Pascua de Resurrección

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 24 de abril de 2011

(Hech 10, 34ª.37-43; Sal 117; Col 3.1-4; Jn 20, 1-9)

****

 

“¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya!”. Es la Pascua de la Resurrección del Señor, el Día en que actuó el Señor, día de gozo, de triunfo y de gloria. Cristo ya no está en la tumba, en el lugar de los muertos. Su cuerpo roto, enterrado con premura el Viernes Santo ya “no está aquí”, en el sepulcro frío y oscuro, donde las mujeres lo buscan al despuntar el primer día de la semana. Cristo ha resucitado. El Ungido ya perfuma el universo y lo ilumina con nueva luz.

Porque Cristo ha resucitado podemos cantar: “¿Dónde está muerte tu victoria? ¿Dónde está muerte tu aguijón?”. El autor de la vida ha vencido a la muerte. Alegrémonos, porque Cristo ha resucitado y, en su resurrección, el Padre Dios muestra que ha aceptado el sacrificio de su Hijo y en Él hemos sido salvados. “Muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando restauró la vida”.

¡Cristo vive! Esta es la gran verdad de nuestra fe. Aquel, al “que mataron colgándolo de un madero” (Hech 10, 39) ha resucitado verdaderamente, triunfando sobre el poder del pecado y de la muerte, de las tinieblas y de la angustia. La resurrección de Cristo, hermanos, no es un mito para cantar el eterno retorno de la naturaleza en primavera. Tampoco es una “historia piadosa” nacida de la credulidad de las mujeres o de la profunda frustración de un puñado de discípulos. La resurrección de Jesús es un acontecimiento histórico y real que sucede una sola vez y una vez por todas: El que murió bajo Poncio Pilato, éste y no otro, es el Señor resucitado de entre los muertos: Jesús vive ya glorioso y para siempre.

En Pascua celebramos que Cristo no ha quedado en el sepulcro, que su cuerpo no ha conocido la corrupción. Cristo pertenece al mundo de los vivos, no al de los muertos; nos alegramos porque Él es Alfa y al mismo tiempo Omega, y existe por tanto, no sólo ayer, sino también hoy y por la eternidad (cf. Hb 13, 8).

Pero nosotros vemos la resurrección tan fuera de nuestro horizonte y tan extraña a todas nuestras experiencias, que como los discípulos nos preguntamos: “¿Qué es eso de resucitar de entre los muertos?”. Y ¿qué significa para nosotros, para el mundo y para la historia en su conjunto?

En primer lugar, ¿qué es eso de resucitar de entre los muertos? La resurrección de Cristo no es una vuelta a la vida terrenal, para volver a morir. Es algo totalmente distinto, que está más allá de nuestras coordenadas del espacio y del tiempo. Como dice Benedicto XVI, la resurrección “es –si podemos usar por una vez el lenguaje de la teoría de la evolución– la mayor ‘mutación’, el salto más decisivo en absoluto hacia una dimensión totalmente nueva, que se haya producido jamás en la larga historia de la vida y de sus desarrollos: un salto de un orden completamente nuevo, que nos afecta y que atañe a toda la historia” (Homilía de la Vigilia Pascual de 2006).

¿Qué sucedió en la resurrección? Jesús ya no está en el sepulcro, vive una vida totalmente nueva. Pero, ¿cómo pudo ocurrir eso? No olvidemos que Jesús era Dios y hombre. El hombre Jesús era uno con el Dios vivo; estaba unido totalmente a Dios y formaba con Él una sola persona. Se encontraba, por así decir, en un mismo abrazo con Aquél que es la vida misma; un abrazo que abarcaba y penetraba todo su ser. La vida del hombre Jesús –nos dice Benedicto XVI- “no era solamente suya, era una comunión existencial con Dios y un estar insertado en Dios, y por eso no se le podía quitar realmente. Él pudo dejarse matar por amor, pero justamente así destruyó el carácter definitivo de la muerte, porque en Él estaba presente el carácter definitivo de la vida. Él era una cosa sola con la vida indestructible, de manera que ésta brotó de nuevo a través de la muerte” (ib.).

Estos días hemos recordado que la muerte de Cristo fue un acto de amor, de total entrega por amor al Padre y a la humanidad. En la última Cena, Cristo anticipó su muerte en la Cruz y la transformó en el don de sí mismo. Su comunión existencial con Dios era concretamente una comunión existencial con el amor de Dios, y este amor es la verdadera potencia contra la muerte, es más fuerte que la muerte. La resurrección fue como un estallido de luz, una explosión del amor que desató el vínculo hasta entonces indisoluble del “morir y devenir”. Inauguró una nueva dimensión del ser, de la vida, en la que también ha sido integrada la materia, de manera transformada, y a través de la cual surge un mundo nuevo.

La resurrección del Señor no es un milagro cualquiera del pasado, sin relevancia alguna para nosotros; es algo que afecta a toda la creación. La resurrección de Cristo es un salto cualitativo en la historia de la ‘evolución’ y de la vida en general hacia una nueva vida futura, hacia un mundo nuevo que, partiendo de Cristo, entra ya continuamente en este mundo nuestro, lo transforma y lo atrae hacia sí. Cristo ha resucitado y su resurrección no algo hundido en el pasado.  No: ¡Cristo vive! Su resurrección nos muestra que Dios no ha abandonado a los suyos, a la humanidad, a la creación entera. Con la resurrección gloriosa del Señor todo ha sido recreado, todo adquiere un nuevo sentido: la existencia humana, la historia de la humanidad y el futuro de la creación.

Para que la resurrección del Señor pueda llegar efectivamente hasta cada uno de nosotros y atraer nuestra vida hacia Él y hacia lo alto son necesarios la fe y el bautismo.

La Palabra de Dios de hoy nos invita precisamente a acercarnos a la resurrección del Señor, acogiendo con fe el signo del sepulcro vacío y, sobre todo, el testimonio de “los testigos que él había designado”, a los que se apareció, “con los que comió y bebió después de su resurrección”; a ellos les encargó dar solemne fe y testimonio de su resurrección (cf. Hech, 10, 41-42).

La tumba vacía es un signo esencial, aunque imperfecto, de la resurrección. Algunos, como María Magdalena, ante el hecho del sepulcro vacío, exclamarán: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto” (Jn 20,2). Otros, como Pedro, se contentarán con certificar el hecho de la tumba vacía: “entró en el sepulcro y vio las vendas en el suelo y el sudario con el que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte” (Jn 20,6). Juan, por el contrario, “vio y creyó.  Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos” (Jn 20,8-9).

Para aceptar el sepulcro vacío como signo de su resurrección es necesaria le fe, como Juan; y es necesario el encuentro personal con el Resucitado para superar los miedos a creer, para superar las dudas y la primera incredulidad en la resurrección del Señor, como ocurrió con las mujeres, con los discípulos de Emaús o con Tomás.

La resurrección pide creer personalmente que Cristo vive. También de nosotros se pide un acto de fe en comunión con la fe de los apóstoles, testigos del Señor resucitado; una fe que nos es trasmitida en la comunidad de los creyentes, en la Iglesia. Nuestra fe no es fácil o débil credulidad; se basa en el testimonio unánime y veraz de aquellos que trataron con Él directamente en los cuarenta días que permaneció resucitado en la tierra, como nos recuerda el libro de los Hechos (cf. 10, 39-41). A los testigos se les cree, según la confianza que merecen, según el índice de credibilidad que se les reconoce. Pedro y el resto de los Apóstoles dan testimonio de algo de lo que están convencidos, tan convencidos, que llegarán a dar la vida por ser testigos de Cristo resucitado.

Cristo ha resucitado por todos nosotros y por todos los hombres. El es la primicia y la plenitud de una humanidad renovada. Su vida gloriosa es como un inagotable tesoro, a la que todos estamos invitados y llamados a acoger desde ahora por la fe y por el bautismo.

A los bautizados, nos recuerda San Pablo: “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios…” (Col 3,1). Celebrar a Cristo resucitado significa reavivar la vida nueva del resucitado recibida en la fuente de nuestro bautismo: una vida que es semilla de eternidad; una vida, que, anclada en la tierra, vive, sin embargo, según los bienes de allá arriba, los bienes del Reino de Dios: reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia de amor y de paz. Celebrar a Cristo resucitado nos llama a vivir libres de la esclavitud del pecado y en servicio constante del Dios vivo, presente en los hombres y en la creación resucitada.

Celebrar la Pascua de resurrección es una llamada urgente a avivar nuestra fe y nuestra condición de bautizados. Puede que caminemos por la vida olvidados del Señor, de su Evangelio, de su Iglesia y de nuestro bautismo. Puede que nos limitemos a vivir de tradiciones semivacías, repitiendo lo que otros pensaron e hicieron o recordando cosas que ya poco o nada nos dicen. Quizá nos hayamos quedado en la muerte del Señor el Viernes Santo, sin descubrir que el Señor ha resucitado y está presente en nuestro mundo. Tal vez vivamos con tibieza nuestra fe y nuestra vida cristiana, porque tengamos miedo a creer que Cristo ha resucitado y a vivir como cristianos; puede que nos avergoncemos de Él o puede que vivamos sólo en el presente sin esperanza ante el futuro de eternidad.

Hoy, con toda la Iglesia celebramos el triunfo de la vida de Dios. Hoy podemos afirmar: Cristo está aquí en medio de nosotros y nos habla al corazón. Él está aquí, y nos alimenta con su palabra y con su cuerpo. Él está aquí y nos renueva. Él está aquí y nos envía a ser testigos de su resurrección. La Pascua de Cristo está llamada a prolongarse en la Iglesia y en el mundo, en cada persona y en la sociedad. Es un proceso de lucha contra el mal y de superación de la muerte, porque en Cristo resucitado la Vida ha vencido a la muerte.

Cristo resucitado está aquí y nos dice: “¡Paz a vosotros!” (Jn 20,19.20). Éste primer saludo del Resucitado a sus discípulos se repite hoy al mundo entero. Para todos, especialmente para los pequeños y los pobres, para los enfermos y necesitados. Cristo no desea la paz, la paz verdadera, basada en los sólidos pilares del amor y de la justicia, de la verdad y de la libertad. ¡Que la paz triunfe entre los hombres, los pueblos y las naciones! ¡Que la paz de Cristo habite en nuestros corazones y en nuestras familias! ¡Que el perdón, don del resucitado, derrote y supere nuestra lógica humana de la venganza y de la violencia, del rencor y del odio! Ha resucitado Cristo, Él es nuestra paz y nuestra esperanza. ¡Aleluya!. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

¡Cristo ha resucitado!

Queridos diocesanos:

Es la Pascua de la Resurrección del Señor. Cristo ya no está en el lugar de los muertos. Su cuerpo roto, enterrado con premura el Viernes Santo ya “no está aquí”, en el sepulcro frío y oscuro, donde las mujeres lo buscan al despuntar el primer día de la semana. No. El no está aquí: Ha resucitado. El Ungido ya perfuma el universo y lo ilumina con nueva luz.

¡Cristo ha resucitado! El autor de la vida ha vencido a la muerte. Alegrémonos, pues Cristo ha resucitado y, en su resurrección, Dios muestra que ha aceptado el sacrificio de su Hijo y en Él hemos sido salvados. “Muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando restauró la vida”.

¡Cristo vive! Esta es la gran verdad de nuestra fe. Aquel, al “que mataron colgándolo de un madero” (Hech 10, 39) ha resucitado, triunfando sobre el poder del pecado y de la muerte, de las tinieblas, del dolor y de la angustia. La resurrección de Cristo, no es un mito para cantar lo que siempre sucede: el eterno retorno de la naturaleza en primavera, el proceso interminable de continuadas reencarnaciones o una vuelta a la vida para volver a morir desesperadamente. Tampoco es una “historia piadosa” nacida de la credulidad de las mujeres o de la profunda frustración de un puñado de discípulos. La resurrección de Jesús es un acontecimiento histórico y real, que sucede una sola vez y una vez por todas: El que murió bajo Poncio Pilato, éste y no otro, es el Señor resucitado de entre los muertos: Jesús vive ya glorioso y para siempre.

Hemos de acercarnos a la resurrección del Señor, acogiendo con fe el signo del sepulcro vacío y, sobre todo, el testimonio de personas concretas, a los que se apareció, con los que comió y bebió después de su resurrección; a ellos les encargó dar solemne fe y testimonio de su resurrección (cf. Hech, 10, 41-42).

Como en el caso de los discípulos, la Pascua pide tamben de nosotros un acto de fe en comunión con la fe de los apóstoles, testigos de la resurrección; una fe que nos es trasmitida en la comunidad de sus discípulos, en la Iglesia. La resurrección pide creer personalmente que Cristo vive glorioso, pide el encuentro personal con El en la comunidad de los creyentes. Nuestra fe no es fácil o débil credulidad; se basa en el testimonio unánime y veraz de aquellos que trataron con Él directamente en los cuarenta días que permaneció resucitado en la tierra. A los testigos se les cree, según la confianza que merecen y la credibilidad que se les reconoce. Pedro y el resto de los Apóstoles dan testimonio de algo de lo que están tan convencidos que llegarán a dar la vida por ello.

Cristo Jesús no es una figura del pasado, que nos dejó su recuerdo y su ejemplo. Su resurrección no es un hecho hundido en el pasado y sin actualidad y vigencia para nosotros.  No. ¡Cristo vive! Su resurrección nos muestra que Dios no abandona a los suyos, a la humanidad, a la creación entera. Con la resurrección gloriosa del Señor todo adquiere nuevo sentido: la existencia humana, la historia de la humanidad y el futuro de la creación. Cristo ha resucitado. Y lo ha hecho por todos nosotros y por todos los hombres. El es la primicia y la plenitud de una humanidad renovada. Su vida gloriosa es como un inagotable tesoro, que todos estamos llamados a compartir desde ahora.

Feliz Pascua de Resurrección.
Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Vigilia Pascual

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 23 de abril de 2011

****

 

En esta noche santa, la Vigilia de todas las vigilias, hemos permanecido en oración junto a nuestro Señor, muerto en la Cruz y depositado en el sepulcro. Con toda la Iglesia hemos rezado y esperado, escuchando las Escrituras que recorren toda la historia de la salvación. Hemos contemplado y cantado, al paso de las lecturas, las acciones admirables de Dios en la creación y con su Pueblo elegido a través de todas las etapas de la historia de la salvación. Incluso en las situaciones más difíciles, Dios no abandona nunca a su Pueblo, camina con él y le salva: así ocurrió en el paso del Mar Rojo o en el exilio de Babilonia. En medio de la dificultad está Dios, está su gracia: el aparente hundimiento en el mar era la salvación de Israel y la ruina de sus enemigos; y el exilio era también una larga purificación para retornar a Dios.

También en la oscuridad y en el silencio de esta noche santa irrumpe el resplandor de una luz repentina, con el anuncio de la resurrección del Señor. “No temáis; ya sé que buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí. Ha resucitado como había dicho” (Mt 28,5). Las mujeres habían acudido a ver el sepulcro al alborear el primer día de la semana. Habían vivido los acontecimientos trágicos de la pasión y crucifixión de Cristo en el Calvario; habían experimentado el dolor, la tristeza y el desaliento. Aquella mañana van al lugar donde Jesús había sido enterrado para volverlo a ver y para abrazarlo por última vez. Las empuja el amor. Aquel mismo amor que las llevó a seguirlo por las calles de Galilea y Judea hasta al Calvario. En un instante todo cambia. Jesús “no está aquí, ha resucitado como había dicho”. Este anuncio del ángel cambia su tristeza en alegría.

¡Cristo vive! Aquel, a quien las mujeres creían muerto, está vivo. La muerte ha dado paso a la vida; a una vida gloriosa, a una Vida que no muere más. Cristo “muriendo destruyó la muerte y resucitando restauró la vida” (Prefacio pascual). La claridad del Cirio Pascual, la luz de Cristo, irradia sobre la faz de la tierra y disipa las tinieblas de la noche, las tinieblas del pecado y de la muerte. Esta es “la noche clara como el día, la noche iluminada por el gozo de Dios”.

Sí, hermanos: Cristo ha resucitado y se ha convertido en Luz y Vida para todos. Él es nuestra esperanza, la esperanza de toda la humanidad. Porque en esta noche, la historia santa de Dios con la humanidad, su designio universal de vida y de salvación, iniciada en la creación y preparada en el Pueblo de Israel, llega a su término en Cristo. “Esta es la noche, en que rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo”. La Pascua realiza la nueva creación. En el misterio de la muerte y resurrección de Cristo todo es redimido, todo es recreado, todo se recupera su bondad original, según el designio creador de Dios. Sobre todo el hombre, el hijo pródigo que ha malgastado el bien precioso de su libertad alejándose de Dios por el pecado, recupera su dignidad perdida: ser criatura amada de Dios. “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”.

¡Qué profundas y verdaderas suenan estas palabras en la noche de Pascua! Y que enorme actualidad tienen para el hombre de hoy; un hombre consciente de sus posibilidades de dominio sobre el universo, pero también un hombre tantas veces confuso sobre el sentido auténtico de su existencia, en la cual ya no sabe reconocer las huellas del Creador.

¡Cristo ha resucitado, Aleluya! Estas palabras resuenan con toda su fuerza en esta Vigilia pascual. Nuestra espera y oración se han convertido en canto de alegría en el Aleluya pascual: porque la alegría necesita expresarse y se hace canto: una alegría y un canto destinados a avivar nuestra fe en Cristo resucitado y nuestra condición de bautizados. Una alegría que nos ha de llevar a comunicar a otros la Resurrección del Señor, fuente de luz, de vida y de esperanza para el mundo. Puede que hayamos caminado por la vida soñolientos y olvidados del Señor, de su Evangelio y de su Iglesia; puede que nos hayamos limitado a vivir de tradiciones semivacías, repitiendo lo que otros pensaron e hicieron o recordando cosas que ya poco o nada nos decían. Quizá nos hayamos quedado en el Viernes santo, en la muerte del Señor, o sigamos en el silencio de Dios del Sábado santo, sin descubrir que el Señor ha resucitado, sin percibir su presencia resucitada en nuestro mundo, en sus sacramentos y en su Iglesia. Tal vez vivamos con tibieza nuestra fe, tengamos miedo, como aquellas mujeres, a vivir creer que Cristo ha resucitado, a vivir como cristianos; puede que nos avergoncemos de Él o de confesarnos cristianos, o vivamos sólo en el presente sin esperanza ante el futuro, sin empuje y sin renovación cristiana.

Si así fuere, la Iglesia nos recuerda esta noche nuestra propia condición de bautizados. “Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva” (Rom 6,3).

Hemos sido bautizados “en Cristo” y “en su muerte”, hemos sido “incorporados a Cristo” y “a su muerte”. “Bautizar” significa ‘sumergir’. Así se expresa con toda claridad en el bautismo por inmersión en el agua; el bautismo es nuestra inmersión misteriosa, pero real, en Cristo y en su muerte. En la carta a los Gálatas nos dice el mismo Pablo: “todos los que habéis sido bautizados (inmersos) en Cristo, os habéis vestido de Cristo” (Ga 3,27). Es como si viviéramos dentro del mismo Cristo, muerto y resucitado; Él nos envuelve y nos conforma según su semejanza, nos protege y nos dignifica. Vivimos en Cristo y con Cristo. Los ‘inmersos’ en la muerte de Cristo por el bautismo participan también de la nueva vida que se manifiesta en la resurrección de Cristo. Saliendo del agua significamos esta resurrección a la nueva vida, como va a ocurrir en el pequeño Alejandro, que será bautizado esta Noche Santa.

Lo que muere en el bautismo es nuestro pasado, nuestra esclavitud del pecado y de la muerte eterna. Ahora somos libres para llevar una vida digna de hijos de Dios. La nueva vida ha de acreditarse en una buena conducta moral hasta que la Resurrección triunfe definitivamente en la vida eterna. Lo que ya ha sucedido, es decir, nuestra participación en la muerte de Cristo por el bautismo, y lo que todavía ha de suceder, esto es, la resurrección de nuestra carne como triunfo final sobre el pecado y la muerte, el pasado y el futuro, se encuentran implicados en el presente de la existencia cristiana: radicalmente salvados, caminamos aún hacia la consumación de nuestra propia redención.

Somos peregrinos, hay ante nosotros un camino, el de Dios en Cristo, siguiendo sus senderos, sus mandamientos. La nueva vida que hemos recibido en el bautismo posibilita y pide seguir estos mandatos. Dejemos lo que de viejos y pecadores tenemos, y vivamos “para Dios en Cristo Jesús”. Dejémonos resucitar con Cristo. Esto es mucho más que esperar el ‘más allá’. Es vivir ahora como Cristo, compenetrados por su Evangelio, desnudados de los criterios de este mundo, revestidos de santidad, es decir “viviendo en Cristo”.

Dentro de unos instantes, renovaremos las promesas de nuestro Bautismo. Volveremos a renunciar a Satanás y a todas sus obras y seducciones para seguir firmemente a Dios y sus planes de salvación. El amor de Dios nos despierta esta noche. Nos recuerda el misterio de nuestra propia vida, que se ilumina con nuevo resplandor en su presencia bautismal. Puestos en pie, unidos en la fe, la esperanza y el amor de nuestro Señor Jesucristo, renovaremos una vez más nuestras promesas bautismales.

Especial resonancia tiene esta renovación para vosotros, hermanos y hermanas de la segunda Comunidad del Camino Neocatecumenal de la Trinidad de Castellón y la primera del Carmen de Onda en esta última etapa de vuestro camino. Vuestras túnicas blancas de lino son signo de la nueva vida bautismal del cristiano, que acepta ser golpeado y triturado por la gracia de Dios como el lino para extraer la fibra para su confección. En vuestros escrutinios habéis visto de dónde procedías: de un mundo de destrucción, alejados del amor de Cristo por el pecado; pero también habéis experimentado el amor de Dios en Cristo, que os ha re-creado haciendo de vuestra propia historia una historia de salvación.

Vuestras vestiduras blancas nos recuerdan que estáis (y estamos) revestidos con los nuevos indumentos de Dios, por el Bautismo. Estas vestiduras son un proceso que dura toda la vida. Lo que ocurre en el Bautismo es el comienzo de un camino que abarca toda nuestra existencia, que nos hace capaces de eternidad, de manera que con el vestido de luz de Cristo podamos comparecer en presencia de Dios y vivir por siempre con él.

Renovemos las promesas bautismales. Renunciemos, digamos “no” al demonio, a sus obras y a sus seducciones. Quitémonos las ‘viejas vestiduras’ con las que no se puede estar ante Dios. Esta ‘vestiduras viejas’ son, como nos recuerda Pablo en Carta a los Gálatas, las “obras de la carne”. Es decir: “fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, contiendas, celos, rencores, rivalidades, partidismo, sectarismo, envidias, borracheras, orgías y cosas por el estilo” (Ga 5,19ss.). Estas son las vestiduras que hemos de dejar: son vestiduras del pecado y de la muerte, impropias de todo bautizado.

Revistámonos de la ‘vestiduras’ de Cristo. Confesemos nuestra fe y que esta dé nueva orientación a nuestra vida. Dejemos que Dios nos vista con el vestido de la vida. Pablo llama a estas nuevas “vestiduras” de Dios, “fruto del Espíritu”: Y son: “Amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí” (Ga 5, 22).

Sostenidos por la fuerza del Espíritu Santo, perseveremos en nuestra fidelidad a Cristo y proclamemos con valentía su Evangelio. Que María, testigo gozoso de la Resurrección, nos ayude a todos a caminar “en una vida nueva”; que haga de cada uno de nosotros “hombres nuevos”, personas que “viven para Dios, en Jesucristo” (Rm 6, 4.11). Amén.
+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Celebración Litúrgica del Viernes Santo

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 22 de abril de 2011

(Is 52,13 – 53,12; Sal 30; Hb 4,14-16; 5,7-9; Jn 18,1 – 19,42)

****

 

La contemplación de la pasión de nuestro Señor Jesucristo, hecha en el ambiente sagrado de este día, nos adentra en la celebración litúrgica del Viernes santo. Hemos recordado y acompañado a Jesús en los pasos de su vía dolorosa hasta la Cruz. El Señor es traicionado por Judas; asaltado, prendido y maltratado por los guardias; es negado por Pedro y abandonado de todos sus apóstoles, menos por Juan; una vez, condenado por pontífices y sacerdotes indignos, juzgado por los poderosos, soberbios y escépticos es azotado, coronado de espinas e injuriado por la soldadesca; luego es conducido como reo que porta su cruz hasta el lugar de la ejecución; y, por fin, crucificado, levantado en alto, muerto y sepultado.

En la Cruz contemplamos el ‘rostro doliente’ del Señor. El es ‘siervo paciente’, el ‘varón de dolores’, humillado y rechazado por su pueblo. En la pasión y en la cruz contemplamos al mismo Dios, que asumió el rostro del hombre, y ahora se muestra cargado de dolor. En la cruz se nos manifiesta el rostro de Dios.

Cuando el Apóstol Felipe dijo a Jesús: “Señor, muéstranos al Padre”, él respondió: “Hace tanto tiempo que estoy con vosotros, ¿y no me conoces…? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn 14, 8-9). También cuando lleva la cruz y cuando muere en ella, Jesús sigue siendo el Hijo de Dios Padre, una misma cosa con él. Mirando su rostro desfigurado por los golpes, la fatiga, el sufrimiento interior, vemos el rostro del Padre. Más aún, precisamente en ese momento, la gloria de Dios, su luz demasiado fuerte para el ojo humano, se hace más visible en el rostro de Jesús. Aquí, en ese pobre ser que Pilato ha mostrado a los judíos, esperando despertar en ellos piedad, con las palabras “Aquí lo tenéis” (Jn 19, 5), se manifiesta la verdadera grandeza de Dios, la grandeza misteriosa que ningún hombre podía imaginar.

Dios sufre en su Hijo Jesús. Es el dolor provocado por el pecado, por el desprecio de su amor. No sufre por su pecado personal, pues es absolutamente inocente; sino por la tragedia de mentiras y envidias, traiciones y maldades que se echaron sobre él, para condenarlo a una muerte injusta y horrible. El carga hasta el final con el peso de los pecados de todos los hombres y de todo sufrimiento humano. Con su muerte redime al mundo. Jesús mismo había anunciado: “El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por la multitud” (Mc 10,45).

En Jesús crucificado se revela no sólo la grandeza de Dios; también se muestra otra grandeza: la nuestra; la grandeza que pertenece a todo hombre por el hecho mismo de tener un rostro y un corazón humano. Escribe san Antonio de Padua: “Cristo, que es tu vida, está colgado delante de ti, para que tú te mires en la cruz como en un espejo… Si te miras en él, podrás darte cuenta de cuán grandes son tu dignidad… y tu valor… En ningún otro lugar el hombre puede darse mejor cuenta de cuánto vale, que mirándose en el espejo de la cruz” (Sermones Dominicales et Festivi III, pp. 213-214). Sí. Jesús, el Hijo de Dios, ha muerto por ti y por mí, por cada uno de nosotros. De este modo nos ha dado la prueba concreta de cuán grandes y cuán valiosos somos a los ojos de Dios, los únicos ojos que, superando todas las apariencias, son capaces de ver en profundidad la realidad de las cosas, nuestra propia realidad.

Cristo sufre y muere no por otra razón sino “por nuestros pecados” (1Co, 15,3) y “por nosotros”: a causa de nosotros, a favor nuestro y en lugar de nosotros. Contemplando este ‘rostro doliente’, nuestro dolor se hace más fuerte, porque el rostro de Jesús padeciendo en la cruz, asume y expresa el dolor de muchos hermanos, que hoy padecen angustia y desconcierto, en parte por sus pecados, pero mucho más aún por los pecados de los demás, por las violencias y por los egoísmos humanos, que los aprisionan y esclavizan.

Y en la oscuridad de la Cruz rompe la luz de la esperanza. “Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho”. El Siervo de Dios, aceptando su papel de víctima expiatoria, trae la salvación y la justificación de muchos. En la Cruz, “Dios estaba reconciliando consigo al mundo” (2 Cor 5, 19). La Cruz, a la vez, que descubre la gravedad del pecado, nos manifiesta la grandeza del amor de Dios y la grandeza del ser humano para Dios: Él mismo quiere librarnos de cualquier pecado y de la muerte. Desde aquella cruz, padeciendo el castigo que no merecía, el Hijo de Dios mostró la grandeza del corazón de Dios, y su generosa misericordia; y exclama: “!Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!”.

La salvación es la liberación del hombre de sus pecados, males y miserias, y la reconciliación con Dios. La salvación es fruto del amor infinito y eterno de Dios. Porque sólo el amor infinito de Dios hacia los hombres pecadores es lo que salva; el amor de Dios es la única fuerza capaz de liberar, justificar, reconciliar y santificar. Pero el amor de Dios requiere ser acogido; el amor del Amante espera de la respuesta del amado, para entregarse y darse totalmente a sí mismo con todo cuanto tiene. Sin esa respuesta, no se produce, la obra del amor; se detiene a la puerta.

Por eso, para vivir con esperanza y como hombres nuevos, es necesario mirar, contemplar y acoger en nuestro corazón a Jesucristo en su pasión y en la Cruz; seguirle en aquellas horas amargas, que son las más decisivas de la historia de la humanidad. Ha llegado su hora, la hora de la verdad. Y las últimas palabras que Jesús dice y nos deja en la Cruz son expresión de su última y única voluntad, la que siempre tuvo y animó su existencia terre­na: hacer lo que Dios quiere, hacer la voluntad del Padre, Dios. Esto es, amar hasta el extremo para rescatar a los hombres de los poderes del pecado y de la muerte. Mirémoslo ahí, clava­do y suspendido del leño; mirémoslo como cordero degollado; mirémoslo ensangrenta­do y exangüe. Y todo ello por nosotros, por todos.

¿Hay acaso un amor más grande? Ahí nos revela todo el secreto de su persona y de su vida, ahí nos desvela el secreto de Dios: el secreto de un amor infinito que se entrega todo por nosotros para que tengamos vida, vida plena y eterna.

Contemplemos y adoremos con fe la Cruz de Cristo. Miremos al que atravesaron, y al que atravesamos. Miremos a Cristo: contemplemos su sufrimiento causado por el pecado, por la crueldad e injusticia humana. Contemplemos en la Cruz a los que hoy están crucificados, a todas la victimas de la maldad humana, a los que sufren y tienen que cargar con su cruz. Miremos el pecado del mundo, reconozcamos nuestros propios pecados, con los que Cristo tiene hoy que cargar.

Contemplemos y adoremos la Cruz: Es la manifestación del amor misericordioso de Dios, la expresión del amor más grande, que da la vida para librarnos de muerte. Si abrimos nuestro corazón a la Cruz, sinceramente convertidos y con verdadera fe, el amor de Dios nos alcanzará. Y el Espíritu de Dios derramará en nosotros el amor y podremos alcanzar la salvación de Dios.

Al pie de la cruz la Virgen María, unida a su Hijo, pudo compartir de modo singular la profundidad de su dolor y de su amor. Nadie mejor que ella nos puede enseñar a amar la Cruz. A ella encomendamos en especial los que avergüenzan de la cruz y de su condición de cristianos, a los pecadores y a todos los que sufren a causa de su pecado, del egoísmo, la injusticia o la violencia. A ella encomendados a los enfermos y a los cristianos perseguidos a causa de su fe en la Cruz. Porque, los cristianos “no podemos gloriarnos sino en la Cruz de Cristo”. ¡Salve, Oh Cruz bendita, nuestra única esperanza! Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

 

Jueves Santo: Misa “In Cena Domini”

Segorbe, S.I.Catedral-Basílica, 21 de abril de 2011

(Ex 12,1-8.11-14; Sal 115; 1 Co 11,23-26; Jn 13,1-15).  

****

 

Es Jueves Santo. Para los cristianos este día, esta Misa en la Cena del Señor tiene resonancias muy especiales, con una gran riqueza y un significado muy denso. Jueves Santo es el día del Amor: un Amor que se hace entrega hasta el extremo y lleva a Jesús a dejarnos el mayor y mejor tesoro que posee la comunidad de los creyentes: la Eucaristía e indisolublemente unido a ella, el don del ministerio sacerdotal, que hace posible que se perpetúe en la historia la celebración de la Eucaristía. Jueves Santo nos habla del Amor, que se hace servicio, en el ejemplo inigualable del Lavatorio de los Pies. Jueves Santo nos habla del Amor, que se hace testamento para quienes siguen a Jesús.

En la tarde de Jueves Santo entramos en la celebración de la Pascua de Cristo, que constituye el momento dramático y conclusivo de su existencia terrenal. Nos trasladamos espiritualmente al Cenáculo y contemplamos a Jesús, el Hijo de Dios, que vino a nosotros no para ser servido, sino para servir, y tomó sobre sí los dramas y las esperanzas de los hombres de todos los tiempos.

Jesús se ha reunido con sus Apóstoles para celebrar con ellos “la Pascua (la fiesta) en honor del Señor” (Ex 12, 11), que conmemora ‘el paso del Señor’ para liberarlo de la esclavitud de Egipto y establecer su Alianza con su Pueblo. Jesús elige la celebración de la Pascua judía para liberar a la humanidad de la esclavitud del pecado y para establecer la nueva y definitiva Alianza. Él es el ‘verdadero cordero sin defecto’, inmolado y consumado por la salvación del mundo, para la liberación definitiva del pecado y de la muerte, mediante su muerte y resurrección, mediante su paso de la muerte a la vida: El es nuestra Pascua.

Y Jesús “sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1). Durante la Cena, Jesús bendice y parte el pan, luego lo distribuye a los Apóstoles, diciendo: “Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros”; lo mismo hace con el cáliz: “Esta es mi sangre”. Aquel pan es transformado milagrosamente en el Cuerpo de Cristo, y aquel vino es convertido en la sangre de Cristo: ambos son ofrecidos por Jesús en aquella noche, como anuncio y anticipo de la entrega de su cuerpo y del derramamiento de su sangre en la Cruz. Es el testimonio de un amor llevado “hasta el extremo” (Jn 13, 1). Es Cristo-Víctima que se entrega libremente por el hombre caído, para que éste adquiera la verdadera libertad, la verdadera vida, la vida en Dios

Pero más hermoso aún es el motivo: el amor. Él mismo cumple el mandamiento del amor más grande: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). De Dios sabemos que es Amor porque Cristo nos lo ha dicho y mostrado. Pero es necesario mirar al Hijo de Dios para saber cómo es el amor de Dios. Porque no todo lo que se dice amor es amor de Dios ni todo que se vende como amor es lícito; no todo amor construye ni todo amor salva. El amor que salva es el de la Cruz: la donación total de sí mismo, el amor que da la propia vida.

Haced esto en conmemoración mía”, dice Jesús a los Apóstoles (1 Co 11, 24-25). Con este mandato, Jesús instituye la Eucaristía, el sacramento que perpetúa su ofrenda por todos los tiempos. Siguiendo el mandato de Jesús, en cada santa Misa actualizamos este mandato del Señor, actualizamos su sacrificio en la cruz y su resurrección, actualizamos su Pascua. El sacerdote se inclina sobre los dones eucarísticos, para pronunciar las mismas palabras de Cristo “la víspera de su pasión”. Con Él repite  sobre el pan: “Este es mi cuerpo, que se entrega por vosotros” y luego sobre el cáliz: “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre” que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados (cfr. 1 Co 11, 24-25).

Desde aquel primer Jueves santo, la Iglesia actualiza sacramental, pero realmente en cada Eucaristía el misterio pascual de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo para el perdón de los pecados y la reconciliación con Dios. La Eucaristía es así manantial de vida y de comunión con Dios y fuente de comunión con los hermanos. Desde aquel jueves Santo, la Iglesia, que nace del misterio pascual de Cristo, vive de la Eucaristía; se deja revitalizar y fortalecer por ella, y sigue celebrándola hasta que vuelva su Señor. Por ello, después de la consagración nos unimos a la aclamación del sacerdote: ‘Este es el Misterio de nuestra fe’, con las palabras: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor, Jesús!’.

La Eucaristía es el centro y la fuente de la vida de la Iglesia y de todo cristiano. Sin la Eucaristía no podemos vivir, ni como Iglesia  ni como cristianos. Es el Sacramento por excelencia que constituye a la Iglesia en su realidad más auténtica y profunda: ser signo eficaz de comunión con Dios y, en él, de la unidad de todo el género humano. No hay Iglesia sin Eucaristía, como tampoco hay cristianos, que quieran vivir la nueva vida bautismal, sin participar frecuente y fructuosa en la Eucaristía. Comulgando a Cristo-Eucaristía nos unimos realmente a Él, y en Él con el Padre y el Espíritu y con quienes igualmente comulgan el Cuerpo y la Sangre del Señor. Todo cristiano, que quiera permanecer vitalmente unido a Cristo, como el sarmiento a la vid, ha de participar con frecuencia en la Eucaristía y ha de hacerlo plenamente acercándose a la comunión.

Ahora bien: el mismo San Pablo nos recuerda la dignidad con que debe ser tratado este sacramento por parte de cuantos se acercan a recibirlo. “Examínese cada uno a sí mismo antes de comer el pan y beber el cáliz, porque el que come y bebe sin apreciar el cuerpo, se come y bebe su propia condenación’ (1 Cor. 11,28). Antes de comulgar es necesario examinarse y reconciliarse con Dios en el sacramento de la Penitencia antes de comulgar, si se tiene conciencia de pecado grave. Tenemos que poner mucho empeño en recibir la Eucaristía, y hacerlo en estado de gracia. De lo contrarío, la vida se tornará en muerte.

Al recordar y agradecer la tarde del Jueves santo el don de la Eucaristía, recordamos y agradecemos también el don del sacerdocio ordenado. “Haced esto en conmemoración mía”. Estas palabras de Cristo, aunque dirigidas a toda la Iglesia, son confiadas, como tarea específica, a los Apóstoles y a quienes continúan su ministerio. A ellos, Jesús les entrega la potestad de hacer en su nombre lo que Él acaba de realizar, es decir de transformar el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre. Cristo quiere que, desde este momento en adelante, su acción sea sacramentalmente también acción de la Iglesia por las manos de los sacerdotes. Diciendo “haced esto” instituye el sacerdocio ministerial, esencial y necesario para la misma Iglesia. “No hay Eucaristía sin sacerdocio”. La Eucaristía, celebrada por los sacerdotes, hace presente en toda generación y en cualquier rincón de la tierra la obra de Cristo. Hoy se vuelve a sentir, entre el pueblo creyente, la necesidad de sacerdotes. Pero sólo una Iglesia enamorada de la Eucaristía engendra, a su vez, santas y numerosas vocaciones sacerdotales. Y lo hace mediante la oración y el testimonio de santidad de vida, dado a las nuevas generaciones.

En esta celebración repetiremos el gesto de Jesús hizo al comienzo de la Última Cena: el lavatorio de los pies. Al lavar los pies a los Apóstoles, el Maestro les propone una actitud de servicio como norma de vida: “Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, siendo vuestro Señor y Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn 13, 13-14). Jesús nos invita a imitarle: “Os he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con vosotros, también lo hagáis vosotros” (Jn 13, 15). De este modo establece una íntima relación entre la Eucaristía y el mandamiento del amor. No se puede separar la participación en la mesa del Señor del deber de amar al prójimo. Cada vez que participamos en la Eucaristía, nos comprometemos a hacer lo que Cristo hizo, ‘lavar los pies’ de nuestros hermanos, transformándonos en imagen concreta de Aquel que “se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo” (Flp 2, 7).

El mandamiento del amor es la herencia más valiosa que Jesús nos deja a los cristianos. Su amor, compartido por sus discípulos, es lo que esta tarde se ofrece a la humanidad entera. Jesús instituye la Eucaristía como manantial inagotable del amor. En ella está escrito el mandamiento nuevo: el mandamiento del amor: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros, como yo he amado” (Jn 13, 34). En la hora del Banquete eucarístico, Cristo afirma la necesidad del amor, hecho entrega y servicio desinteresados. “El Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos”  (Mc 10, 45). El amor alcanza su cima en el don de la propia persona, sin reservas, a Dios y a los hermanos, como el mismo Señor. El Maestro mismo se ha convertido en un siervo, y nos enseña que el verdadero sentido de la existencia es la entrega desinteresada y el servicio por amor. El amor es el secreto del cristiano para edificar un nuevo mundo, cuya razón de ser no nos puede ser revelada sino por Dios mismo.

Jueves Santo es, por ello, el día del Amor fraterno. Después de ver y oír a Jesús, después de haber comulgado el sacramento del amor, después de habernos unido realmente con Él en la comunión, salgamos de esta celebración con el ánimo y las fuerzas renovadas para trabajar por unas relaciones humanas más fraternas. Esto comienza con el prójimo y con el necesitado, que está nuestro lado. Nuestro mundo esta necesitado de amor, del amor que nos viene de Dios por Cristo en la Eucaristía. Necesitamos derrumbar las barreras de la exclusión y de la crispación, del egoísmo y del odio para que triunfe el amor en nuestro mundo. Hoy Jesús nos dice a nosotros como dijo a sus discípulos: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?”. Merece acoger su palabra, seguirle y trabajar por el amor fraterno, servicial y entregado. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Misa Crismal

I. Catedral-Basílica de Segorbe, 18 de abril de 2011

(Is 61,1-3ª.6ª.8b-9; Sal 88; Ap 1,5-8; Lc 4,16-21)

****

 

En nombre de Jesucristo, “el testigo fiel”, (Ap 1,5) os deseo a todos la gracia y la paz. Os saludo a los sacerdotes, diáconos, religiosos y fieles laicos, venidos de toda la Diócesis hasta la iglesia madre de la Diócesis para esta Misa Crismal. Cristo mismo es quien nos ha convocado y ahora se hace presente en medio de nosotros por su Palabra y, sobre todo, por la actualización de su misterio pascual en la Eucaristía.

Nuestra celebración de hoy, en la que consagramos el santo Crisma y bendecimos los santos óleos de catecúmenos y de enfermos, nos recuerda que somos, el “pueblo sacerdotal santificado por los sacramentos y enviado a difundir por el mundo el suave aroma de Cristo, el Salvador” (Juan Pablo II, Carta a los sacerdotes con ocasión del Jueves Santo 2004, 1). Cristo Jesús, el Ungido y el Salvador, está en el centro de nuestra celebración como lo está en el centro de nuestra fe y de nuestra vida, personal y comunitaria: a El estamos todos referidos en nuestro ser y en nuestro actuar.

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido” (Lc 4, 18). Con el signo de la unción, ya en la antigua alianza, Dios mismo encomienda la misión profética, sacerdotal y real a los hombres que ama y elige; con este signo hace visible su bendición para el cumplimiento del encargo que les confía.

Los ungidos en la antigua alianza, lo fueron con vistas a Cristo, el único y definitivo ‘Consagrado’, el ‘Ungido’ por excelencia. Jesús, el Hijo de Dios Padre es el Ungido por el Espíritu Santo y enviado al mundo “para dar la Buena noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor” (Lc 4, 18-19). Así lo confirma el mismo Jesús: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír” (Lc 4, 21): Él es el ‘Ungido’, el ‘Consagrado’, al que alude el profeta Isaías. En él se cumple la promesa del Padre.

De la unción de Cristo, único Sumo sacerdote y único Mediador entre Dios y los hombres, participamos todos los miembros de la Iglesia por nuestro bautismo. Cristo Jesús, “nos amó, nos ha librado de nuestros pecados, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre” (Ap 1, 5-6). Así lo hemos proclamado en la segunda lectura. El mismo Señor, Sumo y Eterno Sacerdote, ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes. Todo sacerdocio en la Iglesia es una participación del sacerdocio único de Cristo.

Todos los bautizados hemos sido ungidos y consagrados en nuestro bautismo como casa espiritual y sacerdocio santo para ofrecer, a través de las obras propias del cristiano, sacrificios espirituales. Todos los cristianos estamos llamados por la gracia bautismal a vivir nuestra existencia como oblación a Dios mediante la participación en la Eucaristía y en los sacramentos, en el testimonio de una vida santa, en la abnegación y en la caridad activa (cf. LG 10).

En otro nivel, el Señor ha hecho un reino de sacerdotes de nosotros, los sacerdotes, ordenados para ser ministros; es decir, servidores que pastorean al pueblo sacerdotal y ofrecen en su nombre el sacrificio eucarístico a Dios en la persona de Cristo (cf. LG 10). Por una unción singular que afecta a todo nuestro ser personal y cristiano, hemos quedado configurados y capacitados para poder realizar “como representantes de Cristo el sacrificio eucarístico” y de ofrecerlo “a Dios en nombre de todo el pueblo” (LG 10); somos los instrumentos del amor misericordioso de Dios y de la gracia redentora de Cristo. Por el sacramento del orden compartimos de una forma especial el sacerdocio de Cristo. En su nombre somos pastores y maestros en su Iglesia, renovamos el sacrificio de la redención, preparamos para el banquete pascual, presidimos al pueblo santo en el amor, lo alimentamos con la Palabra y lo fortalecemos con los sacramentos. Somos servidores del sacerdocio bautismal de todo el pueblo de Dios.

Al recordar hoy, cercano ya el Jueves Santo, nuestra ordenación presbiteral renovamos juntos y con el frescor y la alegría del primer día nuestras promesas sacerdotales. Con viva emoción hacemos memoria del don recibido de Cristo. ¡Avivemos nuestra conciencia y nuestra gratitud por la inmensa riqueza del don de nuestro sacerdocio! ¡Renovemos nuestro compromiso de amor contraído con Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote y con los hermanos! ¡Reconozcamos la inigualable novedad del ministerio y misión a la que servimos! Somos los ministros de la gracia del Espíritu Santo que Cristo ha enviado al mundo para la salvación de todos desde la Cruz.

“El Espíritu me ha enviado para proclamar el año de gracia del Señor” (Is 61,2). Estas palabras tienen un eco especial en este año en que nuestra Iglesia diocesana quiere cuidar especialmente la Eucaristía. La gracia del Señor es la vida divina, que llega a nosotros de un modo singular a través de la Eucaristía, de la cual Él nos ha hechos ministros. La más profunda verdad de nuestro sacerdocio se concentra, expresa y culmina en el momento en que el ministro ordenado “in persona Christi” consagra el pan y el vino, repitiendo los gestos y las palabras de Jesús en la Última Cena. Y lo hacemos en su nombre y en su lugar, en primera persona. “Esro es mi Cuerpo, que será entregado” y “esta es mi sangre, que será derramada”.

Celebremos cada día con fe viva y devoción profunda la Eucaristía. Hagamos de las palabras de la consagración una ‘fórmula de vida’, que conforme nuestro espíritu y nuestra mente, nuestro corazón y nuestro estilo de vida sacerdotal. Ellas nos enseñan a vivir con un espíritu de gratitud y de acción de gracias a Dios por el don del sacerdocio. Con frecuencia nos abruman y entristecen la apatía religiosa de nuestros fieles y de nuestra sociedad, las cruces en nuestro ministerio y la aparente ineficacia de nuestra acción pastoral. En la escuela de la Eucaristía aprenderemos a vivir con alegría y gratitud el don recibido. Aprendamos de Cristo a entregar nuestra propia vida hasta el extremo, haciéndonos don entregado a Él y a la comunidad cristiana; así se fortalecerán también la obediencia a Dios y a aquellos que él ha puesto al frente de su Iglesia, la pobreza y el celibato prometidos en nuestra ordenación. Acojamos la salvación y el perdón que proclamamos en nuestra vida; la credibilidad de nuestra predicación del amor y del perdón se ve contradicha y afectadas con las rencillas, las enemistades o los rencores. Acojamos la salvación y el perdón que proclamamos en nuestra vida para que la nuestra sea una existencia salvada; ello nos llevará a salir a los caminos de la vida para llevar a todos los hombres a Cristo, también a los alejados e indiferentes. En la Eucaristía, memorial del sacrificio redentor de Cristo, aprendamos a hacer de nuestra existencia una memoria permanente de Cristo, que esté consagrada y orientada a Él tras los pasos de María.

De la vivencia fiel, amorosa y constante de las palabras de la consagración depende la frescura de nuestro aliento espiritual y eclesial, el ardor de nuestra caridad pastoral, la entrega al servicio de los hermanos y, por supuesto, nuestra entrega misionera. En una palabra: de ella depende el que podamos y logremos ser los testigos de una renovada esperanza para los hombres de nuestro tiempo. Nuestro mundo necesita a Dios, necesita a Cristo, “el que es, el que era, el que viene” (Ap 1,8)

¿Estaremos dispuestos a vivir nuestro sacerdocio, participando con toda nuestra existencia personal en la ofrenda sacerdotal de Cristo, el Sumo y Eterno Sacerdote? Merece la pena, queridos hermanos sacerdotes. Reanudemos de nuevo el camino emprendido en nuestra ordenación. Experimentemos y saboreemos, día a día, en la Eucaristía la sintonía de nuestro corazón de sacerdotes con el de Cristo. Merece la pena. Es posible y es bello procurar y vivir sin desmayo esa íntima y plena identificación con Él en la comunión de la Iglesia y del presbiterio diocesano. Pongamos cada uno nuestro grabo de arena para vivir una verdadera fraternidad sacerdotal. Es necesaria la cercanía humana, el aprecio y el aliento de los hermanos, especialmente de los superiores. Pero el manantial inagotable para nuestro ministerio es Cristo, hecho Eucaristía. Celebremos siempre con fervor la Santa Eucaristía. Entremos en la ‘escuela de la Eucaristía’. Como tantos otros sacerdotes, antes de nosotros, encontraremos en ella el consuelo prometido por Jesús la noche de la última Cena, el secreto para vencer la soledad, el apoyo para soportar nuestros sufrimientos, el alimento para retomar el camino después de cada desaliento, la energía interior para confirmar la propia elección de fidelidad. Confiemos nuestro ministerio y nuestra fidelidad a la Santísima Virgen, su Madre Inmaculada, la Madre de la Iglesia, nuestra Madre.

Nuestra Iglesia diocesana necesita sacerdotes santos, testigos Cristo y de su Evangelio y pastores según su corazón. Nosotros, queridos sacerdotes, estamos implicados en primera persona en la pastoral vocacional: somos servidores del resto de las vocaciones del pueblo santo de Dios. La gente tiene derecho a dirigirse a los sacerdotes con la esperanza de ser ayudados en la escucha y en el discernimiento de la llamada del Señor. “Tienen necesidad de ello particularmente los jóvenes, a los cuales Cristo sigue llamando para que sean sus amigos y para proponer a algunos la entrega total a la causa del Reino. No faltarán ciertamente vocaciones si se eleva el tono de nuestra vida sacerdotal, si fuéramos más santos, más alegres, más apasionados en el ejercicio de nuestro ministerio. Un sacerdote ‘conquistado’ por Cristo (cf. Flp 3,12) ‘conquista’ más fácilmente a otros que se deciden a compartir la misma aventura” (Juan Pablo II, “Carta a los sacerdotes”, Jueves Santo de 2005, 5). Cierto que esta tarea incumbe a todos: padres y familias cristianas, catequistas, profesores de religión y toda la comunidad; pero también y de modo especial a nosotros, Obispo y sacerdotes.

Hermanos y hermanas en el Señor: demos gracias a Dios por nuestro sacerdocio bautismal y por el sacerdocio ordenado. Oremos a Dios por nuestros sacerdotes para que sean santos y pastores según su corazón. Roguemos al Dueño de la mies para que no falten santos sacerdotes en su Iglesia de Segorbe-Castellón. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Domingo de Ramos

17 de abril de 2011

(Is 50,4-7; Sal 21; Filp 2,6-11; Mt26, 14-27, 66)

****

 

Con el Domingo de Ramos en la Pasión del Señor comienza la Semana Santa: un año más nos disponemos a celebrar los misterios santos de nuestra redención: la pasión, muerte y resurrección del Señor.

“¡Hosanna, el Hijo de David!” y “¡Crucifícalo!” son las dos palabras, que sintetizan la celebración de este Domingo. En la procesión hemos salido al encuentro del Señor con cantos y con palmas en nuestras manos. Hemos revivido lo que sucedió aquel día, en que Jesús, en medio de la multitud que le aclama como Mesías y Rey, entra triunfante en Jerusalén montado en un pollino. Tras la procesión de palmas nos hemos adentrado en la celebración de la Eucaristía, en que se actualiza la pasión y muerte en cruz de Cristo, que hemos proclamado en el relato de la Pasión, este año según San Mateo.

La Palabra de Dios fija nuestra atención en Aquel que va a ser el centro de cuanto vamos a celebrar en estos días santos. Cristo Jesús, el Mesías, el Hijo de Dios, fiel a la voluntad del Padre y por un amor infinito hacia la humanidad, sigue el camino que le llevará a la cruz con el fin de abrirnos las puertas del Amor de Dios y de la Vida.

Jesús se entrega voluntariamente a su pasión; no va a la cruz obligado por fuerzas superiores a él, sino por amor obediente a la voluntad del Padre y amor hecho entrega total a la humanidad. “Cristo se humilló, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Flp 2, 8). Escrutando la voluntad del Padre, Jesús comprende que ha llegado su hora, y la acepta con la obediencia libre del Hijo y con infinito amor a los hombres. Jesús va a la cruz por nosotros; él lleva nuestros pecados a la cruz, y nuestros pecados le llevan a la cruz: fue triturado por nuestras culpas, nos dice Isaías (cf. Is 53, 5). El proceso y la pasión de Jesús continúan en el mundo actual; lo renueva cada persona que, pecando, rechaza a Cristo y su amor, y prolonga así el grito de aquella gente amotinada: “No a éste, sino a Barrabás. ¡Crucifícalo!”.

Al contemplar a Jesús en su pasión, vemos en él los sufrimientos de toda la humanidad. Cristo, aunque no tenía pecado alguno, tomó sobre sí lo que el hombre no podía soportar: la injusticia, las mentiras, las violencias, los adulterios, el pecado, el odio, el sufrimiento y, por último, la muerte. En Cristo, el Hijo del hombre humillado y sufriente, Dios acoge, ama y perdona a todos. En la cruz, Dios restablece la comunión con los hombres y de los hombres entre sí, y da de este modo el sentido último a la existencia humana. No somos fruto del azar; somos creaturas del amor de Dios y estamos llamados a su amor. La cruz es el abrazo definitivo de Dios a los hombres. Desde ese abrazo de Cristo en la cruz lo más hondo del misterio del hombre ya no es su muerte, sino la Vida sin fin en el amor de Dios. La cruz ha roto las cadenas de nuestra soledad y de nuestro pecado; la cruz ha destruido el poderío del pecado y de la muerte. Desde la pasión del Hijo de Dios, la pasión del hombre ya no es la hora de la derrota, sino la hora del triunfo: el triunfo del amor infinito de Dios sobre el pecado y sobre la muerte.

La Semana Santa nos invita a acoger este mensaje de la cruz. Al contemplar a Jesús, el Padre quiere que aceptemos seguirlo en su pasión, para que, reconciliados con Dios en Cristo, compartamos con El la resurrección.

Cristo por nosotros se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el nombre que está sobre todo nombre” (Flp 2,9). Estas palabras del apóstol san Pablo expresan nuestra fe: la fe de la Iglesia. La Semana Santa nos sitúa de nuevo ante Cristo, vivo en su Iglesia. El misterio pascual, la pasión, muerte y resurrección, que revivimos durante estos días, es siempre actual. Todos los años, durante la Semana santa, se renueva la gran escena en la que se decide el drama definitivo, no sólo para una generación, sino para toda la humanidad y para cada persona. Nosotros somos hoy contemporáneos del Señor. Y, como la gente de Jerusalén, como los discípulos y las mujeres, estamos llamados a decidir si lo acogemos y creemos en él o no, si estamos con él o contra él, si somos simples espectadores de su pasión y muerte o, incluso, si le negamos con nuestras palabras, actitudes y comportamientos.

 Como cada año, estos días santos quieren conducirnos a la celebración del centro de nuestra fe: Cristo Jesús y su misterio Pascual. Este es el centro de todas las celebraciones de esta Semana Santa, de las litúrgicas, de las procesionales y de las representaciones de la pasión. Pero ¿creemos de verdad en Cristo Jesús y en su obra de Salvación? Y, si es así, ¿ayudamos a otros a acercarse a Jesús para avivar y fortalecer la fe? ¿Ayudamos a nuestros Cofrades a que su participación en los desfiles sea en verdad expresión comunitaria y pública de esa fe? Estas preguntas no son mera retórica, ni consideraciones pías. Tocan el núcleo esencial de nuestra Semana Santa, que con frecuencia queda olvidado, desdibujado o diluido en nuestras procesiones. Vivamos el sentido genuino de nuestra Semana Santa.

En la pasión se pone de relieve la fidelidad de Cristo a Dios Padre y a la humanidad; una fidelidad que está en contraste con la infidelidad humana. En la hora de la prueba, mientras todos, también los discípulos, incluido Pedro, abandonan a Jesús (cf. Mt 26, 56), él permanece fiel, dispuesto a derramar su sangre para cumplir la misión que le confió el Padre. Junto a él permanece María, silenciosa y dolorosa. Aprendamos de Jesús y de su Madre, que es también nuestra madre. La verdadera fuerza del cristiano está en vivir fiel a su condición de cristiano y en su testimonio de la verdad del Evangelio, resistiendo a las corrientes contrarias, a las incomprensiones, a los hostigamientos, a los escarnios y a las mofas. Es el camino que vivió el Nazareno; es el camino de sus discípulos, los cristianos, hoy y siempre.

En su pasión y muerte, Jesús, el Hijo de Dios, nos ha abierto el camino para que todos podamos seguirle, con la certeza de que, por difícil y duro que nos parezca el camino, quien le siga encontrará en Él la Vida y la Salvación. Os invito a vivir estos días acercándonos al Sacramento de la Confesión, para que, purificado nuestro pasado, dejemos que Cristo brille en nosotros.

En estos días santos se hace presente todo lo más grande y profundo que tenemos y creemos los cristianos. ¡Abramos las puertas de nuestro corazón a Cristo que nos ama! Que nuestra participación en las celebraciones nos adentren en un renovado despertar de nuestra fe, de nuestra esperanza y de nuestro amor.

Así se lo pido a María que supo estar al lado de su Hijo Jesucristo. Que Ella, como buena Madre, nos ayude a ser fieles seguidores de su Hijo. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Los días santos de la Semana Santa

Queridos diocesanos:

De nuevo celebramos la Semana Santa. Estos días tienen un significado muy especial para nuestros pueblos y ciudades, y de modo singular para los cristianos. Para vivirla debidamente hemos de superar las tibiezas y las inercias, que debilitan su verdadero sentido y dificultan celebrarlas con verdadera fe y con participación activa y fructífera.

El Domingo de Ramos nos introduce en esta venerable semana: es el pórtico de esta semana, la semana grande de la fe cristiana y de la liturgia de la Iglesia. Es un día de gloria por la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y un día, a la vez, en que la liturgia nos anuncia ya su pasión.

Los días venideros nos irán llevando como de la mano hasta el Triduo Pascual: el Jueves Santo, cuyo centro es el amor de Cristo, que se hace Eucaristía, y nos envía a vivir el amor fraterno: es el mandamiento nuevo de Jesús para sus discípulos. El Viernes Santo se centra en la pasión y muerte de Jesús en la Cruz, la expresión suprema del amor entregado hasta el final. El Sábado Santo permanecemos en silencio, a la espera de la resurrección del Señor en la Vigilia Pascual y su celebración, llena de alegría el Domingo de la Pascua. El Triduo Pascual es el verdadero núcleo de la Semana Santa que culmina en la Vigilia Pascual, la cima a la que todo conduce, la celebración litúrgica más importante de todo el año; deberíamos esforzarnos por participar en la Vigilia Pascual.

Semana Santa es semana de pasión, de muerte y de resurrección del Señor. La pasión y la muerte del Nazareno quedarían inconclusas sin el “Aleluya” de la resurrección. Porque “si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe” (1 Cor 15, 17). El misterio pascual, en su integridad, abarca la pasión y la muerte de Jesús, de un lado, y su resurrección, por el otro; son las dos caras inseparables del misterio pascual de Cristo, los momentos culminantes de su misión salvadora y redentora.

Si solamente tuviéramos el signo de la muerte, el amor se revelaría como don, pero no como vida eterna; la muerte de Cristo seria un testimonio de la “justicia”, pero no una victoria sobre la muerte. En cambio, si Cristo hubiera manifestado sólo su poder mesiánico, el amor de Dios no se habría manifestado en nuestra condición humana. La muerte y la resurrección son la epifanía del misterio de Dios en la condición humana.

La resurrección del Señor es la respuesta amorosa de Dios-Padre a la muerte de su Hijo-Hombre: una respuesta de triunfo sobre el pecado y la muerte, una respuesta de gloria, de alegría, de vida y de esperanza. Jesús vence el tedio, el dolor y la angustia del pecado y de la muerte. Su triunfo es nuestro triunfo. Cristo padece y muere para liberarnos del pecado y de la muerte. Cristo resucita para devolvernos la Vida de los hijos de Dios.

Dejemos que se avive nuestra fe. No nos quedemos en la contemplación de las procesiones o de la pasión. Es necesario meterse en esa historia, para acoger personalmente el perdón de Dios y así celebrar también la nueva Vida del Resucitado. Cristo sigue padeciendo y muriendo por cada uno de nosotros, por nuestros pecados; Cristo resucita para que cada uno de nosotros tengamos Vida. Reconozcamos y acojamos a Cristo resucitado, fuente de vida y de esperanza para todos.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Renovados por el sacramento de la Penitencia

Queridos diocesanos

El tiempo cuaresmal va llegando a su fin. Durante este tiempo fuerte del año litúrgico nos vamos disponiendo a la celebración de la Pascua: ella nos ofrece la salvación en el misterio de la muerte redentora de Jesucristo y de su resurrección gloriosa.

Durante la Cuaresma, la escucha atenta y meditada de la Palabra de Dios nos llama a la con­versión y a dejarnos reconciliar por Dios y, en él, con los hermanos. El Papa Benedicto XVI en su Mensaje para la Cuaresma de este año nos ha recordado que “el periodo cuaresmal es el momento favorable para reconocer nuestra debilidad, acoger, con una sincera revisión de vida, la gracia renovadora del sacramento de la Penitencia y caminar con decisión hacia Cristo”. En el itinerario de la Cuaresma ocupa un lugar muy importante la celebración fructuosa del sacramento de la Penitencia. La reconciliación sacramental está en el corazón del Evangelio y de la misión de la Iglesia. Una buena prác­tica del sacramento de la Penitencia será signo de nuestra verdadera conversión cuaresmal, y, a la vez, de la renovación y vitalidad de nuestras vidas y de nuestras comunidades cristianas.

Soy consciente de que el sacramento de la Penitencia sufre una larga y grave crisis. Constatamos, en general, una disminución cuantitativa de la celebración de este sacramento, incluso entre los fieles laicos practicantes y comprometidos en nuestras parroquias así como entre los sacerdotes, religiosos y religiosas. Muchos jóvenes no lo celebran casi nunca. Son muchos los católicos que comulgan, pero no se confiesan. Y los que se confie­san parece que no tienen de qué acusarse. Muchas veces se ha perdido el sentido de pecado.

Para sentir la necesidad de acercarse al Sacramento, hemos de comenzar por reconocer con humildad nuestra condición de pecadores y admitir que pecamos; es decir, que fallamos al amor de Dios, cuando transgredimos por acción o por omisión los preceptos divinos. Todo pecado es, en el fondo, un acto de desconfianza hacia la bondad de Dios y de desobediencia a los caminos, que él nos propone para vivir en su amor. Nuestros pecados desvelan siempre la voluntad de preferirnos a nosotros mismos y posponer a Dios.

Un buen examen de conciencia nos lo mostrará y suscitará en nosotros la contrición o dolor de los pecados y el propósito de no volver a cometerlos por el amor que se tiene a Dios y que renace con el arrepentimiento. Todo ello nos llevará a la confesión de nuestros pecados para dejarnos abrazar por el amor misericordioso de Dios que nos perdona en la absolución y a cumplir la satisfacción por nuestros pecados.

En estos días, en las parroquias hay celebraciones especiales del sacramento de la Penitencia, que ha de celebrarse siempre según las normas y el ritual de la Iglesia. Acerquémonos a recibirlo con humildad. Redescubramos el valor y la belleza de este sacramento de la misericordia de Dios. Ojalá que comprendamos, con la mente y el corazón, el misterio de este sacramento, en el que experi­mentamos la alegría del encuentro con Dios. Él nos otorga su per­dón mediante el sacerdote en la Iglesia, crea en nosotros un corazón y un espíritu nuevos: sólo así podremos celebrar con verdadero gozo la Semana Santa y la Pascua; y sólo así viviremos una existencia reconciliada con Dios, con nosotros mismos y con los demás, llegando a ser ca­paces de pedir perdón, perdonar y amar.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Mostrar la fe en público

Queridos diocesanos:

La cuaresma nos prepara a la celebración de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo en la Semana Santa. A lo largo de veinte siglos, generación tras generación, miles de bautizados al llegar estos días, confiesan y celebran en la liturgia y, a la vez, muestran en público que el Crucificado es el Resucitado. Así mismo experimentan y sienten con mayor fuerza que el auténtico sentido de la vida es Cristo Jesús, muerto por nuestros pecados y resucitado para que en Él tengamos vida eterna. Es ésta una fe que necesita ser mostrada también a los hombres y mujeres de hoy.

Nuestras Cofradías de Semana Santa son muestra de esta experiencia de fe y de la necesidad de ofrecerla a los demás. Ellas se ven llevadas a mostrar en la calle la fe confesada y celebrada en el templo; son conscientes de que la celebración de esa fe no puede quedar reducida al interior de nuestras iglesias. Gracias a las Cofradías, nuestras ciudades y pueblos se convierten en la Semana Santa en testigos privilegiados de su confesión pública de la fe y de la actualidad del acontecimiento redentor de Jesucristo.

A nadie se le oculta que vivimos “tiempos recios”, difíciles y apasionantes, para vivir, transmitir y confesar en público la fe cristiana con verdadera pasión. La secularización o la pérdida del sentido de Dios son una realidad innegable en muchos de nuestros contemporáneos; muchos son también los que ya ni tan siquiera han oído hablar de Dios, o que no conocen a Jesucristo, ni sus palabras y ni su obra redentora, fuente de vida y de salvación. No faltan, de otro lado, intentos de recluir lo religioso y, en especial, lo religioso-cristiano al ámbito de la conciencia o de los templos; o de excluir cualquier expresión visible de la fe cristiana de cualquier ámbito público.

Pero igualmente, como cristianos, sabemos que el hombre, también el hombre contemporáneo, tiene sed de infinito, tiene sed de Dios, tantas veces inconfesada. Es más: Muchas de las dificultades del hombre contemporáneo brotan del eclipse de Dios en sus vidas. Cuando en su horizonte se borra el rostro del Padre-Dios y se van erradicando sus huellas en el cotidiano existir, el hombre pasa a ser indiferente para el mismo hombre, se convierte en un desconocido y termina como enemigo. Jesucristo es la Palabra definitiva de Dios sobre sí mismo, sobre el ser humano y sobre el amor misericordioso de Dios hacia cada ser humano. En su pasión y muerte nos muestra su entrega total por amor a la humanidad, para recuperarnos el amor y la vida de Dios: así nos abre el camino del encuentro con el Padre-Dios y, en Él, con los hombres, nuestros hermanos.

De esta experiencia de fe y de la necesidad de mostrarla a los demás brotaron las cofradías, una raíz que han de mantener viva, pasando de la superficialidad a la profundidad de la fe. La celebración cristiana de estos días santos depende de la disposición interior de todos, especialmente de los cofrades. La Iglesia entera y las cofradías de Semana Santa hemos celebrarla desde la vivencia de la fe del Misterio, marcada por la reconciliación y el perdón, y por el sentido del compartir la fe y la vida con los demás. Para ello se precisa hacer silencio interior, en el que resuene el eco de la voz Dios y de los hombres necesitados; es el silencio que nos permite contemplar y acoger el Misterio de la pasión, muerte y resurrección del Señor Jesús.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón