Por el verdadero matrimonio y la familia

Queridos diocesanos

En el primer domingo después de la Navidad celebramos la Fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret y, en España, la Jornada por la Familia El verdadero matrimonio y la familia están sustentados por el amor. En la Navidad contemplamos la manifestación suprema del amor de Dios, que en Belén se hace hombre por amor al hombre.

Las raíces más hondas del matrimonio y de la familia se encuentran en Dios mismo, en su amor creador del ser humano, y, por ello, en la misma naturaleza humana. El matrimonio no es algo confesional, sino que está inscrito en la misma naturaleza humana. Dios crea por amor al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza. Dios los llama a la vida, al amor y a la comunión mutua, fiel y para siempre en el matrimonio.

Dios mismo hace fecunda su unión amorosa en los hijos. “Los creó hombre y mujer y los bendijo diciendo: creced y multiplicaos, llenad la tierra” (Gn 1,27-28). En todo hombre y en toda mujer hay una llamada de Dios al amor y a la comunión interpersonal. El amor conyugal nace de la admiración mutua de un hombre y de una mujer ante la belleza y la bondad del otro e incluye una llamada a la comunión y a la transmisión de la vida. Es una llamada de Dios al amor esponsal que les lleva a la íntima entrega mutua para ser padre y madre responsables y amorosos. De la comunión del hombre y de la mujer en el matrimonio surge la familia. Los padres son los primeros y principales educadores de sus hijos; los padres cristianos también lo son de la educación de la fe de sus hijos.

Sin embargo, desde una perspectiva relativista, laicista y de total autonomía moral del individuo y del Estado se rechaza esta comprensión del matrimonio, como unión de un hombre y una mujer. No se admite que el matrimonio tenga que quedar reservado a la unión de un hombre y de una mujer, y se equipara al matrimonio la unión entre dos ciudadanos cualesquiera. Como denunciamos los Obispos españoles “de esta manera se establece una insólita definición legal del matrimonio con exclusión de toda referencia a la diferencia entre el varón y la mujer”. En consecuencia, tampoco se admite que la familia se base en el matrimonio, que la unión de los esposos para ser verdadera manifestación del amor matrimonial ha de estar abierta a la nueva vida, que la vida humana no se fabrica sino que se procrea como fruto del amor entre los esposos, que toda vida humana desde el momento mismo de su concepción hasta su muerte natural ha de ser querida, respetada y defendida.

No cabe duda que la propaganda, explícita o subliminal, va minando la conciencia de muchos ciudadanos y también la conciencia de muchos católicos. No es infrecuente escuchar que la Iglesia ha de ‘adaptarse’ a la sociedad, aun a costa de abandonar su fidelidad al Evangelio en la tradición viva de la Iglesia y así su fidelidad al ser humano según el plan de Dios. Se acepta como algo probado la acusación que se hace a la Iglesia de oponerse a los así llamados ‘avances’ de la sociedad y de la ciencia, sin tan siquiera preguntarse si todo lo socialmente permitido y lo científicamente posible es también moralmente aceptable, ayude al desarrollo verdaderamente humano y al progreso de la sociedad.

La Jornada de la familia nos invita una vez más a volver nuestra mirada a Dios para acoger, proclamar y vivir sin complejos el Evangelio del matrimonio, de la familia y de la vida en la comunión en la fe y en la moral de nuestra Iglesia. Hemos de recuperar su anuncio en la catequesis, en las homilías, en los cursos de formación y en nuestros medios; y hemos de hacerlo sin miedo como servicio al Evangelio, a los hombres y a la sociedad.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Día de Navidad

Castellón, S.I. Concatedral de Sta. María, 25.12.2012 

(Is 52,7-10; Sal 97; Hb 1,1-6; Jn 1,1-18)

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¡Amados hermanos y hermanas en el Señor!

Un año más, la Liturgia nos convoca ante el portal de Belén para adorar y meditar, para bendecir y alabar, para postrarnos en humilde oración ante el misterio del Niño Dios, nacido en Belén. “Hoy nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor”. Esta es la buena noticia de este Día Santo de Navidad. Una noticia antigua y siempre nueva, que resume y expresa la razón más profunda de nuestra alegría navideña. Y ¿por qué este Niño pobre y frágil, que yace en el pesebre, es motivo de alegría?

Este Niño es en apariencia uno de tantos niños. Nos ha nacido un Niño en un establo de Belén, en una situación de penuria, fragilidad y humildad: nace pobre entre los pobres. Pero el Niño que nace es el Hijo de Dios, de la misma naturaleza del Padre, “reflejo de su gloria, impronta de su ser” (Hb 1,3). Anunciado por los profetas, el Hijo de Dios se hizo hombre por obra del Espíritu Santo en el seno de la Inmaculada Virgen María. Cuando, hoy proclamemos en el Credo las palabras “y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen, y se hizo hombre”, todos nos arrodillaremos. Meditaremos breve, pero intensamente el misterio que hoy se realiza: el Hijo de Dios “se hizo hombre”. Si todavía nos queda capacidad de asombro y gratitud, contemplemos el misterio de la Navidad, adoremos al Niño-Dios. Hoy viene a nosotros el Hijo de Dios y nosotros lo recibimos de rodillas en adoración agradecida.

Sí hermanos: Adoremos al Niño con sentida gratitud, porque “un Hijo se nos ha dado”. La Navidad es el mayor regalo de Dios para toda la humanidad. La Navidad es el mayor don de Dios, porque Dios nos da a su propio Hijo por pura gratuidad, por puro e inmerecido amor a la humanidad. Jesús, el Hijo que nos ha sido dado, ha querido compartir con nosotros la condición humana para comunicarnos la vida divina. No nos dejemos distraer por los ruidos de alrededor o por los tintes neopaganos de tantas celebraciones de estos días. No nos dejemos embaucar por los intentos de silenciar o de negar el sentido propio de la Navidad.

Navidad, su raíz más profunda y su razón suprema, es que Dios nace a la vida humana y temporal: Dios se hace hombre, el Hijo de Dios toma nuestra naturaleza humana para hacernos partícipes de la vida de Dios. En Navidad, Dios se ha unido y está para siempre con nosotros: lo divino y lo humano quedan unidos para siempre. Nuestro Dios no es un dios lejano, al margen de la historia humana ni enfrentado a la humanidad. El Dios que hoy se nos muestra en este Niño es el Dios-con-nosotros, que entra en nuestra historia y la comparte, es el Dios que está a favor de los hombres: El Niño-Dios es el Emmanuel. “La gloria del hombre es Dios y la gloria de Dios es el hombre; que el hombre viva”, nos dice San Irineo. Es una tentación y una tragedia, presente ya desde el origen de la historia humana, pensar que Dios es el adversario del hombre. El Dios, que se manifiesta en el Niño-Dios nacido en Belén, no es un dios celoso del hombre, de su desarrollo, de su progreso o de su  realización. Dios, hermanos, no es el opio del hombre; es decir, una ilusión construida por el hombre con lo mejor de si mismo, que le impida ser él mismo.

No, hermanos. Dios se hace hombre por amor al hombre; Dios nace para que el ser humano lo sea en verdad y en plenitud, es decir conforme a su condición de ‘imagen de Dios’. Si el ser humano quiere serlo en verdad y conforme a su propia dignidad de ‘imagen de Dios’, no puede silenciar a Dios, no puede marginarlo de su vida, no puede intentar liberarse de El declarando su muerte para comenzar así a ser hombre. En Jesucristo y por Jesucristo, Dios ha hecho suya la causa del hombre, ha empeñado su palabra en la salvación del mundo. Sólo en Cristo Jesús encuentra el hombre su identidad, su plenitud y la salvación.

“La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn 1,14), hemos proclamado en el Evangelio. La Palabra, que ya existía desde el principio y antes de todo, la Palabra por la que Dios creó cielo y tierra, porque la Palabra es Dios, esa misma Palabra toma carne en un momento de la historia humana. Jesús, el Niño-Dios nacido en Belén de la Virgen María, es la Palabra definitiva de Dios, es la manifestación y revelación de Dios mismo a los hombres. Es el mismo Dios, quien se revela, quien se manifiesta y quien se pone a nuestro alcance en este Niño que nace en Belén. Este Niño-Dios es la manifestación definitiva de Dios. “Ahora, en la etapa final, (Dios) nos ha hablado por el Hijo” (Hb 1,2). No tenemos otro camino para conocer e ir a Dios y para encontrarnos con El sino el Niño-Dios. Jesús dirá más tarde a uno de sus discípulos: “Felipe, el que me ve a mí, ve al Padre” (Jn 14, 9). Porque la Palabra de Dios se ha hecho carne; no es un fantasma o una ficción retórica, sino un hombre de verdad, de carne y hueso: Jesucristo. No es tampoco un mito de la religión, ni es una leyenda piadosa, sino una persona real de la historia humana. Si creemos así, creeremos que el nacimiento de Jesús es la epifanía de Dios. En Jesús y por Jesús, Dios sale al encuentro del hombre. En Jesús y por Jesús, es Dios con nosotros, en medio de nuestro mundo, inserto en nuestra historia, que ya no podemos distorsionar.

Cristo Jesús, la Palabra hecha carne, culmina la plenitud de los tiempos. El es el centro de la historia y el cumplimiento de la promesa de Dios, que es promesa de salvación. En el nacimiento de Jesús, Dios pone su tienda en el campamento de la humanidad, cambia el rumbo de la historia, haciéndose solidario del empeño humano de construir la fraternidad universal. Dios se hace nuestro prójimo y el prójimo deviene el punto de mira que nos orienta y conduce a Dios. Por eso, cuando la Navidad alumbra a Dios, se convierte en una espoleta de paz y de fraternidad. La humanidad, más que nunca en nuestros días, está necesitada de ese Niño-Dios, “el Príncipe de la paz”, para que acalle el ruido de las armas, para que se respete toda vida humana, para que se ponga unión en las familias, serenidad y verdad en las mentes, perdón y reconciliación entre las naciones, gratuidad y amor frente a tanto egoísmo.

El nacimiento de Jesús significa el encuentro de Dios con los hombres, pero también el encuentro del hombre -de todos los hombres- con Dios. Al venir Dios a este mundo abre definitivamente el camino de los hombres a Dios. De esta suerte se nos da la posibilidad de alcanzar la suprema aspiración del hombre: ser como Dios, pero no al margen se Él, sino acogiéndole con fe. Pues dice Juan que a cuantos lo recibieron les dio el poder ser hijos de Dios, no por obra de la raza, sangre o nación, sino por la fe: si creen en su nombre (cf Jn 1,12).

 La Navidad no es un hecho del pasado sino del presente. Y será del presente en la medida en que dejemos que Dios llegue a nosotros, y nazca en nuestro corazón: así  se purificará nuestra fe, se fortalecerá nuestra esperanza y se avivará nuestra caridad.    Muchos, hoy como entonces, tampoco se darán cuenta del nacimiento en carne del Hijo de Dios. Seguirán creyendo que Dios hace tiempo que enmudeció, que dejó de interesarse por el hombre, o que se olvidó de nuestra realidad sufriente. Muchos dirán incluso que el hombre no tiene necesidad de Dios. En medio, de tanto colorido desvirtuado y de tanto contrasentido navideño, Dios, por encima de todo, viene y nace. Esa es la gran verdad: ¡Dios nace de nuevo en cada hombre y en cada mujer que esté dispuesto a acogerle en la fe, a dejarle espacio y tiempo en su vida!

Acerquémonos, hermanos, al Portal de Belén con una actitud contemplativa, de silencio y de adoración, de amor y de fe. Navidad pide de todo cristiano contemplar el misterio, acogerlo en el corazón y en la vida, celebrarlo en la liturgia junto con otros creyentes, y anunciarlo con entusiasmo. No nos avergoncemos de confesar con alegría nuestra fe en el Niño-Dios. Mostremos al Niño-Dios con humildad a nuestro mundo para que Cristo llegue también a quienes no lo conocen, no creen en El o lo rechazan.

 ¡Que el fulgor de su nacimiento ilumine la noche del mundo! ¡Que la fuerza de su mensaje de amor destruya las asechanzas del maligno! ¡Que el don de su vida nos haga comprender cada vez más cuánto vale la vida de todo ser humano desde su concepción hasta su muerte natural! ¡Que El Niño-Dios, el Principie de la Paz, nos conceda su Paz, la Paz de Dios! ¡Que el Niño-Dios encienda de nuevo la esperanza en nosotros! Sólo El nos asegura el triunfo del amor sobre el odio, de la luz sobre las tinieblas, de la vida sobre la muerte. ¡Que la alegría de esta Navidad, se prolongue durante todo el año, como el nacimiento hacia una vida que quiere crecer y madurar en el amor, en la verdad, en la justicia y en la paz! ¡Feliz, santa y cristiana Navidad para todos! Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

En Navidad Dios viene a nuestro encuentro

Queridos diocesanos:

Navidad está a la puerta. Aunque no falten los intentos de silenciar su verdadero sentido, en Navidad resuenan con fuerza las palabras del evangelista Juan: “La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn, 1, 14). Esta frase muestra el contenido propio de la fiesta de la Navidad y el motivo de la alegría navideña de los cristianos; una alegría que se ofrece a todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

Jesús, el Niño que nace en Belén, es la Palabra eterna de Dios, la Palabra de Dios hecha carne. El Niño nacido en Belén es el Hijo de Dios encarnado. Dios y Hombre, la divinidad y la humanidad, unidas en una sola persona: el Niño-Dios nacido en Belén.

La Navidad es un misterio de amor. Es el amor infinito de Dios Padre, que envía al mundo a su Hijo Unigénito para abrirnos el camino hacia Él, para darnos su propia vida y su amor. Navidad es el misterio del amor del “Dios con nosotros”, el Emmanuel: Dios entra en nuestra historia humana y viene a la tierra para entregarnos su vida por amor. Con su venida se entablará una lucha angustiosa entre la luz y las tinieblas, entre la verdad y la mentira, entre la muerte y la vida, entre el odio y el amor; al final, por su muerte y resurrección, triunfarán la luz y la verdad, la vida y el amor. El Príncipe de la paz, nacido en Belén, dará su vida para que en la tierra reine el amor.

Jesús, la Palabra de Dios hecha carne y nacido en Belén, nos invita con fuerza a dejarnos encontrar por Dios, a creer en Dios y a entrar en una vida nueva: es la vida que Él mismo nos ofrece en abundancia, la vida misma de Dios. Son muchos los que afirman que no necesitan de Dios; se creen autosuficientes y parecen empecinarse en vivir de espaldas a Dios. Pero el ser humano, pese al bienestar material y al progreso técnico, permanece siempre el mismo; aunque se resista algún tiempo a ello, al final se hace siempre las mismas preguntas sobre sí mismo, sobre su origen y su destino; el ser humano está hecho para el amor: necesita amar y ser amado; busca seguridad y reclama consuelo en su desvalimiento; busca y necesita la felicidad, busca y necesita la salvación. Cuando pasa el frenesí del momento, se da cuenta de que es frágil, finito y limitado, de que está necesitado de amor, de salvación, de que está necesitado de Dios.

En Navidad, Dios sale a nuestro encuentro porque nos ama. Es preciso dejarse encontrar por Dios, es preciso creer y confiar en Él, es necesario dejarse amar por Él. Como los magos del Oriente salgamos en su busca; lo encontraremos en el “niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre”. Todas las preguntas del hombre antiguo, moderno o posmoderno, tienen en Jesucristo su respuesta, porque Él es la palabra definitiva de Dios. Jesús es y nos trae la Buena Noticia. Como nos dice san León Magno, “alegrémonos, hoy ha nacido nuestro Salvador. No puede haber lugar para la tristeza cuando acaba de nacer la vida”. Esta invitación a vivir la alegría es un ofrecimiento y una llamada para todos.

Alegrémonos: la salvación ha venido por Jesucristo al mundo y algo ha cambiado definitivamente desde entonces. Y algo puede y debe cambiar en nuestra vida, si contemplamos, adoramos y acogemos al Niño-Dios, nacido en Belén.

Os deseo a todos una feliz y santa Navidad.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Navidad: llamada a la solidaridad

Queridos diocesanos:

El Adviento es tiempo de preparación para la Navidad. ¿Cómo hacerlo en estos tiempos de crisis económica y espiritual? Convirtiéndonos de verdad a Dios, para que se avive nuestra fe en Dios y nuestra solidaridad y generosidad con el hermano.

No podemos olvidar que en Navidad celebramos el nacimiento del Hijo de Dios. En Belén, Dios muestra su entrañable humanidad y su solidaridad con el hombre. El Niño, que nace en Belén, es el ‘Emmanuel’, el ‘Dios con nosotros’. En este Niño se manifiesta el Amor de Dios, que se ofrece a todo hombre. Dios ama tanto al ser humano, que no tiene a menos hacerse uno de los nuestros para abrirnos el camino para ser sus hijos y, en él, hermanos de todos los hombres; en Belén, Dios nos abre el camino al amor fraterno y solidario.

“Gloria a Dios en las alturas y en la tierra al hombre paz”, cantamos en Navidad. San Ireneo decía que “la gloria de Dios es que el hombre viva”. La gloria de Dios no es algo que nos aleje de Él, sino algo que nos acerca a Él. La gloria de Dios es el resplandor de su amor. De este amor divino nace el hombre. Dios ama al ser humano y se goza con sus hijos, los hombres. A Dios le glorifica que el hombre viva. Dios ama y crea al hombre para que llegue a su plenitud. El verdadero amor consiste en buscar el bien del amado. La gloria de Dios se manifiesta en el esplendor de sus criaturas. Por así decirlo, la gloria de Dios crece en la medida en que se acoge y crece la vida del hombre. La gloria de Dios dignifica al hombre, y la gloria del hombre engrandece la gloria de Dios. Dios quiere que el hombre viva, porque El es Amor y Vida.

En Navidad, Dios viene para que todo ser humano tenga vida. La razón última de este misterio es el gran amor de Dios. Jesús nace para que para que nos sintamos amados por Dios, para que tengamos vida y nos abramos a la esperanza. Jesús viene para curar e iluminar, para levantar y liberar, para perdonar y salvar. Jesús es el Dios que salva, ama y da vida. La vida que Dios quiere para el hombre es la vida en plenitud. Esta vida empieza por la vida natural: Jesús también cura a los enfermos, alimenta a los hambrientos y resucita a los muertos; esta vida sigue con la vida de comunión y del perdón, de la caridad fraterna y solidaria, de la paz y la justicia; esta vida se consuma en la eternidad gloriosa de Dios.

Prepararse para la Navidad es acoger a Dios y, a la vez e inseparablemente, a los hombres; es trabajar para que todo hombre pueda vivir con dignidad. Prepararse a la Navidad es comprometerse con la vida humana desde su concepción hasta su muerte natural; es extender la mano para levantar al caído; es acoger al que sufre soledad, pobreza, paro o marginación; es enfrentarse a la mentira que degrada y destruye; es rescatar al esclavo de sus vicios. Preparar la Navidad es saber dar a alguien razones para vivir y para la esperanza, es amar desinteresadamente para que haya amor.

Son muchas familias las que a causa de la crisis económica están pasando verdadera necesidad, material y espiritual. Para ayudarles, nuestra Cáritas diocesana ha lanzado por quinto año consecutivo la colecta extraordinaria de Navidad: “Ante la crisis:¡¡¡Ayudémonos!!!”. De nuestra generosidad depende que Cáritas pueda atender a los más desfavorecidos. Así daremos gloria a Dios, celebraremos una cristiana Navidad.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fe y conversión

Queridos diocesanos:

El Adviento es un tiempo de gracia para fortalecer y purificar la fe tras la huellas de Maria. No podemos olvidar que no hay fe sin conversión radical. No se nace cristiano. Uno se va haciendo cristiano. La fe consiste precisamente en “estrenar un corazón nuevo y un espíritu nuevo” (Ez 18,31).

“Conversión” quiere decir, antes que nada, “giro del corazón”. Pasar de la autoafirmación y autosuficiencia al abandono confiado en Dios. Dejar de ser el centro de uno mismo para vivir desde Dios. Entender y vivir la existencia, no en referencia a uno mismo ni al mundo, sino en referencia al Misterio de Dios. Por eso hay una manera radicalmente falsa de vivir la fe cristiana y consiste en que la persona siga siendo el centro de sí misma y sólo acuda a Dios para sus propios intereses.

La conversión exigida por la fe es una especie de “nuevo nacimiento” (Jn 3,35). Es una actitud nueva ante el mundo, diferente de la de aquél que no cree. Es una manera nueva de entenderse a si mismo, de pensar, sentir y actuar; es un modo nuevo de mirar, de pensar y de juzgar la realidad. Dios no es la explicación concreta de los fenómenos que se dan en el mundo, pero sí el que les da su sentido último más auténtico y trascendente. Es un modo nuevo de ser y de vivir: Dios es el horizonte y la medida de la criatura; desde Él quedamos confrontados a la verdad y al bien; desde Él somos invitados al amor.

En esta conversión no hemos de ver sólo “exigencia moral”. Convertirse a Dios es, antes que nada, curarse de la falsa autosuficiencia y de la inautenticidad, de nuestro ‘narcisismo’. Ponerse ante Dios ayuda al ser humano a conocerse a sí mismo, a descubrir su pequeñez y finitud, pero también su dignidad y grandeza, a enraizar su vida en la verdad y a esperar con confianza su último destino en Dios.

Esta conversión a Dios tiene lugar dentro de la vida de cada persona y, por tanto, cuando se da, modifica esa vida dándole más autenticidad. Cuando la persona se abre a Dios se hace más humana. Sin esta conversión moral, la fe puede ser pura ilusión. No se puede vivir ante Dios sin sentirse responsable ante el hermano y ante la sociedad. El criterio decisivo de la fe cristiana en un Dios Creador y Padre es el amor al hermano y la apertura a su necesidad: “Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor” (1 Jn 4,8). Por otra parte, la fe cambia la actitud moral de la persona. Lo que el creyente busca no es atenerse sin más a unos principios éticos, sino responder a la invitación de Dios. Los mandamientos y las bienaventuranzas son el camino para responder a esta invitación divina. La conversión no consiste en un remordimiento cerrado y estéril, sino en retornar al Padre y acoger su perdón regenerador en el Sacramento de la Penitencia. La conversión no es esfuerzo solitario, sino obediencia a Dios, acompañada y sostenida por su gracia.

La fe en Dios para que no se atrofie y se fortalezca, exige además formas concretas para reconocer la presencia de Dios, invocar su nombre, alabar su grandeza y adorar su misterio. En la vida de fe se busca el encuentro con Dios. Por eso, la puerta de la fe y su alimento es la oración, basada en la escucha de la Palabra de Dios, que es siempre viva y eficaz. Y, junto a ella, la celebración de los sacramentos, especialmente de la Eucaristía. Por último, no hemos de olvidar que la fe implica siempre un contenido. No es posible creer en Dios sin creer en lo que Dios nos revela. Por eso, el creyente va configurando su adhesión a Dios, su concepción del hombre y de la historia, y su visión del mundo a la luz de la revelación de Dios en Jesucristo, cuya síntesis encontramos en el Credo.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Nombramiento Delegado Diocesano para la Junta Diocesana de Cofradías, Hermandades y Asociaciones de Semana Santa

CASIMIRO LÓPEZ LLORENTE,

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTÓLICA,

OBISPO DE LA DIOCESIS DE SEGORBE-CASTELLON

 

Escudo_episcConsiderando que, transcurrido el año de renovación tácita por el plazo de un año del Secretario-Coordinador de la Junta Diocesana de Cofradías, Hermandades y Asociaciones de Semana Santa de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón, D. Pascual Luis Segura Moreno, a tenor del art. 19º, párrafo 3, del Reglamento de Organización, Funcionamiento y Régimen interno de dicha Junta, no fue presentada candidatura alguna para la elección de los cargos unipersonales en la Asamblea General Extraordinaria de uno de diciembre de este año, según establece dicho Reglamento;

Considerando que el mismo art. 19º, párrafo 5, dispone que “concluido el periodo de un año de prolongación de mandato, el Sr. Obispo de la Diócesis podrá nombrar un Delegado que asumirá las competencias que se citan en el art. 67º” del Reglamento citado;

Teniendo en cuenta las cualidades de eclesialidad y de diligente y buena gestión que concurren en la persona de D. Pascual Luis Segura Moreno, después de haber mostrado en la Asamblea citada mi voluntad de nombrarle Delegado, vista la anuencia muy mayoritaria de los asistentes y la aceptación expresa del candidato; por el presente

 

NOMBRO

 

A D. Pascual Luis Segura Moreno, Delegado Diocesano para la Junta Diocesana de Cofradías, Hermandades y Asociaciones de Semana Santa de la Diócesis de Segorbe-Castellón, a tenor del art. 67º del Reglamento de Organización, Funcionamiento y Régimen interno de dicha Junta, con las facultades establecidas en dicho artículo y con la facultad y petición de coordinar la regularización estatutaria de las Cofradías, Hermandades y Asociaciones que lo precisen. Para otras cuestiones, el Delegado Diocesano deberá pedir delegación expresa del Obispo Diocesano. El Delegado podrá elegir hasta tres colaboradores, a título personal, a tenor del mismo art. 67º.

Espero que, asistido por la gracia de Dios, cumpla con celo, diligencia, fidelidad, sabiduría y prudencia las obligaciones propias del cargo que se le encomienda.

 

Y para que así conste a los efectos oportunos, expido el presente en Castellón de la Plana a tres de diciembre del Año de la Fe de dos mil doce, festividad de S. Francisco Javier.

 

 

 

 

XCasimiro López  Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Doy fe,

 

 

Tomás Albiol Talaya

Canciller-Secretario General

María, madre y modelo de la fe

Queridos diocesanos:

Nos disponemos a entrar en el Adviento, el tiempo que nos prepara para el encuentro con Cristo Jesús, el Hijo de Dios, que viene y se nos da en la Navidad. Siempre y más aún en el Año de la fe, María nos acompaña en este tiempo como madre y modelo de fe en Dios. En ella podemos contemplar que la fe es un regalo de Dios, fruto de su gracia, y, a la vez, una adhesión confiada a Dios.

Dentro del Adviento celebramos a María en la fiesta de su Inmaculada Concepción, en la que recordamos la preparación radical a la venida del Salvador al encuentro con toda la humanidad. En la Inmaculada recordamos que María, por haber sido elegida para ser la Madre del Salvador, ha sido a la vez agraciada por Dios con dones a la medida de su misión de ser la Madre del Hijo de Dios. En nuestra Señora, Dios obra maravillas: es llamada a la existencia llena de la gracia y del amor de Dios, libre del pecado original.

Dios toma siempre la iniciativa y sale al encuentro del ser humano. La Inmaculada nos muestra el verdadero rostro de Dios: Dios es amor, crea por amor y para la vida eterna en su amor. Dios busca al ser humano, alejado de él por el pecado, para llenarle de su gracia, vida y amor. Lo primero que hace Dios es saludar. ‘Alégrate’, dice el Angel a María; un saludo que llama a la alegría y que pone de manifiesto la alegría misma de Dios al entrar en relación con nosotros; es una relación que trae la salud verdadera, la salvación. En la Virgen María se manifiesta por vez primera el plan divino de Salvación trazado por el amor misericordioso de Dios “antes de la creación del mundo” para todos.

María responde al amor de Dios con una fe confiada y con una total disponibilidad y entrega de su persona a Dios. “He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según palabra” (Lc 1,38). María vive toda su existencia desde la verdad de su persona, que sólo está en Dios y en su amor. La Virgen sabe muy bien que, sin el amor de Dios, ella es nada, y que, sin Dios, toda vida humana sólo produce vacío existencial. María sabe que está hecha para acoger el amor de Dios y para darse por amor. Por ello vivirá siempre en Dios y para Dios. María, aceptando su pequeñez, se llena de Dios, y se convierte así en madre de la libertad y de la dicha.

Por su fe, María es la madre y modelo de todos los creyentes. Dichosa por haber creído, María nos muestra que la fe y la vida en Dios es nuestra dicha y nuestra victoria, porque “todo es posible al que cree” (Mc 9, 23). La Virgen es además la primicia de la humanidad redimida. La “plenitud de gracia”, que para María es el punto de partida, es la meta para todos los hombres, que acogen con fe el amor de Dios ofrecido en Cristo. Dios nos ha creado “para que seamos santos e inmaculados ante él” (Ef 1, 4). En la Virgen, Dios, dador de amor y de vida, irrumpe en la historia humana. Dios no deja a la humanidad aislada y en el temor. Dios busca al hombre y le ofrece vida y salvación; Dios lo ama de modo personal, sólo quiere su bien y lo busca con un designio de gracia y misericordia. En un mundo egoísta y desesperanzado, la Inmaculada nos ofrece un mensaje de amor y de esperanza. En un contexto que invita a prescindir y suplantar a Dios, María nos invita a abrirnos al misterio de Dios y a acogerlo con fe. Solo en Dios y en su amor está la verdad del hombre. Sólo en Dios lograremos desarrollar lo mejor que hay en nosotros.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Jesucristo Rey del Universo

Queridos diocesanos:

En el último domingo del año litúrgico celebramos la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Jesús mismo se declara Rey ante Pilatos en el interrogatorio a que lo sometió cuando se lo entregaron con la acusación de que había usurpado el título de ‘rey de los Judíos’. “Tu lo dices, yo soy rey. Pero mi reino no es de este mundo”, añade. En efecto, el reino de Jesús, el reino de Dios nada tiene que ver con los reinos de este mundo, aunque se manifieste en este mundo. No tiene ejércitos ni pretende imponer su autoridad por la fuerza. Jesús no vino a dominar sobre pueblos ni territorios, sino a liberar a los hombres de la esclavitud del pecado y a reconciliarlos con Dios. El reino de Dios se realiza no con la fuerza y la potencia, sino en la humildad y en la obediencia. Cristo cumple su misión en obediencia al Padre y servicio a la humanidad. Reinar es servir.

Jesús es Rey porque ha venido a este mundo para dar testimonio de la verdad. “Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz” (Jn 18, 37). El reino de Jesús es el reino de la verdad y la vida, de la santidad y la gracia, de la justicia, del amor y de la paz. La ‘verdad’ que Cristo vino a testimoniar en el mundo es que Dios es amor y llama a la vida para participar de su amor. Toda la existencia de Jesucristo es relevación de Dios y de su amor, mediante palabras y obras. Esta es la verdad de la que dio pleno testimonio con el sacrificio de su propia vida en el Calvario.

La cruz es el ‘trono’ desde el que manifestó la sublime realeza de Dios Amor: ofreciéndose como expiación por el pecado del mundo, venció el dominio del ‘príncipe de este mundo’ e instauró definitivamente el reino de Dios. Desde este momento, la Cruz se transforma en fuerza y poder salvador. Lo que era instrumento de muerte se convierte en triunfo y causa de vida. Este reino se manifestará plenamente al final de los tiempos, después de que todos los enemigos, y por último la muerte, sean sometidos.

Jesús, el testigo de la verdad, nos descubre la verdad profunda de nuestras personas, del mundo y de la historia, la verdad de Dios para nosotros y de nosotros para Dios. Venimos del amor de Dios y hacia él caminamos. Por eso, porque El descubre la verdad honda y universal de nuestros corazones, todos los que la escuchan con buena voluntad, la acogen en su corazón y se hacen discípulos suyos. El reino de Cristo es el reino de la verdad, el reino del convencimiento y de la adhesión del corazón. En el evangelio de este día resuena la estremecida súplica del ‘buen ladrón’, que confiesa su fe y pide: “acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. Y así sucedió.

Celebrar a Cristo como Rey de la humanidad suscita en nosotros sentimientos de gratitud, de gozo, de amor y de esperanza. El Reino de Jesús es el reino de la verdad, del amor, de la salvación. El nos ha librado del reinado del pecado, de las fuerzas que nos esclavizan y del poder de la muerte. El nos pone en el terreno de la verdad y de la vida, en el camino del amor y de la esperanza. El es el Rey de la Vida Eterna. Esta fiesta nos exhorta a acoger la verdad del amor de Dios, que no se impone jamás por la fuerza. El amor de Dios llama a la puerta del corazón y, donde Él puede entrar, infunde alegría y paz, vida y esperanza.

Con mi afecto y bendición

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Misa exequial por D. Herminio Pérez Güemez

 

S.I. Catedral-Basilica de Segorbe, 19 de noviembre de 2012

(Sab 3,1-9; Salm 121; 1 Jn 3,1-2; Jn 14,1-6)

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Amados hermanos y hermanas en el Señor

El Señor nos ha convocado como Iglesia diocesana en torno a la Mesa de su Palabra y de su Eucaristía para celebrar el misterio de su Pascua, su muerte y su resurrección, en la muerte a este mundo de nuestro hermano sacerdote, D. Herminio. En la celebración de hoy, la Pascua de Cristo se hace más íntima y visible con la muerte de D. Herminio, quien en las primeras horas de ayer era llamado por el Padre del amor y de la misericordia a su presencia, a la edad de 89 años.

D. Herminio había visto la luz de este mundo el día 3 de octubre de 1923 en Camarena de la Sierra (Teruel), como hijo único de unos padres profundamente cristianos. Ingresó en el Seminario de Zaragoza en 1934 y fue ordenado presbítero el 20 de julio de 1947 en la S.I. Catedral de Teruel. En la Universidad Pontificia de Comillas de Santander obtuvo la licenciatura en Teología Dogmática.

Después de ejercer los ministerios de formador y profesor en el Seminario de Teruel y de vicario parroquial en la de San Andrés de Teruel, en 1954 fue nombrado párroco de Ntra. Sra. de los Ángeles de Bechí y, al pasar esta parroquia a Segorbe-Castellón en 1960, D. Herminio pasó a formar parte de nuestro presbiterio diocesano. En Bechí se ganó el aprecio y el reconocimiento de los feligreses por la entrega, inteligencia, buen trato y acogida que les dispensó. Con su talante dialogante y su gran bondad supo suscitar la colaboración y el compromiso de los fieles en los duros años de la postguerra civil española. D. Herminio consiguió de las administraciones públicas locales y estatales que la población de Bechí logrará disfrutar de servicios sociales esenciales, como nuevas instalaciones para el colegio del pueblo, el asfaltado de calles, el alumbrado eléctrico público entre otros. Por aquellos años inició los trámites para la construcción de la que unos pocos años más tarde sería la Casa de Espiritualidad de Cursillos de Cristiandad, que en breve albergará nuestro Seminario diocesano misionero ‘Redemptoris Mater’. Por todo lo anteriormente dicho, la población de Bechí le dedicó su avenida principal a D. Herminio Pérez Güémez.

En 1961, D. Herminio se trasladó a Segorbe, donde ejercerá los más variados diferentes ministerios pastorales en la curia diocesana. En 1961 el Obispo diocesano, Mons. José Pont i Gol, le nombró Canciller-Secretario de Cámara de la nueva curia, además le encomendó otros muchos ministerios; D. Herminio fue Notario Mayor, Provicario General, Agente de Preces, Delegado de Estadística, Delegado Diocesano de Medios de Comunicación, Delegado de adjunto de Apostolado Seglar, Profesor del Seminario de Segorbe. Todas estas tareas las asumió con gran dedicación y mucho esfuerzo por poner en marcha la nueva curia diocesana. Además, con posterioridad a 1961, asumió otras tareas: él fue Director del Boletín Oficial del Obispado, Juez Prosinodal, Responsable de las Casas Abadías, Vicario Episcopal de la zona de Plana Sur y Secretario del Consejo de Gobierno, Canónigo arcipreste de la S.I. Catedral, Vicario General, miembro del Colegio de Consultores, Juez diocesano, y, por último, Canciller-Secretario General y Delegado de Asuntos Matrimoniales, cargos que ejerció hasta hace poco menos de dos años.

Los tres Obispos, inmediatos predecesores míos, y un servidor confiamos a D. Herminio responsabilidades delicadas, que desempeñó con fidelidad y competencia. Sus aportaciones eran siempre muy valiosas para el discernimiento de los diversos asuntos manifestando siempre una clara visión diocesana. En su largo itinerario ministerial, tanto a nivel parroquial como diocesano, ha ejercido el ministerio con  generosidad, prudencia, celo pastoral y total disponibilidad y amor a la Iglesia. D. Herminio gozaba de gran consideración y afecto por parte de los sacerdotes, religiosos y laicos que le han trataron en el desempeño de sus responsabilidades. Todo ello nos movió a pedir de Su Santidad el titulo de prelado doméstico, que le entregamos en la Misa Crismal de este Año. Bien se puede afirmar que ha sido un sacerdote benemérito y ejemplar, que forma parte del patrimonio espiritual de nuestro presbiterio, don y estímulo para quienes todavía peregrinamos hacia la casa del Padre.

En esta mañana damos gracias a Dios por su persona, por su ministerio sacerdotal y por su buen ejemplo. A la vez elevamos nuestra oración al Dios del amor y de la misericordia por nuestro hermano. Y lo hacemos a la luz de la Palabra que Dios nos ha ofrecido en esta Liturgia.

El fragmento del Libro de la Sabiduría contiene una exhortación a la constancia en la prueba y una invitación a la confianza en Dios. El autor sagrado alaba la confianza de los justos en Dios en las vicisitudes y en las pruebas de la vida y les exhorta a mantenerse fieles al amor de Dios: “Los que confían en Dios comprenderán la verdad; los fieles a su amor seguirán a su lado; porque quiere a sus devotos, se apiada de ellos y mira por sus elegidos” (Sab 3,1-9, 9). Quien acoge la llamada de Dios que viene a su encuentro, quien se pone al servicio del Señor y entrega la vida en el ministerio eclesial no está exento de pruebas y de dificultades como demuestra la experiencia de los santos, como lo ha experimentado D. Herminio. Pero el vivir en el temor de Dios, en el seguimiento de Cristo y en la entrega a la vocación recibida, libera el corazón de toda pobreza y sumerge en el hondón del amor fiel y eterno de Dios. “Los que teméis al Señor, confiad en él … esperad sus bienes, la felicidad perpetua y la misericordia”, nos recuerda el autor del Eclesiástico (Sir 2,8-9).

Esta invitación a la confianza a los que temen al Señor y esperan en Él, conecta con el fragmento del Evangelio de Juan, que hemos proclamado: “Que no tiemble vuestro corazón -dice Jesús a los Apóstoles en la última Cena -. Creed en Dios y creed también en mi” (Jn 14,1). Nuestro corazón está siempre inquieto hasta que no encuentra un asidero seguro en nuestro peregrinaje por esta vida; y, en estas palabras de Jesús, nuestro corazón encuentra la roca sólida donde afianzarse y reposar. Porque, quien se fía de Jesús, pone su confianza en Dios mismo. Jesús es verdadero hombre, pero en Él podemos depositar nuestra fe incondicional, porque – como él mismo dice a Felipe – Él está en el Padre y el Padre está en Él (cfr Jn 14,10). En Jesús de Nazaret, Dios mismo ha venido en verdad a nuestro encuentro. Los seres humanos tenemos necesidad de un amigo, de un hermano que nos coja de la mano y nos acompañe hasta “la casa del Padre” (Jn 14,2); los seres humanos tenemos necesidad de alguien que conozca bien el camino. Y Dios, en su amor “sobreabundante” (Ef 2,4), ha enviado a su Hijo, no solo para indicar el camino, sino para hacerse El mismo “el camino” (Jn 14,6).

Por ello, “nadie va al Padre, sino por mí” (Jn 14,6), como nos dice Jesús. Este “nadie” no admite excepción; porque estas palabras son el correlato de aquellas otras de Jesús en la última Cena. Tomando el cáliz, dice Jesús: “esta es mi sangre, la sangre de la nueva alianza, que será derramada por todos para remisión de los pecados” (Mt 26,28). También las “estancias” en la casa del Padre son “muchas”; es decir, junto a Dios hay espacio para “todos” (cfr Jn 14,2). Jesús es la Vida abierta y ofrecida a “todos”; no hay ni existen otras vidas. Y las que parecen “otras”, si son auténticas, conducen a Él; de lo contrario no conducen a la Vida. Nunca podemos valorar y agradecer suficientemente el inmenso don que el Padre nos ha hecho a la humanidad enviando a su Hijo Unigénito.

A este don del Padre Dios corresponde nuestra responsabilidad, que es tanto mayor cuanto mayor es la relación que tenemos con Jesús, cuantos mayores son los dones que de El hemos recibido. “Al que mucho se le ha dado, – dice el Señor –, mucho se le reclamará; al que mucho se le ha confiado, mucho se le pedirá” (Lc 12,48). Por este motivo, al dar gracias a Dios por todos los beneficios que ha otorgado a nuestro hermano difunto, ofrezcamos por él la pasión y muerte de Cristo, para que llenen las lagunas debidas a su fragilidad humana.

El Salmo responsorial (121) y la segunda Lectura (1 Jn 3,1-2) llenan nuestro corazón de la esperanza, a la que hemos sido llamados. El Salmista nos invita a imitar en espíritu a los peregrinos que ascendían a la ciudad santa y, después de un largo camino, llegaban llenos de alegría a sus puertas: “Qué alegría cuando me dijeron: ‘Vamos a la casa del Señor’. Ya están pisando nuestro pies tus umbrales Jerusalén!” (Sal 121,1-2). El Apóstol Juan, en su primera carta, expresa esta alegría esperanzada desde la certeza de ser hijos de Dios y a la espera de la plena manifestación de esta realidad: “ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. … Cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es” (1 Jn 3,2).

Hermanos y hermanas en el Señor. Con nuestra mirada de fe en este misterio de salvación, ofrezcamos esta Eucaristía por nuestro hermano D. Herminio; él ya nos ha precedido en su encuentro definitivo con el Padre, en último paso hacia la vida eterna. Invoquemos la intercesión de la Bienaventurada Virgen María para que le acoja en la casa del Padre en la confiada esperanza de poder un día unirnos a él para gozar de la plenitud de la vida y de la paz. Amen.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

 

La fe, adhesión confiada a Dios

Queridos diocesanos:

Semanas pasadas decía que la fe es un don gratuito de Dios. Dios se da al ser humano y sale a su encuentro porque le ama y le llama a participar de su amor en plenitud. Pero para que esta llamada de Dios se haga realidad es necesario el encuentro entre Dios y el ser humano; es preciso que el ser humano se deje encontrar y amar por Dios, que abra su corazón a Dios, que se adhiera confiadamente y de todo corazón a Dios, que crea a Dios y en Dios.

La fe no consiste primordialmente en creer algo, sino en creerle a Alguien. Lo primero no es adherirnos a un credo, sino confiar radicalmente en Dios. Y porque confiamos en Él, acogemos, a la vez y en el mismo acto, lo que Él nos revela. Pero lo decisivo es siempre la adhesión confiada al Dios vivo en su Hijo, Jesucristo. Nos lo ha recordado Benedicto XVI: “Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Deus caritas est, 1).

El cristianismo, antes ser una explicación de Dios y del mundo, una moral o un fenómeno cultural, consiste en aceptar y vivir nuestra religación a Dios en Cristo. En su última esencia, creer es aceptar vivir desde Dios que nos da el ser por amor y nos llama a su amor en plenitud. Ésta es la experiencia básica del creyente: yo no soy todo; no soy la medida de todas las cosas; no soy el dueño de mi ser ni su origen; yo no puedo alcanzar con mis propias fuerzas mi deseo innato de infinitud; confío en Dios y acepto ser desde Dios que me hace ser; reconozco mi finitud; mi origen y mi destino están en ese Dios que me da el ser; Él es mi salvación y el fundamento sobre el que descansa todo.

La fe es, por tanto, confianza radical en Dios. El creyente siente su propia indigencia,  finitud y pecado, pero, al mismo tiempo, percibe la dignidad y la consistencia que puede encontrar en Dios; y confía en Él. En esa confianza absoluta descubre la forma lograda de ser y de vivir. Esta fe es de un orden diferente al de la ciencia. La ciencia ayuda a conocer mejor el funcionamiento de las cosas, pero es insuficiente para llevar al encuentro personal con Dios, que fundamenta todo y orienta la existencia. Por eso, la fe aporta al creyente una plenitud de sentido que la ciencia no puede generar. En el fondo último, Dios está dando sentido a todo. El creyente se sabe acogido: “De ti, Señor, viene la salvación” (Sal 3,9).

La fe es siempre una experiencia personal. La fe tiene lugar en el seno de la comunidad de los creyentes, pero la decisión personal no puede ser reemplazada por nada ni por nadie. La fe sucede en lo más íntimo de cada persona y compromete a la persona en su totalidad; es el acto personal más intenso. La fe proyecta todo el ser de la persona hacia Dios. No se cree sólo con el sentimiento, con la voluntad, con la razón o la intuición. La fe consiste en la entrega incondicional y confiada de toda la persona a Dios. Por eso, la Biblia dice que la fe tiene que ver con el “corazón”: “Buscarás al Señor, tu Dios, y lo encontrarás si lo buscas de todo corazón” (Dt 4,29).

El corazón es el centro de la persona. Desde el corazón decide la persona la orientación que quiere imprimir a su vida. Desde el corazón se sitúa ante lo bueno y lo malo, ante lo verdadero y lo falso, ante la vida y la muerte. Es el corazón del ser humano el que cree en Dios o lo rechaza. El que cree en Dios “con todo el corazón”, lo hace con todas sus facultades y con toda su capacidad de amar.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón