Delegado diocesano para el Congreso Eucarístico Internacional de Dublín

CASIMIRO LÓPEZ LLORENTE,

POR LA GRACIA DE DIOS Y LA SANTA SEDE APOSTÓLICA,

OBISPO DE SEGORBE – CASTELLÓN,

 

Vista la petición de 14 de septiembre de 2011 del Delegado Nacional para los Congresos Eucarísticos Internacionales, Mons. Julián López Martín, Obispo de León, de que designe un Delegado diocesano para el L Congreso Eucarístico Internacional de Dublín, que se celebrará los días 10-17 de junio de 2012; considerando las circunstancias y las cualidades que concurren en el interesado, por las presentes,

 

DESIGNO

 

al Rvdo. Sr. D. Antonio Sanfélix Forner, Delegado de Liturgia de esta Diócesis de Segorbe-Castellón, como Delegado diocesano para el L Congreso Eucarístico Internacional de Dublín, que se celebrará en junio de 2012.

 El Delegado diocesano, recibida la oportuna información y documentación del Delegado Nacional, sensibilizará a los fieles de esta Iglesia diocesana de Segorbe-Castellón sobre dicho Congreso y su temática, colaborará en su preparación espiritual y pastoral, y promoverá la participación en el mismo.

Espero que, asistido por la gracia de Dios, cumpla con celo, diligencia, fidelidad, sabiduría y prudencia las tareas que se le encomiendan.

Y, para así conste, signo, firmo, rubrico y sello las presentes en Castellón de la Plana, a veintiséis de septiembre de dos mil once.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe – Castellón

 

DOY FE.

Tomás Albiol Talaya

Vicecanciller – Vicesecretario General

Catequesis de Confirmación

Queridos diocesanos:

En breve comenzarán las catequesis en las parroquias. En pocas de ellas se ha implantado ya el proceso continuado de la iniciación cristiana para niños y adolescentes; son excepción las que ofrecen catequesis infantil. En la mayoría de  los casos se ofrece la catequesis preparatoria para la primera Comunión y Confesión, y la catequesis preparatoria para la Confirmación. Centrándonos en la de Confirmación, la mayoría de los adolescentes y jóvenes que se acercan a recibirla han estado distanciados de la práctica habitual en la comunidad cristiana, en muchos casos desde su primera Comunión.

Si queremos realmente que los adolescentes o jóvenes se preparen para que la acción del Espíritu Santo caiga en tierra buena y preparada, el primer objetivo de la catequesis de Confirmación ha de ser ayudarles a avivar y madurar su fe en Cristo, es decir, a descubrir y conocer a Aquel que es el Salva­dor del mundo, a seguir a Jesucristo resucitado que les da su Espíritu en la Iglesia viva, y a madurar en su vida cristiana. Hacia esto, que es lo principal, ha dirigirse la pastoral de la confirmación.

Pero, ¿cómo pro­vocar el deseo de Jesucristo en aquellos que, habiendo sido bautizados de niños y recibido la primera Comunión, no han tenido formación perma­nente en la fe y están distanciados de la comunidad eclesial? ¿Cómo lograr que chavales de 13 a 16 años se sientan atraídos de lleno hacia la persona de Je­sús, el Señor Resucitado, hacia su Evangelio como norma de vida, y hacerles ver esto les concierne plenamente, les pide conversión y transformación de mente, corazón y vida, para seguir a Cristo en el seno de la comunidad eclesial?

Contando siempre con la ayuda de la gracia, en el proceso catecumenal de preparación a la Confirmación hay algunos criterios que son básicos.

El primero es de carácter personal: se trata que cada joven llegue a la convicción personal de que quiere ser cristiano; es decir, que quiere creer de verdad en Cristo, seguirle en el seno de la Iglesia y ser su testigo en la Iglesia y en el mundo; para ello es muy aconsejable dedicar un tiempo -antes de comenzar con el programa de catequesis- al anuncio del kerigma que suscite y avive el encuentro personal con el Señor y la fe en Él, el deseo de conocerle, amarle y seguirle; antes de nada hay que aclarar y depurar, en su caso, con cada uno el motivo por el que desea recibir la Confirmación; si el motivo no fuera recto habrá que decirle que lo deje para más adelante.

En segundo lugar es necesario que el proceso sea personalizado, lo que no excluye la reuniones y actos catequéticos en grupo; pero cada uno ha de ser acompañado personalmente en su proceso de crecimiento en la fe y de vida cristiana (escucha de la Palabra, oración personal y comunitaria, participación en la Eucaristía dominical y en la Penitencia) así como de maduración en su vida moral. Es un proceso evolutivo y evangélico, que ha de ser realizado con ellos y no sólo para ellos.

Y, finalmente, este proceso ha de llevarse a cabo dentro de la co­munidad cristiana parroquial; y no sólo porque han de participar asiduamente en la vida de la comunidad sino también porque la misma comunidad está aludida ante este acontecimiento de Pentecostés de la Confirmación, sin el cual se apagaría la Iglesia.

La preparación para la Confirmación implica, pues, que el joven desee de forma consciente y responsable orientar su vida, centrándola en Jesucristo Resucitado que nos reúne en Iglesia. Esto requiere de su parte interés, motivación recta, seriedad en el proceso y maduración en su fe y vida cristiana, y compromiso eclesial.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

La JMJ(II): Impulso para nuestra Iglesia Diocesana

Queridos diocesanos:

La Jornada Mundial de la Juventud en Madrid, por la que damos incesantes gracias a Dios, no puede quedar en el recuerdo o en la nostalgia de unos días bellos e intensos en la vivencia de nuestra fe. Es un peligro real que no podemos obviar. Por ello la pregunta es: Y, ahora, ¿qué?, cuando volvemos a la normalidad ordinaria de la vida y misión de nuestra Iglesia diocesana, y, en especial, de nuestra pastoral de la juventud.

La JMJ no pertenece al pasado. Es preciso dar un seguimiento a las JMJ en la pastoral ordinaria. En los encuentros de Madrid se realizó una siembra grandiosa,- ha escrito el cardenal Rylko-. En verdad: la JMJ ha sido una siembra grandiosa de la gracia de Dios en todos y, en especial, en los jóvenes presentes en Madrid y en otros muchos que no pudieron estar presentes. Muchos son los que han descubierto a Cristo y muchos son los que se han convertido a Él y a su Iglesia, como lo muestra la participación masiva en el Sacramento de la Reconciliación. Otros han descubierto la belleza de su vocación bautismal y han salido fortalecidos en el deseo de vivirla, arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe personal en el seno de la Iglesia; la alegría con que los jóvenes respondían a las palabras del Papa es signo elocuente de ello. No pocos han descubierto que Dios les llama o les podría llamar a seguir más de cerca a Jesucristo para entregarse a Él en el camino del sacerdocio ordenado o en la vida consagrada; bastantes se han mostrado dispuestos a ello. Otros muchos son los que habrán descubierto la llamada del Señor al matrimonio sacramental.

La buena siembra ha de ser cultivada para que germine y dé los frutos esperados. Ahora toca cultivarla mediante el acompañamiento personal y en los grupos juveniles. El Santo Padre nos ha mostrado en sus intervenciones que en la pastoral juvenil hay que ir a lo nuclear del ser cristiano y a las raíces de la vida cristiana. Es imprescindible cultivar el encuentro personal con Cristo, el Hijo de Dios vivo, así como la adhesión de mente y de corazón a Él, la conversión permanente a Cristo y a su Evangelio hasta dejarse transformar la mente, el corazón y la vida. No pueden faltar la escucha, el conocimiento y la acogida de la Palabra, la oración personal y comunitaria así como la participación asidua en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía, al menos en la Eucaristía dominical. Ser cristiano es creer, seguir, vivir y testimoniar a Jesucristo. Y todo ello nunca puede darse al margen de la Iglesia sino en el seno con la comunidad de los creyentes, en la comunión de la Iglesia, participando en su vida y en su misión.

Porque la JMJ nos ha mostrado también que vivimos tiempos de nueva evangelización. Se ha abierto una nueva etapa en el camino de la Iglesia para ir al encuentro de los jóvenes y ofrecerles la presencia salvadora de Cristo. La JMJ es una llamada esperanzadora para seguir anunciando a Jesucristo a los jóvenes sin miedo y sin desfallecimiento. De nosotros depende alimentar esta esperanza con una pastoral juvenil renovada, que acompañe a los jóvenes en su vida de fe, y de una pastoral juvenil misionera. Jesús llama a los mismos jóvenes a salir a la calle para anunciar y testimoniar a Cristo a otros jóvenes, para ayudarles al encuentro con Él, el Camino, la Verdad y la Vida. Con el Papa, confiamos en nuestros jóvenes cristianos, que se han sentido llamados a ser levadura en la masa, llevando la esperanza que nace de la fe.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

La JMJ(I): Don de Dios y aliento de esperanza

Queridos Diocesanos:

Aún está fresca en nuestra memoria y en nuestro corazón la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid. Hemos asistido a un “acontecimiento eclesial emocionante”, a una “manifestación de fe para España y, ante todo, para el mundo”. Así resumió Benedicto XVI en su Audiencia general del miércoles siguiente a la conclusión de la JMJ su vivencia de esos intensos días. En verdad: la JMJ ha sido un acontecimiento desbordante de la gracia de Dios, un nuevo Pentecostés para toda la Iglesia, incluida nuestra Iglesia diocesana, y para toda la humanidad.

En realidad todo el año en que nos hemos ido preparando para la JMJ ha sido un año de gracia de Dios. Dios nos ha ofrecido a todos, especialmente a los jóvenes, la inestimable oportunidad para encontrarnos con Cristo, de modo que, arraigados y edificados en Él, permanezcamos firmes en la fe. Recordemos las catequesis preparatorias en parroquias, movimientos y grupos, las vigilias mensuales de oración con los jóvenes y los días inolvidables de la presencia de la Cruz y del Icono de la JMJ a lo largo y ancho de la geografía diocesana. Y cómo vamos a olvidar los días previos a la JMJ en nuestra diócesis con los más de mil jóvenes de los más distintos países, que tan gozosa y generosamente fueron acogidos por parroquias y familias, y acompañados por el servicio gratuito de tantos voluntarios; especialmente gozosas fueron la Eucaristía en la Catedral de Segorbe, repleta de jóvenes, así como la Vigilia y la Misa del envío en el Pinar del Grao de Castellón.

Y, como colofón de todo, los días en Madrid junto al Santo Padre: han sido días de alegría desbordante, de encuentro con el Señor Jesús, de fiesta y de celebración de nuestra fe cristiana; días en que hemos experimentado la fraternidad cristiana y la catolicidad de nuestra Iglesia; días de reflexión y de profundización en la fe, compartiendo dificultades y proyectos; días para acercarse a la misericordia de Dios en el Sacramento del perdón y de oración silenciosa ante el Señor-Eucaristía, días de testimonio, de vocación y de misión. Días en que hemos sentido muy cercana la presencia amorosa de María, la Madre de la Iglesia.

Alguien me comentó días después de la JMJ: “¡Cómo lo necesitábamos!”. En verdad que la JMJ ha sido una bocanada de aire puro y fresco para los cristianos y para nuestra Iglesia; un aldabonazo que nos ha desperezado de nuestro apocamiento tedioso y que nos ha alentado en nuestra esperanza en el futuro de la Iglesia. La alegría profunda y nada superficial de tantos millares de jóvenes por su seguimiento de Cristo y por su pertenencia a la Iglesia del Señor nos ha hecho experimentar que la Iglesia está viva y es joven. Son jóvenes de su tiempo, que, a pesar de sus dificultades, y, a veces, dudas, tropiezos e incoherencias, quieren seguir a Jesucristo con la frescura, la fuerza y contagio de su juventud; jóvenes que, arraigados y edificados en Cristo, quieren vivir el Evangelio en el seno de la Iglesia; jóvenes que quieren dar testimonio de Cristo ante sus coetáneos para ayudarles a encontrarse con Él.

Dios ha estado grande, muy grande, con nosotros, y estamos alegres. Por todo ello damos gracias a Dios, a los organizadores, colaboradores y voluntarios de la JMJ.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

La Virgen de la Cueva Santa, nuestra patrona

Queridos diocesanos:

Nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón celebra un año más la Fiesta de  la Virgen de la Cueva Santa. Prontos a su llamada acudiremos la mañana del domingo, 11 de septiembre, a la Cueva Santa para mostrarle nuestro afecto sincero, más si cabe este año por el robo de su imagen y relicario de su santuario hace unos meses. Si este acto criminal nos duele en el alma y nos seguirá doliendo hasta que su imagen vuelva a ‘su casa’, a la Virgen de la Cueva Santa nunca nos la podrán robar de nuestro corazón. El mejor signo de ello será nuestra presencia numerosa en el Santuario el día de su Fiesta.

Bien sabemos que la Virgen de la Cueva Santa nos mira y nos acoge con verdadero amor de Madre: cada uno de nosotros, nuestras familias y nuestros pueblos, nuestras comunidades y grupos eclesiales, la Iglesia diocesana entera, estamos en su corazón; ella nos protege y cuida de nosotros como una verdadera y buena madre en nuestra vida personal, familiar y eclesial.

En su fiesta honramos a la Virgen de la Cueva Santa, sobre todo, por ser nuestra patrona: como un buen patrón ella nos guía en esta vida por el camino seguro para llevarnos a buen puerto: ella dirige y orienta nuestra mirada y nuestros pasos hacia su Hijo, el Hijo de Dios, el Salvador, el Camino, la Verdad y la Vida.  Por ello, con una de la antífonas de la Misa cantamos con alegría a la María la Virgen, porque de ella nació el sol de justicia, Cristo nuestro Señor. Celebramos a María, porque ella es la Madre del Señor y, en Cristo y por Él, ella es también nuestra Madre. Ahí está la razón de esta fiesta, del patrocinio de María; este es el verdadero motivo de nuestra alegría, de nuestra devoción y de nuestro amor a la Virgen de la Cueva Santa. Dejémonos llevar por la Virgen al encuentro con su Hijo, Jesucristo, y, en Él, con los hermanos.

Este deseo es lo que nos debe mover a subir una y otra vez a la Cueva Santa.  Al Santuario acudimos en los momentos de debilidad o de af1icción, pero también en los momentos de alegría o de alivio. María siempre nos ofrece, nos da y nos acerca a su Hijo como buena Madre. Ahora vivimos en el ‘destierro de la vida’, somos peregrinos hacia la plenitud en Dios en la vida eterna junto con María.  Como rezamos en la Salve somos ‘los desterrados, hijos de Eva’. Toda nuestra vida cristiana es como una gran peregrinación hacía la casa del Padre; por medio de María se descubrimos cada día el amor incondicionado de Dios por toda criatura humana.

La Virgen de la Cueva Santa nos susurra las palabras de su Hijo para que seamos fieles a nuestra condición de cristianos, sobre todo en estos momentos difíciles para perseverar como verdaderos discípulos de su Cristo. María, la primera cristiana, nos lleva a Cristo, nos enseña a vivir fieles a nuestra fe y existencia cristiana en el seno de la Iglesia. La Virgen de la Cueva Santa es modelo para todos los fieles, porque nos mueve a imitarla en las actitudes fundamentales de la vida cristiana: actitud de fe, esperanza, caridad y obediencia.

Miremos con fe y devoción a la Virgen de la Cueva Santa, escuchemos sus palabras y contemplemos su vida: por su intercesión pidamos la gracia de seguir a Cristo con mayor fidelidad y el don de la perseverancia final.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón