Todos los Santos vs. Halloween

Queridos diocesanos:

En el libro del Apocalipsis podemos leer: “Después miré y había una gran muchedumbre, que nadie podía contar: de toda nación, raza, pueblo y lengua. Estaban de pie, delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos” (Ap 7,9). Así describe San Juan a la Iglesia celeste. Son nuestros hermanos los santos, que nos han precedido en el amor a Dios y al prójimo en el cielo, donde nos esperan e interceden por nosotros. A todos ellos recordamos y veneramos el día 1 de noviembre.

Este es el verdadero sentido de esta fiesta, en la que contemplamos el misterio de la comunión de los santos del cielo y de la tierra. No estamos solos; estamos rodeados por una gran nube de testigos de Dios y de Jesucristo; con todos ellos formamos el Cuerpo de Cristo, con ellos somos hijos de Dios, con ellos hemos sido santificados por el Espíritu Santo. Este glorioso ejército de los santos intercede por nosotros ante el Señor; nos acompaña en nuestro camino hacia el Reino y nos estimula a mantener nuestra mirada fija en Jesús, nuestro Señor, que vendrá en la gloria en medio de sus santos.

Pero hay algo que nos debe preocupar. En los últimos años se está introduciendo entre nosotros -y cada vez con más fuerza- una celebración anglosajona de origen pagano que va desplazando, al menos en el ánimo de muchos niños y jóvenes, la fiesta de todos los santos. Me refiero a Halloween. Un autor ha escrito a este respecto: “… muchos cristianos han olvidado el testimonio de los santos y se sienten más atraídos a festejar con brujas y fantasmas. Este fenómeno es parte de un retorno al paganismo que va ocurriendo gradualmente. Al principio no se percatan de los valores que abandonan ni tampoco entienden el sentido real de los nuevos símbolos. Les parece todo una broma, una diversión inofensiva de la que se intentan lucrar otros. Lo hacen por llenar un vacío, porque los santos ya no interesan y las prácticas paganas y ocultistas ejercen una extraña fascinación”.

Debemos estar alerta ante este fenómeno y no perder el sentido de la fiesta de todos los santos. Esta fiesta nos invita a compartir el gozo celestial de los santos. No necesitamos ponernos máscaras para la celebrar nuestra alegría; en todo caso, mejor sería vestir a nuestros niños o vestirse de santos.

Los santos no son un pequeño número de elegidos, sino una muchedumbre innumerable. En esa muchedumbre no sólo están los santos reconocidos de forma oficial, sino también los bautizados de todas las épocas y naciones, que se han esforzado por cumplir con amor y fidelidad la voluntad de Dios. De la mayor parte de ellos no conocemos su nombre, pero con los ojos de la fe los vemos resplandecer llenos de gloria en el firmamento de Dios.

Los santos no son fantasmas. Son hombres y mujeres que viven ya junto a Dios gozando de su presencia en una alabanza sin fin; ellos son testigos de que la vida junto a Dios para siempre es posible para todos y cada uno nosotros. Al contemplar el luminoso ejemplo de los santos, la Iglesia quiere suscitar en nosotros el gran deseo de ser como ellos: felices por vivir cerca de Dios, en la gran familia de los amigos de Dios. Porque ser santo significa vivir unido a Dios, vivir en su familia, vivir la vida de Dios. Conservemos celosamente el sentido de esta fiesta cristiana.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Apertura del curso académico de la Universidad CEU en Castellón

S.I. Concatedral de Sta. María en Castellón – 26 de octubre de 2010

(Ef 5, 21-33; Sal 127; Lc 13, 18-21)

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Hermanos y hermanas en el Señor:

Con esta Eucaristía y el Acto Académico posterior inauguramos el Año Académico de la Universidad CEU Cardenal Herrera en Castellón. A los estudios de Enfermería, presentes ya en nuestra Ciudad desde el año 2007, se unen ahora los estudios de Medicina y de Educación. La sociedad castellonense está de enhorabuena por la ampliación de la oferta de estudios universitarios en la Ciudad. La sólida e integral formación de enfermeros, en fidelidad al proyecto educativo del CEU, está ya beneficiando a muchos en el ámbito de la enfermería; a partir de ahora, la formación sólida e integral de profesionales de la medicina y de educadores de nuestros niños, adolescentes y jóvenes será igualmente beneficiosa en el ámbito de la medicina y de la educación, como ya ocurre en otros lugares de la geografía española.

También nuestra Iglesia diocesana se considera enriquecida por esta ampliación de estudios superiores en Castellón. Como Obispo, de esta Iglesia que peregrina en Segorbe-Castellón, doy gracias a Dios por este su nuevo don a nuestra Iglesia; agradezco de todo corazón a la Asociación Católica de Propagandistas, a la Fundación CEU y a la Universidad CEU Cardenal Herrera sus esfuerzos por ampliar su presencia en nuestra Ciudad: no es sino expresión del ejercicio del derecho a la libertad de enseñanza y a la creación de centros de estudio superiores, reconocido en nuestra Constitución, y, también, de su compromiso con la acción evangelizadora de la Iglesia. Mi ruego a Dios en 2007, al inaugurar los estudios de Enfermería ha sido escuchado: pedía entonces a Dios que dicha Titulación fuera la puerta de una presencia aún mayor en la formación universitaria de las futuras generaciones desde un planteamiento confesional católico, como es propio del CEU y de la Asociación Católica de Propagandistas que la sustenta. Agradezco también a las Instituciones públicas y privadas, la colaboración prestada para que la Universidad CEU Cardenal Herrera haya podido ampliar su oferta de Grados Universitarios en Castellón.

Como Obispo de esta Iglesia de Segorbe-Castellón ruego a Dios para que en estas Titulaciones se promueva la formación humana, cristiana y profesional de enfermeros, médicos y profesores con exigencia intelectual, excelencia académica y con una visión trascendente del hombre. Así lo proclama el proyecto educativo del CEU; esta será vuestra aportación a la misión evangelizadora de esta Iglesia diocesana. Los valores más significativos del CEU en sus centros educativos son, en primer lugar, la educación católica de los jóvenes con criterios de apertura y búsqueda de la verdad, en un ámbito en el que primen el respeto, la solidaridad y la cercanía; asimismo lo es la concepción integral del hombre, criatura de Dios y abierto a la Trascendencia, de la que se parte y que se propone, en la que la libertad en la verdad se convierte en su dimensión esencial; en tercer lugar, está la búsqueda del rigor, la exigencia y la excelencia académica en la actividad de toda la comunidad educativa; y, finalmente, la profesionalidad y eficacia,

El quehacer diario de toda la comunidad educativa –alumnos, profesores y administrativos- en estos valores será el mejor servicio que vuestros Centros pueden prestar a la Iglesia y a la sociedad actual. No se trata tan sólo de formar buenos y eficaces profesionales en enfermería, en medicina o en educación; se trata antes de nada de formar en el ser enfermeros, médicos o educadores con una visión trascendente y cristiana de la vida y de la persona, de la propia y de los futuros pacientes o educandos, con una visión de la dignidad sagrada e inviolable de toda persona desde su concepción hasta su muerte natural o del derecho a una educación integral, basada en la verdad  para la verdadera libertad y la responsabilidad ante sí mismo, ante Dios y ante la sociedad.

San Pablo, en la lectura de este día, nos exhorta con estas palabras: “Sed sumisos unos a otros con respeto cristiano” (Ef 5,21). De la reunión cultual pasa Pablo a hablar de la familia cristiana. “Familia” en la antigüedad comprendía la comunidad doméstica de marido y mujer, hijos y también los esclavos y sirvientes: una comprensión que bien podemos aplicar a una comunidad educativa católica. Para todos ellos vale esta ley fundamental de San Pablo: “Sed sumisos unos a otros con respeto cristiano o en el temor de Cristo”.

Aquí Pablo pasa, casi sin darse cuenta, del culto a la vida diaria de la familia. Para Pablo la vida cristiana es solamente una; que no hay dos esferas diferentes: Iglesia y casa, Domingo y días laborables, liturgia y vida. De la Eucaristía a la vida, y de la vida a la Eucaristía. Del culto parte siempre una nueva la comprensión de la voluntad de Dios y la fuerza para llevarla a cabo. Y viceversa, la vida vivida -alegría y dolor, éxitos y fracasos, esperanza y preocupaciones- es lo que el cristiano lleva consigo, cuando juntamente con sus hermanos celebra la liturgia en la presencia de Dios.

Para Pablo, la familia cristiana y, por extensión toda comunidad cristiana, se construye sobre la recta sumisión de sus miembros en el respeto y en el amor cristiano, un amor de total entrega como Cristo a su Iglesia. Lo específicamente cristiano es esta sumisión “en el temor de Cristo”, o sea en el santo y respetuoso temor ante la presencia de Cristo, el Señor, para hacerle presente en todo momento. Este hecho da a toda la vida una nueva consagración. Además reconcilia la sumisión con la dignidad de la persona, y da a la recta ordenación un fundamento básico, sobre todo allí donde la cortedad de la parte poseedora de la autoridad  pondría en peligro esta ordenación.

Bien sabemos que el problema central de nuestro tiempo es la apostasía silenciosa de la fe cristiana, el olvido de Dios y la creciente exclusión de Cristo y de lo cristiano de todos los ámbitos de la vida, también de la actividad universitaria. El secularismo y el laicismo ideológico imperantes conducen a la sociedad actual a marginar a Dios de la vida humana. Una de sus graves consecuencias es que arrastran a muchos a la ruptura de la armonía entre fe y razón, y a pensar que sólo es racionalmente válido lo experimentable y mensurable, o lo susceptible de ser construido por el ser humano.

La concepción antropológica que de aquí se deriva es la de un hombre totalmente autónomo, que se convierte en criterio y norma del bien y del mal, un hombre cerrado a la trascendencia, un hombre cerrado en su yo y en su inmanencia. Pero la exclusión de Dios, de su verdad y de su providencia sabia y amorosa abre el camino a una vida humana sin rumbo y sin sentido y a idolatrías de distinto tipo. La ausencia de Dios en la vida social trae consigo consecuencias inhumanas, como son la pérdida progresiva del respeto a la dignidad de toda persona humana o la manipulación esclavizante de las personas.

La exclusión de Dios en nuestra cultura está llevando a la muerte del hombre, al ocaso de su dignidad. Recuperar por el contrario a Dios en nuestra vida llevará a la defensa del hombre, de su dignidad, de su verdadero ser y de sus derechos, y del primer derecho fundamental, el derecho a la vida. Los derechos humanos tienen su fundamento último en Dios. Las leyes no los crean, las leyes los reconocen y protegen ante la permanente tentación de ser conculcados. La dignidad de toda persona humana y sus derechos inalienables proceden de la gratuidad absoluta del amor de Dios creador y redentor.

Vuestra Universidad está llamada a la búsqueda humilde de la verdad por excelencia, propia de los sencillos de corazón: una verdad que sólo se encuentra en Dios. Sin Dios, como “fundamento de la verdad”, sin Cristo, la Verdad, la dignidad de la persona, los valores humanos, la educación de nuestros jóvenes y los mismos derechos fundamentales tienden a convertirse en grandes palabras. Vuestra Universidad, por su carácter confesional católico, ha de formar cristianamente: este será vuestro servició a la Evangelización, a la siembra del reino de Dios, cuya acción es siempre muy discreta, pero efectiva. Todo comienza desde lo pequeño y sencillo hasta llega a lo grande y majestuoso, como el grano de mostaza o la levadura que fermenta la masa: así nos lo recuerda el Evangelio que hemos proclamado (Lc 13, 18-21).

Por eso, pedimos al Señor y oramos al Espíritu de la Verdad que os ilumine y fortalezca a toda la comunidad educativa y a quienes os dedicáis a la ciencia para ser testigos de una conciencia verdadera y recta, para defender y promover el ‘esplendor de la verdad’, en apoyo del don y del misterio de la vida y a la formación de nuestros jóvenes. En una sociedad ruidosa y tantas veces violenta, con vuestra cualificación cultural, con la enseñanza y con el ejemplo, podéis contribuir a despertar en muchos corazones la voz elocuente y clara de la conciencia, de la libertad en la verdad.

Como cristianos somos conscientes de que la luz de Cristo debe brillar en el mundo. Vivimos de la certeza de que el cristiano es, al mismo tiempo, ciudadano del cielo y miembro activo de ciudad terrena: el cristiano debe vivir la unidad de vida para que ser testigo convincente del Evangelio en aquellos campos en los que el hombre necesita la luz del discernimiento y la fuerza para trasformarlos según el espíritu del Evangelio.

Fieles al espíritu apostólico de vuestro Patrono, San Pablo, sentíos llamados a propagar el Evangelio a cada persona en particular y a todos los ambientes de nuestra sociedad en los que se juega el destino de los hombres. Que sólo os mueva la certeza de que el Evangelio es la Verdad que salva al hombre y le lleva a la plenitud de la felicidad. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe- Castellón

 

“Queremos ver a Jesús”

Queridos diocesanos:

El Domingo, 24 de octubre, celebramos el Domund, la Jornada Mundial de las Misiones. Año tras año, este día nos recuerda la vocación misionera de la Iglesia y el compromiso de todos los cristianos con la misión. Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad en Cristo (cf. 1 Tim 2 ,4). Jesucristo, el Hijo de Dios, ha venido al mundo para que en Él todos tengan vida y la tengan en abundancia (cf. Jn 10,10).

Los cristianos estamos llamados a vivir esta vida en Cristo y a ofrecerla a todos, pues a todos está destinada. La Iglesia, misionera por naturaleza, ha sido convocada para ser enviada; es comunión en Cristo para la misión, que revierte y genera comunión; todos los cristianos estamos llamados a ser promotores de la novedad de vida y comunión en Cristo, hecha de relaciones auténticas.

El Evangelista San Juan nos recuerda la petición que algunos griegos llegados a Jerusalén para la peregrinación pascual hacen al apóstol Felipe: “Queremos ver a Jesús”, le dicen (Jn 12, 21). “También los hombres de nuestro tiempo, dice Benedicto XVI,  quizás no siempre de modo consciente, piden a los creyentes no sólo que “hablen” de Jesús, sino que también “hagan ver” a Jesús, … en todos los rincones de la tierra ante las generaciones del nuevo milenio y, especialmente, ante los jóvenes de todos los continentes, destinatarios privilegiados y sujetos del anuncio evangélico. Estos deben percibir que los cristianos llevan la palabra de Cristo porque él es la Verdad, porque han encontrado en él el sentido, la verdad para su vida”.

Para renovar nuestro compromiso misionero, los cristianos hemos de acoger antes de nada la invitación de  Jesucristo a la mesa de su Palabra y de la Eucaristía para unirnos con Él y vivir unidos a Él. “Venid y veréis”, nos dice el Señor. El encuentro con el Amor de Dios en la Palabra y en la Eucaristía cambia nuestra existencia y crea la comunión; unidos a Cristo y entre nosotros podremos ofrecer a los demás un testimonio creíble de nuestra fe en Cristo y dar razón de nuestra esperanza.

La participación en la Eucaristía nos ayuda a comprender y vivir mejor el sentido misionero de toda existencia cristiana. Con las palabras al final de cada Misa, -‘Podéis ir en paz’- somos enviados a anunciar la Palabra de Dios, a vivir y testificar el memorial de la Pascua, el encuentro y la unión con el Señor. Los discípulos de Emaús reconocieron al Resucitado al partir el Pan y marcharon al instante para comunicar lo que habían visto y oído. Quien ha hecho la experiencia de encuentro y unión con el Señor en la Eucaristía no puede guardarlo para sí mismo, sino que ese encuentro le lleva necesariamente a la misión. De ahí que la misión se debilita cuando languidece la celebración de la Eucaristía y la participación plena en ella.

La Eucaristía nos ha de estimular a todos -fieles, Iglesia diocesana y comunidades parroquiales- a abrirnos cada vez más a la misión entre nosotros y a la cooperación misionera para promover el anuncio del Evangelio en el corazón de toda persona, de todos los pueblos, culturas, razas, nacionalidades, en todas las latitudes.

Renuevo a todos mi invitación a la oración por la misión y las misiones y, a pesar de las dificultades económicas, al compromiso de ayuda fraterna y concreta para sostener a las Iglesias jóvenes.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Al servicio de la Evangelización

Queridos diocesanos:

Nuestra ‘Hoja Parroquial’ está de enhorabuena. Con el presente número cumple cincuenta años. Semana a semana ha venido informando puntualmente, sobre todo, de la vida de nuestra Iglesia diocesana en todos sus ámbitos y dimensiones. Parroquias, arciprestazgos, delegaciones, vicarias, movimientos, comunidades y un largo etcétera han estado presentes en la Hoja, como lo han estado también noticias sobre la formación y la catequesis, la liturgia y la acción caritativa y social, las misiones y otros ámbitos de la acción pastoral de nuestra Diócesis. No han faltado tampoco la palabra periódica de los Obispos, los artículos de formación, de información y de reflexión así como las entrevistas. Una amplia cobertura han tenido igualmente las informaciones sobre la vida de la sociedad o de la Iglesia Universal, de otras Iglesia Diocesanas o de la Iglesia en España.

Al contemplar hoy estos cincuenta años de historia damos en primer lugar gracias a Dios por el don de este medio de comunicación tan necesario para nuestra Iglesia diocesana y por el bien que ha reportado a tantas personas. Recordamos y agradecemos a todos aquellos que la han hecho posible en tareas de dirección, de redacción, de información, de colaboración, de gestión, de impresión o de reparto. Gracias al buen trabajo de muchos, tantas veces anónimo y desinteresado, sus muchos lectores han podido tener en sus manos puntualmente la Hoja Parroquial. Gracias de corazón a todos.

En la era de la información, los medios de comunicación, en general, los propios de nuestra Iglesia, en particular, y la Hoja parroquial, en especial, son imprescindibles para el llevar a cabo la tarea de la Evangelización. Los cincuenta años de nuestra Hoja Parroquial la avalan como un medio de comunicación muy importante e imprescindible de nuestra Iglesia hacia adentro y hacia fuera.

Aunque gracias a la técnica disponemos ya de otros medios más rápidos, este medio escrito sigue teniendo su lugar propio y necesario. Queremos que, ante todo, siga estando al servicio de la información de la rica y variada vida de nuestra Iglesia diocesana en sus múltiples ámbitos, dimensiones y facetas. Para conseguir este fin es preciso que haya una comunicación mayor de noticias a la redacción de la Hoja desde todos los ámbitos de nuestra Iglesia diocesana. Esto ayudará a un mayor y mejor conocimiento de la rica vida de nuestra Iglesia en sus comunidades, tareas y servicios, y favorecerá que crezcamos en la toma de conciencia de formar parte de esta Iglesia diocesana de Segorbe-Castellón. Como lo ha hecho hasta ahora, la Hoja seguirá ofreciendo la carta semanal del Obispo y breves artículos de formación. En cualquier caso, la ‘Hoja Parroquial’ seguirá siendo un medio al servicio de la comunión en nuestra tarea de la Evangelización.

Desde aquí animo a todos a su lectura y difusión. También en el interior de nuestra Diócesis necesitamos comunicarnos más para conocernos mejor y crecer en la comunión y en la misión. Finalmente felicito a los responsables y colaboradores de la Hoja; y les animo a seguir con ilusión renovada en este trabajo tan importante para la misión de nuestra Iglesia.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

10º Aniversario del Hospital de la Plana. Fiesta de Sta. Teresa de Jesús

Fiesta de Santa Teresa de Jesús, 15 de octubre  de 2010

 (Ecl 15, 1-6; Sal 88;  Mt 11, 25-30)

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Hermanas y Hermanos amados en el Señor:

“Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades” (Sal 88). Con estas palabras del salmo de hoy alabamos y damos gracias al Dios Uno y Trino, fuente y origen de todo bien, al celebrar el 10º Aniversario de este Hospital de la Plana. Para un creyente, cuanto somos y tenemos se lo debemos a Dios, un Dios Creador, providente y fiel con sus criaturas: en Él vivimos, nos movemos y existimos, nos dice San Pablo. Por ello en la Eucaristía, la acción de gracias por excelencia, por el misterio pascual de su Hijo, fuente de vida y salvación para todos, incorporamos nuestra acción de gracias por todos los dones y bendiciones que Dios ha deparado a lo largo de estos diez años en esta Institución hospitalaria a los enfermos, a los desvalidos y a sus familias; gracias damos a Dios por cuantos aquí han trabajado con verdadera entrega y generosidad: por el personal sanitario, administrativo y laboral, por lo capellanes y voluntarios. Consciente o inconscientemente todos ellos han sido signo e instrumento del amor misericordioso de Dios hacia los enfermos y sus familias en el Hospital.

 La liturgia nos regala hoy la fiesta de Teresa de Jesús, una mujer “sabia” en tiempos no menos recios que los nuestros, una mujer sabia que tuvo el don del discernimiento. Ella no fue alumna de la Universidad de Salamanca o de la de Alcalá, pero se doctoró en la universidad de la oración y de la vida. La Iglesia la considera ‘doctora de la fe’. Naturalmente, este doctorado no tiene nada que ver con un título académico. Es un don de Dios Padre. Jesús lo dice en el evangelio de hoy: “Has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla” (Mt 11,25). Teresa, que no fue una mujer de temperamento débil o apocado, sí fue una creyente inundada por la sencillez que viene del Espíritu, que obtuvo el don de la sabiduría divina.

Es la Sabiduría de que nos habla el libro del Eclesiástico. “El que teme al Señor obrará bien; observando la ley, alcanzará la sabiduría. La sabiduría le saldrá al encuentro como una madre y lo recibirá como a la esposa de su juventud; lo alimentará con pan de sensatez y le dará a beber agua de prudencia; apoyado en ella no vacilará, y confiado en ella no fracasará; lo ensalzará sobre sus compañeros para que abra la boca en la asamblea; alcanzará gozo y alegría, y le dará un nombre perdurable” (Eclo 15, 1-6). A través de la sabiduría, que es un nombre de Dios, el autor nos encarece que la felicidad y la salud integral sólo pueden darse en la perfecta armonía de nuestra mente y corazón con la mente y corazón de Dios. Un  ejemplo de vida a la luz de la ‘divina sabiduría’ es Teresa de Jesús.

En el Evangelio, Jesús bendice al Padre que regala u ofrece su ‘sabiduría’ no solamente a quienes cultivan ‘humanos saberes’ sino principalmente los humildes y sencillos, a quienes están hambrientos de unión íntima con el Padre y con Él. Para ello hay que cultivar, como recuerda el Eclesiástico, el temor de Dios y la prudencia. El santo temor reverencial y filial a Dios, creador y padre, nos pone con los pies en la tierra de nuestra debilidad e insuficiencia, y nos pide que elevemos la mente y el corazón a quien nos ama y es poderoso. Por esa vía tenemos acceso a la valoración de todas las cosas con sabiduría; y, al ofrecer pleno sentido a la existencia de “criaturas” amadas de Dios, nos renovamos continuamente.

Celebremos desde esta Palabra de Dios, encarnada en Teresa de Jesús este Aniversario. Porque ¿qué es para un cristiano su profesión sanitaria, su trabajo laboral o su ministerio pastoral en un Hospital sino una llamada a ser signo y presencia de Dios-Amor, manifestado en Cristo?

Para ser testigos y mensajeros del amor de Dios es importante acoger y vivir íntegramente la Palabra de Dios, la Palabra encarnada y la Palabra pronunciada. “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré…” (Mt 11, 28). Jesús se compadeció, es decir sufrió con, y se inclinó sobre todas las miserias humanas, tanto materiales como espirituales, sanó y curó a los enfermos. Su mensaje de com-pasión y misericordia sigue llegándonos a través del gesto de sus manos tendidas hacia todos, especialmente hacia el hombre que sufre.

La experiencia de la curación de los enfermos ocupó gran parte de la misión pública de Cristo, y nos invita una vez más a reflexionar sobre el sentido y el valor de la enfermedad en todas las situaciones en las que el ser humano pueda encontrarse. Aunque la enfermedad forma parte de la experiencia humana, no logramos habituarnos a ella, no sólo porque a veces resulta verdaderamente pesada y grave, sino fundamentalmente porque hemos sido creados para la vida, para la vida plena. Nuestro “instinto interior” nos hace pensar en Dios como plenitud de vida, más aún, como Vida eterna y perfecta. Cuando somos probados por el mal y nuestras oraciones parecen vanas, surge en nosotros la duda y, angustiados, nos preguntamos: ¿cuál es la voluntad de Dios? El Evangelio nos ofrece una respuesta precisamente a este interrogante. “Jesús curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios” (Mc 1, 34); en otro pasaje se dice que “Jesús recorría toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la buena nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” (Mt 4, 23).

Jesús no deja lugar a dudas: Dios es el Dios de la vida, que nos libra de todo mal. Los signos de este poder suyo de amor son las curaciones que realiza: así demuestra que el reino de Dios está cerca, devolviendo a hombres y mujeres la plena integridad de espíritu y cuerpo. Estas curaciones son signos que nos guían hacia Dios y nos dan a entender que la verdadera y más profunda enfermedad del hombre es la ausencia de Dios, de la fuente de verdad y de amor. Y sólo la reconciliación con Dios puede darnos la verdadera curación, la verdadera vida, porque una vida sin amor y sin verdad no sería vida. El reino de Dios es precisamente la presencia de la verdad y del amor; y así es curación en la profundidad de nuestro ser. Se comprende así por qué su predicación y las curaciones que realiza siempre están unidas. En efecto, forman un único mensaje de esperanza y de salvación.

Gracias a la acción del Espíritu Santo, la obra de Jesús se prolonga en la misión de la Iglesia. Mediante los sacramentos es Cristo quien comunica su vida a multitud de hermanos y hermanas, mientras cura y conforta a innumerables enfermos a través de las numerosas actividades de asistencia sanitaria, mostrando así el verdadero rostro de Dios, su amor. Muchos cristianos en el Hospital -sacerdotes, religiosos y laicos- han prestado y siguen prestando sus manos, sus ojos y su corazón a Cristo, verdadero médico de los cuerpos y de las almas (cf. Benedicto XVI, Ángelus, 8 de febrero de 2009).

Los cristianos en el Hospital, con independencia de la sección o ámbito de vuestro trabajo, estáis llamados a humanizar la sanidad desde Cristo. Para ello no hay otro camino que conocer y contemplar cada vez más y mejor el verdadero rostro de Dios, manifestado en Cristo, y, en él, el verdadero rostro de todos los hombres. Dios es Amor, y por amor crea al hombre ‘a su imagen’ y le llama a la vida en plenitud. Aquí reside la dignidad inalienable de todo ser humano desde su concepción hasta su muerte natural, y su destino a participar de la vida del Resucitado. Por ello la contemplación del rostro de Dios, manifestado en Cristo, nos lleva a amarle y, en él, a amar a cada ser humano, a cada enfermo.

No es fácil amar con un amor entregado, desinteresado y benevolente. Este amor sólo se aprende en la escuela de Dios, al calor de su caridad. Fijad vuestra mirada en él, sintonizad con su corazón de Padre misericordioso, amadle con todo el corazón, con toda el alma y con todas vuestras fuerzas; sólo así seréis capaces de mirar a los enfermos con ojos nuevos, con entrañas de misericordia; sólo así aprenderéis y seréis capaces de amarlos sabiendo que son un don de Dios para vosotros y a hacerlo con una actitud de amor compasivo y generoso. En la medida en que aprendáis el secreto de esta mirada misericordiosa, la misericordia del corazón se convertirá también para todos vosotros en estilo de vida y de relaciones más humanas en el hospital. Así florecerán entre vosotros las “obras de misericordia”, espirituales y corporales, seréis en verdad ‘epifanía del amor misericordioso de Dios para el mundo’.

Queridos hermanos y hermanas. ¡Abrid vuestros corazones a Cristo! Desde la fe en Cristo Resucitado aprended a ser constructores de la nueva civilización del amor. Un simple acto de fe en Resucitado, el Viviente, basta para encontrar el camino de la vida y romper así las barreras de la ‘cultura de la muerte’ que nos rodea, del relativismo moral y del sinsentido de la vida humana ahora y más allá de la frontera de la muerte. Porque toda persona es valiosa a los ojos de Dios, Cristo dio su vida por cada uno, y a todos abarca el Padre con su amor misericordioso.

Al celebrar el 10º Aniversario de este Hospital de la Plana demos gracias a Dios por todas las personas que a lo largo de estos años han sabido y saben ser testigos del amor de Cristo en el servicio a los enfermos. Pidamos al Señor que siga protegiendo con su misericordia y bendición a este Hospital y a cuantos en él trabajen o aquí sean atendidos. Y oremos al Señor por todos los sanitarios y trabajadores que han fallecido en estos diez años  !Que María, Madre del Amor hermoso, consuele a los enfermos y sus familias y a todos os enseñe a renovaros día a día en el amor de Dios que se hace vida en el amor al hermano! Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Ordenación de dos presbíteros en la Fiesta de Ntra. Sª del Pilar

S.I. CATEDRAL-BASÍLICA DE SEGORBE, 12 de octubre de 2010

 (1 Cr 15,3-4. 15-16, 16,1-2; Hech 1,12-16; Lc 11, 27-28)

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Queridos hermanos en el sacerdocio, diácono asistente y seminaristas

Queridos Cabildos Catedral y Concatedral, Vicarios y Rectores
Queridos ordenandos;
Hermanos y hermanas amados todos en el Señor:

Como obispo de Segorbe-Castellón me alegra acoger esta tarde en el presbiterio diocesano a dos nuevos sacerdotes. Junto con los presbíteros presentes doy las gracias al Señor por el don de estos dos nuevos hermanos, que hoy serán constituidos en nuevos pastores del pueblo de Dios que peregrina en Segorbe-Castellón.

Os saludo de corazón especialmente a vosotros, queridos José y Oscar. Hoy estáis en el centro de la atención de esta porción del pueblo de Dios, que es nuestra Diócesis: un pueblo que aquí está representado por cuantos hoy llenamos esta Catedral, la iglesia madre todas la iglesias de la Diócesis para participar en vuestra ordenación sacerdotal. Os acompañamos con nuestra oración y con nuestros cantos, con nuestro afecto sincero y profundo y con nuestra alegría humana y espiritual. Ocupan un lugar especial vuestros padres y familiares, tu abuela, querido Oscar, vuestros amigos y compañeros, vuestros formadores y profesores del seminario y las comunidades parroquiales de las que procedéis. Saludo, en particular, a las parroquias de Sto. Tomás de Villanueva en Castellón y de Santa Isabel en Villarreal que os han acompañado en la última etapa de vuestro camino, y a las que vosotros mismos ya habéis servido pastoralmente como diáconos. No olvidamos la singular cercanía en espíritu de numerosas personas, humildes y sencillas pero grandes ante Dios, como son las monjas de clausura y los enfermos, con el don preciosísimo de su oración y de su sufrimiento.

Nuestra Iglesia diocesana da gracias a Dios por el don de vuestra ordenación; y reunida en oración en torno a Maria, como los Apóstoles en el Cenáculo a la espera del Espíritu Santo (cfr. Hech 1,12-16), reza por vosotros. Dios y nuestra Iglesia ponen gran confianza y esperanza en vuestro futuro, y espera frutos abundantes de santidad y de bien de vuestro ministerio sacerdotal. Sí, Dios os llama a través de su Iglesia y cuenta con vosotros. La Iglesia os necesita a cada uno, consciente del gran don que Dios os ofrece y, al mismo tiempo, de la absoluta necesidad de que abráis vuestro corazón a Dios y os encontréis con Cristo, para recibir de Él la gracia de la ordenación, que es fuente de verdadera libertad y de profunda alegría. Todos nos sentimos invitados a la oración y a entrar en el ‘misterio’ de vuestra ordenación, en el acontecimiento de gracia que se realiza en vuestro corazón con la ordenación presbiteral, dejándonos iluminar por la Palabra de Dios que ha sido proclamada.

La primera lectura ha centrado nuestra atención en el Arca de la Alianza. En el Antiguo Testamento, el Arca de la Alianza era el lugar por excelencia de la presencia de Dios en medio del pueblo de Israel en su peregrinar por el desierto (1 Cr 15,3-4.16; 16,1-2). En la Fiesta de Nuestra Señora del Pilar, que hoy celebramos en España, la Iglesia lo aplica a María: ella es el Arca de la Nueva Alianza por ser la Madre de Dios, que llevó en su seno al mismo Dios; ella es así y para siempre signo elocuente de la presencia de Dios en nuestro mundo, en medio del pueblo cristiano y en medio de nuestro pueblo español. María, el Arca de la nueva Alianza, nos da a Dios, ella nos ofrece a Cristo, el Hijo de Dios, la Palabra de Dios, hecha carne, el Salvador del mundo, el Camino, la Verdad y la Vida.

También vuestra ordenación, queridos José y Oscar, tiene que ver con el Arca de la Nueva Alianza. Hoy vais a ser consagrados presbíteros para ser pastores y actuar en el nombre de y en la persona de Jesucristo, Cabeza, Siervo y buen Pastor de su Iglesia. Mediante el gesto sacramental de la imposición de las manos y la plegaria de consagración, quedaréis transformados y convertidos en ‘otros Cristos’. Vuestra persona misma será como un Arca de la nueva Alianza. Por el don de la ordenación, Cristo Jesús os ‘atrae’ del tal modo hacía sí que todo vuestro ser será suyo, y vuestros labios y vuestras manos serán los suyos. Vuestra misma persona será desde hoy presencia y sacramento para los hombres del único Sacerdote, Siervo y Pastor que es Cristo; vuestra persona será prolongación de su presencia y de su gracia entre los hombres. El sacerdote es vicario y siervo de Jesucristo: es anuncio y presencia del sumo y eterno Sacerdote, que realiza en el tiempo su función salvadora. Esta es la verdadera identidad del sacerdote.

“El sacerdote –nos ha recordado Benedicto XVI- no es simplemente alguien que detenta un oficio, como aquellos que toda sociedad necesita para que puedan cumplirse en ella ciertas funciones. Por el contrario, el sacerdote hace lo que ningún ser humano puede hacer por sí mismo”. Cuando proclaméis y prediquéis el Evangelio, será Cristo mismo quien hable; cuando pronunciéis en su nombre y en su persona la palabra de absolución de nuestros pecados, ‘yo te absuelvo’, será Cristo mismo quien absuelva y cambie así, a partir de Dios, la situación de nuestra vida. Cuando pronunciéis  sobre las ofrendas del pan y el vino las palabras de acción de gracias de Cristo, “Esto es mi cuerpo – esta es mi sangre”-, -que son palabras de transustanciación-, será Cristo mismo quien las pronuncie y serán palabras que lo harán presente a Él mismo, el Resucitado, su Cuerpo y su Sangre.

Es, pues, un gran don, el que hoy recibís; un don que os pudiera hacer dudar, si os fijaseis sólo en vuestras fuerzas limitadas, en vuestras muchas debilidades o en las dificultades del momento actual para la evangelización. Pero, bien sabéis, que el amor, la fidelidad y la fuerza del Señor os acompañarán siempre: el carácter indeleble del sacramento os lo recordará.

No lo olvidéis nunca: Vuestra ordenación sacerdotal es un gran don y un gran misterio. Ante todo es un gran don de la benevolencia divina para vosotros, fruto del amor que Dios os tiene. Y también es misterio, porque toda vocación está relacionada con los designios inescrutables de Dios y con las profundidades de la conciencia y de la libertad humana. Recibís esta gracia no para provecho y en beneficio propio, no para vuestro honor y prestigio, sino para ser ‘otros Cristos’ al servicio de Dios, de la Iglesia y de los hermanos.

El secreto de todo sacerdote es esta identificación con Cristo: es el secreto de su identidad que, a su vez, llama a identificarse con Él existencialmente, a vivir espiritualmente unidos a Él. El mismo Jesucristo rogó por ello expresamente al Padre en las vísperas de su pasión: “Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti; que tam­bién ellos sean uno con nosotros, para que el mundo crea” (Jn 17, 21).

No diga­mos que esto no es posible. Esto es precisamente lo que han vi­vido y realizado los auténticos y ge­nuinos sacerdotes del Señor. Miles de sacerdotes anónimos, sin relieve so­cial, ‘escondidos con Cristo en Dios’ (San Pablo), han santificado su vida y su existencia con el desempeño fiel y entregado de su ministerio, configurados e identifi­cados espiritualmente con Cristo, Sacerdote, Siervo y Buen Pastor.

Para identificarse totalmente con Cristo, estos sacerdotes han seguido un estilo de vida, convertida en ofrenda permanente agradable a Dios. Vica­rios de Jesucristo en el fiel desempe­ño de su vocación y testigos de su presencia, han transmitido a los hom­bres su gracia santificadora. A este propósito, el Papa nos ha recordado en el pasado Año Sacerdotal el ejemplo vivo del Santo Cura de Ars, “signo y presencia de la misericordia infinita de Dios” en medio de los hombres.

Esta es la forma de la santidad a la que la que estamos llamados los sacerdotes, a la que el Señor os llama hoy a vosotros. Los sacerdotes hemos de tomar mayor conciencia de la santidad de vida a la que estamos llamados. Hemos de dejar traslucir el amor personal y la alegría por nuestro sacerdocio: hemos de considerar que nuestro sacerdocio es lo mejor y lo más importante que ha ocurrido en nuestra vida. Nuestra persona y nuestra vida han quedado ‘poseídas’ en el sacramento de orden por Cristo mismo que en el día de la ordenación nos confió y confía la difícil y maravillosa tarea de hacerle presente entre los hombres.

En nuestro ministerio sacerdotal, lo más importante no es el ‘oficio’ o la tarea, que desempeñamos o las muchas horas de trabajo que le dedicamos; lo más importante es que seamos hombres apasionados de Cristo, que llevemos dentro el fuego del amor de Cristo. Lo más importante es que estemos llenos de la alegría del Señor; que se pueda ver y sentir que somos personas llamadas por el Señor; que estemos llenos de amor por el Señor y por los suyos y que estemos llenos de la alegría del Evangelio con todo nuestro ser.

¿Cómo lograrlo, queridos hermanos y queridos ordenandos? En el Evangelio de hoy, Jesús nos dice: “¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!” (Lc 11, 27-28). Es la respuesta de Jesús a aquella mujer que proclamaba dichosa a María por haber llevado a Jesús en su seno virginal y haberle amamantado con sus pechos. Pero, Maria es dichosa sobre todo por haber creído: creyó que aquel que llevaba en su seno era el Hijo de Dios, creyó a la Palabra de Dios y en la Palabra de Dios y la puso en práctica. María se convierte así en pilar de la Iglesia, de los cristianos y de los sacerdotes. Reunidos en oración en torno a ella, lo mismo que los apóstoles reunidos el día de Pentecostés, vamos creciendo como pueblo de Dios; su fe y su esperanza nos guían y alientan a todos los cristianos y a los sacerdotes.

“¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!”, os dice Jesús hoy a vosotros, queridos José y Oscar. Jesús os invita a acoger, como María, con fe, disponibilidad y entrega a Él que es la Palabra, a dejar que vuestro corazón se transforme por el don que vais a recibir para ser ‘otros Cristos’, a dejar que toda vuestra vida y vuestras tareas sean signo y transparencia de Cristo, de su gracia santificadora y de su amor misericordioso hacia todos.

Para ello, como Maria, habréis de acercaros a la Palabra de Dios: como ella habréis leer, escuchar y meditar con frecuencia la Palabra de Dios; y como ella, habréis de acoger con fe, interiorizar y cumplir la Palabra de Dios, contenida en la Sagrada Escritura.

Una prioridad muy importante en vuestra vida será el cultivo de vuestra relación personal con Cristo. En el Breviario, el 4 de noviembre leemos un hermoso texto de san Carlos Borromeo, gran pastor, que se entregó totalmente, y que nos dice a todos los sacerdotes: “No descuides tu propia alma: si descuidas tu propia alma, tampoco puedes dar a los demás lo que deberías dar. Por lo tanto, también para ti mismo, para tu alma, debes tener tiempo”, o, en otras palabras, la relación con Cristo, el coloquio personal con Cristo en la oración es una condición para nuestro trabajo por los demás. La oración no es algo marginal: precisamente rezar es ‘oficio’ del sacerdote, también como representante de la gente que no sabe rezar o no encuentra el tiempo para rezar. La oración personal, sobre todo el rezo de la liturgia de las Horas, es alimento fundamental para nuestra alma, para toda nuestra acción.

Junto a la oración, estará la celebración diaria de Eucaristía y la celebración personal y frecuente del Sacramento de la Penitencia, así como hacer posible y presente la Eucaristía, sobre todo la dominical, para todos, y celebrarla de modo que sea realmente el acto visible de amor del Señor por nosotros. Cultivad el anuncio de la Palabra en todas sus dimensiones: desde el diálogo personal hasta la homilía. Vivid la ‘caritas’, el amor de Cristos para los que sufren, para los pequeños, para los niños, para las personas que pasan dificultades, para los marginados; haced realmente presente el amor del Buen Pastor.

Si permanecéis fieles y abiertos a la gracia inagotable del sacramento, ésta os transformará interiormente para que vuestra vida, unida para siempre a la de Cristo sacerdote, se convierta en servicio permanente y en entrega total. María, la esclava del Señor, que conformó su voluntad a la de Dios, que engendró a Cristo donándolo al mundo, que alentó a Santiago a orillas del Ebro, os acompañe cada día de vuestra vida y de vuestro ministerio. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

 

Dios sigue llamando

Queridos diocesanos:

El próximo día doce de octubre tendremos el gozo de la ordenación de dos nuevos sacerdotes para nuestra Iglesia diocesana: José Sánchez y Oscar Bolumar. Ambos son un hermoso don de Dios para todos nosotros por el que hemos de darle gracias sinceras, máxime en estos tiempos de ‘invierno vocacional’. Pese a todas las apariencias, Dios sigue llamando también hoy entre nosotros al ministerio ordenado. No seamos nunca obstáculo a la escucha de la llamada del Señor; antes bien  propiciemos su escucha obediente y su acogida generosa.

Por un designio misterioso suyo, el Señor ha llamado y elegido a estos dos jóvenes para ser presbíteros de su Iglesia: no por sus méritos sino por pura gracia suya. Ellos, por su parte, han escuchado la llamada certera del Señor a seguirle en el sacerdocio ordenado en el momento oportuno, en las circunstancias elegidas por él y de forma inesperada por parte de los neopresbíteros. Ellos han acogido esta llamada del Señor con generosidad y la han madurado no sin esfuerzo y lucha hasta dejarse liberar por la misericordia divina y el apoyo humano de todo aquello que les impedía una entrega total a Él y a su Iglesia, que peregrina en Segorbe-Castellón.

Por la ordenación presbiteral, el Señor les hará partícipes del ministerio apostólico; un ministerio que se continúa en plenitud en el Obispo, como sucesor de los Apóstoles, en cuya comunión y obediencia deberán ejercerlo todos los días de su vida. Ungidos, consagrados y fortalecidos por el Espíritu Santo en el sacramento del Orden quedarán constituidos en pastores y guías al servicio del pueblo de Dios, en nombre y en representación de Cristo Jesús, el Buen Pastor y Cabeza de su Iglesia. Participarán así en la misma misión de Cristo, maestro, sacerdote y rey, para cuidar de su pueblo siendo maestros de la Palabra, ministros de los Sacramentos y guías de la comunidad.

Configurados con Cristo y ungidos por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, serán maestros autorizados de la Palabra de Dios en nombre de Cristo y de la Iglesia; serán ministros de los sacramentos en la persona de Cristo Cabeza, como servidores suyos y administradores de los misterios de Dios (cf. 1 Cor 4, 1), y serán pastores celosos de la grey que les sea encomendada a ejemplo del “buen Pastor que da su vida por las ovejas” (Jn 10, 11). En el ejercicio de su ministerio habrán de tener siempre como modelo a Cristo mismo que apacienta al pueblo de Dios con la fuerza de su amor, entregándose a sí mismo como sacrificio.

Una de sus tareas primordiales será el anuncio del Evangelio al mundo entero, a los cercanos y a los alejados, a los bautizados y a quienes aún no han oído hablar de Cristo. Están llamados a sembrar la semilla de la Palabra para que todos experimenten el amor y salvación de Cristo, para que en Él puedan descubrir el sentido de su vida, y así su origen y su destino en Dios. ¿Puede haber algo más hermoso que esto?

Para ser colaboradores en la difusión del Evangelio y de la esperanza que no defrauda en un mundo a menudo triste, desesperanzado y nihilista, es necesario que el fuego del Evangelio arda en su corazón. Sólo así podrán ser mensajeros de esta buena Nueva y llevarla a todos, especialmente a cuantos están tristes y afligidos. Acompañémosles con nuestra oración. Y pidamos a Dios el don de nuevas vocaciones.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Esperando al Papa

Queridos diocesanos:

En poco más de un mes, el Santo Padre, Benedicto XVI, nos visitará de nuevo. El 6 de noviembre estará en Santiago de Compostela; y al día siguiente en Barcelona dedicará la iglesia y el altar de la Sagrada Familia y rezará el Ángelus en la fachada del Nacimiento.

Esta nueva visita del Papa es para todos los católicos de España un motivo de gozo y de gratitud. A todos, incluso a los que no puedan acompañarle físicamente, nos ofrece la oportunidad de tener una nueva experiencia de fe y de comunión eclesial. No olvidemos que “el Romano Pontífice, como sucesor de Pedro, es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, así de los obispos como de la multitud de los fieles” (LG 23). Vivida con fe y con afecto filial, la estancia del Papa entre nosotros se convertirá en un verdadero acontecimiento de gracia y salvación, que fortalecerá nuestra sintonía espiritual y nuestro afecto filial con el Vicario de Cristo en la tierra.

Disfrutar de la presencia del Papa, escuchar su palabra y mostrarle nuestra unión, afecto y cercanía es, en estos momentos, especialmente necesario para todos en nuestro caminar como cristianos y como Iglesia. Fortalecidos en la comunión eclesial y alentados en la fe, la visita nos impulsará a un renovado compromiso apostólico. Por ello damos gracias a Dios. Y agradecemos al Santo Padre su afecto y cariño hacia nuestra nación y su solicitud pastoral hacia nuestra Iglesia en España.

El Papa viene como peregrino de la fe. Se une así a tantos peregrinos que, a lo largo de la historia y de este Año Santo Compostelano, llegaron a Santiago desde todo el mundo para encontrarse con la tradición apostólica, que fundamenta nuestra fe, y para acogerse a la misericordia, al perdón y a la paz del Señor. En la Catedral de Santiago, el Papa abrazará  al Apóstol, amigo y testigo del Señor, que nos trajo el Evangelio y sembró la semilla de nuestra fe cristiana. Como Pastor de la Iglesia Universal, el Papa se encontrará con la Iglesia en España, para rezar a los pies del Apóstol, proclamar la fe del Credo de la Iglesia y celebrar juntos la Eucaristía. Con su presencia y su palabra tanto en Santiago como en Barcelona nos confirmará en la fe para que nos podamos mantener, a pesar de las dificultades, firmes en la fe, seguros en la esperanza y constantes en la caridad. Es la tarea que el Señor encomendó a Pedro y a sus sucesores: “Yo he rogado por ti (Pedro) para que tu fe no desfallezca. Y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos”. (Lc 22, 32).

Como el Apóstol Santiago antaño, el Papa viene para anunciar hoy de nuevo a Cristo Resucitado y su Evangelio. Como ha hecho en repetidas ocasiones, nos animará a creer en Jesucristo, el Hijo de Dios, muerto por nuestros pecados y resucitado para que tengamos Vida; y nos invitará a no tener miedo a ser amigos, discípulos y testigos del Señor en la vida personal, matrimonial, familiar, social, laboral o pública. Como acostumbra a hacer, el Santo Padre nos exhortará a no tener miedo a abrir las puertas de nuestro corazón a Cristo para amarle y ofrecerle toda nuestra vida -pensamientos, palabras y acciones- como ofrenda agradable al Padre y servicio a los hermanos; y a no tener miedo de dar testimonio de Jesucristo con nuestras palabras y nuestras obras, anunciado, con gozo y alegría, el Evangelio de Jesús en medio de la sociedad.

Preparémonos ya para este momento de gracia. Oremos intensamente a Dios por el Santo Padre, y por los frutos espirituales y pastorales de su peregrinación a Santiago y de su presencia en Barcelona.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón