Evangelizados y evangelizadores

Queridos diocesanos:

El Movimiento de Cursillos de Cristiandad, nacido a finales de la década de 1940, cumple 50 años de implantación en nuestra Diócesis. Evangelizados y evangelizadores son las palabras que mejor definen su origen, su pasado y su presente; palabras que también han de caracterizar su futuro. Porque este Movimiento quiere contribuir a cambiar en sentido cristiano los ambientes donde las personas viven y actúan, mediante la inserción de “hombres nuevos”, que han llegado a serlo gracias a su encuentro con Cristo.

El Movimiento de Cursillos de Cristiandad es uno de esos carismas-servicios que el Espíritu Santo ha suscitado en orden a la edificación de la Iglesia y a la evangelización del mundo. La Iglesia existe para evangelizar. Los que acogen la Buena Nueva y se dejan transformar por ella e intentan hacerla vida, forman una comunidad evangelizada y evangelizadora; su vida sólo tiene sentido pleno cuando se convierte en testimonio y anuncio de la Buena Nueva; esta comunidad necesita dejarse evangelizar y renovarse constantemente para conservar su frescor y vitalidad. La Iglesia, continuadora de la obra y misión de Cristo, lleva a cabo su misión evangelizadora escuchando atentamente la Palabra de Dios, celebrando los Sacramentos y viviendo el envío de Jesús, que se hace a todo bautizado. Esto sucede también en virtud de carismas que el Espíritu Santo suscita a lo largo de la historia según las necesidades de cada momento concreto.

Así surge el Movimiento de Cursillos de Cristiandad. Nace en una época de cierto florecimiento religioso popular, social y personal, en la que, aparentemente,  la sociedad española goza de orientación cristiana. Sin embargo, se detecta ya entonces un déficit de evangelización, de testimonio y de transformación de la sociedad, así como de interiorización de la fe y vida cristiana. Un grupo de jóvenes de Acción Católica en Mallorca, inquietos por la falta de coherencia entre la fe y la vida, por la falta de autenticidad y de inquietud apostólica, ponen en marcha el Cursillo de Cristiandad y el Movimiento de Cursillos de Cristiandad. Son un instrumento y un movimiento al servicio de la Palabra de Dios con el fin de despertar y madurar la fe. Su primer momento es la proclamación del Evangelio, que lleve al encuentro con Cristo y a la conversión a él y a la Iglesia, y, desde ahí, al envío a la evangelización de los ambientes.

Al celebrar el 50º aniversario del Movimiento en nuestra Diócesis damos gracias a Dios por los dones recibidos y por el trabajo realizado. A la vez miramos hacia el futuro con esperanza firme siendo fieles al carisma recibido. Nos preguntamos si hoy, ante los cambios en la sociedad y en la misma Iglesia, continúa siendo válido. Si hemos de aplicarnos con todas nuestras fuerzas a la tarea de la nueva  Evangelización (Benedicto XVI),  los Cursillos de Cristiandad siguen teniendo sentido, vigencia y actualidad: pues se trata, sobre todo, de un movimiento evangelizador.

Habrá que considerar cómo se puede actualizar y potenciar. Será preciso cultivar una sólida formación, centrada en Cristo, en la misión de la Iglesia y en la misión concreta del Movimiento y conocer bien las características de los ambientes y de las personas de hoy. Convendrá cultivar los elementos pedagógicos del Cursillo: Palabra desde la vida, testimonio, libertad y heterogeneidad. Y será preciso alimentar una espiritualidad, centrada en Cristo, que una la fe y la vida y que haga de los cursillistas, cristianos evangelizados y evangelizadores.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de  Segorbe-Castelló

Convocatoria de Órdenes al Presbiterado

 CASIMIRO LÓPEZ LLORENTE,

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTÓLICA,

OBISPO DE SEGORBE-CASTELLÓN

 

Escudo_episcPor el presente y a tenor de la normativa eclesial anuncio que el próximo día 14 de mayo de 2011, Víspera del IV Domingo de Pascua, Domingo del Buen Pastor, a las 11:00 de la mañana deseo administrar, D.m., en nuestra Santa Iglesia Concatedral de Santa Maria en Castellón de la Plana el sagrado Orden del Presbiterado a aquellos candidatos, que reuniendo las condiciones de la normativa canónica y, después de haber cursado y superado los estudios eclesiásticos y haberse preparado humana y espiritualmente bajo la orientación y guía de sus formadores y la autoridad del Obispo, aspiren a la recepción de este Sacramento del Presbiterado.

Dichos candidatos deberán dirigir a su respectivo Rector del Seminario Diocesano ‘Mater Dei’ o ‘Redemptoris Mater’ la solicitud de recibir dicho Orden, acompañada de la documentación pertinente en cada caso, de conformidad con lo que establece el can. 1050 del CIC, a fin de comenzar en los plazos determinados por el derecho de la Iglesia las encuestas y, una vez realizadas las proclamas en las parroquias de origen y domicilio actual, otorgar, si procede, la autorización necesaria para que puedan recibir el sagrado Orden del Presbiterado.

El respectivo Sr. Rector me presentará, con la debida antelación, los informes recabados, y, una vez concluido el proceso informativo trasladará a nuestra Cancillería antes de la fecha de la administración del Sagrado Orden toda la documentación correspondiente a los efectos pertinentes.

Publíquese en el Boletín Oficial de este Obispado y envíese copia a los citados Sres. Rectores para su público e inmediato conocimiento.

 

Dado en Castellón de la Plana, a veintiséis de febrero del año del Señor de dos mil once.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Por mandato de S. Excia. Rvdma.

Doy fe,

Tomás Albiol Talaya

Vicecanciller y Vicesecretario General

Una inolvidable experiencia de fe

Queridos diocesanos:

Todavía está fresca en nuestra mente y en nuestro corazón la estancia entre nosotros de la Cruz de los Jóvenes y del Icono de la Virgen, símbolos de las Jornadas Mundiales de la Juventud. Su presencia y su acogida entre nosotros han sido una inolvidable expresión y experiencia de fe y de Iglesia por los lugares por donde han pasado. A buen seguro que esta buena siembra dará sus frutos. No tengamos ese miedo infundado a que se vaya a quedar todo en unos encuentros superficiales. No. Yo mismo he sido testigo de la oración intensa y del testimonio alegre de fe de nuestros jóvenes, acompañados por sus parroquias y sacerdotes, por las asociaciones y los movimientos.

La presencia de la Cruz y del Icono entre nosotros se sitúa en el camino de preparación de la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid, en Agosto próximo, junto con el papa Benedicto XVI.  No olvidemos que la Jornada Mundial de la Juventud es, ante todo, una llamada a los jóvenes a reconocer a Jesucristo, a encontrarse con Él personalmente, a dejarse interpelar, iluminar y transformar por Él para crecer en la fe en el seno de la comunión de la Iglesia. Y esto necesita de re­flexión y de maduración. Desde la experiencia de estos días de estancia de la Cruz y del Icono entre nosotros, hemos de ayudar a nuestros jóvenes a reconocer en la Cruz de manos de manos de la Virgen a Cristo Jesús, el único ante quien se esclarece el corazón y el destino de cada hombre; es el único que puede unir a todos en un único gran pueblo, el único de quien quiere ser testigo el Papa y el único a quien hemos de ofrecer nosotros, los adultos y toda la Iglesia.

La presencia de la Cruz de los Jóvenes entre nosotros ha sido un anuncio explícito al corazón de los jóvenes del Señor Jesús como el único salvador del mundo. El es la respuesta única y verdadera a las exigencias del ser humano, en un tiempo en que no es posible creer ya en ningún gran sistema o utopía, y en el que con frecuencia se tiende a un simple materialismo utilitarista o a un triste he­donismo. Este anuncio explícito de Je­sucristo en el corazón del mundo joven, lo es también y al mismo tiempo a nuestra sociedad y a nuestra Iglesia.

Juan Pablo II puso la Cruz de los Jóvenes, puso a Cristo, en el centro de los encuentros acompañado por el Icono de su Madre, tipo y modelo de la Iglesia. Benedicto XVI insiste igualmente en los contenidos fundamentales de la JMJ. Es necesario continuar una buena preparación para evitar el riesgo de asimilarlas a simples ocasiones de fiesta y diversión.

Sin duda, la JMJ interrumpe el discurrir pas­toral de nuestras parroquias y comunidades, pero interpelan y ofrecen nuevos impulsos a la pastoral juvenil. No nos ofrecen recetas, ni sustituyen el trabajo de cada día. Pero interpelan a los responsables de la pastoral juvenil y a todos los educadores: nos interpelan a querer a nuestros jóvenes y a  creer en ellos y también en la posi­bilidad de su encuentro con Cristo: Él es la plenitud de vida a la que ellos también están invitados y llamados;  y, a la vez, a que los mismos jóvenes sean conscientes de que ellos mismos son enviados a comunicar a Cristo y su Evan­gelio a otros jóvenes.

Por ello, hemos de seguir preparando la JMJ en Madrid poniendo en el centro a la persona misma de Jesucristo, recordando la Cruz de los Jóvenes. A ello nos invita Benedicto XVI con su hermoso, claro y profundo Mensaje: “Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe” (Col 2,7). Es un momento extraordinario de gracia también para nuestra Iglesia diocesana. Es la llamada del Señor hoy a nuestra Iglesia. Escuchemos su voz y ofrezcamos a los jóvenes el encuentro con Jesucristo. Sólo Él es la esperanza de la juventud y de la humanidad.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente,

Obispo de Segorbe-Castellón

Familia en misión

Queridos diocesanos:

Dios, que es Amor, nos regala constantemente con su gracia. A veces lo hace a través de personas generosas y de acontecimientos especiales, que son como una bocanada de aire fresco en el diario devenir de nuestra Iglesia diocesana. Hemos de mirarlos con ojos de fe para ser capaces descubrir la mano de Dios. Estas personas y estos acontecimientos no pueden pasar desapercibidos. Nos ayudan a cargar los pulmones con ese oxígeno puro que destilan. Son un signo claro de la presencia del Señor resucitado por la fuerza del Espíritu en medio de nosotros. Nos hacen mucho bien en medio del agobio del día a día y nos previenen ante la tentación del desaliento en momentos de especial dificultad y de tribulación en el seguimiento del Señor y en la vida y misión de nuestra Iglesia.

Me estoy refiriendo, entre otros, a la ordenación de seis nuevos diáconos en enero, al envío y la partida reciente de una familia joven a la misión en Ucrania y, cómo no, a la presencia entre nosotros de la Cruz de los Jóvenes y del Icono de María de las Jornadas Mundiales de la Juventud. Han sido verdaderos dones del Dios, que han enriquecido y rejuvenecido la vida de nuestra Iglesia.

Hace unos días teníamos la dicha de enviar a una familia joven a la misión en Ucrania. La familia integrada por David y María, de 26 y 24 años respectivamente, y sus tres hijos de corta edad –el más pequeño tiene tan solo cuatro meses- recibían con profunda alegría y emoción el envío a la misión de mis manos en una emotiva celebración en la iglesia parroquial de la Santo Tomás de Villanueva en Castellón. Ellos pertenecen a la joven quinta Comunidad del Camino Neocatecumenal de Santo Tomás; y allí estaba la su Comunidad para orar al Señor unidos a esta joven familia en un momento tan decisivo en su vida. No es la primera vez que envío a una familia joven a la misión. Y son varias ya las familias en misión de nuestra Iglesia diocesana en diversas partes del mundo. Algo es común a todos ellos: su alegría desbordante por el don recibido de la misión y su confianza plena en Dios en el camino emprendido.

Más de uno se preguntará qué es lo que ha movido a éste joven matrimonio, como en los otros casos, a dejarlo todo –trabajo, vivienda o familia- para acoger la llamada del Señor a la misión sin temor a las dificultades del idioma, de una tierra y cultura desconocidas o a la falta de unos ingresos seguros. Sólo hay una respuesta posible: su fe viva en Cristo Jesús, muerto y resucitado para la vida de la humanidad, y el encuentro con Jesucristo, que les ha transformado y ha dado pleno sentido a su vida: no sólo a cada unos de ellos, sino también a su matrimonio y a su familia.

El matrimonio de David y María es un fruto visible de la Jornada Mundial de la Juventud celebrada en Roma; allí se conocieron y encontraron; allí decidieron unir su vida en el Señor; y allí, a buen seguro, escucharon la llamada de Juan Pablo II: “Anunciad a todos que sólo en Cristo, muerto y resucitado, hay salvación y redención”.

Nuestra Iglesia diocesana da gracias a Dios por este don, que nos recuerda una vez más la razón de ser nuestra Iglesia: Ofrecer a todos a Jesucristo, el Camino, la Verdad, y la Vida. Tengámosles presentes en nuestra oración.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

“Su mañana es hoy”

Queridos diocesanos:

En el mes de febrero, la Organización católica Manos Unidas toca cada año a nuestras conciencias, espolea nuestra sensibilidad y nos llama a ser generosos. La Campaña de este año, bajo el lema “Su mañana es hoy”, está dedicada a uno de los problemas más graves que asolan nuestro mundo: la mortalidad infantil de niños menores de cinco años. Con su insistencia acostumbrada apela a nuestra humanidad y a nuestra fe cristiana para que todos pongamos algo de nuestra parte para solucionar este problema.

Cierto que si miramos a nuestro país y a los países desarrollados, podemos decir que la mortalidad infantil ya no es un problema social. Sin embargo, para los países del Sur las estadísticas ofrecen una realidad bien distinta: si bien desde 1970 han muerto 210 mil niños menos cada año, en 2008 todavía murieron 8,8 millones de niños menores de cinco años. Más grave aún es que la mayor parte de las muertes de esos niños se producen por causas fácilmente evita­bles desde el punto de vista médico y también económico. En efecto, las causas principales de la mortalidad infantil son las diarreas, el sarampión, la desnutrición y la falta de atención médica en el parto y postparto. No se trata, pues, de enfermedades incurables, catástrofes o  accidentes, sino de situaciones, afecciones o en­fermedades con perfecta y fácil solución o cura­ción hoy. Se siguen dando por la mise­ria y el abandono de los niños más pobres de la tierra.

Ante esta cruda realidad, necesitamos rearmar nuestras actitudes y valores. Hemos de colo­car de nuevo lo importante en su lugar. Y lo importante, desde el punto de vista humano y cristiano, es la persona, creatura de Dios. Y el primordial derecho de cada ser humano, que abre la puerta a todos los demás, es el derecho a la vida, y que ésta sea digna. No podemos seguir confundiendo el Bien y el bienestar con el bienestar material, la felicidad con la diversión y la realización humana plena con el éxito laboral. Hay que dejar de entronizar la libertad individual como valor supremo, al que deben supeditarse todos los demás valores, incluso la verdad, la responsabilidad, el bien común y la misma vida humana. Una sociedad que protege más a los animales que al ser humano en el inicio de su vida, o que permite matar a sus propios hijos (en el aborto ocurre) no puede sentir dolor, ni solidaridad, ni preocuparse y mucho menos ocuparse en ayudar a los niños e hijos de los demás, y que además viven lejos. Sin embargo, si colocamos a Dios en el centro de nuestras vidas, descubriremos que toda persona tiene una dignidad inviolable y un derecho primordial a la vida y una vida digna, y que todos los hombres somos hermanos. Cuando nos sintamos herma­nos de todos los hombres, nos dolerá en lo más profundo la muerte de niños menores de cinco años.

Benedicto XVI en su última encícli­ca nos recordaba que “la apertura a la vida está en el centro del verdadero desa­rrollo”. Si somos abiertos a la vida, también trabajaremos por la vida de  los niños y para que sea tratada con esmero. Cooperemos con generosidad con Manos Unidas en su lucha contra la mortalidad infantil.

Jesús nos dice: “El que acoge a un niño como éste en mi nombre, a mí me acoge, y el que me acoge a mí, no me acoge a mí sino al que me ha enviado” (Mc 9, 37). En aquel niño, Jesús se identifica con todos los niños del mundo y de la historia. No lo olvidemos.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de la Presentación del Señor y Jornada Mundial de la Vida Consagrada

Iglesia Parroquial de S. José Obrero, Castellón, 2 de febrero de 2010

(Ml 3,1-4; Sal 23; Hb 2,14-18; Lc 2,22-40)

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Queridos hermanos y hermanas en el Señor Jesús:

El pasaje del evangelio según San Lucas, que acabamos de proclamar, nos centra en el misterio de la vida de Cristo, que hoy celebramos: la Presentación de Jesús a Dios en el templo. La ley de Moisés prescribía a los padres, que cuarenta días después del nacimiento del primogénito, subieran al Templo de Jerusalén para ofrecer a su hijo al Señor y para la purificación ritual de la madre (cf. Ex 13, 1-2.11-16; Lv 12, 1-8). También María y José cumplen con este rito, ofreciendo, según la Ley, dos tórtolas o dos pichones. El Hijo de Dios, que, al encarnarse, quiso “parecerse en todo a sus hermanos” menos en el pecado (Hb 2,17), comparte en todo su vida con los hombres, sin excluir la observancia de la ley prescrita para el hombre pecador.

Sirviéndose de este rito, Dios mismo es quien en ese momento presenta a su Hijo Unigénito a los hombres, mediante las palabras del anciano Simeón y de la profetisa Ana. Simeón proclama que Jesús es la “salvación” de la humanidad, la “luz” de todas las naciones y “signo de contradicción”, porque desvelará las intenciones de los corazones (cf. Lc 2, 29-35).

Es la fiesta del encuentro. Simeón y Ana encuentran a Jesús en el Templo y  reconocen en él al Mesías tan esperado, Simeón y Ana representan a la humanidad que encuentra a su Señor en la Iglesia. Es la fiesta de la luz, como hemos recordado en la procesión de las candelas. Con este signo visible hemos manifestado que con la Iglesia queremos encontrar en la fe a Aquel que es “la luz de los hombres” y lo acogemos con todo el impulso de nuestra fe para llevar esa “luz” al mundo.

María y José presentan a Jesús en el templo, para ofrecerlo, para consagrarlo al Señor (Lc 2, 22). Jesús viene a este mundo para cumplir la voluntad del Padre con una oblación total de sí, con una fidelidad plena y con una obediencia filial al Padre (cf. Hb 10, 5-7). Simeón anuncia con palabra profética la suprema entrega de Jesús y su victoria final (cf. Lc 2, 32-35).

El Señor viene para purificar a la humanidad del pecado, para restablecer la alianza definitiva de comunión de Dios con su pueblo y para que así pueda presentar a Dios “la ofrenda como es debido”. La primera y verdadera ofrenda, la que instaura el culto perfecto y da valor a toda otra oblación, es precisamente la que Cristo hizo de sí mismo, de su propia persona y de su propia voluntad, al Padre. Así, Jesús nos muestra cuál es el camino de la verdadera consagración a Dios: este camino es la acogida amorosa de su designio y de su voluntad sobre cada uno, la acogida gozosa de la propia vocación mediante la entrega total y radical de sí mismos a Dios en favor de los demás.

Como Simeón o Ana hemos de tener la mirada y el corazón bien abiertos para ver en Jesús y en su amor total, fiel y obediente hasta la muerte, la respuesta de Dios a la milenaria búsqueda de los hombres: a su búsqueda de sentido, de amor, de vida y de felicidad, a su deseo del Infinito. La carta a los Hebreos lo expresa con toda claridad: Cristo por su oblación amorosa y obediente al Padre hasta la muerte, nos libera del terror del pecado y de la muerte que nos esclavizan. En nuestros intentos de buscar la felicidad, la vida y la propia realización, los humanos vivimos con miedo al fracaso. En la raíz de todos nuestros miedos está una falsa imagen de Dios y el temor a no alcanzar la vida y la felicidad. Eso nos lleva tantas veces a mendigar seguridades fuera de Dios y a buscar vida fuera de El. Así acabamos esclavos de todo lo que pretende darnos una seguridad imposible. Nos cerramos a Dios y a su amor, y ello nos lleva a cerrarnos al otro: así nos aferramos a nuestros horizontes limitados y a nuestros egoísmos, a nuestro afán desordenado de autonomía personal al margen del designio de Dios, al goce efímero de nuestro cuerpo o a la posesión insaciable de bienes materiales. A partir de esta esclavitud se comprenden las demás esclavitudes humanas. Los intentos de liberación que no vayan a esta raíz no harán sino cambiar el sentido de la esclavitud.

Jesús nos muestra, a la vez, el valor de la humildad, de la pobreza, de la obediencia ante Dios para que la persona encuentre su propia verdad, su propio bien, su propia felicidad. Este camino de Jesús es válido para la consagración a Dios de todo bautizado; y lo es también y de modo especial para todos los llamados a reproducir en la Iglesia y en el mundo, “los rasgos de Jesús virgen, pobre y obediente” (VC 1), mediante los consejos evangélicos.

La oblación del Hijo de Dios, en su presentación en el Templo, es un modelo para los hombres y mujeres que consagran toda su vida al Señor. Por esta razón, hoy celebramos la Jornada especial de la vida consagrada. En este día, en primer lugar, alabamos y damos gracias al Señor por el don de la vida consagrada; para que, en segundo lugar, la vida consagrada en su diversidad de carismas sea conocida y estimada por todo el pueblo de Dios. Y este día es, por último, una invitación a todos los consagrados a celebrar las maravillas que el Señor ha realizado en vosotros.

“Jóvenes consagrados. Un reto para el mundo. Firmes en la fe”. Así reza el lema de este año para esta Jornada, que nos acerca al lema de la Jornada Mundial de la Juventud de este año en Madrid. “Firmes en la fe” significa, para un cristiano, y máxime para un consagrado, estar arraigados en esa tierra que acoge las raíces y las permite nutrir a fin de que el árbol plantado junto a la buena acequia pueda seguir dando frutos en sazón. Es la fe la que permite tener una firmeza que no es falsa pretensión, porque  la fe nos pone con humildad delante de Dios, ante el cual se decide cada instante de nuestra vida. Vuestra consagración descansa en una historia personal de encuentro en la fe con el Señor. A cada uno os ha sido dada la gracia de descubrir y acoger al Señor, de encontraros con Él que salió un día y sale permanentemente a vuestro encuentro, como hoy lo hace para todo su pueblo.

El ser cristiano, en general, y el ser consagrado, en especial, se basa antes de nada en un encuentro real con Cristo. Nos lo recordaba, Benedicto XVI en su primera encíclica: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Deus caritas est, 1). También, vosotros, queridos consagrados, sintiendo esta llamada amorosa de Dios os habéis puesto en camino con la seguridad de encontrar la dicha de quien confía en el Señor. En vuestro interior se fue haciendo camino la cercanía amorosa de Dios, hasta encontraros con Cristo Jesús vivo, real, que os fascino, os cautivó y os sedujo: un Señor Jesús que os atrajo a sí para llevaros por veredas de dicha y de felicidad,  que sólo él puede ofrecer y se encuentran cuando se acoge a Dios en Cristo, su voluntad, su proyecto, su designio. Dejando cuanto os estorbaba para ser libres en vuestra entrega al Señor, crecisteis en disponibilidad interior hasta poder decir con Cristo: “Aquí estoy, oh Dios, para hacer, tu voluntad” (Hb 10, 6).

La fascinación que os produjo este encuentro con Cristo debe ser cultivado día a día, para que se mantenga fresca vuestra condición de consagrados, para que no se apague vuestro amor primero, para que vuestra fidelidad no sea un mero conservar sino para que se mantenga siempre fresca, arraigada junto al río de la vida, que es Cristo, que se nos da en su Palabra, en su Eucaristía, en el Sacramento de la Penitencia, en su Iglesia. El encuentro constante con el amor de Dios en Cristo y la acogida de la llamada amorosa y gratuita de Dios cambian radicalmente la vida de una persona y la mantienen joven. Nada hace ensanchar el corazón humano tanto como la convicción de que Dios es el ‘único bien’, que sólo en El está la Salvación, que sólo en Él está la plenitud (Sal 39, 10).  Pretender dignificar la vida humana de espaldas a Dios devalúa la existencia humana. La vida tiene sentido sólo cuando Dios es reconocido como dueño y como bien.

Con la fuerza renovadora de su amor, hecho encuentro personal, Cristo quiere que las consagradas y consagrados seáis, ya por vuestra sola presencia, testigos de Dios en un mundo que lo quiere aparcar para vivir de espaldas a él. Estáis llamados a ser testigos de de su Hijo, Jesucristo, la luz de los hombres, para que se disipen las tinieblas que eclipsan a Dios en la vida de los hombres. Dios quiere que vuestra vida de comunidad fraterna sincera sea signo de comunión con Dios y con los hermanos.

“Más allá de valoraciones superficiales de funcionalidad, la vida consagrada es importante precisamente porque es signo de gratuidad y de amor, tanto más en una sociedad que corre el riesgo de ahogarse en el torbellino de lo efímero y lo útil (cf.VC 105). La vida consagrada, en cambio, testimonia la sobreabundancia de amor que impulsa a ‘perder’ la propia vida, como respuesta a la sobreabundancia de amor del Señor, que ‘perdió’ su vida por nosotros primero. En este momento pienso en las personas consagradas que sienten el peso de la fatiga diaria, con escasas gratificaciones humanas; pienso en los religiosos y las religiosas de edad avanzada o en los enfermos, en quienes pasan por un momento difícil en su apostolado. Ninguno de ellos es inútil, porque el Señor los asocia al ‘trono de la gracia’. Muy al contrario: todos ellos son un don precioso para la Iglesia y para el mundo, sediento de Dios y de su Palabra.

Así pues, queridos religiosos y religiosas, os invito a que, a continuación, llenos de confianza y de gratitud, renovéis vuestros vosotros, signo de la ofrenda total de vosotros mismos presentándoos en el Templo. Acercaos al Dios tres veces santo, para ofrecer vuestra vida y vuestra misión, personal y comunitaria, de hombres y mujeres consagrados al reino de Dios. Hacedlo en íntima comunión espiritual con la Virgen María: ella es la primera y perfecta consagrada, llevada por el Dios que lleva en brazos; Virgen, pobre y obediente, totalmente entregada a nosotros, porque es toda de Dios. Siguiendo su ejemplo, y con su ayuda maternal, renovad vuestro “fiat“. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón