Mensajeros de Dios

Queridos diocesanos:

A final de septiembre y principio de octubre, la Iglesia recuerda en la liturgia a los ángeles: el 29 de septiembre a los Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael y el 2 de octubre a los Santos Ángeles custodios. La policía los ha elegido como patronos: la policía municipal al Arcángel San Miguel y la policía nacional a los Santos Ángeles Custodios. Pero ¿quienes y qué son los ángeles? ¿Es infantil creer en su existencia y en su presencia en nuestras vidas, como dicen algunos?

Los ángeles son criaturas espirituales de cuya existencia da fe la Sagrada Escritura. Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, su existencia es una verdad de fe, que hemos de creer (n. 328). Ellos “contemplan sin cesar el rostro de mi Padre celestial” (Mt 18,10), dice Jesús. En la vida de Jesucristo y en la vida de la Iglesia primitiva, los ángeles ejercen con frecuencia la misión de mensajeros. Los ángeles han sido creados por Dios, como el universo entero, para su gloria. Es decir, “para alabar, hacer reverencia y servir” al Creador. Cumplen esta finalidad siendo la corona gloriosa del Señor. Por ello decimos que los ángeles forman la corte celestial, que primariamente mira al honor de Dios Creador y Redentor.

La palabra ‘ángel’ indica su oficio: los ángeles son servidores y mensajeros de Dios para bien de la humanidad. Los ángeles son signo luminoso de la presencia de Dios en nuestra historia, son signo de su providencia y de su bondad paternal, que no deja que falte a sus hijos nada de cuanto es necesario para lograr su plenitud. Como intermediarios de Dios, estas criaturas invisibles han sido puestas a nuestro servicio para guiarnos en el camino hacia la casa del Padre. Ellos son “testigo de lo invisible, presencia del cielo amiga”. Por ello, el pueblo cristiano ha sentido siempre la necesidad de agradecer su silenciosa y benévola compañía honrándoles de una manera especial.

La Iglesia, al celebrar la memoria de los ángeles, nos invita a escuchar su mensaje: “Ángel de Dios, que yo escuche tu mensaje y lo siga, que vaya siempre contigo hacia Dios que me lo envía”. Y ¿cuál es su mensaje hoy y siempre? Los ángeles custodios son un recuerdo vivo de Dios para que el hombre no pierda el sentido de Dios en su vida. Ellos nos interpelan ante los intentos de desalojar a Dios de la historia humana y de construirla al margen de Dios; ellos son faros luminosos para un mundo que ha perdido la esperanza ante el futuro. Los ángeles nos recuerdan que Dios no es alguien lejano sino que Dios vive en medio de nosotros y camina con nosotros, así como que la historia tiene una meta y que hay una esperanza: y ésta no es otra sino Dios y su Reino.

Los ángeles custodios nos protegen del peligro de volvernos impíos, del soberbio intento de los humanos de excluir a Dios de nuestro mundo personal, familiar, laboral, cultural, de la vida pública y de la vida privada. Los ángeles nos alertan y protegen ante el peligro de la autosuficiencia y de pensar que Dios es un oponente y opresor del hombre, celoso de su libertad, de su desarrollo y de su realización. Al contrario: el hombre es grande, sólo si Dios es grande en su vida. Los ángeles nos remiten a Dios, nos sugieren siempre pensamientos de verdad, de rectitud y de humildad, nos invitan a volver nuestra mirada a Dios, para dejar que Él sea grande en nuestra vida. Así también cada hombre y mujer tendrá todo el esplendor de la dignidad divina.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

En el centro, la Eucaristía

Queridos diocesanos:

La Eucaristía es el bien más precioso que tenemos los cristianos. Centro de la vida de todo cristiano y de toda comunidad cristiana es un misterio que hemos de conocer mejor para creerlo, celebrarlo y vivirlo, como nos ha recordado Benedicto XVI.

La Eucaristía es el don que Jesús hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre. Es la manifestación mayor del amor de Dios por la humanidad. Si el amor supremo es la donación y la entrega de sí mismo por el bien del otro, en la Eucaristía celebramos, actualizamos y tenemos la entrega total, en cuerpo y sangre, de Jesucristo en Sacrifico al Padre por la salvación de la humanidad, su fin último. En la Eucaristía, Jesús no da ‘algo’, sino a sí mismo; ofrece su cuerpo y derrama su sangre; entrega toda su vida, manifestando la fuente originaria de este amor divino.

Jesús es además el Pan de vida (Jn 6,51), que el Padre eterno da a los hombres. En la Eucaristía nos llega toda la vida divina y se comparte con nosotros en la forma del Sacramento. En el don eucarístico, Jesucristo nos comunica la misma vida divina. Se trata de un don absolutamente gratuito, que se debe sólo a las promesas de Dios, cumplidas más allá de toda medida. En la Eucaristía, Cristo se une con cada uno de nosotros, genera unidad y fraternidad, hace y edifica su cuerpo, la comunidad de los cristianos, la Iglesia. En la Eucaristía, presencia real de Cristo, el Emmanuel, el “Dios con nosotros”, se queda con nosotros de modo eminente. El amor humano es efímero, acaba con el tiempo; sólo el amor de Dios permanece. Todos nos abandonarán, sólo Dios, en la Eucaristía, permanecerá junto a nosotros por los siglos de los siglos. Por eso la Eucaristía debe ser lugar de encuentro, lugar donde el amor de Dios y nuestro amor se entrecrucen.  A Cristo Sacramentado le mostramos nuestro amor respondiendo con el nuestro: es nuestra adoración.

Nos urge descubrir, conocer y acoger la riqueza contenida en la Eucaristía. Sólo así se avivará nuestra fe en ella, y nuestra fe en Dios, Uno y Trino, el Dios que es amor. Si creemos de verdad en la Eucaristía, esta fe nos ha de llevar a participar frecuentemente, y a hacerlo de un manera activa, plena y fructuosa, debidamente preparados. Conscientes de que la Eucaristía es principio de vida para el cristiano y para la Iglesia, hemos de recuperar la participación en la Eucaristía todos los domingos y fiestas de precepto, y hacerlo en familia. Nuestra participación en la Misa no ha de ser para cumplir una obligación, sino fruto de una necesidad sentida. Que bien lo entendieron aquellos cristianos de Bitinia, que, pese a la prohibición bajo pena de muerte de reunirse para la Eucaristía, fueron sorprendidos por los emisarios del emperador, a quienes contestaron: Sin Eucaristía no podemos existir. La vida de fe peligra cuando ya no se siente el deseo de participar en la celebración eucarística.

Pero no sólo hemos de creer y celebrar la Eucaristía, sino que hemos de vivirla en el día a día. “El que come vivirá por mí” (Jn 6,57). La Eucaristía contiene en sí un dinamismo que hace de ella principio de vida nueva en nosotros. El alimento eucarístico nos transforma y nos cambia misteriosamente. Cristo nos alimenta uniéndonos a él; el Señor nos atrae hacia sí. La Eucaristía ha de ir transformando toda nuestra vida, privada y pública, en culto espiritual agradable a Dios. La vida cristiana se convertirá así en una existencia eucarística, ofrecida a Dios y entregada a los hermanos.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Bicentenario del fundador de las Hermanas Oblatas del Santísimo Redentor

EUCARISTÍA DE ACCION DE GRACIAS EN EL BICENTENARIO DEL NACIMIENTO DE MONS. JOSÉ MARÍA BENITO SERRA, FUNDADOR DE LAS HERMANAS OBLATAS DEL SANTÍSIMO REDENTOR

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Desierto de las Palmas (Castellón), 16 de septiembre de 2010

Jueves de la 24ª Semana del Tiempo OrdInario

(1 Cor 15,1-15; Sal 117; Lc 7, 36-50)

 

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Amados todos en el Señor Jesús. Queridos PP. Carmelitas y sacerdotes concelebrantes, M. General y Consejo General de la Congregación y Hermanas Oblatas todas.

“Dad gracias al Señor porque es bueno” (Sal 117). Con estas palabras, el salmista nos acaba de invitar a dar gracias a Dios porque es bueno, a dar gloria y alabanza a Dios por su gran su misericordia y bondad, a entonar nuestra acción de gracias en esta Eucaristía al celebrar el bicentenario del nacimiento de vuestro Fundador, Mons. José Mª Benito Serra, queridas Hermanas Oblatas del Santísimo Redentor. Gracias damos a Dios por la persona de Mons. Benito Serra, que vio la luz de este mundo en Mataró, el 11 de mayo de 1810 y terminó su vida terrenal aquí, en el Desierto de las Palmas, el 8 de septiembre de 1886. Gracias damos a Dios por todos los dones que durante su vida en este mundo concedió a este monje, misionero, obispo y fundador: por el don de haber encontrado a Dios en la contemplación, por su pasión apostólica, por su gran inteligencia, por su corazón sensible hacia los más necesitados, por su voluntad firme de acoger y responder a la voluntad de Dios, por su profunda intuición profética y por su gran compasión hacia la mujeres prostituidas. Como bien dice vuestro folleto divulgativo, él fue “testigo fiel, centinela de auroras de justicia, profeta de la compasión, peregrino de la verdad y fundador de horizontes poblados de dignidad”.

Gracias damos a Dios también por vuestra Congregación de Hermanas Oblatas del Santísimo Redentor, que él puso en marcha, siguiendo la llamada de Dios, junto con Antonia de Oviedo. El deseo más vivo de vuestro Fundador era ayudar en su regeneración a aquellas mujeres de la calle, que tanto había visto sufrir en el Hospital de San Juan de la Cruz de Madrid. Movido por un vivo ardor apostólico y por una compasión sin igual, él quería llevar a aquellas mujeres al amor misericordioso de Dios; a ese amor que se manifiesta, ofrece y otorga en Cristo, que, en el evangelio de hoy (Lc 7, 36-50), acoge y perdona a una pecadora porque ella sabe responder con mucho amor al amor de Dios: un amor misericordioso, el de Dios, que, acogido de corazón, humaniza, dignifica, regenera y salva al ser humano. Así lo manifiestan también aquellas palabras del P. Serra a Antonia de Oviedo. “Yo –decía- quiero salvar esas almas. Si todas las puertas se les cierran les abriré yo una donde se puedan salvar. Si nadie me ayuda, lo haré yo sólo con la ayuda de la gracia y el apoyo del que llevó en sus hombros la oveja perdida y no quiere más que las personas vivan”. Sí: hoy es un día un día para entonar nuestra más sincera y humilde acción de gracias a Dios por este gran don suyo, que es vuestra Congregación: Dios ha estado grande con vosotras, con estas mujeres en situaciones de exclusión y vulnerabilidad, con la Iglesia y la sociedad en tantos países donde encontráis, y también con nuestra misma Iglesia diocesana.

Hoy, al dar gracias a Dios por el P. Serra y por todos los dones por él recibidos, en especial, por vuestra Congregación, la semilla que vuestro Padre Fundador sembró se convierte en legado para vosotras, queridas Hermanas Oblatas: un legado que ha de ser fuente permanente de renovación espiritual para todas vosotras.

Sí. Hablo de renovación espiritual. Al recordar vuestros orígenes, el Señor os invita hoy a que dejéis que se avive en vosotras vuestro carisma fundacional para que podáis vivir en todo momento con radicalidad evangélica y fidelidad creciente vuestra entrega consagrada al Señor. Vuestro nombre, Hermanas Oblatas del Santísimo Redentor, expresa y sintetiza la espiritualidad y el carisma de vuestra Congregación. Os recuerda que vuestra oblación, que vuestra entrega, debe ser total y hasta las últimas consecuencias, siguiendo las huellas de Cristo Redentor, casto, pobre y obediente a la voluntad del Padre Dios hasta la muerte en Cruz por amor a los hermanos. Especialmente sensibles al dolor de otras mujeres, estáis llamadas, convocadas y enviadas a llevar a Jesucristo, la buena Noticia de Dios y de su amor fiel, infinito y misericordioso para la humanidad, a las mujeres que se encuentran en la prostitución y son víctimas de la trata. Manteniendo vivo el carisma que habéis recibido tendréis la fuerza necesaria para permanecer fieles a vuestra vocación en medio de estas situaciones y para seguir apostando por la vida, por la misericordia, por la solidaridad, por la alegría y por la gratuidad.

Y ¿dónde mejor encontrar la fuente para vuestra renovación espiritual y para mantener vivo vuestro carisma sino es en el encuentro con el Señor, el Hijo de Dios, muerto por nuestros pecados y resucitado para la vida del mundo, como nos recuerda San Pablo en su primera carta a los Corintios (1 Cor 15,1-15)? En la oración personal y comunitaria, en la escucha atenta y dócil de su Palabra, mediante el encuentro hoy con vuestros orígenes y con vuestro Fundador encontréis la fuente permanente de renovación y la respuesta evangélica a las necesidades de los nuevos tiempos. En la celebración diaria y en la en adoración frecuente y prolongada de la Eucaristía, presencia sacramental pero real del Señor, muerto y resucitado, entre nosotros, encontraréis el manantial inagotable de amor, de comunión, de fraternidad y de misión. En la celebración frecuente del Sacramento de la Penitencia experimentaréis la belleza del abrazo misericordioso de Dios, que fortalece la comunión con Dios y con los hermanos y os envía a ser testigos de la misericordia divina.

La santidad es el camino fundamental de la renovación espiritual, que necesita siempre nuestra Iglesia y vuestra Congregación, para ser fieles al don y a la misión que el Señor nos ha confiado. El Señor os invita y llama, queridas hermanas, a vivir con radicalidad vuestra consagración a Dios. Por vuestra especial vocación y consagración estáis llamadas a expresar de manera más plena el misterio pascual, el misterio redentor de Cristo. Sólo unidas al Señor Resucitado podréis ser luz que alumbre las tinieblas de nuestro mundo y testigos de esperanza para estas mujeres. Vivid sencillamente lo que sois: signo perenne de la vocación más íntima de la Iglesia, recuerdo permanente de que todos estamos llamados a la santidad, a la comunión de vida en el amor de Dios.

El alma de vuestra vida consagrada es percibir, amar y vivir a Cristo como plenitud de la propia vida, de forma que toda vuestra existencia sea una oblación sin reservas a Él. En vuestra vida consagrada se manifiesta con transparencia aquello que san Pablo nos dice: “(Cristo) murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para quien murió y resucitó por ellos” (2 Cor 5, 15). Dejad que Cristo viva en vosotras; seguidlo dejándolo todo; amadle de todo corazón; seguid sin condiciones al Maestro; dedicad toda vuestra vida, vuestro afecto, vuestras energías y vuestro tiempo a Jesucristo y, en Él, al Dios y Padre de todos. Vivid esa entrega sin dejar que os perturbe ninguna duda ni ambigüedad sobre el sentido y la identidad de vuestra consagración, fieles a Cristo hasta la muerte.

Esta es la sustancia de la vida consagrada. A esta sustancia habréis de volver una y otra vez para que vuestra vocación y vuestra consagración sean fuente de gozo radiante y completo. Cuando nos queremos entender sólo por la tarea que hacemos y olvidamos esto que es sustancial, la propia vida no es capaz de mantenernos en la alegría de Cristo, y la misma consagración se desvirtúa y termina perdiendo sentido. Vivimos tiempos de cambios profundos y, con frecuencia, de desconcierto. Recordad que ni sois extrañas o inútiles en la ciudad terrena, ni podéis acomodaros a este mundo: dejaríais de ser, sal de la tierra. Una Iglesia en la que fallara o palideciera el testimonio de la vida consagrada, estaría gravemente amenazada en su vocación y misión. Estáis en la vanguardia de la Iglesia y en el corazón del mundo. No es extraño que los criterios del mundo también presionen sobre vosotras. Procurad con empeño perseverar y progresar en la vocación a que Dios os ha llamado.

Hoy, el verdadero desafío de la vida consagrada es vivir con verdad y con hondura su carisma, su ser de consagrados, en la hora presente. Lo que la Iglesia necesita y pide de vosotras es que creáis en vuestro carisma, que lo améis, que lo viváis con nuevo ardor, descubriendo sus nuevas exigencias, y que, desde vuestro ser de consagradas, colaboréis junto a los demás creyentes en el impulso de la acción evangelizadora de la Iglesia. Nuestro verdadero problema no es el envejecimiento de las comunidades o el descenso de vocaciones, sino la tibieza, la mediocridad y la falta de santidad en este tiempo de incertidumbre. Es el momento de reavivar el fuego, la hora de despertar y ser auténticamente consagradas. Sólo desde ahí podréis poner vuestra aportación original e insustituible en las Iglesias diocesanas.

Lo decisivo no es el número, sino la calidad de vida evangélica que puedan irradiar vuestras comunidades y cada una de vosotras: la fe gozosa, la adhesión apasionada a Jesucristo, la comunión sin fisuras con la fe de la Iglesia, la obediencia religiosa a nuestros legítimos pastores, la alegría interior, la amistad fraterna, la cercanía a las personas y la austeridad sana. Lo decisivo para que el amor de Dios, manifestado en Cristo y así para la humanización de nuestro mundo, son los testigos vivos de Jesucristo y de su Evangelio. Vivid la castidad sin fisuras para ser anuncio y testimonio del amor y de la entrega sin reservas al Reino de Dios como valor absoluto y definitivo. Que vuestra  pobreza sea sincera para anunciar a Dios, Padre de todos, y ser signo de una comunidad humana más fraterna, poniéndolo todo al servicio de los demás. Y que vuestra obediencia sea cordial y así anuncio de que la vida del ser humano encuentra su realización plena en el cumplimiento de la voluntad de Dios, que no es otra sino una vida digna y dichosa para todos.

Como nos recuerda San Pablo “por la gracia de Dios soy lo que soy y su gracia no se ha frustrado en mi” (1 Cor 15, 10). Cada uno de nosotros, cada una de vosotras, vuestra Congregación, la Iglesia entera somos, nacemos, vivimos, crecemos y evangelizamos por la gracia de Dios y por la fuerza del Espíritu de Jesucristo. Nuestro mayor error hoy puede consistir en pretender sustituir con nuestra organización y actividad lo que sólo puede nacer de la gracia y de la fuerza del Espíritu de Dios.

Por muchos cambios que introduzcamos en el trabajo y las estructuras, nuestra Iglesia y vuestra Congregación no tendrán fuerza evangelizadora si no ponemos en el centro una experiencia más viva de la gracia de Dios y del Espíritu; es decir, si no actualizamos aquella primera experiencia de los discípulos que descubrieron en Cristo la cercanía salvadora de Dios y se sintieron impulsados por su Espíritu a comunicarla.

Queridas hermanas: Abrid vuestro corazón a la gracia de Dios y a la fuerza del Espíritu. Vivid en todo la comunión eclesial, congregacional y comunitaria. El camino de la renovación de la vida religiosa y de su fecundidad apostólica es el de la comunión de la Iglesia: el que traza la participación en la misma y única Eucaristía, comunión con Dios y con comunión con los hermanos. Haced de vuestra vida una existencia eucarística, una oblación a Dios y a los hermanos. Permaneced fieles al don y al carisma que habéis profesado y que habéis recibido de vuestro Fundador; seguid siendo medio privilegiado de anuncio de la Buena Nueva para las mujeres en situación de exclusión y de vulnerabilidad a través de vuestro ser más íntimo; vivid en el corazón de la Iglesia; perseverad y manteneos asiduas en la oración; sed, por vuestra vida, signos de total disponibilidad para Dios, la Iglesia y los hermanos. Que la Virgen Maria, fiel y obediente esclava del Señor, os ayude y proteja en vuestro caminar personal, comunitario y congregacional, ahora y siempre. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Un nuevo Curso Pastoral

Querido diocesanos:

Con la fuerza del Espíritu del Señor Resucitado nos disponemos a iniciar un nuevo Curso Pastoral. Siguiendo nuestro vigente Plan Diocesano de Pastoral, este año nuestra atención preferente va a girar en torno a la Eucaristía, el resto de los sacramentos, la oración y la espiritualidad.

Nuestra Iglesia diocesana es y esta llamada a ser misterio de comunión para la misión. Para acoger este don y realizar esta tarea, recibidos del Señor, el sacramento de la Eucaristía tiene un lugar único y central. No es una frase vacía que la Eucaristía es y debe ser el centro de la vida de todo cristiano, de toda familia cristiana, de toda parroquia y comunidad eclesial, de la Iglesia misma. La Eucaristía contiene todo el bien de la Iglesia, contiene a Cristo mismo. Es la actualización del misterio pascual y es la unión sacramental, pero real, con el Señor en la comunión eucarística la que genera la unión y comunión con Dios en Cristo; unidos en Cristo, con Él y por Él, se realiza, se alimenta, y se fortalece la comunión fraterna que, a su vez, envía a ser testigos y promotores de la unión de todos los hombres en Dios.

Cuando decae la participación en la Eucaristía, especialmente los Domingos -como nos ocurre hoy y en grado creciente-, se debilita la fe y la vida cristiana personal y familiar, se debilita la vitalidad de las parroquias, movimientos y de toda la Iglesia diocesana, así como su fuerza misionera, evangelizadora y transformadora de la sociedad según el plan de Dios. De ahí la llamada urgente a trabajar todos para que nuestros fieles participen en la Eucaristía dominical y lo hagan de un modo activo, pleno y fructuoso.

Esto nos lleva a cuidar el resto de los sacramentos, especialmente el de la Penitencia. Hemos de recuperar el Sacramento de la Misericordia de Dios en toda su belleza y profundidad; los sacerdotes hemos de ofrecerlo habitualmente y en horario fijo en el modo establecido por la Iglesia y todos hemos de acercarnos a él con frecuencia para recuperar o fortalecer la unión con Dios y los hermanos si se ha roto o debilitado por el pecado; sólo así podremos recibir debidamente dispuestos la comunión eucarística, sin lo cual ésta no dará frutos de santidad, de comunión, de misión y de vida eterna.

Finalmente deseamos impulsar la oración personal y comunitaria y fortalecer la espiritualidad de todos. Ésta no es algo indeterminado o difuso, ni un mero sentimiento; tampoco se reduce a unos actos de piedad. Para un cristiano, la espiritualidad significa vivir según el Espíritu del Señor para descubrir y vivir el propio ser, la propia vocación y la propia tarea. Es dejar que, en la oración, el Espíritu del Señor dé forma a nuestro propio espíritu. Esto no lleva a intimismo desencarnado. La espiritualidad bien entendida y vivida abarca nuestras convicciones y sentimientos y se despliega en actitudes y compromisos en todas las facetas y dimensiones de nuestra vida.

Sin la gracia de Dios, sin la savia de la Vid que es Cristo Jesús y sin la fuerza del Espíritu nada podemos ser ni hacer como cristianos y como Iglesia. Vivamos el nuevo curso pastoral con ánimo y esperanza renovados. No estamos solos: El Señor Jesús es nuestro compañero de camino; su Espíritu nos ilumina, alienta y fortalece.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

400º Aniversario de la dedicación de la Iglesia parroquial de la Asunción de Villafamés

Villafamés –  12 de septiembre de 2010

(Ex 32,7-11.13-14; Sal 50; 1 Tim 1,12-17;  Lc 15 15,1-22)

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Amados todos en el Señor. Saludo con especial afecto a vuestro Párroco, Mn. Rafael Sansó, a vuestro Arcipreste, Mnn. Manuel Martí, a lo sacerdotes del Arciprestazgo y vuestros antiguos Párrocos, así como al Consejo pastoral parroquiales y colaboradores de la parroquia. Mi saludo respetuoso y agradecido también a la Sra. Alcaldesa y miembros de la corporación municipal de Villafamés. Y, finalmente, mi saludo paternal y fraternal a las Cofradía del Santísimo Cristo de la Sangre, del Sagrado Corazón de Jesus y de la Virgen de Lledó así como a la Asociación de Amigos de San Miguel Arcángel.

“Al Rey de los siglos, inmortal, invisible, único Dios, honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.” (1 Tim 1,12). Con estás palabras de San Pablo la gran misericordia de Dios ara con él mostrada en Cristo, también nosotros alabamos y bendecimos a Dios esta tarde al celebrar el 400º Aniversario de la Dedicación de esta Iglesia Parroquial de la Asunción de Nuestra Señora de Villafamés. Comenzadas las obras en 1594, el Obispo de Tortosa, Mons. Pedro Manrique, dedicaba a Dios este tempo en 1610 con motivo de su visita pastoral. Desde entonces hasta hoy, aquí está la casa visible de Dios entre vosotros, lugar desde donde Él mismo sale al encuentro de los hombres, la casa donde el Padre Dios nos espera para darnos su abrazo de su gran misericordia. A Dios le damos gracias y cantamos por su gran misericordia para con esta comunidad cristiana de Villafamés.

Y con María,  Nuestra Señora de la Asunción, bajo cuyo patrocino vive y camina vuestra comunidad parroquial, nuestra mirada se dirige a Dios “y  proclamamos  la grandeza del Señor” (Lc 1, 49). Sin Dios, sin su permanente presencia amorosa, nada hubiera sido posible. Al Dios, Uno y Trino, fuente y origen de todo bien, le alabamos y damos gracias.

A nuestra acción de gracias a Dios unimos nuestro sincero agradecimiento a todos cuantos de un modo u otro a lo largo de estos cuatro siglos la ampliaron esta iglesia con la capilla de la Comunión en 1778-1783, la embellecieron con la hermosa portada renacentista en 1601 y el rico patrimonio mueble o la restauraron después de la guerra civil.

Vuestra iglesia, el templo físico, la morada de Dios entre los hombres, ha sido y es también la casa de vuestra comunidad parroquial; y, a la vez, es y ha de ser imagen de vuestra parroquia porque vosotros sois como un templo de piedras vivas, llamado a ser la presencia Dios, de su Hijo, Jesucristo, y de su Evangelio en vuestro pueblo de Villafamés. Por ello, al celebrar la dedicación de vuestro templo parroquial damos gracias a Dios por vuestra comunidad parroquial y por cuantos la han formado en el pasado y la integráis en el presente; por la entrega generosa de todos los sacerdotes que la han pastoreado y servido. Y ¿cómo no dar gracias al Señor por todos los que han colaborado activa y generosamente en la vida litúrgica, en la catequesis, en el trabajo pastoral con los niños, los adolescentes y los jóvenes, con los matrimonios y las familias, con los pobres, los marginados y los enfermos? Gracias damos a Dios también por todos aquellos que de un modo callado y sin notoriedad, han contribuido a la vida de esta comunidad mediante su oración fervorosa, su vida y obras de santidad, el ofrecimiento de su dolor o su contribución económica.

Pero no nos podemos quedar en la celebración del pasado. Cristianos de hoy hemos de acoger el legado de nuestros antepasados y transmitirlo a las futuras generaciones. Y no sólo el legado físico y patrimonial, lo que hacéis con especial esmero; sino ante todo habéis de acoger, vivir y transmitir el legado espiritual de vuestra fe y vida cristiana. El trabajo realizado a lo largo de lo siglos ha sido mucho; pero en la evangelización siempre queda algo por hacer. Sé de vuestro empeño y, muy en especial, el de vuestro párroco por mantener viva y trasmitir la fe cristiana. Pero la celebración de hoy se convierte en una llamada urgente a avivar las raíces de vuestra fe y fortalecer la vida cristiana personal, familiar y comunitaria de Villafamés. El Señor nos hace hoy una llamada apremiante a permanecer fieles a nuestra fe cristiana y a nuestra Iglesia.

La indiferencia religiosa, la increencia o la apostasía silenciosa de la fe cristiana y de la Iglesia están afectando también a muchos bautizados. Crece el número de los cristianos alejados de la casa del Padre; en la vida de muchos bautizados encontramos signos de una fe débil y superficial, una fe a la carta, que se adapta a la conveniencia de la situación; una fe sin incidencia en la vida diaria. Con frecuencia, en nuestra forma de pensar, vivir y actuar, muchos cristianos no nos diferenciamos de los no creyentes; asumimos sin más criterios mundanos y formas de comportamiento, modas y tendencias contrarios a Jesucristo y a su Evangelio. Nos hemos de preguntar: ¿No vivimos también como lo no cristianos, aunque nos confesemos creyentes e incluso practicantes?

Con San Pablo sabemos, los cristianos sabemos muy bien, que sin Dios hombre pierde el norte en su vida y en la historia. Sin Dios desaparece la frescura y la felicidad de nuestra tierra. Si el hombre abdica de Dios abdica también de su dignidad, porque el hombre sólo es digno de Dios.

¿Cómo afrontar el futuro, queridos hermanos? Como creyentes y como Iglesia hemos de caminar siempre desde la fe, con esperanza y en la caridad, sabiendo que el Señor Jesús está por su Espíritu siempre presente en medio de nosotros, y cooperando todos para que esta vuestra comunidad sea viva y evangelizadora hacia adentro –en sus miembros, muchos de ellos alejados- y en el pueblo. Vuestra parroquia será viva en la medida en que todos vosotros, sus miembros, viváis fundamentados como vuestro tempo en roca firme, Cristo, y ensamblados en Él, la piedra angular; vuestra comunidad parroquial será iglesia viva si por vosotros corre la savia de la Vid que es Cristo, la savia de la vida de la gracia, que genera comunión de vida y de amor con Dios y comunión fraterna con los hermanos. En esta parroquia, -Iglesia en el pueblo-, el Espíritu actúa especialmente a través de los signos de la nueva alianza, que ella ofrece a todos: la Palabra de Dios, los sacramentos y la caridad.

La Palabra de Dios, proclamada y explicada con fidelidad a la fe de la Iglesia y acogida con fe y con corazón bien dispuesto, os llevará al encuentro gozoso con el Señor, el Camino, la Verdad y la Vida. La Palabra de Dios es luz, que os iluminará en el camino de vuestra existencia, que os fortalecerá, os consolará y os unirá. La proclamación y explicación de la Palabra en la fe de la Iglesia, la catequesis y la formación de adultos no sólo deben conduciros a conocer más y mejor a Cristo y su Evangelio así como las verdades de la fe y de la moral cristianas; os han de llevar y ayudar a todos y a cada uno a la adhesión personal a Cristo y a su seguimiento gozoso en el seno de la comunidad eclesial, viviendo su palabra y sus mandamientos.

Seguir a Jesucristo os impulsará a vivir unidos en su persona y su mensaje evangélico en la tradición viva de la Iglesia. Porque la Palabra de Dios, además de ser escuchada y acogida con fe y con docilidad, ha de ser puesta en práctica. “El que cumple la voluntad de mi Padre en el Cielo, ese es mi hermano, y mi hermana y mi madre” (Mt12, 50). La Palabra de Dios hace posible, por la acción del Espíritu, hombres nuevos con valentía y entrega generosa.

En la comunidad parroquial,Dios se nos da también a través de los Sacramentos; al celebrar y recibir los sacramentos participamos de la vida de Dios; por los Sacramentos se alimenta y fortalece la existencia cristiana, personal y comunitaria; por los Sacramentos se crea, se acrecienta o se fortalece la comunión con la parroquia, con la Iglesia diocesana y con la Iglesia Universal.

Entre los sacramentos destaca la Eucaristía. Es preciso recordar una y otra vez que la Eucaristía es y debe ser el centro de la vida de todo cristiano y familia cristiana, así como el corazón de toda la vida de la comunidad parroquial. Toda parroquia ha de estar centrada en la Eucaristía  Además “la Eucaristía da al cristiano más fuerza para vivir las exigencias del evangelio…” (Juan Pablo II). Sin la participación en la Eucaristía es muy difícil, es imposible permanecer fiel en la fe y vida cristianas. Como un peregrino necesita la comida para resistir hasta la meta, de la misma forma quien pretenda ser cristiano necesita el alimento de la Eucaristía. El domingo es el momento más hermoso para venir, en familia, a celebrar la Eucaristía unidos en el Señor con la comunidad parroquial. Los frutos serán muy abundantes: de paz y de unión familiar, de alegría y de fortaleza en la fe, de comunidad viva y evangelizadora.

La participación sincera, activa y fructuosa en la Eucaristía os llevará necesariamente a vivir la fraternidad, os llevará a practicar la solidaridad, os remitirá a la misión, os impulsará a la transformación del mundo. Los pobres y los enfermos, los marginados y los desfavorecidos han de tener un lugar privilegiado en la Parroquia. Ellos han de ser atendidos con gestos que demuestren, por parte de la comunidad parroquial, la fe y el amor en Cristo. Ellos, su vez, os evangelizarán, os ayudarán a descubrir a Cristo Jesús.

La celebración frecuente del Sacramento de la Penitencia será aliento y esperanza en vuestra experiencia cristiana. La humildad y la fe van muy unidas. Sólo cuando nos reconocemos pecadores, alejados de la casa del Padre como el hijo pródigo del Evangelio, sólo cuando sabemos iniciar el camino de retorno a la casa del Padre, nos ponemos de rodillas ante Dios por el sacramento de la confesión y reconocemos nuestras debilidades y pecados, solo entonces nos dejaremos abrazar por el Padre Dios “rico en misericordia” (Ef 2,4), que nos espera siempre para que nos dejemos amar por Él. En el sacramento de la Penitencia se recupera la alegría y la paz, y se fortalece nuestra comunión con Dios y con la comunidad eclesial; la experiencia del perdón de Dios, fruto de su amor misericordioso, nos da fuerza para seguir caminando, nos da energías para la misión, y nos empuja a ser testigos de su amor y del perdón.

La vida cristiana, personal y comunitaria, se debilita cuando estos dos sacramentos decaen. Siempre, pero especialmente en nuestros días, quien quiere vivir como cristiano, sin miedo a serlo y a confesarlo ante los ataques constantes contra la fe cristiana, quien como buen cristiano quiere ser testigo auténtico de Jesucristo no podrá hacerlo sin la experiencia profunda de estos dos sacramentos. Un cristiano que no se confiesa con cierta frecuencia y no participa en la Misa dominical, termina por apartarse de Cristo y de sus Iglesia, y su fe se esfuma.

Si os dejáis regenerar por la Palabra y los Sacramentos os convertiréis en ‘piedras vivas’ del edificio espiritual, que forma una familia entroncada en Cristo y que se llama comunidad cristiana. Es decir: una comunidad que acoge y vive a Cristo y su Evangelio; una comunidad que proclama y celebra la alianza amorosa de Dios; una comunidad que aprende y ayuda a vivir la fraternidad cristiana conforme al espíritu de las bienaventuranzas; una comunidad que ora y ayuda a la oración; una comunidad en la que todos sus miembros se sienten y son responsables en su vida y su misión al servicio de la evangelización en una sociedad cada vez más descristianizada; una comunidad que es fermento de nueva humanidad, de transformación del mundo, de una cultura de la vida y del amor, de la justicia y de la paz.

El Evangelio de hoy nos exhorta a volver a la casa del Padre, a convertirnos, a dejarnos encontrar por Cristo, el Buen pastor, y abrazar por el Padre misericordioso; nos invita a avivar nuestra fe en un encuentro personal con Jesucristo, que nos lleve a nuestra adhesión incondicional a Él y su Evangelio en el seno de la comunidad de la Iglesia, que es el rebaño de Cristo y la casa de Padre. El evangelio nos llama también a ser testigos de la misericordia de Dios en nuestro mundo, a entrar a formar parte de los que en su nombre salen al encuentro de los hombres alejados de Dios para que a todos llegue su amor y misericordia.

Hemos de superar esa tendencia muy extendida a entender y vivir la fe como simple adhesión a fórmulas o práctica de ritos sin que ella implique un cambio de vida. La fe en Jesucristo se basa en el encuentro personal con El, en la fe en Él y en la adhesión total a su persona y a su Evangelio; la fe se mantiene viva y fortalece, cuando se alimenta de la escucha de la Palabra en el seno de la tradición viva de la comunidad de la Iglesia, que se hace oración personal, familiar y comunitaria; una fe que es celebrada y alimentada en la participación frecuente, activa y fructuosa, en la Eucaristía y en la experiencia de la misericordia de Dios en el Sacramento de la Penitencia; y esta fe sólo será verdadera cuando se encarne en la vida cotidiana del creyente, de la familias y de la comunidad.

Sólo una fe así podrá mantenerse fiel y viva en un ambiente adverso. Solamente de una unión personal de cada uno con Jesucristo, aprendida, celebrada y vivida en y desde vuestra comunidad, puede brotar una evangelización eficaz, que atienda a las necesidades reales -personales, espirituales y sociales-, de vuestros niños y jóvenes, de vuestras familias, de los mayores, de los ancianos y de los enfermos.

No os pese abrir vuestras vidas a Dios, a Cristo y a su Evangelio, no os avergoncéis ni tengáis miedo de acoger a Dios en vuestras vidas. Evitad la tentación de pensar que Dios, antes que nada, exige, manda e impone. No; Dios, antes que nada, nos ama y quiere comunicarnos su vida y su amor.

 Por intercesión de María, la Virgen de la Asunción, de San Miguel, de San Ramón Nonato y San Antonio de Padua pidamos esta tarde por vuestra comunidad cristiana de Villafamés: para que cada uno de vosotros seáis capaces de acoger a Dios, su palabra, su gracia y su misericordia. Como la Virgen María y lo santos dejad que Dios entre en vuestras vidas, en vuestras familias y en vuestra comunidad, para que os tome y transforme por la fuerza de su amor misericordioso hoy y por los siglos de los siglos. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón