¡Acojamos la Cruz con nuestros jóvenes!

Queridos diocesanos:

Este año celebraremos en Madrid la Jornada Mundial de la Juventud. Será a mediados del  mes de Agosto y estará presidida por el Santo Padre, Benedicto XVI. Si bien la Jornada se celebra anualmente el Domingo de Ramos desde hace veinticinco años, sin embargo, cada tres años, el Papa convoca a los jóvenes cristianos de todo el mundo en distintos países. La JMJ fue una iniciativa profética del Papa Juan Pablo II, que en mayo será declarado beato y también patrono de las Jornadas. A lo largo de estos años, este acontecimiento se ha mostrado como un evento de gracia, que está dando abundantes frutos: ofrece a las nuevas generaciones la oportunidad de encontrarse, de ponerse a la escucha de la Palabra de Dios, de descubrir la belleza de la Iglesia y de vivir experiencias fuertes de fe, que han llevado a muchos a la decisión de entregarse totalmente a Cristo en el ministerio ordenado, en la vida consagrada o de vivir como cristianos adultos en el matrimonio o en el mundo.

Para que también la próxima JMJ en Madrid sea un evento de gracia, nuestros jóvenes han de ser animados a participar y han de prepararse con esmero. Así lo están haciendo desde hace tiempo un buen número de jóvenes de nuestra Diócesis orando y reflexionando en sus grupos sobre el hermoso mensaje de Benedicto XVI ‘Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe’ o participando en buen número en las vigilias de oración los primeros viernes de mes en iglesias de nuestra Diócesis. Lo más importante es ayudar a nuestros jóvenes a encontrarse con Jesucristo y el Evangelio, para que se dejen interpelar y transformar por Él y así vayan creciendo en la fe y vida cristiana en el seno de la comunidad de los creyentes. Juntos pueden experimentar la belleza de la fe y su concordancia con el hombre, la vida y el mundo, y el gozo de ser cristianos.

En este proceso preparatorio de la JMJ se enmarca la visita de la Cruz de los Jóvenes y el Icono de la Virgen a nuestra Diócesis del 5 al 9 de febrero próximo. Desde el Domingo de Ramos pasado están visitando las Diócesis de España. Ahora nos toca a nosotros acoger estos dos símbolos emblemáticos de la JMJ, regalos del Papa Juan Pablo II, que con ellos nos entregó el testigo en este caminar. Los actos programados a lo largo y ancho de la Diócesis serán variados e intensos: acogida de la cruz y del icono, viacrucis, vigilias de oración y adoración de la Cruz y celebraciones de la Eucaristía. En ellos participarán todas las parroquias más cercanas a cada una de las sedes elegidas.

Todos los diocesanos estamos convocados a participar, no sólo los jóvenes, aunque ellos sean los primeros destinatarios y los protagonistas. Pero no queremos que estén solos. Por eso os pido a todos los miembros de la comunidad diocesana, sobre todo a los mayores y a los niños, que animéis y arropéis a nuestros jóvenes. Con nuestra participación en los actos podemos mostrar a nuestros jóvenes que les queremos, que nos importan y nos preocupa su presente y su futuro; y que creemos de verdad que son la esperanza de nuestra Iglesia y de nuestra sociedad, y que nos importa su fe y su vida cristiana. Contemplar además el rostro joven de la Iglesia nos vendrá muy bien a todos. Participemos en este acontecimiento en un clima de fe y de fiesta cristiana.

Que la estancia de la Cruz y del Icono de la Virgen sea la ocasión para una manifestación de nuestra fe en Cristo Jesús, que nos dio su amor y su vida en la Cruz, y de nuestra devoción filial a la Virgen.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Dedicación de la Iglesia parroquial de El Salvador de Castellón

23 de enero de 2011
Domingo tercero del Tiempo Ordinario

(Is 8, 23b-9,3; Sal 26; 1 Pt 2,4-9; Mt 4,12-23)

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¡Hermanos todos amados en el Señor!

Hoy es un día de gran gozo y de alegría compartida para toda nuestra Iglesia diocesana y para mi, vuestro Obispo, pero, de modo especial, lo es para vuestra comunidad parroquial de El Salvador al poder dedicar vuestro templo parroquial de ‘El Salvador’. Después de casi diez años desde que vuestro párroco, Mn. Joan Llidó, recibiera el encargo de comenzar a tejer una comunidad cristiana en un barrio nuevo, colindante a la UJI, y después de casi seis años desde que mi predecesor, Mons. Juan Antonio Reig Plá, erigiera esta parroquia hoy vemos cumplido un deseo largamente anhelado por todos. Este nuevo templo representa un bien para todos y, en particular, para los fieles cristianos de esta parroquia.

Demos gracias a Dios, Uno y Trino, fuente y origen de todo bien por este don. Con el salmista cantamos: “El Señor es mi luz y mi salvación. Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida” (Sal 26). Con su dedicación, este edificio se convierte en casa de Dios, abierta a todos lo que lo buscan con sincero corazón, y en casa de la comunidad parroquial: el lugar donde vuestra comunidad cristiana de El Salvador se reunirá habitualmente para escuchar la Palabra de Dios, para orar a Dios y, principalmente, para celebrar y recibir los sacramentos; será el lugar donde se reservará el Santísimo Sacramento de la Eucaristía para su adoración y para los enfermos. En nuestra acción de gracias a Dios incorporamos nuestro cordial y sentido agradecimiento a todos cuantos de un modo u otro han hecho posible este digno edificio: a personas particulares, a empresas y entidades privadas y públicas, y también a la Basílica de Lledó y a toda nuestra Iglesia diocesana, que tan generosa ha sido con una de sus hijas, vuestra parroquia de El Salvador. No olvidamos tampoco al arquitecto, a empresas y trabajadores, y así como a vuestros sacerdotes, Mn. Joan Llidó y Mn. Recaredo Centelles y al Consejo Parroquial de Pastoral.

Vuestro templo parroquial mismo, los ritos de bendición de los muros del templo y la dedicación del altar, así como la palabra de Dios que acabamos de proclamar centran dirigen nuestra mirada en Cristo Jesús. El es el Mesías, el Salvador, la luz grande, que brilla a los que habitan en tierras y sombras de muerte. Jesús inicia el reino de Dios y llama a la conversión, anuncia el Evangelio del reino, cura las enfermedades y dolencias físicas y espirituales del pueblo. Jesucristo llama a su seguimiento y a estar con él a sus discípulos para enviarlos a predicar; una misión que no es otra sino anunciar y hacer llegar a todos el reino de Dios, es decir el amor de Dios, manifestado, realizado y ofrecido en Cristo mismo, fuera del cual no hay salvación, no hay verdad, ni vida, ni libertad ni felicidad.

El altar que hoy vamos a dedicar a Dios nos recordará a Cristo, centro de la vida de todo cristiano y de toda comunidad parroquial. Este altar se va a convertir por la unción del Crisma en símbolo de Cristo mismo, el Ungido por el Padre en el Espíritu Santo y así constituido en Sumo sacerdote, para que en el altar de su cuerpo ofreciera el sacrificio de su vida por la salvación del mundo. Cristo es a la vez Sacerdote, Víctima y Altar de su propio sacrificio, por el que Dios mismo nos ofrece su comunión de vida y de amor. Este altar dedicado será para vosotros, a la vez, el ara donde se actualice sacramentalmente el sacrificio de la Cruz por todos vosotros y por todos los hombres; pero también será la mesa del Señor en torno al cual os congregaréis como Pueblo de Dios para participar en la Misa, sobre todo comulgando el Cuerpo y la Sangre de Cristo, fuente de comunión con El y con cuantos lo comulgan; y será, finalmente, el centro de la acción de gracias que realiza toda Eucaristía a la que debéis unir vuestra oración de alabanza y vuestra acción de gracias por todos los dones recibidos en vuestra vida. Pero este altar os será también símbolo de vosotros mismos, ya que al estar unidos a Cristo, cabeza del cuerpo de la Iglesia, os convertiréis en verdaderos altares en los que se ofrece el sacrificio de una vida santa: vida de unión con Dios y con los hermanos, fuente de caridad, que os impulsará a hacer de vuestra vida, personal y comunitaria, una existencia  eucarística.

Lo mismo que este altar, que simboliza a Cristo, está en el centro de vuestro templo así Cristo mismo deberá ser el centro de vuestra vida y misión, de vuestra comunidad, de cada uno de sus miembros y de las familias. Un cristiano que no viva interiormente desde el amor de Dios ofrecido en Cristo no es un cristiano auténtico; una comunidad cristiana que no viva desde Cristo, desde su Evangelio y de su misterio Pascual, actualizado en cada Eucaristía, y que, por tanto, no muestre frutos de comunión y de misión, de paz y de amor, de justicia y de misericordia, de gozo y de alegría, no es una verdadera comunidad cristiana. El cristiano y la comunidad que no están anclados en el quicio que es Cristo, languidecen, se secan y extinguen. La vida cristiana o se renueva o fenece en el contexto materialista, cientifista, relativista, racionalista y hedonista reinante. Sin Dios, manifestado en Cristo Jesús, Vida para el mundo, el hombre pierde el norte. Sin Dios desaparece la frescura y la felicidad de nuestra tierra. Si el hombre abdica de Dios, abdica también de su dignidad, porque el hombre sólo es digno de Dios.

Edificado el templo material, edificad desde Cristo como “piedras vivas”, que sois los fieles, el templo espiritual de vuestra comunidad parroquial. Sólo así vuestra comunidad seguirá siendo una comunidad misionera en el barrio. Pido al Señor por todos vosotros: para que, anclados en Cristo y vivificados por él, aumente vuestra fraternidad entre todos, para que nunca os dejéis llevar por la tentación de la apatía hacia lo religioso, para que nunca dejéis al margen a esta vuestra familia parroquial, que es la Iglesia de Jesucristo en este barrio.

Acercaos a Él, piedra viva, rechazada por los hombres, pero escogida y apreciada por Dios. Disponeos como piedras vivas a ser edificados en casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer víctimas espirituales agradables a Dios por mediación de Jesucristo” (1 Pt 2, 5), así nos exhorta San Pedro. Vuestra parroquia será viva en la medida en que viva fundamentada y ensamblada en Cristo, piedra angular; vuestra comunidad parroquial será iglesia viva si por sus miembros corre la savia de la Vid que es Cristo, que genera comunión de vida y de amor con Dios y con los hermanos, y lanza al anuncio a todos del Evangelio del Reino de Dios.

En esta parroquia, -la Iglesia en el barrio de la UJI-, Cristo se hace presente y su Espíritu actúa especialmente a través de los signos de la nueva alianza, que ella conserva y ofrece: la Palabra de Dios, los sacramentos, especialmente la Eucaristía, y la caridad: son los tres pilares que nunca pueden faltar en la vida y misión de una comunidad parroquial (Benedicto XVI, Deus caritas est, n. ).

La Palabra de Dios, proclamada y explicada con fidelidad a la fe de la Iglesia, y acogida con fe y con corazón bien dipuesto, os llevará al encuentro gozoso con el Señor, la Palabra de Dios hecha carne, el Camino, Verdad y Vida. Cristo Jesús y su Palabra son la luz, que nos ilumina en el camino de nuestra existencia, que nos fortalece, nos consuela y nos une. La proclamación y explicación de la Palabra en la tradición viva de la fe de la Iglesia y en comunión con el magisterio de nuestros pastores, la catequesis y la formación que se imparte en los distintos grupos no sólo os deben conducir a conocer más y mejor a Cristo y su Evangelio así como las verdades de la fe y de la moral cristianas, algo muy urgente y necesario; os han de llevar y ayudar a todos y a cada uno, en primer lugar y antes de nada, al encuentro y a la adhesión personal a Cristo, a la conversión de mente y corazón a Él y su Palabra, y a su seguimiento gozoso en el seno de la comunidad eclesial.

Seguir a Jesucristo os impulsará a vivir unidos en su persona y su mensaje evangélico en la tradición viva de la Iglesia. La Palabra de Dios, además de ser escuchada y acogida con docilidad, ha de ser celebrada y, lo celebrado, ha de ser puesto en práctica (cf. Sant 1, 21-ss). La Palabra y la Eucaristía hacen posible, por la acción de Dios, hombres nuevos con valentía y entrega generosa, que viven hacia todos el amor de Dios recibido.

En la comunidad parroquial, Cristo Jesús se hace presente y se nos da también a través de los Sacramentos; al celebrar y recibir los sacramentos participamos de la vida de Dios; por los Sacramentos se inicia, se confirma y fortalece, se alimenta y reaviva nuestra existencia cristiana, personal y comunitaria. Por los Sacramentos se crea o se acrecienta y se fortalece la comunión con la parroquia, con la Iglesia diocesana y con la Iglesia Universal.

Entre los sacramentos destaca la Eucaristía, el centro y el corazón de toda la vida de la comunidad cristiana. Sin la participación en la Eucaristía es muy difícil permanecer fiel en la vida cristiana y edificar el templo espiritual de la comunidad parroquial. El domingo es el día del Señor, la pascua semanal, el momento más hermoso para venir, en familia, a celebrar la Eucaristía unidos en el Señor con la comunidad parroquial. Los frutos serán muy abundantes: de paz y de unión familiar, de alegría y de fortaleza en la fe, de comunidad viva y misionera. La participación sincera, activa y fructuosa en la Eucaristía nos lleva necesariamente a vivir la fraternidad. Los pobres y los enfermos, los marginados y los desfavorecidos han de tener un lugar privilegiado en vuestra Parroquia, como ya lo venís haciendo. A ellos se ha de atender con gestos que demuestren, por parte de la comunidad parroquial, la fe y el amor en Cristo.

El Sacramento de la Penitencia será aliento y esperanza en vuestra experiencia cristiana. Sólo cuando sabemos ponernos de rodillas ante Dios por el sacramento de la confesión y reconocemos nuestras debilidades y pecados podemos decir que estamos en sintonía con el Padre ‘rico en misericordia’ (Ef 2,4). En el sacramento de la Penitencia se recupera y se fortalece la comunión con Dios y con la comunidad eclesial; la experiencia del perdón de Dios, fruto de su amor misericordioso, nos da fuerza para la misión, nos empuja a ser testigos de su amor y del perdón.

Alimentados y regenerados por la Palabra y los Sacramentos os convertiréis en ‘piedras vivas’ del edificio espiritual, que forma una familia entroncada en Cristo: vuestra comunidad cristiana. Es decir: una comunidad que acoge y vive a Cristo y su Evangelio; una comunidad que proclama y celebra la alianza amorosa de Dios; una comunidad que aprende y ayuda a vivir la fraternidad cristiana conforme al espíritu de las bienaventuranzas; una comunidad que ora y ayuda a la oración; una comunidad en la que todos sus miembros se sienten y son corresponsables en su vida y su misión al servicio de la evangelización en una sociedad cada vez más paganizada; una comunidad que es fermento de nueva humanidad, de transformación del mundo, de una cultura de la vida y del amor, de la justicia y de la paz.

Cristo Jesús, El Salvador, está en medio de nosotros. ¡Acerquémonos, hermanos, con corazón bien dispuesto a la mesa de la Eucaristía, que por vez primera celebraremos sobre este altar dedicado! ¡Acojamos a Cristo, alimento de vida cristiana y fuente de comunión con Dios y con los hermanos! Él nos fortalece y nos envía a ser testigos de su amor, constructores de fraternidad, de justicia y de paz en nuestro mundo. Que María, la Mare de Déu del Lledó, os proteja y os aliente hoy y siempre. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Un nuevo templo parroquial

Queridos diocesanos:

Este Domingo, 23 de enero, es un día de gran alegría para nuestra Iglesia diocesana de Segorbe-Castellón al poder inaugurar y dedicar el templo de la parroquia de ‘El Salvador’ en Castellón. Este nuevo templo representa un bien para todos y, en particular, para los fieles cristianos de esta parroquia. La vida cristiana que tanta raigambre e historia tiene en nuestra Diócesis ha de seguir siendo visible públicamente y ha de seguir revitalizándose permanentemente.

Al tratarse de un edificio destinado a iglesia, su inauguración se hace mediante el rito de la dedicación de la iglesia y del altar. Este templo parroquial será el lugar donde la comunidad cristiana de El Salvador se reunirá habitualmente para escuchar la Palabra de Dios, para elevar preces de intercesión y de alabanza a Dios y, principalmente, para celebrar y recibir los sacramentos, y será el lugar donde se reservará el Santísimo Sacramento de la Eucaristía para su adoración y para los enfermos. Precisamente porque será un edificio destinado de manera fija y exclusiva a reunir al pueblo de Dios y celebrar los sacramentos, es dedicado al Señor con un rito solemne. Con su dedicación, el templo se convierte en casa de Dios y en casa de la comunidad parroquial.

Cierto que Dios habita en todas partes y ningún lugar puede abarcar su infinitud; pero Él elige lugares y personas, donde su presencia es más densa. Cristo mismo, por su muerte y su resurrección, se convirtió en el verdadero y perfecto templo de la nueva Alianza y reunió al pueblo adquirido por Dios. Este pueblo santo, unificado por virtud y a imagen del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, es la Iglesia, o sea, el templo de Dios edificado con piedras vivas, donde se da culto al Padre con espíritu y verdad. Con razón, pues, desde muy antiguo se llamó “iglesia” el edificio en el cual la comunidad cristiana se reúne para escuchar la Palabra de Dios, para orar unida, para recibir los Sacramentos y celebrar la eucaristía y para partir hacia la misión.

El templo parroquial nos remite pues a la comunidad parroquial. Es su imagen visible y peculiar. Ella es el templo edificado con piedras vivas, los fieles cristianos, y cuya piedra angular es Cristo. La aspersión de los muros con agua bendita nos recuerda el bautismo, por el que los bautizados son integrados en el edificio de la comunidad parroquial. Y por esta razón es dedicado también el altar, que es imagen de Cristo mismo, sacerdote, hostia y altar, en el que ha de anclarse y sobre el que ha de edificarse la misma comunidad. Así como el altar ocupa el centro del templo, del mismo modo Cristo ha de ocupar el centro de la parroquia. En torno al altar se reunirá la comunidad parroquial para escuchar la Palabra, participar del sacrificio del Señor y alimentarse con el banquete celeste: la Eucaristía es la fuente y la cima de la vida y de la misión, de todo cristiano y de toda comunidad cristiana.

La dedicación de la iglesia parroquial es para la comunidad cristiana de El Salvador el coronamiento de una larga empresa de esfuerzos compartidos y el cumplimiento de un deseo anhelado por todos. Es un día de fiesta. A partir de ahora, el aniversario de la dedicación debe servir para una concienciación más responsable del papel activo de todos los feligreses en su parroquia.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Jornada Mundial de las Migraciones

Castellón, S.I. Concatedral, 16 de enero de 2011

(Is 49, 3.5-6; Sal 39; 1Co 1,1-3; Jn 1, 29-34)

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Hermanos amados todos en el Señor:

Por segundo año consecutivo celebramos esta Eucaristía en la Jornada Mundial de las Migraciones. Gracias por vuestra numerosa presencia, queridos inmigrantes: una vez más podemos experimentar la catolicidad, la universalidad, de nuestra Iglesia católica, sacramento y germen de unidad de todo el género humano (cf. LG 1), para formar una sola familia humana. Os saludo de corazón a todos cuantos habéis acudido esta tarde a esta celebración: sacerdotes, consagrados y seminaristas; saludo cordialmente al párroco de la parroquia ortodoxa rumana de San Nicolás; a las asociaciones de inmigrantes; al Director de nuestro Secretariado Diocesano paras la Migraciones y a todos los trabajadores y voluntarios en este sector pastoral.

La Palabra de Dios, que acabamos de proclamar, centra nuestra mirada en Cristo Jesús: Él es el Hijo de Dios, hecho hombre, el Siervo y el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Jesucristo es el Salvador precisamente porque ha ido más allá de proyectos y teorías humanas, y ha roto las ataduras del pecado, de la división, de la separación y del odio entre los hombres. Él mismo declara al entrar en este mundo: “Aquí estoy, Señor, para, hacer tu voluntad” (Sal 39). Cristo Jesús, obediente al Padre por amor, se ha hecho uno de nosotros, y por la ofrenda y entrega total de su cuerpo y de su espíritu al Padre, ha restablecido y recuperado la amistad y la comunión con Dios y así entre todos los hombres, nuestros hermanos. Esa es la voluntad original de Dios: que todos vivamos la comunión de vida y amistad con Dios, la unión con y entre todos los hombres –independientemente de origen, raza, lengua o nación- y la armonía con la creación entera, que queda rota por el pecado. Sí; el pecado no sólo es rechazo de la amistad, de la comunión con Dios, sino también la fraternidad con los hombres y la armonía con la creación misma. Así lo vemos reflejado en el relato del pecado original.

Jesús es el Ungido de Dios; él lleva a cabo las promesas de Dios y las expectativas de los hombres de modo inesperado, pero del modo más humano posible: haciéndose uno de nosotros, haciéndose Enmanuel, Dios-con-nosotros, siendo en todo fiel y obediente a la voluntad de Dios hasta su entrega a Él en la Cruz. Jesucristo es la Luz para todos los hombres. El sale a nuestro encuentro y desea encontrarse con cada uno de nosotros para mostrarnos el camino hacia Dios y hacia todos los hombres, para darnos la comunión de vida con Dios, base de la comunión fraterna, de la solidaridad, de la acogida del otro, también del extranjero, del migrante, para hacer de todos los hombres una sola familia humana.

Esta es la vocación y misión de la Iglesia: Ser portadora de la Luz de Cristo, ser presencia suya, de su Evangelio y de su obra redentora entre los hombres y mujeres de todos los tiempos; ser, en una palabra, misterio de comunión y misión, ámbito de unión de los hombres con Dios y de los hombres entre sí. Una misión que corresponde a todo bautizado, siendo, como Jesús, siervo de Dios y de los hombres, siendo apóstol de la Buena Nueva, como Pablo.

En esta Jornada Mundial de Migraciones, el Señor nos llama a abrir nuestros corazones para la acogida cristiana del emigrante. Las palabras de Jesús ‘Como yo os he amado, que también os améis unos a otros’ (Jn 13, 34) nos invitan a ello. Todos los seres humanos formamos una sola familia humana. El Padre-Dios, como nos recuerda Benedicto XVI en su Mensaje para esta Jornada, nos llama a reconocernos todos hermanos en Cristo; formamos ‘una sola familia humana’ de hermanos y hermanas en sociedades, cada vez más multiétnicas e interculturales, donde también las personas de diversas religiones estamos llamados al diálogo, para poder encontrar una convivencia serena y provechosa en el respeto de las legítimas diferencias.

Con el lema de su mensaje para esta Jornada Mundial “Una sola familia humana”, el Santo Padre, Benedicto XVI, nos invita y ofrece un programa para este fin.  La migración es una oportunidad para destacar y trabajar por la unidad de la familia humana.

“Los derechos de los emigrantes a vivir como miembros de la familia humana y la obligación correspondiente hacia ellos de acogida, ayuda, solidaridad y fraternidad tienen su fundamento en la condición de todos los seres humanos de hijos del mismo Padre Dios: de ella deriva la común vocación de hermanos. Tenemos un origen común, el mismo fin, el mismo hábitat, la tierra creada por Dios y puesta al servicio de todos los hombres y mujeres de todos los tiempos y lugares. Tenemos un camino común, aunque vivamos diferentes situaciones”, afirman los Obispos de la Comisión Episcopal de Migraciones en su Mensaje para este año. Todos, tanto los emigrantes como las poblaciones que los acogemos, formamos parte de una sola familia, y todos tenemos el mismo derecho a gozar de los bienes de la tierra, cuyo destino es universal, como enseña la doctrina social de la Iglesia. Aquí encuentran fundamento la solidaridad y el compartir. (Benedicto XVI, Mensaje 2011).

Frente a este cuadro ideal tenemos la dura realidad; una realidad agravada por la crisis económica, que afecta a todos y, en especial, a los emigrantes. En esta situación, junto a prejuicios de siempre, surgen el miedo al extraño, el rechazo, la merma en la cordial acogida y en la hospitalidad. En esta situación se hace de nuevo necesario poner en el centro de todo a la persona humana y su dignidad inalienable, que tiene su origen en ser creatura de Dios, con sus correspondientes e inalienables derechos y deberes.

La tarea de constituir una sola familia de personas, pueblos, culturas, religiones tan numerosas y diversas, nos urge a todos, emigrantes y autóctonos. El camino es arduo y tiene aún un largo recorrido. No es superfluo volver a recordar, como punto de partida el derecho fundamental de toda persona a salir de su tierra y a ir a otro país que le ofrezca mejores posibilidades, sin tener que desprenderse de su familia, de su religión, de su cultura.

Tampoco podemos olvidar el derecho propio de los Estados a regular los flujos migratorios con justicia, con solidaridad y con sentido del bien común. En esa regulación justa entra también el establecer condiciones dignas para la acogida y la gradual y armónica integración de emigrantes y refugiados en la nueva sociedad, en la normal interacción entre la población autóctona y la emigrante.

El instrumento clave en este proceso es el diálogo en todas sus variantes, empezando por el diálogo de la vida, en el trabajo, en la escuela, en el tiempo libre, en la vecindad, en la convivencia, en la defensa común de los derechos, en las acciones comunes, en el servicio al bien común. Fundamental es el diálogo intercultural y, en el campo religioso, el diálogo ecuménico y el interreligioso.

La Iglesia, que ha recibido el mandato del Señor de hacer de todos los pueblos una sola familia, ha de ser pionera en la tarea de acoger a los diferentes, de ayudarles en su proceso de incorporación a la nueva sociedad, y a la comunidad creyente a los cristianos católicos y a los que voluntariamente lo pidan. Los emigrantes católicos son miembros de pleno derecho en la comunidad parroquial, a la que por su domicilio pertenecen: en ella, en su vida y en su misión han de incorporarse y han de ser acogidos. Serán una riqueza para esa comunidad parroquial.

Asimismo, la Iglesia debe ser ejemplar en su ayuda para que los emigrantes a la asuman sus responsabilidades, su papel y sus tareas en la sociedad y en la comunidad creyente, respetando siempre la identidad de cada uno, dentro de la única familia. En su condición de “católica”, nuestra Iglesia y los católicos hemos de ser signos e instrumentos en la generación de la única familia de Dios, en la que caben hombres y mujeres diferentes en procedencia, raza, cultura o clase social. La Iglesia es la “casa común”, en la que todos tienen cabida.

Oremos para que nuestra sociedad vea a los inmigrantes y a sus familias no como una carga o un peligro, sino como una riqueza para nuestra sociedad y para que los acoja cordialmente, los trate como hermanos y les facilite su pacífica y enriquecedora integración. Oremos para que los inmigrantes se encuentren en su casa en nuestra Iglesia diocesana y en sus respectivas parroquias.

¡Que María la Virgen nos proteja en este nuestro caminar y nos enseñe a ser sensibles como ella ante las necesidades de los emigrantes, y a poner nuestra mirada en su Hijo, el Salvador, que con su muerte y resurrección ha restablecido la comunión con Dios, base de la fraternidad universal! Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

“Que todos sean uno”

Queridos diocesanos:

En unos días comenzaremos la Semana de oración por la unidad de los cristianos. Del 18 al 25 de enero en la Iglesia católica y en las demás Iglesias y Comunidades eclesiales oraremos al Señor por la unidad de todos los cristianos y se celebrarán actos ecuménicos con esta intención. Con esta iniciativa espiritual conectamos con la apremiante invocación del mismo Jesús al Padre en su oración sacerdotal, en el Cenáculo, antes de su Pasión: “Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17, 21). Tanto le importa al Señor la unidad de sus discípulos que, en esta oración, les pide hasta cuatro veces que sean ‘uno’. Pero se trata de una unidad que ha de ser según la imagen de la unidad entre el Padre y el Hijo. Como nos recuerda Benedicto XVI se trata de una unidad que sólo puede crecer siguiendo el ejemplo de la entrega del Hijo al Padre, es decir, saliendo de sí y uniéndose a Cristo.

El fin de esta unidad es la credibilidad de los discípulos de Jesús, es decir de la Iglesia en su misión de ser sacramento de unidad del género humano en Cristo. Por dos veces alude Jesús a este fin: “para que el mundo crea”. La unidad plena está conectada con la vida y la misión misma de la Iglesia en el mundo. Así como la unidad refuerza la vida y la misión de la Iglesia, la falta de unidad la debilita. La Iglesia debe vivir una unidad que sólo puede derivar de su unidad con Cristo, con su trascendencia, como signo de que Cristo es la verdad.

Esta es nuestra responsabilidad, la de todos los cristianos: trabajar por la unidad en Cristo Jesús entre las Iglesias y Comunidades eclesiales, pero también en el seno de nuestra Iglesia católica y de nuestra Iglesia diocesana. Todos somos responsables de la unidad en la fe, en la vida y en la misión; todos somos responsables de que sea visible en el mundo el don de una unidad en virtud de la cual se haga creíble la fe cristiana. Por esto es importante que cada comunidad cristiana, alentada y guiada por sus pastores, los sacerdotes, tome conciencia de la urgencia de trabajar de todas las formas posibles y visibles para llegar a este gran objetivo, comenzando por uno mismo, en la comunidad parroquial y en la Iglesia diocesana.

Para la Semana de oración de este año se nos propone, como hilo conductor, un texto del libro de los Hechos, en que se recuerda cómo los primeros cristianos de Jerusalén vivían unidos en la enseñanza de los apóstoles, la comunión fraterna, la fracción del pan y la oración (Hch 2, 42), Son cuatro elementos fundamentales para la unidad de la primera Iglesia de Jerusalén y para toda comunidad cristiana de siempre: la comunión en la misma fe, en la Palabra, transmitida auténticamente por los apóstoles y sus sucesores, los Obispos, presididos por el Sucesor de Pedro, el Romano Pontífice; la comunión fraterna, la comunión en la Eucaristía y la ofrenda de una oración continua.

Pero la unidad, que es una tarea, es ante todo ‘don’ del Señor, que hay que implorar con oración constante y confiada. Sólo saliendo de nosotros mismos y yendo hacia Cristo, sólo en la relación con él podemos llegar a estar realmente unidos entre nosotros. Esta es la invitación del señor en esta ‘Semana’. Respondamos a esta invitación con generosidad diligente.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Una sola familia humana

Queridos diocesanos:

El próximo 16 de enero celebramos con toda la Iglesia la Jornada Mundial de Migraciones, que como el Papa nos recuerda, nos brinda la “oportunidad de reflexionar sobre el creciente fenómeno de la emigración, de orar para que los corazones se abran a la acogida cristiana y de trabajar para que crezcan en el mundo la justicia y la caridad, columnas para la construcción de una paz auténtica y duradera. ‘Como yo os he amado, que también os améis unos a otros’ (Jn 13, 34) es la invitación que el Señor nos dirige con fuerza y nos renueva constantemente: si el Padre nos llama a ser hijos amados en su Hijo predilecto, nos llama también a reconocernos todos como hermanos en Cristo”.

Estas palabras del Santo Padre son claras ante las reticencias y los prejuicios aún existentes entre nosotros ante la inmigración y ante la acogida de inmigrantes y el modo de relacionarse con ellos. La emigración ha existido siempre. Hoy reviste gran magnitud, lo sabemos. Y, a pesar de la crisis económica, son miles las personas de otras etnias, culturas y religiones que viven entre nosotros de modo estable. Quienes nos llamamos cristianos, hemos de ahondar en las causas de este fenómeno y, sobre todo, en la ‘creatividad de la caridad’, para dar la respuesta adecuada al mismo. Tiene muchas vertientes, dimensiones y problemas. Recuerdo sólo algunos principios, que es necesario no olvidar.

Todos los seres humanos formamos una sola familia humana. El Padre-Dios, como nos recuerda Benedicto XVI, nos llama a reconocernos todos hermanos en Cristo; formamos ‘una sola familia humana’ de hermanos y hermanas en sociedades, cada vez más multiétnicas e interculturales, donde también las personas de diversas religiones estamos llamados al diálogo, para poder encontrar una convivencia serena y provechosa en el respeto de las legítimas diferencias.

El sentido profundo de la migración y su criterio ético fundamental vienen dados precisamente por la unidad de la familia humana y su desarrollo en el bien (Caritas in veritate, 42). Todos formamos una sola familia; y todos tenemos el mismo derecho a gozar de los bienes de la tierra, cuyo destino es universal. Aquí encuentran fundamento la solidaridad y el compartir.

La Iglesia reconoce el derecho de todo hombre y mujer a emigrar en busca de mejores condiciones de vida. El bien común universal abarca a toda la familia de los pueblos. Al mismo tiempo, los Estados tienen el derecho de regular los flujos migratorios y defender sus fronteras, asegurando siempre el respeto debido a la dignidad de toda persona humana. Pues toda persona –independientemente de su etnia, lengua, país o religión– tiene una dignidad inviolable, porque ha sido creada por Dios a imagen y semejanza suya. Además toda persona tiene la misma dignidad. Nadie es superior a otro, ni nadie es inferior. Ya no hay libres ni esclavos: todos somos hijos de Dios, hermanos en Cristo y, por tanto, todos iguales en dignidad. Ninguna persona puede ser explotada mediante salarios injustos, jornadas laborables abusivas u obligada a prostituirse. Toda persona tiene derecho a la libertad religiosa, a buscar la verdad y adherirse a ella sin coacción alguna, así como a practicar, en público y en privado, la propia religión. Todo emigrante tiene el deber de integrarse en el país de acogida, respetando sus leyes y la identidad nacional.

A los católicos nos corresponde una especial responsabilidad a construir desde nuestra fe la fraternidad universal, con un único Padre y Dios, y de contribuir a sensibilizar a nuestro pueblo en sus actitudes y comportamientos con los inmigrantes.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Ordenación de varios diáconos

Segorbe, S.I. Catedral- Basílica, 8 de enero de 2011,
Víspera de la Fiesta del Bautismo del Señor

(Is 24,1-4.6-7; Sal 28; Hech 10, 34-38; Mt 3, 13-17)

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¡Amados hermanos en el Señor Jesús!

El Señor nos ha reunido en asamblea santa en esta Iglesia Catedral diocesana en Segorbe para celebrar la ordenación diaconal de nuestros hermanos Alberto, José Miguel, Manolo, Juan Mario, Pablo y Mauro. Con ellos nos alegramos y por ellos oramos al Señor unidos a toda nuestra Iglesia diocesana, a sus padres y familiares, a sus formadores, compañeros y amigos.

Con todos vosotros, queridos ordenandos, antes de nada damos gracias a Dios por el don de vuestra vocación al ministerio ordenado y por vuestra ordenación de diáconos. Con las palabras del Salmo os invito a todos: “¡Hijos de Dios, aclamad al Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor” (Sal 38, 12, 6). Sí, hermanos: Dios es grande una vez más con nuestra Iglesia. Dios muestra de nuevo su benevolencia para con nosotros, para con esta Iglesia suya de Segorbe-Castellón, y, en ella, para toda la Iglesia universal. Quiero también expresar mi profunda gratitud y felicitación a todos cuantos han cuidado de vuestra formación, así como a vuestros padres y demás familiares y a todos los que os han ayudado a discernir, acoger y madurar la llamada del Señor al sacerdocio ordenado y a responder a esta llamada con alegría, confianza y generosidad. Estoy seguro de que seguirán estando cerca de vosotros, para que perseveréis en la vocación al ministerio sacerdotal y podáis cumplir el orden y la misión de diáconos que el Señor hoy os va a confiar.

La Palabra de Dios, que hemos proclamado, nos anticipa la Fiesta del Bautismo del Señor, que celebramos mañana: con esta Fiesta se cierra el tiempo de la Navidad. En el bautismo de Jesús en el Jordán, culmina la manifestación de Jesús como el Hijo de Dios, el Mesías y el Salvador, que hemos conmemorado y contemplado en estos días. Si la Navidad es la manifestación del Hijo de Dios en la humildad de Belén, y si la Epifanía es la manifestación del Hijo de Dios a todos los pueblos, el Bautismo es la manifestación en plenitud de la divinidad de Jesús.

Jesús, al ser bautizado por Juan en el Jordán, es ungido por el Espíritu Santo y proclamado Hijo de Dios por la voz del Padre desde el cielo. El Dios-Padre nos revela que Jesús es “su Hijo amado, el predilecto” y lo unge con el don del Espíritu para que los hombres reconozcan en Él al Mesías, enviado para la salvación de todos los hombres. Ungido por el Espíritu, Jesús ya puede empezar a llevar a término en medio de los hombres la misión salvadora, encomendada por el Padre. Todo lo que el pueblo de Dios esperaba y todo lo que Jesús hizo y la Iglesia cree y anuncia está incluido en la proclamación del Jordán: Jesús es el hombre lleno del Espíritu de Dios que podrá manifestar y comunicar al Padre, al Dios del amor, ya que él es el Hijo, el amado, “el predilecto”. A este Cristo Jesús habéis de conocer y amar, a Él debéis anunciar para propiciar el encuentro personal de los hombres con Él.

La primera lectura de hoy (Is 42, 1-4,6-7) es particular-mente importante para entender la persona misma de Jesús y, en Jesús, el ministerio diaconal que hoy vais a recibir, queridos hijos.

Jesús, el Hijo de Dios, encarna la figura del Siervo de Yahvé, del que habla el profeta Isaías. “Mirad a mi Siervo, mi elegido, a quien prefiero, sobre él he puesto mi Espíritu para que traiga el derecho a las naciones” (Is 42, 1). El Siervo de Yahvé es elegido y enviado a cumplir una misión, y, para que la pueda cumplir, recibe el Espíritu de Dios. La misión del Siervo, la de Jesús y la de vuestro diaconado, hunde sus raíces en la elección o llamada de Dios, quien le y os concede el don del Espíritu, que, como a Él, os capacita para la tarea que Dios os encomienda.

La misión del Siervo de Yahvé es hermosa; consiste en traer “el derecho a las naciones”. Y este reinado de justicia, de salvación, se traduce en obras concretas: abrir los ojos de los ciegos, sacar a los cautivos de la prisión y de la mazmorra a los que habitan en tinieblas. Así se subraya la función salvadora y liberadora del Siervo de Yahvé, de Cristo. “Me refiero – proclama Pedro-  a Jesús de Nazaret…, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo” (Hech 10, 37). Esta es la función del Siervo de Yahvé: cargar con el pecado y la miseria de la humanidad, promover la justicia y liberar al hombre de toda esclavitud.

La forma de actuar del Siervo de Yahvé, de Cristo, -y la vuestra, queridos hijos-, queda descrita con las palabras: “no gritará, no clamará” (v. 2). Es así como se hará más patente la gratuidad y la universalidad de su mensaje: como el Siervo de Yahvé habéis de pregonar sin gritar, para que la verdad de la Palabra de Dios se afirme por sí misma y el juicio de Dios salve a todo hombre de buena voluntad. El siervo no hace propaganda de sí mismo, no suplanta la Palabra, no busca compensación alguna. Con frecuencia, su premio será el sufrimiento; pero no importa, ya que no vacilará ni se quebrará. Siempre confiado en Dios, transmitirá la Palabra, la justicia y la salvación incluso a aquellos que están a punto de extinguirse: “la caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará”. El Siervo pasa por este mundo haciendo el bien, da ánimos a la caña cascada, jamás deja de preocuparse por los demás. Llega hasta aquellos hombres y mujeres que están acabados, abatidos, desalentados y desesperanzados; a hombres de quienes la sociedad nada espera, porque, a su juicio, no van a aportar nada al resto: al anciano que se acaba y al que no se considera más que una carga para el entorno, a los desfavorecidos y marginados, a los que dudan en su fe o flaquean en su esperanza, a quienes no encuentran sentido a su vida.

Pero así es como Jesús es proclamado por Pedro: “Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo porque Dios estaba con él…”. Jesús pasó haciendo el bien. Es el estilo que caracterizó a Jesús; una forma de vida que os ha de caracterizar a vosotros: como Él, siempre comprensivos y serviciales, sobre todo con los débiles, con los marginados, los publicanos, los leprosos, con los que la sociedad tachaba y tacha de indeseables.

Con el Siervo de Yahvé, con Cristo, comienza una Nueva Creación, un nuevo orden de cosas a través de la Nueva Alianza realizada con su pueblo. A partir de Él, todo será nuevo. “Los ciegos”, quienes no conocen o están cerrados a Dios abrirán sus ojos a la revelación; “los presos” en el error, en la esclavitud del pecado, de su propio egoísmo y de la insolidaridad serán liberados de las tinieblas del error, del pecado y de la muerte en que viven desterrados. El Siervo de Yahvé será el encargado de brindar el “derecho y la justicia”, es decir, la doctrina revelada y la salvación a todos los pueblos

A luz de esta Palabra podemos ahondar en el significado de vuestra identidad diaconal. Sois ordenados diáconos “para realizar un servicio y no para ejercer el sacerdocio” (LG 29). Mediante la imposición de mis manos y la oración consagratoria, el Señor derramará sobre vosotros su Espíritu Santo y os consagrará diáconos. Participaréis así de los dones y del ministerio que los Apóstoles recibieron del Señor y seréis en la Iglesia y en el mundo signo e instrumento de Cristo, que no vino “no para ser servido sino para servir”. Por una marca imborrable, quedaréis conformados en vuestro ser y para siempre con Cristo Siervo; habréis de ser por ello también con vuestra palabra y con vuestra vida signo de ese Cristo Siervo, obediente hasta la muerte y muerte de Cruz para la salvación de todos.

El Concilio Vaticano II nos recuerda que vuestras funciones de diácono serán “administrar solemnemente el bautismo, conservar y distribuir la Eucaristía, en nombre de la Iglesia asistir y bendecir el matrimonio, llevar el viático a los moribundos, leer la Sagrada Escritura a los fieles, instruir y exhortar al pueblo, presidir el rito del funeral y de la sepultura”, y prodigaros en las “obras de caridad y de asistencia” (LG 29). Todas estas funciones se sintetizan en una palabra “servicio”: ‘diaconía’ en “el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad” (LG 29).

Recibid pues el diaconado para servir a los hombres, haciéndoos portadores de la salvación de Cristo. Para ello debéis descubrir aún más la belleza de la Cruz de Cristo, Jesús mismo resume su propia misión en el mundo con las palabras: “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida para la salvación de todos” (Mt 20, 28).

El diácono participa de modo especial en esta misión de servicio incondicional, hasta el extremo, de Jesús; está llamado a servir a Cristo, a su Iglesia y a los hermanos, sin poner condiciones de tiempo, de lugar o de tarea a la propia dedicación, en plena disponibilidad a Dios y a los hermanos, en total obediencia a la Iglesia y al Obispo. Un servicio que, cuando recibáis la ordenación sacerdotal, se hará aún más exigente y necesitará que toda vuestra vida -energías, tiempo y deseos- sea puesta al servicio de la salvación del mundo. Pero ya desde ahora deberéis poneros enteramente al servicio de todos: ir muriendo a vosotros mismos, este es el camino indicado por Cristo y que se simboliza plásticamente en el rito de la postración, que haréis a continuación.

Con el Siervo de Dios, Juan Pablo II, podemos decir que: “El que se prepara para recibir la sagrada Ordenación se postra con todo el cuerpo y apoya la frente sobre el pavimento del templo, manifestando con esto su completa disponibilidad para tomar el ministerio que se le confía (…). En ese yacer por tierra en forma de cruz antes de la Ordenación, acogiendo en la propia vida -como Pablo- la cruz de Cristo y haciéndose con el Apóstol ‘pavimento’ para los hermanos está el sentido más profundo de toda espiritualidad sacerdotal”.

La gracia divina, que recibiréis con el sacramento, es la que os hará posible esta absoluta dedicación a los otros por amor de Cristo; y además os ayudará a amarla y a buscarla con toda la fuerza. Esto será el mejor modo de prepararos para recibir la ordenación sacerdotal: servir, en efecto, es un ejercicio infatigable y fecundo de caridad. Hoy, todos nosotros pediremos al Señor la gracia que os ayude a transformaros en fiel espejo de su Caridad, de modo que todos aquellos que encontréis en el camino de vuestro ministerio sagrado, vean en vosotros la misericordia infinita de Cristo Salvador.

Que os sostenga en esta misión la santísima Virgen María, la Virgen de la Cueva Santa, la esclava del Señor.  Acompañemos todos con nuestra oración a estos hermanos nuestros, para que, por intercesión de María, la sierva del Señor, puedan de verdad servir a todos, en la alegría y en la libertad de los hijos de Dios. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

La libertad religiosa, camino para la paz

Queridos diocesanos:

En el primer día del año, la Iglesia nos invita a orar por la paz y a reflexionar sobre la misma, siguiendo el tradicional mensaje del Papa para la Jornada Mundial de la Paz. Benedicto XVI  lo dedica este año a la libertad religiosa, camino para la paz. El Santo Padre nos regala una hermosa síntesis de la doctrina social de la Iglesia sobre la libertad religiosa y su estado en el mundo. Invito a todos a su lectura y reflexión,

En su mensaje, el Papa analiza la situación internacional en su conjunto y afirma amargamente que en algunas regiones del mundo “no es posible profesar y expresar libremente la propia religión”. En otras, en cambio, la intolerancia y la violencia se afirman mediante “formas más silenciosas y sofisticadas de prejuicio y de oposición hacia los creyentes y los símbolos religiosos”.

Benedicto XVI hace una afirmación incontestable: “Los cristianos son actualmente el grupo religioso que sufre el mayor número de persecuciones a causa de su fe”. Así ocurrió en Irak, donde un vil ataque contra la catedral siro-católica en Bagdad asesinó a dos sacerdotes y exterminó a unos cincuenta fieles; pero también ocurre en otros países asiáticos y africanos. En Europa, por su parte, numerosas fuerzas trabajan para renegar de su historia y de los símbolos religiosos de la mayoría de los ciudadanos. En unos casos, la persecución religiosa mata los cuerpos, u obliga a abandonar casa y tierras; en otros casos se van matando lentamente las almas; sometidos al hostigamiento, al ridículo o a las mofas, los cristianos se ven internamente limitados en la profesión de su fe en privado o en público. Todos conocemos casos en España, que avalan esta afirmación.

La libertad religiosa, afirma el Papa, está contenida dentro del mismo derecho a la vida, y es por tanto un derecho fundamental: toda persona es titular del derecho sagrado a una vida íntegra, también desde el punto de vista espiritual. La dignidad trascendente de la persona, es decir su capacidad de trascender su propia materialidad y buscar la verdad, ha de ser reconocida como un bien universal, indispensable para la construcción de una sociedad orientada a la realización y plenitud del hombre. Es más, la libertad religiosa, que está en el origen de la libertad moral, debe entenderse no sólo como ausencia de coacción, sino antes aún como capacidad de ordenar las propias opciones según la verdad y seguirlas en privado o en público. Por esto libertad y respeto son inseparables. También una libertad enemiga o indiferente con respecto a Dios termina por negarse a sí misma y no garantiza el pleno respeto del otro.

El relativismo moral no es la clave para una convivencia pacífica, sino, más bien, el origen de la división y negación de la dignidad de los seres humanos. Es inconcebible que los creyentes tengamos que suprimir nuestra fe para ser ciudadanos activos. Nunca debería ser necesario renegar de Dios para poder gozar de los propios derechos. Negar la libertad religiosa y oscurecer la dimensión pública de la religión genera una sociedad injusta y va en contra de la paz. Por su parte, el fundamentalismo y el laicismo son formas extremas de rechazo del pluralismo de la sociedad y de la sana laicidad del Estado.

Urge recuperar el derecho humano básico a la libertad religiosa en todas sus dimensiones: afirmativa y negativa, individual y social, privada y pública; urge buscar mediante el diálogo en la verdad su justo equilibrio en favor del bien común. Ni la imposición de las propias creencias o increencias, ni la dejación del Estado de su obligada sana laicidad son caminos para la paz.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón