El testimonio suscita vocaciones

Queridos diocesanos:

En toda la Iglesia católica celebramos el día 25 de abril, IV Domingo de Pascua, domingo del “Buen Pastor”, la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones al sacerdocio ordenado y a la vida consagrada. En sintonía con el Año especial Sacerdotal, que estamos celebrando con motivo del 150° aniversario de la muerte del santo Cura de Ars, el lema de este año es: El testimonio suscita vocaciones.

Es claro que toda vocación es un don de Dios y que, por tanto, la fecundidad de la propuesta vocacional depende en primer lugar de la acción gratuita de Dios. No obstante, la experiencia confirma que la acogida de la propuesta vocacional está favorecida también por la cualidad y la riqueza del testimonio personal y comunitario de cuantos han respondido ya a la llamada del Señor en el ministerio sacerdotal o en la vida consagrada; su testimonio puede suscitar en otros el deseo de corresponder con generosidad a la llamada de Cristo.

Ya los profetas del Antiguo Testamento eran conscientes de estar llamados a dar testimonio con su vida de lo que anunciaban. Jesús mismo, el enviado del Padre (cf. Jn 5, 36), con su vida dará testimonio del amor de Dios hacia todos los hombres e interpelará a otros a su seguimiento. La vocación de Pedro pasa por el testimonio de su hermano Andrés y la de Natanael por el de Felipe. Cuantos acogen la iniciativa libre y gratuita de Dios se sienten llamados a convertirse con su propio testimonio en instrumentos de la llamada divina para otros. Dios se sirve de mediaciones. Esto sucede también hoy en la Iglesia: Dios se sirve del testimonio de los sacerdotes y de los consagrados, fieles a su vocación y misión, para suscitar nuevas vocaciones sacerdotales y religiosas al servicio del Pueblo de Dios.

Hay tres aspectos de la vida de los presbíteros y de las personas consagradas, que son esenciales en este sentido. Son el testimonio de la amistad con Cristo, alimentada en la escucha de la Palabra de Dios y en la oración; el testimonio del don total de si mismo a Dios, que se muestra en la donación plena, fiel y gozosa de sí mimos a los que Dios les confíe en el ministerio pastoral o ponga en su camino para llevarlos al encuentro con Cristo; y el testimonio de vivir la comunión . “De manera especial, -dice Benedicto XVI en su Mensaje- el sacerdote debe ser hombre de comunión, abierto a todos, capaz de caminar unido con toda la grey que la bondad del Señor le ha confiado, ayudando a superar divisiones, a reparar fracturas, a suavizar contrastes e incomprensiones, a perdonar ofensas”. Sacerdotes aislados y tristes, no animarán a adolescentes o jóvenes a seguir su ejemplo; sacerdotes alegres y entregados muestran la belleza de ser sacerdote también para otros.

Se podría decir que las vocaciones sacerdotales nacen del contacto con los sacerdotes, de la propuesta que hagan de palabra y, sobre todo, por el ejemplo de su vida entera. Esto vale también para la vida consagrada. Todo presbítero, todo consagrado y toda consagrada, que viven fieles a su vocación, transmiten la alegría de servir a Cristo, e invitan a otros a seguir ese camino. Para hacer más vigoroso e incisivo el anuncio vocacional, es indispensable el ejemplo de todos los que ya han dicho “sí” a Dios y al proyecto de vida de Dios sobre cada uno.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

¡Gracias, Santo Padre!

Queridos diocesanos:

Desde hace un tiempo están apareciendo en los medios casos de abusos sexuales de menores perpetrados por algunos sacerdotes. Permitidme que mi carta-reflexión de hoy verse sobre esta cuestión delicada, con el propósito de ayudar a su justa valoración

Es innegable que se han dado estos hechos. Para que no quede duda alguna, antes de nada hay que expresar nuestra condena sin reservas de estos gravísimos delitos, que son más graves y execra­bles por haber sido cometidos por personas en las que los fieles y, particularmente, los niños ponen una confianza especial. A la condena de los delitos se une nuestra petición de perdón a las víctimas y de su justa compensación. Asimismo deber ser alejado del ministerio aquel de quien conste que se ha manchado con esta infamia, quien deberá someterse al debido tratamiento médico. Junto al justo proceso canónico, la Iglesia colabora con las autoridades civiles, si se da algún caso.

Un solo caso de abuso por parte de un sacerdote sería inaceptable y sería motivo de profundo dolor por la víctima, por la infidelidad del sacerdote a su ministerio y por el debilitamiento de la misma Iglesia, llamada a ser santa. Sin embargo, en contra de lo que parecería no es la Iglesia católica la institución en la que con más frecuencia se da este tipo de abusos; el porcentaje de casos es tan reducido como para poner bajo sospecha poco menos que a todos los sacerdotes. Aunque esto redimensiona cuantitativamente el fenómeno, no atenúa de ningún modo su condena ni la lucha por extirparlo: el sacerdocio exige que accedan a él sólo personas humana y espiritualmente maduras, y el orden y el ministerio recibidos piden que los sacerdotes vivan con gozo el don hermoso del celibato y con plena fidelidad y gozo su promesa de castidad perfecta por el Reino de los cielos, como ocurre en la inmensa mayoría de los casos.

También hay quien imputa al celibato de los sacerdotes católicos la causa de los comportamientos desviados. No es cierto: está probado que no existe ningún nexo de causalidad entre celibato y abusos sexuales de menores. La estadística muestra que estos abusos son más frecuentes entre laicos y casados que entre el clero célibe; y los datos de las investigaciones muestran que los sacerdotes culpables ya no observaban el celibato.

La Iglesia católica -pese a la imagen deformada con que es presentada- es la institución que ha decidido librar la batalla más clara contra los abusos sexuales de menores, comen­zando desde dentro. Pese a todo y contra toda verdad se ataca con ensañamiento y virulencia despiadados al Papa, Benedicto XVI, tachándole de encubridor y consentidor o de no pedir perdón a las víctimas; y la misma Iglesia es presentada por algunos como un ‘club de pederastas”. Nada más lejos de la realidad.

Ha sido precisamente Benedicto XVI quien ha dado un impulso decisivo a dicha lu­cha, ya como prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe. Como tal favoreció una reforma, también legislativa, más rigurosa en esa ma­teria. Y ahora, como Pastor supremo de la Iglesia, busca la purificación de la Iglesia y siempre ha pedido y pide transparencia, firmeza y severidad en estos casos.

Por todo desde aquí le decimos: Gracias, Santo Padre. Cuente con la plena adhesión de nuestra Iglesia diocesana y con nuestra oración para que Dios que, en su dolor, le conceda paz y firmeza ante tantas difamaciones a que se ve sometido.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Haciendo Iglesia Diocesana

Queridos diocesanos:

Con motivo del 50º Aniversario de la configuración actual de nuestra Diócesis, el próximo día 17 de abril peregrinaremos como Iglesia diocesana a la Basílica de San Pascual Baylón en Vila-real. San Pascual es el patrono de nuestra Diócesis. Ante sus restos, celebrando la Eucaristía, presidida por el Obispo, queremos dar gracias a Dios y, sobre todo, orar para que, siguiendo su ejemplo de profundo amor al sacramento del altar, Dios nos conceda la gracia de progresar en el amor y la unidad para ser una Iglesia viva y evangelizadora.

San Pascual es un santo que se caracteriza por su gran amor a Jesucristo en la Eucaristía. En el Sacramento de la Eucaristía celebramos la presencia eminente de Cristo en la Iglesia. El Hijo eterno de Dios, enviado por el Padre para que vivamos por medio de Él, en la última cena tomó el pan, lo dio a los apóstoles y les dijo: “Tomad y comed esto es mi cuerpo”; y lo mismo hizo con la copa: “Este es el cáliz de mi sangre para el perdón de los pecados”. Y después les dijo: “Haced esto en memoria mía”. En la Eucaristía, Jesucristo se queda con nosotros, está entre nosotros, como amigo y como alimento, como presencia de Dios que llena toda nuestra vida, como fuente inagotable de amor y de unidad, de comunión y de misión.

La Eucaristía expresa y crea unidad. Como el pan eucarístico es fruto de muchos granos de trigo que, molidos, forman una sola cosa; y como el vino es fruto de muchos racimos de uva que, prensados, forman una sola cosa, así los que participamos de la Eucaristía, formamos un solo cuerpo, una sola familia. Siendo muchos somos y debemos ser un solo corazón y una sola alma.

La Eucaristía es signo eficaz de unidad, de un lado, de la Iglesia, cuya unidad se significa y se construye en la Eucaristía; y, por otro lado, de cuantos participamos en ella. Traicionaríamos el sentido más profundo de la Eucaristía si no fuera fuente de unión y de unidad. Eucaristía y división entre personas no es comprensible. Eucaristía y comunidades cerradas se excluyen mutuamente. La Eucaristía nos hace un solo pueblo en el que no cuenta ser hombre o mujer, joven o adulto, rico o pobre. Lo que cuenta son los efectos de la misma: crear una sola familia en la que reina siempre el amor y el perdón, la acogida y la misericordia entrañable.

Nuestra Iglesia Diocesana se nutre de la Palabra de Dios y de los Sacramentos, especialmente de la Eucaristía, que es la fuente y la cima de su vida y de su misión. Y lo es de la Iglesia misma, de toda comunidad eclesial y de todo cristiano. Benedicto XVI nos ha recordado que de la comunión plena con Cristo resucitado, presente en la Eucaristía, brota cada uno de los elementos de la vida de la Iglesia: la comunión entre todos los fieles, el compromiso de anuncio y testimonio del Evangelio, el ardor de la caridad hacia todos, especialmente hacia los pobres y los pequeños.

Conscientes del lugar central de la Eucaristía para la vida y misión de nuestra Iglesia, participemos en esta peregrinación y pidamos a Dios que como San Pascual no nos apartemos de este Sacramento. Cristo se ha quedado en la Eucaristía para que le comamos, para unirse con nosotros, para crear unidad entre nosotros, Iglesia del Señor, y para enviarnos a anunciar y vivir el amor mismo de Dios. Os espero en Vila-real.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Pascua de Resurrección

S.I. Catedral-Basílica de Segorbe, 4 de abril de 2010

(Hch 10, 34a.37-43; Sal 117; Col 3,1-4; Jn 20,1-9)

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Hermanas y hermanos amados en el Señor:

¡Verdaderamente ha resucitado el Señor, Aleluya! Después de escuchar la pasada noche el anuncio pascual, hoy celebramos con toda solemnidad el hecho central de nuestra fe: Cristo Jesús ha resucitado. Tal como proclamamos en el Símbolo de la fe, Jesús, después de su crucifixión, muerte y sepultura, “resucitó al tercer día”. “¿Por qué buscáis entre los muertos, al que está vivo?” (Lc 24, 5), dirá el ángel a las mujeres: una premonición a los escépticos e incrédulos que se afanan en buscar todavía hoy los restos de Jesús.

El evangelio de hoy nos invita a dejarnos penetrar por la luz de la fe ante el hecho del sepulcro vacío de Jesús. Este hecho desconcertó en un primer momento a las mujeres y a los mismos Apóstoles; pero más tarde entendieron su sentido: y aceptaron que la resurrección del Señor es un hecho real; es más: comprendieron su sentido de salvación a la luz de las Escrituras. El cuerpo de Jesús, muerto en la cruz, ya no estaba allí; no porque hubiera sido robado, sino porque había resucitado. Aquel Cristo a quien habían seguido, vive, porque ha resucitado; en Él ha triunfado la vida sobre la muerte, el bien sobre el mal, el amor de Dios sobre el odio del mundo. En Cristo Resucitado se anticipa el “Día del Señor”, en el que los mejores israelitas esperaban la resurrección de los muertos. Cristo es el vencedor del pecado y de la muerte.

No nos encontramos ante una reacción psicológica de María Magdalena y de los Apóstoles, que, por su inten­sidad, aún perdurara en la Iglesia. Verdaderamente Jesús, que había muerto y fue enterrado, vive. No se trata de que su memoria o su espíritu permanezcan entre nosotros, sino de que la tumba está vacía, porque ha resucitado y su carne ha sido glorificada. El que murió bajo Poncio Pilato, éste y no otro, es el Señor resucitado de entre los muertos, Jesús vive ya glorioso y para siempre. Por eso Jesús se aparece a sus discípulos.

¡Cristo ha resucitado! Para aceptarlo es necesaria le fe, es necesario el encuentro personal con el Resucitado, y hay que admitir la posibilidad de la acción omnipotente de Dios y dejarse sorprender por ella. Como en el caso de los discípulos, la Pascua pide de nosotros un acto de fe, basado en el sepulcro vacío y en el testimonio de los Apóstoles. También nosotros podemos encontramos con él, por­que está vivo y sale nuestro encuentro.

La resurrección de Jesús, no tuvo otro testigo que el silencio de la noche pascual. Ninguno de los evangelistas describe el paso de la muerte a la vida de Jesús, sino solamente lo que pasó después. El hecho mismo de la resurrección no fue visto por nadie, ni pudo serlo. La resurrección fue un acontecimiento que sobrepasa las nuestras categorías y las dimensiones del tiempo y del espacio. No se puede constatar por los sentidos de nuestro cuerpo mortal, ya que no fue un simple levantarse de la tumba para seguir viviendo como antes. No. La resurrección es el paso a otra forma de vida, a la Vida gloriosa.

Nuestra fe se basa en el testimonio unánime y veraz de aquellos que lo pudieron ver, que trataron con él, que comieron y bebieron con él en los cuarenta días que permaneció resucitado en la tierra, y que, como Tomás, incluso lo pudieron palpar con su manos. Entre otros tenemos el testimonio de Pedro, que hemos proclamado en la primera lectura: “Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con Él después de su resurrección” (Hech 10,39-41).

La resurrección de Jesús es tan importante que los Apóstoles son, ante todo, testigos de la resurrección. Anuncian que Cristo vive, y este es el núcleo de toda su predicación. A los testigos se les cree, según la confianza que merecen, según el índice de credibilidad que se les reconoce. Los Apóstoles confiesan y proclaman que el Señor ha resucitado y se les manifestado con numerosas pruebas; y no sólo esto: muchos de ellos hombres padecieron persecución y murieron testificando esta verdad. ¿Hay mayor credibilidad para un testigo que está dispuesto a entregar su vida para mantener su testimonio?

¡Cristo ha resucitado! Y lo ha hecho por todos nosotros. El es la primicia y la plenitud de una humanidad renovada. En Cristo todo adquiere un sentido nuevo. En palabras de Benedicto XVI, la creación entera se ha visto sometida a una ‘mutación’ insospechada. Por esto en la Pascua, como nos recuerdan los Padres de la Iglesia, se alegran a la vez el cielo y la tierra; los ángeles, los hombres y la creación entera: porque todo está llamado a ser transfigurado, a ser liberado de la esclavitud del pecado y de la muerte, y a compartir la gloria del Señor Resucitado. Si nuestra fe es sincera, nuestra alegría pascual tiene que ser profunda y contagiosa. Pascua nos pide amar la vida más que a nadie.

La vida gloriosa del Señor Resucitado es como un inagotable tesoro, del que ya participamos por nuestro bautismo, que nos ha insertado en el misterio pascual del Señor; un don que debe ser acogido y vivido personalmente ya desde ahora. Mediante el bautismo, su presencia se ha compenetrado con nuestro ser y nos da la gracia de nuestra futura resurrección. El pasaje de la Carta a los Colosenses nos lo recuerda: “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios…” (Col 3,1).

Al confesar la resurrección del Señor, nuestro corazón se ensan­cha y comprende mejor todo lo que puede esperar. Buscando los bienes de allá arriba, aprendemos a tratar mejor la creación y a poner amor y vida en nuestra relación con los demás. La resurrección del Señor nos coloca ante lo más grande y por eso toda nuestra existencia cobra una nueva densidad. La resurrección del Señor explica toda la transformación personal, social y cultural que sucedió a la predicación del Evangelio.

Jesús está vivo y actúa; pero, además, como dice el Apóstol, nuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Ya no nos amenaza la muerte ni necesitamos buscar falsas seguridades por el temor a morir, porque sabemos que la muerte ya no tiene la última palabra. Al mismo tiempo percibimos que podemos vivir de una manera nueva, porque nuestra existencia no está obligada a vivir bajo las reglas del pecado. Jesús nos ha liberado y, resucitado, camina junto a nosotros haciendo que sea posible vivir de un modo distinto, que como Él pasemos haciendo el bien. Todos los sig­nos de alegría y de fiesta de este Día, en que actúo el Señor, son signo también de la cari­dad que ha de inundar nuestros corazones. Jesús victorioso nos comunica su vida para que podamos seguir su camino. El nos hace posible la entrega generosa y desinteresada, el verdadero amor en el matrimonio y en la familia, la amistad desinteresada y benevolente, el trabajo justo, porque la ley de la muerte ya no es la decisiva.

Hoy resplandece la vida: la del Resucitado y la nues­tra, que se ilumina con su presencia. En la resurrec­ción de Jesús todas las inquietudes del corazón tienen una respuesta. Porque la tumba está vacía el mundo no es absurdo. Ni las injusticias, ni el pecado, ni el mal, ni la muerte, ni la prepotencia de los poderosos de este mundo tendrán la última palabra, porque el Señor ha resucitado. Él está vivo y podemos encontrar­nos con Él. Ahí está todo el sentido de nuestra vida y la posibilidad de llevarla a su plenitud en el amor. Ale­grémonos en este día que disipa todas las tinieblas y dudas, y hace crecer en nosotros la esperanza.

Los Apóstoles fueron, ante todo, testigos de la resurrección del Señor Jesús. Aquel mismo testimonio, que, como un fuego, ha ido dando calor a las almas de los creyentes, llega hoy hasta nosotros. Acojamos y transmitamos este mensaje a las nuevas generaciones. Sean cuales sean las dificultades, éste es nuestro deber más sagrado: transmitir de palabra y por el testimonio de las buenas obras esta Buena Noticia de Dios para humanidad: En Cristo, la Vida ha vencido a la muerte, el bien al pecado, el amor al egoísmo, la luz a la oscuridad, el sentido de la historia y del cosmos al sinsentido del nihilismo, la esperanza a toda desesperanza.

Celebremos, hermanos, a Cristo resucitado. Celebremos la Pascua y reavivemos nuestro propio Bautismo; por él hemos sido transformados en nuevas Criaturas. Nuestra alegría será verdadera si nos encontramos en verdad con el Resucitado en lo más profundo de nuestra persona, en ese reducto que nadie ni nada puede llenar; si nos dejamos llenar de su vida y amor:  esa vida y ese amor de Dios que generan vida y amor entre los hombres. El  encuentro personal con el Resucitado teñirá toda nuestra vida, nuestra relación con los demás y con toda la creación.

Ofrezcamos a todos la alegría de nuestro encuentro con el Resucitado con la misma sencillez y convicción que los primeros discípulos. Proclamemos a Cristo resucitado e invitemos a la Pascua de la Resurrección a todos los hombres y mujeres que están en la lucha y en los afanes de la vida. Proclamemos y vivamos la Vida nueva del Resucitado allá donde los hombres y mujeres son heridos mortalmente en su intimidad, en su dignidad, en su vida y en su verdad.

La Pascua nos llama a ser promotores de la Vida y de la Paz, del Amor y de la Verdad.  ¡Feliz Pascua a todos! ¡Cristo nuestra Pascua ha resucitado¡ ¡Aleluya!

 

+ Casimiro Lopez Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

¡Cristo vive! ¡Ha resucitado!

Queridos Diocesanos:

“Este es el Día en que actuó el Señor”. Así canta gozosa la Iglesia en la Pascua de Resurrección. Es un día de triunfo y de gloria, el Día que hizo el Señor, el Día por antonomasia de los cristianos, “la fiesta de las fiestas”, porque el Señor ha resucitado.

¡Cristo vive! Esta es la gran verdad que llena de contenido nuestra fe. Jesús, que murió en la cruz, ha resucitado. Ha triunfado de la muerte, del poder de las tinieblas, del dolor y de la angustia. Jesús no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos. No: Cristo vive. Jesús es el Emmanuel; Dios con nosotros. Su Resurrección nos revela que Dios no abandona a los suyos.

La Resurrección gloriosa del Señor es la clave para interpretar toda su vida, y el fundamento de nuestra fe. Sin esa victoria sobre la muerte, dice San Pablo, toda predicación sería inútil, y nuestra fe estaría vacía de contenido. La Resurrección de Cristo es tan importante que los Apóstoles son, ante todo, testigos de la Resurrección. Anuncian que Cristo vive, y este es el núcleo de toda su predicación. Esto es lo que, después de veinte siglos, nosotros anunciamos al mundo: ¡Cristo vive!

Después de resucitar por su propia virtud, Jesús glorioso fue visto por los discípulos, que pudieron cerciorarse de que era Él mismo: pudieron hablar con Él, le vieron comer, comprobaron las heridas de los clavos y de la lanza.  Los Apóstoles declaran que se manifestó con numerosas pruebas, y muchos de estos hombres murieron testificando esta verdad. La Resurrección de Jesús, no tuvo otro testigo que el silencio de la noche pascual. Ninguno de los evangelistas describe la Resurrección misma, sino solamente lo que pasó después. El hecho de la Resurrección misma no fue visto por nadie, ni pudo serlo. La Resurrección fue un acontecimiento que sobrepasa las dimensiones del tiempo y del espacio.  No se puede constatar por los sentidos de nuestro cuerpo mortal, ya que no fue un simple levantarse de la tumba para seguir viviendo como antes. La Resurrección es el paso a otra forma de vida, a la Vida gloriosa.

Jesús, al resucitar de entre los muertos, no ascendió inmediatamente al cielo. Si lo hubiera hecho, los escépticos que no creían en la Resurrección, hubieran resultado más difíciles de convencer. El Señor decidió permanecer cuarenta días en la tierra. Durante este tiempo se apareció a María Magdalena, a los discípulos camino de Emaús y, varias veces, a sus Apóstoles. El Señor ha resucitado de entre los muertos, como lo había dicho.

Con la Muerte y la Resurrección del Señor hemos sido rescatados del pecado, del poder del demonio y de la muerte eterna. La alegría profunda de este día tiene su origen en Cristo, en el amor que Dios nos tiene y en nuestra correspondencia con ese amor. Se cumple aquella promesa del Señor: Yo les daré una alegría que nadie les podrá quitar. La única condición que nos pone es no separarnos nunca del Padre, no dejar nunca que las cosas nos separen de Él;  experimentar en todo momento que somos hijos suyos.

Feliz Pascua de Resurrección.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Vigilia Pascual

I. Catedral-Basílica de Segorbe, 3 de abril de 2010

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¡Cristo ha resucitado, Aleluya! Esta es, hermanas y hermanos amados, la gran noticia de esta Noche Santa: Cristo ha resucitado. Este es el mensaje pascual que despierta en todos nosotros la alegría y nos alienta en la esperanza. Nuestra fe y nuestra caridad se avivan de nuevo en lo más profundo de nuestro corazón. Hemos velado en oración, hemos contemplado, al paso de las lecturas, las acciones admirables de Dios con su Pueblo y con toda la humanidad. Y finalmente con un gozo sin igual hemos escuchado el mensaje del cielo: “¿Porqué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí. Ha resucitado” (Lc 24, 5)

Esta es la noche de la Luz Santa. La claridad del Cirio Pascual, la Luz de Cristo, Rey eterno, irradia sobre la faz de la tierra y disipa las tinieblas de la noche, del pecado y de la muerte. Cantemos, hermanos, a la Luz recién nacida en medio de las tinieblas de la noche. Esta es “la noche clara como el día, la noche iluminada por el gozo de Dios”. En esta noche, la Luz de Cristo resucitado, ilumina la temerosa oscuridad del pecado y de la muerte, e inaugura una esperanza nueva e insospechada en la rutina de la naturaleza, de nuestra historia y de la humanidad.

Esta es la noche de la Historia Santa. En esta noche la Iglesia contempla y proclama la gran trayectoria de la Historia santa de Dios y su voluntad de salvación universal, la liberación de la esclavitud del pecado y de la muerte. Es la historia del amor de Dios con el ser humano: una historia nacida del corazón del Padre, iniciada con el Pueblo de Israel y destinada a toda la humanidad: una historia que hoy llega a su término en Cristo Jesús. “Esta es la noche, en que rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo”. “Esta es la noche en que los que confiesan a Cristo son arrancados de los vicios del mundo y de la oscuridad del pecado, y son restituidos a la gracia y agregados a los santos”. Cantemos con las palabras del Pregón pascual: “¡Feliz la culpa que mereció tal redentor!”.

Al dar la gozosa noticia de la resurrección de Jesús, aquellos dos hombres con vestidos refulgentes dijeron a las mujeres: “Acordaos de lo que os dijo, estando todavía en Galilea: El Hijo del hombre tiene que ser entregado en manos de los pecadores, ser crucificado y al tercer día resucitar. Ellas recordaron sus palabras, volvieron del sepulcro y anunciaron todo esto a los Once y a los demás” (Lc 24, 6-9).

También los Once eran ‘torpes para entender las Escrituras’. También ellos se resistían a aceptar las palabras del Maestro, cuando les anunció su pasión, su cruz y su resurrección. Y se quedaron dormidos en el huerto, mientras Jesús oraba. Antes que todos ellos, durante los siglos, los hombres, esclavos del pecado, dormían un sueño de muerte. El mismo Israel, el pueblo de la Alianza y de las predilecciones, había olvidado las maravillas de Dios para con su Pueblo, y, terco en su infidelidad, había vuelto las espalda a su Dios.

Pero el Amor de Dios velaba sobre la creación entera. En su eterno designio, Dios preparaba la redención del mundo. Ya “nos bendecía con toda suerte de bendiciones espirituales en Cristo. Nos había elegido antes de la creación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el Amor” (Ef 1,3-5).

San Pablo, a propósito del ejercicio de la vida cristiana, nos ha conservado unas palabras de un antiguo himno cristiano. Es una exhortación a todos nosotros: “¡Despierta tú que duermes y levántate de entre los muertos, y te iluminará Cristo” (Ef 5,14).

Por la misericordia de Dios, todos nosotros hemos recibido en nuestro bautismo la acción de su gracia y de su luz, que son verdad y vida, como también el pequeño Ángel hoy la va recibir. Y, sin embargo, no es vana la invitación que nos hace Pablo. Quizá estábamos dormidos; acaso marchábamos soñolientos y olvidados del Señor como los discípulos. ¿No es verdad que, con frecuencia, dormimos en vez de esforzarnos por acoger y vivir la nueva vida que Dios nos ha infundido en nuestro bautismo? ¿Acaso nuestra fe débil no necesita ser espoleada? A veces caminamos perezosos y tristes en el seguimiento de Cristo, con frecuencia le damos la espalda como si Cristo no hubiera resucitado ya en nosotros: nos olvidamos del Señor, de su gracia, de su Evangelio y de su camino.

La Vigilia pascual nos recuerda que, por la gracia de nuestro bautismo, todos los bautizados hemos sido incorporados a la muerte de Cristo y participamos ya vitalmente de esa misma nueva vida de Cristo resucitado. Así lo acabamos de proclamar en la epístola de San Pablo a los Romanos: “Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con El en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Porque si nuestra existencia está unida a Él en una muerte semejante a la suya, lo estará también en una resurrección como la suya” (Rom 6, 3-4).

Por ello, ¿qué mejor ocasión que la Vigilia pascual para ser incorporados al misterio pascual de Cristo y para hacer memoria de nuestra incorporación a él por el Bautismo? Esta noche tenemos la dicha de celebrar el bautismo de este niño, de recordar nuestro propio bautismo y de renovar con corazón agradecido las promesas bautismales. Y lo haréis con una fuerza y gozo renovados, vosotros, los miembros de la comunidad segunda de Sto. Tomás de Villanueva de Castellón y de la comunidad tercera de Ntra. Señora de la Merced de Burriana, que tras largos años de recorrido, habéis concluido el Camino Neocatecumenal.

La mejor explicación que se puede dar de todo bautismo y del bautismo que este niño va a recibir, son las palabras de San Pablo. El nos enseña que ser bautizados significa pasar con Cristo de la muerte del pecado a la vida en Dios. Como este niño en esta noche Santa, como nosotros un día, por el bautismo renacemos a la nueva vida de la familia de Dios: lavados de todo vínculo de pecado, signo y causa de muerte y de alejamiento de Dios, Dios Padre nos acoge amorosamente como a sus hijos en el Hijo y nos inserta en la nueva vida resucitada de Jesús.

Como nosotros un día, así también, vuestro hijo, queridos Josune y Jorge, quedará esta noche vitalmente y para siempre unido al Padre Dios en su Hijo Jesús por el don del Espíritu Santo en el seno de la familia de Dios. A partir de hoy será hijo de Dios en el Hijo, y, a la vez, hermano de cuantos formamos la familia de Dios, es decir, la Iglesia.

Como al resto de los bautizados, esta familia, en que hoy queda insertado, no lo abandonará nunca ni en la vida ni en la muerte, porque esta familia es la familia de Dios, que lleva en sí la promesa de eternidad. Esta familia no lo abandonará incluso en los días de sufrimiento, en las noches oscuras de su vida. Esta familia le brindará siempre consuelo, fortaleza y luz; le dará palabras de vida eterna, palabras de luz que responden a los grandes desafíos de la vida e indican el camino exacto a seguir hasta la casa del Padre.

Vuestro hijo recibe hoy una nueva vida: es la vida eterna, germen de felicidad plena y eterna, porque es comunión con Aquel que ha vencido la muerte y tiene en sus manos las llaves de la vida. La comunión con Cristo es vida y amor eternos, más allá de la muerte, y, por ello, es motivo de esperanza. Esta vida nueva y eterna, que hoy recibe vuestro hijo y que hemos recibido todos los bautizados, es un don que ha de ser acogido, vivido y testimoniado personalmente. Los padres y padrinos, haciendo las promesas bautismales diréis, en su nombre, un triple ‘no’: a Satanás, el padre y príncipe del pecado, a sus obras que es el pecado, y a sus seducciones al mal, para vivir en la libertad de los hijos de Dios; es decir, en su nombre renunciaréis y diréis ‘no’ a lo que no es compatible con esta amistad que Cristo le da y ofrece, a lo que no es compatible con la vida verdadera en Cristo. Pero, ante todo, en la profesión de fe, diréis un ‘sí’ a la amistad con Cristo Jesús, muerto y resucitado, que se articula en tres adhesiones: un ‘sí’ al Dios vivo, es decir a Dios creador, que sostiene todo y da sentido al universo y a nuestra vida; un ‘sí’ a Cristo, el Hijo de Dios que nos da la vida y nos muestra el camino de la vida; y un ‘sí’ a la comunión de la Iglesia, en la que Cristo es el Dios vivo, que entra en nuestro tiempo y en nuestra vida.

¡Que el amor por vuestro hijo, que mostráis al presentarlo para que reciba el don del bautismo, permanezca en vosotros a lo largo de los días! ¡Enseñadle y ayudadle con vuestra palabra y, sobre todo, con vuestro testimonio de vida a vivir y proclamar la nueva vida que hoy recibe! ¡Enseñadle y ayudadle a conocer, amar, imitar y vivir a Cristo Jesús! ¡Enseñadle y ayudadle a vivir en la comunión de la familia de Dios, como hijo de la Iglesia, a la que hoy queda incorporado, para que participe de su vida y su misión!

También nosotros, los ya bautizados, recordamos hoy el don de nuestro propio bautismo renovando las promesas bautismales, por las que decimos ‘no’ a Satanás, a sus obras y seducciones para vivir la libertad de los hijos de Dios, y haciendo la profesión de fe en Dios Padre, creador de todo, en Cristo Jesús, muerto y resucitado para la vida del mundo, y en el espíritu Santo que nos une y mantiene en la comunión de la Iglesia. Es una nueva oportunidad para dejar que se reavive en nosotros la nueva vida del bautismo. San Pablo nos exhorta a que “andemos en una vida nueva”. Si hemos muerto con Cristo, ya no podemos pecar más. ¡Vivamos la nueva vida: la vida de hijos de Dios en el seguimiento del Hijo por la fuerza del Espíritu Santo en el seno de la Iglesia!.

El Espíritu Santo es el que clama en nuestro corazón y nos mueve a dirigirnos a Dios para decirle: “!Abba¡ ¡Padre¡”. Porque somos en realidad hijos adoptivos de Dios en Cristo Jesús, “muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación” (Rom 4,25). Con espíritu filial, dispongámonos, hermanos, ahora a celebrar el bautismo de este niño. Movidos por este mismo espíritu filial renovemos nuestras promesas bautismales y participemos luego en la mesa eucarística. Hacedlo vosotros, queridos hermanos y hermanas, que concluís el Camino Neocatumenal y os habéis preparado de modo especial para renovarlas solemnemente en esta S.I. Catedral-Basílica ante mi, sucesor de los Apóstoles. Vuestras túnicas blancas de lino son signo de vuestra nueva vida bautismal que os acompañarán también en el tránsito hacia la casa del Padre. En vuestros escrutinios habéis visto de dónde procedías: de un mundo de destrucción, alejados del amor de Cristo por el pecado; pero también habéis experimentado el amor de Dios en Cristo, que os ha re-creado haciendo de vuestra propia historia una historia de salvación.

Renovados así en el amor de Jesucristo podremos segur todos nuestro camino en el mundo bajo la mirada del Padre y con la fuerza del Espíritu. Fortalecidos así en la fe y vida cristianas estaremos prontos para dar razón de nuestra esperanza y a llevar a nuestros hermanos el mensaje de la resurrección. “!El no está aquí. Ha resucitado. Aleluya!”. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Celebración Litúrgica del Viernes Santo

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 2 de abril de 2010

(Is 52,13 – 53,12; Sal 30; Hb 4,14-16; 5,7-9; Jn 18,1 – 19,42)

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“Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, que por tu santa Cruz redimiste al mundo”. Esta invocación expresa el sentido del Viernes Santo, el misterio de nuestra salvación. En la Cruz, Cristo Jesús nos ha arrancado del poder del pecado y de la muerte; con su Cruz nos ha redimido y nos ha abierto de nuevo las puertas de la dicha eterna. Al conmemorar hoy la pasión y muerte de Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, contemplamos con fe el misterio de la pasión y muerte en cruz del Hijo de Dios: la Cruz es misterio de redención y salvación, misterio de amor. Contemplamos a Dios que ha entregado a su Hijo, su único Hijo, por la salvación del mundo: “Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna” (Jn 3,16). Contemplemos a Cristo, el Hijo de Dios, que, obediente a la voluntad amorosa del Padre, entrega su vida por amor hasta la muerte, y una muerte en cruz.

El Poema del Siervo doliente de Isaías nos ha ayudado a revivir los momentos de la pasión de Cristo en su vía dolorosa hasta la Cruz. Hemos contemplado de nuevo el ‘rostro doliente’ del Señor: El es el ‘siervo paciente’, el ‘varón de dolores’, humillado y ultrajado por su pueblo. El mismo Dios, que asumió el rostro de hombre, se muestra ahora cargado de dolor. No es un héroe glorioso, sino el siervo desfigurado. No parece un Dios, ni siquiera un hombre, sin belleza, sin aspecto humano. Es despreciado, insultado y condenado injustamente por lo hombres. Como un cordero llevado al matadero, no responde a los insultos y a las torturas. No abre la boca sino para orar y perdonar. Todos se mofan de él y lo insultan; y Él no deja de mirarlos con amor y compasión.

Lo que más impresiona es la profundidad del sacrificio de Cristo. Él, aunque inocente y libre de todo pecado, carga voluntariamente con los sufrimientos de todos los hombres, porque se carga con los pecados de todos. “El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por la multitud” (Mc 10,45). En la Cruz, Cristo sufre y muere no por otra razón sino “por nuestros pecados” (1Co 15,3) y “por nosotros”: a causa de nosotros, en favor y en lugar de nosotros. El carga con el dolor provocado por nuestros pecados, por la tragedia de nuestros egoísmos, mentiras, envidias, traiciones y maldades, que se echaron sobre él, para condenarlo a una muerte injusta. El carga hasta el final con el pecado humano y se hace cargo de todo sufrimiento e injusticia humana.

El pecado no es sino el rechazo del amor de Dios. Todo el pecado del hombre en su extensión y profundidad es la verdadera causa del sufrimiento del Redentor. Su mayor dolor es sentirse abandonado por Dios; es decir, sufrir la experiencia espantosa de soledad que sigue al pecado. En sus últimos momentos grita: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27, 46). Si el sufrimiento ‘es medido’ con el mal sufrido, entonces podemos entrever la medida de este mal y de este sufrimiento, con el que Cristo se cargó. Ahora bien: el sufrimiento de Jesús, el Hijo de Dios, es ‘sustitutivo’; pero es, sobre todo, redentor. El Varón de dolores es verdaderamente el ‘cordero de Dios, que quita el pecado del mundo’. Su sufrimiento borra los pecados porque únicamente Él, como Hijo unigénito de Dios, pudo cargarlos sobre sí, asumirlos con aquel amor hacia el Padre que supera el mal de todo pecado. A la experiencia de abandono doloroso, él responde con su ofrenda: “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46). La experiencia de abandono se convierte en oblación amorosa y confiada al Padre por amor del mundo. Entregando, en obediencia de amor, el espíritu al Padre (cf. Jn 1.9,30), el Crucificado restablece la comunión de amor con Dios y entra en la solidaridad con los sin Dios, es decir, con todos aquellos que por su culpa padecen el exilio de la patria del amor. El aniquila el mal en el ámbito espiritual de las relaciones entre Dios y la humanidad, y llena este espacio con el bien.

En la oscuridad de la Cruz rompe así la luz de la esperanza. “Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho” (Is 52, 13) El Siervo de Yahvé, aceptando su papel de víctima expiatoria y redentora, trae la paz, la salvación y la justificación de muchos. En la Cruz, “Dios estaba reconciliando consigo al mundo” (2 Cor 5, 19). La Cruz manifiesta la grandeza del amor de Dios, que libra del pecado y de la muerte. Desde la Cruz, el Hijo de Dios muestra la grandeza del corazón de Dios, y su generosa misericordia; y exclama: “!Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!” (Lc 23, 34). En la Cruz se encuentran la miseria del hombre y la misericordia de Dios.

La Cruz muestra el verdadero rostro de Dios, su dolor activo, libremente elegido, perfecto con la perfección del amor: “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). En Cristo, Dios no está fuera del sufrimiento del mundo: Él lo asume y lo redime viviéndolo como don y ofrenda de los que brota la vida nueva para el mundo. Desde el Viernes Santo sabemos que la historia de los sufrimientos humanos es también historia del Dios con nosotros: El está presente en la misma para sufrir con el hombre y para contagiarle el valor inmenso del sufrimiento ofrecido por amor. La “patria” del Amor ha entrado en el “exilio” del pecado, del dolor y de la muerte para hacerlo suyo y reconciliar la historia con él: Dios ha hecho suya la muerte para que el mundo hiciese suya la vida. En la Cruz, el Hijo de Dios se entrega a la muerte para darnos la vida.

Apenas el hombre, en Cristo Jesús, dio su respuesta al amor de Dios, este amor eterno invadió al mundo con toda su fuerza para salvarlo. “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mi” (Jn 12 32). La Cruz es el “árbol de la vida” para el mundo: en ella se puede descubrir el sentido último y pleno de cada existencia y de toda la historia humana: el amor de Dios. En Viernes Santo, Jesús convierte la cruz en instrumento de bendición y salvación universal. Al hombre atormentado por la duda y el pecado, la cruz le revela que “Dios amó tanto al  mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16). En una palabra, la cruz es el símbolo supremo del amor.

Contemplemos y adoremos con fe la Cruz de Cristo. Miremos al que atravesaron, y al que atravesamos. Miremos a Cristo: contemplemos su sufrimiento causado por el pecado, por la crueldad y la injusticia de los hombres. Contemplemos en la Cruz a lo que hoy están crucificados, a todas la victimas de la maldad humana, a los que sufren y tienen cargar con su cruz. Miremos el pecado del mundo, reconozcamos nuestros propios pecados, con los que Cristo hoy tiene que cargar.

Contemplemos y adoremos la Cruz: Es la manifestación de la gloria de Dios, la expresión del amor más grande, que da la vida para librarnos de muerte. Unámonos a Cristo en su Cruz para dar la vida por amor. Si abrimos nuestro corazón a la Cruz, sinceramente convertidos, el amor de Dios nos alcanzará. Y el Espíritu de Dios derramará en nosotros el amor de Dios.

Al pie de la cruz, la Virgen María, unida a su Hijo, pudo compartir de modo singular la profundidad de dolor y de amor de su sacrificio. Nadie mejor que ella nos puede enseñar a amar la Cruz. La Cruz gloriosa de Cristo sea, para todos, prenda de esperanza, de amor y de paz. “Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, que por tu santa Cruz redimiste al mundo”. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

 

Jueves Santo, Misa en la Cena del Señor

S.I.Catedral-Basílica de Segorbe, 1 de abril de 2010

(Ex 12,1-8.11-14; Sal 115; 1 Co 11,3-26; Jn 13,1-15)

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¡Amados todos en el Señor!

Con esta Eucaristía ‘en la Cena del Señor’ comenzamos el Triduo Pascual, el centro del año litúrgico. Jueves, Viernes y Sábado Santo son los tres días santos, en que conmemoramos los acontecimientos centrales de nuestra fe cristiana y de la historia de la humanidad. Tres días, en que celebramos el misterio pascual del Señor: su pasión, muerte y resurrección, fuente de Vida para el mundo y fuente inagotable del Amor para la humanidad.

En la tarde de Jueves Santo traemos a nuestra memoria y corazón, las palabras y los gestos de Jesús en la Ultima Cena. Como asamblea reunida por el Señor celebramos el solemne Memorial de la Última Cena.

Recordemos: En la tarde de aquel primer Jueves Santo, Jesús y los suyos –sus amigos, su familia- se han reunido para celebrar la Pascua en una casa de Jerusalén, en el Cenáculo. “Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer”  (Lc 22, 15), les dice Jesús, indicando también el significado profético de aquella cena pascual.

La Pascua de Jesús se inscribe en el contexto de la Pascua de la antigua Alianza. Así nos lo ha recordado la primera lectura, tomada del libro del Éxodo. Al celebrar la Pascua, los israelitas conmemoraban la cena que celebraron sus antepasados al salir de Egipto, cuando Dios los liberó de la esclavitud del Faraón. Siguiendo las prescripciones del texto sagrado habían de untar con la sangre del cordero las dos jambas y el dintel de las casas. Y añadía cómo había que comer el cordero: “la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano; … a toda prisa, porque es la Pascua, el Paso del Señor. Yo pasaré esa noche por  la  tierra de Egipto y heriré a todos  los primogénitos. (…) La sangre será vuestra señal en las casas donde habitáis. Cuando yo vea la sangre, pasaré de largo ante vosotros, y no habrá entre vosotros plaga exterminadora” (Ex 12, 11-13).

Por la señal de la sangre del cordero, los hijos de Israel obtienen la protección divina y la liberación de la esclavitud de Egipto, bajo la guía de Moisés. El recuerdo de un acontecimiento tan grande se convirtió en la fiesta de acción de gracias a Dios por la libertad recuperada: era un don maravilloso de Dios, que el pueblo ha de recordar con gratitud para siempre. “Este será un día memorable para vosotros, y lo celebraréis como fiesta en honor del Señor” (Ex 12, 14). ¡Es la Pascua, el paso del Señor! Es la Pascua de la antigua Alianza.

En el Cenáculo, Jesús celebra también la cena pascual con los Apóstoles, pero le da un significado y un contenido totalmente nuevo. Lo hemos escuchado en la segunda lectura, tomada de la primera carta a los Corintios. San Pablo nos transmite ‘una tradición que procede del Señor’, según la cual Jesús, “la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: ‘Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía’. Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: ‘Este cáliz es la nueva Alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que bebáis, en memoria mía’” (1 Co 11, 23-26).

En la última Cena de Jesús con sus Apóstoles sólo hay pan y vino, no hay cordero pascual: porque Jesús mismo es el cordero. Jesús tampoco mira hacia el pasado para dar gracias por la liberación de la esclavitud de Egipto, sino que mira al futuro y anticipa los acontecimientos del día siguiente, cuando su cuerpo, cuerpo inmaculado del Cordero de Dios, será inmolado, y su sangre será derramada para la redención del mundo. Él es el Cordero pascual, el cuerpo inmolado y la sangre derramada, simbolizados en el pan y en el vino, que realizan la liberación más radical de la humanidad: la liberación del pecado y de la muerte. Así se establece la Alianza Nueva y definitiva de Dios con los hombres. ¡Es la Pascua de Cristo, la Pascua de la nueva Alianza!

“Haced esto en memoria mía”, les manda Jesús a sus Apóstoles. Con estas solemnes palabras, Jesús instituye aquella noche los sacramentos de la Eucaristía y del Orden sacerdotal. En la Cena de aquel atardecer, Jesús nos dejó la Eucaristía como don del amor y fuente inagotable de amor; el sacramento que perpetúa por todos los siglos la ofrenda libre, total y amorosa Cristo en la Cruz para la vida del mundo. En la Eucaristía, los creyentes recibimos el efecto salvador de la Cruz y el alimento para el camino; el alimento que da firmeza a nuestra fe, a nuestra a esperanza y fuerza a nuestro amor. En la comunión eucarística, Cristo mismo se une a cada uno de nosotros, creando comunión fraterna entre nosotros y nos hace germen de unidad de todos los pueblos. Al encargar a sus Apóstoles ‘hacerlo en memoria suya’, Jesús les hace partícipes de su mismo sacerdocio, el sacerdocio de la Alianza nueva y eterna, en virtud de la cual Éll, y sólo Él, es siempre y por doquier artífice y ministro de la Eucaristía. Los Apóstoles, sus sucesores y los presbíteros, a su vez, se convierten en ministros de este excelso misterio de la fe, destinado a perpetuarse hasta el fin del mundo.

En este Año especial Sacerdotal, que estamos celebrando, demos gracias a Dios por el don del ministerio ordenado y por cada uno de nuestros sacerdotes, ministros de la Eucaristía. Oremos por ellos para que sean santos. Oremos por todos ellos, para que se mantengan firmes y fieles al don que han recibido de Cristo ante la sospecha injustificada a la que se quiere someter a todos por los pecados, abusos y delitos de unos pocos. Hemos de condenar con fuerza y hemos de perseguir con firmeza estos abusos;  pedimos y hemos de pedir perdón a las víctimas de abusos y resarcirles en sus daños;. Pero con la misma firmeza y fuerza debemos todos defender a la gran mayoría de los sacerdotes, que viven con fidelidad y entrega su ministerio. Esta tarde mostramos como Iglesia diocesana también nuestro afecto y nuestra plena adhesión al Santo Padre, Benedicto XVI; y pedimos especialmente por él para que el Señor le conceda paz y energía ante tantas calumnias y difamaciones a que se ve sometido, él, que siempre ha pedido transparencia y ha mostrado firmeza y severidad en estos casos. No nos dejemos confundir: hay intentos claros de minar su autoridad y de debilitar a la Iglesia y la fuerza salvadora del Evangelio de Jesucristo.

“Cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva” (1 Co 11, 26). Con estas palabras, el apóstol Pablo nos exhorta a participar en la Eucaristía; pero al mismo tiempo a llevar una existencia eucarística, a ser en nuestra vida diaria testigos y heraldos del amor del Crucificado, en espera de su vuelta gloriosa. Por ello, unido indisolublemente al don de la Eucaristía, fuente inagotable del amor, Cristo nos ha dado su nuevo mandato. “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 13,34). Eucaristía, comunión con Cristo y con los hermanos, y existencia cristiana basada en el amor son inseparables. Desde aquella Cena, Jesús nos enseña que participar de su amor y que amar es darse, entregarse y gastarse como Él. El amor alcanza su cima en el don que la persona hace de sí misma, sin reservas, a Dios y al prójimo.

Y, para decir cómo ha de ser el amor de sus discípulos, Jesús, antes de instituir el sacramento de su Cuerpo y su Sangre, les sorprende ciñéndose una toalla para lavarles los pies. Era la tarea reservada a los siervos. Al lavarles los pies, el Maestro les muestra que sus discípulos han de amar sirviendo. “Vosotros me llamáis ‘el Maestro’ y ‘el Señor’; y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn 13,12-14). Sólo es verdadero discípulo de Jesús, quien se deja lavar los pies en el sacramento de la Penitencia, quien sabe perdonar como él ha sido perdonado, quien participa del amor de Cristo en la Eucaristía, quien lo imita en su vida y, como Él, se hace solícito en el servicio a los demás. Porque, en el amor, en el perdón, en el servicio, en la solicitud por las necesidades del prójimo está la esencia del vivir cristiano.

Estas palabras valen de un modo especial para el sacerdocio ministerial. Los sacerdotes son servidores de Cristo y del pueblo santo de Dios. El ministerio sacerdotal implica una actitud de disponibilidad humilde. Los sacerdotes debemos ser los primeros testigos de Jesús, el Siervo de Dios.

Es Jueves Santo: el Día del Amor fraterno. Para amar y servir no tendremos que ir muy lejos. El prójimo está a nuestro lado: en nuestra propia familia, entre nuestros vecinos, en el lugar de trabajo, en el pobre, enfermo o necesitado, en el parado, en el drogadicto, en el forastero o en el inmigrante. Para amar hemos de salir de nosotros mismos y dejar la comodidad, el egoísmo, la insensibilidad o los prejuicios. Si lo hacemos, seremos discípulos de Cristo, imitaremos al mismo Dios que por amor supo salir de sí mismo para acercarse a nosotros, entregarse por nosotros y permanecer con nosotros.

En la Eucaristía, la Cena que recrea y enamora, encontramos, hermanos, el alimento y la fuerza para salir a los caminos de la vida. Participemos en esta Eucaristía y seamos testigos del amor, signo de unidad y fermento de fraternidad.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellóm