Sobre los Libros Sacramentales y Archivos Parroquiales

 

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CASIMIRO LÓPEZ LLORENTE,

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTÓLICA,

OBISPO DE SEGORBE-CASTELLÓN

 

 

La Iglesia, que ha sido adelantada en el moderno Derecho registral, tiene que seguir velando para asegurar la exactitud y conservación de sus Registros, así como para garantizar su función de dar la necesaria publicidad a los datos en ellos contenidos, y facilitar su acceso a quienes tengan un interés legítimo.

Los modernos medios de reproducción y comunicación facilitan sobremanera la posibilidad de falsificación de documentos o su manipulación, así como su difusión indiscriminada, con el consiguiente peligro de atentar contra la seguridad jurídica y el derecho a la intimidad de los fieles.

Uno de los derechos reconocidos a todos los fieles es el derecho a la protección de su propia intimidad (cf. c. 220 CIC).  Por eso, la Iglesia siempre ha procurado que los datos personales de los fieles que obran en su poder a través de los diversos libros parroquiales, fueran diligentemente custodiados y sólo se pudieran proporcionar a quienes tuvieran un interés legítimo en su conocimiento (cf. cc. 383, 384 y 470 CIC’17).  Coincide en esto con la moderna sensibilidad que ha llevado a muchos países a crear las respectivas Agencias de Protección de Datos Personales.

Asegurar la permanencia e inalterabilidad de los datos, así como su oportuna confidencialidad, aconseja que los registros parroquiales se sigan llevando en los libros tradicionales.  En efecto, no es seguro que los medios técnicos actuales garanticen la permanencia de los datos recogidos y editados por medios informáticos.  Además, la llevanza tradicional constituye una garantía ulterior para salvaguardar su genuina naturaleza, puesto que su informatización podría hacerlos susceptibles, en determinados casos, de calificarlos como ficheros,  sujetos a una normativa estatal ajena a su verdadero carácter, que no sólo es jurídico e histórico, sino también pastoral.

Aunque son muchos los celosos pastores que ya observan las cautelas pertinentes, la Conferencia Episcopal, ha considerado conveniente emanar unas Orientaciones acerca de los libros parroquiales sacramentales, aprobadas por la XCV Asamblea Plenaria el 23 de abril de 2010, para facilitar a los párrocos unos criterios uniformes en un tema tan importante. Teniendo en cuenta dichas Orientaciones, así como el derecho particular y la praxis de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón, una vez consultado el Consejo Presbiteral Diocesano, por el presente

  

DECRETO

 

  

I. Los libros sacramentales y sus responsables

 

Art. 1. En cada Parroquia se han de llevar los libros sacramentales establecidos por el Derecho, al menos el de Bautismos, Matrimonios, Difuntos (cf. c. 535 § 1 CIC) y Confirmaciones (cf. I Decreto General de la CEE, de 26.11.1983, art. 5). Dado que en nuestra Diócesis hay parroquias que llevan libro de primeras Comuniones, se establece que en adelante se lleven dichos libros en todas las parroquias.  

 

Art. 2. El encargado de los libros sacramentales parroquiales es el Párroco o el sacerdote a él asimilado en derecho, es decir, el Administrador parroquial o Cura Párroco Encargado. En el caso de Párrocos ‘in solidum’, el encargado de los libros sacramentales será el Párroco moderador (cf. c. 517 § 1 CIC) responsable. El Párroco puede delegar esta función en un Vicario Parroquial. Para que otra persona distinta del Vicario Parroquial ostente esa responsabilidad deberá tener delegación escrita del  Obispo Diocesano o del Vicario General.

 

Art. 3. Sólo las personas a las que se refiere el número anterior están legitimadas para firmar las partidas sacramentales, los certificados y los extractos de partidas, que, en el caso, de estar destinadas a otras Diócesis deberán ser legalizadas o compulsadas por el Ordinario.

 

Art. 4. Los libros sacramentales forman parte de los archivos parroquiales protegidos por lo establecido en el artículo I.6 del Acuerdo sobre Asuntos Jurídicos entre la Santa Sede y el Estado español, por lo que se puede denegar el acceso a cualquier autoridad civil no autorizada por el Ordinario.

 

Art. 5. Los libros sacramentales no son ficheros, en el sentido del artículo 3 b) de la Ley Orgánica 15/1999 de Protección de Datos de Carácter Personal, por lo que no hay que comunicar su existencia al Registro General de Protección de Datos. Para el resto de posibles ficheros parroquiales se observará la normativa específica o las orientaciones dadas al respecto.

 

Art. 6. § 1. Se aconseja de nuevo vivamente que los libros parroquiales que tengan una antigüedad superior a los cien años, a computar a partir del momento de su cierre, se depositen en el Archivo histórico diocesano, sin perjuicio de la propiedad, que seguirá siendo de la parroquia, lo que se acreditará mediante el correspondiente certificado, que se unirá al Inventario parroquial.

§ 2. La digitalización parcial o total de los libros parroquiales precisa de autorización escrita del Ordinario.

 

II. Anotaciones y notas marginales.

 

Art. 7. § 1. Las anotaciones en los libros sacramentales contendrán todos los datos pre­vistos en la legislación tanto general como particular (cf. cc. 877, 895, 1121, etc. CIC).

§ 2. En el libro de Bautismos se anotará el nombre y los dos apellidos de los bautizados, la fecha y el lugar de nacimiento y de bautismo, el nombre y los dos apellidos de los padres, de los abuelos, de los padrinos, y, si no hubiera padrino o padrinos, de al menos un testigo, y del ministro.

§ 3. En el libro de Confirmaciones se anotarán el nombre y los dos apellidos de los confirmados, de los padres y de los padrinos, la fecha, el lugar y el nombre del ministro de la Confirmación.

§ 4. En el libro de primeras Comuniones se anotarán el nombre y los dos apellidos de quienes la reciben, de los padres, la edad de aquellos, la fecha, el lugar y el nombre del ministro de la primera Comunión.

§ 5. En el libro de Matrimonios se inscribirá el nombre y los dos apellidos de los contrayentes, su estado tanto canónico como civil, así como los nombres y los dos apellidos de los padres, el carácter canónico o civil del matrimonio de éstos, y los nombres y los dos apellidos de dos testigos, así como la fecha, el ministro y la razón de su ministerio.

§ 6. En el libro de Difuntos, se anotará el nombre y los dos primeros apellidos del difunto, estado civil, el nombre y los primeros apellidos del consorte o viudo, edad, nombre y apellidos de sus padres, fecha de la defunción y del entierro así como la constatación de haber recibido los sacramentos, si es el caso.

§ 7. Los capellanes de hospitales y clínicas, situadas en el territorio diocesano de Segorbe-Castellón, deberán comunicar la administración de los sacramentos de la Penitencia, Unción de Enfermos así como del Viático a un enfermo, en caso de su defunción, al párroco o al sacerdote a él asimilado en derecho a través de los familiares del difunto o de la funeraria, que preste el servicio, mediante cédula establecida al respecto.

 

Art. 8. En el libro de Bautismos se efectuarán, en su caso, notas marginales en las que se haga constar la recepción de la Confirmación, y lo referente al estado canónico de los fieles por razón del matrimonio, de la adopción, del orden sagrado, de la profesión perpetua en un instituto religioso y del cambio de rito (cf. c. 535 § 2 CIC). Para este fin, se dejará el espacio suficiente al margen izquierdo de la inscripción, así como para otras eventuales anotaciones o diligencias, que afecten al estado del interesado.

 

Art. 9. En el libro de Matrimonios se efectuarán, en su caso, notas marginales en las que se haga constar, de forma sucinta, la convalidación, la declaración de nulidad o la resolución pontificia de disolución de matrimonio rato y no consumado. Con este fin, se dejará el espacio suficiente en el margen izquierdo de la inscripción.

 

III. Modo de llevar los libros.

 

Art. 10 § 1. Los libros, en soporte de papel, podrán ser libros ordinarios de registro, o bien libros editados y autorizados con esta finalidad.  En todo caso se excluyen los libros formados por impresos editados y cumplimentados por ordenador. El soporte digital no es el adecuado para este fin.

§ 2. Los libros editados con formularios específicos y los datos señalados en el art. 7 deberán ser uniformes para toda la diócesis y contar con la autorización del Ordinario diocesano.

§ 3. Los libros abiertos en el momento de la entrada en vigor del presente decreto seguirán llevándose hasta su conclusión.

 

Art. 11. El Párroco o el sacerdote a él asimilado en derecho, como encargado de los libros sacramentales, dará comienzo y cierre a todo libro sacramental mediante diligencia escrita.  Para dar comienzo a todo libro nuevo debe señalarse este hecho brevemente en su primer folio, haciendo constar la fecha, los datos identificativos esenciales del encargado del libro, número de páginas del libro, etc.  Igualmente se hará una diligencia escrita al dar cierre al libro, pero en la siguiente página a la última escrita.  En ambos casos se debe fechar, firmar y sellar la página correspondiente.

 

Art. 12. Para salvaguardar su durabilidad e indelebilidad, los datos han de escribirse con rotulador de tinta líquida o pluma estilográfica, nunca con bolígrafos ordinarios o derivados.

 

Art. 13. § 1. Para extender extractos o certificados de partidas sólo se podrán usar los formularios autorizados para la Diócesis por el Ordinario.

§ 2. Si al extender un extracto o certificado, no se conoce alguno de los datos solicitados, el espacio, también en el caso de notas marginales, no se debe dejar en blanco, sino cruzarse con una línea diagonal con el fin de evitar una eventual manipulación

 

Art. 14. § 1. Si dentro de un libro sacramental se han dejado involuntariamente una o varias páginas en blanco, deben ser anuladas cubriéndolas de lado a lado mediante una única raya en diagonal, con la misma finalidad expresada en el número anterior.

§ 2. En su caso, la anulación de páginas deberá constar en la diligencia de cierre, de que se trata en el art. 11 (v. g. con las palabras de las 100 hojas útiles se han anulado la 5 ,25, 32).

 

Art. 15. En el caso de que al inscribir, anotar o certificar se haya cometido algún error material, no puede sobrescribirse o utilizar líquidos u otros artículos de borrar, sino que se invalidará la palabra o palabras incorrectas trazando una leve línea recta sobre ellas y delimitarlas entre paréntesis. A continuación se indicará, siempre en nota a pie de página, la validez de la corrección con las palabras “Lo tachado no vale; vale lo corregido”, firmando posteriormente la nota; en caso contrario, podría ponerse en duda su autenticidad.

 

Art. 16. El documento registral sólo quedará validado con la firma manuscrita, legible, del Encargado de los libros sacramentales, y el sello de la Parroquia.

 

Art.17. Es aconsejable el uso de tinta de color para el tampón de sellado. Es necesario que la impronta del sello se superponga a una parte de la firma o del texto con el fin de prevenir posibles manipulaciones.

 

Art. 18. Las inscripciones y anotaciones en los libros sacramentales con los datos requeridos han de ser cumplimentados con extrema diligencia, a mano y con letra clara y legible, incluyendo los correspondientes índices ordenados alfabéticamente por apellidos. Sólo estos manuscritos tienen valor oficial.  Los índices deberán escribirse por libros en las páginas del mismo.

 

Art. 19. Para cualquier rectificación o alteración de partidas, sean errores, omisiones o cambios efectuados en el Registro Civil, se requiere la autorización del Ordinario del lugar.  Cada cambio o alteración se hará constar en la partida consignando, al menos, la referencia del documento que acredite dicha modificación, que se archivará en lugar aparte, pero que se guardará en el mismo archivo parroquial.

 

IV. Expedientes matrimoniales.

 

Art. 20. Todos los expedientes matrimoniales deben conservarse en el archivo parroquial.  Una vez agrupados por años, han de numerarse correlativamente y, posteriormente, han de guardarse en cajas de archivo.

 

Art. 21. Las notificaciones recibidas con la indicación de haber sido cumplimentadas en su respectivo Libro de Bautismos, deben ser archivadas en el correspondiente expediente matrimonial, ya numerado en la forma descrita. Dentro del expediente se archivarán también las notificaciones, la comunicación al registro civil y así como el documento donde conste a quien se entrega dicha comunicación con la firma legible de quien la recibe.

 

Art. 22. Las copias de los expedientes matrimoniales destinados a otras Diócesis sólo se pueden enviar a través de la propia Curia diocesana, que será quien los transmita a la Curia de destino.

 

 V. Conservación y custodia de los libros.

 

Art. 23. § 1. Los libros parroquiales se custodiarán en el archivo parroquial, en un armario que proporcione las necesarias garantías de conservación y seguridad, y siempre bajo llave.  Sólo el Párroco o el sacerdote a él asimilado en derecho, así como el delegado del Párroco a tenor del Art. 2, tendrán acceso al armario.

§ 2. Para mejor garantizar la conservación y la seguridad de los libros parroquiales es muy aconsejable que los armarios sean metálicos, por ser más seguros ante termitas, xilófagos o roedores. Se deberá evitar su ubicación en locales húmedos pues la humedad además de destruir el papel promueve la vida de los agentes xilófagos muy comunes en el litoral. Cuando se reciban documentos antiguos o si éstos son cambiados de lugar es muy aconsejable someterlos a un tratamiento de desinsectación.

 

Art. 24. El archivo parroquial estará ubicado en el lugar determinado a este fin en cada parroquia: dependencias del templo parroquial, casa abadía u otro lugar parroquial, suficientemente seguro. En cualquier caso, el archivo parroquial estará suficientemente delimitado de lo que no corresponde al mismo.

 

Art. 25. Forman parte del archivo parroquial, entre otros, los libros sacramentales de Bautismos, Confirmaciones, Primeras Comuniones, Matrimonios y Difuntos y toda la documentación referente a la administración de dichos sacramentos y de defunciones, así como los libros de Visita Pastoral, los libros de actas de los Consejos Parroquiales de Asuntos Económicos y de Pastoral, los libros de Misas encargadas, los libros de Fundaciones, de sus cargas y su cumplimiento y los decretos de su erección y eventual redotación, los libros de contabilidad, los contratos de compraventa y de alquiler, las facturas por el tiempo estipulado en el derecho civil, los libros de toma de posesión de los Párrocos o, al menos, las actas de las mismas y el inventario parroquial.

 

Art. 26. § 1. Cuando un sacerdote tenga encomendadas varias parroquias, los libros parroquiales y la restante documentación de las mismas podrán guardarse con la autorización del Ordinario  en el archivo de una de ellas. En cualquier caso deberán estar suficientemente identificados los libros y la restante documentación de cada una de las parroquias y delimitados por parroquias.

§ 2. Conforme está establecido, en la toma de posesión de dichas parroquias por un nuevo párroco o sacerdote a él asimilado en derecho, se hará entrega al mismo por el sacerdote cesante de los libros sacramentales y restante documentación de cada una de las parroquias ante el Ordinario o sacerdote por él delegado, levantándose acta de la entrega y recepción, firmada por todos los intervinientes. En este momento, el Ordinario establecerá también si los libros sacramentales y la restante documentación de dichas parroquias continúan en ese lugar.

§ 3. Caso de que las parroquias, a que se refiere el § 1, posteriormente no sean encomendadas a un mismo sacerdote, los libros sacramentales y, eventualmente, la restante documentación de la o las parroquia/s no encomendadas deberán ser entregados a su nuevo párroco o sacerdote a él asimilado en derecho, por el sacerdote cesante ante el Ordinario o sacerdote por él delegado, levantándose igualmente acta de la entrega y recepción, firmada por los intervinientes.

 

 VI. Acceso y consulta de los libros.

 

Art. 27. Corresponde al Párroco o al delegado de acuerdo con lo establecido en el Art. 2 expedir certificaciones o copias autorizadas de los asientos o anotaciones registrales referentes al fiel que legítimamente las solicite.

 

Art. 28. Los certificados o extractos pueden extenderse bien escritos a mano o mecanografiados, pero siempre cumplimentados en el modelo autorizado por el Ordinario y validados por la firma del Párroco o del delegado de acuerdo con el Art. 2, y por el sello parroquial.  Los certificados que hayan de producir efectos fuera de la Diócesis han de ser legalizados por el Ordinario.  En el caso de que estén redactados en una lengua no oficial en la Diócesis de destino, se acompañarán de traducción al español.

 

Art. 29. Todos los fieles tienen derecho a recibir personalmente certificaciones o copias autorizadas de aquellos documentos contenidos en los libros parroquiales que, siendo públicos por su naturaleza, se refieran a su estado personal.

 

Art. 30. El interesado, salvo que sea conocido personalmente por el Párroco o el delegado conforme al Art. 2, deberá acreditar documentalmente su personalidad, e indicar el fin para el que se solicita la certificación.

 

Art. 31. Podrán expedirse también certificaciones o copias cuando el interesado lo solicite a través del propio cónyuge, padres, hermanos, hijos o procurador legal. En  estos casos el interesado deberá, además, indicar los datos identificativos del familiar o procurador, y acreditarlos documentalmente.

 

Art. 32. Con el fin de garantizar el derecho a la intimidad y buena fama de todo fiel (cf. c. 220 CIC) así como las obligaciones que se puedan derivar de la Ley estatal de Protección de Datos,  no se expedirán certificaciones o copias autorizadas cuando no quede acreditado el interés legítimo y la personalidad del interesado y, en su caso, del familiar o procurador.  Se ha de guardar copia del documento que acredite los referidos datos del interesado y del familiar o procurador, según el impreso establecido para este fin.

 

Art. 33. Salvo que disponga otra cosa el Ordinario, la documentación relativa a los registros sacramentales y de defunciones y exequias de los últimos cien años ha de quedar cerrada a la libre y pública consulta, ya que es reservada por su propia naturaleza.  A partir de esa fecha pasará a considerarse documentación histórica.

 

Art. 34. Las solicitudes de datos con finalidades genealógicas referidos a los últimos cien años sólo se atenderán cuando el interesado recabe datos sobre sus ascendientes directos hasta el segundo grado inclusive.

 

Art. 35. En ningún caso se debe permitir la consulta directa, manipulación, grabación o reproducción total o parcial de los libros sacramentales que se encuentren en las parroquias.

 

Art. 36. La microfilmación, digitalización, o cualquier otra iniciativa de tratamiento global o parcial del archivo requerirá la autorización escrita del Ordinario.

 

Art. 37. Los libros parroquiales no podrán sacarse del archivo parroquial, salvo en los casos mencionados en los Arts. 26 y 36.

 

Art. 38. Cualquier duda sobre la oportunidad de extender certificados o copias auto­rizadas de los libros sacramentales habrá de consultarse con el Ordinario.

 

Disposición final.

 

El Vicario General velará por la aplicación de lo dispuesto en el presente Decreto y, en especial, por lo establecido en los arts. 7 § 6, 10, 13 § 1, 28 y 32 en lo referente a libros editados, cédulas, modelos o impresos.

 

Publíquese en el Boletín Oficial de nuestro Obispado de Segorbe-Castellón y dese a conocer por los medios acostumbrados.

Dado en Castellón de la Plana, a veintinueve de diciembre del Año del Señor de dos mil diez.

 

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Ante mí,

Tomás Albiol Talaya

Vicencanciller –Vicesecretacio general

Presupuestos de Ingresos y Gastos de la Diócesis de Segorbe-Castellón para el ejercicio 2011

 

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CASIMIRO LÓPEZ LLORENTE,

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTÓLICA,

OBISPO DE SEGORBE-CASTELLÓN

 

Habiendo sido tratados en el Consejo Episcopal así como estudiados y aprobados por el Consejo Diocesano de Asuntos Económicos en su reunión del día 10 de diciembre de 2010, por el presente APRUEBO Y DECRETO los siguientes Presupuestos Diocesanos  de Ingresos y Gastos para el Ejercicio 2011.

 

 

INGRESOS

 

Aportación procedente FCID                                                            2.214.380,00
Aportación FCID para pago S.S                                                          228.030,00
Ingreso Sacerdotes Penitenciarios                                                       21.600,00
Ingreso Sacerdotes Hospitalarios                                                        87.600,00
Aportaciones parroquias a nóminas Sacerdotes                             344.022,00
Cuota Concertada parroquias                                                             290.902,00
Cuotas fijas fieles                                                                                      37.500,00
Colecta Iglesia Diocesana                                                                       60.000,00
Ingresos por publicaciones                                                                   144.500,00
Aranceles                                                                                                       5.075,00
Alquileres                                                                                                     21.316,00
Rendimientos procedentes COPE                                                                    0,00
Recuperación por reparto seguros                                                         64.274,00
Rendimientos Financieros                                                                       88.700,00
Ingresos residencia sacerdotal                                                                  16.712,00
TOTAL INGRESOS                                                                    3.624.611,00

 

GASTOS

Retribución Clero                                                                             1.588.598,00
Otras ayudas al Clero                                                                            31.000,00
Seguridad Social Clero                                                                        228.030,00
Retribuciones personal seglar                                                           283.838,00
Seguridad Social personal seglar                                                         65.790,00
Actividad pastoral Vicaria y Delegaciones                                         64.461,00
Aportación dependencias Curia                                                          20.000,00
­Mantenimiento templos-casas abadías y otros                              132.422,00
Resto Parroquia El Salvador Castellón                                             40.000,00
Otras ayudas a determinar                                                                   92.422,00
Amortización acelerada endeudamiento bancario                                    0,00
Ayudas a Seminarios                                                                             42.000,00
Anticipos a sacerdotes adquisición de vehículos                             70.000,00
Amortización + Intereses préstamos Obispado                             241.050,00
Amortización + Intereses préstamos Parroquias                             52.260,00
Ntra. Sra. Esperanza de Castellón                                                       33.100,00
San Bartolomé de Alfondeguilla                                                          12.200,00
El Salvador de Castellón                                                                          6.960,00
Intereses Fundaciones Pías                                                                  50.498,00
Gastos de publicaciones y otros serv. exter.                                    103.500,00
Agua                                                                                                              1.990,00
Luz                                                                                                                 6.975,00
Teléfono                                                                                                      17.050,00
Gasoil                                                                                                          14.100,00
Reparaciones                                                                                            10.090,00
Servicios Profesionales                                                                            23.100,00
Primas de Seguros                                                                                   82.400,00
Gastos financieros Extraordinarios                                                           800,00
Extraordinarios                                                                                         55.000,00
Devoluciones de parroquias y cuotas                                                    11.000,00
Gastos residencia sacerdotal sin personal                                           20.100,00
Ofrenda según canon 1.271 CIC                                                               4.500,00
Contribución Fondo “Ecclesiae Sanctae” c. 791.4 CIC                         1.750,00
Fondo “Nueva Evangelización” CEE                                                       1.000,00
Dotación F.C.D. Sustentación del clero                                             100.000,00
Dotación F.C.D. Reserva Situaciones extraordinar.                       200.000,00
Dotación  Reversión Inmuebles-Tesor. Pías Fundac                         75.936,00
Donación Cáritas 0,7% Presupuesto Ingresos                                     25.373,00
TOTAL GASTOS                                                                        3.624.611,00

 

SALDO PRESUPUESTOS   SUPERAVIT/DEFICIT                                   0,00

 

 

Publíquense en el Boletín Oficial de nuestro Obispado de Segorbe-Castellón.

Dado en Castellón de la Plana, a veintinueve de diciembre de dos mil diez.

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Ante mí,

Tomás Albiol Talaya

Vicecanciller-Vicesecretario General

La familia, esperanza de la humanidad

Queridos diocesanos:

El domingo después de la Navidad, el día 26 de diciembre, celebramos la Fiesta de la Sagrada Familia. La Navidad es la Fiesta del Amor de Dios hacia la humanidad. Dios, comunión de amor de las tres personas divinas, se hace hombre por amor al hombre para hacerle partícipe de su misma vida y amor. Y lo hace en el seno de una familia humana, la de Nazaret, en la que fue acogido con gozo, nació y creció.

Por ello, también la Iglesia en España celebra la Jornada por la familia y por la vida, este año bajo el lema: la Familia, esperanza de la humanidad. El Papa Benedicto XVI nos decía el mes pasado durante el Ángelus ante el templo de la Sagrada Familia de Barcelona que “en el silencio del hogar de Nazaret, Jesucristo nos ha enseñado, sin palabras, la dignidad y el valor primordial del matrimonio y la familia, esperanza de la humanidad”.

En el Hijo de Dios han adquirido su verdadero sentido el amor, el matrimonio y la familia, así como el valor inalienable de toda vida humana, don y criatura de Dios, llamada a participar sin fin de su amor. Fiel al Evangelio del matrimonio y de la familia, la Iglesia proclama que la familia se funda, según el plan de Dios, en la unión indisoluble entre un hombre y una mujer, quienes, en su mutua y total entrega en el amor, han de estar responsablemente y siempre abiertos a una nueva vida y a la tarea de educar a sus hijos. Para quien se abre a Dios y a su gracia, es posible vivir el Evangelio del matrimonio, abierto a la vida, y de la familia, centrada en Dios. La familia, basada en el matrimonio, sigue siendo insustituible para el verdadero desarrollo de los esposos y de los hijos, y para la vertebración de la sociedad.

En la actualidad esta familia está desprotegida; se favorecen otros tipos de unión y se propugnan otros modelos de familia. En el fondo se ataca y se destruye el matrimonio y la familia en su misma esencia y fundamento; se olvida que el matrimonio y la familia son insustituibles para la acogida, la formación y desarrollo de la persona humana y para la vertebración básica de la sociedad. Los efectos de esta situación están a la vista: cada vez más falta amor verdadero en las relaciones humanas, se trivializa la sexualidad humana quedando reducida a genitalidad, se debilitan las expresiones más nobles y fundamentales del amor humano –el amor esponsal, el amor materno y paterno, el amor filial, el amor entre hermanos-, desciende de forma dramática y alarmante la natalidad, aumenta el número de niños con perturbaciones de su personalidad y se crea un clima que termina frecuentemente en la violencia. Cuando el matrimonio y la familia entran en crisis, es la misma sociedad la que enferma.

“Familia, tu eres el gozo y la esperanza”, dijo Juan Pablo II al final del primer Encuentro Mundial de las Familias. Reconocía así en la familia, basada en la belleza del plan de Dios, esa vitalidad asombrosa y fecunda en la que se enciende la esperanza de los hombres. Nuestra sociedad necesita del testimonio de las familias cristianas, que vivan el Evangelio del matrimonio, la familia y la vida. Hemos de cuidar que no les falten los auxilios espirituales suficientes, las enseñanzas luminosas que brotan del Evangelio y todo el apoyo que necesiten, como lo ofrece nuestro Centro diocesano de Orientación Familiar para que, viviendo lo que son según el plan de Dios, sean signos de esperanza de la humanidad.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Día de Navidad

Castellón. S.I. Concatedral, 25 de diciembre de 2010

(Is 52,7-10; Sal 97; Hb 1,1-6; Jn 1,1-18)

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¡Feliz Navidad’, hermanos, porque “hoy nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor” (Lc 2,11). Un año más la liturgia de la Iglesia nos congrega ante el misterio santo de la Navidad; de nuevo nos reunimos ante el portal de Belén para adorar y meditar, para bendecir y alabar, para postrarnos en humilde oración ante el Niño Dios, nacido en Belén. Porque “un niño nos ha nacido, un hijo se nos dado” (Is 9, 5). Estas palabras del Profeta Isaías encierran la verdad de este gran Día; estas palabras nos ayudan, a la vez, a entrar en su misterio y nos introducen en el gozo de esta fiesta.

Nos ha nacido un Niño, que, en apariencia, es uno de tantos niños. Nos ha nacido un Niño en un establo de Belén: nace y yace humilde y pobre entre los pobres. Pero ese Niño que ha nacido es “el Hijo” por excelencia: es el Hijo de Dios, de la misma naturaleza del Padre, “reflejo de su gloria, impronta de su ser” (Hb 1,3). Anunciado por los profetas, el Hijo de Dios se hizo hombre por obra del Espíritu Santo en el seno de la Inmaculada Virgen María. Cuando, hoy proclamemos en el Credo las palabras “y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen, y se hizo hombre”, todos nos arrodillaremos. Meditaremos brevemente el misterio que hoy se realiza: el Hijo de Dios “se hizo hombre”. Si todavía nos queda capacidad de asombro y gratitud, contemplemos el misterio de la Navidad, adoremos al Niño-Dios. Hoy viene a nosotros el Hijo de Dios y nosotros lo recibimos de rodillas en adoración agradecida.

Sí hermanos: Adoremos al Niño con sentida gratitud, porque “un Hijo se nos ha dado”. La Navidad es don de Dios para toda la humanidad: el mayor de todos los dones posibles, el mejor regalo posible, porque Dios nos da a su propio Hijo por puro e inmerecido amor al hombre. Jesús, el Hijo que nos ha sido dado, ha querido compartir con nosotros la condición humana para comunicarnos la vida divina. No dejemos distraer por los ruidos exteriores o por los tintes paganos de las celebraciones navideñas en nuestros días. No permitamos que los intentos de silenciar o negar el sentido propio de la Navidad nos embauquen también a los cristianos.

Navidad, su raíz más profunda y su razón suprema es que nace Dios: Dios nace a la vida humana, Dios se hace hombre, el Hijo de Dios toma nuestra naturaleza humana para hacernos partícipes de la vida de Dios. Navidad, el nacimiento de Jesús en Belén, significa que Dios está con nosotros. Dios no es un ser lejano, que viva al margen de la historia humana o que esté enfrentado a la humanidad. El Dios que hoy se nos muestra en este Niño es el Dios-con-nosotros, que entra en nuestra historia y la comparte, que está a favor de los hombres: El Niño-Dios es el Emmanuel. Si la gloria del hombre es Dios mismo, también “la gloria de Dios es que el hombre viva” (S. Ireneo). Es una tentación y una tragedia permanente del ser humano, desde el origen de la historia humana, pensar que Dios es el adversario del hombre. El Dios, que se manifiesta en el Niño-Dios nacido en Belén, no es un dios celoso del hombre, de su desarrollo o progreso, de su libertad o de su felicidad. Dios, hermanos, no es el opio del hombre; es decir, una ilusión construida por el hombre con lo mejor de si mismo, que le impida ser él mismo.

No, hermanos. Dios se hace hombre por amor al hombre, para que éste lo sea en verdad y en plenitud, es decir conforme a su condición de ‘imagen de Dios’. Por ello, si el hombre quiere serlo en verdad y conforme a su propia dignidad de ‘imagen de Dios’, no puede silenciar a Dios en su vida, no puede marginarlo en su existencia, no puede intentar liberarse de El declarando su muerte para comenzar así a ser hombre. En Jesucristo y por Jesucristo, Dios ha hecho suya la causa del hombre, ha empeñado su palabra en la salvación del mundo. Sólo en Cristo Jesús encuentra el hombre su identidad, su plenitud y la salvación.

“La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn 1,14), hemos proclamado en el Evangelio. La Palabra, que existía desde siempre, que ya existía desde el principio de todo, cuando Dios creó el cielo y la tierra, esa misma Palabra toma carne en un momento de la historia. Jesús, el Niño-Dios nacido en Belén de la Virgen María, es la Palabra por la que todo fue creado, es la Palabra pronunciada de Dios, la manifestación y revelación definitiva y plena de Dios a los hombres. Dios mismo se revela, manifiesta y se pone a nuestro alcance en este Niño que nace en Belén. Este Niño-Dios es la manifestación definitiva de Dios. “Ahora, en la etapa final, (Dios) nos ha hablado por el Hijo” (Hb 1,2). No tenemos otro camino para conocer a Dios, para caminar hacia Él y para encontrarnos con El sino el Niño-Dios. Jesús dirá más tarde a uno de sus discípulos: “Felipe, el que me ve a mí, ve al Padre” (Jn 14, 9). Porque la Palabra de Dios se ha hecho carne; no es un fantasma o una ficción retórica, sino un hombre de verdad, de carne y hueso, Jesucristo. No es tampoco un mito de la religión, ni es una leyenda piadosa, sino una persona real de la historia humana.

Si creemos así, hermanos, creeremos también que el nacimiento de Jesús es la epifanía, la manifestación de Dios. En Jesús y por Jesús, Dios sale al encuentro del hombre. En Jesús y por Jesús, es Dios con nosotros, en medio de nuestro mundo, inserto en nuestra historia, que ya no podemos distorsionar.

Cristo Jesús, la Palabra hecha carne, culmina la plenitud de los tiempos, es el centro de la historia y el cumplimiento de la promesa de Dios, que es promesa de salvación. En el nacimiento de Jesús, Dios pone su tienda entre los hombres, cambia el rumbo de la historia, capacitándonos para el empeño humano de construir la fraternidad universal. Dios se hace nuestro prójimo y el prójimo deviene el punto de mira que nos orienta y conduce a Dios. Por eso, cuando la Navidad alumbra a Dios, se convierte en una fuerza imparable de paz y de fraternidad.

La humanidad, siempre y más que nunca en nuestros días, está necesitada de ese Niño-Dios, “el Príncipe de la paz”, para que acalle el ruido de las armas, para que ponga unión en las familias, para que ilumine con la verdad las tinieblas del error y de la mentira, para que siembre perdón y reconciliación entre las naciones, y gratuidad y amor entregado frente tanto individualismo egoísta.

El nacimiento de Jesús significa el encuentro de Dios con los hombres, pero también el encuentro del hombre -de todos los hombres- con Dios. Al venir Dios a este mundo abre definitivamente el camino de los hombres a Dios. De esta suerte se nos da la posibilidad de alcanzar la suprema aspiración del hombre: ser como Dios. Pues dice Juan que a cuantos lo recibieron les dio el poder ser hijos de Dios, no por obra de la raza, sangre o nación, sino por la fe: si creen en su nombre (cf. Jn 1,12).

 La Navidad no es un hecho del pasado sino del presente. Y será del presente en la medida en que dejemos que Dios llegue a nosotros. Muchos, hoy como entonces, tampoco se darán cuenta del nacimiento en la carne del Hijo de Dios. Seguirán creyendo que Dios hace tiempo que enmudeció, que dejó de interesarse por el hombre, que se olvidó de nuestra realidad sufriente. O pensarán que el hombre no tiene necesidad de Dios. Pero también hoy, en medio, de tanto colorido anodino y de tanto contrasentido navideño, Dios, por encima de todo, viene y nace. Esa es la gran verdad: ¡Dios nace de nuevo en cada hombre y en cada mujer que esté dispuesto a acogerle en la fe, a dejarle espacio en su vida!

Acerquémonos, pues, al Portal con la sencillez y la alegría de los pastores, con el recogimiento meditativo de María, con una la actitud de adoración, de amor y de fe de José y los Magos de Oriente. Navidad pide de todo cristiano contemplar y adorar el misterio, acogerlo en el corazón y en la vida, y celebrarlo en la liturgia de la Iglesia. No nos avergoncemos de confesar con alegría nuestra fe en el Niño-Dios. Mostremos al Niño-Dios con humildad al mundo para que Cristo ilumine las tinieblas del mundo, para que llegue también a cuentos no lo conocen, no creen en El o lo rechazan. ¡Que el fulgor de su nacimiento ilumine la noche del mundo! ¡Que la fuerza de su mensaje de amor destruya las asechanzas del maligno! ¡Que el don de su vida nos haga comprender cada vez más cuánto vale la vida de todo ser humano! ¡Que El Niño-Dios, el Principie de la Paz, nos conceda su Paz, la Paz de Dios, y encienda de nuevo la esperanza en nosotros! Sólo El nos asegura el triunfo del amor sobre el odio, de la vida sobre la muerte, el destino de la humanidad. ¡Que nuestros deseos de paz en estos días no sean efímeros! ¡Y que la alegría de esta Navidad, se prolongue durante todo el año, como el nacimiento hacia una vida que quiere crecer y madurar en el amor, en la verdad, en la justicia y en la paz!

 ¡Feliz, santa y cristiana Navidad para todos!

  

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Clausura del Año Mariano de Ntra. Sª de la Esperanza, Patrona de Onda

Onda, Iglesia parroquial de La Asunción de Nuestra Señora,
19 de diciembre de 2009

IV Domingo de Adviento

(Is 7,10-14; Sal 23; Rom 1,1-7; Mt 1,18-24)

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¡Muy amados todos en el Señor Jesús!

El IV Domingo del Adviento del pasado año abríamos el Año Mariano dedicado a Nuestra Señora de la Esperanza”, Patrona de esta muy querida Villa de Onda. También en el IV Domingo de Adviento, Domingo mariano por excelencia, el Señor nos convoca para su clausura.

Os saludo de todo corazón a cuantos habéis secundado la llamada de la Madre para la acción de gracias en esta Solemne Eucaristía. Saludo de corazón a los Sres. Párrocos de La Asunción de Nuestra Señora, de la Virgen del Carmen, de San Bartolomé  y de Artesa, a los Vicarios parroquiales, a los Padres Carmelistas Descalzos, y a todos mis hermanos sacerdotes concelebrantes. Mi saludo lleno de cordial afecto y mi gratitud a los componentes de la Comisión Interparroquial para el Año Mariano así como a los representantes de Cofradías y Asociaciones de la Villa, a las Hermanas de la Consolación y a las Hijas de la Caridad. Saludo también con respeto y agradecimiento al Ilmo. Sr. Alcalde y Miembros de la Corporación Municipal de Onda así como al Consejo Rector de Caja Rural de Onda. Sed bienvenidos todos cuantos habéis venido hasta esta iglesia de Asunción, para la clausura de Año Mariano. Saludo también de corazón a los que nos seguís desde vuestras casas a través de los Medios de Comunicación.

A lo largo de este año Mariano habéis mostrado vuestro gran amor y vuestro cariño filial hacia la Madre y Patrona de Onda, la Virgen de la Esperanza. Sé de vuestra participación masiva y fervorosa en los actos que han jalonado este Año Mariano. Al contemplar a la Virgen de la Esperanza en medio de vosotros la habéis rezado y suplicado, la habéis honrado y la habéis cantado “bendita entre todas la mujeres” por ser la Madre del Hijo de Dios, nuestra única esperanza.

Nuestra alegría se hace esta mañana oración de alabanza y de acción de gracias. Sí: De manos de María, Madre de Dios y Madre nuestra, nuestra mirada se dirige a Dios. Con María le cantamos: ‘Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador. … porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí’ (Lc 1, 46-47, 49). Sin El, sin su permanente presencia amorosa nada hubiera sido posible. Al Dios, Uno y Trino, fuente y origen de todo bien, alabamos y damos gracias. Él nos ha concedido la gracia de vivir y celebrar este Año mariano; gracias damos a Dios y a la Virgen de la Esperanza, medidora de toda gracia, por todas las obras grandes que, a través de María, Dios ha hecho en todos vosotros. Quizá no lo percibáis, pero este Año dejará sus frutos sin duda alguna: frutos de mayor devoción mariana, frutos de conversión a Dios, a su Hijo y al Evangelio, frutos de fortalecimiento de vuestra fe y vida cristiana, y frutos de renovación de vuestras parroquias, familias, comunidades, asociaciones y grupos.

Sí, hermanos: Estoy seguro que María os ayudado a volver la mirada y a acoger más y mejor a Dios en vuestras vidas –personal, familiar, comunitaria y social. Ella, como nos anuncia hoy Isaías (cf. Is 7,10-14), es la señal que Dios envió a su pueblo que estaba tentado de alejarse de él y poner su confianza en las poderes de este mundo; ella es la virgen que concibió y dio a luz un hijo, que es el Hijo de Dios, el Enmanuel, el Dios-con-nosotros, nuestra única esperanza. Cristo Jesús, el Hijo de Dios, es el Salvador, que con su encarnación en el seno virginal de María, y con su muerte y resurrección ya ha traído la plenitud de la vida en Dios a los hombres. El es nuestra esperanza: una esperanza gozosa y segura.

Como el Papa Benedicto XVI nos acaba de decir: No dejemos de mirar a Dios, al Dios que nos muestra María, al Dios que nos da María, al Dios que de sus manos habéis tenido la ocasión de experimentar en este Año Mariano. El drama del ser humano, nuestra tentación permanente, es querer desalojar a Dios de nuestra existencia personal, de la educación de nuestros niños y jóvenes, del amor matrimonial, de la vida familiar, de la vida nuestra Villa. María nos muestra “que Dios existe y que es Él quien nos ha dado la vida. Solo Él es absoluto, amor fiel e indeclinable, meta infinita que se trasluce detrás de todos los bienes, verdades y bellezas admirables de este mundo; admirables pero insuficientes para el corazón del hombre. Como Santa Teresa de Jesús escribió: ‘Sólo Dios basta’”. (Homilía en Santiago de Compostela, 6.11.2010)

Es una tragedia para el ser humano pensar que Dios sea el antagonista del hombre y el enemigo de su libertad. Así se ensombrece la verdadera fe bíblica en Dios, que envió al mundo a su Hijo Jesucristo, a fin de que nadie perezca, sino que todos tengan vida eterna (cf. Jn 3,16). La mayor prueba de este amor de Dios es su Hijo entregado por amor hasta la muerte. Con su nacimiento, muerte y resurrección, Jesús ha iniciado el mundo nuevo, la vida nueva del hombre en Dios; en Cristo, Dios ha realizado su promesa y las esperanzas humanas de una manera sorprendente e inesperada.

De manos María mantened viva la fe en el Salvador, nuestra esperanza. De manos de la Virgen de la Esperanza, como vuestros antepasados habéis avivado y fortalecido vuestra fe en el Salvador, Cristo Jesús. Seguid contemplando a María y como ella mantened viva vuestra fe en Dios. Todo el ser de María, toda su persona y toda su vida nos muestran y llevan nuestra mirada a Dios. Con sus palabras de respuesta al Ángel, “he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38), María nos dice que Dios es lo único necesario, que sólo Él basta. Antes de nada y más allá de nuestros deseos y esperanzas, hemos de reconocer que Dios es Dios; si queremos ser libres y felices, hemos de dar espacio a Dios en nuestra existencia, hemos de dejar a Dios ser Dios en nuestra vida.

El Año mariano concluye. Pero ¿cómo continuar lo vivido en este Año para afrontar el futuro con confianza y esperanza? Como María sólo lo podemos hacer desde Dios con una fe viva, con una esperanza firme y con una caridad ardiente. Sabemos que Dios se ha hecho Enmanuel, Dios-con-nosotros. Creemos que el Señor Jesús ha resucitado, y que está por la fuerza de su Espíritu siempre en medio de vosotros, que Él guía nuestros pasos por el camino de la paz, que Él conduce a los creyentes y a su Iglesia, a vuestras familias y vuestras comunidades parroquiales para sean vivas y evangelizadoras hacia adentro y en la ciudad.

Cierto que, como ya nos dijera el Papa Juan Pablo II, la situación no es fácil para mantenerse firmes en la fe y seguir evangelizando. Entre nosotros, decía el Papa “no faltan ciertamente símbolos prestigiosos de la presencia cristiana, pero éstos, con el lento y progresivo avance del laicismo, corren el riesgo de convertirse en mero vestigio del pasado. Muchos ya no logran integrar el mensaje evangélico en la experiencia cotidiana; aumenta la dificultad de vivir la propia fe en Jesús en un contexto social y cultural en que el proyecto de vida cristiano se ve continuamente desdeñado y amenazado; en muchos ambientes públicos es más fácil declararse agnóstico que creyente; se tiene la impresión de que lo obvio es no creer, mientras que creer requiere una legitimación social que no es indiscutible ni puede darse por descontadas” (Juan Pablo II, Ecclesia in Europa, 7).

No duda cabe que la sociedad ha cambiado y la cultura religiosa también. Decae la práctica religiosa y muchos católicos, especialmente de los más jóvenes, se alejan de la Iglesia. Muchos se han vuelto indiferentes y viven como si Dios no existiera. Padecemos una verdadera crisis de vocaciones en general, y al sacerdocio en particular. Se hace cada día más difícil la transmisión de la fe a los niños y jóvenes. Aunque muchos niños aún, a Dios gracias, son bautizados, vienen a las catequesis o se apuntan a la clase de religión, sin embargo, en un mundo cerrado a Dios, a su Palabra y a sus mandamientos, se les hace enormemente difícil acoger a Dios en su existencia, creer en Jesucristo, aceptar el Evangelio como norma de vida, crecer y mantenerse unidos a la fe y vida de la Iglesia, participar en la Eucaristía dominical, seguir la moral que la Iglesia nos propone. También el matrimonio y la familias sufren una fuerte crisis: los mismos católicos nos vamos haciendo indiferentes ante la convivencia de hombres y mujeres fuera del matrimonio, o ante las cada vez más frecuentes rupturas matrimoniales, ante la escasa disponibilidad de acoger una nueva vida como don de Dios, ante el aborto y su extensión entre nosotros.  La familia va dejando de ser el ámbito donde se viva y transmita la fe cristiana. Tenemos muchas tradiciones religiosas, pero cada vez es menor su incidencia real en nuestra vida personal, familiar y comunitaria. Nuestras comunidades van perdiendo miembros que participen en su vida y en su misión.

Ante todo ello y ante nuestros miedos e inoperancias, hoy resuenan de nuevo las palabras de San Pablo en la segunda lectura: “Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, escogido para anunciar el Evangelio de Dios … (que se) refiere a su Hijo, nacido según la carne, de la estirpe de David… Por él hemos recibido este don y esta misión: hacer que todos los gentiles respondan a la fe” (Rom1, 1-7). Quien como Pablo se ha encontrado con Cristo, ha recibido también el don la misión de anunciarlo a todas las gentes. Un don y una misión que corresponde a todos, pero en especial a vuestras comunidades parroquiales, en las que debéis cultivar vuestra fe y vuestra vida cristiana.

Vuestras comunidades parroquiales están formadas por piedras vivas, que sois los fieles cristianos, y su piedra angular es Cristo. Vuestras comunidades están llamadas a ser en los barrios signo de la presencia de Dios, lugares donde se actualice la alianza de Dios con su pueblo, ámbitos donde Dios sale al encuentro de los hombres, para comunicarles su vida de amor que genera lazos de comunión fraternas. En las parroquias Dios actúa especialmente a través la Palabra de Dios, los sacramentos, especialmente la Eucaristía, y  la caridad

La Palabra de Dios, proclamada y explicada con fidelidad a la fe de la Iglesia y acogida con fe y con corazón bien dispuesto, os llevará al encuentro gozoso con el Señor en la oración personal y comunitaria. La Palabra de Dios es luz, que ilumina el camino de nuestra existencia, que fortalece, consuela y une. La proclamación y explicación de la Palabra en la fe de la Iglesia, la catequesis y la formación que se imparte en los distintos grupos no sólo deben conducir a conocer más y mejor a Cristo y su Evangelio así como las verdades de la fe y de la moral cristianas: esto es algo muy necesario y urgente. Pero la escucha de la Palabra nos ha de llevar y ayudar, antes de nada, a la adhesión personal a Cristo y a su seguimiento gozoso en el seno de la comunidad eclesial.

Seguir a Jesucristo nos impulsa a vivir unidos en su persona y su mensaje evangélico en la tradición viva de la Iglesia bajo la guía de los pastores, en comunión afectiva y efectiva con ellos. La Palabra de Dios, además de ser escuchada y acogida con docilidad, ha de ser puesta en práctica (cf. Sant 1, 21-ss). Ella hace posible, por la acción de Dios, hombres nuevos con valentía y entrega generosa.

En las comunidades parroquiales, Dios se nos da también a través de los Sacramentos. Al celebrar y recibir los sacramentos participamos de la vida de Dios; por los Sacramentos se alimenta y reaviva nuestra existencia cristiana, personal y comunitaria; por los Sacramentos se crea, se acrecienta y se fortalece la comunión con la parroquia, con la Iglesia diocesana y con la Iglesia Universal.

Entre los sacramentos destaca la Eucaristía. Es preciso recordar una y otra vez que la Eucaristía es el centro y el corazón de todo cristiano, de toda familia cristiana, de comunidad eclesial. Hemos de vivir centrados en la Eucaristía. Sin la participación en la Eucaristía es muy difícil permanecer fiel en la vida cristiana y en la misión. Como un peregrino en la vida, todo cristiano necesita el alimento de la Eucaristía. El domingo es el momento más hermoso para venir, en familia, a celebrar la Eucaristía unidos en el Señor con la comunidad parroquial. Los frutos serán muy abundantes: de paz y de unión familiar, de alegría y de fortaleza en la fe, de comunidad viva y evangelizadora.

La participación sincera, activa y fructuosa en la Eucaristía nos lleva necesariamente a vivir la fraternidad, a practicar la caridad personal y comunitariamente. Los pobres y los enfermos, los marginados y los desfavorecidos han de tener un lugar privilegiado en cada Parroquia. A ellos se ha de atender con gestos que demuestren, por parte de la comunidad parroquial, la fe y el amor en Cristo.

El Sacramento de la Penitencia, por su parte, será aliento y esperanza en vuestra experiencia cristiana. La humildad y la fe van muy unidas. Sólo cuando sabemos ponernos de rodillas ante Dios por el sacramento de la confesión y reconocemos nuestras debilidades y pecados podemos decir que estamos en sintonía con el Padre “rico en misericordia’ (Ef 2,4). En el sacramento de la Penitencia se recupera y se fortalece nuestra comunión con Dios y con la comunidad eclesial; la experiencia del perdón de Dios, fruto de su amor misericordioso, nos da fuerza para la misión, nos empuja a ser testigos de su amor, testigos del perdón.

La vida cristiana, personal y comunitaria, se debilita cuando estos dos sacramentos decaen. Y en nuestra época si queréis ser evangelizadores auténticos no podéis anunciar a Jesucristo sin la experiencia profunda de estos dos sacramentos. Un creyente que no se confiesa con cierta frecuencia y no participa en la Misa dominical, en pocos años se aparta de Cristo y con el tiempo se convierte en un cristiano amorfo. Su fe se ha esfumado, no tiene consistencia.

Miremos a María, Nuestra. Señora de la Esperanza. Sólo unos días nos separan de la santa Navidad. Celebremos y contemplemos el gran misterio del Amor de Dios, que nunca termina de sorprendernos. Dios se hace Enmanuel, Dios-con-nosotros- para que todos los hombres nos convirtamos en hijos de Dios. Durante el Adviento, del corazón de la Iglesia se ha elevado una súplica: “Ven, Señor, a visitarnos con tu paz; tu presencia nos llenará de alegría”. La misión evangelizadora de la Iglesia es la respuesta al grito “¡Ven, Señor Jesús!”: una súplica que atraviesa toda la historia de la salvación y que sigue brotando de los labios de los creyentes. “¡Ven, Señor, a transformar nuestros corazones, para que los hombres creamos en ti, te recibamos en nuestros corazones y en nuestras casas, y en el mundo se difundan la justicia y la paz!”. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

En la cercanía de Navidad

Queridos Diocesanos:

La Navidad está cerca. Para unos, Navidad es encuentro, alegría, amistad, solidaridad y paz. Para no pocos, la Navidad es una fiesta de consumo, reducida a iluminaciones y felicitaciones anodinas. Los intentos de marginar esta fiesta cristiana o de cambiar su sentido no deberían llevarnos al olvido de lo nuclear.

En Navidad celebramos el Nacimiento del Hijo de Dios. Dios se hace hombre por amor a los hombres, por amor a ti y a mí. Ese Niño débil y pobre, nacido en Belén, ese Niño cantado por los ángeles, adorado por los humildes pastores y buscado por los Reyes de oriente, ese Niño es Dios. Ese Niño trae la Salvación al mundo, nace para traer alegría y paz a todos. Ese Niño, envuelto en pañales y acostado en el pesebre, es Dios que viene a visitarnos para guiar nuestros pasos por el camino de la paz. “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama” (Lc 2, 14), cantan los ángeles y anuncian el acontecimiento a los pastores como “una gran alegría, que lo será para todo el pueblo” (Lc 2, 10). Alegría, incluso estando lejos de casa, a pesar de la pobreza del pesebre, la indiferencia del pueblo o la hostilidad del poder.

La Navidad es el misterio del amor de Dios Padre, que ha enviado al mundo a su Hijo unigénito, para darnos su propia vida. Es el Amor del Dios con nosotros, el Emmanuel, que ha venido a la tierra para morir en la Cruz. El Príncipe de la paz, nacido en Belén, dará su vida en el Gólgota para que en la tierra reine el amor y la fraternidad, para que en la tierra reine la solidaridad, la justicia y la paz. La Navidad de verdad, la única Navidad, es, pues, que el Hijo eterno de Dios se hace uno de los nuestros.

Y esto cambia todo desde la raíz. La Navidad cambia el sentido de nuestra vida. Porque si Dios se hace hombre, todos valemos para Dios lo que somos, y no lo que tenemos o sabemos. La Navidad cambia así el por qué y el para qué de nuestra vida. Nuestra vida adquiere un valor infinito y una infinita esperanza, porque tu vida y la mía vale la Encarnación de Dios. La verdadera Navidad cambia el sentido de nuestra celebración, da sentido a nuestra alegría y cambia nuestros temores, tristezas y desesperanzas. Porque si Dios ha tomado la condición humana, ésta jamás será separable de Dios. Dios nunca dará la espalda a ningún hombre ni mujer. Dios nace para todos sin distinción. No hay canto, ni  plegaria, ni grito, ni violencia, ni asesinato, ni guerra, ni lloro, ni abrazo, ni banquete, capaz de abarcarlo, de celebrarlo o de apagarlo.

La Navidad cambia el sentido de nuestra mirada, de nuestro sentir y de nuestro hacer. Porque si Dios ha tomado nuestra carne, Él está con nosotros, Él sigue caminando con nosotros. Navidad no pertenece al pasado. Dios ésta en cada hombre. Dios está entre nosotros en cada instante. Dios sigue naciendo cada día. Dios sale a nuestro encuentro en su Palabra, en los Sacramentos, en los hombres y en los acontecimientos. Dios está en su Iglesia, en la historia y en nuestro mundo.

El sentido profundo de la Navidad es la cercanía amorosa de Dios en el camino de nuestra vida. Y esto cambia la razón y el ideal de nuestro vivir y existir: Sólo ese Amor de Dios y sólo amar con ese amor, vale la pena en la vida. Dios nos invita a acogerlo y a seguirlo por el camino del amor y de la paz. Celebremos la verdadera Navidad. Dejemos que Dios nazca en nosotros y entre nosotros.

¡Feliz Navidad para todos!

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Clausura del 50º aniversario

Queridos diocesanos:

Al comienzo del año el curso, el día tres de enero, abríamos en la S.I. Catedral-Basílica diocesana en Segorbe, el 50º Aniversario de la configuración actual de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón. A lo largo de este año hemos tenido la ocasión de dar gracias a Dios por el don de nuestra Iglesia diocesana, como cristianos pertenecientes a esta porción del Pueblo de Dios. Mediante los diversos actos que han jalonado este año, el Señor nos ha concedido la gracia de poder conocer un poco más nuestra Diócesis, de sentirla como la propia familia en la fe y de amarla, y así sentirnos implicados en su vida y en su misión.

Ahora llega el momento de clausurar este 50º Aniversario. Lo haremos, Dios mediante, mediante una solemne Eucaristía en la S.I. Concatedral diocesana de Santa María en Castellón, que comenzará a la seis de la tarde del Domingo, 19 de diciembre, y que estará presidida por el Nuncio de Su Santidad en España, Mons. Renzo Fratini. Al final de esta Eucaristía tendrá lugar la bendición e inauguración de las obras conclusivas de la S.I. Concatedral.

Es el momento de venir a dar gracias a Dios por todos los dones que hemos recibido a los largo de este 50º Aniversario y por la conclusión de las obras anejas a la Concatedral. A ello os invito de corazón a todos; y a los sacerdotes os pido que lo anunciéis en las parroquias y otros templos, en especial en la Ciudad de Castellón. Esta Eucaristía será un momento precioso también para edificar nuestra Iglesia diocesana desde su fuente, cima y centro, que es la Eucaristía. Cuento con vosotros.

Con mi afecto y bendición, vuestro Obispo

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Sembradores de estrellas

Queridos diocesanos

En medio del Adviento, tiempo de preparación para celebrar el Nacimiento del Hijo de Dios, más de trescientos niños se reunirán el sábado, 11 de diciembre, para iniciar la campaña “Sembradores de estrellas”. Los pequeños se convierten en pequeños misioneros que anuncian la Buena Nueva del Nacimiento del Mesías repartiendo por las calles y plazas una pequeña estrella dorada y deseando a todos ‘feliz Navidad”.

Sembrando estrellas, estos niños quieren que, como hace dos mil años una estrella condujo a los Reyes Magos hasta Belén al encuentro con el Niño-Dios, los hombres de hoy no olviden que en Navidad nace Dios y se dejen encontrar por Él. Con ello se preparan a la Jornada de la Infancia Misionera, que celebraremos el cuarto domingo de enero, bajo el lema “Con los niños de Oceanía, seguimos a Jesús”. Como millones de niños en el mundo entero, nuestros pequeños “sembradores de estrellas, pertenecen a la Infancia Misionera, con el fin de ayudarse para ir construyendo una sociedad más llena de justicia, de solidaridad y de paz. Ellos son muy sensibles a esta labor y saben que sin Cristo no es posible caminar hacia una humanidad nueva.

En el tiempo de Adviento, estos niños se preparan antes de nada para el encuentro y la acogida del Niño Dios, porque esperan este gran regalo de Dios en la Navidad. Los sembradores de estrellas saben que no celebrarán bien la Navidad, si no esperan a Jesús, si solo piensan en sí mimos o si no comparten sus ahorros con los necesitados. Por eso se ponen a la escucha y se preparan para recibir a Jesús, que quiere venir a nuestro corazón, en la Misa del domingo junto a otros cristianos, en la Palabra de Dios proclamada o leída, en las personas tristes o solas, o en la alegría del juego.

Estos sembradores de estrellas saben que Jesús ha venido a ellos ya por medio de su Bautismo, que les ha regalado la alegría de ser y sentirse hijos de Dios. Escuchan la llamada de Juan el Bautista a la conversión, a cambiar y mejorar. Saben que Jesús les ama y cuenta con ellos: y, por eso, quieren conocerle, convertirse a Él, amarle y seguirle para ser así misioneros de su Palabra y dar fruto. Un fruto que es especialmente necesario en los lugares de desierto y sequedad, como pueden ser la tristeza, el hambre, la violencia, la enemistad o la falta de fe en nuestro mundo.

Lo pequeños sembradores de estrellas saben que nuestro mundo  necesita buenas noticias, que necesita gente que comunique esperanza y alegría. Este mundo nuestro, donde existen la enfermedad y la tristeza, necesita mensajeros de la Buena Noticia de Dios, que es Amor. Sienten que Jesús les pide que anuncien lo que han visto y oído; les pide ser misioneros en casa, en el colegio, con los amigos, con todos; experimentan que merece la pena ser del grupo de los amigos de Jesús. Nunca se sienten solos; saben que Jesús está de su parte. Él puede aliviar tristezas y llenar el corazón de todos. Saben que con pequeños detalles pueden mostrar que Dios ha nacido en Belén, que se ha hecho uno de los nuestros, que está de verdad presente en nuestra vida y se interesa por todos.

Desde aquí invito a todos nuestros niños a participar en la Jornada “Sembradores de Estrellas”, a ser protagonistas del anuncio de la Buena Noticia del Nacimiento de Cristo: misioneros de la verdadera Navidad frente a la navidad del consumo y de los regalos, que olvida a Dios y, así, al hombre. No regalan una estrella; la siembran, porque tienen fe y confianza en el fruto de las pequeñas estrellas.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón