tu esperanza en Dios y en sus promesas, de modo especial en las pruebas y en las dificultades. Dios es eternamente fiel. El te bendice hoy con los dones de su Espíritu. Él estará contigo todos los días de tu vida.

En el camino de tu respuesta personal y generosa a la llamada del Señor, no has estado solo. Hoy recordamos con agradecimiento a todos cuantos Dios ha ido poniendo en el camino de tu pequeña historia personal y te han ayudado a escuchar, discernir, acoger y madurar la llamada del Señor, que hoy se hace firme con la llamada de la Iglesia. Esta tarde recordamos especialmente a tus padres y a tu familia, especialmente a tu abuela, a los sacerdotes de tu parroquia, y a los formadores y compañeros del Seminario diocesano por la ayuda humana, intelectual y vocacional que te han brindado en tus años de formación; y finalmente recordamos agradecidos a las parroquias con sus sacerdotes en las que has trabajado pastoralmente, en especial, a la parroquia de Santa Isabel de Villarreal, en que haces ahora tu etapa de pastoral.

De modo especial damos gracias a Dios por tu familia, que, al modo de la familia de Nazaret, el primer Seminario, te han ayudado a crecer “en sabiduría, estatura y en gracia”. En ellos y a través de ellos, además del sentido del trabajo, de la responsabilidad, de la bondad, de la amistad y de la disponibilidad, has aprendido a saborear lo que es el amor incondicional de Dios, a vivir la fe desde el encuentro personal con Jesús y a crecer en la confianza en Dios. Ellos, quizá sin darse cuenta, te han ayudado a escuchar la llamada del Señor al sacerdocio, a salir de tu tierra y de tu familia, a acoger con gratitud, con alegría y con generosidad el don de tu vocación. Sí, hermanos, la familia es y debe seguir siendo la ‘cuna de las vocaciones’. Hoy en el día del Seminario, en este Año especial sacerdotal, en que damos gracias a Dios por los sacerdotes y le pedimos que nos conceda buenos y santos sacerdotes como el Cura de Ars, quiero expresarles mi pública gratitud. Y en ellos lo hago también a todos los padres y familias, que siguen viendo en la vocación al sacerdocio un don hermoso de Dios para sus hijos, para las familias mismas, para nuestra Iglesia y para nuestra sociedad. ¡Quiera el Señor que los padres y las familias no sean nunca un obstáculo para la vocación sacerdotal o religiosa de sus hijos, y que acojan, respeten y promuevan el don de Dios y así la libertad y felicidad de sus hijos!

Hoy, querido hijo, vas a asumir el compromiso del celibato, que habrás de observar durante toda la vida por causa del Reino de los Cielos y para servicio de Dios y de los hombres. A nadie se le oculta la dificultad para entender y vivir el celibato en el actual contexto hedonista y pansensualizado, en el que todo lo que provoca apetencia o placer tiene valor en sí mismo. Frente a quienes afirman, que la mayoría incumplimos esta promesa, podemos y debemos afirmar desde la experiencia, que quien hace de su vida una entrega y servicio generoso a Dios y a los hermanos la puede vivir y hacerlo además con alegría.

El celibato es un don recibido de Dios, antes que un don hecho a Dios; y como don de Dios lo viviremos tanto mejor, cuanto más cerca vivamos a Dios mediante la oración, los sacramentos y la ascesis de vida. Si Dios es amor, cuanto más le amamos, más le pertenecemos y más nos hace propiedad suya. Él en nosotros será quien nos dará la fuerza para vivir el celibato con fidelidad creciente y gozosa. Quien ha sido tocado en el corazón por este carisma está llamado a vivir la humildad, que impide vanagloriarse de la propia continencia por el Reino de Dios; a vivir la libertad interior de una elección más fuerte que las tentaciones por las que se ve acechada, y a vivir la alegría y la belleza de una vocación que simboliza al mundo la luz de la resurrección más que la tristeza de la cruz, y el aspecto del don más que el esfuerzo de la renuncia. El don del celibato lo recibes “para el provecho común” y está para “el servicio de los demás”.

Hoy vas a prometer también obediencia, a mí y a mis sucesores. Esto quizá sea lo más difícil, porque la obediencia exige dar muerte a nuestro ‘ego’. Ahora bien, si la ordenación diaconal te configura con Cristo ‘siervo’, Él es quien tiene que vivir en ti. Con Pablo deberás poder decir: “Vivo yo, pero no soy yo; es Cristo quien vive en mi” (Gal 2, 20), y con María: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38).

Y finalmente te vas a comprometer a la celebración diaria y completa de la Liturgia de las Horas, que es oración de la Iglesia por toda la humanidad. Nunca tomes este compromiso como un peso, sino como un modo estupendo de acercar a Dios a los hombres y los hombres a Dios. En nombre de todos nuestros hermanos, has de dirigirte a Dios para alabarle, suplicarle, pedirle perdón, fuerza, alivio, paz para cuantos carecen de ella.

La ordenación diaconal te capacita y te llama a ejercer la diaconía de la Palabra, de la Eucaristía y de la caridad hacia los pobres y necesitados. El servicio a la Palabra, en la proclamación del Evangelio y en la homilía, debe basarse siempre en su conocimiento experiencial, que se hace vida. Por ello “convierte en fe viva los que lees y lo que has hecho fe viva enséñalo y cumple aquello que has enseñado”, como te diré al entregarte el Evangelio. Sé con tu palabra y con tu vida heraldo del Evangelio, en especial para los niños, adolescentes y jóvenes. Como servidor de la Eucaristía vive con profundo gozo y sentido de adoración el ser el servidor del ‘misterio de la fe’ para alimento de fieles. A ti se te confía, de modo particular, el ministerio de la caridad. La comunión con Cristo en la Eucaristía, de que eres servidor, te ha de llevar necesariamente a la comunión con los hermanos. La atención de las necesidades de los hermanos, de sus penas y sufrimientos serán los signos distintivos de ti como Diácono del Señor. Sé compasivo, solidario, acogedor, benigno con todos ellos.

Tomado de entre los hombres vas a ser consagrado a Dios para el servicio de los hombres. La consagración la recibes de una vez para siempre, pero debes renovarla cada día: serás diácono, servidor de Dios y de los hombres, para siempre. Dada nuestra fragilidad hemos de convertirnos cada día; cada día hemos de renovar el don del Espíritu mediante la entrega, la fidelidad, el amor verdadero en el servicio generoso. A partir de hoy ya no te perteneces a ti mismo: te perteneces al Señor, a su Iglesia y, en ellos, a los demás.

¡Que María, la Virgen de la Cueva Santa, la esclava del Señor, te proteja y te guíe a fin de que el don que hoy recibes permanezca siempre en ti con la frescura de este día. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Ministros de la misericordia de Dios

Queridos diocesanos:

Como el fuego que no puede sino quemar, así Dios no puede dejar de amar, porque “Dios es amor” (1 Jn 4,8). Dios es fiel a su designio eterno, incluso cuando el hombre, en abuso de su libertad, que le fue dada para amar y hacer el bien, en lugar de responder con amor al amor de Dios, se aleja de él y rechaza su amor con su pecado. A pesar de esta prevaricación del hombre, Dios permanece fiel al amor. Dios es compasivo y misericordioso, dispuesto siempre al perdón.

Jesús nos muestra este rostro misericordioso de Dios, dispuesto siempre al perdón. Durante su vida pública encontramos a Jesús perdonando los pecados. Él manifiesta que no son los sanos sino los enfermos los que necesitan el perdón. Él mismo ha venido a buscar a los pecadores. Esta actitud de Cristo despierta la crítica de los fariseos, pero Jesús insiste en perdonar a todos los que se acercan a él y se arrepienten de sus pecados; entrega su vida misma en la Cruz para el perdón de los pecados.

Esta actitud de Cristo queda plasmada en el poder de perdonar los pecados que él mismo confía a los apóstoles: “A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos” (Jn 20,23). En este texto la Iglesia reconoce la institución del Sacramento de la Penitencia.

Para ser perdonados es indispensable querer recibir el perdón de Dios, estar verdaderamente arrepentidos, tener dolor de corazón y confesarse. Hay muchos que ni entienden ni quieren entender la mediación del sacerdote a la hora de pedir perdón a Dios. ¿Por qué no puedo hacerlo a solas con Dios?, se preguntan. En este punto hemos de recordar que la mediación del sacerdote fue deseo expreso de Cristo quien, una vez ascendido al cielo, quiso perpetuar su presencia y su misión en los apóstoles y en sus legítimos sucesores, los Obispos, y en aquellos que participan del ministerio apostólico: los sacerdotes.

Cierto que sólo Dios puede perdonar los pecados. Ahora bien: Jesús, el Hijo de Dios, perdonó los pecados y transmitió esta potestad a personas bien concretas: los apóstoles y sus sucesores. Como los sacramentos son actos de Jesucristo y encuentro con Él, es necesario, por designio de su voluntad, que para la reconci­liación tengamos que contar con alguien que actualice a Jesucristo con su presencia. Y ese son los obispos y los sacerdotes, que actúan en la persona de Cristo y en la persona de la Iglesia.

Por otra parte, el hombre es eminentemente comunicativo, nece­sita contar ese mundo interior que, de no comunicarlo, se convertiría en una metástasis cancerígena que dete­rioraría toda su psicología. Es un hecho comprobado: en la medida en que han descendido los penitentes, han aumentado el número de los psiquiatras, con la diferencia de que el psiquiatra escucha, aconseja, medica … pero nunca perdonará la culpa. A lo sumo podrá ayudar a que desaparezca en el paciente el sentimiento de culpabilidad.

El próximo día 19 de marzo celebramos el Día del Seminario, que este año tiene como lema: “El sacerdote, testigo de la misericordia de Dios”. Oremos para que el Señor nos conceda vocaciones al sacerdocio, ministros de la misericordia de Dios, ministros del Sacramento de la Penitencia.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

El rechazo del amor de Dios

Queridos diocesanos

Por más extendida que esté hoy entre nosotros la perdida de sentido de pecado, hemos de afirmar que el pecado existe. El ‘misterio de iniquidad’, el ‘príncipe de este mundo’, el ‘Maligno’, el ‘padre de la mentira’ y ‘Satanás’ son los nombres que utiliza la Sagrada Escritura para indicar la razón originante del pecado. El ‘Maligno’ nos insta a rechazar el amor de Dios y a profanar el templo de Dios que es todo ser humano; nos incita a querer ser como dioses sin Dios, a vivir según nuestros propios caminos, a vivir con la mente y con el corazón, con nuestras acciones y omisiones, en contradicción con sus mandamientos y con el Evangelio. Basta que recordemos la parábola de la cizaña (Mt 13,24-30).

Hoy tenemos necesidad de volver a escuchar, como dirigida personalmente a cada uno, la advertencia del apóstol: “Sed sobrios y vigilad, que vuestro adversario el Diablo, como león rugiente, anda rondando y busca a quien devorar. Enfrentaos a él con la firmeza de la fe” (1 Pe 5,8-9).

El pecado es primordialmente un rechazo del amor de Dios. Ocurre cuando empujados por el maligno y arrastrados por nuestro orgullo, abusamos de la libertad que nos fue dada para amar y buscar el bien, negándonos a obedecer a Dios. Ocurre cuando en lugar de responder con amor al amor de Dios, nos enfrentamos a Él como a un rival, haciéndonos ilusiones y presumiendo de nuestra propias fuerzas, con la consiguiente ruptura de relaciones con Aquel que nos creó. Ocurre, en definitiva, cuando no cumplimos sus mandamientos, que se resumen en amar a Dios y amar al prójimo. Tanto más y mejor entenderemos que el pecado es un rechazo del amor de Dios cuanto más y mejor comprendamos la grandeza del amor de Dios para con nosotros.

Dios nos ama inmensamente. Desde toda la eternidad ha pensado en nosotros. En un principio no fuimos más que un pensamiento de Dios. Pero ese pensamiento fue amado tanto por Dios que le dio la vida. Cuando Dios ama, lo hace con tal fuerza que da la vida. La explicación de nuestra existencia es el amor que Dios nos tiene. Es el único amor capaz de hacer que lo que todavía no es más que un pensamiento, llegue a existir realmente.

Dios nos creó a su imagen y semejanza: inmortales, llenos de gracias y de dones; y lo hizo para la vida eterna en amistad y comunión con Él. El primer pecado trastorna todos los planes de Dios. Pero Dios no abandona al hombre. Como él, por sus propias fuerzas, no podía reparar el daño, el Hijo de Dios se hace hombre para pagar la deuda contraída por el pecado, para restablecer y ofrecer la amistad con Dios.

El pecado es, por tanto, el desprecio del hombre al amor con que Dios nos creó, con el que nos mantiene en la existencia; y es olvido de la encarnación, de la pasión y muerte de Cristo. El pecado es el “amor de sí hasta el desprecio de Dios”, porque cuando “tratamos de ocultar algo a Dios, lo que hacemos es ocultarle a él de nosotros, no a nosotros de él” (San Agustín).

Hay quienes no comprenden la malicia del pecado porque son incapaces de mirar a Dios. Lo único que hacen es mirarse a sí mismos y actúan, a lo sumo, como si una falta fuese más o menos grave según la impresión que les produce personalmente, olvidando que la ofensa a Dios no depende de lo mucho o lo poco que nos repugne sino de lo mucho o lo poco que nos aparte de Dios, de su vida y de su amor.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón