El Día del Papa

Queridos diocesanos:

El domingo 27 de junio, dos días antes de la festividad de San Pedro y San Pablo por ser el día 29 laborable en nuestra Comunidad Autónoma, celebramos el Día del Papa  y la colecta llamada desde los primeros siglos Óbolo de San Pedro. En esta Jornada estamos invitados a meditar en el ministerio del Sucesor de Pedro, a orar por él y a contribuir con nuestros donativos a su misión evangelizadora y de caridad.

El ministerio de Pedro y de su sucesor, el Papa, es decir, su función exclusiva y su servicio específico en la Iglesia procede de la voluntad de Cristo que encomendó a San Pedro y sus sucesores que fueran el instrumento a través del cual el Espíritu Santo, construye la unidad de la Iglesia. El ministerio de Pedro y de su sucesor, el Papa, aglutina desde su presidencia a los obispos de las Iglesias particulares y constituye la unidad visible de la Iglesia. En función de la unidad de la Iglesia, obrada internamente por el Espíritu, instituyó Jesucristo el ministerio de San Pedro cuando le otorgó el poder de las llaves y le confirió el mandato de apacentar desde la fe y el amor a los corderos y a las ovejas de su rebaño (cf. Mt 16,18-19; Jn 21, 15-17).

En los últimos tiempos la misión del Papa se ha hecho particularmente difícil. Los últimos Papas están siendo “bandera discutida” de un gran combate, como lo es Cristo. Los odios, los rechazos, los resentimientos y las protestas en cualquier lugar de la Iglesia descargan sobre él. En la primera hora de la Iglesia, cuando Pedro estaba en la cárcel, toda la comunidad oraba por él. Hoy toda la Iglesia hemos de orar por quien ocupa su lugar, es decir, por el Papa. Hemos de esta muy cerca del Papa Benedicto XVI, con nuestra oración y con nuestra comunión efectiva y afectiva. Hay unas palabras de Jesús que desvelan todo el peso del servicio de Pedro y de sus sucesores: “¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha solicitado cribaros como trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos” (Lc 22,31). Hoy el Papa se ha convertido en bandera en torno a la cual se libra un combate decisivo; en juego está el mismo cristianismo.

La persona y el ministerio del Papa Benedicto XVI han de suscitar en nosotros una actitud de escucha y de acogida. Su palabra, como heraldo del Evangelio, es una palabra que nos confirma en la fe y renueva nuestra esperanza. Hoy recordamos al Santo Padre con afecto filial y con agradecimiento por el ejemplo claro y limpio de entrega total, recta y desinteresada, al servicio de la Iglesia y de la humanidad entera, sin regatear sacrificios ni rehuir sufrimientos en el cumplimiento de su ministerio. El Papa Benedicto XVI está prestando un servicio fundamental, necesario e insustituible.

Por todo ello, junto con nuestra oración y agradecimiento, en esta Jornada estamos llamados a colaborar con nuestros donativos al llamado ‘Óbolo de San Pedro’. Con la colecta, que se realizará en las Misas del domingo 27 de junio, ayudamos al Santo Padre, para que pueda realizar su misión en favor de la Iglesia Universal y de los más pobres de la tierra. Os pido un año más la generosa colaboración económica de todos los diocesanos, para que el Santo Padre pueda cumplir su ministerio. Que el Señor os lo premie y que vuestro comportamiento exprese el cariño, la obediencia y el amor que sentís por el Papa.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Bajo la ‘señal de la Cruz’

Queridos diocesanos:

A finales de este mes de junio tendrá lugar la peregrinación anual de nuestra Hospitalidad Diocesana de Lourdes al Santuario de la Virgen en esta ciudad francesa. Este año va a estar dedicada a la “señal de la Cruz”. Poder descubrir de manos de María como Bernadita el significado de la señal de la Cruz de manos de María para hacerla bien y hacerla con fe y devoción es algo providencial, máxime ante los conocidos los intentos de quitar el signo de la Cruz de todo espacio público.

La Cruz es un signo que pertenece a nuestra cultura occidental, con raíces claramente cristianas. Pero es ante todo es un signo religioso, lo que no quiere decir que deba quedar relegado al ámbito privado.

La Cruz es el signo de identidad de los cristianos y, a la vez, signo del amor universal de Dios hacia todos. La cruz, en si misma, es un poste y un travesaño a los que los romanos ataban a los conde­nados, con los brazos abiertos, con el fin de hacerles sufrir hasta la muerte. La cruz representa pues lo más negativo de la experiencia humana: la violencia, el sufri­miento y la muerte. Pero Dios la escogió precisamente para manifestar su Amor al género humano. Así, Jesu­cristo, Dios y hombre, por amor entregado hasta el final no solo asumió lo peor del sufrimiento humano y lo más indigno de la muerte, sino que Él lo convirtió en el lugar de encuentro de Dios con el hombre, del triunfo de la Vida sobre el pecado y la muerte al ser resucitado por Dios a la vida gloriosa.

La Cruz de Cristo es cruz gloriosa. Si en vida nos unimos a ella, las cruces de la vida serán venci­das por Cristo crucificado, ahora resucitado. Para ello hay que dar antes un giro y reorientar la vida en la dirección de Cristo, que nos mira e invita a ir con El. Es necesario que Cristo cambie nuestra manera de pensar, de sentir y de amar. La Cruz es cruz gloriosa y da la certeza en vida, de que esperamos la au­rora de una vida interminable. La Cruz significa cercanía y certeza moral de salvación con Cristo El y del Amor de Dios hacia todos.

Al recibir la señal de la Cruz en la frente, el bautizado reci­be la clave de toda su vida. En adelante, unido al Señor, su existencia puede ser una pas­cua, es decir, un paso de su realidad, marcada por la miseria, el pecado y la muerte, a la realidad de Cristo. Desde el bautismo hasta el último suspiro, la vida de todos los bautizados está puesta bajo la señal de la Cruz. Al hacerla “en el nombre del Pa­dre, y del Hijo y del Espíritu Santo”, manifestamos que so­mos objeto del Amor de Dios y que, por su Amor, debemos superar todas nuestras mise­rias.

Por ello hemos de aprender a hacer la señal de la Cruz, a hacerla bien, a hacerla lentamente y con atención, en privado o en público, sin miedo ni vergüenza a manifestar lo que somos. Al decir las palabras -“En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”- nos comprometemos a obrar en el nombre del Padre que nos ha creado, en el nombre del Hijo que nos ha redimido y en el nombre del Espíritu Santo que nos santifica.

Este signo es la señal de la consagración de toda la persona: al tocar mi frente, ofrezco a Dios todos mis pensamientos; al tocar mi pecho, consagro a Dios todos los sentimientos de mi corazón; al tocar mi hombro izquierdo, le ofrezco todas mis penas y preocupaciones; y, al tocar mi hombro derecho, le consagro mis acciones. La señal de la Cruz es en sí misma fuente de grandes gracias. Es una bendición: pues somos bendecidos por el mismo Dios.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Año Sacerdotal: don y tarea

Queridos diocesanos:

El pasado viernes, Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, hemos clausurado el Año especial Sacerdotal, convocado por el Papa Benedicto XVI con motivo del 150º Aniversario de la muerte a esta vida del santo Cura de Ars, San Juan María Vianey.

Han sido abundantes las gracias, que Dios ha derramado sobre nosotros en este año jalonado con actos de oración y celebraciones litúrgicas de la Eucaristía y de la Penitencia, con encuentros sacerdotales, la peregrinación diocesana a Ars o la participación en actos en Roma.

Este tiempo ha ofrecido una ayuda muy eficaz a todos los sacerdotes en nuestra necesaria renovación interior de modo que nuestro testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo. Durante este tiempo de gracia, fieles y comunidades hemos orado con intensidad y constancia a Dios por la santificación de los sacerdotes, de la cual depende también la eficacia de su ministerio. La presencia habitual de esta intención en nuestras comunidades ha ayudado a valorar la importancia del papel y de la misión del sacerdote en la Iglesia y en la sociedad contemporánea. Por todo ello damos gracias a Dios.

El Año sacerdotal ha concluido, pero los objetivos que con él se pretendían siguen siendo de enorme actualidad. Son un legado permanente de este año y una tarea cotidiana para todos: sacerdotes y fieles. En estos momentos recios es necesario que los sacerdotes nos dejemos renovar interiormente día a día por la gracia de Dios, que profundicemos nuestra vida espiritual mediante la oración intensa, la celebración de la Eucaristía, la recepción de la Penitencia y el ejercicio diario de la caridad pastoral: en una palabra, que tendamos hacia la santidad de vida en la entrega generosa y fiel a la vocación y ministerio recibidos. Sólo si somos hombres de Dios, podremos ser servidores de los hombres. Lo que más cuenta es centrar nuestra vida y nuestra actividad en un amor fiel a Cristo y a la Iglesia, que suscite en nosotros una acogedora solicitud pastoral con respecto a todos.

Para realizar fielmente esta tarea, los sacerdotes hemos de vivir centrados en el Señor Jesús; es decir, hemos de esforzarnos por ser pastores según el corazón de Cristo, manteniendo con él un coloquio diario e íntimo. La unión con Jesús es el secreto del auténtico éxito del ministerio y de la fidelidad siempre fresca de todo sacerdote. La comunión y la amistad con Cristo aseguran la serenidad y la paz también en los momentos más complejos y difíciles.

Sabemos que en nuestro camino no estamos solos. Contamos con la compañía y amistad fiel de Cristo, que nunca abandona, y de la Virgen, Madre de los sacerdotes. Pero también contamos con la cercanía humana y con la oración sincera de muchos fieles, que aprecian la persona y el ministerio de sus sacerdotes.

“Un buen pastor, un pastor según el Corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina”, decía el santo Cura de Ars. Orar por la santificación de nuestros sacerdotes y para que el Señor suscite entre nosotros vocaciones al sacerdocio, para que nos siga dando “pastores según su Corazón”, es lo que nos pide la hora presente de nuestra Iglesia y de nuestra sociedad.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Clausura del Año Sacerdotal

S.I. Concatedral de Castellón, 11 de junio de 2010

(Ez 34,11-16; Sal 22; Rom 5,5b-11; Lc 15,3-7)

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Queridos sacerdotes y hermanos todos en el Señor:

El Señor nos convoca esta mañana en la Solemnidad de su Sagrado Corazón, para clausurar el Año especial Sacerdotal, convocado por el Papa Benedicto XVI con motivo del 150º Aniversario de la muerte a esta vida del santo Cura de Ars, San Juan María Vianey. Abundantes han sido las gracias, que Dios ha derramado sobre todos nosotros en este año jalonado con actos de oración y con celebraciones litúrgicas de la Eucaristía, con encuentros sacerdotales de formación y de acción de gracias, con la peregrinación diocesana a Ars hasta los restos del Santo de Ars, el encuentro interdiocesano en Valencia o la participación de algunos de nuestros sacerdotes en congresos y otros actos en Roma.

Si, hermanos. Dios nos ha ofrecido un año de gracia. Este año ha sido una bendición de Dios, un tiempo propicio otorgado a todos los sacerdotes para nuestra necesaria renovación interior de modo que nuestro testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo. Durante este tiempo de gracia, fieles y comunidades hemos orado con intensidad y constancia a Dios por la santificación de los sacerdotes, de la cual depende también y en gran medida la eficacia de nuestro ministerio; la presencia habitual de esta intención en nuestras comunidades ha ayudado a valorar la importancia del papel y de la misión del sacerdote en la Iglesia y en la sociedad contemporánea y a apreciar el don del propio sacerdote para la propia parroquia, a querer a cada sacerdote de vosotros.

En el futuro constataremos los frutos de la deseada renovación: la fuerza del Espíritu Santo renovador y santificador, impetrada con tanta oración y ayuno en tantos lugares y por tantas personas, no será vana si se muestra en un testimonio sacerdotal vigoroso y gozoso, renovado y evangélico, que contribuya a la tan necesaria renovación de la humanidad de nuestro tiempo. Por todo ello damos gracias a Dios: por este año, por esta bendición y por todas las gracias recibidas

Este Año sacerdotal se ha celebrado en medio de una tormenta mediática mundial, en la que se ha manifestado la debilidad de algunos sacerdotes; pero esto no puede ofuscar ni mucho menos la fidelidad evangélica y la entrega generosa de la inmensa mayoría de los sacerdotes y, sobre todo, el reconocimiento del inmenso don que representan los sacerdotes, que sois cada uno de vosotros. Cada presbítero somos presencia sacramental de Cristo, sacerdote y Buen Pastor de nuestra vida.

Cada uno somos un don de Dios a los hombres y les ofrecemos a Cristo en persona que es el Camino, la Verdad y la Vida, la Luz que ilumina nuestros pasos, el Amor que no tiene límites y Amor que ama hasta el final. Los sacerdotes nos anuncian y nos ofrecen el buen alimento de su Palabra, que es Vida, fuerza de salvación para quienes creen, buena Noticia que llena de esperanza; los sacerdotes nos conceden de parte de Dios el perdón y la gracia de la reconciliación. En particular, los sacerdotes nos dan a Dios, sin el cual no podemos nada y no podemos esperar nada. Son gesto y señal del amor irrevocable de Dios, que no abandona a los hombres.

Los sacerdotes no somos sólo algo ‘conveniente’ para que la Iglesia funcione bien; más bien hay que decir y reconocer que los sacerdotes somos necesarios simplemente para que la Iglesia exista: porque somos ministros de la Eucaristía, sin la cual no hay Iglesia. Demos gracias a Dios por cada uno de nuestros sacerdotes, que desempeñan su propia tarea y servicio pastoral en las ciudades y pueblos, y que con frecuencia tienen la sensación de ser olvidados y estar aislados, de no saber qué hacer, pero que muestran siempre que Dios se encuentra en lo que es pequeño y en lo que no cuenta a los ojos del mundo.

El Año sacerdotal ha concluido, pero los objetivos que con él se pretendían siguen siendo de enorme actualidad. Son un legado permanente de este año, que se convierten hoy en tarea permanente y cotidiana para todos: sacerdotes y fieles. En este día centramos nuestra mirada en el Corazón de Cristo, en el Sagrado Corazón de Jesús, fuente inagotable del amor de Dios que “ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rom 5,5b). El Corazón de Jesús es la hoguera inagotable donde podemos obtener amor y misericordia para testimoniar y difundir entre todos los miembros del Pueblo de Dios y para toda la humanidad. En esta fuente debemos beber ante todo nosotros, los sacerdotes, para poder comunicar a los demás la ternura divina al desempeñar los diversos ministerios que la Providencia nos confía.

En estos momentos recios es necesario que los sacerdotes nos dejemos renovar interiormente día a día por la gracia de Dios: en una palabra, que tendamos hacia la santidad de vida en la entrega generosa y fiel a la vocación y ministerio que cada uno hemos recibido. Sólo si somos hombres de Dios, podremos ser servidores de los hombres y de la Iglesia. Los sacerdotes estamos llamados a ser como Cristo. Debemos ser santos. La santidad sacerdotal no es un imperativo exterior, es la exigencia de lo que somos. Sin la santidad sacerdotal, sin una vida espiritual profunda, alimentada día a día y vivida con ardor pastoral en el ejercicio de nuestro ministerio, todo se derrumba.

Lo que más cuenta es centrar nuestra vida y nuestra actividad en un amor fiel a Cristo y a la Iglesia, que suscite en nosotros una acogedora solicitud pastoral con respecto a todos. Para realizar fielmente esta tarea hemos estar y vivir centrados en el Señor Jesús; es decir, hemos de esforzarnos por ser pastores según el corazón de Cristo, manteniendo con él un coloquio diario e íntimo, dejándonos modelar por Él y por su corazón de pastor. La unión con Jesús es el secreto del auténtico éxito del ministerio y de la fidelidad siempre fresca de todo sacerdote.

Si en el centro de nuestro sacerdocio está el mismo Cristo, en los sacerdotes no habrá lugar para una vida mediocre. No dejemos lugar a una vida mediocre y tibia nunca y mucho menos en el momento actual, en el que es tan necesario mostrar la identidad de lo que somos y dar así razón de la esperanza que nos anima. Como Cristo, el Buen pastor,  estamos llamados a buscar a la oveja perdida (cf. Lc 15, 3-7), a vendar a las heridas, curar a las enfermas y guardar y apacentar como es debido a las fuertes (Ez 34,16).

La humanidad actual a menudo corre el riesgo de perder el sentido de la existencia; cierta cultura contemporánea pone en duda todos los valores absolutos e incluso la posibilidad de conocer la verdad y el bien. Por eso, es necesario testimoniar la presencia de Dios, de un Dios que comprenda al hombre y sepa hablar a su corazón. Nuestra tarea consistirá precisamente en proclamar con nuestro modo de vivir, antes que con nuestras palabras, el anuncio gozoso y consolador del Evangelio del amor en ambientes a veces muy alejados de la experiencia cristiana.

Por tanto, seamos cada día oyentes dóciles de la Palabra de Dios, vivamos en ella y de ella, para hacerla presente en nuestra acción sacerdotal. Anunciemos la Verdad, que es Cristo mismo. Que la oración, la meditación y la escucha de la palabra de Dios sean nuestro pan de cada día. Si crece en nosotros la comunión con Jesús, si vivimos de él y no sólo para él, irradiaremos su amor y su alegría en nuestro entorno.

Junto con la escucha diaria de la palabra de Dios, la celebración de la Eucaristía ha de ser el corazón y el centro de todas nuestras jornadas y de todo nuestro ministerio. El sacerdote, como todo bautizado, vive de la comunión eucarística con el Señor. No podemos acercarnos diariamente al Señor, y pronunciar las maravillosas palabras: “Esto es mi cuerpo” y “Esta es mi sangre”; no podemos tomar en nuestras manos el Cuerpo y la Sangre del Señor, sin dejarnos aferrar por él, sin dejarnos conquistar por su fascinación, sin permitir que su amor infinito nos cambie interiormente.

La Eucaristía ha de llegar a ser para nosotros escuela de vida, en la que el sacrificio de Jesús en la Cruz nos enseñe a hacer de nosotros mismos un don total a los hermanos. La comunión y la amistad con Cristo aseguran la serenidad y la paz también en los momentos más complejos y difíciles.

Queridos sacerdotes: Bien sabemos que en nuestro camino no estamos solos. Contamos con la compañía y amistad fiel de Cristo, que nunca abandona. Nos lo recuerda su presencia real y permanente en el Sagrario, en la Eucaristía. La fidelidad de Cristo es aliento para nuestra fidelidad a Él, al don u misterio recibido, a todos los hermanos, a nuestra Iglesia y toda la humanidad. Contamos con la protección, el aliento y la guía de la Virgen María, Madre de todos los sacerdotes. En nuestro camino contamos también con la cercanía humana y con la oración sincera de muchos fieles, que aprecian la persona y el ministerio de sus sacerdotes. “Un buen pastor, un pastor según el Corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina”, decía el santo Cura de Ars.

Hermanos y hermanas: A vosotros os pido que queráis y améis a los sacerdotes, que sepáis apreciarlos y acompañarlos; y, si es preciso, saber perdonarlos. Oremos por todos ellos a Dios; y oremos también para que el Señor siga suscitando entre nosotros vocaciones al sacerdocio, para que nos siga dando “pastores según su Corazón”.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Constitución del Consejo Diocesano de Pastoral

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CASIMIRO LÓPEZ LLORENTE,

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTÓLICA,

OBISPO DE SEGORBE-CASTELLÓN

 

La legislación de la Iglesia deja libertad para la constitución del Consejo Diocesano de Pastoral (cf. c. 515 CIC). No obstante esta libertad disciplinar, es bueno su constitución, dado el Consejo Diocesano de Pastoral expresa la participación institucionalizada de todos los fieles, de cualquier estado canónico, en la misión de la Iglesia (cf. Directorio para el ministerio pastoral de los Obispos “Apostolorum sucesores” de la Congregación para los Obispos n. 184.) Con el deseo de favorecer esta participación de todos los fieles en la misión evangelizadora de nuestra Iglesia diocesana en orden a incrementar la comunión de los hombres con Dios y, en Él, la comunión de los hombres entre sí, una vez revisados y aprobados los Estatutos del Consejo Diocesano de Pastoral mediante decreto de veintidós de marzo del presente año y transcurrido el tiempo establecido para la elección de los miembros elegidos y después de haber realizado las consultas pertinentes para nombrar los miembros de libre designación; por el presente venimos en nombrar y

 

NOMBRAMOS a los Miembros del  Consejo Diocesano de Pastoral Presbiteral Diocesano de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón, que, bajo nuestra presidencia, queda constituido como sigue:

 

MIEMBROS NATOS:

Ilmo. Sr. D. Miguel Simón Ferrandis, Vicario General.

Ilmo. Sr. D. Javier Aparici Renau, Vicario Episcopal de Pastoral.

Ilmo. Sr. D. Pedro Saborit Badenes, Deán del Cabildo Catedral.

Ilmo. Sr. D. José Burgos Casares, Deán del Cabildo Concatedral.

Rvdo. D. Miguel Abril Agost, Rector del Seminario “Mater Dei”.

Rvdo. D. Eduardo Zapata González, Rector del Seminario “Redemptoris Mater”.

Hna. María Sancho Monteagudo, Presidenta de CONFER diocesana.

 

MIEMBROS ELEGIDOS:

Por los Sacerdotes de las Zonas pastorales:

Rvdo. D. Víctor Artero Barberá, Plana Alta.

Rvdo. D. José Francisco Pastor Teruel, Plana Baja.

Rvdo. D. Juan Manuel Gallent Olivares, Palencia.

Rvdo. D. Manuel Martín Nebot, Maestrazgo.

Por los Religiosos:

Valero Jiménez Hinarejos, O.C.D.

José Navarro Rodríguez, O.M.D.

Por los Diáconos permanentes:

Manuel Martínez Chordá.

Por los Arciprestazgos:

Dña. Rosario Montalbán Gil, Arciprestazgo de Segorbe.

Dña. María José Flor Pérez, Arciprestazgo de Jérica.

D, Jean Carlos Valladares Vargas, Arciprestazgo Castellón-Norte.

Carlos María Asensi Arnau, Arciprestazgo de Castellón-Sur.

Miguel Renau Clausell, Arciprestazgo de Almazora.

Vicente Enguídanos Garrido, Arciprestazgo de la Costa.

Dña. Sari Lucas Miralles, Arciprestazgo de Nules.

Juan Contreras Martínez, Arciprestazgo de Onda.

Dña. Amparo Valiente Simón, Arciprestazgo de la Vall d’Uxó.

Dña. Conchín Soler Doñate, Arciprestazgo de Villarreal.

Eugenio Cristian Ramos Aragón, Arciprestazgo de Plá de l’Arc.

Jesús Fernández Miravet, Arciprestazgo de Alcora.

Por las Religiosas de Vida Activa:

Hna. Josefa Gómez Botía (Hna. de la Consolación), Pastoral de la Educación,

Hna. Myriam Reynoso Flores (Sierva de Jesús), Pastoral de la Salud,

Hna. Rosario Antoñana Carlos de Vergara (Hija de la Caridad), Pastoral de Acción caritativa y Social

Hna. Mª Jesús Sancho Solaras (R. Angélica), Pastoral Parroquial.

Por las Delegaciones Diocesanas:

Dña. Dolors García Falques, por Cáritas Diocesana.

Dña. Elena Borrajo, por Apostolado Seglar.

Dña. Caridad Fernández Soto, por Pastoral Familiar y de la Vida.

Dña. María Ángeles Pellicer Sotomayor, por Asociaciones de Espiritualidad y nuevas Comunidades.

Dña. María Teresa Bel Adell, por Pastoral de la Salud.

 

MIEMBROS DE LIBRE DESIGNACIÓN

Pascual Luis Segura Moreno, Secretario de la Junta Diocesana de Cofradías.

Dña. Julia Aymerich Miralles, Catequista.

Dña. Susana Espiga Donis, Profesora de religión.

Felipe Bonache Guinot, de Onda.

Vicente García Planelles, de Comunidades Neocatecumenales.

Dña. Esencia Huerga Monrós, de Vida Ascendente.

 

Confiamos al Señor, el Buen Pastor, y a la Virgen de la Cueva Santa que todos los consejeros ejerzan su tarea en bien de la comunión, vida y misión de nuestra Iglesia Diocesana. Comuníquese a todos los interesados y publíquese en el Boletín Oficial del Obispado.

Dado en Castellón de la Plana, a diez de junio del Año del Señor de dos mil diez.

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Doy fe,

El Canciller-Secretario General

Dadles vosotros de comer

Queridos diocesanos.

En el centro de la fiesta del Corpus Christi está el Sacramento de la Eucaristía, en el que Cristo Jesús nos ha dejado el memorial de su entrega total por amor en la Cruz. El mismo se nos ofrece como la comida que da la Vida y se ha quedado permanentemente presente entre nosotros para que, en adoración, contemplemos y acojamos su amor supremo y, a la vez, alimentemos nuestro amor fraterno.

La Eucaristía es el centro de la vida de la Iglesia y de todo cristiano. Sin la celebración eucarística no habría Iglesia; y sin la participación plena en ella, la vida de todo cristiano languidece, se apaga y muere. En la Eucaristía, el Señor mismo nos invita a su mesa y nos sirve, y sobre todo, nos da su amor hasta el extremo de ser Él mismo el que se nos da en el pan partido y repartido. La comunión del Cuerpo de Cristo une a los cristianos con el Señor, y crea y recrea la nueva fraternidad que no admite distinción de personas, que no conoce fronteras ni es excluyente.

La Eucaristía tiene unas exigencias concretas para el vivir cotidiano, tanto de la comunidad eclesial como de los cristianos. La Iglesia, cada comunidad eclesial y cada cristiano que comulga están llamados a ser testigos comprometidos del amor de Cristo, del que participan, para que este amor llegue a todos, pues a todos está destinado.

Por ello, en la Fiesta del Corpus celebramos el Día de la Caridad. El mandamiento nuevo tiene su fuente y su urgencia en la Eucaristía, en su celebración y en la participación en ella. No podemos comulgar con conciencia limpia si no hemos reconocido y acogido a Jesús en el hermano o si lo hemos excluido (cf. Mt 25). A la vez, quien en la comunión comparte el amor de Cristo es enviado a ser su testigo compartiendo su pan y su vida con el hermano necesitado.

La urgencia de una caridad efectiva y comprometida, y más, si cabe, en estos tiempos en que cada día más familias no tienen qué comer, pide que nos esforcemos aún más en nuestra preocupación y compromiso por todos los necesitados en nuestras comunidades. La caridad no puede faltar en la vida y misión de las parroquias, de la Iglesia diocesana y de todos los católicos. “Dadles vosotros de comer”, dice Jesús a sus discípulos cuando le piden que despida a la gente para que busque comida y alojamiento en las aldeas.

Es mucho lo que en estos momentos de profunda crisis económica y gracias, sobre todo, a las aportaciones de los fieles están haciendo las cáritas parroquiales, interparroquiales y diocesana, así como otras instituciones eclesiales. Aunque para muchos medios de comunicación esto no sea noticia, muchas de nuestras cáritas han visto triplicado en poco tiempo el número de peticiones de familias; algunas cáritas están desbordadas. Si no fuera por ellas muchos no tendrían nada que llevarse a la boca o no podrían cubrir sus necesidades básicas de higiene, luz y agua.

Esta situación no tiene visos de cambiar en breve, por lo que los católicos debemos redoblar nuestros esfuerzos y nuestras aportaciones a cáritas, alentados por los sacerdotes en ejercicio del propio ministerio de la caridad. Gracias a todos.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Solemnidad del Corpus Christi

6 de junio de 2010

(Gn 14,18-20; Sal 109; 1 Co 11,23-26; Lc 11b-17)

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¡Amados hermanos todos en el Señor Eucaristía!

En la solemnidad del Corpus Christi, la Iglesia nos convoca a los cristianos para celebrar y exaltar de un modo solemne la sagrada Eucaristía. Junto con toda la Iglesia celebramos y proclamamos públicamente nuestra fe en la presencia real, verdadera y permanente de Jesucristo en la Eucaristía. Por mandado y por la potestad misma de Jesús, mediante las palabras de sacerdote, el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y Sangre de Cristo que tomó nuestra carne para hacernos partícipes de su vida divina. En la Eucaristía tenemos el signo visible y real de su entrega hasta la muerte en la cruz por nosotros; una entrega que se hace siempre actual, cada vez que celebramos la Eucaristía. La Eucaristía es un don y misterio de amor, en el que Cristo se nos da como alimento y prenda de la futura gloria. Esta es la verdadera razón de nuestra alegría y de nuestra Fiesta, que se manifiestan además con signos populares llenos de colorido.

La Palabra de Dios de este día nos ayuda a entrar en el significado profundo de la Eucaristía. San Pablo, en su primera carta a los Corintios, nos ha recordado con palabras precisas la institución del Sacramento de la Eucaristía por el mismo Señor Jesús. A los corintios, cuya fe en la Eucaristía se había debilitado, Pablo les recuerda la tradición que procede del mismo Jesús y que él, Pablo, les ha trasmitido: “Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo tomó pan.. lo partió y dijo: esto es mi cuerpo… y lo mismo hizo con el cáliz… diciendo. Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre”. A la vez Jesús confía a su Apóstoles, sus sucesores y los sacerdotes: “Haced esto en memoria mía”; y añade: “Cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva” (1 Co 11, 24-26).

Por tanto también hoy, al celebrar la Eucaristía, hacemos lo que Jesús nos confió, el pan y el vino se convierten en su cuerpo y en su sangre, anunciamos su muerte redentora de Cristo y su resurrección salvadora: así se reaviva en nuestro corazón la esperanza de nuestro encuentro definitivo con él. Conscientes de ello, después de la consagración, respondiendo a la invitación del Apóstol, aclamaremos: “Anunciamos tu muerte. Proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!”.

La primera lectura (Gn 14, 18-20) nos habla de Melquisedec, “rey de Salem” y “sacerdote del Dios altísimo”, que bendijo a Abraham y “ofreció pan y vino” (Gn 14, 18). Aquí se anuncia lo que ocurrirá en el Cenáculo y en la Cruz. La víspera de su muerte en la Cruz, Jesús ofreció también pan y vino, que, “en sus santas y venerables manos” (Canon romano), se convirtieron en su Cuerpo y en su Sangre, que al día siguiente el mismo ofrecerá en sacrificio. En el Cenáculo se anticipa el sacrificio y la muerte en la Cruz de Jesús, el Verbo encarnado, el Cordero inmolado por nosotros, el Cordero que quita el pecado del mundo. Es la manifestación suprema del amor de Dios a los hombres y del hombre a Dios. Con la muerte de Jesús, el pecado y la muerte quedan derrotados para siempre.

Con su dolor, Cristo redime el dolor de todo hombre; con su pasión, el sufrimiento humano adquiere nuevo valor.

Por su parte, el relato evangélico de la multiplicación de los panes y de los peces, nos ayuda a comprender que el don y el misterio de la Eucaristía, además de sacrificio es banquete: Jesús mismo se nos da como alimento. Jesús tomó cinco panes y dos peces, levantó los ojos al cielo, los bendijo, los partió, y los dio a los Apóstoles para que los fueran distribuyendo a la gente (cf. Lc 9, 16). Como observa san Lucas, todos comieron hasta saciarse e incluso se llenaron doce canastos con los trozos que habían sobrado (cf. Lc 9, 17).

Este milagro preanuncia el don que Cristo hará de sí mismo en la última Cena al instituir la Eucaristía, para darse a la humanidad como alimento de vida eterna. Hay una diferencia clara entre los dos momentos; cuando Jesús reparte los panes y los peces a la multitud, Jesús da gracias al Padre celestial por su providencia, confiando en que Él no hará faltar el alimento a toda aquella gente. En la Última Cena, en cambio, Jesús transforma el pan y el vino en su propio Cuerpo y Sangre, para que los discípulos puedan nutrirse de Él y vivir en comunión íntima y real con Él. Es un milagro sorprendente, que anuncia la multiplicación incesante en la Iglesia del Pan de Vida nueva para los hombres de todas las razas y culturas. Este ministerio sacramental se confía a los Apóstoles y a sus sucesores. Y ellos, fieles a la consigna del Señor, no dejan de partir y distribuir el Pan eucarístico de generación en generación.

A lo largo de los siglos, los fieles cristianos han recibido este Pan de la Vida con devota participación. Con este Pan de vida, medicina de inmortalidad, se han alimentado innumerables santos y mártires, e innumerables cristianos obteniendo la fuerza para soportar incluso duras y prolongadas tribulaciones. Han creído en las palabras que Jesús pronunció un día en Cafarnaúm: “Yo soy el pan vivo, que ha bajado del cielo; El que coma de este pan, vivirá para siempre” (Jn 6, 51).

La celebración del Corpus nos debe llevar a descubrir a Jesucristo presente en la Eucaristía y presente también en nuestras vidas. La Eucaristía es el misterio de nuestra fe, un misterio que hemos de creer, celebrar y vivir, como nos ha recordado Benedicto XVI (Exh. Postsinodal Sacramentum Charitatis). La Eucaristía es el bien más precioso que tenemos los cristianos. Es el don que Jesús hace de sí mismo, que nos revela y dar el amor infinito de Dios por cada hombre.

La fe de todo el Pueblo cristiano, admirado por la grandeza de este misterio de amor e imbuido de gratitud al Dios vivo que nos salva, desea proclamar que es Cristo mismo quien se hace presente en la Eucaristía, quien se ofrece a Dios por nosotros y quien se ofrece a nosotros como el pan de Vida para que alcancemos la herencia eterna. Es esa fe de la Iglesia la que ha procurado que Cristo Redentor, presente en la Eucaristía, fuera aclamado por los creyentes y bendijera todos los hogares en la procesión por las calles y plazas de nuestros pueblos y ciudades.

Preguntémonos cómo está hoy nuestra fe en la Eucaristía. El descenso actual de la práctica dominical y del culto a la Eucaristía fuera de la Misa ¿no indica que nuestra fe en la Eucaristía se está debilitando? Los templos semivacíos, los sagrarios solitarios o la falta de reverencia ante el Sagrario cuando entramos en la iglesia son muestra del enfriamiento de nuestra fe en la Eucaristía. La fiesta de hoy es una oportunidad de avivar esta fe, para celebrarla con asiduidad y vivirla en el día a día: un tiempo especialmente oportuno, ahora que tantos cristianos dejan de participar tan fácilmente en la Misa de los domingos.

Hoy queremos agradecer a Jesucristo esta misteriosa, pero real presencia en la Eucaristía con la cual ha querido perpetuar y extender en el tiempo la eficacia de su ofrecimiento en la Cruz y de su intercesión por los hombres. Desde entonces el mundo es diferente. Y sería más diferente todavía, si todos los cristianos creyéramos con más fuerza en esta presencia y nos alimentáramos de este pan venido del Cielo. Adorar la Eucaristía es adorar al mismo Dios, que además de crearnos quiere unirse con nosotros. El Cuerpo de Cristo es el signo definitivo del amor de Dios y de la dignidad de los hombres, de la dignidad de nuestro cuerpo, de la materia y de la creación entera. Redescubramos y acojamos la riqueza de este misterio sacramental; participemos asiduamente en la Eucaristía y adoremos a Jesús sacramentado. No podemos olvidar que la Eucaristía es el centro de la vida de todo cristiano. Sin ella la vida cristiana flaquea y se extingue.

Jesús nos pide vivir lo que hemos celebrado. En la Eucaristía celebramos y actualizamos el amor de Dios hasta el extremo. Por ello, hoy celebramos también el Día de Caridad. No es un añadido casual. La participación en la Eucaristía y la contemplación del Señor en ella nos han llevar al compromiso de caridad, sobre todo, con los últimos de la sociedad. “Dadles vosotros de comer”, nos dice hoy Jesús a sus discípulos, para que el pan de la Vida llegue a todos. Salir con Cristo al encuentro de los últimos es una exigencia ineludible del culto eucarístico.

Celebrar la Eucaristía como el gran sacramento del amor, se ha de traducir necesariamente en gestos de amor y en obras de caridad. Gestos de amor y obras de caridad en la vida personal hacia todos, especialmente hacia los más necesitados, los parados, los que pasan hambre, de los emigrantes y sus familias; gestos y obras de compromiso por la dignidad de toda persona humana desde su concepción hasta su muerte natural; gestos y obras de amor entre los esposos y hacia los hijos, en la transmisión de la fe y en una educación que no margine a Dios; gestos de amor en favor del bien común, de la justicia y de la paz, gestos de amor para que se sacie el hambre de pan material y el hambre del amor de Dios.

Yo soy el pan vivo, bajado del cielo” (Jn 6, 51), nos dice Jesús. Él quiso convertirse en pan partido, para que todos los hombres pudieran alimentarse con su misma Vida en el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. Este es el sentido de la solemne procesión que, como cada año, dentro de poco haremos por las calles de la Ciudad. Con piedad y recogimiento acompañaremos al Sacramento eucarístico por las calles de la ciudad. Lo llevaremos a nuestra vida diaria acechada por un sinfín de peligros, oprimida por las preocupaciones y las penas, y sujeta al lento desgaste del tiempo. Con nuestros cantos y nuestras súplicas, llenos de confianza le diremos: Señor, ten piedad de nosotros, aliméntanos y defiéndenos, llévanos a los bienes eternos. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón