¡En Navidad, nace Dios!

Queridos diocesanos

Es Navidad. Ante los intentos de ocultarlo y ante el riesgo de perder su sentido más genuino hay que recordar que en Navidad celebramos el nacimiento del Hijo de Dios en Belén. Os anuncio una gran alegría… hoy os ha nacido, en la ciudad de David, un Salvador, el Mesías, el Señor” (Lc 2,10-11); estas son las palabras del ángel a los pastores aquella noche fría de Belén. Aquel Niño es el Mesías esperado, el Salvador de toda la humanidad, el Señor de tierra y cielo, de la historia y del universo.

Jesús nace en una familia pobre, pero rica en amor. Nace en un establo, porque para Él no hay lugar en la posada. Es acostado en un pesebre, porque no tiene una cuna. Llega al mundo ignorado de muchos, pero acogido por los humildes pastores.

Nace un Niño, que es el Hijo eterno del Padre-Dios, el Creador del cielo y de la tierra. En ese Niño se revela el misterio de Dios. Él es la Palabra de Dios, que existía desde siempre y ahora toma carne en un momento de la historia. Ese Niño es la revelación definitiva de Dios a los hombres. Jesús dirá más tarde, “el que me ve a mí, ve al Padre”. Ese Niño es el Emmanuel, el “Dios-con-nosotros”, que viene a llenar la tierra de la gracia y del amor de Dios, de su luz, de su verdad y de su vida. Dios se hace hombre para que, en Él y por medio de Él, todo ser humano pueda quedar sanado, redimido y salvado, pueda renovarse y alcanzar su plenitud. A quien lo acoge con fe le da la capacidad de participar de su misma vida divina, de ser hijo de Dios (cf. Jn 1,12).

Con la venida de Cristo, la historia humana adquiere una nueva dimensión y profundidad. Con él, Dios mismo entra en la historia humana, abraza totalmente la historia humana desde la creación a la parusía. El mundo, la historia y la humanidad recobran su sentido: no estamos sometidos a la fuerzas de un ciego destino o a una evolución sin rumbo. El destino de la humanidad no es otro sino Dios en Cristo Jesús.

En Navidad, Dios mismo se pone a nuestro alcance en el Niño de Belén. Y Jesús no es una ficción, sino un hombre de carne y hueso;  no es un mito ni una leyenda piadosa, sino alguien concreto, que provoca nuestra fe. Dios mismo sale a nuestro encuentro. Dios no es una idea ni un ser lejano, sino un Dios con nosotros, que está en medio de nuestro mundo, inserto en nuestra historia personal y colectiva. Con Jesús, Dios pone su tienda en medio de la humanidad y se hace solidario con todos. Dios se hace nuestro prójimo y el prójimo deviene lugar de encuentro con Dios. Desde entonces el amor a Dios y el amor al prójimo no serán ya sino las dos caras de la misma moneda.

En Navidad nace Dios; y lo hace para todos los hombres, también para los hombres de hoy. Este Niño nos trae la salvación, el amor, la alegría y la paz de Dios para todos. El Niño Dios de Belén nos abre a todos el camino hacia Dios, y nos da la posibilidad de alcanzar la suprema aspiración del hombre: ser como Dios. A cuantos lo reciben les da el poder ser hijos de Dios, no por obra de la raza, sangre o nación, sino por la fe en su nombre (cf. Jn 1, 12).  Navidad es así la proclamación de la dignidad de todo ser humano. Porque el hombre sólo es digno de Dios y de su amor. La gloria de Dios es que el hombre viva (S. Irineo): somos  hechura de Dios, creados por amor y para el amor de Dios sin límites. Este es el fundamento de la verdadera dignidad de todo ser humano. Acojamos al Niño Dios. Que todos tengamos una feliz Navidad.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Cáritas nos necesita

Queridos diocesanos:

Cercana ya la Navidad, nuestra Caritas diocesana relanzaba por cuarto año la campaña extraordinaria ante  la crisis económica tan fuerte que sufrimos. El lema de este año, “Ante la crisis, ayudémonos”, es una llamada apremiante a nuestra conciencia cristiana. Nuestras Cáritas -diocesana, interparroquiales y parroquiales- están desbordadas ante el número creciente de personas y familias necesitadas. Cada día son más quienes se acercan en busca de alimentos, artículos de higiene, de dinero para la luz o el alquiler de vivienda, pero también para pedir ayuda humana, consuelo y orientación. “No llegamos a todos”, me dicen los responsables de Cáritas.

Antes de nada no puedo por menos de dar gracias de todo corazón a Dios por la generosidad mostrada hasta ahora por tantos fieles cristianos y por tantas otras personas de buena voluntad. Pero ante la situación persistente de la crisis econó­mica y sus efectos tan negativos para personas y familias tenemos que redoblar nuestro esfuerzo. Ante tanto sufrimiento no podemos quedarnos en la indiferencia o en el lamento. Como cristianos hemos de reaccionar y reforzar nuestro compromiso caritativo con los más pobres y necesitados. Si ‘la caridad de Cristo nos apremia’ siempre, más aún nos urge en estos momentos a compartir nuestros bienes con los más necesitados y a ofrecer parte de nuestro tiempo como voluntarios de Cáritas.

En el prefacio tercero de este tiempo del Adviento cantamos que el Señor viene a nosotros en cada hombre y en cada acontecimiento. Estas palabras nos recuerdan aquel pasaje evangélico en que Jesús al final de los tiempos llama benditos a los que dieron de comer al hambriento, de beber al sediento, o visitaron al enfermo o al encarcelado; a todos ellos les invitará a pasar al banquete de las bodas eternas. Porque –así dice Jesús- lo que hicisteis con uno de estos, conmigo lo hicisteis (cf. Mt 25, 31-46) Sí. El Señor viene hoy a nuestro encuentro en nuestro prójimo, y, en especial, en los necesitados de lo más elemental para supervivir, en los parados y en sus familias, en los que se sienten inútiles por  haber sido expulsados de la vida laboral o en los jóvenes que llevan años buscando un empleo.

El Papa nos recordaba hace unos días que la fe que se hace activa y comprometida en la caridad es el distintivo de los cristianos, y que organizaciones como Cáritas ayudan a la Iglesia a hacer más visible y creíble el amor que procede de Dios; ese amor que nos nace en Navidad. Este es el distintivo cristiano: la fe que actúa en la caridad. Cada uno de nosotros está llamado a dar su contribución para que el amor con el que Dios nos ama desde siempre y para siempre se convierta en vida, en fuerza de servicio y en conciencia de responsabilidad. Es una forma excelente de prepararnos para la Navidad y de celebrarla.

Tengamos un corazón sensible. Éste es un tiempo propicio para compartir. No olvidemos que hay más alegría en dar que en recibir. Ni las ideologías ni los sistemas salvarán al hombre. Lo que necesitamos son testigos del amor de Dios, que afronten la crisis como una oportunidad para hacer el bien, generar esperanza y construir una sociedad, basada en la verdad, en la justicia y en la verdadera humanidad. Salgamos de nosotros mismos y ayudemos a los que peor lo pasan.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

La alegría cristiana del Adviento

Queridos diocesanos

De entre las actitudes que el tiempo de Adviento nos invita a vivir con intensidad, el tercer Domingo de este tiempo destaca la alegría. De hecho, este domingo se llama tradicionalmente “Gaudete” (alegraos) precisamente por el tono gozoso, presente en la Palabra de Dios de la liturgia de este día. Isaías anuncia el retorno del exilio de Babilonia como una gran noticia: Como el suelo echa sus brotes, como un jardín hace brotar sus semillas, así el Señor hará brotar la justicia y los himnos ante todos los pueblos. Ante tal perspectiva la única reacción lógica es el entusiasmo: Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo. Se trata de la misma alegría y entusiasmo que María cantó en el Magníficat, por las maravillas que Dios ha obrado en su persona. Y san Pablo, en su primera carta a los cristianos de Tesalónica, nos exhorta: Estad siempre alegres. Sed constantes en orar. Dad gracias en toda ocasión: ésta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto de vosotros.

Así pues, la actitud de espera y esperanza, de preparación allanando nuestros caminos al Señor que viene, y también de compromiso de dar testimonio de esta venida del Señor, han de ir acompañados de un tono gozoso y alegre. La razón de esta alegría es que el Señor, que ya ha venido, sigue viniendo cada día y vendrá al final de los tiempos, ha hecho obras grandes por nosotros; por ello hemos de estarle agradecidos y vivir esperanzados de que continuará haciéndose presente y actuando en nuestro mundo.

Decía Chesterton que “la alegría es el gigantesco secreto del cristiano”. Esta es una vieja verdad. Tan vieja como las cartas de S. Ignacio de Antioquía, que –incluso cuando ya se sabía trigo de Cristo próximo a ser molido en los dientes de las fieras- se dirigía a sus fieles deseándoles ‘muchísima alegría’.

En el mundo también hay alegría, es cierto; pero es una alegría que al final se demuestra siempre frágil y poco duradera, y no pocas veces superficial y falsa. La fuente de la perenne alegría cristiana brota de lo hondo: la alegría cristiana viene de ese fondo de serenidad que hay en el alma, que, aún en la mayor dificultad, en la más grave enfermedad y en la muerte, se sabe amada, acogida, acompañada y protegida por Dios en su Hijo, Jesucristo. Dios es eternamente fiel a su palabra y a su designio de amor por cada ser humano.

El motivo de nuestra alegría en el Adviento es que Dios está cerca y viene a nosotros como el Salvador, como el Libertador, como la Luz que ilumina nuestros caminos y como la Vida que perdura en eternidad. Esta es la raíz de nuestra alegría: hemos sido rescatados del poder del maligno y de la muerte para ser trasladados a un mundo inundado por la gracia, la vida y el amor de Dios. Dios se ha hecho de nuestra carne y de nuestra sangre, ha entrado en nuestra historia personal, familiar y colectiva, y camina con nosotros. María, su madre, es nuestra madre y su Vida es vida para el mundo. Somos pequeños, limitados, finitos y llenos de defectos; pero gracias al Hijo de Dios, que nace en Belén,  puede resplandecer en nosotros el poder, la misericordia y el amor de Dios.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Ordenación Diaconal en la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María Virgen

S.I. Catedral-Basílica de Segorbe, 8 de diciembre de 2011

(Gn 3. 9-15.20; Sal 97; Ef 1, 3-6.11.12; Lc 1, 26-28)

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Amados hermanos todos en el Señor Jesús:

Os saludo cordialmente a cuantos habéis acudido a esta S. Iglesia Catedral de la Diócesis en Segorbe-Castellón para celebrar la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María y la ordenación de diáconos de estos dos hermanos nuestros, Julio y David. Hoy es un día de intenso gozo espiritual. En este día contemplamos a la Virgen María, la más humilde y a la vez la más alta de todas las criaturas. Al gozo de esta Solemnidad se une nuestra alegría y nuestra acción de gracias a Dios por vuestra ordenación, queridos hijos. Con el salmista cantemos “al Señor un cántico nuevo porque ha hecho maravillas” (Sal 97) en María y porque a vosotros os concederá hoy la gracia del orden del diaconado.

 Fijémonos primero en María, en el misterio de su Inmaculada Concepción. Este misterio nos recuerda dos verdades fundamentales de nuestra fe: ante todo el pecado original y, después, la victoria de la gracia de Cristo sobre él, victoria que resplandece de modo sublime y anticipado en María Santísima.

Hay muchos que se resisten a creer en el pecado original; lo consideran como una fábula, como una creencia infantil ya superada, como un leyenda propia de tiempos pasados e impropia del hombre ilustrado y moderno. Pero, por desgracia, “la existencia de lo que la Iglesia llama ‘pecado original’ es de una evidencia aplastante: basta mirar nuestro entorno y sobre todo dentro de nosotros mismos para descubrirla” (Benedicto XVI, Ángelus, 2008). La experiencia del mal y la tendencia al mal es real, consistente y persistente; una experiencia que se impone por sí misma y suscita en nosotros la pregunta: ¿de dónde procede el mal? Para un creyente, el interrogante es aún más profundo: si Dios, que es Bondad absoluta, lo ha creado todo, ¿de dónde viene el mal?

Las primeras páginas de la Sagrada Escritura (Gn 1-3), de la está tomada la primera lectura de este día, responden precisamente a esta pregunta fundamental, que interpela a cada generación humana. El libro del Génesis comienza con el relato de la creación y de la caída de nuestros primeros padres: Dios creó todo por amor y para que exista en el amor; en particular, Dios creó al hombre a su propia imagen y semejanza, como corona de la creación. Dios no creó la muerte, ni el pecado, ni el odio, ni el rencor, ni la mentira. La muerte entró en el mundo por envidia del diablo (cf. Sb 1, 13-14; 2, 23-24), que, rebelándose contra Dios, engañó también a los hombres; el príncipe del mal les indujo a la rebelión contra Dios y a vivir sus propios caminos al margen de Dios; es decir, a la ilusión de ser dioses sin Dios.

Es el drama de la libertad humana; una libertad que Dios acepta hasta el fondo por amor, incluido el rechazo de su propio amor. Pero el amor de Dios es tan grande, tan profundo, tan radical y fiel, que no abandona al hombre ni tan siquiera cuando éste rechaza su amor. En el preciso instante, en que el hombre rechaza el amor de Dios, Dios mismo promete que habrá un hijo de mujer que aplastará la cabeza  de  la  antigua  serpiente (Gn 3, 15).

Desde el principio, María es la Mujer predestinada a ser madre del Redentor, madre de Aquel que se humilló hasta el extremo para devolvernos a nuestra dignidad original. Esta Mujer, a los ojos de Dios, tiene desde siempre un rostro y un nombre: es la “llena de gracia” (Lc 1, 28). María es la nueva Eva, esposa del nuevo Adán, destinada a ser madre de todos los redimidos. En la oración colecta de hoy hemos rezado y confesado que Dios “preparó una digna morada para su Hijo y, en previsión de su muerte, la preservó de toda mancha de pecado”. María no sólo no cometió pecado alguno, sino que fue preservada incluso de la herencia común del género humano que es la culpa original, por la misión a la que Dios la destinó desde siempre: ser la Madre del Redentor.

El fundamento bíblico de la verdad de fe de la Inmaculada concepción se encuentra en las palabras del ángel: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1, 28). “Llena de gracia” es el nombre más hermoso de María; es el nombre que le dio Dios mismo para indicar que, desde siempre y para siempre, es la amada, la elegida, la escogida para acoger el don más precioso: es decir a Jesús, el Hijo de Dios, “el amor encarnado de Dios” (Deus caritas est, 12).

Por qué Dios escogió de entre todas las mujeres a María de Nazaret, es algo que pertenece al misterio insondable de la voluntad divina. Sin embargo, el Evangelio pone de relieve, ante todo, la humildad de la Virgen. Nos lo dice la misma Virgen en el Magníficat: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, (…) porque ha mirado la humildad de su esclava” (Lc 1,46.48). Sí. Dios quedó prendado de la humildad de María, que encontró gracia a sus ojos (cf. Lc 1, 30).

Ciertamente es así: la Virgen vive su existencia desde la verdad de su persona, que es la de toda persona humana. Y esta verdad sólo la descubre en Dios y en su amor. María sabe que ella es nada sin el amor de Dios, que la vida humana sin Dios sólo produce vacío existencial. Ella sabe que el fundamento de su ser no está en sí misma, sino en Dios, que ella está hecha para acoger el amor de Dios y para darse por amor. Por ello vivirá siempre en Dios, desde Dios y para Dios. María, la mujer humilde, aceptando su pequeñez ante Dios, dejando que Dios sea grande, se llena de Dios y queda engrandecida. La Virgen se convierte así en madre de la libertad y de la dicha. Dichosa por haber creído, María nos muestra que la fe en Dios es nuestra dicha y nuestra victoria, porque “todo es posible al que cree” (Mc 9, 23).

Maria, la Madre de Dios, es por su fe y por su santidad imagen y modelo de la Iglesia, elegida entre los pueblos para recibir la bendición del Señor y difundirla a toda la familia humana. Esta ‘bendición’ es Jesucristo. Él es la fuente de la gracia, de la que María quedó llena desde el primer instante de su existencia. Acogió con fe a Jesús y con amor lo donó al mundo, siendo la esclava de Dios, la sierva de su Hijo, la servidora de la Iglesia y de la humanidad. Esta es también la vocación y la misión de nuestra Iglesia, de todos los bautizados: acoger a Cristo en nuestra vida y donarlo al mundo “para que el mundo se salve por él” (Jn 3, 17).

Esta es vuestra vocación como diáconos y como futuros presbíteros. Las palabras del ángel “llena de gracia” encierran también el designio de Dios para todo ser humano, y para vosotros, queridos Julio y David. Dios Padre, que os ha bendecido con toda clase de bienes espirituales y celestiales, que os ha elegido para que seáis “santos e inmaculados ante él por el amor’ (Ef 1, 4) y para que seáis sus hijos por vuestro bautismo, también os elegido para ser sus presbíteros. Y hoy, como paso, previo os concede la gracia, el don, el bien del diaconado.

Salvando las distancias la ternura de Dios con María, se ha va a realizar en también en vosotros. Como ella fuisteis elegidos y llamados por Dios. No por nuestros méritos, sino por puro amor de Dios. Como ella, habéis ido superando vuestros miedos y madurando vuestra llamada; como ella, habéis creído, esperado y amado a Dios y su Hijo, Jesucristo, y hoy le decís: “He aquí el siervo del Señor, hágase en mí según tu palabra”. Y, como en ella, mediante la imposición de mis manos y la oración consagratoria, el Señor va a enviar sobre vosotros, queridos Julio y David, su Espíritu Santo, que en vuestro caso os va a consagrar como Diáconos, siervos de Dios, de su Jesucristo, de la Iglesia y de los hermanos.

Al ser ordenados de diáconos participaréis de los dones y del ministerio que los Apóstoles recibieron del Resucitado para ser en la Iglesia y en el mundo signos e instrumentos de Cristo, que no vino “para ser servido sino para servir”. El Señor imprimirá en vosotros una marca profunda e imborrable, que os hará para siempre conformes con Cristo Siervo. Hasta el último momento de vuestra vida seréis siempre por la ordenación y habréis de ser siempre con vuestra palabra y con vuestra vida signo de Cristo Siervo, obediente hasta la muerte y muerte de Cruz para la salvación de todos.

Como María, “los diáconos – enseña San Policarpo – son servidores de Dios y de Cristo y no de los hombres: ni calumnia, ni doblez, ni amor por el dinero; que sean castos en todo, compasivos, siempre diligentes según la verdad del Señor, que se ha hecho servidor de todos” (Ad Philipp., V,2).

Demos gracias al Padre que nos llena con sus dones y suscita vocaciones en medio de su pueblo, que son configurados con Cristo y ponen sus propias fuerzas a disposición de su Iglesia. Hoy es un día de acción de gracias, un día de alegría y de gozo: para la Iglesia entera, para nuestra Iglesia Diocesana, para el Seminario Diocesano ‘Redemptoris Mater’ y todos los responsables de vuestra formación, para  vuestras comunidades del Camino Neocatecumenal y para cuantos han sido puntos de referencia en el discernimiento y maduración de vuestra  vocación. Y -cómo no- también para vuestras familias.

Si acaso pudiera existir una ambición para el cristiano, pero sobre para el diácono, ésta debería ser el deseo de poder servir, como María. Al ser ordenado de diácono sois llamados, consagrados y enviados para ejercitar un triple servicio, una triple diaconía: la de la Palabra, la de la Eucaristía y la de la caridad. Fortalecidos con el don del Espíritu Santo, ayudaréis al Obispo y a su presbiterio en el anuncio de la Palabra, en el servicio del altar y en ministerio de la caridad, mostrándoos servidores de todos.

Son tareas del Diácono la proclamación del Evangelio y también ayudar a los Presbíteros en la explicación de la Palabra de Dios. En la ceremonia de ordenación os entregaré a cada uno el Evangelio con estas palabras: “Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero: convierte en fe viva lo que lees y lo que has hecho fe viva enséñalo, y cumple aquello que has enseñado”.

Para que vuestra proclamación y enseñanza de la Palabra de Dios sea creíble habéis de ser a la vez tierra buena, que acoja con fe viva el Evangelio que anunciáis y lo convirtáis en una fe vivida, que da buenos frutos. El mensajero del Evangelio ha de leer, escuchar, escrutar, estudiar, comprender, contemplar, asimilar y hacer vida propia la Palabra de Dios: el mensajero ha de dejarse guiar y conducir por la Palabra de Dios, de modo que ésta sea la luz para su vida, transforme sus propios criterios y le lleve a un estilo de vida según los postulados del Evangelio. Esto pide delicadeza espiritual y valentía para romper permanentemente con las cosas que creemos de valor y en realidad no lo tienen.

Sólo la mala tierra, la cerrazón del hombre, puede hacer infecunda la buena sementera de la Palabra de Dios, e impedir su salvación del pecado y del mal. Sólo nosotros con nuestro egoísmo y con nuestra ambición podemos apagar el resplandor divino en nuestros corazones, secar con nuestra soberbia y sensualidad las corrientes de aguas vivas que manan de la Jerusalén celestial y que nos llegan a través de la Iglesia.

La Palabra de Dios no es nuestra palabra, no es vuestra palabra. En último término, la Palabra de Dios es el Verbo de Dios mismo quien pasará, podemos decir “sacramentalmente”, por medio de vuestros labios y de vuestra vida, como pasa por medio de los labios y de la vida de todo ministro sagrado. Seréis mensajeros de la Palabra de Dios tal como ésta ha sido siempre proclamada por la Iglesia, no con interpretaciones personales que miran a halagar los oídos de quienes la escuchan. La Palabra de Dios pide ser proclamada y enseñada sin reduccionismos, sin miedos y sin complejos ante la cultura dominante. No es la Palabra de Dios la que debe ser domesticada a fin de reducirla a nuestros gustos y comodidades, o adaptada a lo que se lleva: somos nosotros quienes debemos creer, crecer y ayudar a otros para que lleguen a desarrollarse según la medida de la Palabra.

Contemplemos hoy a María, la Inmaculada, en toda su hermosura y santidad. Pidamos a la Virgen Inmaculada, que se avive hoy en nosotros, y especialmente en vosotros, queridos hijos, la fe y el amor, el deseo de la santidad y amistad con Dios, la aspiración a la belleza, a la bondad y a la pureza de corazón, el deseo de ser siervos de Dios, de su Palabra, de su Hijo en el servicio a la Iglesia y a los hermanos

¡Que de manos de María sepáis acoger en nuestras vidas al Dios que os ama, hasta el extremo en Cristo Jesús, hoy y todos los días de vuestra vida!  Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

María, la Virgen del Adviento

Queridos diocesanos:

María, la Madre del Hijo de Dios y Madre nuestra, que siempre nos acompaña en nuestra vida, lo hace muy especialmente en el Adviento. En este tiempo, la liturgia la recuerda diariamente. Además la contempla muy especialmente en la Solemnidad de la Inmaculada, en que, con la Concepción Inmaculada de María, celebramos la preparación radical a la venida del Salvador y el feliz comienzo de la Iglesia sin mancha ni arruga.

En esta fiesta recordamos que María fue preservada del pecado original desde el mismo instante de su concepción. Ella es el fruto primero y maravilloso de la redención realizada por Cristo. Alabamos a Dios, porque ha hecho maravillas en Maria: ella es la “llena de gracia” de Dios. Pero también contemplamos su belleza y su santidad por su fe, por su esperanza y por su amor a Dios y a los hombres. Porque María no permanece pasiva ante la plenitud de amor de Dios hacia ella, sino que responde con una fe y una confianza total en el Dios que la ha agraciado. María vive su existencia desde la verdad de su persona, que sólo la descubre en Dios. Como criatura de Dios, María sabe bien que nada es sin el amor de Dios y que su vida sin Dios, como toda vida humana, sólo produce vacío existencial. María sabe que está hecha para acoger y para dar, para hacerse ‘donante del don donado”. María sabe que la raíz y el destino de su existencia no están en sí misma, sino en Dios; Él es su esperanza; por ello vivirá siempre en, para y hacia Dios. Ella no es sino la hija predilecta del Padre, signo de la ternura de Dios.

María abre su mente y su corazón a Dios; acogiendo con humildad su pequeñez, se llena de Dios. Así se convierte en madre de la libertad y de la dicha. Movida por la fe y el amor, María acepta y acoge la Palabra de Dios en su corazón y acoge al Verbo mismo de Dios en su seno virginal y pone su vida enteramente en Dios, a su servicio y el de la salvación del género humano. “Hágase en mi según tu Palabra”, es su respuesta. María dice sí a la vida, dice sí al amor, a la gratuidad, a la esperanza, a la fortaleza, a la fe, a la paciencia, a lo eterno.

María, la Virgen del Adviento, que se preparó de modo singular a la vendida del Hijo de Dios, nos enseña a vivir el Adviento. Por su fe en Dios, María es la madre y modelo de todos los creyentes. Dichosa por haber creído, nos muestra que la fe es nuestra dicha y nuestra victoria, porque “todo es posible al que cree” (Mc 9, 23). En María, la Iglesia y los cristianos tenemos nuestra imagen más santa. Con María, la humanidad, representada en ella, comienza a decir sí a la salvación que Dios le ofrece con la llegada del Mesías. María es la madre de la esperanza, ejemplo y esperanza para cada uno de nosotros y para la humanidad entera. En ella ha quedado bendecida toda la humanidad. María es buena noticia de Dios para la humanidad. En ella, Dios, dador de vida, irrumpe en la historia humana; Dios no deja sola y abandonada a la humanidad; Dios ama a los hombres, nos llama a su amor, nos bendice y nos ofrece salvación.

Abramos como María nuestra mente y nuestro corazón a Dios y a su amor. María nos ofrece un mensaje de amor y de esperanza en una sociedad que debe despertar para no abandonar los valores, basados en Dios. En Cristo Jesús es posible el amor y la comunión con Dios, entre los hombres y entre los pueblos.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón