Estatutos del Consejo Pastoral Arciprestal

CASIMIRO LÓPEZ LLORENTE,

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTÓLICA,

OBISPO DE SEGORBE-CASTELLÓN

 

 

El Directorio del Arciprestazgo y del Arcipreste en la Diócesis de Segorbe-Castellón aprobado y promulgado con fecha quince de febrero pasado prevé en el nº 29  que en cada Arciprestazgo se constituirá un Consejo Pastoral Arciprestal.

Si bien en el mismo nº 29 del Directorio se dice que la composición, misión y funcionamiento de dicho Consejo se determinará en los Estatutos propios, elaborados a partir de un Estatuto Marco Diocesano, consultados el Consejo Episcopal y los Arciprestes ha parecido mayoritariamente más oportuno que existan unos Estatutos comunes a todos los Consejos Pastorales Arciprestales. Haciendo propio el parecer precedente y dejando abierta en la Disposición final primera la posibilidad de su modificación respecto de la composición del Consejo en los términos que allí se expresan queda derogado en este punto el Directorio citado. Así pues como desarrollo del Capítulo III del mismo por el presente

  

PROMULGO

 

los Estatutos del Consejo Pastoral Arciprestal en nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón. A partir de esta fecha quedan derogados todos los Estatutos de los Consejos Pastorales Arciprestales, si los hubiere.    

Publíquese en el Boletín Oficial de nuestro Obispado y en los medios habituales para su público conocimiento y aplicación.

Dado en Castellón de la Plana, a treinta de marzo del año del Señor de dos mil doce. 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Doy fe,

Tomás Albiol Talaya

Canciller-Secretario General

 

ESTATUTOS DEL CONSEJO PASTORAL ARCIPRESTAL

Convocatoria de Órdenes al Presbiterado

 

CASIMIRO LÓPEZ LLORENTE,

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTÓLICA,

OBISPO DE SEGORBE-CASTELLÓN

 

Escudo_episcPor el presente y a tenor de la normativa eclesial anuncio que el próximo día 23 de junio de 2012, Víspera de la Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista, a las 11:00 de la mañana deseo administrar, D.m., en nuestra Santa Iglesia Concatedral de Santa Maria en Castellón de la Plana el sagrado Orden del Presbiterado a aquellos candidatos, que reuniendo las condiciones de la normativa canónica y, después de haber cursado y superado los estudios eclesiásticos y haberse preparado humana y espiritualmente bajo la orientación y guía de sus formadores y la autoridad del Obispo, aspiren a la recepción de este Sacramento del Presbiterado.

Los candidatos deberán dirigir a su respectivo Rector de nuestro Seminarios Diocesanos la solicitud de recibir dicho Orden, acompañada de la documentación pertinente en cada caso, de conformidad con lo que establece el can. 1050 del CIC, a fin de comenzar en los plazos determinados por el derecho de la Iglesia las encuestas y, una vez realizadas las proclamas en las parroquias de origen y domicilio actual, otorgar, si procede, la autorización necesaria para que puedan recibir el sagrado Orden del Presbiterado.

El Rector me presentará, con la debida antelación, los informes recabados, y, una vez concluido el proceso informativo trasladará a nuestra Cancillería antes de la fecha de la administración del Sagrado Orden toda la documentación correspondiente a los efectos pertinentes.

Publíquese en el Boletín Oficial de este Obispado y envíese copia a los citados Sres. Rectores para su público e inmediato conocimiento.

Dado en Castellón de la Plana, a veintiséis de marzo del año del Señor de dos mil doce.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Doy fe

Fdo.: Tomás Albiol Talaya

Canciller-Secretario General

Unos gentiles buscan a Jesús

Queridos diocesanos:

Ya se va acercando la Semana Santa. En este V Domingo  de Cuaresma, el Evangelista San Juan nos recuerda la petición que algunos griegos llegados a Jerusalén para la peregrinación pascual hacen al apóstol Felipe: “Queremos ver a Jesús”, le dicen (Jn 12, 21). Se trata, sin duda, de unos prosélitos; es decir, gentiles, que aceptaban la fe de Israel, pero no habían sido circuncidados. Muchos de ellos se encontraban en Jerusalén con ocasión de la pascua judía y algunos, impresionados por lo que habían visto y oído del Nazareno, querían conocer más de cerca al famoso Maestro. Piensan que lo mejor para conseguir lo que desean es acudir primero a los discípulos de Jesús, concretamente a los que conocían su lenguaje o costumbres, como Felipe y Andrés.

Este episodio sirve como explicación del enfado de los fariseos, que, llenos de envidia, cuchichean entre sí ante el éxito de Jesús: “Todo el mundo va detrás de él” (Jn 12, 19); y es también como un anticipo de la propagación que tendría el evangelio entre los gentiles gracias a la misión de los Apóstoles. Para el evangelista, estos griegos representan la vanguardia de la humanidad que acude a Jesús, la nueva pascua. Empieza a cumplirse lo que los fariseos han dicho comentando la entrada triunfal en Jerusalén: todo el mundo se ha ido detrás de El (Jn 12,19).

Juan mismo nos da el significado del hecho: es la hora de la glorificación de Jesús; es decir, la hora en que Jesús es reconocido como el salvador del mundo (cf. Jn. 4,42). Los griegos son el símbolo de una humanidad que reconoce en Jesús al Redentor del mundo. Pero para cumplir su misión Jesús tiene que enfrentarse con la muerte en la Cruz. Si la acepta habrá cumplido su misión y habrá fruto abundante. Jesús acepta su propia muerte con la confianza y la fuerza que le da el sentirse Hijo de Dios. Y, a pesar de que la gente la va a considerar un fracaso, Él se enfrenta a ella sabiendo que el amor vencerá el odio, el egoísmo y la muerte. Por eso, la muerte de Jesús es su propia glorificación. La ‘hora de Jesús’ es también la hora del mundo. En ella se manifiesta que Dios es Amor, pero también queda al descubierto el pecado del mundo. Es la hora del juicio contra Satanás, pero también la hora del perdón para cuantos creen en él. Es la hora en la que Dios convoca a todos los elegidos en torno al que es “exaltado”. Todo lo que podemos esperar y temer es fruto y consecuencia de la victoria y del juicio que acontece en la Cruz de Cristo.

También muchos ‘gentiles’ de nuestro tiempo, quizás no siempre de modo consciente, quieren conocer a Jesús; piden a los creyentes no sólo que “hablen” de Jesús, sino que también y sobre todo “hagan ver” a Jesús, que hagan resplandecer el rostro del Redentor en todos los rincones de la tierra. Muchas son las personas -especialmente jóvenes- que quieren ver a Jesús, tal como Él es y se muestra, sin recortes y sin rebajas. En una sociedad que experimenta cada vez más formas de soledad y de indiferencia, los cristianos debemos aprender a ofrecer a Jesús, entregado hasta muerte por amor a la humanidad y resucitado para que en él tengamos vida. Pero mostrar a Jesús, el Hijo de Dios, el Redentor y Salvador, no se puede hacer de modo creíble sin una profunda conversión personal y comunitaria. Acerquémonos a la Semana Santa y vivámosla con verdadera fe y con una actitud de sincera conversión.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Traslado de los restos de los Siervos de Dios, José Martí Querol y compañeros de Onda

Iglesia Parroquial de la Asunción, Onda, 25 de marzo de 2012
V Domingo de Cuaresma

 (Jr 31, 31-34; Sal 50,3-4. 12-13. 14-15. 18-19; Hebreos 5,7-9; Juan 12,20-33)

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Amados todos en el Señor:

Saludo con especial afecto a los sacerdotes concelebrantes y seminaristas, en particular al Párroco y Vicarios parroquiales de ésta de la Asunción, que nos acoge, al Delegado diocesano para la causa de los santos y Presidente del Tribunal para la exhumación y reconocimiento de los restos de los Siervos de Dios y miembros del Tribunal y sus colaboradores así como al Delegado en España del Director General de sacerdotes Operarios; saludo muy cordialmente a los familiares de los Siervos de Dios, presentes en nuestra celebración; mi saludo va dirigido también a las representaciones de Asociaciones, Cofradías y Movimientos.

El Señor nos ha convocado en torno a la mesa de su Palabra y de su Eucaristía para renovar el misterio pascual: la muerte y la resurrección del Señor. Alabamos y damos gracias a Dios por el misterio redentor de su Hijo, la expresión suprema de su amor misericordioso, fuente de vida y de salvación para el mundo. Al trasladar hoy los restos de los Siervos de Dios, José Martí Querol y compañeros de Onda a esta Iglesia Parroquial de la Asunción queremos ponerlos cerca del ara del altar de Cristo, a cuyo sacrificio ellos se unieron por su sangre derramada.

Hoy recordamos su paso a la Casa del Padre hace setenta y cinco años, en 1936, víctimas de la persecución religiosa de aquellos días: la de Mn. José Martí Querol (el “Vicariet”), en Onda, el 7 de agosto; la de Mn. Joaquín Castelló Manuel, no se sabe el lugar, el 17 del mismo mes; la de Mn. Vicente Canelles Gaya, en Onda, el 20 de agosto; la de 26 Siervos de Dios, en Betxí, el 11 de septiembre; la de Mn. Joaquín y Juan Gaya Dualde, junto a Vicente Martí (laico), en Onda, el 12 de septiembre; y al día siguiente, la de Mn. Ángel García Muñoz, en Onda. Unidos en la oración damos gracias de nuevo a Dios por el don de sus personas y, con emoción dolorida, le damos gracias por su muerte martirial.

La Palabra de Dios de este Domingo V de la Cuaresma nos ayuda a entrar en el profundo significado del acto de hoy, rememorando lo que ocurrió hace 75 años. Y la Palabra de Dios centra nuestra mirada en Cristo Jesús, en su misterio pascual, por el que él establece la Alianza Nueva de que nos habla el profeta Jeremías.

En el Evangelio, san Juan nos refiere que poco antes de la Pascua judía, algunos griegos, prosélitos del judaísmo, se acercaron a Felipe y le dijeron: “Señor, queremos ver a Jesús” (Jn 12, 21). Felipe, a su vez, llamó a Andrés, uno de los primeros apóstoles, muy cercano al Señor; y ambos “fueron a decírselo a Jesús” (Jn 12, 22). Y, como respuesta,  Jesús les habla del misterio de su Pascua, es decir de la manifestación gloriosa de su misión salvífica. “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre” (Jn 12, 23). Pero esto sólo será posible a través de su paso doloroso por la pasión y muerte en cruz. Sólo así se realizará el plan divino de la salvación, destinado a toda la humanidad. Por ello dirá Jesús: “Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32).

Cercana ya la Semana Santa, la liturgia nos ofrece meditar este evangelio. Es como si la Iglesia nos estimulara a compartir el estado de ánimo de Jesús, queriéndonos preparar para revivir el misterio de su crucifixión, muerte y resurrección, no como espectadores extraños, sino como protagonistas junto con él, implicados en su misterio de cruz y resurrección. De hecho, donde está Cristo, allí deben encontrarse también sus discípulos, llamados a seguirlo, a solidarizarse con él en el momento del combate y de la prueba, para ser asimismo partícipes de su victoria.

El Señor mismo nos explica cómo podemos asociarnos a su misterio pascual. “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12, 24). Jesús se compara a sí mismo con un “grano de trigo deshecho, para dar a todos mucho fruto”, como dice san Atanasio. Y sólo mediante la muerte en cruz, vivida por amor a Dios y a los hombres, Cristo da mucho fruto para todos los siglos. No bastaba que el Hijo de Dios se hubiera encarnado; para llevar a cabo el plan divino de la salvación universal era necesario que muriera y fuera sepultado: sólo así toda la realidad humana sería aceptada y, mediante su muerte y resurrección, se haría manifiesto el triunfo de la Vida sobre el pecado y la muerte, el triunfo del Amor sobre el odio; sólo así se demostraría que el amor es más fuerte que la muerte, que el perdón de Dios es más fuerte que el odio de los hombres.

Con todo, el hombre Jesús, que era un hombre verdadero, con nuestros mismos sentimientos, sentía el peso de la prueba y la amarga tristeza por el trágico fin que le esperaba. Precisamente por ser hombre y Dios, a la vez, experimentaba con mayor fuerza el terror frente al abismo del pecado humano, que él debía llevar consigo y consumar en el fuego de su amor. Todo esto él lo debía llevar consigo y transformarlo en su amor. “Ahora mi alma está turbada. Y ¿qué voy a decir? ¿Padre, líbrame de esta hora?” (Jn 12, 27). Le asalta la tentación de pedir: “Sálvame, no permitas la cruz, dame la vida”. En esta invocación se anticipa Getsemaní: al experimentar el drama de la soledad y el miedo, Jesús implorará al Padre que aleje de él el cáliz de la pasión.

Y, sin embargo, al mismo tiempo, mantiene su adhesión filial al plan divino y ora con total confianza: “Padre, glorifica tu nombre” (Jn12, 28). Con esto quiere decir: “Acepto la cruz”, en la que se glorifica el nombre de Dios, es decir, la grandeza de su amor. También aquí Jesús anticipa las palabras del Monte de los Olivos: “No se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22, 42). Transforma su voluntad humana y la identifica con la de Dios. Este es el itinerario, que los cristianos deberíamos seguir en todas nuestras oraciones: transformarnos, dejar que la gracia transforme nuestra voluntad egoísta y la impulse a uniformarse a la voluntad divina, como lo muestra el fragmento de la carta a los Hebreos de este Domingo.

Queridos hermanos y hermanas, este es el camino exigente de la cruz que Jesús indica a todos sus discípulos; este el camino que siguieron nuestros Siervos de Dios: ellos fueron un evangelio vivo. En diversas ocasiones dijo Jesús: “Si alguno me quiere servir, que me siga”. No hay alternativa para el cristiano que quiera realizar ser verdadero discípulo del Señor. Es la “ley” de la cruz descrita con la imagen del grano de trigo que muere para germinar a una nueva vida; es la “lógica” de la cruz de la que nos habla también el pasaje evangélico de hoy: “El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna” (Jn12, 25). Quien sigue de verdad a Cristo y, por su amor, se pone al servicio de los hermanos, pierde la vida y así la encuentra. No existe otro camino para experimentar la alegría y la verdadera fecundidad del Amor: el camino de darse, de entregarse y de perderse para encontrarse.

Así lo entendieron y vivieron hasta el final de su vida terrenal nuestros Siervos de Dios. Ellos se sabían asociados a la Pascua de Cristo, a su muerte y resurrección. Así lo expresan las palabras de ánimo del ‘Vicariet’ a los tres jóvenes que estaban junto con él encarcelados en Vila-real: “Hoy día de la Transfiguración del Señor, habrá fiesta en el cielo. Buen día para entregarle a Dios nuestra alma. Si nos llega la hora del sacrificio, hemos de entregar y ofrecer nuestras vidas por el triunfo de la Religión y la salvación del Estado Español. No hay mejor dicha que morir por Dios”.  Y Mn. Joaquín Castelló diría a los sacerdotes que le acompañaban: “¿Qué gloria mayor que morir por nuestro maestro?”.  Así se despidió de sus compañeros, sereno y contento.

Para nuestros Siervos de Dios, el martirio era una gracia, que Dios les concedía para seguir muy de cerca las huellas de Cristo.  El mismo Mn. Joaquin Castelló diría a sus tíos José y Salvador que le habían procurado un escondite en una casa que no infundiría sospechas: “No quiero ir. No sea que por rehuir la gracia del martirio me prive Dios de las gracias posteriores y me condene”.

Las palabras de Mn. Vicente Canelles Gaya a sus verdugos nos recuerdan la imagen del grano de trigo del evangelio de hoy: “Muero por el honor de ser sacerdote; de estas piedras que riego con mi sangre hará surgir Dios nuevos sacerdotes”. Y, al igual que el Señor desde la Cruz, supieron perdonar a sus verdugos: “Te mando que perdones a los que me lleven; son ciegos instrumentos de mi salvación. A ti y a la  madre no os faltará nada. Desde el cielo podré ayudaros más” (SdD Elías Marqués Miravet).

Si algo configuró el espíritu de nuestros Siervos de Dios en su martirio, fue el amor: un amor radical a Dios, hecho oblación de su vida a Él y un amor hecho perdón de sus asesinos. No lo olvidemos: En la raíz de su martirio está su experiencia personal de Dios y su seguimiento radical de Jesucristo hasta la muerte. Fue su experiencia de un Dios que es Padre amoroso y misericordioso, cercano y providente. Por la fe descubrieron, acogieron y vivieron el amor que Dios había derramado en su corazón. A lo largo de su existencia y, es especial, en su martirio, confiaron plenamente en Dios y en su providencia amorosa: estaban seguros de que el amor de Dios no les abandonaría nunca, tampoco en la tragedia de su muerte. Su respuesta al amor recibido de Dios será un vivo deseo de entregarle su vida por amor, si así era su voluntad, y de amarle amando al prójimo, incluso perdonando a sus verdugos, porque también a ellos estaba destinado el amor de Dios, manifestado en la Cruz.

Como fruto de su amor a Dios, nuestros Siervos buscarán en sus últimos días y horas estar siempre unidos a Él. En su deseo de amar a Dios y agradarle en todo no se preocuparán más que de buscar en todo la gloria de Dios y acoger su voluntad. José Martí Querol y compañeros de Onda se dejaron así conformar enteramente con la voluntad divina y vivirán sus últimos días dispuestos a dar su propia a Dios. Su fidelidad a su fe cristiana hasta el martirio, su serenidad, silencio, perdón y esperanza ante la muerte, también ante las injurias y mofas que recibieron no proceden sino de su gran y fiel amor a Dios. Ellos encarnaron la acogida amorosa y dócil de la voluntad del Padre: amaron a Dios y, en Él, al prójimo: con su martirio nos mostraron que el amor vence el odio, el mal y el pecado.

Queridos hermanos. Hoy resuenan en nuestro corazón de modo muy elocuente las palabras de Jesús: “El que quiera servirme, que me siga y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre le premiará” (Jn 12, 26). Es una invitación seria a creer en Cristo Jesús, a confiar en él y a amarlo, a escuchar su voz y a caminar tras sus huellas hasta la muerte, como nuestros Siervos de Dios. Dejémonos iluminar todos por el esplendor del rostro de Cristo, como hicieron nuestros mártires; sólo así vuestra comunidad católica de Onda caminará unida en el compromiso común de anunciar y testimoniar el Evangelio en vuestro pueblo. Para ello es muy importante que la oración, tanto personal como litúrgica, y la Eucaristía dominical ocupen siempre el primer lugar en vuestra vida.

A vosotros, queridos jóvenes, quiero dirigiros en particular unas palabras de aliento: dejaos atraer por la fascinación de Cristo como aquellos jóvenes de Acción Católica, que acompañaron al ‘Vicariet’, incluso hasta la cárcel, y como Salvador Aguilella en el martirio, con tan sólo 18 años. Contemplando el rostro de Jesús con los ojos de la fe, pedidle: “Jesús, ¿qué quieres que haga yo contigo y por ti?”. Luego, permaneced a la escucha y, guiados por su Espíritu, cumplid el plan, el sueño, que él tiene para cada uno de vosotros. Preparaos seriamente para construir familias unidas y fieles al Evangelio, y para ser sus testigos en la sociedad. Y si él os llama, estad dispuestos a dedicar totalmente vuestra vida a su servicio en la Iglesia como sacerdotes o como religiosos y religiosas. Que el martirio de estos 13 sacerdotes sea como el grano de trigo que muere y da mucho fruto de vocaciones al sacerdocio.

Hermanas y hermanos en el Señor. Que pronto podamos celebrar el reconocimiento oficial del martirio de nuestros Siervos y su beatificación. Que el amor infinito de Cristo resplandezca en vuestra vida. Que por la intercesión maternal de María nuestra vida sea un reflejo de la de Cristo como lo fue la nuestros Siervos de Dios. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Misa exequial de Manuel Carceller Besalduch

Iglesia de Santísima Trinidad de Castellón, 25 de marzo de 2012

(Is 25, 6a-7-9; Sal 22; Rom 6,3-9; Mt25,31-46)

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Hermanas y Hermanos en el Señor. Saludo cordialmente a los sacerdotes concelebrantes, a Carmen, hermana de Mn. Manuel, así como las Autoridades y Directiva, personal sanitario y laboral del Hospital Provincial.

A la edad de 93 años, nuestro hermano en la fe y sacerdote del Señor, Mn. Manuel era llamado ayer mañana por el Padre Dios a su presencia. Su muerte, aunque día a día veíamos cómo se iba apagando su vida terrenal, no deja de sorprendernos; su muerte nos duele a todos por la pérdida de este buen sacerdote: Mn. Carceller una persona entrañable y cercana y un sacerdote generoso y querido en nuestro presbiterio, en el Hospital provincial y en nuestra Ciudad.

Esta mañana celebramos por Mn. Manuel esta Eucaristía, en que se actualiza la pascua del Señor muerto y resucitado. A Dios damos gracias por él, por su persona y por su largo ministerio; y también oramos a Dios por él: para que el Señor Jesús salga a su encuentro definitivo y le lleve a la presencia del Padre, a la Gloria para siempre.

La muerte de todo ser humano, también la Mn. Manuel, nos hace ver que toda vida humana es frágil y limitada. En la muerte parece como si el ser humano quedara expropiado de cuanto es y de cuanto tiene. Por eso la muerte nos quita con frecuencia la palabra y nos deja como sin habla. Es como si un abismo de oscuridad y de nada se abriera ante nosotros.

Pero, visto desde la fe, el abismo de la muerte evoca otro infinitamente mayor: es el misterio insondable de Dios y de su amor. Es el ‘abismo’ que abarca todas las cosas, incluida la muerte, porque “tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16). Para salvar a los hombres, para darles la Vida, el Padre Dios entregó a su propio Hijo: Es éste un misterio de amor ilimitado. En este abismo de gracia y misericordia se cumple para nosotros la profecía que hemos escuchado en la página del profeta Isaías. Podemos exclamar con plena verdad: “Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación” (Is 25, 9).

En último término, sólo Dios puede responder a la interpelación que nos hace la muerte, una interpelación que también le toca a Dios. Pues Dios es un Dios fiel y veraz, el Padre misericordioso, el amigo y aliado del hombre, que no contempló indiferente lo que ocurrió en la muerte en Cruz de su Hijo, como tampoco está ahora ausente en la de su hijo, Manuel. Y la respuesta de Dios ante la muerte de sus hijos es el cumplimiento de la promesa de vida y resurrección.

Aquí se halla la fuente y el secreto de la serenidad cristiana ante la muerte; aquí se halla el secreto de la esperanza y alegría cristianas en la muerte de un ser querido, pese al dolor por su pérdida y separación; una esperanza y una alegría que nadie puede quitar a los amigos del Señor, según su promesa (cf. Jn 16, 22). Isaías nos ofrece una imagen elocuente de esta alegría profunda y definitiva con el símbolo del banquete: en él se vislumbra el anuncio del reino mesiánico, que el Hijo de Dios vino a inaugurar. Entonces la muerte será eliminada para siempre y se enjugarán las lágrimas en todos los rostros (cf. Is 25, 6-8).

Para nuestro querido hermano Manuel, ha llegado la hora del encuentro definitivo Dios. Por ello, al Padre Dios oramos: para que le acoja en su misericordia y después de este largo camino en la tierra, ahora lo llame a sí para compartir el destino prometido a sus servidores fieles.

Mn. Manuel Carceller, nacido en 1919 en Les Coves de Vinromá, fue ordenado sacerdote a los 25 años, en 1944, después de haber estudiado en el seminario de Tortosa Latín y Humanidades, Filosofía y Teología. Sus primeros años ejerció el ministerio sacerdotal como familiar o secretario particular del Obispo de Tortosa, y, más tarde, desde 1951 al 1971, lo hizo como Coadjutor de Albocasser. A partir de 1971, su vida sacerdotal estuvo dedicada a los enfermos como Capellán del Hospital Provincial hasta su muerte y durante muchos años como Consiliario Diocesano de movimientos de enfermos y ancianos.

Mn. Manuel quedará en nuestra memoria, sobre todo, por su amor, por su cariño y por su dedicación a los enfermos y sus familiares en el Hospital Provincial. El hizo vida el evangelio que hemos proclamado; y esperamos de Cristo Jesús que le cuente entre los benditos del Padre “porque estuve enfermo y me visitasteis” (Mt 25,36). Alguien ha escrito con mucho acierto que Mn. Manuel era el ‘alma’ del Hospital Provincial. Es más: él fue verdadero promotor de su humanización. En verdad: todos le echaremos en falta. Su legado humano y espiritual forma parte del patrimonio del Hospotal. También los niños le recordarán como el cura del Belen, que con tanto mimo y tiempo preparaba cada año y con tanta satisfacción mostraba a quien lo pedía.

Nuestro hermano era una persona sencilla, cercana y afable, un cristiano con una fe acendrada y, por ello, siempre optimista y esperanzado, siempre preocupado, generoso y atento a cualquier necesidad material y espiritual de los demás. Mn. Manuel era un sacerdote fiel, sacrificado y entregado a su ministerio. A todos los sacerdotes nos ha dejado un ejemplo de fe firme, de entrega ministerial y de fidelidad a la Iglesia en el servicio a los enfermos. Con espíritu disponible ha sabido darse incluso en la enfermedad, mientras las fuerzas se lo permitieron.

“Si hemos muerto con Cristo, creemos  que también viviremos con él” (Rm 6, 8), nos dice San Pablo en la carta a los Romanos. Pensemos en estas palabras al dar a este hermano nuestra última y emotiva despedida terrena. ¡Cuántas veces él mismo las habrá leído, meditado y comentado! Pedimos a Dios que lo que el Apóstol escribe a propósito de la unión mística del bautizado con Cristo muerto y resucitado, él lo esté viviendo ahora en la realidad ultraterrena.

La unión sacramental, pero real, con el misterio pascual de Cristo abre a todo bautizado la perspectiva de participar en su misma gloria. Y esto ya tiene consecuencias para nuestra vida terrena; porque, si en virtud del bautismo participamos en la resurrección de Cristo, ya ahora podemos y debemos “vivir una vida nueva” (Rm 6, 4). Por eso, la muerte piadosa de un hermano en Cristo, mucho más si está marcado por el carácter sacerdotal, es siempre motivo de íntimo asombro y de acción de gracias por el designio de la paternidad divina, que “nos libró del poder de las tinieblas y nos trasladó al reino del Hijo de su amor, en quien tenemos la redención: el perdón de los pecados” (Col 1, 13-14).

Reunidos en torno al altar, damos gracias a Dios por la luz que, a través de su Palabra, proyecta sobre nuestra existencia y sobre el misterio de la muerte. A Dios damos gracias por la persona y el ministerio de nuestro hermano, Manuel. A Dios elevamos con confianza nuestra oración por este hermano nuestro. Y lo hacemos con las Palabras de la ‘oración sacerdotal’ de Jesús: “Padre, éste es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria… para que el amor que me tenías esté con ellos, como también yo estoy con ellos” (Jn 17, 23.26).

Es consolador saber que en la hora de nuestra muerte nos encontraremos con Aquel que nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros (cf. Ga 2, 20). ¡Qué motivo de confianza ir al encuentro del buen Pastor, cuya voluntad única y soberana es que cada uno tenga vida eterna y la tenga en abundancia! (cf. Jn 10, 10). ¡Que sea así para ti, querido hermano en Cristo, a quien hoy ponemos en las manos misericordiosas del Padre celestial!

Junto a Cristo Jesús está presente María, Madre suya y nuestra, la Virgen Lourdes a quien tanta devoción tenía nuestro hermano. Oremos por él para que en este momento María, la Virgen de Lourdes, le lleve a la patria del cielo, y así participe en la alegría del banquete eterno, que Dios ha preparado para sus servidores fieles. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Pasión por el Evangelio

Queridos diocesanos:

En el Día del Seminario se hará presente un año más en nuestras comunidades una intención prioritaria de nuestra Iglesia diocesana: las vocaciones al sacerdocio y nuestros seminarios. Es ésta una intención que debería estar presente todos los días del año entre nosotros. Porque todos hemos de orar por las vocaciones al sacerdocio y nos hemos de implicar en la promoción de las vocaciones sacerdotales.

Nos urge mucho intensificar nuestro cariño y compromiso por nuestros Seminarios. En ellos se forman los futuros pastores, llamados a ser testigos del amor de Dios para todo hombre y mujer; unos pastores que estén enamorados de Jesucristo y apasionados por el Evangelio. Estos son los sacerdotes que necesita nuestra sociedad, y también los necesitan nuestras comunidades eclesiales llamadas a una nueva Evangelización.

Ser sacerdote es una cuestión de amor apasionado por Jesucristo, por el Evangelio y por el bien de las personas y de la sociedad.  Sentir pasión por el Evangelio es posible porque el Evangelio no es primariamente un mensaje, un conjunto de ideas encomiables, sino fundamentalmente una persona: Cristo Jesús, el Hijo de Dios vivo, que invita al encuentro con Él para estar con él, a conocerle y amarle con corazón indiviso: sólo Él es el Señor, el Camino, la Verdad y la Vida. Sólo estando en Él se puede ser testigo apasionado suyo y del Evangelio. Un amor apasionado así solo puede nacer del corazón de Dios quien se ha apasionado primero por el hombre. El mismo Dios es quien llama, quien toca el corazón en la intimidad de cada hombre, quien suscita la pasión por el Evangelio en cada ser humano, especialmente en aquellos a quienes llama a ser testigos en la Iglesia de la incesante fecundidad del Evangelio: los sacerdotes.

Tener pasión por el Evangelio solo es posible si se contempla a Cristo como origen y raíz del Evangelio. De los episodios de la vida de Jesús, de sus palabras incisivas y de sus gestos de misericordia brota un estilo de vida evangélico del que el sacerdote es testigo y portador. En la contemplación de Cristo, presente y actuante en la Eucaristía y la Palabra, fermenta el estilo evangélico, que se alimenta de una incesante pasión por el Evangelio y se aviva en el contacto habitual con Cristo en la oración y los sacramentos.

Hoy no es fácil hablar de la vocación al sacerdocio y, menos aún, hacer una propuesta vocacional. La cultura actual propugna un modelo de ‘hombre sin vocación’. El futuro de niños, adolescentes y jóvenes se plantea, en la mayoría de los casos, reducido a la elección de una profesión, sin apertura al misterio de la propia vida, a Dios o al propio bautismo. Y, sin embargo, una mirada creyente descubre que todos tenemos una vocación. Dios llama a cada uno a la vida con un proyecto para cada uno. La nueva vida recibida en el bautismo desarrolla esa llamada de Dios. El tiene también un plan concreto para cada uno en la Iglesia y en el mundo. La vocación es el pensamiento amoroso de Dios sobre cada uno. En ella encuentra cada uno su nombre y su identidad, que garantiza su libertad y su felicidad.

Ayudemos todos –en especial los padres, los sacerdotes y los catequistas- a nuestros niños, adolescentes y jóvenes a hacerse sin miedo esta pregunta: “Señor, ¿qué quieres que haga en mi vida”. Si sienten la llamada al sacerdocio, ayudémosles a responder con alegría y generosidad. Será nuestro mejor servicio a su felicidad.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Acercarse a la confesión sacramental

Queridos diocesanos:

La Cuaresma es un tiempo propicio para la conversión de vida a Dios y para dejarse reconciliar con Dios y, en El, con los hermanos mediante la confesión contrita de nuestros pecados. Como en el caso del hijo pródigo, Dios está esperando siempre a que regresemos a la casa del Padre. Es más: Dios mismo sale a nuestro encuentro y nos ofrece el abrazo del perdón amoroso mediante la Iglesia en el Sacramento de la Penitencia. Quien conoce la profundidad del amor de Cristo y de la misericordia del Padre, siente la insuficiencia de todas sus respuestas, el dolor por la propia infidelidad al amor de Dios y la urgencia de conformarse cada vez más con la caridad de Cristo. Hemos de caminar con la mirada vuelta al Señor, hasta llegar “al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo” (Ef 4,13).

Los bautizados somos peregrinos por los caminos de esta vida. En nuestro caminar, muchas veces nos vemos tentados a abandonar las sendas de Dios y, a veces, las abandonamos y rehusamos la amistad de Dios. No siempre nos mantenemos fieles a la nueva vida de los hijos de Dios que se nos regaló en el bautismo. Somos infieles al amor de Dios, rompemos la amistad con Él, cuando transgredimos los mandamientos, fruto del amor de Dios, que no desea que el hombre se pierda por caminos que enajenan su propia humanidad y lo alejan de Él: “Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él” (1 Jn 3,23-24).

Si dijésemos que no tenemos pecado, nos engañaríamos (cf. 1 Jn 1,8). Ya el mismo Jesús enseñó a sus discípulos a pedir perdón cada día por sus pecados. Como hijos pródigos nos vemos en la necesidad de repetir con frecuencia: “Padre, he pecado contra el cielo y contra Ti. No soy ya digno de llamarme hijo tuyo” (Lc 15,21). Para que no nos sintamos abandonados a nuestra impotencia y no perdamos la esperanza, Cristo ha querido que su Iglesia sea sacramento de reconciliación.

Solos nunca podremos liberarnos de nuestras debilidades y de nuestros pecados. Sólo Dios tiene el poder de perdonar de verdad los pecados. Y el perdón renovador de Dios nos llega por Cristo y por la Iglesia. Jesús nos dio que Él, el Hijo del Hombre, “tiene poder para perdonar los pecados” (Mc 2, 7), que transmite a sus apóstoles diciéndoles: “a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados” (Jn 20,22). Sólo el Señor puede confiar a otros el poder de perdonar los pecados en su nombre con el poder recibido de Dios.  En el sacramento de la Penitencia experimentamos de un modo pleno y eficaz la misericordia divina. Confesando contritos, personal e íntegramente, los pecados, por la absolución del ministro de la Iglesia -del Obispo o de los presbíteros- recibimos el abrazo de reconciliación de la Iglesia y, con él, el del mismo Cristo.

Hay quien dice que él se confiesa con Dios. Sin embargo, Cristo mismo nos muestra que quiere encontrarse con nosotros mediante el contacto directo, que pasa por los signos de nuestra condición humana. Como Él mismo vino a ‘tocarnos’ con su carne, así estamos llamados a salir de nosotros mismos para acudir con humildad y fe a quien nos puede dar el perdón en su nombre. La confesión es por tanto el encuentro con el perdón divino, que nos ofrece Jesús y se nos transmite por los ministros de la Iglesia. Acerquémonos a la confesión y dejémonos abrazar por el Señor Jesús.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Conversión y fe en la Cuaresma

Queridos diocesanos:

 “Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc  1,15). Estas palabras de Jesús al inicio de su actividad pública son el leit-motiv del camino cuaresmal hacia la Pascua. La conversión pide un cambio de mentalidad: volver la mirada y el corazón a Dios, aceptar la lógica de la fe, vivir la adhesión amorosa y activa al designio de Dios.

Con frecuencia Dios es el gran ausente en nuestra existencia. Nos declaramos creyentes, pero ¿qué significa Dios en nuestro vivir cotidiano? La cuaresma es tiempo propicio para recuperar y acrecentar el sentido de Dios y la fe personal en El, la adhesión total de mente y corazón a Dios y a su Palabra. Debemos dejar que Dios ocupe el centro en nuestras vidas; en una palabra, dejar a Dios ser Dios.

El Santo Padre nos llama con insistencia a avivar y fortalecer nuestra fe en Dios mediante el encuentro personal con su Hijo Jesucristo y nuestra fe a Dios mediante la acogida y adhesión de mente y voluntad a su Palabra tal como nos llega en la tradición viva de la Iglesia. Fe en Dios y a Dios y conversión de mente, de corazón y de vida van íntimamente unidas. Sin adhesión personal a Dios, a su Hijo Jesucristo y a su Evangelio no se dará el necesario cambio de mente y de corazón, y la consiguiente conversión de nuestros caminos desviados. A la vez, el cambio moral será el signo de la veracidad y del grado de nuestra fe. Una fe sin obras es una fe muerta. Las obras que muestran que la fe es viva es el amor a Dios en el cumplimiento de sus mandamientos que lleva necesariamente al amor, a la caridad con el prójimo. Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables.

El salmista nos exhorta: “escuchad hoy su voz” (Salmo 94, 8). Dios quiere ser nuestro guía para introducirnos en la tierra prometida de la vida con Él. Dios, que nos ha pensado desde siempre, nos indica el camino a recorrer para alcanzar nuestro verdadero ser, la verdadera libertad y la verdadera felicidad. Nuestra verdad más profunda es que estamos llamados a la vida de Dios; nuestra verdadera libertad es la liberación de todas las ataduras para hacer el bien; nuestra verdadera felicidad es gozar eternamente de la vida, amistad y contemplación de Dios.

Por amor, Dios nos muestra lo que hemos de hacer y lo que hemos de evitar para llegar a la Vida. Dios nos habla como a amigos a los que quiere introducir en la comunión de vida consigo y con lo demás. Quien escucha y acoge su voz, quien se reconcilia con Él, entrará en la amistad vivificante de Dios.

Jesús es la Palabra de Dios. El es el Buen Pastor que conduce a cada uno de nosotros a la plenitud de la vida. Él habla y sus discípulos, que lo conocen, escuchan su voz y lo siguen. A ellos les promete la vida, y vida en plenitud. Dios nos habla en Jesucristo al corazón, hemos de escuchar y obedecer su palabra. Es como si nos dejásemos guiar por Dios en Cristo, como niños que se abandonan en los brazos de la madre y se dejan llevar por ella. No endurezcamos el corazón. Escuchemos en esta Cuaresma la voz de Dios leyendo, meditando y viviendo el Evangelio. Volvamos nuestra mente y nuestro corazón a Dios para adquirir los mismos sentimientos de Cristo. Dejémonos reconciliar por Dios para poder celebrar con gozo la Pascua del Resucitado.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente,

Obispo de Segorbe-Castellón