Morada de Dios entre los hombres

Queridos diocesanos:

En el marco del 50º Aniversario de la configuración actual de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón, este domingo celebramos la elevación de la Iglesia de Santa María de Castellón al rango de Concatedral de la Diócesis. Ocurrió mediante Bula del Papa Juan XXIII de 31 de mayo de 1960. Como el mismo Papa dice: “Conservada además la dignidad de la Catedral de Segorbe, elevamos al grado de Concatedral el templo consagrado a Dios en honor de la Santísima Virgen María que está en la ciudad de Castellón, con todos los derechos y honores, cargas y obligaciones que son propias de estas Iglesias”.

A la Iglesia de Santa María se le llama Concatedral porque comparte el rango de catedral y la sede episcopal con la Catedral de Segorbe. La Catedral es el templo donde tiene su sede o cátedra el Obispo; de ahí le viene el nombre de Catedral. Desde la sede o cátedra episcopal, el obispo preside y guía a su grey, enseña la Palabra de Dios, educa y hace crecer en la fe a su iglesia diocesana por la predicación, y preside las celebraciones principales del año litúrgico y de los sacramentos como servicio a la comunidad y a la santificación de los fieles. Precisamente cuando el Obispo está sentado en su cátedra, se muestra ante sus fieles como quien preside en lugar de Dios Padre.

La presencia de la cátedra del Obispo en ella, hace de la Iglesia Catedral el centro material y espiritual de unidad y de comunión para todo el pueblo santo de Dios. Por ello es la iglesia principal de nuestra diócesis, de nuestra iglesia diocesana. Lo que se afirma de la Catedral se puede decir también de la Concatedral pero con referencia siempre a la Catedral. Lo más importante, sin embargo, es entender su significado.

Desde que la Palabra de Dios, el Hijo de Dios, se hizo carne y puso su morada entre nosotros, el cuerpo mismo de Jesús es el templo o la morada de Dios entre los hombres: Jesucristo mismo es el primer templo de los cristianos. Jesús, resucitado y ascendido a los cielos, sigue presente en medio de los que se reúnen en su nombre, en su Iglesia, que es su Cuerpo. La Iglesia es la prolongación en el tiempo de Jesús mismo, de su palabra y obra salvadora entre los hombres, el signo visible y la morada de Dios entre los hombres. Los cristianos, la Iglesia, somos el templo santo en el Señor, templo edificado sobre la piedra angular, que es Cristo (cf. Ef 2,20).

Desde aquí entendemos que los templos materiales de la Catedral y la Concatedral son signos de una realidad más profunda y rica: son lugares sagrados para construir el verdadero templo y la verdadera morada de Dios entre nosotros, nuestra Iglesia diocesana, como la comunidad del Señor Jesús. Junto con la Catedral de Segorbe, la Concatedral ha de ser signo concreto y visible de nuestra Iglesia diocesana, lugar donde los fieles cristianos, como pueblo de Dios, nos reunimos en torno al Obispo para escuchar la Palabra, para celebrar la Eucaristía y otros sacramentos, y para ofrecer al Señor el sacrificio espiritual de nuestras vidas.

Dedicada a la Virgen María, la Concatedral está llamada a ser el lugar donde los cristianos, presididos por el Obispo, nos unamos en la oración de alabanza que el Hijo de Dios encarnado eleva incesantemen­te al Padre por sus hermanos, los hombres y mujeres de todos los tiempos.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Solemnidad de la Santísima Trinidad

50º Aniversario de la elevación de Sta. María de Castellón al grado de Concatedral
CONCATEDRAL, 30 de mayo de de 2010

(Pr 8, 22-31; Sal 8; Rom 1, 1-5; Jn 16, 12-15)

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Hermanas y Hermanos muy amados en el Señor:

“Señor, dueño nuestro, ¡que admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8). Así cantamos hoy, con toda la Iglesia al celebrar la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Y, con estas mismas palabras alabamos, cantamos a Dios y damos gracias a Dios, Uno y Trino, fuente y origen de todo bien, por el don de la elevación de esta Iglesia de Santa María a la dignidad de Concatedral hace cincuenta años. Así lo hizo el papa Juan XXIII, mediante Bula de 31 de mayo de 1960 con las palabras: “Conservada además la dignidad de la Catedral de Segorbe, elevamos al grado de Concatedral el templo consagrado a Dios en honor de la Santísima Virgen María que está en la ciudad de Castellón, con todos los derechos y honores, cargas y obligaciones que son propias de estas Iglesias”.

Desde entonces a esta Iglesia de Santa María se le llama Concatedral porque, junto con la Catedral de Segorbe, el Obispo diocesano tiene aquí también su cátedra o su sede. La catedral se llama así porque es el templo donde tiene su cátedra el Obispo diocesano. La presencia de la cátedra del Obispo en ella, hace de la Iglesia Catedral el centro material y espiritual de unidad y de comunión para todo el pueblo santo de Dios. Porque es desde la sede o cátedra episcopal, desde donde el obispo preside y guía a su grey, enseña la Palabra de Dios, educa y hace crecer en la fe a su iglesia diocesana por la predicación, y preside las celebraciones principales del año litúrgico y de los sacramentos como servicio a la comunidad y a la santificación de los fieles. Precisamente cuando el Obispo está sentado en su cátedra, se muestra ante sus fieles como quien preside en lugar de Dios Padre, como dijo el venerable Juan Pablo II. Lo que se afirma de la Catedral se puede decir también de la Concatedral pero siempre con referencia a la Catedral, a la cátedra y sede episcopal, allí presente. No habría Concatedral, si no hubiera Catedral. Pero lo más importante no es el rango o el honor, sino su significado teológico profundo.

Para comprender la Catedral y, a su modo, la Concatedral como templos materiales es preciso comprender previamente la Iglesia diocesana que en ella se reúne y celebra. La Iglesia no tiene su razón de ser en sí misma ni su naturaleza se encuentra fuera del misterio del Dios Uno y Trino, que hoy celebramos, ni fuera del misterio de Cristo sobre el que se edifica. Juan Pablo II, sintetizando la enseñanza conciliar, nos dice que la Iglesia es misterio, comunión y misión: la Iglesia “es misterio porque el amor y la vida del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo son el don absolutamente gratuito que se ofrece a cuantos han nacido del agua y del Espíritu (cf. 3, 5), llamados a revivir la comunión misma de Dios y a manifestarla y comunicarla en la historia (misión)” (ChL, 8).

La Iglesia,  también nuestra Iglesia diocesana, tiene su origen y su meta en el misterio mismo de Dios, Uno y Trino, cuya Solemnidad hoy celebramos. Dios es comunidad de personas y comunión perfecta de vida y de amor. Gracias a lo que Dios mismo nos ha revelado, sobre todo, en el Hijo, sabemos que Dios es Amor, comunión de vida y de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Dios es ante todo Vida divina del Padre comunicada en el Hijo y revelada en Él en plenitud: “Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar” (Mc 11,27). Dios es Amor, un Amor en tres Personas. El Padre-Dios es el que ama; el Hijo-Dios es el amado y el Espíritu Santo-Dios es el amor con que el Padre ama y el Hijo es amado. Una sola realidad, comunión de vida íntima y dichosa en el amor. El Padre origen, fuente del Hijo y del Espíritu Santo, creador, sabiduría creadora de todo, se expresa en el Hijo y se contempla en Él con una complacencia infinita, eterna. El Hijo es el Verbo, la Palabra, la Imagen del Padre, su Hijo único nacido antes del tiempo, Dios de Dios, eterno como el Padre. El Hijo es Imagen del Dios invisible, Sabiduría, Verdad, Belleza de Dios; es el Redentor, “que por nosotros los hombres y por nuestra salvación…”

Este Dios, Uno y Trino, que es Amor, se revela para hacer partícipe de esta misma vida de amor al hombre, creado a su imagen y semejanza. Estamos creados para el Amor que tiene su fuente en el Dios, Trino en personas y Uno en esencia. Desde que la Palabra de Dios, el Hijo de Dios, se hizo carne y puso su morada entre nosotros, el cuerpo mismo de Jesús es el templo o la morada de Dios entre los hombres, el ‘lugar’ del encuentro con Dios: Jesucristo mismo es el primer templo de los cristianos. Jesús, resucitado y ascendido a los cielos, sigue presente en medio de los que se reúnen en su nombre, en su Iglesia, que es su Cuerpo. Nuestra Iglesia es así la prolongación en el tiempo de Jesús mismo, de su palabra y obra salvadora entre los hombres, el signo visible y la morada de Dios entre los hombres. Nuestra Iglesia es el templo santo en el Señor, templo edificado sobre la piedra angular, que es Cristo (cf. Ef 2,20).

Desde aquí entendemos que los templos materiales de la Catedral y la Concatedral son signos de una realidad más profunda y rica: son lugares sagrados para construir el verdadero templo y la verdadera morada de Dios entre nosotros, nuestra Iglesia diocesana. Junto con la Catedral de Segorbe, la Concatedral ha de ser signo concreto y visible de nuestra Iglesia diocesana, lugar donde los fieles cristianos, como pueblo de Dios, nos reunamos en torno al Obispo, que la preside y pastorea en nombre de Cristo, para escuchar la Palabra, para celebrar la Eucaristía y otros sacramentos, y para ofrecer al Señor el sacrificio espiritual de nuestras vidas.

Nuestra Iglesia tiene en Jesucristo, su Fundador, su esperanza, la esperanza que no defrauda (cf. Rom 5,4); y vuelve siempre su mirada a Él. Nuestra Iglesia es convocada por el Padre para ser enviada por el Hijo a anunciar el Evangelio, para celebrar la salvación como comunidad orante en su liturgia y en sus sacramentos, para servir al hombre en la caridad de Cristo, proclamar el Evangelio de la vida y promover siempre la cultura a la luz de una humanidad plena en Cristo. Nuestra Iglesia se siente humilde caminante pero acompañada siempre por el Espíritu de su Señor Resucitado, en quien tiene su verdadera fuerza. Así comprendida, nuestra Iglesia es una realidad totalmente vinculada al misterio de salvación realizado por Jesucristo: nace de la misión de Jesucristo y es enviada por Él. La Iglesia manifiesta y, al mismo tiempo, realiza el misterio de amor de Dios al hombre; ella misma es misterio por decisión de su Salvador. Es comunión con Dios y entre nosotros los hombres en Jesucristo; éste es el contenido central del misterio de nuestra Iglesia. Esta consideración de la misma nos libera y nos lleva a superar visiones reducidas de la Esposa de Jesús, la Iglesia (cf Ef 5,25-32). La Iglesia es misión, porque prolonga en la historia la misma misión de salvación de Jesús a favor de los hombres; ella hace presente, contemporáneo, a Jesús, con su Palabra, sus Sacramentos y su Guía pastoral. Misión grande y modesta de la Iglesia, la de ser el cuerpo vivo en el que Dios en Cristo por el Espíritu Santo se hace cercano a cada hombre y a cada época. La Iglesia no es y no puede ser una realidad replegada sobre sí misma; nace para anunciar y testimoniar a Jesús Resucitado.

Para entender debidamente la Catedral y, a su modo, la Concatedral no podemos olvidar que nuestra Iglesia Diocesana es una porción del Pueblo de Dios que la apacienta el Obispo con la cooperación de un presbiterio; adherida a su pastor y congregada por él en el Espíritu Santo por medio del Evangelio y la Eucaristía constituye una Iglesia Particular, donde se realiza la Iglesia del señor. Más todavía: Nuestra Iglesia diocesana es el ca­mino de nuestra inserción en la Iglesia universal; es el espacio histórico en el que una voca­ción se expresa realmente y realiza su tarea apostólica. Nuestra diócesis es, por tanto, una comunidad en la que se descubre, se profundiza, se celebra y se vive la fe de Cristo y en Cristo; está convocada a realizar en su seno la comunión para ser y aparecer como sacramento que refleje y realice el misterio de salvación del Señor Jesús, estando en permanente actitud de misión. En definitiva, la Iglesia Diocesana misma es templo vivo de Dios edificado con las vidas de todos, cuerpo místico de Cristo único y operante.

Con palabras del papa Pablo VI podemos decir: “Cada uno debe sentirse feliz de pertenecer a la propia Diócesis. Cada uno puede decir de la propia Iglesia local: aquí Cristo me ha esperado y me ha amado; aquí lo he encontrado y aquí pertenezco a su Cuerpo Místico. Aquí me encuentro dentro de su unidad”. Estas palabras nos invitan a considerar como valor espiritual esencial del cristiano su pertenencia y su dedicación a la Iglesia particular. Pertenecer a la Iglesia particular no se debe solamente a razones organizativas y disciplinares; al contrario, la relación con el Obispo en el único presbiterio, la coparticipación en su preocupación eclesial, la dedicación al cuidado evangélico del Pueblo de Dios en las condiciones concretas históricas y ambientales de la Iglesia particular, son elementos de los que no se puede prescindir al dibujar la configuración propia de un verdadero discípulo del Señor. Hay otros motivos más hondos: la ‘incardinación’, de hecho, a una diócesis no se agota en un vínculo puramente jurídico, sino que comporta también una serie de actitudes y de opciones espirituales y pastorales, que contribuyen a dar una fiso­nomía específica a la vida espiritual y apostólica de todo presbítero e incluso de todo fiel cristiano. Vivir la diocesanidad, la Iglesia Diocesana, como ‘evento de salvación’ requiere una acertada y sana altura espiritual.

Por estar la sede del Obispo en ella, la Iglesia Catedral y la Concatedral en referencia a ella es centro de unidad y comunión para todo el pueblo de Dios. Son casa y hogar de la comunidad diocesana, dedicadas a acoger como centro de unidad a toda la comunidad diocesana. Debemos tenerla como morada de toda la familia diocesana. Son asimismo el centro de la vida litúrgica de la diócesis. En ella celebra el Obispo, el gran sacerdote de su grey, de quien deriva y depende, en cierto modo, la vida en Cristo de sus fieles.

La Catedral y la Concatedral adquieren su más alto significado en la celebra­ción de la Eucaristía celebrada por el Obispo, que en las fiestas más importantes se llama Misa estacional. Si toda Eucaristía pone de manifiesto el misterio de la Iglesia, la Eucaristía presidida por el Obispo, primer dispensador de los misterios de Dios, es la mani­festación más evidente del misterio de la Iglesia. Por esta razón, participar de la Misa que celebra el Obispo, concelebrar con él en su altar, es también la forma más expresiva de reafirmar y confirmar la comunión eclesial. La memoria del Obispo, presente en todas las celebraciones eucarísticas, es testimonio de esta comu­nión con él.

Para la edificación de la comunidad eclesial y para que la comunidad de discípulos de Jesús viva la comunión con la Trinidad, el mismo Señor ha esta­blecido al Obispo como principio visible y fundamento de la unidad de la Iglesia particular al Obispo (Juan Pablo II, Pastores gregis 34). Desde la Cátedra, el Obispo es foco de unidad, de orden, de potestad y de auténtico magisterio, ejercido en unión con el sucesor de Pedro. La Cátedra es el lugar donde el Obispo proclama la fe de la Iglesia, de la que es su garante como sucesor de los Apóstoles, en comunión con el Santo Padre y el Colegio de los Obispos. Todas las demás sedes que existen en cada comunidad cristiana adquieren valor simbólico a partir de la Cátedra episcopal: son el testimonio local de la comunión católica y apostólica, fundada en la comunión de la fe que el Obispo garantiza desde su Cátedra. Desde ella predica el Obispo la Palabra de Dios y preside las celebraciones principales del año litúrgico y de los sacramentos. En su Cátedra, el Pastor diocesano hace las veces del mismo Cristo, Maestro, Pastor y Pontífice, y actúa en nombre suyo. La Cátedra episcopal hace que la Iglesia Catedral y la Concatedral sean el centro de proclamación de la Palabra de Dios y de celebración de los sacramentos.

Demos gracias a Dios esta tarde por el don de nuestra Concatedral. Encomendémonos a la protección de Santa María Virgen y bajo su guía dejémonos regenerar por la Palabra y el Sacrament de la Eucaristía para que nos convirtamos en ‘piedras vivas’ del edificio espiritual, que es nuestra Iglesia diocesana. Pidamos que nuestra Iglesia diocesana sea cada día más una comunidad entroncada en Cristo; una comunidad que acoja y viva a Cristo y su Evangelio en la comunión con la tradición viva de la Iglesia, con el Santo Padre y el Colegio de los Obispo; una comunidad que viva cada día más unida en torno a su Obispo; una comunidad que proclame y celebre la alianza amorosa de Dios; una comunidad que viva y ayude a vivir la fraternidad cristiana conforme al espíritu de las bienaventuranzas; una comunidad que ore y ayude a la oración; una comunidad en la que todos sus miembros se sientan y sean corresponsables en su vida y su misión al servicio de la evangelización en una sociedad cada vez más alejada de Dios; una comunidad que sea fermento de nueva humanidad, de transformación del mundo, de una cultura de la vida y del amor, de la justicia y de la paz. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

 

 

Una oportunidad perdida

Queridos diocesanos

Ya desde hace años y desde distintas instancias se venía pidiendo un pacto de Estado sobre la educación, que pusiera freno a los permanentes cambios legislativos, que diera al sistema educativo español la necesaria estabilidad legislativa y que favoreciera la calidad de la enseñanza. Los Obispos hemos pedido repetida e insistentemente un pacto escolar de Estado.

Además el  pacto educativo era y es necesario y urgente ante la alarmante situación de la educación en España. Valga citar, entre otros, el bajo nivel de la educación en comparación con otros países, la deficiente o nula educación en valores como la responsabilidad, el esfuerzo o la disciplina, así como el alto porcentaje de abandono escolar, la lamentable pérdida de la autoridad de maestros y profesores o la fragmentación territorial en el sistema escolar. También en España sufrimos una ‘emergencia educativa’, en palabras de Benedicto XVI.

El actual Sr. Ministro de Educación llegó al cargo con el objetivo claro de lograr un pacto. Después de meses de conversaciones y negociaciones al día de hoy podemos afirmar que no habrá el tan necesario pacto social y político de Estado por la educación en el que, junto con las autoridades del Estado y los partidos políticos, se hallen presentes todos los sectores sociales implicados: profesores, padres de alumnos y titulares de instituciones educativas y la misma Iglesia. Sin querer buscar culpables, sí podemos decir que se ha perdido una gran oportunidad y ello irá en detrimento de la educación de la juventud, tan esencial para el bien de las personas y para el bien común.

Cierto que la ultima propuesta del Ministerio de Educación contiene elementos positivos, como son la referencia al marco establecido por la Constitución (art. 27) como base fundamental y obligada del sistema educativo, la necesidad de vertebrar el sistema educativo o de recuperar la cultura del esfuerzo y del trabajo, o que el sistema educativo esté basado en los principios de equidad y excelencia. Es igualmente positivo que se recuperen y establezcan objetivos y propuestas concretas para la convivencia y la educación en valores.

No obstante son varias las cuestiones que siguen abiertas y que habrá que abordar en el futuro si se quiere entrar al fondo del problema de la educación en España. Creemos que, en la propuesta ministerial, no son garantizados o no quedan suficientemente desarrollados los principios del art. 27 de la Constitución. Cabe citar el objetivo de educación – ‘el pleno desarrollo de la personalidad humana’, el derecho a la libertad de enseñanza que comprende el derecho a la creación de centros de enseñanza, la libertad de los profesores en su ejercicio y el derecho de los padres a elegir el tipo de educación para sus hijos, y su reconocimiento como titulares y responsables originarios de su educación.

Tampoco queda garantizado el derecho a la formación religiosa y moral de acuerdo con las propias convicciones de los padres o de los alumnos que debe llevar a la revisión de los contenidos de la asignatura de Educación para la Ciudadanía y de la educación afectiva-sexual prevista. Así mismo deberá garantizarse la enseñanza de la religión y moral católica según el Acuerdo con la Santa Sede y acometer la solución de los problemas pendientes al respecto.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de San Pascual Baylón

Patrono de la Diócesis y de la Ciudad de Villarreal
Iglesia Basílica de San Pascual, Villarreal – 17.05.2010

(Sof, 2,3; 3, 12-13; Sal 33: 1 Cor 1, 26-31; Mt 11, 25-30)

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Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

A los pies de los restos de San Pascual, el Señor Jesús nos convoca en este día de Fiesta para recordar y honrar a nuestro santo Patrono, al Patrono de Villarreal y Patrono de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón. Os saludo de corazón a todos cuantos os habéis unido a esta celebración de la Eucaristía, aquí en la Basílica o desde vuestros hogares a través de la radio o de la televisión.

Los Santos son siempre actualidad. Sus biografías reflejan modelos de vida, conformados según el Evangelio y a la medida del Corazón de Cristo y, a la vez, cercanos y concretos para el hombre de su tiempo y, en último término, para el hombre de todos los tiempos. Son modelos extraordinariamente humanos, precisamente porque surgen del seguimiento y de la imitación de Cristo. Es como si a través de ellos la presencia de Jesucristo Resucitado en el corazón de la Iglesia y en medio del mundo mostrase la extraordinaria fuerza y la insuperable virtualidad de la Vida Nueva, que viene del Señor Resucitado, una Vida Nueva que es capaz de renovar y transformar todo: la existencia de cada persona, la misma realidad de la sociedad, de los pueblos y naciones e, incluso, de toda la Creación.

Los santos son las grandes figuras de los períodos más renovadores de su época y de su entorno social y cultural. Su forma de estar y de actuar en el mundo no suele ser espectacular sino que, con frecuencia, pasa desapercibida. Rehuyen los halagos y aplausos. Son humildes y sencillos. Su alimento es la oración, la escucha de Dios, la unión y la amistad con Cristo. En la entrega sencilla de sus vidas a Dios y  a los hermanos cifran todos sus ideales personales.

San Pascual Bailón, nuestro Patrono, es uno de esos Santos cuya actualidad permanece sin marchitarse en nuestra historia, en la historia de Villarreal y de nuestra Iglesia diocesana. El estilo de vivir San Pascual el Evangelio de Jesucristo, el Salvador del hombre, ha iluminado nuestra historia siempre: fuesen cuales fuesen las encrucijadas históricas, sobre todo, las más dramáticas por las que han atravesado nuestra Iglesia y nuestro pueblo. Evocándole y siguiendo su ejemplo se despejaba la esperanza y el camino de la recuperación personal, familiar y social en cada momento. También hoy, Pascual nos muestra la vía inequívoca por donde ha de dirigirse la reflexión sobre la situación del actual momento de nuestra Iglesia y de nuestra España y, consiguientemente, cómo han de orientarse y conducirse los proyectos de renovación de la vida cristiana en la Iglesia y en la sociedad. Tarea para las personas responsables y para las instituciones, que no admite demora.

Al celebrar un año más la Fiesta de San Pascual Patrono, vienen a nuestra memoria su vida sencilla de pastor y hermano lego; vienen también a nuestro recuerdo sus virtudes de humildad y de confianza en Dios, de entrega y servicio a los hermanos, a los pobres y a los más necesitados, y, sobre todo, recordamos su gran amor a la Eucaristía y su profunda devoción a la Virgen.

En la biografía de San Pascual se ha destacado siempre un rasgo de extraordinario valor evangélico: su amor al prójimo y, en especial, a los pobres, que alimentaba en su gran amor a la Eucaristía, sacramento de la caridad. Servía a todos con alegría. Sus hermanos de comunidad no sabían qué admirar más, si su austeridad o su caridad. Toda su persona emanaba cordialidad. Pascual “tenía especial don de Dios para consolar a los afligidos y ablandar los ánimos más endurecidos”, dicen muchos testigos. Su deseo era ajustar su vida al Evangelio según la Regla de San Francisco, desgastándose por Dios y por sus hermanos. Sus oficios de portero y limosnero favorecieron el ejercicio de su caridad, impregnada siempre de humildad y sencillez. Su caridad era tanta que algunos hermanos de comunidad le reprochaban que los dejaba sin subsistencias; y los superiores tenían que ponerle límite, pero siempre terminaba venciendo la caridad. Para los pobres se privaba hasta de la propia comida. Decía que no podía despedir de vacío a ninguno, pues sería despe­dir a Jesucristo.

Servir al hombre hermano y sentarlo a la mesa diaria de la familia –de la nuestra, de la familia que es la Iglesia, y de la familia que debe ser la humanidad– se nos ha convertido en la actual coyuntura histórica en una urgencia moral y espiritual que compromete gravemente nuestra conciencia. No se trata de un imperativo ético cualquiera; se trata de una exigencia moral fundamental que nace del Evangelio y que brota de la Eucaristía: de su cumplimiento o no depende el bien integral de la persona humana y el futuro de la sociedad. Incluye, en primer lugar y como condición previa, el que se permita, facilite y favorezca el que haya “comensales”. Si se impide que nazcan los niños, la mesa común de la familia humana se irá quedando sin hijos, hasta terminar vacía. ¡Que no se le niegue a ningún concebido de mujer el derecho a nacer! Dejar nacer a los hijos es el primer y fundamental deber del amor al prójimo, del amor al más necesitado. Más aún, es grave obligación de conciencia de todos los implicados –familiares, amigos, instituciones privadas y públicas– que se ayude generosa y eficazmente a las madres que los conciben, no para que sean eliminados, sino para que puedan darles a luz.

Si no se respeta escrupulosamente el derecho de todo ser humano a la vida, desde su concepción hasta su muerte natural, nos quedaremos sin el fundamento ético imprescindible para poder edificar un orden social y jurídico, digno de ser llamado y considerado, humano, justo y solidario. El verdadero progreso humano no se puede construir sobre una cultura de la muerte.

La secuencia necesaria de ese gesto y actitud es la de sentar fraternalmente a la mesa común a todo hombre necesitado de sustento, de casa, de atención sanitaria, de educación, de cultura y de trabajo: en cada ciudad y en cualquier lugar del mundo. Sí: amar al prójimo exige hacerlos partícipes del bien común de la sociedad y de la comunidad política, dentro y fuera de la propia tierra.

La oración es un segundo rasgo que brilla en la personalidad de San Pascual; un rasgo también igualmente de extraordinaria actualidad para la Villarreal y para nuestra Iglesia diocesana del año 2010, al celebrar el 50º Aniversario de su configuración actual. Pascual era un hombre de oración: ¡un hombre de Dios! Sus versos manuscritos son pequeños destellos de su vida de intimidad con Dios. Pascual había recibido el don de la oración continua. Oraba en todo momento libre, sacrificando a veces el descanso nocturno; más aún, el trabajo y la relación con los demás no le impe­dían su contacto con Dios. Escribió que sin oración “no po­demos vivir para Dios”. Cuando se creía solo, desahogaba el fuego de su corazón con alabanzas, cantos y hasta con dan­zas. De la oración, dicen sus hermanos, sacaba fortaleza y ca­ridad. Hablaba de Dios, inflamado e inflamando a los demás. De la oración sacaba la caridad para con los hermanos. La verdad de la Eu­caristía, que le arrebataba, la vivió en la oración y atendiendo a todos los necesitados. El amor de Dios que le llenaba ma­naba como de sus manos sin poder ser contenido.

El cristiano, desde el principio de la historia cristiana y siempre, es paciente y constante en la prosecución del bien, en el cumplimiento de la ley de Dios y de las exigencias de la auténtica justicia. Su caridad va hasta el heroísmo. Cuida y practica la oración, pase lo que pase, cueste lo que cueste. Ese permanecer en la oración, y más en concreto, en la oración eucarística, es la clave certera para descubrir el secreto interior de la vida de San Pascual: vida entregada al amor incondicional de sus hermanos de orden, de los pobres… de cualquier hombre hermano. ¡Amor sin medida humana! Amor que viene de permanecer en el amor de Cristo, ofrecido en la Cruz por nosotros y por nuestra salvación. “Permaneced en mi amor”, dice el Señor, “el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante” (Jn 15,9b.5b). El permanecer en Él, con esa íntima dependencia vital como la que se da entre la vid y los sarmientos, explica lo más hermoso de la biografía de nuestro Santo: el fruto abundante de su vida para su tiempo y su fecundidad espiritual y humana para el nuestro (cf. Jn 15, 1-7).

Ante la imagen de este humilde pastor y lego, hombre de Dios y fiel seguidor de Cristo, se alza para nosotros, que hoy, en el día de su fiesta, le recordamos e invocamos con sincera devoción, una pregunta: ¿de dónde nos va a venir la luz interior para nuestra inteligencia y nuestro corazón, que nos permita descubrir el origen y la naturaleza de nuestras crisis actuales –ecónomicas, sociales, culturales, morales, espirituales? ¿Y de dónde vamos a extraer la fuerza humana y espiritual para un decidido impulso personal y colectivo para superarlas? ¿Creemos de verdad que se pueden resolver las situaciones críticas, que tanto nos angustian, al margen de Dios, de su ley y de su gracia, de espaldas al Evangelio de Jesucristo, en quien han creído firmemente San Pascual y nuestros padres, generación tras generación?

San Pascual, hombre sencillo y humilde, supo intuir que es bueno confiar en Dios (cf. Sal 92,6). El Evangelio de hoy nos ha recordado que las realidades profundas de Dios – y en consecuencia del hombre- sólo pueden ser entendidas no por los sabios y entendidos de este mundo sino “por la gente sencilla” (Mt 11,27). Las cosas de Dios y a Dios mismo y, en Él, al hombre y a la mujer, sólo se les puede amar y comprender desde la humildad confiada. Cuando el ser humano da rienda al orgullo, a la soberbia, a la auto-suficiencia, se cierra a Dios y aparecen sus dioses, a los que dedica su atención, tiempo y energías; esos dioses ante los cuales sacrifica su vida y la de los demás; son los ídolos del dinero, del negocio, del poder y del placer.

Al mirar a Pascual se aviva en nosotros la historia de nuestro pueblo y de nuestra Iglesia diocesana; es una historia entretejida por tantas personas sencillas, que, como Pascual, supieron acoger a Dios en su vida y confiar en él, que se dejaron transformar por el amor Dios y lo hicieron vida en el amor y el servicio a los hermanos; personas que, unidas a Cristo, fueron en su vida ordinaria testigos elocuentes del Evangelio de Jesucristo. No nos limitemos a mirar con nostalgia el pasado, ni a quedarnos en el recuerdo de la tradición, que sea mero pretexto para unas fiestas de San Pascual sin San Pascual y sin Dios. Celebremos con verdadera fe y devoción a San Pascual. Hacerlo así implica mirar el presente y dejarnos interpelar por nuestro Patrono en nuestra condición de cristianos hoy; significa preguntarnos por el grado de nuestra fe y de nuestro seguimiento de Jesucristo, de nuestra fe y vida cristiana, por la transmisión de la fe a nuestros niños y jóvenes, por la vida cristiana de de nuestras familias y por la fuerza evangelizadora de nuestras comunidades eclesiales y de nuestras cofradías.

San Pascual Bailón, por ser nuestro patrono, es guía en nuestra caminar cristiano. Que de sus manos y por su intercesión se avive en nosotros la fe y la confianza en Dios, que se avive en nosotros el espíritu de oración y la participación en la Eucaristía, que haga de nosotros testigos del amor de Dios en el amor a los hermanos. Y como él, pedimos la protección de la Virgen María. ¡Que la Mare de Déu de Gracia, bendiga a todos los ciudadanos y la Ciudad de Villarreal, a nuestra Iglesia diocesana, en el 50º Aniversario de su configuración actual, y, de modo especial, a los que más necesitan de su protección de Madre!. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

El servicio a la Palabra en el mundo digital

Queridos Diocesanos;

El Domingo de la Ascensión celebramos la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales. En este Año especial Sacerdotal, el Papa Benedicto XVI ha dedicado su mensaje al tema: “El sacerdote y la pastoral en el mundo digital: los nuevos medios al servicio de la Palabra”.

Es conocida la gran extensión de Internet en el ámbito de la comunicación. Este medio también ha sido incorporado en la vida de la Iglesia, de las parroquias y en el ejercicio del ministerio pastoral de los sacerdotes. A pesar de los peligros que alberga, este mundo ofrece a la Iglesia y al sacerdote nuevas posibilidades de realizar su servicio particular especial a la Palabra y de la Palabra; su uso es cada vez más importante y útil en el ministerio sacerdotal.

Todo sacerdote ha de anunciar a Cristo, la Palabra de Dios hecha carne, siguiendo la exhortación paulina: “¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!” (1 Co 9,16). Su objetivo será siempre llevar al hombre y mujer de hoy, que sigue buscando a Dios, al conocimiento y al encuentro salvador con Cristo, pues nadie que cree en Él quedará defraudado. Las posibilidades del mundo digital aumentan la responsabilidad del anuncio de Jesucristo y piden un compromiso más intenso en el mundo digital.

Ahora bien: no se trata solamente de estar presentes en Internet, sino, ante todo, de participar en este mundo siendo fieles al mensaje del Evangelio y aprovechando sus ocasiones inéditas para la evangelización y la catequesis. El sacerdote podrá ayudar a las personas de hoy a descubrir el rostro de Cristo. Al uso oportuno y competente de tales medios ha unir una sólida preparación teológica y una honda espiritualidad sacerdotal, alimentada por un constante diálogo con el Señor, para que en todo momento se transparente su alma y su corazón de pastor.

La solicitud amorosa de Dios en Cristo por nosotros no pertenece al pasado, sino que es una realidad muy concreta y actual. Y esta realidad debe mostrarse por todos los medios a las personas de nuestro tiempo y a la humanidad desorientada de hoy. A quien como sacerdote usa estos medios, le corresponde ofrecer a quienes viven nuestro tiempo ‘digital’, los signos necesarios para reconocer al Señor y de acercarse a la Palabra de Dios que salva y favorece el desarrollo humano integral.

La Iglesia ha de continuar preparando los caminos que conducen a la Palabra de Dios, sin descuidar una atención particular a quien está en actitud de búsqueda. Mantener viva esa búsqueda es el primer paso de la evangelización, en especial para quienes Dios es un desconocido y para quienes no creen, pero llevan en el corazón el deseo de absoluto.

Las nuevas tecnologías constituyen una gran oportunidad para los creyentes y, en especial, para los sacerdotes. Ningún camino debe estar cerrado a quien, en el nombre de Cristo resucitado, es enviado a ser testigo de Cristo y de la vida renovada que surge de la escucha de su Evangelio. No hay que olvidar, sin embargo, que la fecundidad del ministerio sacerdotal deriva sobre todo del mismo Cristo, que es escuchado y encontrado en la oración, anunciado con la predicación y el testimonio de la vida, y celebrado en los sacramentos de la  Eucaristía y la Reconciliación.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de San Juan de Ávila

Castellón, Seminario ‘Mater dei’, 10 de Mayo de 2010

 (1 Cor 4,1-5; Sal 88; Jn 21,15-17)

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¡Amados hermanos en el Señor!

Con gozo celebramos un año más la Fiesta de San Juan Ávila, el Patrono del clero secular español. En torno a la mesa de la Eucaristía damos gracias a Dios por el don a la Iglesia en España de este “maestro ejemplar por la santidad de su vida y por su celo apostólico”; damos gracias a Dios también por el don de nuestro ministerio presbiteral, por la entrega y la fidelidad de estos hermanos nuestros, que hoy celebran su jubileo sacerdotal de oro, y por los neopresbíteros. Unidos en la oración suplicamos a Dios que nos conceda a todos la gracia de la santidad y de la fidelidad al don y ministerio que hemos recibido a todos los sacerdotes, viviendo tras las huellas del Buen Pastor y siguiendo el ejemplo de nuestro Patrono, San Juan de Avila, y, en este Año sacerdotal, también el del Santo Cura Ars, Juan Mª Vianney, “verdadero ejemplo de pastor al servicio del rebaño de Cristo”.

El recuerdo de ambos santos ha de suscitar en nosotros el deseo de imitarles. Su recia personalidad, su amor entrañable a Jesucristo, su pasión por la Iglesia, su ardor y entrega apostólica son estímulos permanentes para que todos nosotros vivamos fieles a la vocación, al don y ministerio recibidos de Dios.

Nuestro ministerio sacerdotal tiene su fuente permanente en el amor de Cristo, que espera un amor de entrega total a Cristo y, en El, a quienes nos han sido confiados. En el evangelio hemos recordado el diálogo de Jesús resucitado con Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?… Apacienta mis ovejas” (Jn 21,15-17). Este es el núcleo y la fuente de nuestra espiritualidad sacerdotal: un amor sin fisuras al Buen Pastor.

“¿Me amas?”, pregunta Jesús; y Pedro responde: “Señor, tu sabes que te quiero”. Es el Señor quien toma la iniciativa y llama a sus discípulos “para que estén con él” (Mc 3,14); el Señor les hace sus amigos amándolos con el amor que recibe del Padre (cf. Jn 15,9-15). Amar a Jesucristo es una correspondencia a su amor. Mal puede amar quien no conoce al Amado, quien no intima con él, quien no se deja conformar su mente y su corazón por él. Es en la intimidad con Jesucristo en la oración y en la Eucaristía donde se aviva en nosotros la necesidad interior de predicar a Jesucristo, hasta poder decir con San Pablo: “No tengo más remedio y ¡ay de mi si no anuncio el Evangelio” (1 Cor 9, 16). Instados por tantas demandas y preocupados por tantas cosas, queridos sacerdotes, necesitamos fortalecer y mejorar nuestra vida de oración y la celebración de la Eucaristía, para adquirir los mismos sentimientos de Cristo. Ahí encontraremos el secreto para vencer la soledad, el apoyo contra el desaliento, la energía interior que reafirme nuestra fidelidad y nuestro celo pastoral.

Hoy resuena en todos nosotros la llamada del Señor a seguirle en todo momento con una fidelidad creciente. Para afrontar los momentos recios, que nos ha tocado vivir, necesitamos reavivar el don, que hemos recibido por la imposición de las manos, es necesario que nos dejemos configurar existencialmente con Jesucristo, el Buen Pastor, para vivir nuestro ser y nuestro obrar con verdadera y apasionada caridad pastoral. Nuestra Iglesia y nuestro mundo necesitan maestros del espíritu y testigos creyentes, verdaderos místicos y mistagogos que les hablen de Dios, les lleven al encuentro con Jesucristo y que les anuncien su Evangelio. Nuestras comunidades, nuestros niños, adolescentes y jóvenes, nuestras familias, nuestros sacerdotes jóvenes y seminaristas necesitan que nosotros los sacerdotes seamos referentes claros de Jesucristo y de su Evangelio; en una palabra necesitan pastores santos. La urgente renovación interna de la Iglesia, la difusión del evangelio en todo el mundo y diálogo con el mundo moderno, piden de todos los sacerdotes que, empleando los medios recomendados por la Iglesia, nos esforcemos por alcanzar una santidad cada día mayor, que nos haga instrumentos cada vez más aptos al servicio de todo el Pueblo de Dios (cf. PO 12)

Durante este Año sacerdotal estamos viviendo un verdadero tiempo de gracia de Dios para valorar la belleza del don que hemos recibido; está siendo una inigualable oportunidad para la renovación interior y para vivir con gozo, esperanza y fidelidad creciente la propia identidad y ministerio. Dios mismo, a través de la Iglesia, nos está ofreciendo con más abundancia su Palabra, la gracia del Sacramento de la Reconciliación y de la Eucaristía.

El Señor nos llama a entrar en un proceso de constante conversión al don que hemos recibido. No sólo hemos recibido una vocación ‘al’ sacerdocio, sino ‘en’ el sacerdocio”. “Como en el caso del apóstol Pedro, llamado a seguir a Jesús incluso después de que el Resucitado le ha confiado su grey, -“Dicho esto, añadió: ‘Sígueme’ (Jn 21, 17-19), continua el evangelio que hemos proclamado- hay un ‘sígueme’ que acompaña toda la vida y misión del apóstol. Hay un “sígueme” que atestigua la llamada y la exigencia de fidelidad hasta la muerte (cf. Jn 21,22), un ‘sígueme’ que puede significar ‘sequela Christi’ con el don total de sí en el martirio” (PDV 70)

La inclinación a la autosuficiencia nos llevan con frecuencia a construirnos nuestro propio reino de espaldas a Dios, a Cristo y a lo que somos: prolongación visible y signo sacramental de Cristo, Cabeza, Pastor y Esposo. Hemos de dejarnos encontrar por el amor de Dios en Cristo, abrazar por El, cambiar hasta la identificación de nuestra persona con el don que hemos recibido, con el apoyo de la gracia de Dios.

En este camino de conversión se nos pide vivir la fidelidad evangélica a Jesucristo. La actitud básica a recuperar, purificar o acrecentar para que se avive en nosotros el don de nuestra configuración y vinculación con Cristo, Cabeza, Pastor y Esposo, es la fidelidad. “Que se nos considere, por tanto, como ministros de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien: lo que se exige a los administradores es que sean fieles” (1 Co 4, 1-2). La fidelidad reclama no sólo perdurar, sino mantener el espíritu fino y atento para crecer en fidelidad. La fidelidad al ministerio, siempre delicada, se ha tornado más delicada y problemática en nuestros días; y, sobre todo, hacerlo con frescura y finura.

Nuestra fidelidad al ministerio recibido pide desechar todo tipo de “doble vida” en la que, bajo una apariencia de fidelidad, se vive en realidad y a escondidas gravemente infiel en aspectos morales importantes. Pero también pide que desalojemos la rutina, que mata toda clase de amor, o la mediocridad y la tibieza de la oración escasa y desalentada, del trabajo pastoral realizado sin ardor, de las concesiones en materia de celibato, de la falta de alegría interior, del aislamiento; pide superar la fidelidad intermitente

El Señor espera de nosotros la fidelidad evangélica. Son numerosos los presbíteros que la viven. El Espíritu Santo extrae del fondo evangélico de estas personas, nuevas y crecientes respuestas de fidelidad. No son impecables, tienen sus defectos y debilidades, pero quieren empezar cada día. Están totalmente identificados con el don recibido, y con su ministerio. En pastoral, quieren aprender y actualizarse. En teología, quieren renovarse. Oran intensa y largamente. Buscan días de retiro. Tratan a los feligreses con respeto, con cariño, conscientes de que es el Señor quien, a través de ellos, se encuentra con la gente. Viven en total entrega a su ministerio. No han perdido su ‘juventud apostólica’. Su fidelidad es modesta, progresiva, concreta, realista y agradecida.

No olvidemos que Dios es siempre fiel con aquellos a quienes ha llamado. Hemos sido llamados, consagrados y enviados en la Ordenación por una Palabra que no se arrepiente. La fidelidad que debemos a Jesucristo tiene su modelo máximo en la fidelidad de Jesús al Padre. Identificarnos con el Señor equivale a impregnarnos, por la acción del Espíritu, de sus actitudes básicas, entre las cuales ocupa lugar relevante y único la fidelidad a Dios. La fidelidad que le ofrecemos al Señor, antes y mas íntimamente que respuesta nuestra a Dios, es fruto de la fidelidad de Dios a nosotros. No es tanto fruto de nuestra perseverancia como regalo de la gracia (S. Agustín). Cuando hablamos de fidelidad hablamos, ante todo, de amor. Nuestra fidelidad no es fruto de nuestra obstinación, ni siquiera de nuestra coherencia o de nuestra lealtad. Tenemos que implorar la fidelidad.

La situación de nuestra Iglesia en el presente puede llevarnos al abatimiento. Pero la podemos vivir como ocasión y punto de partida de una renovación de nuestro ministerio. Nada justifica nuestra desesperanza. Los tiempos actuales no son menos favorables para el anuncio del Evangelio que los tiempos de nuestra historia pasada. Esta fase de nuestra historia es para nosotros, pese a todo, un tiempo de gracia y de conversión.

Los ataques a la Iglesia, los pecados de algunos de sus miembros cualificados y el descrédito nos han de preocupar, pero pueden conducirnos a un amor a la Iglesia mayor y más purificado, y a una vivencia mayor de la fidelidad evangélica nuestro don y ministerio. La fuerte disminución de los sacerdotes es un gran mal, pero puede acrecentar nuestra necesaria implicación en la pastoral vocacional, la formación y promoción del laicado y ‘curar’ a nuestra Iglesia del clericalismo. La apatía religiosa de los creyentes puede desanimar a muchos, pero puede motivar en otros creyentes una entrega más auténtica al Evangelio. La extensión de la increencia nos aflige, pero puede conducirnos a purificar la imagen que tenemos de Dios. La misma experiencia de despojo y de impotencia que sentimos en la Iglesia puede abatirnos, pero puede también llevarnos a poner nuestro apoyo existencial básico sólo en Él, a mirar la Cruz, a comprender mejor que sólo Dios salva y a respetar sus caminos misteriosos para acercarse a los humanos. En suma, nuestra experiencia humana de desvalimiento puede y debe ser el espacio en el que, por el Espíritu, acontezca una experiencia de Dios.

En tiempos como los nuestros resuenan y confortan especialmente palabras como éstas del Apóstol: “Nos acosan por todas partes, pero no estamos abatidos; nos encontramos en apuros, pero no desesperados; somos perseguidos, pero no quedamos a merced del peligro; nos derriban, pero no llegan a rematarnos. Por todas partes vamos llevando en el cuerpo la muerte de Jesús… para que en vosotros en cambio, actúe la vida”. (2 Co 4,8-12).).

Confiemos en la presencia del Espíritu en el mundo y en la Iglesia. La desafección religiosa y la debilidad de nuestra fe y de nuestras comunidades pueden y suelen despertar en nosotros un movimiento espontáneo de responsabilidad desmedida e impaciente. Debajo de esta reacción subyace un déficit de nuestra fe. Parecemos olvidar que el Protagonista de la salvación y el Guía de la Iglesia es el Espíritu Santo que está activamente presente entre los hilos de la historia y los entresijos de la Iglesia.

La historia humana está escrita por dos libertades: la de Dios y la de los hombres. Pero, por la Muerte y Resurrección del Señor, la suerte de la historia está echada. Dios Padre no ha desistido de su voluntad salvadora universal y eficaz. Por caminos que no conocemos, Él continúa actualizando su salvación. Es necesario que esta convicción de nuestra fe se convierta en persuasión profunda, sentida, capaz de pacificar nuestras alarmas excesivas y de devolvernos la alegría de ser lo que somos. El Espíritu Santo conduce a su Iglesia, espacio y camino para la salvación. Él nos precede. No somos conquistadores ni salvadores, sino sus colaboradores”. Reconocer al Espíritu, descubrir los signos de su presencia y colaborar con Él con docilidad, fidelidad y humildad es mucho más saludable que agobiarnos y responsabilizarnos en exceso.

Queridos hermanos: En este día de fiesta pido a Dios que vivamos y crezcamos en el amor y celo apostólico, en la fidelidad a Cristo de San Juan Avila y del santo Cura de Ars. Que esta Eucaristía sea semilla fecunda de unas vidas sacerdotales cada vez más entregadas y de nuevas vocaciones para nuestros presbiterios. Amén.

Felicito de todo corazón a D. Ángel Cervera Cervera, D. Salvador Martínez Soriano, D. Francisco Tormo Llopis y D. Roque Herrero Marzo en sus bodas de oro sacerdotales. Que sigáis manifestando al mundo la alegría de vuestra entrega y fidelidad al Señor y al ministerio recibido. Que la seducción del amor de Cristo siga tan viva como el primer día. Felicito también a los neopresbíteros: D. Enrique Martínez Fernández, D. Lucio Rodrigues Martins-Reis, D. Alejandro (Alex) Díaz Ventura, D. Oriol Genius Pascual y D. Raúl López Ramos.

Encomendemos en nuestra oración a D. Salvador Pastor Pastor, D. Jesús Miralles Porcar, D. Rafael Vaquer Miravet, así como a D. Narciso Jordán, fallecido a principios de este año.

A la alegría por vuestro jubileo sacerdotal, se une hoy nuestro gozo porque en esta celebración van a recibir el ministerio del acolitado dos de nuestros seminaristas: Manolo y Pablo. Por el ministerio de acólito se os confía la misión de ayudar a los presbíteros y diáconos en su ministerio y de distribuir como ministros extraordinarios la Sagrada Comunión a los fieles y llevarla a los enfermos. Creced en amor a la Eucaristía y en el amor a los hermanos, para que un día no lejano podáis recibir el orden del diaconado.

Que María nos acompañe a todos y cuide de nosotros para que sigamos siendo fieles a su Hijo Jesucristo, según la vocación y el ministerio que cada uno hemos recibido del Señor. A Ella os encomiendo especialmente a vosotros los que celebráis vuestro jubileo. Ella sabrá guiaros, día a día, para que seáis uno con el buen Pastor. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Compromiso económico con tu Iglesia

Queridos diocesanos

Nadie dudará que nuestra Iglesia, para realizar la misión que Jesucristo le ha confiado de llevar el Evangelio de palabra y por obra a todos, necesita de la colaboración activa y responsable de todos sus miembros, también de la económica. Sin medios materiales y económicos, la Iglesia no puede llevar a cabo el anuncio del Evangelio, la catequesis, la formación de cristianos adultos, la remuneración de los sacerdotes, la atención pastoral de las parroquias, las obras asistenciales y caritativas, la conservación del patrimonio, el arreglo y construcción de templos y tantas otras cosas.

En mi Visita Pastoral a vuestras comunidades parroquiales en estos ya casi cuatro años, que el Señor me ha concedido ser vuestro Obispo, en todas las parroquias me habéis plateado vuestras necesidades económicas, además de las pastorales; y, en bastantes casos, me habéis pedido ayuda para arreglar vuestras iglesias, para atender a los mayores o para otras necesidades. Sabéis bien, porque así os lo he explicado, que nuestros medios económicos son muy escasos. Sólo con la implicación generosa de todos los fieles, la intercomunicación de bienes y el reparto equitativo de los bienes es posible atender a las necesidades de todos. Siempre ha sido así; nuestra Iglesia se ha financiado fundamentalmente con la aportación de sus fieles.

Hoy os recuerdo que hace unos días ha comenzado el periodo de la declaración de la renta. En ella se nos ofrece la posibilidad de contribuir a la financiación de nuestra Iglesia Católica marcando con una X la casilla correspondiente a la Iglesia católica. De esta forma el 0,7 de nuestros impuestos se asignarán a la Iglesia católica. Al poner la X no se paga más, si la declaración es positiva; y, si es negativa, tampoco se percibe menos en la devolución. No cuesta nada poner la X y hacerlo es un ejercicio de libertad y de responsabilidad. Algo que hemos de hacer siempre, pero aún más cuando diversas plataformas, que sólo quieren debilitar a la Iglesia, están llamando al boicot y a la desaparición de un sistema totalmente democrático. Hay que despertar y ayudar a otros a hacer lo mismo. Depende de la responsabilidad de todos y de cada uno de los que hacen declaración de renta responder a esta campaña poniendo la X. a favor de la Iglesia católica en el impreso. Nos hemos de preocupar personalmente de poner la X o, si nos hacen la declaración de la renta nuestros asesores fiscales, banco o caja, nos hemos de asegurar de que se ponga la X. Es un modo de implicarnos con nuestra Iglesia diocesana y de ayudar a nuestras parroquias, a nuestras cáritas y a tantas otras obras en bien de todos. No dice nada en nuestro favor acercarnos a nuestras parroquias o servicios eclesiales demandando algo, y después eludir esta posibilidad de ayudar a nuestra Iglesia, que tan sólo cuesta poner una X.

La economía de nuestra Iglesia se caracteriza por la austeridad; y pese a ello no podemos llegar a cubrir todas las necesidades de obras de restauración, de nuevos templos o de otros servicios pastorales. Muchas cosas tienen que esperar. Nuestra economía depende de todos y cada uno de nosotros; cuanto más se reciba, más se podrá dar. Nuestra Iglesia no lo recibe para enriquecerse sino para cumplir su misión, que es la misión de todos los que la formamos y beneficia a todos sus miembros y también a la sociedad entera.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de María, la Mare de Déu del Lledó

Basílica de Lledó, 2 de mayo de 2010
V Domingo de Pascua

 (Hech 14, 21b-27; Sal 144; Ap 21, 1-5ª; Jn 13, 31-33.a.34-35)

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Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Os saludo de corazón a cuantos habéis secundado la llamada del Señor para honrar y venerar a su madre y madre nuestra, la Mare de Déu del Lledó. Saludo al Sr. Prior de esta singular Basílica, que nos acoge esta mañana; al Sr. Prior, al Presidente, Directiva y Hermanos de la Real Cofradía de la Mare de Dèu del Lledó, a la Sra. Presidenta y Camareras de la Virgen, a los Sres. Regidor y a los Clavario y Perot de este año. Expreso mi saludo y respeto a las autoridades, en especial, al Ilmo. Sr. Alcalde y Miembros de la Corporación Municipal de Castellón, en este día en que celebramos a la patrona de la Ciudad. Mi saludo cordial también a mis Vicarios General y Episcopal de Pastoral y a todos mis hermanos sacerdotes concelebrantes; así como a cuantos, recordando nuestra condición de peregrinos en la vida, habéis venido hasta Lidón, para participar en esta solemne celebración eucarística y a cuantos desde sus casas están unidos a nosotros por la tv.

Un año más, en el primer Domingo de Mayo, el Señor nos reúne en este Santuario para honrar a nuestra Madre y Señora, la Patrona de Castellón. Y antes de nada, con las palabras del salmista alabamos a Dios diciendo: “Bendeciré tu nombre por siempre jamás, Dios mío, mi rey” (Sal 144), porque nos has dado a la Mare de Déu del Lledó, por Madre y Señora, por Patrona y Reina de Castellón. Como hemos proclamado en la segunda lectura, la Mare de Déu es ante todo “morada de Dios para los hombres”: a través de ella y en ella, Dios ha acampado entre nosotros; gracias a ella quienes formamos esta Iglesia diocesana de Segorbe-Castellón somos pueblo de Dios: Dios está con nosotros y entre nosotros; y gracias a nuestra profunda devoción a la Mare de Deu, Dios es y seguirá siendo nuestro Dios (cf. Ap 21,4).

María es presencia de Dios y de su amor en nuestras vidas, en nuestra Ciudad y en nuestros hogares: porque ella nos ha dado al Hijo de Dios, al Mesías y Salvador. Hoy nos acogemos de nuevo a su especial protección de Madre: a sus pies podemos acallar nuestras penas, en su regazo encontramos consuelo maternal, y bajo su protección y tras sus huellas encontramos el aliento necesario para caminar fieles en la fe, firmes en la esperanza y activos en la caridad.

María nos lleva siempre al encuentro con su Hijo y su Palabra para que se afiance nuestra fe y se renueve nuestra vida cristiana. Si honramos a María con amor sincero acogeremos de sus manos al Hijo de Dios para encontrarnos con El, conocerle, amarle, imitarle y seguirle con una adhesión personal en estrecha unión con nuestros Pastores. Como Pablo y Bernabé lo hicieron con aquellos primeros cristianos, también María nos anima y exhorta a la perseverancia en la fe en su Hijo (cf. Hech 14, 22).

 De manos de María, acogemos el evangelio, que hoy nos recuerda el mandamiento nuevo de Jesús. En el umbral de su pasión, Jesús dice a a sus discípulos: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 33, 34). Hoy hablamos mucho de amor, pero la mayoría de las veces su significado está muy lejos de lo que Jesús enseña sobre el amor y nos muestra entregando su vida; muy lejos también del amor que nos pide a sus discípulos. Con sus palabras y con su vida, y, más concretamente con su pasión y muerte, Jesús nos muestra la verdadera naturaleza del amor cristiano. El Papa Benedicto XVI ha escrito: “Es (allí,) en la cruz, donde puede con­templarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir ahora qué es el amor. Y, desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar”.

Jesús ama entregando su vida: amor a Dios y amor a los hombres hasta el final, hasta el extremo. En un amor obediente y generoso, un amor bienhechor y desprendido, un amor universal, sacrificado y misericordioso. Incluso a los enemigos. Y, sobre todo, a los más pobres. Por ello, el amor cristiano será amar hasta entregar la vida, enterrarla generosa y anónimamente entre las piedras que construyen los cimientos de la Jerusalén nueva, la nueva sociedad, el mundo nuevo, el Reino de Dios. Y se trata de dar la vida radicalmente, con el mismo estilo con que Jesús lo hizo, incluso a los enemigos. Porque si amamos sólo a los que nos aman, si saludamos sólo a los que nos saludan, si damos sólo a los que nos devuelven.., ¿qué haríamos de más, qué novedad y qué señal aportaríamos los cristianos?

Juan resume el evangelio en el amor. El amor es el mandato nuevo. Es nuevo porque introduce una gran novedad, que será la señal de los cristianos. La “identidad cristiana” está en el amor, un amor nuevo que hace nuevas todas las cosas. El amor es la nueva ley del Reino de Dios, del nuevo mundo que Jesús inicia y quiere lograr. No se trata de escaparse a un mundo de sentimientos intimistas. Se trata de transformar radicalmente nuestro mundo. Dios es amor, que nos ama y nos llama al amor. Tenemos un Padre, nosotros somos sus hijos y, por tanto, hemos de vivir como hermanos. Jesús pide de sus discípulos un nuevo tipo de relación humana, basada en la justicia, en el amor y en la verdad, y no en el odio y la venganza, en la explotación y en la insolidaridad, en la mentira y en la falsa apariencia.

La tarea de transformar el mundo por el amor es lo central de nuestra misión cristiana. Ser cristiano es transformar el mundo por el amor, hacer un mundo nuevo. A través de nuestra vida comprometida es como Dios sigue diciendo hoy: “Yo hago nuevas todas las cosas”, en todas las esferas de la vida: personal, social, económica, laboral, política, familiar, nacional o internacional. A nosotros nos está encomendado hacer creíble a Dios en nuestro mundo, manifestar su gloria.

Amar no es una tarea fácil. Es preciso hacerse violencia, dominar los poderes del pecado en nosotros, el ansia de poder, de dominio y de egoísmo. El Reino de Dios sufre violencia, y sólo los que se hacen violencia entrarán en él. Muchas tribulaciones hay que pasar también para conseguir el Reino de Dios. Anunciar y construir el mundo nuevo del Reino de Dios no puede hacerse sin denunciar el mundo viejo, el reino de un mundo sin Dios, el reino del pecado, el reino del egoísmo, el reino del odio, el reino de la cultura de la muerte. Y los poderes del pecado se defienden, se revuelven contra Dios y su Reino. Y surge la persecución, la calumnia, las campañas de desprestigio cuando se intenta construir y extender el Reino de Dios. Hoy también, como Pablo y Bernabé entonces, tantos y tantos misioneros y cristianos en los países más dispares del ancho mundo sufren tribulación, persecución y muerte por el Reino de Dios. Las noticias sobre la Iglesia, las noticias sobre el santo Padre nos dan últimamente también noticias semejantes. A esto podríamos añadir nuestro capítulo personal cuando hacemos en privado o en público profesión de nuestra fe cristiana, cuando de palabra o por obra manifestamos que somos cristianos.

Ante ello, Juan ve proféticamente en su Apocalipsis ya hecho realidad el futuro prometido, el Reino de Dios ya consumado: la morada de Dios con los hombres donde ya no habrá dolor, ni lágrimas, ni injusticia, ni insolidaridad, ni explotación, ni muerte… El viejo mundo pasará y el Reino de Dios triunfará. Es la profesión de esperanza, que traspasa la dificultad, las tribulaciones, la cruz. Creemos en el triunfo de Dios y, con él, en el triunfo de la humanidad según Dios.

Pero la nueva Jerusalén viene de lo alto. No viene sólo por nuestros esfuerzos. No la lograríamos si no nos fuese dada. Es don gratuito y generoso por parte de Dios. Hemos de facilitar a Dios el hacer nuevas todas las cosas, comprometiéndonos nosotros en renovar cada uno la pequeña parcela del mismo que nos ha sido encomendada, haciéndola nueva por el amor.

Ese amor es y ha de ser también la medida de la vida de nuestra Iglesia en este mundo. La primera lectura nos habla de la fuerza misionera de los primeros cristianos. Hay que anunciar a Jesucristo a todos los hombres. Ése es el deseo de Dios que, con su gracia, abre a los gentiles la puerta de la fe. Sólo el amor a Dios y a los hombres justifica el afán de aquellos primeros cristianos y de los misioneros de todos los tiempos. Con el anuncio de la fe y la con­versión de los pueblos crece la Iglesia, que es y debe ser el lugar donde vivimos el amor de Dios y a los hermanos. En ella se derrama la gracia de Dios hacia su amada, que nos salva de nuestros peca­dos. En ella, también nos hacemos capaces de amar a Dios y aprendemos a amar a los demás.

El amor, que se nos da como gracia y como mandamiento, es el que permite perseverar en la fe. La glorificación de la que habla Jesús refiriéndose a su pasión se revive tam­bién, de alguna manera, en la Iglesia. Buscar la gloria de Dios es amarle por encima de todo: La gloria que Dios nos dará es estar junto a él para siempre.

María es la predilecta del amor de Dios, elegida por puro amor divino para ser la Madre del Salvador, supo responder a este amor de Dios con su amor entregado, con un ejercicio activo y constante de caridad. Ella entrega su persona totalmente a Dios. El mérito de María es saber responder con amor entregado y fiel a los dones recibidos de Dios. “He aquí la Esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra”. La voluntad divina, a veces oscura y misteriosa, la encuentra siempre pronta para una perfecta adhesión. El fiat pronunciado en la Anunciación es la actitud constante de su corazón consagrado del todo al Amor.

La caridad a Dios, de que María estaba llena, la llevaba a darse a Cristo y a los hombres. El mismo amor que la une al Hijo le impulsa a amar a los hermanos. Esta es la característica del verdadero amor de Dios: quien lo posee, se abre para que el amor de Dios pueda llegar a los otros. Por amor se pone María de camino para visitar a su prima Isabel; el amor le lleva a percibir y atender con prontitud la necesidad de los novios de Caná. Por amor se entrega como madre de los discípulos y de la Iglesia al pie de la cruz.

Maria, hermanos, nos enseña a creer en nuestra vocación cristiana, en nuestra llamada a participar de la vida más plena: la vida misma de Dios en el amor. María nos enseña a acoger con fe el don de Dios y a seguir creyendo, incluso en los momentos de oscuridad, en la dificultad, en nuestros miedos. Dios es fiel a su palabra: nos podemos fiar de él. La Santísima Virgen María fue dichosa por haber creído.

Con Ella nos hemos de sentir dichosos por nuestra fe cristiana. ¡Qué dicha tan grande la de la fe cristiana! ¡Qué don tan grande formar parte de la Iglesia! ¿Qué sería de nosotros, qué sería de nuestro pueblo sin la fe cristiana? ¿Qué sería de nosotros sin la Mare de Déu? No sabemos bien lo que tenemos con la fe cristiana: fuente de civilización y cultura, fuente de vida y de progreso. Seríamos, con toda certeza, otra cosa sin la fe cristiana; seríamos otra cosa sin la Mare de Déu. ¡Cómo lleva Castellón en su corazón el amor a María, la Mare de Déu del Lledó!. A pesar de la secularización reinante y del laicismo anticristiano, la fe cristiana sigue viva en la mayoría del noble pueblo de Castellón. Gracias a la Mare de Déu existe vivo un profundo sentido religioso en nuestro pueblo: alimentemos y trasmitamos la devoción a la Virgen. Acudamos a Ella porque la Mare de Déu brilla en nuestro camino, como signo de consuelo, como modelo de nuestra fe, como aliento de esperanza y como motor de nuestro amor. Ella es la Madre de Jesús, y todo su gozo, gozo de madre, está en que perseveremos en la fe en su Hijo. Cuando le cantamos o le rezamos la popular Salve le pedimos que nos muestre a Jesús, el fruto de su vientre: porque sólo en Él esta nuestra dicha, está la salvación.

Al celebrar el 50º Aniversario de su configuración actual, nuestra Iglesia diocesana de Segorbe-Castellón y cuantos la formamos estamos llamados a anunciar con renovado ardor a Jesucristo: para que su mensaje de salvación penetre en las conciencias y en la vida de todos, para convierta los corazones y para renueve las estructuras de nuestra sociedad. Estamos llamados a anunciar y trabajar por el Reino de Cristo, “Reino de la verdad y de la vida, de la santidad y la gracia, de la justicia, del amor y de la paz”.

¡Que la participación en esta Eucaristía sirva, hermanos, a nuestra renovación personal y comunitaria en la fe, en la esperanza y en la caridad!. Pido a la Mare de Déu que nos enseñe y ayude a acoger a Dios y a Cristo Jesús. Acudamos, pues, a la Virgen para que abra nuestros corazones a Dios, a Cristo y al Evangelio. A Ella nos encomendamos y le rezamos: Ayúdanos a mantenernos perseverantes en la fe, firmes en la esperanza y fuertes en el amor. Ayúdanos a ser pacientes y humildes, pero también libres y valientes, como lo fuiste tú. ¡Protégenos y protege nuestra Ciudad! ¡Muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre! Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Apunta a tus hijos a la clase de religión

Queridos diocesanos:

En estos días están llegando a las parroquias los trípticos y los carteles que recuerdan a los padres católicos que en el periodo de inscripción en los colegios para el próximo curso escolar, que se abrirá en breve, es el momento para inscribir ahora a sus hijos a la asignatura de Religión y Moral católica. Los sacerdotes, especialmente los párrocos, así como los han de animar a los padres para que así lo hagan. La formación religiosa los niños y adolescentes depende también y manera muy importante de la clase de Religión. Entre todos hemos de ayudar a ver a los padres católicos la importancia que tiene la clase de religión en la formación religiosa de sus hijos y la incoherencia que supone que apuntar o apuntarse a la catequesis de primera comunión o de confirmación y no a la clase de religión

De otro lado, los padres y los muchachos han de ser animados ante las trabas y discriminaciones a que se ven sometidos cuando optan por la clase de Religión. Una y otra vez se escuchan voces que quieren desterrar la enseñanza de la Religión en la escuela, en especial, de la católica. Muchos padres me trasladan las dificultades que les ponen directivos de colegios e institutos públicos cuando quieren inscribir a sus hijos para dicha asignatura. No son raros los casos en que la clase de Religión se pone a primera o última hora de la semana, siendo privados los alumnos de Religión incluso del transporte escolar; quienes no optan por esa asignatura quedan, por el contrario, quedan libres de asistir a esa hora a clase, al no haber para ellos alternativa ni tan siquiera en la forma de ‘atención educativa’.

Antes de nada conviene recordar que los padres tienen un derecho a que sus hijos reciban la formación religiosa y moral de acuerdo con sus convicciones religiosas, garantizado por nuestra Constitución (Art. 27, 3). Al elegir la formación religiosa católica para sus hijos, los padres hacen uso de su derecho, deber y responsabilidad originarios a la educación de sus hijos. Es un derecho y deber de los padres, que el Estado ha de respetar y cuyo ejercicio ha de garantizar.

Conforme a la legislación establecida la enseñanza de la Religión católica es una asignatura que obligatoriamente los directores de los colegios deben ofrecer a los padres de los alumnos en el tiempo en el que se formalicen las matrículas. Los padres han de velar para que los colegios cumplan con esta obligación de ofertarla, lo hagan de hecho con las horas que le corresponden y no se escuden en tretas diversas para no hacerlo. Igualmente han de velar para que sus hijos no sean discriminados, mal mirados e, incluso, despectivamente interpelados por que cursan esta asignatura, y, en su caso, denunciarlo..

Al elegir la formación religiosa para sus hijos, los padres católicos además de ejercitar su derecho fundamental, no hacen sino cumplir también con el compromiso de educarles en la fe católica, que ellos mismos libremente asumieron el día del bautismo de sus hijos. Los padres católicos no pueden hacer dejación de este su compromiso libre ante la Iglesia para sus hijos. De su interés por la asignatura y por la calidad de la enseñanza religiosa depende en gran medida la educación religiosa de sus hijos.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón