Inventario de bienes temporales

CASIMIRO LÓPEZ LLORENTE,

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTÓLICA,

OBISPO DE SEGORBE-CASTELLÓN

Escudo_episcLa Iglesia, misterio de comunión para la misión, es una realidad no sólo espiritual sino también humana y temporal, y como tal necesitada y
poseedora de bienes y medios temporales para el cumplimiento de su misión evangelizadora. La misma Iglesia pide de todos los administradores de bienes temporales eclesiásticos que cumplan con su función con la diligencia de un buen padre de familia (cf. c. 1284 CIC). Por tanto, todo administrador debe, entre otras cosas, vigilar para que los bienes confiados a su cuidado no se pierdan o perezcan en modo alguno ni sufran detrimento, suscribiendo a tal fin contratos de seguro, si fuera necesario; así mismo debe cuidar de que la propiedad de los bienes eclesiásticos quede garantizada por los modos civilmente válidos.

La elaboración de inventarios de los bienes eclesiásticos y su correcta gestión es, sin duda, el mejor comienzo para la buena administración y protección del patrimonio eclesiástico, además de ser una medida elemental de prudencia para la importante tarea de la  administración y conservación de todo el patrimonio eclesiástico estable, y no sólo del patrimonio cultural y artístico. Por ello el Código de Derecho Canónico establece que antes de que los administradores de bienes eclesiásticos comiencen a ejercer su función, se ha de hacer “inventario exacto y detallado, suscrito por ellos, de los bienes inmuebles, de los bienes muebles tanto preciosos como pertenecientes de algún modo al patrimonio cultural, y de cualesquiera otros, con la descripción y tasación de los mismos, y compruébese una vez hecho” (c. 1283, 2º CIC). Además se han de hacer y guardar dos ejemplares del inventario: un ejemplar estará en el archivo o en la administración de la persona jurídica pública correspondiente y otro estará depositado en la Curia diocesana, debiendo anotarse en el inventario cualquier cambio que experimente el patrimonio; cualquier cambio (alta o baja) deberá no sólo ser anotado en el ejemplar existente en poder de la persona jurídica respectiva sino que también deberá comunicarse al organismo responsable de la Curia diocesana (cf. c. 1283, 3º CIC).

Se entiende por ‘bienes eclesiásticos’, además de todos los bienes temporales que pertenecen a la Iglesia Universal o a la Sede Apostólica, aquellos que pertenecen a otras personas jurídicas públicas en la Iglesia (cf. c. 1257 § 1 CIC). Su administración ha de hacerse según las normas del Código de Derecho canónico así como de los propios estatutos, en su caso (cf. c. 1257 § 2 CIC).

En relación con las Cofradías y otras Asociaciones públicas de fieles hay que recordar que son personas jurídicas públicas. Sus bienes son, por tanto, eclesiásticos y, como tales, sujetos a la normativa canónica sobre la administración de bienes temporales (cf. c. 1257 § 1 CIC).  Su condición de ‘bienes eclesiásticos’ no cuestiona en modo alguno la propiedad ni los derechos de las Cofradías y otras Asociaciones sobre su patrimonio temporal. Al contrario, el inventario asegura sus derechos y presta una ayuda inestimable para su administración, su conservación y su debido uso. Se ruega a los párrocos o rectores de iglesias, donde estén radicadas las Cofradías y otras Asociaciones, que les ayuden y asesoren con delicadeza en la confección o actualización del inventario. Si en algún caso surgiere alguna duda sobre la titularidad de un bien temporal, consúltese al Sr. Delegado Diocesano de Patrimonio Histórico-Artístico y Documental.

Es muy de agradecer el laborioso trabajo de inventario, sobre todo de bienes inmuebles y bienes muebles artísticos y culturales, que en los últimos años se ha llevado a cabo en nuestra Diócesis. Pero por distintas razones y circunstancias hay personas jurídicas públicas de nuestra Diócesis que no tienen todavía inventario de sus bienes temporales o el mismo es incompleto o está sin actualizar. Para dar cumplimiento a lo que pide la Iglesia para garantizar la buena administración de los bienes temporales y de evitar su pérdida o deterioro, urge elaborar, completar o actualizar el inventario de bienes temporales de todas las personas jurídicas públicas, sujetas a nuestra jurisdicción. Con el fin de evitar hacer un trabajo ya hecho, en relación con los bienes inmuebles y con los bienes muebles artísticos y culturales se aconseja consultar sobre la existencia de su inventario en la Delegación Diocesana de Patrimonio Histórico-Artístico y Documental y en la Sección de Casas Abadías y Archivo de Propiedades de la Curia Diocesana.

Por todo ello y dado que está encomendado especialmente al Obispo diocesano vigilar con diligencia la administración de todos los bienes pertenecientes a la Diócesis así como a las personas jurídicas públicas que están sujetas a su jurisdicción, y que ha de dar las instrucciones oportunas dentro de los límites del derecho universal y particular para organizar todo lo referente a la administración de los bienes eclesiásticos (cf. c. 1276 CIC), por el presente

 

DECRETO

1º. La elaboración o actualización de inventario de los bienes temporales de todas las personas jurídicas públicas sujetas a la jurisdicción del Obispo diocesano en nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón: a saber, además de los de la misma Diócesis, los de la S. I. Catedral en Segorbe, de la S. I. Concatedral en Castellón de la Plana, de las parroquias (iglesia parroquial y otros templos, incluidas las capillas, casas abadías, despachos parroquiales, archivos parroquiales y otras dependencias parroquiales), de santuarios o templos no pertenecientes a parroquias, de los Cabildos Catedral y Concatedral, de los Seminarios Mayores y Menores-Colegios diocesanos, de los Monasterios y Conventos autónomos, sujetos a nuestra jurisdicción, y del resto de personas jurídicas públicas sujetas a nuestra jurisdicción, como son Cofradías y otras Asociaciones públicas así como Movimientos diocesanos.

 

2º.  El inventario abarcará todos los bienes temporales pertenecientes al patrimonio estable de la persona jurídica pública correspondiente; a saber, además de los bienes inmuebles urbanos o rústicos, los bienes muebles preciosos, artísticos y culturales así como todos aquellos otros bienes estables, según se detalla en el Anexo adjunto.

 

3º. El inventario deberá ser exacto, completo y detallado con la descripción y tasación de los bienes; ésta última se hará cuando sea posible. El inventario deberá incluir descripción literaria y fotografías de los bienes así como indicación de la propiedad, los derechos, los títulos y documentos referentes a los mismos.

 

4º. El inventario deberá hacerse según el modelo aprobado en la Diócesis, bien en su versión digital bien en su versión impresa. Dicho modelo está a disposición en la Delegación Diocesana de Patrimonio Histórico-Artístico y Documental, la cual asesorará y ayudará en la elaboración del inventario.

 

5º. De todo inventario se harán dos ejemplares: un ejemplar quedará en el archivo de la persona jurídica correspondiente,  y otro se depositará en la Delegación Diocesana para el Patrimonio Histórico-Artístico y Documental.

 

6º. Todo inventario deberá estar permanentemente actualizado. Por ello se anotará, lo antes posible, cualquier cambio (baja o alta) que experimente el patrimonio de la persona jurídica correspondiente en el ejemplar en su poder y el mismo será notificado, lo antes posible, a la Delegación Diocesana de Patrimonio Histórico-Artístico y Documental, para su inmediata anotación.

 

7º. Corresponde a los responsables de las distintas personas jurídicas (Sr. Ecónomo Diocesano, Deanes-Presidentes de los Cabildos, Párrocos y asimilados,  Capellanes o Priores, Rectores y Directores, Abadesas y Prioras y Presidentes, según su respectivo ámbito de competencia) velar por la pronta elaboración y/o actualización del inventario, que efectuarán por si mismos o con la ayuda de terceros bajo su supervisión o que velarán para que lo hagan las personas encargadas de la administración de los bienes temporales a tenor del Derecho Universal, las Constituciones o los Estatutos.

 

8º. El inventario o su actualización deberá hacerse sin demora y habrán de estar concluidos y presentados en la citada Delegación Diocesana antes del día 30 de junio de 2012.

 

Comuníquese a todos los interesados y publíquese en el Boletín Oficial del Obispado.

 

Y para que así conste a todos los efectos, la presente firmo, rubrico y sello en Castellón de la Plana, a treinta y un días del mes de mayo del Año de Gracia del Señor de 2011, Fiesta de la Visitación de Nuestra Señora.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Ante mí, doy fe

Tomás Albiol Talaya

Vicecanciller-Vicesecretario General

Educación integral

Queridos diocesanos:

En mi carta anterior hablaba de la emergencia educativa, es decir de la dificultad cada mayor que encuentran los educadores para transmitir a las nuevas generaciones los valores fundamentales de la existencia y de un recto comportamiento. Ya no somos capaces de ofrecer a los jóvenes, a las nuevas generaciones, lo que es nuestro deber transmitirles. Nosotros estamos en deuda en relación a ellos también en lo que respecta a aquellos verdaderos valores que dan fundamento a la vida. De lo contrario se termina descuidado y olvidado el objetivo esencial de la educación, que es la formación de la persona para hacerla capaz de vivir en plenitud y de dar su contribución al bien de la comunidad. Es necesario superar el falso concepto de la autonomía de la persona como un ser completo y cerrado en sí mismo, así como el relativismo.

Si bien los padres y el resto de educadores se ven desbordados y están fácilmente tentados a abdicar de sus deberes educativos, sin embargo crece la demanda de una educación auténtica y el redescubrimiento de la necesidad de educadores que sean verdaderamente tales. Dicha petición une a los padres (preocupados, y con frecuencia angustiados, por el futuro de los propios hijos), a los docentes (que viven la triste experiencia de la decadencia de la escuela) y a la sociedad misma, que ve amenazada las bases de la convivencia.

La tarea educativa ha de responder a este desafío tratando de formar hombres y mujeres con tanta sabiduría humana y moral como cualificación tecnológica y científica. Sin olvidar los saberes técnicos e instrumentales, no se puede seguir marginando en la tarea educativa las dimensiones ética, moral y religiosa de la persona; estos aspectos son los únicos que pueden aportar elementos al conocimiento de sí mismo y de los demás así como a la capacidad trascendente de la persona. Cada vez es mayor la necesidad sentida de ayudar a desarrollar globalmente la personalidad en la educación, incluidos los valores humanos y espirituales y la identidad cultural.

Benedicto XVI ha pedido, con toda razón, que es preciso retomar la idea de una formación integral, basada en la unidad del conocimiento enraizado en la verdad. Eso sirve para contrarrestar la tendencia tan evidente en la sociedad contemporánea hacia la fragmentación del saber y el peligro de la desestructuración de la persona. La formación integral podríamos describirla como el proceso continuo, permanente y participativo que busca desarrollar armónica y coherentemente todas y cada una de las dimensiones del ser humano –ética, espiritual, cognitiva, afectiva, estética, corporal, comunicativa y trascendente-, a fin de lograr su realización plena en la sociedad. Estas capacidades no deben entenderse como partes del hombre si no como líneas de desarrollo de cada ser humano, las cuales se pueden y deben desarrollar armónicamente para lograr una formación integral en cada individuo.

Todas estas capacidades deben responder a las preguntas más profundas del ser humano. A la vista de todos está la necesidad y la urgencia de ayudar a los niños, adolescentes y jóvenes a proyectar la vida según valores auténticos, que hagan referencia a una visión ‘alta’ del hombre. Hoy las nuevas generaciones quieren saber quién es el hombre y cuál es su destino, y buscan respuestas que les puedan indicar el camino que conviene recorrer para fundar su existencia en valores perennes. Para los cristianos son los que ofrecen Jesucristo y su Evangelio.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Jornada de oración por la Iglesia en China

24 de Mayo, Fiesta de María Auxiliadora

 

A todos los fieles de Segorbe-Castellón: Sacerdotes, diáconos, religiosos y seglares

El Santo Padre, Benedicto XVI, en su Carta a los cató1icos de la República Popular China, del pasado 27 de mayo de 2007 (n. 19), manifestó el deseo de que, cada 24 de mayo, tenga lugar una Jornada de Oración por la Iglesia en China. Así lo recordó en la Audiencia General del pasado miércoles, 18 de mayo.

En unión con este ruego del Santo Padre os pido a todos elevar oraciones a Dios por la Iglesia en China este martes, 24 de mayo, Fiesta de María Auxiliadora. Pueden ser oraciones personales o comunitarias introduciendo preces por esta intención en las Misas o en las Laudes o las Vísperas de este día así como en otros actos de piedad como actos eucarísticos o en el rezo del Santo Rosario.

Como el Papa nos decía en la citada Audiencia General: “Durante el tiempo pascual, la liturgia canta a Cristo resucitado de entre los muertos, vencedor de la muerte y del pecado, vivo y presente en la vida de la Iglesia y en las vicisitudes del mundo. La buena noticia del Amor de Dios manifestado en Cristo, Cordero Inmolado, Buen Pastor que da la vida por los suyos, se expande incesantemente hasta los confines de la tierra y, al mismo tiempo, encuentra rechazo y obstáculo en todas partes del mundo. Como entonces, aún hoy, desde la Cruz a la Resurrección”.

En China “como en otros lugares, Cristo vive su pasión. Mientras aumenta el número de cuantos Le acogen como su Señor, por otros Cristo es rechazado, ignorado o perseguido. “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” (Hch 9, 4). La Iglesia en China, sobre todo en este momento, necesita de la oración de la Iglesia universal”. “Para todos los católicos del mundo, rezar por la Iglesia que está en China debe ser un compromiso: esos fieles tienen derecho a nuestra oración, tienen necesidad de nuestra oración”.

“Sabemos por los Hechos de los Apóstoles que, cuando Pedro estaba en la cárcel, todos rezaron con fuerza y obtuvieron que un ángel lo liberase. También nosotros hacemos lo mismo: rezamos intensamente, todos juntos, por esta Iglesia, confiando en que, con la oración, podemos hacer algo muy real por ella”.

“Los católicos chinos, como han dicho muchas veces, quieren la unidad con la Iglesia universal, con el Pastor supremo, con el Sucesor de Pedro. Con la oración podemos obtener para la Iglesia en China que sea una, santa y católica, fiel y firme en la doctrina y en la disciplina eclesial. Esta merece todo nuestro afecto”.

“Sabemos que entre nuestros hermanos obispos hay algunos que sufren y están bajo presión en el ejercicio de su ministerio episcopal. A ellos, a los sacerdotes y a todos los católicos que encuentran dificultades en la libre profesión de fe expresamos nuestra cercanía. Con nuestra oración podemos ayudarles a encontrar el camino para mantener viva la fe, fuerte la esperanza, ardiente la caridad hacia todos e íntegra la eclesiología que hemos heredado del Señor y de los Apóstoles y que se nos ha transmitido con fidelidad hasta nuestros días. Con la oración podemos obtener que su deseo de estar en la Iglesia una y universal supere la tentación de un camino independiente de Pedro. La oración puede obtener, para ellos y para nosotros, la alegría y la fuerza de anunciar y de dar testimonio, con toda franqueza y sin impedimento, a Jesucristo crucificado y resucitado, el Hombre nuevo, vencedor del pecado y de la muerte”.

Hagamos nuestra esta intención de nuestro Santo Padre y recemos intensamente por la Iglesia en China. ¡Que Dios os lo pague”.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

 

Castellón de la Palana, 23 de mayo de 2011

“Emergencia educativa”

Queridos diocesanos:

Educar nunca ha sido fácil: es una tarea ardua y difícil. Sin embargo, al menos en Occidente, la educación se ha convertido en un verdadero problema. La educación es hoy un terreno cambiado y casi desconocido. La fractura inter-generacional hace muy difícil la transmisión de modelos y reglas de comportamiento y de vida. Es muy precaria la posibilidad de una auténtica formación de la persona humana, que le capacite para orientarse en la vida, para encontrar motivos para el compromiso, y para relacionarse con los demás de manera constructiva, sin huir ante la dificultad y las contradicciones. Han aumentado las oportunidades y las posibilidades en los más diversos ámbitos de la vida, pero cada día es más difícil adquirir conciencia de sí mismo y del mundo, así como de la libertad y responsabilidad de nuestras decisiones, es decir, de crecer en aquellos elementos que parecen esenciales para una verdadera educación.

Esta situación era en parte previsible. En la educación han primado la instrucción y la información sobre la formación, con una minusvaloración de lo que no es práctico o útil. En general, no se ayuda a ser personas, a crecer en la libertad y en la responsabilidad basadas en la verdad, en el bien y en la belleza. En medio de una sociedad opulenta nos encontramos con la pobreza más profunda en niños, adolescentes y jóvenes. En edades cada vez más tempranas, los alumnos comienzan a sufrir auténticos problemas de identidad, de la razón de su ser en el mundo. Existe un oscurecimiento de la esperanza en un futuro que se presenta vago e incierto.

En esta situación resulta cada vez más arduo transmitir a las nuevas generaciones los valores fundamentales de la existencia y de un recto comportamiento. A ello se refiere la expresión “emergencia educativa”, que ha hecho suya Benedicto XVI. Tanto los padres como el resto de educadores se ven desbordados y están fácilmente tentados a abdicar de sus deberes educativos.

Ahora bien, si se quiere encontrar las respuestas adecuadas a este desafío, hemos de buscar sus raíces profundas.  Benedicto XVI señala dos causas principales: a saber, un falso concepto de autonomía del hombre y el relativismo.

En relación con lo primero, la pedagogía actual piensa que el ser humano debería desarrollarse solo por sí mismo, sin imposiciones de los demás, los cuales podrían sí asistir a su autodesarrollo, pero no entrar en este proceso. Sin embargo, la persona humana no es un ser completo y cerrado en sí mismo sino que llega a ser ella misma sólo desde el otro, el ‘yo’ se convierte en sí mismo sólo desde el ‘tú’ y desde el ‘vosotros’. Por ello la llamada educación anti-autoritaria no es educación, sino renuncia a la educación.

De otro lado está el relativismo, omnipresente en nuestra sociedad y cultura; éste, al no reconocer nada como definitivo, deja como última medida sólo el propio yo con sus caprichos; y, bajo la apariencia de la libertad, se transforma para cada uno en una prisión, porque separa al uno del otro, dejando a cada uno encerrado dentro de su propio ‘yo’. En ese horizonte no es posible una auténtica educación; sin la luz de la verdad, toda persona queda condenada a dudar de la bondad de su misma vida y de las relaciones humanas, de  la validez de su esfuerzo por construir con los demás algo en común. Es evidente que debemos trabajar para superar ambas cosas en nuestro trabajo de formación de las personas si queremos contribuir al objetivo esencial de la educación, que es la formación de la persona para hacerla capaz de vivir en plenitud y de dar su contribución al bien de la comunidad.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Ante el robo de la imagen de la Virgen de la Cueva Santa

Castellón de la Plana, a 20 de mayo de 2011

 

Queridos hijos de Altura, D. Juan Manuel y diocesanos todos:

El pasado jueves a primera hora de la mañana me comunicaba vuestro querido sacerdote, D. Juan Manuel, la terrible noticia del robo de la imagen y del relicario de nuestra Madre y Patrona, la Virgen de la Cueva Santa, de la manipulación del Sagrario y del Copón con el Santísimo Sacramento y de otros serios desperfectos en el Santuario. Pasado el primer momento de incredulidad, esta tristísima noticia me llenó, como a todos vosotros, de un profundo dolor, así como de estupor y de desconcierto: nos habían robado la imagen de nuestra Madre y Patrona.

Uno o más desalmados os y nos han quitado algo de nosotros mismos. Porque no sólo se han llevado una imagen y un relicario con un valor artístico y material innegable. Con este acto criminal han tocado lo más profundo de nuestro de corazón, de nuestra fe y de nuestra devoción a la Virgen de la Cuevas, de la historia y cultura de un pueblo. Así lo la mostrado la loable movilización de vuestro querido pueblo de Altura y la unión de tantos diocesanos en el dolor y en la oración por la pronta recuperación de la imagen y el relicario de la Virgen.

En este momento debemos confiar en que el buen hacer de nuestras  autoridades y de la Guardia Civil den el fruto que todos esperamos. Mientras tanto, queridos hijos, permanezcamos firmes en la fe. Y con esperanza dirijamos nuestra oración a María pidiéndole su pronto regreso a su casa en el Santuario.

El próximo día 26, con motivo de las Confirmaciones de jóvenes de vuestra Parroquia, deseo realizar un acto de desagravio por el robo de la imagen de nuestra Patrona y por la manipulación del Santisímo Sacramento. Os invito de corazón a todos a este acto. Hasta entonces quiero haceros llegar mi cercanía. Recordemos las palabras llenas de fe que cantamos en los gozos: siglos de humedad no han quebrantado su imagen, y de esta cesta en la que ahora está aprisionada volverá a su casa, donde sus hijos esperamos su regreso.

Que la Virgen de la Cueva Santa mueva al arrepentimiento a quienes han perpetrado este robo y la devuelvan a su casa.

La paz del Señor Resucitado sea con todos vosotros

Con mi afecto y bendición, vuestro Obispo, Padre y Pastor,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de San Pascual Baylón

Patrono de la Diócesis y de la Ciudad de Villarreal
Basílica de San Pascual, Villarreal – 17.05.2011

(Ecco 2, 7-13; Sal 33: 1 Cor 1, 26-31; Mt 11, 25-30)

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Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Como cada diecisiet a mayo, el Señor nos convoca en torno a mesa de su Altar y de su Palabra para honrar y venerar a San Pascual, Patrono de esta Ciudad de Villarreal y Patrono también de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón. Hoy damos gracias a Dios una vez más por nuestro Santo Patrono, que desde su sencillez, desde su humildad y desde su amor, ha difundido por el mundo entero la devoción al Santísimo Sacramento del Altar. Sed bienvenidos todos cuantos os habéis unido a esta celebración de la Eucarística, en la que actualizamos el misterio pascual, la muerte y resurrección del Señor. Saludo de corazón también a cuantos estáis unidos a nuestra celebración desde vuestros hogares a través de la radio o de la televisión.

Los Santos, hermanos, no pertenecen sin más al pasado;  no son mera historia y cultura, pertenecientes a una tradición del pasado. Los Santos están siempre de actualidad. Sus biografías reflejan modelos permanentes de vida para todos los bautizados; ellos conformaron su vida según el Evangelio en el seguimiento fiel y radical de Cristo; los santos fueron testigos cercanos y concretos de Jesucristo y de su Evangelio para el hombre de su tiempo y para el hombre de todos los tiempos. Los santos nos muestran que es posible vivir la vocación cristiana al amor perfecto, a la santidad. Son  extraordinariamente humanos, precisamente porque surgen de la búsqueda de Dios y del seguimiento de Cristo. A través de ellos, el Señor Resucitado, muestra en el corazón de la Iglesia y en medio del mundo, la extraordinaria fuerza de la Vida Nueva, que brota de la resurrección del Señor; una Vida Nueva que es capaz de renovar y transformar todo: la existencia de cada persona, la misma realidad de la sociedad, de los pueblos y naciones e, incluso, de toda la Creación.

Los santos son las grandes figuras de los períodos más renovadores de su época y de su entorno social y cultural. Su forma de ser, de estar y de actuar en el mundo no suele ser espectacular sino que, con frecuencia, pasa desapercibida. Rehúyen los halagos y los aplausos. Son humildes y sencillos. Su alimento es la oración, la escucha de Dios y de su Palabra, la unión y la amistad con Cristo. En la entrega sencilla de sus vidas a Dios y a los hermanos cifran todos sus ideales personales.

San Pascual Bailón, nuestro Patrono, es uno de estos Santos. El permanece siempre actual en nuestra historia, en la historia de Villarreal y en la de nuestra Iglesia diocesana. Al celebrar un año más la Fiesta de Pascual vienen a nuestra memoria su vida sencilla de pastor y hermano lego.

Pero vienen también y sobre todo a nuestro recuerdo sus virtudes de humildad y de confianza en Dios. El mundo valora los títulos, los honores, las carreras, el dinero, el prestigio. Pascual nos muestra que se puede llegar a ser grande –y más grande no puede ser una persona que cuando llega a santo, a la perfección del amor- siendo humilde, naciendo de una familia humilde y en un pueblo sencillo, dedicándose a la tarea humilde de pastor de unos rebaños y después, como hermano lego, a las tareas humildes de la casa. Es la humildad la que brilla en su vida: todo un ejemplo y un mensaje para nosotros.

La humildad no es apocamiento ni cobardía. La humildad es vivir en la verdad de uno mismo; y esto sólo se descubre en Dios. A los humanos nos cuesta aceptar esta verdad; que somos criaturas de Dios, que cuanto somos y tenemos a Dios se lo debemos, que sin Dios nada podemos. Nos endiosamos y queremos ser como dios al margen de Dios. Y ahí comienza nuestro drama: comenzamos a vivir en la mentira, en la apariencia, en competitividad con los demás a ver quién es más o quien aparenta más.

Los santos, como Pascual, sin embargo, nos sitúan en la verdad de todo ser humano: en la verdad de nuestra vida, de nuestro origen y de nuestro destino. Venimos de Dios y hacia Dios caminamos. Sin Dios no somos nada. Lo más grande de nuestra vida es que Dios nos ama, que Dios nos ha creado por amor y para el amor, que Dios nos perdona continuamente, que nos ofrece su amistad. El hombre se hace precisamente grande no cuando se cierra a Dios en esa falsa idea de una autonomía absoluta ante todos y ante todo, también ante Dios; el hombre es y se hace grande cuando abre su corazón de par en par al amor de Dios en su vida. Dios, que es amor como nos dice San Juan (cf. 1 Jn 4,6), nos ama y nos llama participar de su amor: éste es el sentido de nuestra existencia. Dios no es un competidor de nuestra libertad, ni de nuestra felicidad. Dios nos ama. “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de él” (1 Jn 4, 8).

Pascual quiso imitar a Jesucristo que, siendo Dios, se hizo hombre, humilde y pobre. Quien se acerca a Jesucristo, una de las virtudes que aprende es la humildad, la sencillez, como lo hizo Pascual. “Yo te alabo Padre, dice Cristo en el Evangelio, porque has escondido los misterios de Dios a la sabios y entendidos, y se los has revelado a la gente sencilla”. Una vida humilde y sencilla como la de Pascual es el camino para abrirse a Dios en Cristo, para una vida lograda, plena y feliz, es el camino para el cielo, es camino hacia la santidad, es camino hacia la felicidad; es el camino que agrada a Dios y que aprovecha mucho a los hombres.

Pascual es testigo de Dios, de Cristo y de su Evangelio en la Iglesia y en el mundo: y lo es su testimonio vivo del amor de Dios en su entrega y servicio a los hermanos, a los pobres y a los más necesitados; un amor que él alimentó en su gran amor a la Eucaristía y en su profunda devoción a la Virgen.

El estilo de vivir San Pascual el Evangelio de Jesucristo, el Salvador del hombre, ha iluminado nuestra historia siempre: fuesen cuales fuesen las encrucijadas históricas, sobre todo, las más dramáticas por las que han atravesado nuestra Iglesia y nuestro pueblo. Evocándole y siguiendo su ejemplo se despejaba la esperanza y el camino de la recuperación personal, familiar, eclesial y social en cada momento. También hoy, Pascual nos muestra la vía inequívoca del camino por donde ha de dirigirse toda nuestra Iglesia diocesana en el momento actual; Pascual nos muestra el camino la renovación de la vida cristiana tan necesaria en nuestra Iglesia.

Vivimos tiempos de descristianización de nuestra sociedad en que no resulta fácil vivir la fe cristiana. Muchos de nuestros convecinos no han oído ni tan siquiera hablar de Dios ni de Jesucristo. Muchos bautizados necesitan ser evangelizados: desconocen a Jesucristo, no creen en él o se han alejado de la vida de fe en la comunidad de los creyentes. Viven como si Dios no existiera. Vivimos tiempos de ‘emergencia educativa’ en que la educación en general y la educación en la fe cristiana y su transmisión a la nuevas generaciones de bautizados resulta arduo y difícil. En esta situación, la Iglesia universal y nuestra propia Iglesia diocesana nos llama a una nueva evangelización hacia adentro y hacia fuera. Hoy resuena de nuevo el mandato de Jesús: “Id pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado” (Mt 28, 19-20).

Nuestra Iglesia toda -en sus miembros y en sus comunidades- existe para evangelizar. Pero ¿cómo vamos a evangelizar si no estamos evangelizados, si no somos verdaderos cristianos?

Al mirar a Pascual se aviva en nosotros la historia de nuestro pueblo y de nuestra Iglesia diocesana; es una historia entretejida por tantas personas sencillas, que, como Pascual, supieron acoger a Dios en su vida y confiar en él, que se dejaron transformar por el amor Dios y lo hicieron vida en el amor y el servicio a los hermanos; personas que se encontraron con Cristo, creyeron en Él y lo siguieron, y unidas a Él, fueron en su vida ordinaria testigos elocuentes del Evangelio de Jesucristo. No nos limitemos a mirar con nostalgia el pasado, ni a quedarnos en el recuerdo de la tradición.

Celebremos con verdadera fe y devoción a San Pascual. Hacerlo así implica mirar el presente y dejarnos interpelar por nuestro Patrono en nuestra condición de cristianos de hoy; significa preguntarnos por el grado de nuestra fe y de nuestro seguimiento de Jesucristo, de nuestra fe y vida cristiana, por la transmisión de la fe a nuestros niños y jóvenes, por la vida cristiana de de nuestras familias y por la fuerza evangelizadora de nuestras comunidades eclesiales, familias, grupos eclesiales, cofradías y asociaciones.

San Pascual Baylón, por ser nuestro patrono, es guía en nuestra caminar cristiano. Que de sus manos y por su intercesión se avive en nosotros la fe y la confianza en Dios, que se avive en nosotros el espíritu de oración y la participación en la Eucaristía, que haga de nosotros testigos del amor de Dios en el amor a los hermanos. Y como él, pedimos la protección de la Virgen María: para que toda nuestra Iglesia asuma la tarea urgente de la evangelización. ¡Que la Mare de Déu de Gracia, bendiga a todos los ciudadanos y la Ciudad de Villarreal, a nuestra Iglesia diocesana y, de modo especial, a los que más necesitan de su protección de Madre!. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Centenario de la Fundación de las MM. Angélicas

Almenara,  15 de mayo de 2004

(Hech 2,4a.36-41; Sal 22; 1Pt 2,20b-25; Jn 10,1-10)

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Hermanas y hermanos en el Señor Jesús:

En el Domingo del Buen Pastor, el Señor nos convoca una vez más para celebrar el misterio pascual y para entonar nuestra acción de gracias por don de la Eucaristía; en ella unimos nuestra más ferviente y gozosa acción de gracias a Dios por el don de Santa Genoveva Torres Morales y por su obra, vuestra Congregación de las Angélicas, en el Centenario de su Fundación.

Desde Almenara, la tierra que vio nacer a Santa Genoveva a la vida terrena y a la nueva vida del resucitado en el bautismo, elevamos nuestra gozosa acción de gracias a Dios: cantemos y alabemos al Señor, que miró la humillación y sencillez de este ‘ángel de la soledad’ y la llenó con su gracia, que se hizo itinerario espiritual de santidad: desde entonces ella enriquece a la Iglesia y se ha convertido en fermento evangélico en la Iglesia y en el mundo.

A Dios, Uno y Trino, fuente y origen de todo bien y de todo don, alabamos y damos gracias por la humildad y entereza, por la fortaleza y la entrega, por la caridad y por la santidad de vuestra Santa Madre. Y a Dios damos gracias por el pasado y por el presente de vuestra Congregación; le alabamos por todos los dones que a través de vosotras ha ido derramando a lo largo de estos años sobre tantas mujeres solas y abandonadas en todo el mundo y, en especial, en esta Diócesis de Segorbe-Castellón.

Miramos el pasado con gratitud, y éste nos lleva a mirar el futuro con esperanza. Porque sabemos bien de Quien nos hemos fiado y con el salmista decimos: “El Señor es mi Pastor, nada me falta” (Sal 22).

Sí, hermanos y hermanas: la Palabra de Dios de este IV Domingo de Pascua nos recuerda que Cristo Jesús ha resucitado, para que en Él todos tengamos vida, esperanza y salvación. Dios ha constituido a su Hijo, Señor y Mesías; él es el ´pastor y guardián de nuestras vidas”; y en el Evangelio, Jesús, el Buen Pastor, nos recuerda: “Yo soy la puerta de las ovejas”, él es la puerta de la vida eterna, a la vida comunión con Dios. El ha venido para que tengamos vida y vida abundante, una vida que rompe toda soledad. Como dice el apóstol en la segun­da lectura: Sus heridas nos han curado, y por su resurrección nos ha devuelto la Vida de Dios. Por eso a la pregunta: ¿Qué tenemos que hacer, hermanos?, responde Pedro: convertíos y bautizaos todos en el nombre de Jesucristo.

Pero Jesús es también la verdadera puerta de acceso a todo hombre. Quien no se acerca y entra en los demás a través de Cristo y con el corazón de Cristo, lo hará como salteador o ladrón. Sólo en Jesucristo somos capaces de amar verdaderamente a nuestro prójimo sin reducirlo a una posesión o por propio interés. Sólo por Jesucristo tenemos entrada en la vida eterna. Pero también sólo por Jesucristo podemos entrar verdaderamente en el corazón de los demás, en su soledad, en sus penas y en sus alegrías, en sus dramas y en su dolor; es decir, sólo por Jesucristo podemos amar a cada uno según se merece. El corazón del hombre está hecho para reconocer la voz del Señor. En la primera lectura se explica cómo a través del apóstol llegó esa voz a la multitud.  Y “estas palabras les traspasaron el corazón”, dice expresivamente el texto.

Los discípulos de Jesús, hemos de vivir en Cristo, con Cristo y desde Cristo según la plenitud del amor, siendo testigos de su amor en la donación de nosotros mismos. Nos dice san Pedro: Para esto habéis sido llamados, ya que también Cristo padeció su pasión por vosotros, dejándoos un ejemplo para que si­gáis sus huellas.

La historia de la Iglesia nos nutre de numerosos testigos de este amor de donación. Uno de ellos es Santa Genoveva. Mujer humilde, tanto por su origen como por su cultura, poseyó la ciencia del amor divino, aprendido en su intensa devoción al Corazón de Jesucristo. Ella solía repetir: “Todo lo vence el amor”. Este amor la movió a consagrar su vida al servicio de las mujeres jubiladas, a remediar el desamparo y necesidad en que se encontraban muchas de ellas, atendiéndolas material y espiritualmente en un verdadero hogar, estando a su lado como “Ángel de la soledad”. Con este fin fundó en Valencia vuestro Congregación de las Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Santos Ángeles, el 2 de febrero de 1911.

Su obra sigue siendo hoy, a través de vosotras, de gran actualidad. La soledad y el abandono, con sus consiguientes peligros, están entre los males más dolorosos de todas las épocas. A ellos quiso hacer frente Genoveva Torres. A ella pedimos que vosotras, sus hijas, fieles al carisma que ella recibió del Espíritu y os dejó en testamento, continuéis su obra imitando su ejemplo.

Santa Genoveva fue instrumento de la ternura de Dios hacia las personas solas y necesitadas de amor, de consuelo y de cuidados en su cuerpo y en su espíritu. Ahora bien, la nota característica que impulsaba su espiritualidad era la adoración reparadora a la Eucaristía, fundamento desde el que desplegaba su apostolado, lleno de humildad y de sencillez, de abnegación y de caridad.

En la adoración eucarística, ella entraba en el corazón de Cristo: entraba en el amor de Cristo, un amor entregado hasta el extremo por la vida del mundo, por la vida de todos los hombres. Ella se sentía amada en el Amado. Un amor que llevaba a la entrega de sí misma para darse, gastarse y desgastarse hasta la muerte por las mujeres solas y abandonadas y por vosotras, sus hijas, a ejemplo del Buen Pastor. En la Eucaristía, aprendía a conocer a las personas en su corazón, y a salir en búsqueda de las necesitadas para llevarlas al amor de Cristo, al redil del Señor, siguiendo las huellas del Buen Pastor

La Eucaristía estaba en el centro de su vocación y de su vida consagrada. En la Eucaristía, ella se encontraba con el Señor, despojado de su gloria divina, humillado hasta la muerte en la cruz y entregado por cada uno de nosotros. Como para vuestra santa Madre, la Eucaristía debe ser para vosotras una escuela de vida, en la que aprendáis a entregar diariamente vuestra vida. Día a día, habéis de aprender que yo no poseéis vuestra vida para vosotras mismas. Día a día debéis aprender a desprenderos de vosotras mismas, a estar a disposición del Señor para lo que necesite de vosotros en cada momento. Sólo quien da su vida la encuentra. Mirad y rezad a María, la virgen, como lo hacía Genoveva. María es la mujer eucarística; es decir, pura donación amorosa a la voluntad de Dios y, desde él, puro amor de entrega a la humanidad.

Al celebrar el año jubilar con ocasión del Centenario de vuestra Congregación, pedimos para vosotras la gracia de la renovación espiritual. Como la conversión, también la renovación debe ser algo permanente en la vida cristiana, consagrada y eclesial Para vosotras, queridas hermanas, se trata de vivir con fidelidad evangélica vuestro carisma fundacional como consagradas al Señor. Y ¿dónde mejor podréis encontrar la fuente de vuestra fidelidad renovada que en el encuentro con el Señor Eucaristía, como Genoveva? En la adoración eucarística y en la escucha atenta y dócil de la Palabra siguiendo a vuestra Fundadora podréis dar también respuesta a las nuevas necesidades, a las nuevas soledades que sufren las mujeres: solas, abandonadas, maltratadas o embarazadas.

El Señor os llama a reavivar vuestra fidelidad al “amor de Dios” en el servicio a la Iglesia y a la sociedad. Es vuestro servicio a la nueva evangelización. Y no olvidemos que la santidad es el camino fundamental de la renovación espiritual, que necesita nuestra Iglesia.

El Señor os invita y llama, queridas hermanas, a vivir con radicalidad vuestra consagración a Dios. Por vuestra especial vocación y consagración estáis llamadas a expresar de manera más plena el misterio pascual que estos días hemos celebrado. Unidas al Señor Resucitado y en Él seréis luz que alumbre las tinieblas de nuestro mundo y testigos de esperanza para la mujer de hoy. Vivid sencillamente lo que sois: signo perenne de la vocación más íntima de la Iglesia, recuerdo permanente de que todos estamos llamados a la santidad, a la comunión de todos en el amor de Dios.

El alma de vuestra vida consagrada es percibir, amar y vivir a Cristo como plenitud de la propia vida, de forma que toda vuestra existencia sea entrega sin reservas a Él. Dejad que Cristo viva en vosotras; seguidlo dejándolo todo; seguid sin condiciones al Maestro; dedicad toda vuestra vida, vuestro afecto, vuestras energías y vuestro tiempo a Jesucristo y, en Él, al Dios y Padre de todos. Vivid esa entrega sin dejar que os perturbe ninguna duda ni ambigüedad sobre el sentido y la identidad de vuestra consagración, fieles a Cristo hasta la muerte.

Queridos todos: En esta Jornada de oración por las vocaciones de especial consagración pidamos a Dios por las vocaciones al ministerio ordenado y a la vida consagrada: pidamos especialmente por las hermanas Angélicas para que fieles al carisma de Santa Genoveva sigan siendo testigos del amor de Cristo a las mujeres que sufren soledad. Pidamos también para el ‘Dueño de la mies” suscite vocaciones en la carisma de las Angélicas.

Que la Virgen Maria, fiel y obediente esclava del Señor, os guíe, os ayude y os proteja a cada una de vosotras y a vuestra Congregación, hoy y siempre. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Proponer las vocaciones en nuestra Iglesia

Queridos diocesanos

El cuarto Domingo de Pascua, llamado del Buen Pastor, la Iglesia nos pide orar por las vocaciones. Este año el Papa nos invita a “proponer las vocaciones en la Iglesia local”, siguiendo las palabras del Buen Pastor que nos dice: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies” (Mt 9, 36-38).

Jesús mismo nos sirve de ejemplo en la tarea de la promoción de las vocaciones. Jesús llama a sus discípulos a seguirle, elige a sus más estrechos colaboradores y los educa con amor y esmero. El primer acto de Jesús es la oración; antes de llamarlos, Jesús pasa la noche a solas, en oración y en la escucha de la voluntad del Padre (cf. Lc 6, 12). Como la vocación de los discípulos, también las vocaciones al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada son primordialmente fruto de una insistente oración al ‘Señor de la mies’ en las comunidades parroquiales, en las familias cristianas y en los cenáculos vocacionales.

El Señor, al comienzo de su vida pública, llamó a algunos pescadores a orillas del lago de Galilea: “Venid conmigo y os haré pescadores de hombres” (Mt 4, 19). Les mostró su misión mesiánica con numerosos signos, los educó con la palabra y con la vida, para que estuviesen dispuestos a ser los continuadores de su obra de salvación; finalmente, les confió el memorial de su muerte y resurrección y, antes de ser elevado al cielo, los envió a todo el mundo con el mandato: “Id y haced discípulos de todos los pueblos” (Mt 28,19). La propuesta de Jesús es ardua: los invita a entrar en su amistad, a escuchar de cerca su Palabra y a vivir con Él; les enseña la entrega total a Dios y a la difusión de su Reino según la ley del Evangelio; los invita a salir de la propia voluntad cerrada en sí misma, de su idea de autorrealización, para sumergirse en otra voluntad, la de Dios, y dejarse guiar por ella; les hace vivir una fraternidad, que nace de esta disponibilidad total a Dios, y que llega a ser el rasgo distintivo de la comunidad de Jesús.

También hoy, el seguimiento de Cristo es arduo. Significa aprender a tener la mirada de Jesús, a conocerlo íntimamente, a escucharlo en la Palabra y a encontrarlo en los sacramentos, y a escuchar su llamada y a seguirlo con generosidad; es decir, Jesús llama a conformar la propia voluntad con la suya. El Señor no deja de llamar, en todas las edades de la vida, para compartir su misión y servir a la Iglesia en el ministerio ordenado y en la vida consagrada. La Iglesia entera está llamada a custodiar este don, a estimarlo y amarlo.

Especialmente en nuestro tiempo en el que la voz del Señor parece ahogada por ‘otras voces’ y la propuesta de seguirlo, entregando la propia vida, puede parecer demasiado difícil. Toda comunidad cristiana, todo fiel, debería de asumir el compromiso de promover las vocaciones. Es importante alentar y sostener a los que muestran claros indicios de la llamada a la vida sacerdotal y a la consagración religiosa, para que sientan el calor de toda la comunidad al decir ‘sí’ a Dios y a la Iglesia. Oremos al ‘Dueño de la mies’ que nos conceda el don de nuevas vocaciones al ministerio ordenado y a la vida consagrada y que nos haga más sensibles a todos para la pastoral vocacional.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Ordenación presbiteral de seis diáconos

Castellón, S.I. Concatedral de Santa María,
14 de Mayo de 2011
(Fiesta de San Matías y Vispera del Domingo del Buen Pastor)

(Hech 1,15-17.20-26; Sal 22; 1 Pt 2,20b-25; Jn 15,9-17)

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Hermanos en el sacerdocio, diáconos y seminaristas; queridos hermanos y hermanas en el Señor Jesús:

“El Señor es mi Pastor nada me falta” (Sal 22). Junto con todos vosotros doy gracias al Señor, el Buen Pastor, por el don de estos nuevos pastores del pueblo de Dios. Como obispo de esta diócesis me alegra particularmente acoger en nuestro presbiterio diocesano a seis nuevos sacerdotes.

Os saludo muy especialmente a vosotros, queridos ordenandos: Manolo, Alberto, Pablo, Juan Mario, José Miguel y Mauro. Hoy estáis en el centro de la atención de esta porción del pueblo de Dios de Segorbe-Castellón, un pueblo simbólicamente representado por cuantos llenamos esta S. I. Concatedral de Santa María: la llenamos, sobre todo, de oración y de cantos, de afecto sincero y profundo por todos y cada uno de vosotros, de auténtica conmoción, de alegría humana y espiritual. En nuestra asamblea ocupan un lugar especial vuestros padres y familiares, vuestros amigos y compañeros, vuestros superiores y formadores del seminario, las distintas comunidades parroquiales a las que vosotros mismos ya habéis servido pastoralmente y las comunidades neocatecumenales, que os han acompañado en vuestro camino cristiano. No olvidamos tampoco la cercanía espiritual de muchas otras personas, familiares y amigos, aquí en España y al otro lado del Atlántico; y a tantas otras personas humildes y sencillas pero grandes ante Dios, como las monjas de clausura y los enfermos. Ellos os acompañan con el don preciosísimo de su oración y de su sufrimiento.

La Palabra de Dios de este día, Fiesta del Apóstol San Matías en la Víspera ya del Domingo de Buen Pastor, centra nuestra mirada una vez más en Cristo Jesús, el Señor Resucitado, el Maestro, el “Pastor y Guardián de nuestras vidas” (1 Pt 2, 25), el Buen Pastor, la puerta al redil del Pueblo de Dios. Quizá andabais “descarriados como ovejas” sin pastor, pero Él os encontró, os atrajo hacía sí, os convirtió a él, os hizo sus amigos, os eligió y os llamó para ser en su nombre y representación pastores del Pueblo santo de Dios. Sí: no lo olvidéis. No le habéis elegido vosotros a Él; Él ha sido quien os ha elegido a vosotros a través de su Iglesia como a Matías. Cristo Jesús os dice también a vosotros: “Soy yo quien os ha elegido” (Jn 15,16); y lo ha hecho a pesar de vuestra pobreza y fragilidad.

Vuestra llamada al sacerdocio ordenado es un gran don de la benevolencia divina. Bien lo sabéis vosotros. Llegáis al sacerdocio no por propios méritos, sino por elección de Jesús, por su amor de predilección hacia vosotros. Recibís esta gracia no para provecho y beneficio propio, sino para ser pastores al servicio de Cristo y de los hermanos. Si estáis abiertos a la gracia inagotable del sacramento, ésta os transformará interiormente para que vuestra vida, unida en el amor para siempre a Cristo sacerdote, se convierta en permanente servicio y total entrega.

Por ello recordad siempre la exhortación del Señor: “Como el Padre me amado, así os he amado yo: permaneced en mi amor” (Jn 15,9). Es el amor el que os garantizará vuestra unión con el Señor. Unidos con Cristo y amándonos como él nos amó, tenemos la seguridad de que Dios permanece con nosotros como permaneció en El. Somos amados en el Amado. Esta es la identidad decisiva como discípulos de Cristo, que ha de estar siempre en vuestra conciencia de sentiros hijos amados en el Amado. Esto comporta una fidelidad siempre fresca e insobornable a vuestro “Sí” a Cristo; al amor comunicativo que en Cristo el Padre nos ofrece, y a la progresiva transformación que semejante comunión con Cristo, en Cristo y por Cristo se ha de ir verificando en vuestra vida en la medida en que os vayáis dejando amar en Él.

Antes de enviaros para que deis fruto, el Señor os va a asociar, como a Matías, al ministerio apostólico como colaboradores del mismo. A través de mis manos, Jesucristo, el Buen Pastor de su Iglesia, os va a consagrar hoy para ser presbíteros suyos y de su Iglesia. Mediante el gesto sacramental de la imposición de las manos y la plegaria de consagración, os convertiréis en presbíteros para ser, a imagen de Cristo, el Buen Pastor. Configurados con Cristo, participaréis así en su misma misión, maestro, sacerdote y rey, para que cuidéis de su grey mediante el ministerio de la palabra, de los sacramentos y el servicio de la caridad.

Ungidos por Dios con la fuerza del Espíritu, por el sacramento del orden seréis en comunión con el Obispo maestros autorizados de la Palabra en nombre de Cristo y de la Iglesia; seréis, a la vez, ministros de los sacramentos en la persona de Cristo, Cabeza, servidores suyos y administradores de los misterios de Dios (cf. 1 Cor 4, 1), y seréis pastores celosos de la grey que os sea encomendada a ejemplo del “Buen Pastor” (Jn 10, 11).

Pertrechados por el sacramento del orden, el Señor os envía y destina “para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto dure” (Jn 15,16). ¿Cuál es el fruto que el Señor y, con Él, la Iglesia espera de vosotros? Sencillamente el fruto del Amor entregado.

Antes de nada, el Señor espera de vosotros que lo reflejéis con vuestras palabras y con vuestras vidas de modo nítido y trasparente a Él, el Buen Pastor, el Señor Resucitado. Sólo él es el Buen Pastor, el Mayoral y el Pastor supremo (cf. 1 P 5, 4); sólo Él es la puerta de las ovejas, la entrada en el redil de los hijos de Dios, por la que debéis entrar vosotros primero. Sólo se puede ser pastor del rebaño de Jesucristo por medio de Él y en la más íntima comunión con Él. Sólo partiendo de Él, actuando con vistas a Él y en comunión con Él podréis realizar el servicio pastores del Pueblo de Dios.

Jesús señala además las condiciones del Buen Pastor, que son el fruto que Él espera de los pastores del Pueblo de Dios: dar la vida por las ovejas, conocerlas y preocuparse especialmente de las que están fuera del redil y del rebaño.

“El buen pastor da la vida por sus ovejas” (Jn 10, 11). Jesús espera de vosotros que deis, gastéis y desgastéis la propia vida por las ovejas, por las personas que os sean encomendadas. Es la suprema muestra del amor, del celo apostólico, de la caridad pastoral. De lo contrario viviréis no para el ministerio, sino del ministerio; os serviréis de él en beneficio y provecho propio, en lugar de vivirlo como servicio desinteresado a los hermanos.

No es el autoritarismo ni el afán de medrar en puestos o la propia exaltación o estima humana, sino el servicio humilde de Jesucristo, el servicio fraterno y la entrega desinteresada, lo que caracteriza al buen pastor. Ser buen pastor exige entrega incondicional y amor entrañable Cristo, a la comunidad y a cada uno de los que la forman. Lo decisivo no es el título, sino la actitud y testimonio de entrega total: vuestro único interés ha de ser llevar a las personas al encuentro transformador y vivificador con Jesucristo y su Evangelio. No se trata de gestos heroicos, sino de los pequeños gestos del día a día.

La entrega de sí mismo hasta en la muerte, a ejemplo del Buen Pastor, la aprenderéis a vivir en la Eucaristía; por eso la Eucaristía ha de estar en el centro de vuestra vida sacerdotal. Celebrar la Eucaristía de modo adecuado es encontrarse con el Señor, que por nosotros se despoja de su gloria divina, se deja humillar hasta la muerte en la cruz y así se entrega a cada uno de nosotros. La Eucaristía debe llegar a ser para nosotros una escuela de vida, en la que aprendamos a entregar nuestra vida. Debemos darla día a día. Debemos aprender día a día que yo no posemos nuestra vida para nosotros mismos. Día a día debemos aprender a desprendernos de nosotros mismos, a estar a disposición del Señor para lo que necesite de nosotros en cada momento. Sólo quien da su vida la encuentra.

Además el buen Pastor “conoce a sus ovejas y las suyas le conocen a él” (Jn 10, 11). ‘Conocer a alguien’ en sentido bíblico es mucho más que saber su nombre y apellido. Se trata de un conocimiento personal, un conocimiento del corazón con el corazón de Cristo, que surge del encuentro con el otro, del compartir su dolor y su drama. Este conocimiento implica cercanía a los fieles y amor apasionado por ellos, vivir entre ellos y con ellos, salir a su búsqueda y a su encuentro, como hizo Jesús. De lo contrario es imposible conocer sus gozos y sus angustias, sus necesidades e inquietudes para ofrecerles a Cristo, la Palabra y el Alimento de Vida. Existen muchas formas, y a veces muy sutiles, de vivir aparte, al margen o por encima de los fieles. Nadie puede cuidar la comunidad desde casa, desde el despacho o desde el templo. El pastor bueno acorta las distancias, dialoga con su gente con sencillez.

Para conocer las ovejas, hay que estar con ellas. Sabemos muy bien que cada día son más los bautizados alejados de la Iglesia. Sólo quien vive con verdadero celo apostólico, sabrá acercarse a los alejados. Aquí es donde se conoce al buen pastor. El estilo pastoral, que nos pide Jesús, el Buen Pastor, es el de una pastoral misionera y personal. Jesús sabe acoger a las personas en un encuentro personal e íntimo. En Jesús se da un respeto profundo a las personas en su intimidad más honda. Y ahí empieza la cura más profunda, su método de salvación. Es un camino delicado, es el camino del buen pastor.

Y, finalmente, Jesús nos dice: “Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor” (Jn, 10, 16). El auténtico pastor no se cierra en su ghetto, ni piensa solamente en los de dentro. El Buen Pastor tiene un corazón amplio, abierto, universal; se siente interpelado por la llamada de la Iglesia a la nueva evangelización para que Jesucristo y el Evangelio de Salvación lleguen a todos. La comunidad universal de los hombres que está invitada a escuchar, acoger y vivir el Evangelio. Seguir las huellas del Buen Pastor es aceptar este espíritu amplio y universal, que rompe todas las fronteras.

Demos gracias a Dios por vuestra ordenación sacerdotal. Ojalá que vuestro ejemplo aliente también a otros jóvenes a seguir a Cristo con igual disponibilidad. Por eso, oremos en esta Jornada dedicada a las vocaciones, para que el “Dueño de la mies” siga llamando obreros al servicio de su Reino, porque “la mies es mucha y los obreros” (Mt 9, 37).

Que María, la Mater Dei y la Redemptoris Mater, os mantenga siempre en el amor a su Hijo, el Buen Pastor, y os proteja y aliente en la nueva etapa de vuestra vida, que ahora va a comenzar con vuestra ordenación sacerdotal. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente
Obispo de Segorbe-Castellón

 

Fiesta de San Juan de Ávila

Castellón, Capilla del Seminario Mater Dei
10 de mayo de 2011

(1 Cor 9,16-19.22-23; Sal 88; Jn 15, 9-17)

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Queridos sacerdotes, diáconos y seminaristas:

Con alegría celebramos hoy a nuestro santo Patrono, San Juan de Ávila. Esta Jornada Sacerdotal es un día para la acción de gracias, para la alabanza y para la petición, hecha compromiso de vida.Damos gracias a Dios por el don de San Juan de Ávila, “maestro ejemplar por la santidad de su vida y por su celo apostólico”. Animados por el Apóstol de Andalucía, por su espíritu, ejemplo y enseñanzas, manifestamos nuestra gratitud por el don de nuestro ministerio. Con las palabras del Salmo (88), cantamos las misericordias del Señor, proclamamos su grandeza por las maravillas que ha obrado en nosotros. Unidos en la oración suplicamos a Dios Padre que nos conceda la gracia de la santidad y de la fidelidad creciente a todos los sacerdotes, siguiendo las huellas de su Hijo, el Buen Pastor, y el ejemplo de nuestro Patrono, San Juan de Ávila.

Con sincero agradecimiento os felicitamos de corazón a vosotros, queridos sacerdotes, que celebráis hoy las Bodas de Oro: Francisco Javier Iturralde Pachés, Fernando Moreno Aguilar y Julio Silvestre Fornals. También felicitamos en su primer aniversario de ordenación a Oscar Bolumar Asensio y José Sánchez López. Si día a día hemos de dar gracias a Dios por nuestro ministerio, hoy percibimos más vivamente esta necesidad. En los años de ministerio sacerdotal todos vamos experimentando que el Señor enriquece nuestra pobreza y fortalece nuestra fragilidad, recordando las palabras de Jesús: “Soy yo quien os ha elegido” (Jn 15,16). En esta jornada jubilar y sacerdotal en que pedimos especialmente por la santificación de los sacerdotes, todos estamos llamados a revitalizar nuestro compromiso apostólico. Es un día de renovación espiritual para redescubrir la belleza y la grandeza del don del sacerdocio.

Queremos encontrarnos con el Señor y Él desea que permanezcamos en su amor y alcancemos la alegría de la unidad. Nos repite constantemente: permaneced en mí, permaneced en mi amor. Es el amor el que nos garantiza nuestra unión con el Señor. Unidos con Cristo y amándonos como Él nos amó, tenemos la seguridad de que Dios permanece con nosotros como permaneció en El. Somos amados en el Amado. Esta es la identidad decisiva de los discípulos de Cristo que ha de estar en la conciencia profunda de sentirse hijo amado en el Amado.

Esto comporta una actitud de disponibilidad responsable: fidelidad insobornable a un “Sí” dado a Cristo; al amor comunicativo que en Cristo el Padre nos ofrece, y a la progresiva transformación que semejante comunión con Cristo, en Cristo y por Cristo se ha de ir verificando en nuestra vida en la medida en que nos vayamos dejando amar en Él.

San Juan de Ávila vivió esta experiencia del amor de Dios. Su memoria ha sido y sigue siendo un referente para los sacerdotes como modelo realizado de un sacerdote santo: un sacerdote que ha encontrado la fuente de su espiritualidad en el ejercicio de su ministerio, configurado con Cristo. Fue un enamorado de la Eucaristía, fiel devoto de la Virgen, conocedor de la cultura de su tiempo, buen consejero y animador de las vocaciones sacerdotales, religiosas y laicales. Vivió en comunión la amistad, la fraternidad sacerdotal y el trabajo apostólico. Lo mejor de sus afanes apostólicos lo vuelca en la formación de los candidatos al sacerdocio; él es consciente de que la verdadera clave de la reforma de la Iglesia estaba en la selección y buena formación de los pastores, tal como escribía al Concilio de Trento. En su tiempo no había escasez de vocaciones como tenemos ahora; el problema era las motivaciones y la calidad de la formación tanto intelectual como espiritual.

Queridos sacerdotes, en las jornadas sacerdotales nos vamos adentrando en la espiritualidad específica del sacerdote diocesano; tenemos que seguir progresando en encarnar esa espiritualidad. También al Maestro Ávila le tocó vivir tiempos difíciles. Eran tiempos de reforma. Siempre es tiempo de reforma. Él estaba convencido de que si se reformaba el estado eclesiástico, estaría encaminada la renovación de la Iglesia. “Este es el punto principal del negocio y que toca en lo interior de él; sin lo cual todo trabajo que se tome cerca de la reformación será de muy poco provecho, porque será o cerca de cosas externas o, no habiendo virtud para cumplir las interiores, no dura la dicha reformación por no tener fundamento”.

La caridad pastoral es la clave de la santidad del presbítero, a imitación de Cristo. Así lo expresa cuando escribe: “No solamente la cruz, más la misma figura que en ella tienes nos llama dulcemente a amar. La cabeza tienes reclinada para oírnos y darnos besos de paz, con la cual convidas a los culpados. Los brazos tienes tendidos para abrazarnos. Las manos agujereadas para darnos tus bienes, el costado abierto para recibirnos en tus entrañas, los pies enclavados para esperarnos y para nunca poderte apartar de nosotros. De manera que mirándote, Señor, en la cruz, todo cuanto vieren mis ojos, todo convida a amor: el madero, la figura, el misterio y las heridas de tu cuerpo. Y sobre todo el amor interior me da voces que te ame y nunca te olvide mi corazón” (Tratado del Amor de Dios, 14).

La contemplación del Buen Pastor nos lleva a recordar la misión de pastorear sus ovejas, subrayando la dimensión eclesial en la caridad pastoral. Amor al Buen Pastor y a sus ovejas son las dos vertientes de la caridad pastoral y la clave de la santidad y la espiritualidad sacerdotal. Dirá que para ejercer el ministerio son necesarias la prudencia, la paciencia, la fortaleza, el conocimiento de la teología y moral, la diligencia, la castidad, la eficacia en la palabra y la oración, pero “sobre todo conviene al cura tener verdadero amor a nuestro Señor Jesucristo, el cual le cause un tan ferviente celo que le coma el corazón con pena de que Dios sea ofendido y le haga procurar cómo las tales ofensas sean quitadas, y que sea honrado Dios y muy reverenciado, así en el culto divino exterior como en el interior, teniendo para con Dios corazón de hijo leal y para sus parroquianos de verdadero padre y verdadera madre” (Tratado del Sacerdocio, 39).

El santo Maestro de Ávila tomó por modelo a los Apóstoles y, particularmente a san Pablo, al que tanto imitó en su vida en el la evangelización de todas las Iglesias del sur de España. Él hizo suyas las palabras de San Pablo “Ay de mi si no anuncio el Evangelio” (1 Cor 9,16). En este tiempo en que la Iglesia nos llama con urgencia a la nueva evangelización, la doctrina y el ejemplo de vida de San Juan de Ávila iluminarán los caminos y métodos a seguir, y el nuevo ardor necesario para anunciar a Jesucristo y construir la Iglesia se encenderá al contacto con su celo apostólico. Él es un verdadero “Maestro de evangelizadores”. Sus enseñanzas nos ayudan a los sacerdotes y a todos los miembros del Pueblo de Dios en el fiel cumplimiento de nuestra vocación.

Los distintos campos y dimensiones de nuestra pastoral y de la nueva evangelización se ven iluminados y fortalecidos a la luz de los escritos y vida de este santo pastor y evangelizador. En la catequesis, Juan de Ávila es un buen modelo y estímulo para nosotros hoy. Él sabe transmitir con seguridad el núcleo del mensaje cristiano y formar en los misterios centrales de la fe y en su implicación en la vida cristiana; provoca la adhesión a Jesucristo y llama a la conversión. En la pastoral de la educación y de la cultura, de tanta importancia en nuestros días, Juan de Ávila fue un pionero. El fundó una Universidad, dos Colegios Mayores, once Escuelas y tres Convictorios para formación permanente integral de clérigos. Varias de estas escuelas y colegios eran para niños huérfanos y pobres. Buscaba con ello lo que hoy llamamos la formación integral con una orientación cristiana de la vida.

La memoria de San Juan de Ávila nos recuerda que no hay santidad de vida sin celo evangelizador ni celo evangelizador sin santidad de vida. Evangelizados y evangelizadores, son dos palabras inseparables. No podemos dar cabida al miedo que provoca la mediocridad y que nos impide caminar con confianza.

Por eso oramos diciendo: Señor Jesús, en cualquiera de las etapas de nuestra vida sacerdotal, Tú nos continúas diciendo: ¡Sígueme! Es tu llamada siempre actual que nos indica el seguimiento de adhesión amorosa a tu voluntad de anunciar el Evangelio. Sabes que somos débiles pero te amamos. Sabes que interrogados sobre el amor, como Pedro, dudamos, sentimos miedo, no sabemos qué contestar. Pero te decimos con toda confianza: Tú sabes todo, tú sabes que te amamos.

Escucha también esta mañana nuestra oración fraterna por nuestros hermanos sacerdotes fallecidos en este último año: Juan Bautista Alba Berenguer, Manuel Granell Cotanda, José Manuel Portalés Cantavella y Miguel Romero Navarro; y, en especial, por Manolo Mechó Gavaldá que este año hubiera celebrado las Bodas de Oro Sacerdotales en la tierra. Concédeles a todos participar del banquete celestial.

Y a todos nosotros haznos pastores santos de tu Iglesia; y concédenos la gracia de encontrar en la Eucaristía el alimento para nuestro camino de perfección y la fuerza para la tarea de nueva Evangelización. Que la Reina de los Apóstoles y San Juan de Ávila intercedan por nosotros para que en todo momento seamos trasparencia nítida y mediadora del Buen Pastor. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente
Obispo de Segorbe-Castellón