Llamados a la santidad

Queridos diocesanos:

En la Solemnidad de todos los Santos, la Iglesia nos invita a celebrar el gozo celestial de todos los santos. Son una muchedumbre innumerable: son los santos reconocidos de forma oficial, pero también los innumerables santos anónimos de todo tiempo y lugar, que han acogido a Dios y su amor, su amistad y su vida, y se han esforzado por cumplir con amor y fidelidad la voluntad divina en su vida terrenal.

San Bernardo, en una homilía sobre el Día de todos los santos, dice: “Nuestros santos no necesitan nuestros honores y no ganan nada con nuestro culto. Por mi parte, confieso que, cuando pienso en los santos, siento arder en mí grandes deseos”. El significado de la fiesta de todos los santos consiste, pues, en que, al contemplar su ejemplo, se suscite en nosotros el gran deseo de ser como ellos: felices por vivir en Dios, en su amistad y en la gran familia de los amigos de Dios. Ser santo significa vivir en Dios y con Dios, es decir vivir en su amistad y en su familia.

Todos estamos llamados a la santidad. No es cosa para unos pocos elegidos. Nos lo ha dicho muchas veces la Iglesia. De una manera especial lo recalcó el concilio Vaticano II. Pero, ¿cómo podemos llegar a ser santos, amigos de Dios? Para ser santos no es preciso realizar acciones y obras extraordinarias, ni poseer carismas excepcionales. Para ser santo es necesario, ante todo, recuperar a Dios en nuestra vida, creyendo y confiando plenamente en Él; es necesario dejar a Dios el lugar que le corresponde para que en cada ser humano, creado ‘a imagen de Dios’, brille la imagen divina. Los cristianos, por el bautismo, somos hijos suyos, participamos ya de su misma vida, de su amor, de su gracia y de su amistad. Es una vida nueva que pide ser acogida, y madurar y crecer en el encuentro personal con Cristo Jesús, la adhesión a Él, la acogida de su Palabra y de sus Sacramentos, el seguimiento de Jesús en el seno de la Iglesia y el vivir en el día a día el mandamiento nuevo del amor a Dios y al prójimo y el sendero de las bienaventuranzas, sin desalentarse ante la dificultad.

La experiencia de la Iglesia demuestra que toda forma de santidad, aun siguiendo sendas diferentes, pasa siempre por el camino de la cruz, el camino de la renuncia a sí mismo. Quien quiere guardar su vida para sí mismo la pierde, y quien se entrega, quien se pierde, encuentra la vida (cf. Jn 12, 24-25). Benedicto XVI ha dicho que la santidad consiste en dejar que Dios lleve nuestra carga. Es una forma de expresar la primacía de la gracia, pero también muestra la confianza de quien se sabe totalmente en manos de Dios. Los santos, dóciles a los designios divinos, han afrontado pruebas y sufrimientos, persecuciones y martirio. Han perseverado en su entrega, vienen de la gran tribulación y sus nombres están escritos en el libro de la Vida (cf. Ap 20, 12); su morada eterna es el Paraíso, la unión eterna y feliz con Dios.

Los santos son un estímulo a seguir el mismo camino y experimentar la alegría de quien se fía de Dios. Porque la única verdadera causa de tristeza e infelicidad para el hombre es vivir lejos de Dios. La santidad exige un esfuerzo constante, pero es posible a todos, porque, más que obra del hombre, es ante todo don de Dios. Dios nos ha amado primero y en Jesús nos ha hecho sus hijos adoptivos. Respondamos al amor del Padre celestial con una vida de hijos agradecidos. Acojamos su vida, su gracia y su amor con amor. Seamos santos. Y esto nos impulsará a amar también a nuestros hermanos.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Envío diocesano de los profesores de religión

Castellón, Basílica de Lledó, 25 de octubre de 2011

(Rom 8,18-25; Sal 125; Lc 13,18-21)

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Amados todos en el señor, queridos profesores y profesoras:

Estamos reunidos aquí esta tarde, convocados por el Señor, para celebrar un acto significativo dentro de la Eucaristía, centro de la vida y misión de la Iglesia y de todo cristiano. En breve recibiréis de mis manos el encargo de la Iglesia para enseñar en su nombre la Religión y Moral católica en los distintos niveles formativos de la escuela de iniciativa pública o social, concertada o no concertada; esta celebración os debe llevar a  todos a adquirir una conciencia más viva de vuestra condición de enviados por Cristo y por su Iglesia al mundo escolar.

La Palabra que hemos proclamado ilumina algunos aspectos de vuestra misión. Encargo, envío y misión son tres palabras prácticamente sinónimas. La más teológica es la palabra misión. Los Apóstoles recibieron un día de Cristo Jesús la misión de proclamar en su nombre y con su autoridad la Buena Nueva; una misión que se continúa en la Iglesia del Señor en el ministerio apostólico. Vosotros recibís la missio como profesores de Religión y Moral Católica para cooperar en este ministerio y misión apostólicos. Quiero profundizar con vosotros en este encargo eclesial.

En primer lugar, quien es enviado a la misión vive prendido, enamorado de Aquel que le ha enviado, de quien procede toda misión en la Iglesia: Cristo, el Hijo de Dios, el Señor, el ungido y enviado por Dios Padre y Dios Espíritu para anunciar la Buena nueva y realizarla en su vida, muerte y resurrección. Como a los Apóstoles en su momento, nos invita a estar con Él, a intimar con Él, a conocerlo. El alimento del enviado es hacer siempre la voluntad de Aquel que lo envió, como el Hijo, hace la voluntad del Padre movido por el Espíritu Santo. Ese alimento de vivir prendidos, enamorados de Quien envía es lo que debe fundamentar y alimentar vuestro trabajo diario, vuestras preocupaciones, vuestros anhelos, vuestra existencia personal y vuestra esperanza en la dificultad. Como recuerda hoy San Pablo: “Sostengo que los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos manifestará” (Rom 8,18).

Además, quien es enviado a la misión en la escuela no actúa en nombre propio sino en nombre de Cristo y de su Iglesia. Lo que ha de ofrecer y transmitir no son sus ideas, ni sus opiniones. Es Cristo mismo quien ha de ser anunciado y transparentado por el enviado; es la enseñanza de Cristo mismo, la Buena Nueva, sus actitudes, sus sentimientos, su vida y su obra liberadora y salvadora, tal como nos llega en la tradición viva de la Iglesia bajo de la guía de los Obispos en comunión con el Papa, lo que habéis de transmitir y llevar a los alumnos. Además de ofrecerles la formación sistemática en la religión y moral católica siguiendo lo establecido para cada curso, les ayudaréis así a encontrar respuestas a sus interrogantes personales y a aquellos que la cultura les va planteando.

Y, por último, quien es enviado a la misión en la escuela no sólo actúa en nombre de Cristo y de la Iglesia, sino que es el mismo Cristo quien actúa a través de él. El Espíritu Santo actúa a través de sus palabras, de sus gestos, de sus actitudes y de su cercanía. Ante la indiferencia ambiental y de muchos padres, ante la falta de interés del alumnado y antes las dificultades legislativas, administrativas y culturales podéis sentir la tentación del desaliento, de sentiros solos. No, queridos profesores y profesoras. No estáis solos: Jesucristo os acompaña, os conforta y os alienta por la fuerza del Espíritu y la cercanía de su Iglesia. Él, que es más grande y más fuerte,  está con, en y sobre vosotros inspirándoos las palabras qué debéis decir y las explicaciones que tenéis que dar. Su fuerza persuasiva y efectiva actúa a través de vosotros.

El Evangelio de hoy nos lo recuerda. Jesús nos habla del reino de Dios, que, instaurado por Él, ya está presente y activo entre nosotros, Cierto que su apariencia es pequeña como un grano de mostaza y su actuación invisible como la de la levadura en la masa. Pero por la fuerza la gracia de Dios, que nada ni nadie puede frenar, este reino va creciendo y trasformando todo. Estáis llamados ser servidores del reino y levadura en la masa mediante el anuncio y el testimonio de Jesucristo en el mundo escolar.

Pero ello sólo será posible desde la unión con el Señor en el seno de la comunión eclesial. El encuentro personal con Cristo, la contemplación de su rostro, el estudio contemplativo de la Palabra, el alimento de la Eucaristía y la purificación en la Penitencia han de iluminar y fortalecer vuestra la vida para que podáis ser de verdad testigos de Jesucristo. Él nos proporciona un nuevo modo de ver el mundo y las personas, nos hace penetrar más profundamente en el misterio de la fe, que no es sólo acoger y ratificar con la inteligencia un conjunto de enunciados teóricos, sino asimilar una experiencia, vivir desde la verdad (cf. Veritatis splendor, 88).

Nuestra adhesión personal a Cristo nos ayuda a brillar por dentro e iluminar por fuera en nuestro ambiente escolar. En este sentido, un profesor de Religión y Moral Católica debe cuidar su vivencia interior y su conducta exterior. Un enviado por Jesús a través de su Iglesia a la escuela, en misión eclesial y al servicio de los educandos, no puede hacerse ilusiones acerca del éxito. “No es el siervo mayor que su amo, ni el envido más que aquel que lo envía”. Como los apóstoles de la primera hora, también hoy, en el siglo XXI, os encontraréis a menudo con la indiferencia ante la fe, tendréis a veces la sensación de extrañeza en el entorno escolar e, incluso, puede que experimentéis una cierta minusvaloración o incluso menosprecio de vuestra tarea. Esta, en formas diferentes a lo largo de la historia, es una nota propia de los seguidores de Jesús y los enviados por la Iglesia. Pero no tengáis miedo. Vuestra misión no se basa en el éxito fácil e inmediato, sino en la fuerza de la gracia de Dios y en vuestra fidelidad a Cristo y a su Iglesia. Vuestro encargo no es recolectar, sino sembrar.

Con todo no estáis solos. No os faltará la presencia alentadora del Señor en forma de consuelo, de gozo y de paz. Contaréis con la fortaleza del Espíritu Santo y del acompañamiento de la Iglesia. Los encuentros periódicos en la Delegación, los diálogos con la delegada, las reuniones con otros profesores y el aliento de vuestro Obispo y, sobre todo, el trato asiduo con el Señor, la escucha meditativa de la Palabra de Dios, que alumbra la mente y el corazón, y la participación frecuente en la Eucaristía y en el sacramento de la Penitencia os confortarán en vuestra misión.

Que la Virgen, la Madre del Señor, os aliente y acompañe a lo largo de todo este curso escolar recién comenzado. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Apertura del curso académico 2011-2012 en el CEU de Castellón

CAMPUS DEL CEU EN CASTELLÓN
Capilla del Centro en Castellón –  25 de octubre de 2011

(Rom 8,18-25; Sal 125; Lc 13,18-21)

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Hermanos y hermanas, amados todos en el Señor:

Al inicio de un curso académico del Campus Universitario del CEU-Cardenal Herrera en Castellón el Señor nos ha convocado para la celebración de la Eucaristía. Aquí está la cima y la fuente de la vida y misión de nuestra Iglesia, de cada uno de los cristianos. También la Eucaristía es el la cima la fuente de vuestro Centro del CEU, que, por su identidad católica, se inserta en la vida y misión misma de la Iglesia. Y ésta no es otra sino anunciar, ofrecer y hacer presente a Jesucristo y su Evangelio en medio de los hombres y de las actividades cotidianas. En la Eucaristía, Él nos ofrece su Palabra, la Palabra de la verdad; por la Eucaristía quedamos unidos y vinculados estrechamente a Jesucristo: Él es Logos de Dios, la Verdad, sin Él poco o nada podemos hacer en la búsqueda de la verdad y en la educación de las personas desde la verdad. En la Eucaristía y por ella, Él mismo Señor nos une a sí mismo; conocerle a Él es conocer la verdad y la vida eterna. Él se une a nosotros, hace de nosotros un solo cuerpo, una comunidad educativa; nos da el alimento y la fuerza necesaria para la misión diaria.

Como creyentes católicos invocamos al Espíritu Santo, Espíritu de sabiduría y de inteligencia. Pedimos que el Espíritu de Dios guíe vuestras mentes y vuestros corazones, de profesores y alumnos, en la búsqueda constante de la verdad; sin la luz de la sabiduría que procede de Dios no podemos hacer nada de lo que a Él le agrada.

La Palabra de Dios, que hemos proclamado, es lámpara que ilumina nuestros pasos a lo largo de todos los días de nuestra vida, también de vuestra actividad académica, investigadora o docente. Esta palabra arroja luz sobre la vida de todos los aquí presentes, especialmente de los profesores católicos de este Centro cuyo curso inauguramos: profesores llamados a anunciar, testimoniar y hacer presente a Jesucristo y el Evangelio como centro vertebrador de la formación integral de los alumnos de ciencias de la salud, de enfermería o de magisterio, según vuestro propio carisma y vuestra singular vocación, fieles al proyecto educativo del CEU.

En la base de vuestro proyecto educativo habéis puesto la promoción de la formación cristiana, humana y profesional de los futuros médicos, enfermeros y maestros. Queréis hacerlo con exigencia intelectual, con excelencia académica y con una visión trascendente del hombre. Como Obispo diocesano no espero ni pido nada ajeno al propio CEU; vosotros mismos os proponéis como los valores más significativos de vuestros centros educativos la educación católica de los jóvenes desde la búsqueda de la verdad, que se basa en la apertura intelectual, humilde y amorosa hacia ella, en el respeto del otro y en la cercanía humana entre vosotros, profesores, y a los alumnos. La concepción integral del hombre, en la cual la libertad se realiza sólo en la verdad, es la dimensión esencial de vuestro proyecto educativo, basado en el rigor, la exigencia y la excelencia académica de toda la comunidad educativa

El quehacer diario de toda la comunidad educativa –de alumnos, profesores y administrativos-, basado en estos principios y valores, será el mejor servicio que vuestro Centro puede prestar a la sociedad actual y a nuestra Iglesia diocesana. No se trata tan sólo de formar buenos y eficaces profesionales, médicos, enfermeros o maestros; se trata ante todo y antes de nada de formar en el ser médicos, enfermeros o maestros, con una visión trascendente de la vida, con una concepción cristiana de la persona, de la propia y de los futuros pacientes o educandos, con una visión de la dignidad sagrada e inviolable de toda persona desde su concepción hasta su muerte natural.

San Pablo, en la lectura de hoy, nos previene ante una visión inmanente y materialista de la vida y de la persona, ante una comprensión de la existencia cerrada a Dios, a su amor y a su vida, ante la falta de esperanza: “Porque la creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios… fue con la esperanza de que creación misma se vería liberada de la esclavitud de la corrupción para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios… Porque en esperanza fuimos salvados” (Rom 8, 19.24)).

Bien sabemos que el problema central de nuestro tiempo es la ausencia y el olvido de Dios, raíz de la falta de verdadera esperanza. El secularismo, el nihilismo y el laicismo ideológico imperantes conducen a la sociedad actual –sobre todo a la europea– a marginar a Dios de la vida humana. Una de sus graves consecuencias es que arrastran a muchos a la ruptura de la armonía entre fe y razón, y a pensar que sólo es racionalmente válido lo material, lo experimentable y mensurable, o lo susceptible de ser construido sólo por el ser humano.

La concepción antropológica que de aquí se deriva es la de un hombre totalmente autónomo, que se convierte en criterio y norma de la verdad, del bien y del mal; se trata de un hombre cerrado a la Dios, a la trascendencia, de un hombre cerrado en su yo y en su inmanencia. Dios es marginado en la búsqueda de la solución de los problemas del hombre.

Pero el silencio de Dios, de su presencia, de su verdad y de su providencia sabia y amorosa abre el camino a una vida humana sin rumbo, sin sentido y sin esperanza, a proyectos que acortan el horizonte y se cierran en intereses inmediatos, a idolatrías de distinto tipo. La ausencia de Dios en la vida intelectual, cultural y social trae consigo consecuencias inhumanas, como son la pérdida progresiva del respeto a la dignidad de toda persona humana, o la absolutización de la ley política desvincula de la ley natural, de la naturaleza del ser humano, de todo fundamento pre-jurídico.

Cuando se reduce al hombre a su dimensión material e intramundana, cuando se le expolia de su profundidad espiritual, cuando se elimina su referencia a Dios, se inicia la muerte del hombre. Recuperar por el contrario a Dios en nuestra vida lleva a la defensa del hombre, de su dignidad, de su verdadero ser y de sus derechos, y del primer derecho fundamental, el derecho a la vida y de su derecho a una verdadera educación integral

La Universidad es el lugar de búsqueda de la verdad por excelencia. Sin Dios, como “fundamento de la verdad”, sin Cristo, el Logos encarnado, el Camino, la Verdad y la Vida, los valores y las virtudes, la educación y los derechos fundamentales tienden a convertirse en grandes palabras. El reino de Dios, reino de la verdad y de la vida, ha sido ya instaurado por Cristo y camina hacia su consumación plena.

Por eso, pedimos al Señor y oramos al Espíritu de la Verdad que os ilumine y fortalezca a toda la comunidad educativa y a quienes os dedicáis a la ciencia para ser testigos de una conciencia verdadera y recta, para defender y promover el ‘esplendor de la verdad’, en apoyo del don y del misterio de la vida. En una sociedad a veces ruidosa y violenta, con vuestra cualificación cultural, con la enseñanza y con el ejemplo, podéis contribuir a despertar en muchos corazones la voz elocuente y clara de la conciencia.

Como cristianos somos conscientes de que la luz de Cristo debe brillar en el mundo. Vivimos de la certeza de que el cristiano es, al mismo tiempo, ciudadano del cielo y miembro activo de ciudad terrena. Por ello, el cristiano debe vivir la unidad de vida que el Concilio Vaticano II y el Magisterio Pontificio propone para que seamos los testigos convincentes del Evangelio en aquellos campos propios de la vocación seglar  en los que el hombre necesita la luz del discernimiento y la fuerza para trasformarlos según el espíritu del Evangelio.

Fieles al espíritu apostólico de vuestro Patrono, San Pablo, estáis llamados a propagar el Evangelio a cada persona en particular y a todos los ambientes de nuestra sociedad en los que se juega el destino de los hombres. Que sólo os mueva la certeza de que el Evangelio es la Verdad que salva al hombre y le lleva a la plenitud de la felicidad. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe- Castellón

La alegría de la nueva evangelización

Queridos diocesanos

En el presente curso hemos incorporado la ‘nueva evangelización’ como tercer objetivo de nuestra acción pastoral. Lo hemos hecho por dos razones; por estar en unión y comunión con la Iglesia universal que se prepara para celebrar un Sínodo de los Obispos en Roma sobre este tema en Octubre del próximo año; y porque también nosotros sentimos la necesidad urgente de la nueva evangelización.

“Nueva evangelización” no significa ofrecer un “nuevo evangelio”, porque Jesucristo, Evangelio de Dios, es el mismo ayer, hoy y por los siglos (cf. Hb 13, 8, EN 7). Evangelizar es hoy y siempre anunciar a Jesucristo y su Evangelio; es decir, anunciar a las gentes de manera comprensible y creíble lo que Jesucristo nos comunicó acerca del ser último de Dios y sobre sí mismo, de su relación de amor entregado por nosotros y de todo lo que ello tiene que ver con el ser humano: su origen en Dios, el sentido y camino de la vida y el fin último al que está llamado, que no es otro que la vida eterna en Dios. Evangelizar es hacer presente en el mundo a Jesucristo y su obra salvadora para la humanidad; es hacer lo que hizo Jesucristo en su vida. Jesús anuncia e inaugura el Reino de Dios, su presencia, su gracia y su alianza de gracia y de misericordia con nosotros, la posibilidad de una vida reconciliada y enriquecida por los dones del Espíritu Santo en comunión con Él y con la Trinidad Santa.

Esta “nueva” evangelización supone una evangelización anterior, sin que incluya un juicio negativo respecto de ella. La evangelización a que se nos llama hoy es ‘nueva’ por la nueva situación cultural, especialmente en occidente, caracterizada por la exclusión de Dios, la indiferencia religiosa, la secularización de la sociedad, la mundanización de muchos bautizados. Esta nueva situación pide que el anuncio de Cristo y de su Evangelio se haga con nuevo ardor, nuevos métodos y nuevo lenguaje. Lo requieren los signos de los tiempos, las necesidades de los hombres y de los pueblos de hoy, los nuevos escenarios que diseñan la cultura. Nueva evangelización significa, por lo tanto, promover una cultura más profundamente enraizada en el Evangelio y  descubrir al hombre nuevo que existe en nosotros gracias al Espíritu que nos ha dado Jesucristo y el Padre.

“La Iglesia existe para evangelizar”, nos recordaba Pablo VI. Esta es su misión y su tarea, su alegría y su dicha. Uno de los obstáculos para la nueva evangelización es la ausencia de alegría y de esperanza. La dura y difícil realidad pastoral genera a menudo desaliento y cansancio. La propaganda anticristiana y el ambiente adverso al cristianismo, ampliamente propiciado por las fuerzas laicistas (paganas), perece que nos hubiera tocado el alma a muchos cristianos y a no pocos pastores, catequistas, padres cristianos y profesores de religión. Nuestra fe se tambalea, nuestra esperanza se debilita y nuestra caridad pastoral se entibia  La nueva evangelización se presenta como una medicina capaz de dar nuevamente alegría ante los posibles miedos a la hora de evangelizar.

Recuperemos la dulce e importante alegría de evangelizar. Seamos ministros servidores de Cristo y del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido la alegría de Cristo y la fuerza de su Espíritu, y aceptan consagrar su vida a la tarea de anunciar el Reino de Dios en la Iglesia y en el mundo.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

“Así os envío yo”

Queridos diocesanos:

El mes de octubre es el mes misionero por excelencia. Comienza el mes con la Fiesta de la Patrona de la Misiones, Santa Teresa del Niño Jesús; esta santa carmelita de Lisieux, sin salir del convento, vivió y entregó su vida contemplativa para que el amor de Dios, mostrado en Cristo, llegase a todos. “En el corazón de la Iglesia, mi madre, yo quiero ser el amor”, escribió Teresita. Y este mes misionero alcanza su punto más álgido en el Domingo del DOMUND, que este año celebramos el próximo día 23.

Las misiones, o mejor, la misión, es una tarea que, con palabras del Papa, “implica a todos, todo y siempre” (Mensaje DOMUND 2011). Estas palabras y el lema de este año nacen de las palabras de Jesús: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. De la misma manera que el Padre envió a su Hijo al mundo para salvarlo, Jesús envía a su Iglesia y a cada uno de los bautizados. La misión, el envío es llevar a todos el anuncio del Evangelio, el poder salvífico de la Palabra de Dios y el poder salvífico del Misterio pascual de Cristo, fuente de Vida y Salvación. Es un envío que implica a todos. Todos los bautizados y todas las comunidades cristianas estamos llamados a vivir la misión salvadora de Dios; todos debemos ser partícipes de la misión ad gentes: obispos, presbíteros, religiosos y religiosas, laicos. Ningún creyente en Cristo puede sentirse extraño a esta responsabilidad y urgencia que proviene de su pertenencia sacramental al Cuerpo de Cristo.

Es un envío que abarca todo y a todos: esta misión está destinada a toda la realidad creada y a todas las actividades humanas; todo ha de ser transformado en Cristo según el plan de salvación de Dios hasta que Dios reine en toda la creación.

Esta misión abarca a todos. Los destinatarios del anuncio del Evangelio son todos los pueblos y todas las personas, pues a todos está destinada la salvación de Dios en Cristo. Especialmente son destinatarios los que aún no conocen a Cristo y su Evangelio, pero también aquellos que se han alejado de la fe. Son cada vez más numerosos aquellos que, aun habiendo recibido el anuncio del Evangelio, lo han olvidado y abandonado, y no se reconocen ya en la Iglesia. Muchos ambientes, también entre nosotros, son hoy refractarios a abrirse a la palabra de la fe. Está en marcha un cambio cultural que lleva a una mentalidad y a un estilo de vida que prescinden del Mensaje evangélico y que exaltan la búsqueda del bienestar material, de la ganancia fácil, de la carrera y del éxito como objetivo de la vida, incluso a costa de los valores morales.

Y, finalmente, el envío de Jesús es un envió que vale para siempre: la misión afecta a toda la humanidad y a todas sus dimensiones; no está limitada por tiempo ni por espacio; vale hasta la plenitud de los tiempos.

Con motivo del DOMUND se nos pide nuestra cooperación espiritual y económica. Se trata de impulsar una corriente de oración y sacrificio en orden a que Dios pueda acercarse al corazón de todo hombre y mujer para hacerle partícipe de su salvación. En unos casos, para cooperar con él en el anuncio del Evangelio; en otros, para abrir la mente y el corazón a la gracia de Dios. A esta cooperación espiritual se suma la económica, ofreciendo nuestra ofrenda evangélica para ayudar a tantos misioneros en la misión. Seamos generosos en la colecta de este día.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de la Virgen del Pilar, Patrona de la Guardia Civil

Castellón, 12 de octubre de 2011

(1 Cr 15, 3-4. 15-16; 16,1-2; Sal 26; Lc 11,27-28)

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¡Hermanas y  hermanos todos en el Señor!

Estimados Sr. Subdelegado del Gobierno y Sr. Coronel Jefe de la Comandancia de la Guardia Civil de Castellón: Les agradezco su amable invitación a presidir esta Eucaristía en el Día de la Patrona de la Guardia Civil. Estimadas autoridades civiles, judiciales y militares. Saludo con afecto a todos los miembros del Cuerpo de la Guardia Civil y a sus familias en el día de la Virgen del Pilar; ella es desde 1913, por propio deseo del Cuerpo, patrona, protectora y guía de la Guardia Civil. Hoy nos unimos a todos vosotros con esta Eucaristía de acción de gracias y de oración en la Fiesta de vuestra patrona.

La Virgen del Pilar nos remonta a los primeros momentos de la Evangelización de nuestra patria. La Virgen está con Santiago en el primer anuncio del Evangelio en nuestra tierra. Una antigua y venerada tradición nos dice que María reconforta y fortalece a orillas del Ebro en Zaragoza al Apóstol Santiago, cansado y desalentado en la difícil tarea de anunciar el Evangelio. Desde entonces, la Virgen del Pilar es aliento y protección de los cristianos de España y, más tarde, de los pueblos hispanos de América, en la obra siempre nueva y urgente de anunciar el Evangelio de Jesucristo, así como en la tarea para acogerlo y vivirlo en nuestra vida personal, familiar y profesional.

Este aliento y protección lo siento ahora al proclamar y explicar la Palabra de Dios ante todos Uds. en esta Misa, parte integrante de los actos oficiales de la Guardia Civil en honor a su Patrona, la Virgen del Pilar. Y no puedo hacer otra cosa sino anunciar el Evangelio de Jesucristo: porque con palabras de San Pablo: “¡Ay de mi si no anuncio el Evangelio!” (1 Cor 9, 16); y esto he de hacerlo “a tiempo y a destiempo”, con ocasión o sin ella (Cf. 2 Tim 2,4).

La primera lectura de hoy nos habla del Arca de la Alianza, que el rey David mandó trasladar a la tienda construida para darle cobijo. En el A.T., el Arca de la Alianza era el lugar por excelencia de la presencia de Dios en medio del pueblo de Israel en su peregrinar por el desierto (1 Cró 15,3-4.16; 16,1-2); si en esta día proclamamos esta lectura es porque María, la Virgen del Pilar, es el Arca de la Nueva Alianza por ser la Madre de Dios, por haber llevado en su seno virginal al mismo Dios; ella es signo elocuente de la presencia de Dios en nuestro mundo, en medio del pueblo cristiano y en medio de nuestro pueblo español.

Pero es más; La Virgen es como la columna que nos guía y sostiene día y noche en nuestro peregrinaje terrenal. El Pilar, esa columna sobre la que se aparece y es representada la Virgen, es símbolo del conducto que une el cielo y la tierra; es el signo de la acción de Dios en la historia y de lo que el hombre puede cuando da cabida a Dios en su vida. El Pilar es el soporte de lo sagrado, de la vida y del mundo, el lugar donde la tierra se une con el cielo, el eje a cuyo alrededor ha de girar la vida cotidiana, si quiere ser verdaderamente humana.

En María, Madre de Dios, la tierra y el cielo, Dios y el hombre, se han unido para siempre en su Hijo, Jesucristo. En Cristo Jesús, Dios mismo entra en nuestra historia y se hace presente, para mostrarnos quién y qué es Dios, y para desvelarnos la verdad del ser humano, del mundo y de la historia: su origen, su fundamento y su destino no son otros sino Dios mismo.

Por eso dice Jesús en el evangelio de hoy: “¡Mejor, dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!” (Lc 11, 27-28). María es dichosa, sí, por ser la Madre de Dios, por haberle llevado en su vientre y haberle amamantado. Pero, sobre todo, es dichosa por haber creído en Dios y a Dios, por haberse fiado de su Palabra, y por haberla puesto en práctica.

María se convierte así en modelo de fe, y en pilar seguro y firme de la Iglesia y de los creyentes: la fe en su Hijo, Jesucristo, y la profunda devoción a María, son los pilares sobre los que se fundamenta y va creciendo el pueblo de Dios en nuestra patria y en los pueblos de Hispanoamérica.

“¡Mejor, dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!”. Estas palabras van dirigidas hoy a nosotros. Jesús nos invita a abrir nuestra mente y nuestro corazón a Dios, a convertirnos a él, a escuchar y acoger su Palabra, a avivar nuestra fe cristiana, a llevar una vida coherente con la fe que profesamos. El Señor nos invita hoy a una renovación profunda de nuestra fe y vida cristiana, personal y comunitaria, profesional y pública. La fe, que hemos heredado, es un tesoro, que hoy necesita ser personalizada e impregnada por la experiencia de Dios, por el encuentro personal con Cristo, para que nuestra fe no sea mera tradición y los bautizados lleguemos a ser verdaderos creyentes y testigos.

Como antaño a Santiago, la Virgen del Pilar nos alienta hoy a todos los cristianos, independientemente de nuestra condición y profesión, para que no tengamos miedo de creer en Dios y a Dios. Ella nos susurra en este día: No tengáis miedo y abrid vuestro corazón a Jesucristo, arraigad vuestra existencia en él, fiaros de su Palabra, manteneos firmes en la fe cristiana, tened el valor de cumplir la Palabra y los mandamientos de Dios, cooperad día a día en la edificación del Reino de Dios: que es el reino de la verdad y de la justicia, de la gracia y de la vida, del amor y de la paz.

No nos avergoncemos de ser cristianos, en privado o en público, en nuestra familia o en nuestra profesión. La fe cristiana no es algo del pasado, sino tremendamente actual, porque Cristo Jesús vive, y da la vida porque ha resucitado. La fe cristiana no es un sentimiento subjetivo y volátil, propio de personas débiles o pusilánimes. La fe cristiana no es destructora, sino constructora de humanidad.

La fe cristiana, si es verdadera, lleva a asumir y vivir los valores, las actitudes, los sentimientos y los comportamientos de Cristo en nuestra concreta situación de vida. La fe no es asunto exclusivo de la conciencia, ni de la esfera privada. La fe cristiana afecta a la existencia y la transforma en todas sus dimensiones: en la esfera personal y en la familiar, en la esfera laboral y en la pública. “¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!”.

La Virgen del Pilar vuelve nuestra mirada a Dios y desea ardientemente que abramos nuestro corazón a Dios. Una sociedad que se cierra a Dios se va haciendo cada vez más inhumana. Por el bien del ser humano, por el bien de nuestra sociedad y por el bien de nuestro pueblo es hora de volver a abrir las ventanas para que la luz de Dios entre en nuestra vida y en nuestra sociedad. Y más lo es, si cabe, en estos momentos de crisis profunda y generalizada: es hora de contar con Dios, de avivar las raíces cristianas de nuestro pueblo en lugar de negarlas, combatirlas o marginarlas. Nuestra herencia cristiana no pertenece a la arqueología; tampoco es un fardo que obstaculice el camino hacia el progreso, sino el mejor capital que poseemos, lo mejor que los cristianos podemos aportar a nuestra sociedad. Miremos hoy a la Virgen del Pilar y, como ella, fundamentemos nuestra vida y nuestro trabajo en Dios.

Queridos miembros del Cuerpo de la Guardia Civil. Pido a Dios, que María, la Virgen del Pilar, os siga protegiendo en vuestro trabajo de servicio al bien común de nuestra sociedad y de nuestro pueblo español: un trabajo silencioso, que no siempre es bien comprendido ni suficientemente valorado; pero un trabajo que es siempre necesario para la libertad, la seguridad y la convivencia en nuestra sociedad.

A Dios ruego también por todos vuestros compañeros y familiares, fallecidos o víctimas de la violencia, así como por todas sus familias. Que el Señor conceda su paz eterna a los difuntos, y consuelo y esperanza a los atribulados. A El se lo pedimos de manos de María, la Virgen del Pilar, por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Al servicio de la caridad

Queridos diocesanos:

En este curso pastoral nos vamos a centrar en el cuarto objetivo de nuestro Plan Diocesano de Pastoral: la caridad y el compromiso de los laicos en la vida pública.

La Eucaristía –veíamos el curso pasado- es el centro de la vida de los cristianos y de toda la Iglesia. En ella, el sacramento de la caridad, se actualiza el misterio redentor del Señor: Cristo se ha entregado por amor hasta el extremo para que el mundo tenga Vida. La Eucaristía es un misterio que hemos de creer, celebrar y vivir. Lo uno lleva a lo otro. No nos podemos quedar en creer en la Eucaristía y celebrarla; ésta pide ser prolongada en el día a día hasta hacer de la propia vida una existencia eucarística; es decir, una ofrenda de amor a Dios, que nos ha amado en su Hijo, y una ofrenda a Dios que se hace servicio de amor a los hermanos.

La caridad no es un añadido en la vida de la Iglesia y de los cristianos; es parte integrante de su ser, de su vida y de su misión. El Papa, Benedicto XVI, en su Encíclica Deus caritas est, nos dice que la naturaleza íntima de la Iglesia se expresa en una triple tarea: anuncio de la Palabra de Dios, celebración de los Sacramentos, en especial de la Eucaristía, y servicio de la caridad. Son tareas que se implican mutuamente y no pueden separarse la una de la otra. Para el cristiano y para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia. La Iglesia y los cristianos servimos a la caridad por vocación propia y no para suplir las lagunas de la sociedad. .

El servicio de la caridad no es, pues, algo optativo o algo secundario, sino algo que no puede faltar en nuestra Iglesia diocesana, en toda comunidad parroquial y en la vida de todo cristiano. Como el buen samaritano, hemos de estar atentos y atender con diligencia, amor y gratuidad al prójimo necesitado. “La caridad de Cristo nos apremia” (2 Cor 5,14) a vivir para Cristo, desde Él y con Él, el servicio de amor a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Nuestra caridad arraiga y se alimenta en el amor mismo de Dios a la humanidad; es su prolongación y tiene una preferencia especial por los más pobres y excluidos. Cada cristiano y cada comunidad eclesial han de ponerlo en práctica y no pueden descuidar el servicio de la caridad.

Y puesto que el mundo es el ‘campo’ en el que Dios pone a sus hijos como buen grano, los cristianos laicos, en virtud de su bautismo y de su confirmación, y fortificados por la Eucaristía, han de vivir la caridad en medio de las condiciones comunes de la existencia. Esto llevará a los laicos a “buscar el Reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios… A ellos de manera especial les corresponde iluminar y ordenar todas las realidades temporales, a las que están estrechamente unidos, de tal manera que éstas lleguen a ser según Cristo, se desarrollen y sean para alabanza del Creador y Redentor” (LG 31). A partir de una vida cristiana intensa y coherente, alimentada en la Palabra y en la Eucaristía, el cristiano puede y debe crear y construir la ‘civilización del amor’.

Sin la gracia de Dios, sin la savia de la Vid que es Cristo Jesús y sin la fuerza del Espíritu nada podemos ser o hacer ni como cristianos ni como Iglesia. Vivamos el nuevo curso pastoral con ánimo y esperanza renovados. No estamos, ni caminamos ni trabajamos solos: El Señor Jesús y su Espíritu nos iluminan, alientan y fortalecen.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Coronación Canónica y Pontificia de la Virgen del Rosario de Almazora

Almazora, 7 de septiembre de 2011

(Is 61, 9-11; Magnificat; Gal 4, 4-7; Lc 1, 26-38)

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“Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1, 28). Con estas palabras del Ángel Gabriel saludamos esta mañana con gozo desbordante y con afecto filial a la Virgen del Rosario, a la Mare de Déu del Roser. Y, con las palabras de María, la Virgen, alabamos y damos gracias ante todo a Dios, proclamamos la grandeza del Señor, porque ha hecho en ella maravillas. Con este sentimiento de alegría y de gratitud nos disponemos a coronar su imagen en nombre y con la autoridad del Santo Padre, Benedicto XVI, en este día en que con toda la Iglesia celebramos la Fiesta de la Virgen del Rosario. Agradecemos de todo corazón al Santo Padre la gracia que nos ha dispensado; y una vez le expresamos nuestro afecto filial y nuestra cordial comunión a Él que nos preside en la fe y en la caridad. Gracias Santo Padre. Y gracias también por los días de la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid, que han sido una rica fuente de gracia y de aliento y esperanza para todos.

 

Os saludo de corazón a todos cuantos os habéis unido a esta celebración: a los Sr. Párrocos de la Natividad, Mn. Joaquín Guillamón, de San José, Mn. José Manuel Agost, y de San Vicente, Mn. Anotnio Caja, así como a los Sres. Vicarios General y Episcopal de Pastoral y al resto de sacerdotes que en buen numero nos acompañan. Saludo con afecto y respeto a las muy dignas autoridades civiles y militares: al Sr. Alcalde y a los miembros de la Corporación Municipal. Mi saludo a la Reina y a las Damas de las Fiesta. Y -¡cómo no!- a la Presidenta y Corte de Honor de Santa Quiteria y de la Santísima Virgen del Rosario en sus Bodas de oro y a cuantos de un modo u otro estáis unidos a nosotros, muy especialmente a los enfermos y a los mayores.

La historia de Almazora es impensable sin su devoción a la Virgen del Rosario, a la Mare de Déu del Roser. A lo largo de los siglos hasta el día de hoy, ella ha sido y es para los almazorinos la Madre atenta y solícita, la mediadora de todo don y de toda gracia, venerada e invocada como auxilio de los cristianos, consuelo de los afligidos y refugio de los pecadores. Ella es signo y medio permanente de la bondad de Dios para con todos vosotros. Así lo entendieron y vivieron vuestros antepasados en la fe: fue su experiencia de la cercanía maternal de María, la que os llevó hace cincuenta años a la creación de la Corte de Honor de Santa Quiteria y de la Santísima Virgen del Rosario. Al hacerlo no sólo manifestabais vuestra sincera gratitud a la Madre por todos los bienes recibidos por su intercesión, sino que también se expresaba vuestra fe viva y vivida en ella como Madre de Dios y Madre nuestra.

En recuerdo del 50º Aniversario de la creación de la Corte, a petición de las tres parroquias y del Ayuntamiento de la Ciudad, y para mantener viva la devoción a la Mare de Déu del Roser hoy coronamos su imagen. Hoy recordamos también el Año Mariano de 1987, en que fue construida la Ermita y comenzó a celebrarse con gran solemnidad el traslado anual de la imagen de la Virgen. La devoción a la Virgen del Rosario ha crecido a lo largo de estos años; el pueblo fiel de Almazora la sigue venerando con gran devoción como Madre y Patrona.

Pero ¿qué significa coronar a la Mare de Déu del Roser? ¿Por qué coronamos su imagen? Al coronar la imagen de la Virgen del Rosario proclamamos a María, la Virgen, como Reina nuestra. Y lo hacemos porque ella es la Madre de Hijo de Dios, el Rey mesiánico, cuyo reino no tendrá fin (cfr. Lc 1, 33). A María la llamados Reina, porque, por amor de Dios, -la llena de gracia de Dios-, fue unida íntimamente a Cristo y asociada a la obra redentora de su Hijo, y así nos lleva a la fuente de la Gracia (cfr. Jn 19, 26-27). Y, finalmente, a María la proclamamos Reina, porque ya participa plenamente de la gloria de su Hijo en cuerpo y alma: ella ha recibido ya la corona merecida (cfr. 2Tm 4,8), la corona de gloria que no se marchita: María se ha convertido así en esperanza nuestra (cfr. 1Pe 5, 4). María, la Mare de Déu del Roser, es la Madre de Dios y también Madre nuestra, la Madre de la Iglesia y la Madre de todos los creyentes; ella es la Madre que nos acompaña con su protección maternal a los creyentes de todos los tiempos en nuestro peregrinaje por los caminos de la historia. Generación tras generación, los creyentes experimentamos su protección maternal; por ello la invocamos con confianza, la llamamos bendita entre todas las mujeres y la proclamamos Reina.

Pero no podemos separar a María de su Hijo. Su grandeza y realeza radican en ser la criatura elegida por Dios para ser Madre de su Unigénito, el Mesías y Rey. El Hijo de tu vientre le dice el Ángel “será grande, se llamará hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin” (Lc 1, 30). Los cristianos sabemos bien que María no es una deidad –como a veces se puede leer en algún medio de nuestro entorno-. María es la Hija amada del Padre, la más grande de las mujeres de la tierra, la más excelsa de las criaturas, pero es una creatura no una diosa.

Ella supo responder con todo su ser a la elección amorosa y gratuita de Dios. Gracias a María, gracias a su fe y confianza en Dios, gracias a su esperanza en el cumplimiento de las palabras del Ángel y gracias a su gran amor, se ha podido realizar el acontecimiento central y decisivo en la historia de la humanidad. Con María se abre la puerta de la restauración humana. Por el ‘fiat’ de María, por la Encarnación del Hijo de Dios en su seno virginal, Dios ha venido a nosotros, Dios ha entrado en nuestra historia, Dios se ha hecho el Dios con nosotros, el Dios que camina a nuestro lado.

Gracias a María, la Palabra de Dios se ha hecho hombre en su seno por obra del Espíritu Santo; en su Hijo, Dios nos comunica su misma Vida y la Verdad última y definitiva de Dios sobre sí mismo, sobre la creación y sobre el hombre: en Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre en el seno de María, Dios nos muestra que Él es amor, que nos ama a cada uno, que ama a este nuestro mundo, que conduce nuestra historia y la del mundo entero. No caminamos hacia la destrucción o la nada. Nuestra meta no está en el disfrute de lo efímero de las cosas, sino en Dios: Dios, que es amor, llama al hombre a la vida para hacerle partícipe de su misma vida, que es vida sin fin, que es felicidad plena. En el Verbo de Dios encarnado, Dios mismo se ha unido definitivamente al hombre y a todo hombre para hacernos partícipes de la misma Vida de Dios; por su muerte y resurrección nos ha liberado de esclavitud del pecado y de la muerte, y nos ha devuelto la Vida. Jesús de Nazaret, el Hijo de María, es el Camino hacia Dios y los hermanos; El es la Verdad plena sobre el mismo hombre; El es la Vida para el mundo.

Por esto, nos preguntamos ¿qué significa para nosotros coronar la imagen de la Mare de Déu del Roser? ¿Es un acto bello y solemne, histórico –como escuchaba está mañana en la radio- o es algo más, o es bastante más? No nos quedemos en lo externo y superficial. Si la proclamamos Reina debería ser porque queremos que ella reine en nuestro corazón, en nuestras familias, en nuestras comunidades parroquiales, en nuestra Ciudad y en nuestra Iglesia diocesana. Por ello este acto es una ocasión más que privilegiada para volver nuestra mirada Dios, a Jesucristo, Redentor de todos los hombres y el único en el que podemos ser salvos, el único que tiene palabras de vida eterna.

La imagen de la Virgen del Rosario tiene en su brazo a su Hijo. Acudimos a Ella porque brilla en nuestro camino, como signo de consuelo y de esperanza. Todo su gozo, gozo de madre nuestra, está en darnos a Cristo, en llevarnos hasta Jesús. En el fondo no se acude a María si no es para encontrar en Ella a Jesús y su salvación. Quien se acerca a María que nos muestra a Jesús, fruto bendito de su vientre, se acerca también al Salvador. Es preciso que cada uno de los cristianos demos un gran paso y nos encontremos con Jesucristo, lo conozcamos, lo acojamos en nuestra vida, lo amemos, lo sigamos. Es necesario, mis queridos hermanos y hermanas, que abramos de par en par nuestro corazón a Cristo, al Hijo de Dios, al Enmanuel, Dios-con-nosotros, al Hijo de María. El es la Palabra de Dios, que, encarnándose, renueva todo; él, verdadero Dios y verdadero hombre, el Señor del universo, es también señor de nuestra historia, el principio y el fin de toda ella.

Esta persuasión y certeza es el eje sobre el que se debe articular nuestra vida personal, familiar y comunitaria. Mirar a Jesucristo, encontrarnos con Él, identificarnos con Él, conocerle, amarle, seguirle, poner todo en relación con Él, hacer que Él esté en el centro, y que Él dé vida e ilumine todo: ése es precisamente el sentido de nuestro existir cristiano. El camino de la necesaria renovación de la Iglesia, de nuestras comunidades, de nuestras familias y de cada uno de nosotros no puede ser otro que Cristo y nuestra conversión a él y a su Evangelio. Madre Teresa de Calcuta fue preguntada por donde debía comenzar el cambio de la Iglesia: “Por Ud. y por mi”, contestó. Necesitamos cambiar nuestra mente y nuestro corazón para pensar, sentir y obrar según Dios como ocurre en María. ¿No es verdad que nuestra mente y nuestro corazón con demasiada frecuencia se han adaptado a los criterios del mundo alejado de Dios, se han secularizado? En el Rosario, rezado con atención, contemplación y devoción tenemos un camino precioso para acercarnos a Jesús y conocerlo, para dejarnos configurar por él nuestra mente y nuestro corazón. El Rosario es con sus misterios de gozo y de luz, de dolor y de gloria es un compendio del Evangelio, que nos lleva a Cristo. Recuperemos el rezo del Rosario personalmente y en familia: una familia que reza unida permanece unida.

De manos de María hemos de volver a la escuela de Cristo para hallar el verdadero, el pleno, el profundo sentido de palabras como paz, amor, justicia, libertad. Se hace urgente, mis queridos hermanos, un continuo esfuerzo por volver a Cristo, para que podamos tener el valor de decir sí a la vida, al respeto de la dignidad de todo ser humano, a la familia, fundada en el verdadero matrimonio, a una educación cristiana de nuestros hijos y de nuestros jóvenes, al trabajo honrado para todos, al sacrificio intenso para promover el bien común. Necesitamos volver a esta escuela de Cristo, que es conocimiento de El, que es escucha de su palabra, que es trato de amistad con El, para convertirnos a Dios, para poder decirle sí a Cristo, que es el Camino, la Verdad y la Vida. Para edificar la nueva civilización del amor, sólo existe un camino: ponerse a la escucha de Cristo de manos de María, que nos dice “Haced lo que Él os diga”: dejémonos empapar por la fuerza de palabra y por su gracia; volvamos a la escuela de Cristo.

Miremos, una vez más, a la Virgen del Rosario. La Virgen, unida estrechamente a su Hijo Jesús, señala la senda que ha de seguir el cristiano tras su Señor. Una verdadera devoción a la Virgen llevará consigo una constante voluntad de seguir sus huellas en el modo de seguir a Jesús, su Hijo y Señor. María dedicada constantemente a su Hijo, se nos propone a todos como modelo de fe, como modelo de existencia que mira constantemente a Jesucristo. Como María, el cristiano se abandona confiado y esperanzado en las manos de Dios, vive dichoso, como ella, de la fe: nada hay tan apreciable como la fe que se traduce en amor a Dios y a los hermanos, en especial a los más pobres y necesitados. Que vuestra caridad hacia los necesitados se muestre en la generosidad en la colecta: al menos una cantidad igual a los gastos por la coronación debería ir destinada a los pobres.

Miremos, hermanos, a María. Ella es la estrella que nos guía en el peregrinaje de nuestra vida. Ella es la causa de nuestra alegría; su gloria es aliento para nuestra esperanza. Su fe y obediencia a la Palabra de Dios, que se hace carne en su seno virginal, el modelo y camino para llegar a la meta prometida. Ella es nuestra intercesora ante el Padre, el Hijo y el Espíritu. Acudamos a ella en todos los momentos de nuestra vida, en el dolor y en la enfermedad, en las alegrías y en las penas. Ella nos remite a su Hijo muerto y resucitado, el Evangelio de la esperanza.

Que la Mare de Déu del Roser os ayude a manteneros firmes en la fe y en la vida cristiana a los niños y a los jóvenes, a los matrimonios y a las familias. Que la Virgen del Rosario, vuestra Patrona, a quien a partir de hoy el pueblo fiel de Almazora proclamará Reina, reine en vuestros corazones. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

 

Coronación de la Virgen del Roser de Almazora

Queridos diocesanos:

El día siete de octubre, primer viernes de mes, coronaremos en nombre de su Santidad, Benedicto XVI, la imagen de la ‘Mare de Déu del Roser’ de Almazora. Es una gracia que nos ha concedido el Santo Padre a petición expresa de la Parroquia de Ntra. Sra. de la Natividad, del Arciprestazgo de Almazora y del Ayuntamiento de la Ciudad. Al celebrar este año las bodas de oro de la creación de la Corte de Honor de Santa Quiteria y de la Santísima Virgen del Rosario deseamos hacer memoria del Año Mariano de 1987, en que fue construida la Ermita y comenzó a celebrarse con gran solemnidad el traslado anual de la imagen de la Virgen. La devoción a la ‘Mare de Déu del Roser’ ha crecido a lo largo de estos años; el pueblo fiel de Almazora ha recibido múltiples gracias por intercesión de la Virgen María, a la que venera como Madre con gran devoción.

Coronar a María significa proclamarla Reina nuestra. Lo hacemos porque es la Madre del Hijo de Dios, el Rey mesiánico: ella nos da a Cristo y nos conduce a Él. María, unida a su Hijo Jesucristo, colabora en su obra redentora. La Virgen es mediadora de todas las gracias. María es Reina también, porque participa ya plenamente de la vida gloriosa de su Hijo al haber sido llevada en cuerpo y alma a los cielos al final de su vida terrena; y así es también aliento en nuestra esperanza. María nos acompaña a los creyentes de todos los tiempos en nuestro peregrinaje por la historia, en especial en estos tiempos recios de crisis espiritual, moral y económica. Si acudimos a ella con fe verdadera y con devoción sincera podremos experimentar su protección maternal. Por todo ello invocamos con total confianza a María, la llamamos bendita entre todas las mujeres y la proclamamos Reina nuestra.

Nuestra Señora del Rosario ha sido en el pasado y sigue siendo hoy para los católicos de Almazora un signo permanente de la bondad de Dios para con todos. Ella, la Madre de Dios y Madres nuestra, es la madre solícita y amorosa, mediadora de todo don y de toda gracia. La experiencia secular de la cercanía maternal de María, nos mueve a coronar la imagen de la ‘Mare de Déu del Roser’. Es una pequeña muestra del amor y de gratitud del pueblo de Almazora a la Virgen.

No queremos tan sólo recordar un hecho del pasado, que es ciertamente historia viva; deseamos, ante todo, intensificar con este motivo nuestra devoción a la Virgen del Roser. Una forma concreta de mantener viva la devoción a la Virgen del Roser es el rezo diario del rosario y, a poder ser, en familia. El rosario es una oración sencilla y profunda, a la vez, porque es un compendio del Evangelio. Ejercitado con devoción nos conduce a la contemplación del rostro del Señor, nos lleva al encuentro con su Persona, sus palabras y sus obras de Salvación a través de los misterios de gozo y de luz, de dolor y de gloria. Su rezo, hecho con contemplación, nos ayuda a profundizar en el Misterio Jesucristo, el Hijo de María, y así a avivar nuestra fe y vida cristiana. Conocer y comprender, creer y amar a Jesucristo -nuestro Salvador- es lo más grande que ella nos puede y quiere regalar. De manos de Maria, la Virgen del Rosario, podemos así hacer aún más presente a Dios y a su Hijo en nuestra vida.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón