El ejercicio cuaresmal

Queridos diocesanos:

 

La Cuaresma es un tiempo de gracia y de salvación. “Ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la Salvación”, nos dice San Pablo (2 Cor 6,2). El tiempo cuaresmal es como una peregrinación que nos prepara a la celebración gozosa de la Pascua de Señor; por ello, es también una etapa en nuestro camino hacia la cumbre santa de nuestra propia resurrección. La Palabra de Dios nos invita a ponernos en camino hacia la Pascua con una vida renovada, convertida y reconciliada. Este tiempo santo nos ofrece a todos la oportunidad de renovar nuestro espíritu de fe, de avivar nuestro amor a Dios y a los hermanos, y de fortalecer nuestra coherencia de vida con el Evangelio.

Dios es misericordia y amor infinito. En su Hijo Jesucristo, Dios sale a nuestro encuentro, se hace cercano a todos los hombres y nos reconcilia consigo, con los demás y con la creación. En la persona de Cristo, Dios no deja de llamarnos e invitarnos a la amistad con Él. Tan sólo tenemos que responder a sus invitaciones. Los medios que nos preparan para el encuentro con Dios son los descritos por Jesús en el evangelio: la oración, el ayuno y la limosna. Ese triple ejercicio nos ayuda a que el paso de Dios por nuestras vidas no sea en vano. Es verdad que la oración, el ayuno y la limosna son acciones por todos nosotros conocidas. Pero ¿las hacemos y las hacemos bien?, ¿las hacemos simplemente porque están mandadas?, y  ¿sabemos ir más allá del puro formalismo?

La oración es estar con Dios, dejarse hablar e interpelar por Él. Dios nos precede siempre. La oración es una práctica vital para nuestra vida espiritual. No en vano se la ha definido como la respiración de nuestra alma. Si nos falta la oración, la muerte de nuestra alma está asegurada. Sería bueno, para ser constantes en ella, proponernos para esta cuaresma momentos precisos de oración, a poder ser al comienzo de cada jornada, antes de cualquier otra acción. Tonificados, iluminados por la oración, nuestro trabajo será distinto y se tornará auténtico apostolado.

Junto a la oración, el Señor nos propone el ayuno. El ayuno es autocontrol, negación de sí mismo, ascesis, búsqueda de un equilibrio en nuestra escala de valores, renuncia a las cosas superfluas, incluso a lo necesario, sobre todo si su fruto redunda en ayuda a los más necesitados. En un mundo dominado por el consumismo, que potencia el endurecimiento del corazón ante tanta pobreza y sufrimiento, necesitamos ayunar. Y hemos de hacerlo no porque nos guste el ayuno o para ganar méritos delante de Dios, sino para ayudar a los necesitados. El ayuno de los ricos debe convertirse en alimento de los pobres. Ayunar no sólo de alimentos materiales, sino también de todo aquello que engorda nuestro orgullo y bloquea nuestra apertura a Dios y al hermano; ayunar de todo aquello  que potencia los vicios, las pasiones, las ataduras a las cosas y el egocentrismo. Hemos de ayunar, en definitiva, de todo aquello que mata nuestro amor a Dios y a los hermanos.

Junto a la oración y al ayuno, el Señor nos propone el ejercicio de la limosna. La obra clásica cuaresmal de la limosna, es ante todo caridad, comprensión, preocupación activa por el bien del otro, amabilidad, perdón, aunque también limosna a los más necesitados de cerca o de lejos. Hemos de saber compartir nuestro dinero. Pero también nuestro tiempo. Necesitamos aligerar nuestras mochilas para recorrer con presteza el itinerario cuaresmal. Así llegaremos llenos de alegría a la meta de la Pascua.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Recepción de los restos del Beato Recaredo Centelles Abad

Iglesia Parroquial del Santo Ángel Custodio – La Vall d’Uixó
I Domingo de Cuaresma, febrero de 2012

(Gn 9,8-15; Sal 24; 1 Pt 3,18-22; Mc  1,12-15)

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¡Amados hermanos todos en el Señor!

Permitidme que, antes de nada, salude a los sacerdotes, a los párrocos de La Vall, a los diáconos y a los seminaristas; y que salude de modo muy especial a Mn. Vicente Borja Dosdá, Párroco de ésta del Santo Ángel que tanto ha trabajado hasta lograr que los restos del Beato Recaredo puedan descansar en esta iglesia parroquial; saludo a mi Vicario Episcopal de Pastoral y -¿cómo no?- al Secretario General de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, a la vez, que le expreso nuestro cordial agradecimiento por habernos concedido el traslado de los restos desde su casa en Tortosa a esta iglesia parroquial; le pido que así se lo trasmita al Director General del Instituto y a todos sus miembros. Mi saludo agradecido y respetuoso a las autoridades que nos acompañan: al Ilmo. Sr Alcalde y miembros de la Corporación Municipal de La Vall d’Uixó, a la Honorable Sra. Consellera de Infraestructuras de la Comunidad Valenciana, al resto de la autoridades y los miembros de la Guardia Civil. Saludo a las Reinas de las Fiestas y a las representaciones de Cofradías y Asociaciones.

El Señor Jesús nos ha convocado en este ‘Domingo de Hora’ en torno a la mesa de su altar para renovar y actualizar el misterio pascual de su pasión, muerte y resurrección. El misterio pascual, la entrega hasta el extremo de Jesús, el Hijo de Dios, es la expresión suprema del amor de Dios hacia toda la humanidad, un amor que redime y un amor que se convierte en fuente de vida y de salvación para el mundo. Es el pacto definitivo de Dios con la humanidad.

Al recibir hoy los restos del hijo de La Vall, el beato Recaredo Centelles Abad (1904-1936) queremos ponerlos cerca del ara del altar de Cristo, a cuyo sacrificio él fue unido por su sangre derramada; y queremos colocarlos cerca de la pila bautismal donde el Beato renació a la vida de los Hijos de Dios por el Bautismo, al día siguiente de su nacimiento, el 24 de abril de 1904.

Hoy es un día grande para todo el pueblo de La Vall, para la comunidad católicos de esta Ciudad y sus parroquias, y, en especial, para esta Parroquia del Ángel; como lo es también para sus familiares, a quien saludo cordialmente, y para toda nuestra Iglesia diocesana de Segorbe-Castellón. Hoy es un día de verdadera gracia al poder contar desde ahora con la presencia cercana de un intercesor ante Dios, fuente de toda gracia.

Unidos en la oración damos gracias a Dios una vez más por el don de su persona, por su familia profundamente católica, donde recibió la fe cristiana y aprendió a vivir como discípulo del Señor; a Dios le damos gracias por la entrega de nuestro Beato a la tarea de la promoción y formación de sacerdotes como Sacerdote Operario; y a Dios damos gracias especiales por su muerte martirial.

Con su martirio, el Beato Recaredo nos ha dejado un testimonio de fe, de esperanza y de caridad. En verdad: El Beato Recaredo es testigo de una fe llena de confianza en el amor de Dios que nunca abandona a aquellos que le aman; es testigo de una esperanza sin fisuras en la vida eterna y sin fin, que Dios tiene reservada a quienes se fían de Él; él es testigo de un amor entregado a Dios hasta el derramamiento de su sangre y de un amor sin reservas al prójimo, incluido el perdón de sus asesinos. Después ser ametrallado aquel 25 de octubre de 1936, cayó al suelo, todavía vivo, sobre su costado derecho. Uno de sus asesinos burlándose le dijo: “Tú que eres cura, bendícenos”. A lo que Recaredo, que no podía moverse, le respondió: “Si me das la vuelta, sí”. Le dieron la vuelta, y mientras él bendecía, le descerrajó un tiro de gracia en uno de sus ojos, cayendo definitivamente fulminado, consumando así su deseo de ser mártir de Jesucristo.

Donde sólo había odio por ser sacerdote de Cristo y de su Iglesia, él supo poner amor, perdón y bendición. Por su persona, por su testimonio de santidad, por su testimonio de fe, de esperanza y de caridad damos gracias esta tarde a Dios.

El Beato Recaredo Centelles nos recuerda que la verdad y la base de toda existencia humana es Dios y que el corazón de la vida cristiana es la caridad: el amor de Dios y el amor a Dios y al prójimo, basados en una fe plenamente confiada en el amor fiel y providente de Dios. Dios que es amor, crea por amor y llama a la vida plena y eterna junto a Él; y Dios, que es eternamente fiel, no abandona a quien le ama con todo su corazón y con todas sus fuerzas siguiendo sus caminos. Nos lo recordaba el Salmo de este domingo. “Tus sendas, Señor, son misericordia y lealtad, para los que guardan tu alianza” (Sal 24).

Si algo configuró el espíritu de nuestro Beato ya desde niño y en su vida sacerdotal y en su martirio, fue una fe sin fisuras en Dios, en su amor y en su fidelidad, hasta considerar su martirio como una gracia de Dios: una fe confiada y un amor radical a Dios, que lo llevaron a mantenerse fiel a la fe hasta el extremo de hacer oblación de su vida a Dios; y un amor a Dios que se hizo perdón de sus asesinos.

No lo olvidemos: La fuerza del Beato Recaredo en su vida cristiana y sacerdotal y así también en su martirio fue su experiencia personal de Dios: la experiencia de un Dios que es Padre amoroso y fiel, que no abandona nunca a los que guardan su alianza ni tan siquiera en la muerte. Por la fe, descubrió, acogió y vivió el amor que Dios había derramado en su corazón, hasta poder exclamar ya a sus 17 años: “Soy de Cristo, ya estoy muerto, vive solo el corazón”.

En la vida y en la muerte del Beato Recaredo se hicieron realidad las palabras de San Pablo: “nadie que cree en él, quedará defraudado” (Rom 10,11). Él estaba firmemente seguro de que el amor de Dios no le abandonaría nunca, tampoco en la tragedia de su muerte. Su respuesta al amor recibido de Dios será un vivo deseo de entregarle su vida por amor, si así era su voluntad, y de amarle amando al prójimo, incluso perdonando a sus verdugos, porque también a ellos estaba destinado el amor de Dios.

Como fruto de su amor a Dios, nuestro Beato buscará estar unido a Él en todo momento. Esta unión con Dios se manifestará en su serenidad ante la persecución religiosa de 1936 que le sorprendió aquí, en su pueblo, atendiendo a los enfermos de manera especial, “aunque le costara la vida”, como él decía, y preparándose a la vez para el martirio que consideraba “una gracia muy grande del Señor”. Así se manifestó también en las palabras a su familia en el asesinato de su hermano, pocos días antes que el suyo: “!No lloréis más¡ Demos gracias a Dios porque se ha dignado elegir un mártir en la familia. ¡Ojalá se sirviera escogernos a nosotros!”.

En su deseo de amar a Dios y agradarle en todo no se preocupará más que de buscar en todo la gloria de Dios y acoger su voluntad, hasta estar dispuesto a dar su propia vida a Dios. Su fidelidad a su fe cristiana hasta el martirio, su serenidad, su perdón y su esperanza ante la muerte, proceden de su gran fe y de su confianza en el amor de Dios. El encarnó la acogida amorosa y dócil de la voluntad del Padre: amó a Dios y, en Él, al prójimo. Con su martirio nos mostró que el amor es la única fuerza capaz de vencer el odio, la crispación, el rencor, el mal y el pecado; la única fuerza capaz de construir una sociedad más justa y fraterna.  Este es el gran legado del Beato Recaredo para todos nosotros.

Hoy nos preguntamos qué es lo esencial en la vida cris­tiana. La experiencia nos enseña que la causa más universal del sufrimiento en el mundo no es ni la enfermedad, ni la guerra, ni el hambre, sino el odio humano, el egoísmo y la falta de amor de las personas y de los pueblos. En otras palabras: el gran drama de nuestro tiempo es la ausencia de Dios, como lo fue antes del diluvio universal y tantas veces en la historia humana.

La experiencia nos dice que cuando Dios desaparece de nuestra vida, de nuestras familias y de la sociedad, comienza la muerte del hombre. Lo importante, por ello, es cuidar las dos claves de la vida cristiana: la fe en Dios y el amor a Dios que se hace amor al prójimo. Dios es siempre la garantía del ser humano, del respeto de su dignidad y de su vida desde su concepción hasta su muerte natural, y de la construcción de una sociedad justa y fraterna, basada en la verdad. Cuando damos prioridad a las cosas secundarias, nuestro corazón se llena de preocupaciones y se vacía de lo esencial. “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Lo esencial de nuestra vida no es otra cosa sino Dios mismo y su amor.

Pero parece que no encontráramos tiem­po para dedicarnos a lo verdaderamente importante. Y lo importante en la vida cristiana es amar a Dios con todo el co­razón, fiándose en todo momento de El y confiando en Él, sin renegar de Él, sin avergonzarse de ser cristianos, de creer en Dios y amar a Dios sin buscar excusas.

El Evangelio de este Domingo nos recuerda que lo fundamental para el cristiano, como para Jesús, es creer y confiar en Dios, amarle y acoger su voluntad, en definitiva dejar a Dios ser Dios en nuestra vida. Como Jesús en el desierto también nosotros estamos tentados a hacer de lo material el centro de nuestra vida; como Jesús en el desierto estamos tentados de buscar el poder sobre los demás o de suplantar a Dios y su voluntad erigiéndonos en dioses para nosotros y para los demás. ¡Que frecuentes son estas tentaciones en nuestro tiempo, empecinado en vivir de espaldas a Dios! El Evangelio nos exhorta a volver nuestra mirada, nuestra mente y nuestro corazón a Dios: “Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1,15), nos dice Jesús al inicio de esta Cuaresma. Este es el camino para vencer la tentación de vivir al margen de Dios. Este es el camino que nos muestra Jesús. Este es camino que nos muestra nuestro mártir, el Beato Recaredo.

El amor confiado a Dios sobre todas las cosas más que un mandamiento es un don, una gracia para todo cristiano, recibida el día de nuestro renacimiento a la vida de los hijos de Dios por el Bautismo; no a todos se les da el don de conocer y de amar a Dios. Si lo descubrimos, como nuestro Beato, no cesaremos de dar gracias a Dios y no haremos otra cosa que cultivar en nuestro corazón el amor a Dios y, como su consecuencia necesaria, el amor al prójimo. El amor a Dios nunca decepciona; el amor a Dios llena de paz, de alegría, de esperanza y de plenitud. Porque es hombre y la mujer sólo son dignos de Dios y de su amor.

Pero somos frágiles. El contexto social nos tienta a prescindir de Dios en nuestra vida. Marginado Dios de nuestra vida, comienza el deterioro de las relaciones humanas, de las relaciones familiares y sociales, impera la mentira, la apariencia, el querer ser y aparentar más que los demás, la avaricia, la especulación por s tener más que los demás, el odio, el rencor y la muerte.

El Evangelio de hoy nos recuerda las tentaciones de Jesús en el desierto, pero también su victoria sobre el tentador. San Pío de Pietrelcina decía: El demonio tiene una única puerta para entrar en nuestro espíritu: esta puerta es la voluntad. Las tentaciones son llamadas a nuestro cora­zón; pero nunca lograrán derribar la entrada, si nosotros no abrimos la puerta. Ésa es nuestra esperanza y la garantía de que, como indica san Agustín, Dios nunca permite que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas. Quien permanece fiel a Dios en Cristo nunca queda derrotado. Así lo dice san Pablo citando la Escritura: Nadie que cree en él quedará defraudado.

Toda tentación busca derribar nuestra confianza en Dios. Lo hace mediante el ardid de presentar algo como bueno, para atraer nuestros sentidos o mover nuestro orgullo, para que dejemos de lado a Dios y sus caminos. El salmo de hoy (Sal 24) recuerda que el “Señor es bueno y es recto, enseña el camino a los pecadores, hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes”. Quien confía en el Señor puede estar tranquilo, porque Dios le asegura: Me invocará y lo escucharé. Con él estaré en la tribu­lación, lo defenderé, lo glorificaré.

La Eucaristía no es sólo ‘banquete fraternal’, sino también es ‘memorial’ vivo de la entrega de Jesús al Padre. Unido a Cristo, nuestro mártir ofreció su propia vida en sacrificio a Dios. Que él nos enseñe, a ofrendar vuestras vidas con Cristo al Padre, creyendo y confiando en Dios, y amándole sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Que él, que tanto trabajó en la promoción y formación de las vocaciones al sacerdocio, nos enseñe a trabajar por las vocaciones e interceda ante Dios para que nos conceda el don de nuevas vocaciones al sacerdocio en nuestra Iglesia, diocesana, en esta parroquia del Santo Ángel y en nuestras familias.

Participemos en esta Eucaristía, el sacramento de la entrega y del amor de Dios en Cristo. Que la participación en el amor de Dios, nos lleve a ser testigos de su amor. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

La caridad en la Cuaresma

Queridos Diocesanos:

Con la imposición de la ceniza el próximo miércoles comienza la Cuaresma. Durante cuarenta días, Dios mismo nos llama a la conversión de mente, de corazón y de vida a su amor misericordioso y al amor comprometido con el prójimo. En estos días resuena con fuerza la llamada a la renovación de nuestra fe y de nuestra vida cristiana. El fruto de haber acogido a Cristo en la fe “es una vida que se despliega según las tres virtudes teologales”, nos dice el santo Padre en su Mensaje para la Cuaresma de este año siguiendo la carta a los Hebreos (10, 22-24): se trata de acercarse al Señor  ‘con corazón sincero y llenos de fe’, de mantenernos firmes ‘en la esperanza que profesamos’, y con una atención constante para realizar ‘la caridad y las buenas obras’.

La caridad,  el corazón de la vida cristiana, pide que miremos con atención a nuestro alrededor: el prójimo necesitado está a nuestro lado. No podemos ser extraños los unos a los otros, ni indiferentes a la suerte del prójimo. Muchas veces prevalece la indiferencia y el desinterés hacia el otro, fruto del individualismo y del egoísmo; nos refugiamos en el latiguillo de que ‘es su vida’, que hay que respetar la esfera privada de cada cual. Con frecuencia se trata de una excusa encubierta y de un desinterés egoísta por el otro. El Papa nos recuerda que “Dios nos sigue pidiendo que seamos ‘guardianes’ de nuestros hermanos (cf. Gn 4,9), que entablemos relaciones caracterizadas por el cuidado reciproco, por la atención al bien del otro y a todo su bien.

El mandamiento del amor al prójimo exige y urge a tomar conciencia de que tenemos una responsabilidad respecto a nuestro prójimo. Si cultivamos una mirada de fraternidad hacia el otro, la solidaridad, la justicia, la misericordia y la compasión, brotarán naturalmente de nuestro corazón. La atención al otro conlleva desear el bien para el otro en todos los aspectos: físico, moral y espiritual. Ante una cultura que parece haber perdido el sentido del bien y del mal, es necesario reafirmar con fuerza que el bien existe y vence, porque Dios es ‘bueno y hace el bien’ (Sal 119,68). El bien es lo que suscita, protege y promueve la vida, la fraternidad y la comunión.

La responsabilidad para con el prójimo significa querer y hacer el bien del otro, deseando que también él se abra a la lógica del bien; interesarse por el hermano significa abrir los ojos a todas sus necesidades no sólo las materiales sino también las espirituales. El amor al prójimo comprende también la solicitud por su bien espiritual. El Papa nos recuerda un aspecto de la vida cristiana que casi ha caído en el olvido: se trata de la corrección fraterna con vistas a la salvación eterna.

Hoy somos generalmente muy sensibles a la caridad en relación al bien físico y material de los demás, pero callamos casi por completo respecto a la responsabilidad espiritual para con los hermanos. No era así en la Iglesia de los primeros tiempos y en las comunidades verdaderamente maduras en la fe, en las que las personas no sólo se interesaban por la salud corporal del hermano, sino también por la de su alma, por su destino último. Cristo mismo nos manda reprender al hermano que está cometiendo un pecado. Es necesario redescubrir la importancia de la corrección fraterna, para caminar juntos hacia la santidad. Todos somos débiles y caemos (cf. 1 Jn 1,8); por ello es un gran servicio ayudar y dejarse ayudar a leer con verdad dentro de uno mismo, para mejorar nuestra vida y caminar cada vez más rectamente por los caminos del Señor.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Directorio del Arciprestazgo y del Arcipreste

CASIMIRO LÓPEZ LLORENTE,

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTÓLICA,

OBISPO DE SEGORBE-CASTELLÓN

El Arciprestazgo es una antigua y venerable institución de la Iglesia. Nació casi al mismo tiempo que la parroquia y al servicio de la comunión interna de las Iglesias diocesanas. La multiplicación de comunidades parroquiales en unas diócesis, cada vez más extensas, exigió la creación de esta instancia intermedia para hacer más eficaz la función pastoral del Obispo y para favorecer y asegurar la necesaria unidad entre todas las parroquias con la Diócesis y el Obispo Diocesano. Por esa razón, siempre que la Iglesia se ha propuesto revitalizar la acción pastoral, ha vuelto a poner los ojos en las posibilidades que ofrece el Arciprestazgo, como eslabón casi necesario para la comunión de las parroquias con la Diócesis y su unión con el gobierno de la Iglesia diocesana y como medio transmisor de las corrientes renovadoras.

Ya el Concilio de Trento, en su intento de aumentar la calidad de la cura pastoral, recurrió a esta institución para convertirla en cauce de la formación permanente del clero e instrumento de vigilancia y control del cumplimiento de los deberes de los presbíteros, de la dignidad del culto y de la recta administración de los bienes eclesiásticos. La codificación canónica de 1917 recogería todos estos objetivos, que configuraban al Arciprestazgo como una institución importante, aunque quedara reducida casi exclusivamente al ámbito de los clérigos.

La renovación eclesiológica promovida por el Concilio Vaticano II contempló también la división arciprestal de la Diócesis y la figura del Arcipreste. Mantuvo muchas de las prescripciones del derecho anterior, pero la situó en una renovada comprensión de la Iglesia y de las exigencias de la acción pastoral. El Código de Derecho Canónico, promulgado por Juan Pablo II en 1983, recoge las indicaciones del decreto conciliar Christus Dominus (n. 30) y del motu propio Ecclesiae sanctae (I, 19), y define el Arciprestazgo como la unión de varias parroquias cercanas para facilitar la cura pastoral mediante una actividad pastoral común (c. 374 § 2 CIC). En coherencia con esta nueva imagen, que pone el acento en la unión de las comunidades parroquiales y de éstas con la Iglesia diocesana, el Arcipreste es considerado como una instancia intermedia entre los párrocos y el Obispo, como un impulsor y coordinador de la actividad pastoral común y como una ayuda para los párrocos y demás sacerdotes de la demarcación arciprestal (cf. c. 555 CIC).

También en nuestra Iglesia particular de Segorbe-Castellón, la institución arciprestal se ha convertido en una unidad básica para la coordinación pastoral y cauce imprescindible para la revitalización del presbiterio diocesano. El Arciprestazgo, en efecto, es un instrumento para lograr una acción más corresponsable, organizada y coordinada en la comunidad diocesana.

En estos momentos, nuestra Iglesia diocesana está empeñada en un nuevo esfuerzo evangelizador en vistas a suscitar la fe en tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo, que apenas conocen a Dios y a su Hijo, Jesucristo, y a revitalizar la fe y la vida cristiana y comunitaria de muchos bautizados y su misión en la Iglesia y en el mundo. Este empeño misionero, plasmado en el Plan Pastoral Diocesano “Por una Iglesia Diocesana de comunión para la misión”, pide reforzar la comunión profunda de todos los fieles y comunidades cristianas para hacer más creíble el Evangelio y lograr una mayor comunión en la misión y en las acciones evangelizadoras. Por todo ello queremos que el Arciprestazgo asuma una función importante en la vertebración integradora en la comunión para la misión del presbiterio diocesano y de toda la comunidad cristiana de Segorbe-Castellón. Presbíteros, religiosos y laicos debemos encontrar en él un cauce de encuentro y comunión en la vida y misión de nuestra Iglesia, un instrumento efectivo para ejercer la corresponsabilidad y un ámbito adecuado para programar y realizar las acciones misioneras al servicio de la ‘nueva evangelización’, a la que nos llama reiteradamente la Iglesia.

Por todo ello,

APRUEBO y PROMULGO

el presente Directorio del Arciprestazgo y del Arcipreste que, teniendo en cuenta la legislación universal de la Iglesia y la consulta previa a los Consejos Episcopal y Presbiteral Diocesano, configura y regula en nuestro derecho particular la institución arciprestal.

Publíquese en el Boletín Oficial del Obispado para su público conocimiento y aplicación.

Dado en Castellón de la Plana, a quince de febrero del año del Señor de dos mil doce.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Doy fe,

Tomás Albiol Talaya

Canciller-Secretario General

 

DIRECTORIO DEL ARCIPRESTAZGO Y DEL ARCIPRESTE

 

Amor a los enfermos

Queridos diocesanos

En la fiesta de la Virgen de Lourdes, el 11 de febrero, toda la Iglesia celebra la Jornada Mundial del Enfermo. Es un día para renovar la cercanía, la solicitud y el afecto de toda la Iglesia hacia los enfermos. Como nos recuerda en Papa, Benedicto XVI, “en la acogida generosa y afectuosa de cada vida humana, sobre todo la débil y enferma, el cristiano expresa un aspecto importante de su testimonio evangélico siguiendo el ejemplo de Cristo, que se ha inclinado ante los sufrimientos materiales y espirituales del hombre para curarlos”.

Es admirable el ejemplo que nos dio Jesús. Siempre atendía a los enfermos. También y especialmente a los que habían quedado arrinconados por la sociedad. Como dice el Catecismo, “la compasión de Cristo hacia los enfermos y sus numerosas curaciones de dolientes de toda clase son un signo maravilloso de que Dios ha visitado a su pueblo y de que el Reino de Dios está muy cerca… Su compasión hacia todos los que sufren llega hasta identificarse con ellos: estuve enfermo y me visitasteis” (CaIC 1503). Es verdad que su curación quería llegar más hondo: él liberaba del pecado. Quería que el ciego buscara una luz más profunda que la de sus ojos, la luz de la fe; que la samaritana apeteciera un agua más saciante que la del pozo, el agua viva; o que el leproso agradeciera una liberación más total que la de su enfermedad, la del pecado. Por eso el encargo de no decirlo a nadie: para que no le siguieran solo por los milagros.

Pero Jesús no se olvidaba de la situación humana y curaba el cuerpo para preparar el ánimo a la aceptación del Reino y como signo de la salvación. Eso mismo es lo que él encargó que hicieran sus discípulos. “Sanad a los enfermos. La Iglesia ha recibido esta tarea del Señor e intenta realizarla tanto mediante los cuidados que proporciona a los enfermos como por la oración de intercesión con la que los acompaña” (CaIC 1509). “Su amor de predilección para con los enfermos no ha cesado, a lo largo de los siglos, de suscitar la atención muy particular de los cristianos hacia todos los que sufren en su cuerpo y en su alma. Esta atención dio origen a infatigables esfuerzos por aliviar a los que sufren” (CIC 1503).

La Iglesia quiere transmitir a todos, siguiendo el ejemplo de su Señor, la verdadera salud. Por eso facilita la participación en sacramentos como la Eucaristía, que restaura continuamente las fuerzas de los débiles; la Penitencia, que nos reconcilia con Dios y nos da la mejor armonía total; y la Unción de los enfermos, en la que la gracia del Espíritu da fuerzas para los momentos de la enfermedad. Pero no olvida a la vez acercarse con amable generosidad a los enfermos allí donde están, también a los más abandonados. Lo ha hecho a lo largo de toda la historia y lo sigue haciendo hoy para dar esperanza y atender a todos, por medio de sacerdotes, religiosos y seglares que han sentido de modo particular la vocación de trabajar para en el campo de la salud.

El amor a los enfermos y su atención no puede faltar nunca en la acción pastoral de nuestra Iglesia diocesana y de cada parroquia. Los enfermos han de ocupar un lugar prioritario en la oración, vida y misión de todas nuestras comunidades cristianas y de los cristianos, siguiendo el ejemplo de Cristo al modo del buen samaritano.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Derecho a la salud de los más pobres

Queridos diocesanos:

En el mes de febrero, Manos Unidas llama cada año a nuestras conciencias y a nuestra generosidad en su trabajo por el desarrollo integral de las personas en los países más pobres. La Campaña de este año gira en torno a la salud bajo el  lema: “La salud, derecho de todos. Actúa”. Su fin es ayudarnos a tomar conciencia del drama de las enfermedades del Sida, del paludismo y de la malaria, que siguen causando estragos en los países del Tercer Mundo.

Fiel a su concepción cristiana de la persona humana, Manos Unidas hace un llamamiento en pro del desarrollo integral de cada persona y del desarrollo solidario de la humanidad. En efecto, el desarrollo y la salud de las personas no pueden limitarse a las dimensiones física, mental y social, sino que incluyen necesariamente la dimensión trascendente del ser humano. La salud no puede quedar reducida al bienestar individual de la persona; la salud no es tan sólo el estado de completo bienestar físico, mental y social, con la necesaria ausencia de enfermedades. La idea de bienestar completo, que excluye la dimensión espiritual y trascendente de la persona, implica una concepción utópica y seudo-­religiosa de la salud; la esperanza del hombre queda reducida a gozar de una vida humana completamente lograda dentro de este mundo. Los intentos de alcanzar la realización plena de la vida humana en y desde la inmanencia (la humanidad y su mundo, cerrado a Dios) han fracasado a lo largo de la historia. Porque el hombre está abierto a lo absolutamente absoluto. Sólo Dios puede colmar el deseo de felicidad infinita que busca todo ser humano.

Manos Unidas trabaja por la promoción de la salud y de las condiciones básicas de vida de las personas en el Tercer mundo, siguiendo el ejemplo de Jesucristo. Durante su vida en la tierra, Jesús se mostró siempre cercano al sufrimiento de los hombres. A Él acudían enfermos, tullidos, ciegos y leprosos, que vivían tantas veces en la marginación social. Él pasó por el mundo haciendo el bien y curando las enfermedades. Pero, para Jesús estas curaciones físicas son signos de una curación más profunda; son signos de la salvación que Dios nos da a través de Cristo, y que se expresa con las palabras de Jesús al leproso: “tu fe te ha salvado”. La más grave enfermedad del ser humano es vivir de espaldas a Dios, enrocarse en la propia autosuficiencia y dar la espalda al prójimo.

El ejemplo de Cristo ha de prologarse en la Iglesia. Ella sigue siendo  sus manos para sus hermanos en todo el mundo, especialmente de los más pobres: “Lo que hicisteis con uno de estos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40). Por ello estamos llamados a actuar como el “buen samaritano”, a entrar en la enfermedad del “otro”, aunque estén lejos, a compartir sus penas y aliviar su sufrimiento. Los enfermos de Sida, paludismo o malaria, entre otras enfermedades, son seres humanos que no pierden su dignidad; nuestra compasión activa nos ha comprometer en la recuperación de su salud y en el desarrollo de todas sus capacidades.  Todos estamos llamados a trabajar para que estas enfermedades queden erradicadas.

Ayudemos a Manos Unidas en su trabajo por combatir estas enfermedades y sus causas en el Tercer Mundo y en prolongar la misión de Cristo en la vida de la Iglesia.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón